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Unos macabros sucesos están ocurriendo en un hospital del corazón de África. Mientras tanto, un profesor voluntario llega a Mali siguiendo los pasos que diera su padre años atrás. El propósito de Dídac Macià no es otro que el de ayudar a los jóvenes de la zona con el desarrollo de un proyecto educativo. Allí se enamora de los paisajes, de la bondad de la gente, de la alegría de los niños e, incluso, descubre el amor. Sin embargo, se ve involucrado en una truculenta trama de violaciones, guerra y yihadismo que no le permitirá quedarse de brazos cruzados. Ambientada en el África de las primeras décadas del siglo XXI, esta absorbente novela de José Antonio Quesada Coves se adentra más allá de los hechos y presenta un sólido panorama de las riquezas y de las miserias del continente africano. Con la compra de este libro estás ayudando a la mejora de la educación en África. El 15% de los beneficios de esta novela se destinarán a que CCONG Ayuda al Desarrollo implante programas de enseñanza en este continente.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
Colección: Novela
© José Antonio Quesada Coves
Edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes.
Diseño de portada: Antonio F. López.
Fotografía de cubierta: © Fotolia.es
Fotografía del autor: © Clarooscuro Fotografía.
ISBN: 978-84-17161-98-9
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
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Este libro colabora con: y
A mi mujer, Raquel.
PRÓLOGO
África no es un país, es un continente. Algo que parece tan obvio, no lo es tanto cuando nos referimos a este amplio territorio. En numerosas ocasiones solemos hablar de África con demasiada homogeneidad. Pero realmente estamos hablando del tercer continente más grande de la Tierra, con cincuenta y cuatro países, en los que viven más de mil millones de personas. En esta zona del planeta se desarrollan múltiples etnias, culturas, lenguas y un sinfín de costumbres y tradiciones bastante antagónicas las unas de las otras.
Como decía Ryszard Kapuscinski en su libro Ébano, «en realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe». Y así es: África, como unidad, no existe. Utilizamos este concepto por comodidad o por costumbre, pero no porque sea una realidad. Desde el mundo occidental tenemos tendencia a generalizar en el momento en el que tratamos esta enorme región. Y en esas generalizaciones que solemos utilizar a todos nos vienen a la mente imágenes de hambre, pobreza, guerras, muerte y tristeza. Pero este territorio es mucho más que eso. África es riqueza, es paz, es multiculturalidad, es vitalidad y es alegría.
En esta novela he intentado no generalizar al hablar de la diversidad de África. Aunque es posible que en algunas ocasiones no lo haya conseguido, mi propósito no ha sido otro que el de mostrar la pluralidad del continente más rico del mundo.
1
En una amplia consulta del África más recóndita, un doctor atiende a una paciente. Esta se muestra nerviosa, responde con monosílabos a las preguntas del médico. Le sudan las manos. No le gusta el olor a lejía de aquel hospital, no le trae muy buenos recuerdos.
La mujer africana, sentada en una silla, apoya sus blancas palmas sobre la mesa metálica que le separa de aquel hombre. Al hacerlo siente el frío bajo sus manos. Esto le relaja. El doctor, sentado en un sillón negro, se levanta, anda, rodea la mesa y se sitúa de pie justo detrás de la paciente.
—Entonces, me contaba que no ha notado ninguna mejoría desde la última visita —dice el médico.
—No.
—Entiendo —sonríe mientras apoya sus garras sobre los hombros de la mujer—. Señorita, comprenderá que tendré que continuar intentándolo, ¿verdad?
—Sí, doctor —responde ella a la vez que sus ojos se llenan de lágrimas.
—Este método tradicional no es exacto y no suele funcionar a la primera. Pero le aseguro que con el empleo de estas prácticas ancestrales, perseverancia y voluntad usted terminará por perder ese hijo no deseado que lleva dentro. Ahora bien, recuerde que no tiene que decir absolutamente nada a nadie. Lo que ocurre en esta consulta tiene que quedar aquí dentro. Total confidencialidad. ¿Lo entiende?
—Sí.
—Túmbese boca arriba sobre mi mesa y confíe en mí.
El hombre se aleja de la paciente en dirección a la puerta de la consulta, sonriente, seguro de sí mismo, excitado. Puede notar su miembro erecto bajo los pantalones. Al llegar al final de la habitación echa el pestillo de la puerta. Se gira. Se detiene y observa a la señorita tumbada boca arriba sobre su mesa de trabajo. Se acerca despacio a ella, quien se mantiene con los ojos cerrados.
—Si me hace el favor, súbase el vestido hasta la altura de la barriga —ordena el médico.
La mujer, resignada, obedece. El hombre observa la piel de ébano de la paciente, roza las tersas piernas de esta con la yema de sus dedos, las rodillas, los muslos, le acaricia ligeramente el sexo hasta llegar a la barriga. La señorita, todavía con los ojos cerrados, deja caer varias lágrimas de sus ojos. Al sentir cada vez más cerca a ese hombre, un fuerte olor a colonia barata y sudor de cuatro días impregna su sentido del olfato.
El doctor le palpa la barriga, la masajea, la oprime con fuerza, en la parte alta, en la media, en la baja. Después desciende sus sucias manos de nuevo hacia el sexo de la señorita. Lo acaricia sobre la ropa interior, varias veces, intentando excitarla. No lo consigue. Ella se retuerce. Llora. Solloza.
De un tirón le quita las bragas. Ella nota entonces el frío metálico sobre sus nalgas. Un escalofrío le recorre el cuerpo, se le eriza el vello de los brazos. Siente de nuevo las manos del médico sobre su sexo, ahora desnudo. Él la explora detenidamente, la acaricia, la masajea, la masturba. Introduce primero uno, luego varios dedos en su interior. El doctor se recrea, no tiene prisa, disfruta con lo que hace. Con una mano la masturba a ella, con la otra se masturba a sí mismo. Ella llora, cierra sus piernas, se niega, contrae su sexo. Él aprieta su mano con más fuerza.
—¡Pare, doctor, pare! ¡Me hace daño!
—¿Le hago daño, señorita? Disculpe —sonríe—. No era mi intención. Póngase de pie.
El médico se retira. La paciente intenta recuperar la compostura sobre la mesa. Se seca los ojos. Busca la ropa interior, pero no la encuentra. Sus bragas están tiradas en el suelo. Se baja el vestido y desciende de la mesa.
—Ahora, póngase boca abajo, si es tan amable —ordena implacable.
—No, por favor. No quiero. Me hace daño, me duele. ¡Deje que me vaya, se lo suplico! —implora mientras continúa gimoteando.
—Así no puedo trabajar, ¿no lo entiende? Haga el favor de subirse de nuevo el vestido y colóquese boca abajo. Estoy empezando a perder la paciencia.
—¡No! ¡Me niego! ¡Si continúa, gritaré! —le amenaza ella levantando la voz.
La respuesta del médico no se hace esperar. Alza su mano derecha y la golpea con voracidad, implacable. La pobre señorita cae de cara sobre la mesa. El hombre se abalanza sobre ella, le pone un trapo en la boca y le susurra al oído:
—Si se resiste, le dolerá más. Intente disfrutarlo, perra.
El doctor se separa de ella, mientras la paciente sigue tumbada con su tronco sobre la mesa, sus piernas colgando y de espaldas a él. Este le sube de nuevo el vestido, se baja los pantalones y se vuelve a acercar a ella. Con su mano derecha la agarra férreamente del cuello. Con la izquierda sujeta las manos de la mujer en la espalda. Únicamente las suelta para sostener su miembro y penetrarla ferozmente.
Con los ojos totalmente abiertos, rabiosos, coléricos, la mirada perdida, y su rostro apoyado sobre la gélida mesa, las lágrimas de la joven encharcan la superficie de esta.
2
Todo parecía tranquilo en aquel vuelo de Spanair procedente de Barcelona. Los pasajeros, la mayoría de ellos africanos, dormían plácidos tras el largo trayecto. El avión había partido cinco horas atrás y estaba a punto de llegar a su destino sin el más mínimo sobresalto.
Entre el pasaje subsahariano destacaban cuatro ciudadanos españoles de una misma ONG, tres mujeres y un hombre, que iban a África con el objetivo de trabajar como cooperantes. Las tres señoritas se abrocharon los cinturones al oír la señal de emergencia por los altavoces. Dídac, el cuarto español que estaba sentado varios asientos más atrás, dormía imperturbable.
—Entramos en zona de turbulencias —se escuchó desde la cabina del piloto—. Abróchense los cinturones, por favor. Gracias.
Muchos viajeros, dormidos, no reaccionaron ante la señal de alarma. María, una de las españolas, se giró intentando encontrar al cuarto cooperante entre la multitud de cabezas que se asomaban sobre los asientos. No lo encontró. Dídac soñaba apoyando la cara entre su brazo izquierdo y la fría ventanilla. Acurrucado bajo una pequeña manta que le había facilitado una azafata, parecía que tenía frío. El aire acondicionado estaba demasiado fuerte. Un intenso olor a comida precocinada de no muy buena calidad impregnaba toda la cabina de pasajeros. Con el mal regusto en su boca de la desagradable cena y con los huesos helados por culpa del aire acondicionado, Dídac había conseguido conciliar el sueño después de más de una hora dando vueltas de un lado a otro del asiento.
De repente, un latigazo en forma de turbulencia sacudió el avión y despertó a todo aquel que todavía continuaba dormido. Dídac se desveló súbitamente al golpearse la cabeza contra el asiento delantero. Confuso, mareado, adormilado, miró a un lado y a otro buscando respuesta a su desconcierto. Se tocó la frente con la mano comprobando que el golpe sufrido había sido solo eso, un golpe. Los gritos del resto de pasajeros le terminaron de despertar. Al ponerse de pie para intentar comprobar qué estaba ocurriendo, otra nueva turbulencia le sentó de golpe. En ese instante se percató de que la cosa era más seria de lo que creía. Se abrochó el cinturón y miró por la ventanilla para ver qué ocurría fuera. Posó la mano sobre el cristal y sintió el frío en la yema de los dedos. Al mirar hacia el exterior pudo comprobar que una descomunal tormenta les daba la bienvenida a Bamako. Observó cómo las gotas de agua resbalaban al otro lado del vidrio. Se alarmó al ver la violencia de la tempestad. El viento soplaba con fuerza, jugando con el avión como si se tratase de un barco de papel que navegara en un torbellino de agua.
Una nueva sacudida provocó que las luces del interior de la cabina se apagaran. Los gritos y las voces que la acompañaron hicieron que la situación fuera todavía más tétrica. Las pequeñas bombillas de emergencia situadas en el techo interior de la aeronave apenas alcanzaban a iluminar los rostros atemorizados de los pasajeros.
Dídac cerró la ventanilla horrorizado. No quería ver cómo el avión quedaba a merced de la tormenta. Estaba asustado, impresionado, superado por la situación. La ansiedad comenzó a apoderarse de él. El corazón le latía cada vez más rápido, como si le fuera a salir por la boca. Palpitaciones y más palpitaciones. Sintió cómo la cabeza le latía y recordó entonces el golpe que había sufrido en la frente. Al llevarse la mano a ese lugar se dio cuenta de que estaba sudando a mares. Le costaba respirar. Notó una fuerte presión en medio del pecho, justo al lado del corazón. Con su mano derecha se apretó con fuerza en ese lugar. Le dolía como si le hubieran clavado una estaca. Dídac estaba sufriendo un ataque de ansiedad en el momento menos apropiado. Suspiraba, temblaba, cerraba los ojos, los abría. En la infinidad de trayectos en avión realizados a lo largo de su vida había padecido muchísimas turbulencias y varias tormentas, pero ninguna de tal envergadura.
Fue entonces cuando se acordó de las otras voluntarias que había conocido en el aeropuerto de Barcelona. Estiró el cuello intentando verlas varios asientos hacia delante, pero no lo consiguió. Miró entonces a la derecha, clavando sus ojos azules en un hombre sentado al otro lado del pasillo, que llevaba puestas unas gafas de color verde. Pero no fue el color de sus gafas lo que llamó la atención de Dídac. Aquel hombre estaba rezando con las blancas palmas de sus manos extendidas en dirección al cielo. «¿Tan grave es la situación? ¿Rezo yo también?», pensó.
Mientras Dídac divagaba entre estos conflictos morales, volvió la luz, hecho que calmó la angustiosa espera que se estaba sufriendo dentro de aquel avión. Decidió volver a subir la ventanilla para comprobar si la calma llegaba.
Fuera, la tempestad continuaba. Por momentos el cielo se iluminaba ante los tremendos relámpagos que acompañaban a la tormenta. Dídac sintió una pequeña explosión en sus oídos. El cambio de presión había provocado que empezara a escuchar mejor. Abajo, a lo lejos, ya se podían vislumbrar las luces parpadeantes del aeropuerto. Un extraño ruido se escuchó entonces. El tren de aterrizaje del aparato se acababa de desplegar. El avión se acercaba peligrosamente hacia la pista, no sin dificultades. El piloto apenas conseguía mantener el control del aeroplano. El suelo de la pista estaba totalmente encharcado. Durante un segundo el avión pareció caer al vacío, como si los motores hubieran dejado de funcionar. El español inspiró profundamente. Contuvo la respiración. Abrió los ojos como platos. Se escucharon varios gritos de pasajeros. Entonces notó un súbito vacío en su interior. Pero al momento el aparato volvió a coger fuerza. El piloto tomaba de nuevo las riendas del avión. Dídac se agarró con energía a los reposabrazos de su asiento, como si la vida le fuera en ello. Otra sacudida volvió a apagar las luces en el interior, mientras se iluminaba de nuevo el oscuro cielo. Ahora no hubo gritos, solo silencio. Un silencio espeluznante, expectante, aterrador. Dídac miraba tembloroso a través de la ventana la cada vez más cercana y peligrosa pista de aterrizaje. Tenía miedo. Quería confiar en la destreza del piloto. Tenía que confiar, no le quedaba otra. Y confió. Entonces cerró los ojos. Notó cómo las ruedas del aeroplano golpeaban contra el suelo sin aferrarse a él. El bote hizo que un escalofrío le sacudiera el cuerpo. El vello de sus brazos se erizó. Tras una milésima de segundo, un nuevo intento de contacto tampoco fructificó. Un cosquilleo apareció entonces en su estómago. Finalmente, a la tercera intentona el piloto consiguió tomar contacto total con tierra firme. Dídac apoyó la cabeza en el asiento delantero y suspiró aliviado. Había llegado a Mali, antigua colonia francesa.
Desde lo alto de la escalinata del avión, observó la pista de aterrizaje. Un gran aguacero y veinticinco grados de temperatura dieron la bienvenida al pasaje. Era casi media noche. Un fuerte olor a frenos y goma quemada golpeaba a los viajeros al bajar del aparato. Los charcos brillaban al reflejo de los focos cercanos. Empapados, fueron llegando todos a la zona de aduana. Allí se encontraron de nuevo los cuatro españoles.
—Menudo susto, ¿verdad? —dijo Dídac con algo de ansiedad todavía en su interior.
—Sí, yo pensaba que no lo contábamos —respondió Teresa, otra de las europeas—. En mi vida lo había pasado tan mal dentro de un avión. Parecía un juguete en manos de la tempestad.
—Bueno, pero ya pasó todo —dijo Dídac intentando tranquilizarlas cuando ni él mismo lo estaba—. Por fin nos encontramos en tierra firme. Ahora nos queda el control de pasaportes y ya estaremos en Mali. ¿Cuándo partís para Mauritania?
—Mañana por la mañana. Hacemos noche en Bamako y, en cuanto nos despertemos, desayunamos y nos marchamos en autobús hacia Mauritania. ¿Y tú, cuándo sales para tu destino?
—Mañana también, nada más levantarme.
Dídac Macià era un profesor español de treinta años que acababa de aterrizar en África con el objetivo de desarrollar un proyecto educativo en Homtitu, un recóndito poblado al norte de Mali. Desde joven había soñado con colaborar de forma directa y altruista con algún tipo de organización solidaria. Parte de culpa la tenía su padre, Roger, quien le había narrado desde muy pequeño las maravillas del África negra. A Dídac le fascinaba este territorio, con sus leyendas, sus enigmas y sus misterios, un continente del que se habían escrito infinidad de libros y de los que el profesor había leído unos cuantos. Con la ayuda de una ONG catalana había conseguido preparar un curso de español para alumnos de secundaria. Solicitó una excedencia en el instituto de Barcelona en el que trabajaba impartiendo clases de Francés, arregló todo el papeleo burocrático e hizo las maletas. Había llegado solo a Bamako y esperaba ser recibido por Oumar, colaborador de la ONG en la capital maliense.
—¿Y viajas solo?
—Sí.
—¡Qué atrevido eres, Dídac! —dijo María—. ¡En una zona tan peligrosa como Mali y viajando solo!
—Bueno…, realmente Mali no es un país tan peligroso. Yo creo que es más arriesgado viajar al país al que vais vosotras, Mauritania. Allí el terrorismo de carácter yihadista está muy bien afincado. No sé si recordáis que hace menos de un año unos terroristas secuestraron a cuatro cooperantes españoles en ese país.
—Claro que lo recordamos. Además, lo tenemos muy en cuenta.
—Todavía no los han liberado, ¿verdad? —preguntó Dídac.
—No. Hace varios meses que no se tienen noticias de ellos —volvió a afirmar María.
—Esperemos que estén bien. Aunque no tiene muy buena pinta…
—Seguro que sí —dijo Teresa—. Lo que sí que es verdad es que estamos en una zona peligrosa, ya sea Mauritania o Mali. En esta zona del Sahel el grupo terrorista al-Qaeda en el Magreb Islámico se ha fortalecido mucho en los últimos meses. Tanto nosotras como tú debemos estar alerta ante cualquier acontecimiento sospechoso.
En la puerta de llegadas del aeropuerto un africano flaco y con la barriga muy pronunciada les estaba esperando. Portaba en sus manos un letrero en el que se podían leer los nombres de cada uno de los cuatro voluntarios. Vestía un traje marrón, camisa blanca y zapatos negros. Dídac enseguida clavó sus ojos en aquel individuo.
—Buenas noches, yo soy Oumar. ¿Qué tal ha ido el vuelo? —preguntó el hombre en un perfecto francés.
—Muy bien, nosotras nos hemos pasado el viaje charlando. Aunque el aterrizaje ha sido muy complicado. Pensábamos que no vivíamos para contarlo.
—Está lloviendo mucho y hace un viento huracanado. Volar en estas condiciones es muy peligroso. Tú debes de ser Dídac, ¿verdad? —preguntó Oumar girándose hacia él.
—Sí, soy yo. Encantado, Oumar —respondió estrechándole la mano.
—Igualmente. Supongo que habréis cenado en el avión, así que nos vamos a subir todos a mi coche y vamos a irnos a mi casa. Allí pasaréis la noche. Mañana a primera hora partiréis cada uno hacia vuestro destino.
Las tres mujeres aprovecharon el trayecto hasta casa de Oumar para preguntarle a este todo tipo de curiosidades y dudas sobre el país. En cambio, Dídac, con gesto meditabundo y rostro serio, habló poco; estaba algo disperso. En su mente todavía merodeaba una idea. Podía haber perdido la vida en aquel convulso aterrizaje. El país al que venía a ayudar no le recibía de la manera esperada.
3
La noche había sido muy tormentosa. No había dejado de llover ni un solo instante. Pese a ello, Dídac había dormido como un niño pequeño, a pierna suelta. El largo viaje y el estrés vivido durante el día anterior hicieron que no se desvelara ni tan siquiera con los continuos truenos. Amanecía ya en el país tropical. Los primeros rayos de sol se asomaban entre las dispersas nubes, dejando ver un paisaje urbano repleto de charcos.
Varios golpes sonaron en la puerta de la habitación donde dormía Dídac. Era la forma cariñosa en que Oumar le daba los buenos días al español. Este hizo caso omiso a las intentonas del africano y se dio media vuelta. Quería seguir durmiendo. «Cinco minutos más, por favor», pensó como si se encontrara en su cama a miles de kilómetros. Una segunda ráfaga de golpes, más fuertes y continuos, le despertó definitivamente.
—¿Sí?
—Buenos días, Dídac. Soy Oumar. ¿Puedo pasar?
—Sí, sí, pasa, pasa.
—Creo que te he despertado, ¿verdad? —dijo al entrar—. Es que tenemos que irnos dentro de una hora. Tu autobús hacia Homtitu sale a las ocho desde la estación.
—Me parece perfecto. Déjame que me dé una ducha. Dentro de quince minutos estoy abajo.
Tras cerrarse la puerta, Dídac permaneció cinco minutos tumbado en la cama analizando el lugar en el que se encontraba. La noche anterior apenas había tenido tiempo para ver la habitación en la que iba a pernoctar. Después de tirar las maletas al suelo, se había desnudado y se había metido en la cama.
«La habitación no está mal para tratarse de un país tan pobre como Mali», pensó Dídac mientras la observaba desde el colchón. Al mirar hacia arriba, pudo ver un ventilador colgado del techo que la noche anterior no había detectado. Tampoco le había hecho falta. La lluvia había refrescado el ambiente. De pronto, se incorporó y salió como pudo de la cama, no sin antes esquivar la mosquitera que la cubría para evitar a los peligrosos mosquitos. De camino al aseo se cruzó con dos cucarachas a las que no les dio la más mínima importancia. Se sorprendió al ver una ducha al estilo occidental detrás de la cortinilla. Dídac esperaba un baño más simple en un país como aquel. La ducha duró más de lo pensado, ya que desconocía cuándo iba a poder darse otra en aquellas magníficas condiciones. Desnudo, calmado, dejó que las gotas de agua le golpearan la cabeza, el cuello, la espalda. Se fue relajando mientras sentía el gratificante masaje de una ducha de agua fría en pleno verano.
Ya en el coche, Oumar le fue explicando algunos detalles de la ciudad que les rodeaba. Dídac escuchaba atento, mientras observaba el paisaje urbano del exterior. La oscuridad de la noche y la incesante tormenta tropical no le habían permitido ver casi ningún rasgo de la capital maliense. Bamako le pareció una ciudad bulliciosa, anárquica, algo sucia desde el punto de vista occidental y, sin embargo, carismática. El asfalto apenas existía. El color anaranjado de sus caminos de tierra era salpicado por el tono grisáceo de los constantes charcos de agua turbia. La mugre, la basura y la porquería se amontonaban de forma caótica, y ordenada al mismo tiempo, en las esquinas de las calles. Los laterales de los caminos estaban decorados con pequeños puestos callejeros de comida con ollas grasientas sobre hornillos al fuego.
Bicicletas, coches, motos, carros, todo ello iba de un lugar a otro sin, aparentemente, seguir ninguna señal de tráfico ni ningún orden. Los niños, contentos y salvajes, saltaban en las pequeñas charcas consecuencia de la lluvia de las horas previas. Al ver pasar el coche de Oumar con un hombre de raza blanca en su interior, muchos de ellos corrían detrás de él esperando un cadeau, regalo en francés, del simpático occidental. Dídac al verlos correr sonrientes y descalzos detrás del vehículo, no podía hacer menos que devolverles una enorme sonrisa, embaucado por aquella inocente felicidad.
—¿Y las tres mujeres que llegaron anoche conmigo? —preguntó el español en un momento del trayecto.
—Se fueron media hora antes de que tú te levantaras. Su autobús salía antes.
Con la amarga sensación de no haber podido despedirse de sus compatriotas, Dídac comenzó a darle vueltas a una cuestión. En su mente todavía merodeaba la conversación mantenida con ellas respecto a la peligrosidad de ciertos países del Sahel. Él había llegado a Mali con la férrea idea de que era un país bastante seguro para los cooperantes internacionales, pero el consejo de las otras voluntarias hizo mella en él.
Al llegar a la estación de autobuses el español se quedó atónito. Esperaba encontrarse una estación al modo occidental, menos opulenta y moderna, pero occidental. Seguramente el buen sabor de boca que le había dejado el aeropuerto de Bamako había ayudado a plasmar esa imagen en la mente del profesor. Sin embargo, al parar el coche, Dídac se encontró con un descampado repleto de charcos, suciedad, algunos viejos autocares aparcados en él y una pequeña garita destartalada que hacía las veces de taquilla de venta de billetes.
Un nauseabundo olor golpeó las fosas nasales del profesor al bajar del coche. Una mezcla entre hedor a alcantarillas y tufo a comida en mal estado estuvo a punto de hacerle vomitar. Contuvo la arcada. Se llevó la mano a la boca inconscientemente. Miró a un lado y a otro intentando descubrir de dónde provenía aquel repulsivo olor. Las aguas estancadas en forma de charcos, las moscas revoloteando en torno a la porquería abandonada en cada esquina y los excrementos de varias vacas atadas a un poste de la luz dieron respuesta a aquel pestilente hedor.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Oumar al verlo a punto de vomitar.
—Sí, bueno…, más o menos.
—Es la primera vez que estás en un país del África negra, ¿verdad?
—Sí.
Oumar soltó una gran carcajada.
—Creo que te vas a tener que acostumbrar a los olores fuertes. Vosotros los europeos no soléis estar habituados a estos olores.
—Tienes toda la razón. Y no creo que me acostumbre nunca a este hedor.
—Lo harás, Dídac, ya lo verás. Ese hedor que tú dices huele a África.
Oumar, todavía con una gran sonrisa en su cara, se alejó en dirección al lugar en el que vendían los billetes con destino a Homtitu. De camino a la taquilla Oumar le pidió a un adolescente que descargara las maletas del coche. El español, intentando recuperarse de la congoja sufrida, se quedó observando cómo el chico se echaba sobre su cabeza varias maletas con más de cincuenta kilos en su interior. Al pasar el joven por su lado le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa al blanco observador, a lo que Dídac respondió con otra mueca. Mientras Oumar hacía cola a la espera de ser atendido, Dídac se acercó al adolescente y le dio una moneda por los servicios prestados. Este, al ver la calderilla en su mano, salió corriendo dando saltos de alegría.
Tras despedirse calurosamente de Oumar, el profesor se quedó diez minutos al lado del autobús mientras cargaban su equipaje. Pese a su buena fe, desconfiaba de que le robaran las maletas. Los prejuicios aparecían en el europeo. Era su primera vez en África. Vigiló su equipaje hasta que se cerró el maletero. En ese instante, percibió que algo extraño ocurría. Se sintió incómodo, observado. Todo el mundo le miraba inquieto. El medio centenar de personas que esperaba en torno al autobús prestaba atención a cualquier gesto de Dídac. Miradas indiscretas se cruzaban con la suya, que al encontrarse desaparecían avergonzadas. «¿Pero qué demonios miran?», se preguntó nervioso mientras observaba a toda aquella gente. Justo en ese momento se dio cuenta de que era el único hombre de raza blanca que había en toda la estación. «¿Habrá gente racista en este país? —meditaba el español—. Racistas hay en todos los sitios. Pero, claro, qué extraño eso de un racismo hacia los blancos».
Aquella estaba siendo una mañana de desconcierto y de choque cultural para Dídac. Primero, el asimilar el caos y el fuerte olor de una gran ciudad africana como Bamako; después, el sentirse observado simplemente por el hecho de que el color de su piel fuera distinto al del resto. Pero su extrañeza no iba a quedar ahí. Al subir al autobús se quedó un instante parado, mirando a un lugar y a otro. De nuevo un intenso hedor, pese a que esta vez no le produjo náuseas. El vehículo no era todo lo confortable que él había imaginado. El olor a animal era intenso, tal vez a cabra o posiblemente a gallina, difícil de adivinar. Había restos de basura tirada por el suelo. Muchos reposabrazos habían desaparecido, al igual que un par de asientos. Realmente no le importó. Tenía que ir acostumbrándose a África y dejar los prejuicios de lado.
Se acomodó como buenamente pudo en uno de los asientos traseros y empezó a disfrutar del paisaje a través de la ventanilla. El vehículo había comenzado su trayecto, dejando atrás la bulliciosa, anárquica y carismática Bamako. El color anaranjado de la tierra combinaba a la perfección con el verde tropical de la vegetación. Pequeños charcos descansaban en los laterales del camino, el cual alternaba tramos asfaltados repletos de baches con partes totalmente de tierra. La frondosa vegetación lo inundaba todo, algo que llamó la atención del español. Árboles de todo tipo —de alguno Dídac no conocía el nombre—. Altos, bajos, impenetrables e incluso esqueléticos. Entre tanta variedad, el profesor puso atención en uno de esos árboles. Lo había visto en algunas fotos que su padre le había enseñado de su periplo como médico por África. Ya entonces le pareció bello, pero nada que ver con la realidad. El baobab era un gigantesco árbol que podía alcanzar más de treinta metros de altura y diez de diámetro. A Dídac aquel gigante le enamoró, con su grueso tronco, sus sinuosas y desperdigadas ramas, su imponente majestuosidad y su implacable poderío. El baobab era como el elefante del reino vegetal. Observándolo detenidamente, el profesor dio credibilidad a las leyendas que su padre le había contado años atrás en la adolescencia. Tenía razón, parecía como si aquel árbol hubiese sido plantado al revés, dejando sus raíces al aire y su copa escondida bajo tierra.
Kilómetros, kilómetros y más kilómetros, y el paisaje no cambiaba, repleto de un verde vivo y misterioso que hacía imaginar a Dídac todo tipo de fauna escondida entre semejante maleza. La tupida flora de los laterales de la carretera únicamente dejaba paso, de tanto en tanto, a imágenes que hacían más bella, todavía, la paradisiaca estampa: niños sonrientes que corrían junto al vehículo hasta no poder más; animales esqueléticos —burros, cabras y vacas— que vagaban sin aparente destino; lejanas y cercanas lagunas que daban un toque azulado al entorno, y pequeños y misteriosos pueblos hechos de barro.
Embelesado por el maravilloso paisaje, Dídac sacó su reproductor de música y se puso los auriculares. Nada mejor que disfrutar de la música de Bob Marley en África. El reggae del jamaicano le ayudó a relajarse y dejarse llevar, mientras gozaba del espectáculo que le concedía el continente africano al otro lado del cristal del autobús. Ese momento le sirvió para pensar en su proyecto.
Desde joven Dídac había soñado con poder ir a África a ayudar de forma altruista a la gente que lo necesitara. Siempre había sido una persona solidaria dispuesta a auxiliar a todo aquel que lo precisara. Como cuando de niño ayudaba en el patio del colegio a un compañero de clase al que todos acosaban, aun cuando esto supusiera que también le pegaran a él. O como cuando durante las navidades ayudaba en el centro social de su barrio para recoger alimento y ropa para los más desfavorecidos.
Una fuerza enigmática había hecho que Dídac se fijara en África desde su infancia, una fuerza que le atraía hacia este territorio. Mucho había tenido que ver que su padre hubiera trabajado durante cinco años como médico cooperante en varios países africanos. De niño le fascinaba sentarse en su regazo a escuchar las asombrosas historias que le narraba. Otros niños elegían colores más vivos como color favorito, pero Dídac lo tuvo claro desde un principio: el suyo era el negro.
Su condición de docente le facilitó el hecho de encontrar una ONG a la que presentar su proyecto. Tras meses de interminables llamadas telefónicas, extensos correos electrónicos y numerosas reuniones, Dídac estaba preparado para viajar a Mali. Su idea consistía en desarrollar un curso de español para los jóvenes de Homtitu. Empezaría en pleno verano y, si todo iba bien, continuaría durante el curso académico. Como buen profesor de Francés que era en España, no iba a tener ningún problema para hacerse entender y, además, conseguir que sus alumnos asimilaran una buena base del idioma de Cervantes. La principal meta de su programa era que los estudiantes aprendieran español para ampliar sus conocimientos, pero, sobre todo, con el objetivo de que en un futuro cercano pudieran utilizarlo para tener una vida más próspera. No quería que aprendieran el idioma para luego ir a España a trabajar. Esa no era su meta. No estaba totalmente a favor de ello. Lo que él realmente deseaba era que utilizaran los conocimientos adquiridos para poder encontrar trabajo en su país, en Mali, ya fuera como guías, traductores o profesores. De esta forma podrían desarrollar la economía de su zona, crear riqueza para los suyos, ampliar los recursos de un pueblo tan necesitado como era aquel. Sus ideales utópicos buscaban una mayor educación del pueblo africano para que así pudiera desarrollar su economía por él mismo.
De repente el paisaje cambió. La noche se les había echado encima y la oscuridad lo inundaba todo. Sin previo aviso, un atardecer de ensueño había dejado paso a la negrura más intensa. La electricidad brillaba por su ausencia en una nación como Mali, y más aún alrededor de una carretera perdida del norte del país. Dídac no estaba acostumbrado a ese tipo de transportes, ni a viajes tan largos. Más de diecisiete horas llevaba metido en aquel incómodo habitáculo. El cansancio empezó a hacer mella en él. Hacía casi dos días que había salido de Barcelona y no veía la hora de llegar a su destino. No sabía cuánto tiempo quedaba para llegar a Homtitu y tampoco ningún otro pasajero podía asegurárselo a la perfección. Aquello era África. Allí las distancias no se medían en kilómetros, se medían en tiempo. Pero claro, el tiempo era relativo. Dependía de cuántas paradas hiciera el conductor, de si se rompía el autocar o no, de lo ágiles que fueran los gendarmes en los numerosos controles de carretera y de infinidad de factores que estaban lejos del alcance de aquellos pasajeros.
Finalmente, después de veintiuna horas de duro trayecto en autocar, llegaron a Homtitu. Al asomarse a la escalinata del autobús para descender de él, Dídac se llevó una tremenda sorpresa. Una persona desconocida le esperaba con la mano alargada mientras le daba la bienvenida. Apenas entendió el resto de vocablos que continuó diciendo aquel hombre. Mezclaba algunas palabras en francés con otras en alguna lengua nativa. Realmente no le interesaba lo que le decía ese extraño. Por fin había llegado a Homtitu. Además, alguien había ido a recogerle a las tantas de la madrugada. Jamás se había alegrado tanto en su vida de ver a un desconocido.
Era totalmente de noche y Dídac no pudo distinguir nada. Empezaron a caminar hacia el que iba a ser el nuevo domicilio del profesor en los próximos meses: el albergue Le Paradis. El hombre, al percatarse de que el español no entendía lo que le estaba diciendo, le susurró el nombre de una persona: Nina.
El día anterior a su partida, Dídac había hablado por teléfono desde Barcelona con una doctora francesa que estaba trabajando de cooperante en Homtitu. Nina Briand había llegado a África después de haber recorrido medio mundo colaborando con diferentes organizaciones. Llevaba casi dos años en el poblado trabajando con la misma ONG a la que pertenecía Dídac.
A través de la penumbra consiguieron llegar a la habitación del albergue. Homtitu carecía de alumbrado público, no había electricidad, a excepción de algún generador de energía que había en no más de una decena de casas en todo el poblado. Mientras se acomodaba en su cuarto, el profesor escuchó una dulce voz femenina a sus espaldas: era Nina desde la habitación de enfrente. Se había despertado al oír su llegada. Al girarse, Dídac pudo ver en la puerta opuesta a la suya a una mujer desnuda que portaba una vela en la mano.
Nina era una guapa parisina de treinta y tres años que no pasaba del metro sesenta. Su cara, algo ovalada; sus ojos, negros como el carbón; sobre su nariz, pequeña y aguileña, descansaban infinitas pecas que le conferían un toque juvenil; sus pómulos, pronunciados y colorados, y sus labios, pequeños y finos. Destacaba por un largo cabello moreno azabache en el que se asomaban bastantes rastas.
Una sonrisa se dibujó en la cara de Dídac al ver a aquella bella mujer desnuda al otro lado de la puerta mosquitera. Se dirigió hacia la habitación de Nina, instante en el que esta aprovechó para envolver su angelical cuerpo con una sábana blanca.
—Bienvenido, Dídac —dijo ella en un exquisito francés.
—Muchas gracias. Tú debes de ser Nina, ¿no es así?
—Sí, cielo —contestó ella mientras acercó su cara a él para darle dos besos.
Al besar las mejillas de Dídac y apoyar Nina su mano en la cintura del español, la sábana que envolvía el inocente cuerpo de la francesa se deslizó de forma accidental, dejando al descubierto su desnudez. A ella no le importó; es más, siguió actuando con naturalidad, con una inusual frescura, como si disfrutara de la tensa situación. En cambio, Dídac se quedó varios segundos paralizado y avergonzado ante aquel escenario. Inspiró hondo, conteniendo la respiración. Abrió los ojos como platos. Solo una ristra de carcajadas rompió el tenso silencio. Un espontáneo ataque de risa invadió a ambos.
—Disculpa, Nina —dijo Dídac intentando contener la risa—, pero es que no estoy acostumbrado a este tipo de recibimientos.
—Ni yo tampoco —contestó ella, todavía entre carcajadas—. No suelo darle la bienvenida a la gente totalmente desnuda.
Dídac recogió la sábana del suelo y se la entregó. Sus miradas se cruzaron más de lo necesario. Ella volvió a cubrirse el cuerpo.
—Bueno, pues te dejo descansar, Nina. Hablamos mañana más tranquilamente. Muchas gracias por enviar a ese hombre a recogerme. Ha sido todo un detalle.
—No hay de qué, corazón. Llevaba varios días esperando tu llegada. Me alegro mucho de que ya estés aquí. Buenas noches.
—Buenas noches, doctora Nina.
4
El ruido de los animales despertó al voluntario español. Eran las diez de la mañana, pero Dídac necesitaba descansar algo más. Después del fastidioso viaje, apenas había dormido cinco horas. El canto de un gallo, los rebuznos de varios burros y los balidos de una cabra entraban por la ventana, lo cual hacía imposible que volviera a conciliar el sueño. Era media mañana, pero el calor ya empezaba a apretar con fuerza.
Después de sortear la tediosa mosquitera, no sin problemas, salió de la habitación para inspeccionar el lugar en el que iba a vivir el próximo año. El pequeño albergue Le Paradise estaba compuesto por dos bloques de cinco habitaciones cada uno, situados uno enfrente del otro y separados por un pequeño jardín bastante escaso de vegetación. Al final de cada bloque se encontraban los aseos y las duchas. Aseos y duchas al estilo occidental, algo que llamó la atención del profesor. Dídac abrió el grifo. Salió agua, con poca presión, pero agua. A pesar de que el poblado carecía de agua corriente, Eric, dueño del hospedaje, se encargaba todos los días de ir con su furgoneta a una pequeña fuente ubicada en el centro de Homtitu a cargar bidones que luego utilizaba para llenar unos depósitos situados en la parte alta del cuarto de baño.
Durante su largo trayecto hacia Homtitu el día anterior, el español había encontrado baños de todo tipo, pero todos con la misma seña de identidad: un insoportable e indescriptible hedor a orín y heces. El olor a África del que Oumar le había hablado. El ver un váter, y no un agujero en el suelo, le tranquilizó. El resto del albergue se completaba con la casa de Eric y una estancia separada donde se cocinaba de forma tradicional. Hacia allí se dirigió Dídac al ver a Nina conversando con unas mujeres. Eran la esposa y las hijas de Eric.
Aminata y Bintou eran dos adolescentes. Ambas estaban cocinando cuando llegó Dídac. En cambio, la hermana mayor, Mariam, y la madre, la Madame, conversaban con Nina. Mariam tenía poco más de treinta años, el pelo al estilo afro, sonrisa embaucadora y ojos penetrantes. Su piel, pese a ser negra, no era tan oscura como la de sus hermanas. Era una mujer realmente atractiva. Sin embargo, la Madame, apodo con el que era conocida en el pueblo, era una mujer bastante mayor, obesa y algo perjudicada por el esfuerzo de haber tenido que parir y criar a siete hijos. Esta observó y analizó con detenimiento al profesor. Algo le llamó la atención a la Madame del español. Después de las pertinentes presentaciones, Dídac se sentó a desayunar con su nueva amiga francesa. Mientras tomaban un café, Nina aprovechó para explicarle cómo funcionaba la ONG en el pueblo y cuál era su trabajo en la zona.
Durante la mañana Nina hizo de guía turística para Dídac, presentándole a todos sus amigos y a la gente importante que le tenía que ayudar en su proyecto. Algunas presentaciones fueron bastante distendidas, pero otras fueron de lo más aburridas, como las mantenidas con el subprefecto o con el gendarme de Homtitu. Dídac tenía la sensación de ser un mono de feria, como si saludar al nuevo voluntario otorgara cierto estatus social al que lo hiciera. La gente se sentía importante al conocer a la novedad del poblado. El español enseguida comprendió que se encontraba en un pueblo, en una aldea perdida de África, recordando que en los pueblos normalmente no ocurría nada y lo poco que ocurría solía ser noticia durante varios días.
El agitado día permitió a Dídac descubrir con detenimiento el que iba a ser su lugar de residencia a partir de ese momento. Homtitu era un pequeño pueblo ubicado en el corazón de África, en el límite entre el desierto del Sáhara y la zona del Sahel. Esta situación privilegiada le otorgaba a la zona unas características paisajísticas únicas. Al norte del poblado se podía acariciar con la punta de los dedos la anaranjada y juguetona arena de los últimos reductos del Sáhara. Estos dejaban paso a una inmensa llanura en la que predominaba un manto verde salpicado por punzantes y serpenteantes acacias. Era la sabana africana. Gran parte del año las aguas bajas decoraban este verdoso paisaje con pequeñas motas azuladas, en ocasiones turbias y embarradas, en forma de lagunas. Un objeto destacaba colosal en aquella composición armónica: el monte Homtitu, el más alto y más bello de todo Mali. Imponente se levantaba en aquella infinita llanura, hercúleo, controlador, protector de los seres que habitaban a sus pies.
El terroso pueblo, formado por frágiles casas hechas de barro y paja, estaba dividido en dos partes: el Homtitu alto, arcaico y escondido en la falda de la montaña, y el Homtitu bajo, más avanzado, lineal, dispuesto a lo largo de la escasamente asfaltada carretera que cruzaba el país de sur a norte. Las sinuosas calles del poblado mostraban un caótico entramado de viviendas en las que escaseaban la electricidad, los baños, las comodidades y todo tipo de lujo relacionado con el mundo occidental. Homtitu era un pueblo pobre en medio de un país pobre. Y eso se notaba. Únicamente destacaba una construcción sobre el monótono color terroso de las casas: la mezquita. De color amarillo, solo las ventanas azuladas rompían la armonía del templo. Dos esbeltos minaretes se alzaban en los bordes del edificio. Homtitu era un lugar predominantemente musulmán, aunque también convivían felizmente algunas familias cristianas.
Caminaba Dídac junto a Nina por estos lares, cuando una imagen hizo que se pararan. Una inmensa charca, formada por las recientes lluvias, se presentaba ante ellos. En su interior se encontraban jugando unos veinte niños semidesnudos. Las muestras de alegría y felicidad que mostraban llamaron la atención del profesor. Al ver al español parado disfrutando de la postal, los críos comenzaron a gritar y corrieron en dirección a él, provocándole una tremenda y espontánea carcajada. Dídac estaba descubriendo una de las grandes maravillas de África y uno de sus enormes potenciales: sus niños. Absorto, notó cómo algo le tiraba de la parte baja de sus pantalones. Al girar su cabeza pudo ver a un niño agarrado férreamente a su pantalón con una mano y con la otra extendida intentando saludar al extraño hombre blanco. Una colosal sonrisa se dibujaba en la cara del crío. La felicidad plena se plasmó en el rostro del niño al estirar su mano Dídac y estrechar la del niño maliense. No se encontró con una mano suave, dulce, una mano de niño, sino que sintió una mano áspera, algo rugosa, que mostraba la dureza de la vida de aquel joven. El tiempo se detuvo en ese momento mientras el hombre español y el niño maliense movían sus manos de arriba abajo una y otra vez. Cuatro ojos atentos los unos a los otros. Blancas sonrisas reflejadas en la mirada contraria. Respiración pausada de un hombre que desconocía la paz, la serenidad y el equilibrio que podía transmitirle un crío únicamente con una sonrisa. El resto de chiquillos ya habían llegado a la altura del profesor. Gritaban, cantaban, saltaban, daban muestras de alegría. Pero la algarabía no desconcentraba a Dídac. Allí continuaba enganchado a la mano de aquel ser, observando la felicidad en forma de niño. En ese momento empezó a plantearse varias preguntas que rondarían en su cabeza durante toda su estancia en África. «¿Qué tendrán estos niños para ser tan felices? ¿Cómo es posible ser tan feliz si no tienen nada?» La respuesta, obviamente, no la obtuvo en ese instante.
Pensativo por el momento vivido, continuó su camino junto a Nina hasta llegar al que iba a ser su lugar de trabajo. La escuela de secundaria se hallaba a diez minutos andando del albergue. Estaba cerrada. Era una construcción rectangular de cemento y ladrillo levantada por su ONG años atrás. Junto al colegio se situaba un campo de fútbol en el que predominaban los baches y las cagadas de vaca. No era el lugar idóneo para practicar deporte. Un grupo de chavales jugaba intentando sortear a las vacas que pastaban por el terreno de juego con libertad total. Uno de los chicos se acercó para saludar a Nina.
—Hola, Fanta Maïga —dijo el joven dirigiéndose a Nina—. ¿Qué tal?
—Muy bien, gracias. Aquí estoy, dando un paseo por el pueblo con Dídac, el nuevo profesor voluntario. Os presento. Mira Dídac, este es Baba.
—Hola, Baba. Encantado de conocerte.
—Igualmente —respondió con una gran sonrisa—. ¿Tú eres el profesor que va a impartir el curso de español?
—Sí, soy yo. Veo que has oído hablar de mí.
Los tres se apartaron un instante. Una vaca pasó lentamente caminando entre ellos. Baba y Nina actuaron con total naturalidad, sin prestar ninguna atención al animal. En cambio, Dídac se sorprendió al tener que cederle el paso a una vaca que pasaba entre ellos. Baba le sacó de su zozobra y le devolvió al mundo real.
—Sí, sí. Estábamos esperando tu llegada. Yo voy a ser uno de tus alumnos. Tengo muchísimas ganas de empezar las clases y continuar aprendiendo español.
—Tus palabras me motivan mucho —dijo pletórico—. Espero poder empezar a impartir las clases dentro de un par de días, seguramente el lunes.
—Chicos, aún tenemos que hablar con el director de la escuela de secundaria y finalizar los últimos detalles —intervino Nina—. Es posible que mañana o el domingo podamos reunirnos con él. Baba, tú coméntales a tus amigos que el lunes a las ocho de la mañana empiezan las clases de español. Si hubiera algún cambio nosotros te avisamos, ¿de acuerdo, corazón?
—Vale. Por cierto, Nina, ha pasado hace un rato el doctor Mamadou por aquí y nos ha preguntado por ti. Yo le he dicho que no sabía dónde estabas.
El semblante de Nina cambió al instante. Esta guardó silencio, meditabunda, con la mirada perdida. Dídac y Baba esperaban la respuesta de la médica. Era obvio que Nina ahora ya no les prestaba atención, estaba pensando en sus cosas.
—¿Y no te ha dicho qué quería? —dijo por fin Nina.
—No. Ha preguntado por ti y se ha ido.
—De acuerdo. Gracias, Baba —concluyó la médica muy pensativa.
—Perdona, Baba, te voy a hacer una pregunta —dijo Dídac cambiando totalmente de asunto—. Veo que estáis entrenando. ¿Cabría la posibilidad de que pudiera venir algún día a jugar al fútbol? Es que yo en España también suelo jugar y me gustaría poder hacerlo con vosotros.
—Vale. Entrenamos lunes, miércoles y viernes. Cualquiera de estos días que te apetezca te vienes.
—Perfecto, no dudes que lo haré —contestó alegremente Dídac a la proposición del adolescente.
Baba Cissé era un joven de dieciocho años de estatura baja, caminar algo encorvado, pelo rasurado al cero y mandíbula pronunciada. Cuatro cicatrices en dirección horizontal, dos en cada mejilla, destacaban en su cara. Solía trabajar en sus ratos libres echándole una mano a Eric en el albergue cuando este tenía turistas o voluntarios alojados. Esto le había permitido entablar una pequeña amistad con la médica francesa. Nina había sido bautizada por la Madame, mujer de Eric, como Fanta Maïga, ya que era normal que al llegar al pueblo nuevos voluntarios estos recibieran un nombre típico de la zona. Para los lugareños era muy difícil pronunciar los extraños nombres europeos; además así le daban un toque más familiar a la convivencia.
Por la noche, ya en el albergue, la cena transcurrió en torno a los preparativos del proyecto educativo de Dídac. El español esperaba que todo estuviera organizado a su llegada, pero a lo largo del día se había dado cuenta de que no había nada preparado. Así que iba a tener que ser él, con la inestimable ayuda de Nina, quien iba a tener que arreglarlo todo. Al día siguiente aún tenía que reunirse con el alcalde de Homtitu, además de tener el domingo la esperada reunión con el director del colegio. Estaba impaciente por empezar a dar clases, pero antes de ello todavía quedaba mucho trabajo por hacer.
Un manto de estrellas y media luna eran la única luz que iluminaba la sobremesa de Nina y Dídac. Cenaban delante de la terraza del albergue, a la intemperie. Hacía una noche apacible. Una ligera brisa refrescaba el ambiente, algo que era de agradecer después del caluroso día. Al finalizar la cena, a Nina y Dídac se unieron Baba, Mariam y algunos otros lugareños que el español todavía no conocía. Dídac jamás había disfrutado de un cielo tan estrellado como el que tenía en ese momento sobre su cabeza. La nula contaminación lumínica era la causa de aquella enorme cantidad de estrellas. Maravillado por semejante panorámica, apenas prestaba atención a las palabras de sus contertulios. Aquella jornada había descubierto algunas de las maravillas africanas que le había relatado su padre desde pequeño.
Meditabundo, ese era el adjetivo que mejor definía a Dídac en aquel momento. El día había sido de lo más estresante, pero esperanzador a la vez. Como si de un mono de feria se tratase, había ido todo el día de un lado para otro bajo un intenso sol. Estaba agotado. Sin embargo, su sueño de ser profesor voluntario en África iba cogiendo forma. Aunque debía ser paciente, organizarlo todo bien. Aún iba a tener que esperar alguna jornada más para poder impartir su primera clase. Pero aquel primer día en Homtitu dejaba una duda en Dídac. Un sentimiento de curiosidad inundaba todo su ser, un sentimiento que había dejado poso en él. Aquellos niños que jugaban en la charca, aquella mirada indiscreta de un pequeño desconocido, aquellos ojos negros, aquella sonrisa blanca... Y la pregunta volvía a su mente: «¿Cómo es posible que sean tan felices si no tienen nada?»
5
Mojado, muy mojado. Dídac daba vueltas de un lado de la cama al otro totalmente empapado. Abrió los ojos algo confundido. No entendía el porqué de semejante humedad en su colchón. Al girarse sobre sí mismo observó la ventana de su habitación. Se la había dejado abierta el día anterior. Había estado lloviendo toda la noche. Una gran tormenta era la causa de que amaneciera su cama inundada.
En el exterior todo eran charcos y humedad. Al asomarse a la puerta de su cuarto Dídac se desperezó estirando los brazos e inhaló intensamente aquel aire fresco. El aroma a tierra mojada le encantaba, le recordaba a su infancia. Los charcos iban a permanecer todo el día, en cambio la humedad desapareció en medio hora. Apretaba el calor con fuerza pese a que era primera hora de la mañana.
Primera reunión del día: el alcalde. Dídac pensaba que era la más formal de las que iba a tener aquellos días en el pueblo, pero no la más esperada por parte del profesor. Nina y él cruzaron el Homtitu bajo, no sin antes pararse a saludar a medio pueblo. El otro medio se hallaba protegiéndose a la sombra. Aquello era África, no había estrés, no existían las prisas. El sol caía a plomo. El calor era insoportable, pegajoso, abrasador. El día anterior ya lo había notado, pero no quiso decir nada. El bochorno se volvía a repetir una jornada más.
—¿Siempre hace tanto calor aquí? —le preguntó a Nina antes de afrontar la subida a la parte alta del pueblo.
—Ya me extrañaba que no dijeras nada. Cielo, tendrás que aprender a convivir con ello. Te diría que te acostumbrarás, pero la verdad es que tengo mis dudas. Yo, después de dos años, no me he acostumbrado todavía.
—¿No?
—No, cariño. Aquí hace un calor bochornoso, mortal, un calor que no te deja ni respirar, un calor que, en ocasiones, no te permite ni pensar. Y da gracias. Has tenido suerte.
—¿Sí? ¿Por qué?
—Porque has llegado en la estación húmeda. Las continuas lluvias refrescan bastante el ambiente. Durante la estación seca esto es un verdadero infierno.
El mandatario del pueblo, cuya casa se ubicaba en el Homtitu alto, les recibió tirado en un sofá, rodeado de amigos y algún sirviente. Al ver a Nina, Fanta Maïga para él, se incorporó y la saludó efusivamente. Se notaba que la blanca francesa despertaba algo más que simpatía en él. En cambio, a Dídac le tendió la mano y le dirigió una mirada de total indiferencia. Se la apretó con fuerza, como intentándole hacer ver quién era el que mandaba en aquel pueblo. El profesor no lo dudó ni un momento y contestó con firmeza ante aquel apretón.
Dos horas estuvieron conversando animadamente el alcalde, sus amigos y Nina. Después de los cinco primeros minutos, en los que Dídac habló de su proyecto, el profesor se limitó a escuchar lo que decían los contertulios sin mencionar palabra alguna. A ninguno de los allí presentes le interesaba lo más mínimo todo lo relacionado con el curso de español que quería impartir. Estaban más pendientes de mirar, manosear y escuchar a la atractiva francesa. El español sintió un poco de asco, cierta repugnancia hacia aquellos hombres. No entendía qué hacía allí sentado teniendo que aguantar la incómoda situación. Las costumbres del lugar decían que todo nuevo visitante extranjero que fuera a residir cierto tiempo en el pueblo tenía que pasar por una serie de presentaciones oficiosas, el subprefecto, el gendarme jefe y el alcalde. Y Dídac no iba a ser una excepción.
—Nina, ¿te has dado cuenta de cómo te miraban esos hombres? —le susurró a su amiga justo en el momento en el que salían de casa del alcalde.
—Sí, claro que me he dado cuenta —contestó la francesa mientras se daba la vuelta y se despedía del alcalde con un ligero y afectuoso movimiento de mano—. Aquí te vas a tener que habituar a ciertas cosas. A mí me costó mucho adaptarme. pero al final, después de mucho tiempo, lo he conseguido.
—Entiendo, Nina.
—Como la mayoría de sociedades musulmanas, la maliense es bastante machista. La figura de la mujer está en un segundo plano, pese a ser la parte más trabajadora de la familia. El hombre es el que manda. A ellos les gustan mucho las mujeres occidentales. Piensa que no están acostumbrados a la palidez de nuestra piel. Eso les pone, les excita. Les llama mucho la atención todo lo nuevo.
—Pero eso no justifica la manera en que te miraban aquellos hombres. El mismísimo alcalde no ha parado de manosearte durante todo el rato.
—No te equivoques, Dídac —le interrumpió Nina algo enfadada alzando la voz—. ¡No me ha manoseado, como tú dices! Aquí es muy normal que cuando dos personas se paran a hablar, ya sean una mujer y un hombre, dos mujeres o dos hombres, entrelacen sus manos y se las toquen mientras conversan, siempre y cuando tengan cierta amistad entre ellas, claro está. Creo que te vas a tener que adaptar a muchas cosas. Recuerda que cuando uno viaja a otro país, cuando uno llega a una sociedad nueva, es uno el que tiene que adaptarse al nuevo lugar y olvidarse un poco de sus costumbres de origen. Nunca se va a adaptar la nueva sociedad al visitante, no lo olvides.
