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Un enfrentamiento entre Harry Bosch y Mickey Haller que termina en una alianza La novela en la que se basa la serie de Netflix El Abogado del Lincoln Después de dos años de contratiempos, la situación empieza a mejorar para el abogado defensor Mickey Haller. Por fin está listo para regresar a los tribunales. Es entonces cuando recibe una doble noticia: su colega Jerry Vincent ha sido asesinado y él va a hacerse cargo de la defensa de Walter Elliott, un destacado magnate del cine acusado de asesinar a su esposa y al amante de esta. Sin embargo, mientras se prepara para un caso que podría potenciar su carrera, Haller se entera de que el asesino de Vincent puede ir también a por él. Entretanto, el detective de la policía de Los Ángeles Harry Bosch está decidido a encontrar al asesino de Vincent y no se opone a utilizar a Haller como cebo. A medida que aumenta el peligro, esos dos solitarios se dan cuenta de que su única opción es trabajar juntos.
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Seitenzahl: 592
Veröffentlichungsjahr: 2022
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En memoria de Terry Hansen y Frank Morgan
Todo el mundo miente.
Los policías mienten. Los abogados mienten. Los testigos mienten. Las víctimas mienten.
Un juicio es un concurso de mentiras. Y en la sala todo el mundo lo sabe. El juez lo sabe. Incluso los miembros del jurado lo saben. Entran en el edificio sabiendo que les mentirán. Toman sus asientos en la tribuna del jurado y aceptan que les mientan.
Cuando estás sentado en la mesa de la defensa el truco es ser paciente. Esperar. No a cualquier mentira, sino a aquella a la que puedes aferrarte y usarla como un hierro candente para fraguar una daga. Después usas esa daga para desgarrar el caso y desparramar sus tripas por el suelo.
Ese es mi trabajo, forjar la daga. Afilarla. Usarla sin misericordia ni cargo de conciencia. Ser la verdad en un sitio donde todo el mundo miente.
Estaba en el cuarto día del juicio en el Departamento 109 del edificio del tribunal penal, en el centro de Los Ángeles, cuando atrapé la mentira que se convirtió en la daga que desgarró el caso. Mi cliente, Barnett Woodson, se enfrentaba a dos acusaciones de asesinato que iban a llevarlo hasta la sala gris acero de San Quintín, donde te inyectan en vena la voluntad de Dios.
Woodson, un traficante de drogas de veintisiete años de Compton, estaba acusado de robar y asesinar a dos estudiantes universitarios de Westwood que querían comprarle cocaína. Él prefirió quedarse con el dinero y matarlos con una escopeta de cañones recortados. O eso afirmaba la fiscalía. Era un crimen de negro contra blanco, lo cual complicaba bastante las cosas a Woodson, sobre todo al producirse solo cuatro meses después de los disturbios que habían arrasado la ciudad. Pero lo que empeoraba aún más su situación era que el asesino había intentado ocultar el crimen sumergiendo los dos cadáveres en el embalse de Hollywood. Allí se quedaron durante cuatro días antes de aparecer en la superficie como manzanas en un tonel de feria. Manzanas podridas. La idea de cadáveres en descomposición en el embalse que constituía el principal suministro de agua potable de la ciudad provocó una arcada colectiva en las entrañas de la comunidad. Cuando los registros telefónicos relacionaron a Woodson con las víctimas y detuvieron a mi cliente, la indignación que la opinión pública dirigió contra él era casi palpable. La oficina del fiscal del distrito anunció prestamente que solicitaría la pena capital.
El caso contra Woodson, no obstante, no era tan palpable. Estaba construido básicamente sobre pruebas circunstanciales —los registros telefónicos— y el testimonio de testigos que eran ellos mismos delincuentes. Y el testigo de la fiscalía Ronald Torrance era el más destacado de este grupo. Aseguraba que Woodson le había confesado los crímenes.
Torrance se había alojado en la misma planta de la prisión central que Woodson. Ambos hombres permanecían confinados en un módulo de alta seguridad que contenía dieciséis celdas individuales en dos hileras superpuestas que daban a una sala comunitaria. En ese momento, los dieciséis reclusos del módulo eran negros, siguiendo el rutinario aunque cuestionable procedimiento carcelario de «segregación por seguridad», lo cual conllevaba dividir a los reclusos según la raza y la afiliación de bandas para evitar confrontaciones y violencia. Torrance se hallaba en espera de juicio por robo y agresión con agravantes como resultado de su participación en el saqueo durante los disturbios. Entre las seis de la mañana y las seis de la tarde, los detenidos en máxima seguridad tenían acceso a la sala comunitaria, donde comían, jugaban a cartas en las mesas e interactuaban bajo la mirada vigilante de los guardias situados en una garita de cristal elevada. Según Torrance, fue en una de esas mesas donde mi cliente le había confesado que había matado a los dos chicos del Westside.
La acusación se desvivió por hacer a Torrance presentable y creíble para el jurado, que solo tenía tres componentes negros. Lo afeitaron, le cortaron las rastas y le dejaron el pelo corto para que se presentara en la sala el cuarto día del juicio de Woodson. Iba ataviado con un traje azul pálido, sin corbata. En el interrogatorio directo, guiado por el fiscal Jerry Vincent, Torrance describió la conversación que supuestamente mantuvo con Woodson una mañana en una de las mesas de pícnic. Woodson, según declaró Torrance, no solo le confesó los crímenes, sino que le proporcionó muchos de los detalles reveladores de los asesinatos. La cuestión que se dejó clara al jurado era que se trataba de detalles que solo conocería el verdadero asesino.
Durante el testimonio, Vincent mantuvo a Torrance atado en corto, con largas preguntas concebidas para obtener respuestas breves. Las cuestiones estaban sobrecargadas hasta el punto de ser sugestivas, pero no me molesté en protestar, ni siquiera cuando el juez Companioni me miró arqueando las cejas, prácticamente rogándome que interviniera. No protesté, porque quería el contrapunto. Pretendía que el jurado viera lo que estaba haciendo la acusación. Cuando llegara mi turno, iba a dejar que Torrance se explayara con sus respuestas mientras yo me contenía y esperaba la daga.
Vincent terminó su interrogatorio directo a las once de la mañana y el juez me preguntó si quería almorzar temprano antes de empezar mi contrainterrogatorio. Le dije que no, que no quería un descanso. Lo expuse como si estuviera asqueado y no pudiera esperar ni un segundo más para abordar al hombre que se hallaba en el estrado. Me levanté, cogí una carpeta grande y gruesa y una libreta y me acerqué al testigo.
—Señor Torrance, me llamo Michael Haller. Soy abogado del turno de oficio y represento a Barnett Woodson. ¿Nos hemos visto antes?
—No, señor.
—No lo creo. Pero usted y el acusado, el señor Woodson, se conocen desde hace mucho, ¿verdad?
Torrance esbozó una sonrisa retraída, pero yo había hecho los deberes con él y sabía exactamente con quién estaba tratando. El testigo tenía treinta y dos años y había pasado un tercio de su vida en prisión preventiva o cumpliendo condena. Su formación había terminado en cuarto grado, cuando dejó de ir a la escuela y ningún padre pareció notarlo o preocuparse. Según la ley de reincidencia del estado de California, se enfrentaba al premio especial a toda la trayectoria profesional si se le condenaba por los cargos de haber robado y golpeado con una papelera metálica a la encargada de una lavandería de autoservicio. El delito se había cometido durante los tres días de disturbios y saqueos que desgarraron la ciudad después de que se anunciaran veredictos de inocencia en el juicio de los cuatro agentes de policía acusados de uso excesivo de la fuerza contra Rodney King, un automovilista negro al que pararon por conducir erráticamente. En resumen, Torrance tenía buenas razones para ayudar a la fiscalía a acabar con Barnett Woodson.
—Bueno, desde hace unos meses —dijo Torrance—. En máxima seguridad.
—Ha dicho máxima seguridad —pregunté haciéndome el tonto—. ¿A qué se refiere?
—Al módulo de máxima seguridad. En el condado.
—Entonces está hablando de la prisión, ¿verdad?
—Exacto.
—Así pues, ¿me está diciendo que no conocía a Barnett Woodson antes?
Formulé la pregunta con sorpresa en la voz.
—No, señor. Nos conocimos en prisión.
Tomé un apunte en una libreta como si se tratara de una importante concesión.
—Veamos, hagamos cuentas, señor Torrance. Barnett Woodson fue trasladado al módulo de alta seguridad donde usted ya residía desde el mes de septiembre de este año. ¿Lo recuerda?
—Sí, recuerdo que vino, sí.
—¿Y por qué estaba usted en máxima seguridad?
Vincent se levantó y protestó, argumentando que me estaba adentrando por un camino que él ya había pisado en su interrogatorio directo. Aduje que estaba buscando una explicación más amplia del encarcelamiento de Torrance, y el juez Companioni me dio cuerda. Pidió a Torrance que respondiera a la pregunta.
—Como he dicho, estoy acusado de un cargo de agresión y uno de robo.
—Y estos supuestos crímenes se cometieron durante los disturbios, ¿es correcto?
Dado el clima antipolicial que impregnaba las comunidades minoritarias de la ciudad desde los disturbios, había batallado durante la selección del jurado para conseguir el máximo número de negros y latinos en la tribuna. Pero allí tenía una oportunidad de ganarme a los cinco miembros blancos del jurado que la acusación había conseguido colarme. Quería que supieran que el hombre en el que el fiscal había depositado tanta confianza era uno de los responsables de las imágenes que habían visto en su televisión en mayo.
—Sí, estaba en la calle como todo el mundo —respondió Torrance—. Digo yo que los polis se salen con la suya demasiado en esta ciudad.
Asentí con la cabeza como si estuviera de acuerdo.
—¿Y su respuesta a la injusticia de los veredictos en el caso de apaleamiento de Rodney King fue salir a la calle, robar a una mujer de sesenta y dos años y dejarla inconsciente con una papelera de acero? ¿Es correcto, caballero?
Torrance miró a la mesa de la acusación y luego más allá de Vincent a su propio abogado, sentado en la primera fila de la galería del público. Tanto si habían preparado una respuesta para esta pregunta como si no, su equipo legal no podía ayudar a Torrance en ese momento. Estaba solo.
—Yo no hice eso —dijo finalmente.
—¿Es usted inocente del crimen que se le imputa?
—Exacto.
—¿Y respecto al saqueo? ¿No cometió delitos durante los disturbios?
Después de una pausa y otra mirada a su abogado, Torrance dijo:
—Me acojo a la quinta.
Como esperaba. Seguidamente llevé a Torrance a través de una serie de preguntas concebidas para que no le quedara otra opción que incriminarse a sí mismo o negarse a responder bajo las protecciones de la Quinta Enmienda. Finalmente, después de que se acogiera a no declarar en su contra en seis ocasiones, el juez se cansó de mi insistencia y me hizo volver al caso que nos ocupaba. Obedecí con reticencia.
—Está bien, ya basta de hablar de usted, señor Torrance —dije—. Volvamos al señor Woodson. ¿Estaba al tanto de los detalles de este doble asesinato antes de conocer al señor Woodson en prisión?
—No, señor.
—¿Está seguro? Atrajo mucha atención.
—Estaba en prisión, señor.
—¿No hay televisión ni diarios en prisión?
—No leo los periódicos y la televisión del módulo está rota desde que llegué allí. Montamos un cirio y dijeron que la arreglarían, pero no han arreglado una mierda.
El juez advirtió a Torrance que cuidara su lenguaje y el testigo se disculpó. Seguí adelante.
—Según los registros de prisión, el señor Woodson llegó al módulo de alta seguridad el cinco de septiembre y, según el material de revelación de pruebas del estado, usted contactó con la acusación en octubre después de la supuesta confesión de Woodson. ¿Le parece correcto?
—Sí, me parece que sí.
—Bueno, pues a mí no, señor Torrance. ¿Le está diciendo a este jurado que un hombre acusado de un doble asesinato y que se enfrenta a una posible pena de muerte confesó a un recluso al que conocía desde hacía menos de cuatro semanas?
Torrance se encogió de hombros antes de responder.
—Es lo que pasó.
—Eso dice. ¿Qué le dará la fiscalía si el señor Woodson es condenado por estos crímenes?
—No lo sé. Nadie me ha prometido nada.
—Con sus antecedentes y los cargos que se le imputan, se enfrenta a más de quince años en prisión si lo condenan, ¿es cierto?
—No sé nada de eso.
—Ah, ¿no?
—No, señor. Se ocupa mi abogado.
—¿No le ha dicho que si no hace nada para impedirlo, podría ir a prisión durante mucho mucho tiempo?
—No me ha dicho nada de eso.
—Ya veo. ¿Qué le ha pedido al fiscal a cambio de su testimonio?
—Nada. No quiero nada.
—Así pues, está testificando aquí porque cree que es su deber como ciudadano, ¿es correcto?
El sarcasmo en mi voz era inequívoco.
—Exacto —respondió Torrance con indignación.
Levanté la gruesa carpeta por encima del estrado para que pudiera verla.
—¿Reconoce esta carpeta, señor Torrance?
—No. No que yo recuerde.
—¿Está seguro de no haberla visto en la celda del señor Woodson?
—Nunca estuve en su celda.
—¿Está seguro de que no se coló allí y miró en el archivo de revelación de pruebas cuando el señor Woodson estaba en la sala o en la ducha o quizá en el patio?
—No, no lo hice.
—Mi cliente tenía en la celda muchos de los documentos de investigación relacionados con su acusación. Estos contenían varios de los detalles sobre los que usted ha testificado esta mañana. ¿No cree que es sospechoso?
Torrance negó con la cabeza.
—No. Lo único que sé es que se sentó allí y me dijo lo que había hecho. Estaba mal y se desahogó. Qué culpa tengo de que la gente se me confíe.
Asentí como si me compadeciera de la carga que Torrance tenía que soportar por ser un hombre al que los demás se confiaban, especialmente cuando se trataba de dobles homicidios.
—Por supuesto que no, señor Torrance. Ahora, puede decir exactamente al jurado lo que le dijo. Y no use los atajos que usó cuando el señor Vincent le hacía las preguntas. Quiero oír exactamente lo que mi cliente dijo. Díganos sus palabras, por favor.
Torrance hizo una pausa como para hurgar en su recuerdo y componer sus ideas.
—Bueno —dijo finalmente—, estábamos allí sentados, los dos solos y tal, y empezó a hablar de que estaba mal por lo que había hecho. Le pregunté: «¿Qué hiciste?», y me habló de la noche en que mató a los dos tipos y dijo que se sentía fatal.
La verdad es corta. Las mentiras son largas. Quería que Torrance hablara en extenso, algo que Vincent había logrado evitar. Los chivatos de la cárcel tienen algo en común con todos los timadores y los mentirosos profesionales. Buscan esconder el engaño con desorientación y bromas. Envuelven sus mentiras con algodón. Pero entre toda esa pelusa muchas veces encuentras la clave para desvelar la gran mentira.
Vincent protestó de nuevo, argumentando que el testigo ya había respondido a las preguntas que estaba planteando y que simplemente estaba insistiéndole en este punto.
—Señoría —respondí—, este testigo está poniendo una confesión en boca de mi cliente. Por lo que respecta a la defensa, es la clave del caso. El tribunal sería negligente si no me permitiera explorar completamente el contenido y contexto de un testimonio tan devastador.
El juez Companioni ya estaba asintiendo con la cabeza antes de que yo terminara la última frase. Desestimó la protesta de Vincent y me pidió que procediera. Volví mi atención al testigo y hablé con una nota de impaciencia en mi voz.
—Señor Torrance, todavía está resumiendo. Asegura que el señor Woodson le confesó los crímenes. Así pues, dígale al jurado lo que él le contó. ¿Cuáles fueron las palabras exactas que dijo cuando confesó su crimen?
Torrance asintió como si solo entonces se diera cuenta de lo que estaba preguntando.
—Lo primero que me dijo fue: «Tío, estoy fatal». Y yo le dije: «¿Por qué, hermano?». Él dijo que no paraba de pensar en aquellos dos tipos. No sabía de qué estaba hablando, porque, como he dicho, bueno, no había oído nada del caso. Así que dije: «¿Qué dos tipos?», y él dijo «Los dos negratas que tiré en la presa?». Le pregunté de qué estaba hablando y él me contó que les disparó a los dos con una recortada y los envolvió en alambre de corral y tal. Dijo: «Solo hice una cagada», y le pregunté cuál era. Él dijo: «Tendría que haber llevado un cuchillo y rajarles la tripa para que no terminaran flotando». Y eso fue lo que me contó.
En mi visión periférica había visto a Vincent encogerse a mitad de la larga respuesta de Torrance. Sabía por qué y cuidadosamente me acerqué con la daga.
—¿El señor Woodson usó esa palabra? ¿Llamó a las víctimas «negratas»?
—Sí, eso dijo.
Dudé al preparar la formulación de la siguiente pregunta. Sabía que Vincent estaba esperando para protestar si le daba pie. No podía pedir a Torrance que interpretara. No podía preguntar «por qué» respecto al significado que le daba Woodson o su motivación para usar esa palabra.
Eso era susceptible de objeción.
—Señor Torrance, en la comunidad negra la palabra «negrata» puede significar distintas cosas, ¿no?
—Supongo.
—¿Es eso un sí?
—Sí.
—El acusado es afroamericano, ¿no?
Torrance rio.
—Eso me parece.
—¿Igual que usted, señor?
Torrance empezó a reír otra vez.
—Desde que nací —dijo.
El juez golpeó con la maza y me miró.
—Señor Haller, ¿es realmente necesario?
—Pido disculpas, señoría.
—Por favor, continúe.
—Señor Torrance, cuando el señor Woodson usó esta palabra, como dice que hizo, ¿le sorprendió?
Torrance se frotó el mentón como si reflexionara sobre la pregunta. Entonces negó con la cabeza.
—La verdad es que no.
—¿Por qué no estaba asombrado, señor Torrance?
—Supongo que es porque la oigo todo el tiempo.
—¿De otros hombres de color?
—Eso es. También se la oigo a tipos blancos.
—Bueno, cuando los negros usan esa palabra, como dice que lo hizo el señor Woodson, ¿de quién están hablando?
Vincent protestó, argumentando que Torrance no podía hablar por lo que otros hombres decían. Companioni admitió la protesta y yo me tomé un momento para retrazar el camino a la respuesta que quería.
—Vamos a ver, señor Torrance —dije por fin—. Hablemos solo de usted, entonces, ¿de acuerdo? ¿Usa esa palabra en alguna ocasión?
—Creo que sí.
—Muy bien, y cuando la usa, ¿a quién se refiere?
Torrance se encogió de hombros.
—A otros tipos.
—¿Otros hombres negros?
—Eso es.
—¿En alguna ocasión se ha referido a hombres blancos como «negratas»?
Torrance negó con la cabeza.
—No.
—Muy bien, así pues, ¿qué cree que significaba cuando Barnett Woodson describió a los dos hombres a los que tiró al embalse como «negratas»?
Vincent rebulló en su asiento y su lenguaje corporal insinuó que iba a protestar, pero no llegó a formular la objeción verbalmente. Debió de darse cuenta de que sería inútil. Había llevado a Torrance a una ratonera y era mío.
Torrance respondió la pregunta.
—Entendí que eran negros y que los mató a los dos.
Ahora el lenguaje corporal de Vincent cambió de nuevo. Se hundió un poco más en el asiento, porque sabía que su apuesta de poner a un chivato carcelario en el estrado de los testigos acababa de salirle rana.
Miré al juez Companioni. Él también sabía lo que se avecinaba.
—Señoría, ¿puedo acercarme al testigo?
—Puede hacerlo —dijo el juez.
Caminé hasta el estrado de los testigos y puse la carpeta delante de Torrance. Estaba raída y era de color naranja, un color usado en las cárceles del condado para identificar documentos legales privados que un recluso está autorizado a poseer.
—Bien, señor Torrance, he puesto delante de usted una carpeta en la cual el señor Woodson guarda documentos de revelación que sus abogados le han proporcionado en prisión. Le pregunto una vez más si los reconoce.
—He visto un montón de carpetas naranjas en máxima seguridad. Eso no significa que haya visto esta.
—¿Está diciendo que nunca vio al señor Woodson con su carpeta?
—No lo recuerdo exactamente.
—Señor Torrance, estuvo en el mismo módulo que el señor Woodson durante treinta y dos días. Testificó que confiaba en usted y que se le confesó. ¿Está diciendo que nunca lo vio con esta carpeta?
Al principio no respondió. Lo había arrinconado y no tenía escapatoria. Esperé. Si continuaba asegurando que nunca había visto la carpeta, su afirmación de una confesión de Woodson sería sospechosa a ojos del jurado. Si finalmente concedía que estaba familiarizado con la carpeta, me abriría una puerta enorme.
—Lo que estoy diciendo es que lo vi con su carpeta, pero nunca miré lo que había dentro.
Bang. Lo tenía.
—Entonces le pediré que abra la carpeta y la inspeccione.
El testigo siguió mis instrucciones y miró de un lado al otro de la carpeta abierta. Volví al atril, observando a Vincent en mi camino. Tenía la mirada baja y la tez pálida.
—¿Qué ve cuando abre la carpeta, señor Torrance?
—A un lado hay fotos de los dos muertos en el suelo. Están grapadas. Y al otro lado hay un montón de papeles, informes y tal.
—¿Puede leer el primer documento del lado derecho? Solo lea la primera línea del sumario.
—No, no sé leer.
—¿No sabe leer nada?
—La verdad es que no. No fui a la escuela.
—¿Puede leer alguna de las palabras que están al lado de las casillas que están marcadas en la parte superior del sumario?
Torrance miró la carpeta y sus cejas se juntaron en ademán de concentración. Yo sabía que habían probado su capacidad de lectura durante su último periodo en prisión y se había determinado que estaba en el mínimo nivel mesurable, por debajo de la de un alumno de segundo grado.
—La verdad es que no —repitió—. No sé leer.
Me acerqué rápidamente a la mesa de la defensa y cogí otra carpeta y un rotulador permanente de mi maletín. Volví al estrado y rápidamente escribí la palabra «CAUCASIANO» en la tapa de la carpeta en grandes letras mayúsculas. Sostuve la carpeta para que tanto Torrance como el jurado pudieran verla.
—Señor Torrance, esta es una de las palabras marcadas en el sumario. ¿Puede leer esta palabra?
Vincent inmediatamente se levantó, pero Torrance ya estaba negando con la cabeza y con expresión de estar completamente humillado. Vincent objetó a la exposición sin fundamento adecuado y Companioni aceptó la protesta. Esperaba que lo hiciera. Solo estaba abonando el terreno para mi siguiente movimiento con el jurado, y estaba seguro de que la mayoría de sus miembros habían visto al testigo negar con la cabeza.
—De acuerdo, señor Torrance —dije—. Vamos al otro lado de la carpeta. ¿Puede describir los cadáveres de las fotos?
—Um, dos hombres. Parece que han abierto un alambre de corral y unas lonas y están allí estirados. Hay un grupo de policías investigando y haciendo fotos.
—¿De qué raza son los hombres de las lonas?
—Son negros.
—¿Había visto antes estas fotografías, señor Torrance?
Vincent se levantó para protestar a mi pregunta, porque ya se había preguntado y respondido previamente. Pero era como levantar una mano para detener una bala. El juez le ordenó severamente que tomara asiento. Era su forma de decirle al fiscal que iba a tener que quedarse sentado y tragar lo que estaba por venir. Si pones a un mentiroso en el estrado, has de caer con él.
—Puede responder a la pregunta, señor Torrance —dije después de que Vincent se sentara—. ¿Había visto antes estas fotografías?
—No, señor, no las había visto hasta ahora.
—¿Está de acuerdo en que las fotografías muestran lo que nos ha descrito antes? ¿Que son los cadáveres de dos hombres negros asesinados?
—Eso es lo que parece. Pero no había visto la foto antes, solo sé lo que él me dijo.
—¿Está seguro?
—Algo así no lo olvidaría.
—Nos ha dicho que el señor Woodson confesó haber matado a dos hombres negros, sin embargo, se le juzga por haber matado a dos hombres blancos. ¿No cree que da la impresión de que no confesó en absoluto?
—No, él confesó. Me dijo que mató a esos dos.
Miré al juez.
—Señoría, la defensa solicita que la carpeta que está delante del señor Torrance sea admitida como prueba documental número uno de la defensa.
Vincent protestó por falta de fundamento, pero Companioni desestimó la objeción.
—Se admitirá y dejaremos que el jurado decida si el señor Torrance ha visto o no las fotografías y el contenido de la carpeta.
Estaba embalado y decidí ir a por todas.
—Gracias —dije—. Señoría, ahora también sería un buen momento para que el fiscal recordara a su testigo las penas por perjurio.
Era un movimiento teatral hecho a beneficio del jurado. Suponía que tendría que continuar con Torrance y sacarle las vísceras con la daga de su propia mentira. Pero Vincent se levantó y le pidió al juez un receso para hablar con el letrado de la parte contraria.
Supe que acababa de salvar la vida de Barnett Woodson.
—La defensa no tiene objeción —le dije al juez.
Después de que se vaciara la tribuna del jurado, regresé a la mesa de la defensa cuando el alguacil estaba entrando para esposar a mi cliente y volver a llevarlo al calabozo.
—Ese tipo es un mentiroso de mierda —me susurró Woodson—. Yo no maté a dos negros. Eran blancos.
Tenía la esperanza de que el alguacil no lo hubiera oído.
—¿Por qué no cierras la puta boca? —le respondí en otro susurro—. Y la próxima vez que veas a ese mentiroso de mierda en el calabozo, deberías darle la mano. Por sus mentiras, el fiscal está a punto de renunciar a la pena de muerte y presentar un trato. Iré a contártelo en cuanto lo tenga.
Woodson negó con la cabeza teatralmente.
—Sí, bueno, puede que ahora no quiera ningún trato. Han puesto a un maldito mentiroso en el estrado, tío. Todo este caso se va por el retrete. Podemos ganar esta mierda, Haller. No aceptes el trato.
Miré a Woodson un segundo. Acababa de salvarle la vida, pero quería más. Se sentía con derecho, porque la fiscalía no había jugado limpio. No importaba la responsabilidad por los dos chicos a los que acababa de reconocer haber matado.
—No te pongas ansioso, Barnett —le dije—. Volveré con noticias en cuanto las tenga.
El alguacil se lo llevó por la puerta de acero que conducía a las celdas anexas a la sala del tribunal. Lo observé salir. No tenía falsas ideas respecto a Barnett Woodson. Nunca se lo había preguntado directamente, pero sabía que había matado a aquellos dos chicos del Westside. Eso no me preocupaba. Mi trabajo consistía en sopesar las pruebas presentadas contra él con mis mejores aptitudes, así era como funcionaba el sistema. Lo había hecho y me habían dado la daga. Ahora la usaría para mejorar su situación significativamente, pero el sueño de Woodson de quedar impune del caso de los dos cadáveres que se habían puesto negros en el agua no estaba en la baraja. Quizá él no lo había comprendido, pero su mal pagado y mal apreciado abogado de oficio ciertamente sí lo había hecho.
Después de que la sala se vaciase, Vincent y yo nos quedamos mirándonos mutuamente, cada uno desde su mesa.
—¿Y? —dije.
Vincent negó con la cabeza.
—En primer lugar —dijo—, quiero dejar claro que obviamente no sabía que Torrance estaba mintiendo.
—Claro.
—¿Por qué iba a sabotear mi propio caso así?
No hice caso del mea culpa.
—Mira, Jerry, no te molestes. Te dije en la instrucción previa que ese tipo había pillado la carpeta de revelación que mi cliente tenía en su celda. Es de sentido común. Mi cliente no iba a decirle nada al tuyo, un perfecto desconocido, y todo el mundo lo sabía excepto tú.
Vincent negó enfáticamente con la cabeza.
—Yo no lo sabía, Haller. Él se presentó, fue investigado por uno de nuestros mejores investigadores, y no había indicación de mentira, no importa lo improbable que pareciera que tu cliente hablara con él.
Me reí de un modo no amistoso para rechazar su afirmación.
—No que hablara con él, Jerry. Que confesara. Hay una pequeña diferencia. Así que será mejor que hables con ese preciado investigador tuyo, porque no se merece la paga del condado.
—Mira, me dijo que el tipo no sabía leer, así que no había forma de que lo supiera por la carpeta de revelación. No mencionó las fotos.
—Exactamente, y por eso deberías buscarte un nuevo investigador. Y te diré una cosa, Jerry. Normalmente soy bastante razonable con esta clase de cosas. Intento llevarme bien con la oficina del fiscal del distrito, pero te advertí justamente de este tipo. Así que, después del receso, voy a destriparlo aquí mismo en el estrado y lo único que vas a poder hacer es quedarte sentado mirando.
Me mostré completamente indignado, y buena parte de la indignación era real.
—Cuando haya terminado con Torrance, no será el único que va a quedar en evidencia. Ese jurado va a saber que o bien sabías que ese tipo era un mentiroso o que fuiste tan tonto como para no darte cuenta. En cualquier caso no vas a quedar muy bien.
Vincent bajó la mirada a la mesa del fiscal y con calma enderezó las carpetas del caso apiladas delante de él. Habló con voz calmada.
—No quiero que sigas con el contrainterrogatorio —dijo.
—Bien. Entonces, déjate de negaciones y mentiras y dame una resolución que pueda…
—Retiraré la petición de pena capital. Entre veinticinco y perpetua sin condicional.
Negué con la cabeza sin vacilar.
—Eso no va a servir. Lo último que ha dicho Woodson antes de que se lo llevaran era que estaba dispuesto a jugárselo a los dados. Para ser exacto, dijo: «Podemos ganar esta mierda». Y creo que podría tener razón.
—Entonces, ¿qué quieres, Haller?
—Diría quince máximo. Creo que podría venderle eso.
Vincent negó con la cabeza enfáticamente.
—Ni hablar. Me volverán a enviar a casos de camellos de calle si les doy eso por dos asesinatos a sangre fría. Mi mejor oferta son veinticinco con condicional. Punto. Bajo las actuales directrices podría salir en dieciséis o diecisiete años. No está mal por lo que hizo, matar a dos chicos así.
Lo miré, tratando de interpretar su expresión, buscando una señal que lo delatara. Concluí que no iba a mejorar la oferta. Y tenía razón, no era un mal trato para lo que Barnett Woodson había hecho.
—No lo sé —dije—. Creo que va a decir que echemos los dados.
Vincent negó con la cabeza y me miró.
—Entonces, tendrás que vendérselo, Haller. Porque no puedo bajar más y si continúas con el contrainterrogatorio mi carrera en la fiscalía probablemente habrá terminado.
Esta vez vacilé antes de responder.
—Espera un momento, ¿qué estás diciendo, Jerry? ¿Que he de sacarte las castañas del fuego? ¿Te he pillado con los pantalones en los tobillos y es a mi cliente al que le han de dar por el culo?
—Estoy diciendo que es una oferta justa para un hombre que es culpable como Caín. Más que justa. Ve a hablar con él y usa tu magia, Mick. Convéncelo. Los dos sabemos que no estarás mucho tiempo en el turno de oficio. Podrías necesitar un favor mío algún día cuando no tengas sueldo fijo y estés en el lado salvaje.
Me limité a mirarlo, registrando el quid pro quo de la oferta. Si yo lo ayudaba, en algún momento él me ayudaría a mí, y Barnett Woodson cumpliría un par de años extra en la trena.
—Tendrá suerte de sobrevivir cinco años ahí dentro, imagínate veinte —dijo Vincent—. ¿Qué diferencia hay para él? ¿Pero tú y yo? Vamos a llegar lejos, Mickey. Podemos ayudarnos.
Asentí lentamente. Vincent solo era unos años mayor que yo, pero estaba tratando de actuar como una especie de anciano sabio.
—Jerry, la cuestión es que, si hago lo que sugieres, nunca podré mirar a otro cliente a los ojos.
Me levanté y recogí mi carpeta. Mi plan era volver y decirle a Barnett Woodson que echara los dados y a ver qué podía hacer por él.
—Te veré después del receso —dije. Y entonces me alejé.
Era un poco pronto en la semana para que Lorna Taylor llamara preguntando por mí. Normalmente esperaba al menos hasta el jueves. Nunca el martes. Cogí el teléfono, pensando que era más que una llamada de control.
—¿Lorna?
—Mickey, ¿dónde te habías metido? Llevo toda la mañana llamando.
—Había ido a correr. Acabo de salir de la ducha. ¿Estás bien?
—Estoy bien. ¿Y tú?
—Claro. ¿Qué es…?
—Tienes un ipso facto de la jueza Holder. Quiere verte, desde hace una hora.
Eso me dio que pensar.
—¿Sobre qué?
—No lo sé. Lo único que sé es que primero llamó Michaela, luego llamó la jueza en persona. Eso no suele pasar. Quería saber por qué no estabas respondiendo.
Sabía que Michaela era Michaela Gill, la secretaria de la jueza. Y Mary Townes Holder era la presidenta del Tribunal Superior de Los Ángeles. Si llamaba personalmente no era para invitarme al baile anual de justicia. Mary Townes Holder no llamaba a los abogados sin una buena razón.
—¿Qué le dijiste?
—Solo le dije que no tenías tribunal hoy y que a lo mejor estabas en el campo de golf.
—No juego al golf, Lorna.
—Oye, no se me ocurrió nada.
—Está bien, llamaré a la jueza. Dame el número.
—Mickey, no llames. Preséntate directamente. La jueza quiere verte en su despacho. Fue muy clara en eso y no me dijo por qué. Así que ve.
—Vale, ya voy. He de vestirme.
—¿Mickey?
—¿Qué?
—¿Cómo estás de verdad?
Conocía su código. Sabía lo que estaba preguntándome. No quería que compareciera delante de un juez si no estaba preparado para ello.
—No te preocupes, Lorna. Estoy bien. No me pasará nada.
—Vale. Llámame y dime lo que está pasando en cuanto puedas.
—Descuida, lo haré.
Colgué el teléfono, sintiéndome como si me estuviera mangoneando mi mujer, no mi exmujer.
Como presidenta del Tribunal Superior de Los Ángeles, la jueza Mary Townes Holder hacía la mayor parte de su trabajo a puerta cerrada. Su sala se usaba en alguna ocasión para vistas de emergencia sobre mociones, pero rara vez para la celebración de juicios. Su trabajo se hacía lejos de la vista del público. En su despacho. Su cometido se centraba sobre todo en la administración del sistema de justicia en el condado de Los Ángeles. Más de doscientos cincuenta juzgados y cuarenta tribunales se hallaban bajo su potestad. En cada citación para formar parte de un jurado que se echaba al correo figuraba su nombre, y cada espacio de aparcamiento asignado en un garaje del tribunal contaba con su aprobación. Holder asignaba jueces tanto por geografía como por ámbito legal: penal, civil, de menores o de familia. Cuando se elegían nuevos magistrados, era la jueza Holder quien decidía si su destino era Beverly Hills o Compton, y si juzgarían causas financieras de altos vuelos en un tribunal civil o demandas de divorcio que te secaban el alma en tribunales de familia.
Me había vestido deprisa con lo que consideraba mi traje de suerte. Era un Corneliani, importado de Italia, que me gustaba ponerme en días de veredicto. Puesto que no había estado en un tribunal desde hacía un año, ni oído un veredicto en mucho más, tuve que sacarlo de una funda de plástico colgada en el fondo del armario. Después, me apresuré a ir al centro sin más demora, pensando que podría estar dirigiéndome hacia algún tipo de veredicto sobre mí mismo. Mientras conducía, mi mente repasó casos y clientes que había dejado atrás un año antes. Por lo que yo sabía, nada había quedado abierto sobre la mesa, pero quizá se había presentado una queja o la jueza se había enterado de algún cotilleo judicial y estaba llevando a cabo su propia investigación. Fuera como fuese, entré en el tribunal con mucha inquietud. Una citación de cualquier juez normalmente no era una buena noticia; una citación de la presidenta del Tribunal Superior era aún peor.
La sala del tribunal estaba oscura y el puesto de la secretaria junto al estrado del juez se hallaba vacío. Pasé por la cancela, y me estaba dirigiendo hacia la puerta que daba al pasillo de atrás, cuando abrí y entró la secretaria. Michaela Gill era una mujer de aspecto agradable que me recordaba a mi profesora de tercer grado. No se esperaba encontrarse a un hombre acercándose al otro lado de la puerta cuando la abrió. Se sobresaltó y casi soltó un grito. Me identifiqué rápidamente antes de que pudiera correr a pulsar el botón de alarma situado en el estrado del juez. Michaela Gill recuperó el aliento y me hizo pasar sin más demora.
Recorrí el pasillo y encontré a la jueza sola en su despacho, trabajando tras un inmenso escritorio de madera oscura. Su toga negra estaba colgada de un perchero en el rincón. Iba vestida con un traje granate de corte tradicional. Tenía unos cincuenta y cinco años y su aspecto era atractivo y arreglado. Era delgada y llevaba el pelo castaño recogido en un estilo serio.
No había visto antes a la jueza Holder, pero había oído hablar de ella. Había pasado veinte años como fiscal antes de ser designada para el puesto de jueza por un gobernador conservador. Presidió casos penales, tuvo unos pocos de los grandes y se ganó fama de dictar las penas más altas. Consecuentemente, conservó sin problemas la confianza del electorado después de su primer mandato. Fue elegida presidenta del tribunal cuatro años después y había mantenido el cargo desde entonces.
—Señor Haller, gracias por venir —dijo—. Me alegro de que su secretaria lo haya encontrado por fin.
Había un tono impaciente si no imperioso en su voz.
—La verdad es que no es mi secretaria, señoría. Pero me encontró. Siento haber tardado tanto.
—Bueno, aquí está. No me parece que nos hayamos conocido antes, ¿no?
—Creo que no.
—Bueno, esto traicionará mi edad, pero lo cierto es que me opuse a su padre en un juicio en una ocasión. Fue uno de sus últimos casos, si no recuerdo mal.
Tuve que reajustar mi cálculo de su edad. Tendría al menos sesenta si había estado en un tribunal con mi padre.
—En realidad era la tercera fiscal del caso, acababa de salir de la Facultad de Derecho de la Universidad del Sur de California, completamente verde. Estaban tratando de darme cierta experiencia en juicios. Era un caso de homicidio y me dejaron ocuparme de un testigo. Me preparé una semana para mi interrogatorio directo y su padre destrozó al hombre en el contrainterrogatorio en diez minutos. Ganamos el caso, pero nunca olvidé la lección. Hay que estar preparado para cualquier cosa.
Asentí. A lo largo de los años había conocido a muchos abogados mayores que compartían conmigo anécdotas de Mickey Haller Sr. Yo tenía pocas historias propias. Antes de que pudiera preguntarle a la jueza respecto al caso en el cual lo había conocido, ella siguió adelante.
—Pero no es por eso por lo que lo he llamado —dijo.
—Lo supongo, señoría. Me daba la sensación de que tenía algo… bastante urgente.
—Así es. ¿Conocía a Jerry Vincent?
Inmediatamente me sentí desconcertado por su uso del pasado.
—¿Jerry? Sí, conozco a Jerry Vincent. ¿Qué pasa?
—Está muerto.
—¿Muerto?
—Asesinado, para ser exactos.
—¿Cuándo?
—Anoche. Lo siento.
Bajé los ojos y miré la placa de su mesa. Grabado en letra cursiva en un soporte plano de madera que sostenía un mazo ceremonial, una pluma y un tintero se leía: «Honorable M. T. Holder».
—¿Tenían mucha relación? —preguntó ella.
Era una buena pregunta y yo realmente no conocía la respuesta.
Mantuve la mirada baja al hablar.
—Tuvimos casos uno contra el otro cuando él estaba en la fiscalía y yo era abogado de oficio. Los dos lo dejamos por el ejercicio privado más o menos al mismo tiempo y los dos trabajábamos solos. A lo largo de los años, colaboramos en algunos casos, un par de juicios por drogas, y en cierto modo nos cubríamos el uno al otro cuando hacía falta. Me cedió algún caso ocasionalmente cuando era algo de lo que no quería ocuparse.
Había tenido una relación profesional con Jerry Vincent. De cuando en cuando brindábamos en el Four Green Fields o nos veíamos en el Dodger Stadium. Ahora bien, decir que manteníamos una relación estrecha habría sido una exageración por mi parte. Sabía poca cosa de él fuera del mundo de la ley. Había oído hablar de un divorcio tiempo atrás como un cotilleo, pero nunca le había preguntado al respecto. Eso era información personal y no necesitaba conocerla.
—Parece olvidarlo, señor Haller, pero yo estaba en la fiscalía cuando el señor Vincent era un joven prometedor. Hasta que perdió un gran caso y su estrella se apagó. Fue entonces cuando pasó al ejercicio privado.
Miré a la jueza, pero no dije nada.
—Y creo recordar que usted era el abogado defensor en ese caso —añadió ella.
Asentí con la cabeza.
—Barnett Woodson. Conseguí una absolución por doble homicidio.
Salió del tribunal y se disculpó sarcásticamente ante los medios por irse de rositas. Se lo restregó por la cara a la fiscalía, y se puede decir que eso acabó con la carrera de Jerry como fiscal.
—Entonces, ¿por qué iba a trabajar con usted o pasarle casos?
—Porque, señoría, al poner fin a su carrera de fiscal, empecé su carrera de abogado defensor.
Lo dejé ahí, pero no era bastante para ella.
—¿Y?
—Y al cabo de un par de años estaba ganando cinco veces más de lo que ganaba en la fiscalía. Me llamó un día y me dio las gracias por mostrarle la luz.
La jueza asintió de manera cómplice.
—Todo se reducía al dinero. Quería el dinero.
Me encogí de hombros como si me sintiera incómodo respondiendo por un hombre muerto, y no contesté.
—¿Qué le pasó a su cliente? —preguntó la jueza—. ¿Qué fue del hombre que quedó impune del homicidio?
—Le habría ido mejor con una condena. Woodson resultó muerto en un tiroteo desde un coche unos dos meses después de la absolución.
La jueza asintió otra vez, esta vez como diciendo: fin de la historia, justicia servida. Traté de volver a concentrarme en Jerry Vincent.
—No puedo creer esto de Jerry. ¿Sabe qué ocurrió?
—No está claro. Aparentemente lo encontraron anoche en su coche, en el garaje de su oficina. Lo habían matado a tiros. Me han dicho que la policía todavía está en la escena del crimen y no ha habido detenciones. Todo esto viene de un periodista del Times que me llamó al despacho para preguntar qué pasaría ahora con los clientes del señor Vincent, sobre todo Walter Elliot.
Asentí. Durante los últimos doce meses había vivido en una burbuja, pero no era tan impermeable como para no haberme enterado del caso de homicidio del que se acusaba al magnate del cine. Era solo uno en una cadena de grandes casos que Vincent había logrado a lo largo de los años. A pesar del fiasco de Woodson, su currículum como fiscal de perfil alto lo había colocado desde el principio como abogado defensor de altas esferas. No tenía que ir a buscar clientes; acudían a él. Y normalmente eran clientes que podían pagar o tenían algo que decir, lo cual significaba que poseían al menos uno de estos tres atributos: podían pagar muchos dólares por su representación legal, eran demostrablemente inocentes de los cargos que se les imputaban o eran claramente culpables pero tenían a la opinión pública de su lado. Eran clientes a los que podía respaldar y defender con franqueza sin importar lo que hubieran hecho. Clientes que no le hacían sentirse sucio al final del día.
Y Walter Elliot cumplía con al menos uno de esos atributos. Era el presidente y propietario de Archway Pictures y un hombre muy poderoso en Hollywood. Estaba acusado de asesinar a su mujer y al amante de esta en un rapto de ira después de descubrirlos juntos en una casa de playa de Malibú. El caso ofrecía toda clase de conexiones con el sexo y los famosos y estaba atrayendo amplia atención de los medios. Había sido una máquina publicitaria para Vincent y ahora el caso estaba disponible.
La jueza me sacó de mi ensueño.
—¿Está familiarizado con el RPC dos trescientos? —me preguntó.
Me delaté involuntariamente al entrecerrar los ojos con la pregunta.
—Eh…, no exactamente.
—Deje que le refresque la memoria. Es la sección del reglamento del Colegio de Abogados de California que regula la conducta profesional referida en la transferencia o venta de un bufete. Nosotros, por supuesto, estamos hablando de transferencia en este caso. El señor Vincent aparentemente le nombraba su segundo en su contrato de representación estándar. Esto le permitía cubrirlo cuando lo necesitaba y le incluía a usted, si era necesario, en la relación abogado-cliente.
Además, he descubierto que presentó una moción hace diez años que permitía la transferencia de las causas de su bufete en el caso de incapacidad o muerte. La moción nunca se alteró ni actualizó, pero está claro cuáles eran sus intenciones.
Me limité a mirarla. Conocía la cláusula en el contrato estándar de Vincent. Yo tenía la misma en el mío, nombrándolo a él. Pero de lo que me di cuenta era de que la jueza me estaba diciendo que ahora yo tenía los casos de Jerry. Todos ellos, Walter Elliot incluido.
Esto, por supuesto, no significaba que fuera a quedarme todos los casos. Cada cliente tendría libertad para cambiar de abogado una vez informado del fallecimiento de Vincent. Pero significaba que tendría la primera opción con ellos.
Reflexioné. No había tenido un cliente en un año y el plan era empezar poco a poco, no con un montón de causas como el que aparentemente acababa de heredar.
—Sin embargo —dijo la jueza—, antes de que se entusiasme en exceso respecto a esta cuestión, debo decirle que sería negligente con mi papel de presidenta del tribunal si no hiciera todo lo que está en mi mano para garantizar que los clientes del señor Vincent se transfieren a un abogado sustituto de buena posición y competencia.
De pronto, lo comprendí. Me había llamado para explicarme por qué no iba a asignarme los clientes de Vincent. Iba a actuar contra los deseos del difunto abogado y nombrar a otro, probablemente alguno de los generosos contribuyentes a su última campaña de reelección. La última vez que lo miré, había contribuido exactamente con cero dólares a sus arcas a lo largo de los años.
Pero entonces la jueza me sorprendió.
—He consultado con algunos de los jueces —dijo— y soy consciente de que no ha estado ejerciendo la abogacía durante casi un año. No he encontrado ninguna explicación para esto. Antes de dictar la orden que le nombre abogado sustituto en esta materia, necesito estar convencida de que no estoy entregando los clientes del señor Vincent al hombre equivocado.
Hice un gesto de conformidad, con la esperanza de ganar un poco de tiempo antes de verme obligado a responder.
—Señoría, tiene razón. He estado fuera de circulación durante un tiempo. Pero acabo de empezar a dar pasos para volver.
—¿Por qué se tomó un descanso?
Me lo preguntó sin rodeos, sosteniéndome la mirada y buscando cualquier signo que indicara evasión de la verdad en mi respuesta. Hablé con sumo cuidado.
—Señoría, tuve un caso hace un par de años. El nombre del cliente era Louis Roulet. Era…
—Recuerdo el caso, señor Haller. Y recuerdo que le dispararon.
Pero, como ha dicho, eso fue hace un par de años. Creía recordar que había estado ejerciendo durante un tiempo después de eso. Recuerdo la noticia de su vuelta al trabajo.
—Bueno —dije—, lo que ocurrió es que volví demasiado pronto. Me dispararon en la tripa, señoría, debería haberme tomado mi tiempo. Me apresuré a volver y enseguida empecé a sentir dolores y los médicos me dijeron que tenía una hernia. Así que me operaron y hubo complicaciones. Lo hicieron mal. Aumentó el dolor y hubo otra operación y, bueno, para hacerlo breve, estuve un tiempo fuera de combate. Decidí que la segunda vez no volvería hasta estar seguro de que estaba preparado.
La jueza asintió con compasión. Suponía que había hecho bien en omitir la parte sobre mi adicción a los calmantes y mi temporada en rehabilitación.
—El dinero no era problema —dije—. Tenía algunos ahorros y también cobré de la compañía de seguros. Así que me tomé mi tiempo para volver. Pero estoy preparado. Estaba a punto de contratar otra vez la contracubierta de las Páginas Amarillas.
—Entonces, supongo que heredar todos los clientes de un bufete le resulta muy conveniente, ¿no? —dijo ella.
No sabía qué decir a su pregunta ni al tono meloso en que la había planteado.
—Lo único que puedo decirle, señoría, es que me ocuparía adecuadamente de los clientes de Jerry Vincent.
La jueza asintió con la cabeza, pero no me miró al hacerlo. Conocía la señal. Ella sabía algo. Y le inquietaba. Quizá estaba informada de lo de la rehabilitación.
—Según los registros del Colegio de Abogados, le han sancionado varias veces —dijo la jueza Holder.
Ya estábamos otra vez. Había vuelto a la idea de confiar los casos a otro abogado, probablemente, algún contribuyente a su campaña de Century City que no sería socio del selecto club Riviera si ello dependiera de su capacidad de orientarse en unas diligencias penales.
—Eso es historia antigua, señoría. Todo por tecnicismos. Estoy en buenas relaciones con el Colegio de Abogados. Si les llama hoy, estoy seguro de que se lo dirán.
La jueza Holder me miró durante un momento interminable antes de bajar la mirada al documento que tenía delante de ella en el escritorio.
—Pues muy bien —dijo.
Mary Townes Holder garabateó su firma en la última página del documento. Sentí un familiar cosquilleo de excitación en el pecho.
—Esto es una orden que le transfiere los casos a usted —dijo la jueza—. Podría necesitarla cuando vaya a la oficina de Vincent. Y deje que le diga esto. Voy a controlarlo. Quiero un inventario de casos actualizado al principio de la semana próxima y el estatus de cada caso en la lista de clientes. Quiero saber qué clientes trabajarán con usted y cuáles buscarán otra representación. Después de eso, quiero actualizaciones de estatus quincenales de todos los casos en los cuales siga siendo responsable. ¿Estoy siendo clara?
—Perfectamente clara, señoría. ¿Durante cuánto tiempo?
—¿Qué?
—¿Durante cuánto tiempo quiere que le dé informes quincenales?
La jueza me miró y se le endureció la expresión.
—Hasta nuevo aviso. —Me entregó la orden—. Ahora puede irse, señor Haller, y yo en su lugar iría a la oficina de Vincent y protegería a mis clientes de cualquier registro ilegal y requisación de sus archivos por parte de la policía. Si tiene algún problema, no dude en llamarme. He puesto mi número particular en la orden.
—Sí, señoría. Gracias.
—Buena suerte, señor Haller.
Me levanté para salir. Cuando llegué al umbral del despacho, me volví a mirarla. La jueza Holder tenía la cabeza baja y estaba enfrascada en la siguiente orden judicial.
En el pasillo del tribunal, leí el documento de dos páginas que me había dado la jueza, confirmando que lo que acababa de ocurrirme era real.
Lo era. El documento que obraba en mi poder me designaba abogado sustituto, al menos temporalmente, en todos los casos de Jerry Vincent. Me garantizaba acceso inmediato a la oficina del difunto abogado, a sus archivos y a las cuentas bancarias en las cuales se habían depositado los anticipos de sus clientes.
Saqué el teléfono móvil y llamé a Lorna Taylor. Le pedí que buscara la dirección de la oficina de Jerry Vincent. Ella me la dio y yo le pedí que se reuniera conmigo allí y que comprara dos sándwiches por el camino.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque no he comido.
—No, ¿por qué vamos al despacho de Jerry Vincent?
—Porque hemos vuelto al trabajo.
Me dirigía hacia el despacho de Jerry Vincent en mi Lincoln cuando pensé en algo y volví a telefonear a Lorna Taylor. Al no responder, la llamé al móvil y la pillé en su coche.
—Voy a necesitar un investigador. ¿Cómo te sentirías si llamara a Cisco?
Hubo una duda antes de que ella respondiera. Cisco era Dennis Wojciechowski, su relación del último año. Yo era quien los había presentado cuando recurrí a Cisco en un caso. Según lo último que sabía, estaban viviendo juntos.
—Bueno, no tengo problema en trabajar con Cisco. Pero me gustaría que me dijeras de qué va todo esto.
Lorna conocía a Jerry Vincent como una voz al teléfono. Era ella quien atendía sus llamadas cuando Jerry quería saber si yo podía estar en una sentencia o hacerme cargo de un cliente en una vista incoatoria. No recordaba si se habían conocido en persona. No quería darle la noticia por teléfono, pero las cosas estaban avanzando demasiado deprisa para eso.
—Jerry Vincent está muerto.
—¿Qué?
—Lo asesinaron anoche y yo voy a tener la primera opción en todos sus casos. Walter Elliot incluido.
Lorna se quedó en silencio un buen rato antes de responder.
—Dios mío… ¿Cómo? Era un tipo muy agradable.
—No recordaba si lo habías conocido.
Lorna trabajaba desde su casa de West Hollywood. Todas mis llamadas y facturas pasaban por ella. Si había una oficina física para la firma legal Michael Haller & Associates, esa era su casa. Pero no había asociados y, cuando trabajaba, mi oficina estaba en el asiento trasero de mi coche, lo cual dejaba pocas ocasiones para que Lorna se encontrara cara a cara con cualquiera de las personas a las que yo representaba o con las cuales me relacionaba laboralmente.
—Vino a nuestra boda, ¿no te acuerdas?
—Es verdad. Lo había olvidado.
—No puedo creerlo. ¿Qué ha pasado?
—No lo sé. Holder dijo que le dispararon en el garaje de su despacho. Puede que averigüe algo cuando llegue allí.
—¿Tenía familia?
—Creo que estaba divorciado, pero no sé si había hijos. Me parece que no.
Lorna no dijo nada. Ambos estábamos sumidos en nuestros propios pensamientos.
—Deja que cuelgue para que pueda llamar a Cisco —dije finalmente—. ¿Sabes que está haciendo hoy?
—No, no me lo ha dicho.
—Vale, ya lo veré.
—¿De qué quieres el sándwich?
—¿De qué lado vienes?
—De Sunset.
—Para en Dusty’s y cómprame uno de pavo con salsa de arándanos. Hace casi un año que no me como uno de esos.
—Vale.
—Y coge algo para Cisco por si tiene hambre.
—Vale.
Colgué y busqué el número de Dennis Wojciechowski en la libreta de direcciones que guardaba en el compartimento de la consola central. Tenía su número de móvil. Cuando respondió, oí una mezcla de viento y el petardeo del tubo de escape al teléfono. Cisco iba en su moto y, aunque sabía que llevaba un móvil con auricular y micrófono en el casco, tuve que gritar.
—Soy Mickey Haller. Para.
Esperé y oí que paraba el motor de su Harley Davidson Panhead del sesenta y tres.
—¿Qué pasa, Mick? —preguntó cuando finalmente se hizo el silencio—. Hacía tiempo que no tenía noticias tuyas.
—Vas a tener que volver a poner silenciadores en los tubos, macho. O te quedarás sordo antes de que cumplas cuarenta y no tendrás noticias de nadie.
—Ya he cumplido cuarenta y oigo bastante bien. ¿Qué pasa?
Wojciechowski era un investigador de defensa freelance que usaba en algunos casos. Así era como había conocido a Lorna, recogiendo su paga. Pero yo lo conocía desde hacía más de diez años por su relación con el club de moteros Road Saints, un grupo para el que fui de facto el abogado de la casa durante varios años. Dennis nunca llevaba los colores de los Road Saints, pero se lo consideraba miembro asociado. El grupo incluso le había puesto un apodo, sobre todo porque ya había otro Dennis en el grupo y su apellido, Wojciechowski, era intolerablemente difícil de pronunciar. Dada su tez morena y su bigote lo bautizaron Cisco Kid. No importaba que fuera al ciento por ciento polaco del lado sur de Milwaukee.
Cisco era un tipo grande e imponente que, pese a que iba con los Saints, no se metía en problemas. Nunca lo detuvieron y gracias a eso pudo solicitar una licencia estatal de investigador privado. Ahora, muchos años después, el pelo negro había desaparecido y el bigote lo llevaba recortado y se le estaba poniendo gris. Pero el nombre de Cisco y su afición por las Harley clásicas construidas en su ciudad natal eran para toda la vida.
Cisco era un investigador concienzudo y reflexivo. Y además tenía otro valor. Era grande y fuerte y podía ser físicamente intimidante en caso de necesidad. Ese atributo en ocasiones resultaba muy útil para localizar a gente que revoloteaba por los aledaños de un caso criminal y tratar con ella.
—Para empezar, ¿dónde estás?
—En Burbank.
—¿Estás en un caso?
—No, solo de paseo. ¿Por qué? ¿Tienes algo para mí? ¿Finalmente vas a aceptar un caso?
—Un montón. Y voy a necesitar un investigador.
Le di la dirección de la oficina de Vincent y le pedí que se reuniera conmigo allí cuanto antes. Sabía que Vincent habría usado un grupo de investigadores o solo uno en particular, y que podríamos perder mucho tiempo mientras Cisco cogía el ritmo de los casos, pero no me importaba. Quería un investigador en el cual pudiera confiar y con él cual ya tuviera una relación previa. También iba a necesitar que Cisco se pusiera a trabajar de inmediato investigando los domicilios de mis nuevos clientes. Mi experiencia con los acusados en casos penales es que no siempre se los encuentra en las direcciones que ponen en la hoja de información del cliente cuando contratan la representación legal.
Después de cerrar el teléfono, me di cuenta de que acababa de pasar por delante del edificio que albergaba la oficina de Vincent. Estaba en Broadway, cerca de la Tercera y había mucho tráfico de coches y peatones para que intentara un giro de ciento ochenta grados. Perdí diez minutos en volver al sitio, porque me encontré con semáforos en rojo en cada esquina. Cuando llegué al lugar correcto, me sentí tan frustrado que decidí volver a contratar un chófer lo antes posible para poder concentrarme en los casos en lugar de en los sentidos de las calles.
La oficina de Vincent estaba en un edificio de seis pisos llamado simplemente Legal Center. El hecho de que estuviera tan cerca de los principales tribunales del centro —tanto civiles como penales— significaba que era un edificio lleno de abogados judiciales. La clase de lugar que quienes odian a los abogados —polis y médicos para empezar— probablemente deseaban que se derrumbara cada vez que había un terremoto. Vi la entrada al garaje en la puerta de al lado y me metí.
Mientras estaba sacando el ticket de la máquina, un policía uniformado se acercó a mi coche. Llevaba una tablilla con sujetapapeles.
—¿Señor? ¿Tiene algo que hacer en este edificio?
—Por eso estoy aparcando aquí.
—Señor, ¿puede decirme de qué asunto se trata?
—No es asunto suyo, agente.
—Señor, estamos llevando a cabo una investigación de escena del crimen en el garaje y necesito saber cuál es su asunto antes de dejarle pasar.
—Mi oficina está en el edificio —dije—, ¿basta con eso?
No era exactamente una mentira. Llevaba la orden de la jueza Holder en el bolsillo de la chaqueta. Eso me daba una oficina en el edificio.
La respuesta aparentemente funcionó. El agente pidió ver mi documento de identidad y, aunque podría haber argumentado que no tenía derecho a pedirme la documentación, decidí que no había necesidad de hacer de ello un caso federal. Saqué mi billetera, le di mi documento de identidad y él anotó mi nombre y mi número de carnet de conducir antes de dejarme pasar.
—Ahora mismo no hay ninguna plaza de aparcamiento en el segundo nivel —dijo—. No han terminado con la escena.
Lo saludé y enfilé la rampa. Cuando alcancé la segunda planta, vi que estaba vacía de vehículos salvo por los dos coches patrulla y un cupé negro BMW que estaban cargando en un camión grúa del garaje de la policía. El coche de Jerry Vincent, supuse. Otros dos policías uniformados empezaban a retirar la cinta amarilla de la escena del crimen que se había usado para acordonar la planta del párking. Uno de ellos me hizo una señal para que no me detuviera. No vi detectives alrededor, pero la policía no había dejado aún la escena del crimen.
Seguí subiendo y no encontré un sitio donde dejar el Lincoln hasta que llegué a la quinta planta. Una razón más para conseguir otro chófer.
