El vidente amateur - Ernesto Lumbreras - E-Book

El vidente amateur E-Book

Ernesto Lumbreras

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Los textos aquí reunidos son, antes que otra cosa, una serie de creencias. Nociones elementales podría llamarlas con cierta petulancia. Si echara mano del sentido común, simplemente diría, puntos de partida. Desde que empecé a escribir poemas sentí la necesidad de tener un credo, exento de idolatría y fanatismo ciertamente, habitado en cambio de disponibilidad y ligereza, de curiosidad y escepticismo. Réplica, glosa y resonancia de otras expediciones en la materia poética, visualizo este libro como una suerte de palimpsesto; lo que aquí se presenta se lee, entonces, como especulaciones, esbozos, tanteos, inmediaciones, diálogos, ensayos en suma que prueban vitalmente el veneno del acierto y el elíxir del error. En estas páginas se habla de la poesía en relación con la historia. Desde sus diversos ángulos, la escritura misma y sus tradiciones, el poeta, el lector, la sociedad, el futuro, la traducción o el mercado se perciben en el binomio poesía-historia todo un catálogo de malentendidos, suspicacias y descalificaciones. Sin dogmatismo ideológico, reconozco una ética a la par que una estética en la práctica de escribir poemas; me resulta ingenua, por eso mismo, cualquier militancia política a priori. La poesía no cumple su función social o su milagro laico sin la existencia del otro; pero ese coexistir, es importante remarcarlo, debe ejercerse en un ámbito de libertad y de independencia.

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Seitenzahl: 152

Veröffentlichungsjahr: 2023

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El vidente amateur

Nociones elementales sobre materia poética

Ernesto Lumbreras

 

Universidad Veracruzana

Martín Gerardo Aguilar Sánchez

rector

Juan Ortiz Escamilla

secretario académico

Lizbeth Margarita Viveros Cancino

secretaria de administración y finanzas

Jaqueline del Carmen Jongitud Zamora

secretaria de desarrollo institucional

Agustín del Moral Tejeda

director editorial

 

Primera edición, 13 de noviembre de 2023

D. R. © Universidad Veracruzana

Dirección Editorial

Nogueira núm. 7, Centro, cp 91000

Xalapa, Veracruz, México

Tels. 228 818 59 80; 818 13 88

[email protected]

https: /www.uv.mx/editorial

ISBN electrónico: 978-607-8923-66-3

Maquetación de forros y collage digital de portada: Jorge Cerón Ruiz

Cuidado de la edición: Arturo Reyes Isidoro

Producción de ePub: Aída Pozos Villanueva

 

¿Para qué nos sirve eso que llamamos poesía? Podemos jugar diciendo que es inútil y que es en la medida en que es inútil que se vuelve realmente útil, etc. Son paradojas que hemos oído hasta la náusea, paradojas de supermercado. No podemos seguir andando por las ramas de esa manera.

Michel Butor,La utilidad poética

 

TABLERO DE ORIENTACIÓN

Los textos aquí reunidos son, antes que otra cosa, una serie de creencias. Nociones elementales podría llamarlas con cierta petulancia. Si echara mano del sentido común simplemente diría puntos de partida. Desde que empecé a escribir poemas sentí la necesidad de tener un credo exento de idolatría y fanatismo, ciertamente, habitado, en cambio, de disponibilidad y ligereza, de curiosidad y escepticismo. Un gramo de certeza rodeado del apetecible e inacabado misterio. Una casa de campaña instalada en una selva de la Amazonia o en un desierto mongol bajo la noche estrellada. Ese territorio del no saber, de lo incógnito y de lo enigmático lo marcaría, para comenzar la faena, con unas cuantas intuiciones y unos pocos saberes o destrezas del oficio del poeta, los suficientes para saber –diría con José Gorostiza– “dónde está y de dónde se ha ausentado” la sustancia poética que el poeta “captura, por fin, a veces, en una red de palabras, luminosas, exactas, palpitantes”.

La escritura poética, al menos en mi caso, ha venido casi siempre de la elección de un cómo, esa trama de posibilidades de la materia y del deseo por ser algo distinguible en el entorno caótico y predispuesto a la homogeneidad según la conveniencia del poder y de la producción. En cambio, el qué está dado como lenguaje llano o codificable, incluso como abstracción del lenguaje mismo a través de alegorías, metáforas, tautologías, símbolos… Ese mismo qué reúne, además de la casa de camping equipada con el más sofisticado equipo de explorador, una brújula –desorientada de su vocación– que, para el caso de la poesía, orienta su manecilla magnética hacia un solo punto cardinal: la aventura y el riesgo.

Ante de iniciar la lucha con el ángel terrible de la poesía –o con cualquier otra mitología al uso de la moda–, tengo ya un par de rounds ganados por el solo hecho de estar dispuesto a emprender tal travesía. ¿Ilusión de trampantojo o estrategia boxística del contrincante? Como sea, esos dos rounds han sumado puntos a nuestra boleta. No importa si el poema “se piensa” como lo refiere Edgar Allan Poe en su “Filosofía de la composición” respecto de “El cuervo” o si “se sueña” como lo relata Samuel Taylor Coleridge en relación con la experiencia onírica producida por el láudano que dio origen a “Kublai Khan”. Esos dos poemas existían ya, como posibilidades discursivas, al interior de la lengua inglesa. En la elección del destino –el tema, la tesis o el argumento– todo autor ha esbozado consustancialmente un plan de escritura. En este punto, el poeta norteamericano es insobornable según lo asienta al comienzo de su célebre ensayo, a veces traducido, tendenciosamente, como “Método de composición”: “Si algo hay evidente es que un plan cualquiera que sea digno de este nombre ha de haber sido trazado con vistas al desenlace antes que la pluma ataque el papel.” En tal tenor, una vez que decido que mi poema versará sobre un ciruelo en flor o la melancolía de un sordo o las cavilaciones íntimas de una piedra, he avanzado unos cuantos kilómetros, en línea recta, de bajada y sin pagar peaje. Esos tres temas son los datos duros de posibles poemas, lo otorgado gratuitamente por la lengua de la tribu y sus convenciones tácitas para todos sus hablantes.

Las búsquedas, los forcejeos, las renuncias y las elecciones sobre el cómo tienen ya otras implicaciones. En ese cómo se reúnen el por qué, el para qué, el desde dónde, el cuándo, el cuánto y otras interrogantes esenciales para situar mi discurso lírico. ¿Situarlo en la deriva y en lo incierto? Ya ese interrogatorio de carácter ministerial o periodístico es también una avanzada, los preparativos necesarios y los primeros tanteos para provocar ¿“un temblor de cielo” en el lenguaje?, ¿el necesario extravío en la selva selvaggia o en las “ínsulas extrañas”? o la metamorfosis de las mismas palabras para recobrar, más que una claridad original en su acepción mallarmeana, una potencia religadora –no solo de significados– que cada vocablo de la lengua posee y que el uso social ha empobrecido. En sus “Notas sobre poesía”, Gorostiza remarca esa navegación a contracorriente en las olas de la lengua tribal para poder dar “a la caza alcance” o propiciar un entorno de desvanecimiento de significantes: “el interés del poeta no está en el porqué, sino en el cómo se consuma el paso de la poesía a la palabra, ya que esta, prisionera de las denotaciones que el uso general le acuña, no parece facilitar el medio más apto para una operación tan delicada.” Si las palabras perdieran de pronto su significado –imagino que gracias a una suerte de lobotomía–, el arte de la poesía se encontraría en las inmediaciones del arte musical, trabajaría con la trama de sonidos y silencios de las palabras, con las sílabas átonas y tónicas de cada vocablo, con sus pausas y sinalefas, con sus diéresis y encabalgamientos, dando lugar a novedosas sintaxis y retóricas en el horizonte de los últimos cantos del Altazor de Vicente Huidobro o de ciertos pasajes de En la masmédula de Oliverio Girondo.

Para bien o mal las palabras significan y, por lo tanto, el poeta debe lidiar con el toro semántico de su materia prima. Entre el galimatías y la redacción de un manual o de una nota de periódico, la oscuridad y la transparencia de la lengua se ofrendan a la voluntad y al talento del poeta. Poner todos esos asuntos sobre la mesa para discutirlos y sacar dos o tres conclusiones provisionales me resulta fundacional para pedir pista a la torre de control –¿a cargo de Apolo y las nueve musas?– a fin de aterrizar o emprender el vuelo hacia “ese otro lugar” de la poesía. Y digo preguntarme porque pocas veces me aclaro el misterio de mi cuestionario, sus potenciales bifurcaciones, sus trampas, emboscadas y espejismos, sus saltos categóricos y descensos órficos, sus umbrales y capitulaciones. “Soy un hombre que trata de hacer lo que no sabe hacer” decía el escultor Eduardo Chillida. “A partir de cero” afirmaba el músico John Cage. A su manera, esas dos frases son un credo zen y propiciatorio, un punto de partida original y un saber mínimo. A esa claridad iniciática querrían arribar las cuartillas aquí redactadas. Réplica, glosa y resonancia de otras expediciones en la materia, visualizo este libro como una suerte de palimpsesto; lo que aquí se presenta se lee, entonces, como especulaciones, esbozos, tanteos, inmediaciones, diálogos, ensayos en suma que prueban vitalmente el veneno del acierto y el elíxir del error.

En estas páginas se habla de la poesía en relación con la historia, esa suma de episodios del tiempo lineal que en su devenir –de sangre y poder, de invención y fuego– ha dado lugar a la civilización humana. Desde sus diversos ángulos, la escritura misma y sus tradiciones, el poeta, el lector, la sociedad, el futuro, la traducción o el mercado se perciben en el binomio poesía-historia como todo un catálogo de malentendidos, suspicacias y descalificaciones. Sin dogmatismo ideológico, reconozco una ética a la par de una estética en la práctica de escribir poemas; me resulta ingenua, por eso mismo, cualquier militancia política a priori. La poesía no cumple su función social o su milagro laico sin la existencia del otro; pero ese coexistir es importante remarcarlo, debe ejercerse en un ámbito de libertad y de independencia. Esas dos condicionantes, lejos de levantarse como las columnas de la añorada y vilipendiada torre de marfil, son garantías para el ejercicio ilimitado de la lengua común en el acto de poetizar, sí, “la más inocente de todas las ocupaciones” a decir Hölderlin en una carta a su madre, divisa retomada por Martin Heidegger para discurrir sobre la esencia de la poesía, un tema irrisorio para las vanguardias –pero también incómodo e insalvable– no obstante que el ensayo fuera redactado en 1916, el mismo año del parto de Dadá. En el texto en cuestión, el filósofo alemán trae a cuentas otra cita del autor del Hiperión –de un texto de 1800, contemporáneo a la misiva materna de la cita anterior– donde se tornan relevantes estas líneas en torno al ser y al hacer del poeta:

Y por eso se le ha dado el albedrío y un poder superior para ordenar y realizar lo semejante a los dioses y se la ha dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje, para que con él cree y destruya, se hunda y regrese a la eternamente viva, a la maestra y madre, para que muestre lo que es, que ha heredado y aprendido de ello lo que tiene de más divino, el amor que todo lo alcanza.

Mis cursivas a las palabras de Friedrich Hölderlin ponen en perspectiva varios tópicos que abordaré en las páginas por venir, en especial el relativo al lenguaje y a su calificativo (el más peligroso), puesto que aporta y abona una discusión sobre la materia de la creación poética y sus efectos en el entorno social.

Para apuntar un tono misceláneo al volumen, decidí incorporar al índice unas traducciones mías del italiano. Se trata de tres cuentos de dos escritores del Renacimiento que tienen como personaje común al inmortal Dante Alighieri, en una faceta curiosamente demasiado humana y desacralizadora de su leyenda. Si el lector se toma el tiempo en leer dichos relatos sacará en claro que su presencia no es casual. En esas fábulas se lee, con mayor claridad y divertimento, todo lo que, con dificultad, desvarío y de forma incompleta he intentado explicarme en estas páginas escritas por un curioso lector de vísceras. Un extra más al volumen es la traducción de un ensayo de Valerio Magrelli en torno a la vigencia y las insolvencias del legado de Dadá en el arte de las últimas décadas. Estas pocas cuartillas del poeta italiano también suman argumentos y restan sofismas al banquete de ideas que aquí se ofrecen sin ningún dominio o militancia de escuelas, tradiciones, modas y corrientes.

 

SOBRE EL PORQUÉ DE MIS RESpuestas

con estricta economía el Almasubsiste hasta en el Paraíso.

1:043 Emily Dickinson

En la sustracción de la realidad es factible verme y escucharme mejor. Quitar aquí y allá, desnudar el interior y el contorno, volver al mundo casi como llegamos. Sin tocar el extremo del místico y del yogui –extremo es decir ya éxtasis y extrañeza–, el desprendimiento meditado y en paz de los vínculos terrenales me prepara en el ser menos para ser más yo mismo. ¿La verdad de los huesos? Guardando las proporciones, reconozco que son apenas tres peldaños los que separan al faquir del hombre invisible; ante tal prevención asumo las cuestiones de la borradura y el desprendimiento con alfileres. ¿Los alfileres de una cama de alfileres? Es cierto que en la decantación o en el pulimiento, lo superficial y accesorio quedan en calidad de viruta, limo o zurrón. ¿Y si la poesía está en esos residuos? Mis afirmaciones más contundentes son, casi siempre, titubeos disfrazados de paradojas y absurdos como los de la adivinanza carrolliana de un niño que no había leído aún los episodios de la osada, impertinente y curiosa Alicia: “¿Qué es que entre más le quitas más grande es?” Por obra de su modus vivendi, el sepulturero y el topo conocen la respuesta –la desentierran con cierta regularidad– a pesar de las diferencias y las afinidades, reconocibles y ocultas, entre cavar una tumba o construir una madriguera.

En italiano, el verbo restare significa quedar o permanecer.Durante los años de mis primeras letras –y también de mis primeros números– llevé una libreta de cuadrícula para las tareas de matemáticas cuyo forro posterior tenía impresas las tablas de restar. Para entonces era un especialista en sumar corderos durante la noche y manzanas a plena luz del día. Sin embargo, mi siguiente asignatura daría un puñetazo de nocaut a mi optimismo de acumular la riqueza del universo y de poner a temblar el infinito con cifras in crescendo: la sucesión Fibonaccide la Hidra decapitada una y otra vez. Con dolor y sin resignarme a la mudez del cero, acepté que tras el big-bang vendría el big-crunch, y que la canción de los diez perritos no podría ser más que una fábula infame cuya moraleja me llevaría de la mano, no a “la nada poderosa del mendigo” de Carlos Pellicer, inundada de austeridad franciscana, sino a la nada del terror vacuo y de la orfandad cósmica. Permanecí atónito con las revelaciones aritméticas de mis tablas de restar. Me quedé abrumado al constatar que el mundo avanza –ovejas rumbo al matadero– hacia su inevitable desaparición.

Poco a poco me repuse de tamaña desolación y superé la crisis. La escena de la multiplicación de los panes y los peces en los Evangelios casi destierra mi mortificación de ser un “afán caduco” –y lo que sigue del ditirambo sorjuanista–, es decir, un cadáver muy formal, polvo dizque amoroso, una sombra amiga de los ecos y, por último, la nada totalitaria y serenísima. Había, afortunadamente, otras opiniones menos radicales sobre el mismo asunto mortuorio como la anotada por Pablo Neruda en su “Galope muerto”, el poema pórtico de Residencia en la tierra; ya desde el título paradójico –el vértigo de la inmovilidad del motor primerísimo– el poeta chileno abre las esclusas del eterno retorno y del maratón circular: “… y el perfume de las ciruelas que rodando a tierra / se pudren en el tiempo, infinitamente verdes.” Con el mismo fervor de materialista laico, Manuel Acuña puso en jaque a la metafísica y a la teología en su popular disertación clínica y lírica titulada “Ante un cadáver”: “Círculo es la existencia, y mal hacemos / cuando al querer medirla le asignamos / la cuna y el sepulcro por extremos.” A los dos bardos, muertos curiosamente en un arco de tiempo de cien años, el romántico mexicano en 1873 y el Nobel andino en 1973, estas palabras de Michel de Montaigne las habrían hecho suyas, pues contienen el élan vitalista del movimiento creador, con su carga de azares, imprevistos y contradicciones: “El mundo no es más que un eterno columpio. En él todas las cosas basculan sin cesar. No describo el ser, sino el tránsito”.

Cuando arribaron a mi plan de estudios las divisiones, me había provisto de una piel gruesa y curtida para afrontar, incluso, los hoyos negros de los números negativos y los laberintos de espejos de la raíz cuadrada. Con esa templanza disfrazada de nihilismo vi con buenos ojos la desaparición del mundo en proporciones simétricas como una acción generosa y de belleza clásica. El maquiavélico “Divide y vencerás” iba en contra de la acción del buen samaritano de compartir sus pertenencias con el prójimo sin esperar retribución alguna; la estampa de San Martín Caballero tuvo en mi infancia, plena de héroes encapotados, la imagen del desprendimiento con su cauda de símbolos y de segundas lecturas. Ni en los comics ni en las películas, El Santo o Superman cortaron un buen trozo de sus capas para obsequiarla a un mendigo. En buena medida, mis numerosas restas habían contribuido a un despojamiento paulatino, sobre todo de ideas fijas y de acciones encaminadas a enaltecer al yo y a la posteridad, esas veneradas majestades de cartón piedra de los carnavales y las ferias.

El respeto que Ezra Pound manifestaba a la goma de borrar del lápiz, a la hora de escribir sus poemas, también encontró en Juan de Mairena a un practicante consuetudinario. En su papel oracular, el poeta norteamericano vaticinaba, en diciembre de 1911, que la poesía por venir “más o menos en la próxima década, se moverá, creo, en contra de la patraña, será más dura y más sana, estará ‘más cerca del hueso’ como dice el señor Hewlett.” Será, añadía líneas más adelante, una poesía granítica, libre del “estruendo retórico” y de la “desordenada sobreabundancia lujosa”. Para el Pound de aquella época de vanguardias por todos los rincones de Europa y de América, la poesía que aspiraba escribir debía de ser “austera, directa, libre de babosa emoción”.

Más o menos por esas mismas fechas, Antonio Machado intentaba orientar sus ojos y su corazón “hacia lo esencial castellano” a través de la “onda palpitación del espíritu […] en respuesta animada al contacto del mundo”. Si el autor de Ripostes combatía el amaneramiento de la lírica victoriana, la rigidez de su discurso y la ampulosidad de sus buenas intenciones, el poeta de Campos de Castilla hacía lo propio con las degeneraciones del Modernismo, con su sonoridad de desfile y su paisaje de biombo cosmopolita. Aunque de temperamentos y aficiones muy distintas, la tentativa literaria para cuestionar y revertir el statu quo del canon poético en sus respectivas tradiciones ubicaba a ambos en el mismo partido de renovadores. También Machado, en esta cruzada esencialista, ponderaba el uso del borrador e inducía a su bonachón y escéptico alter ego, el profesor Mairena, para citar a sus alumnos una suerte de mea culpa del autor más prolijo de la lengua: Lope de Vega, “monstruo de naturaleza, prodigio de improvisadores”. Decía el dramaturgo de El perro del hortelano, melindroso y con aspiración de consejero real: “Yo conocí un poeta de maravilloso natural, y borraba tanto, que sólo él entendía sus escritos, y era imposible copiarlos; y ríete Laurencio, de poeta que no borra”.

En mis restas escolares asomaba la nariz el ejercicio de purga y cernido de la revisión de mis poemas futuros. Llegado el momento, la suma de saberes, prácticas y mañas que brinda el oficio del poeta me concedió un legado elemental para borrar, aquí, allá y acullá, las vaguedades, los excesos y las redundancias verbales. Tal vez, uno de los primeros esperpentos por vencer sea la falsa creencia de que el lenguaje poético es consustancialmente indefinido, abstracto y confuso. El abc