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Cuando encuentran el cadáver del famoso abogado afroamericano Howard Elias dentro de Angels Flight, un funicular del centro de Los Ángeles, no hay ni un detective en la ciudad que quiera llevar del caso. La especialidad de Elias eran las querellas en las que alegaba brutalidad policial, racismo y corrupción, de modo que todos los agentes del Departamento de Policías de Los Ángeles son posibles sospechosos de su muerte. Finalmente, le asignan el caso al detective Harry Bosch. El asesinato de Elias tuvo lugar la víspera de un gran juicio: Elias llevaba un caso civil contra el Departamento de Policía de Los Ángeles por usar técnicas violentas en un interrogatorio que le causaron la pérdida parcial de la audición a su cliente, Michael Harris, un hombre negro. A Harris le habían absuelto de la violación y el asesinato de una niña de doce años, pero muchos, incluido Bosch, aún le consideraban culpable. Elias había hecho público que el juicio tenía dos objetivos: condenar a los agentes culpables y desenmascarar al verdadero asesino de la niña. Después del caso de Rodney King, los disturbios de 1992, y el juicio contra O. J. Simpson, la ciudad de Los Ángeles tiene los nervios a flor de piel. Para descubrir la verdad, Harry deberá escarbar en su propio terreno, si bien se trata de un campo de minas de sospecha y odio que podrían explotarle en la cara. Por si no tuviera suficiente en lo que pensar, su felicidad con Eleanor Wish parece tener los días contados.
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Seitenzahl: 593
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Michael Connelly
El vuelo del ángel
Traducido del inglés por Camila Batlles Vinn
Para McCaleb Jane Connelly
La palabra sonó extraña en sus labios, como si la hubiera pronunciado otra persona. Su voz denotaba una inquietud que el propio Bosch no reconoció. El simple hola que había musitado a través del auricular estaba lleno de esperanza, casi de desesperación. Pero la voz que oyó no era la que necesitaba oír.
–¿El detective Bosch?
Durante unos instantes Bosch se sintió como un estúpido. Se preguntó si su interlocutor habría notado el temblor en su voz.
–Soy el teniente Michael Tulin. ¿Es usted Bosch?
Ese nombre no significaba nada para Bosch, y la momentánea preocupación sobre cómo sonaba su propia voz se desvaneció para dar paso al terror.
–Sí, soy Bosch. ¿Qué pasa, qué ocurre?
–Un momento, le paso con Irving.
–¿Pero qué...?
Su interlocutor colgó y se produjo un silencio. Bosch recordó entonces que Tulin era el ayudante de Irving. Bosch permaneció inmóvil, aguardando. Echó un vistazo a la cocina; solo estaba encendida la tenue luz del horno. Sostuvo el auricular contra su oreja con una mano y se llevó la otra instintivamente al vientre; una mezcla de angustia y temor le habían producido un nudo en el estómago. Bosch contempló los relucientes dígitos del reloj del horno. Solo habían transcurrido cinco minutos desde la última vez que lo había consultado. Esto no funciona así, se dijo Bosch. Esas cosas no las hacen por teléfono. Vienen a comunicártelo personalmente. Te lo dicen a la cara.
Por fin oyó la voz de Irving al otro lado del hilo telefónico.
–¿El detective Bosch?
–¿Dónde está ella? ¿Qué ha pasado?
Se produjo un angustioso silencio. Bosch cerró los ojos.
–Perdón, ¿cómo dice?
–¿Qué ha sucedido? ¿Está... viva?
–No comprendo a qué se refiere, detective. Le llamo porque quiero que reúna cuanto antes a su equipo. Necesito que se encargue de una misión especial.
Bosch abrió los ojos. Miró por la ventana de la cocina hacia el oscuro cañón que discurría más abajo, frente a su casa. Recorrió con la vista la ladera de la colina que se extendía hacia la autopista y luego alzó la vista de nuevo hacia el cúmulo de luces de Hollywood que divisaba a través del espacio del paso de Cahuenga. Bosch se preguntó si cada luz significaría que había alguien despierto esperando a alguien que no iba a llegar. Bosch vio su imagen reflejada en la ventana. Estaba hecho polvo. Observó las profundas ojeras que se apreciaban incluso en el oscuro cristal.
–Tengo una misión para usted, detective –repitió Irving con impaciencia–. ¿Está dispuesto a trabajar o...?
–Estoy dispuesto. Disculpe, es que por un momento se me han cruzado los cables.
–Lamento haberle despertado, aunque supongo que ya debe de estar acostumbrado.
–Sí. No hay problema.
Bosch no dijo a Irving que su llamada no le había despertado, que llevaba un buen rato deambulando por la casa, esperando.
–Apresúrese, detective. Nos tomaremos un café aquí, en la escena del crimen.
–¿La escena del crimen?
–Ya hablaremos cuando llegue. No quiero entretenerlo más. Avise a su equipo. Llame a sus hombres. Que se presenten en Grand Street, entre la Tercera y la Cuarta, en lo alto de Angels Flight. ¿Conoce el lugar?
–¿Bunker Hill? No entiendo...
–Ya se lo explicaré aquí. Localíceme en cuanto llegue. Si estoy abajo, no hable con nadie antes de hacerlo conmigo.
–¿Y la teniente Billets? Ella debería...
–Informaremos a la teniente de la situación. No perdamos más tiempo. Esto no es una petición, es una orden. Reúna a sus hombres y preséntese aquí. ¿Está claro?
–Sí, desde luego.
–Pues entonces le espero.
Irving colgó sin aguardar respuesta. Bosch se quedó un momento inmóvil, con el auricular pegado a la oreja, preguntándose qué habría ocurrido. Angels Flight era el pequeño funicular de Bunker Hill que transportaba a la gente colina arriba hacia el centro de la ciudad, lejos de los límites de la sección de homicidios de la División de Hollywood. Si Irving tenía un cadáver en Angels Flight, la investigación recaería en la División Central. Si los detectives de la Central no podían hacerse cargo del caso por exceso de trabajo o problemas personales, o si consideraban que el asunto era demasiado importante o no convenía que los medios lo airearan, lo trasladarían al Departamento de Robos y Homicidios. El hecho de que un subdirector de la policía estuviera implicado en el caso antes del amanecer de un sábado indicaba esta última posibilidad. El hecho de que hubiera llamado a Bosch y a su equipo en lugar de a los chicos de Robos y Homicidios constituía un enigma. No sabía qué andaría haciendo Irving en Angels Flight, pero en cualquier caso el asunto no tenía sentido.
Bosch echó otro vistazo al oscuro desfiladero, apartó el auricular de la oreja y cerró el móvil. Tenía unas ganas tremendas de fumarse un cigarrillo, pero había conseguido resistir toda la noche sin fumar y no iba a rendirse entonces.
Bosch se apoyó en la mesa de la cocina. Contempló el teléfono que sostenía en la mano, volvió a encenderlo y oprimió el botón de memoria que le conectaría con el apartamento de Kizmin Rider. Después de hablar con ella llamaría a Jerry Edgar.
Aunque se resistía a reconocerlo, experimentó una sensación de alivio. Quizá no supiera lo que le aguardaba en Angels Flight, pero al menos eso le impedía pensar en Eleanor Wish.
Después de dos tonos oyó la voz alerta de Rider.
–Hola Kiz, soy Harry –dijo Bosch–. Tenemos trabajo.
Bosch había quedado en reunirse con sus dos compañeros en la comisaría de la División de Hollywood para recoger los coches antes de dirigirse a Angels Flight. Mientras bajaba por la colina hacia la comisaría había sintonizado la KFWB y había oído la noticia de que se estaba investigando un homicidio en el lugar del histórico funicular.
Desde la escena del crimen, un reportero explicó que se habían hallado dos cadáveres dentro de uno de los coches del funicular y que varios miembros del grupo de Robos y Homicidios se habían personado en el lugar de los hechos. Pero esos eran los únicos pormenores que facilitó el periodista, quien añadió que la policía había acordonado con cinta amarilla una zona increíblemente amplia alrededor del lugar del crimen, que le impedía acercarse para obtener más detalles. Al llegar a la comisaría, Bosch comunicó esta escueta noticia a Edgar y a Rider mientras firmaban la solicitud para sacar tres vehículos del garaje.
–Por lo visto, vamos a tener que hacerles el trabajo sucio a los de Robos y Homicidios –observó Edgar, molesto de que le hubieran despertado de un sueño profundo y de tener que trabajar probablemente todo el fin de semana–. Para nosotros el curro, para ellos los honores y encima este fin de semana ni siquiera estábamos de guardia. Si Irving necesita a gente de la División de Hollywood, ¿por qué no ha llamado al equipo de Rice?
A Edgar no le faltaba razón. Aquel fin de semana el equipo Uno –Bosch, Edgar y Rider– ni siquiera formaba parte del grupo de rotación. Si Irving hubiera seguido el procedimiento normal, habría llamado a Terry Rice, el jefe del equipo Tres, que era el primero de la lista de rotación. Pero Bosch había deducido que Irving no seguía el procedimiento normal, puesto que le había llamado a él directamente antes de informar a su supervisora, la teniente Grace Billets.
–Descuida, Jerry –dijo Bosch, acostumbrado a las quejas de su compañero–, dentro de un rato podrás preguntárselo personalmente al jefe.
–Sí, hombre, y me pasaré los próximos diez años en el Puerto. ¡No te jode!
–Hey, que la División del Puerto es un chollo –dijo Rider para tomarle el pelo. Ella sabía que Edgar vivía en el valle de San Fernando y que un traslado a la División del Puerto significaba que cada día tendría que recorrer un trayecto de hora y media de ida y hora y media de vuelta, la perfecta terapia de autopista, el método que empleaban los jefes para castigar a los polis descontentos y problemáticos–. Allí solo se ocupan de seis o siete homicidios al año.
–Vale, pero que no cuenten conmigo.
–Vamos, en marcha –dijo Bosch–. Ya nos preocuparemos más tarde de esas cosas. No os perdáis.
Bosch tomó por Hollywood Boulevard hasta la 101 y se dirigió al centro de la ciudad por la autopista, en aquellos momentos poco transitada. A medio camino vio por el retrovisor que sus compañeros le seguían. Pese a la oscuridad y a los coches, no le costó localizarlos. Bosch detestaba los nuevos automóviles que utilizaban los detectives. Estaban pintados de negro y blanco y la única diferencia con un coche patrulla era que no llevaban las luces de emergencia en el techo. Al antiguo jefe de la policía se le había ocurrido la idea de sustituir los vehículos normales de los detectives por ese remedo de coches patrulla. Era una artimaña para fingir que había cumplido la promesa de poner a más policías en la calle. Había sustituido los automóviles normales por unos vehículos parecidos a los coches patrulla, para que la gente creyera que había más policías patrullando las calles. Además, cuando el exjefe de la policía pronunciaba un discurso frente a algún grupo de la comunidad solía enumerar los detectives que utilizaban esos vehículos, jactándose de haber incrementado en varios centenares el número de polis en la calle.
A todo esto, los detectives que intentaban cumplir con su deber circulaban por la ciudad como blancos móviles. En más de una ocasión, cuando Bosch y su equipo trataban de entregar una orden de arresto o de entrar con discreción en un determinado barrio para investigar un caso, los coches delataban su presencia. Era estúpido y peligroso, pero era orden del jefe de la policía, y esta se cumplía a rajatabla en todas las divisiones de detectives del departamento, aun después de que al tal jefe no le propusieran para un segundo mandato de cinco años.
Bosch, al igual que muchos detectives del departamento, confiaba en que el nuevo jefe de la policía no tardaría en ordenar que utilizaran de nuevo coches normales. Entretanto ya no regresaba a casa después del trabajo en el automóvil que le habían asignado. Era agradable disponer de un vehículo con el que trasladarse al propio domicilio, pero Bosch no quería aparcar un coche patrulla frente a su vivienda. No en Los Ángeles. Nunca se sabe el peligro que eso puede acarrearle a uno.
Llegaron a Grand Street a las tres menos cuarto. Cuando Bosch detuvo el coche vio un buen número de vehículos policiales aparcados junto a la acera en California Plaza. Observó la escena del crimen y los furgones de los forenses, varios coches patrulla y más sedanes de detectives, no los que utilizaban ellos, sino los coches normales que seguían empleando los chicos de Robos y Homicidios. Mientras esperaba a que llegaran Rider y Edgar, Bosch abrió su maletín, sacó el móvil y llamó a su casa. Después de cinco tonos saltó el contestador y Bosch se oyó a sí mismo diciéndose que dejara el mensaje. Cuando se disponía a colgar, decidió dejar un mensaje.
–Soy yo, Eleanor. Me han encargado un caso..., pero trata de localizarme o llámame por el móvil cuando llegues a casa para que yo sepa que estás bien... Bueno, eso es todo. Hasta luego. Ah, ahora son aproximadamente las tres menos cuarto. Sábado por la mañana. Hasta luego.
Edgar y Rider se acercaron a la puerta del coche de Bosch, quien guardó el móvil y se apeó con su maletín. Edgar, el más alto de los tres, levantó la cinta amarilla con la que habían acordonado el lugar y los tres pasaron por debajo de ella, dieron sus nombres y número de placa a un agente uniformado que tenía en la mano la lista de personas que estaban autorizadas a acceder a la escena del crimen, y luego atravesaron California Plaza.
La plaza constituía el foco central de Bunker Hill, un patio de piedra formado por dos torres de oficinas de mármol colindantes, un rascacielos de apartamentos y el Museo de Arte Moderno. Había una gigantesca fuente con un estanque en el centro, pero las bombas y luces no funcionaban a esas horas y el agua aparecía quieta y negra.
Más allá de la fuente, en lo alto de Angels Flight, se alzaba la pintoresca estación estilo revival y la caseta de las ruedas y los cables. La mayoría de investigadores y detectives se hallaban congregados junto a esta pequeña construcción, como si esperaran algo. Bosch trató de localizar el reluciente cráneo afeitado de Irvin Irving, pero no lo vio. Él y sus compañeros cruzaron por entre la multitud y se dirigieron hacia el funicular detenido en la parte superior de la vía. Al mirar en torno suyo, Bosch reconoció a varios detectives de Robos y Homicidios. Eran hombres con los que él había trabajado años antes, cuando formaba parte del grupo de élite. Algunos le saludaron con un gesto de cabeza o llamándole por su nombre. Bosch vio a Francis Sheehan, su antiguo compañero, solo, fumando un cigarrillo. Bosch se separó de sus compañeros y se acercó a él.
–¿Qué tal, Frankie? –le saludó Bosch.
–¡Hola, Harry! ¿Qué haces tú por aquí?
–Irving me ha llamado para que viniéramos.
–Pues los siento por ti, chico. No le desearía esto ni a mi peor enemigo.
–¿Por qué? ¿Qué ocurre?
–Será mejor que antes hables con él. Irving quiere tapar el asunto.
Bosch se quedó cortado. Sheehan no tenía buen aspecto, pero hacía meses que Bosch no lo había visto. No sabía a qué se debían las profundas ojeras de sus ojos de mastín ni cuándo se le habían formado. Bosch recordó la imagen de su propio rostro que había visto reflejada en el cristal de la ventana.
–¿Estás bien, Francis?
–Nunca me he sentido mejor.
–De acuerdo, hablaremos más tarde.
Bosch se reunió con Edgar y Rice, que permanecían de pie junto al coche del funicular. Edgar movió la cabeza hacia la izquierda de Bosch.
–¿Te has fijado, Harry? –preguntó en voz baja–. Son Chastain y su equipo. ¿Qué hacen aquí esos capullos?
Al volverse, Bosch vio a un grupo de hombres de Asuntos Internos.
–No tengo ni puta idea –respondió.
Chastain y Bosch se miraron unos instantes, pero Bosch apartó enseguida la vista. No merecía la pena cabrearse por haberse encontrado con unos tíos de Asuntos Internos. Picado por la curiosidad, Bosch trató de imaginar por qué había tal cantidad de policías en la escena del crimen: los chicos de Robos y Homicidios, los de Asuntos Internos, un subdirector... Tenía que enterarse de lo ocurrido.
Seguido por Edgar y Rider, que caminaban tras él en fila india, Bosch se acercó al coche del funicular. En su interior habían instalado unas luces y estaba iluminado como el cuarto de estar de una vivienda.
Había dos técnicos examinando la escena del crimen. Esto indicó a Bosch que había llegado tarde. Los técnicos encargados de analizar la escena del crimen no entraban en acción hasta después de que los ayudantes del forense hubieran completado el procedimiento inicial: certificar la muerte de las víctimas, fotografiar los cadáveres in situ, examinar los cuerpos en busca de heridas, armas y documentos de identificación.
Bosch se acercó a la parte posterior del coche y miró a través de la puerta, que estaba abierta. Los técnicos trabajaban alrededor de dos cadáveres. Uno de ellos pertenecía a una mujer que estaba tumbada en uno de los asientos, hacia la mitad del coche. Llevaba unas mallas grises y una camiseta blanca que le llegaba a medio muslo. Sobre su pecho se había abierto una enorme flor de sangre, donde le había alcanzado una bala. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás, apoyada en la ventanilla. Era morena, de tez oscura y con unos rasgos de gente del sur de la frontera. En el asiento junto a su cadáver había una bolsa de plástico con numerosos objetos que Bosch no llegó a ver. A través de la abertura de la bolsa asomaba un periódico doblado.
En los peldaños junto a la puerta trasera del coche yacía el cadáver boca abajo de un hombre negro vestido con un traje gris oscuro. Desde donde se encontraba, Bosch no pudo ver el rostro del hombre. Y solo había una herida visible, una herida de bala que había atravesado la mano derecha de la víctima. Bosch sabía que posteriormente, en el informe de la autopsia, sería descrita como una herida defensiva. El hombre había alzado la mano en un vano intento por impedir que le dispararan. Bosch había visto ese gesto en muchas ocasiones a lo largo de los años y siempre le recordaba los actos desesperados que hace la gente cuando está a punto de morir. Levantar la mano para detener una bala era uno de los más desesperados.
Aunque los técnicos entraban y salían de su campo visual, Bosch pudo mirar a través del funicular y contemplar la vía hasta Hill Street, unos cien metros más abajo de donde se encontraba. A los pies de la colina estaba detenido el otro coche, y Bosch vio a un numeroso grupo de detectives junto a los torniquetes y las puertas cerradas del Mercado Central, al otro lado de la calle.
Bosch había montado de niño en el funicular y había observado su funcionamiento. Lo recordaba perfectamente. Un coche hacía de contrapeso del otro. Cuando uno ascendía, el otro descendía, y a la inversa. Ambos se cruzaban a medio trayecto. Bosch recordó que había montado en el Angels Flight mucho antes de que Bunker Hill renaciera como un importante centro comercial de rascacielos de cristal y mármol, elegantes condominios y apartamentos, museos, fuentes y jardines de invierno. En aquella época, en la colina se alzaban unos destartalados edificios de apartamentos que antaño habían sido imponentes mansiones victorianas. Harry y su madre habían tomado el Angels Flight hasta lo alto de la colina en busca de una vivienda.
–Por fin, detective Bosch.
Bosch se volvió. Irving se hallaba en el umbral de la pequeña estación.
–Entrad –dijo, señalando a Bosch y a su equipo.
Penetraron en una habitación atestada de gente presidida por las enormes y viejas ruedas de los cables que en otro tiempo movían los coches del funicular por la pendiente. Bosch recordó haber leído que hacía unos años, cuando Angels Flight fue rehabilitado después de permanecer un cuarto de siglo en desuso, las ruedas y los cables habían sido sustituidos por un sistema eléctrico controlado por ordenador.
A un lado de las ruedas quedaba el espacio justo para una pequeña mesa y dos sillas plegables.
En el otro estaba el ordenador que movía el funicular, una banqueta para la persona que lo operaba y una pila de cajas de cartón. La superior estaba abierta y mostraba un montón de folletos sobre la historia de Angels Flight.
De pie junto a la pared del fondo, en la sombra detrás de las vetustas ruedas de hierro, con los brazos cruzados sobre el pecho y la vista fija en el suelo, había un hombre de rostro curtido y rubicundo, inconfundible.
Bosch había trabajado anteriormente para el capitán John Garwood, jefe de la División de Robos y Homicidios. Por su expresión, Bosch comprendió que estaba enojado por algo. Garwood no alzó la vista, y los tres detectives guardaron silencio.
Irving se dirigió a un teléfono situado sobre la pequeña mesa plegable y tomó el auricular, que estaba descolgado. Antes de empezar a hablar indicó a Bosch que cerrara la puerta.
–Disculpe, señor –dijo Irving–. Es el equipo de Hollywood. Están todos aquí y dispuestos a ponerse manos a la obra.
Tras escuchar unos minutos, Irving se despidió de su interlocutor y colgó el teléfono. Su tono respetuoso y el empleo de la palabra «señor» indicaron a Bosch que Irving había hablado con el jefe de la policía. Era otro dato curioso sobre el caso.
–Muy bien –dijo Irving, volviéndose hacia los tres detectives–. Lamento haberos despertado, sobre todo porque no estabais de guardia. He hablado con la teniente Billets, y a partir de ahora permaneceréis fuera de la rotación de Hollywood hasta que hayamos solventado el caso.
–¿De qué se trata exactamente? –preguntó Bosch.
–Del asesinato de dos personas. Una situación delicada.
–Jefe, aquí hay suficientes agentes de Robos y Homicidios como para reabrir el caso de Bobby Kennedy –comentó Bosch, mirando a Garwood–. Por no hablar de los chicos de Asuntos Internos, que hacen como que se mantienen al margen. ¿Qué pintamos nosotros aquí? ¿Qué quiere de nosotros?
–Muy sencillo –respondió Irving–. Usted se hará cargo de la investigación. A partir de ahora el caso es suyo, detective Bosch. Los detectives de Robos y Homicidios se retirarán en cuanto su equipo esté informado del asunto. Habrá comprobado que han llegado con retraso. Es una lástima, pero confio en que logren superar ese contratiempo. Sé de lo que usted es capaz.
Bosch lo miró unos instantes, lleno de perplejidad. Luego observó de nuevo a Garwood. El capitán no se había movido y seguía con la vista fija en el suelo. Bosch formuló la única pregunta que podía arrojar luz sobre la extraña situación.
–¿Quiénes son el hombre y la mujer que están en el funicular?
–Querrá decir quiénes eran –contestó Irving–. La mujer se llama Catalina Pérez. Aún no sabemos quién era ni qué hacía en Angels Flight. Probablemente esto no importa. Por lo visto se encontraba en el lugar inadecuado en el momento inoportuno. Pero eso tendrá que determinarlo usted oficialmente. El homicidio del hombre plantea problemas distintos. Era Howard Elias.
–¿El abogado?
Irving asintió. Edgar aspiró con fuerza y contuvo el aliento.
–¿En serio?
–Por desgracia, sí.
Bosch miró por encima de la cabeza de Irving a través de la taquilla de billetes. Contempló el interior del funicular. Los técnicos se disponían a apagar las luces para examinar con láser el interior del coche en busca de huellas.
Bosch observó la mano con la herida de bala. Howard Elias. Pensó en todos los sospechosos que habría, muchos de ellos mezclados entre la multitud que en estos momentos presenciaba los movimientos de la policía.
–¡Mierda! –soltó Edgar–. Supongo que no podemos escaquearnos de este caso, ¿verdad, jefe?
–Cuide su lenguaje, detective –le espetó Irving, tensando los músculos de la mandíbula–. Aquí están de más las groserías.
–Solo digo que si pretende que alguien del departamento haga el papel de Tío Tom, no creo...
–Eso no tiene nada que ver –le cortó Irving–. Le guste o no, han sido asignados a este caso. Espero que todos ustedes desempeñen su labor con esmero y profesionalidad. Pero sobre todo espero resultados, como el jefe de la policía. Todo lo demás no cuenta. ¿Entendido?
Después de una breve pausa, durante la cual Irving observó a Edgar, a Rider y a Bosch, el subdirector continuó:
–En este departamento solo existe una raza –dijo–. Ni negra ni blanca. Solo azul.
Howard Elias no había adquirido fama de abogado defensor de los derechos civiles gracias a sus clientes, los cuales podían describirse como indeseables cuando no como delincuentes. Lo que le había dado fama entre los habitantes de Los Ángeles era su utilización de los medios de información, su habilidad a la hora de hurgar en la fibra sensible del racismo de la ciudad, y el hecho de que su labor profesional se basara en una sola especialidad: querellarse contra el Departamento de Policía de Los Ángeles.
Durante casi dos décadas, Elias se había ganado la vida más que holgadamente presentando una querella tras otra ante los tribunales federales en nombre de ciudadanos que habían sufrido algún encontronazo con el departamento de policía. Elias se había querellado contra agentes, detectives, el jefe de la policía y la misma institución. En sus pleitos solía utilizar métodos intempestivos, acusando a cualquier persona que estuviera remotamente relacionada con el incidente en cuestión. Cuando un ladrón fue atacado por un perro de la policía, Elias interpuso una demanda por daños y perjuicios en nombre de la víctima, acusando al perro, a su cuidador y a todas las personas encargadas de su supervisión, desde el cuidador hasta el jefe de la policía. No contento con ello, se querelló contra los instructores de la academia donde se había formado el cuidador del perro.
En sus espacios publicitarios emitidos de noche por televisión y en sus frecuentes conferencias de prensa «improvisadas» organizadas en la escalera del tribunal del distrito, Elias se arrogaba siempre el papel de perro guardián, una voz solitaria que clamaba en el desierto contra los abusos de una organización fascista y paramilitar conocida como Departamento de Policía de Los Ángeles. Para sus críticos –entre los cuales se incluían desde los agentes del departamento hasta las instituciones de la ciudad y los fiscales–, Elias era un racista, un agitador que contribuía a agrandar las fisuras de una ciudad dividida. A los ojos de sus detractores, Elias personalizaba lo peor del sistema legal. Era un ilusionista de pacotilla a quien le gustaba exhibirse en la sala del tribunal sacando un conejo de la chistera en el momento menos pensado.
La mayoría de clientes de Elias eran negros o hispanos. Gracias a sus dotes de orador y a su uso selectivo de datos lograba convertir a sus clientes en héroes de la comunidad, en víctimas emblemáticas de un departamento de policía salvaje. Muchos habitantes de los barrios del sur de Los Ángeles atribuían a Elias la hazaña de haber impedido que el departamento se comportara como un ejército de ocupación. Howard Elias era una de las pocas personas capaces de granjearse el odio más enconado y al mismo tiempo la admiración más ferviente en distintos sectores de la ciudad.
Pocos de los que reverenciaban a Elias se daban cuenta de que basaba su labor profesional en una sola faceta de la ley. Presentaba querellas solo en tribunales federales y se servía de las disposiciones de las leyes sobre derechos civiles que le permitían presentar su minuta a la ciudad de Los Ángeles en todos los casos en que salía victorioso.
El apaleamiento de Rodney King a manos de la policía, el informe de la Comisión Christopher despellejando al departamento a raíz del juicio de King y las subsiguientes manifestaciones en defensa de los derechos civiles, así como el caso de O. J. Simpson, preñado de connotaciones racistas, habían creado una sombra que se extendía sobre todos los pleitos presentados por Elias. Por tanto, al abogado no le resultaba especialmente difícil ganar sus querellas contra el departamento de policía, convenciendo a los jurados para que concedieran al menos una compensación simbólica a los demandantes. Los jurados no se daban cuenta de que esos veredictos permitían a Elias cobrar sus honorarios a la ciudad y a sus contribuyentes, incluidos ellos mismos, unos honorarios de miles de dólares.
En la querella por el ataque del perro, que se convirtió en el caso emblemático de Elias, el jurado declaró que los derechos del demandante habían sido violados. Pero, como el demandante era un ladrón con un largo historial delictivo, el jurado le concedió solo un dólar en concepto de daños y perjuicios. Estaba claro que el jurado no pretendía hacer rico a un delincuente, sino enviar un mensaje al departamento de policía. Pero eso a Elias no le importó. Una victoria era una victoria. Amparándose en las normas federales, presentó al ayuntamiento una minuta de 340.000 dólares. Aunque el ayuntamiento mandó revisar la minuta, terminó abonando más de la mitad. En efecto, aquel jurado –y muchos otros que habían participado en los casos de Elias– creyó que administraba un castigo al departamento, pero al mismo tiempo estaba financiando los espacios publicitarios de Elias de media hora de duración que emitía el Canal Nueve por la noche, así como su Porsche, los trajes italianos que el abogado lucía en la sala del tribunal y su imponente mansión en Baldwin Hills.
Elias no estaba solo, por supuesto. Había media docena de abogados en la ciudad especializados en casos relacionados con la policía y los derechos civiles. Esos abogados esgrimían la misma cláusula federal que les permitía cobrar unos honorarios muy superiores a las indemnizaciones que percibían sus clientes. No todos eran unos cínicos, interesados solo en el dinero. Los pleitos interpuestos por Elias y otros abogados propiciaron un cambio positivo en el departamento. Ni siquiera sus enemigos, los polis, podían negarles eso. Los casos de derechos civiles pusieron fin a la práctica policial de reducir a un sospechoso agarrándolo con fuerza por el cuello, después de que un elevado número de ciudadanos pertenecientes a grupos minoritarios fallecieran a causa del empleo de ese método. Los pleitos presentados por Elias y otros abogados también habían conseguido que mejoraran las condiciones y la protección en las cárceles locales. Otros casos proporcionaron y facilitaron a los ciudadanos los medios para querellarse contra agentes policiales que les habían maltratado.
Pero Elias se hallaba muy por encima del resto. Seducía a los medios y poseía las dotes oratorias de un actor. Por otra parte, carecía de cualquier criterio a la hora de elegir a sus clientes. Representaba a traficantes de drogas que declaraban haber sido maltratados durante los interrogatorios, a atracadores que robaban a los pobres pero se quejaban de que habían sido golpeados por la policía, a ladrones que disparaban contra sus víctimas pero ponían el grito en el cielo cuando era la policía la que disparaba contra ellos. El argumento favorito de Elias –que utilizaba a modo de latiguillo en sus emisiones publicitarias y cuando las cámaras lo enfocaban– era afirmar que el abuso de poder era el abuso de poder, al margen de que la víctima fuera un delincuente. Siempre aprovechaba para mirar directamente a la cámara y declarar que si se toleraban esos abusos cuando las víctimas eran culpables de un delito, no tardarían en sufrirlos también las personas inocentes.
Elias era un caso único. En la última década se había querellado contra el departamento en más de cien ocasiones y había obtenido veredictos del jurado dándole la victoria en más de la mitad de los casos. El suyo era un nombre capaz de conseguir que un policía se quedara helado al oírlo. En el departamento todos sabían que si Elias se querellaba contra uno, la querella no acabaría archivada. Elias no llegaba a acuerdos fuera del tribunal; en las leyes de los derechos civiles no había incentivos para resolver el caso fuera de los tribunales. No, cuando Elias presentaba una querella convertía a su objetivo en un espectáculo público. Habría comunicados de prensa, conferencias de prensa, titulares en los periódicos, reportajes en televisión. Uno podía darse por afortunado si salía indemne, y no digamos si lograba conservar su placa.
Howard Elias, ángel para algunos, demonio para otros, había sido asesinado a tiros en el funicular de Angels Flight. Al mirar a través de la ventana de la pequeña habitación y contemplar el resplandor naranja del rayo láser moviéndose a través del coche en penumbra, Bosch comprendió que estaba en la fase de calma que precede a la tormenta. Estaba previsto que el caso más importante en la carrera de Elias se abriera al cabo de dos días. El lunes por la mañana iban a seleccionar al jurado en el tribunal del distrito para juzgar lo que los medios habían bautizado como el caso del Black Warrior, la enésima querella de Elias contra el Departamento de Policía de Los Ángeles. La coincidencia –que sin duda un amplio sector del público no consideraría tal– entre el asesinato de Elias y el comienzo del juicio haría que la investigación de la muerte del abogado alcanzara fácilmente el siete en la escala de Richter. Los grupos minoritarios rugirían de ira y manifestarían sus justificadas sospechas. Los blancos del West Side expresarían en voz baja su temor a que se desencadenaran más disturbios. Y los ojos de la nación estarían de nuevo fijos en la ciudad de Los Ángeles y en su policía. En esos momentos Bosch estaba de acuerdo con Edgar, aunque por motivos distintos a los de su compañero negro. Bosch hubiera dado cualquier cosa por que no le tocara ese caso.
–Jefe –dijo, volviéndose hacia Irving–, cuando se sepa quién..., quiero decir cuando los medios averigüen que la víctima es Elias, tendremos que...
–Eso no le incumbe –replicó Irving–. Lo que le incumbe es la investigación. El jefe de la policía y yo nos ocuparemos de los medios. Nadie debe decir una palabra sobre la investigación. Ni una palabra.
–Olvídese de los medios –terció Rider–. ¿Y South Central? La gente...
–También nos ocuparemos de eso –le interrumpió Irving–. El departamento establecerá un plan para hacer frente a posibles disturbios. A partir de ahora todo el personal hará un turno de doce horas hasta que comprobemos la reacción de la ciudad. Nadie de los que presenciamos los disturbios de 1992 queremos volver a vivirlos. Pero le repito que eso no les incumbe. Solo deben preocuparse de una cosa.
–No me ha dejado terminar –dijo Rider–. No iba a decir que se producirán disturbios. Confío en la gente de esta ciudad. No creo que la situación llegue a estos extremos. Lo que sí iba a decir es que este caso irritará a la gente y levantará sospechas. Si usted piensa que conseguirá resolver la situación poniendo a más policías en...
–Eso no es de su incumbencia, detective Rider –volvió a interrumpirle Irving–. Lo único que le incumbe es la investigación.
Bosch se dio cuenta de que las interrupciones y palabras de Irving, diciéndole a una mujer negra que los problemas de su comunidad no le incumbían, habían enfurecido a Rider. Lo veía en la expresión de su rostro. Bosch decidió intervenir antes de que Rider soltara alguna inconveniencia.
–Necesitaremos más gente. Si no contamos con ayuda, los tres nos pasaremos semanas o meses verificando las coartadas de los sospechosos. En un caso como este es preciso moverse con rapidez, no solo por el caso en sí, sino por la reacción de la gente. Tres personas no basta.
–También me he ocupado de eso –replicó Irving–. Dispondrán de toda la ayuda que necesiten. Pero no de Robos y Homicidios. Debido al asunto Michael Harris, eso provocaría un conflicto de intereses.
Bosch tomó nota de que Irving se negaba a denominarlo el caso del Black Warrior y prefería utilizar el nombre del demandante.
–¿Por qué nosotros? –preguntó.
–¿Qué?
–Comprendo que estén aquí los de Robos y Homicidios, pero ¿dónde están los equipos de la División Central? Este asunto no nos concierne, ni siquiera estábamos de guardia. ¿Por qué nosotros?
Irving espiró con gesto resignado.
–Esta semana y la que viene toda la sección de homicidios de la División Central estará en un curso en la academia. Después de un cursillo sobre sensibilidad harán otro en el FBI para adiestrarse en las nuevas técnicas relativas a la escena del crimen. Robos y Homicidios estaba cubriendo sus casos, como este. Una vez identificada la víctima que había sido asesinada de unos disparos en la cabeza, se pusieron en contacto conmigo y después de despachar con el jefe de la policía decidimos llamarlos a ustedes. Forman un buen equipo. Uno de los mejores. Han logrado resolver sus últimos cuatro casos, incluso aquel asunto de los huevos duros. Sí, estoy enterado de ello. Además, y esto es lo más importante, Elias nunca presentó una querella contra ustedes.
Irving señaló con el pulgar, por encima de su hombro, hacia la escena del crimen en el interior del funicular. Al mismo tiempo miró a Garwood, pero el capitán seguía con la vista clavada en el suelo.
–Aquí no hay conflicto de intereses –dijo Irving–. ¿De acuerdo?
Los tres detectives asintieron. Durante los veinticinco años que llevaba en el departamento, Bosch había debido hacer frente a varias querellas, pero nunca había tenido que vérselas con Elias. Sin embargo, no acababa de creerse la explicación de Irving. Edgar había aludido a un motivo por el que les habían elegido a ellos, un motivo probablemente más importante que el hecho de que Elias no se hubiera querellado contra ninguno de ellos. Los dos compañeros de Bosch eran negros. Un detalle que podía resultarle muy útil a Irving. Bosch sabía que el deseo de Irving de que el departamento tuviera un solo rostro y una sola raza –azul– se iría al traste cuando necesitara un rostro negro para las cámaras.
–No quiero que mi gente se exhiba ante los medios, jefe –dijo Bosch–. Si estamos en el caso, estamos en el caso para trabajar, no para convertirnos en un espectáculo.
Irving lo miró irritado.
–¿Cómo me ha llamado?
–Le he llamado jefe –respondió Bosch tras unos instantes de desconcierto.
–Ah, bueno. Porque me preguntaba si había alguna confusión sobre cuál es la jerarquía aquí. ¿Hay alguna confusión, detective?
Bosch volvió la cabeza y miró de nuevo a través de la ventana. Le daba rabia que los otros notaran que se había ruborizado.
–No –contestó.
–Bien –dijo Irving sin la menor tensión–. Entonces les dejo con el capitán Garwood. Él les pondrá al corriente de lo que hemos podido averiguar hasta el momento. Cuando el capitán haya terminado, hablaremos sobre cómo deben llevar el caso.
Irving se dirigió hacia la puerta, pero Bosch lo detuvo.
–Otra cosa, jefe.
Irving se volvió hacia el detective. Bosch había recobrado la compostura y lo miró con calma.
–Vamos a tener que investigar a muchos polis. Tendremos que repasar todos los casos de los abogados que se han querellado contra el departamento, no solo el asunto del Black Warrior. De modo que deseo saber (y también mis compañeros) si usted y el jefe de la policía quieren que lleguemos al fondo del asunto caiga quien caiga o...
Bosch dejó la frase sin acabar, e Irving no respondió.
–Quiero proteger a mi gente –dijo Bosch–. En este tipo de casos... Es preciso dejar las cosas bien claras antes de empezar.
Bosch se estaba arriesgando al decir eso delante de Garwood y los otros. Era probable que Irving volviera a enojarse. Pero Bosch se había arriesgado porque quería que el jefe respondiera delante de Garwood. El capitán era un hombre poderoso en el departamento. Bosch quería que supiera que su equipo seguiría las pautas de las más altas jerarquías, por si las cosas se ponían feas para algunos hombres de Garwood.
Irving observó unos instantes a Bosch antes de responder.
–Tomo nota de su insolencia, detective Bosch.
–De acuerdo, señor. ¿Pero qué me contesta?
–Quiero que se aclare el caso, caiga quien caiga, detective. Han muerto dos personas. No importa quiénes sean. No deberían haber muerto. Utilice todos sus recursos. Y resuelva el asunto.
Bosch asintió en señal de conformidad. Irving miró brevemente a Garwood antes de abandonar la habitación.
–¿Tiene un cigarrillo, Harry?
–Lo siento, capitán. Estoy tratando de dejarlo.
–Yo también. Supongo que la diferencia es que en lugar de comprar vamos gorreando.
Garwood se apartó del rincón y soltó una bocanada de aire. Movió con el pie unas cajas apiladas contra la pared y se sentó sobre ellas. A Bosch le pareció que tenía un aspecto cansado y envejecido, pero doce años atrás, cuando comenzó a trabajar para él, ya presentaba el mismo aspecto. Garwood no le suscitaba ningún sentimiento especial. Había sido un jefe distante. No confraternizaba con sus hombres fuera del trabajo, no se relacionaba con los chicos en la comisaría, y casi siempre estaba metido en su despacho. En aquella época, Bosch pensó que era mejor así. La actitud de Garwood no le granjeaba la simpatía de sus hombres, pero tampoco le creaba enemistades. Quizá por ese motivo había permanecido tanto tiempo en su cargo.
–Parece que esta vez nos hemos pillado los cojones con la tapa del baúl –dijo Garwood. Luego miró a Rider y añadió–: Disculpe la expresión, detective.
En ese preciso momento sonó el busca de Bosch. No era una llamada de su casa, como le hubiera gustado. Era el número personal de Grace Billets. La teniente probablemente quería averiguar qué ocurría. Si Irving se había mostrado por teléfono con ella tan circunspecto como con Bosch, la teniente aún debía de estar en la inopia.
–¿Es importante? –inquirió Garwood.
–Ya llamaré más tarde. ¿Quiere que hablemos aquí o en el funicular?
–En primer lugar deje que le explique lo que hemos averiguado. Luego puede hacer lo que guste.
Garwood metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó un paquete de Marlboro y empezó a abrirlo.
–¿No me había pedido un cigarrillo? –preguntó Bosch.
–Sí. Este es mi paquete de emergencia.
Bosch miró un tanto perplejo a Garwood mientras este encendía un cigarrillo y luego le ofrecía el paquete de tabaco. Harry rehusó el ofrecimiento y metió las manos en los bolsillos para evitar tentaciones.
–¿Le molesta que fume? –preguntó Garwood, sonriendo socarronamente.
–En absoluto, capitán. Tengo los pulmones negros como el carbón. Pero mis compañeros...
Rider y Edgar hicieron un gesto con la mano para indicar que no les molestaba el humo. Parecían tan impacientes como Bosch por llegar al fondo de la historia.
–Bien –dijo Garwood–, esto es lo que sabemos. Es el último parte de la noche. Un hombre llamado Elwood... ¿Elwood...? Un momento.
Garwood sacó un pequeño bloc de notas del bolsillo donde había vuelto a guardar el paquete de tabaco y miró lo que había escrito en la primera hoja.
–Eldrige, sí, Eldrige. Eldrige Peete. El encargado del funicular. Solo necesitan a una persona, todo está controlado por ordenador. El hombre se disponía a cerrar el funicular hasta el día siguiente. Las noches de los viernes, el último recorrido es a las once. Eran las once en punto. Antes de hacer que descienda el coche que está arriba, Eldrige sale y cierra la puerta. Luego regresa aquí, da las instrucciones al ordenador y hace descender el coche.
Garwood consultó de nuevo su bloc de notas.
–Esos artilugios tienen nombre. El coche que mandó para abajo se llama Sinat y el que hizo subir se llama Olivos. Son nombres de montes que figuran en la Biblia. Cuando Olivos llegó aquí, a Eldrige le dio la impresión de que el coche estaba vacío. De modo que salió para cerrarlo, porque luego tiene que ponerlos nuevamente en marcha y el ordenador hace que se detengan uno junto al otro a mitad del carril.
Bosch miró a Rider e hizo un gesto como si escribiera en la palma de la mano. La detective asintió, sacó un bloc y un bolígrafo de su voluminoso bolso y empezó a tomar notas.
–Cuando Elwood, quiero decir Eldrige, salió para cerrar el coche, se encontró a los dos cadáveres dentro. Entonces regresó aquí y llamó a la policía. ¿Me siguen?
–Sí. ¿Qué pasó a continuación?
Bosch pensaba en las preguntas que tendría que formular a Garwood y probablemente a Peete.
–Nuestros hombres sustituyen temporalmente a los de la División Central, de modo que cuando me llamaron envié a cuatro agentes para que investigaran la escena del crimen.
–¿No registraron los cadáveres para comprobar su identidad?
–No enseguida. De todos modos, no llevaban ningún documento de identidad. Mis hombres siguieron las normas al pie de la letra. Hablaron con ese tal Eldrige Peete, bajaron la escalera del funicular en busca de casquillos de bala y esperaron a que llegara el equipo forense. La cartera y el reloj del tipo asesinado habían desaparecido, al igual que su maletín, suponiendo que lo llevara. No obstante, consiguieron identificarlo gracias a una carta que el muerto tenía en el bolsillo. Dirigida a Howard Elias. Cuando conocieron su identidad, mis hombres examinaron el cadáver y verificaron que se trataba de Elias. Luego, como es lógico, me llamaron a mí, yo llamé a Irving, él se puso en contacto con el jefe de la policía y decidimos llamarle a usted.
Garwood había pronunciado la última parte de la frase como si él hubiera participado en la decisión de llamar a Bosch. Al mirar a través de la ventana, Harry vio que aún había muchos detectives pululando por el lugar.
–Yo diría que esos hombres hicieron alguna llamada más, capitán –comentó Bosch.
Garwood se volvió para mirar por la ventana, como si no se le hubiera ocurrido que no era habitual ver a quince detectives en el lugar de un crimen.
–Supongo que sí –respondió.
–Bien, ¿qué más? –inquirió Bosch–. ¿Qué más hicieron antes de descubrir quién era el muerto y retirarse del caso?
–Hablaron con Eldrige Peete, como ya le he dicho, y examinaron la zona alrededor de los coches. De arriba abajo. Ellos...
–¿Encontraron algún casquillo?
–No. El asesino es cuidadoso. Recogió todos los casquillos. Pero sabemos que utilizó un arma del nueve.
–¿Cómo lo averiguaron?
–Por la segunda víctima, la mujer. El disparo la atravesó. La bala impactó en el marco de acero de la ventanilla situada detrás de ella, se aplastó y cayó al suelo. Está muy deteriorada para hacer comparaciones, pero todo indica que es una pistola del nueve. Hoffman dijo que seguramente se trata de un arma federal, pero tendrá usted que esperar al análisis de balística para saberlo con certeza. Suponiendo que llegue hasta allí.
Perfecto, pensó Bosch. El nueve era el calibre del arma de la policía. Y el hecho de que el asesino recogiera los casquillos era muy revelador. Nada frecuente.
–Según mis hombres –continuó Garwood–, Elias fue asesinado poco después de llegar allí. El tipo se acercó y le disparó primero en el culo.
–¿En el culo? –preguntó Edgar.
–Así es. El primer disparo le alcanzó en el culo. Elias se disponía a subir al funicular, de modo que estaba a pocos pasos de la acera. El tipo se acercó por detrás y le metió el primer balazo en el culo.
–¿Y luego? –preguntó Bosch.
–Creemos que Elias cayó al suelo y se volvió para mirar a su agresor. Alzó las manos, pero el tipo volvió a dispararle. La bala le atravesó una mano y le dio en la cara, entre los ojos. Esa es probablemente la causa de la muerte, el disparo en el rostro. Elias cae de nuevo, boca abajo. El tipo se sube en el funicular y le dispara otro tiro en la nuca, a bocajarro. Luego levanta la vista y ve a la mujer, en la que seguramente no había reparado. Le dispara a una distancia de cuatro metros aproximadamente. La bala le atraviesa el pecho. La mujer muere en el acto. No hay testigos. El tipo le quita la cartera y el reloj a Elias, recoge los casquillos y se larga. Al cabo de unos minutos, Peete hace subir el coche y encuentra los cadáveres. Ahora ya saben lo mismo que nosotros.
Bosch y sus compañeros guardaron silencio durante un buen rato. El escenario que había descrito Garwood no acababa de convencer a Bosch, pero no conocía aún suficientes pormenores sobre el crimen para cuestionar el informe del capitán.
–¿El robo parecía auténtico? –preguntó por fin Bosch.
–A mí me lo pareció. Sé que la gente del sur no querrá darse por enterada, pero es la realidad.
Rider y Edgar permanecían callados como estatuas.
–¿Y la mujer? –preguntó Bosch–. ¿El asesino le robó algo?
–Parece que no. Yo creo que el asesino no pretendía subir al funicular. En cualquier caso, el blanco era el abogado vestido con un traje de mil dólares.
–¿Peete oyó algún disparo o algún grito?
–Dice que no. Me contó que el generador de electricidad está instalado bajo tierra, justamente aquí, y que, como emite todo el día un ruido parecido al de un ascensor, él se pone tapones en los oídos. No oyó nada.
Bosch rodeó las ruedas de los cables y observó la caseta del operador del funicular. De pronto reparó en que habían instalado sobre la caja registradora un pequeño vídeo con una pantalla segmentada que mostraba cuatro vistas de Angels Flight, desde una cámara instalada en cada uno de los coches y otra situada encima de cada terminal. En una esquina de la pantalla Bosch vio una imagen del interior del coche llamado Olivos. Los técnicos que trabajaban en la escena del crimen aún estaban examinando los cadáveres.
Garwood se acercó por el otro lado de las ruedas.
–No ha habido suerte –dijo–. Las cámaras emiten en vivo; las imágenes no quedan grabadas en cinta. Las cámaras sirven para que el operador compruebe que todos los pasajeros han subido al coche y están sentados, antes de poner en marcha el funicular.
–¿No vio al...?
–No miró –repuso Garwood, sabiendo lo que iba a preguntarle Bosch–. Solo miró por la ventana, pensó que el coche estaba vacío y lo hizo subir para cerrarlo.
–¿Dónde está Eldrige ahora?
–En Parker Center. Si quiere hablar con él tendrá que entrevistarlo allí. Haré que alguien lo vigile hasta que vaya usted.
–¿Algún otro testigo?
–Ninguno. A las once de la noche ese lugar está desierto. El Mercado Central cierra las puertas a las siete. Allí no hay nada salvo unos edificios de oficinas. Dos de mis hombres se disponían a entrar en esos apartamentos para registrarlos, pero cuando consiguieron identificar a Elias se retiraron.
Bosch se paseó por el reducido espacio de la habitación mientras reflexionaba. Hasta el momento habían hecho muy poco, y hacía ya cuatro horas que habían descubierto los cadáveres. Esto le preocupaba, aunque comprendía el motivo del retraso.
–¿Qué hacía Elias en Angels Flight? –preguntó a Garwood–. ¿Lograron sus hombres averiguarlo antes de retirarse?
–Supongo que querría subir a la colina, ¿no cree?
–Vamos, capitán. Si lo sabe, no perdamos el tiempo.
–No lo sabemos, Harry. Según hemos podido comprobar, vivía en Baldwin Hills. Eso está muy lejos de Bunker Hill. No sé qué le habría traído hasta aquí.
–¿Han averiguado de dónde venía?
–Eso es más fácil. Elias tenía el despacho en la calle Tercera, en el edificio Bradbury. Seguramente venía de allí. Pero en cuanto a lo que hacía...
–Bien, ¿y qué saben de la mujer?
–Es un enigma. Mis hombres ni siquiera habían empezado con ella cuando nos dijeron que nos retiráramos del caso.
Garwood tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el tacón. Bosch lo interpretó como una señal de que la entrevista había terminado. No obstante, intentó sonsacarle más información.
–¿Está usted cabreado, capitán?
–¿Por qué iba a estarlo?
–Por haber sido apartado del caso. Porque sus hombres figuran en la lista de sospechosos.
Una breve sonrisa asomó en los delgados labios de Garwood.
–No, no estoy enfadado. Comprendo el punto de vista del jefe.
–¿Están dispuestos sus hombres a colaborar con nosotros en este caso?
Garwood asintió con la cabeza tras unos instantes de vacilación.
–Desde luego. Cuanto antes colaboren con ustedes, antes conseguirán limpiar sus nombres.
–¿Se lo dirá a sus hombres?
–Eso es exactamente lo que les diré.
–Se lo agradezco, capitán. Dígame, ¿cuál de sus hombres cree usted que pudo haberlo hecho?
Garwood esbozó una amplia sonrisa. Bosch observó sus dientes manchados de nicotina y se alegró de haber dejado el tabaco.
–Es usted muy listo, Harry. Lo recuerdo.
Garwood no añadió nada más.
–Gracias, capitán, pero ¿por qué no responde a mi pregunta?
Garwood se dirigió a la puerta y la abrió. Antes de salir se volvió para observar a Bosch, a Edgar y a Rider.
–No ha sido ninguno de mis hombres, detective. Se lo garantizo. No pierda el tiempo investigando en esa dirección.
–Gracias por el consejo, capitán.
Garwood salió de la habitación y cerró la puerta.
–Este tío es como el capitán Boris Karloff –dijo Rider–. Juraría que solo sale de noche.
–Míster Personalidad –dijo Bosch con una sonrisa–. Bueno, ¿qué pensáis de este asunto?
–Creo que aún estamos en el punto cero –respondió Rider–. Esos tipos no se dieron prisa antes de que los apartaran del caso.
–¿Qué puede esperarse de los chicos de Robos y Homicidios? –terció Edgar–. No es que se distingan precisamente por su agilidad. Parecen tortugas. Creo que estamos jodidos. Tú y yo, Kiz, no podemos ganar este caso. ¡A la mierda con la raza azul!
Bosch se dirigió hacia la puerta.
–Salgamos a echar un vistazo –dijo para cortar a Edgar. Las quejas de su compañero eran válidas, pero en esos momentos solo servían para entorpecer su misión–. Quizá nos formemos algunas ideas antes de que Irving decida volver a hablar con nosotros.
El número de detectives apostados frente a la estación del funicular había empezado a decrecer. Bosch observó cómo Garwood y un grupo de sus hombres atravesaban la plaza para subir a sus automóviles. Luego vio a Irving junto al coche del funicular, charlando con Chastain y tres detectives. Bosch no los conocía, pero dedujo que eran de Asuntos Internos. El subdirector hablaba con vehemencia, pero en un tono tan bajo que Bosch no pudo oír lo que decía. Bosch no entendía qué pintaban allí los de Asuntos Internos, pero le daban mala espina.
De pronto vio también a Frankie Sheehan detrás de Garwood y su grupo. Parecía a punto de marcharse.
–Hola, Frankie, ¿te vas? –dijo Bosch.
–Sí, el capitán nos dijo que nos largáramos.
Bosch se acercó a Sheehan.
–¿Tienes alguna idea que pueda ayudarme? –le preguntó en voz baja.
Sheehan contempló el coche del funicular, como si por primera vez se preguntara quién podía ser el asesino de los dos viajeros.
–Ninguna excepto lo obvio, y creo que eso es una pérdida de tiempo. Claro que a ti te sobra el tiempo, ¿no? Investiga todas las posibilidades.
–Ya. ¿Se te ocurre alguna persona por la que deba empezar?
–Sí, yo mismo –contestó Sheehan sonriendo–. Odiaba a ese cabrón. ¿Sabes lo que voy a hacer? Esta misma mañana voy a comprar una botella del mejor whisky irlandés que encuentre. Lo voy a celebrar, Hyeronimus. Porque Howard Elias era un hijoputa.
Bosch asintió. Los policías rara vez usaban la palabra hijoputa. La oían mucho, pero no la utilizaban. Casi todos los polis la reservaban como el peor insulto que podían proferir contra una persona. Cuando la empleaban contra alguien, eso quería decir que ese alguien había transgredido todas las normas, que no sentía el menor respeto por quienes velaban por el cumplimiento de la ley ni por las reglas y los límites impuestos por la sociedad. Los asesinos de policías eran siempre unos hijoputas, sin paliativos. También solían dedicar ese adjetivo a los abogados defensores. Y Howard Elias figuraba entre los hijoputas. Ocupaba el primer lugar de la lista.
Sheehan se despidió con un breve saludo militar y atravesó la plaza. Bosch centró de nuevo su atención en el interior del funicular mientras se enfundaba unos guantes de goma. Los técnicos habían vuelto a encender las luces y estaban acabando su trabajo con el láser. Bosch conocía a uno de ellos llamado Hoffman. Trabajaba con una ayudante de la que Bosch tenía referencias aunque no conocía. Era una mujer asiática muy atractiva, con unas tetas enormes. Bosch había oído comentar sus atributos y cuestionar su autenticidad a algunos detectives en la comisaría.
–¿Puedo entrar, Gary? –preguntó Bosch, asomándose a través de la puerta del funicular.
Hoffman estaba organizando su equipo de instrumentos antes de cerrarlo.
–Pasa –dijo alzando la vista–. Estamos terminando. ¿Te han asignado el caso, Harry?
–Sí. ¿Tienes algo para mí, algo que me pueda ayudar a resolverlo?
Bosch entró en el coche, seguido de Edgar y Rider. Como se trataba de un funicular, el suelo consistía en unos escalones que conducían a la otra puerta. Los asientos también estaban escalonados, a ambos lados del pasillo central. Bosch observó los asientos de madera y recordó lo duros que le parecían cuando era un niño delgaducho.
–Me temo que no –respondió Hoffman–. No hemos descubierto nada interesante.
Bosch asintió con la cabeza y bajó unos escalones para dirigirse hacia el primer cadáver. Observó a Catalina Pérez como si se tratara de una escultura en un museo. El objeto que tenía ante sí apenas le parecía humano. Bosch estudió los detalles para hacerse una idea de lo ocurrido. De pronto se fijó en la mancha de sangre y en el pequeño orificio que había hecho la bala en la camiseta de la mujer asesinada. El proyectil la había alcanzado en el corazón. Bosch reflexionó sobre el particular e imaginó al asesino situado en la puerta del coche, a cuatro metros de distancia.
–Excelente puntería, ¿verdad?
Era la ayudante que Bosch no conocía. La miró y asintió con la cabeza. Estaba pensando lo mismo, que el asesino era un experto en el manejo de armas de fuego.
–Creo que no nos conocemos. Me llamo Sally Tam.
La técnica le tendió la mano y Bosch se la estrechó. Ambos llevaban puestos unos guantes de goma. Bosch se presentó.
–Hace unos minutos he oído hablar a alguien de usted, sobre el caso de los huevos duros –dijo la técnica.
–Pura suerte.
Bosch sabía que sus compañeros le tomaban el pelo a propósito de ese caso. Todo comenzó cuando un reportero del Times oyó hablar del asunto y escribió un artículo exagerando las dotes de Bosch, hasta el extremo de presentarlo como un pariente lejano de Sherlock Holmes.
Bosch señaló por encima de Tam y dijo que necesitaba pasar para echar un vistazo al otro cadáver. La técnica se apartó, y Harry pasó ante ella procurando no rozarla. Luego la oyó presentarse a Rider y a Edgar. Bosch se acuclilló para examinar el cadáver de Howard Elias.
–¿Así es como lo encontrasteis? –preguntó a Hoffman, que estaba agachado junto a su instrumental, a los pies del difunto.
–Prácticamente. Lo volvimos para registrarle los bolsillos, pero luego lo colocamos de nuevo como estaba. En el asiento que tienes detrás hay unas polaroids, por si quieres verificarlo. El equipo forense las tomó antes de que tocáramos el cadáver.
Bosch examinó las fotos. Hoffman tenía razón. El cadáver estaba en la misma posición en la que él lo había encontrado.
Harry giró la cabeza del cadáver con ambas manos para estudiar las heridas. La interpretación de Garwood había sido correcta. El orificio de entrada de la bala situado en la nuca era una herida de contacto. Aunque estaba parcialmente oculta por la sangre adherida al cabello, aún se apreciaban las quemaduras causadas por la pólvora y unos desgarrones que formaban un dibujo circular en torno a la herida. El disparo en el rostro era limpio. Eso no quería decir que no hubiera sangre, la había en gran cantidad, sino a que no se observaban quemaduras de pólvora en la piel. La bala que le había herido en el rostro había sido disparada a bastante distancia.
Bosch alzó el brazo del cadáver y puso la plama de la mano hacia arriba para examinar la herida de entrada. Movió el brazo con toda facilidad. El aire fresco de la noche había retrasado el rigor mortis. En la palma no se observaban quemaduras de bala. Bosch calculó que el arma se hallaba al menos a un metro de la mano en el momento en que el asesino disparó. Si Elias había extendido el brazo con la palma hacia arriba, había que añadir otro metro de distancia.
Edgar y Rider se acercaron al segundo cadáver. Bosch sintió la presencia de los detectives tras de sí.
–Entre dos y dos metros y medio de distancia, a través de la mano y entre los ojos –dijo Bosch–. Este tío sabe disparar. Será mejor que no lo olvidemos cuando tengamos que abatirlo.
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