Elecciones del sexo - Joaquín Caretti - E-Book

Elecciones del sexo E-Book

Joaquín Caretti

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Beschreibung

El psicoanálisis abandona cualquier pretensión heteronormativa y pretende tratar las elecciones del sexo desde la imposibilidad de armonizar la relación sexual, cuestión que solo y de forma contingente puede ser velada por el amor. Tradicionalmente, el sexo se ha visto sometido a una férrea definición universal de los roles masculinos y femeninos. Esta forma normativa de concebir lo sexual ha sido desbordada por la compleja realidad humana. Actualmente, los seres hablantes se afirman en el derecho a ejercer una sexualidad no fijada por modelos presuntamente eternos. Aun así, se producen y se producirán inevitables malentendidos entre los sexos. No hay forma de regular el goce sexual cuando se trata de la pulsión, ésta no se rige por un programa biológico, más bien, es su falla, su quiebre. No existe ratio sexual para el ser hablante.

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Seitenzahl: 563

Veröffentlichungsjahr: 2018

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© Joaquín Caretti, Gabriela Medin, José Alberto Raymondi y Mónica Unterberger, 2015.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: GEBO503

ISBN: 9788424938161

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Prólogo, Joaquín Caretti Ríos y Mónica Unterberger

Introducción: Marcos de una elección, Antoni Vicens

Apertura: Heteroelecciones, Miquel Bassols

1. CAPITALISMO SEXUACIÓN FAMILIASC

CAPITALISMO HASTA EN EL SEXO por Marta Berenguer

Pornografía y discurso capitalista. ¿La subversión aún?, Paloma Blanco Díaz

Nymphomaniac 2 vols. Lars von Trier. Dinamarca (2013-2014) ,José Luis Chacón

Shame: apuntes sobre la sexuación en la era de la eclosión del capitalismo, Irene Domínguez

Diferencia sexual: desencuentros entre ciencia y sujeto, Elisa Giangaspro

La homoparentalidad: entre la norma y la invención, Iván Ruiz Acero

Sexo y capitalismo: la nueva erótica digital, José R. Ubieto

Ciencia derecho y diferencia sexual, Antoni Vicens

2. ¿HETERO? ¿HOMO? ¿«QUEER»?...

¿Qué elección? Un caso de transexualismo femenino, Andrés Borderías

Una mujer/Un trans, Myriam Chang

Invenciones del sexo, Fabián Fajnwaks

Pornosofemos: pensar la teoría queer y el psicoanálisis a través de la pornografía, Jorge Fernández G

La conversación teoría queer-psicoanálisis, F. Manuel Montalbán Peregrín

Identidad sexual y relación de objeto, José Rubio

Anton Reiser: la ironía esquizofrénica y la no elección de sexo, Howard Rouse

Yo no soy homosexual ¡soy una niña!, Leonora Troianovski

La elección sexual en la infancia, Gabriela Medin

Asumir el sexo e identidad de género, Eugenia Insua

3. ENCUENTROS CON LO REAL DE LA SEXUALIDAD

La a-normalidad del sexo Joaquín, Caretti Ríos

Hallazgos y herejías de la sexualidad: variaciones sobre el objeto sexual, Félix Rueda

Resistencias y vulnerabilidades en las normas de sexo/género/deseo: los límites de la invención, Daud

La sexualidad y el amor como defensa ante lo real, Esperanza Molleda

El objeto (a)sexuado, Miquel Bassols

Sobre sexualidad hoy Mercedes de Francisco

Sobre la invención del objeto sexual, Vicente Palomera

El precio de la normalidad. Un caso literario: Riobaldo Araceli Teixidó

¿Hay a-normalidad sin elección?, Eduard Gadea

4. ERÓTICAS CONTEMPORÁNEAS

Eróticas de nuestro tiempo. De la equivalencia simbólica al equivalente general, Enric Berenguer

La máquina soltera de Marcel Duchamp,Julio González

La erótica de James Joyce bajo el escabel, Gabriela Galarraga

El amor copia de lo real. A propósito del filme Copia certificada (Abbas Kiarostami 2010), Shaila Gar

Tiresias en la ciudad del espectáculo, Rosa Godínez

El demonio del pudor, Amanda Goya

Más allá de los nombres del padre: ¿el principio del fin?, Luis-Salvador López Herrero

5. DEL CUERPO Y SUS GOCES

Apuntes para una clínica de la pornografía, Rosa López

... sabes tú que las almas / distancia ignoran y sexo, María Navarro

El cuerpo en disputa: apuntes para una antibiología lacaniana José, Alberto Raymondi

De imagos y lalangue en los cuerpos sexuados, José Ángel Rodríguez Ribas

Trazos sobre el cuerpo, Mónica Unterberger

El porno sus extravíos y su Real, Oscar Ventura

6. BORDES DE LO FEMENINO

Equivocar «la pretendida frigidez», Anna M. Castell

Figuras actuales de la feminidad, Vilma Coccoz

El goce femenino: ¿solo ellas?, Marta Davidovich

La histérica y su intérprete, Lucía D’Angelo

Desigual, Araceli Fuentes

Deseo amor y otredad, Patricia Tassara

¿Qué uso hacen las mujeres de la pornografía? Transformaciones en el siglo XXI, Hebe Tizio

7. TESTIMONIOS AE

Carnaval, Anna Aromí

Hay algo más que no te puedo decir, Santiago Castellanos

Un espíritu de hombre en un cuerpo de mujer, Michèlle Elbaz

En el límite de mi no sé, Débora Rabinovich

8. CIERRE

Género y Goce, Éric Laurent

Alocución del nuevo presidente de la ELP en el cierre de las Jornadas

NOTAS

PRÓLOGO

por

JOAQUÍN CARETTI RÍOS Y MÓNICA UNTERBERGER1

Concluidas en diciembre de 2014 las XIII Jornadas de la ELP en Madrid, dedicadas al tema «Elecciones del sexo: de la norma a la invención», decidimos elaborar un libro con el material trabajado en las mismas. Ha sido nuestra intención reunir en una publicación, por primera vez y con la idea de iniciar una serie, los distintos trabajos aportados por aquellos que componen nuestra comunidad analítica y por amigos del psicoanálisis, que reflejan lo que el tema fue capaz de suscitar.

El consejo de la ELP propuso el eje temático del encuentro teniendo en cuenta lo que se escucha frecuentemente en nuestra praxis: la interrogación sobre la identidad sexual y sobre qué es ser un hombre o una mujer, cuestión en la que se insiste, ya que no hay en el inconsciente fórmula escrita que permita al sujeto ubicarse como tal. Asimismo fue instigador lo que en la cultura está muy presente, desde hace muchos años, alrededor de las teorías de género y de lo queer, debates actuales sobre la sexualidad que suscitan preguntas que interrogan el sostén epistémico del psicoanálisis. Es sabido que este nace contemporáneo de una época que ha cambiado radicalmente y con ella el síntoma que —como solución y envoltura de un real— se presenta bajo formas cada vez más aggiornadas por el discurso del amo, discurso que lo baña y le es propio.

Los textos que integran este libro han surgido, como dijimos, de lo producido en las jornadas pero, también, se han incluido algunos escritos que, de modo preparatorio, se presentaron a lo largo del año y fueron publicados en Tiresias, el boletín de las mismas. Su selección se orientó por las siguientes condiciones: mantener una línea que responda con claridad al tema de las jornadas; no incluir casos clínicos; incorporar, como novedad, diferentes discursos que operaron como contrapunto en el debate, tal como se conciben en otros campos del saber y, finalmente, dar cuenta de la diversidad de la enunciación que —sobre el tema— declinan los psicoanalistas de nuestra comunidad y cuyo soporte se asienta en la clínica y en su experiencia, como no podría ser de otra manera.

Leer el conjunto de los textos da, si bien no toda, una más que precisa cuenta del estado en el que se halla la cuestión de la elección del sexo para cada ser hablante. Al mismo tiempo, permite abordar los modos singulares en los que el encuentro contingente entre lalengua y lo real del sexo deviene argumento, montaje, construcción o ficción. Modos con los que se inventa aquello que permite establecer algo en lo imposible de escribir entre el goce del Uno y el goce del Otro.

Lacan se adelantó a la época con su lógica de la sexuación y la preeminencia dada al goce femenino más allá de las identificaciones sexuadas. Por lo tanto, el psicoanálisis no permanece indiferente ni petrificado en su discurso ante las sucesivas conmociones que provocan los discursos actuales sobre la identidad de género o el más allá de ella, tal como señala la teoría queer. La subjetividad se las arregla a su manera con esos horizontes, a los cuales se subordinan los semblantes a fin de dar vehículo a lo real que presiona. Se constata cómo el parlêtre responde al desafío de la elección del sexo con nuevas articulaciones, indispensables para tratar el malestar que lo constriñe y con nuevas envolturas del goce que no se ajustan ni a la tradición ni a lo que parece convenir a la anatomía. Dicho de mejor modo, tradición y anatomía parecen no resultar ya suficientes para anudar las dit-mensiones en las que habita el ser que, hablando, goza.

Se observa que a la degradación de la función del padre responden, se inventan, nuevas prácticas de goce acordes a la moda, a la socialización de lo íntimo, a la técnica y sus propuestas, a los nuevos lenguajes que exigen a su vez nuevas maneras de leer.

Pensamos que este libro puede proporcionar un buen modo de adentrarse en el debate sobre las elecciones del sexo y sobre cuáles son sus determinantes inconscientes, los aportes y diferencias con las teorías de género y lo queer; para introducirse en el debate de una supuesta heteronormatividad del psicoanálisis y encontrar algunas respuestas, para pensar el tema de la pornografía, para reflexionar sobre las nuevas formas familiares, para tomar en cuenta lo que dice el derecho y la ciencia con respecto a las anomalías de la anatomía y, en último término, para valorar qué efectos ha tenido el capitalismo y su deriva neoliberal en las identificaciones y en los modos de goce.

Queremos agradecer especialmente a Pablo Reinoso, el excelente artista franco-argentino afincado en París, que nos autorizara a utilizar como portada del libro su cuadro Marco firulete d’angolo semplice, del año 2012, hecho en madera. Esta obra fue también la imagen de las jornadas, un marco que subordinado a los cánones habituales de rectitud y simetría muestra la plasticidad a la que se puede prestar su configuración. Las cuatro ramas que lo componen se separan y adquieren formas creativamente compuestas que se entrelazan y salen de lo esperado —superando los límites del marco, transformando lo establecido en algo imprevisto e inquietante— para finalmente volver a encausarse en esa forma, la norma-marco, en la que se soporta. Lo leemos como una imagen de la sexualidad humana: lo que se ordena por la norma, fálica, y lo que va más allá de ella —sin leyes ni reglas y a la vez enmarcada—, el goce femenino no-todo normativizable.

Queremos asimismo agradecer a Vicente Palomera y a la Editorial Gredos su generosa disposición para hacer posible que este libro viera la luz, y a todos los autores que aceptaron que sus textos fueran publicados.

En la portada constan los nombres de los cuatro colegas que hemos compilado, revisado y finalmente construido el libro que van a leer: Joaquín Caretti Ríos, Gabriela Medin, José Alberto Raymondi y Mónica Unterberger. Fue un trabajo intenso, de varios meses, conducido por el convencimiento de poder acercar a los psicoanalistas y a los lectores interesados en estos temas lo actual del pensamiento psicoanalítico con relación a los avatares de la sexuación. Es nuestro deseo que resulte de interés para continuar pensando y que contribuya a su vez a nuestra práctica como analistas.

INTRODUCCIÓN

MARCOS DE ELECCIÓN

por

ANTONI VICENS

Quizás hubo un tiempo en que la relación con el falo equivalía a toda la sexualidad. Al menos, el valor interpretativo de la significación fálica en el psicoanálisis parecía sostener tal suposición. Cuando Freud situó la diferencia de los sexos a partir de la lógica diferente que suponía el ser y el tener, empezó a tratar el falo no ya como simple realidad anatómica, sino como una significación específica que define una posición del sujeto en esa diferencia. Lacan describe el valor real de esta significación como aquello que organiza la cópula sexual y las formas diversas del juego que la anticipan. Su valor simbólico es el del verbo copulativo, esto es el ser sostenido por una realidad de escritura. Su valor imaginario es el «del flujo vital, en tanto pasa a la generación». Lacan lo transforma luego en una función lógica, y con ello rehace la lógica de la diferencia de sexos, liberada al máximo de la realidad anatómica. Como función, Φ permite escribir, más allá del supuesto naturalismo de la diferencia sexual, y como una forma de cuantificación formal, el todo, la excepción, el no-todo, y el uno. Gracias a esto, muchas confusiones se aclaran: la mujer no es una excepción en el campo del ser, la totalidad supone siempre la función excepcional del padre, el no-todo aparece como condición previa de la letra y de la creación. Y, finalmente, es uno a uno como elegimos nuestra relación con el ser —también con el ser sexuado.

Estas proposiciones, que parecen abstractas, son muy concretas en la clínica lacaniana, nos permiten prescindir de todo ideal de normalización y nos evitan confundir la anatomía con el destino del sexo o con la elección de género. La cura psicoanalítica se orienta por aquella insondable decisión en la que el sujeto eligió su participación en la diferencia de los sexos, sabiendo que esa elección no respondía a ninguna normalidad previa. No existe la norma sexual; o, mejor: la norma del sexo no cesa de no escribirse del todo. El Otro que dictaría una buena elección sexual no existe. A partir de esto podemos escuchar las formas diversas de elección a las que el ser hablante no puede dejar de hacer frente.

En lo que se refiere a lo más directamente fisiológico, podemos ver ampliada hoy la elección como jamás lo fue. La amplitud y la variedad de los conflictos subjetivos de toda forma de cambio de sexo llevan a ver que la elección anatómica, que es, para empezar, y como decía Freud, una cuestión de destino, ahora parece factible reescribirla. Lo cual redunda, para todos, en una mayor responsabilidad en su elección sexuada.

La introducción por parte de Lacan de la articulación fundamental del goce y el sentido, puesto aquel más allá del placer de órgano, muestra bien cómo el ser hombre no es la premisa universal a partir de la cual se define la sexualidad, sino una de sus posibilidades, quizá la más restrictiva. Se revelan así las formas de goce femenino que quedaban ocultas por el machismo generalizado. El cuerpo, más que ser la percha para el uniforme que garantizaría la universalidad de la identificación, pasa a ser lugar de inscripción de toda clase de creaciones. El sujeto puede elegir no solamente sus vestimentas y sus maquillajes, sino sus tatuajes, escarificaciones, implantes, transformaciones quirúrgicas, etc.

Una elección de cuerpo es entonces uno de los avatares por los que un ser hablante deviene sujeto: por su elección de sexo, de género, de objeto de amor, de objeto fetiche, de identificación sexuada, de vida sexual, de forma de procreación.

Jacques-Alain Miller resumía la enseñanza de Lacan en su Seminario 23. El sinthome como «aquella que sitúa como esencial la consistencia del cuerpo». Y sigue diciendo que la consistencia se apoya en una relación del ser hablante con el nudo. Eso permite la adoración del cuerpo, que nos ocupará en el próximo Congreso de la AMP. Y también reescribe el estadio del espejo.

Para ilustrar todo esto tenemos el magnífico cartel de estas jornadas, en el que vemos un marco, que podría ser de un cuadro, o de un espejo, pero con unas formas que lo desbordan. En esta obra impresionante que el escultor Pablo Reinoso ha cedido para las XIII Jornadas de la Escuela, vemos un marco exterior, perfectamente rectangular, que no consigue contener el desborde de otros tres marcos. Pero ¿son tres? No: es uno nada más, un nudo de trébol continuo, lo que Lacan denomina también «nudo de tres», que entra y sale del primer marco y que simboliza lo femenino del ser hablante en tanto puede desbordar el viejo marco del espejo sin perder nunca la consistencia. No es entonces la consistencia imaginaria del espejo, sino otra forma de hacer Uno del cuerpo, con sus bordes transformados en un nudo que no se deshace aun cuando, pasada la raya, ya no hay límites.

Así es pues la elección del sexo: no guiada por la identificación, sino por la capacidad infinitamente plástica y creativa de un nudo de goce sentido o de sentido gozado que siempre estuvo ahí, no siempre visible, pero que el talento artístico de Pablo Reinoso transformó en una escritura, bien elocuente para quien se acerque a la sexualidad sin dar palos de ciego contra la mujer ni clamando por el automatón, esto es, sin poner al poderoso fe-ti-che contra la errática ty-che, la diosa del encuentro singular.

APERTURA

HETEROELECCIONES

por

MIQUEL BASSOLS

Elecciones del sexo es, en efecto, el título de nuestras XIII Jornadas de la ELP. Y me parece un título muy bien escogido para poner al día nuestras investigaciones sobre el tema tan de actualidad.

Cuando supe que este era el título recordé, en primer lugar, el tema que nos convocó hace ya algún tiempo —nada menos que veinticinco años— en las que fueron las Sextas Jornadas del Campo Freudiano en España, realizadas también en Madrid. Algunos de ustedes recuerden tal vez el título: «Elección de objeto y condición de amor». Fui entonces uno de los responsables de la redacción del documento de trabajo preparatorio y al revisarlo ahora me ha dado la medida del cambio de perspectiva que hemos experimentado durante este tiempo en la investigación y la experiencia clínica de esta comunidad epistémica que llamamos Escuela.

De un título a otro, la temática queda, sin embargo, declinada de otra forma. Se repite el término «Elección», pero pasamos del singular al plural. Y si me permiten una lectura equívoca, podemos decir incluso que el título de este año implica que el sujeto agente de la elección es el sexo mismo, y no tanto lo elegido. «Elecciones del sexo», como quien dice: es el sexo quien me elige. Hacia ese punto me gustaría acompañarlos en esta intervención, sobre el fondo de lo que hemos aprendido desde la que les evocaba con el otro título, mucho menos equívoco de «Elección de objeto».

Tratábamos entonces sobre las condiciones que determinan la elección de un objeto, las condiciones que Freud designó con el término de Liebesbedingungen, y que puede traducirse como «condiciones de amor» o como «condiciones de goce». El término Liebe mantiene, en efecto, esa ambigüedad en el texto freudiano: puede ser tanto el amor como el goce, aunque el término Begierde venga muchas veces a modular el campo que solo Jacques Lacan distinguirá como tal: el campo del goce como distinto, incompatible incluso muchas veces con el vínculo de amor. El goce no hace vínculo, repetimos ahora, para comentar esa perspectiva lacaniana según la cual el goce es lo menos adecuado para la existencia de la relación sexual, la reciprocidad entre los sexos. La elección del objeto de amor se encuentra entonces muchas veces en franca contradicción con las condiciones que determinan el goce, la satisfacción de la pulsión, para el sujeto. Se ama en un lado, se goza en otro: esa es la degradación de la vida amorosa contemporánea que Freud diagnosticó ya en su época y que no parece cambiar mucho, especialmente del lado masculino pero también hoy del lado femenino, siguiendo la famosa cuestión planteada en el Eclesiastés: ¿cómo gozar de aquello que amo? ¿Cómo amar aquello de lo que gozo? Señalemos, sin embargo, que siguiendo el fenómeno que hemos designado en nuestro campo como «la feminización del mundo contemporáneo», esa condición se acompaña también con la misma disyunción que se encontraba del lado masculino. También hoy escuchamos, cada vez más, la disyunción entre amor y goce como una condición del lado femenino. Puede parecer una paradoja que cambiaría la localización del goce y del amor en los ejes de coordenadas señaladas en los años cincuenta por Lacan: fuerza centrífuga (hacia afuera) del lado masculino en la pulsión que se separa del objeto de amor, fuerza centrípeta (hacia adentro) del lado femenino que hace gravitar ese objeto hacia la fuerza de la pulsión. ¿Debemos resituar los ejes de coordenadas para dar cuenta de este desplazamiento que va a la par de las nuevas formas de identificación sexuada que se convierten en formas del llamado «género»? Es en todo caso una cuestión que trabajaremos en estas jornadas.

En los años ochenta se anunciaba ya una reordenación de las mascaradas en el baile de las identidades sexuales, pero no es seguro que el eje de coordenadas que Lacan había elaborado la década anterior, repartido entre el eje del Goce Fálico y el Goce del Otro, haya cambiado mucho. Encontrábamos entonces esas condiciones de amor y de goce en lo que la experiencia analítica nos enseña a aislar en la lógica y en la construcción del fantasma, verdadera máquina de metabolizar el goce para hacerlo adecuado a esas condiciones. La pulsión no tiene, en efecto, un objeto predeterminado, ni por la naturaleza ni por la misma educación. Hace falta el marco del fantasma para ofrecerle un objeto que será siempre un semblante, un trasunto que viene al lugar del objeto perdido, del objeto que falta por definición en la adecuación entre los sexos.

Para Freud y su teoría falocéntrica, el mundo simbólico que organiza esas condiciones de goce y de amor en el fantasma y en la trama de identificaciones sexuadas se daba en efecto a través de lo que se conoció como el Complejo de Edipo, regido por ese Nombre del Padre cuyo poder vemos fenecer, pero que a la vez se pluraliza en una serie de nuevas invenciones sintomáticas que intentan ordenar el goce, en una serie siempre infinita y sin una ley previa de nuevos símbolos. Encontramos hoy esta paradoja: la diseminación y multiplicación de símbolos que se proponen para ordenar el goce, serie resultante del declive del Nombre del Padre, no sigue por sí misma una ley, es una lawless sequence, como se define en lógica una serie que se desarrolla sin ley previa. Las contingencias de lo simbólico convergen aquí con la condición de un real que hemos aprendido a definir con Lacan como un real sin ley.

De modo que cualquier proyecto o protocolo para adecuar el goce a la no relación sexual se demuestra de entrada destinado al fracaso, pero a un fracaso distinto y mucho peor que el que el psicoanálisis tiene como punto de partida, porque se anuncia como un éxito, terapéutico o pedagógico, incluso en lo que el cientificismo propone hoy como una modificación del cuerpo del ser sexuado que estaría más de acuerdo con sus ideales de armonía en la relación entre los sexos. Veremos el tema en varias de las intervenciones de estas jornadas.

En el marco restringido de la teoría freudiana del Edipo, retomada por Lacan en los años cincuenta, la cuestión se planteaba en efecto de un modo simple: es la estructura simbólica del Complejo de Edipo, comandada por el significante del Nombre del Padre, la que provee a cada sujeto de las identificaciones para la elección de un objeto que no está dado de entrada, ni para el hombre ni para la mujer. Y el significante del falo es el pivote, el punto central de las significaciones que ordenan la sexuación del lado masculino y del lado femenino. Ese marco, aunque restringido, sigue dándonos una orientación muy precisa en muchos fenómenos de la clínica, pero agota sus virtudes en buena parte de los nuevos fenómenos que estudiaremos en estas jornadas. Basta con ver el programa.

Recordemos el campo que hizo estallar ese marco en la enseñanza de Lacan y que Freud había designado como el «continente negro» en su obra: el goce llamado femenino y la pregunta ¿qué quiere la mujer? Es la cuestión de lo femenino, y la de su lugar en el campo del goce abierto con ese término por la enseñanza de Lacan, la que plantea un nuevo paradigma para dar cuenta de los fenómenos de la nueva clínica. Al igual que la teoría de Newton de la gravitación universal se vio sobrepasada y subsumida a la vez en el nuevo marco de la teoría de la relatividad de Einstein, podemos muy bien decir que la teoría edípica y falocéntrica freudiana se vio sobrepasada y subsumida a la vez por la elaboración lacaniana de su última enseñanza, desbrozada por Jacques-Alain Miller, con la pluralización de los Nombres del Padre, la orientación hacia lo real sin ley y la reordenación del campo del goce resultante de esa nueva elaboración.

La llave de vuelta del goce femenino ha sido precisamente el tema de las tres recientes jornadas, tan exitosas las tres, en nuestras escuelas de la AMP. La NEL (Nueva Escuela Lacaniana) realizó en Lima el pasado mes de octubre sus jornadas con el tema «Lo femenino, no solo asunto de mujeres». La ECF (École de la Cause Freudienne) lo ha abordado en sus jornadas de noviembre en París por el lado de la maternidad, «Être mère». ¿Hay una maternidad que pueda derivarse de lo femenino en su disyunción con el deseo de la madre? Finalmente, la EOL (Escuela de la Orientación Lacaniana) acaba de realizar en Buenos Aires el fin de semana pasado sus jornadas sobre «Bordes de lo femenino. Sexualidades, maternidad, mujeres de hoy». En efecto, lo femenino da que hablar en la clínica actual en la medida que hace presente la alteridad radical del sexo y sus elecciones.

Tal como Jacques Lacan lo situó en su «Alocución sobre las psicosis del niño» en 1968: «Hay en el psicoanálisis una [presencia] que se suelda a la teoría: la presencia del sexo como tal, que hay que entender en el sentido en que el ser hablante lo presenta como femenino».1 El ser hablante, ese parlêtre de la nueva clínica del inconsciente real que encontraremos en el tema del próximo Congreso de la AMP en Río de Janeiro en 2016, ese cuerpo hablante hace presente el sexo como femenino, lo femenino como la alteridad radical del goce.

Y es una alteridad ante la que tanto la masculinidad como la feminidad quedan confrontadas de manera tan asimétrica como fuera de toda reciprocidad posible, según la idea lacaniana que sitúa a la mujer no solo como Otra para el hombre, sino como Otra para sí misma como lo es para él. Una joven me lo decía sabiamente hablando de su experiencia en el baile del tango, una experiencia en la que se confronta con su propia soledad, la de su cuerpo, con el otro. «Un hombre baila el tango con una mujer. Una mujer baila el tango con ella misma». Todo el problema de la elección del sexo es cómo se sitúa cada uno, hombre o mujer, ante esa alteridad radical del goce del cuerpo que en la frase queda designada por ese «ella misma».

El tango parece moverse, en efecto, más allá del falocentrismo, en el espacio femenino entre centro y ausencia, para retomar la expresión que Lacan toma a su vez del poeta Henri Michaux y que hemos comentado en otra parte.

La teoría freudiana sobre lo femenino partió de un supuesto que se ha denominado, con razón, un falocentrismo. La lógica del falo, binaria, siguiendo la lógica del significante entre presencia y ausencia, define y ordena una buena parte del territorio de la vida sexual del ser que habla, de la significación fálica de sus elecciones, de sus impasses.

Es Jacques Lacan, como se ha señalado también en numerosas ocasiones, quien ha ido más allá de la lógica fálica, de la lógica del Edipo en la que todo se debería ordenar según el par falo y castración, 1 y 0, presencia y ausencia.

Más allá del falocentrismo de la teoría freudiana, se plantea en efecto el lugar de los bordes de lo femenino. Ni la maternidad, ni la encarnación del falo en el hijo o en el sexo del partenaire, ni ninguna de las diversas formaciones simbólicas donde el velo fálico sugiere, y solo sugiere, Otro goce, el goce como alteridad, ninguna de esas formaciones agota el territorio de lo femenino. Terra incognita para Freud, continente negro lo llamó para intentar hacer su topografía.

Más allá del falocentrismo, de la figura de un universo circular en el que los cuerpos gravitan alrededor de un único punto, el falo simbólico, Lacan acude al poeta para realizar una segunda revolución copernicana, si podemos decir así, segunda con relación a la primera realizada por Freud con el descubrimiento del inconsciente.

Más allá del falocentrismo, lo femenino plantea un universo en el que los cuerpos giran en una trayectoria elíptica, siguiendo la figura de la elipse que, como es sabido, tiene dos focos. Esos dos focos son el falo como centro y el goce del Otro como el Otro punto ciego, como también se llama al segundo foco. Se trata en el otro foco, o el Otro lado, del goce del Otro, el que no sería el goce fálico, el goce que haría falta que no o que no haría falta, según la expresión de Lacan en su Seminario Encore.

Entre centro y ausencia, se abre así un espacio que no puede ya funcionar según la lógica de la presencia y de la ausencia, del 1 y el 0. Entre el Uno y el Cero, hay un espacio imposible de recorrer. Hay el Uno y el Cero, sí, hay el lado del Uno y el lado del Otro, pero entre Uno y Otro hay un espacio que no se puede recorrer con la lógica binaria del Uno y del Cero.

Recordemos la paradoja de Aquiles y la tortuga: Aquiles que sigue paso a paso el espacio métrico con sus pasos que siguen la contabilidad de los números naturales 1, 2, 3..., los números naturales, infinitos pero contables, y del otro lado la tortuga que camina en Otro espacio, el de lo real que anida entre 0 y 1, pero también entre 3 y 4, donde viven por ejemplo seres tan extraños e irrepresentables como el famoso número pi.

Entonces, una versión de la relación sexual que no existe es esta relación imposible entre Aquiles y la tortuga que se mueven en espacios del goce distintos. Aquiles se mueve en el espacio ordenado por el goce fálico, que sigue la lógica binaria del significante, Uno-Cero, S1-S2. La tortuga se mueve en ese Otro espacio que llamamos, siempre provisionalmente, el espacio del Goce del Otro (o de la Otra), más allá o más acá del falo como significante que lo simboliza.

Pero hay más, hay algo más, algo más todavía, encore. No solo Aquiles no puede alcanzar a la tortuga con la lógica métrica del falo, no solo la pierde en una ausencia tan irreparable como irreductible —solo la alcanza en la infinitud, dice Lacan—. Pero esa constatación no deja de ser tributaria de la propia lógica fálica: o presencia o ausencia.

El verdadero problema, como indica Lacan, es que la tortuga es tortuga para ella misma, es que ella también se ve sometida a la misma paradoja que el hombre Aquiles al intentar atraparla. El verdadero problema —mejor dicho, el problema real— es que la mujer, en el terreno de lo femenino, es Otra para sí misma como lo es para él.

Hay que imaginar entonces a la tortuga siendo tortuga para ella misma (¡qué suprema lentitud y qué arte de lo instantáneo a la vez!). Y hay que intentar imaginarlo —en realidad es imposible— en cada sujeto. Porque esa tortuga, Otra para sí misma, es la que habita en cada uno, en cada sujeto de la experiencia analítica, ya corra como Aquiles o no, ya se sepa tortuga o no para sí misma. En realidad, uno siempre es tortuga para sí mismo cuando se trata de lo real del goce, más allá o más acá del goce ordenado por el falo.

Entonces, el espacio de lo femenino se produce, ex-siste, entre centro y ausencia, entre el centro simbolizado por el falo, por el goce simbolizado por el falo, y la ausencia más radical, la que se produce especialmente en la soledad del goce femenino, cuando el sujeto queda confrontado a su propia ausencia, la ausencia que resulta de ser tortuga para sí misma, en una soledad, si se me permite decirlo así, elevada a la segunda potencia. En realidad, es una ausencia para nadie, porque es para otra ausencia que es ausencia, porque es una ausencia para alguien que ya no está ahí tampoco. Esta ausencia elevada a la segunda potencia es también un modo de entender la relación sexual que no existe, que no puede escribirse en lo real.

A veces puede parecer o resultar un poco trágico, y tenemos múltiples ejemplos en la experiencia analítica de la dimensión trágica de este espacio del goce «entre» centro y ausencia. Antígona, sin ir más lejos, y su experiencia en el espacio definido por Lacan como el espacio entre dos muertes.

Pero como dice muy bien Woody Allen, «comedy is tragedy plus time», la comedia no es más que tragedia añadiendo un poco de tiempo (más o menos, solo hay que saber esperar un poco).

Entonces esta versión trágica de la no relación sexual se parece un poco a aquella inolvidable escena de los hermanos Marx en la que los dos hermanos espías, Chico y Harpo, deben seguir el rastro de un tal Firefly. Se ponen a trabajar enseguida y al final le pasan un informe al jefe, que dice así: «El lunes vigilamos la casa de Firefly, pero él no salió, no estaba en casa. El martes fuimos al béisbol pero nos engañó: no se presentó. El miércoles fue y nosotros le engañamos a él: no nos presentamos». El malentendido es fabuloso, pero el día más interesante, el más cómico también, es el jueves. «El jueves fue por partida doble: nadie se presentó», ni ellos ni Firefly. Ese día es precisamente el día del Goce del Otro, el día en el que finalmente la relación sexual podría existir, pero es precisamente el día en el que cada uno está ausente para sí mismo, en el que cada uno es tortuga para su propio ser de tortuga. Es el día del Goce del Otro... si existiera, porque ese día, como ustedes pueden comprender ahora muy bien, puede ser cualquier día, a condición de que ese día nadie se presente, por supuesto. La relación sexual que no existe, la que no puede escribirse en lo real, es de este orden, al estilo hermanos Marx.

En las relaciones sexuales que sí existen, en realidad cada uno se presenta a la cita con su fantasma, cada uno hace el amor con el marco y la escena de su fantasma, un fantasma que viene al lugar del Otro, del goce del Otro... si existiera. Y esta relación sexual que no existe, que no puede escribirse en lo real, pero que a la vez hay que intentar escribir en cada acto que se pretenda acto verdadero, esta relación no existe gracias a (más que por culpa de) lo femenino, de lo femenino que habita ese extraño lugar de la elipse entre centro y ausencia. Es lo femenino, más allá o más acá del goce fálico, lo que introduce la no relación sexual, la relación que no puede escribirse, «entre centro y ausencia».

Digamos entonces que lo femenino como alteridad irreductible a la lógica significante de los géneros y de las identidades sexuales reordena cada vez de nuevo todo su campo marcando el paso, siempre a contrapié, en su baile de máscaras.

Esas identidades se multiplican en una serie que tiende al infinito. Facebook, en su edición argentina, propone hoy 54 opciones para definir el género «personalizado» para un sujeto que ya tenía cierto trabajo con las dos clásicas (masculino/femenino): «Trans», «torta», «trans femenino», «trans masculino», «transgénero», «transexual», «transgénero femenina», «transgénero masculino», «trava», «travesti» son diez de las opciones a las que se accede cliqueando solo la letra T. Sorprende que en la profusión de géneros, siempre «más uno», la diferencia masculino/femenino subsista como irreductible. Parece que la cosa no puede dejar de ser cosa de «ellos y ellas»: «C’est bien d’eux qu’il s’agit dans le langage?», insistía en preguntar Lacan marcando el equívoco de la palabra «d’eux/deux»: «¿Se trata siempre de ello(a)s/dos en el lenguaje?».2 En otros lugares, tal vez siempre un poco más pragmáticos, las opciones se agrupan en tres, en lo que parece casi una nueva tópica freudiana: Él, Ella y Ello. Him, Her and It. Pero todo el mundo sabe que el relativo éxito de la película Her hubiera disminuido notablemente si se hubiera titulado Him o It.

Se trata en todo caso de intentar escapar de la diferencia de la alteridad del sexo, del goce femenino como tal, multiplicando esa diferencia al infinito. En realidad, es un intento de rellenar esa diferencia que se abre entre el 0 y el 1, ese real imposible de simbolizar que sella para siempre los encuentros y desencuentros de Aquiles y la tortuga, y de la tortuga consigo misma, la diferencia de «ellos dos», los genericemos como queramos.

Una vez llegados a este punto, podemos entender muy bien la línea que atraviesa la enseñanza de Lacan de cabo a rabo y que distingue la elección de objeto, las identificaciones que determinan también su género, de la posición de goce del sujeto, y de lo femenino que anida en cada posición como esa porción de goce que escapa al goce fálico y a su métrica, a su lógica binaria. Señalemos solo dos momentos de esa enseñanza para ver las consecuencias fundamentales de esta línea para el tema de nuestras jornadas.

Primer momento. Seminario I, junio de 1954. Estamos en el inicio de la enseñanza de Lacan cuando comenta las condiciones de la elección de objeto a propósito de la perversión. Y evoca el caso de Marcel Proust en los siguientes términos: «Recuerden ustedes el prodigioso análisis de la homosexualidad que desarrolla Proust en el mito de Albertina [personaje central de la novela En busca del tiempo perdido]. Poco importa que este personaje sea femenino, la estructura de la relación es eminentemente homosexual. La exigencia de este estilo de deseo solo puede satisfacerse en una captura inagotable del deseo del otro...».3

La naturaleza y estructura de la elección de objeto no viene entonces definida por el «género» de ese objeto. En realidad, veremos que para Lacan el objeto, en su estructura más íntima y fundamental, es siempre el objeto a-sexual. No son los caracteres secundarios del objeto, como se suele decir, los que definen la estructura de la relación, la posición de goce del sujeto, sino lo que Lacan llama aquí, de un modo tan sutil como evocador, «la exigencia del estilo de deseo». Y, en efecto, hay que recorrer el texto de En busca del tiempo perdido para situar ese rasgo de estilo del deseo y del goce de Marcel Proust que define las condiciones de su elección. Se puede comprender entonces que es posible para un hombre elegir una relación homosexual con alguien del género opuesto.

De hecho, parte del problema puede entenderse si diferenciamos dos modos gramaticales de la clásica expresión: «elección de objeto». Existe la «elección homosexual de objeto», o bien la «elección heterosexual de objeto», pero tanto la una como la otra pueden ser distintas estructuralmente de lo que entendemos por una «elección de objeto homosexual» o una «elección de objeto heterosexual». ¿Dónde recae el rasgo del adjetivo calificativo? Lo que define la posición del sujeto no es la naturaleza del objeto, sus caracteres de género, sino la posición de goce que el sujeto sostiene con respecto a este objeto.

No estará de más recordar aquí, intercalada entre los dos momentos en la enseñanza de Lacan, una sutil observación de Freud, ya en su obra Tres ensayos sobre teoría sexual, de 1905, en una nota a pie de página, añadida cinco años después, a propósito de las condiciones de amor en la posición del sujeto como respuesta a la pulsión. Escribe allí: «La diferencia más honda entre la vida sexual de los antiguos y la nuestra reside, acaso, en el hecho de que ellos ponían el acento en la pulsión misma, mientras que nosotros lo ponemos sobre su objeto. Ellos celebraban la pulsión y estaban dispuestos a ennoblecer con ella incluso a un objeto inferior, mientras que nosotros menospreciamos el quehacer pulsional mismo y lo disculpamos solo por las excelencias del objeto».4

Cada vez es más cierta esta condición de la vida erótica y de las elecciones de sexo bajo sus distintas formas: cantamos las excelencias del objeto intentando pintarlo con todos los colores posibles del arcoíris, inventando todo género de imágenes y rasgos para situar la alteridad radical del goce, sin conseguir apenas un pequeño paso de Aquiles sobre la tortuga. Y es que el color sexual de la libido, tan formalmente mantenido por Freud en la «celebración de la pulsión» que ennoblece cualquier objeto, ese color es, como indicará Lacan en otra sutil expresión, «color-de-vacío: suspendido en la luz de una hiancia».5 Resigamos por los rasgos de ese color de vacío en cada objeto: encontraremos los rasgos mismos de ese Goce del Otro, más allá o más acá del Goce Fálico, de ese Goce del Otro... si existiera.

Segundo momento en la enseñanza de Lacan. Dieciocho años después, en su complejo texto de 1972 L’étourdit, traducido como «El atolondradicho»: «Lo que se llama el sexo [...] es propiamente, por sostenerse en notoda, el Eteros que no puede saciarse de universo. Llamemos heterosexual, por definición, a lo que ama a las mujeres, cualquiera que sea su propio sexo. Así será más claro».6

El sexo de la elección, digamos incluso el sexo como causa de la elección, es según esta fórmula siempre heterosexual en la medida que ama esa alteridad encarnada por las mujeres, aún sin saberlo —y sobre todo sin saberlo—, en lo femenino más allá del falo, más allá del «paratodos» de la lógica fálica. La traducción mantiene muy bien el sujeto de la elección: «llamemos heterosexual a lo que ama» (ce qui aime les femmes) y no «a quien ama» (celui ou celle qui aime). Es la Cosa neutra, el objeto a-sexual el que está como causa de la elección del sexo, más allá de la naturaleza o género del objeto. Por supuesto, después se trata de saber cómo localiza o no esa posición el significante fálico en el Otro, en el partenaire de esa elección. Y decimos bien, el partenaire es partenaire de la elección de sexo del sujeto, es su «partenaire sinthome», como decimos a veces siguiendo la última enseñanza de Lacan. Lo que quiere decir que se hace síntoma de esa elección.

Así, podemos muy bien concluir con el rasgo de la elección señalada por este párrafo de Lacan y que ha dado título a mi intervención para abrir el trabajo de estas jornadas. Una elección de amor es, por definición, una heteroelección, más allá de la naturaleza del objeto, más allá incluso de su carácter siempre algo narcisista, más allá del ideal de fusión narcisista con el objeto, elección de objeto narcisista que es siempre una suerte de homoelección. Una elección de amor lacaniana, si me permiten la expresión, es entonces una heteroelección en la medida en que apunta a lo femenino que hay en cada ser que habla, en ese cuerpo hablante que nos convoca ya para el Congreso de la AMP en Río de Janeiro para el año 2016.

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CAPITALISMO, SEXUACIÓN, FAMILIAS

CAPITALISMO HASTA EN EL SEXO

por

MARTA BERENGUER

Capitalismo hasta en la sopa. El capitalismo parece haberse introducido ya en cualquier esfera de la subjetividad humana y, evidentemente, no se ha olvidado del sexo. En realidad, este «capitalismo hasta en el sexo» no es nuevo: la prostitución, las alianzas matrimoniales o los regalos para las amantes los vemos ya desde hace varios siglos. La historia de la cultura da buena cuenta de ello. Encontraríamos numerosos casos en la literatura y las artes, por ejemplo.

Pero situémonos en el siglo XXI. ¿Qué hay de nuevo entre sexo y capitalismo? ¿Existen nuevos fenómenos en lo social que anudan sexualidad y discurso capitalista? Intentaremos esbozar si no la respuesta, al menos la dirección de una búsqueda.

EL (DES)ENCUENTRO ENTRE LOS CUERPOS

«El Imperio de los sin sexo»1 es un documental del programa Documentos TV de TVE que nos relata el hecho de que Japón tiene el récord mundial de abstinencia sexual, pero la industria pornográfica es muy lucrativa. Fumiyo es un hombre de cuarenta años que lleva tres sin mantener relaciones sexuales con su novia. Según relata él mismo: «Cuando empecé a salir con mi novia hacíamos el amor todos los días pero después, cuando terminó la pasión, no me atrevía a contarle mis fantasías sexuales. Entonces me di cuenta de que las películas porno eran más divertidas y que los sex shops eran más prácticos».

Que este hombre no haga el amor con su novia no quiere decir que haya renunciado al sexo. Acude a menudo a lo que en Japón se conocen como video box para ver, en una sala solitaria, películas porno y desplegar ahí su actividad sexual. No es el único. En Tokio hay casi 500 cabinas de este tipo a las que acuden hombres a diario. Fumiyo cuenta algo más: «Para obtener placer no tengo que hacer el amor. Me basta con eyacular. Si me preguntan por qué se me hace tan pesado tener que hacer el amor quizá sea porque, cuando hago el amor a una chica, no puedo evitar pensar en su placer. Al final, me pasa como con mi novia».

Jacques-Alain Miller nos presenta una posible orientación sobre el tema del porno en su texto «El inconsciente y el cuerpo hablante»:2 «¿Qué es el porno sino un fantasma filmado con la variedad apropiada para satisfacer los apetitos perversos en su diversidad? No hay mejor muestra de la ausencia de relación sexual en lo real que la profusión imaginaria de cuerpos entregados a darse y a aferrarse. [...] De vuelta de Italia, tras una gira por las iglesias que Lacan llamaba bellamente una orgía, advertía en su Seminario Aún: “Todo es exhibición de cuerpos que evocan el goce” —este es el punto en que nos encontramos en el porno—. Sin embargo, la exhibición religiosa de los cuerpos extasiados deja siempre fuera de su campo la copulación misma, del mismo modo que la copulación está fuera de campo, dice Lacan, en la realidad humana». En el testimonio de Fumiyo vislumbramos algo de la angustia que supone encontrarse con el otro cuerpo y su goce. Según parece, para él es «más cómodo» pagar para entrar en un video box y satisfacerse con un goce autoerótico centrado en la pornografía que encontrarse con el cuerpo y el goce femenino. El imperativo de la imagen gana la partida.

CAPITALISMO DE LOS AFECTOS

Sin movernos de Japón seguimos en Tokio para hablar ahora de otro documental. «Alquila una familia, S.A.»,3 nos presenta la historia de Ryuichi Ichinokawa y su curiosa forma de vida. Ryuichi es un hombre japonés de cuarenta y cuatro años. Está casado, es padre de dos hijos y todos los días va a trabajar a la oficina de correos. Desde fuera, la familia Ichinokawa parece llevar una vida aparentemente «normal». Sin embargo, hay un lado secreto de Ryuichi incluso desconocido para su familia: posee una empresa llamada Hagemashi Tai («quiero levantarte el ánimo»), uno de los negocios más peculiares de Japón, dedicado al alquiler de parientes, amigos, colegas o parejas falsas. A lo largo del documental se van desgranando varios temas: los sujetos alquilan los servicios de la empresa para esconder un secreto, o bien para mantener un simulacro que les ayudará a conseguir algo que supuestamente quieren, y no tienen en la realidad. El dinero es el vehículo para conseguirlo. Si no se tiene una familia estereotipadamente feliz, se puede comprar.

Además de empresas como las de Ryuichi, en Japón existe también un negocio paralelo a la industria del sexo.4 Se ofrecen servicios como Moedate, que asegura proporcionar experiencias emocionales de romance real donde las relaciones sexuales quedan prohibidas.

En Estados Unidos existen los denominados cuddlers o abrazadores profesionales. Es el caso de Samantha Hess, que ofrece contacto físico a 45 euros la hora. Las personas que pagan por los servicios de la empresa Cuddle Up to Me priorizan los mimos y el cariño a las relaciones sexuales.

¿Ante una sociedad donde el sexo está presente y ofertado como mercancía por todos lados qué ocurre con los afectos? Afectados están, por supuesto. Sigmund Freud nos habla en su texto Tres ensayos sobre teoría sexual5 de la inhibición, por ejemplo. ¿Qué ocurre con esos diques de contención (el asco, la vergüenza, la moral) de los que nos habla Freud ya en los inicios del año 1900? ¿Han desaparecido estos diques en la actualidad? ¿Se trataría más bien de un desplazamiento que se enlaza por el lado de lo afectivo? Sea como sea, de esto se aprovecha también el capitalismo. No todos los sujetos están dispuestos a consumir el sexo como mercancía. Algunos estarían dispuestos a pagar para que los abracen como a un bebé. Algunos. He ahí lo que vengo a llamar el capitalismo de los afectos.

Volviendo al testimonio de Ryuichi, vemos que esconde en su síntoma en forma de empresa que «levanta el ánimo» un secreto para su propia familia. Según él, sus servicios tienen el objetivo de «ayudar a sus clientes para que se acerquen a la felicidad». ¿Vendría el dinero a tapar esa falta en ser de la que nos habla Lacan? En cualquier caso se impone un segundo imperativo de la época: el de la felicidad o del todo es posible.

LA DIMENSIÓN DE LA PREVISIÓN Y EL CÁLCULO

Un estudio6 asegura que correlacionando datos de usuarios de redes sociales su algoritmo puede llegar a predecir la «orientación sexual» de un sujeto. Junto al capitalismo encontramos hoy el denominado big data, o el análisis de datos, supuestamente capaz de predecirlo todo. Todo. Incluso las «preferencias sexuales». Pero el reduccionismo tecnológico se extiende también a otros campos. La genética sería otro de ellos. Singldout7 es una página web de citas que ofrece la promesa de encontrar al «partenaire perfecto» mediante una prueba de ADN.

Aseguran que se puede encontrar pareja mediante lo que ellos denominan «compatibilidad biológica». Hecho y pagado el test, en una semana los resultados aparecen en el perfil del usuario y pueden ser comparados con los resultados de otros, con la finalidad de garantizar el «encuentro perfecto». La página, obviamente, está patrocinada por unos laboratorios químicos que se encargan de elaborar la prueba genética con la máxima celeridad posible.

En Silicon Valley encontramos otro ejemplo de la dimensión de la previsión y el cálculo. Apple y Facebook pagarán la congelación de óvulos a las empleadas que lo soliciten.8 Según las dos empresas, la medida tiene el objetivo de aumentar la presencia de las mujeres en Silicon Valley. Bajo esta idea falsa de supuesta igualdad podríamos debatir varios puntos. El que interesa destacar es cómo el capitalismo invade la esfera de la maternidad queriendo controlar también la vida de los sujetos. ¿También cuándo van a tener hijos?

En el artículo «El porvenir de una ilusión: el culto de la previsión»,9 Éric Laurent nos orienta sobre esta dimensión del cálculo y la previsión: «Los algoritmos del cálculo masivo de lo íntimo [...] matan al sujeto porque ya no le dejan ningún lugar para una angustia integrante de la soledad del acto. [...] Algunos están encantados de una manera casi maníaca por el reacomodamiento de la gestión de las poblaciones debido a un futuro eternamente previsible. Estaríamos finalmente en condiciones de evacuar el problema de los futuros contingentes».

Los algoritmos del big data o la genética como promesas para encontrar al «partenaire perfecto» nos hablan de un tercer imperativo contemporáneo ligado al neocapitalismo: el del cientificismo.

Oscar Masotta en su libro Lecciones de introducción al psicoanálisis10 escribe una frase que nos sitúa en un punto clave para entender la problemática que para el sujeto supone el sexo. Casi a modo de trabalenguas dice así: «El sujeto no sabe sobre aquello que está en el origen de los síntomas que soporta (he ahí al inconsciente) porque nada quiere saber de que no puede saber que no hay Saber sobre lo sexual».

Masotta nos presenta aquí, de una manera muy clara, la dimensión enigmática del sexo. A ese respecto sigue su exposición diciendo: «O bien las cosas sexuales deben ser incluidas en la clase de las cosas ininteligibles, o bien hay cosas sexuales que nos introducen a la idea de que son enigmáticas. Pero un enigma no es un ininteligible, sino algo que plantea una cuestión y exige una respuesta».

Llegados a este punto y volviendo a la pregunta del inicio: «¿Qué hay de nuevo entre sexo y discurso capitalista?». Hemos visto a lo largo de este recorrido en lo social la presencia de tres imperativos: el de la imagen, el de la felicidad y del todo es posible y el del cientificismo. ¿Nos hablan estos tres imperativos del binomio sexo y capitalismo de hoy? Probablemente, pero no únicamente. Los tres tienen en común la insistencia ilusoria que la relación entre los sexos fuera posible, armónica, placentera. Ignoran también la dimensión enigmática del sexo y con ello al inconsciente. Pero el enigma del sexo persiste. ¿O acaso Fumiyo, Ryuichi y otros tantos testimonios que podríamos citar saben algo de este enigma? Dicho enigma persiste en el hombre, persiste también en la mujer que, como diría Oscar Masotta: «Es más recóndita que el camino por donde en el agua pasa el pez».11 El enigma del sexo tiene también algo de recóndito, aunque el discurso capitalista y sus nuevas eróticas e imperativos se empeñen en ignorarlo. Pero no podemos precipitarnos porque, aunque en lo social observemos que el capitalismo y con él el dinero pareciese invadirlo todo, habría que desmenuzar qué significación tiene la palabra «dinero» para cada uno de los sujetos citados. Su historia, seguramente, nos daría algunas de las coordenadas para encontrar una respuesta.

PORNOGRAFÍA Y DISCURSO CAPITALISTA.

¿LA SUBVERSIÓN AÚN?

por

PALOMA BLANCO DÍAZ

El psicoanálisis es una clínica de la subjetividad, es decir, no hay psicoanálisis sin el trabajo sobre el síntoma. Por ello decimos que nuestra política es la del síntoma, y lo que nos orienta es este real de la dificultad intrínseca del goce con sus correlatos de placer y sufrimiento.

Partimos de estas acotaciones para poner de relieve, en primer lugar, que el psicoanálisis no es una ideología sino un discurso efecto de una lectura en la escucha orientada por lo real que atraviesa la subjetividad de los seres hablantes. Este real es lalengua, más allá y más acá del lenguaje, del significado, del sentido, de la comunicación. Efectivamente, y tal como afirman pensadores como Judith Butler,12 el significante es performativo, genera significados y contribuye, por cierto, a deconstruir el binarismo sexual porque deconstruye la naturalización de la diferencia sexual. Pero no es esto todo lo que muestra la enseñanza de Lacan; además del Lacan estructuralista, y sin invalidarlo, su última enseñanza demuestra que la palabra genera e introduce goce en el cuerpo, lo vivifica y mortifica. Incluir el goce en la sexualidad rompe, sin remedio ni cura, con la posibilidad de normativizar la sexualidad. No hay norma que resista al goce, de hecho, como Freud demostró, la norma acaba vehiculizándolo. La pulsión está hecha de palabras que trazan itinerarios de goce en el cuerpo, escrituras bizarras, raras, sin retórica ni narrativa. Marcas, letras mudas sin significado, grafías sin otra tipografía que una letra que toma cuerpo, cuerpo de letra.

Desde el psicoanálisis no consideramos la normalidad como un referente de lo correcto, lo oportuno, lo saludable, lo moral, «lo que corresponde», lo que es conveniente. Tratamos la normalidad simplemente como lo que atañe al sentido común, y no le damos a este más valor que el de ser el sentido de la mayoría; es decir, el sentido neurótico. Este sentido de la mayoría no nos sirve para acotar y nombrar lo que a los psicoanalistas nos interesa y nos incumbe, el deseo que es nuestra causa y que sostenemos en nuestro acto. Se trata de la diferencia absoluta, lo que cada uno de nosotros traemos al mundo con nuestro nacimiento, que no estaba antes y que no volverá cuando no estemos. Hay un sentido común, un ideal de para todos, porque los seres hablantes no tenemos un articulador automático entre satisfacción y bienestar, como ocurre en el reino animal, a través del instinto que orienta en el cuidado de sí o de la especie. Lo que para ellos es instinto natural, para nosotros es pulsión que empuja a una satisfacción que va más allá del bienestar, a la que no le importa el cuidado de sí o de la vida. Cuerpos atravesados por lalengua que nos conduce ineludiblemente al incurable de esa vida desordenada, ese malvivir que es la existencia humana. Por eso inventamos normas que parten siempre de una ausencia irreductible y, por ello mismo, la norma es siempre insuficiente para lo singular de cada vida y hay que seguir inventando.

Esa singularidad no tiene precio porque está por fuera del sentido, y es lo que le da el valor a esta vida parlante, sexuada y mortal. Diríamos incluso que la vinculación de estas tres condiciones tiene una estructura borromea; cada una de ellas descompleta a las otras dos a la vez que no se sostiene sin ellas. En el centro, un agujero que nunca se colma y en torno al cual la pulsión traza sus itinerarios.

En este trabajo nos ocupamos de la segunda condición. Queremos interrogar, siempre desde la perspectiva clínica mencionada al comienzo, la articulación contemporánea entre sexualidad, goce, erotismo y pornografía, porque no son lo mismo. Son términos que pueden solaparse pero no se recubren por más que el capitalismo tardío que habitamos, en interés del mercado, muestre un furibundo empuje en reducir y equiparar la sexualidad al sexo, el erotismo a la pornografía, para soslayar la pregunta por el amor, el deseo y la falta y su vinculación con la erótica. Esta tendencia la entendemos como otra declinación de la determinación del discurso capitalista para producir subjetividades y expropiar al sujeto la posibilidad de hacer la experiencia de su singularidad. Tal vez podemos apreciar todavía más esta profunda discordancia entre el uso performativo de la pornografía por parte del amo contemporáneo y la singularidad de la condición sexuada de los seres hablantes si recordamos sucintamente la teoría del deseo en Sigmund Freud:13 él nos habla del anhelo paradójico, la nostalgia por la pérdida de un objeto que nunca existió. Se trataría de una primera experiencia de satisfacción mítica y primigenia en la que lo que quedó libidinizado es la huella de aquella experiencia, siendo entonces toda satisfacción alucinatoria. El deseo persigue la huella de un fantasma, la pérdida de lo que nunca se tuvo; el deseo es extraño, errático, insensato, no tiene que ver con el ideal, el bienestar, tampoco con el capricho. Es más bien una causa tan rara como única, que no proporciona la satisfacción que esperamos pero sin lo que la vida no puede sostenerse.

El término «pornografía» reúne dos significantes, porno y grafía. Se trata de un cultismo creado en el siglo XIX, de etimología griega, referido a libros de alto contenido sexual, y que se extiende posteriormente, además de a la escritura, a la imagen, prevaleciendo actualmente esta última. Procede de porne, prostituta, y grapho, escritura. A su vez, porne proviene del verbo griego pornemi que significa «vender».

Resaltamos que nos encontramos ante un significante en el que comparece un modo de abordaje de la feminidad mediante su transformación en mercancía y un intento de escritura de esta operación. Asimismo, no debemos dejar pasar por alto que es un término que aparece en el siglo de la revolución industrial y los antecedentes, no del capitalismo en sí, sino de lo que dará lugar al capitalismo contemporáneo que transitamos en la actualidad. Consideramos que la pornografía es, desde esta perspectiva, un modo de tratamiento de esa dimensión enigmática del sexo que no se cancela, porque el inconsciente se funda en una elucubración de saber (no-saber) que pretende dar una medida común, un sentido común al goce. Para los dos sexos una sola significación, la fálica: (Φ) que no debemos confundir con el órgano pene y que nombra un goce parcial, contable y localizable. Para cualquier otro goce, incluido el femenino, un vacío de símbolo y significado. No hay traducción, lost in traslation. En el lado derecho, el que correspondería a la significación del goce nítidamente femenino, un vacío de símbolo y sentido; es lo que conocemos como S (A).