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Esta colección de textos de Adam Michnik, Premio Princesa de Asturias y figura clave de la transición de su país a la democracia, es la primera antología preparada originalmente para el lector español. Hijo de supervivientes del Holocausto, disidente en la Polonia comunista, preso político, miembro del sindicato clandestino Solidaridad y director de Gazeta Wyborcza, la vida de Adam Michnik recorre la historia polaca y europea, de la que es testigo intelectual, pero también protagonista político. La antología se extiende a lo largo de toda su trayectoria, engarzando ensayos esenciales para comprender los grandes desafíos de nuestro tiempo. Desde Nueva vía evolutiva (1976) y la mítica carta escrita en prisión (1983), hasta el epitafio de Aleksiey Navalny (2024), algunos son testimonios históricos de una época pasada, varios resuenan como advertencias tempranas de la deriva europea hacia el populismo y, por último, otros exponen reflexiones de la más acuciante vigencia. Por sus páginas desfilan algunos de los protagonistas de la historia reciente de Europa, desde Thomas Mann a Václav Havel, desde Andréi Sájarov al papa Juan Pablo II. Entre todos ellos, el propio Michnik, por su mente lúcida y su heroico valor, destaca como el más fascinante de los personajes.
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Seitenzahl: 381
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Elogio dela desobediencia
Colección
La espuma de los días6
Título:Elogio de la desobediencia
© Adam Michnik, 2024
© De la traducción del polaco, Maciej Stasiński, 2024
© De la selección de textos, del prólogo y de la entrevista, Maciej Stasiński, 2024
© De esta edición, Ladera Norte, 2024
Esta edición ha contado con el apoyo del
Primera edición: octubre de 2024
Diseño de cubierta y colección: ZAC diseño gráfico
© Detalle fotográfico de cubierta: Adam Michnik, fotografía de Sławomir Kamiński | Agencja Wyborcza
Símbolo: dibujo de línea creado a partir del logotipo de Solidariność (Solidaridad), de Jerzy Janiszewski
Publicado por Ladera Norte, sello editorial de Estudio Zac, S.L. Calle Zenit, 13 · 28023, Madrid
Forma parte de la comunidad Ladera Norte:
www.laderanorte.es
Correspondencia por correo electrónico a: [email protected]
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones que marca la ley. Para fotocopiar o escanear fragmentos de esta obra, diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos), en el siguiente enlace: www.conlicencia.com
ISBN: 978-84-1290-214-3
Prólogo de Maciej Stasiński
Entrevista de Maciej Stasiński a Adam Michnik
Elogio de la desobediencia
La nueva vía evolutiva
Carta del preso al carcelero
El Quijote y los insultos
El dilema
El gris es un hermoso color
La trampa de la conciencia limpia
Los palurdos y los ángeles
La independencia recuperada y los demonios de la Revolución de Terciopelo
Sájarov, la conciencia y el «nuevo populismo»
Dios, el Diablo y el amigo Vasek
A la muerte de Aleksiey Navalny, epitafio
El pasado siglo XX vio cómo dos grandes totalitarismos se apoderaron de buena parte del mundo y la asolaron, desataron guerras devastadoras y campañas genocidas que sembraron decenas de millones de víctimas en nombre de utopías-distopías de raza, nación o clase.
Filósofos, intelectuales, escritores y otras mentes lúcidas sucumbieron al poder seductor o coercitivo de los grandes proyectos que prometían la emancipación de pueblos y naciones, y cayeron víctimas de una incomprensible y súbita ceguera ante regímenes exterminadores que buscaban plasmar sus delirios ideológicos.
Personajes ilustres e ilustrados cedieron al embeleso de ideologías redentoras y procuraron explicar los más horrendos crímenes contra la humanidad, sin precedentes, en nombre de supuestas e inexorables leyes dialécticas de la historia o justificarlos como sacrificios necesarios en nombre de abstractas quimeras que salvarían a la humanidad, la raza o la nación. Los dos totalitarismos —el nazi/fascista y el comunista— parecían repartirse el botín de un Occidente en su ocaso, aplaudidos por sus compañeros de viaje y saludando el sepelio de la decadente Europa liberal.
Los ejemplos de Martin Heidegger, Carl Schmitt, Giovanni Gentile, Robert Brasillach, Luis-Ferdinand Céline y Mircea Eliade, o de Jean Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty y André Malraux, entre muchísimos otros, marcan aquellos viajes intelectuales al «corazón de las tinieblas» que emprendieron decenas de europeos de mentes lúcidas, ciudadanos de la République des lettres para dejar aciagos capítulos de perversión intelectual en la historia de las ideas.
El siglo XX trajo una versión esperpéntica y monstruosa de la «traición de los intelectuales» que Julien Benda atisbó precozmente en 1927 al denunciar el compromiso de los pensadores, escritores y artistas con causas y pasiones mundanas y circunstanciales, políticas e ideológicas, sacrificando su deber de velar por la verdad, la razón, la justicia y la libertad de juicio, desinteresado y crítico, frente a la realidad histórica contingente.
El longevo abrazo a la revolución bolchevique y al comunismo de los intelectuales que durante décadas permanecerían inasequibles al desaliento e inmunes a la evidencia de los crímenes de masas del estalinismo y del maoísmo, o de otros, quizás menos numerosos, al nazismo, fascismo, nacionalismo u otras versiones de cruzadas o dictaduras de signo contrario, contribuyó al descrédito completo de la figura de «intelectual comprometido» o public intelectual, capaz de traicionar la causa del humanismo, la libertad y la verdad en nombre de una redención imaginaria mediante dialécticas acrobacias y malabarismos éticos.
Los escritos que el presente volumen recoge constituyen una reivindicación de la vocación de un intelectual comprometido en toda regla. Desde su adolescencia, las traiciones de los intelectuales durante el siglo XX han sido para Adam Michnik, hijo de comunistas desencantados, una lección y una advertencia contra el peligroso abrazo de quimeras escatológicas o soluciones finales al enigma de la historia sean del signo que sean. Y constituyen el norte de su exploraciones e inquietudes intelectuales durante toda su agitada vida.
Pero Adam Michnik nunca se detuvo en el mero ejercicio intelectual, o en la reflexión moral en permanente alerta para denunciar las trampas y traiciones de los intelectuales de nuestro tiempo. La suya es una vida consagrada a demostrar que un hombre puede pensar, hablar y escribir, pero también actuar de modo congruente; es decir, vivir y actuar en la vida pública de acuerdo con sus convicciones y principios, incluso contra viento y marea. Que la teoría y la práctica, creencia y comportamiento, en la vida del hombre, pueden ir de la mano por difícil que resulte. O, al menos, si la debilidad puede más que la firmeza, que cabe y vale la pena intentarlo.
Los ensayos que hemos seleccionado y ofrecemos al lector son sólo un puñado de los abundantes escritos que Adam Michnik ha publicado a lo largo de medio siglo de vida intelectual. Y deben leerse precisamente a la luz de la vida de un hombre de acción, testigo a la vez que protagonista de su tiempo.
En la primavera de 1968, pocas semanas después del brutal aplastamiento policial de las manifestaciones estudiantiles en Varsovia y varias ciudades polacas contra el régimen comunista y su férrea censura impuesta a todo lo que se quisiera publicar, estrenar o exhibir, un oficial del servicio de Seguridad (la temible policía política SB) volvía a interrogar a uno de los tercos cabecillas de la revuelta estudiantil detenidos que se negaba a confesarse culpable.
Adam Michnik tenía entonces 21 años y acababa de ser expulsado de la Facultad de Historia de la Universidad de Varsovia. Hijo de una familia de comunistas de origen judío, Adam Michnik llevaba ya varios años en la mira de la policía comunista debido a su militancia en los círculos juveniles y clubes de discusión disidentes, que le estaban aupando al rango de informal líder generacional de los disconformes. Semanas atrás había participado en manifestaciones de protesta contra la prohibición de una pieza teatral del poeta romántico polaco Adam Mickiewicz.
A diferencia de anteriores represiones del descontento popular, el castigo de la revuelta en aquel memorable marzo de 1968 adquirió por vez primera un explícito y deliberado cariz antisemita, con el cual el régimen comunista procuraba a la vez justificar la nueva política soviética de respaldo a los países árabes, tras su desastrosa guerra contra Israel, en 1967, y congraciarse con el antisemitismo popular, ideológicamente prohibido pero socialmente latente, y así subsanar su notoria impopularidad tocando la cuerda del nacionalismo tradicional. La feroz propaganda del régimen contra los «estudiantes alborotadores» se centró precisamente en su origen judío, lo que, unido al hecho de que muchos de ellos fueran hijas e hijos de miembros del Partido Comunista, venía como anillo al dedo al régimen para guiñar un ojo al pueblo y alimentar la creencia popular en conspiraciones judeocomunistas en contra de las esencias nacionalcatólicas.
—Señor Michnik, escuche usted —decía el oficial de Seguridad comunista—. Acaba de meterse en graves problemas. ¿Y para qué? Es usted muy joven. Tiene toda una vida por delante. Sería una pena que una joven promesa como usted se pudriera en la cárcel. Le vamos a proponer una cosa: ¿por qué no se va a vivir a Israel?
—Mire, le propongo un trato: yo me iré a Israel cuando usted se vaya a Moscú —contestó el reo.
La insolente respuesta, insólita en aquellos años de represión policial de una dictadura que no toleraba que unos intelectuales, y menos unos estudiantes imberbes, desafiaran su poder, no se saldó con un viaje de Adam Michnik a Israel, pero sí con tres años de cárcel.
Junto a él fueron condenados a distintas penas de prisión varias decenas de los miles de detenidos durante aquella revuelta. Miles de estudiantes fueron expulsados de las universidades. Varios profesores destacados fueron destituidos, entre ellos Leszek Kołakowski y Zygmunt Baumann, que se harían mundialmente famosos una vez en el exilio.
La purga antisemita no se limitó a las filas del Partido Comunista y abarcó todas las instituciones públicas. Unos 20.000 polacos de origen judío fueron despedidos de su trabajo y expulsados del país. Casi todos eran sobrevivientes del Holocausto y habían permanecido en Polonia después de terminada la Segunda Guerra Mundial, a pesar del ambiente fúnebre que reinaba en las «tierras de sangre» donde habían muerto exterminados varios millones de judíos. Fueron obligados a renunciar a la ciudadanía polaca y abandonar Polonia «camino de Israel», con un permiso especial sólo de ida. A su consabida naturaleza totalitaria, la dictadura comunista añadía una nueva y sorprendente faceta: su rostro nacionalista y antisemita.
Adam Michnik resolvió quedarse, aun sabiendo que se quedaba para ir a prisión.
El citado diálogo con el funcionario de Seguridad comunista encierra una actitud independiente y rebelde, a la vez intelectual, moral, cívica y política, que a partir de entonces mantendría toda su vida. La anécdota anuncia la coherencia entre lo que diría y cómo obraría en todos los años posteriores, pauta fundamental que cultivó cuando luchaba contra la dictadura, ayudaba al advenimiento de la democracia liberal durante la transición democrática y, más tarde, cuando una y otra vez salió en su defensa ante las recaídas y tentaciones autoritarias por los embates del nacionalismo y el populismo. La sintonía entre intelectual y hombre de acción vino a ser su marca de la casa, un rasgo nada frecuente entre otros renombrados intelectuales de nuestro tiempo: unos, porque optaron por cultivar sólo el mundo de las ideas en el que se sentían cómodos rehuyendo el activismo cívico o político; otros, porque no consiguieron acoplar su acción pública con los principios y valores que profesaban.
Los sucesos de 1968 culminaron su etapa formativa como joven intelectual, al tiempo que marcaron su ruptura con el régimen y con el anhelo de poder reformarlo o liberalizarlo. Por aquellos años, los jóvenes estudiantes todavía compartían el sueño de un socialismo democrático, alentados por el famoso discurso de «deshielo» de Nikita Jrushchov, de 1956, donde denunciaba los crímenes de Stalin, muerto en 1953. El sueño de un socialismo democrático se esfumó en 1968. Primero, con la represión de la revuelta estudiantil de marzo. Luego, con la invasión soviética de Checoslovaquia, en agosto de aquel año, que le daría la estocada definitiva.
En marzo de 1968, pese a sus escasos 21 años, Adam Michnik arrastraba ya varios años de disconformidad y desobediencia con el ambiente imperante de la machacona ideología, mentira y censura; actitud que le había merecido la atención del régimen y sus servicios policiales. Expulsado de la secundaria por díscolo y pendenciero, tuvo que cambiar de instituto para llegar al bachillerato. Matriculado en Historia en la Universidad de Varsovia en 1964, fue detenido y suspendido varias veces por haber desafiado al régimen con sus impertinentes intervenciones en el seno del grupo de debate «Exploradores de contradicciones», que invitaba a dirigentes para someterlos a toda clase de preguntas incómodas; también organizaban conferencias y mítines universitarios con profesores disidentes, como el ya citado filósofo Leszek Kołakowski.
A partir de los sucesos de marzo 68 y de la intervención militar soviética en Checoslovaquia para aplastar la Primavera de Praga, el comunismo como sistema y como ideología perdió irremediablemente los restos de un mermado atractivo que aún buscaban salvar los revisionistas, reformistas, disidentes y oportunistas creyendo en el «socialismo con rostro humano». Para las cabezas pensantes, el comunismo polaco, al asumir la cara de un nacionalismo antisemita y de represión sin miramientos contra toda libertad de expresión, acabó arruinando lo que aún pudiera quedar de su promesa de justicia social e igualdad.
—Para mí todo aquello supuso la ruptura definitiva con el régimen, que a partir de aquel momento fue para mí un régimen de anticultura y antivalores —declararía años más tarde Adam Michnik.
Comenzó entonces un periodo de maduración. Condenado a tres años, Michnik salió amnistiado tras haber purgado un año de prisión, pero el régimen le impidió seguir estudiando y, en un tan gracioso como vano afán por «reeducarlo», lo envió a trabajar como obrero raso a una fábrica de lámparas que, para más ironía, llevaba por patrona a la famosa militante y pensadora revolucionaria de comienzos del siglo XX, la judía polaca Rosa Luxemburgo.
Aquellos años de reflexión y maduración acabarían por aupar a Michnik al rango de pensador e intelectual independiente y consumado, escritor prolífico a la vez que militante antitotalitario y demócrata cabal. Aquella doble consagración llegó con la publicación de su primer libro, La Iglesia, la izquierda, el diálogo, y del ensayo «Nueva vía evolutiva», que abre la presente antología (ambos publicados en 1977), y con su adhesión a la primera organización de la oposición democrática polaca, el Comité de Defensa de los Trabajadores (KOR por sus siglas en polaco).
Quince años después de marzo 1968, Michnik replicó aquel precoz arresto por rebeldía y desafío a la dictadura, pero de una forma pública, más elaborada y, si cabe, más sofisticada, y que le convertiría en poco menos que ídolo de la generación de Solidarność (Solidaridad). Arrestado de nuevo junto a otros militantes de la flor y nata del sindicato —desarticulado y declarado fuera de la ley tras el golpe militar en diciembre de 1981, un último coletazo violento del régimen comunista—, la dictadura le hizo una oferta: o bien aceptaba ir al exilio, o bien enfrentaría otro juicio y condena por atentar contra el socialismo.
Michnik contestó al régimen desde su celda mediante una carta al todopoderoso ministro del Interior, el general Czeslaw Kiszczak, que consiguió pasar de contrabando y publicar en un boletín clandestino de Solidaridad y que recoge la presente antología:
Su oferta de que yo acceda a pasar las Navidades en la Costa Azul me mueve a reconsiderar mi apreciación de tamaña idea […]. Admite usted que el procedimiento penal emprendido por el régimen tiene por único objetivo deshacerse de adversarios incómodos, y no cumplir con la ley. Comparto esta opinión. […]
Hay que ser imbécil para reconocer con tanta franqueza que se pisotea la ley. Hay que ser un cerdo para —siendo el jefe supremo de los carceleros— proponer la Costa Azul a cambio de un suicidio moral a una persona que lleva dos años presa. Hay que imaginar a toda persona como algo así como un topo policial para pensar que yo pueda aceptar semejante oferta.
Leída con extática fascinación en octavillas clandestinas mal impresas por miles de miles de miembros y militantes de Solidaridad que languidecían abatidos durante la larga noche de la represión de los años ochenta del siglo pasado, la carta tuvo un impacto sin par. Brilló como una chispa que reavivó y sostuvo la esperanza de que la libertad y la democracia no estaban del todo perdidas, mientras hubiera quienes las defendieran con tanto arrojo. El texto, que pasaba de mano en mano, levantaba los deprimidos ánimos, tanto más porque Michnik fue el único, de entre los once dirigentes de Solidaridad entonces presos, que repudió de modo categórico, atrevido y público el chantaje «os vais del país o vais presos». El sonado «no» de Adam Michnik acabó con los titubeos y arrastró a todos a rechazar la envenenada oferta del régimen.
Cuando al poco tiempo el régimen rectificó y puso en libertad a los dirigentes detenidos, conminándolos a no reincidir, Michnik no quiso salir de la cárcel exigiendo debido juicio y condena en lugar de una humillante medida de gracia. Obligado por la fuerza a abandonar la prisión, volvió a las andadas como voz militante de la oposición, y al año siguiente volvió a caer preso. Condenado de nuevo a tres años de prisión, saldría amnistiado junto con otros presos políticos en 1986.
Para los jóvenes intelectuales, militantes y estudiantes polacos, el desafío que lanzó Michnik desde la cárcel en 1983 a la dictadura fue lo que para miles de obreros y trabajadores supuso la fortaleza del líder de Solidaridad, Lech Wałęsa, quien, tras un año de internamiento y lavado de cerebro por los emisarios del régimen, se negó a claudicar y, premiado con el Nobel de la Paz, cinco años más tarde conduciría al movimiento a pactar con la dictadura la transición democrática.
Entre los factores que pudieron haber influido en la relativa condescendencia de la dictadura con Adam Michnik estaba ciertamente el singular respeto que se había ganado entre sus máximos dirigentes a raíz de su insobornable entereza a lo largo de muchos años de abierta y locuaz militancia en la oposición. La cúpula del régimen comunista recordaba, por ejemplo, su papel de mediador, en mayo de 1981, en pleno «festival libertario» de Solidaridad, cuando entre el triunfo en las huelgas en Gdansk en agosto de 1980 y el autogolpe militar comunista en diciembre de 1981, una enfervorizada multitud puso sitio a una comisaría de la policía en las afueras de Varsovia para liberar a dos borrachos detenidos por haber lanzado piedras contra la policía. Fracasados los desesperados intentos de sindicalistas locales y del Gobierno de apaciguar a la exaltada turba dispuesta a incendiar la comisaría, linchar a los funcionarios y liberar a los detenidos, llegó al lugar, ya entrada la noche, Adam Michnik, quien logró calmar los ánimos, apelando a la responsabilidad cívica y haciéndose obedecer cuando al coger un megáfono se presentó ante la multitud con el epíteto que le acostumbraba endilgar la propaganda del régimen: «Yo soy Adam Michnik, ¡fuerza antisocialista!, ¡en mí podéis confiar!».
Años después, una vez culminada la transición democrática, el jubilado dirigente comunista y expresidente, el general Wojciech Jaruzelski, reconocería aquella fama, mezcla de admiración y odio, de la que Michnik gozaba entre los dignatarios de la dictadura. El general Jaruzelski contaba cómo en 1988, cuando el régimen comunista —consciente de su incontenible ocaso y alentado por la perestroika de Mijaíl Gorbachov en la Unión Soviética— se disponía a entablar negociaciones con Lech Wałęsa y el aún clandestino sindicato Solidaridad, había pretendido no obstante vetar de la mesa de negociaciones a las dos «bestias negras», Adam Michnik y Jacek Kuron, dos veteranos de la oposición democrática e íntimos consejeros de Wałęsa. Wałęsa rechazó la pretensión del régimen de configurar su equipo de negociadores. El remate de la anécdota llegaría unos meses más tarde, cuando en febrero de 1989, el general Czeslaw Kiszczak, ministro del Interior y número dos del régimen, saludaba uno por uno a los miembros de la delegación del sindicato Solidaridad que iban llegando al palacio de Gobierno en Varsovia. Al tenderle la mano al último que esperaba, dijo:
—Bienvenido, señor Michnik, creo que nos conocemos por carta.
—Buenos días, mi general, pero creo que usted nunca contestó mi carta. Y no es de buena educación dejar de contestar cartas, ¿no cree?
Michnik participaría en las famosas negociaciones de la Mesa Redonda y fue uno de los más importantes autores de los pactos que pusieron en marcha la transición.
En el verano de aquel mismo año, consumada la estrepitosa derrota del régimen comunista en las primeras y todavía semidemocráticas elecciones parlamentarias, Adam Michnik, entonces ya director del primer diario independiente del país, la Gazeta Wyborcza, desconcertó a los dirigentes del propio sindicato y a la opinión pública, conminando a Solidaridad a asumir el gobierno de Polonia en una inédita cohabitación con el régimen comunista que, aunque estaba moribundo, aún conservaba resortes clave del poder como las Fuerzas Armadas y la Policía.
Su artículo, en portada, titulado «El presidente para vosotros y la jefatura del Gobierno para nosotros», causó un terremoto y le acarreó acusaciones de irresponsabilidad y aventurerismo, cuando no de enajenación y locura, por parte los máximos dirigentes de la oposición. Quien en cambio captó la idea al vuelo, gracias a su animal instinto político, y la puso en práctica, fue Lech Wałęsa; dos meses más tarde Polonia obtuvo su primer Gobierno democrático, el cual sentaría las bases para la transición hacia la democracia y la economía de mercado.
Precedida de una entrevista reciente que pone al día una de las mayores preocupaciones de Adam Michnik —el encaje de Rusia en Occidente—, la antología de ensayos que el lector tiene ahora en sus manos arranca, como ya se ha dicho, con la temprana «Nueva vía evolutiva», de 1977. Incluye textos seleccionados de entre los muchos escritos décadas después, desde la prisión y en libertad, y dedicados a las grandes cuestiones y gestas de la cultura moderna, debatiéndose entre los totalitarismos y la democracia liberal, las dictaduras pardas y rojas, entre la libertad y la opresión, la fe y la razón, y a sus célebres y eminentes protagonistas y pensadores, como Leszek Kołakowski, Andréi Sájarov, Thomas Mann o Václav Havel.
Hoy algunos de estos ensayos parecen tener un interés puramente histórico, en tanto crónicas y reflexiones sobre un pasado problemático, turbulento, dramático o hasta trágico, pero pasado al fin. Pero para el lector español esas incursiones casi arqueológicas tienen el aliciente del paralelismo de España y Polonia en su recorrido para salir de largas dictaduras, y en el compartido sustrato católico, mucho más vivo entre los polacos. Además, la tenaz denuncia de las posiciones antiliberales desde el punto de vista de un demócrata escéptico nos remite con naturalidad al presente. Otros escritos posteriores, en cambio, publicados cuando Polonia llevaba ya años en la OTAN y la Unión Europea como país soberano e independiente y gozaba de una la democracia liberal, suenan aún hoy a temprana o clarividente advertencia o profecía de posibles recaídas autoritarias y rebrotes de nacionalismos populistas, latentes en muchos países de la «nueva» Europa central y del Este y que pronto aparecerán también en la «vieja» Europa.
Pero todos ellos adquieren otro significado si son leídos en clave biográfica, como manifiestos de un personaje que piensa y actúa en consecuencia, siempre alerta y atento al tiempo que le ha tocado vivir y dispuesto a dar la cara ante los dilemas morales que la realidad le plantea. Entonces ascienden hasta convertirse en un tratado moral de nuestros tiempos, escrito por un hombre libre que pretende escarmentar con las lecciones del pasado para no caer en nuevos errores en el futuro.
Maciej Stasiński, septiembre de 2024
Maciej Stasiński: Durante toda tu vida intelectual has venido combatiendo el tópico de que Rusia es una tiranía eterna que no tiene remedio, donde los gobernantes —zares, emperadores o caudillos comunistas— someten al pueblo con despiadada violencia a la servidumbre o la esclavitud. Los rusos, según esta tesis, son un pueblo de siervos resignados innatos, incapaces de pensar en libertad y aspirar a la libertad, siempre agachados ante el látigo del déspota, como si llevaran la sumisión en la sangre. Tú siempre, hablando o escribiendo, has defendido la «otra Rusia»: indómita, rebelde, democrática y liberal. Durante la época comunista y después te has declarado un «rusófilo antisoviético». La guerra neoimperialista de Rusia para reconquistar Ucrania vuelve a someter esa tesis, y tu rechazo de ella, a prueba. ¿Dónde está la otra Rusia?
Adam Michnik: No existen pueblos, naciones o países condenados por naturaleza a vivir en la esclavitud, servidumbre o bajo tiranías o dictaduras. Sólo existen maneras estereotipadas de verlos exclusivamente a través del prisma de sus dramas o tragedias. Hubo un tiempo en el que Francia era vista como un país incapaz de ser una democracia, pues, cuando era una monarquía absoluta, vivió una revolución que instauró el terror jacobino y después, bajo Napoleón, se convirtió en un Estado proto o pretotalitario. Así veían Francia, por ejemplo, varios historiadores británicos, empezando por Edmund Burke, coetáneo de la Revolución. También en Polonia, un gran poeta del siglo XIX, Cyprian Kamil Norwid, escribió que «ningún rey polaco terminó en el patíbulo», aludiendo precisamente a Francia. Bien es verdad que algún rey de Inglaterra sí había terminado decapitado.
Yo sigo pensando que el tópico de los rusos como un pueblo de cobardes, esclavos, siervos, soplones, traidores, ladrones, borrachos y corruptos es falso y peligroso. Para demostrarlo ahí están personajes como Antón Chéjov, Piotr Chaadáyev, Aleksandr Herzen, Visarión Belinski o Iván Turguénev, por hablar del siglo XIX. Y todo un elenco de grandes humanistas, escritores, poetas e intelectuales que se rebelaban contra la tiranía y la dictadura en el siglo XX: Mandelshtam, Pasternak, Ajmátova, Grossman, Brodsky y demócratas contemporáneos como Sobchak, Yakovlev, Politkovskaya, Yerofieyev, Nemcov, Kasparov o Navalny.
MS: Esos personajes, por ilustres que sean, no han conseguido cambiar la historia de Rusia desde el Imperio de los zares, pasando por el Imperio rojo, hasta hoy, el neoimperio de Vladímir Putin. Para parafrasear al Premio Nobel Czesław Miłosz, estas piedras no han conseguido cambiar el rumbo de la avalancha, según el famoso verso de su Tratado Moral, «La avalancha cambia de rumbo según qué piedras encuentre en su camino».
AM: Eso parece, pero no estoy de acuerdo. Vayamos por partes. ¿Cómo vamos a recordar el día de hoy dentro de algunos años? Primero, como el tiempo que vino después de la debacle del Imperio soviético en 1991. En los años que siguieron al derrumbe, habló por fin la Rusia antes callada. Creo que desde la perestroika de Gorbachov hasta más o menos la guerra en Georgia, Rusia vivió una especie de renacimiento espiritual, intelectual y hasta democrático y político. Faltó la reconstrucción económica, que fue quizás la causa de que finalmente la democracia perdiera, pero ese es un tema aparte. ¿Fue inexorable, fue inevitable esa derrota?
Cosas parecidas habían ocurrido ya en 1917, cuando triunfó la revolución de marzo, con un Gobierno democrático, partidos políticos y prensa libre, situación que se mantuvo hasta el golpe de Estado de los bolcheviques. De nuevo: aquel golpe, ¿acaso fue inevitable como una fatalidad histórica?
Es una falacia. No existen fatalidades históricas, sólo hay acontecimientos y procesos que ocurren y dependen de las acciones de los hombres. Existen, eso sí, premisas, condiciones que hacen posibles algunos sucesos u otros, pero no existen destinos inexorables.
Antes, a mediados del siglo XIX, bajo el reinado del zar Alejandro II, Rusia emprendió el camino de las reformas modernizadoras que duraron hasta la aprobación de la Constitución de 1906. Desde el punto de vista de Polonia, entonces ocupada en su mayor parte por Rusia, aquel periodo no fue contemplado así porque, primero, estalló una insurrección armada en 1863 contra Rusia que fue aplastada sin miramientos, y después llegaron largos años de represión, sentencias de muerte y ejecuciones públicas de los insurrectos y deportaciones masivas a Siberia. Pero desde el punto de vista de la sociedad rusa, las reformas acometidas fueron sin lugar a dudas importantes, como la abolición de la servidumbre de los campesinos, siervos de la gleba. Aquel proyecto reformista y democratizador se mantuvo con meandros hasta la Primera Guerra Mundial, luego vino el paréntesis democrático de la revolución de marzo de 1918, la abdicación del zar y finalmente la Revolución bolchevique que traería el totalitarismo soviético.
El bolchevismo supuso un proyecto de nuevo orden político y social para el mundo entero y tuvo un gran atractivo. Tras la Segunda Guerra Mundial, la derrota del Tercer Reich, la ocupación de Europa del Este, la Revolución china y la guerra en Corea, parecía que efectivamente el mundo caería en las garras del Imperio soviético.
No fue así. ¿Y quién hubiera pensado entonces que un nuevo proyecto humanista y democratizador surgiría en el seno mismo del Imperio soviético? Pero ocurrió con la glásnost y la perestroika a mediados de los años ochenta del siglo XX. Fue entonces cuando comenzó en Rusia el retorno a la libertad.
MS: Pero Mijaíl Gorbachov no quería instaurar una democracia, ni destruir el Imperio soviético, sino que buscaba reformarlo y modernizarlo un poco.
AM: Por supuesto que no lo quiso, pero puso en libertad y alentó a los otros que sí lo querían y buscaban y por eso merece y tiene mi respeto y simpatía. El general Jaruzelski tampoco quería instaurar una democracia liberal en Polonia en 1989, pero aun así pactó con la oposición y puso en marcha un proceso democrático que se llevó el comunismo por delante. Y por ello también él merece mi respeto.
Hay que tener presente que en los años sesenta y setenta del siglo pasado, es decir, mucho antes de Gorbachov, surgieron en la URSS movimientos disidentes y democráticos entre la intelligentsia: poetas, escritores, intelectuales. Por supuesto que eran marginales, claro que era obra de grupúsculos de valientes demócratas, pero sin aquella labor de hormigas, sin el samizdat, es decir, sin el circuito literario y editorial ilegal y clandestino, no habríamos conocido los testimonios de Ósip o Nadiezhda Mandelshtam, ni los de Anna Ajmátova o Vasili Grossman. ¡De aquella cultura rebelde y clandestina del samizdat salieron nada menos que cuatro premios Nobel: Boris Pasternak, Alexander Solzhenitsyn, Andréi Sájarov y Yósip Brodsky!
Después de unos años de deshielo, Vladímir Putin volvió a apretar la tuerca autócrata y la incipiente democracia perdió de nuevo. Perdió por muchas razones, por la debilidad de sus nuevas élites, por la debacle económica, por la desenfrenada corrupción de los nuevos oligarcas. Desde entonces, Rusia está viviendo de nuevo un periodo de smuta, esto es, de depresión y desorden. No sabemos cuánto durará.
Putin instauró de nuevo un régimen de represión, opresión, violencia, mentira y, ante todo, de miedo y terror que hoy se extiende a toda la sociedad. Hoy en Rusia la cárcel le cae a cualquiera y por cualquier cosa. Por llamar la guerra contra Ucrania por su nombre te condenan a 15 años de lager. Hay que comprender cómo viven millones de rusos presos de un miedo omnipresente, amordazados y atrapados en la maquinaria del terror del Kremlin. No se puede esperar que la gente vuelva a las calles para protestar, no podemos exigir a los rusos que se conviertan en mártires.
La muerte de Aleksiey Navalny ha demostrado que a Putin no le tiembla la mano al cometer ningún crimen y que es capaz de hacer cualquier cosa para que sirva de escarmiento para toda voz de discordia.
Pero la «otra» Rusia no ha desaparecido. Está en las cárceles, en el exilio y en el exilio interno en el que se refugian muchos rusos. Para demostrar que la Otra Rusia existe basta con escuchar lo que dicen los muchos rusos que se han fugado de su país. Hay que prestar atención a los rusos que se quitaron la mordaza, a Jodorkowsky, Kasparov, Ulitskaya, Yerofieyev y muchos otros.
¿Que parecen pocos y marginados en el exilio? También los disidentes soviéticos y los que hacían posible el samizdat eran unos pocos «marginados».
Yo repito una y otra vez: no hay que confundir la Rusia de Putin con la Rusia de Pushkin.
Aunque también el gran poeta Alexander Pushkin, que escribía poemas contra la tiranía zarista, cuando fue reprendido, enviado al exilio al sur de Rusia, vigilado y censurado por el zar, pasó por una etapa mezquina en la que se postró ante el poder y llegó a retractarse y desdecirse. También Brodsky, gran poeta libertario que fue juzgado y condenado por «vago» y «parásito» en 1964 y luego expulsado de la Unión Soviética en 1972, un judío repudiado por el imperio, un hombre que no tenía ni una pizca de nacionalismo, de repente, en 1992, cuando Ucrania declaró su independencia de la Unión Soviética, escribió un terrible poema en el que insultaba a los ucranianos.
Pero otros países, por supuesto también Polonia, han tenido a sus grandes poetas románticos como Mickiewicz, Słowacki o Krasiński, que, además de magníficas y memorables obras, escribieron poemas y páginas horrorosas, místicas, oscurantistas o antisemitas.
No sólo Rusia tiene dos caras y no sólo en Rusia viven dos pueblos distintos que parecen unidos sólo por una lengua común, pero separados y hasta enfrentados por intereses, memorias colectivas e incluso odios.
¿Acaso no hubo siempre dos Españas, incluso antes de la España republicana y la España de Franco? ¿No hubo una Francia de De Gaulle y otra de Pétain? Y hoy, ¿no estamos contemplando una América de Trump enfrentada a la América anti-Trump?
Polonia conmemora todas sus grandes insurrecciones en nombre de la libertad y contra las potencias opresoras acaecidas en los siglos XVIII y XIX y la de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial en 1944.
Menos una: nadie quiere recordar otra insurrección terrible de los campesinos contra sus amos nobles durante el reparto austrohúngaro de Polonia en 1846, conocida como la «matanza de Galitzia». Ésa la preferimos olvidar porque fue una especie de guerra civil de polacos contra polacos.
Rusia es un caso especial debido a su singular historia de siglos de samoderzhavie, es decir, de un sistema basado en la omnipotente y sagrada figura de un kniaz, tsar o emperador que además contaba con la unción de una Iglesia ortodoxa fundida con el Estado. Pero también Rusia tuvo sus príncipes rebeldes y hasta un cisma en el seno de la Iglesia ortodoxa.
Ese legado queda magistralmente reflejado en la película Andréi Rublev de Andréi Tarkowski de 1966. Es un retrato de la cruel realidad de la Rusia del siglo XV, sojuzgada por el kanato de los tártaros y en la que la masa campesina estaba subyugada por atroces príncipes rusos. Pero la película fue también un encubierto manifiesto de libertad dirigido contra la dictadura comunista soviética, cuyos jerarcas entendieron el mensaje y la censuraron durante muchos años.
El llamado «yugo tártaro», cuando los príncipes rusos durante más de dos siglos estuvieron sometidos al dominio de los tártaros de la Horda de Oro, dejó profunda huella en la historia y mentalidad rusas, donde la violencia, la opresión y la arbitrariedad del poder se volvieron el pan de cada día. Mis amigos demócratas rusos piensan que es demagógico vincular el yugo tártaro o mongol con las lacras del sistema político y social contemporáneo, como son la corrupción, el expolio, la violencia. «¿Qué tienen que ver los ladrones del régimen de Putin con el yugo mongol»?, dicen. Pero yo creo que sí tienen que ver.
Creo, pues, que es verdad que los rusos, la sociedad rusa como tal, llevan en su interior un gen de sumisión o servidumbre, resignación o reverencia al poder cruel, despiadado y arbitrario del zar, emperador o presidente.
Pero, aun admitiéndolo, rechazo todo determinismo que supuestamente condena a los pueblos a vivir siempre bajo la dictadura, a sufrir con cabeza gacha los abusos y opresión de los tiranos, con su populismo, nacionalismo, xenofobia, odio o envidia.
Hay otros pueblos, como Mongolia o Japón, que han vivido siglos bajo regímenes autoritarios y, sin embargo, hoy disfrutan de una democracia. China es un caso distinto, pero conviene recordar que en Taiwán o Hong-Kong los chinos lograron establecer una democracia también.
No es la misma democracia que conocemos en Europa, es verdad, no es ideal —también lo concedo—, pero, por defectuosa que sea, es una democracia al fin y al cabo. El ideal sólo reina en los cielos, en la tierra todo es imperfecto o perfectible.
En la historia de los países nada es inexorablemente fatal, todo es posible. Tampoco la libertad es inevitable, sólo es posible.
Hoy Rusia está viviendo una nueva ola de tiranía y despotismo bajo Vladímir Putin.
Putin es la calamidad más siniestra que ha caído sobre Rusia desde el bolchevismo. Pero estoy convencido que también esta marea se puede detener y revertir.
MS: ¿A pesar de la guerra contra Ucrania?
AM: Los rusos comprenden que no tienen ningún interés en esta guerra. No comprenden por qué sus hijos deben morir en ella. En Rusia no reina hoy ningún entusiasmo o triunfalismo ante esta guerra. Hace unos años, tras la anexión de Crimea, sí que hubo un cierto triunfalismo nacionalista, pero hoy ha desaparecido. Tras 2014 se escuchaba el lema «¡Crimea nuestra!». Hoy nadie corea «¡Ucrania nuestra!» o «¡Lugansk o Donietsk nuestros!» No hay fascinación. Lo único que hay son los ataúdes que llegan desde el frente.
Putin quiso conquistar Ucrania como antes había conquistado Chechenia. Pero ni lo ha conseguido, ni tendrá lugartenientes brutales equivalentes a Ramsan Kadyrov en Chechenia para someter a los ucranianos.
Hace veinticinco años Rusia tenía una opción clara: caminar hacia Europa y Occidente u optar por el Este, por Asia. Putin escogió la opción oriental o la reconstrucción de su imperio perdido, que incluye recuperar Ucrania. En consecuencia, la ha perdido para siempre. En Ucrania hay un odio hacia Rusia como nunca lo ha habido antes. Rusia ya ha encajado una debacle histórica.
MS: ¿Y si gana la guerra?
AM: Putin ya la ha perdido. Una superpotencia que lleva dos años sin poder someter a un país que quiso conquistar en dos semanas ya está derrotada. Putin quería y quiere destruir Ucrania, pero a la que ha destruido ya es a Rusia. Es como el capitán del Titanic que navega directo al iceberg.
MS: ¿Rusia se puede romper, desintegrar? ¿O caerá como un fruto maduro, indefensa, ante los pies de China? Muchos ven a Rusia como un país que tiene la tabla periódica de Mendeleyev bajo su suelo, pero además es una potencia con armas nucleares. China, que es una potencia económica y tecnológica mundial, necesita los recursos que yacen bajo el suelo de Siberia y ahora ya casi los obtiene gratis.
AM: Después de esta guerra, Rusia no será la misma. Cómo terminará la guerra, yo no lo sé. Quizás los rusos voten con los pies desertando de las filas en masa. No sé si habrá o no una rebelión. A lo mejor lo que se produce es un sigiloso golpe de Estado palaciego.
En España, bajo la dictadura de Franco, los comunistas pensaron durante mucho tiempo en que una huelga general podría llegar a derrocar al dictador. No fue así. No sé ni cómo, ni cuándo saldrá Rusia de esta situación. Pero saldrá. Quienquiera que suceda a Putin, lo primero que tendrá que hacer será parar la guerra.
Después de la muerte de Stalin, el hombre que subió a la cima del poder fue el jefe de la todopoderosa policía política KGB, Lavrentiy Beria. Y lo primero que hizo fue parar la jauría antijudía, la famosa «campaña contra los médicos», y abrir los campos del Gulag antes de que lo asesinaran sus camaradas del Politburó. Y acto seguido comenzó el llamado «deshielo», que culminaría con Nikita Jrushchov en 1956.
En España, en la década de los setenta, había fuerzas capaces de mirar hacia el futuro más allá de la dictadura imperante.
También en Polonia estaba el sindicato Solidaridad y la cúpula intelectual de la oposición de una parte, y los reformistas del régimen comunista que se iban dando cuenta de que el régimen estaba agotado, de otra. Y no hubo ni huelga general, ni revolución, ni rebelión, sino una negociación que daría comienzo a una transición.
En Rusia existe un potencial democrático, que son los rusos que piensan democráticamente. Y no puede haber democracia sin demócratas.
Pero es muy difícil. Entre otras cosas porque al día siguiente comenzará la búsqueda de los culpables de la catástrofe histórica de Rusia y los ajustes de cuentas nunca favorecen la causa de la democracia.
Históricamente Rusia se ha beneficiado de sus guerras perdidas. Así ocurrió con la guerra de Crimea a mediados del siglo XIX, igual con la guerra con Japón, en la Gran Guerra de 1914-1918 y finalmente con la guerra en Afganistán.
Creo que la guerra en Ucrania será para Putin lo que Afganistán fue para Brezhnev, una trampa mortal. Y después de Brezhnev, vino Gorbachov.
Tengo un solo miedo. Que Ucrania pueda correr la misma suerte que la República española, a la que Europa no quiso ayudar en la Guerra Civil, mientras Hitler sí que quiso ayudar a Franco.
Quienes desean que Ucrania sobreviva tienen que ayudarla a ganar la guerra.
Es más: quienes desean salvar Rusia tienen que ayudarla a que la pierda.
Quienes dicen que Rusia es un coloso con pies de barro, o como una enorme gasolinera con armas atómicas, apuntan a una realidad. La China revolucionaria fue una aliada de la Unión Soviética de Stalin, después tuvo un largo conflicto con la URSS, más tarde Putin quiso entenderse con China y ahora acaba cediéndole Rusia en feudo.
La posibilidad de que China acabe haciéndose con las riquezas minerales y las tierras en Siberia suena probable. Que se convierta en la suprema potencia hegemónica en Asia, también. Pero tampoco sabemos por cuánto tiempo seguirá sojuzgando a sus mil millones de habitantes. Por el momento parece que el nacionalismo chino está tan campante. Pero a lo mejor también en China acaba germinando la libertad tal y como la entendemos en Occidente. Cuando hablo con los demócratas chinos, me doy cuenta de que piensan como nosotros.
Si los rusos quieren evitar la debacle de Rusia, tienen que deshacerse de Putin.
Como Alemania hizo con Hitler. Es verdad que el Tercer Reich funcionó hasta el final, es verdad que Hitler no fue derrocado pese al intento de asesinarlo, pero finalmente Alemania acabó comprendiendo que Hitler había sido su desgracia y se libró de su legado. Después de la guerra, Alemania recuperó la democracia.
MS: Cuando uno lee los testimonios de los familiares y de las víctimas del terror comunista de la época estalinista de los años veinte y sobre todo treinta y cuarenta, cuando alcanzó su apogeo y afectaba a decenas de millones de habitantes de la Unión Soviética —los testimonios de Alexander Solzhenitsyn, Warlam Shalamow, Nadezhda Mandelshtam, Natalia Ginzburg, Vasiliy Grossman y tantos otros, también aquellos preservados y rescatados gracias a la labor de la asociación Memorial, hoy prohibida por Putin, y que han sido publicados por ejemplo en el estremecedor libro Los susurros de Orlando Figes—, se ve a las claras el sistemático plan para romper por medio del terror total la espina dorsal del hombre y de la sociedad. Su vehículo fue el sistema de los campos de concentración y trabajo forzado (el Gulag), desde el primero de ellos organizado en las islas Solovky en el Mar Blanco. La propaganda de los bolcheviques revestía el terror y el sistema del Gulag con un ropaje inocente; según ellos, su objetivo era destruir la sociedad de clases antigua y al hombre antiguo y crear un «hombre nuevo», el homo sovieticus. Mediante una monstruosa ingeniería social criminal que los bolcheviques dieron en llamar «perekovka dush», o sea una «reforja» o «reherraje de almas». Si hoy miramos a la sociedad rusa durante la guerra imperialista contra Ucrania, da la sensación de una sociedad rota. ¿Será que la empresa de la perekovka de las almas ha sido un éxito?
AM: No. No se ha conseguido forjar un hombre nuevo y una sociedad nueva. Lo demuestran los mismos testimonios que citas. Lo demuestra la perestroika y los años después de la caída de la URSS. Y lo demuestran los rusos que hoy han querido irse de Rusia y levantan su voz contra Putin. Lo que hoy reina en Rusia es miedo y terror. El miedo es universal. Muchos se han dejado quebrar o los han quebrado. Muchos otros en el exilio hablan y muchos que viven en Rusia callan aterrorizados. Putin tiene que irse. Lo que vendrá no será en seguida una democracia liberal europea, pero sí que habrá alguna democracia.
Los acontecimientos que solemos calificar como Octubre Polaco (1956) encerraban la esperanza de que el sistema comunista pudiera evolucionar. La esperanza se cifraba en dos visiones de la evolución: una «revisionista» y otra «neopositivista».
La primera respondía a un enfoque «desde dentro» del Partido Comunista. Si bien nunca llegó a formularse como proyecto político, este enfoque presuponía que el régimen podría humanizarse y democratizarse y que la doctrina marxista era capaz de asumir ideas modernas de las ciencias sociales y humanistas. Así, los revisionistas pretendían actuar en el marco del Partido Comunista y la doctrina marxista procurando impulsar su evolución democrática y sensata «desde dentro». El objetivo a largo plazo era que el Partido fuera dominado por personas ilustradas y progresistas. Władysław Bieńkowski, el más clásico de sus portavoces, describía el nuevo sistema como un «absolutismo ilustrado socialista».
Stanisław Stomma, portavoz de la segunda visión, la definía como «neopositivista». Consistía en esencia en un intento de trasplantar a la nueva realidad política la estrategia de Roman Dmowski —dirigente e ideólogo del Partido de la Democracia Nacional, que ingresó en la Duma en 1906 y se incorporó al Sejm1 en 1957— de comienzos del siglo XX. Partiendo de la realidad geopolítica y asumiendo el catolicismo como factor permanente e insoslayable de la vida pública, el católico Stomma, líder del grupo Znak2, repetía la maniobra de Dmowski. El objetivo que se proponían los diputados católicos que encabezaba Stomma era fundar el germen de un movimiento político que fuera capaz de liderar al pueblo polaco cuando las circunstancias lo permitieran. Para Dmowski la coyuntura propicia había sido el estallido de una guerra mundial, mientras que para Stomma lo sería la descomposición del bloque soviético.
Entre 1956 y 1959 la idea de Stomma contaba con un discreto respaldo del Episcopado católico polaco, que derivaba del hecho de que el nuevo equipo comunista, dirigido por Władysław Gomułka, le había hecho considerables concesiones a la Iglesia católica.
