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"La observación de las aves es, innegablemente, un estado de poesía. La práctica de la ornitología es un placer sencillo, accesible a todos. Para mí fue una forma de iniciación, y luego se convirtió en una necesidad." Ornitólogo entusiasta, en este maravilloso elogio de las aves migratorias, Jean-Noël Rieffel narra de qué manera despertó en él la pasión por la observación de las aves, y cómo llegó a convertirse en un modo de vida basado en la observación de la naturaleza y el reconocimiento de sí mismo como un ser conectado a sus ritmos y ciclos perpetuados. Una bella declaración de amor por las aves y una hermosa invitación a alejarnos de las vilezas de nuestra existencia y a tomarnos el tiempo para observar.
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Seitenzahl: 181
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Editorial GG, SL
Via Laietana, 47, 3.º2.ª, 08003 Barcelona, España. Tel.: (+34) 933 228 161
www.editorialgg.com
Título original: Éloge des oiseaux de passage. Journal d’un ornithologue enthousiaste, publicado originalmente por Éditions des Équateurs / Humensis, en 2023.
Esta edición ha sido publicada mediante acuerdo con Casanovas & Lynch Literary Agency (Barcelona).
Edición a cargo de Carmen H. Bordas
Diseño de la colección: Setanta
Corrección de estilo: Iñaki Domínguez Gregorio
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
La Editorial no se pronuncia, ni expresa ni implícitamente, respecto a la exactitud de la información contenida en este libro, razón por la cual no puede asumir ningún tipo de responsabilidad en caso de error u omisión.
© Éditions des Équateurs / Humensis, 2023
© de la traducción: Cristina Zelich
y para esta edición:
© Editorial GG, Barcelona, 2023
ISBN: 978-84-252-3504-7 (ePub)
Producción del Epub: Booqlab
Prólogo
1. Elogio de la distracción
2. La observación atenta
3. El sentido de la búsqueda
4. Escuchando el canto de los pájaros
5. En busca del pájaro que voló
6. El silencio de los pájaros
7. El ga(n)g de los contadores
8. La experiencia François Terrasson
9. Epílogo
A mis reyezuelos, Baptiste y Malo
El ave de paso es el ave migratoria por excelencia: recorre el mundo para escapar de los periodos de frío y reproducirse en regiones más hospitalarias. Es el lazo de unión entre la geografía de los dos hemisferios terrestres, el artesano ligero de la alianza entre la tierra y el cielo. A imagen del vencejo negro que dedica toda su vida al vuelo, que llega en abril a Europa y se marcha a partir del mes de agosto a África, el ave de paso es el “diminuto satélite de nuestra órbita planetaria” (Saint-John Perse, Oiseaux [Pájaros]). Símbolo de la libertad absoluta, se burla de la gravedad terrestre para olvidar su peso y perderse en el espacio aéreo, tal como lo pintó maravillosamente bien Georges Braque —compañero artista de Saint-John Perse— en sus estampas.
Ante las crisis que sufrimos, resulta tranquilizador ver que la naturaleza perpetúa sus ciclos, con la regularidad de un metrónomo y una increíble fuerza vital, ignorando nuestros males y nuestras heridas.
Nosotros también somo aves de paso. “Nuestra tarea es imprimirnos tan profunda, dolorosa y apasionadamente de esta tierra provisional y frágil”, afirmó en su época Rainer Maria Rilke. ¡He aquí un formidable axioma de vida! Tenemos, más que nunca, el deber de capturar fragmentos del esplendor de este mundo que atravesamos apresuradamente. Estos instantes de belleza, resplandecientes como pequeños soles, se nos escurren entre los dedos como puñados de arena. Se nos escapan como la pérdida inherente a todo aquello observado y que no volveremos a encontrar. “Así es el mundo. No lo vemos durante mucho tiempo; solo el suficiente para aferrarnos a lo que brilla, y se desvanece, para llamarlo una y otra vez, y temblar al dejar de ver”, resume tan acertadamente Philippe Jaccottet (Paroles dans l’air [Palabras en el aire]). Esta belleza que resplandece en la fugacidad, debemos intentar retenerla y preservarla de modo absoluto como un tesoro para las generaciones futuras. Es el homenaje más bello que podamos hacerle.
Mi acercamiento a la naturaleza se ha construido sobre su observación atenta, bajo todas sus formas. Las imágenes que le he arrebatado son los bienes más preciados, impresiones intensas y fugaces recogidas a lo largo de mi vida: puestas de sol de colores turnerianos recogidas en el Loira en otoño; nubes que parecen salir de un Magritte y se desgarran en el cielo; los reflejos rutilantes de la luna sobre el mar; la librea incendiaria de un ginkgo arrugada por el viento otoñal; esa cetonia de color verde esmeralda agazapada en una rosa, el ciervo volador que deambula en el interior de un tocón de roble viejo; el esplendor azulado de un martín pescador que pasa volando a ras de los sauces; las nubes ordenadas de estorninos que caligrafían el cielo de diciembre; esas grullas que se deslizan sobre un fondo de nubes coloreadas a rayas con el oro del crepúsculo, y la lista continúa…
Pienso en aquella mañana de otoño en el bosque de la región de Sologne, al amanecer, cuando las altas hierbas delicadamente escarchadas y los helechos de reflejos cobrizos se envolvían en el mullido tejido de la niebla. Recuerdo la textura de la madera que crujía bajo mis pies. El bosque, engalanado con ardientes colores otoñales, exhalaba un olor a musgo y setas. De repente, con un susurro de alas, una sombra se deslizó entre las hileras de árboles, y desapareció. Era la becada, la misteriosa reina del bosque, que pasaba ante mí y me deleitaba.
He fijado meticulosamente todas estas imágenes en mi memoria como insectos en la caja de un entomólogo. Forman un herbario de sensaciones. Es, sin duda, la colección de la que me siento más orgulloso.
El gran poeta Novalis solía decir que hay que estar “perpetuamente en estado de poesía”. ¿Consiguió hacer que este requerimiento fuera su día a día? Algo así se escribe en un arranque de buenas intenciones y, luego, nos pasamos la vida traicionándonos. Esta frase me obsesiona. Me he jurado no renunciar, mantener el fuego a través de la observación de las aves.
La observación de las aves es innegablemente un estado de poesía. La práctica de la ornitología es un placer sencillo, accesible a todos. Para mí fue una forma de iniciación, y luego se convirtió en una necesidad. En los albores de la cuarentena, se ha transformado en un arte de vivir que combina paciencia y silencio (aptitudes indispensables si se quiere penetrar en un bosque y no limitarse a entrar en él como un viajero impasible que atraviesa el vestíbulo de una estación). Exhorta a hacerse olvidar y a fundirse en el paisaje, estimula la observación de los pequeños detalles y aboga por una identificación rigurosa. Valores cada vez más ortogonales a los de nuestro tiempo.
Encadenados a los smartphones y “centrados en el ego” (Régis Debray), apartamos cada vez más la mirada de los demás, salvo quizá para compararnos con ellos. Nosotros —sobre todo los urbanitas— nos alejamos rápidamente de la naturaleza, salvo para desahogarnos con actividades cada vez más lúdicas. Basta con observar a los pasajeros de un tren para constatar que la mayoría de ellos están pegados a sus smartphones, herméticamente cerrados a sus vecinos y su entorno. Sin embargo, el tren ofrece un balcón agradable sobre la naturaleza, que pasa a buen ritmo y abarca numerosos paisajes. La reciente pandemia de videoconferencias ha acentuado la sintomática victoria de las pantallas. Nuestras vidas son cada vez más digitales.
La sensibilidad de conmovernos y emocionarnos con la naturaleza se está convirtiendo en algo esencial. La excepcional crisis de biodiversidad que vivimos, la “sexta extinción masiva” es ante todo “una crisis de sensibilidad” según el filósofo Baptiste Morizot, es decir “una extinción de la experiencia de la naturaleza”. Los pájaros son los guías que nos instan a combatir esta crisis, a experimentar la naturaleza mediante el arte de prestar atención. Nos anclan a la vida.
Sigue habiendo demasiada ignorancia sobre las aves; persiste la confusión entre los vencejos y las golondrinas, o bien entre los cuervos y las cornejas que, sin embargo, son algunas de las especias de aves más comunes entre nosotros. ¿Quién ha oído hablar alguna vez del acentor común, ese pajarito parecido al gorrión, muy común en la ciudad, poco asustadizo, discreto, y cuyo canto es tan melodioso?
La mayoría de nuestros hijos están más familiarizados con los nombres de las aplicaciones digitales que con los de los pájaros. Ya en 1963, en Le Droit d’être naturaliste [El derecho a ser naturalista], el gran biólogo Jean Rostand escribía: “Hay veces en que me pregunto si no seremos los últimos amantes de la realidad, los últimos en utilizar apasionadamente nuestros ojos para hacer justicia a los encantos de lo visible”. ¿Era premonitoria su preocupación?
Necesitamos imperiosamente volver a conectar con el lado salvaje de nuestro mundo. Necesitamos redescubrir urgentemente la forma de prestar atención a los seres vivos, de cultivar el espíritu salvaje. Para ello, el ave de paso es un guía formidable. Son a la vez el colibrí de la leyenda amerindia, el canario que protege a los mineros del grisú o bien la abubilla que guía a miles de pájaros peregrinos en busca del fabuloso dios alado Simorgh.
Tanto si se trata de la abubilla persa o de otras especies, las aves nos conducen a la búsqueda de nosotros mismos: nos enseñan el silencio, la paciencia, la soledad, el sentido de la maravilla, nos interrogan sobre nuestra relación con el tiempo, sobre la fragilidad de nuestras vidas y de quienes nos rodean. Con sus amplias alas, sus vuelos y las modulaciones de su canto, los pájaros nos salvan.
“El mundo debe su existencia a nuestra mirada.”
Jean-Claude Pirotte
En la raíz de mi distracción, están mis años de escuela primaria en el oeste de París, en Saint-Cloud. Recuerdo muy bien aquella escuela. Su fachada con amplios ventanales, rodeada de ladrillos y muelas de molino; las piedras que se utilizaban para moler el trigo en el campo, antes de usarse para la construcción de los suburbios residenciales de Île-de-France. Tenía un porche inmenso en el que aparecía escrito “École municipale Montretout”, un pequeño patio para recepciones y otro en el que salían disparadas las canicas a la hora del recreo. Allí pasé días felices y ociosos, mientras aprendía a leer, a escribir, a calcular, a recitar, a comportarme…
De vez en cuando era un buen alumno, contemplativo, despistado, lo que justificaba los comentarios de mis profesores en mi boletín de notas: “Un alumno capaz de lo mejor y de lo peor, y en particular, de grandes despistes”. La ventana de mi clase era para mí una escapatoria maravillosa. Percibía el soplo de la libertad y, con regularidad, mis ojos se perdían para escudriñar los movimientos de una ardilla pelirroja o de un trepador que avanzaba en vertical sobre el tronco del viejo castaño del patio de la escuela. Más de una vez mis profesores me sorprendieron con la mirada perdida. Cada día que transcurría junto a aquella ventana me alejaba un poco más del aprendizaje escolar y me acercaba al mundo salvaje.
Solo los gritos estridentes de las escuadrillas de los vencejos negros (felicidad de juventud de la que todavía hoy no me canso) que pasaban en tromba delante de los muros de la escuela, me devolvían a la realidad de la lección que se estaba impartiendo.
El recreo era el momento preferido de mi jornada escolar: me daba acceso a lo que me distraía en clase. El patio ofrecía un terreno de observación privilegiado. A pesar de estar asfaltado, estaba dominado por castaños centenarios, que atraían a los herrerillos en busca de orugas y a los trepadores en busca de insectos xilófagos. Aquellos árboles majestuosos, cuyos erizos magullaron las manos de mi infancia, hoy están quemados a causa del cancro bacteriano. Están desapareciendo poco a poco. Se me parte el alma. Una mañana de junio, bajo esos castaños deposité un lución, como si fuera una ofrenda. Lo había recogido en el bosque de Chevreuse (una práctica totalmente prohibida, pero yo entonces no lo sabía) para enseñárselo a mis compañeros y explicarles que no se trataba de una serpiente, sino de un lagarto con las patas atrofiadas. Ante la mirada estupefacta de las chicas, me convertí en la estrella del recreo durante un cuarto de hora warholiano, en una especie de amigo de los bosques, bautizado con el nombre de la famosa guía de los tramperos en ciernes (Copain des bois: le guide des petits trappeurs). En otra ocasión, lupa en mano, llamé la atención de mis amigos sobre zapateros y cochinillas. Yo que solía mirar hacia arriba, con los ojos fijos en las ramas, y los prismáticos colgados al cuello, había aprendido una nueva forma de observar. Ya no al cielo, sino al suelo. Estaba entusiasmado con el descubrimiento de ese nuevo mundo, deseoso de compartir mis escasos conocimientos entomológicos sobre la vida de las hormigas o las peregrinaciones de los escarabajos peloteros. Descubrir el escondite de un sapo partero (sapo pequeño cuyo macho lleva y enrolla los huevos alrededor de sus patas posteriores) bajo un muro de piedra seca, el escondrijo de una víbora en un montón de leña, o la natación de las larvas de salamandra en los surcos de un camino forestal se convirtieron en mis pasatiempos favoritos. Me especialicé en la captura de lagartijas roqueras, lo que me proporcionó una buena colección de colas que se despegaban. También era especialista en egagrópilas de cárabo, que recogía al pie de los postes de los vallados, de los árboles huecos aislados que sirven de dormideros o a veces al pie de los campanarios de las iglesias. En esas pelotas como de musgo gris, desmenuzaba manualmente todos esos pelos entremezclados, esos trocitos de hueso y esas pequeñas mandíbulas dispuestas como jeroglíficos. Una verdadera labor de arqueólogo para adivinar la última comida del cárabo. Me encantaba dedicarme a esa arqueología “pelotera”.
En aquel momento de mi existencia, empezaba a sentir un fuerte desajuste con la mayoría de mis compañeros. No nos interesaban los mismos temas y ello me valió alguna que otra burla. La observación de las lagartijas, insectos y aves no era realmente lo suyo. Para ganarme su consideración, tenía que calzar el último modelo de Timberland de piel amarilla y vestir una chupa Schott NYC, muy de moda en aquellos años noventa, o bien competir con ellos con los últimos juegos de la consola Mega Drive.
Marcado por las lecturas de Juan Salvador Gaviota (cuyo epígrafe yo adoraba: “A ese Juan Salvador Gaviota que dormita en cada uno de nosotros”) y de El maravilloso viaje de Nils Holgersson, soñaba con aves y países remotos. Aquellas lecturas forjaron mi apetito naturalista.
Al pensar en ese periodo de mi vida, me doy cuenta de hasta qué punto es crucial preservar el lazo de nuestros hijos con la naturaleza en el propio seno de los patios de los colegios, a través del contacto con la tierra, el perfume de las flores y las plantas aromáticas, y de la observación de todos estos animales, insectos y caracoles que la recorren. Por otro lado, los areneros, simpáticas reservas de bichos, han desaparecido prácticamente, víctimas de nuestra sociedad excesivamente higiénica y cargada de normas. Al querer proteger demasiado a nuestros hijos, los alejamos de lo esencial.
Sin embargo, todas estas actividades ricas en emociones sensoriales y táctiles ofrecen virtudes educativas que deberíamos elevar al mismo nivel que los otros conocimientos académicos. Aprender a mirar y examinar las especies animales y vegetales exige un largo aprendizaje que las escuelas deberían hacer suyo, otorgando una mayor importancia a la educación de los sentidos desde edades tempranas. ¿Por qué no enseñar a nuestros hijos a utilizar unos prismáticos, una lupa, un cazamariposas, para así poder descubrir la complejidad del mundo vivo y sus múltiples interrelaciones? La vida es un magnífico mecanismo de relojería por explorar.
Así pues, asilvestremos los patios de los colegios: con pavimentos de roca adecuados para plantas de rocalla, con arbustos y flores melíferas, con estanques, montículos de tierra, espacios naturales que contengan muchos rincones de juego y, en invierno, comederos. Nuestros hijos necesitan trepar a los árboles, construir cabañas de madera, imaginarse barones rampantes (Italo Calvino), jugar a ser aventureros al estilo Huckleberry Finn, convertirse en verdaderos Sherlock Holmes en busca de las pistas dejadas por los animales. En resumen, ¡pensemos en cultivar la idea de hacer novillos! La escuela de la mirada no se aprende sentado en los bancos de la escuela, sino bajo los árboles, en los campos, junto al mar.
En torno a los diez años, en lugar de los caminos literarios llenos de dictados tediosos al estilo Bernard Pivot, prefería los caminos del bosque de André Theuriet, que descubrí por casualidad hojeando los viejos libros ilustrados de la biblioteca familiar, sobre todo sus Enchantements de la fôret [Los encantos del bosque]. Este poeta y gran escritor naturalista, miembro de la Academia Francesa, ha caído actualmente en el olvido literario. A pesar de que su estilo parece muy académico, algunas de sus obras representan maravillosas descripciones de paisajes naturales que han sabido captar la vida secreta del sotobosque y las aves. Gracias a él, ¡descubrí la existencia de la oropéndola y el carricero común! El nombre científico del carricero común es Acrocephalus scirpaceus. Vive entre la vegetación alta de las marismas o junto a estanques y lagos. Le gustan las plantas cuyas raíces están sumergidas: cañas, juncos y sauces. Estas plantas forman densas matas difíciles de penetrar para los grandes animales, lo que los protege de numerosos depredadores terrestres. Es en esta maraña de vegetación donde, como un acróbata, sube y baja con agilidad por las cañas, pasando de un tallo a otro sin nunca tocarlos, en busca de insectos voladores que desplaza entre la vegetación. Sin embargo, ahí está endiabladamente a cubierto y ¡esto aumenta la frustración del observador! Solamente su canto repetitivo traiciona su presencia. Pero cuidado con equivocarse, el carricero recuerda a un batracio que croa entre los juncos, en un combate infatigable contra el silencio. Su canto estruendoso era muy apreciado por el compositor Olivier Messian, quien, más allá de la transcripción de su canto, tradujo sutilmente los movimientos del pájaro y la atmósfera que reina en el cañaveral.
Aunque el interés que sentían mi padre y mi madre por la naturaleza era mínimo, pronto se dieron cuenta de mi atracción por ella. Una de las escapadas preferidas durante mi infancia era ir con ellos al parque de Saint-Cloud para mirar los cisnes, fieles siempre a la cita en el estanque denominado “lago del Trocadero”, como soberbias fragatas deslizándose silenciosamente sobre el agua. El mero hecho de hundir con gracia su largo cuello creaba ondas que enturbiaban la suave inmovilidad de aquel espejo. Los fines de semana rogaba a mi padre que me llevara al “camino de los ratones” en el bosque de Fausses-Reposes en la región de Île-de-France, para buscar todo tipo de bichos: pájaros carpinteros, pinzones, lechuzas, ardillas, roedores, encontrados en mis libros de cabecera. Lo habíamos bautizado con este nombre porque los ratones de campo eran muy numerosos en aquel sotobosque. El camino de los ratones es algo así como el camino de vagabundeo de mi infancia en la ciudad, un sendero forestal al que acudía para construir una cabaña improvisada con ramas. Aquella cabaña era una ventana a mi imaginación: una choza de caza en la que, blandiendo un arco de madera, jugaba a los indios. También se había convertido en mi referencia para observar las huellas de la vida en el bosque.
Al final, toda la familia disfrutaba con aquellos paseos. Progresivamente se convirtieron en ritual dominical, un soplo de aire fresco en la seriedad de aquel día dedicado a las tareas escolares. Me hacían olvidar el agobio de los deberes y la tristeza del domingo por la noche. La infancia, aquel tiempo, ya lejano, en el que todo era armonía.
Recuerdo también el rostro de Momo, trabajador del ayuntamiento, que recorría las calles residenciales de Saint-Cloud con su chaleco amarillo fluorescente. Equipado con su cubo de basura con ruedas, su recogedor y su escoba de cerdas duras, era un especialista en la higiene de las cunetas. Recogía hojas muertas, papeles, billetes de metro y colillas. El vaivén cadencioso de su escoba imprimía un ritmo lento y monótono a las aceras, que contrastaba con la vida apresurada de los habitantes de Saint-Cloud.
Empecé a sentir curiosidad por la existencia de Momo. Regularmente se quedaba parado. Saludaba siempre al transeúnte, con el pitillo entre los labios, observando las idas y venidas de la gente. Sentía cierta ternura por él sin saber exactamente por qué. La actitud de Momo me intrigaba.
Tras sorprenderle varias veces mirando el cielo, me atreví un día a preguntarle algo que me moría de ganas de saber:
—Buenos días, Momo, ¿qué tal estás?, ¿mucho trabajo hoy?
—Buenos días; bien, gracias. El trabajo de cada día. Pero echo de menos el pueblo. Allí, la gente se toma su tiempo. —Rápidamente Momo prosiguió— Esta mañana he visto un arrendajo. Me encanta sorprenderlo de muy cerca; me gusta mucho el arrendajo, su habilidad, su sentido de supervivencia. Adoro su forma torpe de echar a volar. Me gusta el arrendajo, sus plumas de color azul indefinible. Las colecciono…
Estas palabras me marcaron. A su vez, desarrollé estima y afecto por aquel hombre. Momo tenía su propia forma de relacionarse con la naturaleza. Había desarrollado una presencia atenta al entorno. Momo habitaba aquel mundo de forma muy modesta, pero a su manera le rendía un gran homenaje. Era un invisible que solo tenía ojos para lo visible.
