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En busca del Papo es una narración protagonizada por dos geriatras que usan su tiempo libre para transmutarse en trolls. Como tales, intervienen en diversos blogs en los que, desde una perspectiva humorística y literaria, polemizan en una particular cruzada con sus autores. Así lo explica el protagonista de la narración: «Descubrí en aquel momento la posibilidad, constatada, de participar en esos espacios virtuales con un espíritu que comulga, con absoluta perfección, con la figura jurídica del animus iocandi, también conocida en un registro más coloquial como ganas de dar por saco». En busca del Papo propone una narración irónica y cuidada, que cuenta el hallazgo de unos escritos firmados por El Papo que captan la atención de nuestros protagonistas. Este acontecimiento les conducirá a una aventura insólita por la geografía chilena, dando a conocer el país, a sus gentes y costumbres, así como la huella de la dictadura.
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Seitenzahl: 583
Veröffentlichungsjahr: 2021
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Paco Tarazona
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Foto de la portada Norwich (Love), 1995. © Álvaro de los Ángeles
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
Traducción del valenciano: María Ruiz Santabalbina
ISBN: 978-84-1114-258-8
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A Homero Gac Espínola, por el placer de la amistad y por los buenos momentos compartidos.
A Daniela, a Elisa y a Rafael, por aceptar con resignación nuestra particular follie à deux.
A la familia González Astorga, por su cálida acogida durante mis estancias chilenas.
A Aureli Baixauli Rubio, Ulloch, excelente médico internista y mejor persona, en pleno proceso de su completo restablecimiento.
A Gustavo Arbo y Carolina Servin, con la esperanza de que los pasajes más amables de esta novela palíen los golpes inesperados que a veces nos da la vida.
A mis padres, por todo, especialmente por su paciencia.
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In memoriam José Agustí Ferrer Navarro
(13/12/1965-30/8/2016).
La vida es mucho más corta de lo que llegamos a imaginar. Olvidamos esta obviedad con excesiva frecuencia y creemos, incautos, que nuestros seres queridos van a estar siempre ahí. Un día cualquiera la vida, el destino, la predeterminación, como ustedes prefieran, nos arrebata la posibilidad de decir unas últimas palabras o mostrar un último afecto. A los amigos de La Panda de Sedaví o Sociedad Lúdico-Gastronómica, como Agus la bautizó, siempre nos quedará ese vacío. Amigos, en el único y verdadero sentido de la palabra, criados juntos desde la época en la que jugábamos en la calle en pantalones cortos. A todos nosotros, independientemente del rumbo profesional posterior, nos unió la afición a la música en la que tanto él como muchos otros de este grupo heterogéneo destacan; lo siento, no me acostumbro a escribir en pasado. Gracias a ese nexo común nos deleitamos periódicamente con risas y conversaciones, construyendo la única inmortalidad otorgada a los humanos: el recuerdo.
Entre las múltiples cualidades con las que nació Agus me gustaría destacar dos: la música y el sentido del humor. Sé que no exagero cuando digo que ha sido uno de los mejores trombonistas valencianos. Junto a su calidad artística marcha en paralelo su bonhomía, su integridad y un sentido del humor que mezclaba la sutileza, la ironía, el absurdo y una inteligencia supina, motivo, paradójico, que hacía ininteligible para muchos el significado último de sus ocurrencias.
Ante la imposibilidad de revertir la ausencia, escribo esta laudatio con la esperanza de que, de alguna manera, le llegue, allá donde esté, este tributo en nombre de todos los amigos y lo retransmita, en forma de teletipo, en aquella particular Radio Trípoli que le hizo famoso.
PREÁMBULO
Manifiesto escrito en una servilleta manchada de aceite firmado por Uther Pendragon y los caballeros de la logia de Monmouth. Fue adquirido en Iberlibro.com al módico precio de cinco euros el 6 de mayo de 2011.
Muchas de las novelas indispensables, de perpetuada vigencia, han surgido de una protonovela, narración ideada intencionadamente como breve prefacio; génesis sobre la que la inspiración ha desarrollado una estructura narrativa más hilvanada y ambiciosa. De ese modo, y a través de densos caminos difuminados por una gozosa niebla, han convergido en idílico paroxismo la realidad y la ficción.
Valga esta reflexión, por el momento desubicada, para condenar, como hacían los antiguos textos literarios, el abuso de las precuelas. Barbarismo innecesario, de clara finalidad comercial, que quiere exculpar a quienes escriben o ruedan, con posterioridad a un éxito, más frecuente de ingresos que de calidad, una trama previa de, normalmente, peor actitud. Esta tentación mercantilista también infesta a las grandes películas de culto. Afectadas por este mal, las cintas sufren una deriva en forma de saga desigual, desgastando el prestigio adquirido en la primera entrega. Se dilapidan así idilios y semblanzas y se aniquila, en un presente desnortado, la frágil construcción de los recuerdos.
Destronadas las ensoñaciones efímeras por el crematístico balance contable, se intenta dotar al despropósito perpetrado de un barniz engañoso y, de este modo, se malgastan esfuerzos, presupuestos, en nuevas tecnologías. Insulsos efectos especiales que tratan de enmascarar los vacíos de lo considerado, desde los tiempos de Homero, sustancial, y que Godard replanteó en el aforismo: «Una película debe tener un inicio, un nudo y un desenlace, pero no necesariamente en ese orden».
La terrible consecuencia, porque la hay, es la huida hacia delante, conceptuando retrospectivamente la narración, llegando a hipotéticos extremos, no descartables, en los que podemos encontrar al peripatético Chewbacca en pañales, con el lomo y el torso ausentes de su hirsutismo natural. Ordeñar de este modo la ubre, dejándola seca de su condición inherente, conduce a la corrupta y artificiosa prolongación de un texto o una cinta, añadiendo metrajes prescindibles de milimétrico rédito paralelo.
Unámonos en la condena a estas formas bastardas que menosprecian conscientemente las artes. Imitemos a Lutero y clavemos en la puerta de las grandes productoras una proclama manuscrita de noventa y cinco tesis que cuestionen al poder que perpetra estos crímenes. Recordémosles la ineficacia de cualquier indulgencia que soliciten comprar, en forma de libro o de entrada para una proyección. Digamos basta a estas actitudes inaceptables, características de una sociedad globalizada, agotada de ingenio y de gracia, y evitemos que nunca más sacrifiquen estos dones ante la posibilidad del beneficio. No demos la razón a la cruel premonición de Oscar Wilde sobre la defunción de la mentira, quintaesencia que sostiene la creatividad y que nunca debe dar paso al chabacano usufructo del refrito previsible.
Estamos a tiempo de educar a la masa acrítica, la cual desconoce, por planificación no espontánea, el gusto por la elevación cualitativa. Desahuciemos el tradicional menosprecio que las afluencias muestran al encontrarse frente a la labor curtida de la creación artística; tarea laboriosa que requiere de pensamiento y de reflexión. Parafraseemos a Picasso sobre la necesidad de que las musas nos pillen trabajando en el momento caprichoso en el que deciden brindarnos su fiel compañía.
Iniciemos, ya es hora, la cruzada por la honestidad artística que nos reconcilie con Apolo, Minerva y, especialmente, por ser el origen, si hay un origen que carezca de plagio, con Tot1.
Uther Pendragon
y los caballeros de la logia de Monmouth.
1. Ninai o la protonovela como génesis
Nunca había entrado en un blog ni había leído un libro en formato digital. Soy incapaz de concentrarme delante de una pantalla y que me cunda la lectura. Eso no impidió que, un día cualquiera, apareciera un Laocoonte y me advirtiera de la febril actividad que se amparaba bajo tal funesto neologismo: blogosfera; una galaxia en la que se concentran más faros que estrellas y en la que es posible opinar. También se puede contradecir al autor, de lo que no es más que un diario público, en el que se suele observar una mayor o menor ansia de reconocimiento, cuando no de aceptación. Descubrí en aquel momento la posibilidad, constatada, de participar en esos espacios virtuales con un espíritu que comulga, con absoluta perfección, con la figura jurídica del animus iocandi, también conocida en un registro más coloquial como ganas de dar por saco. Puede dar la sensación de que este cometido es sencillo. Quien piense así, está equivocado. Efímera será su participación activa por esos lares.
Malmeter en estas bitácoras con comentarios explícitos es un despropósito de fácil construcción, pero de corta vida. La diversión, que la tiene si se practica con esmero, la encontré tejiendo compulsivamente una telaraña irónica sobre los argumentos de los autores, quienes a su vez también eran víctimas de mi adictiva actividad. Oficio sine pecunia al que nos dedicamos los graciosillos desocupados y que, en este mundo, hemos acabado recibiendo, de forma injusta en muchas ocasiones, el sobrenombre de trolls.
Para formar parte de este gremio anárquico, no establecido ni sindicado, hacen falta ciertos conocimientos adquiridos al modo de los antiguos alquimistas. Mi adiestramiento requirió de un hermetismo iniciático y de un laboratorio clandestino, banco de pruebas desde el que inicié estas incursiones que, sin ser bélicas, sí eran beligerantes. Al acecho de aquellas ventanas virtuales, desmembraba las intimidades más pudorosas de seres que clamaban por aniquilar sus anonimatos, llenos de tópicos sobrenombres —nicknames—y de actitudes previsibles.
Una vez conocidos estos espacios, no pude evitar involucrarme en las narraciones de algunos autores que, gracias a la difusión cibernética, se consideraban generadores de opinión pública, de tendencias y, los más osados, de corrientes de pensamiento. En el fondo, la mayoría de las veces no era más que una forma de escapismo, alentada por ciertas técnicas de producción televisiva. Conductas imitativas, ya descritas desde Pavlov y depuradas por Konrad Lorenz y por personajes como Ransome Starling, las cuales habían sido puestas en práctica para favorecer el consumismo. Escaparatismo que ayuda a sentirse reina, rey, o, dependiendo del caso, reinona, por un día. Esta tarea requiere del abastecimiento de unos cuantos complementos que favorecen el incremento del IPC y que cierran el círculo apocalíptico de la oferta y la demanda.
A pequeña escala, esta obsesión pueril por la notoriedad también se puede encontrar en cualquier comunidad de vecinos. Unos ojos entrenados pueden adivinar rápidamente el exhibicionismo y la permanente ostentación de unos policromados pavos reales, predispuestos a lucir su plumaje con notable destreza.
¡Ah! Desventuradas adolescencias que no pasan la reválida de la madurez y que requieren de esta autocoronación, entronización ficticia que mitiga el dolor por los anhelos inconclusos. ¡Cuidado! Evitad ese potenciador trueno de la red de redes que catapulta el eco de estos diarios.
Admito que a veces sentía la atracción, incluso la necesidad, de polemizar con esos subconscientes traicionados por su ego hipertrófico, a los cuales se les había regalado esta nueva herramienta con la que asesinaban la privacidad, proyectando a miles de kilómetros a decenas, centenares y a los más afortunados a centenares de miles de personas, confesiones que siglos atrás se reservaban para ser pronunciadas, con voz acallada, en el catártico momento de la muerte. Ante esta actitud, lo reconozco, brotó en mí un fuerte instinto voyeur con el que destripar el verdadero anhelo de estos nuevos, o viejos, profetas, diseccionar sus frustraciones y, por qué no, hundirme en la manera de proceder ajena, de gente que muy probablemente nunca llegaría a conocer personalmente.
Por esa razón dediqué, con la paciente adicción descrita por Thomas de Quincey, varias horas al día —aunque la mayor parte de ellas fueran de noche— a la lectura de estos blogs. Empecé hará ahora poco más de dos años. Lo recuerdo bien. Fue justo después de leer el Diario de Anna Frank, narración que sitúo por detrás del poema de Gilgamesh y por delante de Cumbres borrascosas. Aburrido, busqué entre los libros pendientes de lectura del verano anterior. Negado el impulso lector por la ausencia de un título que me resultara apetecible, decidí acceder a la gran red llamada, de manera pretenciosa, la aldea global.
Leí mi correo pendiente, labor cotidiana que se estaba convirtiendo en un vicio. Me encontré con una invitación de mi compañero de trabajo Víctor Ramírez Castells para que visitara su bitácora cibernética, también llamada blog. La verdad, me sorprendió. Siempre sospeché, desde que empezamos a trabajar juntos hace unos cinco años, que le faltaba un hervor, pero nunca imaginé que, en los escritos que me invitaba a leer, pudiera encontrarme acontecimientos vitales que jamás compartió, y que nunca creí que se atrevería a manifestar, en una conversación personal.
Lo que más me llamaba la atención era poder acceder a aspectos conflictivos de su relación afectiva, vivencias cotidianas compartidas con sus hijos y, sobre todo, una turbia sensación de horror vacuii. Todo un conjunto de erráticas circularidades narrativas que no conducían a ninguna parte. La lectura entre líneas no podía ser más reveladora: pequeñas oraciones del tipo «de nuevo», «una nueva desilusión», «cansancio al concentrar la mente en los deberes escolares», «el dichoso partido del domingo me amarga de nuevo la plácida lectura del dominical», me descubrieron la verdadera dimensión biográfica de mi compañero, desconocida hasta ese momento.
Este fue el origen. Siendo, como soy, curioso, se me despertó el gusanillo del merodeo y empecé a leer puntualmente los escritos que Víctor publicaba. Observé sorprendido cómo tres personas añadían vítores y comentarios completamente condescendientes. No quiero obviar tampoco ciertas invitaciones promiscuas y adúlteras que, a pesar de la intención del autor, habían provocado sus divagaciones. Para ser honesto, Víctor las rechazaba todas educadamente. La verdad, yo desconocía las verdaderas motivaciones de estas negativas, aunque entendía que se podían deber a un afecto marital que no mostraba en sus escritos; bien por miedo a los costes procesales de un divorcio desavenido, a la incertidumbre sobre la solvencia física o psicológica de quien se ofrecía o, lo que en mi opinión era más probable, a que la bitácora no fuera sino un sitio para desahogarse de la rutina diaria, donde liberar los intrascendentes agravios de la convivencia. Todas estas posibilidades eran factibles y razonables.
La sorpresa que me provocaron las insinuaciones de estas supuestas femmes fatales, quienes contradecían las observaciones que recoge Plinio en In morbo recolligit se animus, «en la enfermedad, la mente reflexiona sobre sí misma y a sí misma se juzga, repudiando la conducta pasada», hicieron que me decidiera a visitar los respectivos blogs de estas cortesanas cibernéticas, tratando de interiorizar sus motivaciones. Especialmente, intentaba fijarme, como si fuera un detective novelesco, en los detalles que traicionaban su anonimato. De esta manera, descubrí a la dependienta de unos grandes almacenes que había creado una banda criminal especializada en robos hormiga y desenmascaré a la perfecta ama de casa de buena familia que, bajo el nickname mozartiano «Dama de la noche», detallaba cómo Sarastro, su profesor de yoga, despertaba las bondades de su chakra sacro durante la perfecta ejecución de los movimientos de la serpiente Kundalini.
También vislumbré la identidad de Tilt, la jugadora de flipper, que acostumbraba a enfundarse unos vaqueros ajustados, plantarse unas botas de piel negras hasta las rodillas y visitar uno de los pocos salones recreativos que quedaban. Allí frotaba la pelvis contra una máquina de pinball, notando cómo se excitaba al ritmo de las miradas de deseo de los varones que frecuentaban el local. Al final, durante las noches solitarias, recordaba las escenas morbosas provocadas por su danza insinuante e intentaba imaginar los calentones generados en las mentes de los espectadores.
Al principio, cuando todavía me asombraba por el mundo que se ponía frente a mis ojos, mi conducta fue contemplativa. Acechante, interpretaba los circunloquios y jugaba a descubrir, o como mínimo a adivinar, cómo serían en realidad esas personas.
Una noche de la primera semana de julio, en la que el mediterráneo viento de poniente había aniquilado cualquier expectativa de aire fresco, tuve una discusión con Pilar. Y no la culpo. Cualquiera se pondría de su parte, teniendo en cuenta que aquella temporada no hacía caso de sus llamadas de atención. Sin poder conciliar el sueño, me fui a mi despacho y encendí el ordenador. Llevaba todo el día con la mente ofuscada, planificando una primera incursión en el blog de una tal Xanadú. Sabía muy poco sobre ella. Debía de tener algo más de treinta años —teniendo en cuenta sus referencias pretéritas—, posiblemente una administrativa solitaria —esto lo deduje de su deformación profesional a restringir los actos humanos a las dos columnas del deber y haber—, y estaba enamorada de la fortaleza del poema Kubla Khan. De hecho, la conocida estrofa «En Xanadú, Kubla Khan / ordenó la construcción de una cúpula de placer: / allí por donde discurre el Alfa, el río sagrado / por cavernas inconmensurables para el hombre…» presidía la cabecera de su blog, acompañando unas imágenes oníricas de Shangri-La, que propiciaban errores geográficos en los visitantes, al mismo tiempo que parecían catapultar al nostálgico paraíso perdido de John Milton.
Quiero creer que el trabajo rutinario la había abocado a la búsqueda de experiencias que podríamos definir como inusuales, pero que apenas traspasaban la sutil frontera de los convencionalismos. Convencida de su espíritu intrépido, relataba sus gestas y sus transgresiones a una fiel grey de apenas veinte seguidores. Curiosos que, debido a su obsesión por conocer mejor las vidas ajenas que las propias, averiguaban que un sábado había bebido una copita de más —afortunadamente sin coger el coche después, en lo que ella llamaba, no sé si acertadamente, temeridad controlada—; había fumado un porro en un encuentro pascuero, antes o después de comerse la mona, formando parte del ceremonial consistente en estampar el huevo cocido en la frente de alguien que anduviera despistado; o había tenido relaciones sexuales en una calle cerca del castillo de Denia, dentro de un coche —decía que un Opel Corsa, pero parecía propaganda indirecta con la que intentaba captar patrocinadores— con un inglés rojo como una gamba por las quemaduras del sol de La Marina, que había sido previamente emborrachado a base de burrets, mentiretes y otros brebajes etílicos, fruto de la imaginación festiva del pueblo valenciano. Esta pobre redactora de bitácora no reparaba en la angustia que la narración generaba en términos de espacio —tal vez hubiera sido mejor fantasear con que ocurría en un coche de alta gama— y de bochorno, provocado por el vaho húmedo que se generó en el habitáculo, favorecido por la densa humedad de las noches de verano. Reforzaba esta opresión el aliento acelerado y etílico del inglés que empujaba mientras le miraba los pezones. El relato terminaba con las dificultades para recuperar la posición, finalizada la fase del bombeo, con el inglés durmiendo encima de ella, víctima del clímax y del exceso de alcohol. En el relato, la autora omitía cualquier referencia a Ali Iqbal al-Dawla y a cualquier hecho histórico de la ciudad nacida a las faldas del cabo de San Antonio. Y la verdad, no me pareció bien esa ausencia.
En su forma de narrar llamaba la atención el abuso de adjetivos. Con ellos pretendía describir intrascendentes migrañas y breves dolores de cabeza, el habitual vómito o la execrable anorexia de la primera calada de marihuana, o las predecibles frases sobre la trivialidad sexual veraniega. Me sentí inundado por las contradicciones. La mente se impregnaba de poder, piedad, condescendencia, ternura y, lo admito, cierta superioridad tutelar. Necesitaba mecer su alma, romper la jaula de cristal con la que se protegía y de la que, con poca habilidad, intentaba escapar.
Espero que esta excesiva explicación sirva para justificar mi conducta esquiva a las reclamaciones de Pilar y la decisión, probablemente irreflexiva, de renegar de mi anterior manera de entender la vida. Me metí, inconsciente, de lleno en un mundo tan seguro como la barandilla de madera podrida de un viejo puente colgante. El resultado fue corto y revelador: publiqué mi primer comentario. Admito que fue paternalista —ya sé que lo último que desea una mujer insatisfecha es la presencia de un prepotente—. Repetirle las mismas frases de manual de autoayuda que —según ella— llenaban sus estanterías, no hizo otra cosa sino cabrearla más aún. Intenté disculparme, pero no sirvió de nada. Creo que incluso empeoró la imagen que ella tenía de mí. La posibilidad de generar ese magnetismo de las películas se desvaneció con eléctrica inmediatez. Así que, escarmentado, decidí que no podía volver a fracasar. Fue entonces cuando conocí a Ninai.
Ninai era la eterna estudiante de una de esas extrañas carreras de las que solo el miedo a sentirnos ignorantes nos impide preguntar para qué sirven. Las realidades que volcaba en su blog eran tan difíciles de discernir entre el magma de la fantasía, como los hechos de las falacias en un programa electoral. A pesar de sus supuestos estudios universitarios, las innumerables faltas de ortografía y el burdo uso de palabras soeces aniquilaba cualquier tentativa de respuesta libidinosa, incluso en el cuerpo del más necesitado.
Reconozco que nunca me atreví a dar el paso importante que supone rozar con las manos la porosa y acartonada portada de cualquier ejemplar de la colección La sonrisa vertical. Tampoco tomé la decisión de coger con indiferencia algunos de estos ejemplares y llevarlos hacia la caja para que los cobrara el dependiente. Sí puedo decir, sin ánimo de sonar presuntuoso, que he leído a Boccaccio, Catulo, Chaucer, Restif de la Bretonne, Fenollar o el Marqués de Sade, por poner solo algunos ejemplos de los grandes maestros del erotismo. Así se lo hice saber. Le dije, de nuevo sonando condescendiente, que, en mi humilde opinión, escribir buena literatura erótica solo está al alcance de unos pocos privilegiados, una verdadera élite que sabe caminar de manera determinada sobre el estrecho cable de funambulista que separa la excelencia de la vulgaridad. Un don tan escaso como el que se les otorga a los místicos, gente como esas santas que han hecho del oxímoron virtud, que bebían de las cinco llagas y se extasiaban al besar el costado de Cristo.
Su respuesta, incrédula, dudaba de la veracidad de mis palabras, sospechando, en parte con razón, que yo no era más que uno de esos graciosillos, cuya principal labor era reventar los foros, poniendo a flor de piel los nervios de los intervinientes. Reconozco que un comentario sarcástico que hice sobre la foto de Magneto, de los X-Men, y que ella usó para describir a su amante, no contribuyó a hacer desaparecer las dudas. Tampoco fue especialmente diplomática otra intervención sobre el uso de la palabra «herramienta». Remitirla, por equiparación, a las joyas de la literatura erótica de venta en las tiendas de las gasolineras fue la última y desaprovechada ocasión de ganarme su simpatía.
Mis disculpas, estoy omitiendo información. Lo único que hacía Ninai en su blog era describir la relación que tenía con su novio. Eso sí, la autora no dejaba ningún detalle de sus encuentros a la imaginación del lector. Los textos, hiperrealistas, reproducían cada uno de sus actos, adornados de comentarios anticlimáticos evidentes, los cuales denunciaban la necesidad de lo que los italianos llaman condottieri. Usé el nickname «César Borja», sustituyendo a «Blanziflor», que era el que había usado en mis primeros comentarios. Inicié la nueva incursión haciendo mención a la «virgo generosa» que tantas voluntades había subyugado.
De aquella manera, amparándome en un nuevo eufemismo, «víbora ígnea», sugerí cómo podía cambiar no solo su estilo sino también la manera de abordar a su pareja en el siguiente encuentro. Le aconsejé sobre cómo ofrecer sus «majestuosas pagodas», de forma que extasiara a su novio con la sola idea de la contemplación del desnudo. Poco a poco, fui convirtiéndome en su mentor, y sus relatos se parecían cada vez más a las fantasías que yo ideaba. Aquellas expresiones carentes de elegancia que usaba al principio terminaron desapareciendo. Nunca volví a leer aquellas palabras de tinte vulgar, llenas de sal gorda, que tanto llamaban la atención en su primer relato. Nunca más se atrevió a usar la palabra «herramienta», «mi sexo ardiente», ni por supuesto la más ordinaria de todas las revelaciones que hacía, por muy fisiológica que fuera: «Mi coño chorreante de un sabroso fluido».
Paulatinamente, su lenguaje sufrió las transformaciones léxicas inducidas por mis críticas constructivas. Recordé a los antiguos sofistas griegos y su máxima «decimos lo que sabemos y lo que sabemos es lo que somos». Siguiendo esta discutible premisa, su ritmo narrativo reflejaba mis influencias, conduciéndola a una metamorfosis implícita que pasaba desapercibida al resto de los mortales. Un ejemplo gráfico que ratifica esta apreciación fue observar cómo en su último relato narraba explícitamente, con una prosa carente de obscenidades y aderezada de un nuevo tinte poético, el delirio furtivo con su novio en la sala del cine Carpe Diem. En medio de las más dulces escenas de Irreversible, Ninai notó una mano firme y segura en la entrepierna, al mismo tiempo que percibía la humedad acalorada de unos besos ardientes que lamían su cuello. Me resultó muy excitante el modo en que lo describió. No quedaba ni rastro de vulgaridad en sus construcciones sintácticas. Ella, siguiendo el relato, no era solo el objeto pasivo y deseado. Sus manos desabrochaban los botones de la camisa, acariciando el pecho depilado del amado, rozando con sus dedos una superficie suave y perfumada de metrosexual. Ninai dejó escapar un gemido. Sobresaltó a los atentos espectadores de la interesante historia de Gaspar Noé cuando su novio desembarcó en sus senos. En ese momento recordó que sus pagodas tenían la capacidad de ejercer un poderoso magnetismo. Para acentuar el influjo cegador, hizo un amago de huida, consiguiendo el efecto deseado, y se le escapó una pequeña sonrisa de satisfacción tras la victoria. De manera apresurada, él la buscó con sus labios. Ninai notó cómo su piel se erizaba a la altura del busto. Sin que se diera cuenta ni pudiera hacer nada al respecto, sus pechos quedaron liberados de la coraza del sujetador. No pudo evitar gemir intensamente de nuevo. En esta ocasión, los presentes en la sala manifestaron su disparidad de opiniones. El sector más cinéfilo mostraba irritada indignación, expresando en voz alta su malestar y usando otra de las acepciones de la locución valenciana a fer la mà2, en este caso con intención de movimiento centrífugo. La mayoría, conformada por una masa heterogénea de varones, anárquica e indefinida, miraba con determinación hacia la pareja.
Aquel interés les excitó. Esa pulsátil vibración engendradora hizo que perdiera el hilo argumental, dando lugar a un defecto que considero inaceptable: describió sus pechos como «ubres babeadas». Tuve que reprenderla. El resto del texto no estaba mal, pero aquello no se podía pasar por alto. No le sentó muy bien.
El relato continuaba describiendo cómo, yéndose anticipadamente hacia el garaje, unos dedos precisos se movían inquietos en esa entrepierna donde hacía poco los había dejado la narración, provocándole en sus propias palabras: «el clímax glorioso que me dejó exhausta». Agradecida, dirigió su mirada a lo que podríamos llamar conflicto de espacio que emergía debajo de los pantalones de él y, con destreza, liberó al «explorador de los orígenes», dándole un buen repaso de la superficie con sus labios y con su lengua. Después, vistieron su impaciencia y esperaron a estar en casa, para proseguir con aquello que habían empezado en la sala de proyección. Hechos que apenas ocuparon unas pocas líneas del relato.
Tuve que felicitarla, aunque creo que sonó a disculpa por el comentario que le había hecho. Me sorprendió muchísimo recibir un correo suyo lleno de ansiedad. Quería mi aprobación. Reconozco que mi ego literario se hinchó como un pavo real. Sus líneas plasmaban la necesidad de acallar sus dudas. Ansiaba conocer la forma de precisar los entresijos de las embestidas de la carne a través del verbo. El problema, y grave, era que le había sembrado la semilla de la disconformidad. Su intelecto había dejado de estar seguro sobre su capacidad complaciente. Experimenté dos tipos de celos: por un lado, literarios, hacia los grandes maestros del Arte; y, por otro lado, celos de tipo amatorio. Estos últimos parecidos a los que sentiría un padre hacia su yerno. Aquella nueva niña de mis ojos, a la que inconscientemente había adoptado, abría en mí una ventana afectiva. Los fundamentos de mi alma, insondable hasta entonces, se tambaleaban, trastocando lo que hasta no hacía mucho yo consideraba mi sentido común. No sabía explicar ese desasosiego y, lo que es peor, esa noche se hizo más real el distanciamiento de Pilar. No pude concentrarme en los momentos clave de nuestra intimidad. No podía dejar de darle vueltas al enrevesado correo de Ninai. Un literato parafrasearía a Thomas de Quincey y consideraría que un hombre entendido no tiene más remedio que, llegados a este punto, abandonar esta rocambolesca y ridícula historia para dar por concluida la pieza literaria. Pues bien, no actué exactamente como el inglés aconseja.
Saber que a Ninai no le iba mucho mejor en aquel desequilibrio tampoco me consolaba mucho. Obsesionada por la perfección de la prosa, me contaba cómo descuidaba los torneos amatorios, evidenciando una pasividad que solo mudaba delante de la pantalla, con la que empezaba a tener un idilio mayor que el fruto en la realidad más próxima y tangible.
Cada vez escribía más. Mejoró su redacción, ahora llena de figuras literarias. Desnudaba las metáforas con la exactitud de los amantes expertos, haciéndole el amor al hipérbaton como antes pocos eran capaces de poseerlo. El paroxismo creativo que la hizo digna del parnaso fue conducido a través del uso preciso de la aliteración. De repente, se sentía tan orgiásticamente eufórica como una habitante de los pueblos de Sodoma y Gomorra antes de su destrucción. Pero más allá del excelente análisis formal, cualquier lector acostumbrado a la literatura erótica sería capaz de apreciar de manera inmediata que tan bella prosa afectaba a la obra. Cualquier suscriptor de Penthouse —si sus escritos se hubieran publicado en tan afamada revista— se sentiría decepcionado al comprobar cómo en cada párrafo se desdibujaba la esperanza de disfrutar de uno de los artículos que tanta fama le dieron a la revista.
Releí los textos y, con justicia, me pronuncié a favor de su calidad intrínseca. Aun estando por detrás de El cantar de los cantares, su calidad sí superaba, por poco, a Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox.
Recibía mensajes suyos, cada vez con más asiduidad. Su relación estaba empeorando por momentos y, por ende, afectaba a la mía. Apenas tenía ya relaciones con su pareja, lo que parecía suponer un motivo de conflicto. Me inquietaba comprobar cómo en sus correos subía el voltaje. Paradójicamente, de esa electricidad serpenteante carecían los textos de su blog. Tenía la sensación de que quería seducirme y, aunque no tengo excusa, me dejé llevar.
La obsesión de Ninai por la creación literaria había transformado su manera de abordar el coito. El barroquismo que imprimía en los preliminares resultaba inexplicable en una pareja acostumbrada a la acción. Aquel novio, que no dejaba de ser un ente desconocido, nunca percibió la riqueza de una rima, las distintas acepciones florales de un perfume, ni el lenguaje cromático de su lencería de raso. Su contacto amatorio, que antes parecía el impacto de dos carneros, quedaba revestido ahora de un nuevo componente, imperceptible para su pareja, más bien acostumbrado a la inercia.
Insatisfecha, Ninai finalmente se decidió a acercarse a mí. Sería injusto no reconocer que me sentí halagado y el conflicto que esta situación provocaba incrementó mi desequilibrio.
Un día, un desubicado escribió un comentario en su blog mofándose de su estilo barroco. Me sentí ofendido. El autor del hiriente escrito era incapaz de apreciar mis esfuerzos por reconducir un estilo inicialmente tosco. ¿No era preferible explorar los eufemismos catalogables como pueriles que mantener el naturalismo de sus inicios? Tuve que defenderla. En ese momento me di cuenta de mi atribulada situación. Empecé a comprender la satisfacción que obtenía al leer cada uno de sus correos, en los que se detectaba cómo se alejaba progresivamente de su pareja. No fue tan grato sorprenderme con los ojos cerrados amando a mi mujer. Como en los versos de Girondo, mi imaginación volaba hacia Ninai. Llegaba a palpar su lecho a través de la ventana y, bajo las sedosas sábanas, bailábamos al unísono en una cópula perfecta. Mi deseo me transportaba al rayar del alba, cuando los primeros rayos de sol nos sorprendían desnudos.
Antes de la aurora, era capaz de volver, con dificultad abrupta, del mundo onírico a la realidad, para terminar los deberes conyugales. La inteligencia, la intuición y el discernimiento —triunvirato femenino— detectaron la ausencia de mi espíritu. Mi mujer no dijo nada, lo cual fue peor que cualquier reconvención. Sin mediar palabra, empezamos a construir el silencio. Como era de esperar, me rechazó varias noches y, entonces, tuve que callar yo. Me sentí un miserable. Intenté no empeorar la situación y me refugié en la pantalla. Me deleitaba leyendo a Ninai y comentándole mi impresión. Los dos reconocíamos haber menguado nuestras vidas sexuales de forma alarmante y no nos importaba. Nuestras fantasías etéreas, brumosas, hacían temblar hasta los más fuertes fundamentos de cualquier Kamasutra.
Un día, sin avisar, mi mujer decidió marcharse con su madre, a la que un día fue la casa de su infancia, con la excusa de cuidar a unos padres que no necesitaban ningún tipo de atención especial. Noté un gran vacío. Encima del mueble había dejado una nota manuscrita en la que se justificaba por haberse llevado sus cosas y, al mismo tiempo, me pedía un tiempo indefinido para reflexionar. Es justo confesar que, en parte, me sentí inquietamente liberado. Afortunadamente, mi temor ante una presumible venganza contra el ordenador era infundado: el sistema informático no había sufrido ningún tipo de daño, por lo que se conservaban todos los archivos donde guardaba los diálogos fructíferos y unas fotografías altamente sugerentes que Ninai me había enviado motu proprio tras haberme ganado su confianza y que no hará falta decir excitaban y atormentaban mis sueños de posesión. Tranquilizado por el mantenimiento hermético del secreto, me alegró leer que mi mujer achacaba la ruptura de nuestra relación, y cito textualmente, a que «lo nuestro ya no funciona».
Poco después, la relación con Ninai también se terminó. Una vez libre, quien piense que nuestras pasiones largamente contenidas se consumaron se equivoca. Nuestro éxtasis continuó proviniendo de lo que podríamos llamar el comentario de texto. Nos pasábamos las tardes y las noches razonando fecundos discernimientos sobre las sinécdoques y la musicalidad de las esdrújulas. En los momentos álgidos de sus descripciones, percibíamos una atracción animal junto a lo que considerábamos sus frutos más jugosos: unos escritos de excelsa calidad que, apenas salidos del horno de la creación, se subían a la red de redes. Recuerdo aquellas madrugadas, a solas en mi cama, imaginando sus contornos repletos de porosas figuras literarias, las curvas turgentes de sus labios colmándome de besos rimados y la piel erizada por culpa de sus manos expertas. Conseguía que mis sueños finalizaran, despiertos, en el sincopado movimiento de dos cuerpos que anhelan escribir un alfa y omega en cada uno de sus encuentros.
Sentí una emoción repleta de dualidad. Quería verla. Deseaba imperiosamente el contacto carnal, pero una inseguridad pruriginosa me hacía buscar excusas para aplazar el encuentro. Me daba pánico la posibilidad de fragmentación de aquel frágil encaprichamiento. Parecía que ella tenía las mismas dudas, mostrando así cierta armonía con mis miedos. Lo confirmaba la comodidad que mostraba con la nueva situación. A pesar de las dudas y después de insistir mucho, un día accedió a venir a cenar a mi casa.
Lo preparé todo minuciosamente. Hice una selección musical acorde a cada momento: el Requiem de Brahms, las Variaciones Goldberg de Bach, una selección de Barry White y el tema más conocido de Status Quo. La verdad es que no recuerdo el orden del repertorio, pero sí qué piezas sonaron. Me levanté temprano para poder comprar las mejores materias primas del mercado. El menú estaba lleno de ingredientes afrodisíacos: una ensalada de ahumados y caviar de esturión aderezada con un vinagre de Módena madurado durante veinticinco años y un magret de pato con guarnición de cebolla caramelizada y compota de frutos rojos. Lo que me resultó más difícil de escoger fue el postre, debido a mis nulas capacidades con la repostería. Al final, opté por un banana split, al que con atrevimiento añadí un crujiente de almendra tan fino como una capa de carpaccio. El vino elegido para la ocasión fue un shiraz Misiones de Rengo, dulce caldo chileno que había leído recomendar en un suplemento dominical.
Sonó el timbre en el mismo momento en el que el reloj marcaba la hora a la que habíamos quedado. No puedo describir con palabras el intenso deseo que me despertó. Estaba maravillosa, en las antípodas del glamour que Carmen Maura emanaba en Mujeres al borde de un ataque de nervios. Me acompañó hasta la cocina donde conversábamos mientras yo preparaba los platos. Limamos las últimas preocupaciones y desconfianzas. Pusimos juntos la mesa y nos sentamos. Disfrutamos de la cena y, complacidos por los suculentos aromas y sabores, decidimos relajarnos estirándonos en el sofá, mientras disfrutábamos de un Oporto vintage. No pude evitar fijarme en que tenía dos pequeños pegotes de nata en el escote, a lo que respondimos con una sonrisa violenta. Pero no dejé pasar la oportunidad y rocé su piel con mis dedos para limpiar la nata. Ella retuvo mi juego de palma en su escote. La presión que ejercí, víctima de la pasión, provocó un efecto no deseado. La simetría estética de sus protuberancias no era consecuencia de una buena añada genética sino de Perforación Termotétrica. Tengo que reconocer que los cirujanos hicieron un buen trabajo. No había ninguna objeción en cuanto al tamaño y la forma. El tacto era otra cosa, cómo llamarlo, de bote y volea. Seamos sinceros: aquella minucia poco importó en el fragor de la batalla y proseguimos. En el primer beso, exploré una firme silicona, así que llegué a plantearme si valía la pena continuar la incursión y terminar cerciorándome de todo el reajuste corporal. Pero pronto se me olvidaron esas tonterías. Su mirada penetrante de ojos azul turquesa, cielo subyugador donde mirarse al espejo, se convirtió en el más común marrón hispano cuando, al cambiar de posición, le di un codazo sin querer haciendo que le saltara una de las lentillas. Molesto, continué acariciando los cabellos de un castaño que, en la raíz, se descubrían de un negro intercalado en marfil.
Decidido a continuar el reconocimiento, más que nada por curiosidad, me relajé. Iba a acostarme con la versión femenina de Robocop, pero el punto de no retorno se había quedado muy atrás. No añadiré nada sobre lo que ocurrió; en ciertos momentos, la mala memoria es la mayor de las virtudes. Eso sí, pensé que, aunque fuera de manera velada, haría alguna referencia en su blog a mis dotes amatorias o a alguna de las escenas vividas mientras yo examinaba la posible presencia de alguna parte primigenia en su cuerpo. Pronto se hizo patente que nada de esto la preocupaba. Se quedó plácidamente dormida justo cuando, sutilmente, intenté comenzar una conversación sobre el uso de artificios al que nos ha acostumbrado la sociedad actual. Me planteé hacia dónde nos llevaría esa relación. Sin divisar demasiado futuro, pensé en proponerle quedar de nuevo. Como dicen los árabes: está todo escrito. Su creación nunca llegaría al cénit de Crimen y castigo, pero siempre intentaría, de manera infructuosa, superar a Marguerite Yourcenar.
2. Lo que ocurrió en realidad con Ninai
Ninai, dentro de un libro de relatos breves titulado Pandemonium, ganó el Premio Miquel Adlert de Narrativa, otorgado por el Ateneo Cultural de Paterna en el año 2006. Lo que ocurrió en realidad con Ninai, y que más tarde Homero Gac y un servidor trasladamos al plano de la ficción, fue el fruto de un descubrimiento casual.
Un día, como cualquier otro, Homero me invitó a leer un comentario en la pantalla de su ordenador. La autora, como no hace falta decir, era la verdadera Ninai, muy diferente a la que se describe en el relato anterior. Su entrada —continúo negándome a usar la palabra post— hacía referencia a una tórrida aventura sexual.
—¿Has visto qué mal escribe? —me interpeló Homero—. ¿Lo dejamos pasar o le escribimos alguna cosita?
La oferta era demasiado tentadora para oponer resistencia, así que me puse a pensar en qué podía escribirle. Expresiones como «coño chorreante» o «ubres» nos generaban repulsa y un sentimiento antagónico al que pretendía la autora. Dubitativo al no encontrar las palabras adecuadas, pregunté a Homero con una sonrisa cómplice:
—Ya has escrito alguna respuesta, ¿no?
Los momentos cruciales muestran la verdadera dimensión de las personas.
—Lo estoy haciendo en este momento —respondió con seguridad—. He iniciado la caza y captura de la víctima.
Sin prácticamente dejar de hablar, le dio al botón y aceptó la publicación de un comentario ácido y despiadado. Reconozco que ya con el primer párrafo me reí de tanto sarcasmo reconcentrado y, al terminar de leerlo, a mis primeras dudas se añadió la compulsiva necesidad de escribir también unas líneas. Miré a Homero. Su respuesta fue un gesto solemne y afirmativo.
Imbuido por su mordacidad, influenciado por sus admirados Bernard Shaw y, el ya tres veces mencionado, Thomas de Quincey —otros autores también merecen ser nombrados, pero no quiero aburrirles con un listado de mis preferencias literarias—, comencé mi alegato en una retórica que intentaba ser pedagógica sin caer en la pedantería: «Querida Ninai: La buena literatura erótica solo está al alcance de unos pocos privilegiados. Catulo, Bocaccio, Chaucer, Petronio y pocos más. De hecho, el premio La Sonrisa Vertical ha dejado de otorgarse debido a la baja calidad de los trabajos presentados y a una nefasta confusión entre erotismo y pornografía». Contuve una carcajada y continué: «No puedo ayudarte a conseguir el nivel de esos autores, pero sí puedo recomendarte unos principios fundamentales: sustituye ubres por majestuosas pagodas y coño chorreante por esponja sinuosa».
Con una abierta risotada, junto a la que brotaban algunas lágrimas por el descojone, terminé firmando como «Wenceslao Domecq, Santillana del Mar». Esta no tan inocente travesura provocó algunos de los momentos más divertidos de mi vida y cambió mi manera de actuar durante meses. Tras enviar el comentario, Homero y yo simplemente retomamos nuestras tareas habituales hasta terminar la jornada.
Al día siguiente, el gusanillo de la curiosidad recorría mi cuerpo. Tan pronto terminé de organizar mis tareas, entré en el blog de Ninai y miré si nuestros comentarios habían provocado alguna polémica —no hay broma más frustrante que la ignorada—. Afortunadamente, mi deseo se había cumplido. Otro visitante, captando rápidamente la sorna del comentario, se unía a la fiesta añadiendo: «Estoy totalmente de acuerdo con mi coterráneo cántabro y aprovecho la ocasión para sugerirte otros eufemismos como vibra ígnea y explorador de los orígenes. Saludos». Llamé a Homero y nos reímos juntos. Aquello fue el principio del fin de aquel blog. La autora, tocada en la línea de flotación de su autoestima, argumentó vagamente una defensa inconsistente. Esto dio paso a una gran polémica en la que, dado que nuestro objetivo ya se había cumplido, decidimos no intervenir. Ninai publicaba cada vez menos entradas, pero a su vez los comentarios críticos estaban cada vez más presentes; hasta que finalmente desapareció. Cierto es que tuvo algún defensor que clamaba con hostilidad contra los críticos, pero no sirvió de nada. Habíamos conseguido nuestra primera victoria que, no hace falta decir, fue el estímulo que hizo iniciar nuestra cruzada y que nos mantuvo ocupados los dos últimos años de nuestra estancia toledana, parte final del periodo en el que adquirí mi especialización clínica.
Junto a Homero, dedicamos aquel tiempo a sitiar tantas víctimas como nos encontramos y, sin saberlo, cavamos los cimientos para construir esta novela.
PRIMERA PARTESOBRE EL ARTE DE LA DESMITIFICACIÓN
3. La introducción iniciática a la náutica cibernética
Toda impericia requiere de una iniciación y este particular quijotismo no es una de las excepciones. En mi caso, este aprendizaje comenzó con Ninai. Hasta ese momento, nunca había leído un blog. Tampoco era muy aficionado a lo que, con una excesiva pedantería, se conoce como «navegar por la red». Mis inquietudes eran otras, pero la vida es puro dinamismo y, justo es reconocerlo, todo tiene un principio y un final.
En este devenir, el maestro es un elemento imprescindible. En mi caso, el guía respondía al nombre de Homero, apelativo más que apropiado. Ave noctámbula, se dedicaba a husmear por la blogosfera y, como todo ser imbuido en una misión superior, atacaba sin piedad a los blogs de peor calidad para, imitando el personaje cervantino, quemar lo deleznable para que la bella pureza de los Tirant lo Blanch, Amadís de Gaula y La Araucana reluciera en todo su natural esplendor.
Finiquitada la acción en el blog de Ninai, Homero se sentó a mi lado. Desde aquella mañana, cuando lo vi por primera vez, hasta las últimas horas del día, momento en el que nos habíamos vuelto a sentar, había sufrido una metamorfosis. Lo envolvía un aura de regia majestad, como el caballero Guillem de Varoich, dispuesto a instruirme en los secretos herméticos de la Muy Honorable y Perpetua que no Real pero demócrata y republicana Orden de los Trolls Literatos, la cual, como verá el lector si avanza en la lectura de este relato, se convirtió en la Sociedad Pinkerton Internacional, también conocida años más tarde como del Marciano Verde. Nombre con el que nos bautizó quien llegó a ser el máximo inspirador de la orden, Corazón Vallranc.
Homero me miró con la paciencia solemne que tan noble acto requería y comenzó la lección magistral, a través de la cual recibía al neófito en aquel selecto grupo de plumas irónicas. Abrió los labios, mirando con tierna tutela, y empezó a hablar:
—Querido aspirante, la gente considera al troll literario como a un apátrida desocupado, un ser separado de la sociedad en la que le ha tocado vivir, un inadaptado dedicado compulsivamente a ofender. Nada más lejos de la realidad. Detrás de la oscura capa de la nocturnidad no se esconde la alevosa felonía del desbaratado, sino la firme defensa de la buena literatura. Cruzada con normas definidas, las cuales se me transmitieron en su día y que ahora te voy a revelar para que te incorpores a esta lucha. Escucha atento.
»Tus acciones parecerán presuntuosas. Evita la altanería y sé humilde al argumentar. Despréndete de la altivez. No te dejes tentar por la vanidad. Estas cualidades de los erróneamente considerados escritores han dado lugar a un único fruto: la obra mediocre.
»Aprovecha estos pecados capitales, sí, hermano mío, para hostilizar conmigo en estos días a los malos escritores. Quien proceda de esta manera será mi hermano. Somos pocos en esta lucha, felizmente pocos, nosotros, una banda de hermanos. Sea cual sea tu origen, provenga de donde provenga, de una o de cien mil raleas, quien combata conmigo será mi hermano y el día que comienza su lucha, y todos los días que la lleve a cabo, ennoblecerán su condición.
»Que nunca falle en ti la caridad, la lealtad y la justicia. Muestra la caridad en el literato que empieza y necesita esquilmar de sus textos la morosidad del bisoño. Ofrece lealtad a los buenos escritores que, por uno u otro motivo —normalmente la modestia y la incompetencia voluntaria para moverse socialmente en las camarillas en las que se cuecen los premios—, quedan relegados y postergados a un segundo plano, a pesar de la validez de su legado. Nunca dejes caer en el olvido su tarea y conseguirás que, más pronto que tarde, se abran las alamedas por las que una sociedad mejor reconozca el mérito que no les fue concedido en vida.
»Sé justo. Nunca permitas que este principio que debe guiarte en tus pasos se extravíe. Bien seas jurado de un premio, de los que tantos se prodigan ahora por la red; bien te pidan una crítica de un autor que se inicia o que ya está consagrado. Sé fiel siempre a tu razonamiento y criterio. No dejes que la hipócrita condescendencia o las mal llamadas correcciones políticas conduzcan a la cima a aquellos que deberían estar en la base y viceversa.
»A veces, tu manera de proceder facilitará enemistades. No tengas miedo de ellas. Si se producen, es porque estas supuestas amistades no eran sinceras. La nobleza de tu espíritu tiene que dictar los actos más allá de amores y desamores, más allá de temores y menosprecios. No los temas. La verdad siempre sale a flote y prevalece sobre las falsas acusaciones.
»No lo olvides, nuevo custodio de los verdaderos huérfanos de la luz, rezarás y lucharás para que sus óperas, primas o no, gocen del privilegio de ser distribuidas al público.
»Hoy serás nombrado caballero. Dejas atrás al escudero que ya se ha iniciado y luce de ahora en adelante la brillante armadura y el flamante estandarte de quien ha hecho del verbo profesión de fe. Son muchos los que han querido llegar hasta aquí y no han podido, considerando maldita su valentía y sus de dotes de vate. Eres tú, y por eso debes estar atento, quien vela las armas que ahora se ofrecen con franqueza. Formas ahora, caballero, parte de una legión silenciosa pero constante, egregia en los fines y desdeñada en los modos por quienes no reciben positivamente los mensajes que no consideran favorables.
»El animal sobre el que cabalgas no precisa de grupa. Es el motor de búsqueda, la velocidad y potencia que te permitirá llegar a lugares lejanos en tiempos inverosímiles.
»Descubre —en el buscador de la verdad siempre habita el ansia de descubrimiento— a los autores que tienes que denunciar, siendo favorable, las menos, o censor, la mayor parte de las veces.
»Mima a este motor con una buena conexión inalámbrica que te permita acceder desde cualquier lugar a un buen precio. Nunca descuides la economía, porque si cicatero es el apelativo del roñoso, malversador es el apelativo del que malgasta sin conocimiento. No sigas el ejemplo de buena parte de nuestros desafortunados políticos.
»Tu escudo de caballero debe protegerte contra aquellos que intenten devolverte los golpes con malas artes. Siempre habrá un malnacido que, incapaz de digerir tu esfuerzo argumentativo, intente contaminar tu herramienta de trabajo con un virus, un troyano, un gusano que es como deberíamos llamar correctamente a los worms, o cualquier otro elemento nocivo con la finalidad de castigar a tu ordenador. Protégete con una buena adarga contra software, malware y cualquier otro tipo de ware letal que pueda darte por saco, porque de lo contrario, seguro que lo hará. El escudo simboliza desde tiempos pretéritos la defensa de tus creencias, en este caso, literarias.
»Ten siempre presente que la rodela no es solo un arma defensiva con la que puedes pegar algún que otro coscorrón en nombre del léxico o de la sintaxis. Si crees que tienes que hacerlo, hazlo, pero nunca dejes de pegar un buen cachete por una falsa conmiseración, con la que condenarás al que teóricamente se libra de tu dardo y, con la misma omisión, te condenarás a ti mismo. No caigas en este error que tanto daño ha hecho y que ha generado demasiada literatura de consumo y autoayuda.
»Tu loriga se tejerá con las fibras firmes del pasotismo hacia el rechazo social al que serás sometido. Esta armadura protectora del cuerpo representa al centinela constante de tu cometido y viene refrendada con la capacidad de cambiar de IP o de apodo para evitar el celo paranoico del objeto de tu crítica.
»Tu yelmo es el símbolo de entrada en combate. Nada debes temer cuando lo lleves puesto. Como el rey Jaime, esta pieza te protegerá de las flechas, envenenadas o no, que seguro que recibes. Tu yelmo particular será la patria del blog personal que crees, bitácora desde la que continuar dando la lata cuando te expulsen de aquellas páginas en las que los autores hayan podido bloquearte completamente. Desde aquí los parodiarás para escarnio de su desconcierto y usarás el nombre de Benjamin Franklin Pinkerton, como homenaje a aquellos que no se arrepienten así los maten y, bajo el paraguas de nuestra autoproclamada orden, mostrarás nuestro poder universal y nuestra consagrada labor en beneficio de la buena prosa.
»Los antebrazos, manoplas y guardabrazos son el símbolo protector de tus argumentos, los adjetivos, los sustantivos y los verbos exactos con los que formularlos contra el poder nigromántico de los defensores de la burda, cuando no onanística, autocontemplación. Ve con cuidado, porque estos pretendidos próceres siempre cautivan a un número, afortunadamente reducido pero militante, de cargantes que vendrán a tu refugio a amonestarte por tu beligerancia contra el sofista.
»Ten la paciencia, no exenta de sátira, de Sócrates, para desviar las trayectorias de los misiles que te puedan lanzar.
»Tu arnés de piernas que protege tu generación de vida, encarnado en el fecundo razonamiento, debe evitar que esos infieles a la calidad sean capaces de penetrar en el seno de nuestra orden armoniosa, llegando a esterilizarla. Siempre habrá quien quiera, imitando a los griegos, penetrar en la fortaleza de nuestra Troya para minarla desde dentro. No hay golpeo infraumbilical más doloroso que el provocado por aquellos que tienes más cerca y que consideras más próximos, porque serán ellos, y solo ellos, de los que más difícilmente puedas deshacerte. Para evitarlo, sé selecto y honrado a la hora de sugerir nuevos valores para nuestra regla.
»Cumplidas aquellas armas de uso defensivo, será conveniente que seas introducido en el uso de las ofensivas, pues su buen uso garantizan su buen fin.
»Cerciórate antes de actuar. Recuerda, amigo mío, que la historia es cabezona y está llena de metidas de pata que han manchado de tarquín hasta el corvejón y, en ocasiones, más arriba. Sé prudente, pues la paciencia te hará cauto y la cautela te evitará errores innecesarios. No obstante, cuando de madrugada se te presente la ocasión de actuar, emplea todo el arsenal que desde hoy ponemos a tu disposición, sin restricción alguna.
»La lanza, arponera o no, es el bastión con el que resquebrajar las defensas de la reflexión carente. Entra con sazón y consistencia. Características que alargarán la longitud de tu pica, al tiempo que la defenderán de astillas y maleabilidades.
»Con el teclado, símbolo de la alabarda de los nuevos tiempos, tienes todas las letras con las que articular tu raciocinio. Úsalo como si hubieras decidido bombardear un lugar para evitar las nefastas consecuencias de la dilación.
»La espada tiene una mayor carga simbólica. Sirve para cerner, a través de su hoja, lo bueno de lo malo. No seas sanguinario con su uso y sustantiva con valor, pero también con ecuanimidad. No dilapides su poder. Recuerda siempre que quien hoy es autor de una fechoría, mañana será capaz de subir a lo más alto del ingenio humano. Si tienes la tentación de olvidar este sabio consejo, vuelve a ver Whiplash, si me permites el anacronismo en homenaje a Rostand.
»Tu acero actual es tu pantalla, donde con ventanas puedes delimitar el yin del yang. Toda espada tiene una correa que la sujeta en la funda ceñida y una empuñadura de la que agarrarla, cuando se ha blandir con valor y hacerla triunfar contra el mar. No hace falta que revisiones El hombre que pudo reinar para entender la grandeza del que sabe que, con el florete en la mano, se enfrenta a la última carga castrense de su vida. Hazte merecedor de buscar esta gloria, más que por ti individualmente, por el colectivo que representamos. Recuerda la infinitud esplendorosa de su grandeza. Tienes que saber luchar hasta el final con la defensa incólume de tus principios, aunque tu vitalidad sea ya exangüe.
»Si en cualquier momento te tienta la duda, que lo hará, recuerda que encima de la empuñadura está la cruz, símbolo de los principios que estás jurando defender.
»Acuérdate de que, ya miembro de esta corporación gremial, el caballo representa al pueblo, y tu ordenador la manera de acercarte a él, ofreciendo la verdad descarnada de quien viene al mundo no a denunciar a dementes, inocentes y orates y sí a farsantes, quienes, en nombre de las letras, publicitan la ignorancia en lugar del saber. Para eso tienes otra arma con la que agitar las conciencias, los espolones, con forma de redes sociales. Usa Facebook, Twitter, WhatsApp, Telegram, lo que te venga en gana, pero úsalos para agitar los espíritus más quietos y anodinos. Conviértelos en adeptos fieles a nuestra causa. Piensa, en positivo, en los espolones agitando a los cuatro caballos que llevan no al apocalipsis —no te excedas en las metas—, sino al nuevo orden, donde destaque la excelencia y la búsqueda de la perfección por encima de la mezquindad y del adocenamiento.
Aquí calló el venerable maestro Homero. Miré hacia arriba, terminando todavía de organizar mentalmente todas aquellas herramientas, las cuales utilizaría en el futuro para servir a tan noble causa. Cruzó su mirada con la mía y dijo:
—Por hoy ya está bien.
Asentí con la cabeza, me levanté y volví a casa. Esa noche leí El Cid de Corneille y juraría que lo puse en el saco de lo malo antes que en el de buena literatura. No lo recuerdo bien, nunca me ha seducido su relectura. Solo recordar aquello de «corazón traspasado por el dardo imprevisto de un destino fatal»; me quita las ganas de rebuscar el volumen.
4. El profesor Mongoig, la segunda víctima
A veces los inicios parecen fáciles y generan una falsa impresión de infalibilidad sobre el universo. Entonces, la realidad nos vuelve a mostrar nuestras limitaciones. Carentes, por la inactividad narrativa de Ninai, de un referente al que hostilizar, nos comportamos como dignas muestras de la depredadora naturaleza humana y buscamos una nueva víctima. Encontramos al profesor Mongoig, antiguo docente de periodismo en una universidad peruana, que se dedicaba a mantener activo un blog de aspiraciones sociopolíticas, en el que evidenciamos una clara animadversión contra todo elemento judío o chileno.
No hay espécimen más fácil de sacar de quicio que aquel que explicita sus fobias. A pesar de la apariencia sencilla de esta nueva incursión, pronto fue evidente la tenacidad de la nueva pieza. Empezamos con una serie de ensayos densos, teóricamente basados en los escritos sagrados de la Torá, en los que un supuesto rabino llamado David Levy Cohen acusaba al antiguo maestro jubilado de antisemita. Este punto, manifiestamente llamativo, era negado por el interpelado con un considerable cabreo. Abierto un portillo en la muralla, durante semanas continuamos asediando por el mismo lugar. Transcurridos un par de meses, detuvimos los ataques abruptamente. No desistimos. Ejercitábamos una falsa calma, con la que confiar a nuestra víctima. Obedecía, este aparente sosiego, a un plan establecido en el que, acabado el silencio, volvíamos a la frenética actividad. Pasada esta artificiosa tregua, cambiamos de apodo. Ya no éramos un rabino. Nos transfigurábamos en La comunidad de la diáspora, asociación de rabinos de América del Sur a través de la que, como le contábamos después de haber leído detenidamente todos y cada uno de sus textos, se dictaminaba que los escritos no constituían ningún ataque a los de Sion. Además, no nos olvidábamos de recriminar la conducta del rabino Levy Cohen y le apercibíamos, en público, de serias amonestaciones, entre las que se encontraba la expulsión de la propia congregación si perseveraba en su conducta. Dejamos pasar dos semanas más y retomamos el acoso firmando de nuevo como el rabino y acusando nuevamente de enemigo hebreo a Mongoig. El aldabonazo dialéctico del peruano, refrendado por el dictamen de la asociación rabínica, no se hizo esperar. Esto generó unas buenas risas, algunas de las cuales, por intensidad y duración, provocó dificultad respiratoria e, incluso alguna emisión involuntaria de jugos digestivos, de los cuales, por consideración al lector, omitiré los detalles.
Habíamos terminado la primera batalla y comenzamos la segunda ofensiva. Cambiamos de apodos y actuamos al unísono, como Elena Nito del Bosque y Elsa Brosso Conejo. Los comentarios fueron diversos pero la respuesta invariable del docente siempre empezaba de la misma forma: «Querida Elena, querida Elsa». Esta retirada indulgencia en el trato nos obligó a ser un poco más agresivos. Así, cuando comentaba que, en el pasado, nuestra polifacética víctima había entrevistado al gran Yuri Gagarin le preguntábamos por qué no había hecho lo mismo con la perrita Laika, o, al saber que había conocido a Pol Pot, le contestábamos a todo de tipo de argumentos con un peyorativo y amonestador «claro, como usted fue amigo de Pol Pot». Desde el otro lado de la red respondía irritado. Sin embargo, nunca dejó de comenzar escritos con un «Querida Elena, querida Elsa». Decidimos entonces firmar con un nuevo nombre ficticio, presentándonos como un antiguo alumno suyo. Aunque enfatizábamos el suspenso en su asignatura, le decíamos que estábamos dolidos por que algún graciosillo se mofara de esa manera de un «intelectual de su talla» y le desvelábamos el juego de palabras oculto. No dijo ni mu y, a los pocos días, cuando volvíamos a la carga con los sobrenombres que comentaba antes, continuó con sus fórmulas de saludo habituales, situación que provocó nuevas carcajadas e incómodas regurgitaciones.
Cambiamos de estrategia y de sobrenombres y trasladamos a su blog el habitual enfrentamiento hebreo-palestino. Cada noche le redactábamos un ficticio parte de actividades destructivas realizadas por los contrincantes. Ibrahim Ben Russafí Al Musafes, instructor de soldados para la yihad, le ofrecía en su nombre, en el de la Liga Cultural Antisemita de Jericó y en el de la Célula Comunista de Azerbaiyán, un número considerable de fusiles AK-47, misiles Katyusha y demás material bélico. Por otro lado, un tal Isaac Goldsmith Einsenstein le comentaba la conquista de algún collado en la Franja de Gaza y Cisjordania. Así estuvimos bastante tiempo, pasando hipotéticos partes de guerra y acusaciones mutuas entre los contendientes de haber destruido hospitales, escuelas y otros edificios públicos hasta sumar un largo etcétera de agravios y recriminaciones mutuas. Incluso en una ocasión, acusándolo de tomar partido por una de las partes le soltamos: «Profesor, le recuerdo que los Katyusha explotan, hacen pum y matan». Tampoco sirvió de mucho. Algunos amigos nuestros que entraban con divertida holganza a ver nuestros progresos fueron retirándose por aburrimiento. Las visitas bajaron, punto que el maestro de periodistas tenía muy presente, quejándose en público de este hecho, del que acusaba a la beligerancia latente que se había instaurado en su bitácora.
