En la montaña - Adrien Candiard - E-Book

En la montaña E-Book

Adrien Candiard

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Beschreibung

Un joven corre hacia Jesús y le pregunta: «Maestro, ¿qué debo hacer para tener la vida eterna?». Ese joven rico —figura de todo buscador—abre y atraviesa estas páginas. Su deseo de vida plena, de felicidad que no se acaba, es también el nuestro. En En la montaña. La aspereza y la gracia, Adrien Candiard nos conduce al corazón del Sermón de la Montaña, allí donde Jesús proclama las Bienaventuranzas y propone exigencias que parecen inalcanzables: amar a los enemigos, perdonar sin medida, confiar sin reservas. ¿Cómo puede ser camino de dicha lo que parece contrario a toda lógica humana? ¿Y cómo vivir unas exigencias tan radicales sin rendirse al desaliento? Con la claridad y hondura que lo caracterizan, Candiard afronta una de las grandes cuestiones de la fe cristiana: la tensión entre gracia y obras. Su respuesta es luminosa: allí donde el Evangelio muestra su aspereza, brilla con más fuerza la gratuidad de la gracia, un don imposible a los hombres, pero posible para Dios. Este libro es una invitación a redescubrir lo esencial: el Reino no es una meta que alcanzar, sino un regalo que acoger. La vida verdadera comienza cuando nos dejamos iluminar y transformar por ese amor gratuito que lo cambia todo.

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Seitenzahl: 92

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Adrien Candiard

En la montaña

La aspereza y la gracia

Traducción de Aníbal Díaz Gallinal

Título en idioma original: Sur la montagne. L’aspérité et la grâce

© Les Éditions du Cerf, 2023

© Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2025

Traducción de Aníbal Díaz Gallinal

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

100XUNO, nº 150

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-249-3

ISBN EPUB: 978-84-1339-582-1

Depósito Legal: M-19889-2025

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa

y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda, 20 - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com - [email protected]

Índice

Introducción

I. «Muchos preguntan: ¿quién nos hará ver la felicidad?»

II. «Si tu ley no hubiera sido mi delicia, ya habría perecido en mi miseria»

III. «Cursaré el camino de la perfección: ¿cuándo vendrás a mí?»

IV. «Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré»

Conclusión

Agradecimientos

A Benoît Bertran de Balanda

que acompañó esta obra desde su concepción,

en un rincón del desierto egipcio,

con sus preguntas persistentes y su exigente amistad.

«Si las palabras no le erraran a las cosas

no tendríamos nada más que decir».

Jean Sulivan1

Introducción

De los tres evangelistas que relatan el episodio, Mateo nos dice que quien pregunta es un joven. Todos concuerdan, en cambio, en el hecho de que era rico. Entonces, rico, sí; pero no necesariamente joven. Sin embargo, este detalle es tan probable, y tan acorde con el diálogo que viene a continuación, que nunca se ha puesto en duda. «El joven rico», así se le conoce; como eternamente joven, eternamente rico, y valga la redundancia, pues, a fin de cuentas, no hay mayor riqueza que la de tener tiempo, tener la vida por delante. Y aquí lo tenemos: viene a interrogar a Jesús. «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?»2.

Es curioso que un joven haga esta pregunta para asegurarse de verdad un buen sitio en el paraíso, garantizarse una suerte no demasiado adversa después de la vida, pues a los 19 años, uno no se preocupa demasiado de tener una buena muerte. Hay cosas más perentorias. Primero hay que esforzarse por no dejar que la vida pase de lado. Me parece que eso es, precisamente, lo que le preocupa a nuestro joven: no la muerte sino la vida eterna, la vida vivida con cierta profundidad y con toda su intensidad. Sabe que se puede vivir la vida superficialmente, pasando por encima de las cosas. Experimentó la rutina de la vida cotidiana, los placeres que no llenan, las costumbres que terminamos tomando por convicciones. No se siente desgraciado con eso, pero presiente que, debajo de la superficie, hay una vida más sólida y más verdadera. Algunas veces la ha entrevisto, ante el espectáculo de la belleza, en la emoción de un sentimiento desconocido, y le dejó con una sed insaciable. Esa vida, que es la vida en abundancia, es lo que llama vida eterna, pues se da cuenta cabal de que contiene la eternidad que el mundo puede ofrecernos. No sabe exactamente qué es, pero la desea con tanta vehemencia, desde el fondo de su ser, que no puede dudar de su existencia. Y esa vida es la que quiere vivir.

Percibe que esa vida eterna tiene un precio. Para conseguirla, seguramente tendrá que aprender a superarse: Dios es exigente, muy exigente, pero eso importa poco, porque vale la pena. Ya tiene el gusto del esfuerzo y la entrega. Lejos de asustarle, el llamado al heroísmo y al sacrificio habla a su corazón con acentos secretos que lo seducen y arrastran. Siente la impaciencia de ponerse a la tarea, de salir al combate. ¿Pero, adónde ir? ¿Qué hacer de extraordinario para merecer la vida verdadera?

La pregunta que formula, al estrenar su vida, no carece de sensatez. Pero, sobre todo, tiene la suerte inaudita de poder hacérsela a Jesús, o sea, a quien en la historia del mundo puede darle la mejor respuesta. Sin embargo, la primera respuesta de Jesús es, a la vez, desconcertante y un tanto decepcionante. Desconcertante, pues comienza por reprocharle cómo la formula: le ha preguntado sobre el bien, pero solo Dios es bueno. Decepcionante, porque ciertamente responde a la pregunta, pero de manera bastante banal, remitiendo al joven en búsqueda de absoluto, a los diez mandamientos, a la ley de Moisés, a la moral más ordinaria —no matar, no cometer adulterio, no mentir, amar al prójimo—. Todo eso es, ciertamente, muy importante y no siempre fácil de cumplir escrupulosamente; él conoció las luchas por dominar su ira o su deseo, aprendió a amar la verdad. Pero espera que Jesús, además del recuerdo, útil pero trivial, del catecismo, le diga algo más: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?».

Entonces Jesús le da una segunda respuesta, más exigente, incluso infinitamente exigente: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». El joven, ¿quería dar algo? Que lo dé todo. Así de simple: todas sus riquezas, que, según el evangelista, eran muchas. Pero, sobre todo, que dé la vida que tiene por delante, esa vida que, con tanto empeño, quiere realizar. Él, que encontraba a Jesús un poco demasiado indulgente en primera instancia, ahora se encuentra desarmado. Habría estado dispuesto a mucho. Si Jesús le hubiera pedido levantarse al alba, pasar horas en oración, peregrinar a pie al otro lado del mundo, ayunar, o ducharse con agua helada, lo habría cumplido con entusiasmo. Pero darlo todo, ¿de verdad? Él, que había venido a Jesús lleno de esperanza, lo deja con tristeza y amargura, incapaz de emprender el camino de santidad que Dios le propone, incapaz de vivir esta vida eterna que, no obstante, desea con todo su corazón. «Solo hay una tristeza —dice León Bloy—, la de no ser santos».

Este encuentro fuerte que termina tan mal, inquieta con razón a los discípulos, que se preguntan espantados, ante la exigencia increíble de su maestro: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». De ordinario, Jesús se muestra acogedor con todos: a los pecadores y prostitutas, les muestra la misericordia de Dios, les hace sentir la asombrosa cercanía de Dios, su perdón, su ternura. Se presenta un joven lleno de buena voluntad, de costumbres irreprochables, habitado por el deseo de Dios, y Jesús le pide cosas tan fuera del alcance de la mano, que se marcha desesperado. «Entonces, ¿quién puede salvarse?», preguntan angustiados los discípulos. «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible»3. ¿Qué se puede contestar a esto?

También a nosotros el encuentro de Jesús con el joven rico tiene que inquietarnos si, como él, deseamos la vida eterna: difícil no escuchar como dirigida a nosotros también, esta exigencia extrema de Jesús. En todas las épocas, se trató de ver aquí un simple consejo, al lado de los mandamientos que van dirigidos a todos, creando dos suertes de clases de prescripciones de Jesús. Las obligatorias: el amor al prójimo, la prohibición de matar y del adulterio; las facultativas: la renuncia a todos los bienes. La distinción no es inútil, si pensamos que la llamada al joven rico corresponde a la vida religiosa, a la vida de un fraile. No todos están llamados a renunciar a sus bienes de este modo, se entiende. Pero la vida eterna no está reservada a los religiosos, ¡gracias a Dios! Quiere decir que hay otros modos de darlo todo y de dar la propia vida. Tanto más cuanto lo que Jesús dice al joven rico, no deja de repetirlo de otras maneras, a veces un tanto enigmáticas, a lo largo de todo el Evangelio. «Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará»4. Para un cristiano, evidentemente, la vida monástica es facultativa, pero lo que no es opcional, es el don de la propia vida. Darlo todo, eso es mucho. Nos repiten que la salvación es gratuita, que Dios se da a todos sin condición y eso es lo que llamamos gracia, en la lengua técnica de los cristianos. Como su nombre indica, gracia es lo que es gratuito, gratis. Gratos. Gratia, id est gratis data, dicen los sabios, en latín: «La gracia es lo que se nos da gratuitamente». Pero no es necesario el latín para comprender que, si miramos de cerca, ¡la gratuidad es cara! Si la vida eterna nos es dada gratuitamente, pero exige de nosotros, a cambio, que renunciemos a todo por ella, se trata de una gratuidad francamente exorbitante. ¿No se parece el don de Dios a los anuncios mendaces que florecen por todas partes a nuestro alrededor, prometiendo siempre premios y buenos negocios que llevan a la ruina?

Se entiende que los cristianos hayan reflexionado sobre el tema. Se trata incluso de la única cuestión teológica que realmente apasionó a los cristianos de Occidente a lo largo de su historia. En la antigüedad, en la época de los Padres de la Iglesia, cuando los cristianos de lengua griega discutían de temas elevados y difíciles, como la Encarnación o la Trinidad, los cristianos occidentales de lengua latina observaban esos debates como quien ve pasar un avión. No tenían mucho que aportar sobre las dos naturalezas de Cristo, las hipóstasis trinitarias, la querella monotelita. Mientras en Constantinopla parece que se puede disputar con el pescadero sobre las dos voluntades de Cristo, en el puerto de Ostia, Cartago o Marsella, se discute más bien el precio del pescado. Los latinos son campesinos y juristas, dados a lo concreto; no metafísicos, capaces de abstracciones que dan jaqueca. Se entiende, entonces, que los latinos no están dotados para la teología, pero es que todavía no habían encontrado su tema predilecto.

Ese tema está tomando forma, a principios del siglo V, cuando se informa a Agustín, obispo de Hipona —en el norte de África— de que un monje celta llamado Pelagio, establecido en Roma, enseña tonterías. Pelagio sirve de coach espiritual a un pequeño grupo de la aristocracia romana al que explica que la perfección está al alcance de la mano: basta con hacer grandes esfuerzos, poner en ello toda la voluntad, aferrarse, luchar, y llegamos. ¿Sin Dios? Sin Dios. En fin —concede— Dios nos ha creado con nuestra libertad, por tanto, ya ha hecho mucho. Luego, nos ha dado los mandamientos. Luego, nos ha dado el ejemplo de Cristo, un muy buen ejemplo que solo debemos imitar. Entonces, basta de quejarse y a la tarea.

Presenté a Pelagio como un coach espiritual: no vean aquí un mero anacronismo dirigido a sacarles una sonrisa. Creo que, efectivamente, es su perspectiva: un coach no es un teólogo, es un pragmático que se ha dado cuenta de que, para animar a la gente a llevar una vida ascética, más vale decirles que tienen todo en sus manos, y basta con poner la fuerza suficiente, más que hablarles de su naturaleza herida por el pecado original, lo que podría desanimarlos.