Esperanza para náufragos - Adrien Candiard - E-Book

Esperanza para náufragos E-Book

Adrien Candiard

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Beschreibung

¿Son los cristianos la última esperanza de un mundo que ha perdido toda esperanza? La esperanza ha sido su profesión de fe durante dos mil años pero parecen desesperados ante el comienzo del tercer milenio. ¿Qué pasaría si esperar signifcara primero renunciar a todas las falsas esperanzas? ¿A negarse a idealizar el pasado, y a sublimar el futuro? ¿A la fantasía de una restauración gloriosa y a la ilusión de una exaltación apocalíptica? La esperanza de los cristianos sólo tiene una cosa que ofrecer: la vida eterna. Una vida que no comienza después de la muerte, sino aquí, ahora. Es otra forma de vivir, de vivir tu muerte, de morir tu vida. Nunca, sin duda, renacer ha sido tan sencillo, y este libro ayuda a entenderlo.

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Seitenzahl: 71

Veröffentlichungsjahr: 2025

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ADRIEN CANDIARD

ESPERANZA PARA NÁUFRAGOS

Manual de usuarios para el siglo xxi

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: Veilleur, où en est la nuit?

© 2016 Éditions du Cerf. París

© 2024 de la versión española realizada por Miguel Martín,

by EDICIONES RIALP, S.A.

Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid

(www.rialp.com)

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-6937-3

ISBN (edición digital): 978-84-321-6938-0

ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-6939-7

ISNI: 0000 0001 0725 313X

ÍNDICE

Introducción

Esperanza y falsas esperanzas

Esperar para la vida eterna

Conclusión

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Comenzar a leer

Notas

Introducción

Nunca se ha hablado tanto de desesperanza.

He tenido que irme para comprenderlo. Viviendo en Egipto más de tres años, cada vez que vuelvo a Francia experimento una inmersión dolorosa en un país obsesionado por su falta de esperanza1. No caigo, sin embargo, en la ilusión romántica que nos repite que los países pobres son los más felices, pues no se distraen de lo «esencial», lejos de nuestro confort inútil, y que solo ellos saben encontrar la alegría en la ausencia de Seguridad Social, de escuela gratuita de calidad o de hospital público decente, que distraen tanto de lo esencial como una tablet. Cada uno corre tras la felicidad como puede, con más o menos éxito, cualesquiera que sean su país y su situación; no se es más desgraciado en Francia que en cualquier otra parte, ni más feliz. Pero, en todo caso, estamos saturados de discursos sobre el desaliento. No se habla más que de eso.

No hablo aquí de desaliento personal, el que nace de las penas del corazón, del fracaso doloroso de un matrimonio, de una brutal decepción profesional o de la pérdida de un ser querido. Hablo de la otra desesperanza, esa de la que todo el mundo habla, de la que abunda en las redes sociales, sobre la que periódicos e informes públicos se preguntan gravemente. El malestar francés, la depresión colectiva, el pesimismo ambiental, la implacable espiral negativa que nos succiona sin que lleguemos a reaccionar, pero que nos complace comentar. En su informe de 2011, el Defensor del Pueblo de Francia, Jean-Paul Delevoye, diagnosticaba, con un anglicismo expresivo, un burn-out de nuestra sociedad. Para decirlo en una palabra: que el debate público haya girado casi un año en torno a un libro titulado El suicidio francés es, en todo caso, se piense lo que se piense de la obra en cuestión, un síntoma significativo.

En estas condiciones es quizá el momento de hablar un poco de esperanza. Es una virtud cristiana que, en general, no sabemos muy bien cómo abordar. Su presencia en el podio de las grandes virtudes teologales —fe, esperanza, caridad— le evita un olvido completo, pero apenas se predica ya de ella. Sí se repite, de manera incansable y para tranquilizar, que estamos lejos de contentarnos con discursos optimistas. Pero no nos dejamos tomar el pelo. El optimismo, «virtud por excelencia del contribuyente», como decía Bernanos, es decir, el del contribuyente contento tras ser desnudado por el fisco que le ha quitado hasta la camisa, está bien lejos de satisfacernos. No nos sirven las virtudes de los ingenuos: necesitamos virtudes para los hastiados. Ya nos han contado demasiados cuentos.

Reconozcamos, por lo demás, que la esperanza es una virtud extraña, si consiste en efecto en decirnos unos a otros que todo irá mejor mañana. Porque del mañana, por definición, no sabemos nada. Afirmar que el porvenir, por naturaleza, aportará soluciones, es un acto de fe encantador, pero perfectamente gratuito. Si miramos en nuestro pasado todos los “mañanas” que se han ido sucediendo hasta ahora, constataremos que no hay nada menos seguro. Hemos conocido “mañanas” maravillosos, pero también “mañanas” catastróficos. Siendo sinceros, la historia humana ha conocido muchas más resacas que mañanas cantarinas. ¡Cuántas esperanzas brutalmente frustradas, cuántos dulces sueños que han terminado en pesadillas! Sería más racional ser pesimista. Al menos, siendo pesimista, uno nunca queda decepcionado. Y ya solo caben las buenas sorpresas.

Se está pues tentado de colocar la esperanza en un rincón de la sacristía, en la zona de los accesorios teológicos caídos en desuso, junto a los limbos y los días de purgatorio. Con la fe y la caridad ya tenemos bastante como para llenar un programa de vida cristiana. ¿Qué podría decirnos la esperanza, en estos tiempos nuestros de desaliento?

No sabemos qué hacer. Y precisamente por eso, la esperanza nos resulta una virtud más necesaria que nunca, más urgente, más vital. Pero eso evidentemente implica comprenderla. Y comprender que no se trata en absoluto del optimismo que nos hace tan desconfiados. La esperanza, la verdadera esperanza, la virtud de la esperanza, es quizá incluso lo contrario del optimismo.

Para darnos cuenta de esto, hay que distanciarse un poco de nuestra deprimente actualidad inmediata y remontarnos algunos años atrás. Al 587 antes de Cristo.

Aquel año en Jerusalén el ambiente no era precisamente tan alegre. La ciudad era entonces la capital del pequeño reino de Judá, un resto del gran reino de David y Salomón, pero un resto que contenía el Templo, el lugar donde residía la presencia de Dios. Judá había atravesado los siglos pagando el precio de una sumisión a los imperios de su tiempo: Egipto, Asiria y, en aquel momento, Babilonia. El reino de Judá tuvo que humillarse: diez años antes, el rey de Babilonia había asolado el país, robado las riquezas del Templo y deportado al rey y a sus parientes, dejando en su lugar a un joven rey algo fantoche. El pequeño reino debía pagar sumas exorbitantes simplemente para no ser destruido. En Jerusalén, muchos encontraban aquella situación insoportable. Algunos recordaban la grandeza pasada, la alianza con Dios que había sacado al pueblo de Egipto y que, desde entonces y a lo largo de una historia complicada, lo había salvado de sus numerosos enemigos. Era preciso, se decían ellos, tener fe en Dios. Si tomamos las armas, si luchamos para recuperar nuestra independencia, Dios vendrá en nuestra ayuda. Ganaremos la guerra contra el inmenso imperio de Babilonia, porque Dios no abandonará a su pueblo. ¡Dios está con nosotros, todo irá bien!

Así, lleno de esperanza en Dios, es como el pequeño reino de Judá comienza su rebelión contra el imperio. Esta vez, se juega su supervivencia y lo sabe: si gana Babilonia, se acabó. Ya no tendrán rey —ese rey descendiente de David a quien Dios había prometido la realeza para siempre—. Ya no habrá Templo, la presencia de Dios en la tierra. Ya no habrá Tierra prometida: el pueblo que Dios se había ocupado de sacar de Egipto sería destruido y dispersado. Por tanto, Dios está obligado a intervenir, o todo lo que ha hecho desde la alianza con Abrahán quedará en nada. Tendrá que obrar milagros una vez más, como cuando abrió el mar Rojo e hizo perecer a los ejércitos del Faraón. Los jefes de la rebelión contaron entonces con él. Su confianza en Dios y la solidez de su esperanza podrían parecernos admirables de todo punto. Estaríamos tentados, en nuestros tiempos de pesimismo, de considerarlos modelos de esperanza. También de inconsciencia, sin duda, pero no se les puede quitar esto: esperaban que Dios iba a salvarles de todos los peligros. Esperaban contra toda esperanza razonable. Esperaban, y actuaban en consecuencia. ¿No es eso a lo que nos invita nuestra buena y vieja virtud de la esperanza?