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En 1572, para superar una crisis de melancolía tras la muerte de su padre, Montaigne se retiró al castillo familiar con el fin de dedicarse al ocio, la lectura y la reflexión. Allí, en la torre de la biblioteca en cuyas vigas de madera hizo grabar sentencias latinas y griegas, escribió sobre temas tan diversos como los caballos de guerra y los caníbales, padres e hijos, la conciencia y la cobardía, la poesía y la política, el sexo y la religión, el amor y la amistad, el éxtasis y la experiencia, la tortura y la justicia, el destino y la realidad, los duelos y la brujería, la soledad y la muerte. Pero, sobre todo, Montaigne se estudió a sí mismo, como una manera de revelar su naturaleza interior. Pretende que se lo vea «en mi manera de ser simple, natural y ordinaria, sin afectación ni artificio: porque es a mí mismo a quien pinto». El más clásico de los modernos y el más moderno de los clásicos, Michel de Montaigne (1533-1592), humanista, escéptico y agudo observador de sí mismo y de los demás, fue el creador de un género. En esta edición por Mauro Armiño, Montaigne nos advierte desde el principio que no se ha fijado ningún objetivo en sus "Ensayos" más que uno doméstico y privado, y, sin embargo, al escribir sobre lo personal, escribió sobre lo universal.
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Seitenzahl: 492
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Michel de Montaigne
Ensayos
Antología
Traducción, selección, prólogo y notas de Mauro Armiño
En su dedicatoria de los Ensayos dirigida «Al lector», Michel de Montaigne (1533-1592) parece orientar el contenido de su libro al relato de hechos autobiográficos: pretende que se lo vea «en mi manera de ser simple, natural y ordinaria, sin afectación ni artificio: porque es a mí mismo a quien pinto». Pero a lo largo de los tres libros en que organizó sus Ensayos el lector apenas puede saber algo de la vida de su autor, del hombre público, del hombre político, del pormenor de sus actos externos vitales; muy de pasada, a veces en apenas dos líneas, se referirá a algunas de sus intervenciones en la vida francesa, o aludirá también sin informar del contexto de su actividad pacificadora a las guerras civiles de religión que asolaron en ese momento el país. Para colmo, gran parte de los datos de que disponemos son conjeturas, por ejemplo, sus estudios de derecho, que probablemente realizó en Toulouse, donde vivía su familia materna, o quizás en París. Si algo dice complacido sobre las relaciones que mantuvo con su padre, guarda silencio absoluto sobre las presuntamente difíciles que lo unieron —o lo distanciaron— de su madre, a la que apenas cita a lo largo de las mil quinientas páginas aproximadamente de los Ensayos: Antonine se esforzó como buena intendente y gestora de la economía y la fortuna familiar, por acrecentar esta, mientras veía que su hijo se limitaba a disfrutar tranquilamente de ella, sin aportar un trabajo que la aumentase. Nada sustancioso dice tampoco sobre sus hermanos, a los que rara vez cita.
Para conocer la vida pública de Montaigne, al hombre exterior, hay que salir del texto de los Ensayos y recurrir a otras fuentes. Nacido un 28 de febrero de 1533 en un castillo-fortaleza familiar comprado por su abuelo, es el tercer hijo, y el primero que sobrevive, de Pierre Eyquem de Montaigne (1495-1568) —miembro de una burguesía mercantil ennoblecida desde la adquisición del señorío de Montaigne, formado por un castillo-fortaleza y tierras colindantes, por Ramon Eyquem, bisabuelo del escritor—, y de Antonine de Louppes de Villeneuve (nacida en 1514, sobrevivirá a su hijo para morir en 1601), que pertenecía a una de las muchas familias de marranos —judíos conversos sospechosos de seguir practicando su antigua religión—, oriundos de Zaragoza (España), instaladas a partir de finales del siglo xv en Toulouse; no sin motivo, a los antepasados de esta mujer pertenecía Pablo López de Villanueva, judío quemado vivo en 1491 por la Inquisición española. Estos emigrados López de Villanueva (apellido original) también se dedicaron con éxito al comercio; se integraron perfectamente en la sociedad cristiana francesa y en las costumbres de su nueva nación, hasta el punto de sospecharse que Antonine profesó la religión protestante.
A Pierre Eyquem no le bastaba pertenecer a la nobleza mercantil; intervino en la vida pública de Burdeos como consejero municipal y más tarde alcalde (1554), y acompañó al rey Francisco I en la campaña de Italia, en la guerra de la Liga de Cambrai que concluyó al revés de como había empezado: la Liga que el papa Julio II creó y que unía al rey francés Luis XII, al emperador del Sacro Imperio Maximiliano I y a Fernando II de España, terminó disolviéndose en 1510 y los Estados pontificios se coaligaron con Venecia para luchar contra Francia, expulsada del territorio italiano dos años más tarde. Las alianzas no tardaron en cambiar, y ya con Francisco I en el trono francés, sus tropas volvieron a pasar los Alpes, pero esta vez en comandita con los venecianos contra el papado; la victoria de Marignan en 1515 pone fin a esta guerra, y el Tratado de Noyon (agosto de 1516) que firman Francisco I y el nuevo rey español Carlos I (en 1519, emperador del Sacro Imperio como Carlos V) consolida las reivindicaciones francesas sobre Milán y las españolas sobre Nápoles y la Navarra francesa. No acabarán ahí las guerras de Francia en Italia, y Pierre Eyquem formó parte de las tropas francesas en varias de sus campañas.
Como hombre del inicial Renacimiento, Pierre Eychem abandonó la tradición comerciante de la familia para seguir la carrera de las armas, en la que continuó después del Tratado de Noyon hasta 1547; su condición de plebeyo había quedado definitivamente atrás: el 30 de septiembre de 1519 ya puede declararse «hombre noble, señor de Montaigne, escudero», hasta culminar en su cargo oficial más honorífico, el de alcalde de Burdeos en 1554. Durante las ausencias militares de su esposo, Antonine se hizo cargo de la hacienda; su fuerte personalidad influyó en su trabajo como «intendente» comprando y cambiando tierras, hasta el punto de mostrarse orgullosa, en su testamento, de haber «bonificado y aumentado» la casa Montaigne. Orgullo que Antonine considera legítimo, y cuya expresión no deja de ser un dardo contra el escaso beneficio que su hijo Michel aportó a la hacienda familiar.
En contacto con humanistas durante las campañas italianas, Pierre Eychem adoptó para su hijo un sistema educativo poco frecuente; enviado a poco de nacer a casa de una nodriza, en Papassus, aldea situada a 50 kilómetros de Burdeos, Michel de Montaigne agradecerá a su padre esa decisión que tenía por objeto, según sus palabras, conciliarlo «con el pueblo y esa clase de hombres que tienen necesidad de nuestra ayuda (…). Su designio no salió del todo mal: me consagro de buen grado a los pequeños». Y, como homenaje a Pierre Eyquem, «el mejor de los padres», cumplirá una tarea a la que este lo había encaminado: la traducción del Liber Naturae sive creaturarum, del filósofo y teólogo de la universidad de Toulouse y barcelonés de nacimiento Raimundo de Sabunde (Ramón Sibiuda, h. 1385-1436). Insertará todo el texto de la traducción en el libro II (capítulo XII) de los Ensayos bajo el título de «Apología de Raimond de Sebonde.»
Pierre de Eyquem conocía los principios que Erasmo había dictaminado para la educación de los hijos, y a ese programa sometió a Michel desde el principio. «El buen padre que Dios me dio me envió desde la cuna, para que fuera educado allí, a una pobre aldea de las que dependían de él y allí me mantuvo tanto tiempo como estuve con nodriza e incluso más allá, acostumbrándome a la más ordinaria forma de vivir» (III, 13)1. Más o menos a los dos años, a su regreso al castillo familiar, el niño tendrá un médico alemán como preceptor para que aprenda «las humanidades» y el latín; la lengua de los romanos, que en ese momento era la segunda lengua entre la élite europea cultivada, se convertirá en la lengua materna de Montaigne. Puede parecer estrambótica la decisión paterna y sus secuelas: tanto sus padres como la servidumbre y los vecinos más cercanos estaban obligados a hablar (o chapurrear, al menos) algunas palabras en latín cuando el niño estaba presente. Así educado, con apenas conocimientos de francés todavía a los seis años, como él mismo confiesa, pasó con siete al colegio de Guyenne de Burdeos, importante centro de difusión humanista creado por el portugués André de Gouveia (1497-1548), que había sido rector de la Universidad de París en 1533. Los estudios que durante siete años (1539-1546) realizó allí, más los que luego hizo de Derecho en Toulouse (o en París), le permitieron incorporarse al parlamento de Burdeos (1556), donde desempeñará el cargo de consejero durante casi quince años que terminarán por merecerle, cuando se retire, el título puramente honorífico de gentilhombre de la cámara del rey (también lo será de Enrique de Navarra) y ser condecorado por el rey Carlos IX (1550-1574) como caballero de la orden de San Miguel. Desempeñó durante esa etapa «política» de su vida en el parlamento de Burdeos distintos títulos y cargos, empezando en 1554 por el de consejero de la Cour des Aides («asuntos fiscales») del Périgeux, que facilitaron su relación con los principales personajes del parlamento de Burdeos (1557-1570) y con la corte, en especial con Pierre de Villeneuve (1639-1697), marqués de Trans, que facilitó esos cargos y condecoraciones2.
En 1577 intervino además diplomáticamente en los enfrentamientos provocados por las guerras de religión, tratando de acercar a través del mariscal de Matignon (1525-1598), teniente general del rey de la Navarra francesa, a este y a su primo, el rey de Francia Enrique III. En la octava guerra de religión luchaba este monarca, asediado por la Liga que formaban los católicos enfrentados al protestantismo y dirigidos por el duque de Guise, y su primo también llamado Enrique, de religión hugonote; no tardaría este en heredar el cetro francés (1589) tras la muerte sin sucesión masculina de Enrique III y después de haberse «convertido», porque, según la frase que se le atribuye, «París bien vale una misa»: los reyes franceses debían ser obligatoriamente católicos. El propio Montaigne confiesa que no fue muy importante su papel como mediador, que lo obligó a salir de su retiro de veinte años; la postura de Montaigne, fiel a ambos reyes aunque enfrentado a la Liga, no deja de tener un punto de ambigüedad dada su adscripción al grupo de católicos moderados.
La muerte de Pierre Eyquem en 1566 y la cuantiosa herencia recibida le permitieron retirarse de las obligaciones políticas y diplomáticas que ejercía para dedicarse al ocio, a su afición por los libros —la lectura, luego la escritura— despertada en él durante su estancia en el colegio de Guyenne. Una vez retirado, solo lo sacará de su biblioteca, además de la citada intervención en favor del final de esa guerra de religión, la política de su región natal al asumir el cargo (1581), ya ejercido por su padre, de alcalde de Burdeos, para el que sería reelegido por otros dos años en 1583: durante su mandato hubo de enfrentarse a las luchas entre los católicos ultras y moderados, así como a la delicada situación en que se encontraba el mariscal de Matignon, representante de Enrique III, frente al gobernador de la provincia, el futuro Enrique IV. Durante su segundo periodo como alcalde se ausentó de la ciudad cuando se declaró en Burdeos una peste que, en medio año, causó unas quince mil víctimas; su justificación de esa ausencia y de su negativa a volver fue, según una carta, el temor al contagio; ausencia que los contemporáneos no criticaron, pero que le ha sido reprochada por los comentaristas modernos.
Antes de ese retiro se había producido un hecho capital en la vida y en la obra de Montaigne: su amistad con el abate Étienne de La Boétie (1530-1563), que a los 18 años había escrito (en latín) un breve Discurso sobre la servidumbre voluntaria, diatriba contra el absolutismo y la tiranía cuyo manuscrito, aunque conocido por varios amigos e intelectuales, no sería publicado, precisamente por Montaigne, hasta 1572; pero no duró mucho su difusión: las Mémoires de l’Estat de France sous Charles Neufiesme de La Boétie, que contenían el Discurso, fueron condenadas y quemadas en Burdeos en 1579.Cuando Montaigne leyó esas pocas páginas del Discurso quiso conocer al autor, y en el palacio bordelés de l’Ombrière en el que La Boétie ejercía como magistrado tuvieron sus primeros encuentros probablemente en 1558. Inician ambos entonces una profunda y excepcional amistad basada en hondas afinidades intelectuales y políticas que, cuando se separen, darán lugar a una abundante correspondencia entre ambos. Frases sentenciosas de Montaigne muestran la hondura de esa relación trabada por el filósofo con «el mayor hombre, en mi opinión, de su siglo»; «Si se me presiona para decir por qué lo amaba, siento que eso no puede expresarse», y una aseveración célebre del filósofo será claramente definitiva: «Porque era él, porque era yo»3). La temprana muerte de La Boétie («íntimo e inviolable amigo») a los treinta y tres años dejó huella en Montaigne, que heredó la biblioteca y los papeles del abate, y que escribiría sus Ensayos teniéndolo siempre en mente4. Si en un principio había decidido incluir la Servidumbre voluntaria en estos, al final decidió suprimirla, porque podía servir a los protestantes como justificación de sus ataques a la monarquía. La sustituyó por versos de La Boétie en la primera edición, que en ediciones posteriores también desaparecieron.
Hay además otro hecho determinante en su vida: en 1585, hallándose Montaigne en París, recibió la carta de una joven, Marie de Gournay (1565-1645), en la que esta expresaba «la estima que hacía de su persona y de sus libros» y su ardiente deseo de conocerlo tras haber leído los Ensayos, que la habían «transportado de admiración». Al día siguiente del recibo de la misiva, la joven conocía en persona al filósofo, que no tardó en pasar ese verano varias semanas en el castillo de Gournay (en Gournay-sur-Aronde, a poco menos de cien kilómetros de París, departamento del Oise), propiedad de la familia de Marie. Después no volvieron a verse, pero mantuvieron una correspondencia en la que se hace visible la intensa amistad que los unió (él declara «amarla mucho más que paternalmente»…, «la vehemente forma en que ella me amó y me deseó mucho tiempo»), y que convirtió a esta «fille d’alliance» («hija electiva»), nombre que le da su «père d’alliance» («padre electivo») en el libro II de los Ensayos (capítulo xvii), en «heredera» de los textos de su «padre adoptivo». Marie supo la muerte de Montaigne quince meses después de haberse producido. Fue la viuda del filósofo —con la que en 1594 pasaría quince meses en el castillo de Montaigne— la que le rogó encargarse de la publicación de los Ensayos enviándole antes una copia de la edición de 1588, con correcciones y anotaciones manuscritas; Marie se dedicó a esa tarea minuciosamente aumentándolos con un amplio prólogo, defendiendo las ideas expuestas en ellos, traduciendo y referenciando las citas y precisando el texto, al que incorporó observaciones escritas en los márgenes por la mano del autor; de este modo, esa primera edición póstuma (1595) sigue siendo la edición de referencia5. Marie de Gournay heredó, además, junto con la biblioteca de Montaigne, la de Étienne de La Boétie; legó ambas, además de la propia, al filósofo François de La Mothe Le Vayer (1588-1672)6; todo ello, libros, cuadros y mobiliario, terminó dispersándose. Tanto la biblioteca como el castillo y tierras aledañas serán comprados en 1860 por un ministro de Napoleón III, Pierre Magne (1806-1879), cuyos descendientes siguen abriendo al público tanto el castillo como la torre, clasificados como monumentos históricos de Francia.
Aquejado desde 1578 del mal de piedra, la enfermedad de la que había muerto su padre, Montaigne emprendió el 22 de junio de 1580 un viaje que, en compañía de su hermano menor, su cuñado viudo, su secretario y varios criados, lo llevó por distintos países de Europa en busca de curas termales que aliviaran ese mal; con este objeto ya había viajado antes, además de utilizar pociones, a distintos puntos de Francia conocidos por sus aguas y sus baños, como Aquitania, Dax, el Béarn o el Gars. Pero también declara otros motivos para ese viaje: huir de las guerras de religión y de «las espinas domésticas» y de «los deberes de la amistad marital». Dos días antes de esa partida se había iniciado, durante la séptima guerra de religión, el asedio de La Fère, tomada por sorpresa el año anterior por el príncipe de Condé y ocupada por la Liga: Montaigne y su séquito intervendrán en esa dura reconquista que, del 20 de junio al 31 de agosto, costó la vida a 4.000 asaltantes y a 800 sitiados, pero devolvió La Fère a las tropas reales dirigidas por el mariscal de Matignon (1525-1598), quien precisamente sucedería a Montaigne en la alcaldía de Burdeos. Tras su paso por La Fère, se dirigió a través de Lorena, Suiza, el Sur de Alemania y el Tirol a Italia, donde conseguiría el estatuto de ciudadano romano; de paso por Ferrara visitará al poeta Torquato Tasso, recluido en el hospital de Santa Ana (1579-1586) por su protector, el duque Alfonso de Este, temeroso de las consecuencias que las obsesiones místicas y religiosas del poeta podían causar a la familia ducal. Al entrar en Roma, las autoridades eclesiásticas requisarán un ejemplar de los Ensayos; tendrá una audiencia con el papa Gregorio XI el 21 de diciembre de 1580; tres meses más tarde, cuando se despida de Roma, recuperará el ejemplar de los Ensayos con el consejo por parte de la censura de suprimir o corregir determinados puntos «demasiado licenciosos». En septiembre del año siguiente, durante su estancia en Lucca para tomar los baños tras pasar por Florencia y Pisa, recibía la noticia de su elección como alcalde de Burdeos; aunque en principio se negó, no tardó en ser informado de que el rey Enrique III estaba encantado con la elección y lo conminaba a ejercer el cargo. La narración del viaje, casi la mitad redactada en italiano, fue escrita también, hasta la llegada a Roma, por un secretario desconocido, al que se supone que Montaigne dictaba sobre la marcha sus ideas, la evolución de su enfermedad y notas de todo tipo, desde geográficas a descripciones de monumentos de las ciudades o la diferencia de costumbres entre las regiones y países que atraviesa. También en el resto hay fragmentos en italiano, lengua en la que Montaigne quería ejercitarse. El texto del Viaje, descubierto en 1770, sería editado por primera vez en 1774 de forma muy rudimentaria, y habría que esperar a finales de siglo a la edición de Alexandre d’Ancona para una lectura con traducción fiel de las partes en italiano7.
La muerte del padre y su abandono en 1571 de sus obligaciones en el parlamento bordelés permiten a Montaigne dedicarse a su pasión más intensa, que trataba de cumplir desde hacía años: el retiro en su castillo, cuya fecha inicial hace gravar en latín: «El año de Cristo de 1571, a la edad de treinta y ocho años, la víspera de las calendas de marzo, aniversario de su nacimiento, Michel de Montaigne, desde hace mucho harto de la esclavitud de la corte y de los cargos públicos, sintiéndose todavía en pleno vigor, vino a descansar en el seno de doctas vírgenes, en la calma y la seguridad; franqueará aquí los días que le quedan por vivir. Esperando que el destino le permita activar la construcción de este edificio, dulces retiros paternales, lo consagrará a su libertad, a su tranquilidad y a sus ocios».
Los Ensayos
No será un retiro completo, lo sacarán de él nuevas misiones diplomáticas en las que trata de apaciguar querellas entre católicos y protestantes —acoge en su castillo a Enrique III de Navarra en 1583 y 1597, así como el viaje a Italia—. Se instaló en las cinco habitaciones de la torre del castillo, que su padre había construido con intenciones defensivas; y, con capilla incluida en la planta baja, se preparó para dedicarse al estudio y la escritura una biblioteca en la torre de su castillo, donde «paso la mayor parte de los días de mi vida y la mayor parte de las horas del día… Allí hojeo tan pronto un libro como otro, sin orden ni propósito; tan pronto pienso como anoto, paseando, mis pensamientos que os entrego». Del último piso de la torre había hecho su despacho, al que se retiraba para leer y escribir; en las vigas de esa librairie, dedicada a La Boétie y decorada con cuadros mitológicos, mandó escribir (pintar) hasta 66 sentencias latinas y griegas de distinto carácter.
Cuando al principio titula sus escritos como Ensayos, el términono tiene todavía la significación del género literario que más tarde asumió. Sabedor de que es, ante todo, un gentilhombre, un diplomático discreto y oficioso, un político local que ha mantenido relaciones privilegiadas con la nobleza y ha participado en las guerras de religión, parece mostrar cierta humildad por adentrarse en un terreno tan ajeno como era la escritura entre los de su clase. Sin embargo, en la primera edición inscribe en el título completo su condición: Ensayos de Michel, señor de Montaigne; en la de 1582, esa apostilla ha aumentado con la expresión de sus títulos: «Caballero de la orden del Rey, y gentilhombre ordinario de su cámara, alcalde y gobernador de Burdeos». Pero de esa exhibición de clase se desmarca con la propuesta que quiere hacer y que explicita: no es un poeta ni un gramático, simplemente alguien que «ensaya» la expresión de sus «fantasías, con las que no trato de dar a conocer las cosas, sino a mí» (II, 10). No ensaya por lo tanto la descripción del yo exterior, de las «acciones» de su vida, ni unas «confesiones» al modo de las que había publicado san Agustín y que luego escribirá magistralmente Jean-Jacques Rousseau, ni tampoco unas «memorias», género al que ya se habían dedicado diversos autores. Solo escribe atreviéndose «no solo a hablar de mí, sino solo de mí». Por supuesto, no olvida su tiempo, especialmente las costumbres nocivas para la vida en sociedad: desde la cantidad de duelos que desangraban a parte de la nobleza, hasta la crueldad que reinaba durante las guerras civiles, la arbitrariedad de la justicia («lo menos malo que la humana debilidad haya podido inventar»), las hogueras, la brujería, la invasión de América por los españoles y la consiguiente destrucción de las culturas inca y azteca, etcétera, propugnando la tolerancia en el momento más álgido de la polarización política entre la Liga católica y los protestantes, sin por ello salirse de sus ideas que rechazaban las «novedades» y proclamaban como necesario el orden y la paz estabilizadora. Algunos de sus pensamientos evolucionarán de tal forma que en «De la conciencia» (II, 5) el tema de la tortura se verá ampliado y modificado, con un carácter más decidido en las últimas correcciones y ampliando sus argumentos éticos con los técnicos.
A medida que avanza en los Ensayos se ve al autor preocuparse por hablar de sí, tanto de sus enfermedades como de sus placeres, aunque alude poco de manera concreta a sus aventuras amorosas o a las relaciones que mantuvo con su esposa; no es, de todas formas, una confesión de vida explicada de forma coherente: sus «fantasías» van de acá para allá, tocando temas dispares a veces en medio de un mismo ensayo. Su constante relectura de lo escrito y publicado le permite añadir («pero no corrijo»), mientras elabora su pensamiento teniendo por referencia, o motivo desencadenante, alguna idea sacada de los clásicos grecolatinos: de ahí la cantidad de citas, que denuncian el origen que ha dado lugar a sus pensamientos; elaboración discontinua, pero constante, de unos textos que terminarán creciendo de manera exponencial en la edición póstuma de Marie de Gournay. Esa libertad en sus relecturas le permite contradecirse, para acercarse a la verdad que en cada momento persiguen sus ideas. Asume esa contradicción con naturalidad, como algo inherente al pensamiento humano, a la manera en la que siglos más tarde lo hará Walt Whitman para afirmar la total libertad individual: «¿Me contradigo acaso? / Muy bien, me contradigo»8. La sequedad de los ensayos del libro primero puede sorprender, pero, de hecho, esas mismas ideas básicas conformarán el meollo de los siguientes, ya más sopesadas, más analizadas, con un giro más personal cada vez en su exposición.
Si Montaigne no se quiso «filósofo», a imitación de un maestro en sabiduría como Sócrates, varios siglos de cultura francesa también quisieron que no lo fuera; su obra era literatura y materia de filólogos y escritores, por pertenecer los Ensayos supuesta y exclusivamente a las «Bellas letras»; todo lo más, respondía a intenciones éticas y no metafísicas; como las Obras morales de Plutarco, una de sus guías, se dedicaba a mezclar anécdotas con glosas o comentarios sobre ellas. No fue hasta 1990 cuando los estudios filosóficos de la Universidad francesa lo asumieron como materia de su estudio, un estudio filosófico que tampoco deja de lado su parte literaria y poética. Es en ese cruce de literatura y filosofía, en última instancia de vida y pensamiento, donde Montaigne podría reconocerse, porque, como él quería, sus ensayos no pretendían ser otra cosa que una «conversación entre amigos»: por ejemplo, el punto de partida de un hecho personal; por ejemplo, una caída del caballo sufrida por Montaigne, el texto se orienta, no hacia una reflexión centrada en su persona, sino hacia consideraciones sobre la respuesta del hombre ante la adversidad. Esa conversación sobre múltiples temas de la vida real, de las costumbres, hechas para amigos y entre amigos es lo que constituye la modernidad de Montaigne, dado que en muchos de los aspectos que trata y sobre los que expresa su opinión, bastante moderada en ocasiones, bastante pacificadora, sigue siendo en el siglo xxi un generador de ideas benéficas y provechosas.
M. Armiño
1. Los números romanos corresponden a los Ensayos, divididos en tres libros. Los arábigos, al capítulo.
2. El detalle de los cargos políticos que desempeñó puede verse en la Cronología.
3. La frase inicial, añadida con una tinta distinta a un texto anterior, solo contenía la primera parte en la edición de los Ensayos de 1588; se completa con otra tinta en el margen de esa edición, recogida en la edición póstuma de Burdeos.
4. Tras heredar la biblioteca y los «papeles» de su amigo, Montaigne entregó al impresor y librero parisino Frédéric Morel para su publicación tanto las traducciones como los poemas en latín y francés de La Boétie que encontró entre ellos.
5. Marie Le Jars de Gournay (1565-1645), perteneciente a una familia noble de Picardía, se rebeló contra el código femenino en que eran educadas las hijas de la nobleza. Traductora, poeta, filósofa y filóloga, aprendió latín y griego de forma autodidacta, y además de preparar la edición póstuma de los Ensayos y de El paseo del señor de Montaigne por su hija electiva (1594),fue autora de una obra propia: además de traducciones de escritores latinos como, entre otros, Ovidio, Virgilio o Salustio, escribió Égalité des hommes et des femmes (1622, dedicado a la reina Ana de Austria) que continuó en Grief des Dames (1626), donde propugna la igualdad absoluta entre los sexos, y por las que está considerada como precursora del feminismo. Publicó el conjunto de su obra en Les advis ou les presens de la demoiselle de Gournay (1641).
6. Padre de su homónimo (1627-1664); este abate y escritor fue amigo, entre otros, de Boileau, que le dedica su IV Sátira, y de Molière, quien dirigió al padre un soneto de condolencia («¡A las lágrimas, Le Vayer, deja tus ojos abiertos!») en el momento de la repentina y temprana muerte del hijo causada por una fiebre continua; Molière permitía que el joven abate Le Vayer «fuera a sus camerinos, y era él quien ponía paz entre ellas [las actrices]. Porque a buen seguro siempre están peleándose».
7. Ediciones recientes: Journal du voyage en Italie, ed. de Fausta Garavini, Folio Classique, 1983. Diario de viaje a Italia, edición de Santiago R. Santerbás, Cátedra, 2010. Diario del viaje a Italia. Por Suiza y Alemania (1580-1581), trad. De Jordi Bayod Bau, 2020, Acantilado.
8. Walt Whitman, Song of Myself, poema 51.
Sigo para la traducción de esta antología de los Ensayos de Michel de Montaigne el texto de la edición póstuma de 1595, al cuidado de Marie de Gournay, «hija de alianza» del autor; la viuda de Montaigne le encargó organizarla a partir de un ejemplar de la edición de 1588 que el pensador había preparado para una nueva impresión, con correcciones y añadidos de su mano. El método empleado no era nuevo: a las sucesivas ediciones de su libro, Montaigne fue sumando capas de añadidos, correcciones, y arrepentimientos incluso que fueron engrosando el libro. Sobre otro ejemplar de la edición de 1588, Montaigne fue añadiendo, desde el verano de ese año hasta el de su muerte, múltiples correcciones y retoques —más de 1300 intervenciones autógrafas, a veces muy cortas, de unas palabras, otras ocupan todo el espacio en blanco que deja la página—: se trata del llamado «Ejemplar de Burdeos», muestra excepcional de la forma de trabajo del autor, siempre en constante evolución.
Los editores recientes de los Ensayos se han dividido a la hora de elegir entre el texto póstumo de Gournay y el ejemplar de Burdeos, desconocido durante más de cuatrocientos años. Fue en 1802 cuando Jacques-André Naigeon lo editó por primera vez. En ese duelo de ediciones y de textos, me he decidido por el póstumo de 1588 porque ese ha sido el Montaigne que se ha conocido durante más de doscientos años, asumiendo los cortes ya tradicionales de párrafos en vez del texto continuado de 1588. Sigo, pues, sus ediciones más recientes dirigidas por Jean Céard («La Pochothèque», 2001) y por Jean Balsamo y otros («Bibliothèque de la Pléiade», 2007), aunque he tenido a la vista la de Pierre Villey, que sigue el ejemplar de Burdeos (PUF, 1914; PUF, Villey-Saulnier, 2004). Ha resultado difícil resistirse a la tentación de incluir alguna de las variantes que aporta el ejemplar de Burdeos por algunas de sus interesantes confesiones autobiográficas, pero habrían roto la unidad del texto de Marie de Gournay.
Traduzco a pie de página las citas literarias en latín, griego o italiano del original, y anoto las figuras históricas y las referencias geográficas a las que Montaigne alude de la forma más escueta posible. Por último, este trabajo de anotación habría sido imposible sin las excelentes ediciones y diccionarios sobre Montaigne citados en la Bibliografía.
M. Armiño
Este es un libro de buena fe, lector. Te advierto desde el principio que no me he propuesto otro fin que el familiar y privado. No he tenido consideración alguna por tu servicio ni por mi gloria: mis fuerzas no son capaces de semejante propósito. Lo he dedicado al uso particular de mis parientes y amigos, a fin de que, cuando me hayan perdido (cosa que harán pronto), puedan encontrar de nuevo en él algunos rasgos de mis cualidades y de mi carácter, y así alimenten de forma más completa y más viva el conocimiento que han tenido de mí. Si lo hubiera escrito buscando el favor de la gente, me habría adornado mejor con bellezas prestadas. Quiero que en él se me vea en mi manera de ser simple, natural y ordinaria, sin afectación ni artificio: porque es a mí mismo a quien pinto. Mis defectos se leerán en vivo, mis imperfecciones y mi forma natural, tanto como la decencia pública me lo ha permitido. De haber vivido en esos pueblos que, según dicen, aún viven de acuerdo con la dulce libertad de las primeras leyes de la naturaleza, te aseguro que me habría pintado de buen grado por completo y totalmente desnudo. Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro; no hay razón para que emplees tu tiempo en asunto tan frívolo y tan vano. Adiós, pues.
En Montaigne, este 12 de junio. 15809.
9. Fechada en la tierra heredada por Montaigne, que fue el primero en adoptar ese nombre para ella. En 1595, Marie de Gournay corrige la fecha en algunos ejemplares de la edición. En 1580, recién acabados los dos primeros libros de los Ensayos, Montaigne inscribe, al día siguiente de haber cumplido 47 años: 1 de marzo de 1580. En 1588, cuando entrega los tres libros al editor, la actualiza: 12 de junio de 1588.
La manera más común de ablandar los corazones de aquellos a quienes se ha ofendido cuando, con la venganza en la mano, nos tienen a su merced, es moverlos con nuestra sumisión a conmiseración y piedad. Sin embargo, la bravura, la constancia y la determinación, medios totalmente opuestos, han producido a veces ese mismo efecto.
Eduardo, príncipe de Gales10, el que durante tanto tiempo gobernó nuestra Guyena, y personaje cuyas cualidades y destino tienen muchos y notables aspectos de grandeza, después de haber sido gravemente ofendido por los limosinos11, tras tomar su ciudad por la fuerza, no pudo ser detenido por los gritos del pueblo, de las mujeres y de los niños destinados a la degollina y que, arrojándose a sus pies, le pedían piedad, hasta que, adentrándose en la ciudad, vio a tres gentilhombres franceses que, con increíble arrojo, resistían ellos solos el empuje de su victorioso ejército. La consideración y el respeto por tan notable valor embotaron inmediatamente la punta de su cólera; y, por estos tres, empezó a apiadarse de todos los demás habitantes de la ciudad.
Cuando Scanderbeg, príncipe del Epiro12, perseguía a uno de sus soldados para matarlo, este soldado, tras haber intentado aplacarlo con toda suerte de humildad y de súplicas, decidió en último extremo esperarlo espada en mano; esta resolución detuvo en seco la furia de su señor, quien, por haberle visto adoptar una decisión tan honrosa, le concedió el perdón. Este ejemplo podrá ser interpretado de otra forma por quienes no hayan tenido noticia de la prodigiosa fuerza y valentía de este príncipe.
Cuando el emperador Conrado III13 tenía sitiado a Güelfo, duque de Baviera, no quiso consentir condiciones más benignas, pese a ciertas satisfacciones viles y cobardes que se le ofrecieron, excepto la de permitir únicamente a las damas nobles sitiadas con el duque salir, con su honor a salvo y a pie, con lo que pudieran llevar encima. A ellas, con corazón magnánimo, se les ocurrió la idea de cargar a la espalda a sus maridos, a sus hijos y hasta al duque mismo. Tanto agradó al emperador ver la nobleza de su corazón que lloró de alegría y ablandó toda aquella acritud de enemistad mortal y extrema que había alimentado contra aquel duque; y desde entonces trató con humanidad a él y a los suyos.
Por cualquiera de estos dos medios me dejaría llevar fácilmente, pues siento una debilidad extremada ante la misericordia y la mansedumbre. Tanto es así que, en mi opinión, me sentiría más inclinado por naturaleza a ceder a la compasión que a la estima. Sin embargo, la piedad es una pasión viciada para los estoicos: quieren que socorramos a los afligidos, pero no que flaqueemos y los compadezcamos. De ahí que esos ejemplos me parezcan más oportunos porque vemos a esas almas, atacadas y puestas a prueba por esas dos actitudes, resistir al uno sin tambalearse y doblegarse bajo el otro. Podría decirse que abrir el corazón a la conmiseración es efecto de la debilidad, la benevolencia y la blandura, de donde se deduce que las naturalezas más débiles, como las de las mujeres, los niños y el vulgo, están más sujetas a ello; pero que (después de haber despreciado lágrimas y llantos) rendirse únicamente al respeto de la santa imagen del valor es efecto de un carácter fuerte e inflexible que se precia y se honra con un vigor varonil y tenaz. No obstante, en almas menos generosas, el asombro y la admiración pueden provocar un resultado parecido; lo demuestra el pueblo tebano, que, tras llevar ante la justicia con una acusación que podía entrañar pena capital a los jefes de su ejército por haber seguido en sus cargos más allá del tiempo que se les había prescrito y ordenado previamente, con muchas dificultades absolvió a Pelópidas14, que se plegaba bajo el peso de tales acusaciones y solo aportaba en su defensa ruegos y súplicas; y mientras que, en el caso de Epaminondas15, que fue a relatar, magnificándolas, las empresas que había acometido y a echárselas en cara de manera altiva y arrogante al pueblo, este no tuvo valor siquiera para recurrir a las bolas de votación; y la asamblea se disolvió alabando mucho el notable valor de este personaje.
Dionisio el Viejo16, después de haber tomado tras dilaciones y dificultades extremas la ciudad de Regio, y de haber capturado en ella al capitán Fitón, gran hombre de bien que la había defendido con mucha tenacidad, quiso dar en él un trágico ejemplo de venganza. Empezó por decirle que el día anterior había hecho ahogar a su hijo y a toda su familia. A lo que Fitón respondió simplemente que entonces eran un día más felices que él. Luego ordenó despojarlo de sus ropas y entregarlo a los verdugos, que lo arrastraron por la ciudad azotándolo de un modo ignominioso y cruel, y escarneciéndolo además con insultos infames e injuriosos. Pero él mostró un valor siempre inmutable, sin dejarse abatir, y con firme semblante iba por el contrario recordando en voz alta la honorable y gloriosa causa de su muerte, que era no haber querido entregar su país a un tirano, al que amenazaba con un inminente castigo de los dioses. Leyendo Dionisio en los ojos del grueso de su ejército, que, lejos de irritarse por las bravatas de aquel enemigo vencido, con menosprecio de su jefe y de su triunfo, empezaba a ablandarse, asombrado ante valor tan raro, y se concertaba para amotinarse y arrancar incluso a Fitón de las manos de sus guardianes, ordenó poner fin a su martirio. Y en secreto lo hizo ahogar en el mar.
Tema extremadamente vano, contradictorio y cambiante es, desde luego, el hombre; resulta difícil formarse un juicio constante y uniforme sobre él. Pompeyo, por ejemplo, perdonó a toda la ciudad de los mamertinos17, hacia la que sentía gran animosidad en consideración al valor y magnanimidad del ciudadano Zenón, que cargaba sobre sí con la culpa de todos y no pedía otra gracia que sufrir él solo el castigo. En cambio, el anfitrión de Sila18, que hizo gala de igual valor en la ciudad de Perugia, nada ganó con ello, ni para sí ni para los demás19.
Y absolutamente contrario a mis primeros ejemplos es el del más audaz de los hombres, tan clemente con los vencidos, Alejandro, quien, tras tomar por la fuerza después de muchas y grandes dificultades la ciudad de Gaza, encontró delante de él a Betis20, que mandaba en ella, y de cuyo valor había tenido durante aquel asedio extraordinarias pruebas: solo, abandonado por los suyos, con las armas destrozadas y todo cubierto de sangre y de heridas, seguía combatiendo en medio de muchos macedonios que lo atacaban por todas partes; y Alejandro, irritado por una victoria que le costaba tan cara (pues, entre otros daños, él mismo acababa de recibir dos heridas), le dijo: «No morirás como has querido, Betis; ten por seguro que has de sufrir toda clase de torturas que puedan inventarse contra un cautivo». El otro, con semblante no solo seguro sino arrogante y altivo, aguantó sin responder palabra a tales amenazas. Viendo entonces Alejandro su obstinado mutismo, dijo: «¿Ha doblado la rodilla? ¿Se le ha escapado alguna expresión de súplica? En verdad que venceré ese silencio, y si no puedo arrancarle una palabra, al menos le arrancaré gemidos». Y, convirtiendo su cólera en rabia, ordenó que le perforasen los talones, y lo hizo arrastrar así totalmente vivo, desgarrar y desmembrar atado a la trasera de un carro.
¿Acaso la fortaleza de ánimo era tan natural y común en él que, por no admirarla, la respetaba menos? ¿O que la juzgaba como algo tan suyo y propio que, en ese grado, no podía soportar verla en otro sin el despecho de un sentimiento de envidia? ¿O que la natural impetuosidad de su cólera le impedía tolerar ninguna oposición? En verdad que, si esa rabia hubiera admitido freno, todo lleva a pensar que lo habría hallado en la toma y exterminio de la ciudad de Tebas al ver pasar cruelmente a cuchillo a tantos valientes, ya vencidos y sin medio alguno de defensa colectiva; de hecho, mataron a más de seis mil, sin que se viera a ninguno huir ni pedir clemencia; al contrario, unos aquí, otros allá, iban por las calles tratando de enfrentarse a los enemigos victoriosos, provocándolos incluso para que les diesen una muerte honrosa. No se vio a ninguno que no tratase, en su último suspiro, de seguir vengándose, y con las armas de la desesperación buscar consuelo de su propia muerte en la muerte de algún enemigo. Sin embargo, su desesperado valor no encontró piedad alguna, ni bastó todo un largo día para saciar su venganza; aquella carnicería duró hasta que no quedó una gota de sangre por derramar, y solo se detuvo ante las personas desarmadas, ancianos, mujeres y niños, para hacer de ellos treinta mil esclavos.
10. Eduardo de Woodstock, príncipe de Gales, llamado el Príncipe Negro (1330-1376), de la familia Plantagenet, hijo de Eduardo III de Inglaterra y padre de Ricardo III. Asedió Limoges tomándola a sangre y fuego en 1370 y heredó el ducado de la Guyena (antigua Aquitania, con capital en Burdeos), posesión de los Plantagenet de 1188 a 1453.
11. Habitantes de una antigua región francesa, situada en la parte occidental del Macizo Central, con capital en Limoges; en 1154 pasó a manos inglesas por la boda de Leonor de Aquitania con Enrique II de Inglaterra; durante la guerra de los Cien Años fue conquistada para Francia por Carlos V. En 2016 ha pasado a formar parte de una región mayor, la Nueva Aquitania.
12. Giorgio Castriota, llamado Scanderbeg (1414-1467), príncipe de Albania, condotiero que luchó contra los turcos hasta liberar Albania de su dominación. Llevó el título de rey del Epiro, región que forma parte de la Albania meridional y de la Grecia noroccidental.
13. Conrado III (1093-1152), rey de los romanos desde 1138, nunca fue coronado emperador. Participó en la segunda cruzada (1147), de la que regresó al año siguiente tras varias derrotas. En 1140 había tomado la ciudad de Weinsberg, defendida por Guelfo III de Baviera (m. en 1045), que luego lo acompañaría en su cruzada.
14. Pelópidas (h. 420-364. a. C.), amigo fiel de Epaminondas, fue un estratego y político tebano de gran talento; encontró la muerte en la victoria tebana de la batalla de Cinoscéfalas (364) contra los tiranos de Feras (Tesalia).
15. Epaminondas (h. 418-362 a. C.), estratego y general tebano que se sacudió el dominio espartano sobre Tebas e invadió el Peloponeso en cuatro ocasiones; en la última, aunque encontró en ella la muerte, venció en la llanura de Mantinea a la coalición de esa ciudad, Esparta, Aquea y Arcadia. Pertenecía a la escuela pitagórica.
16. Dionisio el Viejo (h. 430-367 a. C.), tirano de Siracusa desde 405, tomó la ciudad de Regio en 387.
17. Habitantes del asentamiento griego de Mesana (actual Mesina), conquistado por el general romano Pompeyo (106-48 a. C.), gran héroe por sus hazañas militares; en el año 61 a. C. formó el primer triunvirato de la República con Licinio Craso y Julio César. Las desavenencias por el poder dieron origen a la guerra civil (-49 a. C.) que terminaría con la victoria de César y la muerte a traición de Pompeyo en Farsalia (Grecia central). Plutarco (Obras morales) llama Estenón a quien Montaigne designa como Zenón.
18. Lucio Cornelio Sila (138-78 a. C.), político y general romano, miembro del partido aristocrático; vencedor de la guerra Social (91-88) contra los pueblos itálicos, se convertiría en el hombre providencial de Roma. Derrotado por Mario en la primera guerra civil, ganaría la segunda (83-82) para convertirse en dictador y devolver la autoridad absoluta al Senado en detrimento de los tribunos populares; en el año 79, se retiró a la vida privada. En 82, había tomado Preneste (no Perugia) en su camino hacia Roma, que tomó sin lucha.
19. Después de tomar Preneste (no Perugia), Sila condenó a muerte a todos sus ciudadanos; quiso perdonar la vida, por los vínculos de hospitalidad que había tenido con él, a uno de sus capitanes, pero este prefirió compartir el destino de sus conciudadanos.
20. Betis de Gaza (¿-332 a. C.)
Soy de los más inmunes a esta pasión, que ni amo ni estimo, aunque el mundo haya decidido, como por acuerdo previo, honrarla con particular favor. Visten con ella a la sabiduría, la virtud y la conciencia: estúpido e infame adorno. De modo más acertado, los italianos han bautizado con su nombre a la maldad21, por ser una cualidad siempre nociva, siempre insensata; y por ser siempre cobarde y rastrera, los estoicos prohíben ese sentimiento a sus sabios.
Cuenta la historia, sin embargo, que Psamético, rey de Egipto, derrotado y hecho prisionero por Cambises, rey de Persia, cuando vio pasar delante de él a su hija prisionera vestida de sierva, a la que enviaban a sacar agua, permaneció impávido, sin decir palabra y con los ojos clavados en tierra mientras todos sus amigos lloraban y se lamentaban a su alrededor; y cuando poco después vio que llevaban a su hijo a la muerte, mantuvo esa misma actitud; pero cuando vio a uno de sus criados llevado entre los cautivos, empezó a darse de puñadas en la cabeza y a dar muestras de extremado dolor22.
Esto podría compararse con lo que recientemente hemos visto en uno de nuestros príncipes23, quien, tras recibir en Trento, donde se encontraba, noticias de la muerte de su hermano mayor, un hermano en el que residía el sostén y el honor de toda su casa, y poco después la de otro hermano más joven, su segunda esperanza, soportó esos dos golpes con ejemplar entereza; pero, cuando pocos días después vino a morir uno de sus criados, se dejó llevar por esta última desgracia y, perdiendo su firmeza, sucumbió al dolor y a la aflicción de tal forma que algunos llegaron a pensar que solo esta última sacudida lo había afectado en lo vivo. Pero la verdad es que, estando ya lleno y colmado de tristeza, la menor sobrecarga rompió las barreras de su resistencia. Lo mismo podría juzgarse, digo yo, de nuestra historia, si no fuera porque añade que, al preguntar Cambises a Psamético por qué razón, no habiéndose conmovido con la desventura de su hijo y de su hija, sobrellevaba tan mal la de sus amigos, respondió: «Porque solo este último infortunio puede manifestarse con lágrimas; los dos primeros sobrepasan con mucho cualquier posibilidad de expresarlos».
Quizá viniera aquí a propósito la idea de aquel pintor de la Antigüedad24 que, obligado a representar en el sacrificio de Ifigenia25 el dolor de los presentes según el grado de aflicción que cada cual ponía en la muerte de aquella hermosa e inocente joven, tras agotar los últimos recursos de su arte, cuando llegó al padre de la doncella lo pintó con el rostro cubierto, como si ningún semblante pudiera reproducir aquel grado de dolor. Por eso los poetas imaginan que Níobe, aquella desventurada madre que primero perdió siete hijos y luego otras tantas hijas, abrumada por esas pérdidas acabó transformada en roca,
diriguisse malis26,
para expresar ese sombrío, mudo y sordo estupor que nos sobrecoge cuando las desgracias nos abruman más allá de lo que nuestras fuerzas pueden soportar.
De hecho, la violencia de un dolor, para ser extrema, ha de estremecer el alma entera e impedirle su libertad de acción; como nos ocurre en la súbita alarma de una noticia muy mala, por la que nos sentimos sobrecogidos, yertos y como incapaces de todo movimiento, de manera que el alma, desahogándose luego con lágrimas y lamentos, parece desprenderse de sus lazos, liberarse, y relajarse y dilatarse a sus anchas,
Et via vix tandem voci laxata dolore est27.
Durante la guerra que el rey Fernando28 libró contra la viuda de Juan, rey de Hungría, en los alrededores de Buda, todos repararon en un hombre de armas por haberse comportado de forma admirable durante cierta refriega; y, aunque desconocido, fue muy alabado y llorado por haber perecido en ella. Pero por nadie tanto como por Raisciac, capitán alemán, a quien tan raro valor había impresionado; una vez que trajeron el cuerpo, curioso como el resto se acercó para ver quién era; y cuando despojaron de la armadura al muerto, reconoció a su hijo. Esto acrecentó la compasión de los presentes; solo él permaneció de pie sin decir nada, sin pestañear siquiera, contemplando fijamente el cuerpo de su hijo hasta que la violencia de la tristeza, llegando a abrumar sus espíritus vitales, dio con él muerto en tierra.
Chi puo dir com’egli arde è in picciol fuoco29,
dicen los enamorados, que quieren expresar una pasión insoportable:
misero quod omnes
Eripit sensus mihi. Nam simul te,
Lesbia, aspexi, nihil est super mi
Quod loquar amens.
Lingua sed torpet, tenuis sub artus
Flamma dimanat, sonitu suopte
Tinniunt aures, gemina teguntur
Lumina nocte.30
Por eso, no es en el vivo y más ardiente calor del arrebato cuando estamos en condiciones de desplegar nuestras quejas y nuestra capacidad de persuasión; el alma está entonces demasiado abrumada por pensamientos profundos, y el cuerpo abatido y lánguido de amor. De ahí proviene a veces el desfallecimiento fortuito que de manera tan inoportuna sorprende a los amantes, y ese hielo que de ellos se apodera por la fuerza de un ardor extremado, en la consumación misma del placer31. Todas las pasiones que se dejan saborear y digerir son solo mediocres.
Curæ leves loquuntur, ingentes stupent.32
La sorpresa de un placer inesperado nos perturba de la misma manera.
Ut me conspexit venientem, et Troia circum
Arma amens vidit, magnis exterrita monstris,
Diriguit visu in medio, calor ossa reliquit,
Labitur, et longo vix tandem tempore fatur.33
Además de la mujer romana, que murió sobrecogida de alborozo al ver a su hijo volver de la derrota de Cannas34, además de Sófocles y de Dionisio el Tirano35, que murieron de satisfacción, y de Talva36, que pereció en Córcega al leer la noticia de los honores que el Senado de Roma le había otorgado, en nuestro siglo tenemos al papa León X37, quien, informado de la toma de Milán, que tan ardientemente había deseado, sufrió tal exceso de alegría que la fiebre se apoderó de él, y de ella murió. Y, como testimonio más notable todavía de la debilidad humana, los antiguos señalan que Diodoro el Dialéctico38 murió de repente, presa de un extremado sentimiento de vergüenza por no haber podido refutar, en su escuela y en público, un argumento que le habían planteado.
Pocas veces me dominan esas violentas emociones. Soy, por naturaleza, de sensibilidad dura, y la curto y endurezco cada día mediante el razonamiento.
21. Además del término tristezza, el italiano cuenta con tristizia: maldad, perversidad, ignominia.
22. Heródoto, Historias, III, 1-15. El historiador griego recoge la anécdota del legendario que, aunque de origen egipcio, circulaba en el mundo griego sobre personajes históricos del siglo vi a. C. C.; derrotado y capturado por Cambises II, rey de Persia entre –530 y –523, se suicidó.
23. Nuestro: es decir, del partido católico, por oposición a los protestantes; se trata de Charles de Guise (1524-1574), cardenal de Lorena; perdió con breves días de intervalo a dos hermanos, el duque François de Guise, asesinado durante el asedio de Orléans el 24 de febrero de 1563, y a su hermano menor, François de Lorraine (1534-1563), gran prior y abate de Cluny, muerto diez días más tarde; por último, dos semanas después fallecía el pequeño Romanoch, su enano favorito.
24. El ateniense Timanto (siglo iv a. C). Cuentan la anécdota numerosos autores latinos, desde Cicerón a Plinio, Valerio Máximo, Quintiliano, etcétera.
25. Ifigenia, hija de Agamenón —jefe del ejército griego en la guerra de Troya— y de Clitemnestra, y hermana de Orestes y de Electra; según el adivino Calcas, solo la muerte de Ifigenia puede calmar los vientos desfavorables que impiden la expedición de la flota griega. Ifigenia acepta el sacrificio; según algunas versiones del mito, en el último momento fue sustituida por una cierva y convertida en sacerdotisa de Ártemis.
26. «Y fue petrificada por el dolor» (exactamente: diriguitque malis, Ovidio, Metamorfosis, VI, 304). En Sípilo (Asia Menor), en los tiempos clásicos se enseñaba la roca, de la que fluía un manantial, en la que se convirtió Níobe por el dolor de la pérdida de sus hijos; les habían dado muerte Apolo y Ártemis, hijos de Leto, de la que Níobe se burlaba por haber sido incapaz de tener solo esos dos.
27. «Y por fin, con gran esfuerzo, el dolor dejó pasar la voz», Virgilio, Eneida, XI, 151.
28. Fernando I de Habsburgo (1503-1564), hermano del emperador Carlos V, a cuya muerte heredó el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Consiguió la corona de Hungría en 1527, por lo que tuvo que enfrentarse a Isabela Jagellon (1519-1559), viuda del rey Juan I de Zápolya, noble húngaro que se había hecho coronar en 1526 tras la derrota y muerte del rey Luis en Mohács por el ejército otomano.
29. «Quien puede decir cómo arde está en pequeño fuego», Petrarca, Rimas, CLXX, 14.
30. «… cuando eso [contemplarte], pobre de mí, trastorna todos mis sentidos. Pues en cuanto te veo, Lesbia, me quedo sin palabras. Mi lengua se paraliza, una tenue llama corre bajo mis miembros, siento en mis oídos un zumbido interno y una doble noche cubre mis ojos», Catulo,LI, 5.
31. «... accidente que no me es desconocido», añade una variante de 1588.
32. «... leves, las preocupaciones hablan; grandes, callan», Séneca, Hipólito, II, 3, 607.
33. «Cuando me vio llegar rodeado de armas troyanas, trastornada por tan gran prodigio, quedó inmóvil a la primera mirada, el calor abandonó sus huesos, se desmaya, y solo después de largo rato consigue recuperar el habla», Virgilio, Eneida, III, 306.
34. En Cannas, el ejército cartaginés de Aníbal Barca derrotó a los romanos en el año 216 a. C.
35. Dionisio el Viejo murió según algunos historiadores a consecuencia de los abusos de un banquete, y quizás envenenado.
36. Exactamente Juvencio Thalna, pretor y cónsul romano del siglo ii a. C.; aplastó una rebelión en Córcega y murió de esa forma (163 a. C.), según Tito Livio (Historias, XLIII, 8; XLV, 16 y 21) y Valerio Máximo (Hechos y dichos memorables, ix, 12).
37. Giovanni de Médicis (1475-1521), papa desde 1513 como León X. Para unos, murió de la alegría que para él supuso la toma del Milanesado, Parma y Plaisance de manos francesas por Carlos V y las tropas del pontificado; para otros, habría sido envenenado por Barnabò Malaspina, su copero.
38. Diodoro Cronos (muerto h. 284 a. C.), filósofo de la escuela de Mégara; según leyenda transmitida por Diógenes Laercio, se habría dado muerte en Alejandría, por no poder resolver, durante un banquete presidido por el rey Ptolomeo I, un problema que le planteaba Estilpón de Mégara, discípulo de Euclides.
La muerte, dicen, nos libera de todas nuestras obligaciones. Sé que se ha interpretado de distinta forma. Enrique VII39, rey de Inglaterra, acordó con don Felipe40, hijo del emperador Maximiliano (o para presentarlo de forma más honrosa, padre del emperador Carlos V), que dicho Felipe le entregase al duque de Suffolk41, de la Rosa Blanca, enemigo suyo, que había huido y se había refugiado en los Países Bajos, prometiendo a cambio no atentar en modo alguno contra la vida de dicho duque; sin embargo, en el momento de su muerte, encargó por testamento a su hijo matarlo tan pronto como él hubiera fallecido.
Recientemente, en esa tragedia que el duque de Alba nos hizo ver en Bruselas con los condes de Hornes y de Egmont42, ocurrió una infinidad de cosas notables; y, entre otras, que dicho conde de Egmont, bajo cuya palabra y garantías el dicho conde de Hornes se había entregado al duque de Alba, exigió con gran ahínco que lo ejecutaran el primero, a fin de que su muerte lo liberase de la obligación que había contraído con dicho conde de Hornes. Parece que la muerte no eximió a Enrique VIII de su palabra dada, y que el conde de Egmont estaba dispensado de cumplirla incluso si no hubiera muerto. No podemos estar comprometidos más allá de nuestras fuerzas y de nuestros medios. Por este motivo, dado que los efectos y la ejecución de las intenciones no están en ningún caso en nuestro poder, y porque en realidad en nuestro poder solo tenemos la voluntad, es en esta en la que se fundan necesariamente y se establecen todas las reglas del deber del hombre. Por eso, el conde de Egmont, considerando que su alma y su voluntad estaban comprometidas por su promesa, aunque la posibilidad de cumplirla no estuviera en sus manos, quedaba absuelto sin la menor duda de su deber incluso aunque hubiera sobrevivido al conde de Hornes. En cambio, el rey de Inglaterra, que faltó intencionadamente a su palabra, no puede tener excusa por haber aplazado hasta después de su muerte la ejecución de su deslealtad; como tampoco el albañil de Heródoto, quien, tras guardar lealmente durante su vida el secreto de los tesoros del rey de Egipto, su señor, lo reveló a sus hijos en su lecho de muerte43.
He visto a muchos de mis contemporáneos que, convencidos por su conciencia de poseer bienes ajenos, se disponían a restituirlos en su testamento y después de su muerte. Nada vale eso que hacen. Ni aplazar algo tan urgente, ni querer reparar una injusticia con tan poco pesar y sin detrimento para ellos. Deben pagar con lo que es más suyo. Y cuanto más penoso e incómodo les resulte el pago, tanto más justa y meritoria será su reparación. La penitencia exige sobrellevar un peso.
Peor obran todavía los que reservan para sus últimas voluntades la revelación de alguna intención odiosa hacia el prójimo, después de haberla mantenido oculta en vida; y demuestran tener poco cuidado de su propio honor, porque incitan al ofendido contra su memoria, y menos todavía de su conciencia, por no haber sabido, ni siquiera por respeto a la misma muerte, hacer morir esa animosidad y prolongar su vida más allá de la suya propia. Inicuos jueces que aplazan la sentencia para el momento en que ya no tienen conocimiento de causa.
Si puedo, me guardaré mucho de que mi muerte diga cosas que mi vida no haya dicho antes y con toda claridad.
39. Enrique VII (1457-1509), rey de Inglaterra desde 1485.
40. Felipe I de Castilla (1478-1506), llamado el Hermoso; casado con Juana la Loca, hija de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. A la muerte de la Católica (1504), fue llamado a España para hacerse cargo de esa corona; murió repentinamente dos meses después de asumir el trono.
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