Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Basándose en sus estudios y observaciones en los campos del desarrollo infantil y la educación religiosa, la Dra. Habenicht explica cómo los niños se desarrollan espiritualmente y ofrece sugerencias prácticas para ayudar a tu niño a establecer una amistad duradera con Dios. Ella sabe de qué manera enseñar a los niños a amar, confiar y obedecer, a perdonar y pedir perdón y a respetar la Palabra de Dios. Tú aprenderás cómo conducir a tus niños a Jesús y ayudarlos a conectarse con Dios, por medio de la oración.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 474
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Ideas prácticas acerca de cómo ayudar a tu niño a crecer espiritualmente
Donna J. Habenicht
Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Enséñales a amar
Ideas prácticas acerca de cómo ayudar a tu niño a crecer espiritualmente
Donna J. Habenicht
Dirección: Jael Jerez
Diseño de tapa: Romina Genski
Diseño del interior: Giannina Osorio
Ilustración: Propiedad de Shutterstock
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXXI
Es propiedad. © 2000 Asociación Publicadora Interamericana.
© 2016, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-343-2
Habenicht, Donna J.
Enséñales a amar : Ideas prácticas acerca de cómo ayudar a tu niño a crecer espiritualmente / Donna J. Habenicht / Dirigido por Jael Jerez. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo digital: Online
ISBN 978-987-798-343-2
1. Vida cristiana. I. Jerez, Jael, dir. II. Título.
CDD 248.4
Publicado el 22 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: [email protected]
Website: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Cuando tenía 11 años, comencé a enseñar en una clase de jardín de infantes de la Escuela Sabática, en Monterrey, México. Desde entonces hasta ahora, el trabajo por el crecimiento espiritual de los niños ha sido el foco central de mi vida profesional y personal. Este libro es la culminación de toda una vida de estudio acerca de cómo ayudar a los niños a desarrollarse espiritualmente.
Muchas personas contribuyeron a la producción de este libro. No podría haber sido escrito sin el apoyo de la Escuela de Educación de la Universidad Andrews. Mi especial gratitud para Warren Minder, el decano, y para Elsie Jackson, Marion Merchant y mis otros colegas en el Departamento de Educación y Consejería Psicológica. Su apoyo fue esencial.
Aileen Sox me brindó la posibilidad de escribir para Our Little Friend; fue mi primera oportunidad de “escribir lo que yo quisiera” para los padres. Partes de este libro aparecieron por primera vez en “Parents Place” [El lugar de los padres] en esa revista. Sin el aliento de Aileen para que siguiera escribiendo, quizás habría dejado de hacerlo.
Me armé de valor para escribir, gracias al entusiasta apoyo de Penny Wheeler a la idea de este libro. La experta redacción de Gerald Wheeler convirtió mi manuscrito en inglés en un libro tangible.
Quiero agradecer a los padres y maestros que han asistido a mis cursillos, a través de los años. Ellos han contribuido a este libro más de lo que se imaginan. Por muchos años, he enseñado a niños, jóvenes y adultos en la escuela y en la iglesia. Ellos también han contribuido significativamente al proponer desafíos a mi pensamiento y compartir sus experiencias. Como los relatos de este libro tienen que ver con personas reales, he cambiado sus nombres y detalles que pudieran identificarlos, a fin de proteger su identidad.
Y en forma muy especial, quiero agradecer a mi familia por su ayuda. En primer lugar, a mis padres, Edward y Cora Lugenbeal, quienes nutrieron mi propio crecimiento espiritual durante mi niñez y mi adolescencia. Si bien ambos ya duermen en Jesús, su influencia sigue viviendo en estas páginas. Mi esposo, a quien he dedicado este libro, fue mi firme sostén durante el difícil proceso de producirlo. Me edificó un lugar para escribir, toleró mi “programa imposible”, cocinó, limpió, pagó las boletas de gastos e hizo mandados. Para abreviar, hizo “todo lo demás”, para que yo pudiera escribir. Nuestros hijos y nietos merecen también un gran “muchas gracias”. A través de los años, me enseñaron muchas cosas acerca de cómo los niños crecen espiritualmente. Larry y Debbie me proveyeron amablemente un hermoso cuarto con vista al mar Caribe, donde escribí una gran parte del libro. Nancy y Bruce leyeron parte del manuscrito y me brindaron ánimo y amistad a lo largo del camino. Liza, Jeff, Jonathan y David, nuestros nietos, son los héroes de algunos de los relatos. Ellos son la verdadera razón por la cual quise escribir este libro. ¡Quiero verlos a ellos –y a todos los niños del mundo– saltando y gritando con entusiasmo al encontrarse con su Mejor Amigo, Jesús, cuando su gloria llene los cielos y venga para llevarlos a casa!
Este libro está dedicado a Herald, quien me amó durante la producción de cada página.
Estimados padres (abuelos, maestros, y cualquiera que ame a los niños):
Cuando mis hijos eran pequeños, leí el libro La conducción del niño una y otra vez. Abrigaba el profundo deseo de ayudar a mis hijos a crecer espiritualmente. Pero a veces me desanimaba. Las normas parecían ser muy elevadas y no sabía qué hacer con todos los problemas diarios. Como resultado de eso, necesitaba de alguien que me diera ideas, y que me las hiciera prácticas.
Mi intención en este libro es ofrecerte ideas prácticas. Ninguna familia podría jamás poner en práctica todas las sugerencias dadas en estas páginas. Este es un manual de ideas, como también una explicación de cómo los niños se desarrollan espiritualmente. Cuando entiendas cómo ocurre el desarrollo espiritual durante la niñez, los problemas de todos los días no te parecerán tan abrumadores. Escoge, entre las muchas ideas presentadas aquí, aquellas que parezcan adecuarse mejor a tu familia y a los niños que amas.
Cuando miro hacia atrás, siento el deseo de que muchas cosas hubieran sido diferentes. Pero a pesar de mi ineptitud juvenil, Dios nos bendijo. Me doy cuenta ahora de que él ama a nuestros niños, aún más que nosotros. Su Espíritu los sigue por dondequiera que van. Anhela acunarlos en sus brazos, bendecirlos y ofrecerles la vida eterna. Y nunca se desanima. Su Espíritu está con ellos cada minuto; su promesa es segura.
Que su Espíritu esté contigo al leer estas páginas.
Donna J. Habenicht
“Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia”. Jeremías 31:3
Cuando traías orgullosamente a casa a tu bebé desde el hospital, envuelto en una mantilla blanca, regalo de la abuelita, y con instrucciones de las enfermeras acerca de cómo alimentarlo,
hacerlo eructar, bañarlo y cambiarlo, es probable que lo último en lo que estuvieras pensando fuese el crecimiento espiritual de tu angelito. ¡Oh, sí, ciertamente tenías algunas preguntas acerca del desarrollo del carácter y, mientras esperabas la llegada del niño, leíste una buena porción de La conducción del niño! Pero lo que encontraste parecía tan abrumador: ¡una norma de perfección maternal que solo los ángeles podrían alcanzar! Y en ese momento, los asuntos más urgentes eran: la alimentación, hacerlo eructar, el baño, el cambio de ropa, y –no lo vayas a olvidar– el sueño. Crecimiento espiritual… eso vendrá después, seguramente.
En realidad, cada vez que alimentabas, hacías eructar, bañabas y cambiabas a tu bebé, le estabas enseñando sus primeras lecciones espirituales: lecciones de amor y confianza. Hace mucho tiempo Elena de White, inspirada por Dios, escribió: “Mientras la madre enseña a sus hijos a obedecerle porque la aman, les enseña las primeras lecciones de su vida cristiana. El amor de la madre representa ante el niño el amor de Cristo, y los pequeñuelos que confían y obedecen a su madre están aprendiendo a confiar y obedecer al Salvador” (El Deseado de todas las gentes, p. 474).
En esta corta declaración, Dios ha revelado el misterio del crecimiento espiritual durante la temprana infancia. El amor, la confianza y la obediencia son las lecciones espirituales más importantes en los primeros años, y los niños las aprenden a través de sus relaciones terrenales.
Como es habitual, Dios va directamente al meollo del asunto, al fundamento mismo de nuestra relación con él: amor, confianza y obediencia. “Esto es lo que tus niños necesitan aprender”, declara. “Necesitan saber que siempre los amo, más de lo que son capaces de imaginar. Los amo si son buenos o si son malos. Los amo sea que respondan a mi amor, o no. Anhelo gozar de su amistad. En mi amor, les envié a un Salvador que los rescatara de los engaños de Satanás, de modo que podamos gozar de mutua compañía por la eternidad. Mi amor se extiende a ellos, llamándolos tiernamente para que me amen en respuesta, y para que luego alcancen a otros con mi amor.
“Necesitan saber también que pueden confiar en mí. Por cuanto los amo tanto, siempre haré lo mejor para ellos. Del mismo modo como pueden depender de mí para proveer a sus necesidades, así pueden también confiar en mí en relación con su vida –toda ella–, sus gozos, tristezas, ambiciones; el desarrollo de su carácter, su salvación y vida eterna; aun sus dudas. Nunca los dejaré caídos, porque quiero lo mejor para ellos.
“Cuando me amen y confíen en mí, hallarán que les resultará más fácil obedecerme. Sabrán que, aunque obedecer es difícil, es lo mejor para ellos, y que siempre estaré allí para ayudarlos. Cuando me obedecen, están simplemente confiando en mí para desarrollar en ellos mismos una semejanza de mi persona.
“Porque mientras aprendan lecciones espirituales de amor, confianza y obediencia, tus niños descubrirán también cómo soy yo. Llegarán a saber, en lo íntimo de ellos, que se puede confiar en Dios y que las mentiras de Satanás acerca de mí son justamente eso: esfuerzos por disminuir su confianza en mí”.
Estas lecciones fundamentales de amor, confianza y obediencia, forman la estructura básica de todas las experiencias espirituales posteriores. Son absolutamente esenciales para una comprensión de Dios, puesto que él es la combinación perfecta y balanceada de cada atributo. Como es la combinación integrada de misericordia y justicia, él no es ni lo uno ni lo otro, sino ambos. Por cuanto es el mismo ayer, hoy y mañana, se puede contar con él, se puede confiar en él.
Pero los niños pueden aprender lecciones de amor, confianza y obediencia de una sola manera: a través de la experiencia. Como no son “lecciones de un libro”, los niños solo pueden adquirirlas mediante una relación amante y confiable con las personas de mayor importancia para ellos: sus padres (y otras personas que cuiden de ellos). Y las aprenden tempranamente.
Aprender a confiar es la primera etapa en el desarrollo de la personalidad. Todo crecimiento posterior de la personalidad descansa sobre el fundamento de la confianza. Una bebita que se desarrolla normalmente aprende a confiar durante su primer año de vida, en la medida en que amantes adultos satisfacen sus necesidades y la convencen de que el mundo es un buen lugar, donde puede confiar en otros. Naturalmente, una niña puede desaprender más tarde a confiar, si la vida le proporciona experiencias crueles en las cuales ella tiene que tornarse suspicaz y desconfiada, a fin de sobrevivir.
Es aquí donde alimentar, hacer eructar, bañar y cambiar a la bebita entran en acción. Aprender las lecciones espirituales de amor y confianza involucra mucho más que abrazos y besos, aunque estos son importantes. Para la bebita, amor es tener alimento cuando tiene hambre, consuelo cuando está atribulada y tibieza cuando tiene frío. Amor es tener a una persona sonriente hablándole. Es seguridad, sentirse abrigada y calentita cerca de mamá y papá, especialmente si, además de estar en brazos, tiene también algo bueno para comer.
A través de toda la primera infancia, aprender acerca del amor significa tener padres “sintonizados” con las necesidades de su niño. Escuchan la estación radial emocional de su hijo o hija, de modo que sus necesidades se oyen con voz potente y clara y ellos responden apropiadamente.
Sienten cuando el Sr. Dos Años está temeroso, y le ofrecen consuelo y la seguridad de sus brazos, sin restar importancia a sus temores jamás. Reconociendo que hay cosas que espantan a los pequeñuelos, saben también que solo el consuelo –no la vergüenza– los ayudará a superar sus temores y les enseñará las lecciones espirituales del amor y la confianza.
Los padres “sintonizados” perciben cuando la Srta. Tres Añitos está enfadada porque tiene hambre –y no, meramente, por contrariar–, de modo que hallan la forma de distraerla hasta la hora de comer, en lugar de regañarla. Procuran también tener las comidas a horas regulares.
Padres tales se dan cuenta cuándo el Sr. Cuatro Años está desafiando su autoridad y pidiendo que se le recuerde quién manda en casa, ¡y se lo recuerdan! Cuando perciben que la Srta. Cinco Años está aburrida y necesita un nuevo desafío antes de ponerse a pelear con su hermanito menor, a fin de aliviar el aburrimiento, le sugieren una actividad interesante.
Los padres “sintonizados” entienden cuán difícil es comenzar en una nueva escuela, y por eso proveen abundante compañía familiar para ayudar a disipar la inseguridad que produce una mudanza. Al detectar que el autoconcepto de un adolescente necesita estímulo, proveen una mirada animadora y palabras que dicen “¡Estás bien!”
El hecho de poner atención y anticiparse a las necesidades del niño es la verdadera prueba de madurez para los padres. Muchas veces esto significa poner de lado los sentimientos personales de cansancio o irritación, y atender las necesidades de los hijos. Pero esto tiene una gran recompensa.
De esa manera, los padres “sintonizados” les dan a sus niños un irresistible mensaje de amor. Sus hijos saben que mamá y papá están de su lado. Y este es el mensaje fundamental del amor de Dios: él está a nuestro lado todo el tiempo, caminando con nosotros, animándonos, aun cargándonos en momentos de extrema desesperación. Tus niños descubren la naturaleza y la realidad del amor espiritual, al experimentar tu amor.
Imagina a tu hijita sosteniendo una taza con la palabra “amor” escrita por todo alrededor. En lugar de pedirte agua, te pide amor. ¿Le llenarás la taza? Ella tiene una necesidad casi insaciable de amor. Es tan importante para su crecimiento emocional y espiritual como el líquido lo es para su crecimiento físico. ¿Le negarás a tu niña lo que necesita? O, peor aún, ¿harás caer rudamente la taza de sus manos derramando su contenido y dejándola vacía? No, no lo harías a propósito, porque la mayoría de los padres dicen amar a sus hijos. Pero quizá, sin darte cuenta de lo que está sucediendo, podrías estar fallando en dar satisfacción a sus necesidades de amor. Si tu niña emerge de una primera infancia con su necesidad de amor satisfecha solo a medias, muy probablemente va a pasar el resto de su vida tratando de satisfacer aquella profunda sed –y hambre– no satisfecha. Pero si su “copa de amor”, como dijera Kay Kuzma, desborda con el amor experimentado en la primera infancia, se sentirá satisfecha por el resto de su vida. No tendrá necesidad de gastar su energía emocional tratando de llenar el vacío. Entenderá, en cambio, el amor de Dios y tendrá amor en abundancia para dar a otros.
Comunicar el amor de Dios a nuestros hijos es un proceso de cada momento, de cada día. Una de las maneras más poderosas de mostrar amor es escuchar verdaderamente a nuestros hijos. Nos llegamos a acostumbrar a su charla interminable y a menudo no prestamos atención cuidadosa a lo que están diciendo. Muchos niños, rara vez, tienen la experiencia de ser escuchados atentamente por un adulto. Cuando atiendo a un niño en terapia por dificultades emocionales, una de las herramientas más poderosas de que dispongo para ayudarle es mi atención indivisa. Le presto atención de una manera que el niño probablemente jamás experimentó antes, y al hacerlo, le comunico un poderoso mensaje de amor y cuidado. Tú puedes comunicar el mismo mensaje.
Tomasito tenía nueve años. Tenía dos hermanas mayores, y su mamá era una madre soltera. Ella me había pedido que tuviera algunas sesiones de aconsejamiento con su hijo para ver si podíamos descubrir por qué actuaba tan belicosamente.
Durante una de nuestras entrevistas, le hice a Tomasito una pregunta que a menudo hago cuando estoy aconsejando a un niño.
–Tomasito, imaginemos que yo pudiera cambiar cualquier cosa que no te guste. Ahora bien, tú y yo sabemos que yo no puedo hacerlo, realmente, pero podemos imaginarlo. En este juego simulado, ¿qué te gustaría que yo cambiara en tu familia?
–Bueno, usted podría hacer que mis hermanas no me fastidien tanto –respondió con prontitud y, después de una pausa, continuó–, pero lo que más deseo, en realidad, ¡es que usted hiciera que mi madre me preste atención! Ella ni siquiera oye lo que le digo.
–¿Qué te hace pensar que no te presta atención? –le pregunté.
–Bien, prácticamente el único momento que tenemos para hablar es después de la cena, cuando lavamos los platos. Al regresar de la escuela, ella está demasiado ocupada con la cena y demás. Y mis hermanas hablan durante la comida. De modo que el único momento que tengo para decirle algo es mientras lavamos los platos. Cuando hablo, ella sigue lavando los platos. ¡Ni siquiera me mira! Yo sé que no oye nada de lo que le digo.
Por supuesto, la madre del niño pensaba que lo estaba escuchando. Pero hay una gran diferencia entre el proceso fisiológico de oír y el emocional de escuchar. Ella oía, pero para Tomasito, no lo estaba escuchando. Y como resultado, pensaba que no le importaba.
Encontré un excelente indicio de lo que significa realmente escuchar en el Salmo 116:1 y 2: “Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas; porque ha inclinado a mí su oído; por tanto, le invocaré en todos mis días”.
En el diario vaivén de la vida hogareña, ¿cómo puedes prestar verdadera atención a tus niños?
Primero, deja de hacer lo que estás haciendo. Murmurar, “¡ah!”, “¡oh!”, mientras sigues leyendo el periódico, no es prestar atención. Pero detenerte en tu actividad significa: “tú eres, para mí, más importante que cualquier otra cosa”.
Segundo, agáchate a la altura de tu hijita, mírala a los ojos y sonríe. El acto de mirar a los ojos y sonreír dice: “me interesas”.
Tercero, haz comentarios apropiados. Responder a lo que el niño está diciendo da a entender: “tus ideas son valiosas e importantes”.
Si la madre de Tomasito hubiera detenido momentáneamente su tarea de lavar los platos, y lo hubiese mirado, respondiendo brevemente a sus ideas, podría haber continuado con los platos mientras se desarrollaba la conversación. Su hijo habría sentido que ella estaba realmente prestando atención. De ese modo, le habría transmitido un mensaje de interés y cuidado.
En verdad, prestar atención no toma mucho tiempo; generalmente un minuto o dos. Toma menos tiempo, al final, que tratar con un niño insistente que se siente menospreciado. Imagina a Dios inclinándose para oír, luego imagínate a ti mismo como un canal a través del cual su amor fluye hacia tu hijo. Prestar atención toma solo un momento, pero el mensaje de amor dura toda la vida.
¿Qué sucede cuando un niño no experimenta amor durante su niñez? Carola, la hijita de Ana, había sido una de las pacientes de mi esposo desde su infancia. Cuando Carola tenía cuatro años, sus padres decidieron enviarla al jardín de infantes en el plantel de la Universidad Andrews. Allí Carola oyó a muchos niños hablar de la Escuela Sabática y quiso ir ella también. En vista de ello, Ana le preguntó a mi esposo qué debían hacer para asistir a la Escuela Sabática de la iglesia universitaria. Mi esposo, por supuesto, con gran interés los invitó a asistir el sábado siguiente. Me encontré con ellos en la puerta y los presenté a los líderes de la división de Infantes. A medida que Ana y yo nos fuimos conociendo durante las semanas siguientes, supe que ella se quedaba toda la mañana en la sala de espera de los estudiantes, mientras Carola asistía a la clase de Infantes, porque no quería hacer el largo viaje desde su casa dos veces cada mañana. Como la sala de espera de los estudiantes no es un lugar donde yo quisiera pasar toda una mañana, la invité a venir a casa, donde podría estar más cómoda. Le ofrecí la llave y le dije que podía ir ella misma a casa mientras yo estaba enseñando en el campus. Movió la cabeza y me miró como si no entendiera, pero no aceptó la llave. De modo que no insistí, y le dije simplemente que me sentiría feliz de compartir nuestra casa con ella.
Pasaron los meses, y Ana y yo llegamos gradualmente a conocernos mejor. Comenzó a asistir a la clase bíblica del pastor, y nuestra amistad creció. Cuando H. M. S. Richards Jr. vino a nuestro plantel para la semana de oración de primavera, la invité a asistir conmigo, por cuanto todavía pasaba toda la mañana en la sala de espera de los estudiantes. Aceptó mi invitación y asistió a las reuniones matutinas conmigo.
El jueves por la mañana, el pastor Richards habló acerca de Juan 17 y del amor incondicional de Dios. Cuando salíamos de la iglesia, Ana se volvió súbitamente a mí y me dijo:
–¡Ahora entiendo por qué eres así!
Confundida, me pregunté de qué estaría hablando.
–¿Recuerdas cuando me ofreciste la llave de tu casa de modo que yo pudiera estar allí mientras esperaba a Carola?
Asentí con un movimiento de cabeza.
–Bien, yo no podía entender cómo podías ofrecerme la llave de tu casa cuando solo me habías conocido por un par de meses. No tenía sentido. Ahora entiendo. Amor, ¡por eso eres así! Es el amor lo que te mueve. Ahora lo veo: ¡el amor de Dios en ti!
A medida que Ana y yo seguíamos cultivando nuestra amistad a través de los años, descubrí que ella había crecido en un hogar donde el amor era extremadamente escaso. En efecto, había sido víctima de abusos tan severos durante su niñez que solo tenía vagos recuerdos de algunos de esos años. La única forma de sobreponerse al dolor de esos años era borrándolos de su mente en gran medida. Por eso, cuando yo, una persona relativamente extraña para ella, le ofreció su amor y confianza, el asunto estaba simplemente más allá de su compresión.
Estoy segura de que tú conoces niños o adultos que, como Ana, crecieron con “tazas de amor” vacías. Son miembros de tu clase de la Escuela Sabática, vecinos o compañeros de trabajo. Quizá has llegado repentinamente a darte cuenta de que, a pesar de tu mejor intención, no les has comunicado realmente amor a tus propios hijos. ¿Qué puedes hacer ahora? ¡Ámalos! Recuerda, aprendemos el amor solo cuando lo experimentamos. Siempre puedes empezar hoy a compartir tu amor.
Pero ¿qué pasa si descubres que tu propia “taza de amor” nunca estuvo llena durante tu infancia y tienes poco para dar a tus propios hijos? ¿Qué puedes hacer? Comienza sumergiéndote tú misma en el amor de Dios. Lee su Palabra, busca pasajes bíblicos acerca del amor de Dios y medita en ellos, escríbelos en tarjetas y pégalos donde puedas verlos con frecuencia, y ora por un derramamiento especial de su amor para llenar tu vida. Si has sufrido profundas heridas en tu niñez, tales como el abuso y el abandono, te animaría a buscar un consejero cristiano que pueda ayudarte a poner en orden todas esas experiencias y a alcanzar la plenitud del amor de Dios. Solo de esa manera estarás en condiciones de comunicar ese amor a tu familia.
Comienza hoy con una o dos ideas de la lista: “Comunica el amor de Dios”; luego añade otras, a medida que te sientas más cómoda demostrando amor. La habilidad de la comunicación puede ser aprendida. Puedes ayudar a tu hijo a compensar los años en que el amor fue escaso. Uno de mis dichos favoritos es “Hoy es el primer día del resto de tu vida”. Con Dios nunca es demasiado tarde para llenar tu propia “taza de amor” o la de tu niño. ¡Su provisión es inagotable!
“Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos”. Isaías 26:4
–Mañana todas tenemos que llevar una foto de nuestra familia a la escuela, para ponerla en el tablero de anuncios. Necesito una foto de nuestra familia. ¿Me ayudarás a encontrar una, mami?
Las palabras se atropellan en un apresuramiento lleno de excitación, mientras Cristina arroja su mochila sobre la silla más cercana.
–Me ayudarás, mamá, ¿verdad?
–Por supuesto –le responde su madre, mientras se mueve por la cocina buscando los ingredientes para preparar la cena–, pero ahora estoy ocupada. Lo veremos después de cenar.
Pero después de la cena, mamá habla por teléfono largamente, el vecino viene de visita; luego llega la hora de ir a dormir. Cristina está angustiada. ¿Cómo podría encontrar la foto? La madre le promete ayudarla en la mañana. Pero el bebé pasa molesto la mitad de la noche, y en la mañana, mamá está demasiado cansada y no tiene ánimo de buscar una fotografía de la familia.
–No importa, Cristina. Solo dile a la maestra que la llevarás mañana.
–Pero, mamá, me dijiste que me la buscarías... ¡Y la maestra dijo que debíamos llevarla hoy! –se lamenta Cristina con lágrimas en los ojos, mientras sale pesadamente hacia la escuela sin la prometida fotografía.
A sus cuatro años, Miguelito es un torbellino. Con energía para regalar, está lleno de preguntas acerca de cualquier cosa imaginable. Un domingo de tarde, cuando la familia está yendo a nadar, él y su hermana comienzan a pelear en el asiento trasero del automóvil.
–Si no dejan de pelear ahora mismo, no habrá nada especial para comer después del baño –grita papá, pero la pelea continúa.
Finalmente, mamá se da vuelta para detener la bulla, y advierte:
–¡Se terminó, no habrá nada especial hoy!
Pero después de nadar, el niño ruega por un bocadillo.
–No voy a pelear en el viaje de regreso, ¡de veras, lo digo!
Sus padres aflojan y todos reciben su helado.
Cristina y Miguelito están absorbiendo una lección importante: que mamá y papá no son dignos de confianza. Están descubriendo que sus padres dicen una cosa y hacen otra, y que no se puede esperar que cumplan sus palabras o promesas. Las palabras no significan demasiado; son las acciones las que realmente cuentan. Algún día, más adelante en el camino de la vida, Cristina y Miguel pueden tener también dificultades para confiar en Dios, porque aprendieron bien sus lecciones. Si mamá y papá, las personas más importantes en sus vidas; no son dignos de confianza, probablemente tampoco Dios lo sea.
Por supuesto, como padres no tenemos la infalibilidad. Ciertamente nos olvidamos a veces, y las cosas no ocurren de la manera que queremos. Los hijos pueden olvidar descuidos ocasionales. Es la tendencia lo que realmente importa. ¿Pueden nuestros hijos confiar en nosotros? ¿Queremos decir lo que decimos? ¿Cumplimos nuestras amenazas? ¿Les damos primera prioridad a las promesas que hacemos a nuestros hijos? Cuando lo hacemos, estamos construyendo en ellos la confianza hacia un Dios que nunca les falla a sus hijos. Les estamos enseñando una de las lecciones fundamentales de la primera infancia.
¿Cuán importante es la lección de la confianza? El amor y la confianza van de la mano. Sin uno de ellos no podemos tener el otro. El amor envió al Salvador. La confianza acepta su sacrificio. El amor proveyó un camino para tratar con el pecado. La confianza acepta su gracia y su vida perfecta en lugar de nuestra pecaminosidad. El amor anhela mostrarnos una vida mejor. La confianza lo acepta como el Señor de nuestra vida; una guía que podemos seguir con certidumbre. La confianza aprendida en la niñez se traduce en fe y confianza en Dios, más tarde en la vida.
Stephany, de cuatro años, era exigente y agresiva, quería mandar todo el tiempo y rehusaba cooperar con los demás. No confiaba en nadie, sino en sí misma. Sus nuevos padres adoptivos, consejeros que habían trabajado profesionalmente con muchas familias, ya no sabían qué hacer con ella. No podían creer nada de lo que Stephany dijera. La niña mentía cada vez que le convenía y, luego, lo negaba. Parecía incapaz de distinguir entre la verdad y la falsedad.
Aunque se acercaban a los cuarenta años, los padres adoptivos habían procurado ansiosamente tener un niño. Stephany parecía ser la respuesta a sus oraciones por una familia propia. Pero cuando me contaban acerca de las dificultades, se preguntaban seriamente si deberían seguir adelante con la adopción.
A medida que el relato se desarrollaba, comencé a entender por qué estaban teniendo tales problemas. La madre biológica de Stephany era mentalmente retardada y, con frecuencia, no les ponía atención a sus niños. A los 18 meses, Stephany había tenido que arreglárselas sola a fin de sobrevivir; aprendió a abrir la puerta de la refrigeradora y a tomar cualquier magro alimento que estuviera disponible. Cuando los vecinos, finalmente, descubrieron su situación, Stephany tenía casi dos años.
Durante los años en que debiera haber aprendido a confiar en los adultos, que en su mundo tenían el deber de cuidar de ella, descubrió, en cambio, que ese mundo no era amigable con ella ni la cuidaba, que no podía confiar en que los adultos la cuidarían. Ahora, a los cuatro años, Stephany no confiaba en nadie, excepto en sí misma. Nunca sintió amor ni vínculo alguno con su madre. Con una brecha tan seria en sus experiencias tempranas, era un candidato seguro a ser víctima de problemas de personalidad durante toda su vida.
Stephany exhibía muchas señales de desconfianza. Estaba segura de que nadie se interesaría en ella, aunque sus nuevos padres hacían lo mejor que podían para satisfacer sus necesidades. La niña creía que la gente era mala y tendía a concentrarse en lo que no le gustaba de sus nuevos padres, en lugar de ver las cosas positivas que hacían por ella. Constantemente en guardia, se negaba a conocerlos o permitirles que entraran en amistad con ella. Escondía sus nuevos juguetes y peleaba como un tigre cuando su madre quería lavarle sus ropas sucias. La niña temía que desaparecieran para siempre. Tomaría mucho amor y cuidado consistente llegar a Stephany, de modo que pudiera confiar en la gente.
Muchos niños muestran señales incipientes de desconfianza, aun cuando hayan recibido amor y cuidado cuando eran bebitos. Han aprendido, a través de los años, que no pueden contar con sus padres y otros adultos relacionados con sus vidas, cuando más los necesitan. O tal vez experimentaron un severo quebranto en su relación de confianza con un adulto, tal como ocurre cuando un padre abusa sexualmente de un hijo. Y de esta manera, la confianza temprana aprendida durante la infancia resulta erosionada.
¿Qué puedes hacer para ayudar a tus niños a aprender que Dios es digno de confianza? Ya que los niños –y los adultos– tienden a percibir a Dios de la misma manera en que piensan de sus padres, el primer paso es que tú mismo seas digno de confianza.
Dile siempre a tu niña la verdad: nunca mientas. No le digas que la inyección no dolerá, cuando sabes que le va a doler. Di, en cambio:–Sé que la inyección va a doler, pero te ayudará a ponerte mejor. Papá te abrazará. Yo sé que puedes ser una niña valiente.
Cuando salgas, no desaparezcas simplemente. En cambio, dile a tu niño a dónde vas y cuándo estarás de regreso.
Cumple tus promesas. Catalina tiene cabello negro rizado, suaves mejillas redondeadas y grandes ojos castaños. Su naricita apunta un poquito hacia arriba, y tiene un hoyuelo en medio del mentón. Luce bellísima en su nuevo vestido de sábado. Su único problema en la clase de Escuela Sabática es que, aunque tiene casi tres años, no quiere quedarse en la clase sin mamá. Si su madre tan solo sugiere que va a retirarse, Catalina comienza a llorar y a aferrarse de ella. De modo que un sábado de mañana la mamá decide deslizarse fuera del salón cuando la niña está ocupada colocando un animal en el franelógrafo, a pesar de haberle prometido que no se retiraría.Por supuesto, tan pronto como Catalina descubre que su madre no está allí, comienza a llorar histéricamente. Nadie puede tranquilizarla, y una de las maestras tiene que llevarla con su madre. El sábado siguiente, ni siquiera desea entrar en su aula de la Escuela Sabática.
Cumplir las promesas es una parte vital en la enseñanza de la confianza a los niños. Sé cuidadoso con lo que prometes, a fin de ser digno de confianza.
Sé consecuente con lo que dices que harás. Si le dices a un niño que no podrá tener postre, a menos que termine de comer sus verduras, mantén tu palabra. Si le dices a tu hijo de siete años que se quede en el jardín y él se va a jugar a la casa del vecino, procede con una apropiada consecuencia. O si has prometido a tus hijos que los llevarás al parque si recogen sus juguetes por tres días, mantén tu palabra.Demuéstrale a tu niño un alto nivel de apoyo. Respeta los sentimientos de tu hija, ayúdala con las partes más difíciles de una tarea escolar, escucha sus relatos acerca de lo que ocurre en la escuela. Nunca te burles de ella ni la reprendas en presencia de otras personas. No saques sus faltas a relucir para burlarte de ella. Perdona y olvida. Respeta sus opiniones.Cuando te confiesa que alguien la ha tratado mal, investiga. Todas estas acciones comunican apoyo, lo cual a su vez le da el mensaje de que tú eres alguien en quien ella puede confiar. Ella sabe que tú estás siempre de su lado.
Comunícale a tu hijo que confías en él. La confianza es una calle de doble vía. Cuando le demuestras que puede confiar en ti, le das un modelo de cómo quieres que actúe. Él, a su vez, aprende a ser digno de confianza. Da por sentado que tu hijo querrá hacer lo que es correcto y comunica tal creencia, en lugar de dar el mensaje de que tú, realmente, no crees que hará la decisión correcta.Enséñale a tu hijo cuándo no creer. Parte de la enseñanza de la confianza consiste en enseñarle a descubrir cuándo no creer. Enséñale normas de seguridad acerca de cómo conseguir ayuda cuando es necesario. En el mundo de hoy, saber cuándo confiar y cuándo, no, puede ser una distinción muy sutil. Si das demasiado énfasis a los males de nuestro mundo –que nadie es digno de confianza– corres el riesgo de dañar seriamente la habilidad de tu hijo de confiar en otros, incluyendo a Dios. La confianza es una parte esencial de la personalidad y el desarrollo espiritual. Trátala con delicadeza. En tus esfuerzos por proteger a tu hijo del mal, no destruyas el hermoso capullo de la confianza. Tu niño la necesitará para desarrollar relaciones saludables con otras personas, más tarde en la vida, y para aceptar la salvación y una relación vital con Jesús.Si el sentido de confianza de tu niña ha sido violado por causa del abuso sexual de un miembro de la familia, corre al consejero cristiano más cercano. Tú y tu niña necesitan ayuda profesional. Sal de esa situación de inmediato. El futuro de ella está en juego. Pero Dios puede traer sanidad a tu familia y ayudar a tu niña a confiar otra vez.
Como lo hemos dicho, la confianza es una parte extremadamente importante del desarrollo espiritual. Sin ella, no podemos tener salvación espiritual. Jesús ofrece redención, gracia y libertad de la tiranía del pecado, pero necesitamos confiar en él a fin de aprovechar su ofrecimiento maravilloso. El acto de ayudar a tu niño a adquirir confianza es una piedra angular extremadamente importante del desarrollo espiritual.
“Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos [...] El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo”. 1 Juan 2:3-6
Jonatán, de diecinueve meses, blandía un bate de plástico y lo usaba luego como palo de golf para darle a una pelotita, en la habitación donde estaba sentada en mi escritorio. “Bol, bol”, repetía su voz de bebé una y otra vez. Repentinamente, todo quedó en silencio. Mi experiencia maternal me recordó que, cuando los bebés están calladitos, es mejor investigar.
–Jonatán –lo llamé, justo a tiempo para verlo sobresaltarse.
Me respondió precipitadamente con algo que sonó como “¿Es?”, al tiempo que retiraba su manita del armario donde su padre guarda sus discos compactos favoritos de música clásica. Cuidadosa y firmemente, le expliqué que “esos eran de papá” y que él no debía tocarlos.
–Papá, papá –respondió Jonatán, mientras señalaba los discos.
Varias veces regresó, extendiendo su mano hacia el armario y mirando mi reacción. Cada vez reaccioné de un modo predecible.
–De papá, Jonatán no debe tocar, de papá.
Él estaba aprendiendo acerca de límites y autocontrol: duro, pero vital para un bebé ansioso de investigar el mundo.
La adquisición del autocontrol es parte del aprendizaje de la obediencia: una de las lecciones espirituales indispensables de aprender en la niñez, que forma parte del fundamento de una relación con Dios que dure toda la vida. La Palabra de Dios es totalmente clara, de modo que, si lo amamos, obedeceremos sus mandamientos. Las ramas del árbol de nuestra vida se cubrirán con los frutos que crecen de las raíces de nuestro amor a él. Ese amor confiará en que Dios efectuará cambios en nuestras vidas, que nos llevarán más cerca de él. De esta manera, la obediencia es nuestra respuesta de amor.
Si los niños no aprenden a tener dominio propio y obediencia durante la primera infancia, más tarde la vida cristiana les parecerá restrictiva.
Decirles “no” a las drogas y a la presión social será difícil para ellos. Llegarán a preferir la gratificación instantánea de cada capricho y la religión de “hazlo si te parece bueno”.
“Obediencia” no es una mala palabra, si bien algunos consideran que lo es. No se refiere a una persona que no piensa y que hace lo que todos los demás le dicen. Ni tampoco promueve una forma de acercarse a Dios del tipo “salvación por obras”. La manera en que enseñes la obediencia y los valores cristianos hará la diferencia entre una percepción de la religión como fruto de la “gracia” o de las “obras”. Afortunadamente, tenemos instrucciones claras acerca de cómo hacerlo.
Los investigadores del desarrollo infantil han identificado cuatro estilos de crianza y sus efectos predecibles en los niños. Cientos de estudios respaldan sus conclusiones, y están entre los más confiables hallazgos en desarrollo infantil. Sorprendentemente, cincuenta años antes que los especialistas en desarrollo infantil comenzaran sus estudios, Elena de White describía los estilos de crianza, usando nombres diferentes, pero identificando las mismas conductas de los padres y sus resultados en el carácter de los niños. ¡Dios siempre ha sabido lo que es mejor para los niños!
Control y apoyo son los dos aspectos principales de la relación entre padres e hijos que conducirá a su éxito o fracaso, incluyendo cuán bien los niños acepten los valores que sus padres tratan de enseñarles. Cuánto control usas con tu hijo y cuánto apoyo le provees determinan el estilo de crianza o paternidad que usas en tu familia.
En el diagrama de estilos de paternidad, notarás que la línea horizontal representa el control. El control puede variar desde poco a mucho. Entre los dos extremos hay muchos grados de control. El control describe cuánta influencia ejerces sobre lo que hace tu hijo. ¿Piensas que los niños deben ser guiados enérgicamente para enseñarles lo que es bueno y lo que es malo? ¿O piensas que los niños generalmente harán decisiones correctas por ellos mismos? ¿Piensas que tu rol es el de ser una fuente de recursos para tu hijo, más que una firme guía? El control describe quién manda en la familia: los padres o los niños.
La línea vertical representa el apoyo. Puede variar desde un fuerte apoyo en un extremo, hasta la ausencia casi total de este en el otro. Podríamos describir mejor la mitad inferior de la línea del apoyo como hostilidad. Cuando los niños no se sienten apoyados por sus padres, la relación entre ellos, generalmente, es hostil.
Los padres que dan apoyo están centrados en el niño. Entienden que los niños tienen necesidades especiales por cuanto son inmaduros. Pero reconocen también que los niños necesitan una guía firme para madurar y normas claras de conducta. Tales padres animan la independencia y la individualidad. Padres e hijos hablan mucho entre ellos, de modo que cada uno sabe lo que el otro siente, y los niños entienden las razones de las normas familiares. Una atmósfera de respeto por cada miembro de la familia impregna la casa. Los padres tratan a sus hijos con bondad y amor.
Los padres que no brindan apoyo a sus hijos engendran hostilidad, porque se centran primariamente en el adulto, y dan muy poca consideración a las necesidades de los niños. El diálogo entre padres e hijos es limitado o casi inexistente. Los adultos esperan que los niños les obedezcan, pero no enseñan las razones de sus demandas. Tales padres están atrapados por el afán de mantener su autoridad. Temerosos de que si dejan que sus hijos expresen su opinión perderán control, tienden a usar castigos físicos severos. La independencia y la individualidad son tabúes.
La manera en que los padres se llevan entre ellos y el grado de apoyo del estilo de paternidad adoptado crean el clima emocional del hogar, ya sea una atmósfera de bondad y cuidado o de frialdad y hostilidad. El clima emocional del hogar desempeña un papel significativo en la determinación de si los niños aceptarán o rechazarán los valores de la religión de sus padres. Tiñe todo lo que ocurre en la familia, dándole un aura de gozo y felicidad o de represión y tristeza.
Las dimensiones de control y apoyo convergen para describir cuatro estilos de crianza o paternidad: 1) autoridad persuasiva (alto apoyo y alto control), 2) permisiva (alto apoyo y bajo control), 3) autoritaria (bajo apoyo y alto control) y 4) negligente (bajo apoyo y bajo control).
Carlos, de 17 años, llega media hora tarde de una cita un sábado de noche. En el viaje de regreso, se le pinchó una llanta al automóvil. Desafortunadamente, la llanta de repuesto no estaba buena y tuvo que inflarla dos veces antes de llegar finalmente a casa. Cuando trató de explicar lo sucedido, su padre lo cortó gritando:
–¡No me vengas con esas! ¡No hay excusa de ninguna clase esta vez! ¡No podrás usar el automóvil por las próximas tres semanas! ¡Te lo mereces! ¡Eres totalmente irresponsable!
Carlos deja caer los hombros. Sabe que es mejor no tratar de explicar las cosas; con ello solo conseguiría un castigo más severo. Pero no parece justo. Se ha esforzado tanto por llegar a tiempo a casa... La semana siguiente será el banquete de los graduandos, y tendrá que buscar otro medio de llegar al lugar con su acompañante. El resentimiento crece en su interior y amenaza abrumarlo. “¡No puedo soportar esta situación por tres semanas más! Tengo que salir de aquí... Eh, la próxima semana es mi cumpleaños... quizá...”, piensa Carlos.
Cuando Elena de White habla del estilo autoritario lo llama “vara de hierro”, una frase sumamente descriptiva. Los padres que usan la “vara de hierro” son grandes en autoridad –la de ellos– y pequeños en respeto por las necesidades de sus hijos. Muchas veces son arbitrarios e indebidamente severos. La más pequeña indiscreción resulta magnificada en una montaña de “pecado”. Los adultos tienden a ser ásperos, dictatoriales, egoístas, antipáticos y fríos con sus hijos. Usan mucho de la fuerza y el castigo físico. Los padres autoritarios rara vez explican las razones de sus órdenes o permiten que sus niños desarrollen la habilidad de hacer decisiones personales. Su propia necesidad de poder y control caracteriza sus relaciones con su familia. Desafortunadamente, el estilo de paternidad autoritaria es muy común entre las familias religiosas conservadoras, que a menudo se esconden detrás de una concepción errada de la autoridad divina para justificar sus propias acciones.
Los niños criados bajo un estilo autoritario de paternidad reaccionan generalmente en una de dos formas. O bien se rebelan contra los valores de sus padres y se van de la casa tan pronto como sea posible –así como Carlos considera hacer–, o llegan a ser de voluntad débil, indecisos, individuos sin columna vertebral, incapaces de realizar decisiones morales difíciles.
Los hogares autoritarios generalmente producen niños con autoconcepto pobre. No tienen una conciencia fuerte y se adhieren a los valores negativos que los rodean. Generalmente, rechazan la religión. Si son religiosos, pueden tratar de ser “perfectos” en cada detalle de la vida cristiana, esperando ganar el favor de Dios y evitar su castigo, mediante el mérito de sus buenas obras. Su personalidad muchas veces carece de calor, compasión y empatía por los sufrimientos de otros. El Dios que ellos adoran es un juez iracundo, vengativo, listo para destruir a cualquiera que no dé la medida.
Carolina es una belleza de ojos oscuros, bonitos y vivaces. A los 14 años, es popular tanto entre los jóvenes como entre las muchachas. Viste siempre de última moda y tiene abundancia de dinero para gastar. Ambos padres son abogados y la han provisto de todo lo necesario, excepto de su amor, tiempo y atención. No le han puesto restricciones respecto de la hora en que debe regresar a casa después de una cita. A veces llega después de la medianoche y en cierta ocasión llegó a las 3:00 de la madrugada. Nadie dijo una palabra. En efecto, nadie parecía siquiera haberlo notado. Cualquier persona con quien ella tenga una cita está bien, en lo que a sus padres se refiere. Sencillamente, no tienen tiempo para que se los moleste. A menudo, Carolina llora hasta dormirse porque se siente muy sola. Necesita desesperadamente de sus amigos en la escuela; ellos son realmente su familia. La primera vez que sus amigos le sugirieron permanecer fuera hasta tarde, ella pensó que sus padres dirían algo, que harían algo; cualquier cosa que diera a entender que les interesaba saber qué le había sucedido. Pero no lo hicieron. Carolina lloró por horas como si su corazón fuera a romperse. A nadie le importó, realmente.
El estilo de paternidad negligente difícilmente necesita explicación; el nombre lo dice todo. Los padres tienden a ignorar a los hijos, demuestran poca preocupación por sus necesidades y terminan por quedar ausentes de la vida de ellos. Mantienen a sus hijos a distancia y no quieren sacrificarse ellos mismos ni sacrificar sus propias conveniencias. Generalmente, solo hacen esfuerzos débiles por guiar a sus hijos.
Los padres negligentes pueden ser los clásicos padres abusivos que maltratan físicamente a sus hijos o no les proveen para sus necesidades diarias de alimento, vivienda y vestido. Por otra parte, a veces pueden ser hombres y mujeres bien educados, orientados hacia una carrera, como los padres de Carolina, que están tan sumidos en sus propias vidas que, sencillamente, no tienen tiempo ni energías para atender a sus hijos. En lugar de educarlos, le dejan la tarea a la niñera. Tales padres generalmente suplen bien las necesidades materiales de sus hijos, pero no se involucran emocionalmente con ellos ni les dan apoyo. Desafortunadamente, sus hijos reconocen que no están arriba en la lista de prioridades de sus padres. Consecuentemente, no se sienten apoyados por ellos.
Los hijos que provienen de hogares negligentes reaccionan a menudo de la misma manera en que lo hacen los que provienen de hogares autoritarios: se rebelan y adoptan valores negativos. Generalmente, no son muy religiosos, ni tienen valores fuertes porque sus padres no se los enseñaron en forma consistente, ni los disciplinaron. Tales hijos tienen, a menudo, profundos problemas emocionales relacionados con el abandono de que fueron objeto. Su Dios es percibido como un gobernante distante del universo, que no se involucra en la vida de sus súbditos; alguien a quien verdaderamente no le importa lo que suceda sobre la tierra.
Los aspectos más dañinos de los estilos autoritario y negligente de paternidad son la frialdad y la falta de apoyo emocional. Estos a menudo conducen a actitudes de “qué me importa”, de abierta rebelión sin respeto por la autoridad de Dios ni la del hombre. Los padres autoritarios generalmente imponen la religión a sus hijos, mientras que los negligentes la ignoran por completo. La hostilidad que se desarrolla entre padres e hijos, generalmente, conduce al rechazo de lo que los padres más valoran: su religión.
Susanita, de tres años, gimotea y ruega que le compren un caramelo en la tienda. Su madre le dice que no, pero finalmente se cansa de sus gemidos y le da su caramelo. La misma escena se repite cada vez que van de compras. Según los amigos de su familia, Miguelito, de cinco años, es un terror. Anda por toda la casa, corre por todas las habitaciones, toma cualquier cosa que se le ocurre para jugar, y sus padres nunca dicen una palabra de reprensión ni intentan sujetarlo. En cambio, dicen generalmente: “Bueno, tú sabes cómo son los niños...” Miguelito va a la cama cuando le dan ganas. También come cuando quiere y no se le exigen buenas maneras en la mesa. “Es solo un niño, después de todo...”, suspiran sus padres.
Los padres permisivos e indulgentes, como los de Miguelito y Susanita, son tolerantes y aceptadores de los impulsos de sus hijos. Si bien son generalmente cálidos y cuidan de sus hijos, no les hacen muchas exigencias con el fin de promover en ellos una conducta más madura. Los hijos tienden a hacer lo que les place, sin mayor intervención de sus padres. La casa tiene pocas reglas y generalmente no se rige conforme a un programa. Las horas de dormir y comer se tienen cuando los niños quieren. Empleando poca disciplina, tales padres evitan la autoridad, el control y las restricciones.
Como resultado de la actitud de “dejar hacer” de los padres en la crianza de los hijos, los niños no se desarrollan teniendo un conjunto fuerte de valores. Tienden a ser impulsivos y quieren hacer lo que quieren en el momento. Esperar por la recompensa de mañana no es algo que les llame la atención. Como nunca han aprendido a controlar sus impulsos, pueden ser agresivos e irresponsables y tener una estructura moral débil. Su Dios es un Dios aceptador y amante que sonríe indulgentemente y mira para otra parte cuando los seres humanos se portan mal. Para ellos, el pecado no es un gran problema en el universo.
Jaimito, de ocho años, de cabellos rojizos y rostro pecoso, entra corriendo por la puerta al regreso de la escuela, llamando sin aliento:
–¡Mamá!, los chicos están yendo a jugar a la pelota. ¿Puedo ir al parque con ellos?
–Veamos –responde la madre–, ¿has terminado tus tareas de hoy? Jaimito deja caer la cabeza. Se había olvidado de hacerlas antes de salir para la escuela.
–Te acuerdas de nuestro arreglo, ¿verdad? –continúa su madre–. El trabajo viene antes del juego.
–Oh, mamá, solo por esta vez. Las haré cuando regrese.
–Lo siento, Jaime –le dice ella y lo rodea con su brazo–. No puedes ir a jugar con los chicos esta vez. Sé cuán chasqueado estás. Estoy segura que de aquí en adelante te acordarás de hacer tus deberes antes de salir para la escuela, ¿verdad?
Jaimito asiente lentamente con la cabeza, con la desilusión pintada en el rostro.
–¡Ven, hijo, terminemos esos deberes! –anima la madre a su niño mientras le da un pequeño abrazo–. Te voy a ayudar. No tomará mucho tiempo. Quizá tendremos tiempo de batear algunas pelotas antes que tenga que preparar la cena.
El estilo de autoridad persuasiva, centrado en el hijo, establece normas y expectativas claras tendientes a fomentar una conducta madura en los niños, considerando al mismo tiempo sus necesidades. Anima a los niños a ser independientes, a pensar por su propia cuenta, y a desarrollar su propia individualidad. Los padres exigen el cumplimiento de las reglas y normas, usando el castigo cuando es necesario, pero siempre en un clima general de amor y preocupación por el niño. Tales adultos no se dejan dominar por su propia autoridad. Por el contrario, los preocupa saber cómo conducir debidamente a sus hijos. Las necesidades de ellos son siempre importantes, y respetan sus sentimientos. Tales padres explican las razones de sus expectativas y prestan atención a los puntos de vista de sus hijos. Como resultado de ello, los niños generalmente sienten que cualquier castigo que reciben lo tienen merecido. Y saben, más allá de toda duda, que sus padres se interesan en ellos y los apoyan.
Elena de White describe a estos padres como personas que tienen autocontrol y están bajo la disciplina de Cristo. Muestran amor y amabilidad y se hacen amigos de sus hijos. Mientras despliegan simpatía y comprensión, pueden, cuando es necesario, demostrar también firmeza y disciplina estricta.
