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Entre cubanos, ensayos y artículos de psicología tropical se publicó en 1911 y contiene artículos aparecidos antes en la prensa cubana. Los artículos aquí reunidos revelan la agudeza intelectual del autor por entonces muy joven. En ellos se recogen muchos de los temas que conformarán los variados intereses de Fernando Ortiz. Escribe sobre el estado de la cultura y la literatura cubanas, la fiestas populares, el arte, la instrucción mercantil o el vigor cultura africana en la isla. En Entre cubanos Ortiz trata asuntos esenciales para la construcción de su idea de una patria mejor. La misma variedad de intereses de este libro es reflejo de una visión plural de Cuba y de la idea de que los problemas del país son muchos y de muy diversos tipos. Ortiz se preocupa también por Latinoamérica y por los efectos de la intervención de los Estados Unidos en Nicaragua. Su análisis del tema va más allá en su análisis de los sucesos: El mundo sigue impávido su marcha ante lo que ocurre; las cancillerías no se distraerán siquiera. La civilización nada nos debe. Engendros anémicos de un imperialismo que moría, hemos seguido embrutecidos en la modorra tropical, de la que despertaremos acaso tarde, cuando otro imperialismo que crece nos haya arrastrado en su torbellino. Cuba y Nicaragua, víctimas de igual dolencia, irán poco a poco desangrándose, y los pueblos fuertes, que fuertes son porque son cultos, pasarán a nuestro lado sin preocuparse para nada de nuestra agonía, como no preocupan gran cosa los pobres que mendigan la vida al borde del camino y al borde de la muerte. Solo una civilización intensa y difundida podría salvarnos; siendo cultos, seríamos fuertes. Seámoslo. Asimismo el autor compara en otros de los artículos las economías del continente y sus niveles de dependencia a los Estados Unidos.
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Seitenzahl: 205
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Fernando Ortiz
Entre cubanos, ensayos y artículos de psicología tropical
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Entre cubanos, ensayos y artículos de psicología tropical.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica ilustrada: 978-84-1126-794-6.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-272-9.
ISBN ebook: 978-84-9953-531-9.
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Créditos 4
Brevísima presentación 9
La vida 9
Al dormido lector 11
I. Carta abierta. Al ilustre señor don Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca 15
II. A Unamuno 23
III. No seas bobo 27
IV. Iniciativa intelectual de un cubano 29
V. De un libro, que es un puñetazo 33
VI. ¡Más machetes! ¡Pobre Cuba! 37
VII. ¡Miserere! 41
VIII. La irresponsabilidad del pueblo cubano 43
IX. Habanera 47
X. Football 49
XI. La librería cubana 51
XII. La ráfaga 53
XIII. Universidad popular 55
XIV. De arte cubano 57
XV. Cultura de Ultramar 61
XVI. Ignorancia jurídica 63
XVII. Labor de titanes 65
XVIII. ¡Abajo las armas! 69
XIX. Orfanotrofio agrícola 73
XX. Sin púas 75
XXI. Cátedras de agricultura 77
XXII. La psefografía de Cuba 81
XXIII. Ante las estatuas 85
XXIV. La huelga blanca 87
XXV. El bello gesto de los yanquis 91
XXVI. Por la instrucción mercantil 95
XXVII. Fiestas populares 99
XXVIII. Supervivencias africanas 103
XXIX. El timo del polo norte 107
XXX. Nicaragua intervenida 111
XXXI. «Alma cubana» 115
XXXII. Hojas caídas 119
XXXIII. Folklore cubano 121
XXXIV. Las supervivencias africanas en Cuba 125
XXXV. Los negros curros extracto de una conferencia pronunciada en el Ateneo de La Habana 131
XXXVI. Más partidos políticos 143
XXXVII. Las dos barajas 147
XXXVIII. Eco de Buenos Aires 151
XXXIX. El dedo en la llaga 155
XL. Sin baza 159
XLI. La solidaridad patriótica 163
XLII. Cuba y sus hermanas 177
Cuadros 179
Cuadro número uno 179
Cuadro número dos 180
Cuadro número tres 182
Cuadro número cuatro 183
Libros a la carta 185
Fernando Ortiz nació en La Habana, Cuba, el 16 de julio de 1881; falleció el 10 de abril de 1969 en la misma ciudad.
Cuando solo tenía dos años fue enviado a Menorca con sus abuelos maternos.
Con veinte años regresó a Cuba y aceptó un cargo diplomático que le condujo de nuevo a Europa, esta vez para ejercer como cónsul cubano en La Coruña, Génova y Marsella.
De ideario democrático, ingresó en el Partido Liberal en 1915. Pero el progresivo retroceso de los líderes del partido hacia postulados más conservadores, puso a Ortiz en el ala más izquierdista del Partido Liberal y, en consecuencia, en el centro de los ataques del conservadurismo que se había instalado en sus propias filas. Por entonces colaboró en la revista de avance. En 1931, ante el creciente número de políticos del Partido Liberal que mostraba su apoyo al dictador Gerardo Machado, rompió definitivamente con sus antiguos compañeros de militancia y se exilió a Estados Unidos, en donde empezó a difundir sus denuncias contra la grave situación en que se hallaba Cuba bajo la tiranía del gobierno de Machado.
Realizó notables estudios sobre la cultura afrocubana y la tradición insular, y sus ensayos sobre la presencia de África en Cuba son claves para cualquier estudios del género: Los negros brujos (1906), Los negros esclavos (1916), Los bailes y el teatro de los negros en el folclore de Cuba (1951) y Estudios etnosociológicos (1991). Otras obras destacadas son Hampa afrocubana (1906 y 1916), Glosario de afronegrismos (1924), Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), Los instrumentos de la música afrocubana (1952-1955) e Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959).
No al que contempla de cerca los destellos de la vida civilizada en los países de menos luz de Sol y de más luz humana, no al que despierto y avisado observa atento la crepuscular vida de Hispanoamérica, conoce sus tonos apagados y se entristece por la falta de color vivo; sino a ti, soñoliento hijo de los trópicos, a ti van mis palabras.
A ti que duermes al borde del camino de la vida, mientras los fuertes van pasando en sus carros augustales de victoria; a ti que, dormido, sueñas y que soñando desprecias a los que trabajando vencen; a ti que solo piensas en el modo de no pensar nunca y que solo quieres no querer nada; a ti dedico esta colección de articulejos regados por diarios y revistas antillanas en las horas ociosas del bregar por la vida.
Descubrirás en ellos caricias y latigazos, besos y mordiscos, curvas sensuales de la mórbida fantasía criolla, lineas esqueléticas de nuestra pergaminada psicología; ansias del triunfo, vértigos del peligro; sensaciones de un cubano que quisiera ver cómo en la fragua del trabajo se ablandaba al rojo blanco la férrea inconsciencia de su pueblo, y cómo se doblaba ésta, una vez dúctil y maleable, sobre el yunque de forjadores artífices; golpes, en fin, de un brazo joven que aspira solo a martillear constante el hierro popular; que si éste es hoy frío y duro por falta de fuego de idealismos que lo caliente, el rudo martilleo habrá de servir siempre, si no cesa, ya que no para repujar conciencias, sí, cuando menos, como repique augural que llame a todos a la obra y despierte a los aletargados cual tú, lector dormido.
Diríase que en estas tierras que el Sol caldea, padecemos la enfermedad del sueño, la del sueño más terrible, la del sueño de las almas.
Dormimos profundamente en estos países intertropicales. Nada perturba nuestra invencible soñera. No se oyen ya desde hace años los fragores de la lucha independizadora, ni el estampido de los fusiles, ni el trueno de los cañones, ni el tétrico tintineo de los machetes que se cruzan, ni los ayes de los heridos, ni el seco golpe de los muertos al caer, ni las maldiciones del derrotado, ni los hurras del vencedor, ni el gemido de los huérfanos, el llanto de las madres y la plegaria de las esposas... Todo calló, hasta las auras funerarias callaron el responso de sus graznidos.
Dormimos, porque no llegan a nuestros oídos las notas agudas de la guerra extinta, ni las de nonnatos idealismos militantes.
Dormimos, porque no basta despertarnos el sordo rumorío de la política menuda y personalista que rastrea a abajo, muy por debajo del esquilón de nuestro histórico sagrario, secular y santo. Vivimos en el silencio de los cerebros, en la quietud de las voluntades.
Dormimos, no porque las brisas tropicales mezan con embriagadora dulzura nuestra hamaca perezosa, la hamaca donde se amodorran los pueblos fatalistas; sino porque ya, sin negritos que nos abaniquen y fuera del pasado que cerraba nuestros ojos, continúan éstos sin luz y nuestras mentes siguen en la soñolencia esclavizadora de los antañeros arrullos.
No importa que voces aisladas clamen por una vida de acción poderosa, por una fuerza de fe y por la dominación dictadora de nuevos ideales.
Dormimos todavía...
Y para despertar de esta modorra que dejaron en nuestro ánimo el veneno colonial y la embriaguez de la liberación, más que otros pueden, y pueden mucho, los cubanos que en el frío ambiente de lejanas y septentrionales tierras o en el del solitario gabinete de estudio, templar pudieron sus voluntades y acerar sus inteligencias. Ciertamente, mas sépase asimismo que en sociedades sembradas de democracia como la nuestra, donde por causas varias la aristocracia mental es escasa y débil, no podrá germinar la cultura sin que todos, así los grandes del pensamiento y de la acción, como los pequeños y humildes laborantes, nos brindemos a la tarea regeneradora, nos consagremos al trabajo para roturar el virginal terruño de nuestra psicología, abrir surcos en él con firme constancia pedagógica, esparcir a todos los vientos las ideas de la vida moderna que habrán de ser siembra de esperanzas si las regamos no con el llanto estéril de los desesperados, sino con el sudor fecundante del trabajo; que haciéndolo así verdeará el campo de la patria cubana, la savia dulce de la cultura llenará sus cañaverales y para todos será rica y buena la zafra futura de bienandanzas.
No nos importe hacer uso del crédito, no temamos cual colonos rutineros acudir al extraño refaccionista para un préstamo de energías y de ejemplos, que aun cuando haya que pagarle intereses de usura, rica será la hacienda si todos en ella trabajamos y la gobernamos bien, pues así cubrirá sus compromisos íntegramente y dará vida feliz y próspera a los que a ella dedicaron sus cariños y sus labores, y a los que, ingratos, la hicieron víctima de sus codicias y de sus bastardías, presa de zarzas y de la mala hierba. Haga cada cual lo que pueda, pero hagamos todos. Trabajemos con amor y fe, aunque seamos humildes. Así son las siguientes páginas; vea en ellas el lector los azadonazos de un obrero, las ansias hondas de un cubano que espigando en las tierras de la lejanía quiso lanzar después granos de simiente ultramarina a los terrones del suelo patrio.
Son pobres aquellos como la mentalidad que los recogiera; pero fueron tamizados por la sinceridad y éste sea acaso su único valor.
Vayan al aire, caigan en corazones puros y en cerebros generosos, germinen, y vengan otros y otros más, más lozanos y más robustos, y acudamos todos a la siembra nacional en alegre romería de creyentes, para que sea granada la mies y pródiga la siega. Trabajemos todos y limpiemos el campo de cizañas.
Pero despertemos pronto, sacudamos el sopor, volvamos a la vida del trabajo.
El dictado con que en días de revolución se quiso estigmatizarnos, sea hoy nuestro orgullo. Seamos de nuevo laborantes, como lo fuimos de la labor libertadora.
Laboremos, hijos de los trópicos, laboremos; que si en las jornadas de la Historia hemos de caer rendidos, no sea por el fárrago colonial que nos encorva, ni por el narcótico de la abulia que nos va matando; libres de uno y otro; sea nuestra caída la de los pueblos cansados de la labor, no la de los que, aletargados, han dejado cruzar por encima de ellos el carro de la civilización.
Poco he cavado, más cavaré con otros que cavando están.
Si al ruido de nuestras azadas los tropicales despiertan, para todos llegará Germinal y más tarde Fructidor y los días de Vendimiario.
El trabajo produce siempre, ruido al menos. Y esto es lo que más necesita hoy el pueblo criollo; ruido que lo despierte a la vida moderna, que es la vida del trabajo y de la libertad.
¡Despertemos! ¡Laboremos!...
Fernando Ortiz
Señor de Unamuno:
Acabo de leer vuestro trabajo, que tituláis «El Sepulcro de Don Quijote», y a fe que es oportuno, viril y noble. Os quejáis desde esa vetusta Salamanca, antigua «madre de todas las ciencias», de la atonía de la patria hispana, anémica de sentimientos, mendiga de ideas, eunuca de voliciones. Y vuestros lamentos llegan como un eco lastimero a esta porción de las Indias hiriendo nuestro ánimo, porque vuestras desdichas y las desdichas nuestras son notas de un mismo acorde en el triste ritmo de la gente ibera.
«Esto —como aquello— es una miseria, una completa miseria. A nadie le importa nada de nada. Y cuando alguno, trata de agitar aisladamente éste o aquél problema, una u otra ocasión, se lo atribuyen o a negocio o a afán de notoriedad y ansia de singularizarse.»
También aquí hace falta que surja un Pedro Ermitaño, predicando una nueva cruzada, una locura colectiva que galvanice al pobre pueblo.
Proponéis una empresa para rescatar el sepulcro de Don Quijote del poder de los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos. Y aquí es asimismo urgente esa cruzada para apoderarnos del sepulcro del Caballero de la Locura, profanada por los hidalgos de la Razón. Nos hace falta, como a vosotros, resucitar a Don Quijote, a nuestro ideal, que anda a tajos y mandobles con la farándula. Porque si de miseria, de completa miseria calificáis la vida espiritual de vuestra tierra, la de ésta llega hasta el raquitismo.
Faltos estamos de una estrella nueva y refulgente, como aquella por la que vos clamáis, que guíe a los cruzados de la idea. Tuvimos, sí, una estrella que brilló en nuestro cielo con fulgor divino, que creó el corazón de nuestro pueblo e hizo sentir hondamente a todas sus fibras; que dio fuerza de titán a su voluntad para quererlo todo y hacer dulce el sacrificio y tenaz el esfuerzo; que dio luminosidad a su mente para concentrar un ideal inconmovible y ciego como un culto; que bastó, en fin, para convertir nuestro terruño, de región políticamente incaracterizada de la tierra, en nacionalidad socialmente definida.
Sí, tuvimos nuestra estrella, nuestra buena estrella, la estrella solitaria, destinada quizás a fulgurar solitariamente en nuestra historia, a no cruzar sus destellos con los de otro u otros luminares que centellean bajo otros cielos.
Pero ya no guía a nuestros cruzados, si es que con cruzados contamos todavía. Ya se ha apagado en nuestras mentes, como si para fijarla e inmovilizarla en aquella bandera que por primera vez flameó el 20 de mayo, libre, acatada y orgullosa, hubiese sido preciso arrancarla de nuestras conciencias. Al pasar a ser símbolo de la independencia nacional, dejó de indicar el polo de nuestra vida, y hoy ésta se arrastra chapalateando por los fangales del egoísmo, en noche oscura, sin la luz de aquella estrella que por tanto tiempo nos señaló la vía de nuestra cruzada. Parece que las lágrimas de emoción gozosa con que bañamos entonces nuestra tierra recién libertada, regaron las zarzas de las pasiones innobles y las raíces de nuestra cizaña.
No sabemos a dónde vamos; hambrientos de ideales, infelices abúlicos, languidecemos al borde del sendero de la vida, esperando que algún piadoso caminante nos arroje migajas de civilización, o nos lleve compasivamente en su carro hasta un mesón vecino.
Nos faltan caballeros andantes que nos sacudan, que nos despierten de esta modorra tropical en que la victoria nos ha sumido, y que nos conduzcan, como caudillos de la fe, a la conquista de nuevos lauros, que los laureles mambises no deben servirnos de adormideras.
Suspiramos por Caballeros de la Locura que hagan llover cuchilladas sobre los ridículos retablos y figurillas con que los Maeses Pedros de aquende los mares entretienen nuestras mentes infantiles, que se entusiasman con tal o cual Don Gaiferos y llegan a creer en la libertad de Melisendra; cual si por tamaña empresa ilusoria fuésemos a armar nuestro brazo y a dar nuestra sangre.
Sobrados estamos aquí de Caballeros de los Espejos, que deslumbran a nuestras inteligencias de alondra, y solo son bachilleres rutineros, vulgares y socarrones, que intentan echar por tierra a todo caballero que defienda a botes de lanza la Dulcinea de su ideal, envidiosos de que la fama llegue a trompetear los nombres de estos esforzados paladines.
Todos nos creemos hijos de la Gloria, y llegamos a tomar en serio como función básica de nuestra vida, la del turiferario, sahumándonos recíprocamente, quemando mucho incienso, para que el humo espeso encubra nuestros andrajos y haga creer a los no iniciados que vivimos entre nubes, como los dioses. Y con frecuencia nos tenemos por tales y nos pavoneamos a nuestras anchas, y vamos hacia el mañana en la carreta de nuestra vida, que chirría quejándose, muy contentos y bullangueros por creernos emperadores y reyes, héroes y super hombres, como iban los farsantes en el carro de la Muerte, que topó el Gran Loco, enmascarados con colorines y llevando cetros de oropel.
Y no somos los menos ilusos los que debiéramos ser savia nueva para el árbol de la intelectualidad nacional.
Nos creemos ungidos por el Gran Espíritu; nacidos, como Minerva, de la frente de Júpiter, armados y prontos para vencer. Somos una legión de genios que escalaremos el Olimpo, si es que hay justicia bajo los cielos. Pero van corriendo nuestros días y permanecemos a ras de tierra, sin que se fijen en nosotros los que pasan y saben dó van, tras de su estrella. Y entonces comienzan por envidiar al compañero, como si no hubiese lugar para todos en la cruzada de las ideas, y tratamos de herirlo a mansalva para que el laurel que él pueda ganarse en la lucha no lo reste de nuestra corona la veleidosa Fama. Despreciamos a los que desde la cumbre nos llaman y estimulan y les achacamos nuestro fracaso, cacareando en todas ocasiones la impotencia de los viejos y la esterilidad de sus ideas. La pereza intelectual nos abotarga; desdeñamos a los maestros sin estudiarlos siquiera; criticamos con desenfado la obra ajena, con saña cruel si no es la de un iniciado en la farsa; queremos pintar la vida cuando no hemos aún vivido; intentamos ser poetas y subir al Parnaso con las alas de Ícaro de nuestros inconsistentes pensamientos de cera; pretendemos analizar la sutil psicología de los que viven, aman y piensan, no habiendo conseguido antes definir la nuestra propia, quizás porque la anestesia de nuestra ignorancia nos priva de sentir otras emociones que no sean las ordinarias producidas por el rudo martilleo de la vida sobre nuestro ánimo, bien distintas de las que derivan del suave cosquilleo de aquélla en los sentimientos cultivados.
Nos empeñamos en forzar la natural precocidad tan propia de los pueblos tropicales como de las razas inferiores y escribimos de pesimismos y desengaños cuando el bozo apenas nos hombrea y abandonamos los libros cuando deberíamos seguir deletreando.
Y así, tristones, impotentes inconfesos, envidiosos empedernidos y vanidosos insoportables, vamos subiendo la escala de la vida. Pero eso sí, pretendidos intelectuales o modestos profanos, todos tenemos una vanidad, que pudiera llamarse nacional, por su difusión: la del choteo. Es la desgracia criolla. Todo lo motejamos de ridículo; y apenas florece una idea en este nuestro árido campo, la reímos como niñería. Toda nuestra psicología presente, por lo menos en sus aristas más agudas, puede condensarse en una máxima que está de continuo en boca de todos y que nos complacemos en repetir hasta la saciedad, quizás porque comprendemos la amarga verdad que la filosofía popular encierra en ella: Entre cubanos no andamos con boberías.
Y boberías son aquí todos los móviles que en otras tierras inspiran enérgicamente a los hombres y los hacen vivir con fe, luchar con esperanza y triunfar con caridad.
No tenemos religión alguna. Somos descreídos. Nuestras ideas de ultratumba no pasan de ser burdas y mal pergeñadas supersticiones. Ni somos fervientes de un culto, ni sectarios del libre pensamiento. ¿Para qué? Nuestra mente comodona se deja arrullar por los ritos con el placer nostálgico con que oímos, cuando viejos, las consejas de las nodrizas y sentiríamos perder esa poesía. Y de ahí no pasamos: ser practicantes de un culto o ser ateos, pensar en el gran problema, eso es bobería.
Nuestra política es también incolora: hilado de ambiciones, madeja de vanidades, y tejido de amplios programas, tan amplios, que entre sus grandes mallas se escabullen las aspiraciones positivas, aunque no siempre bien determinadas, de nuestro pueblo. Tomar la política en serio es también otra bobería. Y hace años que vamos escribiendo nuestra historia, con subrayados de sangre que afligen, con capítulos de guerra santa, intercalados para solaz de los lectores de la edición barata, y con ilustraciones vergonzosas que reímos como chistes históricos y que llamamos chivos, para no tomarlos en serio y no incurrir así en otra bobería.
Nuestra ciencia, ¡ah! asombro indiscutible del orbe, según convenio tácito entre los hijastros de ella, que casi siempre es la inveterada Celestina de la codicia profesional. Pensar año tras año acerca de un problema filosófico, aislarnos en un laboratorio durante lustros para robar secretos a Natura... ¡bah! ¡otra bobería! ¿Para qué vamos nosotros a sacudir nuestra somnolencia característica? ¿Para qué sirven si no los extranjeros?
Nuestro arte es mercancía cotizable a bajo precio en este mercado, pero cotizable al fin; bufón y juglar para los magnates; en vase de piropos azucarados para nuestras mujeres; peana arcillosa para nuestro propio ídolo, y retablo de Maese Pedro para nuestro pueblo... Ya no es palanca de verdades y de bellezas, porque ello requeriría un trabajo incesante y el valor de afrontar el ridículo. Resignarse a tales sacrificios para tales conquistas, sería una grande y nueva bobería.
Nuestro problema económico, es materia interesante solamente para nuestros tutores, los yankees, destinados a beneficiarse de nuestra prodigalidades.
¿Para qué habríamos obtenido su cooperación sino para quitarnos este otro peso de encima?
Y preocuparnos por problemas que otros han de resolvernos ¿no es acaso la mayor de las boberías?
Más listos y avisados, pues, que otros pueblos, nos refocilamos de gusto en el lecho de nuestras ilusiones, que quizás algún día sea para nosotros como el de Procusto. Pero estamos padeciendo de un empacho de viveza y nuestra vida puramente vegetativa tiende a ser totalmente parasitaria.
El pueblo cubano, noblote, sincero e infantil, suspira inconscientemente por una de esas boberías, que en otros pueblos producen trascendentales sensateces. Recuerda que de bobos fueron tildados los Céspedes, los Martí, los héroes todos de nuestra única boberíanacional, que nos dio vida, fuerza y esperanzas, y clama por otros bobos andantes que den por tierra con tanto listo como sufrimos. Observa que cuando un individuo de instintos no rebañescos se aparta del montón de los indeferenciados, se le culpa de bobería, se le acusa de traidor a la patria por su abstención de la vida gregaria de los más... Ahí están los Lanuza, los Varona, los Justo de Lara y demás renombrados y escasos caballeros que calzan espuela de oro y luchan altivos y fieros, pluma en ristre y embrazado el broquel de su ciencia, por esas Dulcineas de las almas nobles que nosotros tomamos por boberías, motejados de grandes bobos, como le fue de gran tonto el Hidalgo de la Mancha por aquel sesudo eclesiástico que cuidaba de su estómago satisfecho en el Palacio de los duques.
Y ahora, vos, señor de Unamuno, que en las riberas del Tormes lloráis sobre las ruinas del templo hispano, hacednos merced y regalo de decirnos si nosotros, los de esta ínsula, que un gran bobo llamó la más fermosa, debemos o no alistarnos en esa santa cruzada que predicáis con tanto fervor; si encontraremos también la estrella que nos polarice hacia un ideal; y si no os parece a vos que ya va siendo preciso que los cubanos montemos de nuevo en Rocinante y bajemos de Clavileño.
Os guarde el cielo por luengos años con el acrecentamiento de fama y bienandanzas que os desea vuestro servidor humilde.
Mi amigo benevolente y estimado:
No puedo resistir la tentación de dar al público unos párrafos que en la última carta vuestra que he recibido, exquisita y chispeante, acabo de leer para mi deleite. Me decís así:
Hace cosa de un mes estuvo aquí Bobadilla (Fray Candil) y me aseguró que La Habana es hoy acaso el centro de más intensa cultura de la América de la lengua española. Y si el hecho no es tan conocido se debe, me dijo, a que los cubanos son más recogidos y menos exhibicionistas. Así será, pues yo recibo de la Argentina y de Chile mucho más que el doble de libros y publicaciones que del resto de América, y he oído hablar de escritores cubanos a los que apenas conozco.
Ese recogimiento no es bueno. El viejo proverbio de que el buen paño en el arca se vende, no reza ya en esta época de intensísima lucha de mercado. Se vende sí, al cabo, pero es cuando el pañero se ha muerto de hambre. Si es que al país no le ha cogido la polilla. El tiempo es un gran factor y el darse a conocer pronto es ganarlo.
Ciertamente que en Cuba contamos con escritores capaces de sostener el parangón más riguroso con muchos colegas de los que bullen allende los mares; pero no es menos cierto que mi compatriota Bobadilla os ha exagerado la nota lisonjera, y que no se debe a falta de exhibicionismo el escaso nombre que obtienen los intelectuales cubanos.
Precisamente, uno de los factores que más embota nuestra actividad mental, es el elogio desconsiderado que se busca, se suplica y se obtiene. Apenas sale un rapaz de la Universidad y hasta del Instituto, los amigos (y aquí todos somos amigos) buscamos un periódico donde saludar a la futura gloria de la patria, y le publicamos sus primeros versitos, rimados indefectiblemente para ella, y lo ungimos con todo el almíbar pegajoso de los adjetivos encomiásticos. Y ya es un genio.
