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Fernando Ortiz Fernández es considerado el precursor de los estudios sobre la cultura de origen africano en Cuba. Su vida estuvo dedicada al descubrimiento de lo cubano y al rescate y revalorización de la presencia africana en la cultura cubana. Así, inició su carrera profesional indagando en el hampa afrocubana, en la mala vida de las periferias habaneras ―siguiendo con ello las rutas de dos cubanos: el sociólogo, historiador y periodista José Antonio Saco, y el literato y periodista Miguel de Carrión―. En consecuencia, inspirado en las tesis de sociología criminal de Enrico Ferri y Cesare Lombroso, elaboró sus propias teorías criminológicas y frenológicas en su libro Hampa afrocubana. Los Negros Brujos. La obra de Ortiz Fernández está marcada por la polémica en torno al método de investigación de las disciplinas básicas (historia, sociología, psicología, etc.), en su concepto de proyecto antropológico. En un primer momento Ortiz, influenciado por las ideas del positivismo lombrosiano vincula a la población negra a lo que llama la «mala vida» o a la delincuencia, la ignorancia y la inmoralidad, aludiendo a la necesidad de sanear a esta población a través de su «desafrincanización» para poder integrarla al proyecto nacional. Sin embargo, unas dos décadas después, Ortiz cambia de posición para apreciar y valorar las aportaciones culturales de los negros cubanos a la cultura nacional. Hampa afrocubana. Los negros brujos quizá resulta progresista en relación con su tiempo, pero sin lugar a dudas fue superada por corrientes posteriores que combinaban un exhaustivo trabajo de campo con el análisis de los contextos económicos, de estadísticas fiables y con el estudio de las creencias religiosas y supersticiones desde diferentes disciplinas.
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Seitenzahl: 411
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Fernando Ortiz
Hampa afro-cubanaLos negros brujos. Apuntes para un estudio de antropología criminal
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Créditos
Título original: Hampa afro-cubana. Los negros brujos. Apuntes para un estudio de antropología criminal.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-462-4.
ISBN rústica: 978-84-9007-268-4.
ISBN ebook: 978-84-9007-391-9.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Sumario
Créditos 4
Carta-prólogo 13
Advertencias preliminares 15
Capítulo I. La mala vida cubana 21
I. Interés especial de su estudio. Componentes étnicos de la sociedad de Cuba 21
II. Condiciones sociales de las distintas razas. Su fusión parcial 24
III. Fenómeno característico de la mala vida cubana 30
Capítulo II. La brujería 33
I. El fetichismo africano en Cuba 33
II. La religión. Dificultades para su estudio. Dioses de Yoruba. Olorun. Los Orishas. Obatalá. Shangó. Ifá. Yemanyá. Osho-oshi. Ogún. Oshim. Orúmbila. Ololú. Babayú-ayé. Didena. Orisha-okó. Eshú. Elegbará. Los Jimaguas. Otras divinidades. Otras religiones 35
III. Los jimaguas 50
Alá 55
El culto Vodú 56
IV. Amuletos 61
V. Supersticiones necrófilas 64
Capítulo III. La brujería 69
I. El culto brujo. El templo y el altar. Cofradías. Vestiduras. Sacrificios. Música y danzas. Dar el santo 69
II. La hechicería. Salación, fleque, embó, bilongo. Limpiezas. Terapéutica bruja. Hechizos amorosos. Hechizos maléficos. Otras supersticiones. Envenenamientos y asesinatos 92
III. La agorería. Collar de Ifá. Echar los caracoles. Otros procedimientos adivinatorios 112
Capítulo IV. Los brujos 121
Capítulo V. Difusión de la brujería 152
I. Aparente catolización de los negros. Afinidades entre la religión de los negros y la de los blancos. Despreocupación religiosa en Cuba 152
II. Prestigio del brujo hechicero y sus causas 162
III. Prestigio del brujo agorero y sus causas 171
IV. Resumen 173
Capítulo VI. Extracto de las noticias publicadas por la prensa de La Habana, referentes a varios casos de brujería 179
2 septiembre 180
Taco Taco 180
1903 abril 180
La Habana 180
Mayo 181
La Habana 181
Junio 181
Remedios 181
Agosto 182
Guanajay 182
Diciembre 183
Jovellanos 183
1904 julio 183
La Habana 183
Agosto 183
Artemisa 183
Yaguajay 183
Septiembre 184
Abreus 184
La Habana 188
Los Palos 189
Octubre 191
La Habana 191
Cárdenas 192
El Gabriel 192
Noviembre 193
Sagua 193
La Habana 193
Cabezas 194
Jibacoa 195
San Antonio de Río Blanco 195
Madruga 195
Diciembre 196
El Gabriel 196
San Cristóbal 197
Güira de Melena 198
Consolación del Sur 198
Cabezas 198
Matanzas 199
Macalua 199
Batabanó 200
San Felipe 201
Güines 201
Rodas 201
San Cristóbal 202
La Habana 202
Colón 203
Agramonte 203
1905 enero 203
Trinidad 204
Rancho Veloz 204
La Habana 204
Febrero 204
Santiago de Cuba 204
La Habana 205
Marzo 205
Jiguaní 205
Managua 205
Cienfuegos 207
Santiago de Cuba 208
La Habana 208
Mayo 209
La Habana 209
Cienfuegos 209
Caimito (Guanajay) 210
Junio 210
La Habana 210
Agosto 212
La Habana 212
Gibara 212
Septiembre 213
Rancho Veloz 213
La Habana 214
Capítulo VII. Porvenir de la brujería 215
I. Desafricanización de la brujería 215
II. El brujo, tipo de la mala vida. Brujos incorregibles y corregibles 217
III. Represión actual de la brujería. Necesidad de criterios positivistas. Acción directa contra los brujos. Su justificación. Sus formas. Su extensión. Sustitutivos penales. La instrucción. La religión. Otras medidas profilácticas 223
Libros a la carta 245
Partout je sens, j’aspire, á moi-méme odieux,
Les noirs enchantements et les sinistree, charmes
Dont m’enveloppe encor la colère des Dieux...
José María de Heredia
La Magicienne. Les Trophées
Carta-prólogo
Señor don Fernando Ortíz.
Distinguido abogado: He recibido su manuscrito, lo he leído y lo juzgo de un interés extraordinario, tanto, que debo rogarle se digne cederme para mi revista, el Archivio di Psichiatría, ecc., su estudio acerca del suicidio en los negros, el de la criminalidad afro-cubana y también el del delito de violación de sepulturas.
Me será grato asimismo recibir para el Archivio, la traducción de los trozos más interesantes de su libro y la cesión de ciertas figuras.
Creo acertadísimo su concepto sobre el atavismo de la brujería de los negros, aun en los casos en que se observan fenómenos medianímicos, espiritistas e hipnóticos, pues estos últimos eran también muy frecuentes en la época primitiva.
Sería interesante una investigación acerca de si los brujos presentan fenómenos medianímicos, espiritistas o hipnóticos, p. ej.: hacer mover una mesa, ver al través de los cuerpos, etc. Sería también utilísimo un análisis de las bebidas especiales usadas por los brujos.
Nada tengo que sugerirle respecto a sus futuros estudios de etnografía criminal, como no sea la adquisición de datos acerca de las anomalías craneales, fisonómicas y de la sensibilibad táctil en un determinado numero de delincuentes y brujos, y en un número igual de negros normales.
Puede usted servirse de mis pocas líneas como quiera.
Agradeciéndole la consideración que le he merecido y augurándole un feliz regreso a su patria, me suscribo su admirador
César Lombroso
Turín, 22 de septiembre de 1905
Advertencias preliminares
Sean mis primeras palabras para testimoniar al señor profesor César Lombroso mi cordialísimo agradecimiento por su benévolo juicio acerca del presente libro, honor éste inmerecido, que no puedo recordar sin emoción muy íntima. Solamente los que profesan con el fervor de los neófitos el credo de una escuela científica, joven, viril y noblemente audaz, pueden apreciar la intensidad del sentimiento de mi gratitud hacia el genio creador de la antropología criminal, por el espaldarazo de iniciación con que ha querido distinguirme armándome caballero de esa triunfadora cohorte de investigadores que lo aclaman sobre el pavés como caudillo y lo veneran como gran maestro.
•••
He titulado apuntes al presente estudio, no por falsa modestia, sino porque, efectivamente, no es sino una recopilación de ellos. La dificultad de las investigaciones positivas en el ambiente del hampa; las relativamente escasas fuentes de estudio, la vastísima complejidad del tema, y mi ausencia de Cuba durante estos últimos tiempos, han impedido que mi estudio fuese más completo y acabado. En él hallará el lector, sin duda, numerosos huecos, muchos problemas no resueltos, otros observados sin la detención deseable y algunos esbozados apenas.
Pero mi trabajo es de muy limitadas pretensiones, y si bien inicia el estudio metódico y positivista de la poliétnica delincuencia cubana, el modesto nombre que por esto pudiera ganarme únicamente se debería a la concomitancia de factores circunstanciales, que no al mérito de mis esfuerzos. No obstante doy a la Prensa mis apuntes, convencido de hacer obra útil, siquiera para alentar el trabajo de plumas mejor cortadas que la mía, que profundicen el estudio de ese campo inexplorado y fecundísimo en preciosas observaciones, cual es el de la mala vida cubana. La etnografía criminal está en sus inicios especialmente con referencia al delincuente negro se ha hecho muy poco —y Cuba, en donde, en más o menos cercanas condiciones de ambiente, han podido determinar su delincuencia razas tan diversas como la blanca, la negra y la amarilla, ofrece una vastísima base de estudio superlativamente tentadora.
A los cubanos pensadores toca roturarla y hacerle rendir los frutos que la ciencia tiene derecho a exigir de ella y de ellos.
•••
Así como algunos erotómanos hallan en la contemplación de las figuras ilustrativas de los científicos tratados de anatomía descriptiva un incentivo para sus aberraciones sexuales, y algunas personas de impresionabilidad aguda no pueden soportar la descripción de ciertas enfermedades, así hay individuos que buscan en los libros acerca de la mala vida, una fuente de nuevos excitantes para sus vicios, y otros que no resisten su lectura sin sentirse asqueados ante la gangrena puesta en ellos al descubierto.
Aunque decir supersticiosos es decir ignorantes, y éstos ciertamente no se complacen en hojear libros serios, no obstante, convencido estoy de que entre el bien llamado vulgo culto ha de haber alguien que al saber de una obra acerca de la brujería ha de procurarse su lectura por una curiosidad nacida de sus propias supersticiones. Por otra parte, algunos lectores, al recorrer las páginas de este estudio de patología social, no podrán reprimir una mueca de disgusto y hasta dudarán de la conveniencia de sacar a la luz semejantes úlceras de nuestro pueblo.
A unos y otros, a los que aún son supersticiosos y a los que no gustan de escenas repugnantes por la miseria moral que las informa, les recomiendo sinceramente que no pasen adelante en la lectura de mi trabajo. Los primeros no han de encontrar en él esas descripciones literarias de escenas misteriosas y envueltas en el velo de lo tenebroso, que tan profundamente sugestionan sus infantiles mentes, ni han de aprender secretos de la magia doblemente negra de los afro-cubanos, ya que me he ceñido a no citar otros hechos y datos que los exigidos para la apreciación sociológica del fenómeno estudiado y en forma que no se aparta de la precisa para servir de base a consideraciones positivas.
Para los segundos he procurado disfrazar en lo posible la crudeza de ciertas necesarias observaciones; pero, no obstante, si no sienten afición a esta clase de lecturas, es inútil que intenten la de las páginas que vienen a continuación. Antes de que unos y otros lectores puedan reprochar al autor el haberles engañado acerca del carácter de su obra, se cree éste en el deber de hacer aquí las anteriores advertencias.
Después de todo, los supersticiosos no habrán de elevar su mente con la lectura de este libro, ya que la derrota del miedo a lo desconocido y a lo sobrehumano puede producirla tan solo una sólida cultura integral; ni los impresionables habían de perdonarme el haberles hecho descender conmigo a la observación del legamoso fondo salvaje de nuestro subsuelo social, olvidando quizás que para conocer y apreciar el grado de civilización ética alcanzado, nada mejor que volver la vista hacia los rezagados, hacia los infelices que, impotentes para trepar a un superior nivel moral, chapatalean en los lodazales del vicio.
•••
El autor se cree también en la necesidad de hacer otra aclaración previa. Aunque no puede deducirse de sus afirmaciones, ni siquiera de los datos por él ordenados, una opinión racista que repugnaría a sus convicciones sociológicas, no obstante, quizás del grupo de los que entre nosotros escriben o hablan para el público —especialmente desde las capas inferiores de ese reducido mundo, porque también el intelectualismo tiene su hampa— puede surgir una malintencionada voz que achaque a este libro conclusiones apasionadas y pugnantes con el sano juicio que merece la observación científica de todos los caracteres psico-sociológicos de la población cubana de color. Sin embargo, el estudio e interpretación del valor real, positivo o negativo, que para la evolución de la sociedad cubana tienen los múltiples y a menudo olvidados coeficientes que han determinado el estado actual de la raza negra en Cuba, de cada día más próspera y asimilable, no significa que los que en tal dirección acentúen sus esfuerzos intelectuales sea inspirados en impulsos bastardos, que serán ciertamente y en absoluto inmotivados.
La observación positivista de las clases desheredadas en tal o cual aspecto de la vida, y de los factores que les impiden un más rápido escalamiento de los estratos superiores, forzosamente ha de producir el efecto benéfico de apresurar su redención social. Así sucedió con los trabajos de los Pinel, los Esquirol, los Morel, etc., sobre los desgraciados locos —que si bien ya no morían como antes con la afrentosa coroza en las hogueras de los autos de fe, eran tratados aún como malhechores, como susceptibles de volverse cuerdos por la pena, según todavía recuerda el refrán popular—, los cuales trabajos el desarrollo de la psiquiatría que hoy exige que los alienados sean atendidos con la afectuosa tutela que merecen los enfermos y los niños. Así como los gigantescos esfuerzos de los Lombroso, los Ferri, los Lacassagne, los Tarde, los Dorado y de toda la falange de criminalistas modernos harán viables los idealismos de la teoría correccionalista, socavarán las inútiles prisiones y abrirán una era de tutelar tratamiento para los criminales —infelices que naufragan por la inestabilidad del esquife de su organismo, juguetes del enfurecido oleaje del ambiente; inocentes, sin embargo, de la defectuosidad del primero, que ellos no escogen al embarcarse para el viaje de la vida, y de la procelosidad del segundo, que ellos no motivan al tratar de fijarse un rumbo sin brújula y sin timonel.
Tómense, pues, las observaciones de este libro en el sentido real y desapasionado que las inspira, y rectifiqúense si son equivocadas, y complétense si deficientes, que todo esfuerzo intelectual en pro del conocimiento científico del hampa afro-cubana no será sino una colaboración, consciente o no, a la higienización de sus antros, a la regeneración de sus parásitos, al progreso moral de nuestra sociedad y al advenimiento de esos no siempre bien definidos, pero no por esto menos nobles ideales que, incuba toda mente honrada y objetiva, polarizados hacia una corrección de la doliente humanidad, para que los egoísmos se refrenen y canalicen y los altruismos se aviven, y para que libres de prejuicios étnicos y de aberrantes factores artificiales de selección, la evolución superorgánica siga su curso determinado por las fuerzas de la Naturaleza, encauzadas por sentimiento de amor y cooperación universal, que no son todavía tan humanos como nos lo hace creer el orgullo de nuestra especie, demasiado adormecida por las ideas antropocéntricas que la han mecido durante tantos siglos.
Observemos con escrupulosidad microscópica y reiterada —cum studio et sine odio— nuestros males presentes, que la consideración de su magnitud nos producirá la pesadilla que ha de despertarnos más prontamente de nuestra modorra y nos ha de dar valor y fuerzas para alcanzar la bienandanza futura.
•••
Hasta aquí, el prólogo de la primera edición de este libro. Hoy ve de nuevo la luz en la Casa Editorial-América de Madrid, después de varios años de estar agotado.
La dedicación del que suscribe a los estudios del Hampa Afro-cubana no ha cesado. Acaba de producir un libro: Los negros Esclavos, y en breve concluirá otro: Los negros Horros, y después habrá de terminar tres más: Los negros Curros, Los negros Brujos, y Los negros Ñáñigos, todos ellos integrarán la serie titulada Hampa Afro-cubana, que inicié en 1906 con la publicación de este libro que hoy de nuevo se edita, sin pensar en su refundición completa. Los negros Esclavos y Los negros Horros, son ampliación de lo que fue la primera parte de la presente obra. Esta queda reducida en la presente edición a la parte propiamente dedicada al estudio del fetichismo afro-cubano.
Queda intacta. Para tocarla y completarla con los datos acumulados en diez años sería necesario la refundición completa. Esta edición, pues, obedece a una insistente demanda de librería, que no permite esperar una labor extensa y difícil, como la refundición, forzosamente lenta.
Y el autor estima también oportuno difundir más y más el conocimiento del atavismo religioso que retrase el progreso de la población negra de Cuba, digna de todo esfuerzo que se haga por su verdadera libertad: la mental.
Fernando Ortiz
Habana, 1917
Capítulo I. La mala vida cubana
I. Interés especial de su estudio. Componentes étnicos de la sociedad de Cuba
El estudio de la mala vida habanera, y, en general, el de la cubana, ofrece un interés especial e indudablemente ha de ser fructífero, en igual grado que el conocimiento del hampa de las capitales americanas y europeas. Las grandes ciudades civilizadas se parecen todas, tanto en la mala vida como en la vida honrada de sus habitantes. En todas se descubren las mismas llagas de la mendicidad, en todas la repugnante gama de vicios sexuales se muestra completa, en todas la delincuencia habitual adopta formas parecidas... Dada la semejanza de los componentes sociales de las grandes poblaciones, no podía suceder diversamente.
Los tipos de su mala vida han de parecerse, como los de su vida buena, pues así como la enfermedad se desarrolla según las condiciones fisiológicas del individuo en quien hace presa, así el hampa es un reflejo de la sociedad en que vegeta.
En cambio, entre los factores que han contribuido a fijar los caracteres de la mala vida en Cuba hay algunos que no se encuentran en las sociedades comúnmente estudiadas, factores que han contribuido de un modo especial a formar la psicología cubana, hasta en las más inferiores capas de nuestra sociedad. Por esta razón el estudio del hampa cubana en general ha de dar lugar a observaciones originales y ha de sacar a la luz tipos no conocidos fuera de Cuba, que se diferencian grandemente de los hampones de otros países.
Estos factores que se manifiestan de manera particular en la mala vida de Cuba y que determinan los caracteres distintivos de ésta, son especialmente antropológicos.
La observación de la composición étnica de la sociedad cubana, tan diversa de las europeas, basta para poner de manifiesto las diferencias que han de acentuarse en la mala vida de Cuba con relación a la de los demás países.
En resumen: puede decirse que tres razas, tomando esta palabra en su acepción clásica y más amplia, depositaron sus caracteres psicológicos en Cuba: la blanca, la negra y la amarilla, y si se quiere una cuarta, la cobriza o americana, por más que ésta ejerciera escasa y casi nula influencia.
La raza blanca entró en Cuba representada por los españoles de la conquista y por las sucesivas inmigraciones que importaron el temperamento, el grado de cultura, las costumbres y los vicios de los habitantes de las diversas regiones de España.
Los primeros colonizadores vinieron a las Indias como aventureros. Ellos trajeron con los prolegómenos de la civilización la impulsividad propia de su pueblo y profesión guerrera, impulsividad filtrada a través de ocho siglos de guerras incesantes. Expulsados los árabes y después los judíos, en Iberia sobraron una turba de nobles y soldados hambrientos, imposibilitados de continuar su vida azarosa y de adquirir tierras enemigas a botes de lanza, y un clero belicoso y de intransigencia exacerbada por la continua lucha con los infieles. El clero hizo presa en el pueblo harapiento, que se divertía con los autos de fe, y los aventureros de la guerra se alistaron en los tercios que corrieron por Europa o cayeron sobre las Indias, que los sustentaron parasitariamente. Consúltese el libro de Salillas, Hampa, para comprender en toda su extensión la psicología de los conquistadores españoles.
A Cuba llegó un puñado de esos audaces, castellanos y andaluces principalmente, en los que latía el heredado fervor bélico de las aún recientes guerras contra la morisma, a las que habían asistido muchos de ellos. El hecho de prohibir la Reina Católica, apenas verificado el descubrimiento, el pase a las Indias de los que fuesen castellanos,1 pero especialmente la circunstancia de monopolizar la navegación entre España y América el puerto de Sevilla hasta 1720 y después el de Cádiz hasta 1764, hizo que siguieran llegando a Cuba solamente españoles del sur de la Península, en los cuales el carácter impulsivo y el afán de lucro inmediato eran más agudos que en los habitantes del Norte, avezados al trabajo sedentario, después de varios siglos de vida relativamente pacífica. Tales aventureros vinieron a hacer fortuna sin trabajo; para librarse de éste sometieron a los indígenas, y la sumisión fue tan cruel, que a fines del siglo XVIII los aborígenes ya no existían2 y solo han dejado algunas huellas filológicas, principalmente en los vocabularios geográfico, zoológico y botánico regionales, y escasos restos arqueológicos. Para sustituir el trabajo del aborigen introdujeron ya, desde los primeros tiempos, la esclavitud negra, que les transmitieron los árabes. Las rebeliones de indios y negros fueron continuas; así que no faltó en Cuba ocasión para dar rienda suelta a los impulsos belicosos. Pero, no obstante, a los nobles y a los andaluces en general, que llegaron en los primeros siglos, se deben las costumbres gentiles y la esplendidez de la hidalguía castellana, que transmitieron a sus descendientes y que formaron la estratificación básica del carácter de las antiguas familias cubanas, así como otros muchos caracteres de nuestra psicología.
Al finalizar el siglo XVII, después de creados en 1764 por Carlos III dos correos mensuales entre los puertos de La Coruña y de La Habana, y después de declarada libre en 1774 la navegación entre siete determinados puertos de España y de la isla de Cuba, pero, sobre todo, después de las gestiones del cubano Francisco de Arango para la introducción de trabajadores blancos en 1794, inicióse la verdadera colonización de Cuba, y a la colonización principalmente militar y burocrática de las regiones meridionales de la Península sucedió la agrícola de los hijos de Canarias3 y la comercial e industrial de los naturales de las provincias gallegas, cantábricas4 y catalanas.5
Casi contemporáneamente con la raza blanca llegó a Cuba la raza negra; pero su importación no fue considerable hasta que, por el impulso dado por los inmigrantes blancos a la vida económica del país, se dejó sentir extraordinariamente la necesidad de brazos para las plantaciones, de tal manera, que al mediar el siglo XIX hubo en Cuba más negros que blancos. Y así como los blancos trajeron consigo diversos caracteres psíquicos, según la región de su procedencia, así sucedió con los negros, según la comarca africana de donde fueron arrebatados, agrícolas, pacíficos y algo civilizados unos; guerreros, indómitos y salvajes otros, etc.
También a mediados de la última centuria entró en Cuba la raza amarilla, llegando a contarse en 1862 más de 60.000 chinos, procedentes de Shangai y de Cantón por lo común, asimismo para las faenas agrícolas, como los negros, y sometidos de hecho a un régimen muy poco distante de la esclavitud a que éstos estaban sujetos.
Vinieron todavía a completar el mosaico étnico de Cuba los indígenas de Yucatán, mas en cantidad tan reducida, que apenas han dejado recuerdo de su paso.
II. Condiciones sociales de las distintas razas. Su fusión parcial
Pero todas estas razas encontraron en Cuba un ambiente tan nuevo y tan radicalmente distinto de aquél del cual eran originarias, que les era de todo punto imposible desenvolver su actividad y energías bajo las mismas normas que en sus países de procedencia, por lo que al factor antropológico se unieron otros sociales para determinar las características de la vida cubana.
Ha sido de gran trascendencia la posición que entre sí mantuvieron las razas y aun los varios núcleos de individuos de origen y condición diferentes.
La raza blanca se dividió en dos partes: cubanos y españoles, aparte de escasos individuos de otras nacionalidades, y ambas se odiaban mutuamente y se trataban como enemigas. El blanco nativo, en general, y especialmente el intelectual, fuera del ejercicio estricto de su profesión, veía sus energías obstaculizadas por las autoridades españolas, sin otra válvula que la constante conspiración política; el cubano adinerado no halló en el ambiente que le rodeaba manera de crearse constantes y cultos pasatiempos ni trabas para entregarse a los vicios, que, a veces, lo hacían caer en el lodo de la mala vida; el cubano proletario estaba al descubierto contra todo factor degenerativo que pudiera contagiarlo y en contacto forzoso y constante con las otras razas, que insensiblemente iban influyendo en su psicología.
El español, o llegaba por la inmigración en busca de una fortuna y dispuesto a emplear para su conquista toda la rudeza de su psicología aldeana, azuzada por el ambiente hostil en su mayor parte, o bien arribaba a Cuba por el ejército o la burocracia, en uno y otro de estos casos con el ejercicio de una supremacía despótica y el convencimiento de que no tenía que hallar censores que castigaran su corrupción administrativa.
La raza negra, de repente, y en un país extraño, se halló en una condición social extraña también para los más de sus individuos: la esclavitud, sin patria, sin familia, sin sociedad suya, con su impulsividad brutal comprimida frente a una raza de superior civilización y enemiga que la sometió a un trabajo rudo y constante al que no estaba acostumbrada. Cuando el negro fue libre su libertad le sirvió para subir algo en la escala de la cultura, habiendo perdido varios jirones de su psicología africana en los zarzales de la esclavitud; pero no pudo salir de su ambiente restringido y separado del blanco.
La raza amarilla supo concentrarse, aislarse en tal forma, que significó psicológicamente poco en la sociedad cubana, aunque influyó más sobre las otras razas que éstas sobre ella.
La oposición entre cubanos y españoles produjo las sucesivas revoluciones separatistas que ensangrentaron el país y que tan hondamente sacudieron la sociedad cubana. Las rebeliones armadas y la conspiración incesante fueron otro factor social que, penetrando intensamente en toda la vida del pueblo cubano, contribuyó a diferenciarla de la de los demás pueblos, incluso en la esfera de la delincuencia.
Asimismo el deficiente régimen de gobierno colonial imperante ocasionaba en todos los campos de la actividad social diferencias con las sociedades extranjeras regidas por gobiernos buenos o malos, pero propios.
La misma esclavitud en que tenían que vivir los negros y hasta los chinos, al menos durante largo tiempo, influyó desfavorablemente, contribuyendo al atraso moral de los blancos que estaban más en su contacto, haciéndolos más rudos y crueles.
La condición moral y social de la isla de Cuba —dice Merivale—6 parece que ha declinado bajo la influencia de la esclavitud... El plantador español se ha hecho más cruel e inmoral.
En todas partes donde la esclavitud existe desde antiguo —escribe Humboldt—,7 el simple desarrollo de la civilización obra sobre el tratamiento de los esclavos con menos eficacia que la deseable. La civilización se extiende raramente entre un gran número de individuos, pues no alcanza a los que están en contacto inmediato con los negros en los lugares donde éstos trabajan.
La inmigración china en Cuba, que se ha hecho en gran escala, ha traído un nuevo elemento de inmoralidad.8
La inmigración que tiene tal preponderancia en la formación de la sociedad de Cuba ha influido también desfavorablemente desde el punto de vista moral en ésta como en los demás países donde las corrientes inmigratorias son igualmente violentas y asimismo introducen, junto con elementos sanos, otros de inferioridad nociva.9 La mayoría de los inmigrantes —todavía hoy sucede con frecuencia— salían por primera vez de su aldea para pasar el Atlántico; en su país nativo, especialmente en algunas regiones que dan el mayor contingente de emigrantes, todo barniz intelectual, aun el más simple, el alfabeto, les era ajeno, y aun los que podían alcanzar este primer grado de cultura no se libraban de ser presas de toda suerte de supersticiones y prejuicios, desprovistos de altruismos, imbuidos por un clero igualmente ignorante y pobre de espíritu, y presas también de una impulsividad egoísta, difícil de refrenar. Estos caracteres, hoy muy atenuados porque la civilización va germinando en todos los lugares, se manifestaban en los inmigrantes de la primera mitad del siglo último con la crudeza más feroz. Llegados a Cuba, la lucha por el capital en el campo, en aquel ambiente primitivo de servidumbre y tiranía, o en la ciudad, en el terreno de la explotación comercial, absorbía todas sus fuerzas, toda su vida, sin que ni siquiera la forma elemental del altruismo, la amorosa, pudiera conducirles sino raramente a un grado menor de rudeza. Si el individuo en tales condiciones no podía progresar por la virtualidad de sus innatas dotes, apenas si ascendía sobre el ínfimo nivel psicológico con que salió de su país, agravado a veces en las consecuencias de su defectuosa estratificación por la conciencia de la fuerza que una fortuna le proporcionaba.
De una lucha económica tan despiadada, donde los egoísmos eran desenfrenados, forzosamente tenían que resultar muchos vencidos, que rodaban hasta los últimos peldaños de la escala social, o que no lograban ascender por ella.
Además, por la arteria del ejército, forma especial de inmigración, llegaban a Cuba elementos nocivos, detritus de la metrópoli, con frecuencia criminales declarados judicialmente; por otra parte, los elementos sanos que el servicio de las armas traía a Cuba eran a menudo absorbidos por el ambiente y se hacían nocivos, desarrollándose por el ejercicio sus móviles antisociales, que eran favorecidos por la vida militar colonial de entonces, de forzosa y casi continua holganza y de supremacía en todos los órdenes.
La escasa densidad de población en el interior de la isla era un factor más de la delincuencia, y, unida a las especies de cultivo más comunes, facilitaba la permanencia del abigeato, del bandolerismo10 y de los incendios delictuosos, tan frecuentes todavía hoy en nuestros campos,11 etc.
Todos estos factores peculiares de la sociedad cubana son los que en el poliedro de la mala vida señalan las aristas más salientes. Pero entre todos ellos, el factor étnico es el fundamental; y no solamente produjo hampones especiales de cada raza, sino que, aportando cada una de éstas a la mala vida sus propios vicios, se fue formando un estrato común a todas por la fusión de sus diversas psicologías, estrato que constituía y constituye el núcleo de la mala vida. Para llegar a esto fue preciso que algunos estratos sociales resultaran accesibles a la vez a blancos y negros especialmente,12 en que ambas razas, desde varios puntos de vista, vivieran en un ambiente común favorable a la fusión, o, lo que es lo mismo, que las psiquis del blanco y del negro en ciertas capas sociales tuvieran unas mismas exigencias intelectuales, emotivas, etc., que fueran, en fin, homogéneas. Y no cabe dudar de que así fue en las capas ínfimas de nuestra sociedad, donde la transfusión física y psíquica entre todas las razas ha sido y es intensa. Téngase en cuenta, sin embargo, que el diverso temple psicológico de los elementos que integran la sociedad cubana no me permite dar a la expresión de capas ínfimas un significado casi exclusivamente económico, como suele entenderse en otras sociedades, sino que al referirme a los estratos más bajos de nuestra sociedad me fijo en aquellos donde la psicología primitiva de los varios componentes étnicos vibra con un mismo diapasón, por más que la tonalidad económica sea diversa.
Si se observan las clases psicológicamente inferiores de la raza blanca, sobre todo de tiempos que fueron, cuando la raza negra alcanzó su apogeo numérico y era base principalísima de nuestra economía social, se podrá comprender que la separación psicológica entre ambas razas, desde ciertos puntos de vista, no era tan radical como puede creerse observando superficialmente. En efecto: dando por repetidas las breves consideraciones acerca de la psicología impulsiva de los aventureros de la conquista, a formar el sedimento de la raza blanca contribuían en primer lugar los elementos ínfimos de la inmigración, a cuyas condiciones morales e intelectuales ya me he referido. Los blancos nativos de Cuba, que dedicados a las tareas de la agricultura no habían recibido instrucción, no se separaban apenas de semejante nivel psicológico, como tampoco, aunque en grado más elevado, los obreros sometidos al trabajo asalariado; pero unos y otros, por la atenuación de aquel grado supremo de ambición que es propia de la psicología del inmigrante, especialmente de aquel entonces, por la interrumpida influencia femenina de la madre y de la esposa, por el influjo de una noble aspiración de libertad nacional y por otras circunstancias de diversa índole, no inspiraban su actividad en tan crudo egoísmo, ni su caída moral era tan fácil. Tales elementos negativos precipitaban, de resultas de enérgica y constante reacción social, formando el estrato inferior de su raza, sedimento diferenciado por la ignorancia y por el egoísmo impulsivo, es decir, por la primitividad psíquica. ¿Será necesario ahora recordar la misma primitividad psíquica de la raza negra?
Ambas razas se soldaron en estas capas psicológicamente comunes o muy afines por lo menos, y hoy la sociedad cubana se desarrolla psíquicamente por una gradación insensible desde el blanco, cuyas dotes lo colocan al nivel del hombre refinadamente civilizado, hasta el negro africano que restituido a su país natal reanudaría sus libaciones en el cráneo mondo de un enemigo. La soldadura fue completa, no solo psicológica, sino también fisiológica, pues para que ésta se realizara fueron las mismas concausas, igualmente extenso el contacto e íntimo y permanente a la vez. Todos sabemos cuan frecuentes eran hace cincuenta años las uniones duraderas de blancos y negras.13 Aun hoy día la voluptuosa mulata es la sacerdotisa más fervorosa de la deidad que la trajo al mundo, del amor libre. Por el influjo recíproco de ambas razas la negra fue adquiriendo un impulso de progreso, cada vez más desarrollado, que la hizo despertar de su secular somnolencia y salir en parte del subsuelo social en que la retenía su falta de cultura, y la raza blanca africanizó su clase ínfima aceptando aquellas formas que traducían de un modo orgánico completo y exacto sus impulsos primitivos, aún no aplastados por el peso de superiores estratos de cultura.
En este campo gris, para expresarlo gráficamente, vegetan con preferencia los parásitos de la mala vida cubana. La prostitución vergonzosa, la mendicidad abyecta, la criminalidad habitual y la organizada, la superstición absurda, la ignorancia crasa, la impulsividad salvaje se barajan como las razas en este subsuelo de Cuba. A este fondo legamoso fueron y vienen a parar todos los elementos nocivos de la sociedad, sin distinción de colores. De ahí que los caracteres de la mala vida en Cuba sean particularmente complejos en proporción a las varias cloacas que en ella vierten sus patógenos detritus.
La raza blanca influyó en el hampa cubana mediante los vicios europeos, modificados y agravados bajo ciertos aspectos por factores sociales hijos del ambiente. La raza negra aportó sus supersticiones, su sensualismo, su impulsividad, en fin, su psiquis africana. La raza amarilla trajo la embriaguez por el opio, sus vicios homosexuales y otras refinadas corrupciones de su secular civilización.
Pero los elementos blancos de la mala vida cubana no bastan para diferenciarla grandemente de los que se observan en los demás países poblados por la misma raza, y su fruto más desarrollado, el bandolerismo, que sin solución de continuidad se remonta a los aventureros de la conquista, puede hallarse allende el Atlántico con parecidos caracteres. Los chinos, por su vida social concentrada, no transmitieron a las demás razas los más funestos de sus vicios, y únicamente han difundido, aunque con sobrado arraigo, esa forma de delincuencia fraudulenta, tan propia de su carácter, el juego o rifa chiffá, llamado vulgarmente charada. La raza negra es la que bajo muchos aspectos ha conseguido marcar característicamente la mala vida cubana, comunicándole sus supersticiones, sus organizaciones, sus lenguajes, sus danzas, etc., y son hijos legítimos suyos la brujería y el ñañiguismo, que tanto significan en el hampa de Cuba.
III. Fenómeno característico de la mala vida cubana
Después de las antecedentes observaciones queda patente un fenómeno social que basta para caracterizar por sí solo la mala vida cubana, y que es el eje fundamental alrededor del que giran las principales manifestaciones de aquélla.
En la mala vida de cualquiera de las sociedades formadas solamente por blancos entran aquellos individuos de la misma sociedad que por defectuosa estratificación ética, debida a factores antropológicos o sociales, no pueden elevarse a la esfera moral en que se mueve la generalidad de sus convivientes, y los que, incapaces de mantenerse en ello, caen rodando hasta el fondo de la heria, o sean los rezagados del progreso moral. En Cuba toda una raza entró en la mala vida.14 Al llegar los negros entraban todos en la mala vida cubana, no como caídos de un plano superior de moralidad, sino como ineptos, por el momento al menos, para trepar hasta él. Sus relaciones sexuales y familiares, su religión, su política, sus normas morales, en fin, eran tan deficientes, que hubieron de quedar en el concepto de los blancos por debajo de los mismos individuos de la mala vida de éstos, pues para el hampa blanca no faltaban algunos lazos de unión con la masa honrada; su desadaptación no era completa, mientras que sí lo era en un principio la de los infelices negros. En sus amores eran los negros sumamente lascivos, sus matrimonios llegaban hasta la poligamia, la prostitución no merecía su repugnancia, sus familias carecían de cohesión, su religión los llevaba a los sacrificios humanos, a la violación de sepulturas, a la antropofagia y a las más brutales supersticiones; la vida del ser humano les inspiraba escaso respeto, y escaso era también el que de ellos obtenía la propiedad ajena, etc. Para aumentar la separación estaban el lenguaje, el vestido, la esclavitud, la música, etc. El desnivel moral era agravado por el intelectual. Fue necesario el transcurso de mucho tiempo y la sucesión de complejos acontecimientos para que de la excomunión en que era tenida la raza negra se fuera excluyendo una parte de ésta ya, encarrilada hacia la civilización, parte que cada día va afortunadamente siendo mayor, restringiendo así más y más el campo de la mala vida en su más amplio concepto.
A pesar de esto no puede decirse con rigurosa expresión que los negros al llegar a Cuba no fuesen honrados y sí inmorales, dado el carácter de relatividad que sociológicamente tiene el concepto de la honradez y de la moral. Los negros eran honrados con relación a su criterio moral; no lo fueron cuando tuvieron en el nuevo medio que regular sus actos con arreglo a los criterios más elevados que los blancos tenían para sí y que impusieron a sus dominados.
Pero la inferioridad del negro, la que le sujetaba al mal vivir era debida a falta de civilización integral, pues tan primitiva era su moralidad como su intelectualidad, como sus voliciones, etc. Este carácter es lo que más lo diferencia de los individuos de la mala vida de las sociedades formadas exclusivamente por blancos. En éstos no se trata, por lo general, de una psiquis primitiva completamente desnuda por falta de estratos que la recubren en todas sus partes, como sucedía en el negro, sino de un desgarro parcial de estos estratos psíquicos que pone al descubierto solamente la primitividad moral de una psiquis,15 que no obstante sigue revestida por las capas de cultura que se mantienen sobrepuestas e intactas al resto de la misma.
Sin embargo, en la actualidad, cuando ya algunas generaciones de individuos de color han vivido en el medio civilizado, cuéntanse también hampones negros que muestran ese desequilibrio en su evolución psicológica, y relativamente civilizados intelectualmente conservan todavía rasgos de su moral africana, que los precipita en la criminalidad.
En conclusión: el estudio de la mala vida cubana es de especial interés, porque a medida que se profundice y extiendan las investigaciones en ese sentido, preferentemente con relación a la raza negra, han de aportarse originales y preciosos datos a la etnografía criminal, ciencia que aún está en estado de formación y que ha de venir a completar la antropología y sociología criminales contemporáneas, basadas casi exclusivamente todavía sobre la observación del hombre delincuente blanco.
El presente libro es una modesta contribución a empresa científica de tanta monta. Su objeto es el estudio de la brujería, una de las principales características del hampa de Cuba.
1 Prevost, citado por Bachiller y Morales.
2 Véase, sin embargo, lo que dice Bachiller y Morales en su obra Cuba primitiva. La Habana, 1883, pág. 258.
3 Véase Arboleya, Manual de la Isla de Cuba, La Habana, 9; págs. 41 y 115. Mientras en 1846 los habitantes españoles de Cuba, originarios de la Península, formaban el 13.07 % del total de la población, los canarios ascendían al 6 %.
4 Los vascongados trabaron relaciones con Cuba ya en 1668 mediante la creación, por el Gobierno español, de la escuadra mercante y de corso llamada Compañía Guipuzcoana.
5 La inmigración de otros países no ha tenido gran importancia, por el escaso número de inmigrantes. Puede señalarse, sin embargo, la francesa, originada por la revolución de Haití, que obligó a varios millares de colonos franceses a trasladarse a nuestra isla a fines del siglo XVII.
6 Cita de Leroy Beaulieu.
7 Ídem.
8 Leroy Beaulieu, De la Colonisation chez les PeapiesModernes, París, 1902; tomo I, pág. 256.
9 Véanse algunas pruebas en Lombroso, El Delito, trad. esp.; Madrid, 1898; págs. 91 y sigs.
10 Véase un artículo sobre este tema de Enrique José Varona, publicado en la Revista Cubana, tomo VII, pág. 481.
11 Y también en las ciudades. El delito consistente en incendiar un establecimiento industrial o comercial, previamente asegurado, es muy común en Cuba, y a menudo llama la atención de la Prensa.
12 No me refiero a los chinos, porque éstos han llegado relativamente tarde a Cuba, y por su influencia poco intensa.
13 Digo blancos y negras, porque las uniones entre blancas y negros fueron escasísimas. El hecho es común a todos los países donde conviven diversas razas de civilizaciones muy distanciadas. «En los cruzamientos entre razas humanas desiguales el padre pertenece casi siempre a la raza superior. En todas partes, sobre todo en los amores pasajeros, la mujer se resiste a descender; el hombre es menos delicado... La negra o la india se cruza fácilmente con el blanco. La mestiza, nacida de esas uniones, orgullosa de la sangre de su padre, creería decaer entregándose a un individuo de color, y guarda todos sus favores para aquellos a quienes el cruzamiento ha acercado.» (M. de Quatrefages, L’Espece Humaine, París, 10.ª edición; págs. 200 y 202.)
14 En Europa un fenómeno análogo puede observarse en la posición social de los gitanos, aunque diverso bajo muchos aspectos.
15 Este concepto de la primitividad moral es preferible al de parasitismo social expuesto por Max Nordau, aun con la enmienda restrictiva que ya antes habían propuesto B. de Quirós y Ll. Aguilaniedo, la anormalidad. Me limito en este lugar a consignar el concepto de la mala vida que domina en el presente trabajo, que no es sino el del atavismo moral por equivalentes, de Ferrero, extendido en su aplicación a los diversos aspectos de la mala vida.
Capítulo II. La brujería
I. El fetichismo africano en Cuba
Si se tiene presente que las regiones occidentales de África, que las regiones de las cuales fueron arrebatados casi todos los esclavos traídos a Cuba, son los baluartes del fetichismo; que esta forma religiosa exige un culto simplicísimo, hallándose en todas partes y al alcance de la mano cosas convertibles en fetiches; y que las ideas religiosas son de las que arraigan más firmemente y defienden su vida tras el más rudo misoneísmo, se comprenderá sin esfuerzo que en la evolución psicológica de la raza negra en Cuba la superstición sobrenadó allí donde fue el naufragio de casi todos los demás factores sociales africanos.
El afro-cubano, aun cuando llegue a decirse católico, sigue siendo fetichista. Sería pueril pretender que el negro nativo de África, que llegó a Cuba trayendo impresas en su cerebro primitivo las aberraciones fetichistas, y que fue precipitado apenas llegó (y para ello fue traído) al abismo de la esclavitud, tan profundo en lo económico como en lo intelectual, se hubiese despojado de sus propias creencias religiosas para vestir el ropaje del catolicismo. No cabe duda de que hay negros merecedores del calificativo de calambucos16 y de que entre las asiduas frecuentadoras de templos se cuentan en no escaso número las negras; pero a poco que se lime en esa capa de relativa civilización religiosa se descubrirá el fetichista africano.
El fetichismo africano entró en Cuba con el primer negro. Pero fetichismo no significa para las sociedades africanas la expresión de una pura idealidad religiosa. Aquél es la forma más primitiva de religión, el principio de la diferenciación social del fenómeno religioso; así es que aparece todavía completamente amalgamado con otros fenómenos sociales, en especial con uno de éstos, larvado aún, si así puede decirse; fenómeno que debe lograr una ulterior germinación, un puesto más elevado en la escala de la seriación de los fenómenos sociales, cual es el científico. Para el negro fetichista su religión es el escudo que opone a las fuerzas desconocidas que le atemorizan procurando convertirlas en propicias. Los fenómenos de la Naturaleza, la muerte, los sueños, las enfermedades, el respiro, las sombras, el eco, las imágenes reflejadas, son los ejes de sus supersticiones. La creciente división del trabajo social ha ido separando las diversas funciones que antes se confundían en el cargo sacerdotal, y el sacerdote se ha visto, en parte, sustituido por el médico, por el alquimista, por el astrólogo, por el físico, por el filósofo y por los demás explicadores de lo sobrenatural; por más que aún hoy los creyentes invoquen a las divinidades por mediación del primero, para que en cooperación con el médico (y a veces sin ella) los salve de una dolencia, o para que ayuden al físico a librarles de los rayos, etc. En las religiones primitivas todas estas funciones sociales tendentes a enseñorear al hombre de la Naturaleza y a librarle del miedo a lo desconocido, que es el forjador de dioses, como se dijo ya por Epicuro, venían desempeñadas por el fetichero. En esos primeros estratos psico-sociales, todas las fuerzas de la Naturaleza eran desconocidas; pero el hombre se las explicó dando vida semejante a la suya a todo lo que le rodeaba; y para él fueron seres animados y autónomos el viento, el agua, el fuego, la piedra, el árbol, etc., es decir, antropomorfizó todos los seres y fuerzas de la Naturaleza, concediéndoles una psiquis como la suya, capaz, por tanto, de dañarle y de beneficiarle, capaz de mantener con él relaciones iguales a las sostenidas con los semejantes: de cambio de servicios (el do ut des, facio ut facias de todas las religiones) y de lucha (así el negro golpea al fetiche cuando éste no le rinde favores). El fetichero fue aquel a quien se le atribuyó, por motivos que no importa tratar aquí, la facultad de conjurar los males, especialmente los de causación no humana, de alcanzar el auxilio de las potencias sobrenaturales, de averiguar el porvenir, etc., y a la vez fue sacerdote, hechicero y agorero. El fetichero en las comarcas de África tuvo también su carácter de orden político y jurídico, puesto que a él estaba encomendada la investigación de ciertos delitos, el descubrimiento y castigo del culpable, etc. Una vez en Cuba perdió este carácter, de una parte, porque era imposible mantenerlo en el nuevo ambiente social, y de otra, porque fue sustituido desde ciertos puntos de vista por el ñáñigo. Pero la intervención del fetichero en la vida social puede reducirse a los tres aspectos ya mencionados: sacerdote, hechicero y agorero.
De modo que desde tres puntos de vista debe ser considerado el negro fetichero de Cuba como su antecesor el de África, personajes idénticos ambos, si la diferencia del ambiente no hubiese influido haciendo diversas sus actividades. El fetichero afro-cubano generalmente, y tal como se manifestaba tiempo atrás, cuando la trata negrera impedía la desafricanización de los negros, era también a la vez sacerdote, hechicero y agorero, como lo fueron los behiques de los aborígenes de Cuba. En rigor, y por las razones ya expuestas, el carácter religioso es inseparable de sus funciones curativas y adivinatorias, las cuales aparecen siempre consagradas por la invocación a las divinidades, cuando no por una intervención directa de las mismas. Sin embargo, la finalidad de los actos de los feticheros, meramente de índole religiosa, o principalmente médica o pronosticativa, permite distinguir los tres indicados aspectos de su actividad.
Bien por la importación de algunos feticheros de África, que, pese a su carácter sacerdotal, padecieron la esclavitud junto con sus fieles, lo cual no es imposible, o bien porque la necesidad que tuvieron los negros de curarse a sí mismos sus enfermedades a su manera y de practicar su culto, hiciera germinar espontáneamente los feticheros entre aquéllos, y de todos modos por la iniciación de criollos en los sagrados ritos y misterios, y por su transmisión hereditaria, en Cuba hubo y hay todavía feticheros proporcionados al número de los fieles y de los que sin ser religiosamente fetichistas reconocen en aquellos sacerdotes determinados poderes sobrenaturales. Al fetichero se le llama en Cuba brujo, sin duda porque al traducir por primera vez la palabra, que en lenguaje africano significaba fetichero, aún esta última (cuya raíz es portuguesa) no había sido introducida en el vocabulario usado en Cuba.
II. La religión. Dificultades para su estudio. Dioses de Yoruba. Olorun. Los Orishas. Obatalá. Shangó. Ifá. Yemanyá. Osho-oshi. Ogún. Oshim. Orúmbila. Ololú. Babayú-ayé. Didena. Orisha-okó. Eshú. Elegbará. Los Jimaguas. Otras divinidades. Otras religiones
La especie religiosa de los negros africanos en Cuba, como en su país, es el fetichismo con manifestaciones animistas que lo hacen avanzar hasta el politeísmo.
El fetichismo es aún intensísimo en África occidental, de donde fue traído a Cuba. Como dice Tylor en su obra La Civilización Primitiva:17
Todavía hoy el África occidental es el país de los fetiches. El viajero los encuentra en todos los caminos, junto a todos los vados, sobre la puerta de todas las casas; con ello hacen collares que el hombre lleva siempre; los fetiches evitan la enfermedad o la producen cuando son olvidados; ocasionan la lluvia; llenan el mar de peces que se dejan coger ellos mismos por las redes del pescador; descubren y castigan a los ladrones; dan valor a sus adoradores y combaten contra sus enemigos; en fin: nada hay que los fetiches no puedan hacer o deshacer, a condición de que se encuentre el fetiche conveniente.
