Entre el deseo y el amor - Amanda Browning - E-Book

Entre el deseo y el amor E-Book

Amanda Browning

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Beschreibung

Kathryn sabía que Joel Kendrick era el hombre más sexy que había conocido nunca, aunque también sabía que no estaba interesado en tener una relación estable. Pero ella no huía de los desafíos, y cuando Joel empezó a flirtear, ella le devolvió la pelota. Solo que el inocente coqueteo de Joel se convirtió en deseo verdadero, y el de Kathryn, en amor. En su apasionada aventura, ella escondía sus sentimientos porque sabía que Joel no creía en el amor. Por eso se quedó asombrada cuando de repente el soltero de oro le pidió que se casara con él...

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Seitenzahl: 207

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2001 Amanda Browning

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Entre el deseo y el amor, n.º X - julio 2016

Título original: The Playboy’s Proposal

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2002

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-8715-2

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

Kathryn Templeton se hallaba sumergida en una agradable bruma, flotando en algún lugar intermedio entre el sueño y la vigilia. El ronroneo del motor y la suave música que surgía de los altavoces del coche le habían hecho arrellanarse cómodamente en el asiento y cerrar los ojos hacía un rato. Fue el repentino silencio lo que le hizo abrirlos de nuevo.

–¿Qué sucede? –alzó la cabeza y miró por el parabrisas. Temía que hubiera habido algún accidente o algo parecido, pero la serpenteante carretera que recorría el nevado paisaje de Lakeland aparecía vacía por completo.

–Casi hemos llegado –dijo a modo de explicación Drew Templeton, su primo y el motivo de que Kathryn estuviera allí sentada camino de Cumbrian.

Ella pensó que, como explicación, aquella dejaba mucho que desear. Se irguió en el asiento y miró a su primo con curiosidad.

–¿Por qué te has puesto de pronto tan serio?

Drew tamborileó con los dedos en el volante.

–Por nada, en realidad –dijo, y luego añadió–: He pensado que debía advertirte respecto a Joel, eso es todo.

Kathryn arqueó una ceja depilada a la perfección. Drew se había mostrado bastante reticente a hablar sobre su jefe. Lo único que ella sabía era que tenía problemas con su ordenador y, como se llevaba muy bien con su primo, había decidido echarle una mano. Kathryn dirigía una pequeña pero floreciente empresa dedicada a resolver los problemas que surgían con los programas de los ordenadores.

–¿Qué le sucede a tu jefe? ¿Es alguna clase de monstruo? –bromeó, y su primo le dirigió una sombría mirada.

–No exactamente. Creo que el mejor modo de describir a Joel es diciendo que es un lobo vestido con piel de lobo –dijo, muy serio.

Kathryn nunca había conocido a un auténtico lobo. ¿Cómo sería? Atractivo, sin duda. Rezumaría atractivo sexual por cada poro; de lo contrario, ¿cómo atraería y seduciría a las mujeres? ¿Y qué se sentiría coqueteando con él? Aquel pensamiento hizo que un temblor de anticipación recorriera su cuerpo. Nada le gustaba más que un ligero flirteo con un hombre listo y atractivo. El fin de semana, que hasta ese momento solo le había ofrecido algo de trabajo interesante, adquirió un cariz distinto por completo. Kathryn sonrió para sí, se cruzó de brazos y dedicó a Drew toda su atención.

–Qué interesante. Cuéntame más –sugirió, sin ocultar su entusiasmo.

Su primo gimió, aunque no pareció sorprendido por su respuesta. Kathryn era una mujer vital y animada y, en general, veía la vida como una aventura. En lugar de ver a Joel Kendrick como alguien a quien debiera evitar, lo más probable era que considerara un reto flirtear con él. Desgraciadamente, Drew sabía que su jefe no era como la mayoría de los hombres a los que su prima había conocido. Le preocupaba que corriera peligro real, y no quería verla sufrir.

–Hablo en serio, Kathryn. Joel es mi jefe y me cae bien, pero eso no quiere decir que esté de acuerdo con su actitud hacia el sexo opuesto. Es un depredador para las mujeres guapas. Cuando ve una que le gusta, va tras ella sin pensárselo dos veces. Las trata bien, sin duda, pero solo está interesado en tener aventuras. La idea del matrimonio ni siquiera pasa por su cabeza. Y ese es el motivo por el que estás aquí.

Aquello solo sirvió para que aumentara la curiosidad de Kathryn.

–¿Quieres decir que una de sus mujeres es la que le ha estropeado el ordenador?

Drew asintió.

–Al parecer, no le hizo ninguna gracia que diera por terminada su relación. Creemos que entró en la casa mientras él estaba de viaje y borró todo lo que pudo del disco duro. Luego el sistema operativo falló y… Bueno, ese no es mi terreno. No sabemos qué más hizo pero, según Joel, es un caos.

–Comprendo –murmuró Kathryn, mientras alababa en silencio el ingenio de la mujer. Sin duda, su venganza había sido mejor que romperle los trajes.

Drew suspiró y puso un intermitente para salir de la carretera principal.

–Joel me ha llamado y me ha preguntado si conocía a alguien que pudiera echarle una mano, pero no quiere a cualquiera husmeando en sus cosas. Yo sabía que podía fiarme de ti, pero hasta que no nos hemos puesto en marcha no he pensado que traerte a conocer a Joel era como arrojarte en los brazos del lobo.

–¿Acaso crees que estará interesado en añadirme a su lista de conquistas? –preguntó Kathryn en tono irónico.

Drew la miró con gesto preocupado.

–Desde luego, cumples todos los requisitos.

Ella sonrió.

–¿Te refieres a que respiro?

–Me refiero a que eres preciosa –corrigió Drew.

Kathryn sonrió.

–Gracias por el cumplido

–De nada.

Ella volvió a arrellanarse en el asiento y contempló distraídamente el paisaje invernal. Era una suerte que el jefe de Drew no estuviera buscando una esposa, porque no parecía su tipo en absoluto. Ella estaba buscando al hombre que quisiera pasar el resto de su vida a su lado. Sabía que un día lo encontraría y que se enamoraría de él al instante, porque el amor era así. Pero mientras esperaba no tenía nada en contra de divertirse un poco. ¿Qué más daba que el jefe de Drew no fuera apto para el matrimonio? Como posible diversión, cumplía todos los requisitos. Además, aquel hombre debía haber llevado el arte del flirteo a las cotas más altas de la perfección. Drew no debía preocuparse por ella. Tenía la cabeza bien asentada sobre los hombros y no estaba dispuesta a convertirse así como así en la siguiente conquista de Joel Kendrick.

–De manera que tu jefe está acostumbrado a conseguir las mujeres que quiere –murmuró, pensativa.

–Algo tiene que ver con ello el hecho de que sea guapo y rico –dijo Drew en tono irónico.

–Ah, el atractivo sexual…

Kathryn conocía su poder. Había caído bajo su embrujo una o dos veces en su búsqueda del amor y del hombre perfecto para ella. Sabía que era tan sensible como cualquier otra mujer al atractivo de un hombre, pero eso no significaba que se dejara llevar así como así por él. A lo largo de sus veintiséis años había tenido solo dos relaciones. No era tan difícil mantener las relaciones platónicas. El sexo por el sexo nunca la había atraído.

–¿A qué se dedica? Porque supongo que no se pasa el día persiguiendo mujeres.

–Tiene empresas de ingeniería por todo el mundo. A veces puede ser implacable, pero es muy respetado en Londres y en el mundo de los negocios en general. Se ocupó de la empresa cuando su padre se retiró, y desde entonces no ha hecho más que mejorar. Hay que reconocer su talento, pero, desafortunadamente, está acostumbrado a salirse casi siempre con la suya.

A Kathryn no le asustaban los hombres tenaces y tercos. Su padre y sus hermanos eran así, con una clara tendencia a dar órdenes a la pequeña y única chica de la familia porque la querían y debían protegerla. Y ella lo comprendía, pero nunca les dejaba excederse. En consecuencia, sus peleas habían llegado a ser legendarias. Después de todo, era digna hija de su padre, y también ella podía ser muy terca.

–¿De verdad crees que podría sentirme interesada por él?

–Espero que no –respondió Drew con fervor–. Pero la verdad es que tengo la sensación de que las mujeres son incapaces de resistirse a su encanto.

Kathryn rio. El problema con Drew era que la conocía demasiado bien.

–Gracias por el voto de confianza, pero te advierto que no soy ninguna incauta. ¿Se te ha pasado por la cabeza la posibilidad de que no me guste? –la ley de las probabilidades decía que debía haber algunas mujeres inmunes al encanto de aquel hombre.

–Aunque no te gustara, sé que serías capaz de hacer alguna tontería solo por divertirte. Pero ten cuidado, Kathryn –advirtió Drew–. Joel Kendrick no es un hombre con el que se pueda jugar.

No había duda de que estaba preocupado por ella, y Kathryn se lo agradecía, pero sentía que su primo se estaba excediendo. Era cierto que ella ya estaba pensando en afilarse un poco las garras, pero siempre podía cambiar de opinión.

–Aprecio tu consejo, primo, pero de momento me reservo la opinión. Después de todo, todavía no he conocido a tu jefe.

Unos minutos después, Drew detenía el coche ante una gran casa construida en piedra.

–Así que esta es la guarida del lobo –dijo Kathryn mientras salía del vehículo. Era preciosa.

Drew tomó los bolsos de viaje del maletero.

–Ven a conocerlo. Espero que tengas una ristra de ajos a mano.

–Eso solo sirve para los vampiros, tonto. Lo que necesito en este caso es una bala de plata, y me temo que no llevo ninguna encima. Lo anotaré en mi lista de la compra.

–Bromea ahora todo lo que quieras –respondió Drew, serio–. Solo espero que puedas seguir haciéndolo cuando nos marchemos.

Kathryn enlazó un brazo con el de su primo y lo estrechó con suavidad.

–No te preocupes. Sé cuidar de mí misma.

Él la miró con gesto de duda.

–Hmm. Famosas palabras –se encogió de hombros–. Yo ya te he puesto sobre aviso. Ahora todo depende de ti.

El sonido de unos pasos acercándose llegó hasta ellos desde el interior de la casa mientras Kathryn respondía:

–Ya soy mayorcita. Por si te has olvidado, hace un mes que cumplí veintiséis años.

–Lo sé; estuve allí. Y me alegra decir que te comportaste muy bien. Después de todo, puede que estés adquiriendo algo de sentido común. ¿Estoy mostrándome demasiado protector?

Kathryn sonrió.

–Un poco, pero tienes permiso.

–Mañana vuelo a Alemania, así que no estaré aquí para protegerte.

Kathryn se preguntó con ironía si alguna vez dejaría de protegerla su familia.

–Deja de preocuparte. Estaré bien. Pero si las cosas se ponen mal, dejaré que me digas: «te lo advertí».

La puerta se abrió antes de que Drew pudiera responder. Una mujer de unos sesenta años les sonrió cálidamente.

–Buenas tardes, señor Templeton. Veo que ha llegado a tiempo –hizo un gesto de saludo con la cabeza y se apartó para dejarlos pasar.

–Dadas las circunstancias, no habría sido buena idea hacer esperar al jefe, Agnes –Drew hizo que Kathryn pasara delante de él–. Agnes es el ama de llaves de Joel. Estas es mi prima Kathryn. Ha venido a salvarnos.

La mujer miró atentamente a Kathryn y su expresión de decepción fue casi cómica.

–Vaya –murmuró.

Kathryn frunció el ceño.

–¿Sucede algo malo?

–En absoluto, querida –dijo Agnes mientras cerraba la puerta.

–Estoy segura de que va a ser bienvenida. Lo único que sucede es que… es muy bonita.

–Ah –dijo Kathryn al comprender, y no pudo evitar sonreír–. No se preocupe, Agnes. Drew me lo ha contado todo sobre nuestro peludo amigo.

En esa ocasión fue el ama de llaves la que se quedó sorprendida.

–¿Nuestro peludo amigo?

Kathryn se inclinó hacia ella.

–El lobo –susurró en tono confidencial–. Pero no se preocupe. Hace poco que me pusieron la vacuna antitetánica.

–Llévenos a ver al señor Kendrick, por favor, Agnes –sugirió Drew mientras se quitaba el abrigo. Se lo entregó al ama de llaves y Kathryn hizo lo mismo–. Mi prima tiene un sentido del humor un poco extraño. No trate de comprenderla.

Un repentino brillo destelló en la mirada de la mujer.

–Algo me dice que puede que alguien acabe de toparse con su igual. No es usted en absoluto lo que el señor Kendrick estaba esperando. Por lo pronto, creía que quien venía era un hombre. Lo encontraran en la biblioteca, rechinando los dientes y maldiciendo en alto. Dentro de unos minutos, les llevaré un café, a no ser que prefieran otra cosa.

Kathryn dijo que el café estaba bien y luego Drew la condujo por un largo pasillo hacia el ala oeste de la casa. Cuando abrió la puerta de la biblioteca, el corazón de Kathryn latió más deprisa mientras alisaba el jersey azul que vestía a juego con unas mallas.

–¡Ya era hora de que llegaras! –gruñó una ronca voz cuando entraron, y ella hizo una mueca. Al parecer, el lobo debía tener también dolor de cabeza.

Casi sintió pena por él. Casi. Cuando su primo se apartó, vio por primera vez al hombre del que tanto había oído hablar en los últimos minutos.

Joel Kendrick era ciertamente impresionante. Estaba junto a la chimenea, donde ardía un fuego acogedor, con un vaso de lo que parecía whisky en la mano. Era un hombre alto, de hombros anchos y caderas estrechas, y se notaba que estaba en perfecta forma. Llevaba unos vaqueros que ceñían sus largas y musculosas piernas y un jersey negro que hacía resaltar su poderoso físico. Debía de tener unos treinta y cinco años. Su pelo era tan oscuro, que donde le daba la luz parecía azul. Era un hombre guapo, pero las duras facciones de su rostro evitaban que lo pareciera en demasía.

No había duda de que era un hombre atractivo. De hecho, era el hombre más atractivo que Kathryn había visto en bastante tiempo. Podía sentir su aura incluso desde donde estaba y, de forma inesperada, notó que toda la piel le cosquilleaba. Incluso quieto como estaba desprendía una especie de magnetismo dinámico que casi pudo palpar físicamente. Iba a resultar bastante difícil ignorarlo.

No era lo que Kathryn esperaba, pero tampoco se preocupó por ello. Más bien añadió cierto picante a la situación. Era hora de hacer sentir su presencia.

–Ya que no teníamos a mano la nave Enterprise para llegar aquí en un nanosegundo, creo que no hemos hecho un mal trabajo llegando tan pronto –dijo antes de que Drew pudiera pronunciar palabra, y al instante se encontró mirando unos penetrantes ojos azules.

Eran la clase de ojos que en determinadas circunstancias podían confundir por completo los sentidos de una mujer, y eso fue precisamente lo que hicieron en aquella ocasión. Porque, en menos de lo que duraba un latido, se estableció entre ambos una especie de conexión primordial. El aire pareció crepitar entre ellos, como si de pronto hubiera adquirido una carga positiva. Era pura química, y una simple mirada había bastado para provocar una reacción en cadena. La atracción fue instantánea… y mutua.

Como Kathryn había supuesto, cada poro de aquel hombre desprendía atractivo sexual, y este la había alcanzado al nivel más primitivo. Sus sentidos habían respondido haciendo que toda la piel le cosquilleara, y estaba sorprendida por la fuerza de su reacción. Aquel hombre tenía algo y, fuera lo que fuese, le gustaba.

Pero todos sus instintos le dijeron que aquel no era un hombre al que pudiera dar ninguna clase de arma, de manera que no reveló ni por un instante su reacción.

–¿Y usted quién es? –preguntó Joel Kendrick con curiosidad, y su grave voz surgió cargada de una ronca sensualidad.

Aquel hombre era pura dinamita, reconoció Kathryn con ironía. Nadie la había afectado nunca antes de aquel modo. ¿Cómo iba a ignorarlo? ¿Y quería hacerlo?

–Soy la mujer a la que estaba esperando –replicó, en un deliberado tono mezcla de seducción y de burla.

Los ojos azules de Joel Kendrick brillaron, divertidos.

–Ah, ¿sí? –murmuró.

Atrapado entre ambos, Drew miró a lo alto, exasperado.

–Déjalo ya, Kathryn –dijo.

–Cállate, Drew –ordenó Joel mientras avanzaba hacia ella–. Esto acaba de empezar a ponerse interesante –se detuvo muy cerca de Kathryn y sonrió despacio, algo que amenazó con dejarla sin aliento.

–Así que es la mujer a la que estaba esperando, ¿no?

Ella inclinó la cabeza y sonrió con dulzura a pesar de que el corazón parecía a punto de estallarle en el pecho.

–Y por lo que parece, con bastante impaciencia.

Él se encogió de hombros sin apartar la mirada.

–Desde hace algún tiempo tengo los nervios un poco alterados, pero están mejorando por momentos.

El seductor sonido de la risa de Kathryn hizo que algo palpitara en la profundidad de los ojos de Joel Kendrick.

–Suelo producir ese efecto a la gente –sabía que se estaba comportando con descaro, pero no podía controlarse–. De hecho, más de uno se ha lanzado a abrazarme y besarme a primera vista.

Él sonrió con malicia.

–Veo por qué. Yo me siento tentado a hacer lo mismo.

Kathryn alzó un dedo admonitorio para mantenerlo a raya.

–Creo que debería esperar a comprobar lo que puedo hacer.

Joel rio.

–Ya estoy lo suficientemente impresionado.

A aquellas alturas, Drew ya echaba humo por las orejas. Se acercó a ellos y tomó a Kathryn del brazo.

–De acuerdo, ¡ya es suficiente! –exclamó y Kathryn lo miró con expresión de sorpresa, como si hubiera olvidado que estaba allí–. Cuando termines con tus jueguecitos, tal vez pueda presentarte.

Un ligero rubor cubrió las mejillas de Kathryn, pero no tuvo nada que ver con la reprimenda de su primo. Vocalizó las palabras «lo siento» para él. En parte era cierto. Lamentaba haber disgustado a Drew, pero no se arrepentía en absoluto de su comportamiento. Había sido divertido y excitante. Su corazón aún latía aceleradamente. No había duda de que aquel hombre era letal. De manera que aquello era lo que se sentía coqueteando con el playboy número uno del mundo. Podía convertirse en una adicción. De hecho, ya quería más.

Entretanto, Drew empezó con las presentaciones prometidas.

–Joel, esta es mi prima Kathryn Templeton. Ha venido a arreglarte el ordenador.

Joel entrecerró los ojos.

–Ah, ya comprendo. Eso es lo que la convierte en la mujer a la que estaba esperando.

–Con impaciencia –añadió ella, sonriente.

Él suspiró.

–Pues esperemos que sea tan buena con la informática como con las palabras, Kathryn Templeton.

Ella rio.

–Con toda modestia puedo decir que soy mejor.

Joel alzó una ceja.

–¿Con toda modestia? –repitió en tono irónico.

Kathryn se encogió de hombros e intercambió una mirada con su primo.

–En mi familia, uno tiene que luchar duro por su espacio a menos que quiera hundirse sin dejar rastro. Y yo no tengo intención de ser el siguiente Titanic.

–Así que proviene de una familia competitiva.

–Tengo cuatro hermanos mayores –admitió ella a la vez que enlazaba un brazo con el de Drew–. Pero me alegra poder decir que esta rama del clan Templeton es protectora y supone un gran apoyo en determinadas circunstancias.

Joel se pasó una mano por la barbilla.

–Lo que significa que probablemente le habrá advertido sobre el Gran Lobo Malo.

–Por supuesto –respondió Kathryn, animada–. Drew no quiere que me devoren como a Caperucita Roja.

Joel sonrió.

–Algo me dice que, si lo intentara, me indigestaría.

–Soy demasiado sabrosa para el gusto de algunas personas –replicó Kathryn alegremente.

–¿Un gusto adquirido?

–Por supuesto.

Con una expresión mezcla de intriga y apreciación, Joel Kendrick alargó una mano hacia ella.

–Es un placer conocerla, Kathryn Templeton.

–Lo mismo digo, señor Kendrick –replicó ella.

–Joel –corrigió él mientras estrechaban sus manos.

–Joel –repitió ella, obediente.

Lo que sucedió a continuación le hizo perder confianza en su habilidad para mantenerse desapegada y controlar la situación. Mientras sus manos se tocaban, miró los seductores ojos azules de Joel y sintió que se hundía en ellos. Por un instante, se sintió desorientada por completo. Su sistema nervioso se sobrecargó y se quedó sin aliento. La velocidad de su respuesta a aquel hombre era asombrosa. Sabía lo que era la atracción sexual, pero nunca había sentido nada parecido. Todo sentimiento racional fue barrido por una oleada de intensa sensualidad. Deseó a aquel hombre como una mujer hambrienta que acabara de toparse con una mesa llena de los manjares más exquisitos.

Su cuerpo avanzó hacia él por voluntad propia…

El sonido de una educada tos le hizo volver al presente de forma inesperada. Pero tuvo tiempo de ver un apasionado brillo de respuesta en los ojos de Joel Kendrick antes de que el instinto de conservación se adueñara de ella y le hiciera ocultar sus pensamientos tras una ejercitada actitud de calma. Apartó la mano justo cuando Agnes entraba con el café, y se volvió hacia ella, agradecida por la interrupción.

Joel Kendrick había resultado ser abrumador de cerca. Hasta entonces nunca había tenido dificultades para mantener la cabeza fría en circunstancias semejantes, pero aquel hombre había cambiado aquello por completo. Drew tenía razón. Joel Kendrick era diferente, y más le valía guardarse de él.

–¿Puedo ayudarla con eso, Agnes? –preguntó, en un tono que, por fortuna, no delató su agitación interior.

El ama de llaves sonrió.

–Gracias, querida. Si no le importa apartar ese jarrón… así –dejó la bandeja mientras Kathryn buscaba otro sitio para el jarrón–. ¿Ha cenado, señor Templeton? –preguntó cuando se irguió.

–No he comido nada desde esta mañana, Agnes –admitió Drew.

Kathryn decidió que aquel era el momento para dedicar a Joel una mirada burlona.

–Mientras veníamos me ha dicho que no había tiempo para comer. Al parecer, tu genio pesaba más que el hambre en la balanza –dijo animadamente. A fin de cuentas, estaba allí para hacerle un favor. Además, sentía la necesidad de aguijonearlo un poco; a veces, la mejor forma de defensa era un ataque.

Joel se limitó a alzar una ceja y a volverse hacia su ama de llaves.

–Será mejor que adelante la cena, Agnes. No me gustaría ver cómo se desmaya esta joven dama a causa de la debilidad.

–Muy bien, señor –asintió Agnes–. He instalado al señor Templeton en su habitación habitual, y me ha parecido adecuado instalar a la señorita en la habitación rosa.

Joel sonrió.

–Me parece muy bien. La habitación rosa tiene las mejores vistas.

–Y esta en el otro extremo de la suya –añadió Agnes significativamente, haciendo que Kathryn tuviera que reprimir una sonrisa–. Y ahora, señor Templeton, si me echa una mano con las maletas podré servir antes la cena –declaró Agnes en tono maternal, y a continuación, salió de la biblioteca.

–Agnes parece una mujer muy agradable –dijo Kathryn después de que Drew siguiera al ama de llaves. Había recuperado su equilibrio y se sentía más segura para enfrentarse a Joel a solas.

–Agnes fue mi niñera. Lleva muchos años con mi familia, y nadie ha querido nunca que se fuera, de manera que su posición ha cambiado varias veces. Fue doncella de mi madre antes de convertirse en ama de llaves. Es casi como un miembro más de la familia.

A Kathryn le agradó aquella explicación. Demostraba que había una inesperada faceta de delicadeza en el carácter de Joel Kendrick.

–Eso me gusta –su abuelo materno trataba a los sirvientes como a seres inferiores. Lo único que le interesaba de ellos era que lo atendieran bien.

–¿Te parece bien?

–Siempre me han parecido bien la amabilidad y la generosidad, aunque mi abuelo calificaría esas cualidades de «tonto sentimentalismo» –admitió Kathryn con pesar–. Según su punto de vista, no hay que conservar a un sirviente que ha dejado de ser útil.

–Si me disculpas que lo diga, tu abuelo es un cretino.

Kathryn sonrió con ironía.

–Rotundo, pero cierto. Es un hombre frío. Nunca entenderé por qué se caso mi abuela con él, pero comprendo perfectamente por qué lo dejó. Según dicen, me parezco mucho a ella.

Joel alzó una ceja con expresión interrogante.

–¿No lo sabes con certeza?

–Mi abuelo no conserva ninguna foto suya –explicó Kathryn–. Dejándolo lo humilló. Yo solía creer que le caía mal porque le recordaba a ella –las visitas que hacían a su abuelo durante su infancia no solían ser precisamente agradables.

–¿Pero ahora ya no lo crees?

Kathryn sonrió y movió la cabeza.

–La verdad es que es una persona incapaz de amar y de ser amada.

–Sin embargo, tú eres adorable –dijo Joel con un brillo travieso en la mirada.

Apenas recuperada de la última vez, el estómago de Kathryn volvió a contraerse, pero logró sonreír.

–¿Crees que los halagos te van a llevar a alguna parte? –preguntó.

Él también sonrió.

–Hay que vivir con esperanza.

Kathryn gimió en silencio. Todo en aquel hombre agradaba a sus amotinados sentidos. Teniendo en cuenta que sentía las rodillas como si fueran de gelatina, era asombroso que aún siguiera en pie. A pesar de todo, ladeó la cabeza y miró a Joel pensativamente.

–¿Eres tan bueno como dicen que eres?

Él apoyó una mano en su pecho y volvió a sonreír.

–Humildemente, no sabría decirlo.

«Oh, Dios mío, déjame superar estos minutos sin convertirme en una idiota balbuceante», rogó Kathryn en su interior mientras el poder del encanto de Joel la golpeaba de lleno.