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Rachel Shaw llevaba dos años enamorada de Nathan Wade, pero, a pesar de sus protestas, sabía que él estaba convencido de que ella era el tipo de mujer que siempre había despreciado: fría y calculadora. Rachel había tomado la firme decisión de hacer que Nathan cambiara de parecer sobre ella, y se le presentó la oportunidad perfecta cuando su abuelo, socio de Nathan en los negocios, les suplicó que orquestaran un engaño muy atrevido… y eso significaba pasar un fin de semana juntos compartiendo un dormitorio…
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Seitenzahl: 193
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Amanda Browning
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La oportunidad perfecta, n.º 1162- mayo 2021
Título original: A Daring Deception
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-572-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
RACHEL Shaw apretó los dientes irritada y volvió a recorrer el pasillo. Ese día hacía calor y la seda de su blusa blanca y la falda negra se pegaban de manera incómoda a su piel, recalcando su silueta de reloj de arena. Sus piernas largas, enfundadas en medias de nylon, la llevaron al otro extremo en segundos. Al observar el ascensor, su rostro hermoso, con los grandes ojos verdes y la boca generosa, perdió su habitual serenidad y adquirió una severidad que solo un hombre era capaz de producir: Nathan Wade. Era típico de él. Únicamente era puntual cuando tenía una cita con alguna mujer.
Sabía que no era justo lo que acababa de pensar. Nathan era bueno en su trabajo de director del banco que su bisabuelo había fundado el siglo anterior, y se lo tomaba muy en serio. Lo que pasaba era que cuando se trataba de responder a la llamada de su abuelo, solo se podía contar con que apareciera cuando él estaba listo y ni un momento antes.
Eran sus ridículos celos los que hablaban.
Parecía una broma. Después del desastroso matrimonio y complicado divorcio de sus padres, había declarado que nunca se enamoraría. Jamás había salido con un hombre más de unas semanas, y había tenido que perder la cabeza por uno con la misma actitud que ella. En ese momento la dominaban los celos. Odiaba la idea de imaginarlo con otras mujeres, aunque no había nada que pudiera hacer al respecto. Porque, por motivos que le eran ajenos, Nathan Wade había experimentado un desagrado instantáneo hacia ella.
Se negaba a permitir que le preocupara, a pesar de que al principio la reacción de él la había encolerizado y luego dolido. Una emoción que no le gustaba. Tenía su orgullo y no permitía que vislumbrara sus verdaderos sentimientos. Lo cual resultaba fácil, ya que rara vez entraban en contacto el uno con el otro. Por el día, dirigía un negocio de catering con su prima, en el que atendían desde fiestas privadas hasta funciones menores, y como no consideraban ningún encargo pequeño, el negocio florecía. Por la noche, cuando no trabajaba, disfrutaba de una vida social ajetreada, se la veía en todas partes, aunque jamás con la misma compañía durante mucho tiempo. Ese aspecto de su vida no había cambiado mucho.
Sin embargo, en los últimos tiempos había tenido que hacer malabarismos con dos trabajos. La secretaria personal de su abuelo, Linus Shaw, había sufrido un accidente grave y se recuperaba despacio. Lo lógico es que hubiera contratado a una secretaria temporal, pero Linus odiaba el cambio. Por ende, había recurrido a Rachel, su nieta favorita. Ella había sido incapaz de negarse, de modo que durante los últimos meses lo había estado ayudando con su considerable correspondencia y en la escritura de sus memorias. Comenzaba a descubrir que había sido tan extravagante como Nathan Wade, motivo por el que sin duda se peleaban tan a menudo. Aparte de eso, existía un respeto y afecto verdaderos entre los dos, y se llevarían mucho mejor si Linus fuera menos aficionado a dar órdenes que Nathan, por lo general, soslayaba.
Por regla general, Rachel habría simpatizado con el hombre más joven, pero había algo en esa ocasión que difería de las otras. Linus estaba preocupado, y por eso iba de un lado a otro del vestíbulo exterior del amplio piso que daba a Kensington Gardens al que Linus Shaw había llamado su hogar desde que se retirara del mundo de las finanzas.
Miró otra vez la hora y, al hacerlo, las puertas del ascensor se abrieron en silencio, revelando a su único ocupante. Alzó la cabeza y el corazón dio su acostumbrado vuelco al verlo, a pesar de que no había tardado tanto en descubrir que era una pérdida de tiempo sentirse atraída por él, ya que cambiaba de mujeres tan a menudo como se cambiaba de calcetines.
En esas circunstancias, no debería haberle molestado no caerle bien, pero no podía evitarlo. No sabía qué había hecho para ofenderlo. En circunstancias normales habría tomado el toro por los cuernos y exigido conocer el motivo de su desdén, pero su corazón sensible se había negado a ello. ¿De verdad quería saberlo? ¿Cambiaría algo? La respuesta a las dos preguntas había sido no, por lo que mantuvo sus sentimientos bien ocultos detrás de un desprecio indiferente.
Sin embargo, eso no impedía que se sintiera complacida al verlo.
—Llegas tarde —le informó al salir al vestíbulo alfombrado.
—¿Me has echado de menos, cariño? —enarcó una ceja—. No sabía que te importara.
Rachel bufó, y por enésima vez se preguntó por qué la única voz que le provocaba escalofríos de placer era la de Nathan. Se puso más rígida.
—Y no me importa. Si no volvieras a aparecer no perdería ni un momento de sueño —otra mentira que añadir a una larga lista. La idea de no volver a verlo jamás le encogía el estómago—. Sin embargo, el abuelo parece tenerte en alta estima. Es algo que no logro comprender, pero son cosas que pasan. Lo tolero por él.
—Como una buena nieta. En particular porque eres la favorita de Linus, y ocuparás un lugar importante en su testamento. Algo que no desearías poner en peligro —comentó con sarcasmo.
Rachel se crispó. El amor que sentía por su abuelo era real y no tenía nada que ver con el dinero.
—¡No seas desagradable! —protestó bajo el impasible escrutinio de sus ojos azules. Las últimas semanas Nathan había estado recorriendo las sucursales europeas del famoso banco. Dudaba mucho de que hubiera permanecido célibe todo ese tiempo. De hecho, si hubiera empleado el jet privado del banco, estaba segura de que se habría llevado algún ligero entretenimiento femenino para aliviar el aburrimiento—. Reserva tus tonterías para tus amiguitas.
—¿Acaso eso suena a celos?
A pesar de sus mejores esfuerzos, el pequeño monstruo de ojos verdes que había en su interior cobró vida.
—Concédeme algo de inteligencia. Tendría que estar loca para involucrarme con un hombre como tú. Por suerte para mí, la locura no es una característica de mi familia —repuso con sequedad.
—Hay muchas mujeres que no lo considerarían una locura.
—Imagino que las floristas de todo el mundo deben frotarse las manos de alegría cada vez que llegas a su ciudad.
Él rio con sonido profundo y las rodillas de Rachel se aflojaron. Era alto, de pelo oscuro y atractivo, con un cuerpo por el que valía la pena morir, y unos hoyuelos en las mejillas, cuando sonreía, que eran un pecado. Era un mundo injusto el que tenía hombres así. Gimió para sus adentros.
—Ayudo a que la economía marche bien —sonrió con gesto travieso, demostrándole otra vez porqué las mujeres caían rendidas a sus pies.
—Más de lo que te correspondería —repuso sin poder contenerse, lo que provocó otra risa de él—. Me satisface saber que te divierto —añadió con crispación.
—Es reírme o besarte, cariño —replicó, haciendo que se sonrojara.
—¡No imagines ni por un segundo que te dejaría hacerlo! —exclamó nerviosa e indignada.
—Cariño, si quisiera besarte, ya lo habría hecho.
Rachel experimentó un nudo en la garganta. ¿Cómo habían surgido los besos en la conversación? ¿Qué pasaba por la mente retorcida de él? Fuera lo que fuere, no quería saber nada al respecto. Se irguió en toda su considerable altura de un metro setenta y cinco con sus tacones de diez centímetros y cruzó los brazos con gesto beligerante.
—¡No mientras quedara algo de aliento en mi cuerpo!
—Eso parece un desafío —los ojos de Nathan brillaron—. ¿Me estás retando a besarte, Rachel?
¿Quería que la besara? ¡Todo el tiempo! Soñaba constantemente con ello y se preguntaba cómo sería. Mas no pensaba averiguarlo para divertirlo. Le envió una señal de advertencia desde sus ojos verdes.
—Pon un dedo en mí, Nathan Wade, y te romperé el brazo.
—¿Podrías?
—¿Crees que no? —en esa época, una mujer inteligente aprendía a defenderse, y ella había tomado varios cursos de defensa personal. Aún no había llevado a la práctica lo aprendido, pero conocía algunos movimientos que, sin duda, lo sorprenderían.
Nathan pareció pensarlo también, porque movió la cabeza con pesar.
—Algo me dice que sería un tonto si te provocara, y mi madre no educó a sus hijos para que fueran tontos.
—Es una pena que no trabajara más en otros campos de tu carácter.
—Sabe que sentaré la cabeza cuando aparezca la mujer apropiada —repuso.
—¿Y qué es lo que hará que esa mujer sea la idónea? —inquirió ella con una ceja enarcada, despierta su curiosidad a pesar de sí misma.
—No tengo ni la más remota idea —se encogió de hombros—, pero la reconoceré en cuanto la vea.
Lo cual la dejaba fuera de la competición, aunque tampoco hubiera participado antes.
—Mientras tanto, ¿continuarás como siempre, amándolas y dejándolas? —comentó y él sonrió.
—Hasta que alguien invente algún otro modo, parece que solo dispongo de ese. Y ahora, a pesar de lo agradable que resulta siempre charlar contigo, cariño, quizá quieras decirme cuál es el motivo de la llamada de tu abuelo.
Otra de las cosas que le desagradaban sobre amarlo era el hábito infernal que tenía de conseguir que sus pensamientos se alejaran de su sendero original. Había pretendido mantener todo en su curso, pero la historia había vuelto a repetirse.
—Me temo que no puedo —respondió.
—¿Ha vuelto a pedirte que guardes el secreto? —acusó con cierta diversión—. De acuerdo, no comprometeré tus principios pidiéndote que me lo digas, pero, al menos, dame alguna pista —instó con una voz que casi siempre conseguía lo que quería. sin embargo, en esa ocasión iba a quedar decepcionado.
—No puedo porque no tengo la más mínima idea de por qué Linus quiere verte —respondió con seriedad—. Lo único que sé es que algo le molesta de un modo que nunca antes yo había visto, y no me deja ayudarlo. No me importa reconocer que estoy preocupada, Nathan, preocupada de verdad.
—¿Está enfermo? —inquirió de inmediato, visiblemente preocupado también; ella negó con un gesto de la cabeza.
—El abuelo se sometió a un chequeo médico hace apenas dos semanas, y se encontraba bien —explicó con rapidez para desterrar sus temores—. No, se trata de algo inesperado. Algo en lo que al parecer solo tú puedes ayudarlo —lo miró directamente a los ojos y Nathan respiró hondo y se mesó el pelo.
—Si fuera cualquier otro hombre, sospecharía un problema femenino, pero no con Linus. De acuerdo, será mejor que me lleves a verlo. Cuanto antes averigüe qué pasa, mejor me sentiré.
Rachel condujo el camino hasta la amplia estancia que su abuelo usaba como despacho. Linus Shaw alzó la vista desde su enorme escritorio. Era un hombre atractivo de setenta y pocos años, todavía con una salud bastante robusta y con una tupida mata de pelo blanco. Había sido tan atractivo para las mujeres como lo era Nathan, aunque su corazón pertenecía a la esposa adorada que había perdido ocho años atrás.
Lejos de mostrarse complacido de ver a su querido sucesor, emitió un gruñido de desaprobación.
—¡Has tardado bastante en llegar! —se quejó.
Nathan soslayó el recibimiento poco amistoso y se acercó a la mesa.
—A diferencia de ti, yo no me he jubilado —repuso—. He venido en cuanto he podido.
—¡Tardaste el tiempo que sabías que te iba a tolerar! —acusó Linus y Nathan esbozó una sonrisa en absoluto arrepentida.
—Nací con un desagrado natural a recibir órdenes. En ese sentido soy como tú, Linus —bromeó, pero el anciano no pareció aplacado.
—El problema contigo, muchacho, es que no respetas a tus mayores.
—Todo lo contrario, no tengo más que respeto por ti. ¿Para qué querías verme en esta ocasión?
Hizo que la pregunta sonara a canción repetida, pero Rachel sabía que no se tomaba el asunto a la ligera. Habiendo permanecido hasta ese momento en el marco de la puerta, avanzó un paso.
—Iré a comprobar los asuntos de los que hablábamos ayer, abuelo, y os dejaré para que charléis en privado. ¿Os traigo café antes de irme?
—No te vayas, Rachel. Quiero que estés presente.
Era una petición tan fuera de lo corriente, que intercambió una mirada con Nathan.
—Pero si se trata de un asunto privado, entonces… —en silencio buscó su guía.
Él tampoco parecía muy complacido, pero su leve encogimiento de hombros sugería que aceptaran el deseo del hombre mayor. Al menos, por el momento.
—Será mejor que prepares café y traigas tres tazas, Rachel. Te esperaremos.
La cocina era un sueño de alta tecnología, con todos los aparatos modernos, por lo general, regida por una eficiente ama de llaves. Sin embargo, la señora O’Malley había ido a pasar unos días fuera y aunque Linus era capaz de cuidar de sí mismo, Rachel estaba encantada de prepararle un té o un café en su ausencia. Tardó muy poco en colocar la bebida caliente y las tazas en una bandeja para llevarla al despacho.
Mientras tanto, Nathan había acercado otro sillón junto a la mesa, y se incorporó cuando entró; le quitó la bandeja y la depositó sobre el escritorio. Cuando todos volvieron a estar sentados, Linus Shaw respiró hondo y contó lo que pasaba por su cabeza.
—Necesito tu ayuda en un asunto de la máxima delicadeza, muchacho.
—Sabes que te ayudaré en lo que pueda —repuso Nathan.
—Puede que desees retractarte cuando oigas lo que tengo que decir, pero, de todos modos, aceptaré tu ofrecimiento.
—Siempre lo haces —sonrió y se puso cómodo—. Adelante.
No obstante, Linus tardó en asentir y ponerse a hablar:
—Lo que estoy a punto de revelaros es un secreto que se ha mantenido casi cincuenta años. Concierne a un ser muy querido.
—Doy por sentado que se trata de una mujer —intervino Nathan.
—Una dama —corrigió Linus con firmeza—. En todos los sentidos de la palabra. Y antes de que lo preguntes, Rachel, jamás fue más que una amiga, tanto para mí como para tu abuela. Desde luego, había un hombre involucrado… no puedo deciros su nombre; baste con saberse que era un personaje noble de un enclave europeo algo oscuro. Sin duda, se habrían casado de haber sido humanamente posible. Por desgracia, no lo fue.
El pesar en su voz fue muy real y, al reconocer las implicaciones, Rachel formuló la pregunta obvia.
—¿Qué se lo impidió? ¿Ya estaban casados?
—Él, sí; ella, no —indicó Linus—. Al ser quien era, el divorcio quedaba descartado, ya que su matrimonio había sido la unión necesaria de dos familias poderosas. No fue un emparejamiento por amor. Aunque creo que existía un respeto mutuo y auténtico amor por sus hijos, no había una gran pasión. Mi amiga y… lo llamaremos el archiduque, se conocieron por casualidad, y se enamoraron profunda e irrevocablemente. Sin embargo, eran personas sensatas, ninguna dada a actos imprudentes. Tuvieron la opción de poner fin al asunto en ese momento, antes de profundizar más en él, o continuar con el romance de la forma más discreta posible.
—¿Qué decidieron? —Rachel se hallaba fascinada por esa inesperada intriga romántica.
—Ponerle fin, desde luego. Muchas personas podrían haber resultado heridas. Ninguno se sentía feliz, pero respetaron la decisión. Sus vidas continuaron, como suele suceder, hasta que un día, mucho tiempo después, sus caminos volvieron a cruzarse. A ambos les pareció que el destino había intervenido. Incapaz de alejarse una segunda vez, iniciaron un romance.
—¿Cuánto duró? —inquirió Nathan.
—Más de treinta años —repuso, sorprendiéndolos a los dos—. Por supuesto, la pareja fue discreta. Tuvieron una vida difícil, en la que necesitaron escoger momentos aislados para verse, que atesoraron mucho, ya que no sabían cuándo tendría lugar el siguiente. Solo la muerte podía separarlos, y eso es lo que pasó. El archiduque murió no hace mucho.
—¿Y nadie lo supo? —preguntó Nathan asombrado.
El rostro del viejo caballero adoptó una expresión sombría.
—Solo unos pocos amigos… o eso creíamos todos. Pero da la impresión de que no ha sido así.
—Alguien habló más de la cuenta —comentó serio Nathan.
—Por así decirlo —confirmó Linus—. Hubo cartas.
—¿Cartas de amor? —intervino Rachel, y su abuelo asintió.
—Fueron escritas en ese período de treinta años, y siempre guardadas lejos de ojos curiosos. Por desgracia, durante una fiesta reciente en la casa de mi amiga, las cartas fueron extraídas de su escondite.
—¿Qué dijo la policía? —preguntó Rachel, lo que produjo una expresión curiosa de Nathan.
—Ella no se lo habría informado a las autoridades. La policía redacta informes. Los periodistas hacen preguntas. Y lo siguiente que sabes es que la historia aparece en todas las revistas y en la televisión.
—Exacto —convino Linus—. Después de casi cuarenta años de discreción, lo último que deseaba era que toda su vida privada saliera a la luz. Por no mencionar lo angustioso que sería para la familia de él. No, no se podía involucrar a la policía, motivo por el que me escribió.
—¿Desea que recuperes las cartas? —quiso saber Nathan perplejo.
—¿Cómo? —Rachel frunció el ceño.
—El método queda a mi discreción —respondió el anciano.
—¿Quieres decir que ella sabe quién se las llevó? —preguntó su nieta.
—El ladrón era un hombre llamado Luther Ames —reveló Linus con tanto desagrado en su voz que quedó claro que lo conocía.
—¿Y quién es Luther Ames? —Rachel jamás había oído hablar de él.
—Un playboy —respondió Nathan—. Un hombre sin ingresos visibles que siempre tiene mucho dinero para gastar. Parece que sus principales aficiones son las antigüedades y el juego.
—También da la casualidad de que es el sobrino de mi amiga. Asistió a la fiesta de cumpleaños en su casa el día que desaparecieron las cartas. Las guardaba en un cajón en su dormitorio. Lamentablemente, aquel mismo día había tenido que salir a hacer unas cosas y olvidó cerrarlo con llave. El olvido es una de las maldiciones de la vejez. Durante la velada vio a Ames salir de su habitación. Oh, planteó una excusa creíble para justificarse, pero más tarde ella descubrió que las cartas no estaban.
—Pero el romance terminó años atrás. ¿Qué sentido tiene llevarse las cartas ahora? —arguyó Rachel.
—Porque aunque la relación se terminó, la familia de él sigue muy viva —respondió Nathan con tono lúgubre. Sus palabras las confirmó Linus con un gesto—. La amenaza de la vergüenza es tan fuerte como siempre. ¿Ames busca dinero a cambio de devolverlas?
—No —Linus suspiró—. Cuando mi amiga le exigió que se las devolviera, él repuso que lo haría… siempre que ella le hiciera un pequeño favor.
—¿Te refieres a que está dispuesto a chantajear a su propia tía? ¡Eso es despreciable! —exclamó Rachel airada. Tenía que ser un monstruo.
—Ciertamente eso explica cómo consigue tener siempre dinero para gastar, a pesar de su estilo de vida. Lo más probable es que ya lo haya hecho anteriormente —intervinó Nathan—. ¿Cuáles son sus condiciones?
—Quiere que utilice su influencia con una determinada compañía para cerciorarse de que siga adelante una adquisición —repuso Limus con una mueca—. Lo cual incrementará su fortuna personal en varios millones de libras esterlinas. Desde luego, ella se negó rotundamente. No obstante, el tiempo se agota y, dada la situación, no puede permitir que él publique las cartas. Debe recuperarlas, ya que sabe que en caso contrario su sobrino las va a emplear. A pesar de lo encantador que es, se trata de una persona vengativa cuando no consigue lo que se propone. Tanto ella como yo lo sabemos. El único modo de garantizar que el asunto quede cerrado es recuperando las cartas… y para ello no nos queda mucho tiempo
Nathan se quedó muy quieto.
—¿Y necesitas mi consejo para decidir de qué manera encaras la cuestión?
—No —Linus lo miró a los ojos—. Necesito que robes las cartas por mí.
Durante un momento, Nathan lo contempló en silencio, aturdido.
—No puedes hablar en serio.
—Oh, no robarlas, exactamente —Linus alzó una mano—. «Recuperar» sería una palabra más adecuada.
—Robar o recuperar —rio el otro—. Hay muy poca diferencia en este caso. Como quieras exponerlo, se trata de quebrantar la ley.
—Jamás esperé que fueras tan puntilloso —Linus lo observó con ojos entrecerrados.
—¿Puntilloso? Creo que tengo derecho a mostrarme algo alarmado cuando me pides que irrumpa en la casa de Ames para realizar un hurto —protestó de forma razonable.
—No seas tonto, muchacho —soltó el anciano con irritación—. No pretendo que entres a medianoche, sino que te inviten —declaró—. Una vez en el interior, dispondrás de alguna oportunidad para investigar la casa.
—Lo has pensado todo, ¿verdad? —observó él entre divertido e incrédulo.
—No me gusta dejar las cosas al azar —aceptó Linus.
—Entonces quizá puedas decirme cómo me invitarán a su casa. ¿He de presentarme ante su puerta para preguntarle si le parece bien que pase el fin de semana allí? ¿Y de paso le pido permiso para buscar unas cartas? —ironizó, haciendo que Linus lo mirara con ojos centelleantes.
—No tendrás que hacer nada. Lo único que necesitarás es que Jasmine intervenga.
—¿Quién? —inquirieron Rachel y Nathan al unísono.
—Ya sabes —indicó con impaciencia—, esa rubia con la que sales. ¿Cómo se llama…? Jasmine o algo igual de ridículo.
Rachel contuvo una risita y recibió una mirada encendida por sus esfuerzos.
—Se llama Jade y, para tu información, ya no salimos juntos —soltó con sequedad.
—Entonces lleva a otra. ¿Con quién sales en este momento? —preguntó.
—Con nadie —respondió Nathan con los dientes apretados.
—¿Qué quieres decir con eso? ¡Siempre tienes cerca a una mujer! ¡Eres incapaz de mantener las manos alejadas de ellas! —exclamó Linus irritado.
Para diversión de Rachel, Nathan se ruborizó.
—Bueno, pues lo siento, pero no dispongo de una. No sabía que iba a ser necesaria.
Linus movió los dedos sobre el escritorio.
—¡Entonces será mejor que salgas a buscarla! ¡Y deprisa!
—¿Tiene que ser rubia o bastará cualquier color de pelo? —preguntó con un tic en la mandíbula, que Rachel observaba fascinada.
