Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Los famosos textos de dos ideólogos catastróficos el Libro Rojo de Mao Tse-Tung y el Libro Verde de Muamar el-Gadafi son escrutados sin piedad en este libro singular. El autor nos enfrenta a dos profetas de la perdición y a las consecuencias políticas y humanitarias resultantes de sus visiones grandiosamente fallidas y extremadamente peligrosas. Nos sumerge con precisión dolorosa en los mundos oscuros de estos proyectos tiránicos, legándonos un aprendizaje histórico de dimensiones morales ineludibles. Leer estas páginas es una inmersión a las aguas profundas de lo calamitoso, para reemerger a la superficie con renovada convicción en la inutilidad abyecta de todo emprendimiento totalitario. Un veredicto categórico contra los iluminados de la historia.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 457
Veröffentlichungsjahr: 2020
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
JULIÁN SCHVINDLERMAN
ESCAPE HACIA LA UTOPÍA
El Libro Rojo de Mao y el Libro Verde de Gadafi
Los famosos textos de dos ideólogos catastróficos –el Libro Rojo de Mao Tse-Tung y el Libro Verde de Muamar el-Gadafi– son escrutados sin piedad en este libro singular. El autor nos enfrenta a dos profetas de la perdición y a las consecuencias políticas y humanitarias resultantes de sus visiones grandiosamente fallidas y extremadamente peligrosas. Nos sumerge con precisión dolorosa en los mundos oscuros de estos proyectos tiránicos, legándonos un aprendizaje histórico de dimensiones morales ineludibles. Leer estas páginas es una inmersión a las aguas profundas de lo calamitoso, para reemerger a la superficie con renovada convicción en la inutilidad abyecta de todo emprendimiento totalitario. Un veredicto categórico contra los iluminados de la historia.
“Valiente y creativo, audaz y sólido, Julián Schvindlerman hace en este libro lo que pocos –prisioneros de la «especialización»– se atreven a hacer: rompe fronteras, une mundos que nadie suele asociar. Y rotas las fronteras, lo particular se vuelve universal. Gadafi y Mao expresan el eterno impulso redentor que animó a los Hitler y a los Stalin, el impulso que, invocando la tierra prometida y la felicidad eterna, transforma a los gobernantes en tiranos y a los ciudadanos en súbditos. Se creyeron artistas, los creyeron dioses. La materia de sus experimentos fue la vida de los demás: su «modernidad» fue lo más primitivo que existió.”
Loris Zanatta, profesor en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Bolonia
“Impresiona el conocimiento detallado del autor, quien sabe adaptar muy bien la información histórica a un marco analítico lógico y persuasivo.”
Yoav Tenembaum, profesor en la Escuela de Diplomacia de la Universidad de Tel Aviv
JULIÁN SCHVINDLERMAN
Es profesor titular de la asignatura Política Mundial en la carrera de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Palermo. Es autor de La carta escondida: historia de una familia árabe-judía, Roma y Jerusalén: la política vaticana hacia el Estado judío, Tierras por paz, tierras por guerra y Triángulo de infamia: Richard Wagner, los nazis e Israel. Tiene un blog en The Times of Israel, una columna en Radio Universidad (Córdoba) y colabora con Infobae y Perfil. Sus artículos han sido publicados en diarios de casi toda América Latina, y ha sido entrevistado por las ediciones en español de CNN, Sputnik, France24, I24 News y NTN24, entre otros. Ha dictado conferencias en universidades e instituciones de la Argentina, Aruba, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Curazao, Ecuador, España, El Salvador, Guatemala, Israel, México, Panamá, Perú, Uruguay y Venezuela. Posee una licenciatura en Administración por la Universidad de Buenos Aires y una maestría en Ciencias Sociales por la Universidad Hebrea de Jerusalén.
A Elie Wiesel, Charles Krauthammer y Oriana Fallaci, mis tres héroes ya idos.
Las fuentes primarias consultadas han sido las obras (traducidas al inglés o al castellano) de Mao Tse-Tung y Muamar el-Gadafi. El resto de la información ha sido tomada de los autores listados en la bibliografía, incluidas citas a otros autores que ellos realizan. Vaya a ellos el reconocimiento correspondiente por sus investigaciones originales, las que sirvieron de base para dar forma al presente texto.
Las revoluciones, como los árboles, se reconocen por sus frutos
Ignazio Silone
Puede haber cierta arbitrariedad en la elección de dos obras sobre la base de los colores incluidos en sus títulos o por cómo se las conoce, pero ello ofrece una perfecta excusa intelectual para reflexionar sobre la naturaleza del totalitarismo en el siglo XX. La oportunidad de este ensayo histórico-político acerca del comunismo en China y del islamismo socialista en Libia es reforzada por los aniversarios septuagésimo y quincuagésimo del ascenso al poder de Mao Tse-Tung y de Muamar el-Gadafi respectivamente, celebrados en 2019. El propósito de este trabajo es presentar las utopías políticas que animaron la comisión de indescriptibles atrocidades en naciones tan dispares como China y Libia, así como exponer la brecha entre las ideas revolucionarias de los líderes y el sufrimiento en el terreno de los individuos, tan comunes a los emprendimientos totalitarios mesiánicos.
Para ello han sido estudiadas las ideas contenidas en el Libro Rojo de Mao y el Libro Verde de Gadafi y expuestos los devastadores resultados al plasmar sus proclamas a las realidades china y libia. Se verá cómo las intenciones de crear paraísos políticos terminaron provocando infiernos humanos; con qué facilidad –y velocidad– grandes visiones puritanas derivaron en hecatombes masivas, donde las promesas de igualdad y justicia se desfiguraron en tiranías calamitosas. Las historias del Libro Rojo y del Libro Verde echarán luz sobre el sendero hacia el abismo –y la caída en él– de dos pueblos enteros empujados por los delirios idealistas de sus autoproclamados guías-salvadores.
En suma, dos libros seminales y sus historias demenciales –las de sus autores y las de sus patrias– reunidos para el escrutinio intelectual y la crítica retrospectiva. Esta obra busca ser a la vez una narración de denuncia de los horrores del pasado y una advertencia contra los falsos redentores del futuro.
Dentro de mil años, todos nosotros, incluso Marx, Engels y Lenin, probablemente luzcamos bastante ridículos.
Mao Tse-Tung, 1965
Mao Tse-Tung tenía apenas diez años cuando la primera, tímida traducción de la teoría marxista apareció en China, en 1903. Se trataba apenas de un fragmento del marxismo, una simple cita del Manifiesto comunista, tomada de un libro en japonés titulado Socialismo contemporáneo que abordaba la historia y el desarrollo de esa ideología. Otros libros y artículos sucedieron a esa incipiente publicación, pero recién en 1908 se publicó, en una revista llamada Justicia del Cielo, el prefacio entero de Friedrich Engels a la edición de 1888 del Manifiesto comunista. En Asia Oriental, las ideas socialistas entraron por Japón inicialmente, especialmente en círculos cristianos. Estudiantes chinos en Japón regresaron a su país llevando consigo ideas socialistas y comunistas. También estudiantes chinos en París abrazaron al anarquismo y lo importaron a su país. Fue desde Tokio y París, antes que Moscú, de donde llegaron el socialismo, el comunismo y el anarquismo a China, lo que no minimiza la influencia rusa en el comunismo chino. El libro El abecé del comunismo –escrito en 1919 por Nikolai Bujarin y Yevgeni Preobrazhensky, que ofrecía una introducción a la terminología y los conceptos marxistas– fue traducido al poco tiempo al chino. La posterior exposición del joven Mao a las ideas de Marx y Engels tendrá un impacto profundo y duradero en él y, eventualmente, en toda China. “El comunismo no es amor”, concluirá Mao tras su inmersión en el estudio de esta doctrina, “el comunismo es un martillo que se usa para aplastar al enemigo”.
La adhesión de Mao al comunismo no se debió a la ignorancia o a la ausencia de opciones. De niño aprendió confucionismo y literatura clásica china. Se compenetró con el Espejo completo para la ayuda de gobierno de Zizhi Tongjian (siglo XI) y con Cosas esenciales sobre los países y las regiones para estudiar la historia de Tushi Fangyu Jiyao (siglo XVII), así como con clásicos chinos no canónicos como Los tres reinos, El margen del agua y Viaje a Occidente. De adolescente leyó sobre Napoleón, Pedro el Grande, el duque de Wellington, Abraham Lincoln y George Washington. Como joven adulto incursionó en El espíritu de las leyes de Montesquieu, El contrato social de Jean-Jacques Rousseau, La riqueza de las naciones de Adam Smith, El origen de las especies de Charles Darwin, así como en textos de John Stuart Mill, Herbert Spencer y Thomas Huxley, traducidos del inglés por académicos chinos que estudiaron en Inglaterra o tomados de traducciones japonesas. Un ejemplar de la biblioteca de Mao que sobrevivió con sus anotaciones fue la traducción al chino de Un sistema de ética del filósofo Friedrich Paulsen. Una de sus notas dice: “Dejad que la destrucción juegue el papel de una madre que da vida a un nuevo país”. De manera que Mao tuvo contacto con las ideas occidentales sobre la democracia, la libertad, el individuo, la economía de libre mercado, la legalidad y la relación entre gobierno y gobernados. Pero él se dejó seducir por el marxismo, y a temprana edad ya proponía aplicar en China el “comunismo extremo” con sus “métodos de dictadura de clases”.
En 1920, Mao inauguró su propia librería cultural en la ciudad de Changsha, en la provincia de Hunan, que vendía textos izquierdistas, socialistas y marxistas, como una introducción a El capital, un estudio sobre la Nueva Rusia, El sistema soviético y China, así como la revista china Mundo de los Trabajadores. El negocio prosperó y llegó a tener una decena de vendedores. Al año siguiente, con veintisiete años, cofundó el Partido Comunista Chino (PCCH). De ahí en más, el destino de China cambiará por completo. Durante las siguientes tres décadas aproximadamente, Mao luchó en las guerras civiles de su país, lidió con Iósif Stalin, corrió de lado a sus adversarios, combatió contra los japoneses, formó varias familias, superó desafíos personales e impuso el gobierno comunista en algunas localidades chinas. Todo esto, como notó un historiador, fue antes de hacerse con el poder en su país. Una vez que tomó el control de China, el Gran Timonel sometió a sus cientos de millones de súbditos a una enteramente evitable hambruna masiva, una revolución cultural desquiciada, un exaltado culto a su personalidad, experimentos socioeconómicos fallidos y caprichos personales varios durante casi tres décadas que dejaron a la población paranoica, aterrada y exhausta.
El líder chino estuvo dispuesto a ocasionar una gran devastación humana a una escala inconcebible con tal de alcanzar sus objetivos económicos y realizar sus fantasías políticas. Su receta del Gran Salto Adelante y su Revolución Cultural provocaron la muerte a entre 45 y 60 millones de personas; superando así el número de víctimas civiles provocado por Adolf Hitler e Iósif Stalin en el siglo XX. “Bien pudiera ser que tuviera que morir la mitad de la China”, acotó Mao, indiferente al sufrimiento colosal que estaba ocasionando. El sinólogo belga Simon Leys ejemplificó a la China del período maoísta como un barco en altamar al mando de un capitán caprichoso e inestable que con cada giro brusco del timón echaba al agua a la mitad de la tripulación. Su desprecio por la vida (ajena) quedó expresado en esta frase suya singularmente elocuente: “Cuando los teólogos hablan del día del Juicio Final, son pesimistas y aterran a la gente. Nosotros decimos que el fin de la humanidad es algo que producirá algo más avanzado que la humanidad. La humanidad se halla todavía en su infancia”. En la milenaria historia de China, solo el emperador Qin Shi Huang (221-210 a.e.c.) podría competir con Mao en padecimiento popular infligido. Qin fue quien comenzó a construir la Gran Muralla –en la que se dice que cada ladrillo costó una vida– y “dado que la población era mucho más pequeña entonces, es probable que Mao lo haya superado en números absolutos” subrayó The Economist.
Ni siquiera el reino animal escapó a su varita destructiva. Insólitamente, Mao acusó a los gorriones de estar devorando los granos que podían alimentar a los niños chinos e incitó a los granjeros a atacarlos. La China rural vivió así una masiva cruzada antigorriones que se implementó por medio de una guerra de sonidos. Los campesinos golpeaban sus cacerolas ruidosamente para mantener a las aves asustadas en el aire mientras sus hijos rompían los nidos en los árboles. El resultado de esta campaña nacional fue exitoso: millones de gorriones cayeron a la tierra muertos de cansancio. Esta cacería absurda trajo una consecuencia no anticipada por el Gran Timonel. Ante la ausencia de gorriones, los insectos que dañaban las cosechas tuvieron el camino libre para diezmarlas, y con las cosechas arruinadas los campesinos padecieron hambre a tal extremo que ocasionalmente emergió el canibalismo.
El pueblo podía estar muriendo de hambre, pero el pensador Mao podía divagar filosóficamente sobre el destino animal:
En el futuro los animales continuarán desarrollándose. No creo que solo los hombres sean capaces de tener dos manos. ¿No pueden evolucionar los caballos, las vacas, las ovejas? ¿Solo los monos pueden evolucionar?… Dentro de un millón de años, diez millones de años, ¿serán los caballos, las vacas y las ovejas lo mismo que ahora? Yo creo que no dejarán de cambiar. Los caballos, las vacas, las ovejas y los insectos, todos cambiarán.
Mientras el reino animal y la raza humana padecían las consecuencias de sus políticas en China, Mao se hizo el tiempo para escribir. De hecho, sería perfectamente razonable aducir que, de no haber entrado a la política, podría haber sido un ensayista y un poeta de envergadura. Mao escribió desde joven, reflejando por medio de la pluma sus muchas experiencias políticas y personales. Tras los combates, escribió; tras las separaciones de sus esposas, escribió; tras sus triunfos partidarios, escribió. Mao fue un ideólogo serio y un creador de frases cautivantes que resonaron en casi todos los confines de la Tierra. Como ha notado el periodista escocés Daniel Kalder, así como el eslogan comercial “Just do It!” es universalmente reconocido hoy en día, muchas de las creaciones lingüísticas de Mao alcanzaron fama mundial en su tiempo, especialmente, pero no exclusivamente, entre sus admiradores. Entre ellas: “La revolución no es un banquete”, “El poder político nace del cañón de un arma”, “Una sola chispa puede incendiar la pradera”, “Todos los reaccionarios son tigres de papel”, “Los marxistas no son adivinadores” y “Las balas recubiertas de azúcar de la burguesía”.
Tal fue la cantidad de latiguillos, reflexiones, poemas, artículos y discursos redactados y pronunciados por Mao, que a mediados de la década de 1960 el gobierno chino decidió reunirlos en un compendio oficial único. Se lo conoció indistintamente como Citas del presidente Mao, El Pequeño Libro Rojo o El Libro del Tesoro Rojo. Con Mao aun en vida en esos años, solamente en China se imprimieron más de mil millones de ejemplares, guarismo que superaba a la población local de la época (750 millones). Al poco tiempo, el régimen comunista chino inició traducciones a idiomas foráneos. Para 1971, la obra literaria cumbre del maoísmo contaba 110 millones de ejemplares repartidos en treinta y seis lenguas diferentes. Movimientos guerrilleros, especialmente en Perú, Nepal, Camboya y la India, lanzaron insurrecciones violentas inspirados en sus ideas. Su influencia se hizo notar desde Tanzania hasta Albania, desde Italia hasta Yugoslavia y desde Moscú hasta California. Arrasó ideológicamente al Tercer Mundo y sedujo románticamente a intelectuales como Julia Kristeva, Jean-Paul Sartre, Michel Foucault y Alan Badiou. Se estima que su compendio es el texto más leído en la historia, solo superado por la Biblia.
La “estética Mao” con los rayos del sol surgiendo detrás de su rostro sonriente se reprodujo en serie y toda China quedó cubierta de afiches con su imagen radiante. Estatuas doradas que lo corporizan fueron ubicadas en las calles, plazas y universidades de las ciudades. Su rostro fue impreso en miles de millones de pins para que los chinos pudieran clavarlos en sus ropas, próximos a sus corazones. Billetes nacionales, llaveros, encendedores, yo-yos, relojes y tarjetas en millones de cantidades llevaron su cara grabada en ellos. Talismanes con su imagen colgaron de los espejos en los automóviles de taxistas y su figura apareció en altares hogareños. Las biografías de Mao han sido extremadamente populares y vendieron grandes cantidades de ejemplares.
Su Libro Rojo y el mercadeo de su figura parecen haber sido un exitoso negocio capitalista. Nada mal para un comunista.
El origen del Libro Rojo se remonta a enero de 1961, cuando el recientemente designado ministro de Defensa, cómplice de Mao de larga data y presunto heroinómano, Lin Biao, instruyó al órgano de prensa del Ejército de Liberación del Pueblo (ELP) a publicar a diario una perla de sabiduría del camarada Mao. Estas citas se publicaron en color rojo para distinguirlas de otras noticias cotidianas. Los soldados tomaron el hábito de recortar esas frases y pegarlas en libretas personales, lo que llevó al Departamento Político del ELP a armar una compilación oficial de las reflexiones maoístas, en 1964. Inicialmente contenía alrededor de doscientos extractos de los ensayos del presidente chino a lo largo de veintitrés capítulos. Al cabo de unos meses, se expandió a trescientas veintiséis citas esparcidas en treinta capítulos. Se crearon dos versiones, una de tapa blanca, para los rangos bajos, y otra de tapa roja, para los mandos superiores. En agosto de 1965 se optó por editar una sola versión, con tapa impermeable roja para proteger su valioso contenido y en tamaño de bolsillo. Estaba diseñado para que la tropa pudiera cargarlo dentro de los bolsillos del uniforme militar. Esta versión definitiva contaba con 427 citas o extractos maoístas del período 1929-1964 y se extendía a lo largo de treinta y tres capítulos. El Libro Rojo había nacido. Su título oficial era Mao zhuxi yulu (Citas del presidente Mao) y el prefacio de Lin Biao lo presentaba así:
Mao Tse-Tung es el más grande marxista-leninista de nuestra época. Ha heredado, defendido y desarrollado de manera genial y creadora y en todos sus aspectos el marxismo-leninismo, elevándolo a una etapa completamente nueva. El pensamiento de Mao Tse-Tung es […] una poderosa arma ideológica en la lucha contra el imperialismo […] la tarea más fundamental en el trabajo político-ideológico de nuestro partido es mantener siempre en alto la gran bandera roja del pensamiento de Mao Tse-Tung […] Para asimilar efectivamente el pensamiento de Mao Tse-Tung, es necesario estudiar una y otra vez los muchos conceptos fundamentales del presidente Mao; conviene aprender de memoria sus frases clave, estudiarlas y aplicarlas reiteradamente. En la prensa deben insertarse constantemente citas del presidente Mao de acuerdo con la realidad, para que la gente las estudie y aplique […] Una vez dominado por las vastas masas, el pensamiento de Mao Tse-Tung se convierte en una fuerza inagotable, en una bomba atómica espiritual de infinita potencia. La edición en gran cantidad de Citas del presidente Mao Tse-Tung constituye una importantísima medida para […] la revolucionarización de la mente de nuestro pueblo.
Las antologías en China se remontan a la época de Confucio y tenían por objeto servir de guía espiritual o moral al pueblo. La antología maoísta tenía esa misma intención, aunque en términos modernos podemos considerarla una herramienta de propaganda política. Originalmente el Libro Rojo fue diseñado para soldados, quienes podían estudiar a Mao con el beneficio de la guía de sus superiores. Una vez que el compendio salió de las barracas hacia el gigantesco mercado chino, resultó difícil darle sentido a muchas de sus reflexiones. Las citas y los pensamientos de Mao son presentados sin contexto y de manera fragmentada, lo que no contribuye a su entendimiento cabal. Lo que sí queda en claro es que Mao odiaba a los capitalistas, a los imperialistas, a los nacionalistas, al feudalismo, a los intelectuales, a Japón y a Estados Unidos; y que amaba al campesinado, al proletariado lumpen, a la clase obrera, a los comunistas y la teoría marxista. Los ejes temáticos son muchos: la guerra y la paz, el patriotismo y el internacionalismo, el comunismo y el socialismo, las masas, la lucha de clases, la economía y la política, las relaciones entre el ejército y el pueblo, el estudio, la unidad, la disciplina, la crítica y la autocrítica, el arte y la cultura, la educación ideológica y… las mujeres.
Aunque Mao fue un ensayista riguroso y un poeta de cierto talento, al amontonar sus hits en una sucesión interminable de citas, el Libro Rojo transforma a sus reflexiones en algo tedioso y poco atractivo. No es que, leídas en su totalidad, en sus fuentes originales o conociendo el contexto, su prosa o conclusiones sean una maravilla literaria o teórica. Pero al menos se puede entender la coyuntura en la que Mao dijo esas cosas y su expresión adquiere un mayor sentido. Al leerlas bien entrado el siglo XXI lucen terriblemente anacrónicas, y uno no puede menos que compadecer a los millones de chinos que se vieron forzados a aprenderlas, memorizarlas y recitarlas con pasión, real o fingida. Sus páginas ofrecen muchas de las reflexiones más famosas de Mao, citas clásicas y frases de alto impacto. También contienen elucubraciones confusas, una prosa marxista extenuante y pronunciamientos rimbombantes. No obstante algunas perlas de creatividad y bolsones de sagacidad aquí y allá, cuesta comprender que millones de seres humanos dentro y fuera de China hayan caído presas de la fascinación por este compendio ideológicamente pretensioso y literariamente aburrido.
A continuación, unas pocas citas reflectoras de la sabiduría maoísta: “El viento del este prevalece sobre el viento del oeste”, “Todos los reaccionarios son tigres de papel”, “Todos los comunistas tienen que comprender esta verdad: el poder nace del fusil”, “Sin un ejército popular, nada tendrá el pueblo”, “El pueblo, y solo el pueblo, es la fuerza motriz que hace la historia mundial”, “Existe latente en las masas un entusiasmo inagotable por el socialismo”, “El Partido Comunista de China es el núcleo dirigente del pueblo chino. Sin este núcleo la causa del socialismo no puede triunfar”, “Toda acción de un partido revolucionario es la aplicación de su política. Si no aplica una política correcta, aplica una errónea; si no aplica determinada política de modo consciente, la aplica a ciegas”, “En la sociedad de clases, cada persona existe como miembro de determinada clase, y todas las ideas, sin excepción, llevan su sello de clase”, “En cuanto a los reaccionarios chinos, nos incumbe a nosotros organizar al pueblo para derribarlos. Con todo lo reaccionario ocurre igual: si no lo golpeas, no cae. Esto es como barrer el suelo: por regla general, donde no llega la escoba, el polvo no desaparece solo”, “Son nuestros enemigos todos aquellos que están confabulados con el imperialismo”, “Después de eliminados los enemigos con fusiles, quedarán aún los enemigos sin fusiles, quienes entablarán, inevitablemente, una lucha a muerte contra nosotros; jamás debemos subestimarlos”, “Los comunistas nunca ocultamos nuestras aspiraciones políticas… nuestra concepción marxista del mundo indica de manera inequívoca este supremo ideal para el futuro, infinitamente bello y luminoso”, “La pobreza impulsa el anhelo de cambio, de acción, de revolución. En una hoja de papel en blanco, desnuda, se pueden escribir las palabras más nuevas y hermosas y pintar los cuadros más originales y bellos”, “Nuestro Estado es una dictadura democrática popular dirigida por la clase obrera y basada en la alianza obrero-campesina. ¿Para qué esta dictadura? Su primera función es reprimir, dentro del país, a las clases y los elementos reaccionarios, a los explotadores que oponen resistencia a la revolución socialista y a los que sabotean nuestra construcción socialista”, “La guerra revolucionaria es una antitoxina, que no solo destruirá el veneno del enemigo, sino que también nos depurará de toda inmundicia”, “Sí, somos partidarios de la teoría de la omnipotencia de la guerra revolucionaria; eso no es malo; es bueno, marxista”.
Las frases citadas están entre las más ilustrativas del canon maoísta. Pongamos atención ahora a las ideas expuestas en sus ensayos más notables.
Reporte sobre una investigación acerca del movimiento campesino en Hunan es un texto que Mao escribió en 1927 en una coyuntura de revueltas rurales y de luchas entre nacionalistas y comunistas en China. De entrada, Mao vio en el campesinado la fuerza impulsora de la revolución social, a diferencia del marxismo estalinista que hacía hincapié en el poder revolucionario del proletariado industrial. Tras pasar más de un mes en la provincia de Hunan, apoyándose en evidencia anecdótica personal, Mao argumenta que serán los peones quienes derrocarán a los terratenientes feudales y mutilarán las tradiciones ancestrales: “Para dar crédito donde corresponde, si asignamos diez puntos a los logros de la revolución democrática, entonces los logros de los habitantes de las ciudades y los militares califican solo tres puntos, mientras que los siete puntos restantes deben ir a los campesinos en sus zonas rurales”. Con fervor, sintetizará este punto en el subtítulo de su tratado: “¡Abajo los tiranos locales y la malvada burguesía! ¡Todo el poder a las asociaciones campesinas!”. En esta, su primera obra política, Mao legará una de sus frases más potentes, la cual será posteriormente adoptada por grandes cantidades de grupos marxistas urbi et orbi: “Hacer la revolución no es ofrecer un banquete”. La cita entera es esta: “Hacer la revolución no es ofrecer un banquete, ni escribir una obra, ni pintar un cuadro o hacer un bordado; no puede ser tan elegante, tan pausada y fina, tan apacible, amable, cortés, moderada y magnánima. Una revolución es una insurrección, es un acto de violencia mediante el cual una clase derroca a otra”. Interesantemente, Lenin no es citado y el marxismo es mencionado hacia el final. Fue traducido al inglés y publicado ese mismo año en la revista Communist International, globalizando así a Mao y sus ideas en círculos marxistas.
Una sola chispa puede incendiar la pradera es una antigua frase china que Mao incorpora en una carta enviada en 1930 a su colega comunista Lin Biao (el mismo que décadas después creará Citas del presidente Mao) y terminará siendo el título de su nuevo ensayo. Aquí Mao pretende romper con el pesimismo que reina en el PCCH. Alega que las fuerzas revolucionarias pueden no estar organizadas, pero, señala, tampoco lo están los enemigos del pueblo. “Los camaradas que padecen el mal de la precipitación revolucionaria sobreestiman las fuerzas subjetivas de la revolución”, asegura, empleando el término “subjetivas” como sinónimo de “organizadas”. Propone crear un ejército popular y esparcir el ánimo revolucionario en contra de los caudillos militares, los imperialistas y los terratenientes. “Toda China está llena de leña seca, que arderá pronto en una gran llamarada”, vaticina. “El proverbio «una sola chispa puede incendiar la pradera» es una descripción apropiada de cómo se desarrollará la situación actual.” Su aporte más práctico en este ensayo será el más perdurable: sobre cómo llevar adelante una guerra de guerrillas. Dice Mao:
Las nuestras son tácticas guerrilleras, que consisten en los siguientes puntos: dividir las fuerzas para movilizar a las masas y concentrarlas para hacer frente al enemigo. Cuando el enemigo avanza, retrocedemos; cuando acampa, lo hostigamos; cuando se fatiga, lo atacamos; cuando se retira, lo perseguimos. Para ampliar las bases de apoyo estable, adoptamos la táctica de avanzar en oleadas. Cuando nos persigue un enemigo poderoso, adoptamos la táctica de dar rodeos. Movilizar a la mayor cantidad de masas en el menor tiempo posible y con los mejores métodos a nuestro alcance. Estas tácticas son como manejar una red; debemos ser capaces de tenderla o recogerla en cualquier momento. La tendemos para ganarnos a las masas, y la recogemos para hacer frente al enemigo.
Su llamado a centrarse en el armado de un movimiento guerrillero popular y los modos de acción sugeridos tuvieron gran influencia en China y fuera de ella. Mao concluye este trabajo con una meditación sobre la inevitabilidad revolucionaria:
Los marxistas no son adivinos. Deben y pueden señalar solo el rumbo general del desarrollo futuro y los cambios venideros; no deben ni pueden fijar en forma mecánica el día y la hora. Sin embargo, cuando digo que surgirá pronto un auge revolucionario en China, de ningún modo me refiero a algo que, según dicen algunos, “tiene la posibilidad de surgir”, algo ilusorio, inalcanzable y absolutamente desprovisto de significado práctico.
Luego adopta un tono poético para ilustrar el punto:
El auge revolucionario es como un barco en el mar, del cual se divisa ya desde la costa la punta del mástil; es como el sol naciente, cuyos rayos luminosos se ven a lo lejos en el oriente desde la cumbre de una alta montaña; es como una criatura que va a nacer y se agita impaciente en el vientre de la madre.
Tras la publicación de este texto, el comunismo ruso anunció que Mao había muerto de tuberculosis y publicó un obituario. Desde ya, el agitador chino estaba vivito y coleando. Y escribiendo. Cuatro meses después de su ensayo previo, Mao produjo Oponeos a la veneración de los libros, que constituye básicamente un ataque conceptual al modo de proceder de los comunistas teóricos rusos y de los comunistas chinos conformistas. “Si no habéis investigado un problema, os veréis privados de vuestro derecho a hablar sobre él”, postula. “¿No es eso demasiado duro? En absoluto. Si no habéis ahondado en un problema, en los hechos presentes y en su historia pasada, y no sabéis nada de lo que en él resulta esencial, todo lo que digáis sobre él carecerá indudablemente de sentido.” Mao no tenía instrucción soviética, no leía ruso ni alemán –las lenguas de Lenin y Marx– y sostenía que el marxismo era fantástico pero que al aplicarlo al contexto chino debía considerarse la realidad china, no la rusa. Esto no caía bien entre los comunistas soviéticos, quienes iniciaron un programa de adoctrinamiento de ideólogos chinos con la intención de que estos comandaran el PCCH. Mao los cuestionará con dureza en su ensayo. “¿Cómo puede un comunista tener los ojos cerrados y decir cosas sin sentido?… Únicamente un imbécil se devana los sesos solo o en grupo para «encontrar una solución» o «desarrollar una idea» sin primero hacer una investigación”. Los enviados chinos de Moscú acusaron a Mao de ser un “faccionalista”, una caracterización grave que en la jerga significaba no atenerse a la línea partidaria. “Por supuesto que debemos estudiar los libros marxistas”, dirá Mao, “pero este estudio debe integrarse en las condiciones reales de nuestro país”.
Él hace hincapié en analizar empíricamente la situación en el terreno con el fin de alcanzar una evaluación correcta y formular tácticas correctas para la lucha de clases; de lo contrario, solo existirá una percepción idealista del cuadro. Propone hacer una investigación sobre las clases sociales, a las que enumera: el proletariado industrial, los trabajadores manuales, los jornaleros agrícolas, los campesinos pobres, los pobres urbanos, el lumpenproletariat, los maestros artesanos, los pequeños comerciantes, los comerciantes medianos, los campesinos ricos, los terratenientes, la burguesía comercial y la burguesía industrial. Alega que la victoria de la lucha revolucionaria dependerá de la comprensión de las condiciones chinas por parte de los camaradas chinos. Se irrita ante aquellos que invocan la santidad de la palabra escrita por sobre una indagación empírica real. “Si se dice en un libro, es cierto: esa sigue siendo la mentalidad de los campesinos chinos atrasados. De manera bastante extraña, en el Partido Comunista hay también personas que en el curso de un debate siempre dicen: «Muéstrame el libro en que eso está escrito»”. Mao busca sacudir de su letargo a los burócratas vagos que “comen hasta hartarse y dormitan en las butacas de sus oficinas todo el día sin nunca dar un paso al frente y salir a investigar entre las masas”. Para despertarlos, les grita: “¡Cambiad sin demora vuestras ideas conservadoras! ¡Sustituidlas por ideas comunistas progresivas y combativas! ¡Sumaos a la lucha! ¡Introducíos entre las masas e investigad los hechos!”.
Al igual que en su tratado anterior, regala una analogía poética, por así decir: “La investigación se puede comparar a los largos meses de embarazo, y la solución del problema, al día del parto. Investigar un problema es, en realidad, resolverlo”.
Pasarán siete años hasta que Mao ofrezca un nuevo tratado de su autoría, pero cuando lo haga, en julio de 1937, lo hará ya como un teórico del marxismo. O al menos a eso apuntó. Mao era consciente de que adolecía de una carencia teórica, algo crítico para ser respetado en los círculos marxistas, y en sus dos ensayos siguientes buscó presentarse y consolidarse como un pensador teórico serio. Aunque el primero de ellos se titula Sobre la práctica: sobre la relación entre el conocimiento y la práctica, entre el saber y el hacer, muy bien podría haberse titulado Sobre la teoría. Aquí Mao adopta una terminología estricta y grandiosa, por momentos ambigua y confusa, que contribuye poco a un discernimiento cabal de sus proposiciones, pero le sirve para ganarse el respeto intelectual e ideológico de los adeptos marxistas. En sus páginas, criticará “los errores subjetivistas de dogmatismo y de empirismo” así como “el idealismo y el materialismo mecanicista, el oportunismo y el aventurerismo”, y ofrecerá párrafos como este: “El criterio de la verdad no puede ser otro que la práctica social. El punto de vista de la práctica es el punto de vista primero y fundamental de la teoría materialista dialéctica del conocimiento”. Se ocupa de mencionar varias veces a Marx, Engels, Lenin y Stalin, y a este último incluso lo cita: “La teoría revolucionaria deja de tener objeto cuando no se halla vinculada a la práctica revolucionaria, exactamente del mismo modo que la práctica es ciega si la teoría revolucionaria no alumbra su camino”.
Mao hará honor al título de su ensayo al subrayar el imperativo práctico de actuar: “Detener el movimiento materialista dialéctico del conocimiento en el conocimiento racional sería tocar solo la mitad del problema y, más aún, según la filosofía marxista, la mitad menos importante”. Dirá que el marxismo considera que la comprensión objetiva de las leyes que rigen al mundo es vital para interpretar a este correctamente, pero no como un fin en sí mismo, sino para aplicar ese conocimiento en pos de su última transformación. Brindará como ejemplo de que este es el enfoque adecuado al cuarteto ya mencionado quienes, “aparte de su genio”, pudieron crear sus teorías a partir de su “participación personal en la práctica de la lucha de clases y de la experimentación científica de su tiempo”. Asegura que durante buena parte de la historia el hombre tuvo una comprensión unilateral de ella puesto que, en parte, “las clases explotadoras la deformaban constantemente debido a sus prejuicios”. Una vez que nació el proletariado moderno junto con las grandes fuerzas productivas “pudo el hombre alcanzar una comprensión global e histórica del desarrollo de la sociedad y transformar este conocimiento en una ciencia, la ciencia del marxismo”.
Según su mirada, la ciencia no admite deshonestidad ni presunción, sino que reclama honestidad y modestia. Conocer significa participar en la práctica transformadora de la realidad. “Si quieres conocer el sabor de una pera, tienes tú mismo que transformarla comiéndola”. Análogamente, “si quieres conocer la teoría y los métodos de la revolución, tienes que participar en la revolución”. El conocimiento auténtico nace de la experiencia directa pero como el hombre no puede abarcar de manera recta toda la experiencia histórica de la humanidad, es válido absorber por experiencia indirecta la que fuera experiencia directa de nuestros antepasados. No obstante, el hombre debe involucrarse en su propio tiempo. “Un antiguo proverbio chino dice: «Si uno no entra en la guarida del tigre, ¿cómo podrá apoderarse de sus cachorros?». Este proverbio es verdad tanto para la práctica del hombre como para la teoría del conocimiento. No puede haber conocimiento al margen de la práctica”. Mao refuerza su idea del equilibrio entra la teoría y la práctica al reconocer mérito a ambas, aunque cree que una ha de ser funcional a la otra. Se opone a la escuela racionalista que destaca la relevancia de la teoría solamente, la que “solo reconoce la realidad de la razón y niega la realidad de la experiencia” a la par que rechaza el empirismo excluyente, que solo da crédito al “conocimiento sensorial y no [al] racional”. No obstante, indica que el marxismo da importancia a la teoría porque esta puede servir de guía para la acción. El “marxismo-leninismo es reconocido como verdad no solo porque esta doctrina fue elaborada científicamente por Marx, Engels, Lenin y Stalin”, señala Mao, “sino porque ha sido comprobada en la ulterior práctica de la lucha de clases revolucionaria y de la lucha nacional revolucionaria”.
A la vez, Mao hace un llamamiento a la virtud de la adaptación. Durante los períodos revolucionarios, la situación cambia velozmente y también debe cambiar rápidamente el conocimiento de los revolucionarios en conformidad con los hechos, de lo contrario no podrán triunfar. “Nos oponemos a los testarudos en las filas revolucionarias cuyo pensamiento no progresa en concordancia con las circunstancias objetivas cambiantes y se ha manifestado en la historia como oportunismo de derecha.” También critica el “pensamiento de los «izquierdistas»” que saltea “una determinada etapa de desarrollo del proceso objetivo”, donde “algunos toman sus fantasías por verdades”. Mao asegura que ha llegado el momento de “acabar completamente con las tinieblas en China y en el resto de la Tierra, y transformar nuestro mundo en un mundo luminoso, nunca visto antes”. Y claro está que tal era mesiánica será advenida por la victoria del comunismo. “La época en que la humanidad entera proceda de manera consciente a su propia transformación y la del mundo”, asegura el ideólogo chino, “será la época del comunismo mundial”.
Apenas un mes después de Sobre la práctica, Mao nos legará Sobre la contradicción, ensayo dos veces más extenso, armado a partir de una serie de conferencias dictadas en el Instituto Político y Militar de Yenan. Si el tratado previo mostraba a un Mao zambullido en las aguas turbulentas de la teoría marxista, aquí toca fondo, y nos sumerge en un remolino terminológico asfixiante. Uno siente mareos cada vez que el autor hace uso de un léxico innecesariamente complicado y apela a grandes enunciados formales. Para entender la “esencia misma de la dialéctica materialista”, aduce el pensador chino, debemos tener una clara noción de sus “problemas filosóficos”, a saber: “Las dos concepciones del mundo, la universalidad de la contradicción, la particularidad de la contradicción, la contradicción principal y el aspecto principal de la contradicción, la identidad y la lucha entre los aspectos de la contradicción, y el papel del antagonismo en la contradicción”. Todo el ensayo consiste en una larga, sofocante explicación de estos conceptos.
Conforme él propone, hay dos enfoques opuestos para entender el desarrollo del universo: la concepción metafísica y la concepción dialéctica. La primera, también conocida como “evolucionismo vulgar”, ve a las formas y especies del universo como algo aislado e inmutable, y al desarrollo social le atribuye factores externos. Para la segunda, el desarrollo del universo obedece a sus “contradicciones internas”. La decadente clase dominante feudal y la burguesía adhieren a la lectura metafísica; los comunistas, a la dialéctica. “La causa fundamental del desarrollo de las cosas no es externa sino interna; reside en su carácter contradictorio interno.” Eso es también aplicable a las plantas y los animales: “El simple crecimiento de las plantas y los animales, su desarrollo cuantitativo, también se debe principalmente a sus contradicciones internas”. Mao se pregunta si la dialéctica materialista excluye a las causas externas y responde por la negativa. “La dialéctica materialista considera que las causas externas constituyen la condición del cambio, y las causas internas, su base, y que aquellas actúan a través de estas”. E ilustra: “A una temperatura adecuada, un huevo se transforma en pollo, pero ninguna temperatura puede transformar una piedra en pollo, porque sus bases son diferentes”.
Mao la carga contra los “dogmáticos” que “no entienden que es precisamente en la particularidad de la contradicción donde reside la universalidad de la contradicción” y subraya que nada está exento de contradicción, “sin contradicción no existiría el mundo”. En este trabajo cita a Lenin:
En matemáticas: + y –. Diferencial e integral. En mecánica: acción y reacción. En física: electricidad positiva y negativa. En química: combinación y disociación de los átomos. En ciencias sociales: lucha de clases.
La contradicción existe en el proceso de desarrollo de cada cosa y lo recorre desde el comienzo hasta el fin; tal es la universalidad o carácter absoluto de la contradicción. Contradicciones cualitativamente diferentes solo pueden resolverse por métodos cualitativamente diferentes. Según Mao, la contradicción entre el proletariado y la burguesía se resuelve por el método de la revolución socialista; la contradicción entre las grandes masas populares y el sistema feudal, por el método de la revolución democrática; la contradicción entre las colonias y el imperialismo, por el método de la guerra revolucionaria nacional; la contradicción entre la clase obrera y el campesinado en la sociedad socialista, por el método de la colectivización y la mecanización de la agricultura; las contradicciones en el seno del Partido Comunista, por el método de la crítica y la autocrítica; la contradicción entre la sociedad y la naturaleza, por el método del desarrollo de las fuerzas productivas. “Negar la contradicción es negarlo todo”, afirma.
También hay que distinguir entre la contradicción principal y la secundaria, entre la que tiene un papel “dirigente y decisivo” de aquella que ocupa un lugar “subordinado”. Si el imperialismo invade un país, por ejemplo, la contradicción central será entre los invasores y los invadidos, mientras que las múltiples contradicciones existentes dentro del pueblo invadido (entre la oligarquía y el proletariado lumpen, por caso) quedarán subordinadas a esta contradicción principal. “Ahora bien, en cada contradicción, sea principal o secundaria, ¿cabe tratar de un mismo modo sus dos aspectos contradictorios?” Tampoco, explica Mao. “En toda contradicción, el desarrollo de los aspectos contradictorios es desigual. A veces ambos parecen estar en equilibrio, pero tal situación es solo temporal y relativa, en cuanto la desigualdad es el estado fundamental.” El estudio de las distintas modalidades de la desigualdad en las contradicciones, la distinción entre la contradicción principal y la secundaria, y la diferenciación de sus aspectos principales y no principales es crucial para fijar una estrategia partidaria; “todos los comunistas deben prestar atención a este método”, sentencia.
Luego Mao discurre acerca de lo que él llama “la identidad entre los aspectos de la contradicción”. Básicamente, la identidad es el lazo que une e interconecta a los opuestos. “Sin vida no habría muerte, sin muerte tampoco habría vida”, “Sin terratenientes no habría campesinos arrendatarios, sin campesinos arrendatarios tampoco habría terratenientes”, etc. Más adelante regresará sobre el dilema de la piedra y el pollo: “¿Por qué puede un huevo, y no una piedra, transformarse en un pollo? ¿Por qué existe identidad entre la guerra y la paz pero no entre la guerra y una piedra? ¿Por qué los seres humanos son capaces de engendrar solo seres humanos y no otra cosa?”. Y extiende esto a otro interrogante: “¿Por qué puede la revolución china evitar un futuro capitalista y entroncar directamente con el socialismo, sin seguir el viejo camino histórico recorrido por los países occidentales, sin pasar por un período de dictadura burguesa?”. Antes de adentrarse en el análisis del “papel del antagonismo dentro de la contradicción” (que, en síntesis, distingue entre diferencias partidarias o doctrinales aceptables, en oposición a las diferencias inaceptables que serían las “antagónicas”, o algo por el estilo), Mao abrocha esta sección afirmando que en la identidad existe la lucha, en lo particular existe lo universal, en lo individual existe lo general, y cierra con una cita oximorónica de Lenin: “En lo relativo existe lo absoluto”.
Si este tratado encumbró a Mao como un teórico de relieve entre los chinos marxistas, ha de haber sido porque muy pocos entendieron qué quiso decir, y muchos menos aún se atrevieron a preguntarle al respecto. O, como dijo Daniel Kalder:
Sobre la contradicción no contiene sabiduría, y si de alguna manera desapareciera del tiempo y el espacio, la historia de la palabra impresa se vería enriquecida por su ausencia. Sin embargo, de sus propias contradicciones, puede surgir una cierta fascinación limitada. Intrincado e inútil, leerlo es como mirar a un modelo detallado de un barco dentro de una botella: te preguntas cómo lo consiguió su creador, mientras que también piensas que la energía habría sido mucho mejor gastada haciendo otra cosa.
El año 1937 parece haber sido prolífico para el escritor chino, pues tras producir Sobre la práctica, en julio, y Sobre la contradicción, en agosto, redactó Contra el liberalismo, en septiembre.
Piadosamente este es un ensayo breve, en el que Mao repudia al liberalismo y establece cuál ha de ser la conducta del comunista adecuado. Declara que hay una pugna en curso entre el comunismo y el liberalismo y que “todos los comunistas y revolucionarios” deben ser parte de ella. Mao enumera las once maneras principales en que el liberalismo se manifiesta. Cuando alguien está frente a una persona que está equivocada pero deja pasar las cosas y no discute con ella, eso es una forma de liberalismo. No hacer pública la posición propia o permanecer callado en las reuniones ni hacer nada por la vida colectiva, solo limitarse a murmurar, esa es otra forma de liberalismo. Preocuparse solo por evitar reproches y no involucrarse en polémicas aun a sabiendas de que otro está errando, esa es otra expresión liberal. Rechazar la disciplina y desobedecer órdenes también es una actitud liberal. Armar líos, desahogar rencores personales o buscar venganza son otros tantos modos de ser liberal. Escuchar opiniones contrarrevolucionarias y no informar sobre ellas es otra exteriorización de liberalismo. No agitar o propagandizar entre las masas o ser indiferente a ellas, eso también es liberalismo. No indignarse ni disuadir ni razonar con quien perjudica a las masas: liberalismo. Pasar los días vegetando y pensando “mientras sea monje tocaré la campana”, darse aires de veterano, ser negligente en el trabajo y flojo en el estudio, tener conciencia de los propios errores pero no corregirlos; todo ello es liberalismo.
“En una colectividad revolucionaria, el liberalismo es extremadamente perjudicial”, proclama. Debilita la cohesión, causa apatía, corroe la unidad, impide la aplicación de la política revolucionaria y aleja a los partidarios de las masas. En cuanto el liberalismo es oportunista, es decididamente opuesto al marxismo: “Se trata de una tendencia sumamente perniciosa”. Luego de haber socavado al liberalismo, Mao enuncia las virtudes del buen comunista:
El comunista debe ser sincero y franco, leal y activo, poner los intereses de la revolución por encima de su propia vida y subordinar sus intereses personales a los de la revolución; en todo momento y lugar ha de adherirse a los principios justos y luchar infatigablemente por todas las ideas del partido y la ligazón de este con las masas; ha de preocuparse más por el partido y las masas que por ningún individuo, y más por los demás que por sí mismo. Solo una persona así es digna de llamarse comunista.
Citas del presidente Mao contiene un capítulo titulado “Comunistas”. Reúne varios pronunciamientos del líder chino sobre el tema, como el recién citado, y agrega otros. Así: “Los comunistas deben ser ejemplares tanto por su sentido práctico como por su previsión y clarividencia”, “Los comunistas deben ser los más perspicaces, los más dispuestos a sacrificarse, los más firmes”, “El comunista nunca debe creerse infalible ni comportarse en forma altanera, pensando que sobresale en todo mientras los demás no tienen nada bueno; jamás debe encerrarse en su pequeña habitación, ni fanfarronear, ni actuar como tiranuelo”, “Los comunistas no deben desdeñar o menospreciar a las personas políticamente atrasadas, sino acercarse a ellas, unirse con ellas, convencerlas y alentarlas a progresar”, “Los comunistas somos como la semilla y el pueblo como la tierra. Dondequiera que vayamos, debemos unirnos con el pueblo, echar raíces y florecer en él”.
En la década de 1950 Mao mostró su preocupación por el poder militar y el papel preponderante a escala global de Estados Unidos. La transcripción abreviada de una conversación que mantuvo con el primer embajador de Finlandia acreditado en China, titulada La bomba atómica no intimida al pueblo chino (1955), pone en evidencia ello. Tras observar que Beijing y Helsinki son naciones amigas, el líder chino declara que “de entre los países europeos, China tuvo guerras en el pasado solo con Inglaterra, Francia, Alemania, la Rusia zarista, Italia, el Imperio Austrohúngaro y Holanda” (mi subrayado).
Mao pretende mostrarse indiferente ante el peligro de una amenaza nuclear al postular que “el chantaje atómico de Estados Unidos no intimida al pueblo chino” y agrega:
Ese montoncillo de bombas atómicas que posee Estados Unidos no es suficiente para acabar con los chinos. Aun en el caso de que Estados Unidos, contando con un poderío de bombas atómicas mucho mayor que el actual, las arrojara sobre China hasta horadar el globo terrestre y volarlo, eso, aunque podría ser un acontecimiento de gran magnitud para el sistema solar, no significaría mucho para el universo en su conjunto.
Mao asegura que “las guerras mundiales nunca terminan a favor de los belicistas, sino de los partidos comunistas y pueblos revolucionarios del mundo” y ofrece la observación extraña de que cuanto antes lancen los imperialistas una guerra nuclear, “más pronto serán barridos de la faz de la Tierra”. Eventualmente, según Mao, se establecerán otras Naciones Unidas, una ONU popular, “con sede posiblemente en Shanghái o en algún lugar de Europa o en la misma Nueva York, si para entonces los belicistas norteamericanos han sido liquidados totalmente”.
Al año siguiente, el líder chino dialogó con “dos personalidades latinoamericanas” y los extractos de esas conversaciones se convirtieron en el texto El imperialismo norteamericano es un tigre de papel.1 Aquí Mao retoma la idea de que los débiles triunfarán por sobre los fuertes: “Los poderosos no pueden ganar, mientras que los débiles siempre logran la victoria”. Dirá de los imperialistas que “solo verlos nos produce malestar”. “El imperialismo norteamericano”, afirma, “aparentemente es muy poderoso” pero no hay que temerle puesto que “es un tigre de papel”. Mirado por fuera parece un tigre, nos explica el pensador chino, pero está hecho de papel “y no aguanta un golpe de viento y lluvia”. Vaticina el fin del imperialismo e invita a los dominados del mundo a unirse contra Estados Unidos, país que “oprime y explota a los pueblos”. De esta forma, los latinoamericanos de ascendencia europea que estén oprimidos deben unirse con la población indígena en los países donde hubiere que luchar contra el imperialismo, al igual que “nuestros amigos” los latinoamericanos, asiáticos y africanos, “camaradas” en el combate para “liquidar de raíz la opresión imperialista”. ¿Para qué se necesita el imperialismo?, preguntará Mao, y responderá: “No lo necesita el pueblo chino, no lo necesitan los demás pueblos del mundo. No hay necesidad de que exista el imperialismo”, concluye.
Cerramos esta selección de los muchos escritos del líder chino con el tomo III de las Obras escogidas, el cual contiene una ponderación de Mao de junio de 1945 que tipifica muy bien su fe en el esfuerzo de las masas, el triunfo del comunismo y el futuro de China. Se basa en una antigua fábula titulada “El Viejo Tonto que removió las montañas” y dice así:
Hay una antigua fábula china llamada “El Viejo Tonto que removió las montañas”. Cuenta que hace mucho tiempo vivía en el norte de China un anciano conocido como el Viejo Tonto de las montañas del norte. Su casa miraba al sur y frente a ella, obstruyendo el paso, se alzaban dos grandes montañas: Taijang y Wangwu. El Viejo Tonto tomó la decisión de llevar a sus hijos a remover con azadones las dos montañas. Otro anciano, conocido como el Viejo Sabio, los vio y dijo riéndose: “¡Qué tontería! Es absolutamente imposible que vosotros, tan poca gente, logréis remover montañas tan grandes”. El Viejo Tonto respondió: “Después de que yo muera, seguirán mis hijos; cuando ellos mueran, quedarán mis nietos, y luego sus hijos y los hijos de sus hijos, y así indefinidamente. Aunque son muy altas, estas montañas no crecen y cada pedazo que les sacamos las hace más pequeñas. ¿Por qué no vamos a poder removerlas?”. Después de refutar la idea errónea del Viejo Sabio, siguió cavando día tras día, sin cejar en su decisión. Dios, conmovido ante esto, envió a la tierra dos ángeles, que se llevaron a cuestas ambas montañas. Hoy, sobre el pueblo chino pesan dos grandes montañas, una se llama imperialismo y la otra, feudalismo. El Partido Comunista de China hace tiempo que decidió eliminarlas. Debemos perseverar en nuestra decisión y trabajar sin cesar; también nosotros conmoveremos a Dios. Nuestro Dios no es otro que las masas populares de China. Si ellas se alzan y cavan junto con nosotros, ¿por qué no vamos a poder eliminar esas montañas?
Al final, durante el gobierno maoísta las masas chinas cavaron y cavaron y cavaron hasta lograr dar forma al enorme agujero negro al que cayeron, empujadas por las ideas grandiosas de este visionario catastrófico.
Además de filosofar políticamente, Mao también incursionó en la poesía. En la mirada de Stuart Schram: “Sus poemas son particularmente reveladores con respecto a la síntesis entre el marxismo-leninismo y la tradición china que profesa Mao”. Por momentos compuso poemas de corte propagandístico, como se aprecia en “Inscripción de las mujeres milicianas en una fotografía”:
Qué brillantes y valientes se ven, portando rifles de cinco pies / En el patio de armas iluminado por los primeros destellos del día / Las hijas de China tienen mentes muy aspirantes / Aman su gama de batalla, no sedas y satén.
Joachim Schickel lo expresó así: “Sus propios poemas son la espada que usa para cortar el nudo gordiano entre tradición y revolución”. Un crítico en The Washington Post los tildó de “documentos políticos”.
Según cuenta Jonah Raskin en la revista socialista Monthly Review, cuando el presidente anticomunista Richard Nixon visitó China en 1972 recitó la poesía de Mao ante el mismo Mao. Luego, Nixon y Zhou Enlai discutieron el significado de los poemas, “como si fueran dos estudiantes diligentes y Mao su maestro”. Mao escribió poesía durante toda su vida, aunque sus poemas reunidos fueron publicados a partir de 1965, en vísperas de la Revolución Cultural. Al año siguiente el gobierno publicó una colección de poemas inéditos de Mao y gracias a un artículo de Julian Baum publicado en The Christian Science Monitor sabemos acerca de un episodio oscuro que rodeó esa publicación.
En junio de 1986, este periódico informó sobre un reporte publicado ese mismo mes en la revista oficial china Beijing Review que narraba las desventuras de un ciudadano que había protestado ante las autoridades por atribuir a Mao poemas inéditos suyos. Chen Mingyuan era un poeta, lingüista y matemático que trabajaba en la Academia China de Ciencias, quien al leer el volumen de poesía maoísta identificó doce poemas suyos jamás publicados que habían sido incorporados a la colección de poemas inéditos de Mao. Tras contactar a las autoridades, recibió una primera respuesta razonable del primer ministro Zhou Enlai, pero luego intervino la esposa de Mao, Jiang Qing, quien acusó a Chen de plagiar al presidente, lo tachó de contrarrevolucionario y lo hizo encarcelar por doce años (uno por cada poema litigado, parece) incluyendo cuatro años de trabajos forzados. Desde su liberación en 1978, Chen sostuvo que Mao no estuvo al tanto ni implicado en aquel plagio literario. Karl-Heinz Pohl aporta una aclaración pertinente. Este especialista en poesía maoísta argumenta que es aceptable para los poetas chinos no solo aludir a otros poetas, sino incluir poesía ajena dentro de sus propias composiciones. Esta forma específica de arte recibe el nombre de jiju. Si en el caso mencionado Mao hizo jiju o algún editor tomó poemas de terceros, por error o adrede, para agregarlos a los del líder chino, es casi imposible de determinar.
Se atribuye a Mao haber creado alrededor de setenta poemas, e incluso puede que sean más. Algunos fueron removidos del canon por ser considerados inapropiados conforme cambiaron los vientos políticos, o por estar dedicados a figuras caídas en desgracia. A su vez, nuevos poemas han surgido. En 1994, al celebrarse los cien años de su nacimiento, apareció uno nuevo, por caso. El canon oficial cuenta cuarenta y dos poemas publicados. Fueron agrupados en una publicación de 1986 titulada Mao Tse-Tung shi ci xuan. Según el doctor Pohl, Mao compuso en dos períodos distintivos: entre 1923-1936, cuando tenía entre 20 y 43 años, y entre 1949-1965, cuando tenía entre 56 y 72 años. La poesía era además una forma de diálogo social, por ello muchos poemas fueron dedicados a alguien o compartidos con alguien, y reflejan la coyuntura de la época en que fueron escritos.
En la introducción a su libro Los poemas de Mao Tse-Tung, Willis Barnstone –quien residió en China durante la Revolución Cultural, invitado por el gobierno chino– dijo que Mao “fue un gran poeta, un maestro original”. El orientalista inglés Arthur Waley caracterizó al estilo poético de Mao como “no tan malo como la pintura de Hitler, pero no tan bueno como la de Churchill”. El sinólogo belga Simon Leys lo encontró “bastante pedante y pedestre, logrando aunar oscuridad con vulgaridad; y sin embargo, dentro del marco de una forma obsoleta, se mantiene, en su propia torpeza, notablemente liberado de convenciones”. El profesor Paul Manfredi observó que “el poeta Mao escribe un trabajo que se bifurca constantemente, comunicándose simultáneamente en un nivel con las masas y ofreciendo en otro una capa esotérica de información a menudo conflictiva para ser comprendida solo por los verdaderamente dignos”. Jeremy Ingalls, autor de
