Escenas de pasión - Suzanne Brockmann - E-Book

Escenas de pasión E-Book

Suzanne Brockmann

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Beschreibung

Aquello era como volver a nacer. Tranquila... e insatisfactoria. Así era como se podría describir la vida de Maggie Stanton. Hasta que un desconocido le hizo hacer algo inimaginable: arriesgarse... Para su sorpresa, resultó que el hombre que la había hecho abandonar su predecible existencia no era otro que su mejor amigo de la infancia. El problema era que ahora su "amigo" quería llevarla al altar. Y por un momento Maggie llegó a pensar que aquella boda era la unión de dos almas gemelas... hasta que se enteró del secreto de Michael.

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Seitenzahl: 204

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2003 Suzanne Brockmann

© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Escenas de pasión, n.º 1275 - julio 2015

Título original: Scenes of Passion

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español 2004

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-6874-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Capítulo Catorce

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

 

La autopista 95 volvía a estar atascada.

Maggie Stanton, sentada al volante de su coche, estaba demasiado cansada como para hacer cualquier cosa excepto respirar.

Quizá cansada no fuera la expresión exacta. Quizá hubiera que decir desanimada o hundida.

Daba pena. Era un felpudo, una birria sin vida propia.

Tenía veintinueve años y vivía con sus padres. Había tenido que volver con ellos cuando se le incendió el apartamento.

Sin embargo, eso fue hacía tres años.

Primero, su madre le pidió que se quedara para ayudarla con la boda de Vanessa. Luego, llegó el 11 de septiembre y su padre le pidió que se quedara un poco más, hasta que pasó otro año.

Ya había llegado el momento de marcharse, ya rozaba lo absurdo, pero su madre no paraba de decir que sería una tontería marcharse cuando estaba a punto se casarse.

Sin embargo, tampoco era cuestión de ir encargando las invitacioes. Lo normal era que para casarse la novia estuviera enamorada de su novio, ¿no?

Aunque era posible que aquella decisión también la tomaran sus padres, como habían tomado todas las decisiones importantes en su vida. Ella los miraría, asentiría con la cabeza y sonreiría.

Era una fracasada.

Sonó el teléfono móvil y la salvó de llegar a sentir lástima de sí misma.

–¿Dígame?

–Hola, pichoncito.

Quiso morirse en ese instante. Estaba saliendo con un hombre que la llamaba pichoncito. En realidad, no estaba saliendo, estaba, como decía su madre, medio comprometida.

Efectivamente, Brock «Pichoncito» Donovan le había pedido que se casara con él y ella le había dado largas durante las últimas semanas, lo cual había resultado ser un error tremendo. Tendría que haberle dicho rotundamente que no y salir dando gritos de la habitación. Sin embargo, como era una pusilánime y nunca gritaba, lo había pospuesto. Había pensado que ya encontraría el momento y el lugar adecuados para romper con él sin hacerle daño. En vez de hacerlo, se lo había contado a Vanessa, su hermana mayor, que estaba casada con el que fue compañero de habitación de Brock en la universidad. Vanessa se lo contó a sus padres y…

Todo fue rodado. Su madre compró la revista Novias y empezó a negociar con el hotel Hammonasset.

Sus padres estaban tan nerviosos que querían hacer una fiesta de compromiso para proclamarlo a los cuatro vientos. Afortunadamente, el único día que su madre tenía libre era aquel sábado, el día que la compañía de teatro de Eastfield seleccionaba los actores para la representación de verano.

Un día en el que no se podía organizar nada.

El teatro era lo único en lo que había sido enérgica. Sus padres habían querido que fuera a Yale y ella había ido a Yale en vez de ir a la escuela de arte dramático de Emerson. Yale tenía un departamento de teatro sensacional, pero sus padres le habían dado tanto la lata sobre los artistas que se mueren de hambre, que se había especializado en derecho mercantil. Después de la universidad, siguieron dándole la lata y se especializó en administración de empresas en vez de trasladarse a Nueva York para intentar conseguir un papel en una serie de televisión. Su padre quería que ella trabajara en el despacho de abogados de Andersen & Brenden en el propio New Haven y eso hacía.

Lo que hacía era estar metida en un atasco después de un día agotador en A&B. Encima, estaba medio comprometida con un hombre que la llamaba pichoncito.

Era una pusilánime.

–Sigo en el trabajo –le decía Brock al otro lado del teléfono–. Esto es una locura. No voy a poder quedar, cariño. No te importa, ¿verdad?

En realidad, se había llevado la bolsa del gimnasio a la oficina a pesar de que había quedado a cenar con Brock. Era muy normal que Brock cancelara la cita o llegara tarde al restaurante .

Aquella era la noche que tenía pensado romper con él. Con delicadeza, sin gritos y haciéndole el menor daño posible.

Efectivamente, sintió un alivio enorme porque era una gallina. También se dio cuenta de que se sentía fastidiada. Aquel hombre aseguraba que la amaba, sin embargo, la forma de cortejarla era cancelando las citas en el último momento una y otra vez.

–Te llamaré mañana –le dijo Brock–. Tengo que salir corriendo.

Ya había colgado antes de que ella pudiera decir algo.

Brock era un hombre apuesto con el pelo rizado y un hoyuelo en la barbilla, igual que un actor de Hollywood. Además, como no paraba de repetir la madre de Maggie, tenía seis semanas de vacaciones al año.

Claro, una vacaciones largas eran un buen motivo para casarse con un hombre.

Angie ya le había dicho que tuviera cuidado. Su mejor amiga del instituto estaba convencida de que si no se andaba con ojo, una mañana se despertaría casada con Brock. Sin embargo, Angie era Angie. Su objetivo en la vida era no estarse quieta. Acababa de casarse con un inglés y vivía en Londres, donde trabajaba como regidora de escena en un teatro. Tenía un trabajo y un marido de ensueño. Freddy Chambers, un británico de aspecto tranquilo, era la pareja perfecta para el temperamento apasionado y desbocado de Angie Caratelli.

Seguramente, ese también era el motivo por el que las dos se había llevado tan bien.

Ya hacía más de diez años, pero seguía echando de menos el instituto. Angie, su novio Matt Stone y ella, todos de la compañía de teatro, habían sido inseparables y la vida les parecía una fiesta interminable llena de risas y alegría. Bueno, menos cuando Angie y Matt discutían, que era un día sí y otro también, porque Matt era tan voluble como Angie.

Matt se habría quedado tan espantado como Angie si se hubiera enterado de que trabajaba como abogada mercantil y de que su despacho ni siquiera tenía una ventana. Sin embargo, él había desaparecido hacía diez años, cuando terminaron aquel curso. Su amistad con Angie no había sobrevivido a la última y devastadora ruptura y nunca volvió por el pueblo.

Ni siquiera cuando murió su padre hacía unos años.

Ella era la única que seguía viviendo en el pueblo. Como era una pusilánime, le gustaba vivir en el pueblo donde había vivido casi toda su vida. Aunque soñaba con dejar de hacerlo.

Angie le decía una y otra vez que tenía que dejar el trabajo, abandonar a Brock y fugarse con esa especie de Tarzán musculoso y melenudo al que había echado el ojo en el gimnasio. Cuando apareció por el gimnasio, Angie y ella habían empezado a llamarlo el hombre de la selva. La primera vez que lo vio estaba haciendo abdominales colgado de una barra por las rodillas.

El pelo largo, liso y color miel le caía como una cortina rutilante mientras él subía y bajaba sin ningún esfuerzo.

No había conseguido verle claramente la cara, pero lo que había vislumbrado era todo ángulos, pómulos y una barbilla firme y perfectamente afeitada.

Podía imaginárselo dirigiéndose hacia ella por encima de los coches que estaban bloqueados en la autopista 95.

Avanzaría a cámara lenta, todos los hombres como él lo hacían, al menos en las películas. Se le notarían los músculos a través de la camiseta, los vaqueros se ceñirían a las caderas, el pelo le caería sobre los hombros, la boca sensual esbozaría una leve sonrisa y los ojos verdes con destellos dorados tendrían un brillo arrebatador.

Se bajaría felinamente de la capota del coche y abriría la puerta del conductor.

–Yo conduciré –diría con una especie de susurro ronco pero aterciopelado y seductor.

Ella se arrastraría por encima del freno de mano. No, en su fantasía no podía arrastrarse. Pasaría elegantemente al asiento del pasajero y cedería el volante al hombre de la selva.

–¿Adónde vamos?

Él sonreiría irresistiblemente.

–¿Acaso importa?

Ella no dudaría.

–No.

Sus ojos maravillosos rebosarían de pasión y satisfacción y ella sabría que iba a llevarla a algún sitio donde nunca había estado.

–Perfecto.

El coche de atrás le tocó la bocina.

¡Vaya! Los coches estaban moviéndose.

Encendió el motor y puso el intermitente de la derecha para dirigirse a la salida que la llevaría al gimnasio.

Si tenía mucha suerte, a lo mejor podría echar un vistazo al hombre de la selva y la tarde no habría sido un desperdicio completo.

Era una fracasada de tomo y lomo.

 

 

Matt Stone necesitaba ayuda.

Había vuelto a Eastfield hacía menos de dos semanas y no podía seguir fingiendo que era capaz de apañarse solo.

Su padre se había propuesto fastidiarlo incluso después de muerto. Le había dejado una fortuna y el destino de los doscientos veinte empleados de la fábrica de patatas fritas siempre que estuviera dispuesto a pasar por el aro.

Si fuera por él, su padre podía llevarse todo el dinero al infierno, pero ¿qué pasaría con los empleos de aquellas doscientos veinte buenas personas?

Por ellos, aprendería a pasar por los aros que fueran necesarios.

Aun así, necesitaba un abogado. Necesitaba a alguien con mentalidad empresarial. Necesitaba a alguien de confianza.

Necesitaba a Maggie Stanton.

La había visto un par de veces en el gimnasio, pero ella siempre iba con prisas. La había visto la noche anterior mientras ella lo miraba disimuladamente. No era descarada, pero lo miraba reflejado en los espejos cuando hacía estiramientos.

Ella no lo había reconocido y él no sabía si sentirse insultado o halagado. También era verdad que él había cambiado bastante.

Ella, sin embargo, estaba exactamente igual. Ojos azules, pelo castaño, una cara dulce de buena chica con una barbilla de duendecillo, pecas en la deliciosa nariz…

Era un crimen que se hubiera licenciado en Derecho en vez de irse a Nueva York para trabajar en Broadway. Tenía una voz que siempre le había asombrado y verdadero talento para actuar. Además, bailaba maravillosamente.

Se hizo con todos los papeles principales en los musicales del instituto, incluso cuando era una novata. Hicieron juntos de Tony y María en West Side Story. Era la primavera de su último curso y el final de su amistad con Angie y Maggie.

Angie sabía por qué.

Maggie y él tenían que besarse en el escenario como Tony y María. Eran unos besos apasionados, alteradores y sin barreras. Cuando se dieron el primero, él había seguido las instrucciones del director, había tomado a Maggie entre los brazos y la había besado con el deseo reprimido e insatisfecho de su personaje.

Maggie se había transformado en María y le había devuelto el beso ardientemente, estrechándose contra él y…

Ël tuvo que dejar de intentar convencerse de que no se había enamorado de la mejor amiga de su novia.

Naturalmente, Angie lo supo. Maggie fue la única que no lo supo.

Era muy posible que nunca lo hubiera sabido. Aunque también era posible que se hubiera enterado y que estuviera tan enfadada con él como Angie.

En ese caso, seguramente no contestaría sus llamadas teléfonicas.

Sin embargo, tendría que insistir porque necesitaba a Maggie Stanton y esa vez no iba a aceptar una negativa.

 

 

Maggie, cargada con carpetas, se arrastró a la oficina a las cinco de la tarde del día siguiente después de una reunión de seis horas con un cliente.

Arrancó las hojas con los mensajes teléfonicos que había recibido y se las llevó a lo que había sido un armario y en ese momento era su despacho. Cerró la puerta, dejó las carpetas en la única silla y extendió las hojas con los mensajes en la mesa que tenía delante.

Brock había llamado dos veces. Siete de los mensajes eran de clientes que conocía y había tres que no sabía quiénes eran.

Sobre la mesa había una pila de carpetas nuevas con una nota encima que le pedía que se ocupara de ellas antes del día siguiente.

Claro, no pasaba nada, se quedaría hasta medianoche…

Maggie apoyó la cabeza en la mesa.

–Detesto este trabajo –susurró mientras deseaba tener el valor suficiente como para decirlo en voz alta y que Andersen o Brenden la oyeran.

Llamaron a la puerta.

Maggie levantó la cabeza. En ese momento, el hombre de la selva entraría en escena.

–Adelante –diría ella.

La puerta se abriría y él la miraría con aquellos ojos verdes con destellos dorados. Entraría y cerraría la puerta.

–¿Preparada para marcharnos?

Ella no lo dudaría.

–Sí.

Él sonreiría y extendería la mano. Ella la tomaría, se levantaría y…

La puerta se entreabrió y Janice Green, la recepcionista, asomó la cabeza.

–¿Sigues ahí?

–Sí –contestó Maggie–. Sigo aquí.

–Te has dejado uno –Janice le dio una hoja con otro mensaje telefónico.

–Gracias –Janice estaba saliendo cuando Maggie echó una ojeada al papel–. ¡Eh! Espera un segundo, por favor. ¿No ha dejado ningún número?

Matthew Stone, decía la nota con la nítida caligrafía de Janice.

–Él dijo que tú lo sabrías. Lo siento debería haber…

–No –le tranquilizó Maggie–. No pasa nada.

El único número de teléfono que ella sabía era el de la enorme casa junto al mar del padre de Matt.

Janice cerró la puerta y Maggie empezó a marcar aquel número, pero colgó inmediatamente.

Siempre se había sentido un poco incómoda porque se había puesto del lado de Angie cuando tuvo la gran y definitiva discusión con Matt, la que significó su ruptura y el final de su propia amistad con Matt.

Angie nunca le había explicado claramente lo que había hecho Matt.

Todo lo que ella sabía era que Matt y Angie habían tenido la discusión de su vida poco después de que empezaran los ensayos de West Side Story.

Angie había ido corriendo a su casa para que la consolara y poco después también había aparecido Matt.

Supo que Matt había bebido por el olor a whisky, lo cual la asustó porque normalmente bebía cerveza.

–¿Estás bien? –le preguntó ella en el porche.

Matt se había sentado en un escalón y ella supo que algo iba realmente mal mientras se sentaba a su lado. Además de que hubiera bebido mucho, parecía ansioso y desasosegado.

Era incapaz de mirarla a los ojos.

–Maggie tengo que decirte una cosa.

–¡Lárgate inmediatamente, malnacido!

Ella se volvió y vio a Angie que estaba en la puerta con los ojos como ascuas y los brazos cruzados.

Matt dejó escapar un juramento en voz baja.

–Tenía que haberme imaginado que estarías aquí.

Ella miró a Matt y a Angie con sensación de impotencia y se levantó.

–Mirad, chicos, será mejor que vaya dentro. Esto no es de mi incumbencia.

Matt empezó a reírse y Angie le dio una patada en la espalda. Matt cayó hasta los arbustos y se puso furioso.

–¡Maldita sea!

–¡Aléjate de mí! –le gritó Angie–. Aléjate también de Maggie. Te lo advierto, Matt.

Ella nunca había visto tanta acritud en los ojos de su amiga. Matt apartó la mirada de Angie y la dirigió hacia ella.

–Quiero hablar contigo. Solos. ¿Darías un paseo en coche conmigo? Por favor.

–No dejaría que diera un paseo en coche contigo ni aunque estuvieras sobrio –exclamó Angie–. Lárgate, desgraciado.

–No hablaba contigo –le replicó Matt–. ¡Cierra el pico! –se volvió hacia ella–. Vamos, Maggie. Si no quieres que conduzca, podemos ir andando.

–Lo siento –había dicho ella mientras Angie la arrastraba dentro.

Después de aquello, sólo vio a Matt durante los ensayos.

Ella lo había apremiado para que arreglara las cosas con Angie, pero él se limitaba a sonreír.

–Sigues sin entenderlo, ¿verdad? –le había preguntado Matt.

Al final lo entendió, Angie y él habían roto y aquella amistad a tres bandas había terminado.

Al año siguiente, Matt se fue a la universidad, Angie encontró otro novio y la vida siguió su curso. Ella siguió la pista de Matt durante algún tiempo.

La última dirección que supo de Matt fue cuando vivía en Los Ángeles, hacía casi siete años. Desde entonces, no volvió a saber nada de él, como si se lo hubiera tragado la tierra.

Sin embargo, había vuelto.

Maggie descolgó el teléfono y marcó.

Sonó cuatro veces antes de que contestara una voz casi sin aliento.

–Dígame.

–Hola, Matt.

–¡Maggie! –la voz denotaba una alegría sincera–. Gracias por contestar a mi llamada tan pronto. ¿Qué tal estás?

Fatal, pensó ella.

–Muy bien. Bienvenido a la costa este.

–Ya, bueno… –la voz le pareció abatida–. La verdad es que estoy en Eastfield por unos asuntos y, mmm, en parte te llamo por eso. Quiero decir, aparte de porque quiera verte. ¡Caray, es como si hubieran pasado siglos!

–Pareces el mismo de siempre.

–Vaya. ¿De verdad? Es un poco aterrador.

Maggie se rió.

–¿En qué tipo de asuntos andas metido?

–Asuntos de herencia –le contestó Matt–. ¿Puedes cenar conmigo esta noche? Voy a pedirte un favor enorme y prefiero no hacerlo por teléfono.

–¿Cómo de enorme es el favor?

–Como de unos veinticinco millones de dólares.

Maggie se quedó pasmada.

–¿Qué?

–De verdad, prefiero esperar y hablarlo contigo cara a cara. ¿Qué te parece si te recojo a las seis y media?

Maggie miró el montón de carpetas que tenía sobre la mesa.

–Mejor un poco más tarde. Todavía me queda un rato en el despacho y esperaba pasar por el gimnasio esta tarde. Quiero ir a una clase que termina a las ocho. ¿Te parece muy tarde?

–Está bien. Esta noche es la clase de baile que te gusta tanto. Te he visto por allí.

–¿Me tomas el pelo? ¿Me has visto en el gimnasio y no me has saludado? –Maggie no podía creérselo–. Muchas gracias.

–¿Tú no me has visto?

–Por Dios, Matt. Si te hubiera visto, te habría saludado.

Matt se rió.

–Te creo que no me hayas reconocido. He ganado algo de peso.

–¿De verdad?

–¿Por qué no nos encontramos en el gimnasio? –le preguntó él–. Podemos tomar algo sano en la cafetería.

Maggie gruñó.

–Claro, ¿desde cuándo tomas algo sano Don Patatas Fritas y Queso?

Matt se rió.

–Te veré después de las ocho.

 

 

Maggie se perdió la clase de baile gracias a las carpetas. Eran las ocho y cuarto cuando entró en el aparcamiento del gimnasio.

Allí estaba el hombre de la selva. Estaba apoyado en la pared al lado de la puerta. Llevaba pantalones vaqueros y una camiseta blanca, como en su fantasía.

Sin embargo, esa vez era real.

Parecía como si estuviera esperándola, pero tendría que pasar de largo porque ya había hecho esperar bastante a Matt y le espantaba retrasarse.

Cuando avanzó hacia él, el hombre de la selva se separó de la pared. El pelo le caía sobre los hombros limpio y brillante. Tenía un pecho y unos hombros increíblemente anchos y las mangas de la camiseta apenas abarcaban los brazos.

El rostro era dos veces más atractivo de lo que se había imaginado; aunque tampoco lo veía con mucha claridad por la penumbra.

Sonrió cuando ella se acercaba y se dio cuenta de que tenía unos pómulos que eran una obra de arte. Además, la barbilla, la sonrisa con unos labios tan bien formados, los ojos marrones con tonos dorados que eran… ¡eran los ojos de Matt!

Maggie se quedó muda.

Matthew…

El hombre de la selva de sus fantasías era su viejo amigo Matt.

Era verdad que había ganado peso, pero todo era de puro músculo.

–Hola, Maggie.

–Hola, Matt –dijo como si tal cosa–. Siento haber llegado tarde.

–No importa. Me alegro de verte. Estás maravillosa, por cierto.

–Todavía aparento catorce años. Tú también estás muy bien. Claro que te había visto por aquí, pero no te había reconocido.

–Ya, bueno, he cambiado mucho –dijo él con unos ojos que se tornaron serios repentinamente.

Maggie tuvo que mirar a otro lado porque se sintió incómoda con ese Matthew Stone de tamaño adulto. Por algún motivo, había esperado al chico que había conocido en el instituto. Aquel hombre no solo era más alto y más grande, sino que también había perdido la energía incontrolada de entonces. El joven Matt no podía estarse sentado durante más de un par de minutos, iba de una butaca a otra y fumaba un cigarrillo tras otro.

Aquel hombre transmitía una solidez serena, una calma inquebrantable. Por eso no lo había reconocido, al margen de los músculos y la melena.

Matt le sonrió, no era una de sus sonrisas displicentes, sino una sonrisa rebosante de alegría.

–Te he echado de menos –le dijo él.

–Yo también te he echado de menos, pero ahora tengo que ir al cuarto de baño. A estas horas, el viaje desde New Haven es muy largo.

–No te preocupes. Iré a la cafetería. ¿Quieres que te pida algo?

–Sí, gracias –contestó ella mientras él le sujetaba la puerta. Otra novedad, Matt le cedía el paso…– ¿Me pides una ensalada?

–Con aliño italiano –dijeron los dos a la vez.

–Hay cosas que no cambian nunca –dijo Matt con una sonrisa.

Capítulo Dos

 

 

Cuando Maggie entró en la cafetería, Matt estaba en la barra charlando con tres jóvenes universitarias. Como había dicho él, había cosas que no cambiaban nunca.

Se volvió como si hubiera sentido los ojos de Maggie clavados en la espalda y se disculpó precipitadamente. Se acercó a ella con una sonrisa que iluminaba su atractivo rostro.

–Hola.

La tomó de la mano, la llevó a la mesa y le separó la silla.

Maggie lo miró como si esperara que fuera a quitarle la silla para que se cayera y poder reírse de ella.

Sin embargo, Matt sonrió y se sentó en su sitio. Delante tenía una ensalada y un plato de verduras cocidas. El chico de las hamburguesas estaba comiendo verduras…

–Antes de que empecemos a hablar de favores de veinticinco millones de dólares –dijo Maggie–, me muero de ganas por saber lo que has estado haciendo durante la última década.

¿Dónde estaba la cerveza? Desde que tenía diecisiete años, Matthew Stone no se sentaba a comer si no era con un cigarrillo y una cerveza.

–Tardaría diez años en contarte toda la historia –replicó Matt con una sonrisa mientras atacaba la ensalada.

–¿Sigues fumando? –le preguntó Maggie.

–No, lo dejé hace tres años. También dejé de beber y me hice vegetariano. Verás… bueno, me puse enfermo y sentí la necesidad de hacer algo para sentirme mejor. No sé si realmente sirvió de algo, pero sí me ayudo mentalmente, ¿entiendes?

–¿Cuánto tiempo estuviste enfermo?

Matt sacudió la cabeza.

–Mucho tiempo. ¿Te importa que no hablemos de eso? No es que… tengo mis supersticiones sobre el asunto… Bueno, preferiría…

–Lo siento. Naturalmente, no tienes por qué… Yo tenía una dirección tuya en California.

–Sí… Bueno, pasé una temporada por el sudoeste. Justo después de que mi querido padre me pusiera de patitas en la calle. ¿Lo sabías?

Maggie sacudió la cabeza.

–No.

–Tuve un problema en uno de los colegios universitarios y él ni siquiera escuchó mis argumentos. También es verdad que era el cuarto colegio que me pedía amablemente que me marchara, pero aquella vez yo no tuve la culpa. Aun así, me dijo que no volviera a pisar la puerta de su casa.

–Es tremendo.