Escucha, yanqui - C. Wright Mills - E-Book

Escucha, yanqui E-Book

C. Wright Mills

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Beschreibung

Ensayo que expone el significado político y social de la Revolución cubana, donde los cambios operados en el país, tras el triunfo del movimiento 26 de Julio, implican transformaciones en las estructuras fundamentales que a su vez repercuten en el plano de las relaciones interamericanas.

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Seitenzahl: 316

Veröffentlichungsjahr: 2019

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COLECCIÓN POPULAR

21

ESCUCHA, YANQUI

Traducción JULIETA CAMPOSY ENRIQUE GONZÁLEZ PEDRERO

CHARLES WRIGHT MILLS

ESCUCHA, YANQUI

La Revolución en Cuba

Primera edición, 1961 Segunda edición, 2019 [Primera edición en libro electrónico, 2019]

Diseño de portada: Rafael López Castro y Guillermo López Wirth

D. R. © 2019, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios: [email protected] Tel. 55-5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-6456-3 (ePub)ISBN 978-607-16-6406-8 (rústico)

Hecho en México - Made in Mexico

A mi hijo Nikolas

ÍNDICE

Primera advertencia al lector

¿Qué significa Cuba?Nuestra revoluciónTu contrarrevoluciónUna economía sobre la marchaCuba y el comunismoEuforia revolucionariaLa cultura en Cuba¿Qué significa “yanqui”?

Segunda advertencia al lector

Notas y bibliografía

PRIMERA ADVERTENCIA AL LECTOR

Este libro refleja el tono y el tema de discusiones y entrevistas sostenidas con soldados rebeldes, intelectuales, funcionarios, periodistas y profesores en Cuba, durante el mes de agosto de 1960. Pero no se trata sólo de Cuba, porque la voz de Cuba es hoy una voz del bloque de naciones hambrientas, y el revolucionario cubano habla ahora —con gran efectividad— en nombre de ese bloque. Lo que los cubanos dicen y hacen hoy lo dirán y harán mañana otros pueblos hambrientos de América Latina. Esta perspectiva no es ni una jactancia ni una amenaza de Cuba. Es una probabilidad evidente. En África, en Asia y en América Latina los pueblos por los que habla esta voz se están llenando de una fuerza airada que jamás habían conocido antes. Son jóvenes naciones: para ellas el mundo es nuevo.

En Cuba, el pueblo de una nación hambrienta está en pleno clamor revolucionario. Toda su historia se ha visto envuelta, en formas muy extremas, con la historia de los Estados Unidos, y la isla que habita está muy cerca del territorio de los Estados Unidos.

Independientemente de lo que ustedes y yo pensemos, la voz de Cuba debe escucharse en los Estados Unidos de Norteamérica. Y, sin embargo, no ha sido escuchada. Esta voz debe oírse ahora porque los Estados Unidos son demasiado poderosos y sus responsabilidades para con el mundo y consigo mismos son demasiado grandes para que su pueblo no oiga las voces que vienen del mundo hambriento.

Si no las escuchamos, si no les prestamos toda nuestra atención, nos exponemos a todos los peligros de la ignorancia —y, con ellos, a los peligros de errores desastrosos—. Si no escuchamos, recordemos que otras naciones poderosas sí lo están haciendo —los rusos, por supuesto—. Ellos sí están escuchando las voces del mundo hambriento y están actuando. Algunos errores producto de la ignorancia ya han sido cometidos, en nuestro nombre, por el gobierno de los Estados Unidos y con desastrosas consecuencias en el mundo entero para la imagen y el futuro de los Estados Unidos. Pero quizá no es todavía demasiado tarde para que escuchemos y para que actuemos.

I

Mi objetivo central en este libro es presentar la voz del revolucionario cubano, con la mayor claridad y fuerza posibles. Me he fijado este objetivo porque esa voz está absurdamente ausente en las noticias de Cuba que se difunden actualmente en los Estados Unidos. No encontrarán ustedes aquí “toda la verdad sobre Cuba”, ni tampoco “una apreciación objetiva de la Revolución cubana”. No creo que nadie pueda hacer en este momento semejante apreciación ni creo que nadie —cubano o norteamericano— pueda saber todavía “toda la verdad sobre Cuba”. Esa verdad, cualquiera que ella sea, está en proceso de creación y cada semana es distinta. La verdadera historia de la Revolución cubana, con todo su significado, tendrá que esperar a que algún cubano que haya participado en ella encuentre la voz universal de su revolución.

Mientras tanto, mi labor ha sido tratar de plantear algunas preguntas útiles y buscar y atender las más variadas respuestas que pude encontrar.

Los hechos y las interpretaciones expresados en estas cartas de Cuba reflejan con exactitud, en mi opinión, las opiniones del revolucionario cubano. Las palabras empleadas son en su mayoría mías, aunque no todas; los razonamientos, el tono, las interpretaciones, el sabor y la sensibilidad son, en lo esencial, directamente cubanos. Mi papel ha sido simplemente organizarlos, de la manera más directa e inmediata de que he sido capaz. Quiero decir que aquí está lo que los cubanos, en medio de su revolución, piensan de esa revolución, del lugar que ésta ocupa en sus vidas y de su futuro. He aquí algo de su optimismo, sus fatigas, su confusión, su ira, su vehemencia, sus preocupaciones —y, sin embargo, si escuchan ustedes bien, descubrirán el tono racional que prevalece en los argumentos revolucionarios cuando se discute seriamente y en privado—.

Esta revolución que tiene lugar en Cuba es un enorme impulso popular. La voz de Cuba es hoy la voz de la euforia revolucionaria. Mi intención es expresar un poco de todo esto al mismo tiempo que las razones que explican por qué sienten así los cubanos. Porque sus razones no son sólo suyas: son las razones de todo el mundo hambriento.

II

Antes del verano de 1960 nunca había estado en Cuba ni había pensado mucho en ella. En realidad, cuando estuve en Brasil durante el pasado invierno y cuando, en la primavera de 1960, pasé varios meses en México, me sentí avergonzado de no tener una firme actitud respecto de la Revolución cubana. Porque en Río de Janeiro y en la ciudad de México, Cuba era naturalmente el gran tema de discusión. Pero yo nada sabía de lo que allí estaba ocurriendo y mucho menos de lo que podría pensar acerca de todo ello. Me ocupaban por entonces otros estudios.

Al terminar la primavera de 1960, cuando decidí “enterarme de lo que pasaba en Cuba”, leí por primera vez todo lo que pude encontrar y lo resumí, en parte como información y en parte como preguntas que no tenían respuesta en la letra impresa. Con estas interrogaciones y cierta idea de cómo obtener las respuestas, me dirigí a Cuba.

Ese viaje me obligó a pensar —lo que por mucho tiempo me había negado a creer— que mucho de lo que hemos leído recientemente acerca de Cuba en la prensa norteamericana está muy lejos de la realidad y del significado de lo que allí está sucediendo actualmente.

No estoy muy seguro de cómo deba explicarse este hecho y no creo que sea muy sencillo. A diferencia de muchos cubanos, no considero que sea totalmente por una campaña deliberada de difamación. Es verdad, sin embargo, que si las finanzas norteamericanas afectadas por la revolución no controlan todas las noticias que ustedes leen acerca de Cuba, las finanzas como sistema de intereses (incluyendo los medios masivos de comunicación) pueden constituir, no obstante, un factor de control en cuanto a todo lo que pueda llegar al conocimiento de ustedes respecto a Cuba.

Es cierto también que la exigencia de encabezamientos violentos de los jefes de redacción de los periódicos restringe y modifica los reportazgos de los periodistas. Editores y periodistas tienen la tendencia a considerar que el público norteamericano prefiere leer acerca de las ejecuciones que de la puesta en cultivo de nuevas tierras. Es decir, publican lo que consideran mercancía de fácil venta.

Nuestra ignorancia acerca de Cuba se debe también, en parte, al hecho de que el gobierno revolucionario cubano no tiene todavía una agencia informativa capaz de prestar servicio a los periodistas extranjeros. En este momento no es fácil obtener en Cuba datos precisos y es imposible entender lo que está ocurriendo sin la ayuda capacitada de quienes están actuando dentro de la revolución. En muchos casos estas personas no pueden ayudar, simplemente porque están demasiado ocupadas en hacer la revolución. Pero hay algo más: cada vez sienten menos deseos de colaborar, porque creen que su confianza ha sido traicionada. Debido a lo que ellos consideran justamente como tristes experiencias, piensan que los periodistas norteamericanos no reconocerán jamás la verdad, o la deformarán, aun cuando la tengan delante.

Me parece que otra raíz del problema está en que muchos periodistas norteamericanos simplemente no saben comprender ni informar acerca de una revolución. Si se trata de una revolución verdadera —y la de Cuba lo es—, informar supone algo más que la rutina ordinaria del periodista. Requiere que éste abandone muchos de los clichés y hábitos que constituyen su oficio mismo. Exige, por supuesto, que sepa con precisión algo de la gran variedad de pensamiento y actividad de izquierda que existe hoy en el mundo. Y la mayoría de los periodistas norteamericanos saben muy poco de ello. Para la gran mayoría, a juzgar por nuestros periódicos, todo se reduce al “comunismo”. Aun aquellos con la mejor voluntad de comprender se ven incapacitados, por su misma formación y por las restricciones a su trabajo, para informar plena y acertadamente acerca de los contextos necesarios y del significado de los acontecimientos revolucionarios. En verdad, no creo que nadie posea toda la capacidad necesaria: es una tarea extraordinariamente difícil para cualquier miembro de una sociedad superdesarrollada informar en torno a lo que está sucediendo hoy en el mundo hambriento.

Sin embargo, una cosa resulta evidente: en los Estados Unidos no recibimos una información exacta de todo esto. Quizá la verdad sea que los medios de información en masa están influidos, frecuentemente, no tanto por las presiones de los anunciantes, las recomendaciones oficiales y las conversaciones extraoficiales cuanto por la ignorancia y confusión de quienes los dirigen. En pocas palabras: es probable que algunos periódicos estén con frecuencia controlados; el hecho es que muchos periodistas, como muchos hombres, se engañan a sí mismos.

III

Dicho esto, debo añadir inmediatamente que lo que haya de verdad o de utilidad en este libro se debe menos a mi capacidad como investigador social que a mi buena suerte de haber tenido pleno acceso a la información y a la experiencia de cubanos próximos a los acontecimientos que, una vez establecida la confianza, están ansiosos por decir todo lo que saben y por expresar todo lo que sienten. Esa confianza me fue otorgada no por mis opiniones sobre ellos o sobre su revolución, sino por el conocimiento que tenían de mis obras anteriores.

Mis fuentes incluyen discusiones con la mayoría de los líderes del gobierno revolucionario de Cuba. Pasé tres días y medio, de 18 horas cada uno, con el primer ministro Fidel Castro y cinco o seis días con René C. Vallejo, jefe del INRA (Instituto Nacional de la Reforma Agraria) en la provincia de Oriente. Quiero agradecerles la generosidad y paciencia con que toleraron mis numerosas preguntas en medio de días y noches de trabajo prolongado.

Debo expresar también mi agradecimiento por el tiempo que me dedicaron a Osvaldo Dorticós Torrado, presidente de la República de Cuba; Enrique Oltuski, ex ministro de Comunicaciones y actual director de organización del Departamento de Industrialización del INRA; al “Che” Guevara, presidente del Banco Nacional de Cuba; Raúl Cepero Bonilla, ministro de Comercio; Armando Hart, ministro de Educación; Carlos Franqui, director de Revolución; Franz Stettmeier, de la Universidad de Oriente; Elvira Escobar, de la misma institución; Margery Ríos y sus ayudantes, del Ministerio de Relaciones Exteriores; Isabel Rielo, de la primera ciudad escolar en la Sierra Maestra; capitán Escalona, ayudante del primer ministro; Elba Luisa Batista Benítez y Lauro Fiallo Barrero, de Manzanillo; Saul Landau, norteamericano que compartió conmigo los resultados de sus agudas experiencias de Cuba; Robert Taber, norteamericano que facilitó mi viaje a Cuba y mi labor durante mi estancia allí. Finalmente, quiero manifestar mi reconocimiento a Juan Arcocha, ayudante de Carlos Franqui, quien me sirvió de intérprete en largas entrevistas y fatigosos viajes y, además, me ayudó a entender muchas cosas de Cuba.

No se citan en el texto nombres específicos. Por conveniencia expositiva y por la brevedad necesaria he combinado en determinados temas mis discusiones con personas diversas; muchos pasajes son, de hecho, “entrevistas compuestas”. Además, habiendo gozado del privilegio de ver todo lo que deseaba y de recibir respuestas sinceras a todas mis preguntas, no sería correcto hacer citas directas.

IV

Es posible fabricar hipótesis de pesadilla sobre Cuba. Pero si hemos de superar estas pesadillas, si deben convertirse en bases de preocupaciones fértiles y de una política constructiva hacia Cuba, es absolutamente necesario conocer, antes que nada, cuáles son las razones, las esperanzas y los problemas de los revolucionarios cubanos. Mi cometido es dar a conocer algunos de éstos.

Por eso, al escribir este libro, he considerado que la expresión de mis propias opiniones es mucho menos importante que la exposición de los argumentos de los revolucionarios cubanos. Y a esto se debe que, en lo posible, me haya abstenido de expresar una opinión personal. He tratado de impedir, en la medida de mis fuerzas, que mis preocupaciones en torno a Cuba o a los Estados Unidos intervengan en esta exposición de la voz de Cuba. No he pretendido disimular ni subrayar las ambigüedades que he descubierto en sus razonamientos.

Comprendan, pues, los lectores, al leer estas cartas, que son los revolucionarios cubanos los que hablan. Después que los hayan escuchado, me tocará a mí hacer un breve comentario.

C. WRIGHT MILLSSeptiembre de 1960 Universidad de Columbia Nueva York

I. ¿QUÉ SIGNIFICA CUBA?

NOSOTROS los cubanos sabemos que tú crees que estamos dirigidos por un puñado de comunistas, que los rusos van a instalar una base de cohetes o algo parecido contra ti aquí en Cuba; que hemos matado, sin ponernos a pensar, a miles de personas y que seguimos haciéndolo; que no tenemos democracia ni libertad y que no respetamos la propiedad privada.

Lo que creas de nosotros, después de todo, es cosa tuya: no nos importa. Sea como fuere, lo que creas —verdadero o falso— no puede importarnos tanto a nosotros como a ti mismo. Pero también nosotros tenemos creencias y temores. Tememos que te impacientes y pienses: “¿No será mejor que vayamos a acabar con esos revoltosos? Los hemos ayudado mucho y, en vez de agradecerlo, se han vuelto contra nosotros y ahora instalan el comunismo a nuestras puertas. Dejémonos de tonterías y pongamos punto final al caos de Cuba”.

Porque sabemos que tú piensas todo eso te escribimos estas cartas. O más bien —discúlpanos— te escribimos porque creemos que has perdido el contacto con nosotros.

Lo cierto es que, como seres humanos, los cubanos nunca hemos tenido relaciones muy estrechas contigo. Pero como pueblos, cada cual con su gobierno, estamos ahora tan lejanos, que hay dos Cubas: la nuestra y la que tú te representas. Y también dos Estados Unidos: el tuyo, cualquiera que sea, y el que nosotros nos imaginamos.

Quizá esto no importaría mucho si no fuera porque nosotros sabemos que Cuba se ha convertido en un despertar en el continente americano y hasta quizá en el mundo entero. También para ti podría ser un despertar, quizá. Pero independientemente de cómo resulte todo hay algo indudable: es un despertar para nosotros.

Para la mayoría de nosotros —y queremos que tú sepas esto por encima de todo— nuestro despertar es lo mejor que pudo habernos sucedido jamás. Para algunos de nosotros —y suponemos que para casi todos ustedes— hay en él mucho de inseguro, de oscuro, de desconcertante. Pero ¿no sucede esto con todo despertar? Los cubanos hemos emprendido un camino desconocido hasta ahora para los pueblos de América. No sabemos todavía adónde conduce exactamente: es imposible que lo sepamos. Pero tememos que lo que tú hagas o dejes de hacer pueda afectar el resultado. Porque así están hoy las cosas en el mundo y, especialmente, así están entre yanquis y cubanos. Y esto sí nos preocupa; porque, debes saberlo, se trata de nuestro destino y hemos llegado al punto en que simplemente no te entendemos, si es que te entendimos alguna vez.

Tu gobierno no quiere tratar ya con nosotros, al menos no en un plano aceptable para nosotros; por eso nos dirigimos a ti directamente. Lo que tratamos de explicar es que no constituimos una “cuestión” distante, de remota “política internacional”. No somos, como podrías pensar, “una ópera cómica más, montada por unos cuantos latinos locos”. Para nosotros la cuestión de Cuba es, antes que nada, el problema de cómo vamos a vivir, e inclusive por cuánto tiempo. Y tú tienes algo que ver con esto; por eso queremos hablarte.

Como todo el mundo, creemos en la conveniencia de que los seres humanos se comprendan entre sí y no creemos que tú entiendas quiénes somos, cómo llegamos a donde estamos ahora, qué tratamos de hacer y cuáles son los obstáculos en nuestro camino. Y, como acabamos de decirte, tampoco nosotros te entendemos. Por eso te escribimos ahora.

I

Y no nos mueve la ira contra ti, quienquiera que seas; ni siquiera te conocemos. ¿Cómo habríamos de conocerte? Los Estados Unidos que conocemos no son los suburbios de Cincinnati, dondequiera que eso se encuentre. ¿Cómo podríamos conocerlos? Lo que conocemos son los grandes y afilados extremos de la política y el imperialismo yanquis. Para nosotros, éstas no son sólo palabras sucias. Porque los hemos vivido en Cuba como hechos de nuestra vida cotidiana. Los turistas ociosos y los monopolios del azúcar y el apoyo a la dictadura de Batista y la entrega de condecoraciones a sus asesinos y la falta de trabajo y el ver la tierra inculta mientras nosotros nos agachábamos al borde del camino en nuestras inmundas casuchas, constituyen lo que la mayoría de nosotros sabemos de los Estados Unidos.

Pero nos estamos adelantando. Hay tanto que decir y tan poco tiempo. Preguntemos primero qué sabes tú de nosotros, los cubanos, y cómo lo has aprendido. Pienses lo que pienses de nosotros, ¿cómo puedes estar seguro de que es lo cierto? Reflexiona por un momento cómo nos hemos conocido mutuamente.

Algunos de ustedes vinieron a La Habana —muchos miles, de hecho, en los cincuenta y tantos—. Unos vinieron sólo para descansar bajo el sol de las playas, que nosotros los cubanos no podíamos gozar. Pero otros vinieron a los casinos de juego y a los burdeles. Nosotros nos parábamos en las esquinas y los veíamos gozando de sus vacaciones al sol, lejos del frío invierno yanqui. Algunos de nosotros les pedíamos limosna; teníamos hambre. Pero, óyelo de una vez: todo eso se acabó; jamás volveremos a hacer una cosa semejante.

La alegre ciudad turística de La Habana era entonces algo más que una sede del pecado. Los cubanos, como todo el mundo, sabemos lo que es el pecado, porque en cierto modo somos católicos. Pero en La Habana, el pecado era también el dinero en abundancia para unos pocos y todas las sucias prácticas del burdel para niñas de 12 y 14 años, recién llegadas de sus bohíos. En el Prado y en la estrecha calle de Virtudes, ellas y sus alcahuetas te incitaban, y después Batista y sus verdugos cobraban su parte.

Quizá tú no sepas dos verdades acerca del juego y la prostitución. Gran parte del dinero procedente del juego acababa en los bolsillos de un gobierno corrompido, apoyado y ayudado por tu gobierno y algunas de tus corporaciones. Y otra parte iba a parar a los bolsillos de los gánsteres de Chicago, Nueva York y Los Ángeles. El dinero que ustedes pagaban a nuestras hermanas que se prostituían —gran parte de ese dinero— acababa en los bolsillos de los corrompidos y corruptores espías de Batista. Era una prostitución organizada por gánsteres.

Nadie sabe cuántas de nuestras hermanas eran prostituidas en Cuba durante los últimos años de la tiranía de Batista. En La Habana, dos años antes de la caída de la tiranía, había unos 270 burdeles llenos, docenas de hoteles y moteles que alquilaban cuartos por hora y más de 700 bares congestionados con meseras o “recepcionistas”: el primer paso hacia la prostitución. Había cerca de 12 meseras en cada bar y cada una ganaba en el empleo unos 2.25 dólares diarios. El patrono y el agente del gobierno sacaban respectivamente cerca de 52 dólares al día. En cuanto al juego, a nadie le convenía llevar cuentas, pero había miles de máquinas tragamonedas en toda la isla. Era todo un negocio ilícito, controlado, directa o indirectamente, por los personajes de la tiranía.

Esa Habana de antes, como hemos dicho, era uno de tus centros de diversión, lejos del inclemente invierno. Pero no lejos del todopoderoso dólar; no lejos de tus ociosas perversiones. Tú contribuiste a hacer de Cuba lo que fue en este aspecto: con el apoyo que prestaste a “nuestro” gobierno, con tus gánsteres y con la protección y las extravagancias de tus turistas ricos. Pero todo eso ha terminado, yanqui. No lo olvides, por favor: hemos trazado una línea y no nos apartaremos de ella. Hemos promulgado leyes y las cumpliremos, con las armas en la mano. Nuestras hermanas no volverán a ser jamás prostitutas de los yanquis.

Así que, en definitiva, tú nos conocías de la misma manera como los turistas conocen a los pueblos, lo que no es mucho conocer.

II

Por lo demás, ¿qué has sabido de nosotros? Lo que tus periódicos y tus revistas te han contado. Y en ese sentido, los cubanos estamos seguros de un hecho: la mayoría de tus periódicos y de tus revistas te han mentido y te siguen mintiendo. Algunas de estas mentiras no son en realidad deliberadas, aunque llenen tu mente de falsas imágenes. Están basadas en la ignorancia, o en el descuido o la pereza de muchos de tus periodistas. Pero no todas las mentiras son de este tipo: algunas son absolutamente deliberadas y creemos que debes saber por qué. Consideramos que algunos de tus periódicos cuando menos deben pertenecer o estar estrechamente relacionados con intereses económicos yanquis afectados por nuestra revolución.

En Cuba entendemos todo esto muy bien. Lo mismo sucedía aquí antes. Además había censura directa, subsidios a la prensa y “decretos presidenciales” y frecuentes “suspensiones de las garantías constitucionales” en parte del país o en todo el país. Todo esto es algo de la razón por la que tú no nos has conocido bien. Nuestra propia prensa y la tuya.

Pero la tuya sigue funcionando igual. Nos sigue manteniendo alejados.

Todo aquel que no se limite a la revista Time y los periódicos de Hearst y que no escuche tus redes radiofónicas y todo lo demás, se ha enterado de algo de la verdad acerca de lo que sucede actualmente en Cuba. Saben que lo que dice tu prensa sobre Cuba es tan verdadero como lo han sido tus programas del tipo de “la pregunta de los 64 000 dólares”. Una y otros están llenos de tremendas mentiras que pueden engañar a los yanquis, pero a nadie más. Son fraudes y el resto del mundo está empezando a comprenderlo, aunque tú no lo sepas.

¿No tienen la vista más aguda los débiles y dependientes? ¿No utilizan mejor el cerebro? Quizá no veamos todo justamente, quizá no razonemos muy bien, pero ahora vemos y razonamos. Y algunas cosas no han sido difíciles de ver.

Cuando triunfamos en enero de 1959, Life describió a Fidel, nuestro primer ministro, como el “soldado-intelectual” que había derrocado al régimen “opresor, corrompido y comercialmente astuto de Batista”. Pero siete meses después escribían: “lo que fue gloria y propósito noble en enero se ha convertido en demagogia y caos en julio”. Bien, ha pasado más de un año desde entonces; ¿en dónde está el “caos”? Y en cuanto a la “demagogia”, ¡si lo que nos enseña Fidel es eso, queremos más!

Todos tus periódicos nos han seguido profetizando el caos y el desastre. Pero aquí estamos, yanqui, firmes como una roca en el Caribe y marchando hacia adelante; nuestra revolución va hacia adelante. De cualquier manera, lee los periódicos ingleses, que han sido mucho más honestos acerca de nosotros que los tuyos.

¿Y acaso no sabe ya todo el mundo, inclusive los Estados Unidos, lo que ha dicho Herbert Matthews? “En mis treinta años en el New York Times —afirmó— nunca he visto una gran noticia tan mal manejada y tan mal interpretada como la Revolución cubana.” Y no se trata de un propagandista cubano; es uno de tus mejores hombres dirigiéndose a la Sociedad Norteamericana de Directores de Periódicos, el 21 de abril de 1960. Por alguna razón que no comprendemos, míster Matthews ya no escribe sobre Cuba. Quizá alguien se lo ha impedido o quizá se siente confundido con el camino que ha tomado nuestra revolución y, siendo un hombre honesto, no ha seguido escribiendo. De cualquier modo, aplaudimos a Herbert Matthews por lo que escribió sobre nosotros durante la insurrección.

Sabemos que los periódicos mienten con frecuencia y nunca dicen toda la verdad. Esperamos que tú no te engañes. Al menos nosotros no nos engañamos. Estamos demasiado cerca de lo que ellos relatan sobre nosotros. Además, como revolucionarios, no creemos nada que no comprobemos personalmente: una de las cosas que enseña una revolución es eso. La revolución es una manera de definir las realidades.

Suponemos que has estado oyendo hablar de América Latina desde el bachillerato y nos imaginamos lo aburrido que debe haber sido para ti. Has oído hablar, sobre todo, de cómo un dictador ha sustituido a otro, de fragmentos de historia antigua, y de esas multitudes amotinadas en las calles calurosas. Nunca les has prestado mucha atención, salvo una que otra vez en los casos de violencia; y no es para reprochártelo. Pero ya no puedes darte el lujo de ignorarnos, porque ahora nuestra historia es parte de tu presente. Y ahora algo del futuro norteamericano es tan nuestro como tuyo.

Lo que sucede en Cuba hoy no es aburrido, no es sólo un episodio más. No es simplemente, como podría pensarse, un asunto local. No es otra revolución palaciega; no es algo remoto en cualquier lugar lejano. Y no es posible que lo comprendas sin comprender la historia que la ha originado.

III

Dices o piensas: “Yo no le he hecho nada a los cubanos”. Pero no es verdad. Observa la historia de nuestros dos países, cómo han tenido que ver entre sí. Los hechos son muy claros. Nosotros —algunos— los descubrimos en libros norteamericanos, pero también en la miseria que sufríamos en Cuba.

Primero, en 1848, trataste de comprar a Cuba por 100 millones de dólares. Lo intentaste nuevamente pocos años después. ¿Te das cuenta de lo que esto significa? Pero España no quiso venderla y los Estados Unidos no quedaron satisfechos. El viejo Sur quería a Cuba para mantener la esclavitud. Y cuando no pudieron comprarla, unos enviados de los Estados Unidos emitieron el “Manifiesto de Ostende”. Cuba, decía, era geográficamente una parte de los Estados Unidos; si no podían comprarla, “por la ley humana y la divina los Estados Unidos tenían derecho a apropiarse de ella por la fuerza”. ¡Los sureños, en una palabra, querían convertir a Cuba en dos estados esclavistas!

Pero eso fue hace mucho tiempo y nada resultó de este sorprendente “manifiesto”. No obstante, nuevamente en 1861 los dueños de esclavos del Sur “esperaban el momento en que Cuba, la América Central y México cayeran en manos sureñas” y fueran ocupados por los propietarios esclavistas.

Tampoco resultó; Cuba permaneció bajo el yugo de España y contra ese yugo nos rebelamos persistentemente los cubanos. En 1868 iniciamos una insurrección que duró 10 años; exigíamos la libertad de los esclavos y el gobierno de la isla por los cubanos. Pero los esclavos no fueron liberados, sino hasta 20 años después y Cuba no fue independiente.

Por fin todo comenzó. En 1895, inspirados por José Martí, hicimos una insurrección y miles de soldados enviados de España no pudieron vencer a nuestras guerrillas. Al año siguiente, los españoles mandaron a un general: Valeriano Weyler era su nombre y actuó como un carnicero. “Convirtió a Cuba en una serie de campos de concentración” y allí sufrimos; grandes sectores de nuestra población civil fueron encerrados como ganado y pasamos muchos sufrimientos.

Pero también morían muchos soldados españoles. Es verdad que por largo tiempo los cubanos fracasamos; es cierto que nuestros campos quedaron devastados y es cierto también que los negociantes yanquis hicieron dinero con nuestra miseria. Compraron la tierra barata después de la devastación de nuestras guerras con España. En las últimas décadas del siglo XIX los banqueros yanquis se lanzaron sobre las plantaciones azucareras. Ya en 1896 tenían cerca de 30 millones de dólares de propiedades en nuestra tierra. Compraron también las minas cubanas de hierro, níquel, manganeso. La Bethlehem Steel y los intereses Rockefeller empezaron a comprarnos. Al comenzar este siglo, los yanquis eran dueños de tierras azucareras y tabacaleras y de minas por valor de 50 millones de dólares. Tú estabas entonces muy ocupado en la marcha hacia el Oeste, pero algunos de ustedes ya se preocupaban también por marchar hacia el Sur.

¿Qué hacíamos los cubanos mientras tanto? Trabajar, como siempre, cuando podíamos encontrar trabajo. Pero también luchar contra España por nuestra independencia y morir por ella. El resto de América Latina, casi toda, ya se había sacudido el viejo yugo español, décadas atrás, pero los cubanos todavía nos debatíamos contra él en vísperas del siglo XX.

Y entonces llegaron los infantes de marina yanquis. En Cuba, nuestras revoluciones —primero contra España, luego contra los yanquis— han sido mucho más seguidas que en la mayor parte de América Latina. Hicimos la última revolución del siglo XIX y, quizá, la primera del siglo XX, si no contamos la de México. Pero volvamos por un momento a hacer historia. Como decimos con frecuencia los latinoamericanos: “Después del dólar yanqui, la bandera yanqui”. Al principio pensamos que tú ibas a ayudarnos a ser realmente libres, pero no sucedió así. En 1901, los Estados Unidos impusieron a Cuba lo que se llamó la Enmienda Platt. Esta Enmienda Platt nos arrebató, sencillamente, nuestra soberanía. Siempre que a tu gobierno se le antojara podía intervenir en los asuntos cubanos y determinaba también lo que el gobierno cubano podía y no podía hacer. Otorgó a los yanquis el derecho —¡qué palabra esta, tal como la emplean tu Departamento de Estado y tus monopolios!—, “el derecho” de intervenir en Cuba con las armas en la mano si lo deseaban para supervisar que el gobierno de nuestro país protegiera a la propiedad yanqui. Y, efectivamente, eso fue lo que hicieron.

La primera vez fue antes de la Enmienda Platt, en 1899: uno de tus generales y sus tropas ocuparon nuestra isla, después de que casi acabábamos de vencer a los españoles, que nos habían ocupado antes que tú. Los soldados yanquis salieron en 1902, dejando detrás el derecho a establecer una base naval —¡por 2 000 dólares al año!— en nuestra bahía de Guantánamo; en el momento en que te escribimos, en el mes de agosto de 1960, la base continúa allí.

Lo hicieron, sin embargo, una y otra vez: las tropas yanquis vinieron en 1906, en 1912, en 1917. Y en 1920 tú controlabas directamente a nuestro gobierno, sin necesidad de utilizar siquiera a las tropas. Entretanto, como decimos en América Latina, “el dólar yanqui seguía a la bandera yanqui”.

Violencia y dinero, dinero y violencia, ¿no piensan en otra cosa los yanquis? ¿Es ésa tu única manera de resolver los problemas y de tratar1 a la gente? Discúlpanos, quizá no seas tú, pero sí son tu Departamento de Estado y tus empresas azucareras y tu Pentágono. Los cubanos lo sabemos, en abstracto; algunos todavía lo creemos y por eso todavía creemos en ti, quienquiera que seas, en abstracto. Pero, amigo, realmente deberías hacer algo acerca de esta gente. Es tu gobierno, ¿verdad? Todo esto te interesa. Y tienes que resolverlo pronto, o vas a desgraciarnos a todos.

Por supuesto, los cubanos comprendemos que este tipo de intervención yanqui no sólo se produjo en Cuba. Estaba ocurriendo en todo el mundo, pero especialmente en toda la América Latina. Uno de tus generales, Smedley D. Butler, lo recordó a mediados de la década de 1930 y escribió en una de tus revistas:

Pasé 33 años y cuatro meses en servicio activo como miembro de la fuerza militar más ágil de nuestro país: la infantería de Marina. Serví en todos los grados, desde segundo teniente hasta mayor general… Contribuí a que México, especialmente Tampico, quedara disponible para los intereses petroleros norteamericanos en 1914. Ayudé a hacer de Haití y Cuba sitios adecuados para que los chicos del National City Bank obtuvieran utilidades… Presté mi contribución en la purificación de Nicaragua para la banca internacional de Brown Brothers entre 1909 y 1912. Saneé a la República Dominicana para los intereses azucareros norteamericanos en 1916. Ayudé a “preparar” a Honduras para las compañías fruteras norteamericanas en 1903. En China, en 1927, me ocupé de que la Standard Oil no fuera molestada. En todos estos años me dediqué, como dirían los “muchachos de la trastienda”, a un estupendo “negocio”. Se me recompensó con honores, medallas, promociones. Cuando pienso en ello, me parece que habría podido hacer algunas sugerencias a Al Capone. Lo más que éste pudo hacer fue operar sus ilícitos negocios en tres distritos de una ciudad. Los infantes de marina operábamos en tres continentes.

No se trataba de un revolucionario cubano; no era Fidel Castro “vociferando otra vez”; era uno de tus propios hombres, un general, explicándote la verdad: el mayor general Smedley D. Butler de la infantería de Marina de los Estados Unidos.

Pero volvamos a Cuba. Como decíamos, el dólar y la bandera se confundían. Al finalizar el siglo pasado sólo 10% de nuestra producción azucarera era elaborada en ingenios de propiedad yanqui. Antes de la primera Guerra Mundial, cerca de la tercera parte. A mediados de la década de 1920, la cifra era de las dos terceras partes.

Los políticos cubanos corrompidos y tus capitalistas absentistas se unieron y provocaron en la década de 1920 lo que tus historiadores llaman “la danza de los millones”. Nuestros políticos eran funcionarios deshonestos y lacayos; tus capitalistas eran personas decentes y honorables en Nueva York, que pagaban a los políticos deshonestos y se llevaban bastante dinero. ¿Y los cubanos? Éramos los súbditos de ambos. No era lo que nosotros hiciéramos o dejáramos de hacer lo que estaba determinando nuestra historia y nuestro modo de vida; era lo que se decidía en los consejos de directores del distrito financiero de Manhattan. Y nosotros no conocíamos siquiera a esos hombres; jamás vimos a ninguno de ellos.

IV

Sin embargo, después de todo, esto sucedió hace varias décadas. Probablemente es mejor que tratemos de olvidarlo. Son nuestros padres quienes lo recuerdan. Lo que nosotros recordamos sucedió ayer y antes de ayer. Y, sin embargo, pensamos que, hasta la revolución, nuestra época se pareció mucho a la de nuestros padres. En muchos aspectos fue peor, aunque sólo fuera porque nosotros sabíamos más de lo que estaba pasando en el mundo que nuestros padres.

Tu gobierno afirma haber protegido y garantizado nuestra independencia, pero tal independencia fue precaria. Tu gobierno y las compañías norteamericanas eran las que decidían cuándo nuestra “independencia” se hallaba amenazada y cuándo los yanquis debían intervenir. Eso quería decir que tenían la llave de nuestra casa.

Antes de nuestra revolución, en 1956, aquellos señores de los consejos de directores en el distrito financiero de Manhattan controlaban más de 90% de nuestra electricidad y nuestros teléfonos, cerca de la mitad de los llamados ferrocarriles de “servicio público” y 40% de nuestra producción azucarera.

¿Y el gobierno cubano? Nuestro gobierno y nuestras compañías tenían mucho que ver con todo esto y a menudo estaban comprometidos directamente. Nadie que conozca estos antecedentes y, por supuesto, ninguno de los historiadores y estudiosos yanquis, niega que los que nos gobernaban eran, en su mayoría, déspotas incompetentes, funcionarios venales y, a menudo, especialmente en los últimos tiempos, sanguinarios carniceros.

Fulgencio Batista controló al ejército en 1933 y, con el ejército, se apoderó del gobierno de Cuba. Tu gobierno lo “reconoció” como el verdadero gobierno de Cuba casi de inmediato. Los yanquis no intervinieron entonces y nos gobernó, con la fuerza del ejército, durante 10 años. Después, en 1952, una vez terminada la guerra por las Cuatro Libertades, Batista volvió al poder, controlando nuevamente al ejército y utilizándolo para tomar el poder. Y nuevamente tu gobierno dijo: “Muy bien, míster Batista, es usted nuestro hombre”. Muy pronto empezó el baño de sangre. Antes que lo expulsáramos, a fines de 1958, este carnicero y sus gánsteres, adiestrados por tus misiones militares, utilizando armas y aviones y tanques facilitados por tu gobierno, habían asesinado a unos 20 000 cubanos.

Para Batista, todo el que estaba contra él, todo el que protestaba en voz alta contra algo era un “cochino comunista”. Y su reacción era siempre la misma: torturarlos, mutilarlos, matarlos a todos. Batista no era un sentimental; era un bárbaro enfermo, un cruel salvaje con armas letales y medios de tortura modernos a su disposición. Dios sabe cuántos hombres y muchachos fueron castrados sólo en la ciudad de La Habana; y cuando las mujeres eran violadas, sus esposos eran obligados a presenciarlo. Las estaciones de policía de Batista eran cámaras de tortura; sus matones estaban en todas partes golpeando, robando, arrestando, allanando. Y la excusa era siempre la misma: “Esos cochinos comunistas pretenden apoderarse de nuestra pequeña gran democracia”.

Mientras ocurría todo esto, en los cincuenta y tantos —todavía nos parece ayer—, el gobierno de Eisenhower vendió durante varios años bombas y aviones de guerra y balas y rifles a este gánster dictador. Siempre decían que era para la defensa del hemisferio. Pero ¿cuál es la verdad? Esas armas no fueron utilizadas jamás para la defensa del continente. Fueron utilizadas para matar cubanos. Y por esta razón, cuando los cubanos oímos hablar de “defensa del continente”, nos estremecemos.

Batista tenía una gran mansión en Daytona Beach, Florida. Era aclamado, fuera de Cuba, como un hombre grande y noble, del noble “mundo libre”. En sus habitaciones, en cajas de cristal, guardaba sus medallas de honor, recibidas del gobierno yanqui y de otras potencias aliadas. Las que había recibido antes —de Hitler y Mussolini— las había quemado o hecho desaparecer.

Tus embajadores —¡escucha sus nombres, yanqui, y deshazte de ellos!— Mr. Arthur Gardner y Mr. Earl E. T. Smith comían y bebían con el dictador Batista. ¿Te dijeron ellos lo que estaba sucediendo? ¿Te informaron de los horrores inhumanos o simplemente se dedicaron a seguir las cotizaciones del azúcar? ¿Te dijeron la radio, los periódicos, la televisión de tu país cómo las bombas fabricadas en los Estados Unidos fueron las mismas utilizadas para matar a miles de cubanos en la ciudad de Cienfuegos, en septiembre de 1957? ¿Te contaron cómo, poco después de esos bombardeos, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos condecoró al general cubano de Batista que dirigió esos ataques aéreos? ¿Te dijeron eso en las primeras páginas, en las grandes publicaciones, en todos los periódicos? Y si lo hicieron, yanqui, ¿qué hiciste tú para evitarlo? Si te lo informaron, ¿qué hiciste acerca de las armas, por ejemplo, que el gobierno yanqui seguía mandando y mandando y mandando a Batista?