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¿Se puede decir ghostear? ¿Se dice imprimido o impreso, castellano o español? ¿Está bien escribir garage o debo poner garaje? ¿Por qué el Word me corrige la conjugaciones en vos? Los hablantes de español se hacen infinitas preguntas sobre cómo hablar y escribir su lengua. Esto está muy bien, porque, como sabemos, en la duda está el comienzo de todo conocimiento. Pero ¿quién da las respuestas a todas estas interrogantes? Y, más aún, ¿por qué será que dudamos tanto? María López García combina erudición y humor para llevarnos por un camino del que ningún hablante de nuestra lengua saldrá indiferente. ¿Está bien dicho? es un libro para que dudemos menos y cuestionemos más, reafirmando la premisa de que la lengua no existe en ningún otro lado que no sea en cada uno de nosotros, sus hablantes.
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Seitenzahl: 99
Veröffentlichungsjahr: 2023
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López García, María
¿Está bien dicho? : hablar y escribir más allá de la ortografía y el diccionario / María López García. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tilde Editora, 2023.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-48634-7-8
1. Identidad Lingüística. I. Título.
CDD 410
© María López García, 2023
© Tilde editora, 2023
Diseño de cubierta: Julieta Vela
Maquetación: Adriana Llano
Edición cuidada por Nicolás Scheines
Conversión a formato digital: Libresque
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.
Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.
Tilde editora
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Yerbal 356, Ciudad de Buenos Aires
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Este no es un libro de normativa, más bien todo lo contrario. No hay indicaciones sobre cómo disponer la puntuación, decidir entre tuviera o tendría, o evitar el dequeísmo. Porque no siempre los hechos lingüísticos son susceptibles de ser medidos con la vara de lo correcto o controlados en las páginas de un diccionario. Porque las palabras surgen de hablantes reales en circunstancias reales, y eso es lo que tiene de sorprendente, complejo y desafiante decidir qué es correcto o qué funciona mejor en los usos orales y escritos de la lengua.
El libro se propone exponer, analizar y sugerir opciones para resolver problemas en el uso real. Nuestra intención es acercar información que permita a quienes hablan y escriben decidir, frente a cada situación, cuál es la forma mejor, más conveniente, más adecuada.
Para eso, por un lado, intentamos responder a preguntas cuyas respuestas parecen obvias, pero no lo son tanto: ¿Qué es una lengua? ¿Existe la lengua pura? ¿Qué es hablar bien? ¿Qué es la gramática? ¿Hablamos castellano o español? Por otro, se asoma a la compleja trama de variables lingüísticas, históricas, económicas y psicológicas que subyacen al ejercicio de hablar y escribir en español.
Seguramente fue algún compañero en el recreo, alguna amiga enterada. Alguien te contó el secreto: el ratón Pérez, Papá Noel y los Reyes Magos no existen, son los padres. Noticias: la lengua tampoco existe, la lengua es un invento de los lingüistas.
Bueno, morigeremos: la lengua no existe tal como solemos pensarla. No es un repositorio al que uno va a buscar palabras o recursos para comunicar. La lengua no existe fuera de los hablantes, fuera de las sociedades que las emplean, y esta idea es la primera que hay que tener en cuenta para poder organizar una definición posible.
Por supuesto que hay criterios “internos”, digamos, “lingüísticos” de delimitación de una lengua. Podemos reconocer el nivel léxico: el repertorio de palabras disponibles. Casa, comer, antes y ay son palabras del español. Pero, si atravesamos la superficie, la definición se vuelve inestable.
Analicemos: ¿Las palabras que tenemos disponibles en la lengua española son “propias”, “originales”, de esa lengua? Las palabras almohada o limón, por ejemplo, provienen del árabe, pero hace tantos siglos que son parte del español que ya podemos considerarlas nuestras. Tomate o chocolate son originarias del nahuatl, la lengua de los aztecas, y llevan cinco siglos en el castellano. Por su parte, garage o mousse son de hace menos tiempo, tienen un siglo entre nosotros; de hecho, en la ortografía se nota que no son originariamente españolas, pero nadie frunciría el ceño o pediría explicaciones sobre qué significan o cuál es el equivalente en castellano. Y ni hablemos de mail o show. La lengua española incluye palabras de todas las lenguas con las que estuvo en contacto en sus diferentes territorios a lo largo de los siglos. Por eso, preguntas como ¿cuáles son las palabras estrictamente castellanas? no son tan fáciles de responder. Es más, ni siquiera parecen preguntas muy necesarias o pertinentes para los hablantes que las ponemos a circular.
Esto explica también por qué no existe la lengua “pura”. ¿Es acaso posible pensar una lengua libre de influencias?
¿Antes de que aparecieran las palabras árabes el español era puro?
Antes de incorporar palabras árabes, el español ni siquiera era español, era una lengua (llamada “romance”) que funcionó como etapa intermedia en su paso desde el latín. Es decir que, pensado en la lógica “lengua pura versus lenguas mezcladas o deformadas”, el español sería una “deformación” del latín. Esa lengua romance tenía a su vez influencia de otras lenguas, como el celta o el visigodo. En suma, las lenguas nunca son puras, siempre están “de paso”, siempre están cambiando y siempre son un conjunto de elementos que reflejan la historia y la geografía de sus hablantes. La lengua pura también son los padres, es un mito.
Ahora hilemos un poco más fino, analicemos el armado de las palabras, veamos sus “morfemas”. Los morfemas son los ‘fragmentos’ que los hablantes pegamos a las palabras para formarlas, o para modificar parte de su significado, o para adaptarlas al lugar de la oración donde la queremos insertar. En español podemos aplicar un morfema a un sustantivo y ajustar su significado: de auto podemos hacer autito o autico (dependiendo de la región geográfica) para decir que es un auto pequeño.
Primera cuestión: ¿Cuál es el morfema propio / correcto / original del español, -ito o -ico? ¿Es posible designar un morfema de diminutivo como el más correcto / apropiado / favorito? Aun si una de las opciones estuviera más extendida entre los hablantes (-ico, -ica es empleado en Venezuela, Colombia y en algunas regiones de España, es decir, es usado, comparativamente, por un porcentaje menor de hablantes de español), ¿la cantidad de usuarios podría ser un criterio para decir que una opción es más castellana o válida o propia de la lengua que la otra? Esas variaciones ocurren en todas las lenguas y no son deformaciones, sino que responden al hecho de que la lengua no es una entidad cerrada y pura, sino que refleja la diversidad de quienes la emplean.
Segunda cuestión: la lengua, además, tiene reglas de combinación. Por ejemplo, podemos aplicar morfema de plural a sustantivos (monos), adjetivos (verdes), verbos (cantaban), pero no a preposiciones (*hastas,1 *segunos) ni a adverbios (*tranquilamentes). Los sonidos p o b están disponibles para componer infinidad de sentidos (pala, bala), pero no podemos combinarlos entre sí (*pbala, *bpala). Es decir, las lenguas admiten un número delimitado de combinaciones posibles. Y esta es otra de las características que definen una lengua: además de estar integrada por elementos como las palabras, los morfemas y los sonidos, está compuesta por las reglas que nos permiten combinar esos elementos.
Tercera cuestión: cuando decimos ¡qué autito que te compraste! no estamos diciendo que el auto es chiquito, sino que empleamos el morfema de diminutivo en un sentido irónico, para enfatizar la sorpresa o felicitar por la compra. Ese uso ¿es parte de la lengua o es la forma en que los hablantes aprovechamos los elementos de la lengua para hacer cosas con palabras?
Resumamos hasta acá. La lengua no está compuesta por elementos puros y homogéneos, sino que ese conjunto se fue armando a lo largo de la historia, tiene variaciones internas que conviven de manera más o menos pacífica. Es empleada de manera literal y de manera figurada y entonces la comunicación depende no solo de los elementos que la integran, sino también del modo en que los hablantes se apropian de ellos y los combinan para comunicarse.
Por último, la lengua no está “completa” en ningún lado, no hay un diccionario, una gramática, una lista, un hablante que conozca y tenga a disposición la totalidad de los elementos. Cada hablante, cada comunidad, cuenta con todos los elementos de la lengua, claro, pero mientras emplea algunos de ellos constantemente, a otros los conoce de manera pasiva, es decir, los comprende, pero no los usa para comunicar sentidos (como puede pasarle a un hablante del español de América, que no usa el vosotros, pero lo comprende perfectamente). Ese conjunto de elementos lingüísticos disponibles va variando a medida que nos movemos en la geografía y también muta a medida que pasa el tiempo.
Todos esos datos —los sonidos, los morfemas, las palabras, las reglas de combinación que nos permiten infinidad de posibilidades de producción de nuevos sentidos— no los aprendemos en la escuela. La mayoría de nosotros ya sabíamos hablar antes de haber entrado en el jardín de infantes, cualquiera puede hablar perfectamente su lengua nativa aún sin haber estudiado.
Sí, los nenes chiquitos “hablan mal”, cometen errores básicos y eso parece ir en el sentido opuesto de “saber la lengua”. Pero, si analizamos cada caso con cuidado, veremos que en esos errores los chicos muestran un proceso cognitivo muy profundo.
Los niños ponen constantemente en evidencia el procedimiento de “generación espontánea” de la lengua. Con apenas uno o dos años ya son capaces de comunicarse en una lengua con la que tuvieron poquísimo contacto. Es más, el contacto lingüístico de un niño de esa edad ocurre en relación a temas muy básicos y en un ámbito muy acotado, el de las personas más cercanas. Aun así, con escasa información lingüística del tipo venga para acá, dónde está ese chiquito o (para escándalo de lingüistas y fonoaudiólogos) ete babau [este perro], los chicos despliegan mecanismos muy sofisticados de razonamiento lingüístico. ‘Si banquito es diminutivo de banco, entonces el grado cero, o la versión grande de mosquito será mosco’: el razonamiento es impecable. ‘Si salgo da salí, entonces de pongo hacemos poní’: en ese “error” los chicos están reconociendo dónde termina la raíz del verbo y comienza la desinencia (sal-go), encuentran el morfema de pasado (-í) y después lo hacen productivo aplicándolo a un nuevo verbo (pon-go / pon-í). ¡Eso es complejísimo! Cuando dicen yo poní o mosco dejan ver la punta del iceberg de los experimentos lingüísticos que están haciendo internamente para gestionar la lengua que los rodea. Experimentan posibilidades de combinación y generación de elementos nuevos que nunca escucharon, pero que siguen cierta lógica.
Es decir, la lengua no se aprende, la lengua se desarrolla, se genera. Los hablantes nativos hablamos porque nuestra naturaleza nos determina a hacerlo.
Seguramente habrán oído nombrar a Noam Chomsky.2
