Está bien que no estés bien - MEGAN DEVINE - E-Book

Está bien que no estés bien E-Book

Megan Devine

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Beschreibung

Con Está bien que no estés bien, Megan Devine ofrece un enfoque nuevo y profundo tanto para la experiencia del duelo como para la forma en la que ayudamos a otros que han sufrido una tragedia. Habiendo experimentado el dolor por ambos lados, como terapeuta y como mujer que presenció el ahogamiento accidental de su pareja, Megan escribe con una visión profunda sobre las verdades tácitas de la pérdida, el amor y la curación. Ella desafía la meta culturalmente prescrita de regresar a una vida 'normal y feliz', reemplazándola por un camino intermedio mucho más saludable, que nos invita a construir una vida desde el dolor, en lugar de tratar de superarlo o deshacerse de él. A través de historias, investigaciones, consejos y prácticas creativas basadas en la atención plena, ofrece una guía única a través de una experiencia que todos debemos enfrentar tarde o temprano: en nuestras vidas personales, en las vidas de aquellos que amamos y en el mundo en general. Está bien que no estés bien es un libro para personas afligidas, para quienes los aprecian y para todos aquellos que buscan quererse mejor a sí mismos y a los demás.

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Seitenzahl: 361

Veröffentlichungsjahr: 2019

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MEGAN DEVINE

Está bien que no estés bien

Afrontar el duelo y la pérdida en una cultura que no los comprende

Prefacio del autor más vendido

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Puede consultar nuestro catálogo en www.edicionesobelisco.com

Colección Psicología

ESTÁ BIEN QUE NO ESTÉS BIEN

Megan Devine

1.ª edición en versión digital: mayo de 2019

Título original: It’s ok that you’re not ok

Traducción: Pilar Guerrero

Maquetación: Marga Benavides

Corrección: Sara Moreno

Diseño de cubierta: Enrique Iborra

2017, Megan Devine

2017, Mark Nepo por el prólogo Edición publicada por acuerdo exclusivo con SOUND TRUE Inc.

(Reservados todos los derechos)

© 2018, Ediciones Obelisco, S.L.

(Reservados los derechos para la presente edición)

Edita: Ediciones Obelisco S.L.

Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida

08191 Rubí - Barcelona - España

Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23

E-mail: [email protected]

ISBN EPUB: 978-84-9111-479-6

Maquetación ebook: leerendigital.com

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Índice

 

Portada

Está bien que no estés bien

Créditos

Prefacio

Agradecimientos

Introducción

PARTE I. Es tan descabellado como crees que es

1. La realidad de la pérdida

2. La segunda parte de la oración

3. No eres tú, somos nosotros

4. Analfabetismo emocional y la cultura de la culpa

5. El nuevo modelo de duelo

PARTE II. Qué hacer con tu dolor

6. Vivir la realidad de la pérdida

7. No puedes eliminar el dolor, pero no tienes por qué sufrir

8. Cómo (y por qué) seguir viviendo

9. ¿Qué le ha pasado a mi mente?

10. Duelo y angustia

11. ¿Qué tiene que ver el arte con todo esto?

12. Encuentra tu propio «disco de recuperación»

PARTE III. Cuando la familia y los amigos no saben qué hacer

13. ¿Hay que educarlos o ignorarlos?

14. Reunir tu grupo de apoyo

PARTE IV. La vía para avanzar

15. La tribu del después

16. El amor es lo único que queda

Anexo

Recursos

Acerca de la autora

Para todos los que están hartos de las pesadillas de los demás.

Enfrentada a todo lo que está perdido, canta con una muchacha callejera que también es ella misma, su propio amuleto.

ALEJANDRA PIZARNIK

Para todas las criaturas pequeñas que sólo son capaces de soportar la inmensidad a través del amor.

CARL SAGAN

PREFACIO

Hay una doble paradoja en el ser humano. Para empezar, nadie puede vivir tu vida por ti –nadie puede tener tu misma cara ni sentirse como tú te sientes– y nadie puede vivir completamente aislado. En segundo lugar, al vivir nuestra propia vida, amaremos y perderemos. No se sabe por qué, pero así es. Si llegamos a sentir amor por alguien en nuestra vida, tarde o temprano nos toparemos con el dolor y la pérdida. Si nos empeñamos en evitar el dolor y la pérdida, entonces no podremos querer a nadie. Por el contrario, de un modo tan misterioso como poderoso, conociendo bien el amor y el dolor de la pérdida, nos sentimos profundamente vivos.

Habiendo conocido el amor y la pérdida, Megan Devine es una compañera fuerte y solícita. Amó profundamente a alguien y luego lo perdió, así que sabe que en la vida nada permanece. No hay ninguna forma de superar la pérdida, sino que se aprende a vivir con ella. El dolor y la pérdida cambian nuestro panorama. El terreno parece diferente y no se puede volver atrás. Sólo te queda la tarea interna de trazarte un nuevo mapa lo más preciso posible. Como dice Megan sabiamente, «No estamos aquí para anclarnos en el sufrimiento, sino para atenderlo».

Lo cierto es que aquel que sufre gana una sabiduría que el resto necesitamos. Y dado que vivimos en una sociedad a la que le aterrorizan los sentimientos, es importante abrir a los demás las profundidades del viaje de la vida humana, que sólo puede conocerse viviendo con sentimiento.

Finalmente, el auténtico vínculo del amor y la amistad viene dado por la intensidad con la que experimentemos el amor y la pérdida juntos, sin juzgar ni empujar a nadie; no dejar que otra persona se hunda en la miseria ni rescatarla cuando se enfrenta al bautismo de fuego. Como afirma Megan, «Lo único realmente seguro es penetrar en el dolor de los demás [y] reconocernos a nosotros mismos en dicho dolor».

El trabajo, solos o con otras personas, no consiste en minimizar el dolor y la pérdida que sentimos, sino en investigar qué incidentes derivados del cambio de vida se han abierto en nuestro interior. Yo he aprendido a través de mi propio sufrimiento y duelo que estar roto no es razón para verlo todo roto a tu alrededor. Además, el mayor don del ser humano es la capacidad para centrarse en el esfuerzo para recomponerse y, cuando llegan los problemas, hacer un buen uso de sus enseñanzas.

Como san Juan de la Cruz, que se enfrentó a la oscura noche del alma, o como Jacob, que luchó contra el ángel sin nombre en el fondo del barranco, Megan perdió a su pareja, Matt, y tuvo que luchar en el barranco más oscuro. Y la verdad que aprendió no fue que todo pasa, que las aguas vuelven a su cauce y que todo se cura y se olvida, sino que las cosas te envuelven y enraízan como reales, que aquellos que sufren grandes pérdidas siguen inextricablemente entretejidos con la vida, nuevamente, porque todo es cambiante.

En la Divina comedia de Dante, Virgilio guía a Dante a través del infierno hacia el purgatorio, y luego hasta que Dante encuentra un muro de fuego, ante el que retrocede asustado. Pero Virgilio le dice: «No tienes elección. Éste es el fuego que quema pero no consume». Dante sigue asustado. Percibiéndolo, Virgilio puso la mano en su hombro y repitió: «No tienes elección». Entonces Dante reunió todas sus fuerzas y entró.

Todo el que vive acaba entrando, tarde o temprano, en un muro de fuego. Como Virgilio, Megan nos guía a través del infierno, hacia el muro de fuego que tantas personas penetran completamente solas, tras lo cual se convierten en sus propios guías. Como Virgilio, Megan señala un camino, no el camino, sino uno posible, ofreciendo unas cuantas cosas para agarrarse cuando estemos dentro del torbellino del dolor. Éste es un trabajo osado sobre el amor y la pérdida que ofrece compañía en el proceso, no importa lo largo que sea el camino. Y Megan es una maestra valiente. Si te encuentras de viaje por el sufrimiento, agárrate a este libro. Te ayudará a cargar con el fardo que realmente te corresponde al tiempo que te sentirás menos solo en tu travesía.

MARK NEPO

AGRADECIMIENTOS

Yo soy de las que siempre leen los agradecimientos en un libro. Me gusta ver las relaciones que tienen las personas, los mentores y los guías, la vida que rodea un libro y la persona que lo ha escrito. Un libro es un pedacito de vida y un producto de ella. Se retroalimentan, aunque quede raro decirlo así. Este libro ha sido muy duro de redactar, aunque también muy hermoso, en una forma que no siempre se ve claramente en sus páginas, pero que se capta con facilidad para las personas de mi vida. Samantha (el sostén de todo), Cynthia, Rosie, TC, Steph, Michael, Sarah, Naga, Wit y un puñado más de gente que han estado yendo y viniendo durante la redacción, gracias por haber estado ahí, por haberme escuchado, por reconducirme cuando me sentía perdida. A mis amores gemelos, quienes durante la redacción de este libro jugaron conmigo, fueron mi aventura, mi respiro y mi alegría –mientras dure y también después–, gracias. Gracias a mi grupo de tango, el único sitio donde realmente dejaba de escribir, incluso en mi cabeza. A mis alumnos de escritura, que, por muchas razones, han sido la columna vertebral de este libro, sus e-mails y sus notas solían llegarme en el momento oportuno para recordarme por qué estaba haciendo este trabajo. Gracias, amores, por compartir vuestros corazones y vuestras palabras conmigo. A mis amigos y allegados que murieron después del fallecimiento de Matt, porque sigo sintiendo que estáis cerca de mí. Entonces y ahora, vuestro apoyo tiene más valor para mí que el mundo entero. Gracias a mi agente, David Fugate, que creyó en el mensaje de transformación cultural desde el primer momento que hablé con él sobre el sufrimiento. Y a mi equipo de Sounds True, que, como antes he dicho, me han transmitido amor y cuidados, lo cual es todo para mí. Gracias.

Y aunque parezca extraño, tal vez arrogante, quiero darme las gracias a mí misma; a la persona que un día fui, la persona que estaba en el río aquel día, la persona de los años que siguieron, aquella que fue capaz de vivir cuando no tenía ganas de hacerlo. Este libro es una carta de amor para ella, un viaje en el tiempo. Con esta obra, en muchos sentidos, quiero para los demás lo mismo que he querido para mí: volver a abrazar la mujer que fui, con mis palabras, para ayudarla a sobrevivir. Y estoy encantada de haber seguido viviendo.

INTRODUCCIÓN

La forma que tiene nuestra cultura de lidiar con el duelo no sirve. Yo creía que sabía algunas cosillas sobre el sufrimiento. Después de todo, fui psicoterapeuta particular cerca de diez años. Trabajé con centenares de personas –desde los que luchaban contra la adicción a alguna droga y vivían en la indigencia hasta clientes que se enfrentaban a años de abusos, traumas y penalidades de todas clases–. Trabajé en la educación contra la violencia sexual y en la abogacía, ayudando a gente a navegar por mares de aterradoras experiencias vitales. Estudié el cortante filo de la inteligencia emocional y de la resiliencia. Sentí en lo más profundo que estaba haciendo una importante tarea, un valioso trabajo.

Y luego, en un bonito y corriente día de verano del año 2009, vi a mi pareja ahogarse. Matt era un hombre fuerte, estaba en forma, estaba sano. Hacía tres meses que había cumplido cuarenta años. Con sus habilidades y su experiencia, no había razón alguna para que se ahogase. Su muerte fue fortuita, inesperada y desgarró todo mi mundo.

Tras la muerte de Matt, quise llamar a todos mi clientes y disculparme con ellos por mi ignorancia. Aunque se suponía que era una experta en el trabajo emocional más profundo, la muerte de Matt me descubrió un mundo totalmente distinto. Nada de lo que sabía podía aplicarse a una pérdida de semejante magnitud. Si había alguien con suficiente experiencia y práctica –si es que alguien puede estar preparado para batallar con este tipo de pérdidas– ésa debería haber sido yo.

Pero nada podría haberme preparado para eso. Nada de todo lo que había aprendido me servía.

Y no estaba sola.

Los primeros años tras la muerte de Matt, fui descubriendo, poco a poco, un grupo de gente afligida. Escritores, activistas, profesores, trabajadores sociales y científicos, cada cual en su mundo profesional, con su banda de viudas jóvenes y padres dolientes por la muerte de sus niños, que se reunían para compartir su experiencia con el sufrimiento. Pero no se trataba solamente de compartir el duelo. Todos y cada uno de nosotros se sintió juzgado, avergonzado y corregido en su pena. Compartíamos historias para animarnos a «olvidar», a dejar atrás el pasado y a dejar de hablar sobre lo que habíamos perdido. Éramos empujados a seguir con nuestras vidas y nos decían que necesitábamos esas muertes para comprender lo que realmente importa en la vida. Incluso los que intentaban ayudar acababan hiriéndonos. Tópicos y consejos, incluso cuando se dicen con la mejor intención, acaban resultando desdeñosos, capaces de reducir tan inmenso dolor a una postal de felicitación de una sola línea.

En un momento en el que la mayoría necesitamos afecto y apoyo, cada uno de nosotros se siente solo, incomprendido, juzgado y desplazado. Y no es que la gente que nos rodea sea cruel, lo que pasa es que no saben ni qué decir ni qué hacer para ayudarnos realmente. Como mucha gente afligida, no hablamos de nuestro sufrimiento ni a los amigos ni a la familia. Es aparentemente más fácil hacer ver que la vida sigue y que todo está en orden que ir machacando continuamente con algo que los demás no pueden entender en profundidad. En ocasiones se busca gente que también está de luto porque son los únicos que nos parecen verdaderamente capaces de comprendernos.

El dolor por la pérdida es algo que todo el mundo experimenta en algún momento de la vida. Y todos nos hemos sentido incomprendidos en los momentos realmente malos. Y también a todos nos ha pasado sentirnos completamente inútiles a la hora de ayudar al prójimo cuando está de duelo. Todos hemos dado palos de ciego buscando palabras de consuelo, cuando no hay palabra alguna que arregle las cosas. En este caso nadie sale ganando: los afligidos sienten incomprensión y los que los rodean se sienten estúpidos e inútiles frente al dolor ajeno. Sabemos que necesitamos ayuda, pero no tenemos la menor idea de dónde buscarla ni cómo pedirla. Intentando ayudar en lo posible, acabamos haciendo más daño en el momento más delicado de sus vidas. Nuestra buena intención lo complica todo.

No es culpa de nadie. Todos necesitamos sentirnos queridos y arropados en tiempos de aflicción y todos queremos socorrer a las personas que amamos cuando están sufriendo. El problema es que lo estamos haciendo de manera incorrecta.

Nuestra cultura entiende el duelo como una especie de enfermedad: una emoción terrorífica y desordenada que hay que sacarse de encima y tirar bien lejos tan pronto como sea posible. El resultado de esta concepción es que tenemos creencias desfasadas sobre cuánto debería durar la tristeza y a qué debería parecerse. Vemos la tristeza como algo a superar, no como algo que debe apoyarse. Incluso los profesionales de la mente están entrenados para entender la tristeza como un desorden, no como una respuesta natural ante una pérdida importante. Cuando los profesionales no saben manejar la pena, difícilmente podremos esperar los demás responder adecuadamente.

Hay una grieta, una división entre cómo quisiéramos estar y cómo estamos realmente. Las herramientas con las que contamos generalmente para lidiar con el duelo no ayudan en absoluto a minimizar dicha grieta. Nuestras creencias culturales y profesionales sobre cómo es el sufrimiento nos impiden cuidarnos desde el interior de la pena misma e imposibilitan que podamos ayudar a los que más queremos. Y lo que es peor, dicha forma de pensar añade sufrimiento a un duelo normal.

Hay otro modo.

Desde la muerte de Matt, trabajé con centenares de personas que estaban pasando su duelo a través de mi web, Refuge in Grief. He pasado los últimos años adquiriendo experiencia sobre lo que realmente ayuda durante el proceso de duelo. A lo largo de ese tiempo, me hice popular a nivel nacional no sólo como portavoz del apoyo en la tristeza sino relacionándome de manera más compasiva y hábil con los demás.

Mis teorías sobre el sufrimiento, la vulnerabilidad y la inteligencia emocional se han diseñado en función de mi propia experiencia y la de miles de personas que hicieron todo lo que estuvo en su mano para abrirse camino en el panorama del dolor. A partir de la gente doliente y de los familiares y amigos que les apoyaban, pude identificar el problema real: nuestra cultura, sencillamente, nunca nos ha dicho cómo aproximarnos al duelo con la habilidad necesaria para que nos sea de ayuda.

Si queremos acompañar a alguien de la mejor manera, tendremos que humanizar la pena. Tenemos que hablar de ella. Tenemos que entender que es una respuesta completamente natural, es un proceso normal, en lugar de entenderla como algo maligno de lo que hay que huir apresuradamente. Es necesario que empecemos a hablar sobre las habilidades necesarias para enfrentarse a la realidad de tener que vivir una vida completamente transformada por la pérdida.

Está bien que no estés bien proporciona un nuevo enfoque del sufrimiento, un nuevo modelo ofrecido no por un profesor encerrado en un despacho de trabajo que ha estado estudiando la tristeza, sino por alguien que la ha vivido en primera persona, en sus carnes. Yo he estado sumergida en el sufrimiento. Yo he sido una persona tirada en el suelo, incapaz de comer ni dormir, incapaz de salir de casa más de diez minutos. He estado en el otro lado de la mesa del terapeuta, recibiendo charlas tan irrelevantes como desfasadas sobre el poder del pensamiento positivo. He luchado contra los aspectos físicos de la pena (pérdida de memoria, cambios cognitivos, ansiedad) y al final encontré herramientas de ayuda. Combinando mis habilidades clínicas con mi experiencia personal, he aprendido la diferencia entre disolver el dolor y atender al dolor. He aprendido, de primera mano, por qué intentar hablar con alguien desde fuera de su sufrimiento es desgarrador y por completo diferente de ayudarlo a vivir con su duelo.

Este libro muestra un camino para replantearnos nuestra relación con la tristeza. Anima a los lectores a ver el duelo como una respuesta natural a la muerte y la pérdida, no un estado aberrante que necesita transformarse en algo mejor. Cambiando el enfoque del sufrimiento como un problema que debe solventarse a una experiencia que debe vivirse plenamente, ofrecemos al lector lo que hemos querido para nosotros mismos: comprensión, compasión, validación y un camino claro para atravesar el dolor.

Está bien que no estés bien muestra a los lectores cómo vivir con habilidad y empatía durante su proceso de duelo, pero no sólo es un libro para gente que sufre: este libro también enseña cómo hacer las cosas mejor para todo el mundo. Todos y cada uno de nosotros experimentaremos esta emoción a lo largo de nuestras vidas, en un momento u otro. Todos conocemos a alguien que lo está pasando mal porque ha perdido un ser querido. La pérdida es una experiencia universal.

En un mundo que nos dice que la pena por la muerte de un ser querido es una enfermedad que necesita tratamiento, este libro ofrece una perspectiva diferente, una visión que anima a reexaminar nuestra relación con el amor, la pérdida, el corazón roto y la comunidad. Si queremos empezar a comprender la naturaleza del sufrimiento, deberemos tener una cultura más afectiva y sustentadora. Podemos conseguir lo que más queremos: ayudar a los demás en sus momentos de necesidad para que se sientan queridos y apoyados sin importar los errores que hayan cometido en sus vidas. Cuando cambiemos nuestras conversaciones entorno al duelo, estaremos haciendo lo mejor para todos.

Lo que todos nosotros compartimos –la verdadera razón de este libro– es el deseo de amar mejor. De amarnos a nosotros mismos en mitad del más profundo sufrimiento, de amar a otra persona cuando la tristeza cae sobre ella con todo el peso. Esta obra ofrece las habilidades necesarias para hacer que ese amor se haga realidad.

Gracias por estar aquí. Por tener ganas de leer este texto, por escuchar, por aprender. Juntos podemos hacer las cosas mejor, incluso cuando no podemos hacerlas bien.

PARTE I

ES TAN

DESCABELLADO

COMO CREES QUE ES

1

LA REALIDAD DE LA PÉRDIDA

He aquí lo que quiero que te quede más claro: es tan malo como crees.

No importa lo que te diga la gente, es horrible. Lo que ha pasado no tiene arreglo. Lo que has perdido no lo vas a recuperar. No hay nada bueno en el hecho central.

Lo más importante es reconocerlo.

Estás sumido en la pena y no hay más.

La realidad del duelo es muy diferente a cómo lo ven los demás desde fuera. Es un tipo de sufrimiento al que no le sirven los ánimos externos.

No necesitas soluciones. No necesitas que te saquen del dolor. Lo que necesitas es que tu pena sea visible y reconocida. Necesitas alguien que te coja de la mano sin decir nada, cuando te ves ahí, parado, presa del estupor, mirando fijamente el agujero inmenso que ha aparecido en tu existencia.

Hay cosas que no pueden solventarse. Sólo pueden sobrellevarse.

LA REALIDAD DEL SUFRIMIENTO

Cuando un acontecimiento trastorna severamente tu vida o le llega la muerte a alguien cercano, todo cambia. Incluso cuando se espera la muerte de un ser querido, su pérdida siempre pilla por sorpresa. Todo es diferente a partir de entonces. La vida que esperabas tener desaparece: se pulveriza. Se abre una brecha y nada tiene sentido. Tenías una vida normal y ahora, de repente, tu vida es todo menos normal. Y la gente que te rodea empieza a soltar eslóganes por la boca, pésames, intentando animarte. Intentando sacarte de tu sufrimiento.

■ ■ ■

Las cosas no son como tú crees que deberían ser.

El tiempo se para. Nada parece real. Tu mente no puede parar de pensar en los últimos acontecimientos con la esperanza de encontrar una salida distinta. La realidad cotidiana, el mundo del día a día, que los demás están viviendo como si nada, te resulta cruel. No puedes comer (o te comes todo lo que encuentras). No puedes conciliar el sueño (o te pasas el día en la cama). Cada objeto que te rodea se convierte en un artefacto, un símbolo de la vida que tenías, que deberías seguir teniendo y que ya no tienes. No hay nada, absolutamente nada, que no se haya visto afectado por la pérdida.

Los días posteriores a la desaparición de tu ser querido, has escuchado todo tipo de cosas sobre tu dolor, todo el mundo opina. Eso es porque nadie quiere verte triste. Que si todo pasa por una razón, que si a cada cual le llega su hora, que si ya disfrutaste de él el tiempo que estuvisteis juntos. Que si eres fuerte e inteligente y encontrarás los recursos para seguir adelante, que estas experiencias nos hacen más fuertes. Y luego viene la canción sobre rehacer tu vida más adelante, volver a tener pareja o tener otro hijo o lograr convertir tu pena en algo hermoso, útil y positivo.

Las condolencias y las frases de ánimo no arreglan nada. De hecho, ese tipo de apoyo social te hace pensar que nadie está entendiendo nada. Lo que te pasa no es un corte en el dedo, no es una crisis de confianza. Tú no necesitas que te pasen estas cosas horribles para saber lo que es importante en la vida, ni para averiguar quién eres realmente, ni para saber hasta qué punto amabas a esa persona desaparecida.

El camino correcto es decir la verdad pura y dura sobre el sufrimiento: tu pérdida es exactamente tan horrorosa como te parece. Y la gente, en su intento por ayudarte, está reaccionando tan pobre y miserablemente como te parece. No estás volviéndote loco. Locura es lo que acaba de pasar en tu vida y todo lo que estás sintiendo es propio de una persona cuerda y sana.

¿DÓNDE ESTÁ EL PROBLEMA?

La mayor parte del apoyo que recibas durante esos primeros días es menos útil que nada. Porque nadie te habla de la pérdida, la gente –y muchos profesionales– creen que el duelo y la sensación de pérdida son aberrantes, contrarios a una vida normal y feliz.

Mucha gente cree que el objetivo del apoyo en el duelo debe servir para hacerlo desaparecer, para detener el dolor. Es una emoción fea que debe combatirse de inmediato. Una desgraciada, aunque fugaz, experiencia que debe superarse lo antes posible y dejarla en el pasado.

Esa creencia es tan falsa que deja a mucha gente afligida con la sensación de estar completamente solos, abandonados en la cima de su gran montaña de dolor. Hay mucho de crítica y de juicio dentro del sufrimiento, por eso bastante gente opina que es mejor no hablar de ello. Dado que no hablamos de la realidad de la pérdida, los afectados sienten que lo que les ha pasado es raro, anormal o erróneo.

No hay nada de erróneo en el dolor. Es una extensión natural del amor. Es una respuesta sana a la pérdida. Que el duelo haga daño no significa que sea malo; que te parezca que te vas a volver loco no significa que te estés volviendo loco.

La pena es parte del amor. El amor por la vida, por uno mismo, por los demás. Lo que estás viviendo, por mucho que duela, es amor. Y el amor es una cosa muy dura. En ocasiones el amor es desgarrador.

Si quieres vivir esta inevitable experiencia como parte del amor, tenemos que empezar a hablar de ello en términos reales, no como si de una patología se tratase, no con falsas esperanzas de que todo volverá a la normalidad cuando se acabe.

EL DOLOR MÁS ALLÁ DE LA PENA «NORMAL»

Cada día lleva consigo pérdidas y sufrimiento. Nuestra cultura tiene por delante un fabuloso trabajo para dar voz a cada cual, para honrar y validar el duelo que llevamos en nuestros corazones, todas las pérdidas que debemos asumir en la vida. Pero este libro no trata de esas pérdidas cotidianas.

Hay puñaladas en la vida que duelen de verdad, duelen inmensamente, tanto que parece que no las vamos a poder soportar. Trabajar duramente en uno mismo puede transformar muchas dificultades. Como dicen los jungianos, siempre se encuentra oro en las profundidades si cavamos decididamente. Pero en momentos de pérdida severa no estamos para excavaciones. No podemos trabajar ni en nosotros mismos ni en nada. Únicamente tratamos de no hundirnos más. No hemos perdido «algo bonito» a la espera que nos llegue algo más conveniente. El trabajo de transformación no sirve para nada en estas circunstancias, no es aplicable.

Hay pérdidas que transforman el mundo. Muertes que cambian tu punto de vista sobre las cosas, penas que todo lo derrumban. El dolor puede transportarte a un universo por completo diferente, incluso para aquellos que creen que nada ha cambiado realmente.

Cuando hablo de pérdida, cuando hablo de sufrimiento, estoy hablando de cosas que están más allá de lo que consideramos el orden natural de las cosas. Estoy hablando de accidentes, enfermedades, desastres naturales, guerras, crímenes violentos y suicidios. Me estoy refiriendo a pérdidas aleatorias, atípicas, inusuales, que parecen cada vez más frecuentes desde que me dedico a este trabajo. Me estoy refiriendo a pérdidas subterráneas, sobre cuyo dolor nadie quiere hablar –o lo que es peor: nadie quiere escuchar hablar de ellas–: el bebé que muere poco antes de nacer sin causa conocida. El atlético hombre que tiene un accidente de coche y se queda paralítico. La joven mujer que ve cómo le disparan a su marido para robarle el coche. La pareja que desaparece bajo una ola enorme y se ahoga. La sana y vital mujer a la que descubren un cáncer avanzado en una simple revisión rutinaria que deja marido, hijos e innumerables amigos poco después. El chaval de veinte años atropellado por un autobús mientras estaba de voluntario para una ONG de África. La familia que se va de vacaciones a Indonesia y acaban todos muertos bajo un tsunami.

La comunidad se tambalea tras un crimen de odio, clamando por sus amigos y familias. El niño pequeño que muere tras una grave enfermedad en los huesos. El hermano con el que has desayunado felizmente muere antes del almuerzo. El amigo cuya angustia no supiste calibrar correctamente hasta que lo encontraron muerto por su propia mano.

Quizás hayas llegado hasta aquí porque alguien cercano ha muerto. Yo estoy aquí porque alguien murió. Quizás estés aquí porque tu vida ha cambiado irrevocablemente, ya sea por un accidente, una enfermedad, por un crimen violento o por una causa natural.

¡Qué frágil y aleatoria puede ser la vida!

Nunca hablamos de la fragilidad de la vida, de que lo que puede ser normal en un momento dado, puede cambiar completamente al minuto siguiente. No hay palabras, no hay lenguaje, no hay capacidad que pueda hacer frente a eso, ni como comunidad ni individualmente. Y como no hablamos de estas cosas, cuando más afecto y apoyo necesitamos no encontramos nada. Lo que encontramos para agarrarnos está muy lejos de lo que necesitamos.

La realidad del duelo es diferente de lo que la gente ve o espera desde fuera. Las condolencias y las palmaditas en la espalda no funcionan. Y es que no hay una razón para todo. No todas las pérdidas pueden transformarse en algo útil. No todo lo que pasa es reciclable.

Hay que empezar a decir la verdad sobre este tipo de dolor. Sobre el duelo, sobre el amor, sobre la pérdida.

Lo cierto es que, de una manera u otra, amar es perder, tarde o temprano. Sobrevivir en un mundo tan tenue y pasajero no es tarea fácil. A veces, el corazón se rompe de manera que no se puede reconstruir. Algunas penas se convierten en parte inamovible de nuestras vidas. Lo que tenemos que hacer es aprender a vivir con ese vacío, cómo seguir adelante con esa cicatriz indeleble y cómo cuidar a los demás en ese estado permanente. Tenemos que aprender a vivir así, sabiendo que la vida cambia continua e indefinidamente.

Necesitamos empezar a hablar sobre esteaspecto de la vida, que es la realidad del amor.

SUPERVIVENCIA

Si te encuentras en este punto, viviendo una vida que no has pedido, en una vida que no viste venir, lo lamento. No puedo decirte que te sentirás mejor al acabar de leer mi libro ni que las cosas irán mejor.

No estás «de maravilla». Nunca estarás «de maravilla».

Sea cual sea la pena que arrastres, es importante saber lo mala que es, lo dura que resulta. Te parecerá horroroso, terrorífico e insostenible.

Este libro no te va a restaurar, no va a arreglar tu dolor. No te hará sentirte mejor ni te devolverá a tu estado «normal». Pero sí te enseñará a vivir desde la pérdida, cómo sobrellevar lo que ya no tiene arreglo. Cómo sobrevivir.

Ya sé que incluso pensar eso –que puedes sobrevivir a algo tan horrible– es horroroso en sí mismo, pero lo cierto es que sobrevivir es la palabra más adecuada para definir lo que vas a poder hacer tras una pérdida realmente severa.

Tu supervivencia en una vida post no va a ser un proceso gradual en el que vayas asumiendo diferentes escalafones, ni tendrás que seguir las recomendaciones de nadie sobre cómo deberás vivir tu vida. La supervivencia llega de repente, sin esperarlo, a lo bestia. No hay que conseguir sobrevivir, hay que sobrevivir y punto. En otras palabras, hay que dejar atrás la vida que has perdido, como si ya no te sirviera de nada.

Para poder sobrevivir hay que encontrar un tipo de vida que resulte auténtica y verdadera para ti, y para conseguirlo hay que empezar por decir la verdad. Dicha verdad es tan fea como supones. Cada vez que te topes con la realidad, verás que es tan desagradable y rara como sabías que sería. Cuando empecemos, deberemos hablar sin tapujos sobre lo que representa vivir desde la pena, vivir dentro del amor que nos queda tras la pérdida.

CÓMO USAR ESTE LIBRO

Está bien que no estés bien se divide en cuatro partes: la realidad de la pérdida, lo que se hace con el sufrimiento que nos ha invadido, la familia y los amigos y el camino para salir adelante. A lo largo de la obra, encontrarás fragmentos de mis alumnos de los cursos «Escribe sobre tu dolor». Sus palabras, a menudo más que las mías, ilustran el desafío y los múltiples aspectos del sufrimiento vivido abierta y honestamente.

Aunque el libro está exento de una manera un tanto lineal, puedes leerlo en el orden que prefieras. Puedes leer pasajes del libro como te apetezca porque, igual que con la pena, no hay una única forma correcta de aproximarse. Especialmente en casos de dolor reciente, absorberás todo lo que se te ponga por delante. Incluso si notas tendencia a darle vueltas a tu pena continuamente, de manera obsesiva, ésta tiene vías de acortamiento considerables. Asume las cosas en porciones que puedas manejar (hablaré sobre cómo el duelo afecta al cerebro en la segunda parte).

La primera parte del libro trata sobre nuestra cultura del sufrimiento y cómo todos pasamos, tarde o temprano, por lo mismo que estás pasando tú. Profundiza en las raíces históricas el analfabetismo emocional, en nuestra común aversión a enfrentarnos a la realidad dolorosa. Se presenta una visión amplia del duelo, el panorama de cómo la pena –y el amor– aparecen cuando se miran a través de una lente de mucho aumento.

Pensarás que si tu mundo acaba de implosionar, de qué sirve preo­cuparse por tener una visión amplia. ¿Por qué tenemos que perder el tiempo reflexionando sobre el analfabetismo emocional que reina en el mundo?

En principio tienes razón: la comprensión cultural del duelo no importa nada en los primeros momentos de haber sufrido una pérdida. Lo que realmente importa es no sentirte tan solo como si el mundo entero te hubiera abandonado. Sin embargo, hablar claramente sobre cómo nuestra cultura debería lidiar con la pena te ayudará a sentirte menos desamparado. Valida la disonancia entre tu realidad y la realidad del resto del mundo.

Esa disparidad entre lo que el mundo exterior cree y lo que tú sabes que es verdad porque lo estás viviendo es uno de los aspectos más espinosos del sufrimiento.

Recuerdo mis primeros días de duelo tras el ahogamiento de mi pareja, empujándome a mí misma hacia el mundo exterior, despei­nada, con ojeras, casi harapienta, semejante a cualquier indigente, balbuceando en vez de hablar. Intentando mantenerme en marcha. Haciendo cosas porque parecían razonables, porque el mundo lo esperaba, haciendo cosas cotidianas para quedar bien: ir al súper, pasear a los perros, quedar con amigas para comer. Contestando que sí con la cabeza a las personas que me paraban por la calle para decirme que las cosas volverían a ESTAR BIEN. Mordiéndome la lengua, siendo educada cuando el terapeuta me decía que estaba progresando por los estadios del dolor más rápido de lo que esperaba.

Y todo el tiempo sentía, dentro de mí, una enorme masa de dolor gritando, aullando, chillando, mientras miraba a esa persona completamente normal intentando ser razonable. Siendo educada. Como si pensara que todo ESTABA BIEN. Como si pensara que lo que estaba viviendo no era tan terrible. Como si pensara que el horror puede manejarse y controlarse mediante un comportamiento aceptable.

Podía ver errores en todas partes, porque todas esas personas razonables me hablaban de las etapas de dolor, de empujarme a través del duelo hacia una visión exaltada de «mejoría», leí todos los libros que recomendaban superar el dolor simplemente elevándome por encima de él. Sabía que todo eso era una mierda. Pero me etiquetaron como «resistente».

Lo que habría dado por ver mi antigua realidad reflejarse nuevamente en mí. El apoyo en el duelo es algo así como el nuevo traje del emperador el mundo relacional; aquellos que sufren saben muy bien que lo que pasa cuando te intentan ayudar es que no pasa nada; con el apoyo bien intencionado la gente continúa lanzando estímulos vacíos y consuelo inútil, sabiendo sobradamente que esas palabras no ayudan en absoluto. Todos lo sabemos y, sin embargo, nadie cambia de estrategia.

Es irrelevante hablar sobre la pena como si fuera una ejercicio intelectual, algo que sólo requiere de racionalización para elevarte y sacarte del sufrimiento. La inteligencia capaz de organizar palabras y dictar etapas o pasos o un comportamiento razonable es totalmente diferente al corazón que está recién desgarrado.

El dolor es visceral, no es razonable: el aullido en el centro de la pena es crudo y real. Es amor en su forma más salvaje. La primera parte de este libro explora nuestra renuencia cultural e histórica a sentir dicho salvajismo. Si bien no modificará en nada tu sensación de pérdida, tu experiencia personal frente a una visión más amplia puede ayudarte a cambiar las cosas de alguna manera.

La segunda parte de este libro trata sobre lo que realmente puedes hacer desde dentro de tu duelo no para mejorarlo, sino para ayudarte a soportar la vida que te ha tocado vivir. Que no puedas arreglar el dolor no significa que no puedas funcionar desde él. Cuando dejamos de centrarnos en evitar el sufrimiento y empezamos a atenderlo, se abre todo un mundo de apoyo. La validación y la discusión sincera de la realidad del duelo hace que las cosas se vean distintas, incluso sabiendo que no estamos «bien».

La parte 2 explora algunos de los aspectos más comunes, y menos discutidos, del duelo, incluidos los cambios mentales y físicos que acompañan a la pérdida severa. Existen ejercicios para ayudarte a manejar el estrés inevitable, mejorar su sueño, disminuir la ansiedad, lidiar con imágenes invasivas o reiterativas relacionadas con la pérdida y encontrar pequeñas islas de calma donde las cosas no son mejores, pero son más fáciles de controlar.

En la tercera parte, exploramos el apoyo, a menudo frustrante y ocasionalmente sorprendente, de amigos, familiares y conocidos. ¿Cómo es posible que personas inteligentes no tengan ni idea de cómo apoyarte tras una pérdida de tal calibre? Si bien no podemos culpar a la gente «bien intencionada», también es cierto que no es suficiente con tener buena intención. ¿Cómo puedes ayudar a aquellos que quieren ayudarte? Espero que la tercera parte de este libro te sirva para hacer justamente eso: enseñárselo a aquellos que realmente quieran ser de ayuda, y dejar que este libro los guíe en el camino. Hay listas de verificación, sugerencias y ensayos en primera persona para ayudar a tu gente a ser más hábil a la hora de enfrentarse a tu dolor. Y lo que es más importante, la tercera parte te ayudará a descubrir quién no puede estar ahí para ti, por la razón que sea, y cómo apartarlos de tu vida con un poco de delicadeza.

La última parte de la obra analiza las formas en que avanzamos después de una pérdida devastadora. Dado que una pérdida no es algo que pueda solucionarse, ¿cómo sería «vivir una buena vida», en tales circunstancias? ¿Cómo vivir aquí, en un mundo que ha cambiado por completo? Es un proceso complejo y farragoso: llevar amor dentro de ti, avanzar en lugar de «seguir adelante». La cuarta parte se sumerge en cómo encontrar verdaderos apoyos y buena compañía dentro de la pérdida, así como las formas en que el dolor y el amor se integran en la vida ya vivida junto a la pérdida.

Y ésa es la verdad sobre el duelo: la pérdida se integra, no se supera. Sin importar cuánto tarde, tu corazón y tu mente inventarán una nueva vida en medio de ese paisaje devastado. Poco a poco, el dolor y el amor encontrarán maneras de coexistir. No te sentirás mal por haber sobrevivido. Simplemente tendrás una vida creada por ti mismo: la vida más hermosa que puedas tener, dadas las circunstancias. Espero que este libro te ayude a encontrar el hilo de amor que aún existe, tirando de él en una vida que no pediste, pero que es real.

Lamento mucho que necesites este libro, pero me alegro de que estés aquí.

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LA SEGUNDA PARTE DE LA ORACIÓN

Por qué las palabras de consuelo sientan tan mal

Es increíblemente difícil ver sufrir a alguien que quieres. Los que te quieren te dicen que eres lo bastante fuerte como para superarlo. Que te sentirás mejor algún día. Que no siempre será tan malo. Te alientan a mirar hacia un futuro más brillante, hacia el momento en el que no padezcas tanto sufrimiento.

La gente hace sugerencias sobre cómo salir más rápido del duelo. Te dicen lo que harían ellos si estuvieran en tu posición. Te hablan de sus propias pérdidas, como si cada duelo fuera exactamente el mismo. Como si encontrarte con alguien que haya pasado por lo mismo fuera a minimizar tu dolor.

Desde amigos cercanos a conocidos casuales, todos tienen su propia opinión sobre el duelo; todos quieren hacer lo mejor para ti, de la manera que sea.

Por supuesto que la gente quiere que te sientas mejor, es parte de ser humano: queremos aliviar el sufrimiento. Queremos ayudar. Queremos que nos ayuden. Queremos ofrecer lo que podamos. Pero en lugar de sentirse abrazadas y consoladas, muchas personas en duelo se sienten avergonzadas, rechazadas y desplazadas.

En lugar de sentirse eficaces y útiles, los que intentan ayudar acaban por sentirse mal recibidos, frustrados y poco apreciados.

Nadie consigue su propósito.

La mayor parte de esta sección del libro se centra en nuestros desorganizados modelos culturales entorno a la pena y el duelo, pero este capítulo tiene un carácter personal: es importante aceptar lo disparatadas que pueden resultar los comentarios de otras personas sobre tu pérdida. Es lícito preguntarse si la gente se ha vuelto loca o si está siendo «demasiado sensible», añadiendo un grado más de estrés. La validación y el reconocimiento son importantes; realmente no hay mucho consuelo en las palabras de la gente que pretende ayudar.

SI SUS PALABRAS ESTÁN BIEN, ¿POR QUÉ ME CABREAN TANTO?

El padre de una amiga muy querida falleció durante la redacción de este libro. Ella me envió un mensaje de texto una semana después de su muerte: «La gente me envía tarjetas de condolencia la mar de dulces. ¿Por qué me cabrean tanto? Los odio, a ellos y a sus estúpidas cartas. Incluso las mejores palabras me sientan como una patada».

El dolor intenso es una imposibilidad: no puedes «estar mejor». Las palabras de pretendido consuelo sólo irritan. La «ayuda» de otras personas resulta intrusiva. Los intentos de conexión y comprensión parecen desorientados o groseros. Todo el mundo tiene una opinión sobre cómo deberíamos estar de duelo y cómo se puede mejorar. Los consejos sobre cómo pasar el mal trago y volverse «aún más fuerte» y las recomendaciones para «recordar los buenos tiempos» sientan como una bofetada.

¿Por qué las palabras de consuelo sientan tan horriblemente mal?

Antes de que mi compañero muriera, estaba leyendo Hay una solución espiritual para cada problema, del doctor Wayne Dyer. Es un gran libro. Cuando intenté seguir la lectura después de la muerte de Matt, no pude volver a hacerlo. Simplemente me hacía sentirme mal, como si hubiera una rebaba dentro de sus palabras que me arañaba incómodamente. Yo quería encontrar consuelo en las palabras de ánimo que antes me aliviaban, pero en estas circunstancias no me servían.

Dejé el libro. Lo recuperé al cabo de un tiempo. La rebaba me seguía raspando y las palabras no me encajaban, y volví a abandonar el libro.

Varias semanas más tarde mis ojos captaron el título del libro sobre la mesa de café: hay una solución espiritual para cada problema.

Cada problema.