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"Tras los ataques de un par de meses atrás, Hannah solo quiere disfrutar de su último año de secundaria, salir con sus amigos, coquetear con su nueva chica, Morgan. Pero los cazadores están determinados a terminar con la magia. Y cuando brujas en todo el país comienzan a perder sus poderes, Hannah sabe que se trata de un nuevo ataque y que tendrá que actuar, al fin y al cabo, es una de las pocas que ha enfrentado a un cazador y salido con sus poderes intactos. O eso cree todo el mundo… Porque, aunque trate de ocultarlo, hacer magia se ha vuelto una agonía para ella. Y solo uniéndose a Morgan es capaz de utilizar su poder, pero ¿será suficiente? Con los cazadores cada vez más cerca de su objetivo… ¿PODRÁN LAS BRUJAS DE SALEM DAR PELEA? ¿PODRÁN EVITAR QUE SE PIERDA LA MAGIA PARA SIEMPRE?"
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Seitenzahl: 445
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Tras los ataques de un par de meses
atrás, Hannah solo quiere disfrutar de su
último año de secundaria, salir con sus amigos,
coquetear con su nueva chica, Morgan. Pero los
cazadores están determinados a terminar con la magia.
Y cuando brujas en todo el país comienzan a perder sus poderes, Hannah sabe que se trata de un nuevo ataque y que tendrá que actuar, al fin y al cabo, es una de las pocas que ha enfrentado a un cazador y salido con sus poderes intactos. O eso cree todo el mundo…
Porque, aunque trate de ocultarlo, hacer magia se ha vuelto una agonía para ella. Y solo uniéndose a Morgan es capaz de utilizar su poder, pero ¿será suficiente?
Con los cazadores cada vez más cerca de su objetivo…
¿PODRÁN LAS BRUJAS DE
SALEM DAR PELEA?
¿PODRÁN EVITAR QUE SE PIERDA
LA MAGIA PARA SIEMPRE?
Durante el día, Isabel Sterling es una educadora y defensora LGBTQ, y autora de literatura juvenil por las noches. Cuando no está escribiendo sobre magia y asesinatos, se la puede encontrar perdida en un buen libro, viendo una maratón de sus shows preferidos o relajándose junto al lago.
Vive en el centro de Nueva York con su esposa y sus hijos peludos: los gatos Oliver y December, y una perrita llamada Lily.
¡Visítala!
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Argentina:
México:
A mi querido amigo David.No podría haber hecho esto sin ti.
El calor del verano aún era sofocante cuando las clases volvieron a comenzar en la Universidad de Nueva York. Allí, una joven Bruja Conjuradora, llamada Alexis Scott daba inicio a su segundo año. Al terminar su última clase del día, Lexie recogió todas sus cosas y regresó a casa de prisa, pues sus profesores no habían perdido el tiempo y habían asignado pilas de tarea y ensayos de laboratorio complicados que le llevarían muchas horas de trabajo. Por suerte, ya no se le sumaba el peso de tener que aprender a moverse dentro de Manhattan, así que caminó confiada por las calles de la ciudad, con su mochila al hombro.
Su vida había tomado el curso que siempre había deseado.
Mientras iba esquivando Regs rumbo al este con el sol calentando su piel, en su mente, tachaba ítems de su lista de pendientes:
Leer del capítulo tres al cinco del libro de Biología molecular y celular.
Resolver problemas de Cálculos.
Intentar la poción de invisibilidad otra vez con esperanzas de que no vuelva a explotar.
Los Regs que la rodeaban (personas sin magia propia) no sabían que creaba pociones en su apartamento ni que buscar nuevos usos para la magia era su parte preferida de ser una Conjuradora. Estaba decidida a crear la poción de invisibilidad, aunque tuviera que hacer cientos de versiones para llegar a la correcta.
Cuando estaba a mitad de camino, le sonó el teléfono. El número aparecía con el emoji de fuego, pero no tenía idea de quién era. ¿Sería algún compañero de clases? ¿Su compañera de cuarto, Coral, había estado jugando con su agenda otra vez?
–¿Hola? –dijo. Del otro lado hubo una pausa, seguida de una inhalación repentina.
–¿Lexie?
–¿Quién pregunta? –No reconoció la voz, pero era femenina y joven, probablemente de su misma edad.
–Veronica.
–Debes tener el número equivocado. –Se devanó los sesos, pero no pudo relacionar el nombre con la voz.
–¡Espera! –gritó la joven–. Nos conocimos en mayo. Estuve intentando comunicarme con Tori, pero su teléfono no funciona. –Lexie no respondió, entonces la chica bufó del otro lado–. Soy una tonta. Me bloqueó, ¿no?
Esas palabras hicieron que la Conjuradora recordara quién era Veronica y se le erizara el vello de los brazos. Al final del último semestre, en lugar de volver a Chicago, había decidido pasar el verano en la ciudad con sus compañeras de apartamento, Tori y Coral, que también eran Conjuradoras. Durante un fin de semana particular, habían conocido a dos Elementales que estaban de visita con un viaje escolar; Veronica y su amiga (Haidi o Hannah o… algo así) se habían escapado de la habitación del hotel para salir el sábado por la noche. Por desgracia, la Bruja de Sangre que las había estado amenazando durante semanas había vuelto a atacar y había dibujado runas de sangre en el apartamento, Dios sabe con qué intenciones. El recuerdo la hizo estremecer.
Tori había refregado las runas frenéticamente para limpiarlas, hasta que el agua jabonosa de la cubeta se había tornado roja con la sangre de la otra bruja. Al ver la escena, las Elementales habían querido ayudarlas. Tori las había convencido de que era una buena idea dejar que las chicas de Salem se involucraran y, juntas, habían capturado a la Bruja de Sangre. Sin embargo, la situación se había vuelto mucho más complicada de lo que habían imaginado. Al menos, esa amenaza ya no era un problema, pero las Elementales habían empeorado mucho las cosas. Por eso, Lexie quería dejar el asunto atrás y no deseaba que una chica casi desconocida lo mencionara otra vez.
–¿Lexie? ¿Sigues ahí?
–¿Qué quieres de nosotras? –sentenció en tono hosco y amargo. Tendría que haber cambiado el número de teléfono. En realidad, no tendría que haber dejado que Tori la convenciera de dárselo a Veronica en primer lugar.
–¿Me escuchaste?
–¿Qué? –Esperó la señal para cruzar la calle ajetreada y habló en voz baja, pues estaba rodeada de Regs.
–Los Cazadores de Brujas regresaron –respondió la chica con voz temblorosa.
El cuerpo de Lexie quedó petrificado en una acera de Manhattan. La luz del semáforo cambió a verde y los Regs la esquivaron para cruzar, ajenos al hecho de que su percepción de la realidad estaba cambiando. Alguien le chocó el hombro y el contacto fue suficiente para que sus piernas volvieran a funcionar.
–¿A qué te refieres con que “regresaron”? –Mantuvo la voz baja, lo que le resultó fácil, ya que apenas podía respirar. Siguió caminando a toda prisa contando las calles hasta su casa, con el corazón galopando en el pecho. Le faltaban dos calles y los cinco pisos hasta el apartamento–. ¿Cómo lo sabes? ¿Qué pasó?
–Intentaron matarnos a Hannah y a mí. –Un escalofrío interrumpió las palabras de Veronica, que tuvo que aclararse la garganta para seguir–. El Consejo no quiere sembrar el pánico, pero creí que debían saberlo. Coral no me atendió, y Tori…
–Tori ya no está con nosotras –dijo con los puños apretados. Las palabras le desgarraron la garganta, le perforaron el pecho y fluyeron como una oleada de vergüenza invisible por su piel.
–Ah. ¿Sabes dónde está? –insistió la chica. Lexie negó con la cabeza al llegar a su edificio, a pesar de saber que la Elemental no podía verla. Una vez que estuvo segura detrás de la puerta, comenzó a subir las escaleras, pensando que, al menos, Tori no tendría que enfrentar esa nueva amenaza–. ¿Lexie?
–No vuelvas a llamarme. –La rabia le revolvía el estómago, pero mantuvo una voz neutral y colgó antes de que la otra bruja pudiera protestar. Una vez en el quinto piso, recorrió el pasillo y abrió la cerradura de la puerta. Dentro de su pequeño apartamento compartido, soltó un suspiro tembloroso mientras dejaba caer la mochila, que provocó un estruendo contra el suelo de madera por los pesados libros que cargaba. Coral estaba en la cocina convertida en taller de conjuros, inclinada anotando símbolos en la página de un cuaderno, al tiempo que una poción borboteaba frente a ella.
–Hola, Lex –dijo mientras se acomodaba un rizo grueso detrás de la oreja. Algo en la expresión de su amiga debió haberla alarmado porque abandonó sus anotaciones de inmediato–. ¿Qué pasó?
Lexie tomó un puñado de tomillo seco y retorció las ramitas entre los dedos. El poder de la hierba palpitaba contra su piel, pues anhelaba ser moldeada y combinada para crear magia pura. Pero no había tiempo para eso, así que la chica miró fijo a su compañera.
–Tenemos un problema.
Suelen decir que la escuela secundaria es la mejor época de la vida: un período de descubrimientos y de posibilidades infinitas, en el que se puede probar cualquier deporte o incursionar en distintas formas de expresión artística. Luego, al pasar por el escenario el día de la graduación, se supone que sepamos quiénes queremos ser. Se dicen muchas cosas, pero, sentada en el automóvil de mi padre fallecido, al fondo del estacionamiento para alumnos antes de empezar el primer día de mi último año escolar, no puedo evitar pensar: patrañas.
La secundaria Salem High no es un lugar para descubrir quién eres, sino un sitio donde sobrevivir y seguir adelante. Un lugar en donde puedes pasar de ser una celebridad a ser un paria con un solo paso en falso. En especial si eres una chica como yo.
Apago el motor y me miro en el espejo retrovisor para apartarme el flequillo de los ojos. A pesar de que las noticias nunca mencionaron mi nombre, no pasó mucho tiempo hasta que todos descubrieron que la historia de las portadas (“Joven graduado de Salem High, Benton Hall, arrestado por intento de asesinato”) era sobre mí. Es probable que todos en la escuela hayan visto las grotescas recreaciones de la hoguera que preparó Benton, en la que nos ató a mi exnovia y a mí a una estaca e intentó quemarnos vivas.
Si alguno de mis compañeros se perdió de la noticia y del escándalo que se desató en las redes a continuación (en donde sí mencionaron mi nombre), estoy segura de que se enterarán apenas pongan un pie en la escuela. Aunque no es que puedan descubrir por qué Benton hizo algo así. Los únicos que saben que Veronica y yo somos Brujas Elementales (y que los Cazadores de Brujas quieren matarnos) son los pocos compañeros de aquelarre que asisten a la escuela, mi novia Bruja de Sangre y mi mejor amiga.
Un golpecito agudo en la ventana hace que me sobresalte y por poco me apuñale un ojo al apartar la mano del espejo con brusquedad.
–¡Perdón, Hannah! –La voz apagada de dicha mejor amiga atraviesa el vidrio cerrado, y el tono familiar calma mi corazón acelerado–. ¿Vienes?
–Un segundo, Gemma. –Agarro mi mochila del asiento trasero y exhalo despacio contando hasta diez. Puedo hacerlo. Estoy bien. Una vez que mis latidos descontrolados se normalizan un poco, abandono la seguridad del automóvil de mi padre y cierro la puerta al bajar.
Gemma me sigue hacia la escuela, usando su bastón fluorescente para aliviar la presión sobre su pierna. Veronica y yo no fuimos las únicas heridas por los Cazadores de Brujas este verano: Gemma estaba conmigo cuando Benton hizo que mi automóvil cayera por un puente. Él no sabía que ella estaba ahí, pero la puerta le lastimó la pierna. Mi magia fue lo único que pudo salvarnos de morir ahogadas y, luego, no hubo nada que pudiera hacer para ocultársela. Ella lo vio todo, así que no hubo forma de explicárselo.
Sin embargo, si el Consejo descubriera que Gemma lo sabe, sería el fin de mi magia. Y podría ser el fin de su vida también.
A pesar del peligro, poder ser yo misma frente a ella nos acercó mucho. No cambiaría eso, pero sí evitaría el daño permanente de su pierna. Quisiera poder devolverle el sueño de ser bailarina profesional.
Podría ser peor, me recuerda una voz interior. Al menos sigue viva. Con los ojos apretados, intento combatir el pánico que empieza a crecer y el constante recordatorio que susurra en lo profundo de mi mente: Papá no sobrevivió.
–¿Hannah? –Gemma me rescata de ahogarme en el dolor, así que me concentro en el rosa estridente de su bastón. No lo usa todo el tiempo, solo en sus días malos, que suelen ser después de que se presiona demasiado durante la fisioterapia. Cuando levanto la vista, la veo mirándome con el ceño fruncido por la preocupación–. ¿Estás segura de que estás lista para esto?
–Estoy bien, lo juro –afirmo con una sonrisa mucho más radiante de lo que me siento, luego avanzo hacia la horda de estudiantes amontonados frente a la escuela. Bajo la marcha para ir a su ritmo y susurro para que nadie más escuche–. Además, mi mamá desaprobó mi plan de dejar la escuela para luchar contra los Cazadores de Brujas.
–Es una aguafiestas. –Gemma hace silencio mientras atravesamos la multitud y, al mismo tiempo, docenas de conversaciones se apagan cuando aparecemos.
Cuando aparezco yo.
Intento sonreír al ver caras conocidas, pero sus cejas en alto muestran tanta lástima que tengo que apartar la vista. No puedo digerir el hambre evidente de chismes que infectó a toda la escuela secundaria. No soporto ver el brillo morboso de curiosidad en sus ojos ni recordar por qué me miran como si fuera un inminente accidente de tránsito.
Extrañar a papá es muy difícil y duele demasiado. No puedo pensar en eso. En él. Sin embargo, mientras paso con Gemma entre nuestros compañeros y las conversaciones esporádicas, una pequeña parte de mí quiere saber qué clase de rumores están circulando exactamente.
Todos amaban a Benton. Y era, sin dudas, el alumno de último año que provocaba más suspiros entre las chicas. El junio pasado, vi al menos a tres personas llorar cuando él les firmó el anuario. Nadie quería que se fuera a la universidad, pero, ahora que está acusado de intento de homicidio, ¿se pusieron en su contra? ¿O encontraron excusas para perdonar al chico carismático que solían conocer?
Convoco a mi magia, tratando de atravesar la barrera extraña que tengo desde que Benton me drogó para eliminar mi poder, pero se resiste a mi llamado. Me esfuerzo un poco más y le pido al aire que acerque las teorías conspirativas a mis oídos para poder escucharlas. Al presionar demasiado, siento una punzada de dolor a través de la columna, aguda y rápida, así que tropiezo con los escalones de la entrada y tengo que sostenerme del pasamanos para no caer. Las lágrimas me queman los ojos, entonces los cierro para reprimir la vergüenza al tiempo que la magia se desmorona en mi interior. No debería ser tan difícil. Un ejercicio de magia tan ínfimo no debería doler así. Es algo tan insignificante que ni siquiera va contra las reglas del Consejo ya que nadie lo notaría.
–¿Hannah? –Esta vez, no es Gemma la que dice mi nombre, sino Morgan. Siento la vibración de la Magia de Sangre de mi novia en los huesos, que calma el dolor más agudo. Luego la veo ahí, tendiéndome la mano–. ¿Estás bien?
–Sí –afirmo, pero dejo que entrelace los dedos con los míos para subir el resto de las escaleras–. Con ustedes dos alrededor, debería tatuarme “estoy bien” en la frente.
Morgan me lanza una mirada como para decir que sabe que las cosas no están tan bien como pretendo fingir que están. Una vez dentro de la escuela, nos lleva al salón de clases, que todavía está vacío.
–No tienes que fingir frente a nosotras, Hannah. Sé que este verano fue difícil para ti.
–Estoy bien –insisto, esforzándome por mantener un tono estable. Lucho por evitar que se me llenen los ojos de lágrimas bajo las luces fluorescentes y empujo el dolor muy profundo, hasta que ya no puedo encontrarlo.
–No lo estás. Tu ritmo cardíaco está por los cielos. –Morgan le lanza una mirada de preocupación a Gem y me da la impresión de que mi mejor amiga y mi novia están por complotarse en mi contra. Esta es una de las desventajas de salir con una Bruja de Sangre (además de las miradas extrañas de mis compañeros Elementales): es imposible ocultarle mis sentimientos cuando, literalmente, puede percibir mi ritmo cardíaco. No puede hacer eso con cualquiera, solo con las personas cuya sangre ha tocado antes. ¿Y si mi aquelarre se enterara de que le permití tocar la mía de forma voluntaria? En ese caso, las miradas serían el último de mis problemas.
Las dos siguen mirándome preocupadas, así que me muevo de un lado al otro, nerviosa.
–De verdad, estoy bien. Me tropecé en la entrada, no es gran cosa. –Choco el hombro de Morgan, con el objetivo de distraerla coqueteando–. No todos tenemos una gracia impecable.
Sus mejillas toman un color rosado muy satisfactorio. En ese momento, la primera campanada de advertencia resuena por los corredores y le da un fin efectivo al interrogatorio. Las tres nos mezclamos entre el flujo de estudiantes para adentrarnos más en la escuela. La presión de los cuerpos que pasan me provoca escalofríos, pero me esfuerzo por ocultarlo, de enterrarlo donde Morgan no pueda percibirlo. Veo a Benton en cada figura alta de cabello negro que encuentro y tengo que acordarme de respirar. El chico que conocí en estos corredores, con el que bromeaba y en quien confiaba, ya no está. Y el Cazador de Brujas en el que se convirtió, el que intentó matarme (cuyos padres asesinaron al mío), se está pudriendo en prisión a la espera de su sentencia. Pensar en eso me causa una nueva oleada de nerviosismo. En menos de un mes comenzará la selección del jurado y doce extraños decidirán su destino. Y el mío.
Gemma se dirige hacia su casillero, entonces busco con qué distraerme.
–¿Estás nerviosa? –le pregunto a Morgan. Es su primer día en Salem High, por lo que estoy segura de que no soy la única que siente como si se hubiera tragado un enjambre de mariposas esta mañana. Ella se encoge de hombros con tanta gracia que me siento como un robot caminando a su lado, con piernas rígidas y expresión mecánica.
–Extraño a mis amigos –admite mientras giramos en una esquina–. Pero podría ser peor. Tengo a Gemma, a Kate y a mis otros compañeros de danzas. –Se acomoda un rizo detrás de la oreja–. Y tú tampoco estás nada mal.
–Eso me agrada. Prefiero ser una novia medianamente aceptable antes que una amiga terrible.
–Sabes que eres genial. –Se ríe mientras sigue los números de los casilleros en sentido ascendente hasta llegar al suyo. Le toma dos intentos ingresar la contraseña correcta, pero, pronto, la puerta se abre con una sacudida violenta.
–Si tú lo dices. –Todavía no me acostumbro a que me haga cumplidos como si tuviera un repertorio inagotable. Apoyada contra el casillero junto al suyo, llevo la mano a mi gargantilla y muevo la turmalina por la cadena de plata delgada. El cristal fue un regalo de mi jefa, Lauren, y luego mi madre lo potenció para aumentar sus poderes tranquilizantes y protectores.
Antes de que mi novia pueda responder, dos chicos dan vuelta a la esquina, caminando hacia nosotras.
–¿De verdad pasaste todo el verano haciendo servicio comunitario? Eso apesta, amigo.
–Fue terrible. –Nolan Abbott, estrella del equipo de fútbol y un gran idiota, tiene el descaro de aceptar la compasión de su amigo–. Intenté cumplir las horas en el refugio de animales, pero ese policía estúpido no lo aceptó. Me hizo recoger basura y limpiar grafitis como si fuera un delincuente.
Apenas logro contener la risa, que resulta en un lamentable resoplido. El detective Ryan Archer no solo es el “policía estúpido” que castigó a Nolan por haber lanzado una roca por mi ventana, también es el Brujo Conjurador que me rescató de una muerte horrible. Archer le negó que trabajara en el refugio por pedido mío, ya que no se merecía pasar el verano paseando cachorritos.
Por desgracia, mi pequeño momento de autosatisfacción atrae la atención de Nolan. Cuando levanta la vista y me ve por primera vez, su expresión se vuelve tormentosa.
–¿Hay algo gracioso?
–¿Además de tu cara?
–Un insulto ardiente –bufa él–. ¿Benton te lo enseñó cuando te ató al mástil y te prendió fuego?
Sus palabras borran el color de mi rostro y me aflojan las rodillas. Morgan cierra la puerta del casillero de un golpe, se acomoda los libros sobre la cadera y apoya la mano libre en mi espalda baja. Su Magia de Sangre fluye por mis venas y, aunque es imperceptible para los demás, adormece el dolor y el pánico que amenazan con consumirme por completo. Silencia los recuerdos antes de que puedan cobrar forma y deja solo humo a su paso.
–Vamos, Hannah. No vale la pena.
Dejo que me aleje de ahí, pero ni siquiera el poder que fluye en mi interior puede evitar que me tiemblen las manos. Estoy bien. Estoy a salvo. Me concentro en respirar: inhalo durante cinco pasos, exhalo durante diez. Benton está en prisión. Estoy bien. Para cuando llegamos a mi casillero, los dedos tienen la estabilidad suficiente para ingresar la combinación y guardar mis cosas.
–Ya puedes relajarte –le susurro a Morgan de camino a nuestros salones de clases, que están uno enfrente del otro. Ella ya no está tocándome, pero entiende lo que quiero decirle, porque su magia se disipa y deja que mis nervios alterados se disparen otra vez–. Gracias.
–¿Estás segura de que estarás bien? –Muestra una ligera sonrisa.
–Sí, lo prometo. –Retrocedo en dirección a mi salón, al tiempo que los últimos rezagados pasan entre nosotras–. ¿Te veo en tu casillero antes del almuerzo?
Ella asiente con la cabeza y luego entra a su clase con la última campanada. Yo hago lo mismo antes de que el sonido se apague y, de inmediato, todas las miradas están sobre mí. El silencio está cargado de expectativas. Exhibo una sonrisa forzada mientras recorro el pasillo en busca de un lugar cerca del fondo y voy sintiendo tensión en todo el cuerpo por la atención de mis compañeros. De todas formas, mantengo la espalda erguida y me recuerdo que debo respirar y que no tengo que sentir con demasiada intensidad. Escondo las manos temblorosas debajo del escritorio.
Estoy bien. Puedo hacer esto.
Si pude sobrevivir a los Cazadores de Brujas, puedo sobrevivir a la secundaria.
AL final de una semana corta de tres días, ya logré entrar en el ritmo de la escuela. Que no haya tenido un colapso nervioso épico redujo las miradas acechantes a vistazos curiosos, y las personas dejaron de quedarse en silencio cada vez que entro a una habitación.
El viernes, mientras que todos mis compañeros se preparan para pasar el primer fin de semana emborrachándose en la casa renovada de Nolan, yo llevo a Gemma a un lugar que no esperaba visitar este año: el Caldero Escurridizo.
Después de todo lo que pasó este verano, no pude volver al trabajo. Por mucho que me agradara mi jefa, Lauren, y la libertad de tener un salario, no podía cumplir con mi horario y combatir a los Cazadores de Brujas al mismo tiempo. Tenía que renunciar a algo. Pero en el almuerzo, cuando Gemma se quejó de que su madre no iba a poder llevarla al Caldero, en donde estudia Wicca con Lauren, vi una oportunidad que no podía desperdiciar.
Cal, mi excompañero y agente principiante del Consejo, trabaja ahí casi todos los viernes después de sus clases en la Estatal de Salem. Si logro convencerlo de que deben dejarme formar parte de la lucha, quizás él pueda persuadir a los demás. Mi madre no podrá detenerme si todo el Consejo quiere que me una. No podrá evitar que destruya a las personas que nos lastimaron; empezando por los padres de Benton. Los Hall han podido evitar ser capturados por la policía y por el Consejo, pero planeo estar ahí cuando los atrapen.
Presiono la piedra que Lauren me regaló después de la muerte de mi padre para intentar absorber su poder. No murió, fue asesinado, me corrige una voz en mi cabeza, mientras que algo helado repta por mis venas. Odio, quizás. Dolor.
Cuando llegamos al estacionamiento, Gemma está inquieta en su asiento.
–¿Estás segura de que no te molesta que haga esto? –Es la quinta vez que me lo pregunta desde que empezó a tomar lecciones durante el verano, pero su tono es más ansioso. Probablemente se deba a que es la primera vez que entraremos juntas a la tienda.
No le respondo al instante porque estoy concentrada en estacionar y, además, no estoy segura de cómo me siento con respecto a que estudie Wicca. No es asunto mío y me alegra que haya encontrado una religión con la que se sienta identificada, pero igual es… un poco raro.
–No me molesta –respondo por fin una vez que el automóvil está estacionado y ya no tengo excusas para retrasarlo.
–Bueno, no suenas muy convincente. –Gemma toma su bolso y baja conmigo–. Si te molesta, podría haber conseguido que alguien más me trajera.
–No era necesario. De verdad, no me molesta. –Recorremos aceras estrechas atestadas de turistas, que ya están buscando túnicas negras y sombreros de bruja aunque todavía faltan dos meses para Halloween. El sol todavía es tan intenso que me corre sudor por la espalda. Frente a la tienda, mientras tenemos que esperar a que cambie la luz del semáforo para cruzar, intento convencer a mi mejor amiga de que todo está bien otra vez–. Te juro que no estoy enojada, Gem. Es solo que tuve un dilema “iglesia-estado” con esta clase de cosas. Es extraño traerte aquí en lugar de al estudio de danzas.
Ella asiente y aparta la vista sin decir nada, por lo que me regaño internamente. Siempre se pone así cuando Morgan o yo mencionamos las clases de danzas. Antes del accidente, mi amiga vivía para bailar ballet, danza moderna y tap. Tenía una singular combinación entre talento innato y la motivación para trabajar más duro que cualquiera. Podría haber ingresado al conservatorio que quisiera, y su sueño de bailar en Broadway no estaba en discusión. Pero todo cambió cuando el guardarraíl atravesó la puerta del automóvil y le rompió la pierna. A pesar de que es joven y se esfuerza en fisioterapia, los médicos no le dieron muchas esperanzas de que vaya a recuperarse a tiempo para audicionar este año. Si es que alguna vez se recupera.
Antes de que pueda disculparme, la luz del semáforo cambia, así que seguimos a la multitud para cruzar la calle. Cuando empujo la puerta, el sonido familiar de las campanadas me hace sonreír mientras dejo que el aroma tranquilizador a lavanda me guíe por la tienda. Veo a Lauren detrás de la caja, en el mostrador que convirtió en una clase de altar. En el centro hay estatuillas de madera del Dios Astado y de la Triple Diosa con tallados hermosos, acompañadas por velones plateados y dorados encendidos junto a la deidad correspondiente. Incluso al otro lado de la tienda, puedo sentir cómo el calor de las pequeñas llamas acaricia mi piel. Intento ignorar las sensaciones, pero persisten hasta que no puedo bloquearlas más y, de repente, me encuentro en el bosque otra vez, con las piernas atadas a un mástil. No puedo moverme. No puedo respirar. El fuego presiona mi piel en busca de una forma de atravesar mi poder Elemental comprometido. Los pulmones se me llenan de humo, las lágrimas me nublan la visión al tiempo que la oscuridad me invade y…
–Hannah. –El susurro ansioso de Gemma me devuelve al presente y también siento sus dedos fuertes en la cintura–. ¿Estás bien?
–Sí. –Apenas logro responder; la palabra raspa como si fuera una roca arenosa sobre mi lengua. Me froto los ojos con las manos. Venir aquí fue un error. Necesito a Morgan; mis nervios están muy descontrolados y expuestos sin ella.
No. Meto los recuerdos dentro de una caja mental y la cierro con llave. Puedes con esto. Si quieres pelear, debes estar bien. Busca a Cal. La tensión desaparece de a poco, pero me mantengo alejada de las velas de todas formas.
Cuando Lauren se da vuelta, su rostro se enciende al vernos en la entrada.
–Hannah, no esperaba verte. –Se acerca llena de calidez y preocupación. Ella no es miembro de un Clan, pero, como Alta Sacerdotisa Wicca, tiene sus propios poderes. Son diferentes a los nuestros, menos dramáticos, pero reales. La clase de poderes que a Gem le emociona tanto dominar–. ¿Cómo estás?
–Bien. –Me encojo de hombros y, una vez más, toco la gargantilla sin pensarlo. La mirada de Lauren baja hacia la turmalina que me regaló y una sonrisa amarga se dibuja en sus labios.
–Te extrañamos. Sabes que serás bienvenida cuando quieras volver.
–Gracias –respondo sin comprometerme a nada. Me enterneció, pero no me imagino volviendo al trabajo mientras haya Cazadores que combatir.
–Ahora, Gemma –agrega ella para cambiar de tema–, ¿estás lista para hablar sobre la rueda del año?
Gemma me lanza una mirada antes de asentir, seguirla hacia la parte trasera de la tienda y desaparecer con ella en la sala de lectura. Suele usarse con los clientes de tarot, pero Lauren también la usa con sus estudiantes.
Una vez que desaparecen, voy a buscar a Cal. Lo encuentro del lado opuesto, con su camiseta anaranjada del Caldero, vaqueros oscuros y unas Converse blancas y negras. Se rasuró los costados de la cabeza desde la última vez que lo vi, pero sigue teniendo un jopo perfecto de cabello rubio. Está ocupado reponiendo las pociones y los ingredientes envasados a mano que Lauren bendijo, pero se detiene para darme un fuerte abrazo cuando me ve. Luego se aleja y noto las ojeras que resaltan en su piel pálida.
–¿Estás bien? –Apenas termino la pregunta, me hace estremecer porque sé mejor que nadie lo irritante que puede resultar.
–Estoy bien. ¿Por qué lo preguntas? –responde mientras toma otro paquete de hierbas que dice “para la prosperidad”.
–Luces como si no hubieras dormido en semanas. –Me ubico junto a él, levanto una bolsa negra brillante que promete protección suprema y paso un dedo sobre el pentáculo dorado estampado debajo de las palabras–. ¿Todo va bien con ya sabes qué?
No tuve muchas noticias del Consejo, pero sé que planean destruir la droga que me dejó temporalmente sin magia junto con todas las investigaciones que hayan hecho para conseguirla. De alguna manera.
Cal mira hacia atrás para asegurarse de que no haya nadie cerca que pueda escucharnos. Luego acomoda unas pociones para “abrir el ojo interior”, vuelve a cerciorarse y se acerca a mi oído.
–Sí. De hecho, habrá una redada esta noche.
–¿De verdad? ¿En dónde?
–Descubrimos donde fabrican la droga. En Boston, hay un equipo a cargo de infiltrarse y destruirla. –Una luz de esperanza atraviesa sus ojos, mientras que una mezcla confusa de emoción y desilusión fluye dentro de mí. Sé que era una esperanza irracional, pero quería participar en lo que fuera a ocurrir. Quería ser yo quien destruyera la droga que cambió mi vida por completo.
–¡Eso es fantástico! –El entusiasmo suena falso incluso para mí. Cal asiente, pero deja de sonreír.
–Archer y yo queríamos ir con ellos, pero nos ordenaron que siguiéramos vigilando a su aquelarre en caso de que hubiera un contraataque.
–¿Qué pasará cuando la droga desaparezca? –Una oleada de temor hace que me tiemblen los dedos. Busco otra bolsita negra, una que promete animar las cosas en la cama, y la aprieto para controlar el temblor–. ¿Hay algo que pueda hacer? –En mi mente, cruzo los dedos con la esperanza de no sonar tan desesperada como me siento. Pero Cal niega con la cabeza y acaba con mi idea de convencer al Consejo.
–Los Mayores aún están discutiendo qué hacer en la segunda fase –dice. Luego debe confundir mi pánico ante la mención de los Mayores por confusión, porque explica–: Destruir la droga es la fase uno. La fase dos es neutralizar a los Cazadores.
Asiento con la cabeza, aunque todavía estoy conmocionada por el recordatorio de que los Mayores están involucrados en esto. Son tres en el Consejo, uno por cada Clan, y tienen la última palabra en todos los asuntos mágicos. Nadie que no pertenezca al Consejo puede conocerlos, a excepción de que haya violado nuestra ley más sagrada: no revelar la magia ante un Reg.
Como yo hice con Gemma.
Me recorre un escalofrío cargado de miedo al recordar que la mayoría de las brujas que se enfrentan a ellos no salen con su magia intacta. Después de colgar la bolsa de hierbas benditas, me aclaro la garganta.
–¿Y cuál es el plan para más adelante? ¿Sabes qué opciones están considerando?
–Nada concreto. Se habló de encarcelamientos, de vaciamiento de recursos financieros, de algunos asesinatos estratégicos. –Hace una pausa cuando yo suelto un jadeo involuntario–. Intentan borrarnos de la Tierra, Hannah, no es como si pudiéramos invitarlos a tomar el té para tener una charla cordial.
Los músculos diminutos que rodean mis ojos se tensionan y percibo cómo mi expresión se vuelve dura. Se forman palabras punzantes en mi garganta, pero controlo la amargura lo mejor posible.
–Créeme, Cal, recuerdo muy bien lo que Benton me hizo. Sé que no escucharan nada de lo que les digamos. –Aún escucho la voz de Benton como si hubiese sido ayer. Me llamó “monstruo” y dijo que quería convertirme en una verdadera humana al arrancarme todo lo que me convertía en una Elemental. Luego, me maldijo por haber arruinado sus planes e intentó quemarme viva. Apoyada contra los estantes, suspiro–. Desearía que existiera un botón de reinicio que pudiéramos presionar para hacerlos desaparecer. O que pudiéramos regresar en el tiempo y evitar que descubrieran la magia en primer lugar.
–Pensaremos en algo, lo prometo –asegura él y me rodea por los hombros. Entonces, me apoyo en su abrazo y me insto a creer en él.
Mientras espero a que Gemma termine su clase, llega demasiada gente a la tienda como para que siga conversando con Cal, así que deambulo por los pasillos y acomodo velas a la espera de otra oportunidad. Tengo que ser más directa, ya que preguntar si el Consejo necesitaba ayuda no tuvo el efecto deseado. Sin embargo, para cuando mi amiga termina, aún no encontré el momento indicado.
Gemma emerge del salón privado de Lauren llena de energía, pero su sonrisa desaparece cuando me ve.
–¿Por qué tienes Cara de Veronica?
–No es así. –La fulmino con la mirada cuando unos turistas nos miran raro–. No existe la “Cara de Veronica”.
–Tienes el ceño fruncido –comienza, con una mano en alto para enumerar sus argumentos–. Estás enfurruñada y luces como si alguien hubiera pateado a un cachorro. Es tu clásica expresión post rompimiento. –Con eso, jadea ligeramente y se acerca con sus muletas–. No rompiste con Morgan, ¿o sí?
–Morgan y yo estamos bien –le aseguro. Aunque suene extraño, también estoy bien con Veronica por estos días. Después de todo lo que pasó con Benton este verano (que la haya secuestrado, que me haya atrapado cuando intentaba rescatarla y que ambas estuviéramos a punto de morir), decidimos darle un nuevo comienzo a nuestra amistad. Una amistad con la sabiduría de los errores que cometimos siendo novias, pero no definida por ellos. O, al menos, ese es el objetivo.
–Bueno, pero algo te pasa –insiste Gem–. Sabes que puedes confiar en mí.
–Lo sé, pero no podemos hablar aquí. –Los sentimientos encontrados de emoción y decepción vuelven a dispararse. Debería estar feliz por la redada de esta noche. Ninguna bruja tendría que pasar por lo que yo viví, pero me gustaría ser parte del operativo. Desearía poder ser yo quien destruya la droga que me robó la magia y me la devolvió rota.
La vergüenza renace en mi pecho al pensar en eso y usa mis costillas como parque de diversiones. La droga solo tuvo ese efecto en mí; la magia de Veronica reapareció en pocas semanas. No entiendo por qué la mía es casi imposible de alcanzar y, cuando logro esforzarme lo suficiente para percibir los elementos, es demasiado doloroso. No entiendo por qué tres de los elementos están tan lejos de mi alcance, mientras que el fuego más pequeño domina mi atención y penetra mi lucidez como si fuera un cable pelado sobre la piel desnuda.
–Hannah…
–Gemma… –Imito su tono de preocupación y solo logro que me mire con el ceño fruncido–. Hablaremos después, te lo prometo. ¿Estás lista para irnos?
–Quiero conseguir alguna amatista antes –responde, negando con la cabeza–. Lauren dice que puede ayudar a potenciar mis lecturas de tarot.
Miro en dirección a la caja, en donde Lauren exhibe la joyería de cristal hecha a mano. Las velas de las deidades arden sin cesar y me hacen vacilar.
–Si no te importa, te espero aquí. –Espero que no perciba el miedo que hace temblar mi voz. Pero mi mejor amiga me lanza una mirada curiosa, señal de que definitivamente sí lo notó.
–Volveré enseguida –promete.
A mis espaldas, tintinea la campana de la puerta, entonces volteo por reflejo a ver quién entró. Es un chico blanco que parece tener mi edad, de cabello castaño y lacio, y ojos color avellana detrás de unas gafas de montura gruesa. No es la clase de chico que espero ver entrar a un lugar así; usa pantalones color caqui y una camiseta tipo polo color café. Recorre el lugar con la mirada, y algo destella en sus ojos cuando me ve. Luego saca su teléfono móvil, toca la pantalla y vuelve a fijar la vista en mí.
El estómago se me retuerce de los nervios.
Cal aparece desde otro pasillo y se acerca al chico de cabello castaño.
–¿Puedo ayudarte?
–En realidad… –Él ni siquiera mira a Cal porque está demasiado ocupado pasando la vista de su teléfono a mí–. Creo que ya encontré lo que buscaba. –Otro cliente llama a Cal y, una vez que está ocupado, el visitante cubre la brecha que lo separaba de mí–. Eres Hannah Walsh, ¿cierto?
–Lo siento, te equivocas de chica. –Oír mi nombre en sus labios me pone tensa, así que lo esquivo en dirección al pasillo de libros. Al diablo con las historias nuevas: Seguro está mirando una fotografía en los artículos de Internet. Me pregunto qué periódico o aspirante a bloguero de investigación difundió que yo trabajo aquí.
Que solía trabajar aquí.
El chico de cabello castaño aparece por el otro extremo del corredor, con una sonrisa despreocupada en los labios. Tiene una postura abierta y relajada, como si estuviera acostumbrado a salirse con la suya.
–Entonces, No Hannah, asumo que no te interesa saber que los abogados de Benton Hall planean alegar defensa propia. –Hace una pausa. Sus palabras son como hielo en mis venas–. Si no eres tú, supongo que no te importa que planeen exponer todos los aspectos de la vida privada de Hannah. Es posible que incluso llamen a su nueva novia para testificar.
–¿Qué quieres de mí? –Giro hacia él–. ¿Cómo sabes sobre ella?
–Soy reportero –dice y se encoge de hombros–. Saber cosas es mi trabajo. –Sigue jugando con su teléfono–. De hecho, me sorprende verte aquí. Creí que habías renunciado.
–Si eso creías, ¿qué haces aquí? ¿Siquiera tienes edad para ser reportero?
–No existe un límite de edad para el talento. Además, todo buen reportero conoce el valor de la investigación. Esperaba poder conversar con tus excompañeros, pero, ya que estás aquí… –Abre una aplicación para grabar voz en su teléfono y lo apunta hacia mí–. ¿Quieres hacer una declaración? Puedes adelantarte a la noticia y humanizar tu imagen antes de que te tilden como la verdadera villana.
Esas palabras me dejan la garganta seca. No puedo descifrar a este chico, no sé si quiere ayudarme o pintarme como la villana él mismo. Hay algo en él que me pone en alerta. Tiene una mirada demasiado atenta, como si intentara armar un rompecabezas difícil en lugar de hablar con una persona real.
Un temblor me sacude los huesos.
–Vamos, Hannah. –El joven reportero sonríe con soberbia mientras se apoya en una estantería–. ¿No quieres contar tu lado de la historia? Todo el mundo quiere saber lo que en verdad eres.
–¿Qué dijiste? –Mi mirada se dispara hacia él.
–Bueno, está bien. Quizá no sea todo el mundo, pero mis lectores quieren saber lo que te pasó. –Me acerca su teléfono–. ¿Tienes alguna declaración? Tal vez podamos hacer una cita con tu nueva novia. Morgan, ¿no?
Niego con la cabeza porque eso no fue lo que dijo. ¿Quieres saber qué soy? Una bruja. Una Elemental rota, de duelo porque ya ni siquiera puede mantener su agua fría, pienso.
–Me enfureces. Estoy cansada de los buitres como tú que intentan usar mi historia para tener visitas en sus estúpidos blogs.
–No es un blog.
–Sal de aquí.
–Ya no trabajas aquí. –Su voz es baja, pero se arremolina por mi columna, cargada de violencia. Luego se endereza para mirarme desde arriba–. No puedes echarme.
–Entonces apártate de mi camino. –Lo esquivo, pero me sujeta de la muñeca para evitar que salga. Doy la vuelta al tiempo que una furia teñida de pánico asciende hacia mi garganta–. Déjame ir.
–¿O qué harás? –Aprieta más fuerte y retuerce mi brazo. Chillo.
–¿Qué demonios está pasando? –La voz de Gemma resuena entre los dos, que nos damos vuelta y la vemos al final del pasillo. Debe notar el miedo en mi rostro, porque grita llamando a Lauren. En ese momento, el chico suelta una sarta de improperios y me empuja lejos de él.
–Esto no se terminó –afirma mientras se guarda el teléfono en el bolsillo de los pantalones caqui–. No está ni cerca de terminar. –La furia de su expresión es tan grande que me deja sin aliento. Me mira como…
Como lo hacía Benton. Como si fuera un monstruo.
Lo veo alejarse, confundida y desorientada por toda la situación. Estoy segura de que es uno de los fanáticos de Benton de Internet, a los que Gemma siempre me advierte que debo evitar. Cuando Lauren llega, él ya no está. Ella revisa el corredor y nos mira a ambas.
–¿Todo está bien? –pregunta.
–Sí –respondo mientras me froto la muñeca–. Estoy bien. Solo fue un reportero demasiado entusiasta –miento. Ahora que se fue, no hay necesidad de hacer que Gemma se preocupe.
–Deben saber que no está bien acosar a una menor –protesta Lauren–. Los he echado de aquí por semanas. Lo siento.
–Está bien. –Dudo que él fuera de algún medio legítimo, pero sonrío de todas formas–. Pero debería irme.
–Claro. –Ella me ofrece un abrazo, que acepto, y disfruto de su calidez. Me sorprende lo mucho que extrañé su presencia tranquila y terrenal. Gemma me observa con detenimiento, pero no dice nada mientras estamos en la tienda. Antes de salir, saludo a Cal en la caja.
–¡Cuéntame cómo resulta esta noche!
Él responde con un pulgar en alto, pero vuelve al trabajo de inmediato. Tal vez pueda enviarle un mensaje mañana después de la redada. Si logran destruir la droga, podré pedirle que abogue por mí en el Consejo. Tiene que haber algo que pueda hacer para pelear.
Afuera, Gemma guarda silencio hasta que estamos encerradas en el automóvil de mi padre, lejos de los turistas cercanos.
–¿Qué demonios fue todo eso?
–Nada más que otro reportero obsesionado con el peor momento de mi vida –digo, a pesar de que estoy segura de que había algo fuera de lugar en ese chico. Si no es parte del Club de fans de Benton, debía tener algún plan.
Enciendo el automóvil y me hundo en el cuero suave y tibio. El aire acondicionado hace que el aromatizante preferido de mi padre (de pino y lluvia fresca) vuele hasta mi rostro, y la esencia me hace volver en el tiempo. A mi padre llevándonos a Veronica y a mí al centro comercial antes de que tuviéramos vehículos propios. A la primera charla sobre sexo, con los resultados de Google a la búsqueda “sexo seguro entre lesbianas” abiertos en la pantalla como ayuda memoria.
El recuerdo me provoca una sonrisa, a pesar de que fue mortificante en su momento.
–¿Estás segura de que estás bien?
–Comenzaré a cobrarte un dólar por cada vez que me preguntas eso. Estoy bien, Gem. Un chico idiota con una grabadora es el menor de mis problemas. –Arranco y voy camino a la casa de mi amiga. Al pasar junto al cementerio, el corazón se me retuerce y debo resistir el dolor que amenaza con nublarme la vista. Resuena un coro que grita “no es justo, no es justo, no es justo”, en mi mente, pero no puedo dejar que los pensamientos me dominen. No puedo permitirme extrañarlo porque eso me derrumbaría por completo.
Gemma me toma la mano y la presiona sin decir nada. No tiene que hacerlo, así que solo la correspondo y contengo las lágrimas. Pero después de dejarla en su casa, ya no puedo evitar llorar. El mundo está borroso y, al llegar a mi destino, me siento perdida.
Este lugar no es mi hogar. Mi casa fue otra víctima del reinado del terror de Benton en contra de mi aquelarre; sus padres Cazadores la incendiaron. Ese día, perdí a mi padre y todo lo que él había tocado alguna vez. La mecedora en la que solía leerme historias; mis dibujos infantiles que tenía pegados por toda la oficina; el grimorio familiar con su caligrafía intrincada y apretada. Todo se ha ido y nunca regresará.
Al día siguiente, tengo mi primera reunión preparatoria con la jefa de mi padre, la fiscal de distrito Natalie Flores, que volvió de su licencia por maternidad y está a cargo del caso contra Benton. El juicio de fin de mes es inminente (en veinticuatrodías), así que no podemos retrasar más los preparativos.
La fiscal Flores me entrena para el interrogatorio haciendo preguntas sobre Benton y los eventos que llevaron a mi captura. Es difícil pronunciar las palabras, y vivir con recuerdos dolorosos que se apoderan de mi memoria con cada pregunta, mucho más.
“Veronica y tú no recibieron tratamiento por quemaduras. ¿De verdad Benton comenzó un incendio en el bosque?”.
“¿Por qué fuiste a la casa de Benton esa noche?”.
“¿Sabías que era él contra quien habías luchado en la casa de Veronica más temprano ese verano?”.
Y así siguió. Cuando el interrogatorio termina, siento llamas fantasmas que acarician mi piel y que mi interior está totalmente retorcido.
–¿Supieron algo sobre la búsqueda de los padres del chico? –pregunta mi madre antes de que nos vayamos.
–La policía está siguiendo todas las pistas –asegura la fiscal, pero mi madre y yo hemos pasado suficientes años escuchando a mi padre como para saber que eso significa que no tienen nada.
En el automóvil, mi madre intenta tomarme la mano, pero me retraigo sin pensarlo.
–Perdón –me disculpo y me abrazo a mí misma–. Eso fue… demasiado, mamá. –Vuelvo a estremecerme por los recuerdos: las manos de Benton cerradas sobre mis brazos mientras me arrastraba hacia la hoguera. La fuerza con la que me cargó sobre su hombro cuando intenté detenerlo.
–Lo sé, Han. –La temperatura del automóvil desciende un poco. Mi madre enciende el motor y se mezcla en el tráfico–. Desearía saber cómo mejorar la situación o cómo evitar que tengas que hacer esto. –Nos detenemos en el semáforo y me mira–. ¿Helado?
–Podría comer helado. –Una sonrisa curva mis labios. Ella enciende las balizas para parar en nuestro puesto de helados preferidos, uno de los pocos que sigue abierto después del Día del Trabajo–. ¿Puede venir Morgan después?
Al principio, no responde nada. Todavía no superó el hecho de que mi novia sea una Bruja de Sangre, a pesar de la campaña #notodaslasBrujasdeSangre que difundo en casa. No le dijo nada incómodo a Morgan al respecto y las reglas siguen siendo las mismas que cuando salía con Veronica, pero aún percibo un rastro de miedo y de dudas siempre que la llevo a casa. Parte de mí quiere creer que son sus tendencias de madre sobreprotectora que se potenciaron después de lo que pasó en verano, pero otra parte de mí sabe las mismas historias de terror sobre Brujas de Sangre que ella. Esa parte sabe que esas creencias no desaparecen sin trabajo duro. Sin embargo, luego me sonríe con alegría.
–¡Por supuesto! Puede quedarse a cenar si quieres.
Antes de que termine de hablar, ya le estoy escribiendo un mensaje a Morgan, que no responde hasta que terminamos el helado; menta con chispas de chocolate para mí, chocolate moka para mi madre.
MH: ¡Perdón! Recién llego de danzas.
MH: ¿Cómo estuvo la reunión?
HW: Bien…
Tres puntos suspensivos aparecen y desaparecen varias veces de la pantalla. Antes de que llegue una respuesta, mi madre ya está subiendo a la entrada de casa.
MH: En un rato estaré ahí.
Ya aprendí que un rato de Morgan puede durar entre cinco minutos y una hora, así que empiezo a limpiar mi habitación frenéticamente; arrojo la ropa sucia dentro del armario y armo la cama. Por un momento, considero llevar la ropa a la lavadora, pero suena el timbre. Un revuelo de nervios me cosquillea por toda la piel de camino a la entrada.
–Quédense en la sala –grita mi madre desde la cocina–. ¡Nada de puertas cerradas!
–¿Por qué no lo dijiste antes de que limpiara mi habitación en un ataque de pánico? –replico.
–¡Eso es bueno para ti!
Bufo y miro mi reflejo en el espejo del corredor. No sé por qué me molesto: soy un desastre. Morgan vuelve a tocar el timbre, así que le abro de una vez. El primer vistazo que tengo de ella me deja sin aliento y casi me provoca envidia: viste un par de vaqueros de tiro alto y un suéter gris holgado. Todavía tiene el cabello pelirrojo húmedo por la ducha, recogido en un rodete descuidado sobre la cabeza. Todo en ella es confortable de todas las formas en que lo necesito ahora. Sus mejillas se tornan rosadas cuando me mira desde el porche. El pequeño escalón de la entrada me hace unos centímetros más alta que ella, por lo que me mira hacia arriba a través de las pestañas.
–Tu corazón está acelerado –dice con voz suave.
–¿Sí? –No lo había notado, pero ahora siento que se acelera aún más. Mis mejillas se acaloran por la vergüenza hasta que estoy segura de que combinan con las suyas–. ¿Qué te puedo decir? –susurro en un intento de sonar indiferente, pero fallo por completo–. Verte le provoca cosas locas a mi corazón. –Me estremezco apenas pronuncio esas palabras. Salir con ella me volvió mucho más cursi de lo que fui con Veronica, pero a ella no parece molestarle. La comisura derecha de sus labios se eleva cuando exhibe una bolsa pequeña, cuyo contenido tintinea.
–Creí que te vendría bien un día de spa.
–Eres increíble. –Le doy un beso fugaz en la mejilla antes de guiarla hacia la sala. Empezamos por las mascarillas faciales que trajo y, una vez que se secan, nos tomamos fotografías y vemos quién puede poner la expresión más tonta limitadas por la arcilla seca. Después, publico las mejores en Instagram–. Es una lástima que no pueda etiquetarte.
Sus padres la obligaron a eliminar todas sus redes sociales después de lo que sucedió con Riley, su exnovio que resultó ser un Cazador de Brujas. Él fue la razón por la que se mudaron de Minnesota a Salem.
–Vamos a lavarnos antes de que el rostro se nos convierta en piedra. –Se levanta y me ofrece una mano.
Pasamos el resto de la tarde viendo películas mientras nos pintamos las uñas mutuamente. Yo le dibujo florcitas y le cuento todo sobre mi reunión con Natalie Flores. Ella pregunta si Veronica va a testificar, entonces debo admitir que no estoy muy segura. No creo que tenga opción, así que la fiscal debe estar haciendo videollamadas con ella para prepararla, dado que se fue a la Universidad de Ítaca en agosto. Luego, mientras ella pinta las mías de un azul claro brillante, le cuento sobre la redada que debía llevarse a cabo anoche y que la droga de los Cazadores, la que puede eliminar la magia de una bruja de forma temporal, ya tendría que estar destruida.
Le envío un mensaje a Cal para preguntarle al respecto, pero para cuando la película termina, todavía no recibí respuesta. Ya que mi madre desapareció en su habitación para calificar trabajos prácticos, pongo las noticias en la televisión. Por su parte, Morgan hace que me siente en el suelo delante de ella para poder trenzarme el cabello. Mientras lo hace, su Magia de Sangre fluye por mis venas, liberando la tensión residual que dejó mi reunión con la fiscal Flores. Pero hace más que eso: me tranquiliza, me pone los pies sobre la Tierra. Siento el aire en los dedos, que se arremolina y danza sin esfuerzo ni dolor.
El alivio por poco me hace llorar.
–¿Puedo preguntarte algo? –pregunto al tiempo que coloca una banda elástica al final de la trenza.
–¿Sobre qué? –Vuelve a reclinarse sobre los almohadones al terminar el trabajo.
