Estética de la literatura - Massimo Fusillo - E-Book

Estética de la literatura E-Book

Massimo Fusillo

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Beschreibung

Una vez anulada la diferencia jerárquica entre alta y baja cultura, la dimensión estética se ha extendido a todos los aspectos y rincones del mundo contemporáneo (política, vida cotidiana, publicidad, objetos, urbanismo, cuidado del cuerpo, videojuegos, computer graphics, etc.), característica que coexiste con la homologación y el anonimato de periferias y no-lugares, herederos perversos de un ocaso de la belleza que se remonta a la época romántica. Por supuesto, con frecuencia se trata de una belleza velada y estandarizada, producida directamente por exigencias comerciales; pero es un fenómeno en absoluto fácil de analizar y valorar: según de qué punto de vista se trate puede interpretarse como progreso, como pesadilla o como perversa banalización del programa vanguardista, el cual pretendía sacar el arte de los museos para extender su alcance a todos los ámbitos de lo vivido. El autor aborda las problemáticas y cada vez más estrechas relaciones entre la estética y la literatura en dos perspectivas fundamentales: los diferentes momentos y las diversas tendencias de la estética literaria, es la primera; las ideas de los escritores, el papel desempeñado por las instituciones, la configuración de los términos claves (hacia un "mapa de palabras clave", escribe Fusillo), la segunda.

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Veröffentlichungsjahr: 2015

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Estética de la literatura

Traducción de

Francisco Campillo

www.machadolibros.com

Aun siendo una disciplina relativamente reciente, la estética hunde sus raíces en los orígenes de la cultura occidental. A la cultura griega debe su originario significado etimológico: aisthesis, sensación. Como todas las disciplinas, tiene un lenguaje con significación específica, aunque aparentemente no sea así. Esa supuesta no especificidad de su lenguaje pone al lector «ingenuo» en peligro de ser arrastrado a terrenos pantanosos, muy alejados del camino real.

La colección Léxico de estética, dirigida por Remo Bodei, se compone de una serie de volúmenes, no muy extensos, escritos con lucidez y rigor, dirigidos a un público culto aunque no especializado. Los distintos textos, que tienen su propia fisonomía autónoma, por lo que se pueden considerar como monografías independientes, proponen la reconstrucción por sectores del mapa de ese vasto territorio que ha recibido el nombre de «estética».

La colección se articula en tres secciones: Palabras clave, El sistema de las artes y Momentos de la historia de la estética. La primera aborda, desde una perspectiva teórica e histórica, los conceptos fundamentales que utilizamos para comprender los fenómenos estéticos o para valorar obras de arte, productos manufacturados o de la naturaleza (lo bello, el gusto, lo trágico, lo sublime, por ejemplo). La segunda está dedicada a la estética aplicada a los campos considerados más importantes, como la pintura, la arquitectura, el cine y los objetos de la vida cotidiana. Finalmente la tercera examina la disciplina en su desarrollo histórico, sobre la base de los distintos planteamientos teóricos específicos y de las prácticas artísticas concretas, desde el mundo antiguo hasta la Época Contemporánea.

Fruto del trabajo de los principales especialistas en la materia, italianos y de otros países, todos los volúmenes, aun en la especificidad y diversidad de cada sección, autor y asunto de cada uno de ellos, tienen en común la amplitud de perspectiva y el lenguaje sencillo, una bibliografía comentada que orienta hacia otras lecturas más concretas y especializadas y, finalmente, sus dimensiones contenidas, aun cuando se ocupen de asuntos vastos y complejos.

La colección se constituye de la siguiente forma:

PRIMERA SECCIÓN: PALABRAS CLAVE

Títulos publicados

Remo Bodei

La forma de lo bello

Valeriano Bozal

El gusto

Maurizio Ferraris

La imaginación

Remo Ceserani

Lo fantástico

C. d’Angeli-G. Paduano

Lo cómico

Baldine Saint Girons

Lo sublime

De próxima aparición

Trágico/tragedia El genio

SEGUNDA SECCIÓN: EL SISTEMA DE LAS ARTES

Títulos publicados

Enrico Fubini

Estética de la música

Roberto Masiero

Estética de la arquitectura

Mario Pezzella

Estética del cine

Ernesto L. Francalanci

Estética de los objetos

Andrea Pinotti

Estética de la pintura

Massimo Fusillo

Estética de la literatura

De próxima aparición

La estética, las artes y las técnicas

TERCERA SECCIÓN: MOMENTOS DE LA HISTORIA DE LA ESTÉTICA

Títulos publicados

Paolo D’Angelo

La estética del romanticismo

Elio Franzini

La estética del siglo XVIII

Mario Perniola

La estética del siglo veinte

Federico Vercellone

La estética del siglo XIX

Giovanni Lombardo

La estética antigua

Patricia Castelli

La estética del Renacimiento

De próxima aparición

La estética Medieval

Massimo Fusillo

Estética de la literatura

La balsa de la Medusa, 187

Colección dirigida por

Valeriano Bozal

Léxico de estética

Serie dirigida por Remo Bodei

Título original: Estetica della letteratura

© 2009, Società editrice il Mulino, Bologna

© de la traducción, Francisco Campillo, 2012

© de la presente edición,

Machado Grupo de Distribución, S.L.

C/ Labradores, 5. Parque Empresarial Prado del Espino

28660 Boadilla del Monte (Madrid)

[email protected]

www.machadolibros.com

ISBN: 978-84-9114-055-9

Índice

Introducción. Una estética plural

Primera parte. Momentos y tendencias de la estética literaria

I. La estética antes de la estética

II. La revolución romántica y sus consecuencias

III. Más allá de la modernidad

Segunda parte. Teoría en práctica

IV. Territorios, instituciones, efectos. La estética implícita de los escritores

V. Mapa de palabras clave. Hacia un léxico de la estética (literaria) contemporánea

Bibliografía

Introducción Una estética plural

En las últimas décadas estética y literatura parecían dos conceptos abocados a una clara decadencia (no es casualidad que dos libros recientes sentencien su adiós1). En 1983 el crítico de arte Hal Foster editó un volumen colectivo de ensayos que alcanzaba un notorio eco y en el que lo Postmoderno se proponía como una antiestética2 : declaraba el desplome definitivo de la mayor utopía estética del siglo veinte, la del arte como subversión a cargo de las Vanguardias históricas, tal y como lo interpretara Adorno; consideraba el gusto subjetivo como algo ya banalizado por la cultura de masas y sentenciaba la disolución de toda idea de universalidad como consecuencia de la pluralidad de las culturas. En el fondo, pretendía rubricar el final del proyecto modernista, descendiente directo de la Ilustración, que había entendido lo estético como una región autónoma, capaz de crear mundos intersubjetivos y totalidades simbólicas. A ello oponían el programa de un análisis político de cualquier forma de representación. Y es que la estética era considerada fundamentalmente como una ideología, es decir, un proyecto ilusorio que correspondía a exigencias sociales y antropológicas básicas, pero del que quedaba al descubierto su matriz política, tal y como sostiene el pensador marxista Terry Eagleton3. Desde el punto de vista de la literatura, los Cultural Studies desafiaban cualquier especificidad del fenómeno literario, y lo leían de la mano de todas las demás formas de discurso social, en cuanto medio para construir identidades y roles. Incluso en el argot oficial del mundo universitario «cultura» se convertía en una palabra clave tal, que ocupaba el lugar de la literatura. Se trataba de una reacción terapéutica frente a los excesos del Formalismo estructuralista, tan obsesionado por la búsqueda de la literariedad, una suerte de propiedad universal que diferenciaría a la literatura de cualquier otro lenguaje; de una reacción que, a su vez, alcanzaba cierto grado de exceso, pero que, en cualquier caso, ensanchó en no poca medida el ámbito de acción de la crítica literaria.

Sin embargo, desde hace poco tiempo se han venido detectando ciertos signos de una actitud de respuesta: no se trata de volver atrás como si nada hubiera sucedido, sino de replantear las relaciones; se ha advertido que el ataque culturalista contra la estética provenía de su absolutización (precisamente a cargo de quienes propugnaban la historización de todos sus conceptos…) en cuanto teoría de lo bello, olvidando así los innumerables cambios que este campo de estudio ha conocido en los últimos tiempos. Es un ámbito que no puede verse reducido a la valoración crítica de lo bello artístico, puesto que la función estética se ha configurado progresivamente como una actitud que está presente siempre y cada vez que contemplamos un objeto con una mirada noreferencial (por ejemplo, un plano del metro desvinculado de su uso práctico)4. Ha nacido de este modo una estética plural y multicultural, la cual considera los juicios estéticos como fenómenos fuertemente condicionados por presupuestos ideológicos (en continuidad, por tanto, con los Cultural Studies); pero que entiende, en cualquier caso, la actividad estética como la respuesta a unas necesidades cognitivas primarias: tanto más importante e insustituible cuanto más nos empuja a salir de nuestro contexto. Para decirlo con el eslogan que adopta el editor de otro ensayo colectivo: «Beauty is back»5.

De todos modos, el problema no tenía que ver únicamente con la orientación prevalentemente política exhibida en los últimos tiempos por la teoría literaria: hacía y hace referencia, sobre todo, a la praxis artística. ¿Qué papel desempeña el arte en una época como la nuestra, de estetización omnipresente, de «epidemia de lo imaginario», como la ha definido Slavoj Žižeck?6 Una vez anulada la diferencia jerárquica entre alta y baja cultura, la dimensión estética se ha extendido a todos los aspectos y rincones del mundo contemporáneo (política, vida cotidiana, publicidad, objetos, urbanismo, cuidado del cuerpo, videojuegos, computer graphics, etc.), característica que coexiste con la homologación y el anonimato de periferias y no-lugares, herederos perversos de un ocaso de la belleza que se remonta a la época romántica. Por supuesto, con frecuencia se trata de una belleza velada y estandarizada, producida directamente por exigencias comerciales; pero es un fenómeno en absoluto fácil de analizar y valorar: según de qué punto de vista se trate puede interpretarse como progreso, como pesadilla o como perversa banalización del programa vanguardista, el cual pretendía sacar el arte de los museos para extender su alcance a todos los ámbitos de lo vivido7. En cualquier caso, precisamente como reacción a esta estetización, el arte contemporáneo ha adoptado diversas estrategias aparentemente «antiestéticas»: la recuperación de materiales arcaicos y antifuncionales en el Arte povera; el encuentro directo con el paisaje natural propio del Land Art y, más recientemente, por un lado, la intervención decididamente política del arte poscolonial, feminista y gay; por otro, el sensacionalismo de los nuevos artistas ingleses, que intentan despertar la apatía perceptiva del espectador moderno, demasiado estimulado y, por tanto, en el fondo, anestesiado*. Se trata, desde luego, de fenómenos de muy diversa índole, que en parte se enfrentan a la institución estética contraponiéndole un nuevo compromiso ético (Less Aesthetics More Ethics, rezaba el título programático de una bienal de arquitectura en Venecia hace algunos años), y en parte, por el contrario, extienden su ámbito de acción: gracias a Jannis Kounellis, un hierro oxidado se vuelve en objeto de percepción estética, como lo son, en el fondo, si bien con sus correspondientes diferencias, los animales en formol de Damien Hirst (eco, por otra parte, de aquella estética de lo feo y lo horrible teorizada y practicada en su tiempo por el Romanticismo). También el teatro ha experimentado procesos similares: una vez se dieron cuenta de la facilidad con la que era asimilado por los mass media, los autores que experimentaban con técnicas multimedia (Martone, Tiezzi, Barberio Corsetti, todos ellos en Italia) se orientaron hacia una dramaturgia arcaica y pobre, mientras, en paralelo, también se abrían paso reacciones opuestas: el extremismo trágico de Sarah Kane, o lo grotesco, deliberadamente repugnante, de las producciones de Frank Castorf8.

Estamos, por tanto, ante fenómenos muy distintos, pero que parecen responder en el fondo a la misma pregunta: ¿qué hacer con la estética en una época en la que todo se convierte en estética? Y una paradoja similar se le plantea a la literatura: por un lado, categorías tan literarias como la ficción, la narración, el mito o la retórica se han hecho omnipresentes, expandiéndose hacia ámbitos diversos e insospechados, como las ciencias naturales, la paleontología, la geología, la antropología; por otro, la literatura (y aún más la crítica literaria) pierde progresivamente hegemonía, visibilidad, enraizamiento social. En cualquier caso, personalmente, no creo que la literatura esté en peligro, tal y como dice temer uno de los grandes maestros en un poco feliz pamphlet por él escrito9, y tal y como repiten incansablemente tantos y tantos intelectuales apocalípticos, que defienden hasta la extenuación la tradición humanística frente a los presuntos ataques de los media, tanto viejos como nuevos, desde la televisión a Internet. Ante un imaginario cada vez más polimórfico no tiene sentido obstinarse en defender la superioridad del libro (que considerado en sí mismo es un mero instrumento comunicativo, no superior al vídeo o a la película) o en preservar la pureza de la escritura. Desde siempre la literatura ha explorado los límites de lo virtual, y mucho antes que éste se convirtiera en tecnología dominante10 : hay mucho que dar y mucho que recibir, por tanto, de la contaminación con otros nuevos lenguajes; tiene todas las condiciones necesarias para aceptar el desafío de lo contemporáneo y convertirse en una valiosísima experiencia que permita leer el mundo a través de múltiples perspectivas, identificándose con las pasiones y los lenguajes de personajes a menudo muy lejanos de nuestro universo cotidiano.

En realidad, estética y literatura obtienen su fuerza precisamente de ser ambas nociones temporales e inestables, que han sufrido continuas transformaciones. En los dos casos, pero especialmente en el primero, se plantea sobre todo una cuestión de génesis: en cuanto concepto y disciplina autónoma, la estética nace en el s. XVIII, que es el siglo de la Ilustración y de la creación de los primeros museos (las «bellas artes» de las que hablara Batteux), y éste es un dato incontrovertible. Alexander Baumgarten acuñó en 1735 la palabra «estética», con la que designaba la ciencia dedicada al conocimiento sensible, no limitada, por tanto, sólo al arte y a la belleza, sino extendida a todo género de experiencias no conceptualizables (aunque no por ello irracionales: el placer, el lenguaje, la emoción)11. Baumgarten abría así las puertas al filósofo que obviamente habría de dar mayor empuje a este ámbito de estudio, Kant (aunque no debemos olvidar las fundamentales aportaciones de Vico): con su Crítica del juicio la experiencia estética se define como placer sin interés, finalidad sin objetivo; se convierte en experiencia individual de una libertad que busca, sin embargo, ser compartida y hacerse universal: aun careciendo de demostraciones, puede llevarnos hacia el sentido último de nuestra existencia, hacia una forma completamente peculiar de verdad.

Aquí llegados, el problema que se plantea es si, por una parte, considerar la estética como una ciencia sólo moderna, desarrollada a partir de estos presupuestos o, por el contrario, un campo de estudio que ha existido siempre, aunque sólo encontrara en el s. XVIII su denominación (una cuestión similar se plantea también para la novela, que habría «nacido» en la misma época). Como sucede con frecuencia, se trata de un falso dilema: el siglo XVIII supuso un giro fundamental, que configuró y construyó una estética filosófica, pero ello no es óbice para que en otras épocas se plantearan y se puedan encontrar reflexiones sobre temas similares, a menudo escondidas en los pliegues del hacer artístico12. Puede sonar extraño, pero tampoco el concepto unificado de literatura con el que contamos hoy ha existido siempre: en la antigüedad, por ejemplo, era fundamentalmente o más restringido o mucho más amplio. Así, por un lado, los teóricos antiguos hablaban de poesía, no de literatura, circunscribiendo de este modo su campo de aplicación a las obras en verso; por otro, consideraban retóricas o literarias formas de escritura que para nosotros hoy no lo son o lo son sólo en parte, como la ciencia, la medicina, la filosofía, la oratoria o la historiografía. Puede vislumbrarse, de modo totalmente implícito, una idea unitaria de literatura en la Poética de Aristóteles (quien no por casualidad será el punto de inicio de nuestra investigación), idea proveniente del papel central de la ficción, pero planteada sólo en estado potencial. En la Edad Media será la comunicación prevalentemente oral de las obras lo que dé origen a una idea del texto literario más fluida y performativa que la nuestra. El Humanismo, la Ilustración, el Romanticismo, el Simbolismo y el Modernismo serán las etapas principales que conformarán la noción moderna y occidental de literatura, la cual asumirá, en cualquier caso, formas distintas en relación con cada contexto13.

Obviamente, la intersección entre dos nociones tan problemáticas como estética y literatura resulta a su vez igualmente problemática. Recientemente, Alain Badiou ha introducido el término, quizá un tanto provocador, de «inestética», para hablar de una filosofía que, aun consciente del valor de verdad del arte, no la reutiliza como objeto de reflexión, sino que describe sus efectos superando las concepciones didáctica, romántica o clásica que han animado durante siglos la relación entre ambos mundos. Para la primera de esas concepciones (de Platón en adelante) el arte tendría valor sólo en tanto preparación a la filosofía; para la segunda sería, en cambio, encarnación de una verdad religiosa profunda e inefable; por último, para la tercera (a partir de Aristóteles) tendría un valor no cognitivo, sino terapéutico y catártico. Se trata de tres perspectivas de larga vida, que persisten también en el siglo veinte con Brecht, Heidegger y Freud, respectivamente14. Francamente, no podemos decir hasta qué punto ha llegado el intento de Badiou; sin duda, habría mucho que discutir y reflexionar sobre esta triple articulación. Sin embargo, no hay duda de que el uso instrumental del arte, del cine, de la literatura, de la poesía, por parte de los filósofos puede percibirse como una cuestión verdaderamente espinosa.

A ello cabe añadir la cuestión referente a las fronteras con áreas afines, como la teoría de la literatura y la crítica literaria. La segunda tiene un carácter decididamente militante, y se hace reflexión estética sólo de vez en cuando, sobre todo en las formas híbridas propias del ensayo15. La relación con la primera es más delicada: en cuanto disciplina autónoma, la teoría de la literatura tiene una fecha de nacimiento muy reciente, el siglo que acaba de terminar, sin duda alguna. De la aspiración a hacer de ella una ciencia, primero con los formalistas rusos y después con el New Criticism americano y el Estructuralismo, que implica un divorcio de la estética, en tanto va a la búsqueda de propiedades lógicas y de análisis totalmente objetivo, puede afirmarse sustancialmente su fracaso, si bien nos ha proporcionado magníficos instrumentos de análisis. Precisamente por ello el intercambio entre los dos campos puede ser, en el estado actual de la cuestión, muy proficuo, también porque la teoría de la literatura (como la literatura comparada) no puede olvidar la mediación y las relaciones con la otras artes de las que, inevitablemente, han de ocuparse los teóricos de la estética. El proyecto de una estética comparada se presenta de nuevo fascinante, en el momento en que retorna en formas nuevas la utopía wagneriana de una obra de arte total, sin hegemonía alguna de lo literario y verbal, al tiempo que la praxis privilegia cada vez más la sinestesia, la hibridación, la fusión.

Estas consideraciones sobre el carácter problemático de las dos nociones y de su intersección no pretenden deconstruir nuestro objeto de estudio, sino sólo mostrar su complejidad. La estética de la literatura existe, sin duda; tiene una larga historia y (creo) un porvenir seguro. Para afrontarla en un espacio tan limitado como el de un libro que pretende y debe ser ágil, hemos seguido tres caminos. En primer lugar, un panorama histórico de las distintas teorías, muy selectivo, ya que no podríamos recorrer la historia entera de la estética (que, por supuesto, siempre se ha preocupado de la literatura)16. Hemos escogido por ello algunos instantes y movimientos particularmente significativos en una forma un tanto fragmentada, que espera reencontrar las mismas cuestiones más adelante y volver entonces hacia atrás, pero que es esencialmente diacrónica. Este muestrario privilegia las tendencias y épocas en las que la literatura juega un papel dominante, lo cual explica cómo no hemos dedicado secciones independientes a algunos de los gigantes del pensamiento estético, si bien están obviamente presentes: Platón, Kant, Hegel. La razón de una cierta discriminación en favor de los siglos XVIII y XIX se encuentra en todo cuanto ya se ha dicho sobre el nacimiento de la estética, que es precisamente ciencia antigua y moderna a un tiempo, pero consolidada y ratificada en la Modernidad; además de justificarse, en general, con la convicción de que se hace historia, también y sobre todo, para entender el presente (convicción de la que nace el último capítulo).

A partir de este primer recorrido, inevitablemente el más largo, se constituye, sin intención alguna, un eje de reflexión estética que nace en contacto directo con la escritura creativa. No se trata de una simple tendencia a la abolición de las diferencias entre la crítica y sus objetos de estudio, entre el discurso secundario y el primario, tendencia que –personalmente– considero algo deletérea (el arquetipo del crítico como escritor fracasado, para entendernos), sino del interés por una reflexión que se ve contaminada continuamente por la literatura, y que, una vez cae el mito de la objetividad científica, parece particularmente interesante. Limitémonos a dar aquí una serie de nombres deliberadamente heterogénea: el autor anónimo de Lo sublime, Giambattista Vico, Friedrich Schlegel, Søren Kierkegaard, Walter Pater, Oscar Wilde, Friedrich Nietzsche, Henry James, Viktor Šklovskij, Walter Benjamin, Roland Barthes (no por casualidad, casi todos también autores total o parcialmente literarios); sin con ello implicarnos en el tan debatido problema de si la filosofía debe entenderse como una forma de escritura literaria o, por el contrario, sus respectivos límites se encuentran bien delimitados (cuestión sobre la que se han manifestado Jürgen Habermas, Hans Blumenberg, Stanley Cavell, Richard Rorty y otros más)17. Por esta razón (pero no sólo por ella), en la segunda parte del libro la palabra pasa a los escritores y a la literatura. Precisamente porque la estética es un mundo problemático y huidizo, muchos historiadores y filósofos de la estética, como Wladislaw Tatarkievicz y Luciano Anceschi18, la han perseguido por las interioridades de las obras mismas, tanto literarias como artísticas en general. Entiéndase bien: no en las declaraciones programáticas, con frecuencia insuficientes y desilusionantes, ya que la creatividad es un fenómeno complejo, fuertemente inconsciente, que suele ir más allá de las intenciones del autor, sino captando lo no dicho, lo reprimido social e individual. Muy a menudo los poetas no saben lo que dicen, aunque lo digan antes que los demás, escribió Jacques Lacan hablando de Rimbaud19 : sucede así, por ejemplo, que Proust anticipó la Estética de la Recepción, o que Wilde fue heraldo de la estetización postmoderna. Por este motivo el capítulo cuarto recorre, a través de fragmentos de la literatura de todas las épocas, los cuatro ejes incuestionables de la comunicación literaria: autor, género, texto y lector (de los seis que identificara Jakobson, éstos son los que han gozado de mayor relevancia estética: el contexto y el contacto tienen que ver en mayor medida con la sociología y la filología).

El último capítulo se propone afrontar la estética literaria (y no sólo literaria) contemporánea, con la convicción de que un trabajo como éste debe proyectarse sobre el presente. Se llevará a cabo a través de una serie de palabras clave: una elección, inevitablemente, subjetiva, no exhaustiva; cada cual podrá añadir otras cuatro (o catorce) igualmente significativas. La metáfora del mapa nace de la fuerte tendencia espacial de la teorización contemporánea, que prefiere formas no lineales del saber: no es por casualidad que se multipliquen cada vez más los léxicos, los atlas y otras formas similares. El hecho de que las palabras clave hayan sido organizadas en parejas evidencia la dificultad de trazar un mapa de un mundo tan in progress como el de la estética actual: y es que de hecho no son parejas de opuestos, sino que unen términos contiguos, a veces sinónimos, otras en relación de intersección, inclusión o complementariedad, delimitando así una serie de áreas temáticas en las que podrían hallarse numerosas palabras-clave distintas. Por ello nos hemos confiado al capricho del orden alfabético, descubriendo, en cualquier caso, alusiones y ecos que sólo a veces se hacen explícitos y que por lo general se dejan a la aportación subjetiva del lector, a quien se deja, como es habitual, la última palabra.

Desearía expresar mi agradecimiento sobre todo a la Fundación Alexander von Humboldt de Bonn, la cual, gracias a una beca de investigación obtenida en 1989, me ha financiado una provechosa estancia en Berlín, en el Instituto de Literatura Comparada Peter Szondi, dirigido por Gert Mattenklott. También envío un caluroso agradecimiento desde estas páginas a las amigas y amigos que han leído mi trabajo durante su elaboración con quienes he discutido aspectos concretos del mismo: Clotilde Bertoni, Matteo Colombi, Paolo D’Angelo, Flora De Giovanni, Stefano Ercolino, Stefania Esposito, Giuseppe Girimonti Greco, Giulio Iacoli, Roberto Russi, Ferdinando Tavi, Luca Zenobi.

Notas al pie

1 Schaeffer, J. M., Adiós a la estética (2000) (trad. J. Hernández Iglesias), Madrid, Machado Libros, 2006; Marx, W., L’adieu à la littérature. Histoire d’une dévalorisation, Paris, Minuit, 2005.

2 Foster, H. (ed.), The Anti-Aesthetics. Essays on Postmodern Culture, Seattle, Bay Press, 1983.

3 Eagleton, T., La estética como ideología (1990) (trad. J. Cano y G. Cano), Madrid, Trotta, 2006.

4 Elliott, E.; Freitas, L.; Rhyne, J. (eds.), Aesthetics in a Multicultural Age, Oxford, O.U.P., 2002; en particular, Fluck, W., «Aesthetics and Cultural Studies», pp. 79-103; vid. también Patella, G., Estetica culturale. Oltre il multiculturalismo, Roma, Meltemi, 2005. Puede encontrarse un enfoque plural, muy atento a la cultura de masas, en Carroll, N., Beyond Aesthetics. Philosophical Essays, Cambridge, C.U.P., 2001.

5 Matthews, P. R.; McWhirter, D. (eds.), Aesthetics Subjects, Minneapolis-London, University of Minnesota Press, 2003, en el que se aboga por la pluralización de la estética de cara a poder percibir «the plenitude of life».

6 Žižek, S., L’epidemia dell’immaginario (1997), De Senaldi, M. (ed.), Roma, Meltemi, 2004.

7 Bodei, R., La forma de lo bello (trad. J. Díaz de Atauri), Madrid, Machado Libros, 2006, y Welsch, W., Grenzgänge der Ästhetik, Stuttgart, Reclam, 1996, quien contrapone a la estetización una cultura de la escucha que no pretende ser mediofóbica, sino contemporizar lo virtual y lo corpóreo. Puede encontrarse una historia de la belleza, desde el Romanticismo a Nietzsche y Spengler, y hasta su ambiguo retorno con Andy Warhol en Vercellone, F., Oltre la belleza, Genova, Costa & Nolan, 1998.

*Anestetizzato en el original, se traduce literalmente como «anestesiado», pero además sugiere en italiano su lectura como «an-estetitzzato», es decir, «carente de sentido estético».

8 Mario Perniola interpreta en clave de «disgusto» numerosas tendencias estéticas contemporáneas, desde el neocinismo al cyberpunk. Vid. Perniola, M., Disgusti. Le nuove tendenze estetiche, Genova, Costa & Nolan, 1998.

9 Todorov, T., La literatura en peligro (trad. N. Sobregués), Barcelona, Círculo de Lectores, 2009.

10 Cfr. Mazzarella, A., La grande rete della scrittura. La letteratura nell’era digitale, Torino, Bollati Boringhieri, 2008, vid. también infra, cap. III.

11 Baumgarten, A. G., y Kant, I., Il battesimo dell’estetica, edición de L. Amoroso, Pisa, Ets, 1993; Amoroso, L., Ratio & Aesthetica. La nascita dell’estetica e la filosofia moderna (2000), Pisa, Ets, 2008.

12 Cfr. la equilibrada síntesis de Modica, M., Che cosa c’è l’estetica, Roma, Editori Riuniti, 2002; también Amoroso, L., L’estetica come problema, Pisa, Ets, 1988; Garroni, E., Estetica. Uno sguardo attraverso, Mlano, Garzanti, 1992; y la poco canónica y cuestionable antología de Ferraris, M., y Kobau, P. (eds.), L’altra estética, Torino, Einaudi, 2001, que se centra sobre todo en los límites con la lógica y en la psicología de la percepción.

13 Wimsatt, W. C., y Brooks, C., Breve storia dell’idea di letteratura in Occidente, Torino, Paravia, 1973-5.

14 Badiou, A., Inestetica, Boni, L. (ed.), Milano, Mimesis, 2007 (reúne artículos que se datan en 1993 y 1994); resulta muy útil la introducción del editor sobre algunos aspectos espinosos de tal propuesta teórica.

15 Cfr. Berardinelli, A., La forma del saggio. Definizione e attualità di un genere letterario, Venezia, Marsilio, 2002; La Porta, F., y Leonelli, G., Dizionario della critica militante. Letteratura e mondo contemporaneo, Milano, Bompiani, 2007. Sobre el delicado tema de los límites, vid. Garroni, E., «Estetica e critica letteraria», en Asor Rosa, A. (ed.), Letteratura italiana. IV: L’interpretazione, Torino, Einaudi, 1985, pp. 418-48.

16 Podemos encontrar numerosos instrumentos útiles para integrar el componente histórico, que alternen el ensayo historiográfico y el léxico, como Givone, S. (ed.), Estetica: storie, categorie, bibliografía, Firenze, La Nuova Italia, 1998; o el amplísimo Gaut, B., y McIver Lopes, D. (eds.), Routledge Companion to Aesthetics, London, Routledge, 2005. Para una síntesis histórica reciente, vid. Vercellone, F.; Bertinetto, A., y Garelli, G. (eds.), Lineamenti di storia dell’estetica, la filosofía dell’arte da Kant al XXI secolo, Bologna, Il Mulino, 2008; es de gran valor Carchia, G., y D’Angelo, P. (eds.), Dizionario di estetica (2002), Bari, Laterza, 2008; cfr. también Kelly, M., Encyclopedia of Aesthetics, Oxford-New York, O.U.P., 2005; y Barck, K. (ed.), Äestetische Grundbegriffe, 7 vols., Stuttgart-Weimar, Metzler, 2000-5.

17 Resulta muy interesante el planteamiento en clave de relaciones múltiples de Horn, E.; Menke, B.; Menke, C. (eds.), Literatur als Philosophie-Philosphie als Literatur, München, Fink, 2006.

18 Tatarkiewicz, W., Historia de la estética (1962-7) (trad. D. Rurzyca), Madrid, Akal, 1987; Anceschi, L., Gli specchi della poesia. Riflessione, poesia, critica, Torino, Einaudi, 1989.

19 Lacan, J., Seminario II: El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica (trad. I. Agost), Barcelona, Paidós, 1981; y el comentario de M. Lavagetto, Freud, la letteratura e l’altro, Torino, Einaudi, 2001, pp. 204-5.

Primera parte Momentos y tendencias de la estética literaria

I La estética antes de la estética

La «Poética» de Aristóteles: universalización, trama, empatía

Un concepto ya de por sí problemático como el de estética se hace aún más débil cuando lo aplicamos a la Antigüedad Clásica, tanto porque la estética es claramente una ciencia nacida en plena Modernidad (lo cual no le impide, sin embargo, encontrar formas afines a ella en épocas remotas)1, como porque no parece que podamos vislumbrar en esa época una idea unitaria, similar a la que tenemos hoy, de lo que es literatura. A pesar de todo, no hay ninguna duda de que una historia de la estética literaria que se limite a ciertos momentos clave ha de comenzar necesariamente con la Poética de Aristóteles; y ello no sólo por el eco excepcional que esta obra singular ha alcanzado a través de los siglos. En primer lugar debemos aclarar que, aunque Aristóteles no llegó a acuñar un término nuevo, no es menos cierto que en sus palabras se expresa la exigencia de un concepto más amplio que el ya existente de poesía. Con su visión laica del arte como una distracción útil, tan lejana de aquella otra platónica, el arte como posesión sobrenatural, y con su noción de texto autónomo respecto a su ejecución escénica y oral (y también respecto a sus orígenes rituales), Aristóteles se acerca sin duda a la noción moderna de literatura y prepara el terreno a la investigación alejandrina, proyectándose en el futuro hacia las interpretaciones formalistas y estructuralistas.

Primer tratado de estética de la historia, primer libro de teoría de la literatura, primer ensayo de crítica e historia literaria, la Poética goza del mismo estatuto de originalidad en el ámbito del discurso secundario que Homero en el de la creación primaria. Un estatuto que deriva esencialmente de su defensa de una idea fuerte de literatura que aún hoy tiene mucho que decirnos. Cuando Aristóteles sostiene que la poesía es más seria y filosófica que la historia (entendiendo por este término el registro en forma de crónica y de manera poco selectiva de los sucesos reales, vid. Poética, 1451b 6-7), está poniendo el acento sobre una característica fundamental de la experiencia estética: su capacidad de universalizar y de instituir modelos. Ello implica, sobre todo, el rechazo de lo accidental y la búsqueda, en cambio, de lo posible y de lo verosímil. Y es que universalizar no significa tipificar, es decir, reducir las personalidades individuales a meros estándares en los que todos podamos reconocernos; significa, por el contrario, captar los rasgos esenciales de un carácter o de un evento, para así darles un sentido totalizador: para hacerlos representativos de toda una clase de individuos. Sólo tras llevar a cabo por completo esta operación, el lector podrá abandonar su propia identidad y penetrar en la de los personajes ficticios, incluso si éstos distan de su mundo. En la cultura contemporánea el concepto de universalismo ha sufrido duros ataques; pero un modelo estético semejante puede demostrarnos aún su validez, incluso en el espinoso ámbito de la apreciación, precisamente porque nace no de una generalización indebida, sino de una potenciación expresiva de lo particular: apreciamos novelas y películas en tanto consiguen representar un mundo específico de manera tan creíble, que es capaz de suscitar empatía también en quien proviene de una cultura muy distinta.