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Renée Ballard y Harry Bosch trabajan juntos para dar caza a la «ballena blanca» del detective, el asesino de una familia entera Ha pasado un año desde que la detective Renée Ballard abandonó el cuerpo de policía cansada de la misoginia, la desmoralización y una burocracia interminable. Sin embargo, después de que el jefe de policía en persona le diga que puede elegir su propio destino en el departamento, Ballard recupera su placa y deja la «sesión nocturna» para reconstruir la Unidad de Casos Abiertos en la codiciada División de Robos y Homicidios. Harry Bosch lleva años trabajando en un caso que le atormenta, pero que no ha conseguido resolver: el asesinato de toda una familia a manos de un psicópata que sigue en libertad. Ballard le hace una oferta: si viene a trabajar con ella como investigador voluntario en la nueva Unidad de Casos Abiertos, podrá perseguir su «ballena blanca» con el respaldo de los recursos del departamento de policía. Ambos deberán dejar de lado viejos resentimientos para volver a trabajar juntos y dar alcance a un peligroso asesino.
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Seitenzahl: 473
Veröffentlichungsjahr: 2023
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En memoria de Philip Spitzer, que creyó en Harry Bosch
Bosch tenía las pastillas preparadas, alineadas en la mesa. Estaba vertiendo agua de la botella al vaso cuando sonó el timbre. Se quedó sentado, pensando en no hacer caso. No esperaba a nadie. Su hija tenía llave y nunca llamaba a la puerta. Sería algún vendedor o un vecino, y ya no conocía a ninguno de sus vecinos. El barrio había cambiado mucho en los últimos años y, después de más de tres décadas allí, Bosch había dejado de dar la bienvenida a los recién llegados. De hecho, disfrutaba de ser el viejo expolicía cascarrabias del barrio al que la gente temía acercarse.
Pero la segunda llamada al timbre vino acompañada de una voz que lo llamó por su nombre. Una voz que reconoció.
—Harry, sé que estás ahí. Tu coche está aquí delante.
Bosch abrió el cajón de debajo de la mesa. Contenía cubiertos de plástico, servilletas y palillos chinos de paquetes de comida para llevar. Barrió las pastillas con la mano para que cayeran al cajón y lo cerró. Luego se levantó y se acercó a la puerta.
Renée Ballard estaba en el escalón. Bosch no la había visto en casi un año. Parecía más delgada de lo que recordaba. Distinguió el punto donde su blazer se había abultado sobre el arma que llevaba en la cadera.
—Harry.
—Te has cortado el pelo —dijo Bosch.
—Hace tiempo, sí.
—¿Qué haces por aquí, Renée?
Ella torció el gesto como si hubiera esperado un recibimiento más afable, pero Bosch no sabía por qué esperaba eso después de cómo habían terminado las cosas el año anterior.
—Finbar —dijo ella.
—¿Qué?
—Ya lo sabes. Finbar McShane.
—¿Qué pasa con él?
—Sigue libre. En algún sitio. ¿Quieres intentar encontrar pruebas conmigo o prefieres quedarte saboreando tu rabia?
—¿De qué estás hablando?
—Si me dejas entrar, puedo explicártelo.
Bosch dudó, pero luego se apartó y levantó un brazo, haciéndole una seña para que pasara, aunque lo hizo de mala gana.
Ballard entró y se quedó al lado de la mesa.
—¿No hay música? —preguntó Ballard.
—Hoy no —dijo Bosch—. ¿Así que McShane?
Ballard asintió con la cabeza, entendió que tenía que ir al grano.
—Me pusieron a cargo de los casos de la nevera, Harry.
—Lo último que supe era que habían cerrado la Unidad de Casos Abiertos. La desmantelaron porque no era tan importante como poner agentes de uniforme en la calle.
—Eso es verdad, pero las cosas cambian. El departamento está presionado para trabajar en casos sin resolver. Sabes quién es Jake Pearlman, ¿no?
—Un concejal.
—De hecho, es tu concejal. A su hermana menor la mataron hace mucho tiempo. Nunca se resolvió el caso. Cuando lo eligieron concejal se enteró de que la unidad se había desmantelado discretamente y de que nadie se ocupaba de los casos abiertos.
—¿Y?
—Y yo me enteré y fui a hacerle una propuesta al capitán: que me trasladara de Robos y Homicidios para reconstituir la Unidad de Casos Abiertos, investigar los casos que siguen en la nevera.
—¿Tú sola?
—No, por eso estoy aquí. En la décima planta accedieron: un agente jurado (yo) y el resto de la unidad, compuesto por policías en la reserva y voluntarios y subcontratados. La idea no se me ocurrió a mí. Otros departamentos usan el mismo modelo desde hace años y están resolviendo casos. Es un buen modelo. De hecho, si pensé en eso fue por tu trabajo en San Fernando.
—Entonces, me quieres en esta… brigada, o como la llames. No puedo estar en la reserva. No pasaría las pruebas físicas. ¿Correr una milla en menos de diez minutos? Imposible.
—Exacto, serías voluntario o haríamos un contrato. He sacado todos los expedientes del caso Gallagher. Seis carpetas para cuatro asesinatos; estoy segura de que es más material que el que te llevaste. Podrías volver a trabajar, oficialmente, en McShane.
Bosch se lo pensó un momento. McShane había exterminado a todos los miembros de la familia Gallagher en 2013 y los había enterrado en el desierto. Sin embargo, Bosch nunca había conseguido demostrarlo. Y luego se había retirado. No había resuelto todos los casos que se le habían asignado en casi treinta años de investigar asesinatos. Ningún detective de homicidios lo había hecho nunca. Pero con los Gallagher se trataba de una familia entera y era el caso que Bosch más odiaba tener sobre la mesa.
—Sabes que no me fui en buenos términos —dijo—. Me marché antes de que pudieran echarme. Luego los demandé. Nunca me abrirán otra vez la puerta.
—Si quieres, está hecho —dijo Ballard—. Ya lo he pactado antes de venir aquí. Ahora hay otro capitán y otra gente. Tengo que ser sincera, Harry, allí no hay mucha gente que te conozca. ¿Cuánto hace que te fuiste? ¿Cinco años? ¿Seis? Es un departamento diferente.
—Apuesto a que se acuerdan de mí en la décima.
La décima planta del Edificio de Administración de la Policía era el lugar donde estaba la Oficina del Jefe de Policía y el lugar que ocupaba la mayoría de los mandos del departamento.
—Bueno, mira, ni siquiera trabajamos en el EAP —dijo Ballard—. Estamos en Westchester, en el nuevo archivo de homicidios. Nos ahorra mucho politiqueo y miradas entrometidas.
Eso intrigó a Bosch.
—Seis carpetas —dijo en un murmullo audible.
—Apiladas en un escritorio vacío que lleva tu nombre —dijo Ballard.
Bosch se había llevado copias de muchos documentos del caso al retirarse. La cronología y los informes que consideraba más importantes. Había trabajado en el caso de manera intermitente desde entonces, pero tenía que reconocer que no había llegado a ninguna parte, y Finbar McShane seguía en algún sitio, viviendo en libertad. Bosch nunca había encontrado ninguna prueba sólida contra él, pero en sus entrañas y en su alma sabía que era el asesino. Era culpable. La oferta de Ballard resultaba tentadora.
—Entonces, ¿vuelvo y trabajo el caso de la familia Gallagher? —dijo.
—Bueno, lo trabajas, sí —dijo Ballard—. Pero necesito que trabajes también en otros casos.
—Siempre hay una trampita.
—Necesito presentar resultados. Tengo que mostrarles lo mucho que se equivocaron al desmantelar la unidad. El caso Gallagher va a requerir trabajo: seis carpetas a revisar, sin ADN ni pruebas de huellas dactilares que se conozcan. Es un hueso duro de roer, y no me importa, pero necesito que resolvamos algunos casos para justificar la unidad y mantenerla en marcha para que puedas ocuparte de un caso de seis carpetas. ¿Cómo lo ves?
Bosch no respondió de inmediato. Pensó en que, un año antes, Ballard le había dejado tirado. Había abandonado el departamento, frustrada con la política, con la burocracia, con la misoginia, con todo, y habían acordado formar un equipo y trabajar juntos en privado. Luego el jefe de policía la atrajo con la promesa de dejarla elegir puesto y ella le dijo que iba a volver. Eligió la División de Robos y Homicidios en el centro de la ciudad y ese fue el final de su planeada colaboración.
—Ya había empezado a buscar oficinas, ¿sabes? —dijo Bosch—. Había una bonita suite de dos habitaciones en un edificio que hay detrás del Hollywood Athletic Club.
—Mira, Harry —dijo Ballard—. Me he disculpado por cómo lo hice, pero tú tienes parte de culpa.
—¿Yo? Es absurdo.
—No, tú fuiste el primero que me dijo que es más fácil cambiar una organización desde dentro que desde fuera. Y eso es lo que decidí. Así que, cúlpame si eso te hace sentir mejor, pero, en realidad, hice lo que me dijiste.
Bosch negó con la cabeza. No recordaba haberle dicho eso, pero sabía que era lo que sentía. Era lo que le había dicho a su hija cuando estaba pensando en ingresar en el departamento tras las recientes protestas y el odio a la policía.
—Está bien, acepto —dijo—. ¿Tendré placa?
—Ni placa ni pistola —respondió Ballard—. Pero tienes esas seis carpetas. ¿Cuándo puedes empezar?
Bosch recordó por un instante las pastillas que había alineado en la mesa unos minutos antes.
—Cuando quieras.
—Bien —dijo Ballard—. Te veo el lunes entonces. Habrá un pase para ti en la mesa de entrada y luego te conseguiremos una tarjeta de identificación. Tendrán que hacerte una foto y tomarte las huellas.
—¿La mesa está al lado de una ventana? —Bosch sonrió al decirlo.
Ballard no sonrió.
—No tientes a la suerte.
Ballard estaba en su mesa, escribiendo una propuesta de presupuesto para analizar pruebas de ADN, cuando sonó su teléfono. Era el agente de la entrada.
—Tengo a un tipo aquí, dice que debería tener un pase para él. Heron… Her… No sé pronunciarlo. El apellido es Bosch.
—Lo siento, me olvidé de prepararlo. Dale un pase de visitante y mándamelo. Va a trabajar aquí, así que le prepararemos una identificación más tarde. Y es Hieronymus. Como el pintor.
—Vale, lo mando.
Ballard colgó el teléfono y se levantó para recibir a Bosch en la sala de archivos, sabiendo que estaría enfadado por las complicaciones en la entrada. Cuando llegó allí y abrió la puerta, Bosch estaba a un par de metros, mirando a la pared por encima de su cabeza. Ballard sonrió.
—¿Qué opinas? —dijo—. Hice que lo pintaran. —Salió al pasillo para volverse y mirar las palabras escritas sobre la puerta.
UNIDAD DE CASOS ABIERTOSTODO EL MUNDO CUENTA O NADIE CUENTA
Bosch negó con la cabeza. «Todo el mundo cuenta o nadie cuenta» era la filosofía que siempre había aplicado al trabajo en homicidios, pero era también su filosofía personal. No era un eslogan, y menos aún algo que quisiera ver pintado en una pared. Era algo que se sentía y se conocía desde dentro. No algo que pudiera anunciarse, ni siquiera algo que pudiera enseñarse.
—Venga, necesitamos alguna cosa —dijo Ballard—. Un lema. Un código. Quiero un poco de camaradería en esta unidad. Vamos a darles una tunda.
Bosch no respondió.
—¿Por qué no entramos y te instalas? —propuso Ballard.
La detective lo condujo rodeando el mostrador de recepción, situado frente a filas de estantes cargados con expedientes de homicidios organizados por año y número de caso. Recorrieron el pasillo situado a la izquierda de los estantes hasta el espacio de trabajo oficial de la reconstituida Unidad de Casos Abiertos. Era un conjunto de siete cubículos separados por mamparas, tres a cada lado y uno al fondo.
Dos de los cubículos estaban ocupados y las cabezas de los investigadores apenas sobresalían por encima de las mamparas. Ballard se detuvo en el espacio del fondo.
—Este es mi sitio —dijo—. Y tú te instalarás aquí.
Señaló un cubículo que compartía una mampara con el suyo, y Bosch rodeó la mampara. Ballard terminó de entrar en su espacio de trabajo y cruzó los brazos sobre la mampara para poder mirar el escritorio de Bosch. Ya había dejado allí dos pilas separadas de expedientes, una más alta que otra.
—La pila alta es la de Gallagher, seguro que reconoces todo.
—¿Y esto?
Bosch estaba abriendo la carpeta que coronaba la pila más pequeña, de solo dos carpetas.
—Esa es la trampita —dijo Ballard—. Sarah Pearlman. Quiero que empieces revisando eso.
—La hermana del concejal —dijo Bosch—. ¿No lo has revisado tú?
—Sí, y me parece un caso perdido. Pero quiero conocer tu opinión antes de que vuelva a hablar con el concejal para darle la mala noticia.
Bosch asintió.
—Echaré un vistazo —dijo.
—Antes de que te zambullas en eso, deja que te presente a Lilia y Thomas.
Ballard caminó hasta el otro extremo de la configuración de espacios de trabajo. Los dos últimos cubículos estaban ocupados por un hombre y una mujer, ambos con aspecto de tener entre cincuenta y cinco y sesenta años. Ballard se hallaba más cerca del hombre y le puso la mano en el hombro mientras lo presentaba. Los dos tenían un aspecto profesional. La chaqueta del traje del hombre estaba colgada sobre el respaldo de la silla. Lucía una corbata bien ajustada. Tenía el pelo oscuro y bigote y llevaba gafas de lectura para el trabajo de escritorio. La mujer, de cabello oscuro y tez morena, iba vestida como se vestía siempre Ballard, con un traje chaqueta y blusa blanca. Llevaba un pin de la bandera de Estados Unidos en la solapa, y Bosch se preguntó si con eso pretendía evitar preguntas sobre si era extranjera.
—Él es Thomas Laffont, que se unió a nosotros la semana pasada —dijo Ballard—. Es un jubilado del FBI y lo he emparejado con Lilia Aghzafi, que estuvo veinte años en la metropolitana de Las Vegas antes de que se le antojara ver el océano y retirarse aquí. Tom y Lilia están revisando casos que puedan beneficiarse de un seguimiento de genealogía genética. Ya habrás oído que está de moda en los círculos de investigación de casos abiertos.
Bosch estrechó las manos de los dos investigadores y los saludó con un leve gesto de asentimiento.
—Él es Harry Bosch —lo presentó Ballard—. Retirado del departamento. Como no se va a dar bombo a sí mismo, lo haré yo por él. Fue uno de los miembros fundadores de la antigua Unidad de Casos Abiertos y, básicamente, en todo el departamento de policía nadie se ha pasado más años que él en homicidios.
Ballard observó entonces a Bosch manejando con torpeza las presentaciones y la charla. No se le daba bien disimular su eterna desconfianza ante el FBI. Finalmente, lo rescató y se lo llevó a su cubículo tras decir a Aghzafi y Laffont que tenía que revisar más cosas con el «novato» de la brigada.
De nuevo al otro lado de la mampara, se situaron en sus respectivos cubículos y Ballard se levantó otra vez y se inclinó sobre la divisoria para que él pudiera verla mientras hablaban.
—Guau —dijo ella—. Acabo de fijarme en que te has quitado ese bigote tan porno. ¿Ha sido desde que hablamos?
Ballard estaba segura de eso. Habría reparado en su ausencia en la casa de Woodrow Wilson. Bosch se puso colorado y desvió la mirada al otro lado del cubículo para ver si Aghzafi y Laffont habían oído el comentario. Luego se frotó el labio superior con el pulgar y el índice como para asegurarse de que ya no había bigote.
—Se estaba poniendo blanco —dijo.
No ofreció ninguna otra explicación, pero Ballard sabía que el bigote se estaba poniendo blanco desde antes de que ella lo conociera.
—Estoy segura de que le has dado una alegría a Maddie —dijo.
—No lo ha visto.
—Bueno, ¿y cómo le va?
—Por lo que sé, bien. Trabaja mucho.
—He oído que la asignaron a la División de Hollywood al salir de la academia. Es una chica afortunada.
—Sí, está en el turno central. Entonces, ¿cómo funciona esto de la genealogía?
A Ballard le quedó claro que Bosch se sentía incómodo con las preguntas personales y se agarraba a un clavo ardiendo para cambiar de tema.
—No vas a tener que preocuparte por eso —dijo—. Es bueno y válido, pero es ciencia, así que también es caro. Es el único sitio donde tengo que elegir adónde disparamos. Tenemos una ayuda de la Fundación Ahmanson, que donó todo este edificio, pero un estudio genético completo cuesta unos dieciocho mil dólares si acudimos fuera del departamento. Así que hemos de escoger con prudencia. He puesto a Tom y Lilia en eso, y a otra investigadora que seguramente conocerás mañana. Tenemos carta blanca en los análisis normales de ADN, porque ahora es todo interno. Con esos solo tenemos que ponernos a la cola y esperar. Y puedo jugar la carta de la urgencia una vez al mes. Indulgencia del jefe. También nos cedió una técnica de laboratorio específicamente asignada a trabajar con casos de nuestra unidad.
—Bonito detalle.
—Sí, pero vamos a volver a tu orientación. Lo que pido a nuestros reservas y voluntarios es que dediquen al menos un día por semana. La mayoría hace más que eso, pero los escalono para que tengamos al menos una persona aquí de lunes a jueves. Yo estoy a tiempo completo y tengo a Tom y Lilia que vienen los lunes, Paul Masser y Colleen Hatteras los martes, Lou Rawls los miércoles, y ahora tú… diría que los jueves, pero sé que estarás aquí más días. La mayoría de los demás también.
—Lou Rawls…, ¿en serio?
—No. Y ni siquiera es negro. Se llama Ted Rawls y después de pasar diez años en la policía habría sido imposible que no le pusieran ese apodo evidente. Alguna gente todavía lo llama Lou y parece que le gusta.
Bosch asintió.
—Pero deberías saber una cosa —continuó Ballard, inclinándose hacia delante y bajando la voz para que apenas se oyera desde el otro lado de la divisoria—. A Rawls no lo elegí yo.
Bosch hizo rodar la silla más cerca de su escritorio para oír mejor y completar el abrazo de confidencialidad.
—¿Qué quieres decir?
—Tenemos más solicitudes que plazas —dijo Ballard—. El jefe me dio carta blanca para elegir a quien quisiera y es lo que hice, pero Lou Rawls fue elección de Pearlman.
—El concejal.
—Él y su jefe de gabinete son muy intransigentes con eso. Se trata de su hermana, pero también de política. Tiene aspiraciones más altas que ser concejal y el éxito de esta unidad puede ayudarle. Así que impuso a Rawls y tuve que aceptarlo.
—Nunca había oído hablar de él y creo que me acordaría de un nombre como ese. No es del departamento, ¿no?
—No, se retiró en Santa Mónica, pero eso fue hace quince años, así que no aporta mucho. Hay que enseñarle todo, y la cuestión es que tiene hilo directo con Pearlman y Hastings.
—¿Hastings?
—Nelson Hastings, el jefe de gabinete de Pearlman. Los tres son colegas o algo así. Rawls dejó la policía de Santa Mónica después de diez años para meterse en negocios. Así que para él esto solo es algo accesorio.
—¿Qué negocios? ¿Es detective?
—No, es un negocio de verdad. Es dueño de uno de esos sitios de buzones de correos. Algo tipo UPS o FedEx, y también venden cajas y material de embalaje. Creo que tiene varios locales por toda la ciudad y le va bastante bien. Conduce un coche de lujo y vive en una casa en Santa Mónica, en la zona de la universidad. Y supongo que es uno de los principales partidarios de la campaña de Pearlman.
Bosch asintió. Se hizo una idea. Un quid pro quo. Ballard se echó hacia atrás y se sentó tras darse cuenta de que Laffont y Aghzafi se habían apercibido de sus susurros. Todavía podía ver los ojos de Bosch por encima de la mampara. Continuó en un tono más normal.
—Mañana conocerás a Paul y Colleen —dijo—. Son buenos. Masser es un fiscal retirado que trabajó en Delitos Graves, así que nos ayuda mucho con las órdenes de registro y en las cuestiones y estrategias legales. Es bueno que esté dentro en lugar de tener que llamar a la fiscalía cada vez que nos surge una pregunta.
—Creo que lo recuerdo —dijo Bosch—. ¿Y Hatteras?
—No tiene experiencia policial. Es nuestra genealogista interna y lo que llaman una «ciudadana detective».
—Una aficionada. ¿De verdad?
—De verdad. Es una gran investigadora de internet, y ahí es donde está el tema de la genética. ¿Sabes lo que es GGI?
—Eh…
—Genealogía genética aplicada a la investigación. Subes el ADN de tu sospechoso a GEDmatch, que accede a una serie de bases de datos, y te sientas a esperar una coincidencia. Deberías saberlo. Era una gran tendencia en las investigaciones de casos sin resolver hasta que llegó la política de privacidad. Ahora es un recurso limitado, pero sigue mereciendo la pena.
—¿Fue así como atraparon al Asesino de Golden State?
—Exactamente. Pones el ADN y, si tienes suerte, consigues conexiones con familiares. Un primo cuarto aquí, un hermano que nadie conocía allá. Luego es cuestión de ingeniería social. Haciendo contactos en línea vas construyendo un árbol genealógico con la esperanza de que una rama te lleve a tu hombre.
—Y tienes a una civil haciendo eso.
—Es una experta, Harry. Dale una oportunidad. Me gusta y creo que nos va a funcionar bien.
Ballard pudo ver todo el escepticismo en los ojos de Bosch mientras miraba hacia otro lado.
—¿Qué?
—¿Todo esto va a terminar en un podcast o vamos a presentar casos?
Ballard negó con la cabeza. Sabía que él actuaría así.
—Ya lo verás, Harry —dijo—. No tienes que trabajar con ella, pero apuesto a que al final querrás hacerlo. Así de segura estoy. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo Bosch—. No estoy tratando de causar problemas. Me alegro de estar aquí. Tú eres la jefa y yo nunca cuestiono a un jefe.
—Sí, claro. No caerá esa breva.
Bosch miró alrededor de la sala.
—Así que soy el último en llegar —dijo.
—Pero el primero que quería —dijo Ballard—. Solo necesitaba tener todo en su sitio antes de visitarte.
—Y tenías que asegurarte de que me autorizaban.
—Bueno, eso también.
Bosch asintió.
—Entonces, ¿dónde se puede tomar una taza de café por aquí? —preguntó.
—Hay una cocina con café y una nevera —dijo Ballard.
—Se sale por…
—Yo lo llevaré —dijo Laffont—. También necesito un chute.
—Gracias, Tom —dijo Ballard.
Laffont se levantó y preguntó si alguien más quería café.
Ballard y Aghzafi declinaron la invitación y Bosch siguió a Laffont hasta la entrada de la sala de archivos.
Ballard los observó, esperando que Bosch se portara bien con el exagente del FBI y no provocara un enfrentamiento en su primer día de trabajo.
Bosch estaba acostumbrado a estar solo en su casa cuando revisaba viejas carpetas y expedientes de asesinatos y trataba de pensar en movimientos que no se le habían ocurrido antes. Era en gran medida un trabajo silencioso. Tendría que volver a habituarse a trabajar en una sala de brigada y recuperar la capacidad de desconectar de las conversaciones que se desarrollaban a su alrededor para poder concentrarse en su trabajo.
Mientras Ballard estaba al teléfono y se ocupaba de las exigencias políticas de su trabajo al otro lado de una mampara inútil para proporcionar intimidad, Bosch abrió la primera de las tres carpetas que contenían los registros de la hasta el momento infructuosa investigación del asesinato de Sarah Pearlman.
Comenzó con la carpeta marcada como «VOLUMEN 1» e inmediatamente fue al índice. Allí constaba que las fotos de la escena del crimen y las fotos forenses se encontraban en el tercer volumen. Pasó a esa carpeta. Quería empezar por las fotos. Antes de saber nada del caso quería ver lo que los investigadores vieron la mañana del 11 de junio de 1994, cuando el cadáver mancillado de Sarah se encontró en su cama, en la casa de su familia en Maravilla Drive, en Hollywood Hills.
En la tercera carpeta había varias fundas de plástico sujetas con anillas y cada una de ellas contenía fotos de 13 × 18 por delante y por detrás. Las imágenes eran las clásicas fotografías en color con iluminación dura en las que la sangre se veía de color púrpura oscuro, la piel blanca adquiría un aspecto como de alabastro y la víctima aparecía despojada de su humanidad. Sarah Pearlman solo tenía dieciséis años cuando un violador puso fin a su vida asfixiándola y acuchillándola. En las primeras fotos, el cuerpo de Sarah estaba estirado en la cama con un camisón de franela subido sobre el torso expuesto para cubrirle la cara. Bosch inicialmente interpretó la posición del camisón como un intento del asesino de impedir que la víctima viera sus rasgos. Sin embargo, al pasar las fundas de fotos, quedó claro que el camisón lo habían subido después de que hubiera sido agredida y asesinada. Bosch lo reconoció como una acción de arrepentimiento. El asesino tapó la cara de la víctima para no tener que verla más.
Había múltiples heridas de arma blanca en el pecho y el cuello de la víctima, y la sangre había empapado las sábanas y el edredón y se había coagulado en torno al cuerpo. También estaba claro, por los hematomas alrededor de la garganta, que la víctima había sido asfixiada en algún momento de su suplicio. Contando los años de guerra y de trabajo policial, Bosch llevaba más de medio siglo viendo muertes por causas no naturales. Sería un error decir que se había acostumbrado a ver la depravación y la crueldad que los seres humanos se infligen unos a otros, pero hacía tiempo que había dejado de considerar esos estallidos de violencia como aberraciones. Había perdido gran parte de su fe en la bondad de las personas. Para él, la violencia no era una desviación de la norma. Era la norma.
Sabía que era una visión pesimista del mundo, pero cincuenta años de trabajar en campos ensangrentados lo habían dejado sin apenas esperanza. Sabía que el oscuro motor del asesinato nunca se quedaría sin combustible. Él no lo vería en vida. Ni nadie.
Continuó pasando las fotos para imprimirlas en su mente de manera indeleble. Era su manera de actuar. Era su manera de enfurecerse, de vincularse inextricablemente a una víctima que había visto solo en fotos. Eso encendería el fuego que necesitaba.
A continuación de las fotos de la escena del crimen, venían las fotos forenses, tomas individuales de pruebas y posibles indicios probatorios. Entre ellas había fotos de salpicaduras de sangre en la pared por encima de la cabecera de la cama y en el techo, fotos de la ropa interior de la víctima, desgarrada y tirada en el suelo, un aparato de ortodoncia encontrado entre los pliegues del edredón.
Había varias fotos de huellas dactilares que los técnicos habían identificado, empolvado y luego recuperado con cinta adhesiva. Bosch sabía que coincidirían con las de la víctima, ya que ella había habitado el dormitorio. Lo corroboraban anotaciones hechas por los investigadores originales. En cambio, una foto de lo que parecía ser la mitad inferior de una huella de la palma de la mano tenía la anotación «DESC»: desconocido. Se había encontrado en una ventana y su posición en el alféizar indicaba que la había dejado alguien que entró por esa ventana.
En 1994, la huella parcial de la palma de la mano no habría servido de nada a no ser que se comparara directamente con la de un sospechoso. Bosch investigaba homicidios entonces y sabía que no había bases de datos de huellas palmares. De hecho, casi tres décadas después, seguía habiendo pocas huellas palmares archivadas o en bases de datos para comparar.
Bosch miró a Ballard por encima de la mampara. Acababa de colgar después de una llamada con un empresario local conocido por construir cientos de apartamentos en el centro de la ciudad. Ballard había pedido al empresario que se uniera a la causa y que apoyara económicamente el trabajo de la Unidad de Casos Abiertos.
—¿Cómo ha ido? —preguntó.
—Ya me enteraré —dijo Ballard—. Veremos si suelta un cheque. La Fundación de la Policía me pasó una lista de anteriores contribuyentes. Trato de llamar a dos o tres cada día.
—¿Sabías que te tocaría hacerlo cuando aceptaste el puesto?
—La verdad es que no. Pero no me importa. Me gusta bastante hacer que la gente se sienta culpable y nos dé dinero. Te sorprendería saber cuántos conocían a alguien que fue víctima de un crimen no resuelto.
—No creo que me sorprendiera.
—Ya, supongo que no. ¿Cómo ves lo de Pearlman?
—Todavía estoy con las fotos.
—Sabía que empezarías por ahí. Fue chungo.
—Sí.
—¿Impresiones iniciales?
—Todavía no. Quiero mirar otra vez. Pero la huella palmar, la parcial, supongo que la habéis buscado en las bases de datos actuales.
—Sí. Lo primero. No recibimos nada.
Bosch asintió. No era una sorpresa.
—¿Y el ViCAP?
—Nada, ningún resultado.
El ViCAP era un programa del FBI que contaba con una base de datos de crímenes violentos y criminales en serie. Pero era bien conocido que no se trataba de una base de datos completa. Muchas agencias policiales no exigían a sus detectives que introdujeran sus casos por el tiempo que requería cumplimentar las encuestas del ViCAP.
—Mirando las fotos, es difícil creer que actuara una sola vez.
—Estoy de acuerdo. Aparte del ViCAP, hice llamadas a las brigadas de casos abiertos de San Diego y San Francisco. Ningún resultado, nada similar. Incluso llamé a tu viejo colega Rick Jackson. Trabaja en casos abiertos en el condado de San Mateo. Hizo unas llamadas para mí, pero nada de nada.
Jackson era un detective de homicidios retirado del Departamento de Policía de Los Ángeles de la época de Bosch.
—¿Cómo le va a Rick?
—Parece que está cerrando casos a diestro y siniestro —respondió Ballard—. Es lo que espero que empecemos a hacer aquí.
—No te preocupes. Lo haremos.
—Escucha, los lunes voy al EAP a ver al capitán para ponerle al día del trabajo, el presupuesto y todo eso. Probablemente estaré en el centro hasta que me vaya a casa. ¿Necesitas algo? Tom y Lilia pueden ayudarte si necesitas algo.
—No necesito nada. ¿Cuáles son las reglas para llevarse cosas a casa?
—No puedes llevarte los expedientes. Eso iría en contra de la idea de tener todos los casos no resueltos en el mismo sitio, ¿entiendes?
—Claro. ¿Hay fotocopiadora?
—No copies expedientes, Harry. No quiero tener complicaciones con el capitán por eso.
Bosch asintió con la cabeza.
—¿De acuerdo? —insistió Ballard—. Lo digo en serio.
—Entendido —dijo Bosch.
—Vale, pues buena caza. ¿Crees que volverás mañana? No quiero presionarte.
—Creo que volveré.
—Bien, te veré mañana.
—Sí.
Bosch observó a Ballard mientras salía, luego echó un vistazo al fondo para ver qué hacían Laffont y Aghzafi. Solo podía ver la parte superior de sus cabezas sobre las mamparas de separación. Volvió a trabajar, hojeando otra vez las fotos de la escena del crimen para que las imágenes se le quedaran grabadas a fuego en la memoria. Una vez que hubo revisado las fotos, volvió a coger el volumen 1 y empezó su revisión desde el principio.
Los investigadores originales del caso fueron Dexter Kilmartin y Philip Rossler. Bosch los conocía de nombre, pero no en persona. Estuvieron asignados a la División de Robos y Homicidios, que se ocupaba de los casos más importantes de la ciudad. Pasó al registro cronológico que habían preparado. Mostraba que inicialmente se encargaron del caso detectives de homicidios de la División de Hollywood en la mañana del 11 de junio, pero rápidamente se entregó a los pesos pesados de Robos y Homicidios, porque un crimen sexual contra una menor de dieciséis años en Hollywood Hills estaba llamado a suscitar una significativa atención de los medios.
Bosch entonces estaba trabajando en Homicidios de Hollywood, pero no participó en la fase inicial, porque él y su compañero Jerry Edgar no estaban en la rotación. Aun así, tenía un vago recuerdo del caso y de su adjudicación por parte de Robos y Homicidios. No podían imaginar que el caso solo retendría el interés de los medios durante un solo día. Al día siguiente, la exmujer de la estrella del fútbol americano y no tan gran actor O. J. Simpson fue hallada muerta junto con un hombre en Brentwood y eso desviaría toda la atención de los medios del caso Pearlman y de todo el resto de cosas que ocurrían en la ciudad. Los asesinatos de Brentwood recibirían un intenso escrutinio de los medios durante más de un año y no quedaría espacio para Sarah Pearlman.
Salvo para Kilmartin y Rossler. La cronología mostraba que habían dado los pasos correctos, a juicio de Bosch. Lo más importante, se contuvieron de precipitarse en determinar si se trataba de un asesinato cometido por un desconocido. El hecho de que el asesino hubiera entrado por una ventana abierta o sin cierre de seguridad en el dormitorio de la víctima sugería que el intruso probablemente era un desconocido para la víctima, pero ello no impidió que los detectives llevaran a cabo una investigación de campo completa. Realizaron una indagación exhaustiva de la víctima y hablaron con numerosos amigos y familiares. Sarah asistía a una escuela privada solo para chicas en Hancock Park. Aunque la escuela estaba cerrada en verano, los investigadores pasaron varios días localizando e interrogando a compañeras de clases, amigas y profesores en un intento a gran escala de dibujar una imagen del mundo y de la vida social de la joven. La semana anterior al asesinato, Sarah había empezado a trabajar de recepcionista en un restaurante de Melrose Avenue llamado Tommy Tang’s. Había trabajado en el popular restaurante tailandés el verano anterior y muchos empleados ya la conocían y la apreciaban. Los detectives los interrogaron y Estos fueron interrogados y los detectives llegaron hasta el extremo de estudiar las facturas de tarjeta de crédito durante los días que había trabajado Sarah. Investigaron e interrogaron a varios clientes, pero ninguno se elevó a la categoría de sospechoso.
Los detectives también incluyeron a familiares de la víctima. El padre de Sarah era un abogado especializado en transacciones inmobiliarias. Kilmartin y Rossler interrogaron a muchas personas de su bufete y a otras con las que mantenía relaciones profesionales, entre ellas clientes que podrían haberse sentido insatisfechos con su trabajo, así como personas que estuvieron al otro lado de las negociaciones más difíciles. Nadie se elevó a la categoría de sospechoso.
Finalmente, estaba el exnovio de Sarah. Cuatro meses antes de su muerte, Sarah había roto con un novio de corta duración llamado Bryan Richmond, al que había conocido en una reunión social anual entre su escuela y una escuela solo para chicos de Hancock Park. El chico fue interrogado a fondo e investigado, pero exonerado en última instancia. Había dejado atrás la relación y estaba saliendo con otra chica.
En el momento del asesinato, los padres de Sarah estaban disfrutando de unas vacaciones de golf en Carmel, jugando en campos de Pebble Beach y alrededores. Sarah estaba en casa con su hermano, Jake, dos años mayor. La noche del viernes en que se produjo el asesinato, Sarah había trabajado en el restaurante y alrededor de las diez de la noche regresó a la casa de Maravilla. Tenía carné y podía usar el coche de su madre cuando ella no estaba. Jake Pearlman estaba con su novia y no volvió a casa hasta después de medianoche. El coche de su madre estaba en el garaje y la puerta de la habitación de su hermana estaba cerrada. Decidió no molestarla, porque no vio luz debajo de la puerta y supuso que estaba durmiendo.
La madre de Sarah llamó por la mañana para ver qué tal estaban sus hijos. Jake le dijo que no había visto a Sarah todavía. Como ya eran casi las once de la mañana, su madre le pidió que fuera a la habitación de su hermana y la despertara para poder hablar con ella por teléfono. Fue entonces cuando descubrió que Sarah había sido brutalmente asesinada en su propia cama. Ahí empezó la pesadilla de la familia.
Bosch no tomó notas mientras revisaba los numerosos resúmenes de interrogatorios del volumen 1. La investigación original fue concienzuda y parecía completa. Bosch no vio nada que se hubiera pasado por alto o que requiriera un seguimiento. Había trabajado antes en la Unidad de Casos Abiertos y no había sido inusual para él revisar un caso y encontrarse con una investigación de asesinato de baja calidad o incluso indolente. No era el caso con Sarah Pearlman. Bosch tenía la sensación de que Kilmarin y Rossler se habían tomado el caso en serio y no habían escatimado esfuerzos. Y lo que le parecía todavía más impresionante a Bosch era que, en el momento de la investigación, la víctima no estaba relacionada con un político poderoso. Eso ocurriría muchos años después.
A las dos horas de su revisión, pasó al segundo volumen del expediente del caso, y descubrió que la carpeta estaba repleta de resúmenes de actualización a los treinta días, a los noventa días, a los seis meses y, después, anualmente, durante cinco años, antes de que el caso fuera clasificado oficialmente como abierto pero inactivo. Nunca apareció ningún sospechoso, ni siquiera un potencial sospechoso, y nunca se determinó si Sarah conocía a su asesino.
En la parte posterior de la carpeta del volumen 2 se guardaban los registros de las investigaciones complementarias realizadas por la familia de la víctima y otras personas a lo largo de los años. En ellos se veía que los padres de Sarah Pearlman hicieron numerosas llamadas pidiendo información actualizada hasta que estas cesaron siete años atrás. A partir de ese momento, las consultas fueron retomadas por el concejal Jake Pearlman o vinieron de su jefe de gabinete, Nelson Hastings. Bosch interpretó que esta transición significaba que los padres de Sarah Pearlman habían muerto sin ver justicia para su hija.
Terminó su revisión volviendo a las fotos del volumen 3 y hojeando lentamente las fundas de plástico, buscando una vez más cualquier cosa en la habitación de Sarah que pudiera destacarse como una pista o prueba perdida.
Finalmente, llegó a las fotos forenses y a la última funda, que contenía una foto de la tarjeta de huellas en la que un técnico había pegado la huella parcial de la palma de la mano. Estaba mirándola cuando notó una presencia, levantó la vista y vio que Tom Laffont había salido de su cubículo.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí, bien —dijo Bosch—. Solo estoy revisando esto.
Bosch se sintió incómodo con Laffont observándolo.
—Te ha colocado el gordo, ¿eh? —dijo Laffont.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bosch.
—La hermana del concejal. Tengo la sensación de que, si no lo resolvemos, no estaremos mucho tiempo por aquí.
—¿Tú crees?
—Bueno, desde luego Ballard pasa mucho tiempo al teléfono con él, contándole paso a paso lo que estamos haciendo. Las conversaciones siempre parece que vuelven a la hermana pequeña. Así que está bajo presión, no hay duda.
Bosch se limitó a asentir.
—¿Encuentras algo que debamos hacer? —insistió Laffont—. Me encantaría cerrar eso.
—Todavía no —dijo Bosch—. Todavía estoy buscando.
—Pues buena suerte. La vas a necesitar.
—¿Qué hiciste en el FBI? ¿Estuviste en la oficina de Los Ángeles?
—Empecé en San Diego, me destinaron a Sacramento y a Oakland antes de terminar aquí. Estaba en la Unidad de Delitos Graves. Me retiré a los veinte años. Me cansé de perseguir ladrones de bancos.
—Creo que lo entiendo.
—Lilia y yo hemos terminado por hoy. Bienvenido, nos vemos la próxima vez.
—Hasta la próxima.
Bosch vio que Laffont y Aghzafi recogían sus cosas y salían. Esperó un rato y se levantó para buscar una fotocopiadora.
De camino a la salida de la sala de archivos, se detuvo y miró por uno de los pasillos. A ambos lados había estantes repletos de expedientes. Algunas carpetas se veían azules, otras ya descoloridas; algunos de los casos estaban contenidos en carpetas blancas. Se adentró en el pasillo y caminó lentamente junto a las carpetas, recorriendo las encuadernaciones de plástico con los dedos de la mano izquierda al pasar. Cada una de ellas contenía la historia de un asesinato sin resolver. Era un lugar sagrado para Bosch. La biblioteca de las almas perdidas. Demasiados crímenes para que él, Ballard y los demás pudieran resolverlos. Demasiados para calmar el dolor algún día.
Cuando llegó al final del pasillo, dio la vuelta y caminó junto a la siguiente fila. En esas estanterías también se apilaban las carpetas. Un tragaluz en el techo dejaba pasar el sol de la tarde, proyectando luz natural sobre muertes por causas no naturales. Bosch se detuvo un momento y se quedó quieto. Solo había silencio en la biblioteca de las almas perdidas.
Ballard recogió a Pinto de la guardería para perros de Hillhurst y lo paseó con correa hasta su apartamento. Era un cruce de chihuahua de menos de cinco kilos, pero tiraba con fuerza de la correa, porque su reloj corporal le decía que lo esperaba su comida al final del paseo.
Cuando Ballard llegó a la escalera que conducía a la puerta de su edificio, recibió una llamada y vio el nombre de Bosch en el identificador.
—¿Harry?
Oyó música de fondo. Jazz. Supuso que estaba en casa.
—Eh. ¿Dónde estás? —preguntó.
—A punto de entrar en casa —dijo Ballard—. ¿Qué es eso? Suena bien.
—Clifford Brown with Strings.
—Bueno, ¿has terminado la revisión?
—Sí. Lo he repasado un par de veces.
—¿Y?
—Y el equipo original hizo un buen trabajo. En realidad, un muy buen trabajo. No veo defectos.
Ballard no esperaba que Bosch resolviera el caso, ni siquiera que encontrara un defecto en la investigación original. Ella había revisado los archivos por sí misma y no había escatimado ningún esfuerzo.
—Bueno, merecía la pena intentarlo —dijo—. Prepararé una llamada con el concejal y le comunicaré que…
—Estoy mirando la foto de la huella palmar —dijo Bosch—. La parcial.
—¿Qué quiere decir que la estás mirando? Pensaba que estabas en casa.
—Estoy en casa.
—Así que has hecho copias cuando te he pedido que no lo hicieras. Es un primer día fantástico, Harry. Ya…
—¿Quieres saber lo que pienso o quieres echarme por infringir las normas?
Ballard se quedó un momento en silencio antes de dejar pasar esa infracción.
—Está bien, ¿qué estás pensando?
—Esto es solo una foto. ¿Se conserva la huella real, o se digitalizó y se destruyó?
—No destruyen las tarjetas de huellas, porque todas las coincidencias digitales van seguidas de una confirmación visual usando la huella real antes de que puedan ir a juicio. Es el protocolo actual. ¿Por qué quieres la tarjeta original?
—Porque cuando recogieron la huella con la cinta, no sé, tal vez recogieron…
—Algo de ADN.
—Sí.
—Cielo santo, Harry, eso podría funcionar. Me pregunto si se ha hecho antes.
—Hay una manera de descubrirlo.
—Hablaré con el laboratorio, será lo primero que haga por la mañana.
—Deberías sacar la huella, asegurarte de que está allí después de veintiocho años, con protocolo o sin protocolo.
—Lo haré, y luego la llevaré al laboratorio. Esto es bueno, Harry. Debería haberlo pensado, pero para eso te tengo. Me da esperanza y dará esperanza al concejal Pearlman.
—Bueno, no creo que debamos contárselo hasta que sepamos si merece la pena.
—Tienes razón. Veamos primero adónde nos lleva. De todos modos, realmente no es con Pearlman con quien hablo. Tengo a su jefe de gabinete siempre encima pidiendo resultados.
Bosch se dio cuenta de que Laffont se había equivocado respecto a con quién pasaba tiempo al teléfono Ballard. Se trataba de Hastings y no de Pearlman.
—Sí, Hastings —dijo—. Vi su nombre en el expediente. Tal vez esto lo calle.
—Harry, gracias —dijo Ballard—. Por eso te he traído al equipo. Y ya lo has conseguido.
—Todavía no. A ver qué dice el laboratorio.
—Bueno, creo que ahora puedes pasar al caso Gallagher si quieres.
—Está bien. Empezaré con eso.
—Deja que lo adivine, ¿ya has copiado los expedientes que todavía no tenías?
—Aún no.
—Entonces, ¿te veré mañana en Ahmanson?
—Sí, nos vemos mañana.
Ballard colgó, luego marcó la combinación de la puerta y entró en su edificio.
Después de dar de comer al perro y ponerse un chándal, pidió cacio e pepe para llevar en el Little Dom’s de su calle. Tenía media hora antes de pasar a recoger la pasta, así que abrió el portátil en la mesa de la cocina y se puso a trabajar, tratando de encontrar un caso en el que se hubiera extraído ADN de huellas dactilares.
Se frustró al ver que una búsqueda básica no daba resultados. Cogió el teléfono de la encimera y llamó al móvil de Darcy Troy, la técnica de ADN asignada a los casos de la Unidad de Casos Abiertos.
—Hola, chica.
—Darcy, ¿qué tal?
—No puedo quejarme, a no ser que vengas a darme faena.
—Solo tengo una pregunta por el momento.
—Dispara.
—¿Has oído hablar de que se sacara ADN de una huella dactilar o palmar?
—He oído hablar de eso en conferencias de análisis pericial, pero ¿te refieres a si hay jurisprudencia?
—No, más bien de si se puede obtener ADN de huellas.
—Las huellas dactilares están formadas por el aceite de los dedos. Sigue siendo un fluido corporal.
—¿Las palmares también?
—Claro. Y, si tienes a alguien a quien le sudan las manos, aumentan las probabilidades.
—¿Sudorosas como cuando estás a punto de cometer un crimen como una violación y un asesinato?
—Ahí lo tienes.
—¿Te gustaría ser la primera en intentarlo en este departamento?
—No me vendría mal ese cambio de aires. ¿Qué tienes?
—No estoy segura de que tenga nada todavía, pero uno de mis hombres está con un caso del 94, allanamiento de morada, violación y asesinato, y sacaron media huella del alféizar de la ventana que se cree el punto de entrada del sospechoso.
—¿Cómo se recogió?
—La empolvaron con polvo gris y la pegaron a una tarjeta blanca.
—Mierda, eso no lo pone fácil. El polvo absorbería el aceite, y la cinta que usaron tampoco ayudará. Pero puedo echar un vistazo.
—Mañana a primera hora me pasaré por Huellas a retirarla.
—Si sigue allí, quieres decir.
—Debería. Es un caso abierto. No se ha eliminado el registro.
El departamento emitía ordenes de eliminación de registros a las unidades de pruebas cuando un caso se resolvía y se consideraba finalizado.
—Bueno, si la encuentras, tráemela. Ni siquiera lo contaré como tu acceso prioritario del mes. Pero solo porque esto es algo nuevo.
—Parece un trato que no puedo rechazar. Voy a colgar ahora antes de que cambies de opinión.
Las dos mujeres rieron.
—Te veo mañana, Darcy.
Ballard colgó y miró el reloj. Tenía que ir a recoger su comida. Salió en cuanto cogió la correa y la enganchó al collar de Pinto. Little Dom’s estaba a solo dos manzanas de distancia. La gente del restaurante la conocía bien, porque una vez por semana iba a comer allí o a retirar pedidos. Era su restaurante de referencia desde que se había mudado al barrio. Tenía la comida esperando y todavía caliente. Y hasta había una galleta de perro para Pinto.
Bosch salió de su casa antes del amanecer porque quería llegar a su destino mientras el sol aún estaba bajo en el cielo. Llegó a la autovía 210 y se dirigió al este con un tráfico muy fluido hasta que se incorporó a la 15 y giró hacia el noreste, uniéndose a los coches que iban a Las Vegas. Sin embargo, al poco de cruzar la frontera del estado de Nevada se dirigió directamente al norte por la carretera del valle de la Muerte y se adentró en el desierto de Mojave. La carretera atravesaba una tierra estéril de matorrales y arena, con la salina a lo lejos, que brillaba blanca como la nieve bajo el sol de la mañana.
En el Viejo Sendero Español a Tecopa, Bosch se apartó de la carretera al llegar junto a una cabina telefónica del Departamento del Sheriff del Condado de Inyo y una torre de telefonía móvil alimentada por un panel solar. Se puso una gorra de los Dodgers y bajó del coche. Eran las 7 de la mañana y, según su teléfono, la temperatura ya alcanzaba los 26 grados. Pasó por delante de la cabina y se adentró unos diez metros en la maleza. Encontró el lugar con facilidad. El solitario mezquite seguía allí, dando sombra a las cuatro columnas de rocas apiladas para crear una especie de escultura que marcaba el lugar donde se había encontrado la sepultura. Tres de las columnas de rocas se habían desmoronado con el tiempo, derribadas por los vientos del desierto o los terremotos.
Para Bosch era otro lugar sagrado. Era el lugar donde había terminado una familia entera. Un padre, una madre, una hija y un hijo asesinados y luego enterrados bajo rocas y arena. Nunca habrían sido encontrados de no ser por una expedición geológica de la Universidad de California que estudiaba la salina cercana en busca de pruebas del cambio climático.
Bosch se dio cuenta de que una profusión de flores había brotado alrededor de las rocas y del tronco del mezquite. Cada flor tenía un botón central amarillo rodeado de pétalos blancos. Estaban a poca altura del suelo y probablemente obtenían agua y sombra del mezquite. Bosch sabía que las raíces del mezquite podían extenderse veinticinco metros a través de la roca, la arena y la sal para encontrar agua. Estaban hechos para mantenerse en pie en los entornos más hostiles.
Bosch no pensaba quedarse mucho tiempo, pero sabía que ese tenía que ser el punto de partida del trabajo que estaba comenzando. Antes de sumergirse una vez más en el abismo, tenía que encontrar sus raíces en el caso. El núcleo emocional. Y sabía sin ninguna duda que se encontraba ante ese núcleo. Los medios de comunicación y todos los demás lo llamaban el caso Gallagher. Bosch nunca lo hizo. No podía menoscabarlo de esa manera. Para él era el caso de la familia Gallagher. Una familia entera había sido asesinada. Los habían sacado de su casa por la noche y los habían encontrado allí por casualidad un año después.
En cuclillas entre las flores, Bosch comenzó a reconstruir las columnas de rocas, apilándolas cuidadosamente de nuevo en sólido equilibrio. Llevaba unos vaqueros viejos y botas de trabajo. Tuvo cuidado de no pillarse un dedo bajo las rocas más pesadas mientras las volvía a apilar. Sabía que la naturaleza acabaría deshaciendo su trabajo, pero sentía la necesidad de reconstruir el jardín de rocas al mismo tiempo que empezaba a reconstruir el caso.
Casi había terminado cuando oyó un vehículo en la carretera tras él y el ruido de arena y grava saltando de la carretera pavimentada antes de detenerse. Bosch miró por encima del hombro y vio lo escrito en el todoterreno: «DEPARTAMENTO DEL SHERIFF DEL CONDADO DE INYO».
Un hombre de uniforme se acercó por los matorrales hacia Bosch.
—Harry —dijo—. ¡Qué sorpresa!
—Beto —dijo Bosch—. Podría decir lo mismo. ¿Simplemente pasabas por en medio de ninguna parte?
—No, hace un par de años pusimos una cámara en el panel solar de la carretera. Recibo alertas. He visto que paraba un coche y luego he visto que eras tú. Ha pasado mucho tiempo, hermano.
—Sí, mucho tiempo.
Beto Orestes era el investigador del condado de Inyo que acudió en primera instancia cuando se encontraron los cadáveres en el desierto ocho años atrás. El funesto hallazgo dio lugar a una relación única entre Orestes y Bosch y sus departamentos. Los crímenes contra la familia Gallagher se habían cometido en Los Ángeles, pero los cadáveres se encontraron en el condado de Inyo. La policía de Los Ángeles se ocupó del caso, pero la investigación de la escena del crimen estuvo encabezada por Orestes y dirigida por su departamento. Una investigación auxiliar se centró en el motivo por el que se eligió ese lugar del desierto y en si fue completamente al azar o si se trató de una decisión que podría relacionarse con un sospechoso y ayudar a identificarlo. La investigación no llegó a ninguna conclusión, pero fue exhaustiva, y Orestes había impresionado a Bosch con su compromiso con el caso.
Con el paso de las semanas y luego de los meses, la participación del condado de Inyo fue disminuyendo. Los superiores de Orestes lo veían como un caso de Los Ángeles con una inconveniente ubicación en su jurisdicción. A Orestes se le asignaron otras investigaciones y responsabilidades. Mientras tanto, Bosch también fue retirado de la investigación a tiempo completo y se le asignaron otros casos sin resolver hasta que se retiró. Cuando los dos departamentos se retiraron y la Unidad de Casos Abiertos se disolvió, el crimen de la familia Gallagher se coló por las rendijas entre ellos.
—Llamé hace un año para ver qué tal estabas y me dijeron que te habías retirado —dijo Orestes—. Ahora te encuentro en el jardín de rocas que hicimos hace tantos años.
—Estoy otra vez con el caso, Beto —dijo Bosch—. Pensé que debía empezar aquí.
—¿Te han vuelto a contratar?
—Como voluntario.
—Bueno, cualquier cosa en lo que pueda ayudar, ya sabes dónde encontrarme.
—Lo sé.
Bosch se levantó y se sacudió el polvo de los pantalones. Ya había terminado. Orestes se agachó y cogió una de las flores.
—Es difícil creer que algo tan hermoso pueda existir en este lugar —dijo—. Y la gente dice que no hay Dios. Si me lo preguntas a mí, Dios está aquí.
Giró el tallo entre sus dedos, y la flor giró como un molinete.
—¿Sabes qué es? —preguntó Bosch.
—Claro —dijo Orestes—. Se llama estrella del desierto.
Bosch asintió. No estaba convencido de que fuera Dios en la tierra, pero le gustaba.
Iniciaron el regreso hacia sus vehículos.
—¿Y McShane? —preguntó Orestes—. ¿Asomó la cabeza en alguna parte?
—Que yo sepa, no —dijo Bosch—. Pero no he empezado a buscar de nuevo. Lo haré hoy.
—¿Qué significa «como voluntario», Harry?
—La Unidad de Casos Abiertos la dirige una detective, pero el resto somos voluntarios y a tiempo parcial.
—Sabes, siempre me has parecido el tipo de persona que lo haría aunque no le pagaran.
—Sí, bueno, supongo que sí.
Llegaron a la carretera y Orestes estudió la vieja Cherokee de Bosch.
—¿Este trasto va a llegar? —preguntó—. Tengo veinte litros de agua, por si quieres llenar el radiador.
—No, no hace falta —dijo Bosch—. El motor es resistente, pero el aire acondicionado no tanto. Por eso he salido temprano.
—Bueno, ya me contarás cómo va.
—Sí.
Orestes se dirigió a su todoterreno y lo saludó por encima de su hombro.
—Me gustaría ver esto resuelto antes de que lo deje —dijo.
—A mí también —dijo Bosch—. A mí también.
Cuando Ballard entró en el archivo de homicidios, esperaba encontrar a Bosch en su sitio, revisando el expediente del caso Gallagher. Estaba entusiasmada por ponerle al día sobre su viaje a Piper Tech y luego al laboratorio de ADN esa mañana. Pero no había rastro de Harry.
Paul Masser, Lou Rawls y Colleen Hatteras estaban en sus mesas y Ballard los saludó. Rawls había llegado un día antes de su jornada asignada. Ballard lo interpretó como una señal de que había encontrado una pista en uno de los casos en los que estaba trabajando o simplemente estaba ansioso por conocer al nuevo miembro del equipo, Harry Bosch. Decidió que probablemente se trataba de esto último, ya que su trabajo en los casos se desarrollaba a un ritmo geológico y las pistas eran esquivas. De hecho, era el primer miembro oficial del equipo, pero todavía no había cerrado ningún caso, ni siquiera uno fácil, como una coincidencia directa de ADN.
—Pensaba que íbamos a conocer a la nueva incorporación que mencionaste el domingo en el correo electrónico —dijo Masser.
—Sí —dijo Ballard—. O, al menos, era la intención. No estoy seguro de dónde está, pero dijo que vendría. ¿Por qué no empezamos con las actualizaciones de los casos y luego vemos qué ocurre con él?
Ballard pasó la siguiente hora escuchando a su equipo de voluntarios hablar de sus investigaciones. Era algo más que su supervisora. Como única agente jurada a tiempo completo de la brigada, no solo estaba a cargo del equipo, sino que también era la compañera de cada uno de los miembros a la hora de tomar decisiones que un día podrían ser cuestionadas en un tribunal o revisadas por un comité de apelaciones. Cuando los casos acabaran llegando al sistema judicial, era probable que ella se convirtiera en la principal investigadora y testigo de la acusación.
Lou Rawls empezó el primero y fue el más rápido, limitándose a informar de que seguía revisando los casos de la pila que Ballard le había entregado tres semanas antes y preparando las solicitudes de análisis de ADN. Era exactamente el mismo informe que había dado la semana anterior. Dado que Rawls era el único de la brigada al que Ballard se había visto obligado a aceptar, no dudó en expresar su decepción por la lentitud de su trabajo.
—Vamos, tenemos que entregar esto —le dijo cuando él acabó su informe—. Todos sabemos que el laboratorio está atascado. Hemos de poner los casos en marcha. El departamento y el ayuntamiento no van a esperar eternamente. Esta es una unidad basada en resultados. Decir que estamos esperando los resultados del laboratorio es mucho mejor que decir que estamos trabajando en ello.
—Bueno, si hiciéramos algún progreso con Sarah Pearlman, creo que todos nos sentiríamos menos presionados —replicó Rawls.
