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La delicada reflexión sobre la perversión en realidad nos concierne a todos, puesto que en la propia estructura del deseo, como Freud advirtió, coexiste un "núcleo perverso". Esta obra imprescindible del psicoanálisis configura uno de los estudios más rigurosos realizados sobre el tema, el cual se inscribe en lo que Freud denominaba la "sexualidad considerada normal". Este volumen reúne el material desarrollado por Freud y sus sucesores, y logra definir, a través de una investigación minuciosa sobre sus rasgos y lógicas estructurales, la especificidad de la perversión por encima del conglomerado ideológico que la rodea.
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Seitenzahl: 329
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Título del original en francés:
Structure et Perversions
© by Éditions Denoël, París, 1987
Traducción: Margarita Mizraji
Revisión técnica de la traducción: Nora Woscoboinik, bajo la dirección de Joël Dor
Primera edición: 1989
Segunda edición: abril de 2019, Barcelona
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
Avenida del Tibidabo, 12 (3º)
08022 Barcelona, España
Tel. 93 253 09 04
http://www.gedisa.com
eISBN: 978-84-17690-81-6
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.
A M.D.
Todo mi agradecimiento a Françoise Bértourné por su ayuda continua durante toda la redacción de esta obra y por su valiosa colaboración en la corrección de los originales en francés.
Índice
Introducción
Primera parte
Estructura. Rasgos estructurales.Evaluación diagnóstica
l. El concepto de «evaluación diagnóstica» en la clínica psicoanalítica
2. Síntoma y diagnóstico
3. Síntomas y rasgos estructurales. Ejemplo de sudiferenciación en un caso clínico de histeria
4. La noción de estructura en psicopatología
5. Estructuras psíquicas y función fálica
Segunda parte
Lógica estructural del proceso perverso
6. La concepción clásica de las perversiones
7. El concepto de pulsión en el proceso perverso
8. Negación de la realidad, negación de la castracióny escisión del yo
9. Identificación fálica e identificación perversa
10. Punto de anclaje de las perversiones y manifestacióndel proceso perverso
11. El horror de la castración y la relación con las mujeres.El desafío y la transgresión
12. La ambigüedad parental inductora del proceso perversoy el horror de la castración. Fragmento clínico
13. La relación con las mujeres. El desafío. La transgresión.Elementos de diagnóstico diferencial entre lasperversiones, la neurosis obsesiva y la histeria
14. El goce perverso y el tercero cómplice.El secreto y el obrar
Tercera parte
En las fronteras de las perversiones
15. Proximidad estructural de la psicosisy de las perversiones
16. Sexuación, identidad sexual yavatares de la atribución fálica
17. Transexualismo y sexo de los ángeles
Conclusión.Perversión y mujeres perversas
Introducción
Generalmente «desviado» por el hábito del elemento mediatizado, el concepto de «perversión» ha sido empleado, desde hace mucho tiempo, en un sentido ilegítimo. Su atractivo consiste, especialmente, en sugerir cierto tipo de corrupción ideológicamente consagrada bajo la apariencia de depravación de las costumbres, sin la cual no podría continuar ejerciendo el poder de atracción y hasta diríamos de fascinación que comúnmente se le atribuye.
Esta impúdica seducción, sin embargo, sólo parece acompañar al comportamiento perverso con la estricta condición de que la manifestación de esa conducta se le atribuya solamente a los demás. No hay humillación más ciega que esta defensa imaginaria del observador o del crítico anónimo que goza con los deslices perversos del otro. En realidad, lo queramos o no, la perversión es un asunto que nos concierne a todos, por lo menos en cuanto se refiere a la dinámica del deseo que en ella se expresa y de la cual nadie está exento:
«La perversión es algo de lo cual jamás podremos decir que no nos concierne, pues estamos seguros de que, sea como fuere, nos concierne.»1
¿Esto quiere decir entonces que todos nos vemos envueltos en esta cuestión en el mismo sentido que el perverso mismo? Por cierto que no, a poco que nos preocupemos por definir rigurosamente la especificidad de la perversión por encima del conglomerado ideológico que la rodea. Pero este recaudo —saludable como es— supone a su vez que consideremos la medida exacta del «núcleo perverso» que coexiste en la dimensión misma de todo deseo.
Sólo este esclarecimiento permitirá asignarle al proceso perverso un espacio coherente de inteligibilidad a la vez teórico y clínico: el campo psicosexual. En este sentido, parece que no existen más perversiones que las perversiones sexuales propiamente dichas, lo cual encuentra su legítima justificación en el simple hecho de que la génesis de las perversiones ha de buscarse en el interior mismo de la «sexualidad considerada normal» (Freud).
* * *
Si limitamos la comprensión del proceso perverso a este registro, le estaríamos atribuyendo a las perversiones una identidad de estructura que va más allá del simple caso de la figura psicopatológica. Como prueba, la conmiseración etiopatogénica que se suscita espontáneamente ante la pobreza de un informe psiquiátrico que insiste en ratificar una entidad tan mítica como las «perversiones constitutivas».
Sustraer a las perversiones de la persistente influencia de tal reduccionismo psicopatológico exige, entonces, que se aclare en su totalidad el problema de la estructura psíquica y los rasgos estructurales dentro de la perspectiva de la evaluación diagnóstica, tal como se presentan a la experiencia de la clínica psicoanalítica.
Para poder dar cuenta de la lógica estructural del proceso perverso es necesario asimismo retomar el estudio en el comienzo mismo de la reflexión freudiana. Por un lado, en términos muy generales, en los misterios metapsicológicos que rigen el proceso pulsional del desarrollo psíquico, hasta ese límite en el que todo sujeto resuelve el enigma de la diferencia de los sexos. Por otro, de un modo más preciso, en el laberinto edípico de los antagonismos del deseo, donde puede localizarse un punto de anclaje de las perversiones bajo la influencia de elementos inductores inherentes a la esencia fálica que regula necesariamente el desarrollo de esta dialéctica.
Mediante el recurso a una investigación tan minuciosa, se hace posible aislar algunos rasgos estructuralesque determinan indiscutiblemente y con el máximo rigor, la especificidad de la estructura perversa. Como consecuencia, puede establecerse una definitiva discriminación diferencial frente a otras manifestaciones sintomáticas susceptibles de inducir en la práctica a errores de diagnóstico.
En cuanto al plano clínico, si bien la explicación metapsicológica del proceso perverso permite dar cuenta, además de la semejanza estructural de algunas organizaciones psicopatológicas (como psicosis y transexualidad) también permite trazar la línea divisoria que ratifica la autonomía de las perversiones en relación con ellas. Indirectamente se aclararía así el problema planteado por la existencia hipotética de las perversiones femeninas.
* * *
Sin pretender hacer gala de ningún tipo de originalidad teórico-clínica, interesaba más, al retomar este problema de las perversiones, reunir una gran cantidad de materiales a menudo dispersos en la propia obra de Freud y luego en la de sus sucesores.
La lógica de esta presentación tendría que permitir por lo menos sugerir una cierta coherencia en el estudio de esta organización psíquica, que siempre termina por sumir al clínico en la confusión, tanto por la complejidad de los principios en que se basa como por el carácter sorprendente de sus manifestaciones.
Santa Lucia di Tallano
Agosto de 1986
Notas:
1. P. Aulagnier: «Remarques sur la féminité et ses avatars», en Le Désir et la Perversion, obra colectiva, París, Seuil, 1967, pág. 79.
«La perversión tiene mala prensa. Lo que evoca deentrada es la conducta aberrante, desviada, la manifestación indefendible de malas intenciones, el desliz criminal que lleva a la perdición. El hecho de que en el material sonoro de la palabra se encuentre un “Vers le père”,2 que tomaremos como núcleo central de esta exposición, a menudo queda oscurecido por el halo de escándalo que la acompaña.»
RENÉ TOSTAIN3
Notas:
2. Hacia el padre, [N. del T.].
3. René Tostain: «Essai apologétique de la structure perverse» en La Sexualité dans lesInstitutions, obra colectiva, París, Payot, 1978, pág. 33.
PRIMERA PARTEEstructura. Rasgos estructurales. Evaluación diagnóstica
l El concepto de «evaluación diagnóstica» en la clínica psicoanalítica
La problemática del «diagnóstico» en el campo psicopatológico merece un comienzo introductorio canónico, es decir, un retomo a ciertas concepciones clásicas adelantadas por Freud a partir de 1895. Muy pronto, por no decir desde el nacimiento del psicoanálisis, Freud planteaba el problema del diagnóstico en los siguientes términos:
«Al intentar aplicar a una amplia serie de pacientes histéricas hipnotizadas el método terapéutico de Breuer de investigación psíquica y derivación por reacción, tropecé con dos dificultades y mis esfuerzos para vencerlas me llevaron a una modificación de la técnica y de mi primitiva concepción en la materia:
1) No todas las personas que mostraban indudables síntomas histéricos y en las que regía muy verosímilmente el mismo mecanismo psíquico, resultaban hipnotizables.
2) Yo tenía que adoptar una actitud definida con respecto a la cuestión de qué es lo que caracteriza esencialmente la histeria y en qué se diferencia ésta de otras neurosis.»4
Y continúa Freud un poco más adelante:
«Es muy difícil ver acertadamente un caso de neurosis antes de haberlo sometido a un minucioso análisis [...] Pero la decisión del diagnóstico y de la terapia adecuada al caso tiene que ser anterior a tal conocimiento.»5
Es decir que, desde el comienzo mismo de su obra, Freud se había dado cuenta claramente de la ambigüedad con la que se planteaba el problema del diagnóstico en el campo de la clínica psicoanalítica. Por una parte, señala Freud, parece conveniente poder establecer tempranamente un diagnóstico para determinar el tratamiento adecuado, lo que hoy llamaríamos la conducción de la cura. Pero por otra parte, no se le escapa tampoco que la pertinencia de ese diagnóstico sólo puede quedar confirmada después de un minucioso análisis.
Así, la especificidad de ese diagnóstico se encuentra, entonces, totalmente marcada por una evidente paradoja. En tales condiciones, ¿cómo vincular el carácter operatorio del diagnóstico con la relativa imposibilidad de su determinación previa? Una breve incursión en el terreno de la clínica médica propiamente dicha nos permitirá aclarar algunos aspectos de los problemas intrínsecos del diagnóstico.
En la clínica médica, el diagnóstico es, sobre todo, un acto que cumple dos funciones. En primer lugar, se trata de hacer una discriminación fundada en la observación de determinados signos específicos (semiología). En segundo lugar, se trata de encuadrar el estado patológico así especificado, con respecto a una clasificación debidamente codificada (nosografía). O sea que un diagnóstico médico parece estar siempre subordinado al orden de una referencia etiológica (diagnóstico etiológico) y al orden de una referencia diferencial (diagnóstico diferencial).
Por otra parte, un diagnóstico médico permite, la mayoría de las veces, evaluar no sólo el pronóstico vital o funcional de la enfermedad, sino también la elección del tratamiento más adecuado. Para ello, el médico dispone de una cantidad de medios de investigación que se orientan simultáneamente en dos direcciones complementarias: una investigación anamnésica, destinada a recoger los datos que señalan la existencia de la enfermedad, y una investigación «armada», centrada en el examen directo del enfermo con la ayuda de medios instrumentales, técnicos, biológicos, etc. Esta doble investigación permite reunir el conjunto de las informaciones necesarias para definir el perfil específicamente reconocible de la perturbación patológica.
En el campo de la clínica psicoanalítica, una modalidad de determinación diagnóstica del tipo mencionado resulta invalidada de antemano, con una imposibilidad de hecho, que encuentra su justificación en la estructura misma del sujeto. El analista dispone de una sola técnica de investigación: la escucha, con lo cual queda decididamente eliminada toda idea de investigación armada.
Como el material clínico que aporta el paciente es un material esencialmente verbal, el campo de investigación clínica queda entonces circunscrito de entrada a la dimensión de un decir y de un dicho radicalmente sujetos a las alternativas del imaginario y de la «mentira». Imaginario, porque la manifestación fantasmática se articula subrepticiamente en beneficio del discurso. Y mentira, porque el rasero del habla es el mejor testimonio de la ceguera que acomete al propio sujeto en cuanto a la verdad de su deseo. De allí el malentendido que refuerza el síntoma en la coherencia de la forma encubierta que adopta.
Así alejado del registro de los datos empíricos objetivamente controlables, un diagnóstico de tales características tendrá que ser el resultado de una evaluación esencialmente subjetiva que sólo puede adquirir algún orden apoyándose en el discurso del paciente y en la subjetividad del analista que escucha.
¿Quiere decir, entonces, que en ese campo intersubjetivo no existe ningún punto de referencia firme? ¿Estamos limitados, por este motivo, a un espacio de interacciones puramente empáticas? Si así fuera, el ámbito de la investigación psicoanalítica no sería más que un campo de influencias y de estrategias de sugestión. Pero, como todos sabemos, el psicoanálisis es una disciplina que logró definir su especificidad cuando Freud estuvo en condiciones de apartar de la esfera de la sugestión la posibilidad de comprender los procesos psíquicos. Todo permite suponer, entonces, que puede definirse legítimamente una topografía de las perturbaciones psicopatológicas.
El sustrato de esa topografía se funda en la posibilidad de encontrar un punto de referencia que sólo puede establecerse tomando en cuenta la causalidad psíquica y su secuela de procesos imprevisibles regidos por el inconsciente. A primera vista, la relación que existe entre un diagnóstico y la elección de un tratamiento no parece ser una relación causal típica, en el sentido en que este modo de implicación lógica es precisamente lo habitual en clínica médica.
Recordemos las reservas que manifiesta Freud en su estudio, La iniciación del tratamiento:
«La extraordinaria diversidad de las constelaciones psíquicas dadas, la plasticidad de todos los procesos psíquicos y la riqueza de los factores determinantes se oponen a una mecanización de la técnica y permiten que un procedimiento generalmente justificado no produzca en ocasiones resultado positivo alguno, mientras que un método defectuoso logre el fin deseado.»6
Pero Freud no puede evitar la aclaración siguiente:
«De todos modos, estas circunstancias no nos impiden establecer [...] una línea de conducta generalmente apropiada.»7
De esta manera, tanto en el momento de la elaboración del diagnóstico como desde el punto de vista de la orientación de la cura que de él depende, se supone que el analista puede apoyarse en elementos estables, a pesar de la dimensión intersubjetiva del espacio en el que se efectúa esta evaluación. De todas maneras, el reconocimiento de esos elementos fijos requiere la mayor cautela y de esto dependen tanto la orientación de la cura como su éxito terapéutico. Ése es el peligro del psicoanálisis silvestre tan criticado por Freud. En un breve ensayo dedicado a este tema,8 Freud se refiere, con un ejemplo brillante, no solamente a la prudencia que se requiere para establecer el diagnóstico, sino también a los peligros de toda intervención que pudiera apoyarse en un diagnóstico objetivamente causalista elaborado sobre el modelo de un diagnóstico médico.
En este fragmento clínico, Freud recuerda el caso de una señora de alrededor de 50 años que consulta a un joven médico a causa de sus permanentes estados de ansiedad. Al parecer, las crisis de angustia habían surgido a continuación de su separación del marido. El joven médico, que tenía algún barniz de psicoanálisis, sin más ni más le señala la causa de su ansiedad con una explicación por demás abrupta. La angustia de la paciente no sería más que la consecuencia directa de su necesidad sexual, de que no podía prescindir de las relaciones sexuales. La terapia que le recomienda, pues, tendrá una relación de implicación lógica con la causa del trastorno. Para recobrar la salud le propone recurrir a una de las tres soluciones posibles: «Reconcíliese con su marido»; «Busque un amante» o bien «mastúrbese». Como era lógica, esta imprudente receta terapéutica produjo el efecto esperado: ¡la angustia de la señora empeoró considerablemente! Entonces acudió a consultar a Freud.
Por paródico que sea, este breve ejemplo es sumamente instructivo. Especifica, por cierto, de manera muy clara, la diferencia que existe entre el diagnóstico médico y el diagnóstico que puede elaborarse en clínica psicoanalítica. Asimismo permite captar el tipo peculiar de articulación que se establece entre el diagnóstico y la elección del tratamiento. En este ejemplo referido por Freud es evidente el error de diagnóstico. El problema no consiste tanto en saber si el joven médico era lo suficientemente versado en los principios del psicoanálisis, sino que lo importante aquí es examinar qué tipo de procedimiento utilizó para organizar su acto de diagnóstico. Freud señala inmediatamente que, sin darse cuenta, el médico cometió dos errores. Con la comunicación brusca del diagnóstico, anticipó prematuramente uno de los aspectos esenciales que contribuyen al pronóstico terapéutico: la transferencia, factor preponderante en la dinámica de la intervención analítica. En vez de convertirla en aliada, el médico utilizó la transferencia como un instrumento de resistencia terapéutica. Con cierta indignación se pregunta Freud: «¿Cree acaso el médico que una mujer de más de cuarenta años ignora que puede tomar un amante? ¿O tiene, quizá, tan alta idea de su influencia que opina que sin su visto bueno no se decidiría a dar tal paso?».9
El segundo error cometido por este médico se refiere directamente al proceso en el que se basa el establecimiento del diagnóstico en cuanto tal. El carácter de este error es ejemplar porque ilustra cabalmente cuál es la conducta que jamás se debe seguir en la clínica psicoanalítica: el procedimiento hipotético-deductivo. Esta conducta, que siempre está regida por la relación lógica de causa a efecto, no puede aplicarse en psicoanálisis como se la aplica habitualmente en forma normal en las ciencias exactas. En el ejemplo citado, el joven terapeuta inexperto establece de entrada una relación directa de causa a efecto entre la angustia y la problemática sexual. Esa relación en sí no es inadecuada puesto que sabemos, a partir de Freud, que algunas manifestaciones neuróticas como la angustia por ejemplo pueden depender precisamente del «factor somático de la sexualidad». Pero es evidente que, sobre la base de una relación de este tipo el médico arriba precipitadamente al diagnóstico e indica una terapia que se deriva lógicamente de esta relación de causa a efecto. Y «en estos casos —señala Freud— el médico ha de emplear una terapia actual y tender a una modificación de la actividad sexual física y lo hará justificadamente si su diagnóstico es exacto».10
En este caso todo el problema reside precisamente en preguntarse por el valor del diagnóstico. Aquí el error consiste en haberse precipitado a formular un juicio de causalidad. En términos generales, la interpretación «silvestre» en psicoanálisis se basa siempre en esta racionalización causalista precipitada. Sobre este punto, el comentario freudiano no deja lugar a dudas:
«La señora que consultó al joven médico se quejaba, sobre todo, de estados de angustia y el médico supuso, probablemente, que padecía una neurosis de angustia y creyó acertado recomendarle una terapia somática. ¡Otro cómodo error! El sujeto que padece de angustia no por ello ha de padecer necesariamente una neurosis de angustia. Semejante derivación verbal del diagnóstico es totalmente ilícita. Hay que saber cuáles son los fenómenos que constituyen la neurosis de angustia y distinguirlos de otros estados patológicos que también se manifiestan por la angustia. La señora de referencia padecía, a mi juicio, una histeria de angustia y el valor de estas distinciones nasográficas, lo que las justifica, está, precisamente, en indicar otra etiología y otra terapia. Un médico que hubiera tenido en cuenta la posibilidad de una tal histeria de angustia no hubiera incurrido en el error de desatender los factores psíquicos tal y como se revela en la alternativa propuesta en nuestro caso.»11
Si bien Freud formula con toda claridad los problemas de la ambigüedad y la prudencia en el caso del diagnóstico, resulta igualmente claro que también insiste sobre la relación directa que se da entre la evaluación diagnóstica y la elección de una orientación del tratamiento. El acto psicoanalítico no puede apoyarse ex abrupto en la identificación diagnóstica porque, en su aplicación, jamás se constituye como su pura y simple consecuencia lógica. Como todos sabemos, si así fuera, también tendríamos a nuestra disposición, como todas las disciplinas médicas, tratados o manuales de terapia analítica.
En el ejemplo mencionado por Freud, el error «técnico» principal consiste, sobre todo, en considerar el acto analítico como un acto médico. A propósito de esta confusión, las reservas que expresa Freud son, una vez más, verdaderamente valiosas:
«Hace ya mucho tiempo que se ha superado la idea, basada en una apariencia puramente superficial, de que el enfermo sufre a consecuencia de una especie de ignorancia y que cuando se pone fin a ésta, comunicándole determinados datos sobre las relaciones causales de su enfermedad con su vida y sobre sus experiencias infantiles, etcétera, no tiene más remedio que curar. El factor patógeno no es la ignorancia misma, sino las resistencias internas de las cuales depende, que la han provocado y la hacen perdurar... Si el conocimiento de lo inconsciente fuera tan importante como suponen los profanos, los enfermos se curarían sólo con leer unos cuantos libros o asistir a algunas conferencias. Pero semejantes medidas ejercerán sobre los síntomas neuróticos la misma influencia que por ejemplo sobre el hambre, en tiempos de escasez, una distribución general de menús bellamente impresos en cartulina... Por tanto, la intervención psicoanalítica presupone un largo contacto con el enfermo.»12
Aproximadamente los mismos términos emplea Freud para formular sus reservas en el estudio denominado La iniciación del tratamiento.13
A partir de este momento estamos en condiciones de sacar algunas conclusiones preliminares sobre este concepto del diagnóstico en la clínica psicoanalítica. La primera se refiere al carácter potencial del diagnóstico, es decir, se trata de un acto deliberadamente dejado en suspenso y sujeto a un devenir. Nuevamente nos enfrentamos con este carácter paradójico, con sus dos facetas antagónicas a las que ya nos hemos referido. Por una parte, la relativa imposibilidad de establecer una evaluación diagnóstica con total seguridad, antes de que transcurra un cierto tiempo de desarrollo del tratamiento, por otra, la necesidad de circunscribir a mínima el diagnóstico para decidir la orientación que se ha de dar a la cura. La potencialidad diagnóstica, sujeta al devenir de una confirmación deja entonces en suspenso por un tiempo todo acto de intervención con valor terapéutico. Ésta es la segunda enseñanza que debemos aprovechar. La tercera —que deriva de las dos anteriores— nos hace ver la importancia del tiempo necesario para observar antes de cualquier decisión o propuesta de tratamiento. Este tiempo es el que se destina por lo general a lo que Freud denominaba inicialmente tratamiento de ensayo y que hoy se ha dado en llamar entrevistas preliminares. A Freud no se le había escapado que ese periodo de prueba presentaba la «ventaja de facilitar el diagnóstico».14 Pero, aunque ese período preliminar sea un tiempo para la observación, no es menos cierto que aparece desde el comienzo inscrito en el dispositivo analítico y sólo en esta medida puede contribuir favorablemente a la evaluación diagnóstica y a la elección de la orientación del tratamiento.
Una vez más digamos que Freud no ha dejado de subrayar la necesidad de ese dispositivo analítico ya desde las entrevistas preliminares:
«Pero a la par que un ensayo previo, constituye la iniciación del análisis y ha de seguir, por lo tanto, sus mismas normas. Sólo podremos diferenciarlo algo del análisis propiamente dicho dejando hablar preferentemente al enfermo y no suministrando más explicaciones que las estrictamente indispensables para la continuación de su relato.»15
Parece entonces que la evaluación diagnóstica está sometida prioritariamente al orden del decir, especialmente porque al parecer no se relaciona con el registro de lo dicho ni con sus contenidos. En este sentido, la movilización imperativa del dispositivo analítico confiere a la escucha el carácter primordial de un instrumento diagnóstico que debe prevalecer por sobre el saber nosográfico y las racionalizaciones causalistas.
Estas diferentes enseñanzas que pueden extraerse del corpus freudiano encuentran una ilustración muy adecuada en uno de los trabajos16 de Maud Mannoni, quien insiste permanentemente sobre esta movilización inmediata de la escucha. Señala esta autora que «la primera entrevista con el psicoanalista revela más por las distorsiones del discurso que por su contenido mismo».17 Además, la diversidad de ejemplos citados en la obra constituye una excelente introducción a la problemática de la evaluación diagnóstica en el campo de la clínica psicoanalítica.
Notas:
4. S. Freud, J. Breuer: Studien über Hysterie (1895), G. W., 1, 77/312. S.E., II. Trad. A. Berman, Etudes sur l’histérie, París, P.U.F., 1967, pág. 206. Versión castellana: «La histeria». Obras Completas. Madrid, Biblioteca Nueva, 1948, vol. I, pág. 103.
5. S. Freud: ibíd., pág. 206 (subrayado por mí). Obras Completas, vol. I, pág. 103.
6. S. Freud: Zur Einleitung Behandlung (1915), G. W., VIII, 454/478. S.E., XII, 121/ 144. Trad. A. Berman: «Le début du trataiment», en La Technique psychanalytique, París, P.U.F., 1975, págs. 80-81. Versión castellana: «La iniciación del tratamiento», Obras Completas,vol. II, pág. 334.
7. Ibíd., pág. 81. Obras Completas,vol. II, pág. 334.
8. S. Freud: Uber «wilde» Psychoanalyse (1910). G. W., VIII, 118/125. S.E., XI, 219/ 227. Trad. A. Berman, A propos de la psychanalyse dite «sauvage», en La Technique psychanalytique, op cit. págs. 35-12. Versión castellana: «El psicoanálisis silvestre», Obras Completas,vol. II, págs. 315-318.
9. S. Freud: A propos de la psychanalyse dite «sauvage» op cit., págs. 38-39. Obras Completas, vol. II, pág. 317.
10. S. Freud: Ibíd., pág. 39. Obras Completas, vol. II, pág. 317.
11. S. Freud: A propos de la psychanalyse dite «sauvage», op cit., pág. 39. (La bastardilla es mía.) Obras Completas, vol. II. pág. 317.
12. S. Freud: A propos de la psychanalyse dite «sauvage», op. cit.,págs. 40-41. Obras Completas, vol. II, pág. 317.
13. S. Freud: Le début du traitement, op. cit., pág. 100. Obras Completas,vol. II, pág., 337.
14. S. Freud: Le début du traitement, op. cit., págs. 81-82. Obras Completas, vol. II, pág. 334.
15. Ibíd., pág. 81. Obras Completas, vol. II, pág. 334.
16. M. Mannoni: Le premier rendez-vous avec le psychanalyste, París, Denöel/Gonthier, 1985. Versión castellana: La primera entrevista con el psicoanalista, Buenos Aires, Gedisa, 1987.
17. Ibíd, pág. 164.
2 Síntoma y diagnóstico
En toda práctica clínica, se suelen establecer correlaciones entre la especificidad de los síntomas y la identificación de un diagnóstico. Por suerte, dichas correlaciones, de las cuales depende el éxito de una iniciativa terapéutica, generalmente existen. De todos modos, un dispositivo causalista sólo es eficaz porque el cuerpo responde, de una manera determinada, a un proceso de funcionamiento regulado, a su vez, por determinaciones que obedecen al mismo principio. Así, cuanto más profundo sea el conocimiento de este determinismo, mayor será la cantidad de correlaciones que puedan establecerse entre las causas y los efectos y, como consecuencia, también se hace más sutil la especificación del diagnóstico.
Si bien este principio resulta uniformemente aceptable en todos los ámbitos de la clínica médica, se lo critica de modo implacable en la clínica analítica. Este rechazo se debe sobre todo al singular determinismo que se manifiesta con mucha fuerza en el nivel de los procesos psíquicos con el nombre de causalidad psíquica.
La causalidad psíquica opera por otras vías, que no son las cadenas habituales de interacción de causa a efectos, tal como las reconocemos por ejemplo en las ciencias biológicas. El éxito de la terapia médica suele depender, en muchísimos casos, de la regularidad y permanencia de los hechos causales que se producen en el cuerpo. Por el contrario, por más que aparezca algún tipo de determinismo en el proceso de causalidad psíquica, no parece posible encontrar lineas semejantes de regularidad. En otros términos, no puede establecerse rigurosamente ningún ordenamiento fijo entre la índole de las causas y la de los efectos. Se hace, pues, imposible determinar perfiles de previsiones idénticos a los que observamos en las disciplinas biológicas y médicas en general.
En el campo científico, una previsión sólo tiene sentido cuando se basa en una ley, es decir, en una explicación objetiva y universalizable que da cuenta de una articulación estable entre causas y efectos. La causalidad psíquica no puede formularse en ese tipo de leyes, por lo menos en lo que hace a los requisitos empíricos y formales que permiten definirlas en las ciencias exactas. En estas condiciones, la ausencia de legalidad entre las causas y los efectos, con la consecuente imposibilidad de hacer determinaciones preventivas estables, nos obliga a reconocer que el psicoanálisis no es una ciencia en el sentido estricto que habitualmente se le da a este término.18
Hay un hecho que debe destacarse en esta primera constatación referida al establecimiento del diagnóstico en la clínica psicoanalítica: no existe una inferencia fija entre las causas psíquicas y los efectos sintomáticos. En esta invariante conviene detenerse un poco, aunque sólo sea porque es contraria al funcionamiento habitual de nuestros procesos mentales. Lo sepamos o no, pensamos —e inclusive nos pensamos a nosotros mismos— en un registro de racionalidad cartesiana. Así, nos vemos llevados espontáneamente a estructurar las explicaciones que damos según órdenes de pensamiento lógico que son profundamente causalistas en el sentido del discurso de la ciencia. Rechazar este registro de pensamientos por implicación lógica es uno de los principales esfuerzos que hay que hacer al comenzar el trabajo psicoanalítico.
El pretexto de que es necesario desprenderse de la racionalidad lógica no basta para dejar librado el trabajo psicoanalítico a merced de las fantasías personales. No todo es posible en esta tarea y su desarrollo está sujeto a determinadas exigencias de rigor, por lo menos las que nos imponen seguir el hilo del decir de aquél a quien se escucha, si es que aspiramos seguramente a identificar algo de la estructura del sujeto sobre lo cual pueda apoyarse la evaluación diagnóstica.
Suponiendo que pudiéramos validar una hipótesis diagnóstica a partir de la aparición concreta de síntomas, estamos admitiendo implícitamente la actualización de una relación irreductible de causa a efecto. Como veremos luego, esto significa dejar de lado toda la dinámica propia del inconsciente. La práctica clínica nos enseña que la relación que vincula el síntoma con la etiología de la afección que lo produce está mediatizada por el conjunto de los procesos inconscientes. La correlación entre un síntoma y la determinación de un diagnóstico supone, a minima, la acción de una cadena de procesos intrapsíquicos cuya dinámica no sería la del determinismo causal corriente.
Cualquiera de los mecanismos del proceso primario nos ofrece una prueba indubitable de esta lógica sorprendente de los procesos inconscientes. Examinemos, a título de ejemplo, el destino particular del proceso pulsional que Freud denomina orientación contra la propia persona y que explica del modo siguiente en la Metapsicología:
«La orientación contra la propia persona queda aclarada en cuanto reflexionamos que el masoquismo es precisamente un sadismo dirigido contra el propio yo y que el exhibicionismo entraña la contemplación del propio cuerpo. La observación analítica demuestra de un modo indubitable que el masoquista comparte el goce activo de la agresión a su propia persona y el exhibicionista, el resultante de la desnudez de su propio cuerpo.»19
Si una actividad sintomática como el sadismo supone esta lógica contradictoria de la orientación contra la propia persona, la índole misma de ese proceso descrito por Freud invalida de por sí la idea de una relación causal directa entre un síntoma y un diagnóstico.
Este primer argumento exige que lo ampliemos un poco más. Supongamos que esta lógica contradictoria fuera una lógica estable en el nivel de los procesos inconscientes. En ese caso, podríamos considerar a los pares de opuestos sadismo/masoquismo y exhibicionismo/voyeurismo comoequivalencias fijas. Pero ni siquiera contando con esta hipótesis, estaríamos todavía en condiciones de inferir un diagnóstico seguro a partir de los síntomas.
Admitamos que la actividad sintomática del voyeurismo implica lógicamente al exhibicionismo. Dicho de otro modo, supongamos que la transformación en su contrario se aceptara como una «ley fija». ¿Podríamos por esa razón deducir lógicamente un diagnóstico de perversión a partir de un síntoma como el exhibicionismo? Una vez más, los datos de la experiencia clínica invalidan ese tipo de posibilidad de inferencia directa. El componente exhibicionista, por ejemplo, está presente particularmente en la histeria con la modalidad, a veces espectacular, de «poner a la vista de los histéricos».
El mismo tipo de reservas se nos plantean en el caso de otra figura: la actividad sintomática del orden y la prolijidad. En algunos sujetos este síntoma adquiere proporciones lo bastante inquietantes como para llegar a convertirse en una verdadera inhibición del comportamiento. Tradicionalmente, en las investigaciones freudianas, esta particularidad de carácter adquiere fácilmente la dimensión sintomática, se atribuye al componente erótico anal que es una disposición constitutiva de la neurosis obsesiva.20 Si seguimos estas indicaciones ¿podemos llegar al diagnóstico de neurosis obsesiva basándonos solamente en la identificación de ese síntoma?
No podemos, del mismo modo que no podíamos antes, por la simple razón de que ese síntoma es igualmente identificable en una forma muy activa en la histeria. En efecto, aparece particularmente ampliado en algunas mujeres histéricas en el registro de las tareas domésticas. Las más de las veces se trata, por otra parte, de un síntoma de imitación «conyugal». En su disposición a identificarse con el deseo del otro, el histérico con frecuencia se apropia espontáneamente del síntoma de su cónyuge obsesivo.
Este ejemplo confirma, una vez más, la inexistencia de una solución de continuidad directa entre una cartografía de los síntomas y una clasificación diagnóstica.
* * *
Dicha discontinuidad entre la observación del síntoma y la evaluación diagnóstica nos obliga a reenfocar el problema a la luz delos procesos inconscientes que nunca pueden ser objeto de una observación directa.
Esta imposibilidad de observación directa requiere precisamente la participación activa del paciente, la cual es, siempre, en el campo psicoanalítico, una participación con palabras. Y aquí nos volvemos a encontrar con el precepto freudiano que figura en el frontispicio del edificio analítico. Si bien este precepto nos recuerda que «el sueño es la vía regia que conduce al inconsciente», en realidad toda su eficacia se apoya únicamente en el hecho de que se lleva al sujeto a formular un discurso sobre ese sueño. Estrictamente hablando, entonces, la «vía regia» es el discurso en sí. Las actualizaciones generales del inconsciente no se pueden decodificar con el aparato de la racionalidad explicativa de las deducciones pseudocientíficas, sino exclusivamente en las asociaciones discursivas.
Dentro de su perspectiva de «retorno a Freud», Lacan nunca dejó de insistir sobre la índole básica del discurso en psicoanálisis, como lo testimonian por ejemplo las siguientes directivas de pensamiento formuladas en «La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud»:
«E incluso, ¿cómo un psicoanalista de hoy no sentiría que ha llegado a eso, a tocar el habla, cuando la experiencia recibe de él su instrumento, su marco, su material y hasta el ruido de fondo de sus incertidumbres?
Nuestro título da a entender que más allá de ese habla es toda la estructura del lenguaje lo que la experiencia psicoanalítica descubre en el inconsciente.»21
La misma insistencia de Lacan en destacar la incidencia del habla en la experiencia del inconsciente la volvemos a encontrar en otra línea argumental desarrollada en «Situación del psicoanálisis en 1956»:
«Para saber lo que ocurre en el análisis, hay que saber de dónde viene el habla. Para saber lo que es la resistencia, hay que conocer lo que actúa como pantalla al advenimiento del habla [...]
Entonces, ¿por qué eludir las preguntas que el inconsciente provoca?
Si la asociación llamada libre nos da acceso a él, ¿es por una liberación que se compara a la de los automatismos neurológicos?
Si las pulsiones que se descubren en él son del nivel diencefálico o aun del rinocéfalo, ¿cómo concebir que se estructuren en términos de lenguaje?
Pues desde el origen ha sido en el lenguaje donde se han dado a conocer sus efectos —sus astucias, que hemos aprendido desde entonces a reconocer, no denotan menos en su trivialidad como en sus finuras, un procedimiento de lenguaje.»22
Para llegar en forma más directa a la problemática del síntoma, recordemos también esta breve formulación del Discurso de Roma:
«Elsíntoma se resuelve en su totalidad en un análisis del lenguaje, porque el mismo está estructurado como un lenguaje, porque es lenguaje del que hay que liberar su habla.»23
Si el síntoma se sitúa en el nivel del habla y del lenguaje, parece evidente que el diagnóstico ya no puede prescindir de él. En consecuencia, lo que vamos a denominar las referencias diagnósticas estructurales hay que buscarlas en ese registro del habla. De todos modos, sólo constituirán elementos confiables en la evaluación diagnóstica a condición de separarlos de la identificación de síntomas. La identidad del síntoma se remite, la mayor parte de las veces, a una entidad clínica engañosa, un artefacto producido por los efectos del inconsciente, cuyas astucias y trampas nos señala Lacan, con justa razón, a partir de Freud.
La investigación diagnóstica exige instalarse en un más acá del síntoma, digamos en ese espacio intersubjetivo en el que Freud intentaba establecer la comunicación de inconsciente a inconsciente, mediante su célebre metáfora telefónica:
«(El analista) debe orientar hacia lo inconsciente emisor del sujeto su propio inconsciente, como órgano receptor, comportándose con respecto al analizado como el receptor del teléfono con respecto al emisor. Como el receptor transforma de nuevo en ondas sonoras las oscilaciones eléctricas provocadas por las ondas sonoras emitidas, así también el psiquismo inconsciente del médico está capacitado para reconstruir, gracias a los productos de lo inconsciente que le son comunicados, este inconsciente mismo que ha determinado las asociaciones del sujeto.»24
Lasreferencias diagnósticas estructurales se ponen de manifiesto en el desarrollo del decir, en la forma de atisbos significativos del deseo que se esbozan en la persona que habla. Estas referencias aparecen entonces como los indicios que orientan acerca del funcionamiento de la estructura psíquica misma. De algún modo constituyen los indicadores de señalización impuestos por la dinámica del deseo. Como veremos más adelante, la especificidad de la estructura de un sujeto está predeterminada por la economía de su deseo. Y esta economía está regida por orientaciones, por trayectorias estereotipadas, digamos por ciertos principios de circulación, para seguir con las metáforas viales. Si convenimos en llamar rasgos estructurales a esas trayectorias estabilizadas, las referencias diagnósticas estructurales serían signos codificados mediante esos rasgos de la estructura que dan testimonio de la economía del deseo.
Con el fin de precisar un poco más el carácter operatorio del diagnóstico, resulta entonces conveniente no sólo aclarar muy bien el concepto de estructura, sino también la distinción que existe entre síntomas y rasgos estructurales.
Notas:
18. Las razones que invalidan el psicoanálisis en la categoría de las disciplinas científicas, no son sino consecuencias lógicas surgidas de un principio de epistemología intrínseco al objeto mismo del psicoanálisis. Planteo esta cuestión en una obra que aparecerá con el titulo: L’a-scientificité de la psychanalyse.
19. S. Freud: Triebe und Triebschicksale (1915), G. W., X, 210/232. S.E., XIV, 109/140. Trad. J. Laplanche y J. B. Pontalis, «Pulsions et destins despulsions», en Métapsychologie, París, Gallimard, 1968, pág. 26. «Los instintos y sus destinos», Obras Completas, vol. I. pág. 1031.
20. S. Freud, cf.:
a) Character und Analerotik (1908), G.W., VII, 203/209. S.E., IX, 167/175. Trad. D. Berger, P. Bruno, D. Guérineau, F. Oppenot: Charactère et érotisme anal, en Psychose, Névrose et Perversion, París, P.U.F., 1975, págs. 143-148. «El carácter y el erotismo anal», Obras Completas, vol. I, págs. 950-953.
b) Die Disposition zur Zwangeneutose (1913), G.W. VIII, 442/452. S.E., XII, 311/326. Trad. D. Berger, P. Bruno, D. Guérineau, F. Oppenot: La disposition a la névrose obsesionnelle, en Psychose, Néurose et Perversion, París, P.U.F., 1973, págs. 189-197. Versión castellana: «La disposición a la neurosis obsesiva», Obras Completas, vol. I, pág. 982.
c) Uber Triebumsetzungen, insbesondere der Analerotik (1917), G. W. , X, 402/410. S.E., XIII, 125/133. Trad. D. Berger: Surta transformation des pulsiones particulièrement dans l’erotisme anal, en La Vie Sexuelle, París, P.U.F., 1969, págs. 106-112. Versiones castellanas: «Sobre las transmutaciones de los instintos y especialmente del erotismo anal», Obras Completas, vol. I, págs. 992-995.
a) b) y c) en: «Ensayos sobre la vida sexual y la teoría de las neurosis», Obras Completas, vol. I. pág. 931 y 55.
21.
