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Este libro se centra en la importancia del juicio, la exigencia y la honestidad en el desempeño de los científicos y profesionales. De todo ello proviene la preocupación por la universidad como centro privilegiado de cultivo de conocimientos, de métodos para crearlos, acrecentarlos y difundirlos; como centro de formación humana y de ciudadanía. La universidad debe formar ciudadanos competentes y éticos y, por eso, capaces de servir a la sociedad, sin comprometer sus legítimos intereses, ni su dignidad y responsabilidad. Así pues, la competencia personal y el sentido ético son cualidades irrenunciables. Es pues en base a la iniciativa, al aporte y a la competencia científica y profesional que una sociedad puede construir una situación de justicia, de equidad o de posibilidades de realización personal para todos.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
Máximo Vega Centeno (Cusco, 1933) es ingeniero civil por la Universidad Nacional de Ingeniería, magíster en Urbanismo y Acondicionamiento del Territorio y doctor en Economía por la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica). Vinculado desde 1964 con la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), actualmente es profesor emérito y dicta los cursos de Deontología, Ética y Economía, y Ética del Arquitecto. Ha ejercido la docencia en las áreas de Econometría, Teoría del Crecimiento, Teoría del Desarrollo y, más recientemente, Ética en Economía y Arquitectura. Ha incursionado también las condiciones y efectos de fenómenos naturales como sismos, inundaciones o sequías; pero su preocupación mayor y permanente ha sido el desarrollo, cuya comprensión y logros han orientado sus diversos trabajos.
Máximo Vega Centeno
ÉTICA Y DEONTOLOGÍA
La universidad, la ética profesional y el desarrollo
Ética y deontologíaLa universidad, la ética profesional y el desarrollo© Máximo Vega Centeno, 2017
© Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2017Av. Universitaria 1801, Lima 32, PerúTeléfono: (51 1) 626-2650Fax: (51 1) [email protected]
Diseño, diagramación, corrección de estiloy cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP
Primera edición digital: agosto de 2017
Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.
ISBN: 978-612-317-286-2
Introducción
Este trabajo surge por mi continua y exclusiva dedicación a la universidad, con la consiguiente preocupación sobre la naturaleza de la institución universitaria, su significación y aporte esperado, tanto en la actualidad como en el futuro de la sociedad peruana, así como por las condiciones en que debe cumplir su cometido. La finalidad de una universidad es formar personas con alguna especialidad y con capacidad de generar conocimientos y asumir responsabilidades en función de una deseable evolución de la sociedad. Otra motivación —y no menor— ha sido que desde hace quince años (desde el año 2000) se me ha encargado dictar el curso de Ética para los estudiantes que están terminando el ciclo de licenciatura en la especialidad de Economía en la Facultad de Ciencias Sociales y posteriormente, a partir de 2006, también para los estudiantes en situación similar en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, ambos en la Pontificia Universidad Católica del Perú con la que estoy asociado desde 1963. Anteriormente había dictado principalmente los cursos de Econometría, Teoría del Crecimiento y Teoría del Desarrollo y participado o realizado diversos trabajos de investigación en mi campo de especialización. En el periodo reciente, a propósito del encargo de los cursos de Ética, además de una necesaria evaluación de mi propia experiencia académica, ha sido mucho lo que he debido estudiar y comprender en el diálogo con los colegas con quienes he compartido los cursos de Ética: Javier Iguíñiz en Economía y Pedro Belaunde en Arquitectura; y con los estudiantes en general. Igualmente ha sido una etapa en la que se generó una mayor exigencia de evaluar el trabajo universitario y la significación del servicio que se prestaba a la sociedad, en relación y discusión con colegas y con estudiantes, aunque solo en forma ocasional y dispersa.
En este sentido, pensando más en las exigencias de fondo que en el simple, y sin embargo necesario, funcionamiento de las instituciones, encontramos que todas las disposiciones legislativas y declaraciones de principios que hemos podido revisar, y que son ampliamente conocidas, afirman que la universidad es una comunidad de maestros, alumnos y egresados, consagrados al cultivo del saber o de la ciencia y al servicio de sus respectivas comunidades. Por lo mismo, debemos formularnos las preguntas que se plantean a partir de la existencia, el funcionamiento y los resultados de la universidad en nuestro país. Incluso algo que no aparece tan claramente, pero que está implícito en toda definición de universidad en nuestro medio y en general en el mundo, es sobre el aporte específico en términos de formación de profesionales y científicos, en y por la universidad y las condiciones que esta tarea supone o exige. Por esto, consagraremos un capítulo a la revisión de la experiencia universitaria en nuestro país que, pensamos, puede ser útil para comprender problemas actuales y precisar los proyectos del futuro.
Por otra parte, entendemos que la universidad no solo capacita, sino que forma personas con competencias específicas y con capacidad de renovarlas y de enriquecerlas en el curso de su vida, aun ya fuera de la institución, y que esto supone método y disciplina intelectual, así como opciones éticas y afirmación o rescate de valores. En otras palabras, la consideración responsable de personas y de la sociedad en su conjunto. Esto implica revisar cuestiones conceptuales sobre Ética en relación con la responsabilidad de asumir la capacidad institucional de formar personas y de completar el carácter integral y no exclusivamente técnico de la preparación, o mejor, de la formación universitaria. Dedicaremos a este aspecto, que consideramos fundamental, otro capítulo en el que, tanto por convicciones personales como por el hecho de trabajar en una universidad confesional, —cuestión que debemos aclarar más adelante—, esto es la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), nos sentimos exigidos de precisar las exigencias y los contenidos que, si bien no son excluyentes o exclusivos, son la referencia de este trabajo, ya que en mis ya numerosos años de trabajo en la PUCP y mi trabajo universitario en general, he podido y aun he estado permanentemente exigido de fundamentar posiciones, de matizar afirmaciones y de interrogar a otros y a mí mismo sobre el fundamento de opciones tomadas y también de las que como profesor comunicaba a los estudiantes de Economía y de Arquitectura a quienes, como acabo de mencionar, he dictado el curso de Ética en uno de los últimos años de sus estudios en la universidad.
En seguida, puesto que una de las tareas irrenunciables de la universidad es la de impartir formación profesional, examinaremos este aspecto en relación con el aporte global y auténticamente científico que se puede y debe exigir a la universidad y con la relación con colegas y con colectivos de colegas, como son los colegios profesionales. Se trata de la recurrentemente mencionada ética profesional y más aun con la responsabilidad personal y social del profesional universitario y los requerimientos de justicia o equidad social. El profesional goza de una posición privilegiada en la sociedad y eso se puede considerar legítimo por diversas razones, pero ello también crea exigencias u obligaciones que no se pueden obviar. Es importante revisar el papel de los colegios profesionales, su desempeño y el tipo de participación de quienes estarían habilitados para incorporarse y formar parte de ellos.
Por último, y porque consideramos algo esencial, examinaremos las cuestiones que tocan al desempeño profesional y al desarrollo de las sociedades, ya que la presencia y actuación de los profesionales no es neutra si consideramos al desarrollo como la creación de condiciones de vida humana mejores y cómo el desempeño profesional puede contribuir a crearlas. Lo haremos incluso en la perspectiva del desarrollo sostenible, como enfoque totalizante y de amplio contenido humano que, en todo caso, supera la visión tentadora de considerar al desarrollo simplemente como un fenómeno de enriquecimiento a nivel agregado, es decir mayor riqueza global, con una dudosa distribución o beneficio para el conjunto. Algo que recién se comienza a tomar en cuenta es, que ese enriquecimiento, muchas veces es al precio de destruir la naturaleza o hacer inaccesibles bienes que no son exclusivamente materiales y obtenibles en el mercado. La consideración del desarrollo como creación de mejores condiciones de vida para la sociedad y para sus integrantes representa así un desafío y también una oportunidad privilegiada para el aporte y participación de profesionales y científicos que es necesario recatar y estimular y, ese es también un desafío y una posibilidad del trabajo universitario.
Las reflexiones que presentamos reflejan, tanto en método como en contenido, lo que nos ha permitido acumular la situación de estudiante, primero, y luego, las de docente y autoridad universitaria. En lo muy concreto es una experiencia personal en universidades con normas imperfectas y valores rescatables, con problemas serios y de todo tipo y también con iniciativas audaces y valiosas que trataremos de comunicar.
Por lo mismo, el panorama que mostramos va más allá de normas y avatares políticos, demográficos y sociales y que, ciertamente, ha marcado personas y generaciones, aunque no siempre como lo haría la deseable evolución de las personas y las instituciones. Es pues, solo, con el fin de ilustrar, aunque sea en forma parcial, problemas y posibilidades, que presento en este acápite, lo que ha sido mi propia experiencia universitaria, desde la etapa de estudiante en dos universidades y luego la de profesor enteramente dedicado a la universidad en una tercera.
Soy, en «primera instancia», ingeniero civil formado y graduado en la, hoy, Universidad Nacional de Ingeniería. Aunque cuando ingresé (1953) era la, ya vieja, Escuela Nacional de Ingenieros, creada en 1896. Debo recordar que en ese tiempo, hasta la década de 1950, existían en el país solamente siete centros de educación superior, es decir, la Universidad Mayor de San Marcos, las universidades de Cusco, Arequipa y Trujillo, todas nacionales, a las que se debía añadir las Escuelas de Ingenieros, de Agronomía y la Escuela Normal Superior, también nacionales y, finalmente, una universidad particular, la Universidad Católica del Perú, fundada en 1917. En el año 1955, por una ley, se reconoció a las tres escuelas superiores como universidades y la mía pasó a ser la Universidad Nacional de Ingeniería, como he anotado. El cambio fue sobre todo de denominación, ya que antes se les reconocía de hecho entre el grupo de universidades, aunque eran estrictamente especializadas. Solo años más tarde se producirían, en estas escuelas, algunos cambios inherentes a su nueva denominación, así como también algunas iniciativas que reflejaban la ampliación de sus perspectivas académicas. La Escuela de Ingenieros se caracterizaba por la continuidad y regularidad de su funcionamiento y era reconocida como una excelente escuela profesional. Las inquietudes reformistas, como el cogobierno y otras no habían tenido impacto y el nivel académico era elevado y bien reconocido. Más adelante, al ser reconocida como universidad debió incorporar varias de esas novedades y afrontar los problemas de la readecuación y, como subproducto de ello, algunos vicios o excesos, como una radicalización política que resultó suplantando a un anterior y patológico desinterés por los problemas sociales y aun de la política universitaria.
Mi experiencia personal es pues la de testigo y en pequeña medida de actor, como simple estudiante y luego como dirigente estudiantil, de un proceso de transformaciones a veces desconcertantes. Debo anotar que siendo una escuela de ingenieros, la gran mayoría de profesores tenían esa profesión o alguna especialización en el campo y el entonces Ministerio de Fomento y Obras Públicas, que incluía a todas, consideraba a una gran proporción de especialidades entre su personal, y tuvo una innegable influencia es la selección de profesores e incluso interfirió en su funcionamiento y elección de autoridades en más de una ocasión. Sin embargo, también debo decir que esa experiencia fue, en general, muy grata y positiva, sobre los años de alumno de la ENI-UNI, aunque se trataba de una escuela profesional muy especializada y sin contacto con otras disciplinas. En el ciclo inicial, llamado Departamento Preparatorio, estaban programados seis cursos de Matemáticas avanzadas (Aritmética, Álgebra, Geometría Plana y del Espacio, Trigonometría Plana y Esférica) y además los de Física, Química, Geometría Descriptiva (materia nueva y novedosa) y uno de dibujo que se impartían con alto nivel y exigencia en los rendimientos. De tal manera, en el segundo año, ya definida la especialidad que en mi caso y en medio de muchas dudas fue la de Ingeniería Civil, resultaba que en el segundo año recibíamos, por ejemplo, un curso de Economía Política que, curiosamente, se centraba en los componentes doctrinarios del origen de la disciplina. Era un lunar, algo extraño, cuya finalidad, y sobre todo utilidad, los estudiantes no entendíamos ni apreciábamos respecto a lo que podía aportar a nuestra formación. Más adelante, en los ciclos finales, un curso sobre cuestiones internacionales nos pareció especulativo y doctrinario en medio de cursos técnicos, rigurosos y prácticos y, otra vez, aparentemente sin relación con nuestra formación. Ambos cursos eran dictados por abogados o juristas sin relación con la profesión, en su trabajo habitual. Una cosa que debo añadir y como algo fundamental, es que los cursos propios de la carrera eran de un elevado nivel y los profesores, en ese tiempo todos por horas, eran notables personalidades de la especialidad y de muy alto nivel académico. En los últimos años se dictaban dos cursos que para mí fueron de gran importancia. Uno de Arquitectura y el otro de Urbanismo, que esta vez tenían una clara relación con la ingeniería, aunque no eran cursos técnicos, y en la forma que fueron enfocados por los profesores, fueron muy motivadores para ampliar la visión e involucrar otras inquietudes, más allá de las estrechamente ligadas a la especialidad, sin descuidarla. Es claro para mí, en la actualidad, que si hubiera pasado por algún ciclo del tipo Estudios Generales, hubiera podido decidir mejor mi orientación de especialidad y abreviar mi periodo formativo, como detallaré más adelante. En esta etapa, fue muy importante mi participación en el movimiento de Estudiantes Católicos (UNEC) y el cambio en el ambiente y discusión política en el país, para ampliar mis perspectivas y aspiraciones. En la preparación de la tesis de grado, ya concluidos los estudios, en un trabajo inicial tuve, además de la asesoría de mi profesor-director, el arquitecto Fernando Belaunde, la oportunidad de recibir el apoyo y la crítica de profesionales con experiencia y rigor en forma continua, lo cual fue sumamente valioso para un principiante y que lamentablemente no es oportunidad común para los que preparan tesis fuera de la facultad.
Mi interés, que debería precisar más adelante, nació en el marco de los cursos de Arquitectura y de Urbanismo que acabo de mencionar, por una parte, y en los de Hidráulica y Resistencia de Materiales, por otra. En el caso de los primeros, por la forma en que la Arquitectura asociaba las consideraciones de lo que puede ser funcional para la vida humana, así como del valor de lo estético; y, en el caso del Urbanismo porque abría la visión y la preocupación por los establecimientos humanos, urbanos o regionales, y porque mostraba la complejidad de elementos técnicos o materiales que intervienen a propósito de los requerimientos humanos. En cuanto a los cursos técnicos que he mencionado, los de Hidráulica y Resistencia de Materiales fueron de gran importancia, no solo por su rigor y aun elegancia matemática, sino por la forma como ponían en evidencia el fundamento y el tipo de contacto de la naturaleza, o el recurso natural, con la intervención humana y las exigencias de los usuarios. Todo esto trataría, por mi parte, de precisar y de evaluar en mi trabajo inicial, la preparación de la tesis de grado, que consistió en el estudio de situación y una primera propuesta de renovación un sector deteriorado de la ciudad, el sector de Santoyo y El Agustino, en la periferia de Lima. Se trataba, ciertamente, de un trabajo que se podía situar en el límite de la ingeniería y que interrogaba a diversas disciplinas para entender los problemas que se encontraban y que más adelante podrían recibir el aporte de ellas en la propuesta de soluciones.
Más adelante, con un pequeño bagaje y muchas inquietudes busqué la posibilidad de avanzar en mi formación y solicité admisión en el Instituto de Urbanismo y Acondicionamiento del Territorio de la Universidad Católica de Lovaina (UCL), en Bélgica. Esta vez, la unidad en que debía hacer mis estudios pertenecía a una universidad de antigua tradición académica que, como tal, congregaba a diversas especialidades, y el programa mismo del instituto incluía cursos que se debía tomar en otras facultades. En concreto, el quehacer universitario se definía, tanto formalmente, pero sobre todo en términos prácticos, como un intercambio permanente de todo tipo de disciplinas, por supuesto en la medida que la actitud de estudiantes y profesores asumiera posibilidades y responsabilidades. Esta fue pues una nueva experiencia, una «segunda instancia» en mi formación y búsqueda todavía como especialización en Ingeniería, pero que fue mucho más lejos en términos de revisar vocación, línea de trabajo y opción entre el trabajo profesional y el trabajo académico. Se hacía evidente que entre la revisión del mundo como dato y aquella del mundo como proyecto, el enfoque territorial y las soluciones espaciales ya no resultaban siempre suficientes o adecuadas y era el desarrollo, es decir la utilización y transformación de lo que ofrece la naturaleza y su distribución equitativa en la sociedad humana, el que aparecía como el desafío fundamental.
Ahora bien, de acuerdo con la organización de los cursos, había algunos que eran ofrecidos por otras unidades y, en ese contexto, algo muy importante para mí fue que pude seguir, por primera vez, dos cursos de Economía, esta vez dictados por especialistas y en alto nivel, que me permitieron descubrir y apreciar el interés que tenía esa disciplina para las aspiraciones de la sociedad, es decir el desarrollo y aun para el urbanismo. Además de esta apertura interfacultaria, algo que me impresionó mucho fue que prácticamente la totalidad de profesores eran de tiempo completo y que, con diferente modalidad, la investigación era la actividad más importante y apreciada. De allí surgía la calidad de los cursos, su enriquecimiento y actualización, así como también los reconocimientos y el prestigio social de los profesores y de la institución, igualmente el progreso personal y la realización plena de quienes se dedicaban a la universidad. Evidentemente se ponía en tela de juicio algo que era común en nuestro medio, esto es que la actividad principal o exclusiva era el ejercicio profesional directo y que muchas veces lo académico era secundario incluso para quien se dedicaba a la universidad, esto era la docencia exclusivamente. Por eso, hay que reconocer que en el fondo esta fuera poco apreciada, como lo expresa un dicho que escuché en ese tiempo, y que cínicamente sentenciaba «El que sabe hace o actúa y el que no sabe enseña», con lo cual casi se excluía o se descalificaba la dedicación a la universidad, entendida exclusivamente como centro de enseñanza que, por lo demás, resultaba repetitiva y banal.
Para completar este ciclo, tuve que preparar una tesis o memoria de maestría, esta vez dentro de la facultad y como parte de mi programa. El tema fue sobre el acondicionamiento territorial de una región densamente poblada y que afrontaba la crisis de haber sido una de las primeras que se había industrializado en Bélgica en el siglo XVIII y que debía replantear su desarrollo en nuevas condiciones técnicas y económicas. En realidad, con bastante audacia y algo de irresponsabilidad abordé el análisis de la realdad desde los puntos de vista demográfico, social, económico y territorial o geográfico de la región y propuse algunas líneas de acción, pero sobre todo quedé convencido de que el trabajo de un solo profesional era insuficiente y que en realidad se requería un equipo que trabajara conjuntamente. Fue pues, en medio de mis limitaciones, una etapa de aprendizaje, de consolidación vocacional y, algo muy importante, de respeto por el trabajo y los criterios que aportaban quienes tenían otras competencias, experiencia y visión.
Con esta nueva experiencia, al retornar al país, tomé contacto con la PUCP que justamente estaba preparando la creación de una nueva facultad, la de Ciencias Sociales, y en función de los problemas y de los retos del desarrollo. Este proyecto constituía novedad por su diseño, por involucrar diversas especialidades en las ciencias sociales así como por prever dedicación completa de los profesores, por lo menos en una alta proporción, y por crear, simultáneamente, un centro de investigaciones. En lo personal, ser acogido por la facultad me permitió confirmar la visión multifacultaria de la universidad y, también, evaluar mis propias posibilidades en lo que toca al nivel adquirido hasta entonces y a la capacidad de investigar y proponer una enseñanza renovada y en alguna forma original. Por eso, al poco tiempo, debí retornar a la UCL para completar los estudios con énfasis en los campos de la Economía y la Estadística hasta el nivel de posgrado, realizar los estudios de doctorado y presentar una tesis doctoral, esta vez en Economía y sobre temas vinculados al desarrollo.
Esta larga y compleja etapa de formación, que no creo deba ser la de todo candidato, se debió, entre otras cosas, al carácter incompleto o estrecho de las perspectivas académicas que en ese tiempo se ofrecían en el país en los campos que me interesaban; a su escasa o nula relación con las otras ciencias, y a la orientación de los graduados, su responsabilidad y valor en el futuro de la sociedad y de la humanidad. Es necesario distinguir el cultivo de las ciencias de lo que puede ser el entrenamiento o la creación de habilidades prácticas, ambas necesarias, pero anotando que lo primero corresponde estrictamente a la universidad, mientras que lo segundo puede ser el quehacer de escuelas especializadas. En efecto. lo que está en juego en el primer caso es la visión del mundo que compromete la diversidad de disciplinas que pueden aportar a su conocimiento y las disciplinas de síntesis que pueden reflexionar sobre lo conocido y, por otra parte, la formación o entrenamiento profesional que debe proporcionar especialistas en diferentes campos, como médicos, ingenieros, juristas, etcétera. Estos son necesarios pero no los únicos en la sociedad, ya que una cosa es, por ejemplo, plantearse los problemas de salud de la humanidad (o de un grupo de ella) y otra el resolver un caso o un aspecto parcial, digamos una apendicitis. Lo primero es complejo, profundo y fundamental, pero no es de solución inmediata y cierta, mientras que lo segundo es urgente e impostergable, aun solo con un nivel de conocimientos dado y que, en el extremo, puede dispensarse de examinar las implicaciones.
Estas consideraciones, fruto de una experiencia variada, aunque en definitiva positiva, son las que me estimulan a hacer referencia a la formación universitaria y a la presencia social de quienes han hecho la experiencia universitaria, han adquirido competencias y las aplican o confrontan con el ejercicio profesional como en el campo propiamente académico.
Capítulo I.La universidad en el Perú: antecedentes y condicionantes
Hace ya un buen tiempo, incluso mucho antes de la promulgación de la Ley Universitaria de 1983 que estuvo vigente hasta 2014, que se puede tomar como referencia, existía en los medios interesados, sobre todo estudiantiles y de autoridades, una inquietud por la situación de las universidades y las normas que encuadraban su situación y posibilidades de evolución. Había insatisfacción y había aspiraciones cuya justificación y legitimidad están por juzgar, pero estaban presentes y se manifestaban en diferentes formas, una de la cuales, tal vez la más recurrente, era la de lograr una nueva normativa, una nueva ley universitaria que, se suponía, debía permitir cambios y desarrollos deseables y para no pocos, otorgar recursos financieros suficientes. Es cierto también, que dada la mecánica de elaboración de leyes en el país, la composición de las cuerpos legislativos y la estructura del poder, no faltaban posiciones más bien escépticas, como las del autor que contraponían experiencias, necesidades y posibilidades con la vigencia y formalidad de normas, por lo demás, confusas o imperfectas, condenadas a la ineficacia. Se produjeron y conocieron diversos proyectos, pero ninguno llegó a tramitarse hasta los niveles de decisión, de manera que las expectativas se mantuvieron y algunas adquirieron gran intensidad.
En realidad, en las últimas décadas del siglo XX las condiciones y requerimientos del país habían cambiado o estaban en un proceso acelerado de transformación que, además de las aspiraciones de quienes estaban directamente concernidos, obligaban a replantear el papel, función y condiciones de operación de la institución universitaria. Señalaremos dos cuestiones de primera importancia e indiscutible influencia en el desarrollo institucional, como son, por una parte, el incremento notable y rápido de la población total en el país (de veinte a cerca de treinta millones de habitantes entre 1985 y 2013) y de los grupos de población en edad de realizar estudios (de tres a cerca de diez millones de personas, en el mismo periodo) —según las informaciones el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI)—, de los que hubo evidencia de su localización en áreas urbanas. Por otra parte, estaba el hecho de que el innegable incremento de la educación había sido sobre todo en extensión o cobertura, más que en contenidos u orientación. El resultado para la universidad es que en un periodo de treinta o cuarenta años se había elevado enormemente la demanda por estudios universitarios, con la idea o el supuesto de que un diploma es un seguro contra la desocupación o la mala ocupación. Además, queda la pregunta de si las universidades existentes estaban en condiciones de ofrecer la formación requerida o adecuada para esa mayor población demandante y si era posible y sencillo ampliar la capacidad de las existentes o habilitar nuevas universidades en buenas condiciones y en localidades nuevas. Esas buenas condiciones no son otra cosa que condiciones técnicas y científicas que justifiquen el carácter de universidades, como veremos más adelante, y esto supone equipos y sobre todo profesores debidamente calificados y suficientes en número y disponibilidad.
En estas condiciones, la inquietud o la insatisfacción con las normas legales, la insatisfacción y reservas a la ley de 1983 que ya hemos mencionado, se agudizaron en las décadas recientes hasta convertirse en un clamor de todos los sectores, dentro y fuera de la universidad. Se agudizó el reclamo por la elaboración de una nueva ley universitaria, en el supuesto o la ilusión de que resolvería todos los problemas existentes y garantizaría la superación institucional. Sabemos que en el Congreso se habían presentado algo de diez proyectos y que cuando este fue «disuelto» por el gobierno en 1992, se promulgó un decreto ley que, para estimular la inversión en educación, creaba la figura de las universidades con fines de lucro. Ello abrió las posibilidades de existencia de entidades sujetas a una normatividad anárquica, en lo institucional y también a menores exigencias en lo que toca a condiciones académicas que permitían la titulación.
Por lo demás, recordemos que en el país había y subsiste la idea de que los estudios universitarios son el complemento necesario de la educación secundaria o de que en el país no hay otra forma de preparación para el ejercicio laboral y la subsistencia. También existe una aspiración de prestigio, tanto personal como social o regional, que presiona o estimula por los estudios universitarios y por el logro de algún título o diploma. Estos fenómenos han influido, sin lugar a dudas, en la mayor demanda de matrícula y en la proliferación de carreras o especialidades que, en otros tiempos, no se hubieran considerado como universitarias al no estar basadas en alguna disciplina científica.
