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Lupe Bohorques

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Decir que la ética está de actualidad, o incluso de moda, es ya un tópico por lo mucho que se ha repetido. Pero no deja de ser cierto que hace unos treinta años se produjo una revitalización del interés por las cuestiones éticas, que aún perdura. En la época en la que estudiaba filosofía no ocurría así. Por entonces la ética era una rama poco relevante de la filosofía; por varios motivos. En primer lugar, por las corrientes de tradición o inspiración marxista que todavía coleaban. Para estos planteamientos, la ética no dejaba de ser un invento de las clases en el poder para que los débiles se comportasen bien; en el mejor de los casos se reducía a un consuelo para los bienintencionados que querían cambiar las cosas, pero no conseguían nada. Estos discursos postulaban por su parte una solución de los problemas sociales contundente, política, revolucionaria. La ética no servía para lograr ese cambio. No servía ahora y no serviría después. En efecto, cuando el cambio se produjera por otros medios, tampoco sería necesaria la ética al existir ya un nuevo orden social justo. En cualquier caso, por tanto, la ética resultaba poco relevante.

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Veröffentlichungsjahr: 2014

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COMITÉ CIENTÍFICO de la editorial tirant humanidades

Manuel Asensi Pérez

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Universitat de València

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Catedrático de Teoría e Historia de la Educación

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Catedrático de Ciencia Política y de la Administración

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Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web:

http://www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales

ÉTICA Y DESARROLLO PROFESIONAL

LUPE BOHORQUES

CARMEN CASTRO

CÉSAR CASTILLO

FELICIANO CONGÁLEZ

Valencia, 2014

Copyright ® 2014

Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor.

En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com (http://www.tirant.com).

© Lupe Bohorques (Coord.)

© TIRANT HUMANIDADES

EDITA: TIRANT HUMANIDADES

C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia

TELFS.: 96/361 00 48 - 50

FAX: 96/369 41 51

Email:[email protected]

http://www.tirant.com

Librería virtual: http://www.tirant.es

DEPÓSITO LEGAL: V-1732-2014

ISBN 978-84-16062-60-7

MAQUETA: Tink Factoría de Color

IDEA DE LA PORTADA: N. BOHORQUES Y MÓNICA HERRERO

Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a:[email protected]. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea enwww.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresanuestroProcedimiento de quejas.

Agradecimientos:

Dr. Hugo Aznar

Roberto Ballester

Begoña Barrado

N. Bohorques

Ilma. Sra. Dña. Victoria Camps

Dra. Marcia Castillo

Dr. Armando Dominguis

Excmo. Sr. D. José Enrique Fernández del Río

Mónica Herrero

Ruth León

Excmo. Sr. D. Javier de Lucas

Emilio Martínez

Ernesto Méndez

José Vicente Sanfélix

Salvador Vives

A l@s buen@s profesionales

y a l@s profesionales buen@s

PRÓLOGO

La actualidad de la ética aplicada

Hugo Aznar1

Decir que la ética está de actualidad, o incluso de moda, es ya un tópico por lo mucho que se ha repetido. Pero no deja de ser cierto que hace unos treinta años se produjo una revitalización del interés por las cuestiones éticas, que aún perdura. En la época en la que estudiaba filosofía no ocurría así. Por entonces la ética era una rama poco relevante de la filosofía; por varios motivos.

En primer lugar, por las corrientes de tradición o inspiración marxista que todavía coleaban. Para estos planteamientos, la ética no dejaba de ser un invento de las clases en el poder para que los débiles se comportasen bien; en el mejor de los casos se reducía a un consuelo para los bienintencionados que querían cambiar las cosas, pero no conseguían nada. Estos discursos postulaban por su parte una solución de los problemas sociales contundente, política, revolucionaria. La ética no servía para lograr ese cambio. No servía ahora y no serviría después. En efecto, cuando el cambio se produjera por otros medios, tampoco sería necesaria la ética al existir ya un nuevo orden social justo. En cualquier caso, por tanto, la ética resultaba poco relevante.

En segundo lugar, estaban los discursos cientificistas que también eliminaban la ética, pero por razones diferentes. En este caso, sería el progreso de la ciencia y de su aplicación técnica el que se encargaría de hacer innecesaria la ética. Muchos problemas que habían ocupado tradicionalmente a la ética —como el sufrimiento, el reparto de la riqueza, la infelicidad, etc.— desaparecerían al solucionarse mediante el avance científico y tecnológico de la humanidad. La ética simplemente se quedaría sin problemas, sin asuntos, resueltos con aparatos, pastillas, técnicas o inventos nuevos. Puede que algunos de estos problemas tardaran algo más en resolverse —unos años, unas décadas, quizás incluso alguno durara algún siglo más—, pero, sin duda, la ética quedaba reducida a ser sólo el testimonio de nuestra incapacidad temporal para resolver un problema, que el progreso se ocuparía de solucionar, más pronto que tarde. La ética quedaba pues en el lado de los perdedores, condenada al cajón de los saberes del pretérito, junto con la alquimia o la astrología. ¿Para qué perder entonces el tiempo con ella?

Por si faltaba algo, quedaban también los asépticos y fríos teóricos del lenguaje, los analíticos, que se habían hecho dueños de gran parte del panorama filosófico desde comienzos del siglo XX. También estos habían afirmado, no ya la poca utilidad de la ética, sino quizás algo incluso peor: su pura nulidad, literalmente su insignificancia. En efecto, el lenguaje ético era la manifestación de un lenguaje no positivo, que enunciaba y hablaba de cosas que en realidad eran inexistentes. Los discursos éticos no versaban sobre problemas reales que hubiera que resolver, sino que más bien se trataba de problemas ficticios creados por un mal uso de nuestro lenguaje, por una mala comprensión de su lógica2. Si se comprendía bien el lenguaje y sus términos, entonces tales problemas no es que se resolvieran es que se disolvían: simplemente desaparecían por un uso correcto de nuestros conceptos. A modo de metáfora: los discursos éticos eran como los discursos sobre brujas: existen de hecho descripciones, clasificaciones detalladas e historias de las brujas; es más, se puede tener miedo de las brujas y hasta acusar a alguien de ser bruja y, lo que ya no es broma, ¡hasta se puede condenar y quemar a alguien por bruja!, como ocurrió miles de veces a finales de le Edad Media. Y sin embargo, todos sabemos (incluso los niños lo saben) que las brujas no existen. Los discursos éticos corren la misma suerte: también hay volúmenes enteros de ética, también se suspenden y aprueban asignatura de ética en algunos grados y hasta se elogian o condenan algunas conductas por su falta o no de ética; pero en el fondo no nombran ni dicen nada real. Léanse si no los periódicos. Discursos como de brujas. Mejor por tanto, sin ellos.

Por estos motivos, o por estos discursos, la ética había sido condenada a lo largo del siglo XX a desaparecer; o cuando menos a mantenerse callada. Y sin embargo, justo cuando ya iba a acabar el siglo, y como en un intento de rectificar a toda prisa, se produjo un estallido de la ética: de repente, de la noche a la mañana la ética —o sería más exacto decir: el interés por la ética— volvió a la realidad, a la actualidad; y lo hizo, además, con una fuerza inusitada.

El cambio cogió por sorpresa, incluso, a la gran mayoría de los teóricos que habían prestado su atención a la ética. En primer lugar, por su dimensión: por pasar de repente de la condena a los anaqueles del pasado y a la extinción por inanición, a la más plena y absoluta actualidad. ¡A estar de moda!, ¡quién lo iba a decir! Pero quizás, incluso más por otro aspecto: ese renacer y ese interés no había venido provocado por los teóricos de la ética, no había sido el resultado de una campaña exitosa desde las cátedras de ética o de alguna obra filosófica de especial capacidad iluminadora dentro de este ámbito. Al contrario, fue un renacer allí donde menos se podía esperar: en la sociedad, a partir del interés y la demanda de ciertos colectivos y personas interesados y motivados por estas cuestiones3. Fue simple y llanamente un cambio en las demandas de la sociedad y la cultura. Más que callar, ahora se reclamaba repentinamente a la ética hablar, y hablar mucho.

El giro ético de finales del siglo XX, tiene como rasgo destacado su origen en el interés suscitado por los problemas reales de la vida colectiva y por la necesidad de darles respuesta. Un interés eminentemente práctico. No se trata de especulación filosófica, o al menos no de pura especulación filosófica, sino más bien de enfrentar e intentar dar respuesta desde a la ética a los problemas reales de la sociedad. Fue por ello que se dio muy pronto en hablar no ya de ética sólo sino más bien de ética práctica o de ética aplicada.

Hablar de ética práctica le hubiera parecido a uno de sus padres fundadores, Aristóteles, una redundancia. La ética ya era de por sí la ciencia práctica por antonomasia; no en balde era la disciplina que versaba sobre la acción humana; y la acción, es siempre práctica. Pero la ética del siglo XX había llegado a estar tan alejada de la realidad y de la acción, que cuando se planteó su renacimiento, hubo necesidad de un nuevo apellido que pusiese de relieve que su auténtica finalidad debía ser ahora efectivamente práctica. O como se ha hecho más frecuente decir, aplicada. Se trataba de afirmar así el designio con el que se producía este sorprendente renacimiento: afrontar los problemas de la sociedad, de sus diferentes actividades y campos, de sus profesionales y sus ciudadanos.

Todo ello nos ayuda a entender otro rasgo destacado de este renacer ético. Casi es una tendencia consustancial a la filosofía, pensar que puede dar respuestas unívocas a todas las cuestiones. Parece estar en el ADN de la filosofía su vocación de dar una respuesta común a los problemas humanos, como si todos pudieran converger en un método, un hallazgo o una solución únicos.

En ese primer momento del renacer ético, al que nos hemos referido, se intentó responder así a los problemas que se planteaban: de manera unitaria. Pero pronto se pudo comprobar que resultaba difícil en una sociedad compleja y altamente diferenciada como la nuestra. Puede —incluso deben— existir aspiraciones, problemas, interrogantes, métodos, procedimientos y principios comunes; o cuando menos similares. Tampoco debe faltar el contraste y el diálogo permanente entre disciplinas y campos del saber, entre actividad y profesionales, por alejados que parezcan. Incluso hay cuestiones y hasta respuestas comunes. Pero su vocación aplicada obliga a la ética a llevar esos interrogantes al corazón de cada campo y actividad social, a cada ámbito de actividad profesional con el ánimo de ver y hacer frente a la especificidad de cada uno de ellos. Sólo así se entiende, por ejemplo, que incluso un deber común como el secreto profesional pueda acabar significando cosas diferentes y aún opuestas en campos como el derecho, la medicina, el sacerdocio, la informática, la asesoría empresarial o el periodismo. Hay tantos elementos comunes como distintivos y propios de cada campo, que obligan a abordarlos desde la especificidad y singularidad de cada uno de ellos.

Y, como en una sucesión lógica de consecuencias, esta especificidad define otro rasgo de este renacer ético: su consustancial e inevitable carácter interdisciplinar. En gran medida esta ética aplicada nace del encuentro, la preocupación compartida y el diálogo entre quienes conocen y practican una determinada disciplina, una actividad, una profesión, y quienes reflexionan de forma genérica sobre la ética humana. Nace igualmente de la pluralidad misma de los asuntos humanos y las cuestiones que suscitan: pueden ser problemas técnicos, científicos, políticos, económicos… pero siempre también problemas humanos, problemas de acción y responsabilidad humanos (una obviedad, pero que se había dejado de lado en los grandes discursos filosóficos y culturales con los que comenzábamos más arriba). Muchas veces, mejor dicho, la mayoría de las veces han sido precisamente quienes practican esas actividades, quienes se han enfrentado a estos problemas en su actuación cotidiana, en sus respectivos campos de actuación; es decir los profesionales, los expertos y los docentes de estas disciplinas y actividades los que han vuelto a interrogarse —y consiguientemente a interesarse— por la dimensión ética de sus actividades, por la ética aplicada a sus campos, sus disciplinas, sus profesiones.

En las páginas que siguen se abordan algunos de estos problemas de ética aplicada. Dejo al lector que los recorra para enfrentarse a estas diferencias y particularidades de cada ámbito de cuestiones prácticas y a las propuestas e ideas que recojan sus autores respectivos.

Quisiera en cambio concluir subrayando aquello que todos estos ámbitos han de compartir necesaria, ineludiblemente. En efecto, lo que todos estos campos de ética aplicada han de compartir necesariamente es precisamente el rasgo más propio de la ética: que su acento último recae finalmente en la acción y el compromiso de los individuos.

En esto se distingue la ética del discurso político: que, aunque éste también dependa en última instancia de acciones individuales, pone el acento más bien en las transformaciones de orden institucional, de orden estatal, de orden ideológico, a la hora de tratar de solucionar los problemas comunes. También se distingue en esto del discurso científico, que, aunque dependa asimismo en última instancia de las acciones de los científicos y técnicos, atribuye al conocimiento científico, a sus resultados, a su aplicación, a su avance la resolución de los problemas humanos. Precisamente el efecto final de estos discursos había sido que conducían inevitablemente a la disolución de la responsabilidad individual. Si el problema lo resuelve la política o la ciencia, entonces como individuos podemos delegar toda responsabilidad y confiar en que esos subsistemas y quienes los ocupan se harán cargo de la situación y de su solución.

Pero la actualidad de la ética debe ser ante todo la actualidad de la recuperación de la responsabilidad individual: desde la formulación de los problemas hasta el intento de darles solución, pasando también y de modo muy especial por la vivencia de estos retos, por la toma de conciencia de su relevancia para la vida y el futuro de la sociedad. Responsabilidad doble en este caso: primero, por la que todos y cada uno tenemos en relación a nuestras propias acciones, allí donde nos toca hacerlas realidad; pero también, por la que todos compartimos ineludiblemente en relación a los retos comunes que tenemos como sociedad, a los retos de la humanidad de la que formamos parte (y de cuyos logros por otra parte disfrutamos).

Uno más de los asuntos comunes de la ética aplicada, en cada campo o área es, por tanto, evitar la tendencia a escudarnos en las exigencias del sistema, en las prácticas establecidas, a caer en las rutinas productivas que en cada ámbito de actividad social nos llevan a hacer lo que todos, sin pensar, sin reflexionar, aunque presintamos o percibamos en el fondo (y no tan en el fondo) que las cosas no se están haciendo bien o que las consecuencias que se siguen para todos no son buenas.

De modo que la ética puede estar de actualidad o de moda; pero se trata de una moda exigente. No basta con curiosear, con divagar en clase o en los periódicos acerca de ciertos asuntos muy interesantes. Se trata también de actuar, de asumir la responsabilidad ineludible que cada uno tiene en su ámbito de actuación propio. Por ello, la actualidad de la ética tiene un componente menos grato y que por su parte no ha ganado tanta actualidad: la exigencia de coherencia. Si se habla de ética, más aún si se habla de ética aplicada, debe ser para hacerla, cuando menos para tratar de hacerla realidad. Esta es la clave última de toda ética: en última instancia implica a las personas y sus acciones; la responsabilidad personal, de cada uno, a la hora de actuar y tomar decisiones. Nadie puede suplantarnos a la hora de actuar. No valen excusas.

Seguramente es ésta la demanda más pendiente de la ética aplicada: que realmente sea aplicada, que realmente se aplique. Es la queja que suele escucharse en la mayoría de quienes atienden a estos discursos: su falta de efectividad. Por ejemplo, la efectividad de los códigos de ética profesional, o más aún de los de ética empresarial, por no hablar ya de los códigos éticos de los partidos políticos. Existir, existen; pero servir para algo, ya es otra cosa. La implementación efectiva de la ética aplicada, tres décadas después de su llamativo renacer, sigue en gran medida pendiente. Y, lo que es peor, caso de no realizarse, entraña el riesgo importante de que pase la expectativa generada en su día, de que caduque, de que el descontento por la falta de resultados acabe con una actualidad que no ha producido resultados ni ha tenido apenas efectos.

Evitar esto pasa por dos cosas: en primer lugar, por tener todos algo más de paciencia, pues esta implementación requiere tiempo, no es una cosa de hoy para mañana. Cambiar hábitos, prácticas e instituciones sociales, incluso modos de pensar que llevan décadas (en algunos casos ya siglos incluso) funcionando así, que son muchas veces enormemente complejos, no es sencillo y requiere tiempo. No es cosa de un día para otro. Y en segundo lugar, hay que tomar conciencia de que la aplicación de las soluciones y medidas éticas pasa en primer lugar por la ética misma; o por la moral. Esto no es un juego de palabras. Pone de relieve en cambio que el discurso ético no puede convertirse en otro metarrelato acerca de la resolución final de los problemas, en el que la ética sustituiría ahora al progreso, la ciencia o la economía como resolutores finales de los problemas humanos. En efecto, no se trata de entender esta actualidad de la ética como plantear problemas, proponer soluciones y esperar luego que se solucionen. La ética aplicada de verdad pasa porque la gente, la sociedad, las personas, cada uno de nosotros, la haga realidad en su ámbito de actuación propia. La ética aplicada la debe aplicar cada persona, cada profesional, cada responsable en su actividad diaria y cotidiana. Y por cierto, esta misma aplicación nos facultará a su vez para ser más exigentes con quienes hablan de ética y no la practican, incluso la traicionan con su conducta; particularmente una clase política que se ha vuelto con mucho el ejemplo más notorio de esta forma particular de hipocresía moral. La coherencia empieza por cada uno de nosotros, a la hora de cumplir; y también a la hora de exigir cumplir. Algunas propuestas teóricas están ahí, muchos códigos profesionales ya están ahí, incluso algunos mecanismos para hacerlos efectivos ya se están poniendo en marcha o llevan algunos años funcionando ya. Pero lo que es ineludible en último término es el compromiso personal de cada uno y finalmente, por tanto, de muchos más de nosotros.

Quizás esto nos ayude a hacer frente a la sensación de desconcierto que nos embarga en estos momentos, cuando la actualidad de la ética aplicada en estas últimas tres décadas coincide con una de las peores crisis de la sociedad occidental de los últimos 150 años. Una crisis provocada o agravada por la codicia, el afán desmesurado de ganancia, la falta de valores, la corrupción de muchas prácticas de diferentes subsistemas e instituciones; de muchas, muchas personas por tanto. Confiemos en que esta crisis no conlleve una crisis en la confianza de que la ética puede hacer algo por mejorar las cosas; entre otras cosas, porque después de la crisis de la política y de las otras grandes esperanzas e ideologías de la humanidad de los últimos siglos, de los grandes relatos, ya no nos queda mucho más en que esperar… más bien nada. Debería ocurrir lo contrario: que la crisis haga más perentoria precisamente la necesidad de ética, de más ética aplicada, de más aplicación de la ética. Que sean más las personas, los colectivos, las organizaciones, los subsistemas que tomen conciencia de la necesidad ineludible de la ética… y de su aplicación: en cada área, en cada campo, en cada lugar de trabajo, en cada acción social.

1 Hugo Aznar es Doctor en Filosofía por la Universidad de Valencia y Profesor Agregado de Ética de la Comunicación e Historia del Pensamiento Político de la Universidad Cardenal Herrera. Entre sus obras destaca Comunicación responsable (Ariel, 2011, 3ª ed.), obra traducida al portugués. Más recientemente ha editado, traducido y anotado la obra de Walter Lippmann Libertad y prensa (Tecnos, 2011).

2 Caso de responder a problemas reales, entonces volvíamos al supuesto cientificista expuesto antes: había que reformular estos problemas en términos, problemas y discursos de modernas disciplinas científicas, que procederían a su estudio y solución técnica. El discurso ético quedaba vaciado de contenido.

3 Parte de este renacer quizás fuera oportuno atribuirlo, al menos indirectamente, a los efectos no previstos de la corriente de pensamiento que se dio en llamar Posmodernidad. No tanto porque la revitalización de la ética fuera uno de sus temas u objetivos, que no lo era en absoluto; sino más bien porque proclamaron el final de los grandes relatos, precisamente aquellos que mantenían en su grandeza y poderío, un tanto encogida a la ética. Al caer en descrédito dichos grandes relatos —el del progreso, el de la revolución, el de la ciencia, el de la objetividad—, reapareció con fuerza la ética que estaba aplastada por ellos.

INTRODUCCIÓN

“No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos,

de los deshonestos, de los “sin ética”. Lo que más me preocupa

es el silencio de los buenos” (M. Luther King)

“Ahora más que nunca la ética es necesaria” (S. Hessel)

En el momento histórico y social en el que vivimos, y en plena crisis económica y de valores en la que estamos inmersos, somos conscientes que la falta de ética en los distintos ámbitos de nuestra vida, puede condenarnos irremediablemente al fracaso como seres humanos. Por el contrario, la aplicación de los principios éticos, tanto en nuestra vida como en nuestras respectivas profesiones, puede ayudarnos a mejorar el estado de las cosas, a tener una dirección más clara y a dotar de sentido nuestro trabajo, replanteándonos la dimensión social y humana de aquello a lo que nos dedicamos.

El estudio de la ética en la actualidad, contra todo pronóstico, ha irrumpido en distintos ámbitos profesionales y continúa emergiendo con toda su fuerza. Así, la ética, la falta de ética, el significado de la ética y los dilemas que plantea, se estudia y discute de diferentes formas en diversos escenarios: colegios, Universidades, librerías, despachos profesionales, movimientos estudiantiles, etc., como si sintiéramos la necesidad de que la ética volviese a ocupar un lugar importante en nuestras vidas, como si tuviéramos una verdadera nostalgia de recuperar los valores humanos. ¿Cuál es la razón de este renacimiento del interés por la ética? Probablemente, los seres humanos, dotados de sensibilidad, de razón y de conciencia, necesitamos ciertos valores que nos identifican y legitimen nuestras actuaciones para vivir bien.

El libro que presentamos en estas páginas invita a la reflexión sobre los valores éticos en el desarrollo de algunas profesiones y a la puesta en práctica de los mismos. No pretende, en modo alguno, ser un manual de ética teórica, y tampoco un pequeño libro de historia de la ética. Nuestro enfoque está centrado en lo que se llama la ética aplicada para el desarrollo profesional, concretamente en aquellas profesiones que se ubican dentro del ámbito jurídico, el mundo de la empresa, la traducción y la enfermería.

Para ello, hemos estructurado el libro en dos partes diferenciadas: la primera, expone el marco teórico donde se sitúa y define la ética, a través de un brevísimo repaso por las principales corrientes éticas. Este marco teórico pretender aclarar, en los dos primeros capítulos, a qué nos referimos cuando hablamos de ética, así como distinguir los conceptos de ética y moral, e introducir la noción de ética jurídica, justicia, y globalización, estableciendo una distinción entre moral, política y derecho.

El capítulo tercero está dedicado a mostrar la necesidad de aplicar una perspectiva feminista a la ética dentro del objetivo de la conquista social en la igualdad de derechos. En este capítulo se dedica un apartado especial a los derechos humanos y a la situación social de las mujeres en el mundo, donde se analizan los conceptos de ética de la justicia y del cuidado, y se propone una ética para otro mundo mejor y posible.

La segunda parte, se centra en la ética aplicada al mundo profesional, concretamente en la deontología profesional en el ámbito de la abogacía, la empresa, la traducción profesional y la enfermería, donde se exponen las características de la ética profesional. Partimos de la idea de que un ejercicio profesional ético sirve a una sociedad que a su vez nos sirve a nosotros, y ayuda a la construcción de una sociedad mejor, otorgándole a nuestro trabajo una dimensión superior al interés particular. Pero no solo eso, partimos también de la idea de que un enfoque desde la ética mejora las profesiones, mejora las relaciones entre las personas y mejora las sociedades. Creemos que la enseñanza de la ética y la aplicación de la misma ayuda a construir una sociedad más feliz y más justa.

Mención especial merece la bioética a la que se hace referencia solo en la medida en que se ve afectada por diversos conflictos ideológicos y morales que en ocasiones se trasladan a su dimensión de ética aplicada y de la que tratamos de forma sucinta por su complejidad.

Cabe, asimismo destacar, que este libro refiere, fundamentalmente, al ámbito de aplicación de la Legislación española y al mismo tiempo tiene una importante consideración hacia la Legislación mexicana, por lo que se encontrarán continuas referencias a ambos marcos jurídicos.

Esperamos sinceramente que la lectura de estas páginas ayude a todas las personas que tienen un genuino interés en el mundo de la ética, a mejorar su desarrollo profesional, y por extensión, contribuir a la mejora de nuestro mundo, desarrollando una conciencia de humanidad también desde el desarrollo profesional.

Lupe Bohorques

Parte I

MARCO TEÓRICO

Capítulo 1

INTRODUCCIÓN A LA ÉTICA

Lupe Bohorques1

1.1. ¿Qué es la ética? Un breve paseo por el pensamiento ético esencial

“En respuesta a la pregunta “¿Hay algún valor de acuerdo con el cual pueda actuarse a lo largo de la vida?”, Confucio respondió:

El dicho acerca de la consideración: “Nunca obres con los demás lo que no quieras que obren contigo”.

Cuando hablamos de ética, tenemos la sensación de encontrarnos en el terreno de lo subjetivo y lo indefinible. Es como hablar de algo que no podemos tocar con las manos, algo difuminado, abstracto y muy cercano al mundo de la moral. Definir la ética es complicado porque su concepto ha sido objeto de numerosas reflexiones filosóficas, pero la ética aparece como una rama de la filosofía cuyo terreno es la reflexión sobre los fundamentos de la conducta humana, los conceptos del bien y el mal, los valores y la moral.

Originariamente la palabra Ética, proviene del vocablo griego ETHOS, que significa acción, costumbres, hábitos, modo de ser o carácter. Se cree que fue Homero el primer autor en utilizar la palabra ETHOS, para hacer referencia a un lugar habitado por hombres y animales2, y Zenón de Citio, también lo utiliza con un sentido distinto, para referirse a la fuente de la vida, de la que emanan los actos humanos.

Para la Grecia clásica del siglo V, la ética significaba una forma de vida cuyo objetivo era alcanzar la felicidad de los seres humanos, y, lejos de ser un asunto individual, la felicidad se consideraba un asunto público. El cometido de la ética era para los griegos proporcionar al ciudadano las bases de una vida feliz, ya que la ética se asentaba sobre las mismas bases que la estructura sociopolítica de la polis3.

Sócrates es considerado el primer filósofo que reflexiona sobre la moral4, definiendo la ética como “la ciencia de la conducta humana”5. Platón, su discípulo, subraya la idea de que la obligación más importante que deben tener todos los ciudadanos de la polis es la obligación moral de asumir con responsabilidad el deber de educarse lo mejor que puedan, conforme a su capacidad, para el bien de la sociedad. Antes de emprender una acción, Platón nos invita a que nos formulemos una pregunta: ¿Esta acción va a suponer felicidad para mí y para los demás? Sócrates y Platón coinciden en la idea de que existen unas reglas básicas y eternas para distinguir las buenas acciones de las que no lo son, y ello puede explicarse a través de la razón humana que es eterna e inmutable.

Aristóteles da un paso más allá y baja la filosofía a la tierra, a lo concreto, a lo demostrable. Su teoría ética se centra en la experiencia y en la búsqueda de la felicidad y del bien del “hombre como ciudadano de la polis”, ya que la mejor vida para una persona está cerca de los demás seres humanos, en la ciudad, lugar de desarrollo y realización humana. Para él, la ética, lejos de constituir un saber teórico, se relaciona con el saber práctico cuyo fin es la formación humanística. La ética debe responder a preguntas esenciales de la humanidad: ¿Cómo debe vivir el ser humano? ¿Qué hace falta para que un ser humano pueda vivir feliz? ¿Qué es la virtud?

La escuela Estoica con su larga vida de cinco siglos (s. III a.C-S.II d.C) retoma la idea de que la filosofía, cuya función es ayudar a las personas a vivir una vida lo mejor posible, debe ser esencialmente práctica. Para esta escuela la ética está emparentada con la lógica y consiste en “la capacidad de ordenar la propia conducta y salvarse uno mismo en medio del caos en el que inevitablemente se encuentra”6. Cada ser humano es un “microcosmos”, que a su vez es el reflejo de un “macrocosmos”; por lo tanto la humanidad es una comunidad donde todos estamos interconectados, por lo que debemos ser conscientes del lugar que ocupamos en la tierra, así como de nuestra pequeñez o de nuestra grandeza. Los estoicos aceptan las situaciones vitales que no pueden cambiar, y desean librarse de las pasiones porque las considera obstáculos a la felicidad humana. No es lo que ocurre en el mundo lo que importa, sino lo que interpretamos que ocurre, lo que nos hace más o menos felices. A Cicerón, Séneca, Epicuro”, Epícteto y Marco Aurelio, entre otros, les preocupa el ser humano y aquello que es útil para alcanzar una buena vida, y es esa búsqueda la base fundamental de su ética.

En la Edad Media el concepto de ética da un giro radical y se convierte en teología. Dios es el punto de partida de toda moral. Si San Agustín en el siglo III d.C vuelve su mirada a la filosofía de Platón, Tomás de Aquino retoma la filosofía de Aristóteles en un intento de conciliar razón y fe. La fe y la razón son para Santo Tomás dos caminos posibles para encontrar a Dios. Por lo tanto, hacer el bien y evitar el mal sería el fundamento de la ética y el punto de encuentro de ambas leyes morales.

En el Renacimiento la filosofía y la ciencia se van desprendiendo de la teología de la Iglesia con un paulatino rechazo a la escolástica de la Edad media, y una vuelta a las fuentes grecolatinas. El arte y la cultura de la Grecia clásica renace, y el estudio de la cultura y la lengua griegas proporciona un desarrollo de las llamadas “cualidades humanas”, donde la moral comienza a considerarse un asunto más individual que colectivo y la idea de dignidad humana adquieren mayor importancia. Si el punto de partida en la Edad Media es Dios, en el Renacimiento es el ser humano.

En la Europa de mediados del siglo XVII, un filósofo inglés llamado Thomas Hobbes (1588-1679) sitúa la ética en el terreno de la política. Pocos años después, otro filósofo nacido en Ámsterdam, Baruch Spinoza (1632-1677) publica su Ética, y, en una línea similar a su predecesor, mantiene la idea de que cada ser humano debe buscar por sí mismo la verdad y esta búsqueda es esencialmente individual. El objetivo de la ética de Spinoza es conocer la realidad7, entendiendo la ética como un “arte de vivir”, y la misión de la filosofía como una comprensión de la realidad en la que se vive para poder aceptar los avatares de la vida con buen ánimo. No hay que olvidar la mirada hacia la vida “bajo el ángulo de la eternidad”8, una vida condicionada por las leyes de la naturaleza e impregnada de presencia divina. Su aportación más llamativa a la filosofía es que “la guía de la ética es la alegría, un afecto, no un principio racional”9.

El siglo XVIII fue crítico hasta la extenuación10. La ética ilustrada en Francia está impregnada de un pensamiento esencialmente racionalista y los ilustrados franceses reflexionan sobre organización del estado, el espíritu de las leyes y la división de poderes (Montesquieu); sobre la naturaleza del ser humano y el contrato social (Rousseau) o sobre la felicidad, cuestión sobre la que Voltaire llega a afirmar que “buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una”11. Maupertuis, por su parte, en su Ensayo sobre la filosofía moral, sostiene que la filosofía no debe tener ya otra meta que la búsqueda y el logro de la felicidad12:

Hay un principio en la naturaleza, más universal aún que lo que se llama luz natural, más uniforme todavía apara los hombres, presente tanto en el más estúpido como en el más sutil: es el deseo de ser feliz. ¿Será una paradoja decir que es de ese principio de donde debemos sacar las reglas de conducta que hemos de observar?

El proceso de buscar un fundamento racional de la conducta humana sobre el bien y el mal, sobre la moral, cierra su ciclo con el filósofo alemán Immanuel Kant, (1724-1804). Para Kant la pregunta fundamental de la ética no es “¿qué es lo bueno?”, sino “¿qué debo hacer?” Y, dado que los deberes morales se expresan en normas, la pregunta puede formularse así: ¿qué condiciones debe cumplir una norma moral para que pueda ser considerada como tal, es decir, para que pueda obligar? El objetivo de la ética no sería tanto la felicidad, como conseguir una voluntad que quiera hacer el bien13, que trate al ser humano “siempre como un fin “y “nunca solamente como un medio”14. Es moral aquello que debe convertirse en ley universal15.

La corriente utilitarista inglesa de mediados del XVIII, y principios del XIX cree que el criterio de la moralidad es el criterio de la felicidad de la mayoría. Se trata de conseguir la mayor felicidad para el mayor número de personas. La filosofía moral debe ser práctica porque su objeto de estudio es el comportamiento humano16. De nuevo se piensa que el objeto de una teoría moral es querer conseguir la conjugación entre la felicidad individual y la colectiva, y las leyes deben perseguir precisamente ese objetivo, la felicidad de los individuos que forman la sociedad. A Bentham le preocupa la aplicación práctica de la teoría ética17, la construcción de una sociedad en la que las personas sean útiles y sirvan al entramado social y la existencia de una democracia verdaderamente representativa, donde se haya conseguido el sufragio universal. Por su parte, John Stuart Mill, hace referencia al poder de la educación para establecer en la mente de las personas la asociación entre el interés particular y el general, y aprender qué acciones son más convenientes no solo para uno mismo, sino para todos18. En palabras de MacIntyre19:

Cuando la felicidad recibe el sentido amplio e indiferenciado que le dan Bentham y Mill, el mandato “busca la felicidad” se reduce meramente a “trata de alcanzar lo que deseas”. Un mandato vacío que no dice nada con respecto a los objetos reales del deseo, o a deseos excluyentes y antagonistas.

Desde la mitad del siglo XIX hasta el final de este mismo siglo, el pensamiento de tres filósofos da la vuelta a la filosofía ética anterior de forma radical y centra su mirada en el individuo, alejándose de toda teoría generalista o abstracta, hasta el punto que la ética “de una forma u otra queda anulada”20. Estos tres filósofos desmitifican la ética y la filosofía ilustrada, y relegan el concepto de felicidad a una “ilusión”.

Schopenhauer (1788-1860) refiere a la voluntad y a la moral intuitiva, que se resumen en la compasión. La filosofía de la moral se convierte en un duro objeto de crítica que pone en entredicho las verdades asumidas hasta ese momento y los cimientos de la filosofía misma.

Para Kierkegaard (1813-1855), más importante que tratar de encontrar la verdad, es encontrar “mi verdad” porque las verdades esenciales se ubican en la esfera de la conciencia individual. Lo que importa es la decisión y la elección individual ante la propia existencia.

Nietzsche (1884-1900) sostiene que no existe una sola moral, sino distintas formas de concebir la moral. En su Genealogía de la moral, Nietzsche reflexiona sobre los mecanismos psicológicos que iluminan el origen de los valores, partiendo de la idea de que la moral es una construcción ideológica para dominar a los demás21.

De este modo, si Hume y Kant cortaron las amarras de la filosofía con el sentido del deber, Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche, firman la partida de defunción de la ética como deber o como virtud.

A principios del siglo XX, surge en Europa una nueva forma de reflexión filosófica desarrollada principalmente gracias a un grupo de pensadores del llamado “Círculo de Viena”. Ocurre lo que se ha denominado un “giro lingüístico” en el modo de pensar. Los conceptos filosóficos manejados hasta el momento son revisados y analizados debido a la necesidad de poner en claro cuál es la tarea del filósofo y concretar de qué se está hablando exactamente cuando se emplean conceptos tan abstractos como el bien, el mal, la felicidad, los valores, etc. Estos movimientos se han llamado filosofía analítica, que, si bien no se considera una filosofía de la moral, es el campo de la moral uno de los ámbitos de mayor interés. Moore es el mayor representante del movimiento de la llamada filosofía analítica:

Me parece que en ética, al igual que en todas las demás ramas filosóficas, las dificultades y desacuerdos, de los que su historia está llena, se deben principalmente a una causa muy simple, a saber: al intento de responder a preguntas sin descubrir primero cuál es la pregunta que se quiere responder22.

A finales del siglo XX la ética vuelve a ocupar el interés central de la filosofía. La reflexión filosófica de un solo individuo ya no puede explicar el mundo; entre otras cosas, porque la ciencia y la filosofía han sido irremediablemente separadas. La filosofía adopta el mundo de los valores y encuentra en la ética su mejor aliada. En 1971, el profesor de la Universidad de Harvard, John Rawls, publica su Teoría de la justicia que despierta el interés en distintos ámbitos, como son el derecho y la economía, y se convierte en un clásico de la filosofía contemporánea. Lo que busca Rawls es “un modelo de justicia distributiva que establezca las bases para una sociedad equitativa”23. Rawls se acerca a la filosofía de Kant y rechaza las tesis utilitaristas por considerarlas injustas. Lo que trata de encontrar en La teoría de la justicia son los criterios de una concepción universal de la justicia24; es decir, si puede existir una aplicación universal de la justicia. Su teoría encuentra grandes críticas en la posibilidad de una aplicación práctica, al no haber tenido en cuenta determinadas situaciones y segmentos existentes en la realidad social.

Después de Rawls, la filosofía moral recupera su fuerza con pensadores como Apel y Habermans, quienes elaboran una nueva teoría de la racionalidad práctica denominada indistintamente “ética comunicativa”, “ética discursiva” y “ética del diálogo”, cuya característica principal es sustituir la filosofía de la conciencia por una filosofía que recoge aportaciones de la filosofía analítica y de otras corrientes filosóficas para las que el lenguaje es el principal objeto de estudio25.

La reflexión ética en Occidente sigue adelante, a finales del siglo XX y XXI con miradas diferentes. Victoria Camps, en su Breve historia de la ética destaca tres corrientes en el pensamiento contemporáneo: Pragmatismo, Republicanismo y Comunitarismo.

A grosso modo, el movimiento filosófico estadounidense conocido como pragmatismo sostiene que la importancia de una idea debe ser medida por su utilidad para resolver un problema concreto, y concibe las ideas como “guías para la acción”26. En este sentido, la tesis fundamental del pragmatismo es que “toda verdad es una norma de acción”, una norma para la conducta futura27, ya que la función del pensamiento es servir a la acción28: “Los seres humanos más bien deberían concentrarse en cómo se las arreglan en la vida cotidiana y no en las conclusiones a las que llegan teorizando”, afirma Rorty29.

Por su parte, el Republicanismo, tan en boga en nuestro días, es una teoría política que propone como modelo óptimo de gobierno la República, en oposición a otras formas de gobierno, siendo sus características la defensa de la libertad, la primacía de la ley como expresión soberana del pueblo, la participación ciudadana, la defensa de los valores cívicos y su oposición a la corrupción. En el Republicanismo “el bien público prima sobre el bien privado” y el “gobernante no gobierna en su propio provecho sino el de su comunidad”30.

La tercera corriente o comunitarismo aparece como una filosofía política que vuelve sus ojos a los valores morales y a las instituciones básicas de cohesión social, en una crítica abierta al liberalismo. Para los comunitaristas, las relaciones humanas no se establecen como relaciones entre individuos independientes que establecen pactos de convivencia basados en el interés, sino que los seres humanos, estamos unidos por lazos de solidaridad, forjados por tradiciones de cultura, valores, historia e incluso lazos de sangre. Esta corriente propone volver a constituir una comunidad de personas, cuyas raíces podrían estar bien en la Grecia de Aristóteles o en las mismas bases de la democracia americana.

Entre los comunitaristas encontramos opiniones diversas, siendo sus más destacados representantes Alasdair MacIntyre31, o Michael Sandel32.

Todos ellos coinciden en la idea de que el liberalismo tiende a considerar las relaciones humanas como relaciones mercantiles, como meras transacciones, donde prima el interés, y donde cada persona cede algo a cambio de una ganancia, desapareciendo la idea de proyecto común y diluyéndose el concepto de solidaridad e interés hacia las personas.

Algunos pensadores de esta corriente llegan a afirmar que la política se desentiende de los valores en busca de la neutralidad estratégica y que el gobierno lleva a convertirse en mero “gestor del bienestar privado de individuos individualistas”33, de forma que, entre la “burocracia anónima del estado —providencia, y el individuo aislado queda un vacío”34. La consecuencia es la desorientación e impotencia social de los ciudadanos. Walzer diagnostica: “En una sociedad liberal tenemos derecho a elegir, pero no tenemos ningún criterio con que gobernar nuestras elecciones, salvo el conocimiento de nuestros intereses y deseos”. El individuo queda entonces arrojado al azar en la búsqueda de un grupo de personas que compartan su modo de ver el mundo, su moral, sin que parezca existir una moral establecida.

Si los individuos han de buscar individualmente sus propios valores, señala MacIntyre, no se puede sostener un sistema político coherente y eficaz, por lo que debe inventarse un “lenguaje moral” que hará que cambien los hábitos personales, lo que a su vez hará que cambie la política35.

En norteamérica se extiende en la actualidad, la idea de que los males sociales tienen origen moral y por tanto requieren remedios morales36. Parece que las corrientes occidentales del pensamiento actual apuntan en dirección a la necesidad de la “solidaridad social” como reacción al individualismo salvaje en el que vivimos.

En el año 2011, un diplomático y activista político de la resistencia francesa llamado Stephan Hessel revolucionó la industria editorial europea con un pequeño ensayo político de menos de 30 páginas, titulado Indignaos37, en el que subrayaba la importancia de la ética en el mundo actual y la necesidad de reaccionar ante la falta de la misma, lo que provocó numerosas reacciones sociales, especialmente entre los jóvenes.

En el año 2012, la filósofa estadounidense y profesora de ética Marta Nussbaum fue galardonada con el premio Príncipe de Asturias en España por su concepción ética del desarrollo económico. Nussbaum vuelve su mirada hacia la ética aristotélica y los requisitos considerados básicos para vivir una vida digna y feliz, entendiendo la filosofía como la búsqueda del bien común.

En las actuales corrientes del pensamiento revolucionario se barajan nombres muy diversos procedentes de distintos lugares del mundo donde la necesidad de la ética parece una premisa común. Así, los nuevos desafíos tecnológicos, las políticas actuales, las nuevas investigaciones en el campo de la bioética, el calentamiento del planeta y sus consecuencias, la falta o confusión de valores en todos los terrenos, etc., exigen que la ética vuelva su mirada no solo hacia el ser humano, sino también hacia el respeto del medio ambiente porque, ahora más que nunca, está en juego no solo la existencia de la humanidad, sino la del mismo planeta.

A lo largo de estas páginas, vamos a hacer referencia y desarrollar un concepto de ética emergente, la llamada ética aplicada, una ética que va más allá de la reflexión teórica y se encuentra más cercana a la aplicación práctica. El ámbito de la ética aplicada es el terreno de las disciplinas profesionales y su mirada se dirige a las cuestiones y dilemas que se plantean en la vida diaria en el ejercicio de cualquier profesión. Por ello, cuando hablamos de ética, nos vamos a referir a la reflexión sobre la conducta humana, orientada a resolver algunos problemas fundamentales que hagan posible la convivencia social y nos permitan recuperar la idea de conciencia individual y colectiva, de respeto a las personas, a los valores, a las profesiones, al medio ambiente, y a los derechos humanos, con la esperanza de encontrar en la ética las respuestas a las preguntas que los nuevos tiempos exigen, y con la sana intención de volver de nuevo a la raíz de lo que siempre hemos sido y de lo que somos: seres humanos.