Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Pocos periodos condensan más cambios que el otoño de la Edad Media. Lo que eran certezas y convicciones en las postrimerías del siglo xiv apenas si eran reseñables como tales a mediados del xv. Tan es así que entre 1320 y 1450 no hubo institución –política o religiosa–, creencia o espacio social que no estuviera sujeto a transformaciones. Entre medias, Europa vivió un cisma en el seno del catolicismo y la irrupción de herejías de amplio arraigo social, una catástrofe demográfica en forma de Peste Negra, un sinfín de revueltas sociales, una guerra dinástica de cien años y la paulatina pero inexorable desaparición del último vestigio del mundo antiguo, el Imperio bizantino. Pero, de igual forma, en su declinar medieval Europa también prosperó, con sus ciudades dinámicas, con el florecimiento de las universidades como centros de formación y disputa intelectual, con la expansión de sus horizontes geográficos y con la aparición de un arte nuevo, con centros activos en Italia y los Países Bajos. En el horizonte, se asomaba el Renacimiento, anunciando un mundo diferente para un hombre nuevo. En este magnífico ensayo, el profesor G. Holmes relata de un modo magistral en qué consistió el periodo que identificamos con la transición de la Edad Media a la Moderna. Cada cambio social, político y religioso provocó la interacción no solo de los poderes, sino también de diferentes comunidades y formas de vida y pensamiento divergentes generando una realidad porosa. Su narrativa política única nos muestra los movimientos sociales e ideológicos de la época y la influencia de estos en los siglos que siguieron.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 602
Veröffentlichungsjahr: 2019
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Siglo XXI / Serie Historia de Europa / 1
George Holmes
Europa: jerarquía y revuelta
1320-1450
Traducción: Mercedes García-Arenal
Revisión: Jaime Roda
Pocos periodos condensan más cambios que el otoño de la Edad Media. Lo que eran certezas y convicciones en las postrimerías del siglo XIV apenas si eran reseñables como tales a mediados del XV. Tan es así que entre 1320 y 1450 no hubo institución –política o religiosa–, creencia o espacio social que no estuviera sujeto a transformaciones. Entre medias, Europa vivió un cisma en el seno del catolicismo y la irrupción de herejías de amplio arraigo social, una catástrofe demográfica en forma de Peste Negra, un sinfín de revueltas sociales, una guerra dinástica de cien años y la paulatina pero inexorable desaparición del último vestigio del mundo antiguo, el Imperio bizantino. Pero, de igual forma, en su declinar medieval Europa también prosperó, con sus ciudades dinámicas, con el florecimiento de las universidades como centros de formación y disputa intelectual, con la expansión de sus horizontes geográficos y con la aparición de un arte nuevo, con centros activos en Italia y los Países Bajos. En el horizonte, se asomaba el Renacimiento, anunciando un mundo diferente para un hombre nuevo.
En este magnífico ensayo, el profesor G. Holmes relata de un modo magistral en qué consistió el periodo que identificamos con la transición de la Edad Media a la Moderna. Cada cambio social, político y religioso provocó la interacción no solo de los poderes, sino también de diferentes comunidades y formas de vida y pensamiento divergentes generando una realidad porosa. Su narrativa política única nos muestra los movimientos sociales e ideológicos de la época y la influencia de estos en los siglos que siguieron.
George Holmes (Aberystwyth 1927- 2009), prestigioso historiador del Medievo y el Renacimiento cuyos estudios gozan de reconocimiento internacional, fue investigador del St. John’s College de Cambridge, Chichele Professor y Fellow del All Souls College de Oxford. Sus principales obras son The estates of the higher nobility in fourteenth-century England (1957), The later Middle Ages, 1272-1485 (1962), The Florentine enlightenment 1400-1450 (1969), Europe: hierarchy and revolt, 1320-1450 (1975), The good parliament (1975), Dante (1980), The Oxford illustrated history of medieval Europe (1988), The first age of the western city, 1300-1500 (1990), The Oxford history of medieval Europe (1992), Renaissance (1996), The Oxford illustrated history of Italy (1997). En castellano, además del presente título, puede leerse Florencia, Roma y los orígenes del Renacimiento (Akal, 1994).
Diseño de portada
RAG
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.
Nota editorial:
Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.
Nota a la edición digital:
Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.
Título original
Europe: Hierarchy and revolt, 1320-1450
La edición en lengua española de esta obra ha sido autorizada por John Wiley & Sons Limited. La traducción es responsabilidad de Siglo XXI de España Editores, S. A.
© Herederos de George Holmes, 1975, 2000
© Siglo XXI de España Editores, S. A., 1978, 2019
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.sigloxxieditores.com
ISBN: 978-84-323-1941-9
A mis hijos Susan, Catherine y Nicholas
AGRADECIMIENTOS
El autor y los editores agradecen el permiso concedido por los propietarios de los derechos de autor para la reproducción de los siguientes materiales:
Movimientos de precios y salarios 1351-1525, de W. Abel, Agrarkrisen und Agrarkonjunktur (Verlag Paul Parey, Hamburgo y Berlín, 1966).
Población Rural de Pistoia, de D. Herlihy Economic History Review (Segunda Serie, XVIII, 1965).
Las mayores ciudades de la Europa medieval, de N. J. G. Pounds, An Historical Geography of Europe (Cambridge University Press, 1973).
Los editores piden disculpas por cualquier error u omisión que pueda haber en esta lista y agradecerían se les informara sobre cualquier corrección que debiera introducirse en la próxima edición o reimpresión del libro.
INTRODUCCIÓN
Este libro contiene una panorámica de la historia europea comprendida aproximadamente entre los años 1320 y 1450. Comienza en el momento en que las instituciones «medievales» están en la cumbre de su desarrollo. En 1320 está próxima la cima de la expansión demográfica medieval. Uno de los más poderosos papas medievales, Juan XXII, regía la Iglesia europea desde Aviñón. Los ejércitos de caballeros nobles dominaban aún, si bien no de manera incontestada (los ciudadanos flamencos ganaron una famosa victoria contra uno de ellos en Courtrai, en 1302). Se estaban construyendo grandes catedrales, como la de Reims y la de Ely. Cuando el libro termina, en 1450, muchas formas de vida características de la Edad Media –el control papal de la Iglesia europea, el arte gótico, la guerra caballeresca, por ejemplo– están en decadencia. Movimientos que asociamos con el «Renacimiento» y la «Reforma», como la arquitectura neoclásica italiana, la aparición de la imprenta, los viajes de exploración en el Atlántico y la rebelión husita contra la Iglesia están en pleno auge. Trata este libro, de manera muy general, de la transición de la Europa «medieval» a la Europa «renacentista». Aunque, forzosamente, estas descripciones de periodos son muy impresionistas, transmiten con utilidad, siempre y cuando no se las tome muy literalmente, algo del carácter de una civilización.
Necesariamente la elección de temas a tratar, entre los incluidos en este periodo, tiene que ser limitada. El fin propuesto es considerar la historia de Europa desde dos ángulos principales. Primero, describir las líneas generales de la historia política, los principales acontecimientos en las relaciones entre las potencias políticas más relevantes. Esto no puede hacerse en una sola narración porque los reyes y príncipes de la Europa medieval no pertenecían a un único «concierto» diplomático como las potencias europeas de 1914. Hay que dividir el continente en diferentes áreas, cada una de las cuales, aunque se superponen y coinciden, tiene un alto grado de autonomía. La política de la península ibérica, por ejemplo, englobaba a un grupo de potencias diferente al de la política de la Europa noroccidental, aunque estaban conectadas; el rey de Francia estaba envuelto en ambas, mientras que el conde de Flandes no. El segundo fin principal será describir de manera muy amplia alguno de los cambios de la estructura social y de las ideas. Esto también es difícil de hacer a escala europea. Como es obvio, para que el tema resulte manejable lo sensato es concentrarse en las áreas en que se produjeron las manifestaciones de civilización mejor conocidas y más fascinantes, es decir, Italia y Europa noroccidental. Pero la parte más interesante de la historia europea no la constituyen los archivos políticos de sus diferentes Estados por separado o la condición social de cada sociedad, sino la interacción entre política, sociedad e ideas a través del continente. Quizá la mejor manera de introducir al lector en el periodo es explicar sucintamente, desde este punto de vista y en términos muy generales, cómo era la Europa del siglo XIV.
La cristiandad latina de principios del XIV ocupaba aproximadamente la extensión de la Europa actual, exceptuando los Balcanes. Constituía, sin lugar a dudas, una sola civilización. Un hombre culto podía viajar de Sicilia a Escocia hablando con sus iguales en latín, visitando casas de las mismas órdenes religiosas que aceptaban incontestablemente la autoridad del papa de Roma, hallando abogados que practicaban el mismo derecho eclesiástico y reconocían los mismos títulos concedidos por sus colegas en remotas universidades, con licencia del mismo papa. En muchos países se podían encontrar seglares que aplicaban el mismo derecho civil heredado del Imperio romano y nobles que habían sido educados en códigos similares de comportamiento militar y habían oído versiones locales de los romances caballerescos franceses. Esta unidad reconocible no era el resultado de una unidad política: por el contrario, la Europa occidental estaba extraordinariamente dividida. Existía el título de emperador romano, pero el que lo ostentaba era generalmente un príncipe germano, cuyas pretensiones políticas resultaban de escaso interés para la mayoría de los europeos. Desde el primitivo Imperio de Carlomagno en el siglo IX, Europa había evitado la atrofia de un gobierno universal. La condición política normal de gran parte del continente era una fragmentación de la autoridad rayana en la anarquía. Su historia política es una madeja de conflictos irrelevantes, donde resulta difícil desenredar los acontecimientos más significativos, obligadamente simplificados en las páginas de este libro de una manera que incluso puede resultar engañosa. Lo que distinguía a la cristiandad latina era la uniformidad de su cultura, que dependía principalmente de la Iglesia. El reconocimiento general de la autoridad del papa era el factor más evidente de la unidad de «Europa». Había conducido a la difusión de tipos semejantes de organización de iglesias y monasterios, y no solo de edificios, sino también de maneras de pensar. La uniformidad de la cultura había sido también promovida por las energías expansionistas de nobles y caballeros del norte de Francia y de mercaderes de las ciudades italianas, que habían difundido sus costumbres por amplias zonas del mundo latino.
En 1300 la Europa occidental era ya, con mucho, probablemente la zona más rica del universo, si la riqueza se mide en relación a la densidad demográfica. La mayor parte de la riqueza se concentraba en una banda que atraviesa el continente desde el sudeste de Inglaterra al norte de Italia, incluyendo el norte de Francia, los Países Bajos y la Renania. En esta región la producción agrícola intensiva había dado lugar a una densa población, a grandes excedentes en la producción, a avanzadas industrias y ciudades. Como resultado –y esta es una de las más importantes características de su civilización–, la sociedad europea estaba muy diversificada en cuanto a sus estructuras sociales y económicas. Entre las aisladas comunidades campesinas de los Alpes, los ricos y aristocráticos Estados de la isla de Francia y ciudades industriales como Arrás e Ypres, había grandes contrastes de estructura social en distancias espaciales muy pequeñas. En particular, la civilización urbana, con todo lo que implicaba de industria, comercio y gobierno popular, aunque distribuida de manera muy desigual, estaba muy difundida y altamente desarrollada.
La combinación de fragmentación política y diversidad social era crucial. Naturalmente, el aspecto dominante de los europeos era el marco de valores establecido por los nobles y los eclesiásticos propietarios de bienes raíces. A falta de términos mejores, podría describirse como «feudal» o «jerárquico». Pero cuando la autoridad política estaba tan fraccionada, a las comunidades de otros tipos les era posible asegurar su autonomía no solo política, sino también de sus ideas y modos de vida. Observaremos en este libro la interacción tanto entre las potencias políticas como entre las comunidades de diversas clases. La historia europea se hará cada vez más por la interacción entre modos de vida y pensamiento divergentes.
Al principio del siglo XIV la diversidad de Europa empezaba apenas a emerger. Las ciudades flamencas estaban afirmando su independencia respecto al rey de Francia. Había aparecido un pequeño núcleo de comunidades campesinas independientes, que acabaría por constituir la federación suiza. Los primeros sofisticados escritores del mundo urbano italiano estaban trabajando en Florencia y Padua. Estas manifestaciones eran aún de tipo experimental, pues el mundo europeo estaba dominado por el papa, el rey de Francia y otros monarcas; su vida intelectual, por la Universidad de París; su arte, por el estilo de iglesia gótica, que se había difundido por Europa desde el norte de Francia. La historia social de los próximos cien años fomentaría –como resultó luego– una mayor diversificación de la sociedad al favorecer a las comunidades urbanas y campesinas a expensas de las clases señoriales. La fuerza de esta tendencia no podría haberse sospechado en 1320; estaba causada por decisivos factores económicos, entre los cuales debe sin duda contarse la peste negra, que asoló Europa en 1348-1349, y el descenso general de población, que redujo la riqueza y el poder de los señores territoriales. Los resultados de los cambios económicos se evidenciaron en la situación de Europa durante la primera mitad del siglo XV, cuando ciudadanos y campesinos hicieron valer sus derechos.
Fue durante este periodo –alrededor de 1410-1450– cuando en las ciudades italianas nació una ideología de gobierno republicano en los escritos de Leonardo Bruni y Leon Battista Alberti, cuando en las ciudades flamencas surgió el arte realista, que se asocia con Jan van Eyck y sus seguidores, cuando los husitas bohemios realizaron una reforma nacional, en el curso de la cual las comunidades milenarias de Tábor se convirtieron en una fuerza política, y cuando la ciudad de Venecia llegó a ser uno de los principales poderes europeos. En este tiempo las fuerzas centrífugas en la sociedad europea eran predominantes; amplias zonas de Europa parecían estarse saliendo del marco de la Iglesia y la monarquía que se había construido en la Edad Media. A veces el papado parecía estar al borde de una división irreparable entre papas rivales y bajo el ataque de las iglesias nacionales. Algunas monarquías aparecían permanentemente debilitadas.
Hacia mediados de siglo la situación cambió. Las condiciones de la monarquía comenzaron a mejorar. Príncipes poderosos, algunos de los cuales, como Luis XI de Francia, Carlos el Temerario, Fernando e Isabel de España, restauraron el poderío de sus reinos, son figuras características de los años finales del siglo XV. Pero estos acontecimientos superan el ámbito de este libro, que tratará principalmente de la crisis del mundo medieval en el largo periodo de descenso demográfico y, paradójicamente, de efervescencia cultural, que se extiende desde 1340, aproximadamente, hasta mediados del siglo siguiente. Los movimientos de este periodo son interesantes en sí mismos, pero sus causas y su significación solo se entienden en un contexto europeo. Ni los humanistas ni las comunidades son comprensibles a menos que se consideren dentro del contexto de las instituciones e ideas contra las cuales se rebelaron. Surgieron cuando y donde lo hicieron por las presiones de modos de vida anteriores, y sus ideas fueron incorporadas al bagaje cultural europeo.
MAPAS
Francia después del tratado de Bretigny (1361).
Alemania en 1378.
Los reinos de la península ibérica en la Baja Edad Media.
Italia hacia 1340.
El Levante hacia 1360.
Francia hacia 1430.
Italia en 1454.
CUADROS
PAPAS
REYES DE FRANCIA E INGLATERRA
FAMILIAS DE LUXEMBURGO Y HABSBURGO
REYES DE CASTILLA Y ARAGÓN
ANGEVINOS DE NÁPOLES Y DE HUNGRÍA
GOBERNADORES DE MILÁN
EMPERADORES BIZANTINOS
I. LA POLÍTICA DE LA EUROPA OCCIDENTAL DURANTE EL SIGLO XIV
LOS PAÍSES BAJOS
En ningún lugar se manifiesta más claramente la fragmentación social y política de Europa que en los Países Bajos. La mayor parte de la Europa noroccidental era, por supuesto, predominantemente agrícola: un mundo de campos de labor y pastos, en el que la riqueza y el poder dependían de los productos de la tierra. Sin embargo, fue en el sur de los Países Bajos donde se dieron los primeros pasos hacia una civilización urbana e industrial. La primera revolución industrial de la historia europea tuvo lugar mucho antes del momento en que este libro empieza. A comienzos del siglo XIV el cinturón de tierra que corresponde a la parte occidental de la Bélgica moderna (Flandes y Brabante) y la esquina del noroeste de Francia (Artois) comprendía un número de ciudades cuyos habitantes vivían de una industria de la lana muy desarrollada. Brujas, Gante e Ypres, en Flandes, Bruselas y Malinas, en Brabante, Douai y Arrás, en Francia, eran algunas de las más importantes. Se calcula que había unos 4.000 tejedores, cuando menos, y sin contar otros gremios relacionados con la industria, en la ciudad de Gante hacia mediados del siglo XIV. La industria a esta escala había conducido a la existencia de importantes capitalistas. Un ejemplo famoso fue Jean Boine Broke, un pañero de Douai, en el sur de Flandes, que vivió a finales del siglo XIII. La documentación recoge que importaba lana, empleaba trabajadores para todas las etapas de la fabricación de paños, poseía una tintorería y vendía los productos acabados. Las ciudades fabricantes de paños, casi todas centros puramente industriales que no habían crecido como tantas ciudades europeas a la sombra de una sede episcopal, desarrollaron a gran escala la fisionomía de la ciudad moderna; la riqueza de los comerciantes contrastaba con la relativa pobreza de los numerosos artesanos y jornaleros, para los cuales la campana de la ciudad sonaba al comienzo y al fin de cada jornada. El gobernador de Artois dio permiso en 1355 para que fuera erigido un campanario en Aire-sur-la-Lys en estos términos, que reflejan a la vez la estratificación social y el desarrollo de un sentido del tiempo industrial: «Dado que dicha ciudad está gobernada por el arte de los paños y otras artes que requieren que muchos trabajadores vayan y vengan a trabajar durante el día a ciertas horas, y también que el alcalde y los magistrados y algunos de sus burgueses vayan y vengan al ayuntamiento para imponer justicia de acuerdo con la costumbre varios días por semana, es necesario tener campanas en el campanario que toquen las horas».
Los productos de la industria de las ciudades neerlandesas, en particular paños finos, se difundían por toda Europa. Su riqueza dependía de un comercio de exportación intensivo y también de la importación a gran escala de lana en bruto, principalmente de Inglaterra. A pesar de eso, y contra lo que se pudiera esperar, no dieron lugar a una clase nativa de mercaderes internacionales. En violento contraste con las comunidades comerciales de las ciudades italianas, la industria de los Países Bajos era comercialmente pasiva. Los paños eran llevados a los mercados más lejanos por extranjeros: italianos, franceses y hanseáticos alemanes. Los flamencos no desarrollaron las técnicas de administración y cambio internacionales en que tanto destacaron las ciudades italianas, y, por lo tanto, no causaron un impacto como el de los italianos en la totalidad de Europa. Brujas, que se convirtió en la principal ciudad comercial del norte de Europa porque combinaba una amplia industria de paños con el acceso a un puerto, era un centro comercial para mercaderes extranjeros más que para los autóctonos: la fama de los diques que mantienen el mar «entre Wissant y Brujas» había llegado a oídos de Dante en Florencia, proporcionándole un símil para uno de los círculos de su Inferno (XV, 4-6), sin duda porque los había escuchado describir a los mercaderes florentinos que habían estado allí. Sin embargo, en su propio territorio los flamencos crearon un comienzo de civilización industrial comparable por sus implicaciones sociales a la Italia del Renacimiento, aunque diferente en varios aspectos importantes.
El gobierno de estas ciudades estaba en manos de regidores (échevins), que se elegían entre los burgueses más ricos y que generalmente compartían sus poderes con un alguacil representante del conde o duque. A diferencia de las ciudades del norte de Italia, las ciudades flamencas no habían escapado del mundo señorial ni conseguido total independencia. El sur de los Países Bajos era un área de fragmentación política, de pequeños Estados comparables en tamaño a los de Alemania occidental, pero todavía Estados principescos y no ciudades-Estado: los condados de Flandes y Hainault, el ducado de Brabante y el obispado de Lieja, caso notable, como Colonia y Maguncia, en Alemania, de obispado convertido en principado y no únicamente en un distrito eclesiástico. Flandes estaba dentro de la órbita feudal y, hasta cierto punto, política del rey de Francia, de quien el conde era vasallo, y los otros Estados teóricamente dentro de la del rey de Alemania, menos efectiva. Como los otros príncipes de Europa durante el siglo XIII, los de los Países Bajos habían consolidado su jurisdicción sobre la nobleza y las ciudades de su territorio: tenían tribunales, impuestos, administradores. Pero el tamaño y la riqueza desproporcionados de las ciudades de esta región significaban que la política de cada Estado, Flandes en particular, se caracterizaba por una difícil tensión entre autoridad principesca e independencia urbana.
Como en otras partes de la Europa occidental, el siglo XIV fue un periodo crucial para el desarrollo de las instituciones parlamentarias. Con esto queremos decir sistemas de limitación y consulta impuestos a un príncipe no solo por los grandes señores feudales, como en la sociedad de la alta Edad Media, sino por sectores de la población más amplios, como los caballeros de los condados y los burgueses del Parlamento inglés. El poder de estos parlamentos derivaba principalmente de la necesidad de impuestos de los príncipes, para cuya recaudación necesitaban el consentimiento de representantes elegidos por los contribuyentes, pero se extendía a otros aspectos de la vida política.
Uno de los más famosos documentos producidos por estas instituciones, una especie de Carta Magna de la edad parlamentaria posfeudal, fue la Joyeuse Entrée (Alegre Entrada) de Brabante. Este documento le fue impuesto a Juana de Brabante, heredera del ducado, cuando se casó con un príncipe extranjero, Venceslao de Luxemburgo, en 1356. Es muy representativo de la preocupación de las clases políticamente importantes de Brabante por mantener la integridad de sus libertades en las peligrosas circunstancias del acceso al trono de un príncipe extranjero. En este documento se estipulaba que el ducado no podría ser dividido, que solo ciudadanos de Brabante podrían ser nombrados para puestos en el gobierno y que el príncipe no podría emprender una guerra o acuñar moneda sin el consentimiento de «la tierra en común», por lo cual se designaba en la práctica a los prelados, la nobleza y las ciudades; los «tres estados», que vendría a decirse en el siglo XV. La Joyeuse Entrée fue una expresión característica de la conciencia política de un Estado con una identidad tradicional, el «nacionalismo» político del siglo XIV. La situación de Brabante era bastante típica del noroeste de Europa. En Flandes el equilibrio de clases más ordinario se veía alterado por la preponderancia de las tres grandes ciudades de Brujas, Gante e Ypres, que, como las Drie Steden (Tres Ciudades), o los «Tres Miembros de Flandes», se convirtieron en el esencial contrapeso y rival del poder del conde.
En las ciudades flamencas se daban, a gran escala y en una forma muy desarrollada, fenómenos que se podían encontrar a una escala más reducida en otras ciudades medievales: en primer lugar, el conflicto social en el interior de la sociedad urbana entre los patricios, poseedores de la propiedad, y los trabajadores, empleados y artesanos, y en segundo lugar, el conflicto entre la ciudad y el príncipe. En otras regiones estos conflictos eran pequeños, locales o intermitentes. En Flandes, las ciudades eran tan grandes y sobre ellas recaía tal proporción del peso de la estructura del condado, que dominaban la vida política del Estado. Más aún, Flandes y su industria estaban situados de manera tan estratégica que sus conflictos sociales y urbanos repercutían en la política general de la Europa noroccidental. En realidad, eran ciudades demasiado grandes para el país señorial que las contenía. De 1280 a 1302 hubo una serie de conflictos causados en parte por las divisiones sociales existentes en el interior de las ciudades y en parte por la ambición del rey de Francia de establecer su soberanía feudal de manera más efectiva sobre su débil vecino, el conde de Flandes. Las clases bajas de las ciudades permanecieron leales al conde; los patricios, los Leliaerts, como vino a llamárselos por su devoción a la fleur de lys, apelaron en su ayuda al rey Felipe IV de Francia (1285-1314), esperando sin duda conseguir, dentro de una estructura monárquica más amplia, mayor independencia republicana para sus ciudades. Este periodo terminó en 1302 con la sorprendente derrota del ejército francés a manos de los trabajadores textiles de Brujas, Gante e Ypres en la batalla de Courtrai. Esta batalla tuvo el efecto de reforzar el poder condal frente al rey de Francia y preservar la independencia de Flandes. Por lo tanto, a principios del siglo XIV Flandes era un país en el que una sociedad industrial y urbana, con estructuras sociales y políticas apropiadas, estaba adquiriendo predominio.
La política interna del Flandes del siglo XIV afectó en momentos críticos, como en los acontecimientos que condujeron a la batalla de Courtrai, a la política general de la Europa occidental y será mencionada como parte de la historia de esta, momento oportuno para hacer notar su significación en la estructura interna del condado. La revuelta general de Flandes en 1322-1328 (véase infra) llevó a la deposición temporal del conde Luis de Nevers y al establecimiento efectivo del control del condado por Brujas, Gante e Ypres. Los levantamientos fueron provocados por la acción del conde de conceder derechos judiciales sobre la zona del río Zwin a un pariente suyo. El Zwin era la salida crucial de Brujas hacia el mar y una amenaza de tal calibre resultaba intolerable. Los intereses económicos generales de las grandes ciudades estimulaban en realidad su ambición por extender su autoridad al campo que las rodeaba tanto para asegurar las vías de comunicación como para controlar la competencia de las industrias de paños de las zonas campesinas y pequeñas ciudades que amenazaba a los productores de las ciudades grandes. En los años comprendidos entre 1322 y 1328, en que no hubo un poder condal efectivo, algunas ciudades, especialmente Gante, consolidaron esta autoridad. Aunque los franceses restauraron al conde en 1328, Flandes estaba girando hacia una situación que dividía al condado entre sus tres ciudades principales. El mismo proceso se desarrolló aún más entre los años 1338 y 1347, cuando la intervención inglesa al comienzo de la Guerra de los Cien Años volvió a debilitar la autoridad del conde (véase infra). El régimen que estableció el tejedor Jacques van Artevelde en Gante en enero de 1338 llevó una vez más al dominio del condado por las tres ciudades. Estas se dividieron entre ellas el territorio del condado en julio de 1343 y, durante varios años, Flandes fue, de hecho, un Estado gobernado por ciudades republicanas.
Resulta tentador especular acerca de cuán diferente podría haber sido la historia de Europa si este precursor remoto del republicanismo moderno hubiera sobrevivido. No sobrevivió porque la tradición de poder condal –que pasó después de la muerte de Luis de Nevers a un conde mucho más capaz, Luis de Male (1346-1384)– y la influencia de la Corona francesa eran demasiado fuertes. Pero también las condiciones que lo habían causado variaron con el tiempo por cambios más profundos que tuvieron lugar en Flandes. Durante la segunda mitad del siglo la posición política de las oligarquías urbanas mermó por la decadencia de la industria de paños, de modo que la política flamenca se vio más influida por las rivalidades entre las ciudades competidoras y entre los intereses dentro de la industria en decadencia, como, por ejemplo, entre tejedores y bataneros. Jacques van Artevelde, de Gante, el más famoso exponente de las libertades urbanas, era un patricio de pies a cabeza, pero su posición se vio debilitada y, por último, eclipsada, por el conflicto entre los grupos económicos de las ciudades. En general, el siglo XIV fue un periodo de democratización de las constituciones ciudadanas, en las que las clases patricias perdieron poder. Externamente, también la industria urbana de paños perdió su estatuto exclusivo. Otras muchas industrias de paños en otras partes de Europa, como Inglaterra y el Languedoc, florecieron y le quitaron mercado. Las ciudades textiles de Flandes constituyen el primer ejemplo en la Europa moderna de las dificultades de un área industrial que envejece perdiendo el fácil predominio basado en la explotación de un único producto de éxito arrollador y que tiene que pasar por la agonía de la decadencia y la diversificación. A finales del siglo XIV la industria de paños de lana estaba en decadencia, sobre todo en Ypres. El proceso por el cual Arrás, por ejemplo, se hizo famosa por sus tapices más que por sus paños fue, a largo plazo, el único camino que tuvieron las otras ciudades del mismo territorio para preservar su prosperidad. El poder de los capitanes de la industria se debilitó también, pues en los Países Bajos cada vez se fueron produciendo más paños en las zonas rurales que en las ciudades. Estas tendencias serán relacionadas más tarde con la historia económica general de Europa (véase infra). Es suficiente que aquí digamos que en los últimos años del siglo, y especialmente después de la última gran revuelta de las ciudades contra el conde en 1379-1382 (véase infra), la riqueza y el poder estuvieron repartidos de manera más equilibrada entre el campo y la ciudad. Pero, aunque se hizo cada vez más difícil imaginar que Flandes pudiera ser regido por las ciudades, los Países Bajos, en general, durante el periodo borgoñón y después, continuaron siendo una zona en la que la sociedad urbana era excepcionalmente importante.
EL REINO DE FRANCIA
En contraste con los Países Bajos, Francia era el ejemplo más sobresaliente de un gran reino centralizado. Hablando en términos generales, la monarquía francesa fue, durante la Baja Edad Media, la más rica y poderosa institución europea. Esta afirmación debe ser matizada, puesto que hubo periodos muy largos, sobre todo alrededor de 1350 y 1420, en que la división política y la invasión inglesa hicieron impotente a la monarquía. Tales periodos de decadencia y confusión política eran inevitables en un país gobernado por un sistema monárquico presidiendo una alta nobleza, enormemente poderosa aún. Los accidentes de nacimiento podían deparar reyes eficaces o ineficaces y duques cooperantes o rebeldes. Mucho dependía de ellos. Pero el papel de la fortuna política no debe desviar demasiado nuestra atención de la estructura subyacente que proporcionó tan inmensa riqueza y poder a los reyes franceses. Aparte de los periodos mencionados, los territorios de los reyes franceses en el Languedoil (la Francia al norte del Loira, de Normandía a Champaña) y en el Languedoc (la Francia entre Gascuña y el Ródano) contenían zonas rurales más ricas y productivas que las de ningún otro príncipe de Europa y eran, por lo tanto, los más poderosos.
Al sur de los Países Bajos la soberanía feudal del rey de Francia se aceptaba casi en todas partes al oeste del Mosa y del Ródano, además del Delfinado y la Provenza, al este. Pero era una soberanía que variaba grandemente en efectividad de una parte a otra del país. Bretaña era, a efectos prácticos, un ducado independiente, como Flandes era un condado independiente, y continuó siéndolo a lo largo de este periodo. Sus gobernantes reconocían el señorío supremo del rey de Francia, pero regían sus Estados contando muy poco con él. Gascuña, controlada por el rey de Inglaterra, estaba en posición muy similar. Aparte de estas dos regiones, en la mayor parte de Francia había un dominio real, pero la uniformidad del control del rey quedaba rota por grandes sectores en manos de feudatarios. Las zonas bajo el control de estos variaban de vez en cuando, como resultado de las concesiones de tierras y privilegios hechas por los reyes y de la extinción de familias nobles que devolvían al rey sus territorios, pero eran siempre muy considerables. Incluían, por ejemplo, el ducado de Borgoña y el de Borbón, en la Francia oriental, y los dominios de los condes de Armañac y Foix, en el sudoeste. Los reyes tenían la costumbre de conceder grandes feudos a sus hijos, que a veces establecían familias que los heredaban durante generaciones. A mediados del siglo XIV, Juan II creó grandes patrimonios para sus hijos, los duques de Berry y Anjou, que duraron largo tiempo. Los grandes feudatarios franceses poseían importantes extensiones territoriales con poderes mucho más sustanciosos que sus equivalentes en Inglaterra, que casi siempre tenían sus dispersos Estados claramente subordinados a la poderosa administración real. Sus poderes para recaudar impuestos y administrar justicia les daban una autoridad casi real. Además, los dominios reales habían sido construidos durante los siglos XII y XIII poco a poco, por absorción, de modo que provincias tales como el Languedoc o Normandía tenían un fuerte sentido de su propia identidad, aparte de su lealtad al rey de París. Por lo tanto, Francia debe imaginarse como un país con una complicada geografía política y no como una única e indiferenciada unidad.
El poder práctico del rey sobre el país dependía de dos cosas: su autoridad judicial, administrada en sus tribunales, y su poder para recaudar impuestos con que pagar su Corte y su ejército. La cima del poder judicial era el parlement de París, tribunal central que tenía facultad para atender las apelaciones de las provincias y tratar los casos relacionados con el rey. El dominio real estaba dividido en distritos gobernados por baillis (bailíos) o sénéchaux (mayordomos) que eran los representantes locales del rey, responsables de sus tierras y de la justicia local. Formaban una administración semiprofesional, a menudo con cierta formación legal, y daban a los reyes un poder administrativo real en zonas muy remotas del país.
Aparte del producto de la justicia y de las rentas que recaudaba en su dominio y que constituían su antiguo ingreso «ordinario», el rey había ido exigiendo diversas clases de impuestos «extraordinarios», por medio de los cuales podía recortar la riqueza de sus súbditos más prósperos. El rey tenía derecho a llamar a sus vasallos para prestar servicio militar e hizo uso de ese derecho con frecuencia hasta principios del siglo XV, pero, como todos los otros príncipes europeos, era incapaz de hacer la guerra sin gastar grandes sumas de dinero en soldadas, fin principal de sus peticiones de dinero. Los reyes del siglo XIV cobraban tres clases principales de impuestos: los impuestos directos, recaudados por casas o fuegos (fouages), el impuesto sobre la sal (gabelle) y los impuestos indirectos sobre las transacciones comerciales (aides). También había periodos en que las nuevas acuñaciones producían sumas considerables, que equivalían a un impuesto comercial. La cumbre de la administración financiera real la constituía la Chambre des Compres (Cámara de Cuentas) de París, pero abundaban, además, las instituciones y funcionarios que trataban diversos aspectos de las finanzas: el Trésor (Tesoro), para los ingresos ordinarios del dominio real, la Cour des Aides, los Généraux des Finances y los Élus locales (hombres elegidos), que colectaban y distribuían los impuestos periódicos.
Entre las constantes de gobierno durante la primera mitad del siglo XIV en Francia y en otras partes de Europa destacaban las situaciones militares críticas, que impulsaban periódicamente a realizar esfuerzos extraordinarios para conseguir hombres y dinero mediante la obligación general de prestar servicio militar (arrière-ban), conmutado por diversas formas de impuestos, requerimientos a la nobleza, tasas directas e indirectas, para pagar cuerpos mercenarios. Gran parte de esta movilización incluía negociaciones con las comunidades. Estas complejas maniobras producían ejércitos –enormes para aquellos tiempos–, probablemente los mayores ejércitos que se habían visto en la Europa medieval. En el momento álgido de la movilización, durante el verano de 1340, justo antes de que el tratado de Esplechin pusiera fin al primer periodo de la Guerra de los Cien Años, se estima (no sobre las bases de la fantasía de los cronistas, sino sobre cuentas dignas de crédito, elaboradas por los funcionarios reales) que Felipe VI tenía alrededor de 19.000 hombres en el Languedoc, de los cuales más de 5.000 eran de caballería; y 25.000, la mayor parte caballeros, en la frontera con Flandes, donde se luchaba principalmente contra los ingleses: 44.000 hombres en total.
En comparación con Inglaterra y algunos de los otros reinos de Europa más unificados, el desarrollo de las asambleas parlamentarias en Francia era extraordinariamente desordenado. Para recaudar impuestos el rey tenía que consultar inevitablemente con la nobleza, la clase media rural, el clero y las ciudades. La mezcla de centralismo y desunión, característica de la estructura política de Francia, hacía que fuera difícil discernir si era preferible negociar separadamente con los contribuyentes de acuerdo con su clase y región o reunirlos en una asamblea única como el Parlamento inglés. Un documento redactado en 1339, cuando Felipe VI tuvo que defender su reino de la invasión de Eduardo III, dice: «… el rey puede obtener dinero… pidiéndoselo a su pueblo alto, medio y bajo, y si tiene una buena razón para hacerlo, lo cual les será explicado. Y el modo de pedírselo es este: el rey deberá convocarlos ante él en París cierto día, como se ha hecho antes. Y, si él no aprueba este procedimiento, deberá hablar primero con los de la ciudad de París, y del Vicomté de París, y los de los bailliages de Senlis, de Vermandois y de Amiens…», y así continúa citando la totalidad del dominio real. Durante la primera parte del siglo XIV se pueden encontrar todo tipo de asambleas generales y locales. El intento de traer representantes del lejano sur a París se abandonó a mediados de siglo y, cuando eran convocados, los Estados generales se reunían separadamente para el Languedoil y el Languedoc. En otras zonas, las asambleas parlamentarias locales expresaban un fuerte sentimiento de separatismo provincial, como, por ejemplo, los Estados de Artois y Normandía, que se reunieron con frecuencia a finales del siglo XIV. Durante la primera parte de la Guerra de los Cien Años, en el reinado de Felipe VI, que no era una persona con mucha autoridad, pareció crecer el control de los estados locales (como los de Vermandois y Normandía) sobre los impuestos y la capacidad de los Estados Generales para criticar al rey. Felipe fue severamente criticado por los estados del Languedoil y del Languedoc en 1346 y 1347, por la ineficacia de su gobierno. La fragmentación geográfica de la vida política supone el que no se encuentre en la Francia del siglo XIV el diálogo continuo, aunque intermitente, entre el rey y el Parlamento nacional que tuvo lugar en Inglaterra en aquel tiempo. Sin embargo, hubo periodos, en particular los tiempos críticos después de Poitiers y al final del reinado de Carlos V, en que el descontento político general tenía por centro las reuniones de los estados del Languedoil. Durante el periodo de desastre militar y de guerra civil, entre 1346 y 1358, hubo una marcada tendencia a que la política francesa se centrara en las bastantes frecuentes reuniones de los estados del Languedoil, y pareció que estaba emergiendo una estructura política más «parlamentaria».
Sin embargo, después de este periodo, se invirtieron las tendencias. Tras los desastres políticos y económicos de los reinados de Felipe VI y Juan II vino un gran rey, Carlos V (1364-1380), que no solo reconquistó la mayor parte del territorio francés que había sido perdido, sino que fortaleció la posición constitucional de la monarquía. La dependencia de las actitudes críticas en las asambleas generales cedió el paso a un control central más fuerte por parte de la monarquía. Hasta este periodo, los impuestos se habían recaudado siempre después de obtener algún tipo de consentimiento y sobre las bases de necesidad militar. Por el contrario, Carlos V recaudó los principales impuestos, directos (las tailles, que reemplazaron a los fouages) e indirectos (aides), sin el consentimiento de la mayor parte de su reino, y fue capaz de mantener un ejército permanente de 6.000 hombres, que se incrementaba en tiempos de crisis, logro muy notable desde el punto de vista medieval.
Este Estado francés fue una creación del siglo XIII, una combinación, hasta cierto punto paradójica, de fuerza y debilidad. Hubo, para aquellos tiempos, una burocracia altamente centralizada, responsable ante París, pero también una continuidad de las antiguas unidades políticas que contenía; una inmensa riqueza en potencia, pero un inseguro sistema capaz de movilizarla para uso del rey. Los reyes del siglo XIV mantuvieron a la monarquía intacta a través de los diversos reveses políticos y genealógicos y, a la muerte de Carlos V, en 1380, era probablemente más poderosa de lo que lo había sido nunca.
LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS. LA PRIMERA FASE, HASTA 1385
La mayoría de los vecinos del rey de Francia eran gobernantes menores, del tipo del conde de Flandes. Tenía un solo rival importante, el rey de Inglaterra, que era capaz de reunir hombres y dinero a una escala comparable a la suya. Inglaterra era un reino centralizado con un sistema de impuestos muy eficaz. Aunque no era un país tan rico como Francia, podía reunir ejércitos capaces de enfrentarse a los suyos. Su nobleza guerrera prefería en general mirar hacia el este, hacia los ricos pastos de Francia, que hacia Escocia o Irlanda, que ofrecían oportunidades mucho menos atractivas para la guerra. Los reyes y los nobles ingleses tenían una buena base para operar en Francia, puesto que el rey era también duque de Gascuña. La rivalidad entre los reyes de Inglaterra y Francia era la dominante de la política de la Europa noroccidental. En el periodo comprendido entre 1337 y 1453 hubo un cierto número de guerras entre los reyes de Inglaterra y Francia que se recuerdan normalmente como una serie única de conflictos: la Guerra de los Cien Años. Hubo elementos de continuidad en los fines de la guerra que, hasta cierto punto, justifican esta descripción, pero hubo también grandes diferencias entre los diversos estallidos de la guerra. Durante algo más de un siglo, la Francia occidental fue el teatro de guerras intermitentes entre los ejércitos invasores ingleses y los defensores franceses. Esta es una de las características políticas más destacadas de la Baja Edad Media.
El más poderoso de los reyes medievales de Francia, Felipe IV el Hermoso, cuyo gobierno autoritario y su ambicioso ejercicio del poder se asemejaban apropiadamente a los de su contemporáneo el rey Eduardo I de Inglaterra, murió en 1314. Tras su muerte, la dinastía de los Capetos, que había gobernado desde París en una sucesión masculina ininterrumpida desde el siglo X, quedó sin heredero. A Felipe IV le sucedieron por turno sus tres hijos, Luis X (1314-1316), Felipe V (1316-1322) y Carlos IV (1322-1328), todos los cuales vivieron poco y no dejaron hijos. Les sucedió un primo, Felipe VI (1328-1350), que introdujo la dinastía de los Valois, que había de extenderse hasta el final del siglo XVI. Su candidatura no fue enteramente indiscutida, puesto que había otra posible candidata, Juana, hija de Luis X. Su pretensión al trono no fue considerada y se convirtió por matrimonio en reina de Navarra, pero su hijo la reclamaría para sí muchos años más tarde. Más importante fue la hija de Felipe IV, Isabel, que había contraído un matrimonio desgraciado con Eduardo II de Inglaterra. Su hijo Eduardo III, sucesor al trono inglés tras una rebelión maquinada en parte por la misma Isabel en 1327, que condujo al asesinato de Eduardo II, era un posible candidato al trono de Francia si se admitía la sucesión por línea femenina. Su candidatura fue presentada solo a modo de prueba en 1328, porque el gobierno inglés se tambaleaba a consecuencia de una rebelión particularmente dura, y Eduardo III reconoció efectivamente a Felipe VI en un viaje a Amiens en 1329, prestándole homenaje por sus posesiones en Francia. En 1331, cuando el gobierno inglés atravesó otro mal momento tras el golpe de Estado con que acabó la minoría de edad de Eduardo III, este admitió incluso que su homenaje era «ligio», lo que implicaba el deber de prestar ayuda militar al rey de Francia. Pero la duda acerca de la legitimidad del gobierno de los reyes franceses, creada por esta sucesión incierta, era una cuestión legal del tipo que los políticos medievales podían fácilmente recurrir y utilizar como casus belli o para fines propagandísticos. Este iba a ser un factor de primera importancia en la diplomacia de la Europa noroccidental durante más de cien años, y el tema principal a lo largo de la llamada Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra.
Otro tema básico para políticas futuras, pero que aparece más claramente en este periodo (aunque en realidad era ya muy viejo), fue la posesión de Gascuña por parte del rey inglés. Los reyes ingleses habían poseído tierras en la Francia sudoccidental desde el siglo XII. Había habido disputas constantes, en primer lugar, acerca de la extensión geográfica del territorio inglés y, en segundo lugar, acerca de la naturaleza de la relación del rey inglés, como duque de Gascuña, con el rey de Francia, que pretendía soberanía sobre esa zona.
El acuerdo legal, tal como existía a principios del siglo XIV, databa del tratado de París, concluido en 1259, que establecía el derecho del rey de Inglaterra a ciertos territorios en el sudoeste de Francia con tal de que prestase homenaje ligio al rey de Francia. Este acuerdo llevaba consigo los problemas característicos de la transición de jurisdicciones feudales, superpuestas a Estados unificados con una soberanía más sencilla sobre los territorios, que estaba teniendo lugar en Francia desde el siglo XIII; transición extraordinariamente lenta, desordenada e incompleta que fue, sin embargo, rasgo general e inconfundible de la Europa de este periodo. Al rey de Inglaterra le resultaba duro aceptar la posición de vasallo de un rey rival para mantener cierta parte de su territorio, cuando requería en teoría prestar homenaje en persona y ayuda militar a su señor. También le resultaba duro al rey de Francia aceptar la exclusión de su jurisdicción de una parte de su reino. A medida que el siglo XIV avanzaba, la aceptación de la idea de soberanía derivada del Derecho romano, muy difícilmente conciliable con las ideas feudales, se hizo más general. Los reyes franceses querían, naturalmente, controlar Gascuña y las disputas legales proporcionaban no pocas oportunidades de asegurar sus pretensiones. En el territorio interior, desde Burdeos, existía una tierra de nadie entre las jurisdicciones francesa e inglesa donde las administraciones rivales construían bastides opuestas y la nobleza podía cambiar sus alianzas según le conviniera de acuerdo con el clima político. La administración de París trataba constantemente de estimular las apelaciones judiciales de Gascuña al parlement de París, apelaciones que implicaban un reconocimiento de la soberanía francesa y que los ingleses trataban igualmente de impedir. Esta relación tensa estalló en una guerra menor entre Carlos IV de Francia y Eduardo II de Inglaterra en 1323, a causa de una disputa fronteriza en el Agenais. Eduardo II no había prestado aún homenaje al nuevo rey, que sin duda estaba resentido por ello. Ninguna de las dos partes puso mucho encarnizamiento en el asunto; Eduardo, porque se encontraba en una posición muy insegura en su propio país, y Carlos, sin duda, y aunque en menor grado, por la misma razón. Carlos, sin embargo, llegó a invadir y declarar el ducado de Gascuña unido a la Corona francesa. La guerra de Saint-Sardos indujo a Eduardo II a enviar a su reina, Isabel, con su hijo a Francia, a actuar de mediadora. Esto resultó ser un paso importante en la rebelión contra Eduardo II, pues Isabel regresó del país de su hermano para derrocar a su marido. También firmó un tratado de paz con Carlos en 1327, en el que aceptaba una Gascuña reducida, sin el Agenais, consistente ahora en Burdeos y una faja costera únicamente. Sin embargo, Gascuña continuaba siendo una peligrosa fuente de conflictos. Era de importancia para los reyes ingleses, puesto que les daba prestigio y oportunidades para expediciones de saqueo en Francia. Los lazos comerciales entre Inglaterra y Burdeos, que proporcionaba la mayoría de la importación de vinos inglesa, eran poderosos. La incertidumbre de la jurisdicción y los tenues lazos tanto con Westminster como con París, hacían de esta zona un campo maravilloso de operaciones para la nobleza local.
Una tercera fuente de conflictos en el teatro de la Europa noroccidental era la relación entre Francia y Flandes. Sobre el conde de Flandes, como sobre el duque de Gascuña, el rey francés reclamaba una soberanía que era generalmente reconocida; pero en este caso se encontraba ante un Estado inmensamente rico, que tenía una vida autónoma política y económica. El bocado era demasiado grande para que Francia se lo tragara. El mismo Felipe IV había sufrido su más humillante derrota ante los flamencos en Courtrai en 1302. En un acuerdo con el conde Roberto de Béthune, en 1320, Felipe V admitió que no podía absorber la mayor parte de Flandes en el dominio real. El conde Luis de Nevers (1322-1346) mantuvo lazos más estrechos con la corte francesa. Su acceso al trono abrió un periodo en que el conde gobernante no simpatizaría con las actitudes políticas de algunas de sus ciudades más importantes, que eran los suficientemente poderosas como para mantener un línea independiente. Luis contaba con el apoyo de la mayoría de la nobleza y de Gante, mientras que Brujas e Ypres le eran hostiles. Fue capturado por el pueblo de Brujas y forzado a abdicar del condado en favor de su candidato, un pariente y rival llamado Roberto de Cassel. Cuando consiguió escapar, se volvió naturalmente hacia Francia en busca de ayuda. Su derrocamiento político coincidió con una revolución social en el campo, en el oeste de Flandes: una de las revoluciones sociales más importantes de la Europa del siglo XIV. Parece haber sido un movimiento de los campesinos ricos en contra de la nobleza local, encabezado por un campesino llamado Nicolás Zannekin y favorecido por las ciudades de Brujas e Ypres. Los trastornos sociales resultaron estar hondamente enraizados y tener larga vida. Terminaron únicamente cuando Felipe VI de Francia condujo un ejército contra los insurgentes, en 1328. El ejército francés se enfrentó a las fuerzas populares flamencas en la batalla de Cassel y las derrotó definitivamente. El burgomaestre de Brujas fue ahorcado en París. Luis de Nevers fue, pues, repuesto en el gobierno de Flandes por la ayuda francesa. Sin embargo, por razones propias de inestabilidad política, basada en divisiones internas políticas y económicas, Flandes continuó siendo una mezcla volátil.
Las fronteras entre el territorio inglés y el francés en Gascuña nunca se establecieron de manera precisa en las detalladas negociaciones jurídicas que continuaron a través de la década de 1330, hasta que Gascuña proporcionó la ocasión inmediata para el estallido de los conflictos de la Guerra de los Cien Años en 1337. El desarrollo de la hostilidad anglofrancesa fue estimulado principalmente por otras razones: por la ayuda francesa a la Escocia independiente, que Eduardo III estaba tratando de subyugar, y por Roberto de Artois. Roberto era un cuñado de Felipe VI que se había peleado con él y refugiado en la corte de Eduardo III, y se pensaba que estaba persuadiendo a este a que reclamara el trono de Felipe. Estas causas de enemistad produjeron un deterioro de las relaciones anglofrancesas, a diferencia de las actitudes bastante amistosas que existían al comienzo de los dos reinados. De 1331 a 1336 la posibilidad de una cruzada patrocinada por el papa fue una distracción de este conflicto, pero tanto Felipe VI, que utilizó el dinero de la cruzada para prepararse ante una posible guerra contra Inglaterra, como el papa Benedicto XII, que no quería una cruzada a menos que los reyes occidentales se unieran tras ella, solo creían a medias en el proyecto que fue abandonado a partir de 1336. En 1337, Felipe ordenó que se tomara Gascuña y Eduardo reclamó la Corona francesa.
La enemistad intermitente de Inglaterra hacia Francia había de ser un factor mucho más dominante en la política europea del siglo siguiente de lo que había sido antes. Parece difícil evitar la conclusión de que la razón principal de esto fue la nueva pretensión de Inglaterra al trono de Francia, que vino a convertirse en una obsesión política semejante a la tradicional pretensión germánica a Italia como parte de un quimérico Sacro Imperio Romano. De manera paralela, los exuberantes pastos de Francia se convirtieron en coto de caza para la predadora nobleza inglesa procedente de un país más austero y norteño que los encontraba gratificantes y, por tanto, irresistibles.
Sin embargo, esto no tuvo lugar hasta después de que Eduardo III les hubiera mostrado los atractivos de Francia. Ambos países no estaban igualados: Francia era mayor y más rica y los recursos de sus reyes eran siempre potencialmente superiores. Excepto en Gascuña o en la reconquista de otros territorios, los reyes de Francia eran en general defensores que movilizaban un inerte sistema militar. El triunfo inglés dependía de la debilidad francesa. Una Francia unida tenía poco que temer, pero la tendencia de Francia en los siglos XIV y XV a desmoronarse políticamente ofrecía espléndidas oportunidades de invasión, y hubo algunos periodos de tremendo desorden.
Antes de sumergirnos en los acontecimientos de la Guerra de los Cien Años, valdría la pena detenerse un momento a examinar la naturaleza de la guerra en el siglo XIV y su lugar en la vida. Los reyes franceses de este periodo eran capaces de movilizar ejércitos muy numerosos. Esto no debe conducirnos a imaginar el ejército bajomedieval como una organización subordinada a los fines de un Estado, al igual que un ejército moderno. Para gran parte de la nobleza francesa, como para la de todos los países europeos, la práctica de la guerra no era únicamente una profesión o un arte, sino un modo de vida y el principal medio de conseguir respeto y gloria. Para comprender la sociedad medieval es importante hacerse cargo de que la guerra era una actividad más normal y más individualista que en los Estados modernos, una actividad en la cual el guerrero luchaba por su propia promoción y realización personal tanto como por la causa de su príncipe o comandante. Un caballero borgoñón (muerto en la batalla de Poitiers), que escribió un tratado sobre el tema a mediados del siglo XIV, dividía los «hechos de armas» en cierto número de tipos agrupados en diversas clases de lucha: justas entre individuos, torneos entre grupos de hombres, guerra local en defensa de la propiedad de un hombre o de la de su señor, aventuras en las cruzadas, servicio en las compañías mercenarias de Italia. Esta clasificación choca con las novelas de caballerías, pero no era en absoluto anacrónica en el siglo XIV; numerosos señores franceses habían participado en todos estos tipos de lucha. Luchar por el rey no era sino uno de los diversos tipos de guerra. Las presunciones individuales se ejemplifican en las costumbres relativas al rescate: los soldados que capturaban caballeros del otro bando negociaban con ellos los rescates; el comandante tomaba un porcentaje del rescate, pero esencialmente era un asunto personal entre el prisionero y el que lo había capturado. La política y la guerra de los «Estados» estaban, por lo tanto, entremezcladas con las carreras personales de los soldados como individuos. En 1351 las fechorías inglesas en Bretaña llevaron a un caballero francés a desafiar a uno de los jefes ingleses a una lucha en la que cada uno de ellos había de ser acompañado únicamente por treinta de sus compañeros. La «batalla de los treinta ingleses y los treinta bretones» se llevó a cabo con grandes bajas, incluyendo siete muertos en el lado inglés. Cuando el conde de Pembroke fue capturado por los castellanos en la batalla naval de La Rochela, en 1372, fue encarcelado en Castilla. Algún tiempo después, el gran comandante francés Bertrand du Guesclin se lo compró al rey de Castilla y quedó en liberarlo a cambio de una considerable suma de dinero que había de ser pagada por sus parientes y amigos de Inglaterra. El conde era por estas fechas un hombre muy enfermo y el trato era que Du Guesclin conseguiría su rescate si entregaba al prisionero a los ingleses en Calais, vivo, en una cierta fecha. Du Guesclin pretendió más tarde que los ingleses habían enviado tropas desde Calais que entorpecieron deliberadamente las últimas etapas del camino. En cualquier caso, el conde murió a pocos kilómetros. Es difícil saber si Du Guesclin se encargó del rescate del conde como negocio financiero o por simpatía hacia un noble enfermo, pero, en cualquier caso, consideraciones de este tipo desempeñaron un papel tan importante en la guerra como la más abstracta política de los reyes. Desde el punto de vista de los soldados, la función principal de la monarquía era proporcionar un punto de reunión y, mediante su poder de recaudar impuestos, las bases económicas del ejército. Es difícil a menudo discernir qué guerra llevaba a cabo un señor, si la del rey o la suya propia.
Cualesquiera que fueran las justificaciones formales de la guerra entre los reyes de Inglaterra y Francia, hubo un importante elemento de saqueo en la mayor parte de las fases de la Guerra de los Cien Años, que era, por un lado, resultado de la dificultad de mantener un ejército aprovisionado de alimentos y salarios y, por otro, resultado de la rapacidad individual de los soldados, que esperaban hacer fortuna en la guerra. Jean Froissart, el famoso cronista de Hainault, describiendo los conflictos anglofranceses del siglo XIV con un interés romántico centrado principalmente en los hechos de armas, recoge esta realista descripción del ejército inglés marchando a través de Normandía en 1346, durante la campaña que culminó en la batalla de Crécy:
Ya habéis oído hablar antes del orden de marcha de los ingleses, de cómo cabalgaron en tres batallas, los mariscales a la derecha y a la izquierda, y el rey y el príncipe de Gales, su hijo, en el medio. Os dije que el rey cabalgaba en etapas cortas. Cada día fijaban el campamento entre mediodía y la hora tercia. Encontraron el campo tan fructífero y bien provisto de alimentos de todas clases que no necesitaron proveerse sino de vino e incluso de esto encontraron una razonable cantidad. No es de extrañar que las gentes del campo estuvieran asustadas, pues nunca habían visto antes nada de la guerra o la batalla. Por ello huían ante los ingleses apenas les oían, dejando llenas sus casas y graneros, pues no tenían medios de salvarse o protegerse. El rey y el príncipe conducían a alrededor de 3.000 hombres en armas, 6.000 arqueros y 10.000 soldados de infantería, sin contar los que tenían los mariscales.
Así el rey continuó cabalgando como he descrito, quemando y devastando el campo sin romper su orden de marcha. No se desvió hacia la ciudad de Coutances, sino que se dirigió hacia la gran ciudad de Saint-Lo en Cotentin, que en aquel tiempo era muy rica y estaba dedicada al comercio y valía tres veces más que Coutances. Esta ciudad de Saint-Lo tenía una gran industria de paños y una profusión de ricos burgueses. Había ocho o nueve mil hombres en la ciudad, burgueses y artesanos. Cuando el rey de Inglaterra se acercó suficientemente acampó en su exterior, no deseando alojarse en la ciudad por miedo al fuego. Así, envió a sus hombres por delante y la ciudad fue inmediatamente tomada con poco esfuerzo, saqueada y devastada de un extremo al otro. Nadie podía creer la gran riqueza que fue tomada allí y la cantidad de buenos paños que se encontraron. Se habrían vendido baratos si hubiera habido alguien a quien vendérselos.
La mayor parte de la lucha consistía en campañas como la descrita en este pasaje, en las cuales los invasores ingleses, como los vikingos del siglo IX, pillaban un país más rico. En otros momentos y en otras zonas la guerra se convirtió en una lucha más localizada e intermitente.
El carácter de la guerra anglofrancesa en esta primera fase, en los años 1337-1340, estaba dictado por la estrategia de Eduardo III, que consistía en establecer una alianza con los Países Bajos y Alemania occidental para atacar a Francia. Los aliados de Eduardo incluían a su suegro, el conde de Hainault, Holanda y Zelanda, y otros gobernantes de los Países Bajos. También se ganó al duque de Brabante, de modo que, con la excepción de Flandes, su apoyo en los Países Bajos era muy completo. Incluso consiguió el favor de Luis de Baviera, el emperador germánico, con quien selló una impresionante alianza en un encuentro personal en Coblenza, en 1338. El conde de Flandes, Luis de Nevers, estaba demasiado vinculado a Francia, pero, en este caso, Eduardo emprendió una adecuada política encaminada a separar al conde de sus súbditos. En 1336 se declaró un embargo de la exportación inglesa de lana a Flandes, en parte causado por la esperanza de alejar a los flamencos de Francia mediante presiones económicas. En combinación con el resentimiento ampliamente difundido en contra del control francés de las ciudades flamencas y la intervención inglesa, esta medida acabó por causar un considerable efecto. Del movimiento de las ciudades surgió uno de los más famosos caudillos populares flamencos de la Edad Media, Jacques van Artevelde, que llegó a ser capitán de Gante a principios de 1338 y jefe de las otras ciudades productoras de paño. Luis de Nevers no consiguió suprimir dentro de su propio país este otro gobierno, que quedó en el mando cuando él huyó a Francia en febrero de 1339.
La respuesta francesa a estas maniobras fue muy activa en el mar, con expediciones de saqueo a las costas inglesas, pero lenta en tierra. Felipe tuvo que seguir el complicado procedimiento para exprimir dinero y servicio militar de las distintas provincias. Los estados de Normandía, por ejemplo, se resistieron a pagar ningún subsidio. Al final, el triunfo financiero de Felipe fue impresionante. En 1340-1342 tomó la iniciativa de ordenar que se recaudara un impuesto sobre las transacciones comerciales, una taille y una gabelle.
