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¿Sabías que la escalofriante criatura que inspiró la película The Ring tiene su origen en una gira en torno al castillo de Himeji? ¿Y que la caja Dybbuk existe realmente y se encuentra en un museo en Las Vegas? ¿Has oído hablar de esa franja de desierto entre los estados de Coahuila, Durango y Chihuahua, en México, que recibe el enigmático nombre de «Zona del Silencio»? ¿Te han contado alguna vez que en el pueblo español de Trasmoz han vivido brujas de forma casi ininterrumpida hasta nuestros días? Nekane Flisflisher te ofrece respuestas a éstas y otras muchas preguntas relacionadas con algunos de los casos de actividad paranormal más fascinantes y terroríficos del planeta. Ponte calzado cómodo, agarra una linterna (¡y una grabadora de voz, por si las psicofonías!) y acompáñala en un apasionante viaje en el que te encontrarás cara a cara con el misterio. Nekane es la creadora de uno de los canales de YouTube sobre investigaciones paranormales con más segui- dores de la red. En Expediente Flisflisher te explica algunos de los casos que más han asombrado a sus seguidores,junto a sorprendentes investigaciones inéditas.
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Seitenzahl: 380
Veröffentlichungsjahr: 2020
Nekane Flisflisher
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Colección Estudios y Documentos
EXPEDIENTE FLISFLISHER
Nekane Flisflisher
1.ª edición en versión digital: octubre de 2020
Corrección: M.ª Jesús Rodríguez
Maquetación: Isabel Estrada
Diseño de cubierta: Enrique Iborra
Maquetación ebook: leerendigital.com
© 2020, Nekane Flisflisher
(Reservados todos los derechos)
© 2020, Ediciones Obelisco, S.L.
(Reservados los derechos para la presente edición)
Edita: Ediciones Obelisco S.L.
Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida
08191 Rubí - Barcelona - España
Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23
E-mail: [email protected]
ISBN EPUB: 978-84-9111-636-3
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.
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Índice
Portada
Expediente Flisflisher
Créditos
I. Fantasmas y embrujos
Lurancy Vennum
El poltergeist Mackenzie
Caso Warren: el poltergeist de la calle Lindley
El fantasma de Okiku
II. Seres de otro mundo
Las banshee
El wendigo
La Llorona
Las hadas de Cottingley
III. Caza de brujas
Las brujas de Trasmoz
Pendle Hill
La Mulata de Córdoba (Veracruz)
IV. Objetos malditos
Robert
La Caja Dybbuk
Harold el infame
La lanza de Longinos
La piedra filosofal
V. Cartografía de lo insólito
Zona del silencio
La Isla de los Muertos
Lurancy Vennum
La historia de Lurancy Vennum da comienzo a finales de la década de 1800. Por aquel entonces, la corriente espiritista se encontraba en su mayor apogeo y miles de personas creían ciegamente en ella. Según esta doctrina, creada en Francia a mediados del siglo XIX, los seres vivos podían comunicarse con los muertos empleando distintas técnicas: usando la tabla ouija, a través de trances e incluso mediante un sistema llamado «raps».
Los raps, ideados en 1848 por las hermanas Fox, eran un código a través del cual un espíritu podía responder a preguntas simples. Un golpe significaba no y dos golpes significaban sí. De este modo pretendían demostrar la existencia del mundo sobrenatural y, aunque años antes de morir, confesaron que todo su trabajo fue un fraude, este método se sigue utilizando en la actualidad.
En tiempos de las hermanas Fox, se había extendido la creencia de que algunas personas tenían el don innato de comunicarse con los muertos. Que sus cuerpos eran los receptores ideales para que las almas que se encontraban en el purgatorio atravesaran la barrera del tiempo y el espacio para regresar a la tierra unos instantes y hablar con sus seres queridos. Es en este punto cuando nos encontramos con el extraño caso de Lurancy Vennum.
Mary Lurancy Vennum nació el día 16 de abril de 1864 en Milford Township, en el condado de Iroquois, Illinois, siendo una de las hijas del matrimonio de Lurinda Jane y Thomas Jefferson Vennum. Desde siempre, según quienes la conocieron, fue una muchacha maravillosa. Era atenta, cariñosa y ayudaba en todas las labores del hogar.
Al poco de cumplir los 7 años de edad, su familia se mudó a una granja ubicada unos 11 kilómetros al sur de la ciudad de Watseka. Según varias fuentes consultadas, en esa ciudad, Lurancy fue muy feliz. Adoraba jugar con sus hermanos por todas partes. Subía y bajaba por las escaleras de su nuevo hogar a toda velocidad y se pasaba horas encerrada en el granero de la familia compartiendo secretos con su hermana mayor, Florence Isabel.
Sin embargo, tres meses después de cumplir los 13 años, todo cambió para ella.
La mañana del 6 de julio de 1877, al abrir los ojos con los primeros rayos del sol, Lurancy comenzó a gritar. Aquéllos eran los gritos más desgarradores que los Vennum habían escuchado en toda su vida, por lo que todos los miembros de la familia saltaron de sus camas y corrieron al encuentro de la muchacha. Es ahí cuando, entre sollozos, pronunció las siguientes palabras:
—Anoche había gente en mi cuarto y gritaban «¡Rancy! ¡Rancy!» –repitió ella, visiblemente alterada–. Pude sentir su aliento en mi cara.
Sus padres, al escuchar aquellas palabras, probablemente pensaron que la niña había sido víctima de un mal sueño. Quizás había sido más vívido que cualquier otro que hubiera tenido, pero, al fin y al cabo, no era más que eso: una pesadilla.
Lamentablemente, las cosas extrañas no habían hecho más que empezar. Y es que, una semana más tarde, la niña volvió a ser protagonista de un nuevo evento perturbador. Mientras cosía una vieja alfombra junto a su madre, posó una de sus delicadas manos sobre su frente, soltó la aguja y se puso en pie.
—Ma, no me encuentro bien –murmuró la joven–. Me siento muy rara.
Nada más pronunciar estas palabras, el cuerpo de la muchacha se puso totalmente rígido y, tras perder la conciencia, cayó al suelo. Durante más de cinco horas fue imposible despertarla. Probaron con todo: llamándola por su nombre, humedeciendo su rostro con agua fresca, moviendo sus brazos… Lurancy estaba inmersa en un extraño sopor y, cuando por fin logró despertar, era incapaz de recordar lo que había sucedido.
A partir de entonces la muchacha sería víctima constante de esos extraños ataques. Podía estar riéndose a carcajadas, corriendo por el campo, hablando tranquilamente o incluso sentada en una silla y, sin previo aviso, su cuerpo se ponía rígido y perdía la conciencia. Cuando esto sucedía, su pulso se tornaba débil, su respiración lenta y su temperatura corporal bajaba drásticamente dándole la apariencia de un cadáver. Las primeras veces que esto sucedía Lurancy, simplemente, se quedaba inconsciente, pero el tiempo pasó y aquellos extraños desmayos se convirtieron en algo más siniestro. La muchacha se quedaba tumbada con los ojos cerrados y el cuerpo rígido y frío, pero sus labios se movían lentamente liberando extraños mensajes.
Cuando caía al suelo, su voz se quejaba de estar experimentando intensos dolores abdominales y, cuando los lamentos cesaban, la muchacha empezaba a hablar de unos seres a los que empezaba a ver en aquellos momentos. Seres a los que ella llamaba «ángeles». Poco a poco aquellos ataques fueron haciéndose más largos, hasta llegar a durar 8 horas. Ocho horas en las que la muchacha no abría los ojos por mucho que sus seres queridos intentaran despertarla.
Durante varios meses, numerosos especialistas estudiaron su caso. Entre ellos se encontraban los reputados doctores L. N. Pittwood y Jewett pero, lamentablemente, fueron incapaces de encontrar una explicación a lo que estaba sufriendo Lurancy Vennum y, simplemente, la declararon mentalmente enferma. Por ello, la única recomendación que podían darle a sus padres era que la enviaran al Hospital Estatal de Peoria, también conocido como Hospital Estatal de Bartonville o Asilo de Illinois para los Locos Incurables.
El matrimonio Vennum se negó en rotundo a enviar a su hija a aquel lugar. Habían oído hablar de los terribles tratamientos a los que sometían allí a los enfermos: de las bañeras de agua helada, de las camisas de fuerza que cortaban la respiración, del aislamiento… No querían ni tan siquiera plantearse la posibilidad de que su pequeña pasara por todo aquello pero, lamentablemente, los sueños de Lurancy se fueron tornando más y más oscuros.
La muchacha, con los ojos cerrados, imploraba la ayuda de sus padres. Juraba y perjuraba que extrañas sombras la perseguían por toda la casa. Describía habitaciones, pueblos y ciudades en las que nunca antes había estado y hablaba en idiomas extranjeros que nunca nadie le había enseñado.
Siempre que visitaba lugares desconocidos su comportamiento cambiaba completamente. Su voz y su forma de ser se tornaban distintas. Era como si Lurancy, temporalmente, perdiera el dominio de su cuerpo. Como si su alma abandonara el cuerpo y se lo prestara a otra persona.
«Tan sólo eran sueños», pensaréis. «Nada de qué preocuparse». Pero lo cierto es que, poco a poco, aquellos sueños se fueron tornando más y más reales. Cuando Lurancy abría los ojos, la actitud que presentaba en sueños persistía durante unos minutos más en el mundo real. Si en sueños gritaba, al despertar también lo hacía. Si en sueños su actitud había sido agresiva, al despertar, lo hacía sacudiendo los brazos y profiriendo todo tipo de maldiciones.
Al alcanzar Lurancy un estado tan preocupante, el reverendo B. M. Baker, ministro metodista de Watseka, en contra de los deseos de los padres de Lurancy, escribió al Hospital Estatal de Peoria presentando una solicitud para que la aceptaran entre sus pacientes.
La actitud de la muchacha era impredecible y sus padres ya no podían seguir conteniendo sus ataques. Por ello, tras verse presionados, decidieron que después de las vacaciones de Navidad se despedirían de ella y la enviarían al sanatorio.
Al principio la decisión fue llevada en secreto, pero, en un momento dado, los miembros de la familia Vennum comenzaron a transmitírsela a sus más allegados y aquello hizo que la noticia corriera como la pólvora. La historia de la muchacha que era capaz de viajar a lugares recónditos y hablar con distintas voces llegó a oídos de decenas de personas que creían en el espiritismo y que, como cabría de esperar, se organizaron para impedir que la chica fuera enviada al hospital.
El timbre de la residencia familiar, durante las siguientes semanas, no dejó de sonar ni una sola vez. Personas procedentes de todos los lugares pedían a los Vennum que no llevaran a la chica al hospital, pues lo que ella tenía no era una enfermedad sino un don que, si no era cuidado correctamente, podía llegar a acabar con su vida.
Al principio la familia no podía creérselo ya que ellos eran muy escépticos. No creían en lo sobrenatural y, por supuesto, tampoco creían que fuera posible que Lurancy pudiera comunicarse con fantasmas. Sin embargo, un día recibieron una visita que cambiaría para siempre su forma de ver las cosas: la del matrimonio Roff.
«Probablemente, hoy ningún hombre es más apreciado en la comunidad o goza de la confianza en medio del respeto de sus conciudadanos en un grado más completo que el tema de este bosquejo. Es generoso, justo, considerado e independiente. Practica lo que enseña, como saben sus vecinos, y deja que el amplio manto de la caridad cubra una multitud de fallas, en lugar de condenar con demasiada severidad a los que se equivocan». Declaraciones del doctor E. Winchester Stevens sobre Asa Berry Roff. The Watseka Wonder: A Narrative of Startling Phenomena Occurring in the Case of Mary Lurancy Vennum, 1879.
Ann y Asa Berry Roff vivían a escasos 200 metros de la casa de los Vennum y, al escuchar las historias que se contaban sobre su hija, no pudieron evitar llamar a su puerta. Los Roff eran una familia muy honrada y respetada por todos los habitantes de la ciudad. Asa era un humilde zapatero y su esposa un ama de casa. Sin embargo, tras aquella fachada de aparente normalidad, se escondía un matrimonio de espiritistas que creía fervientemente en la existencia de lo paranormal.
Doce años antes de que transcendiese el caso de los Vennum, los Roff habían perdido a una de sus hijas tras enviarla al asilo mental. La muchacha estaba experimentando lo mismo que Lurancy. Se veía inmersa en los mismos trances, hablaba del cielo y de los ángeles, cambiaba su voz y sabía cosas que nadie le había podido contar. Por ello, pidieron encarecidamente a los Vennum que no enviaran a su pequeña al hospital pues aquello, al igual que ocurrió con su hija, podría acabar con su vida.
—¿Y qué podemos hacer? –preguntarían los padres de la muchacha.
—Ayudarla a canalizar a los espíritus que quieren hablar a través de ella –responderían los Roff.
Según este peculiar matrimonio, Lurancy estaba sufriendo una forma de posesión muy peculiar. Múltiples almas perdidas intentaban invadir su cuerpo para enviar mensajes a los vivos y, si no escuchaban lo que tenían que decir, no la dejarían vivir en paz.
Los Vennum ya habían recurrido a todos los expertos en salud física y mental posibles e incluso habían pedido consejo a la Iglesia, pero todo había sido en vano. Así que decidieron, como último recurso, confiar en la ayuda que la familia Roff podía ofrecerles.
Los Roff no podían hacer mucho por sí mismos, pero, como espiritistas que eran, habían hecho contactos con personas entendidas en el tema y, entre ellas, se encontraba E. Winchester Stevens, un médico y espiritista de Janesville, Wisconsin.
Pasadas las vacaciones de Navidad, los Vennum rechazaron la plaza que Lurancy había conseguido en el hospital y concertaron una cita con el doctor con el que habían contactado por mediación de sus vecinos.
«Sólo será una simple revisión», debieron pensar. «El doctor la mirará y determinará si su extraña dolencia tiene cura».
Lamentablemente, lo que ellos creyeron que sería una simple revisión se convirtió en algo mucho más siniestro. Primeramente, el doctor E. Winchester Stevens, realizaba visitas a la joven. Pero más pronto que tarde se dio cuenta de que algo extraño sucedía en su interior. Estaba convencido de que Lurancy Vennum se encontraba inmersa en una auténtica posesión espiritual y llegó a calificar a la joven como una «auténtica médium».
Fue en aquel punto cuando decidió comenzar a someterla a distintos experimentos cuyos resultados quedaron plasmados en los artículos que publicaba en el periódico espiritualista Religio Philosophical Journal. Además, al año siguiente, publicaría su famosa obra The Watseka Wonder: A Narrative of Startling Phenomena Occurring in the Case of Mary Lurancy Vennum.
Según E. Winchester Stevens, el mejor modo de calmar a los fantasmas que intentaban hablar a través de los labios de Lurancy era hipnotizándola y permitiéndoles hablar libremente. Por ello, el 31 de enero de 1878, realizaron uno de los experimentos más siniestros a los que la muchacha se vio sometida.
A aquella sesión asistieron los padres de la muchacha, Asa Berry Roff y, por supuesto, el doctor Stevens. Invitaron a la chica a sentarse junto a una estufa y, tras ello, la indujeron lentamente al trance. Una vez que su cuerpo se relajó por completo, las voces comenzaron a surgir. Eran voces extrañas que se solapaban unas con otras pero, entre todas ellas destacó una, la de una mujer llamada Katrina Hogan.
Supuestamente era el alma de una mujer de 63 años de origen alemán que odiaba profundamente a la humanidad pero, antes de que pudieran entablar una conversación más profunda con ella, la voz de Lurancy volvió a cambiar. Se había convertido en la de un joven llamado Willie Ganning. Willie confesó ser un chico oriundo de Watseka que se había escapado de casa por miedo a su padre, Peter Ganning. Explicó además que, después de huir, se vio inmerso en muchas situaciones difíciles y había terminado falleciendo.
Durante aproximadamente una hora y media, el doctor estuvo interrogando al espíritu que había poseído el cuerpo de Lurancy Vennum y, tras ello, el doctor y el señor Roff se pusieron en pie y decidieron salir de la casa para hablar sobre el tema. Fue entonces cuando la chica se derrumbó en el sueño y fue víctima de otro ataque. Su cuerpo se había vuelto a quedar rígido como una piedra y su temperatura había descendido otra vez en picado.
El doctor E. Winchester Stevens se sentó rápidamente junto a la muchacha, agarró sus brazos y los mantuvo extendidos mientras le hacía preguntas. En aquella hora, la voz de Lurancy volvía a ser dulce y delicada y, con un tono lleno de paz, le confesó al doctor que su alma estaba en el cielo y que no iba a permitir que más almas malvadas como las de Katrina y Willie volvieran a poseer su cuerpo.
En aquel punto, el doctor Stevens creyó encontrar una cura al problema de la muchacha. Así que le pidió que se concentrara en buscar un espíritu mejor y más positivo al que pudiera permitirle poseer su cuerpo.
La muchacha comenzó a decir nombres de personas que ella jamás había conocido, pero que algunos de los presentes sí. Mencionaba a hermanos, abuelos, amigos, vecinos, conocidos…, todos ellos personas que, desde hacía años, habían abandonado el mundo terrenal para unirse al de los espíritus. Pero, en un momento dado, se detuvo. Se quedó en silencio durante unos instantes y dijo que había un espíritu al que le gustaría cederle su cuerpo.
—Hay alguien que quiere venir –pronunciaron los labios de la joven–. Necesita que le den permiso para hacerlo. Su nombre es Mary Roff.
En aquel instante, un escalofrío recorrió de punta a punta la columna vertebral de Asa Berry Roff y todos los presentes volvieron la vista hacia él. Ése era el nombre de su difunta hija.
Mary Roff había nacido el 8 de octubre de 1846, en el condado de Warren, Indiana, siendo la mayor de las hijas del matrimonio Roff. En un momento dado, sus padres se mudaron a Middleport y a partir de ahí su vida ya no volvería a ser igual. En la primavera de 1847, cuando Mary tenía alrededor de los 6 meses de edad, enfermó y sufrió un extraño ataque. Sus padres no comprendían qué le estaba ocurriendo y, debido a su corta edad, no tenían muchas esperanzas de que sobreviviera, pero, tras varios días de reposo, se recuperó.
Mary, aparentemente, volvía a ser una niña saludable pero, tras un breve período de calma, regresó la tormenta. Tres semanas después del primer ataque, la criatura sufrió otro muy similar. Aquellos ataques continuaron durante toda su infancia en intervalos de 3 a 5 semanas, hasta que cumplió los 10 años. Fue entonces cuando todo empeoró. Los ataques , cada vez que aparecían, llegaban a durar varios días seguidos y, cuando Mary volvía en sí, se mostraba terriblemente abatida.
De no haber sido por aquellos problemas, Mary hubiese sido una niña perfectamente normal. Estudiaba piano y poseía una mente brillante. Por ello sus padres hicieron todo lo posible porque recibiera una educación esmerada. Desgraciadamente, a medida que el tiempo pasaba, los ataques eran más persistentes y violentos, llegando al punto de convertirse en un impedimento para que la muchacha pudiera llevar una vida normal.
Tras consultar a numerosos expertos, la familia Roff decidió ingresar a Mary en el Hospital Estatal de Peoria donde, supuestamente, iba a recibir los mejores tratamientos para su enfermedad. Pese a ser considerados pioneros, fueron terriblemente dolorosos para la muchacha.
Mary fue expuesta a baños fríos y calientes e incluso a sangrías para estimular su circulación sanguínea. Por desgracia nada de aquello parecía funcionar, pues los ataques continuaron hasta sumergirla en una terrible depresión. La muchacha era incapaz de llevar una vida normal. Sentía que no era dueña de su cuerpo y, tras sufrir los ataques, sentía que había perdido todas las fuerzas.
Desesperada, el sábado 16 de julio de 1864, a la edad de 19 años, agarró un cuchillo y se hizo varios cortes en la muñeca izquierda. Aquel acto le hizo perder tanta sangre que, casi de inmediato, cayó al suelo perdiendo la conciencia. Por suerte para ella sus padres actuaron deprisa. Le vendaron la muñeca, la llevaron en volandas a la cama y cuidaron de ella hasta que abrió los ojos.
Muchos pensareis que, al despertar, la joven se mostraría agradecida con sus salvadores. Que se sentiría avergonzada y que pediría disculpas por todos los daños causados pero, en el caso de Mary, fue todo lo contrario. Cuando volvió en sí, lo hizo sumergida en un estado de desesperación total. Se volvió violenta y se sacudía con tanta fuerza sobre la cama que fue necesaria la intervención de cinco hombres para sostenerla.
Mary ya había perdido una cantidad considerable de peso desde que empezó su tormento, así que después de perder también tanta sangre, yació en la cama en estado de shock y fue incapaz de reconocer a las personas que la rodeaban.
La chica estuvo delirando cinco días seguidos antes de calmarse y dormir, al fin, durante 15 horas. Al despertar, se percató de que tenía los ojos vendados y todos le dijeron que se los habían tapado porque, mientras dormía, había sufrido extraños ataques en los cuales había intentado arañárselos.
Por extraño que parezca, Mary decidió no quitarse la venda pues decía ver mucho mejor con ella puesta. Veía cosas que los demás no podían ver y sabía cosas que los demás no podían saber.
Entre los comportamientos y las tareas que demostró ser capaz de hacer mientras llevaba los ojos vendados, tomó una enciclopedia, buscó en la entrada «sangre» y la leyó en voz alta. En otra ocasión, tomó una caja de cartas que sus amigos y familiares le habían enviado y las leyó sin problemas. Un buen día, Asa Berry Roff y un reverendo local intentaron engañarla colocando sobre su regazo cartas que no habían sido escritas para ella pensando que no se daría cuenta, pero la muchacha notó rápidamente el engaño y las arrojó violentamente al suelo.
Este breve período hizo que Mary adquiriese cierto grado de fama local, ya que muchos de los ciudadanos de Watseka llegaron a presenciar sus poderes de visión antinatural y su historia fue escrita en la prensa local. Sin embargo, sus ataques continuaron y, las autoridades locales presionaron a la familia Roff para que ingresaran a Mary en el Hospital Estatal de Peoria.
En ese momento, los Roff decidieron rendirse e ingresarla por última vez.
Mary Roff permaneció varios días en el asilo mental. El día 5 de julio de 1866, sus padres decidieron hacerle una visita. La chica se despertó, desayunó y dieron un paseo por los jardines. Mientras estaban caminando, dijo que no se encontraba muy bien y que quería ir a su habitación un rato para despejarse. El señor y la señora Roff decidieron esperarla sentados en un banco. Pero los minutos pasaron y Mary no regresaba junto a ellos así que fueron a buscarla.
A partir de aquí, existen dos versiones con respecto a lo que pudo ocurrirle a la joven Mary. La primera dice que, cuando llegaron a su habitación, la encontraron tumbada en el suelo y rodeada de un charco de sangre; la segunda, que la encontraron tumbada en su cama y sumergida en otro de sus extraños ataques. Lamentablemente, ocurriera lo que ocurriera, Mary Roff nunca más volvió a abrir los ojos.
Desde aquel día Ann y Asa Berry Roff se convirtieron en espiritistas. Comenzaron a creer que Mary había sido una médium capaz de comunicarse con el más allá, así que su misión a partir de aquel momento fue la de encontrar la forma de comunicarse con su espíritu.
Como ya hemos dicho, años más tarde, Lurancy Vennum irrumpiría en sus vidas cuando, en mitad de un trance, aseguró que el espíritu de Mary Roff quería apoderarse de su cuerpo para hablar con lo vivos.
El silencio se hizo presente en la sala. Nadie era capaz de hablar. Se miraban unos a otros con los ojos como platos hasta que, finalmente, el señor Roff movió los labios.
—Sí, déjala venir –debió pronunciar–. Estaremos encantados de que venga.
Fue entonces cuando la entidad se apoderó por completo del cuerpo de Lurancy. Dio detalles sobre la vida pasada de Mary Roff: describió su casa, su piano, sus hermanos y dio información a la que Lurancy jamás tuvo acceso. Como podréis imaginar, la sesión fue todo un éxito, pero, después de que el señor Roff y el doctor E. Winchester Stevens se marcharan, la chica no recobró el sentido.
Seguía actuando como Mary Roff y para ella todo era muy extraño. Se sentía triste, abatida y completamente sola. No reconocía ni a sus padres ni a sus hermanos y, en lo único que podía pensar, era en regresar a «su auténtica casa».
Con el pasar de los días, Lurancy no paró de suplicar a sus padres, entre llantos, que le permitieran ver a su auténtica familia. Así que, a regañadientes, los Vennum decidieron invitar a los Roff a su casa para ver si, al verlos, Lurancy volvía a tomar conciencia de sí misma.
El día 1 de febrero de 1878, Ann Roff y Minerva Alter, su hija, se dirigieron con paso firme a la residencia de los Vennum. No tenían muchas expectativas puestas en aquel encuentro pero, cuando la niña las vio llegar a través de la ventana, comenzó a saltar de alegría.
—¡Aquí vienen mi madre y mi hermana Nervie! –exclamó.
Acto seguido corrió hacia la puerta principal con los brazos abiertos y saltó sobre ambas mujeres con un brillo muy especial en los ojos.
Lurancy se mostraba como una persona totalmente distinta. Su voz era más dulce, hacía gala de un refinamiento exquisito y sus gestos parecían más los de una princesa que los de una muchacha de clase media. Sin embargo, la alegría que mostraba cuando estaba en presencia de los miembros de la familia Roff se disipaba en cuanto éstos se marchaban.
Los días pasaban y Lurancy no paraba de suplicar a sus padres que la dejaran volver con los suyos. No dejaba de decir que necesitaba verlos, abrazarlos y volver a sentirlos cerca. Así que, finalmente, llegaron a un acuerdo con ella. A regañadientes, la familia Vennum accedió a que se quedara junto a los Roff tres meses seguidos, desde el 10 de febrero al 21 de mayo de 1878.
Durante ese tiempo, los Vennum visitaron frecuentemente la residencia de los Roff pero, por desgracia, su hija era incapaz de reconocerlos. Lurancy ni siquiera podía mirarlos a los ojos y, en cuanto los veía entrar por la puerta, les recordaba que todavía no habían pasado los tres meses y que, por lo tanto, aún no tenía que irse con ellos.
La nueva Lurancy ya no reconocía nada de su pasado. No recordaba el rostro de sus hermanos, ni siquiera quería intercambiar un simple saludo con ellos. Sólo le interesaban las personas y los elementos que antaño estuvieron relacionados con Mary Roff. Tocaba al piano las canciones favoritas de aquella chica, leía con total fluidez y hablaba sobre arte y literatura como si los hubiera estudiado desde siempre.
Sin embargo, había dos cosas que la nueva Lurancy aseguraba poder recordar que ponían el vello de punta a todo aquel que las conocía: la primera era su entierro. Decía poder recordar las flores que dejaron sobre su tumba y el rostro de las personas que lloraron su pérdida. Y el segundo, el momento en el que intentó quitarse la vida.
—¿Con qué te hiciste los cortes? –preguntó el señor Roff.
—Con un cuchillo –respondió ella.
—¿En cuál de tus muñecas te los hiciste?
En este punto Lurancy calló.
Bajó la mirada lentamente mientras levantaba su brazo izquierdo y, cuando posó la vista sobre aquella muñeca, volvió a hablar.
—Éste no es el brazo –murmuró entornando los ojos–. El otro está en el suelo.
Durante los tres meses en los que la familia Roff cuidó de Lurancy, en contra de los deseos de losa Vennum, la sometieron a varias sesiones espiritistas. Empujaban a la muchacha a entrar en trance para canalizar, a través de su cuerpo, a cientos de espíritus. Decenas de supuestos médiums y expertos en parapsicología se reunieron en casa de la familia Roff para contemplar al llamado «milagro de Watseka».
Según varias fuentes consultadas, Lurancy Vennum logró canalizar a más de cien espíritus diferentes. Eran almas de todo tipo. Algunas estaban tristes, otras contentas y otras, tan perturbadas que eran incapaces de hablar con coherencia.
Se dice que cuando la familia Vennum se enteró de esto, llegó a desear haber enviado a su hija al asilo mental. De hecho, alguno de los familiares de Lurancy manifestó que hubiese preferido enterrar a una hija suya antes que entregarla a los Roff para que la convirtieran en espiritista.
Cuando el mes de mayo llegó, el espíritu de Mary Roff comenzó a sentirse muy abatido. Durante los primeros días del mes se fue despidiendo de todas las personas que fueron importantes para ella cuando todavía estaba viva: sus amigos, sus padres, sus hermanos… Anunció además que, durante aquellos tres meses, el espíritu de la auténtica Lurancy había estado junto a los ángeles, fortaleciéndose y preparándose para volver al mundo terrenal y que ya estaba dispuesta a hacerlo.
En un momento dado, la chica cerró los ojos y, al abrirlos, volvió a ser ella misma. Deseó volver a casa junto a sus padres y pidió a los Roff que la llevaran con los suyos, pero éstos decidieron que no podían aceptarlo. Necesitaban pasar más tiempo junto a Mary y, una vez más, indujeron a Lurancy al trance para volver a estar con su pequeña.
Según las crónicas y testimonios del caso, consiguieron estar con el espíritu de la chica hasta el 21 de mayo, día que la familia Vennum dijo que recogería a Lurancy y la llevaría de vuelta a casa.
Tras aquella experiencia, Mary Lurancy Vennum se convirtió en una joven fuerte y sana. Nunca más volvió a sufrir los extraños ataques que habían convertido su infancia en una pesadilla, pero, desgraciadamente, aquellos eventos la habían hecho tan famosa en la región, que tuvo que abandonar la ciudad de Watseka para siempre.
La familia Vennum se mudó a una ciudad distinta cuyo nombre no ha sido revelado por las fuentes consultadas y, allí, Lurancy logró tener una vida plena.
Años más tarde, contrajo nupcias con un hombre llamado George James Binning con quien tuvo un total de cinco hijos: Ellen Kaziah (1883-1940), Alma Lurinda (1884-1981), Thomas Henry (1891-1976), Viola Paulina (1896-1994) y John Laverne (1897-1979). Ninguno de ellos padeció una enfermedad similar a la de su madre a lo largo de sus vidas y Lurancy gozó de salud hasta el fin de la suya, el 30 de agosto de 1952.
Pese a haber empezado de cero en un lugar muy lejos de la ciudad de Watseka, se dice que Lurancy jamás pudo olvidar al espíritu de Mary Roff. Consideraba que aquella mujer la liberó de su tormento personal así que, para agradecérselo, visitaba cada cierto tiempo a la familia Roff con el fin de someterse a sesiones espiritistas a través de las cuales permitía que el alma de Mary volviera a poseer su cuerpo.
PARA SABER MÁS
E. WINCHESTER STEVENS (1887). The Watseka wonder: A narrative of startling phenomena occurring in the case of Mary Lurancy Vennum. Religio-philosophical Pub. House. 28 de marzo de 2011.
https://libsysdigi.library.uiuc.edu/OCA/Books2009-06/watsekawonder00stev/watsekawonder00stev.pdf
www.darkhistories.com/lurancy-vennum-and-the-watseka-wonder/
www.mindshadow.fr/the-watseka-wonder/
El poltergeist Mackenzie
Cuando comencé a investigar a cerca del mundo paranormal, alguien me sugirió que echara un vistazo a la historia de Mackenzie el Sangriento. Normalmente, cuando un personaje histórico recibía un apodo como aquél, se debía a la ferocidad que demostraba en el campo de batalla o a la dureza con la que castigaba a sus enemigos, por lo que no creí que fuera a llamarme mucho la atención.
«Sólo es un sobrenombre militar. No parece que remita a nada sobrenatural», pensé. «¿Qué me puede asustar de un guerrero?». Y la respuesta fue «todo».
Sir George Mackenzie nació entre 1636 y 1638 en el seno de una de las familias escocesas más importantes de su tiempo y, este hecho, como era de esperar, le abrió todas las puertas de la sociedad.
En 1659 consiguió ingresar en el Colegio de Abogados de Edimburgo y, a partir de entonces, fue adquiriendo más y más prestigio hasta que entre 1661 y 1663 se convirtió en diputado de Justicia. Sería a partir de entonces cuando su historia comenzó a adquirir matices más oscuros. Y es que, mientras ostentó dicho cargo, se vio involucrado en múltiples juicios contra personas acusadas de brujería.
Sir George Mackenzie conoció los procesos desde sus entrañas. Descubrió el funcionamiento de los interrogatorios, las terribles torturas empleadas para que las personas confesaran haber cometido crímenes que realmente no habían cometido y, finalmente, aprendió a acabar con las vidas de los condenados de manera que la agonía se prolongase hasta su último aliento.
Quizás quedó prendado del dolor ajeno o quizás conocer el lado diabólico de los seres humanos infectó su alma, pero, sea como fuere, aquello cambió su forma de ver el mundo y lo acabó convirtiendo en un monstruo.
Un monstruo que en 1667 fue nombrado lord Advocate, lo que le permitió formar parte del consejo privado de Escocia. El tiempo pasó y Mackenzie ocupó el cargo de secretario real.
Cuando Carlos I llegó al trono, empezó a realizar cambios en el gobierno. Primeramente, creó una serie de impuestos que, por supuesto, no gustaron al pueblo, pero lo que hizo que un grupo de personas se alzara contra él fue la reforma que pretendía emprender en cuanto a la libertad de credo. Y es que Carlos I quería imponer el anglicanismo a todos sus súbditos.
Aquello era intolerable para la comunidad presbiteriana escocesa, así que, en 1638 un grupo de covenanters se reunió en la capilla de Greyfriars y firmó un pacto a través del cual juraban no aceptar al rey como cabeza de la Iglesia y, además, se negaban a aceptar la religión del Estado como propia.
Obviamente, aquel pacto fue considerado alta traición y por ello todas las personas que figuraban en la lista fueron sentenciadas a prisión inmediatamente. Sin embargo, su castigo no se ejecutó hasta que Carlos II ascendió al trono, ya que éste fue quien decidió llevar a cabo una campaña de persecución contra los covenanters.
En 1679, tras la batalla de Bothwell Bridge, Carlos II ordenó a sir George Mackenzie que acabara con la revuelta y que terminara para siempre con los covenanters. Así que, nuestro terrible protagonista, se frotó las manos y le demostró a su señor todo lo que había aprendido durante los juicios de brujería en los que fue partícipe.
Decidió que el peor castigo que podría verter sobre los covenanters era levantar una prisión junto a la capilla en la que osaron firmar el pacto para que, desde ella, pudieran ver el motivo por el cual habían sido sentenciados a muerte. La siniestra idea de MacKenzie dio lugar, según muchos estudiosos, a uno de los primeros campos de concentración de la historia.
Mackenzie encerró alrededor de 1200 personas en aquella prisión. A duras penas se les daba de comer. Si alguien hablaba en voz alta, tosía o se movía de forma brusca, era sacado a la fuerza de su celda y ejecutado ante la atenta mirada de los demás.
Las celdas de los prisioneros no tenían techo, así que quedaban expuestos permanentemente a las inclemencias del tiempo escocés: el frío, la humedad, el viento… Todo ello, sumado a la falta de alimento y bebida, hizo que, poco a poco, todos los covenanters fuesen cayendo enfermos y murieran.
Como cabría esperar, las gentes de Edimburgo sentían pena por los condenados. En el interior de la prisión estaban sus vecinos y amigos, y el dolor de aquellas personas traspasaba los muros para convertirse en el de toda la ciudad. Así que se dice que, a cualquier hora del día, los transeúntes se colocaban al otro lado de los muros y les lanzaban pan.
No queda claro qué sucedía si los guardas se percataban de ello, pero, lo que sí ha quedado demostrado es que muchos de los condenados lograron aguantar los cinco meses de condena –desde finales de verano hasta bien entrado el invierno– gracias a la solidaridad del generoso Edimburgo.
La misión de sir George Mackenzie parecía sencilla. Pretendía que los covenanters se rindieran ante él y aceptaran el anglicanismo como su religión y al rey como cabeza de ésta. Disponía de los mecanismos y el poder de las instituciones para someterlos. Pero, en aquellos tiempos, el credo lo era todo. Sin el abrazo de Dios, los hombres no tenían nada y, aunque durante su vida lo hubieran tenido todo, cuando sus corazones dejaran de latir serían condenados al fuego eterno. Aquellas personas sentían un miedo atroz a darle la espalda a sus creencias. Así que la leyenda cuenta que nadie dio su brazo a torcer y que todos decidieron morir para defender su honor y su fe.
Sin embargo, Mackenzie el Sangriento era incapaz de rendirse. Quería que todos los covenanters se convirtieran al anglicanismo e hizo todo lo posible por doblegar sus mentes, así que no sólo encerró allí a los hombres que firmaron el pacto sino también a sus mujeres, padres, hermanos e hijos. Pero, al ver que todas aquellas personas no morían encerradas en la prisión, envió a muchas de ellas a Grassmarket, para ahorcarlas ante la horrorizada mirada de los ciudadanos libres de Edimburgo.
No contento con estos castigos, sir George Mackenzie también decidió enviar alrededor de 200 hombres a las Américas para realizar trabajos forzados. No podía llevarlos como esclavos porque, al fin y al cabo, eran hombres libres, pero sí podía deshacerse de ellos con el convencimiento de que, si no morían en el mar, lo harían trabajando sin descanso bajo un sol abrasador. Y como si la negra voluntad de Mackenzie pudiese afectar la realidad, el barco en el que viajaban los 200 covenanters naufragó cerca de las costas escocesas y todos sus tripulantes murieron ahogados.
¿Llegó sir George Mackenzie a pagar por estos viles actos? No.
Se dice que, tras oponerse al derrocamiento de Jacobo II, para evitar las consecuencias de la llamada Revolución Gloriosa, optó por retirarse de la vida pública y esconderse en Oxford. Finalmente acabó sus días en Westminster, donde fallecería apaciblemente en una cómoda cama el 8 de mayo de 1691.
Sin embargo, incluso después de muerto, tenía pensado seguir cometiendo todo tipo de maldades. Y es que, cuando vio que se acercaba su hora, mandó al arquitecto James Smith construir un mausoleo a las puertas de la antigua prisión de los covenanters. Según cuenta la leyenda, MacKenzie estaba convencido de que su misión era «seguir vigilando las almas de aquellos viles pecadores desde la tumba».
Con el pasar de los años, aquel mausoleo comenzó a ser conocido por los edimburgueses bajo el nombre de Mausoleo Negro. No queda claro si lo llamaban así por el color de su piedra, ennegrecida por el paso del tiempo, o si este nombre le fue otorgado por el color del alma de Mackenzie el Sangriento, pero de lo que sí tenemos constancia es de que prácticamente nadie se atrevía a detenerse frente a su tumba.
Incluso muerto, sir George Mackenzie despertaba los miedos más perturbadores a los ciudadanos de la capital escocesa. Aquellos que acudían a la capilla de Greyfriars a rezar volvían a casa sin ni tan siquiera echar la vista atrás.
El tiempo fue pasando y, pronto, la zona circundante a la capilla se fue convirtiendo en el cementerio que es a día de hoy. Las personas más ilustres de la ciudad optaron por ser enterradas allí y, poco a poco, Escocia fue olvidando todo el dolor que una vez había impregnado los muros de la antigua prisión de los covenanters.
Si alguna vez habéis estado en Escocia, estoy convencida de que lo primero que recordaréis de ella es ese húmedo frío que te cala directamente los huesos. Un frío que te acompaña permanentemente en cualquier época del año. Como todas las grandes ciudades, Edimburgo tiene un gran número de hombres y mujeres sin techo y, en 1998, uno de ellos decidió buscar refugio en el viejo cementerio de Greyfriars.
Greyfriars tiene una gran cantidad de mausoleos así que el hombre pensó que, quizás, alguno de ellos podría estar abierto. Y, extrañamente, no se equivocaba.
Dependiendo de la versión que consultéis, lo que este hombre experimentó, fue una cosa u otra. Sin embargo, yo os voy a contar la historia más siniestra y aterradora que jamás me hayan contado. Y es que, tras dar varias vueltas por el cementerio, el hombre llegó a las puertas del Mausoleo Negro y, como por arte de magia, éstas se abrieron ligeramente con la fría brisa del invierno escocés.
Sin pensarlo dos veces, el hombre las empujó y accedió al interior de la tumba. Tras vacilar unos instantes, bajó las estrechas escaleras y llegó a la cripta, lugar en el que, supuestamente, descansaban los restos del terrible Mackenzie.
Tras varios minutos reflexionando, el hombre decidió buscar algo de valor en el interior de las piedras. «Si las personas que hay enterradas aquí tenían tanto dinero como para construir un mausoleo, probablemente también fueron enterradas con algunas joyas», debió pensar.
Buscó figuras en la pared, buscó ladrillos que tras de sí ocultaran algún pequeño tesoro, pero, lejos de hallar joyas resplandecientes, se encontró cara a cara con la maldad más pura. Y es que, en un momento dado, el suelo que había bajo sus pies se vino abajo y, en un par de milésimas de segundo, cayó sobre un montón de huesos.
Los gritos del hombre llamaron la atención de dos vigilantes del cementerio que corrieron inmediatamente hacia el mausoleo para ver lo que estaba pasando.
Algunas versiones dicen que los guardias llegaron a bajar dentro de la cripta y otras que no lo hicieron. Se encontraron al vagabundo, gritando a pleno pulmón y emergiendo del mausoleo y, cuando le preguntaron qué ocurría, el hombre les contó una de las historias más surrealistas que habían escuchado jamás.
Y es que aseguró que, tras caer sobre un montón de huesos, una fuerza invisible le golpeó con la fuerza de mil demonios. Aseguró que un fantasma le había arañado, mordido y golpeado hasta que escapó del mausoleo de sir George Mackenzie.
—Hay algo allí, agentes –debió declarar–. Hay algo oscuro y demoníaco.
Los guardias quisieron apuntar todo lo que este hombre les decía, pero el aroma del alcohol les impidió creer en las palabras del vagabundo. Así que le amenazaron con llevárselo al calabozo si no abandonaba el cementerio y su absurda idea de que un demonio vivía en el Mausoleo Negro.
Probablemente, de haber sabido que, a partir de aquella noche, algo terriblemente oscuro gobernaría desde las entrañas de Greyfriars, los vigilantes se lo habrían pensado dos veces antes de burlarse de aquel hombre. Después del incidente del vagabundo en aquella noche de 1998, la gente que visitaba Greyfriars comenzó a explicar que se sentía observada. Decían que una fuerza invisible les observaba desde el Mausoleo Negro y, por ello, nadie se atrevía a acercarse a él.
Los pocos que se atrevían a ignorar su intuición y osaban poner un pie cerca del enclave aseguraban sentir que una fuerza sobrehumana los atraía hacia la oscuridad; que una voz susurrante los llamaba por su nombre desde el interior de la tumba; que unas manos frías los golpeaban, arañaban o, incluso, agarraban de los tobillos para que no pudieran escapar.
Pero aquello no era lo peor, ni lo más escalofriante. Las mujeres embarazadas que pasaban junto al monumento aseguraban ser capaces de sentir cómo los fetos que portaban en su vientre se revolvían y pataleaban. Incluso aquellas que se encontraban en los primeros meses del embarazo juraban que las contracciones habían dado comienzo y, justo cuando llegaban a la puerta del cementerio, dispuestas a salir de allí, cesaban.
Los rumores del embrujo de Greyfriars no tardaron en llegar a oídos de los fanáticos de lo paranormal y, pronto, decenas de personas comenzaron a agolparse a las puertas del mausoleo armadas con grabadoras, detectores de movimiento y cámaras de fotos, pero ¿sabéis qué es lo más siniestro de todo? Que mientras las grabadoras captaban extraños susurros, las cámaras eran incapaces de captar nada. Y, cuando digo nada, me refiero a nada en absoluto.
La gente se detenía a las puertas del mausoleo, activaba el flash de sus cámaras y comenzaba a sacar fotos. Pero, al llegar a casa, era como si no hubieran tomado ni una sola imagen del Mausoleo Negro. Tenían fotografías de todas las tumbas del cementerio de Greyfriars pero, del monumento de sir George Mackenzie, nada en absoluto.
Cuanta más atención recibía la terrible entidad, más fuerte parecía volverse. Y es que muchos aseguraban haber visto una figura blanquecina esconderse entre los barrotes del enclave, que el intenso hedor de la putrefacción emergía de las entrañas de aquella tumba y que, con sólo pisar la hierba que crece ante el monumento, podías sentir el suelo crujir bajo tus pies.
Entre los años 1998 y 1999, cuatro de las casas que se ubicaban tras el Mausoleo Negro explicaron que había habido actividad poltergeist de nivel 3 y los testimonios de agresiones fantasmales se multiplicaron. Por ello, en el año 2000, Colin Grant, un exorcista y ministro de una Iglesia espiritualista, decidió realizar un exorcismo completo al cementerio de Greyfriars. Lamentablemente, el ritual no salió como había previsto. El hombre esperaba que, con una simple bendición y unos pocos rezos, el cementerio quedase liberado del maleficio que recaía sobre él, pero, cuando comenzó con el proceso, aseguró que fue atacado por cientos de almas atormentadas y espíritus malignos que residían entre la prisión de los covenanters y el Mausoleo Negro.
Colin Grant huyó lo más rápido que pudo del cementerio. Pero no debió de hacerlo lo suficientemente rápido, ya que unas semanas más tarde fue hallado muerto a causa de un repentino e inesperado ataque cardíaco.
Los años pasaron y la maldición del cementerio se hizo más y más incontrolable y nada ni nadie podía detenerla. Varios religiosos quisieron seguir los pasos de Colin Grant, pero ninguno era capaz de terminar con el proceso de exorcismo que él había empezado. Todos aseguraban que la maldad de Greyfriars no podía erradicarse, que sus raíces se extendían por el aire, por debajo de la tierra y que incluso habían empezado a adherirse a algunos de los curiosos que osaban retar al espíritu de Mackenzie el Sangriento.
Pero el evento que marcaría un antes y un después en la historia de este enclave, acontecería una noche del año 2003, cuando dos muchachos de entre 12 y 13 años decidieron colarse en el oscuro mausoleo por una apuesta.
—No tienes lo que hay que tener para entrar allí –sentenciaría uno de ellos.
—Pues lo haré y tú vendrás conmigo–afirmaría el otro–. Robaremos la calavera de Mackenzie el Sangriento y demostraremos a todos que no tenemos miedo.
