Falso compromiso - Su amante misteriosa - Catherine Mann - E-Book

Falso compromiso - Su amante misteriosa E-Book

Catherine Mann

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Beschreibung

Falso compromiso Catherine Mann El anuncio del compromiso entre Matthew Landis y Ashley Carson estaba en boca de todos. Parecía que el primogénito de una de las familias más importantes de Carolina del sur estaba prometido con una chica… normal. ¿Tendría algo que ver aquel compromiso con la salida a hurtadillas de Matthew de la casa de la señorita Carson? ¿Qué futuro tenía aquella relación que "alguien" había filtrado a la prensa? Su amante misteriosa Robyn Grady Alexander Ramírez, uno de los solteros millonarios más poderosos de Australia, deseaba tener familia para perpetuar su estirpe, y estaba convencido de que Natalie Wilder aportaría a su dormitorio todos los ingredientes necesarios para conseguirlo. En un principio, había anunciado su compromiso como distracción para los medios de comunicación, ya que se había visto amenazado por un escándalo, pero no tardó en convertirse en una posibilidad real. Cuantos más obstáculos se interponían en su camino, más se empeñaba en mantener a Natalie en su cama. ¡Y él siempre conseguía lo que quería!

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

©2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 64 - abril 2019

 

© 2008 Catherine Mann

Falso compromiso

Título original: Rich Man’s Fake Fiancee

 

© 2009 Robyn Grady

Su amante misteriosa

Título original: The Billionaire’s Fake Engagement

Publicadas originalmente por Silhouette® Books

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009 y 2010

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1307-953-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Falso compromiso

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Epílogo

Su amante misteriosa

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

 

 

 

 

Sólo había algo peor que llevar aburrida ropa interior de algodón cuando por fin conseguía acostarse con el hombre de sus sueños: que él se fuera antes del amanecer.

Ashley Carson sintió cómo su cuerpo se tensaba bajo la sábana. Con los ojos aún entrecerrados, observó silenciosa cómo se vestía. Había sido lo suficientemente imprudente como para acostarse con Matthew Landis la noche anterior, pero lo cierto era que ese tipo de conducta no era propio de ella.

Su cuerpo aún evocaba las maravillosas sensaciones y no se arrepentía de nada. Pero su sentido común le recordaba que había sido un error. Para colmo de males, el error lo había cometido con uno de los más prometedores candidatos a ser senador por el estado de Carolina del Sur.

Se fijó en su pelo oscuro y corto. La impoluta camisa blanca cubría una espalda de anchos y fuertes hombros. Recordó cómo se la había quitado ella horas antes, mientras organizaban una cena para recaudar fondos que iba a tener lugar en su restaurante, donde también vivía. La reunión había dado un giro inesperado que los había llevado por el pasillo y hasta su dormitorio.

Siempre le había gustado Matthew, pero no había pasado de lo platónico. Nunca se habría imaginado que algo así pudiera llegar a pasar entre los dos. A ella le gustaba su vida tranquila y sedentaria, disfrutaba dirigiendo su propio negocio y con los simples placeres que tenía a su alcance. Eran cosas que valoraba especialmente por su experiencia personal. Se había criado en hogares de acogida. Él, en cambio, estaba siempre en el punto de mira por su trabajo. Era uno de los miembros más poderosos del Congreso. Y tan pronto tenía que negociar una nueva e importante ley como participaba en algún acto benéfico.

La gente lo seguía con entusiasmo. Era un hombre con mucho carisma y empuje.

Se preguntó si se despediría de ella o si se limitaría a desaparecer.

–La tabla de madera que está justo frente a la puerta cruje al pisarla, así que será mejor que la evites si lo que pretendes es irte sin que te oiga –le dijo ella.

Él se detuvo y la miró. Sus ojos, verdes y brillantes, los que le habían ayudado a ganar su puesto de diputado, parecían estar llenos de culpabilidad. En unos meses podría conseguir el cargo en el Senado que su madre estaba a punto de dejar vacante.

–¿Qué dices? Yo no me escapo de los sitios –se defendió él–. Me estaba vistiendo, eso es todo.

–Claro, perdona –repuso ella con sarcasmo–. Así que, desde anoche, has empezado a andar de puntillas y sin zapatos, ¿no?

–Estabas profundamente dormida –repuso Matthew.

–Vaya, ¡qué considerado eres!

Matthew soltó los zapatos y se los puso.

–Ashley, lo de anoche fue genial…

–No sigas –lo interrumpió ella–. No necesito explicaciones. Los dos somos adultos y solteros. La verdad es que ni siquiera somos amigos. Sólo somos dos conocidos con una relación comercial entre manos y parece que nos hemos dejado llevar por un momento de momentánea atracción.

–Veo que entonces pensamos igual –repuso él.

–Deberías irte ya o no vas a tener tiempo para cambiarte de ropa.

Matthew dio media vuelta y salió.

Ella lo siguió hasta el vestíbulo de la grandiosa mansión sureña. Era una de las pocas casas que se conservaban en pie desde antes de la guerra civil y el restaurante que habían instalado allí se había convertido en la forma de vida para sus dos hermanastras y para ella.

Hacía poco que vivía en la habitación contigua a su despacho, en la parte de atrás de la mansión. Después de que sus dos hermanas se casaran y se mudaran a otras casas, ella era la que se encargaba de la contabilidad y el mantenimiento.

Más de un tablón crujió bajo los seguros pasos de Matthew mientras pasaban al lado de la tienda de regalos y llegaban al vestíbulo. Abrió el cerrojo de la gran puerta sin mirarlo a los ojos.

–Enviaré a tu ayudante un par de copias del contrato que hemos firmado para la cena.

La noche anterior y tras la cena de negocios que habían tenido, Matthew se había quedado un buen rato para repasar con ella algunos detalles de la misma. Nunca se hubiera imaginado lo incendiario que podía llegar a ser un simple y accidental roce de cuerpos.

Pero se daba cuenta de que no podía haber nada más, no se le había pasado por alto lo rápido que había querido salir de su dormitorio.

Era la historia de su vida. Había sido rechazada por familias de acogida desde temprana edad. Ese pasado la había marcado y se había convertido en una mujer independiente y llena de orgullo. Ese sentimiento era el que mantenía su cabeza alta y su espalda recta, una postura que se había visto forzada a mantener durante toda su infancia por culpa de un duro corsé que le habían colocado para corregir su escoliosis.

–Te llamaré.

«Sí, claro que me llamarás», pensó ella con incredulidad.

–No, nada de llamadas. Terminemos este encuentro como lo empezamos. Sólo se trata de negocios –repuso ella mientras le ofrecía con profesionalidad la mano.

Matthew la miró con cautela. Después la aceptó sin sacudirla y se inclinó para besarla…

Pero, muy a su pesar, lo hizo en la mejilla.

–Aún es de noche, deberías volver a la cama y dormir un poco más –le aconsejó Matthew.

Lo último que tenía en mente era dormir un poco más. Entre otras razones porque sabía que no lo conseguiría, no después de haber pasado una noche como aquélla con Matthew Landis.

Entró y cerró la puerta con fuerza. Fue entonces cuando el orgullo dejó de mantenerla en pie y se derritió. Se acercó al mostrador de la entrada y se derrumbó sobre él.

La verdad era que no podía culparlo de nada, ella había estado tan dispuesta como él. La llama se había encendido entre ellos de repente y, en ese momento, lo último que había tenido en mente había sido su aburrida ropa interior de algodón.

Se sentía algo herida y confusa. Tenía que animarse de alguna manera. Miró el escaparate de la tienda de regalos que tenían en el vestíbulo y se fijó en la zona donde tenían la lencería fina. Eran modelos inspirados en diseños antiguos. Entró y fue directa al camisón de satén rosa pálido que siempre le había llamado la atención.

Se había pasado toda la infancia soñando con tener prendas delicadas y femeninas como aquéllas. Nunca había podido llevar nada parecido, sólo prendas de algodón blanco, un tejido mucho más resistente que su duro corsé corrector no podía dañar. Ya no necesitaba llevar nada parecido. Su escoliosis se había corregido y la única consecuencia de esa condición era que tenía un hombro algo más alto que el otro, algo apenas perceptible.

En un impulso, tomó la percha con el camisón y salió de la tienda. Se dirigió con paso decidido al aseo público. Le hubiera encantado llevar algo así puesto la noche anterior.

Se quitó el albornoz y dejó que cayera al suelo. El satén se deslizó sobre su cuerpo desnudo como una refrescante ducha tras una noche de pasión con Matthew.

Se dejó caer sobre el diván francés que decoraba el tocador y encendió una vela para intentar relajarse y crear algo más de ambiente. Se tapó con la delicada colcha que había sobre el diván y cerró los ojos. Pensó que no estaría mal dormir unos segundos…

Pasó el tiempo sin que se diera cuenta. Respiró entonces, de manera más profunda, y comenzó a toser. Se incorporó deprisa en el diván. Ya no olía el aroma de la vela.

Olía a humo.

 

 

Matthew Landis intentó aclararse las ideas mientras contemplaba el amanecer sobre el océano. Iba de vuelta a Beachcombers, donde se había dejado olvidado su maletín.

Dejó el coche en el aparcamiento del restaurante, era la segunda vez que lo hacía ese día. Volvía al mismo lugar donde había empezado todo al lado de Ashley Carson.

Era una persona muy organizada y eso le ayudaba a no cometer errores. Pero lo que había pasado esa noche no había formado parte de sus planes.

Siempre había tenido mucho cuidado con su vida personal y su elección de amantes. No tenía intención de casarse, pero tampoco podía vivir como un monje. Ya había intentado tener una relación seria y para toda la vida, fue durante su tiempo en la universidad, pero había acabado perdiéndola por culpa de una fatal enfermedad cardiaca producida por un defecto de nacimiento. No tuvo siquiera la oportunidad de que su familia conociera a Dana y nadie supo nunca que habían estado prometidos para casarse. Lo había mantenido en secreto como homenaje a esa mujer y al poco tiempo que tuvieron para estar juntos.

Pero Ashley Carson… Le parecía una mujer muy sexy y bella. Valores de los que ella misma parecía no ser consciente y eso no hacía sino incrementar su atractivo. Pero eso no era excusa. Estaba acostumbrado a trabajar con bonitas mujeres y siempre había podido controlarse.

Tenía la intención de olvidarse de esa noche en cuanto recogiera su maletín, aunque una voz en su interior le recordaba que quizás lo hubiera dejado olvidado a propósito.

Oyó la alarma contra incendios en cuanto abrió la puerta de su coche. Vio que el coche de ella seguía en el mismo sitio de antes.

–¡Ashley! –gritó con la esperanza de que ella ya hubiera salido del edificio.

No hubo respuesta.

Echó a correr hacia el porche de la mansión mientras llamaba a la policía por el móvil.

El pomo de la puerta de entrada estaba caliente, pero ignoró el dolor y lo hizo girar. Fue una suerte que ella no hubiera cerrado por dentro después de que él se fuera.

Sintió el intenso calor en cuanto entró. Apenas distinguía nada entre el humo, pero no vio llamas en el vestíbulo. Comenzó a atravesarlo y vio entonces la luz que venía de la tienda de regalos. El fuego parecía estar concentrado sólo en esa zona. Las llamas iban devorando poco a poco las estanterías llenas de ropa y la pintura se desprendía de la vieja madera.

–¡Ashley! –gritó de nuevo–. ¡Ashley!

Se acercó más. Empezaban a caer pedazos de escayola del techo y le preocupó la integridad estructural de esa casa tan antigua. No sabía cuánto tiempo tendría para encontrarla.

Pero supo que no pararía hasta dar con ella.

–¡Ashley, contéstame de una vez! ¿Dónde demonios estás?

Cada vez había más humo. Se agachó y se cubrió la boca y la nariz con el brazo.

–¡Socorro! –gritó ella mientras golpeaba una pared–. ¿Hay alguien ahí? ¡Estoy aquí!

–¡Aguanta, Ashley, ya voy! –le gritó él con alivio–. ¡Sigue hablando!

–¡Estoy aquí, en el tocador!

Siguió el sonido de su voz hasta llegar a los aseos públicos.

–Apártate de la puerta, voy a entrar –le advirtió él.

–Muy bien, ya me he alejado –contestó ella algo más tranquila.

Se puso en pie conteniendo la respiración al entrar en la espesa nube de humo. No tenía mucho tiempo. Si las llamas pasaban al pasillo, quedarían atrapados por un fuego fuera de control.

Empujó la puerta con su hombro, pero no se abrió. Se retiró para intentarlo de nuevo. Se apartó un poco más para ganar impulso.

Empujó con todas sus fuerzas y la puerta cayó hacia dentro.

Miró deprisa a su alrededor y encontró a Ashley sentada en una esquina del aseo, al lado del lavabo y cubierta con una toalla empapada. Era una mujer lista. Fue hacia ella.

–Gracias por volver –le dijo ella mientras le entregaba una toalla empapada en agua.

Ashley se puso en pie mientras tosía y se esforzaba para respirar con normalidad. Se dio cuenta de que necesitaba aire puro. Se agachó y la levantó en volandas sobre su hombro.

–Agárrate.

–Sácanos de aquí, Matthew –le pidió ella entre ataques de tos.

Salió rápidamente y atravesó la tienda, que ya era un auténtico horno. Las llamas los rodeaban y estaban devorando los libros y todos los artículos de papelería.

Una estantería se tambaleó a su lado y él se apartó a un lado para salvarse. Cubrió con su cuerpo el de Ashley. Pocos segundos después, otro par de estanterías se derrumbaron frente a él y alimentaron las llamas. Una de ellas golpeó su rostro. Acababan de cerrarle el paso.

–Por la otra puerta, por la cocina –le indicó Ashley–. A la izquierda.

–De acuerdo –repuso él mientras daba media vuelta y deshacía lo andado.

Salió al pasillo.

El humo se había disipado lo suficiente como para que distinguiera mejor la luz que se colaba por la puerta de cristal y fue directo hacia ella. Cuando salió, el aire fuera de la casa le pareció tan espeso e impenetrable como el infierno que había dejado atrás dentro de la mansión.

 

 

 

Ashley intentó recuperar el aliento en cuanto salieron por la parte de atrás de la tienda, donde estaban los cubos de basura. Estaba histérica.

Sabía que, si los bomberos no aparecían pronto por allí, su restaurante y su casa acabarían consumidos por las llamas.

El hombro de Matthew le presionaba el estómago y con cada paso que daba le dificultaba aún más la respiración. Para colmo de males, no le gustaba que la llevara como un saco de patatas, se sentía avergonzada.

–Ya me puedes bajar.

–No me des las gracias –repuso él con ironía–. No gastes aliento en ello.

No entendía cómo podía pasar de héroe a villano insensible en tan poco tiempo.

Esa madrugada, había lamentado que Matthew no la viera enfundada en el bello camisón de satén. Pero las cosas habían cambiado radicalmente y le hubiera encantado que no tuviera que verla con lo que había quedado de la delicada prenda que aún llevaba bajo la manta.

–Matthew –insistió entonces–. Puedo andar. Suéltame, por favor.

–De eso nada –repuso él agarrándola mejor.

Pero con el movimiento, se deslizó la manta y uno de sus hombros quedó al desnudo.

–Vas directa al hospital para que te hagan un chequeo.

–No tienes por qué llevarme así, estoy bien y… –protestó ella.

Pero un ataque de tos no la dejó terminar de hablar.

Intentaba cubrirse el cuerpo con la empapada manta, pero no era fácil en esa posición.

–¡Deja de moverte, Ashley! –le pidió él mientras agarraba con fuerza su trasero.

Eso era lo último que necesitaba. Todo su cuerpo se estremeció.

Vio pasar a dos bomberos que arrastraban una manguera. Eso le recordó que tenía problemas más graves que las manos de Matthew y la escasa ropa que llevaba encima. Su restaurante se estaba quemando. Se trataba del negocio que había iniciado con sus dos hermanastras en el único hogar de verdad que había tenido en su vida. Era la casa que les había dejado su querida tía Libby, la mujer que las había acogido a las tres.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Estaba aterrada. Temía que el fuego se extendiese y afectase a otras casas. Entre ellas, estaba la de su hermana Starr.

–¿Ashley?

Oyó su nombre, giró la cabeza y, entre su propia melena, vio a su hermanastra.

Matthew se detuvo entonces al lado de una camilla, tomó su cabeza y se inclinó con cuidado para tumbarla en ella.

Miró hacia Beachcombers, su restaurante. El humo salía por las ventanas de la fachada, cubriendo con nubes grisáceas el cielo.

Se preguntó si aún quedaría algo dentro de la bella casa que habían heredado de su madre de acogida. Sus dos hermanas y ella habían invertido en ese negocio todo su dinero y todas sus ilusiones. Se apoyó en los codos para poder incorporarse un poco y ver mejor lo que estaba pasando. La tristeza y el desconsuelo le dificultaron aún más la respiración.

–Ashley…

Su hermana le dio un abrazo al que no pudo responder con facilidad, tenía los brazos atrapados. Y entonces se dio cuenta de que su hermana había levantado sin querer su manta mojada y dejado al descubierto lo que quedaba del camisón de satén.

Esperaba que nadie la estuviera mirando.

O mejor dicho, esperaba que Matthew no se hubiera fijado en ese detalle.

Pero lo miró y se dio cuenta de que no había tenido suerte. Había algo en sus ojos que le recordó a la pasión de la noche anterior.

Capítulo Dos

 

 

 

 

 

Matthew estaba seguro de estar imaginando cosas. Ashley estaba de nuevo cubierta. Sólo había quedado un hombro al descubierto y pudo distinguir un fino tirante de satén rosa.

Le sorprendió darse cuenta de que no quería que nadie más viera esa parte de ella. Intentó acercarse de nuevo a la camilla, pero se lo impidió uno de los sanitarios.

–Apártese, por favor, congresista. Ese enfermero le echará un vistazo mientras nos ocupamos nosotros de la señorita –le dijo mientras colocaba una mascarilla de oxígeno sobre la cara de Ashley–. Respire… Muy bien, señorita. Respire profundamente y con calma. Intente relajarse.

Apenas fue consciente de que alguien lo auscultaba, le limpiaba la herida que tenía en la sien y le colocaba un vendaje. Intentó calmarse y respirar de manera normal, como si así pudiera conseguir que Ashley también lo hiciera.

 

 

Alguien le tocó el brazo y ese gesto lo devolvió a la realidad, era la hermana de Ashley, Starr Reis. Recordaba su nombre de otras cenas y encuentros políticos que habían organizado en Beachcombers. Sus ojos estaban llenos de preocupación.

–Congresista, ¿qué es lo que ha pasado?

–Ojalá lo supiera.

–Si no me hubiera quedado dormida esta mañana, a lo mejor habría escuchado la alarma contra incendios… –murmuró la joven–. Acabo de llamar a David para decírselo.

Recordó entonces que su marido era piloto militar. Se imaginó que sería muy duro para esa mujer ver que su hermana estaba herida y su negocio se consumía entre las llamas.

–Gracias por entrar a por ella –le dijo la joven con los ojos llenos de lágrimas.

Algo incómodo, se ajustó el nudo de la corbata. Ashley estaba muy cerca de allí y temía que pudiera oírlos. Sabía que Starr no le estaría tan agradecida de haber sabido toda la historia de lo que había sucedido allí esa noche y de cómo había acabado.

–Me alegra haber estado en el sitio apropiado en el momento oportuno.

–Sí, ha sido una suerte que se acercara entonces a Beachcombers. Por cierto, ¿qué es lo que hacía aquí? Beachcombers no abre hasta dentro de una hora.

–Vine a…

–Vino a recoger los contratos para la cena de recaudación de fondos –intervino entonces Ashley –. Pero, por favor, no os preocupéis por mí, ¿qué es lo que pasa con la casa? ¿Qué es esa sirena?

No le sorprendió su actitud.

Hacía poco que la conocía, pero estaba claro que no le gustaba que nadie se preocupase por ella. Pero él no iba a apartarse de allí hasta que los médicos le dijeran que estaba bien.

Miró entonces al enfermero que le había hablado antes.

–¿No deberían llevarla al hospital?

–Señor Landis –lo llamó alguien que estaba tras él–. ¿Puede responder a unas preguntas?

«¡Lo que me faltaba!», pensó.

Miró por encima del hombro y vio a una reportera vestida de manera impecable y con un micrófono en la mano.

No entendía cómo se le podía haber pasado por alto que la prensa acudiría tarde o temprano.

Sabía que no podía mantener su vida privada en secreto, pero estaba dispuesto a proteger la intimidad de Ashley. Ya le había hecho bastante daño y no iba dejar que sufriera más por su culpa.

Se dio la vuelta. Pero, antes de que pudiera decirles que no pensaba hacer declaraciones, escuchó el disparo de una cámara de fotos. Se dio cuenta entonces de que su decisión no iba a conseguir mantenerla fuera de todo aquello.

 

 

Ashley se enjabonó una vez más la melena en la ducha del hospital. Le estaba costando deshacerse del hollín y el olor a humo.

El agua estaba limpiando su cuerpo, pero no conseguía liberarla del sentimiento de frustración que atenazaba sus nervios. Hacía muy poco que Matthew Landis había aparecido en su vida, sólo había pasado por Charleston unas cuantas veces, pero ya había conseguido dar un giro de ciento ochenta grados a su existencia.

Se preguntó si su impresión había sido la acertada, si de verdad él la había mirado con renovado interés cuando la manta la dejó casi desnuda sobre la camilla. A una parte de ella le gustaba que así fuera, sobre todo después de lo mal que le había sentado que se escapara de su dormitorio de madrugada. Pero entonces recordó el momento en el que él arriesgó su vida para salvarla. Sabía que, de no haber sido por él, habría muerto atrapada en el tocador de señoras. Tomó la esponja y frotó con fuerza su piel. Tenía que deshacerse del hollín y de la memoria de sus caricias.

Cuando salió de la ducha y se secó, se sintió algo mejor y más fuerte. Se puso el camisón y la bata que su hermana le había llevado al hospital y no pudo evitar pensar en la delicada prenda de satén que había quedado arruinada para siempre.

Estaba decidida a olvidarse de lo que no era importante y concentrarse en todo lo que el fuego había cambiado.

Abrió la puerta del baño y se quedó helada.

Matthew Landis estaba sentado en la única silla que había en su habitación y tenía sus largas piernas estiradas frente a él. Se había cambiado y llevaba un traje gris. En el alfiler de su corbata le pareció reconocer el escudo de Carolina del Sur. No entendía cómo podía estar tan relajado después de lo que había pasado ese día.

Matthew sujetaba una rosa de tallo largo en una de sus manos, pero no quiso ni pensar que fuera un regalo para ella. Se imaginó que la habría arrancado de alguno de los ramos y centros florales que adornaban ya el alféizar de la ventana de su habitación. No entendía qué hacía aún en Charleston ni por qué no había regresado a la mansión que su familia tenía en Hilton Head.

–No… No esperaba que…

–He llamado a la puerta –dijo a modo de explicación.

–Es obvio que no te oí.

Se quedaron en silencio.

Matthew se puso entonces de pie y ella dio instintivamente un paso hacia atrás. Colgó la toalla mojada del picaporte y miró a todas partes menos a sus penetrantes ojos verdes, no podía hacerlo. Eran los mismos ojos que habían cautivado a los electores durante años.

En esa zona del país, los cuatro hermanos Landis llevaban algún tiempo apareciendo en las noticias, primero como hijos del senador. Y, después de la trágica muerte de su padre, su madre había ocupado el cargo que su marido había dejado vacante.

Matthew, como el resto de su familia, se había presentado a las elecciones para diputado en cuanto hubo terminado su máster universitario. Y, desde que su madre se concentrara en conseguir ser la siguiente ministra de Asuntos Exteriores, él se había propuesto hacerse con su sitio en el Senado.

El apellido Landis estaba unido a los conceptos de familia, tradición, riqueza y poder. Y esa influencia en la sociedad sureña les había proporcionado gran seguridad a todos los miembros de la conocida familia. Quería odiarlo por poseer todas las cosas que ella nunca había tenido, pero la verdad era que nadie había podido nunca reprocharle nada a su familia.

–¿Cómo estás? –le preguntó entonces Matthew.

–Estoy bien.

–Ashley… –repuso él–. Soy político y estoy acostumbrado a leer entre líneas. Ese «bien» no me ha parecido sincero. Creo que sólo me has dicho lo que quiero oír.

–Sea como sea, la verdad es que estoy bien. El doctor Kwan me ha dicho que podré irme por la mañana –le dijo mientras pasaba a su lado para dejar la bolsa de aseo en la mesita–. Dice que tengo un caso moderado de intoxicación por inhalación de humo. Mi garganta aún está algo irritada, pero mis pulmones están bien. Tengo mucho por lo que sentirme agradecida…

–Es un alivio ver que te pondrás bien muy pronto.

La miraba con intensidad, pero sin revelar nada de lo que pensaba o sentía.

–He tenido mucha suerte. Gracias por arriesgarte como lo hiciste para sacarme de allí –le dijo con sinceridad–. Por cierto, ¿por qué volviste a Beachcombers esta mañana?

–Se me había olvidado allí el maletín –repuso él mientras dejaba la rosa sobre una mesa.

Bajó deprisa la cabeza para que no pudiera reconocer la decepción en sus ojos. La salvó un repentino ataque de tos que casi agradeció.

Matthew apareció rápidamente a su lado con un vaso de agua.

–Gracias –le dijo.

–Debería haberte sacado antes de allí… –repuso él con el ceño fruncido.

–No digas tonterías. Estoy viva gracias a ti. ¿Cómo ha quedado Beachcombers? Starr me ha contado un poco, pero no sé si está diciendo toda la verdad…

–La estructura está intacta. Parece que el fuego sólo afectó a la parte de abajo. Lo apagaron pronto, pero todo ha quedado inundado. Eso es todo lo que sé.

–Supongo que los inspectores nos facilitarán más información muy pronto.

–Si os dan problemas, dímelo y avisaré a los abogados de mi familia para que os ayuden.

–Starr me dijo lo mismo que tú cuando vino antes. Pero ella no deja de repetir lo contenta que estar al ver que no me ha pasado nada.

Su otra hermana de acogida, Claire, la había llamado desde el barco en el que estaba haciendo un crucero con su marido y su hija. Y estaba tan aliviada como Starr. Su seguro se haría cargo de todos los gastos, pero ella no podía dejar de sentirse culpable por lo que había pasado.

Matthew se levantó y se sentó a su lado en la cama. La abrazó antes de que ella pudiera negarse o protestar. Metió las manos bajo su melena mojada y le acarició la espalda.

Poco a poco, fue relajándose entre sus brazos, dejando que la inundara un aroma a loción de afeitado que ya empezaba a resultarle familiar. Podía escuchar el constante y uniforme latido de su corazón a través de la impoluta camisa blanca. Después del día tan duro que había tenido, se convenció de que merecía que alguien la consolara.

–Todo irá bien –susurró Matthew para calmarla y sin dejar de acariciar su espalda–. Tienes mucha gente a tu alrededor dispuesta a ayudar.

No pudo resistir la tentación de jugar con el alfiler de su corbata. Le encantaba estar entre sus brazos, se sentía allí tan bien como recordaba.

Pensó por un momento que quizás no hubiera entendido bien por qué se había ido de madrugada de su lado, que quizás no fuera una manera de alejarse de ella, sino que había otros motivos.

–Gracias por pasarte para ver cómo estoy –le dijo ella.

–Por supuesto. He tenido mucho cuidado para que no me vieran.

Sus palabras la devolvieron a la realidad con fuerza.

–¿Qué?

Matthew le apartó con cuidado el pelo de la cara. Sus manos eran grandes y fuertes, pero la tocaban con ternura.

–He conseguido dar esquinazo a la prensa y que no me vieran entrar en el hospital.

Recordó entonces todas las preguntas que los periodistas les habían gritado mientras la metían apresuradamente en la ambulancia. Algo incómoda, se apartó de Matthew.

–Me imagino que tu heroico acto estará en todos los medios de comunicación.

Él se frotó la barbilla un instante antes de contestarle.

–No es ése el ángulo que le están dando a la historia.

El temor se apoderó de ella y sintió un escalofrío recorriendo su espalda.

–¿Hay algún problema?

–No te preocupes –repuso él con una sonrisa que no consiguió tranquilizarla–. Yo me ocuparé de la prensa y de las fotos que están apareciendo en Internet. El director de mi campaña no tardará en encontrar un nuevo giro a la historia y entonces nadie pensará, ni por un segundo, que somos pareja.

Capítulo Tres

 

 

 

 

 

«Nadie pensará que somos pareja», se repitió Ashley.

Se dio cuenta de que Matthew necesitaba aprender a tener más tacto con las mujeres.

Apoyó las manos en su torso y lo empujó para separarse de él. Estaba enfadada y le pareció el hombre más arrogante del mundo. También estaba molesta con ella misma por imaginarse que quizás él también se sintiera atraído por ella. Decidió que no volvería a dejar que esos ojos verdes volvieran a engatusarla.

–Me alegra ver que tienes todo bajo control.

Matthew, lleno de seguridad y con el mismo aire honesto de siempre, se levantó de la cama.

–Brent Davis, mi director de campaña, es uno de los…

Levantó una mano para que no siguiera hablando.

–¡Genial! No me sorprende en absoluto ver que podéis ocuparos de todo.

Matthew la miró sin entender su tono.

–¿Pasa algo? Pensé que te aliviaría ver que nos estamos encargando de minimizar los daños.

«¿Minimizar los daños?», se repitió ella.

No podía creer que lo que habían compartido la noche anterior fuera para él algo de lo que debía ocuparse su director de campaña. Estaba furiosa.

Pero lo último que quería era que Matthew se diera cuenta de hasta qué punto le habían herido sus palabras. Pensó en alguna otra cosa que pudiera justificar su reacción.

–Tengo miedo de volver de nuevo a Beachcombers y ver cómo está todo. Pero, por otro lado, estoy deseando ir y empezar a organizarlo todo. Es un verdadero alivio ver que al menos no tendré que preocuparme por lo que va a decir la prensa.

Hablaba deprisa y sin pensar, pero creía que era mejor eso que tener que soportar un incómodo silencio o perder del todo los papeles y pegarle un puñetazo.

–Bueno, entonces eso es todo… –añadió ella a modo de conclusión.

Pero Matthew no se movió. Seguía mirándola con el ceño fruncido. Y, a pesar de su enfado, su corazón comenzó a galopar en su pecho.

Ese hombre destilaba seguridad y sinceridad por los cuatro costados. Y además era extremadamente atractivo, pero no se sentía atraído por ella. No entendía por qué estaba tan enfadada con él. Había sido una aventura de una noche, algo impulsivo, sabía que la gente hacía cosas así todo el tiempo.

Pero ella no. Nunca le había pasado.

Tenía experiencia, no mucha, pero algo sí. A pesar de todo, Matthew había conseguido estremecerla y le había hecho sentir cosas que no creía posibles.

Necesitaba que saliera de allí, no podía soportar tenerlo tan cerca.

–Quiero agradecerte de nuevo que te pasaras a verme, pero ahora… Bueno, tengo que secarme el pelo.

Sabía que era una excusa nefasta, pero fue lo primero que se le ocurrió.

Matthew se masajeó la zona que rodeaba su herida en la sien.

–Prométeme que tendrás mucho cuidado y que no entrarás a Beachcombers hasta que los técnicos le den el visto bueno y te certifiquen que la casa es segura.

–Lo prometo –repuso ella–. Ya puedes irte.

No entendía por qué no se iba ya de allí. Deseaba que saliera de la habitación y volviera por fin a la mansión familiar de Hilton Head.

–En cuanto a lo de esta mañana… –comenzó él con algo de embarazo–. Sigues pensando lo mismo, ¿no?

Sus palabras desataron las alarmas en su interior, no podía creer que le diera tanta lástima como para imaginarse que esa noche de pasión había significado para ella más de lo que quería admitir.

Rezaba para que Matthew no dijera nada más porque no sabía si podría controlarse y no darle después de todo el puñetazo que se merecía.

–Tengo problemas mucho más graves en mi vida ahora mismo que pensar en con quién me he acostado.

–Claro, lo entiendo.

–Tengo que encargarme de los daños en la tienda, hablar con mis hermanas, ocuparme de dar los partes a la compañía de seguros…

Era una empresaria muy competente y profesional y quería que la respetara por eso. No quería darle pena.

–Muy bien –repuso él levantando las manos en señal de rendición y con media sonrisa en la boca–. Veo que de verdad quieres que me vaya.

No entendía cómo había conseguido Matthew cambiar las cosas para que fuera ella entonces la que se sintiera culpable. Estaba segura de que era alguna técnica que aprendían todos los políticos. De un modo u otro, hizo que se sintiera como una bruja.

Respiró profundamente e intentó tranquilizarse. Incluso llegó a sonreírle también.

–Lo de anoche estuvo… Estuvo bien, pero ahora hay que volver a la realidad.

Matthew levantó una ceja al escucharla.

–¿Bien? ¿Crees que la noche de pasión que compartimos estuvo bien? ¿Nada más?

Demasiado tarde, se dio cuenta de que le había dado en su talón de Aquiles. Matthew Landis era un hombre competitivo, ésa era su forma de vida y no parecía dispuesto a conformarse con su comentario.

Fue hacia la ventana y se distrajo mirando por ella. No quería mirarlo a los ojos, a pesar de que eso era lo que deseaba hacer. Quería ver si volvía a mirarla con la misma pasión de la noche anterior. Su presencia le afectaba demasiado, sobre todo después de todo lo que le había pasado y no sabía si iba a poder mantener el control por más tiempo.

–Matthew, necesito que te vayas, por favor –repuso ella mientras jugaba con el lazo de satén que decoraba uno de los centros de flores.

El tejido del lazo le recordó al camisón que había echado a perder de manera tan tonta esa misma madrugada.

–Por supuesto –murmuró él con voz sugerente.

Escuchó dos pasos fuertes y seguros y supo que estaba detrás de ella. Pudo sentir el calor de su aliento cuando le habló de nuevo.

–Siento mucho lo de la prensa y no haber sido capaz de mantener las distancias cuando debía haberlo hecho. Pero nunca definiría lo que pasó anoche como lo has hecho tú. No estuvo sólo bien.

Esperaba que no volviera a tocarla porque estaba a punto de perder el control. Y podría acabar dándole un puñetazo o, mucho peor, besándolo.

Se dio la vuelta para mirarlo y apenas pudo soportar su intensa y penetrante mirada.

Ignoró sus buenos modales. Era cuestión de vida o muerte.

–Mi hermana está a punto de volver con un secador. Se le olvidó traérmelo cuando me dio el resto de mis cosas.

Matthew asintió con la cabeza.

–Llámame si tienes algún problema con la prensa o con el seguro de la casa.

Abrió la puerta y salió de la habitación.

Ella tomó la rosa que Matthew había estado sosteniendo en sus manos. Apenas podía creer que no hubiera salido corriendo tras él. Le ardía la boca, hambrienta de besos. Ese hombre siempre le había atraído, aunque se imaginaba que eso era algo que les pasaba a muchas mujeres.

Todo su cuerpo lo deseaba, pero su mente aún se dejaba llevar por el sentido común. Casi siempre.

No quería ser una de esas mujeres que parecían volverse tontas de repente si el hombre de sus sueños les sonreía.

Se acarició la mejilla con la rosa y jugó con el tallo entre dos de sus dedos, como había hecho él. Tenía las ideas muy claras, pero no sabía cómo llevarlas a cabo ni cómo podría mantenerse alejada de él cuando ya había experimentado lo que era estar entre sus brazos y sentir contra su cuerpo desnudo la piel de ese hombre.

Se acercó a uno de los jarrones y metió en él la rosa. Tenía que agarrarse de nuevo a su fortaleza y su voluntad, como había hecho siempre, desde que sus padres la abandonaran siendo poco más que un bebé.

Había sobrevivido en ese mundo gracias a sus agallas y al gran autocontrol que siempre había demostrado.

 

 

Matthew tuvo que usar todo su autocontrol para no montar en cólera cuando vio el periódico.

Lo apretaba en su puño mientras subía en el ascensor de camino a la habitación de Ashley.

Se había imaginado que la prensa averiguaría lo que pudiera sobre ella y lo que había pasado. Era algo con lo que había tenido que vivir siempre. Casi siempre había aprovechado esas oportunidades para decir lo que opinaba de una manera calmada y articulada.

Pero, en ese instante, habría sido incapaz de hacerlo.

Desenrolló el periódico y volvió a mirar las fotografías inculpatorias que ilustraban la primera página. Un reportero había conseguido de alguna manera captar fotografías de la noche que había pasado con Ashley. Había fotos muy íntimas que no dejaban demasiado a la imaginación. La menos escandalosa era la que el fotógrafo había obtenido mientras se despedían en la puerta. Ella sólo llevaba puesta una bata y el casto beso que él le había dado en la mejilla parecía algo mucho más apasionado desde el ángulo del paparazzi.

El resto de las fotos era mucho peor. Una imagen captada con teleobjetivo a través de una de las ventanas reflejaba el momento en el que los dos salían al pasillo camino del dormitorio de Ashley, sin dejar de besarse y desprendiéndose rápidamente de la ropa.

Se preguntó si ella habría visto ya las fotos o si alguien le habría hablado de ellas. Iba a saberlo en cuestión de segundos.

Al llegar a la habitación de la joven, asintió de nuevo para darle las gracias a la enfermera y llamó a la puerta.

–Soy yo –dijo a modo de saludo mientras empujaba una puerta que ya estaba entreabierta.

Ashley estaba sentada al lado de la ventana. Llevaba vaqueros y una camiseta. Las prendas abrazaban las curvas que él soñaba con acariciar de nuevo.

Ashley hizo un gesto con la cabeza para señalar el periódico que llevaba en la mano.

–Es el escándalo político del año. Menuda exclusiva… –le dijo.

Sus palabras contestaron una de sus dudas. Estaba claro que había leído los periódicos.

–No sabes cuánto lo siento.

–Me imagino que tu director de campaña aún no se ha levantado, ¿no? –preguntó ella con amargo sarcasmo y con mucha frialdad.

–Lleva despierto desde las cuatro de la mañana, cuando alguien le llamó por teléfono para informarle sobre lo que estaba a punto de salir a los quioscos.