Familias modernas - Susan Golombok - E-Book

Familias modernas E-Book

Susan Golombok

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Beschreibung

En "Familias modernas" Susan Golombok sintetiza más de dos décadas de innovadora investigación sobre la crianza de los niños en las nuevas formas de familia: las de madres lesbianas, las de padres gays, las encabezadas por mujeres sin pareja o las formadas mediante técnicas de reproducción asistida como la fecundación in vitro, la donación de óvulos, la donación de esperma, la donación de embriones y la gestación subrogada. En su labor, Golombok examina el contexto social en que crecen los niños y compara distintos modos de familia para dar respuesta a las preocupaciones planteadas sobre su correcto desarrollo. Sus hallazgos no solo desmienten mitos y suposiciones populares sobre las consecuencias psicológicas y sociales que tienen para los niños el criarse en estas nuevas familias, sino que refuta categóricamente las teorías establecidas sobre el desarrollo infantil que se basan en la supremacía de la familia tradicional. El presente libro demuestra que la estructura de la familia no es decisiva para el bienestar de los niños ni define el cariño y el afecto que se les brinda.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Siglo XXI / Serie Psicología

Susan Golombok

Familias modernas

Padres e hijos en las nuevas formas de familia

Traducción: Cristina Piña Aldao

En Familias modernas Susan Golombok sintetiza más de dos décadas de innovadora investigación sobre la crianza de los niños en las nuevas formas de familia: las de madres lesbianas, las de padres gays, las encabezadas por mujeres sin pareja o las formadas mediante técnicas de reproducción asistida como la fecundación in vitro, la donación de óvulos, la donación de esperma, la donación de embriones y la gestación subrogada. En su labor, Golombok examina el contexto social en que crecen los niños y compara distintos modos de familia para dar respuesta a las preocupaciones planteadas sobre su correcto desarrollo. Sus hallazgos no solo desmienten mitos y suposiciones populares sobre las consecuencias psicológicas y sociales que tienen para los niños el criarse en estas nuevas familias, sino que refuta categóricamente las teorías establecidas sobre el desarrollo infantil que se basan en la supremacía de la familia tradicional.

El presente libro demuestra que la estructura de la familia no es decisiva para el bienestar de los niños ni define el cariño y el afecto que se les brinda.

«Susan Golombok proporciona a progenitores, legisladores y servicios públicos una sólida garantía de que a los niños educados en entornos familiares no tradicionales les va igual de bien, e incluso a veces mejor, que a los niños educados en familias tradicionales.»

Philip A. Cowan y Carolyn Pape Cowan, Universidad de California, Berkeley

Susan Golombok es profesora de Investigación familiar y directora del Centre for Family Research en la Universidad de Cambridge y Professorial Fellow en el Newnham College de Cambridge.

Su pionero trabajo en la investigación social de las familias no tradicionales en las sociedades occidentales está considerado como uno de los más prestigiosos del mundo y sus numerosas publicaciones son referencia obligada para todo especialista. Recientemente ha publicado Regulating reproductive donation (con R. Scott, S. Wilkinson, M. Richards y J. Appleby, 2015).

Diseño de portada

RAG

Director de la serie

Vicente E. Caballo

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

Título original

Modern Families. Parents and Children in New Family Forms

© Susan Golombok, 2015

© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2016

para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.sigloxxieditores.com

ISBN: 978-84-323-1841-2

A mi padre

«Él solo es mi verdadero padre», dijo Sophie Mol. «Joe es mi padre. Nunca me pega. Casi nunca»

Arundhati Roy, El dios de las pequeñas cosas

PREFACIO

En 1976, la revista feminista Spare Rib publicó un artículo sobre las dificultades afrontadas por mujeres lesbianas que peleaban por la custodia de sus hijos al divorciarse. Sin excepción, estas mujeres perdían. La custodia se concedía al exmarido aludiendo que la educación de una madre lesbiana no redundaba en el mejor interés para los niños. Se argumentaba que los niños educados por madres lesbianas desarrollarían trastornos psiquiátricos, serían aislados por sus compañeros y, lo más preocupante para los tribunales, acabarían siendo lesbianas o gays. La decisión de conceder la custodia a los padres heterosexuales en preferencia a las madres lesbianas es particularmente llamativa porque, en aquel momento, la custodia de los niños tras el divorcio de sus progenitores siempre se condecía a las madres, a no ser que su salud física o mental las incapacitase para ejercer como tales. Estas sentencias, tanto en Reino Unido como en Estados Unidos, se dictaron sin disponer de estudios sobre qué les ocurre de hecho a los niños educados en familias de madres lesbianas.

El artículo de Spare Rib pedía que alguien investigase el desarrollo de los niños en familias encabezadas por madres lesbianas. Me ofrecí voluntaria. Por aquel entonces, yo era una joven estudiante de psicología del desarrollo interesada por estudios sobre la mujer, y me pareció que este sería un tema novedoso e interesante para mi tesis de máster. ¡Poco imaginaba que seguiría trabajando en el tema hasta la actualidad! A medida que la atención fue cambiando de los litigios por la custodia a la adopción por parte de mujeres lesbianas, al acceso de las lesbianas a la reproducción asistida, al matrimonio entre personas del mismo sexo, las mismas cuestiones sobre el bienestar de los niños surgían una y otra vez. Estas mismas cuestiones se están planteando hoy en día acerca de los niños de padres gays. Entretanto, como resultado de los avances científicos en técnicas de reproducción asistida, han surgido otras nuevas formas de familia, como las formadas por progenitores heterosexuales mediante fecundación in vitro (FIV), inseminación con donante, donación de óvulos, donación de embriones y gestación subrogada. De nuevo, se han planteado dudas acerca del desarrollo y el bienestar de los niños criados en estas familias. El objetivo de este libro es el de reunir las conclusiones de la investigación sobre los progenitores y los niños de todas estas nuevas formas de familia.

El presente libro sigue a un volumen anterior sobre el mismo tema, Parenting. What Really Counts? (2000) [Modelos de familia. ¿Qué es lo que de verdad cuenta? (2006)]. En ese libro, examinaba qué aspectos de la crianza son más importantes para el bienestar psicológico de los niños, así como la investigación disponible sobre las nuevas formas de familia. Desde entonces, se ha producido una explosión de investigaciones sobre las nuevas formas de familia, que son el objetivo principal de este libro. A pesar de los avances conceptuales y metodológicos en los últimos 15 años, las características que, en general, se considera que representan una buena y una mala crianza siguen siendo en gran medida las mismas, y el resumen del capítulo I sigue muy de cerca el del volumen anterior. Agradezco a Taylor & Francis el permiso para basarme en ese material. Las citas de los miembros de las familias (tanto publicados como inéditos) proceden de participantes en estudios efectuados por el Centro de Investigación sobre la Familia de la Universidad de Cambridge.

A diferencia de otras áreas de estudio académico, la mayoría de las personas tiene opiniones sobre las familias modernas, en buena parte porque cada una tiene una familia propia. Estas opiniones se basan a menudo en conjeturas y suposiciones, no en la investigación empírica. Espero que este libro mejore el debate y arroje luz sobre la vida familiar moderna.

AGRADECIMIENTOS

Buena parte de la investigación sobre las familias modernas descrita en este libro no se habría producido sin la perspicacia, la experiencia y el entusiasmo de los destacados investigadores con los que he tenido el privilegio y el placer de trabajar en el Centro de Investigación sobre la Familia de la Universidad de Cambrige –John Appleby, Shirlene Badger, Lucy Blake, Polly Casey, Irenee Daly, Sarah Evans, Tabitha Freeman, Susanna Graham, Zeynep Gurtin, Elena Ilioi, Susan Imrie, Humera Iqbal, Vasanti Jadva, Sarah Jennings, Pamela Jiménez Etcheverría, Nishtha Lamba, Laura Mellish, Sherina Persaud, Elizabeth Raffanello, Jennifer Readings, Jenna Slutsky y Sophie Zadeh– y en el antiguo Centro de Investigación sobre Psicología Familiar e Infantil de la City University de Londres, en particular, Rachel Cook, Emma Goodman, Emma Lycett, Fiona MacCallum, Claire Murray, Lucy Owen y Fiona Tasker. Esta investigación depende tanto de financiadores innovadores como de personas innovadoras; tampoco habría sido posible sin una serie de becas de proyecto y de programa del Wellcome Trust ya desde la década de 1980, y más recientemente en forma de Senior Investigator Award que ha proporcionado la libertad y la flexibilidad para estudiar las nuevas formas de familia a medida que van surgiendo. Estoy también en deuda con sir Michael Rutter por haber apoyado esta nueva área de investigación desde sus comienzos, en una época en la que pocos investigadores la consideraban interesante o merecedora de atención, y al fallecido sir Robert Edwards, quien fomentó la investigación sobre el bienestar psicológico de los niños concebidos mediante FIV desde el comienzo.

Mi más sincero agradecimiento a mis colaboradores del Centro de Investigación sobre la Familia: a Helen Statham por ofrecerme el tiempo necesario para concluir el libro, a Claire Hughes por conocer la referencia exacta en el momento exacto, a Martin Richards por estar siempre dispuesto a hablar, y a Abby Scott por mantenerlo todo en calma y bajo control. Debo especialmente dar las gracias a Kathy Oswald por asumir la tarea ardua y minuciosa de recopilar la lista de referencias con su insaciable buen humor. Soy también muy afortunada de tener a Melissa Hines y Michael Lamb como estrechos colaboradores, y aprecio nuestras conversaciones sobre los aspectos de la vida de familia abarcados por este libro. Gracias también a Michael Attwell y Douglas Chirnside por el título y por mostrarme que el interés por las familias modernas va más allá del mundo académico, y a mi editora, Hetty Marx, por ser la primera en animarme a escribir este libro.

Nuestros estudios no habrían sido posibles sin la colaboración de las clínicas de fertilidad, de las que la London Women’s Clinic, CARE Fertility y Bourn Hall merecen especial mención, así como la Asociación Británica para la Adopción y la Acogida. Estoy especialmente agradecida con los padres, madres y niños que a lo largo de los años han hablado con nosotros acerca de sus familias y confiado en que sus experiencias ayuden a mejorar la vida de otros. Por último, aunque no en menor medida, me gustaría agradecerles a John y a Jamie que me diesen una familia propia.

I. INTRODUCCIÓN

La popular comedia estadounidense Modern Family, que trata de las vicisitudes, las tribulaciones y, en muchos aspectos, las vidas tremendamente comunes de tres familias contemporáneas emparentadas (la de Jay, un padre de mediana edad casado en segundas nupcias con una colombiana mucho más joven que tiene a su vez un hijo de un matrimonio anterior; la de la hija de Jay, una familia tradicional con un padre participativo y tres hijos; y la compuesta por el hijo gay de Jay, el compañero de este y la niña vietnamita adoptada por ambos) resalta los diversos modos de formar una familia en la actualidad. Aunque Modern Family es una parodia de la vida familiar de hoy en día, la realidad es aún más extraordinaria. La tradicional familia nuclear compuesta por una pareja heterosexual con hijos biológicamente emparentados está ahora en minoría. Por el contrario, un número creciente de niños es educado por progenitores que conviven sin casarse, un padre o una madre sin pareja, padrastros y madrastras o progenitores del mismo sexo, y muchos de esos niños entran y salen de estas estructuras familiares diversas a medida que crecen. Lo más notable es que hoy en día es posible que un niño tenga hasta cinco «progenitores» en lugar de los dos habituales. Dichos progenitores pueden incluir una donante de óvulo, un donante de semen, una gestante subrogada (que lleva adelante el embarazo) y los dos progenitores sociales a quienes el niño llama papá y mamá. Los años recientes han contemplado también la emergencia de acuerdos de coparentalidad, por los que un hombre y una mujer que no mantienen una relación entre sí –que pueden vivir en diferentes casas o pueden haberse conocido por internet con el solo propósito de ser padres– crían un niño juntos. Estas verdaderas familias modernas constituyen el tema de este libro.

EL ASCENSO DE LAS NUEVAS FORMAS DE FAMILIA

Los cambios en la estructura de las familias se están produciendo desde la década de 1970. Mientras que a comienzos de esa década menos del 10 por 100 de las familias estaban encabezadas por un solo progenitor, esta cifra ha aumentado ahora hasta rondar el 30 por 100 tanto en Estados Unidos (US Census Bureau, 2012a) como en Reino Unido (Lloyd y Lacey, 2012a, b). El aumento de las familias monoparentales ha ido en paralelo al descenso de las tasas de matrimonio y al aumento de las tasas de divorcio tanto en Estados Unidos como en Europa (Amato, 2014; US Census Bureau, 2012b). Si bien las tasas de divorcio están descendiendo en la actualidad, las estadísticas de divorcio no ofrecen la imagen completa, porque carecemos de estadísticas oficiales sobre las tasas de separación entre parejas que no están casadas. En Estos Unidos y Europa, las parejas que no están casadas se han convertido en un elemento habitual. En torno a la mitad de los hijos de madres solteras nacidos en Estados Unidos corresponden a madres que conviven con el padre de los niños (McLanahan y Beck, 2010); los porcentajes de parejas son también elevados en Europa occidental (Wik, Keizer y Lappegard, 2012). En un examen sobre el estado civil de madres primíparas, solo el 59 por 100 en Estados Unidos y el 53 por 100 en Reino Unido estaban casadas, mientras que el 24 por 100 y el 31 por 100, respectivamente, vivían con su pareja de hecho y el 17 y el 16 por 100 no tenían pareja en ese momento (Amato, 2014). Se ha producido también un asombroso aumento en el número de familias reconstituidas en muchas sociedades occidentales. En el 40 por 100 de los matrimonios que se celebran en Reino Unido, uno o ambos cónyuges habían estado ya casados (Lloyd y Lacey, 2012a, b), y aproximadamente el 10 por 100 de los niños estadounidenses vive con un padrastro o una madrastra (Kreider y Ellis, 2011).

Las familias monoparentales, las formadas por parejas que no están casadas o las reconstituidas reciben a menudo el nombre colectivo de «familias no tradicionales», y resultan en gran medida de la separación o el divorcio de los progenitores y la formación de nuevas relaciones de hecho o matrimoniales. El impacto que para los niños supone el ser criado en dichas familias ha sido ampliamente estudiado (Golombok y Tasker, 2015, ofrecen una revisión de dichos trabajos). Sin embargo, el presente libro no se centra en las «familias no tradicionales», sino en las «nuevas familias». El término «nuevas familias» hace referencia a formas de familia que no existían o se ocultaban a la sociedad hasta finales del siglo XX, y que representan un alejamiento de las estructuras de familia tradicionales más fundamental que el de las familias no tradicionales, formadas por la ruptura de una relación y la formación de una nueva. Entre estas nuevas familias se incluyen las formadas por madres lesbianas o padres gays, las encabezadas por madres solteras por elección y las formadas mediante técnicas de reproducción asistida como la fecundación in vitro (FIV) (in vitro fertilizacion [IVF]), la donación de óvulos, la inseminación con semen de donante, la donación de embriones y la gestación subrogada. Algunas de estas familias empezaron a salir a la luz con el crecimiento de los movimientos de liberación de las mujeres y por los derechos de los homosexuales en la década de 1970, y otras solo se hicieron posibles tras la introducción de la fecundación in vitro (FIV), en 1978. Aunque las nuevas familias son distintas de las no tradicionales, no se excluyen mutuamente. No es inusual que las nuevas familias sean también familias no tradicionales: por ejemplo, cuando los progenitores de niños nacidos mediante donación de óvulos o semen se separan y vuelven a casarse para formar familias reconstituidas.

A pesar del ascenso de las nuevas formas familiares, la familia nuclear tradicional sigue considerándose en general el mejor entorno para criar niños, y sigue siendo el patrón oro con el que se comparan todos los demás tipos de familia. Se asume por lo común que cuanto más se desvía una familia de la norma de familia tradicional formada por dos progenitores heterosexuales, mayores son los riesgos para el bienestar psicológico de los niños. ¿Pero es realmente así? ¿Tienen los niños menos probabilidades de prosperar en familias encabezadas por dos progenitores del mismo sexo, una madre soltera por elección o dos progenitores que los concibieron usando técnicas de reproducción asistida? ¿Y tendrán los niños concebidos por padres gays mediante donación de óvulos y gestante subrogada menos posibilidades de salir adelante que los niños concebidos mediante FIV por sus padres biológicos? La respuesta a estas preguntas depende de la medida en la que estas nuevas familias difieran de las tradicionales en aquellos aspectos de la vida familiar que más afectan al desarrollo psicológico sano de los niños y, en especial, en la medida en la que proporcionen un entorno familiar que ofrezca menos apoyo a los niños. Antes de explorar la crianza y el desarrollo infantil en las nuevas formas de familia, es por lo tanto importante examinar los factores asociados con el desarrollo óptimo de los niños en las familias tradicionales. Las influencias de la familia en el desarrollo de los niños se conceptúan a menudo de acuerdo con tres componentes interrelacionados: el bienestar psicológico de los progenitores; la calidad de las relaciones filioparentales; y las características psicológicas del niño. Cada uno de ellos debe observarse en el contexto del entorno social en el que se asienta la familia.

FAMILIAS TRADICIONALES

Bienestar psicológico de los progenitores

Calidad de la relación conyugal

¿Qué consecuencias tiene para los niños un matrimonio infeliz, y cómo de malo tiene que ser para afectarles? Sorprende observar que los estudios sobre la asociación entre los malos matrimonios y las consecuencias negativas para los niños han concluido que el vínculo entre ambos era menor del esperado. Una observación más atenta muestra que buena parte de las investigaciones han examinado si los progenitores están o no satisfechos con su relación de pareja, y los resultados han demostrado que la insatisfacción conyugal parece influir poco en los hijos. Lo que sí influye es el conflicto entre la pareja (Cummings y Davies, 1994, 2010; Grych y Fincham, 1990, 2001; Reynolds, Houlston, Coleman et al., 2014). Se ha hallado que los niños cuyos progenitores se mantienen en conflicto son más agresivos, desobedientes y difíciles de controlar, y tienen más probabilidades de asumir una conducta delictiva u obtener malos resultados académicos, más probabilidades de sufrir ansiedad y depresión, y más probabilidad de experimentar dificultades para relacionarse con sus iguales que otros niños con progenitores felizmente casados (Cummings y Davies, 1994, 2010; Emery, 1988; Grych y Fincham, 2001; Reynolds, Houlston, Coleman et al., 2014).

Pero el hecho de que los progenitores mantengan un enfrentamiento entre sí no significa que sus hijos deban sufrir problemas psicológicos. Casi todos los niños ven a sus padres discutir, y a la mayoría no les afecta. De hecho, se piensa que quizá les venga bien estar expuestos a discusiones, porque aprenderán a resolver desacuerdos y a hacer las paces. En consecuencia, lo que parece afectar a los niños no es que los padres se peleen, sino cómo se pelean. Algunos de los aspectos perjudiciales para los niños son los siguientes: el enfrentamiento frecuente; la creencia de que el enfrentamiento anuncia la separación de los padres; la hostilidad grave (en especial la violencia física); ser el motivo de las discusiones entre los progenitores; y la incapacidad de estos para hacer las paces (Cummings y Davies, 1994, 2010; Davies y Cummings, 1994; Grych y Fincham, 1993, 2001; Reynolds, Houlston, Coleman et al., 2014).

El proceso por el cual el conflicto conyugal afecta a los niños ha sido objeto de mucho debate (Cummings y Davies, 2010; Grych y Fincham, 2001; Reynolds, Houlston, Coleman et al., 2014). Algunos creen que el conflicto matrimonial es malo para los niños por sus repercusiones indirectas sobre la crianza. Los progenitores enredados en sus propias disputas pueden mostrar hostilidad hacia los hijos, pueden no controlarlos ni mantener una disciplina adecuada o no prestarles suficiente atención. El conflicto conyugal puede también interferir en las relaciones emocionales de los progenitores con sus hijos. Como se analizará más adelante, los progenitores emocionalmente disponibles para sus hijos, sensibles a sus necesidades y adecuadamente receptivos tienen niños con un apego más seguro hacia ellos. El conflicto entre los progenitores puede debilitar la sensación de seguridad emocional de los niños y hacer peligrar la seguridad del apego de los niños hacia ellos (Cummings y Davies, 2010). La exposición a los enfrentamientos conyugales también influye directamente en el bienestar psicológico de los niños, porque ver discutir a los progenitores produce en sí mismo angustia (Cummings y Davies, 1994; Emery, 1988). La confirmación de que el conflicto conyugal repercute directamente en los niños la aportaron diversos experimentos efectuados por Mark Cummings y sus colaboradores, en los que exponían a los niños a discusiones entre adultos y grababan sus reacciones. El resultado constante era que los niños expuestos a discusiones entre adultos, aunque estas no estuviesen relacionadas con los niños en sí, provocaba angustia en estos (Cummings y Davies, 1994). Ahora se acepta en general que el conflicto conyugal puede repercutir directa e indirectamente en el bienestar psicológico de los niños (Reynolds, Houlston, Coleman et al., 2014). Además de interferir en las relaciones filioparentales, la hostilidad entre los progenitores parece ser angustiosa por sí sola. Las pruebas de que influyen ambos procesos derivan de un estudio entre adolescentes a los que se hizo un seguimiento de dos años (Harold y Conger, 1997). Se halló una consecuencia indirecta del conflicto conyugal sobre la relación filioparental, porque los progenitores se mostraban más hostiles entre sí y más hostiles con sus hijos. Se observó también una relación directa entre la frecuencia del conflicto conyugal y el grado de angustia experimentado por los niños.

Las investigaciones sobre el impacto que la calidad del matrimonio de los progenitores tiene sobre el desarrollo de sus hijos se han centrado en los efectos adversos de los matrimonios hostiles, y no en los efectos beneficiosos de los matrimonios bien avenidos. Sin embargo, hay pruebas crecientes de que las consecuencias más favorables para los hijos de matrimonios felices no solo derivan de la ausencia de un conflicto grave, sino que, por el contrario, están más directamente asociados con los aspectos positivos de la relación, como el modo en el que los progenitores se comunican entre sí y las muestras de afecto mutuo (Goldberg y Carlson, 2014; Ratcliffe, Norton y Durtschi, 2014). Esta área de investigación emergente probablemente aumente nuestro conocimiento sobre qué tipos de matrimonio son buenos para los niños, y no solo cuáles son malos.

El estado psicológico de los progenitores

El ajuste psicológico de los progenitores también puede afectar al bienestar psicológico de los niños (Goodman y Brand, 2008; Papp, Cummings y Goeke-Morey, 2005; Zahn-Waxler, Duggal y Gruber, 2002). Entre los numerosos estudios sobre cómo repercuten los trastornos psiquiátricos de los progenitores en los niños, los impactos de la depresión de aquellos son los que mayor atención han recibido. De manera constante se ha observado que los hijos de padres o madres deprimidos muestran tasas más elevadas de problemas sociales, emocionales y de conducta. Estudios que han diagnosticado la presencia o ausencia de trastorno psiquiátrico en niños y progenitores han mostrado que los niños cuyos progenitores están deprimidos no solo tienen más probabilidades de mostrar una amplia gama de problemas psicológicos, sino que también tienen más probabilidades de deprimirse (Orvaschel, Walsh-Altis y Ye, 1988; Weissman, Gammon, Merikangas et al., 1987; Weissman, Warner, Wickramaratne et al., 1997).

Quizá no sorprenda que la depresión del padre o la madre vaya asociada con problemas psicológicos en los niños. De particular interés para los psicólogos son los mecanismos que influyen en esta asociación. Una explicación es que la depresión reduce la capacidad de los progenitores para ejercer una crianza eficaz (Cummings y Davies, 1994; Cummings y Davies, 2010). Al igual que el conflicto conyugal, se piensa que la depresión interfiere con el control de los niños por parte de los progenitores y con la disciplina que estos establecen, y también con la disponibilidad y la sensibilidad emocional del padre o la madre hacia los niños, poniendo así en peligro la seguridad del apego de estos. Los estudios han mostrado que los progenitores deprimidos tienden a ser muy permisivos o muy autoritarios (en lo referente al control de la conducta de los niños y a la disciplina establecida), y a menudo pasan de uno a otro extremo (Kochanska, Kuczynski, Radke-Yarrow et al., 1987). Análisis detallados de grabaciones en vídeo que muestran madres interactuando con sus bebés han demostrado que, en comparación con otras madres, aquellas que están deprimidas se muestran menos afectuosos y menos receptivas a las necesidades de sus niños. Asimismo, cuando se observó a madres deprimidas y no deprimidas jugar con sus niños de 1 y 2 años, las deprimidas tenían menos probabilidades de ajustar su conducta a la de los niños (Jameson, Gelfand, Kulcsar et al., 1997).

Cuando las madres están deprimidas, su conducta poco estimulante y poco receptiva se refleja en sus bebés, que también parecen deprimidos. Estos bebés se muestran más retraídos, menos activos, más irritables y menos sonrientes que otros bebés. Es interesante señalar que cuando a las madres no deprimidas se les pide que «se hagan las deprimidas», sus bebés se alarman inmediatamente y desvían la mirada, lo que demuestra que la conducta de la madre hacia su bebé tiene una marcada repercusión sobre el estado emocional de este. Los bebés no solo parecen esquivos con su madre deprimida; también parecen menos contentos y activos cuando interactúan con otros adultos, e incluso pueden hacer que adultos no deprimidos actúen de manera menos animada y entusiasta hacia ellos (Field, 1995). Distintos estudios han demostrado que los hijos de madres deprimidas tienen más probabilidades que los de madres no deprimidas de mostrar un apego inseguro (Murray, 1992; Radke-Yarrow, Cummings, Kuczynski et al., 1985).

Otra explicación es que el mayor conflicto conyugal en parejas en las que uno de los miembros está deprimido –más que la depresión en sí– es el responsable de los problemas conductuales y emocionales observados en los niños con progenitores deprimidos. Pero lo que no está claro es si el conflicto matrimonial, por sí solo, puede explicar las dificultades psicológicas experimentadas por los hijos de progenitores deprimidos. En una revisión de estudios pertinentes, Downey y Coyne (1990) concluían que, si bien la discordia conyugal iba asociada a problemas como la agresión y la conducta indisciplinada entre los niños con un padre o una madre deprimidos, no podía explicar las elevadas tasas de depresión infantil. Se concluyó que el conflicto conyugal en las familias con un progenitor deprimido aumenta el riesgo de que los niños experimenten problemas de conducta, y la depresión del progenitor –más que la discordia conyugal– aumenta el riesgo de depresión de los propios niños. Para complicar más el tema, la depresión y el conflicto matrimonial pueden estar causados por factores externos, y estos factores externos pueden en sí influir en el desarrollo de problemas psicológicos por parte de los niños. Los progenitores deprimidos y sus hijos experimentan a menudo diversas dificultades, como problemas económicos, vivienda inadecuada o falta de apoyo social. Estos factores estresantes no solo aumentan el riesgo de depresión y de conflicto conyugal en los progenitores, sino que también plantean una amenaza directa para el ajuste psicológico de los niños, como se analizará más adelante.

Los niños con progenitores alcohólicos o drogodependientes se encuentran también en desventaja (Mayes y Truman, 2002). En comparación con otros niños, tienen más probabilidades de mostrar problemas de conducta, como comportamiento antisocial y conflictivo. Una explicación obvia es que los padres que a menudo están bebidos o drogados, o cuya atención está centrada en obtener la siguiente dosis, no pueden cuidar adecuadamente a sus hijos. Pero no es la única razón de riesgo para los niños. Los progenitores dependientes del alcohol, o de drogas adictivas como la heroína o la cocaína, a menudo viven en condiciones de extrema pobreza. También pueden sufrir trastornos psiquiátricos como la depresión, que, como ya se analizado, va asociada al desarrollo de problemas psicológicos en los niños. Se ha encontrado una elevada tasa de desatención y malos tratos entre los hijos de alcohólicos o drogodependientes. No es infrecuente que estos niños crezcan en una atmósfera de amenazas y violencia, y pueden acabar separados de sus progenitores, ya sea con otros miembros de la familia o, como se analiza en el capítulo VII, con familias de acogida o adoptivas. Un estudio que hizo un seguimiento de bebés hijos de heroinómanas concluía que la mitad de ellos vivían al año de edad con otras personas (Wilson, 1989). Además de las experiencias vitales que los sitúan en riesgo de padecer problemas psicológicos, estos niños pueden heredar también una propensión al alcoholismo o a la drogodependencia (Schuckit y Smith, 1996).

Los niños cuyas madres consumen grandes cantidades de alcohol o drogas durante el embarazo presentan riesgos adicionales (Mayes y Truman, 2002). Además del reducido peso al nacer, muchos bebés de madres alcohólicas muestran un desarrollo retardado en la primera infancia, así como retraso intelectual, hiperactividad y dificultad para concentrarse durante toda la niñez y los años de adolescencia. Los bebés de madres heroinómanas nacen con adicción a esta droga. Estos recién nacidos no solo experimentan desagradables síntomas de abstinencia en sus primeros días de vida, sino que también pueden sufrir consecuencias prolongadas, como una mala coordinación física, déficit de atención e hiperactividad al crecer. Las consecuencias de la exposición prenatal a la cocaína son menos definidas, aunque hay pruebas de que los bebés cuyas madres han consumido cocaína durante el embarazo experimentan retardo en el desarrollo (Singer, Arendt, Farkas et al., 1997). No está claro si los problemas experimentados por niños en edad escolar cuyas madres eran alcohólicas o drogadictas durante el embarazo se deben a la exposición prenatal a estas sustancias o al hecho de ser criados por un progenitor adicto. De nuevo, parece muy probable que a las dificultades experimentadas por estos niños contribuyan diversos factores. La exposición prenatal al alcohol o a las drogas da lugar a bebés más difíciles de manejar, lo que, a su vez, provoca una crianza menos sensible y atenta por parte de unos progenitores drogodependientes o alcohólicos que pueden tener dificultad para enfrentarse incluso al más sencillo de los bebés. Las investigaciones sobre el modo en el que las madres adictas interactúan con sus bebés han demostrado que se muestran menos involucradas y más hostiles que otras madres, y que sus bebés tienen más probabilidades de desarrollar un apego inseguro (Mayes y Truman, 2002).

Calidad de las relaciones filioparentales

La cuestión de qué es ser un buen padre o una buena madre ha sido uno de los principales objetos de la investigación psicológica desde los tiempos de Sigmund Freud. Si bien gran parte de la investigación sobre la crianza deriva de la teoría del apego (Bowlby, 1969) otros investigadores han examinado la influencia de la crianza en el ajuste psicológico de los niños más en general (véanse las revisiones de Bornstein, 2002, 2006; Collins, Maccoby, Steinberg et. al., 2000; Lamb, 2012; Lamb y Lewis, 2011; Maccoby, 2000).

Teoría del apego

Los conocimientos actuales sobre los aspectos de la crianza que más influyen en el ajuste psicológico de los niños derivan en buena medida del innovador trabajo del psiquiatra John Bowlby y la psicóloga Mary Ainsworth, quienes resaltaron la importancia de que los niños se sientan seguros en las relaciones con sus progenitores. De acuerdo con Bowlby, los bebés tienen una tendencia innata a usar a sus progenitores como base segura desde la que explorar el mundo y como fuente de tranquilidad cuando se sienten angustiados. Bowlby sostenía que la calidad de la relación de un niño o una niña con su madre en los primeros años de vida determina el futuro bienestar del pequeño (Bowlby, 1969). Sus opiniones se resumieron en un informe redactado para la Organización Mundial de la Salud sobre niños que habían perdido a sus progenitores en la Segunda Guerra Mundial (Bowlby, 1951), en el que declaraba: «Un bebé o un niño pequeño debería experimentar una relación afectuosa, íntima y continua con su madre (o madre sustituta permanente, una persona que ejerza permanentemente como su madre) en la que ambos encuentren satisfacción y disfrute». Algunas de las creencias de Bowlby se cuestionan en la actualidad. Ya no se piensa que la principal figura de apego del niño sea la madre; por el contrario, se entiende que la persona más implicada en el cuidado del niño –en general la madre– se convertirá en la principal figura de apego. Asimismo, se acepta ahora que los niños pueden desarrollar apego hacia más de una persona, normalmente en un claro orden de preferencia. De hecho, el propio Bowlby cambió sus opiniones sobre estas cuestiones en sus últimos años (Bowlby, 1988). Por razones de simplicidad, el término «madre» se utilizará en adelante para hacer referencia a la principal figura de apego.

A no ser que experimenten privación extrema desde muy pequeños –como en el caso de los orfanatos rumanos analizados en el capítulo VII– los niños establecen relaciones de apego con sus cuidadores principales. Sin embargo, no todos los niños desarrollarán apego seguro hacia estos cuidadores. Mary Ainsworth se interesó en especial por las diferencias entre los niños con apego seguro y los niños con apego inseguro, y diseñó el Test de Situación Extraña para explorar estas diferencias (Ainsworth y Wittig, 1969). En esta prueba, se observa a la madre y al bebé en una sala de juegos desconocida, en diversas situaciones cada vez más estresantes, como que la madre salga de la habitación y lo deje solo con un extraño, diseñadas para poner de manifiesto el comportamiento de apego del bebé. El comportamiento de apego del niño se clasifica como «seguro», «inseguro-resistente», o «inseguro-evitativo», de acuerdo con su exploración de la sala de juegos cuando la madre está presente, su respuesta ante la presencia de un extraño, su reacción cuando la madre sale de la sala y, en particular, su conducta con la madre cuando esta regresa. El modo en el que un bebé se reúne con su madre tras la separación se considera un indicador de la medida en la que dicho bebé espera recibir consuelo de ella cuando se siente angustiado. Los bebés que experimentan un «apego seguro» exploran tranquilamente la habitación y juegan con los juguetes en presencia de su madre, y no se inquietan ante la llegada del extraño cuando su madre está allí; la reciben afectuosamente cuando vuelve a la habitación y, si su ausencia los ha angustiado, se dejan consolar fácilmente por ella y pronto vuelven a jugar.

Los bebés con «apego inseguro» se comportan de dos maneras. Los clasificados como «inseguros-resistentes» a menudo parecen explorar con recelo la habitación cuando su madre está presente; se angustian extremadamente cuando la madre sale y, cuando regresa, claramente quieren acudir a ella pero rehúyen el contacto, y a la madre le resulta difícil consolarlos. En contraste, los bebés «inseguros-evitativos» tienden a explorar la habitación de inmediato y muestran poca angustia cuando la madre sale de la habitación y poco interés por su regreso. Por el contrario, a menudo continúan con lo que hacen y parecen no prestarle atención a la madre. Más recientemente se ha añadido una cuarta categoría, el «inseguro-desorganizado» (Main y Solomon, 1990). A diferencia de los niños inseguros-resistentes (que se estresan durante el Test de Situación Extraña) y los inseguros-evitativos (que no manifiestan preocupación), estos niños no parecen presentar una forma constante de responder al estrés. Por el contrario, la experiencia parece desorientarlos; en ocasiones se quedan completamente paralizados, como congelados en un punto, o se mueven de modo extraño en presencia de la madre. Este patrón de conducta se observa más a menudo en niños que han sufrido negligencia o malos tratos.

A Mary Ainsworth también le interesaba la cuestión de por qué algunos desarrollan un apego seguro, mientras que otros forman apegos inseguros. Tras observar a un gran número de mujeres con sus bebés, tanto en África como en Estados Unidos, encontró un vínculo entre la conducta de las madres con sus bebés y el tipo de apego que estos desarrollan hacia ella (Ainsworth, 1985; Ainsworth, Blehar, Waters et al., 1978). Sus observaciones muestran que las madres de niños con apego seguro tienden a mostrarse receptivas con sus bebés y sensibles a sus necesidades. También les sonríen, les hablan y los tocan a menudo, y efectúan interacciones sincronizadas con ellos. Las madres de los bebés inseguros-resistentes parecen tener una conducta impredecible. A veces se muestran solícitas con ellos, pero en otras ocasiones son inasequibles o poco receptivas; en ocasiones malinterpretan las señales emitidas por sus bebés, responden de manera inadecuada y tienen dificultades para establecer rutinas sincronizadas. Se piensa que la naturaleza ambigua de la respuesta del bebé inseguro-resistente a la madre cuando se reúne con ella en el Test de Situación Extraña (buscando el contacto pero resistiéndose a él) refleja su incertidumbre respecto a si ella lo consolará. En contraste, las madres de bebés inseguros-evitativos parecen mostrar un rechazo activo. A menudo se muestran poco receptivas a las señales de sus bebés, y poco afectuosas e impacientes con ellos. En el Test de Situación Extraña, parece que estos bebés han aprendido a defenderse contra el rechazo mostrando poca emoción y evitando a su madre cuando esta regresa. Las madres de bebés inseguros-resistentes e inseguros-evitativos han recibido respectivamente la calificación de impredeciblemente receptivas y predeciblemente poco receptivas, en comparación con el comportamiento predeciblemente receptivo de las madres de bebés con apego seguro (Steele y Steele, 1994).

A lo largo de los años ha habido cierta controversia acerca de los orígenes de las relaciones de apego seguras e inseguras, no solo respecto a la importancia de que las madres respondan sensiblemente a sus bebés, sino también en lo referente a qué aspectos de la sensibilidad materna influyen más. Si la sensibilidad materna (en su sentido estricto, de reconocer y responder de manera rápida y apropiada a las señales emitidas por los infantes) es la clave para el apego seguro, o si son otras conductas maternas (como el afecto y el contacto físico estrecho) son cuestiones que intrigan a los investigadores desde hace tiempo. Estas cuestiones culminaron en 1997 con una revisión de todos los estudios que han investigado si la sensibilidad de la madre va asociada a la seguridad del apego en su bebé (De Wolff y Van IJzendoorn, 1997). Mediante un análisis estadístico de todos los estudios combinados se concluyó que la sensibilidad materna es un factor importante para que los bebés desarrollen o no un apego seguro; aquellos cuyas madres responden de manera adecuada y rápida a sus señales tienen casi el doble de probabilidades de desarrollar un apego seguro. Esto no significa, sin embargo, que todos los hijos de una madre sensible desarrollen un apego seguro o que todos los bebés con una madre que no responde sensiblemente desarrollen una relación de apego inseguro. Parece que en la formación de las relaciones de apego tempranas influyen otros aspectos de la crianza, como las expresiones de afecto por parte de la madre y la cantidad de estimulación que esta le aporte a su bebé. La sensibilidad de la madre explica en buena parte por qué algunos bebés desarrollan apego seguro y otros desarrollan apego inseguro hacia ella, pero no es la única respuesta.

Un elemento fundamental de la teoría de Bowlby es el concepto de «modelos de funcionamiento interno» de las relaciones de apego: la idea de que a través de las primeras experiencias con la madre u otras figuras de apego, los niños elaboran sus propias representaciones mentales de estas relaciones (Bowlby, 1969). De acuerdo con Bowlby, estos modelos de funcionamiento interno no solo influyen en las expectativas del niño sobre sus figuras de apego y en su conducta hacia ellas, sino también en la idea que acaban haciéndose de sí mismos. En consecuencia, los niños con un apego seguro tienen modelos de funcionamiento interno de su madre como alguien disponible y perceptivo, y un modelo de funcionamiento interno de sí mismos como seres dignos de ser queridos. El modelo de funcionamiento interno de los niños inseguros-resistentes representa a la madre como una persona de cuya disponibilidad no pueden fiarse, mientras que los niños inseguros-evitativos tienen modelos de funcionamiento interno que representan a su madre como una persona de la que no puede esperarse que esté disponible cuando la necesitan. Es probable que ambos tipos de niños inseguros, sostenía Bowlby, tengan modelos de funcionamiento interno sobre sí mismos como personas indignas de ser queridas. Se cree que las representaciones internas de las figuras de apego y de sí mismos influyen en las relaciones de los niños con los demás a medida que crecen.

Buena parte de la investigación inicial sobre el apego se centró en el Test de Situación Extraña en los dos primeros años de vida. Aunque la observación del comportamiento real ha demostrado ser fructífera para el estudio del apego en la infancia temprana, este método ha sido menos apropiado para examinar las relaciones de apego en niños de más edad. A medida que los niños crecen, se vuelve más difícil evaluar lo que ocurre en su mente inconsciente meramente observando su conducta. El creciente interés por los modelos de funcionamiento interno ha permitido desarrollar nuevas técnicas centradas en el pensamiento y el lenguaje como formas de acceder a las representaciones internas de las relaciones de apego (Main, Kaplan y Cassidy, 1985). Por ejemplo, se puede mostrar a los niños imágenes de un niño separado de sus padres y preguntarles cómo piensan que se sentiría el niño de la imagen, o se les puede pedir que terminen un cuento protagonizado por un niño en una situación de angustia. Se ha demostrado que estos procedimientos son buenos indicadores de la opinión que los niños tienen sobre las relaciones con sus figuras de apego.

Una cuestión fundamental para los teóricos del apego es en qué medida el tipo de apego que los bebés forman con su madre o su figura de apego principal se mantiene estable en el tiempo. Estudios que han evaluado niños en el Test de Situación Extraña en más de una ocasión han demostrado que los bebés seguros pueden volverse inseguros, y que los inseguros pueden volverse seguros, si se produce un cambio a mejor o a peor en sus circunstancias vitales (Thompson, 2006). Niños antes seguros, por ejemplo, pueden volverse inseguros si su familia es sometida a estrés, quizá si uno de los progenitores pierde el empleo o enferma de gravedad.

El interés por evaluar el apego en etapas posteriores de la niñez ha dado a los investigadores la oportunidad de examinar si las clasificaciones del apego en la primera infancia se mantienen en los primeros años de escolarización. Estudios efectuados en Estados Unidos (Main y Cassidy, 1988) y en Europa (Grossman y Grossman, 1991) han evaluado la seguridad del apego en niños de 1 año mediante el Test de Situación Extraña, y de nuevo a los 6 años, usando una modificación de esa prueba que se centra en el comportamiento de los niños hacia la madre al reunirse con ella tras 1 hora de separación. El recibimiento que un niño da a su madre cuando esta vuelve, y si el niño habla con ella libremente acerca de lo que ha ocurrido en su ausencia, se consideran buenos indicadores de la seguridad del apego. En estos estudios, se descubrió que la gran mayoría de los niños mantenía el mismo tipo de apego en ambas ocasiones. Esto sugiere que, aunque las relaciones de apego pueden cambiar, en la mayoría de los casos, el tipo de apego formado con la madre durante la primera infancia permanece estable durante toda la etapa preescolar.

Una cuestión relacionada que ha interesado a los teóricos del apego es si el apego inseguro conduce al desarrollo de problemas psicológicos en los niños. Diversos estudios han abordado esta situación usando el Test de Situación Extraña para incluir a los niños en apego seguro o inseguro, y después efectuándoles un seguimiento para determinar si los niños con apego inseguro muestran niveles más elevados de problemas emocionales y de conducta que sus iguales con apego seguro. Muchos de estos estudios han establecido un vínculo entre la seguridad del apego en la primera infancia y diversos aspectos de la conducta en fases posteriores de la niñez (Belsky y Cassidy (1994); Erickson, Sroufe y Egeland, 1985; Sroufe, 1986; Suess, Grossman y Sroufe, 1992; Youngblade y Belsky, 1992). Los niños con apego inseguro, por ejemplo, tienen menos probabilidades de jugar con entusiasmo y de modo cooperativo, de tener una elevada autoestima, de ser populares entre los demás niños, de interrelacionarse de manera positiva con los visitantes en su propia casa, de mostrar independencia en el colegio, de mostrar competencia para efectuar tareas de resolución de problemas y de pedir ayuda cuando es necesario. Parece, por lo tanto, que las relaciones de apego inseguro en la primera infancia van asociadas a resultados menos positivos para los niños en la etapa preescolar y en los primeros años escolares. Se ha establecido también una asociación entre el apego desorganizado y posteriores problemas de conducta (Van IJzendoorn, Schuengel y Bakermans-Kranenburg, 1999). Sin embargo, al igual que las clasificaciones de apego de los niños pueden cambiar con el tiempo de acuerdo con los cambios ocurridos en sus experiencias, no todos los niños con apego inseguro experimentarán inevitablemente dificultades psicológicas al crecer y no todos los bebés con apego seguro acabarán convertidos en niños equilibrados (Thompson, 2008). El ajuste psicológico de los niños no solo está influido por la seguridad en sus relaciones de apego, sino también por el contexto social más amplio en el que se forman estas relaciones. Parece más probable que la seguridad inicial vaya asociada a resultados psicológicamente positivos si los niños siguen experimentando una atención sensible por parte de sus progenitores (Thompson, 2008).

Un importante avance en la investigación sobre el apego fue el desarrollo por parte de Mary Main de la Entrevista de Apego del Adulto (Booth-LaForce y Roisman, 2014; George, Kaplan y Main, 1985; Main, Goldwyn y Hesse, 2003). Esta entrevista, diseñada para evaluar los modelos de funcionamiento interno de las relaciones de apego en adultos no solo proporcionó un medio para estudiar el apego en la edad adulta, sino también para examinar los vínculos entre las relaciones de apego de los progenitores y las de los niños. Durante la entrevista, se obtiene información sobre las experiencias infantiles de la persona con sus figuras de apego y sobre cómo observa esas experiencias en el momento presente. El material de interés no es tanto el contenido efectivo de las narraciones como la forma en la que los individuos hablan de sus experiencias. Al analizar cuestiones tales como los sentimientos de rechazo en la niñez, la coherencia de sus narraciones, la facilidad con la que recuerdan y pueden hablar de acontecimientos del pasado y el modo en el que entienden el pasado –conocido como «funcionamiento reflexivo»– han demostrado ser más informativos para los investigadores que las experiencias en sí.

Basándose en su respuesta a la entrevista, la persona es catalogada de acuerdo con cuatro patrones de apego. Los clasificados como «seguros autónomos» hablan tranquilamente de la relación con sus padres. Narran de manera coherente y consecuente las experiencias con sus progenitores durante la niñez, y muestran de manera abierta los aspectos positivos y negativos de estas relaciones. No hace falta una niñez segura para que las personas reciban esta clasificación, pero si la niñez fue difícil, es necesario que desde entonces hayan logrado entender a qué se debió esa dificultad. La clasificación de «evitativo elusivo» incluye a personas que atribuyen a las relaciones de apego poca importancia en su vida. A menudo describen positivamente a sus progenitores, pero no logran aportar muchas pruebas al respecto y pueden incluso describir acontecimientos que contradicen la afirmación de que tuvieron una vida familiar feliz. Tienden a no recordar mucho acerca de la relación con sus padres, aunque sí recuerdan otros aspectos de su niñez y expresan poca preocupación por las experiencias tristes del pasado. Los que reciben la clasificación de «preocupado enredado» siguen pareciendo involucrados en disputas irresueltas con sus progenitores e intentando agradarles, y a menudo parecen confusos o enfadados con ellos. Parece difícil que se liberen y a menudo declaran que los conflictos con sus progenitores permanecen. La cuarta clasificación, «no resuelto desorganizado», es aplicable a personas que han experimentado pérdida traumática (o separación) de una figura de apego, negligencia o malos tratos, y siguen obsesionadas con cuestiones irresueltas del pasado.

Uno de los hallazgos más interesantes a partir de las investigaciones que usan la Entrevista de Apego del Adulto es que la calidad de la relación que una mujer mantiene de niña con su madre parece estar relacionada con la calidad de la relación que esa mujer mantiene con su propio hijo. Esto sugiere que el tipo de apego que una hija tiene con su madre puede transmitirse de generación en generación. Las pruebas de este fenómeno derivan de estudios que han evaluado las clasificaciones de apego de madres y las de sus hijos (Van IJzendoorn, 1995). Estos estudios han demostrado de manera constante que las madres seguras autónomas tienen muy a menudo hijos con apego seguro y las madres con clasificaciones inseguras en la Entrevista de Apego del Adulto tienen más probabilidades de tener hijos con apego inseguro. De particular interés es un estudio que estableció un vínculo entre la clasificación de apego de las madres y la de sus bebés cuando las entrevistas de las madres se efectuaban antes de que naciesen los niños y por lo tanto no podían haber sido influidas por la relación de hecho con sus bebés (Fonagy, Steele y Steele, 1991). En este estudio, fue posible predecir acertadamente en un 75 por 100 de todos los casos si el bebé desarrollaría un apego seguro o inseguro basándose en la clasificación de apego asignada a la madre durante el embarazo. Por azar, esto solo se habría conseguido en el 50 por 100 de los casos.

La sugerencia de que los patrones de apego pueden transmitirse de generación en generación ha llevado a conjeturar las razones de dicha transmisión (Fox, 1995; Steele y Steele, 1994; Van IJzendoorn, 1995). Una idea es que los modelos de funcionamiento interno que los progenitores elaboran acerca de sus relaciones de apego pueden influir en el comportamiento de estos con los hijos, en especial su capacidad para responder sensiblemente a sus hijos, la cual influye a su vez en la seguridad del apego de los niños (Steele y Steele, 2013). Así, se ha sugerido que los progenitores autónomos, con una visión positiva de sus relaciones de apego infantiles, o que han asumido sus experiencias negativas, son más capaces de responder a las necesidades de sus bebés que los padres evitativos o los preocupados; los padres evitativos quizá rechacen la conducta de apego de sus hijos en situaciones estresantes porque conductas como el llanto pueden desencadenar recuerdos indeseados relacionados con sus propias relaciones de apego, y los padres preocupados quizá sigan centrados en sus propias experiencias de apego y sean, por lo tanto, incapaces de atender plenamente a sus hijos. Pero el mecanismo que relaciona la clasificación de las madres en la Entrevista de Apego del Adulto y la clasificación de sus bebés en el Test de Situación Extraña dista mucho de conocerse. La situación de apego de la madre no tiene una relación exacta con su capacidad para atender al bebé, y, como ya hemos visto, la receptividad materna no explica por completo el tipo de apego que el bebé desarrolla hacia ella.

No todos los expertos en apego están convencidos de que la seguridad del apego en la edad adulta esté directamente relacionada con la seguridad en el apego durante la niñez. Por el contrario, la Entrevista de Apego del Adulto puede simplemente medir la perspectiva actual que una persona tiene sobre sus relaciones de apego y no estar relacionada con la seguridad de su apego en la primera infancia (Cassidy y Shaver, 1999). Para abordar esta cuestión sería necesario efectuar un seguimiento de los individuos a lo largo de muchos años, obteniendo su clasificación en el Test de Situación Extraña en la primera infancia y su clasificación en la Entrevista de Apego del Adulto en la edad adulta. Los pocos estudios longitudinales de larga duración efectuados hasta el momento no han hallado relación directa entre la seguridad del apego de una persona cuando era bebé y su seguridad de apego en la edad adulta. Sin embargo, cuando se tienen en cuenta las experiencias positivas y negativas en la vida familiar de la persona, parece que los cambios en el apego pueden explicarse de manera significativa (Grossman, Grossman y Waters, 2005). En el estudio más amplio efectuado hasta la fecha, se han obtenido pruebas de la estabilidad del apego entre la primera infancia y los primeros años de la edad adulta, y los cambios en el apego estaban significativamente asociados con cambios en la experiencia vital (Booth-LaForce y Roisman, 2014).

Parece, en general, que a los niños con apego seguro les va mejor que a sus homólogos con apego inseguro. Sin embargo, no a todos los niños con apego inseguro les irá mal; y tampoco está garantizado que a todos los niños con apego seguro les vaya bien. Lo que esta investigación nos muestra es que el apego seguro tiene más probabilidades de traer consecuencias positivas para los niños, pero también influyen otros factores.

Estilos y prácticas de crianza

Si bien la teoría del apego ha efectuado una aportación considerable a nuestro conocimiento sobre los procesos mediante los cuales los progenitores influyen en sus hijos, otros aspectos de la crianza, como el calor y el afecto, y la capacidad para establecer una disciplina y controlar adecuadamente a los niños, son también importantes (Bornstein, 2002; Collins, Maccoby, Steinberg et al., 2000; Lamb, 2012; Maccoby y Martin, 1983). Se ha efectuado una distinción entre estilos de crianza, que hacen referencia al clima emocional de la relación entre progenitores e hijos en general, y prácticas de crianza específicas, como controlar el paradero de los hijos (Darling y Steinberg, 1993). Esta distinción es importante porque la misma práctica de crianza puede tener resultados muy distintos cuando se aplica con un estilo de crianza (relajado y alentador) que cuando se aplica con otro (intrusivo y hostil) (Darling y Steinberg, 1993; Steinberg y Silk, 2002).

Diane Baumrind, que se situó al frente de la investigación sobre los estilos de crianza, determinó cuatro, cada uno con consecuencias específicas para los niños (Baumrind, 1971; 1989, 1991b). De acuerdo con Baumrind, los progenitores autoritarios son muy controladores, esperan que sus hijos hagan lo que dicen y raramente negocian con ellos. Sus hijos tienen más probabilidades que otros niños de ser desafiantes, socialmente incompetentes y dependientes. Los progenitores permisivos son amorosos, pero ejercen poco control sobre la conducta de sus hijos y les exigen poco. Como resultado, estos niños tienden a carecer de asertividad y a interesarse poco por los logros. Los progenitores indiferentes rechazan o descuidan a sus hijos. No se muestran receptivos y no controlan lo que los niños hacen. Sus hijos tienden con más probabilidad a desarrollar problemas emocionales y de conducta y a obtener malos resultados escolares. El estilo de crianza más positivo es un estilo democrático que combine el calor y el afecto con un control firme. Los progenitores democráticos controlan la conducta de sus hijos mediante la negociación, y no mediante el castigo o el ejercicio del poder. Estos niños tienen más probabilidades de saberse controlar y de ser responsables, cooperativos y seguros de sí mismos que los hijos de otros tipos de progenitores.

Otro método para estudiar los estilos de crianza ha sido el de examinar los lazos entre la crianza y el ajuste infantil atendiendo a las dimensiones específicas de la crianza y no a las tipologías. Este enfoque dimensional se ha aplicado a las relaciones entre adolescentes y sus progenitores. Se han determinado tres dimensiones predominantes (Steinberg y Silk, 2002). Se trata de la autonomía (en qué medida el adolescente permanece bajo el control de sus padres), la armonía (en qué medida la relación filioparental es afectuosa, profunda y emocionalmente cercana) y conflicto (en qué medida la relación entre los progenitores y el adolescente es contenciosa y hostil).

El extenso corpus de investigación disponible actualmente sobre los estilos de crianza demuestra que los adolescentes criados por padres democráticos son psicológicamente más competentes que sus iguales que han crecido en familias autoritarias, permisivas o indiferentes (Steinberg, 2001; Steinberg y Morris, 2001). Hay también sustanciales pruebas empíricas que respaldan la asociación entre el ajuste de los adolescentes y las dimensiones de autonomía, armonía y conflicto en la crianza (Steinberg y Silk, 2002). De su revisión de este campo, Steinberg y Silk (2002) concluían que a los adolescentes les beneficia tener padres afectuosos, firmes y que aceptan su necesidad de autonomía.

El trabajo de Gerald Patterson ha aumentado también nuestro conocimiento sobre la crianza, al centrarse en los mecanismos por los que las prácticas disciplinarias de padres y madres influyen en la conducta de los niños. Patterson y sus colaboradores han examinado formas eficaces e ineficaces de controlar la conducta de los niños, concentrándose en influencias bidireccionales entre los progenitores y sus hijos (Patterson, 1982; Patterson, DeBaryshe y Ramsey, 1989; Patterson y Fisher, 2002; Patterson, Reid y Dishion, 1992). Esta investigación demuestra que, cuando los progenitores reaccionan al comportamiento antisocial de sus hijos de modo positivo o con aceptación, es más probable que los niños se comporten mal en el futuro para conseguir lo que quieren. Los progenitores que ceden a las exigencias de su hijo para prevenir una rabieta, por ejemplo, descubrirán que el niño repite o aumenta el enfado en ocasiones posteriores. Este patrón de conducta coercitiva va especialmente asociado con trastornos de conducta en los niños.

El mundo social más amplio y las características individuales de los niños

El entorno social en el que los niños crecen influye enormemente en su vida. En comparación con los de entornos acomodados, aquellos que crecen en la pobreza tienen más probabilidades de obtener malos resultados en el colegio, de abandonar el sistema escolar antes de terminar los estudios, de desarrollar conductas conflictivas y delictivas, de sufrir embarazos no deseados y desarrollar problemas emocionales en la adolescencia (Bradley y Cor­wyn, 2002; Brooks-Gunn, Britto y Brady, 1999; Evans y Kim, 2013; McLoyd, 1998). La pobreza interfiere de muchas formas con el desarrollo psicológico de los niños. Ya antes del nacimiento, estos niños están en desventaja; tienen más probabilidades de estar expuestos a drogas, alcohol y desnutrición durante el embarazo, y de nacer prematuros. Al crecer, tienen menos probabilidades de disfrutar de juguetes y libros en su casa y de asistir a buenos colegios, factores ambos que dificultan los buenos resultados académicos. Asimismo, la pobreza tiene consecuencias generalizadas y perjudiciales sobre la calidad de la crianza que los niños reciben. A menudo los progenitores que afrontan dificultades económicas se deprimen, sus matrimonios se deterioran y las exigencias de sus hijos se convierten en una fuente más de estrés.

Esta conclusión se demostró claramente en un estudio efectuado en el Medio Oeste rural de Estados Unidos, tras una grave crisis económica que tuvo un efecto devastador sobre la vida familiar en la década de 1980. Se concluyó que el aumento de la conducta antisocial y agresiva de los niños era consecuencia directa del deterioro de la relación con sus progenitores, el cual derivaba a su vez del creciente conflicto conyugal y de la angustia psicológica de estos (Conger, Conger, Elder et al., 1992; Conger y Donnellan, 2007; Conger, Ge, Elder et al., 1994). Similares conclusiones se alcanzaron tras una comparación de niños delincuentes urbanos en un estudio diseñado para responder a la pregunta de por qué algunos niños criados en barrios pobres se vuelven delincuentes y otros no (Sampson y Laub, 1994). Se concluyó que el vínculo entre pobreza y delincuencia estaba mediado, en gran medida, por la incapacidad de los progenitores para imponer a sus hijos una disciplina eficaz. Los progenitores incapaces de controlar a sus hijos, o que los castigaban de manera excesivamente dura, tenían más probabilidades de tener adolescentes delincuentes, mientras que los progenitores que vigilaban activamente a sus hijos e imponían su disciplina de modo tal que los hacían seguir sintiéndose queridos y aceptados tenían menos probabilidades de tener hijos delincuentes, a pesar de vivir en condiciones de extrema desventaja económica. Parece que el vínculo entre pobreza y delincuencia deriva, al menos en parte, de los efectos perniciosos de la pobreza sobre las relaciones de familia.