Farsa placentera - Michelle Conder - E-Book

Farsa placentera E-Book

Michelle Conder

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Beschreibung

Tras su máscara de frialdad se escondía una mujer ardiente y apasionada Miller Jacobs sabía que alcanzar el éxito profesional costaba mucho esfuerzo, pero el trabajo no le asustaba. Sin embargo, su habilidad para los negocios no podía ayudarle a encontrar la solución a un problema que acababa de presentársele: encontrar un novio para un fin de semana de trabajo en casa de un posible cliente muy importante. Valentino Ventura, corredor de coches de fama internacional, era todo lo contrario a Miller. A pesar de ello, ayudar a Miller a desinhibirse resultaba ser una tentación a la que era difícil resistirse.

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Seitenzahl: 172

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Michelle Conder. Todos los derechos reservados.

FARSA PLACENTERA, N.º 2245 - julio 2013

Título original: Living the Charade

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2013

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Bianca son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3444-6

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Capítulo 1

Si el mundo fuera justo, pensó Miller Jacobs, la solución a sus problemas, un hombre impecablemente vestido y de igualmente impecables modales, cruzaría la puerta de doble hoja de cristal del moderno despacho de Sidney.

Un hombre completamente distinto al banquero que tenía delante, sentado al otro lado de la pequeña mesa de madera, que hacía por lo menos dos horas que debería haber dejado de beber.

–Bien, encanto, ¿qué favor quieres que te haga?

Miller reprimió una mueca de desagrado y volvió la cabeza hacia su amiga, Ruby Clarkson, con un mensaje en la sonrisa: «¿Cómo se te ha ocurrido que este elemento podría hacerse pasar por mi novio este fin de semana?».

Ruby arqueó una ceja a modo de disculpa y después hizo lo que solo una mujer hermosa podía hacer: deslumbró al banquero con una sonrisa y le mandó a paseo. Aunque no literalmente, ya que quizá en el futuro se vieran en la necesidad de tener relaciones profesionales con él.

Miller lanzó un suspiro de alivio mientras veía al banquero cruzar el bar camino de la puerta.

–No digas nada –le advirtió Ruby–. Pero, en el papel, parecía perfecto.

–En el papel, casi todos los hombres parecen perfectos –contestó Miller–. Los problemas surgen cuando se les empieza a tratar.

–Tampoco hay que exagerar.

Miller enarcó las cejas. Tenía motivos para estar de malhumor. Había desperdiciado una hora de su precioso tiempo, había estado bebiendo un vino blanco sumamente malo y seguía sin vislumbrar la solución a su problema. Un problema que había empezado al mentir a su jefe y decirle que tenía novio y que este estaría dispuesto a acompañarla en un viaje de trabajo de un fin de semana con el objeto de contener las insinuaciones de un arrogante y muy importante posible cliente.

T.J. Lyons era obeso, pedante e insoportable; y se había tomado las negativas de ella a sus insinuaciones como un reto. Al parecer, le había dicho a Dexter, su jefe, que la aparente frialdad y profesionalidad de ella eran una máscara tras la cual se ocultaba una mujer apasionada, y que estaba dispuesto a añadirla a su lista de conquistas.

Ese hombre era un machista y llevaba su sombrero Akubra como si fuera la versión australiana de J.R. Ewing, pero había conseguido perturbarla. Y tras el desafío a que asistiera a la fiesta de su cincuenta cumpleaños acompañada de su «media naranja» si quería, ocasión que también podía aprovechar para presentar el proyecto definitivo de trabajo, ella había sonreído y había contestado que sí, que encantada.

Lo que significaba que tenía que encontrar un novio en nada de tiempo, para el mediodía del día siguiente.

Ruby apoyó la barbilla en la mano.

–Tiene que haber alguien.

–También podría decir que mi novio se ha puesto malo, ¿no?

–Tu jefe ya sospecha algo. Y al margen de eso, tendrías que aguantar los envites de tu amoroso cliente durante todo el fin de semana.

Miller hizo una mueca.

–Las intenciones de T.J. no son amorosas, sino licenciosas.

–Puede que ese sea el caso con T.J., pero las intenciones de Dexter son claramente amorosas.

Miller no creía fundadas las sospechas de Ruby de que su jefe estaba enamorado de ella.

–Dexter está casado.

–Separado. Y sabes que le gustas y que ese es uno de los motivos por los que le mentiste respecto a lo de tener novio.

–Lo que pasa es que, después de una semana de trabajar dieciséis horas al día todos los días, estaba agotada. Puede que mi reacción fuera algo emocional.

–¿Emocional? ¿Tú? ¡Por favor! –Ruby tembló dramáticamente.

Entre las dos, Ruby tenía fama de ser emocional, mientras que ella se mostraba siempre reservada y reprimía sus emociones.

–Lo que necesito es comprensión, no sarcasmos –protestó Miller.

–Pero Dexter se ofreció voluntario para protegerte, ¿no? –quiso saber Ruby.

Miller suspiró.

–Resulta algo raro, lo reconozco, pero nos conocíamos de la universidad. Supongo que quería hacerme un favor... después de lo que T.J., en estado de embriaguez, le había dicho la semana anterior.

Ruby alzó los ojos al cielo.

–Sea lo que sea, te has inventado un novio y no te queda más remedio que convertirlo en realidad.

–Podría inventarme una neumonía.

–Miller, T.J. Lyons es un hombre muy importante en el mundo de los negocios y Dexter no es tonto. Has trabajado muy duro para permitir que ninguno de los dos decida tu futuro. Si fueras sola el fin de semana y T.J. coqueteara contigo delante de su esposa, estarías en el paro en un abrir y cerrar de ojos. No es la primera vez que veo que ocurre. Los hombres como T.J. Lyons jamás son condenados por acoso sexual, como debería ser.

Ruby tomó aire y Miller se alegró de que su amiga necesitara un respiro. Ruby, especializada en casos de discriminación, era una de las mejores abogadas del país. Y ella tomaba siempre nota de lo que su amiga le decía.

Miller llevaba seis años trabajando en Oracle Consulting Group, y la empresa se había convertido en un segundo hogar para ella. O quizá fuera su hogar, dado que se pasaba la vida allí. Si conseguía la multimillonaria cuenta de T.J., le ofrecerían participaciones en la empresa, su sueño desde hacía tiempo y algo que su madre le había instado a conseguir.

–No se puede decir que T.J. me haya acosado exactamente, Rubes –le recordó ella a su amiga.

–Durante la última reunión que tuvisteis, dijo que no dudaría en contratar a Oracle si fueras «amable» con él.

Miller lanzó un suspiro.

–Está bien, tienes razón. Verás, tengo un plan.

Ruby arqueó las cejas.

–¿Qué plan?

–Contrataré un acompañante –la idea se le había ocurrido durante el discurso de Ruby, y se volvió para enseñarle a su amiga la pantalla del móvil–. Madame Chloe. Dice que ofrece el servicio de discretos y profesionales caballeros a mujeres heterosexuales.

–Déjame ver –Ruby le quitó el teléfono–. ¡Dios mío! ¿Te acostarías con ese tipo?

Miller miró por encima del hombro de Ruby al hombre que aparecía en la pantalla del móvil.

–No quiero acostarme con nadie –respondió Miller exasperada.

Lo que menos quería en el mundo era sexo. No, no deseaba que nada le distrajera de los objetivos que se había impuesto a sí misma. Su madre sí lo había permitido y ahora estaba arruinada y era infeliz.

–Esta no es la solución –declaró Ruby de repente–. La mayoría de los tipos que una agencia así puede ofrecer no son la compañía que necesitas.

–Pues estoy perdida.

Ruby paseó la mirada por los clientes del establecimiento mientras Miller pensaba en el informe sobre ventas que tenía que terminar antes de acostarse aquella noche.

–¿Gripe asiática? –sugirió Miller.

–Eso no se lo creería nadie.

–Me refiero a mí –aclaró Miller con un suspiro.

–Espera... ¿Qué te parece ese?

–¿Quién? –Miller miró la pantalla del móvil, pero estaba apagada.

–Ese tipo tan atractivo que está en la barra.

Miller dirigió los ojos hacia el punto en que su amiga los había fijado y vio a un hombre alto acodado en la barra de madera con un pie sobre el reposapiés y la rodilla saliéndole por el agujero de los vaqueros con rotos. Paseó la mirada por los muslos, la estrecha cintura y el amplio pecho cubierto con una camiseta blanca vieja en cuya pechera había un provocativo eslogan en letras rojas y, al leerlo, hizo una mueca de desagrado. Se fijó en las anchas espaldas, notó que ese hombre de largo cabello castaño necesitaba un buen afeitado, y al mirarle a los ojos claros... le sorprendió mirándola fijamente.

La mirada del hombre era perezosa, casi indolente, y ella se quedó sin respiración. Sin comprender aquella reacción física, bajó la mirada igual que una niña al ser descubierta con la mano en la caja de las galletas.

Ignorando la impresión de que él seguía observándola, se volvió a Ruby.

–Tiene agujeros en los vaqueros y una camiseta que dice: «¿A mi ritmo o al tuyo?». ¿Cuántas copas de vino te has tomado?

Ruby volvió los ojos hacia la barra.

–No me refería a él, aunque está de muerte. Me refería al tipo del traje que está hablando con él.

Miller miró al hombre del traje, que le había pasado desapercibido. Cabello también castaño, afeitado, bonita nariz y un traje estupendo. Sí, ese era más su tipo.

–¡Vaya, creo que le conozco! –exclamó Ruby.

–¿Al de los vaqueros rotos?

–No –Ruby sacudió la cabeza, sonriendo abiertamente en dirección a los dos hombres acodados en la barra–. Al del traje que está al lado del de los vaqueros rotos. Sam algo. Estoy segura de que es un abogado de nuestro despacho de abogados de Los Ángeles. Y es justo lo que necesitas.

Miller se arriesgó a lanzar una mirada en la dirección de los dos hombres y notó que el alto de los pantalones rotos ya no la miraba; sin embargo, su instinto le dijo que huyera a toda prisa.

–¡No! –desechó la idea al instante–. Me niego a atrapar a un desconocido en la barra de un bar, aunque creas que le conoces. Voy al baño un momento y cuando vuelva tomamos un taxi y nos vamos a casa. Y deja de mirar a esos dos tipos, van a creer que queremos compañía.

–¡Queremos compañía!

Miller lanzó un bufido.

–Por el aspecto que tiene el de los pantalones rotos, como te descuides te pone en horizontal en un abrir y cerrar de ojos.

Ruby la miró con curiosidad.

–Eso es justo lo que le hace tan excitante.

–A mí no me lo parece –mintió Miller encaminándose al servicio.

Y se sintió mucho mejor tras haber decidido volver a casa. Aún no había solucionado el problema, pero estaba demasiado cansada para tratar de solucionarlo.

–Deja de mirar a esas mujeres, ¿vale? No hemos venido aquí a ligar –dijo Tino Ventura, malhumorado, a su hermano.

–Como no sabes qué hacer este fin de semana... supongo que solucionaría tu problema.

Tino gruñó.

–El día que necesite que mi hermano pequeño me facilite el entretenimiento puedes enterrarme.

Sam no se rio y Tino se arrepintió al instante de sus palabras.

–¿Qué tal va el coche? –preguntó Sam–. ¿Estáis progresando?

–Todavía hay que modificar algunas cosas del chasis y, además, no está bien equilibrado.

–¿Estará listo para el domingo?

Tino se puso nervioso al notar la preocupación de su hermano. Estaba harto de que todo el mundo estuviera preocupado por él, era como si fuera a ser su última carrera. Reconocía que había habido un par de desagradables coincidencias, pero no eran premoniciones de ninguna clase.

–Estará listo.

–¿Y la rodilla?

Cansado de un día de mucho trabajo con la preparación del coche, quería distraerse.

–Creía que íbamos a tomar una copa y a distraernos, así que deja de hablarme del trabajo.

No tenía ganas de que le recordaran que la temporada, que había empezado tan bien, estuviera yendo tan mal últimamente. Lo que necesitaba era ganar la siguiente carrera y así acallar a toda esa gente que decía que jamás llegaría a ser tan buen corredor de coches como su padre.

Y no era que le importara la opinión de la gente.

Sin embargo, le gustaría mucho demostrar a algunos lo equivocados que estaban y conseguir el mismo número de títulos que su padre; sobre todo, conseguirlo en el circuito en el que su padre había perdido la vida diecisiete años atrás.

–Si yo fuera tú, estaría nervioso –insistió Sam.

Y quizá él también lo estuviera si se pusiera a pensar en cómo se sentía. Pero los sentimientos eran lo que ponía en peligro la vida de los pilotos en el mundo de las carreras de coches.

–Por eso eres abogado y llevas un traje de cuatro mil dólares –comentó Tino.

–Cinco mil.

Tino se llevó la botella de cerveza a los labios.

–Deberías exigir que te devolvieran el dinero, hermanito.

Sam lanzó un gruñido.

–¡Mira quién fue a hablar! Tú, que tienes esa camiseta desde el colegio.

–Eh, no te metas con mi camiseta de la suerte –Tino lanzó una queda carcajada, contento de bromear con su hermano y de que este dejara de preocuparse por su carrera profesional.

Sabía que su hermano menor estaba preocupado por los problemas que él estaba teniendo últimamente y que eran tan parecidos a los que llevaron a su padre a su cita con la eternidad. Y lo mismo le ocurría al resto de la familia. Por eso era por lo que no quería acercarse a Melbourne hasta el lunes, cuando comenzaría la cuenta atrás para el día de la carrera.

–Perdona, pero creo que te conozco.

Tino miró a la rubia que llevaba diez minutos observándoles y se alegró de que hubiera centrado la atención en su hermano, no en él.

Vaya, toda una sorpresa.

Volvió la cabeza para localizar a la bonita compañera de la mujer que se les había acercado, pero parecía haber desaparecido.

–Que yo sepa, no –respondió Sam con expresión de perplejidad, pero visiblemente encantado–. Me llamo Sam Ventura y este es mi hermano, Valentino.

Tino se quedó mirando a su hermano. La única persona que le llamaba Valentino era su madre.

«Cambia el chip, Samuel».

–¡Claro que te conozco! –declaró ella–. Trabajas en Clayton Smythe, en el departamento dedicado a grandes empresas, en la oficina de Los Ángeles. ¿A que no me equivoco?

–No, no te equivocas –Sam sonrió.

–Yo soy Ruby Clarkson, abogada, especializada en casos de discriminación, de la oficina de Sidney –Ruby extendió la mano–. Por favor, dime que vas a pasar el fin de semana en la ciudad y que no has hecho planes.

Tino rogó por que su hermano no perdiera la compostura. La rubia tenía una sonrisa sensacional y buen tipo, pero era demasiado atrevida para su gusto. No obstante, estaba claro que a su hermano le encantaba.

Un sexto sentido le hizo volverse y se le iluminaron los ojos al ver aparecer a la amiga del traje negro. Ella lanzó una mirada en dirección a la mesa y se quedó boquiabierta al localizar a su amiga.

Entonces, al verle a él, cerró la boca y su expresión se tornó gélida. Él sonrió cuando la vio mirar hacia la puerta como si quisiera salir corriendo. Si ella se hubiera molestado en sonreír y él no hubiera acabado de poner fin a una relación amorosa con una mujer que había mentido respecto a comprender el significado de «relaciones no serias», diría que esa mujer era su tipo. Sofisticada y respingona: nariz respingona, senos respingones y nalgas respingonas. Y también le gustaba cómo se movía.

Mientras ella se les acercaba, tomó nota del brillo de sus cabellos castaños bajo las luces del bar y de la piel más cremosa que había visto en su vida. La boca tenía forma de corazón y los ojos eran de un azul intenso.

–Ruby, ya estoy aquí. Venga, vámonos.

Y una voz capaz de apagar un fuego.

Tino pensó que esa mujer debería estar susurrándole palabras amorosas al oído, no dando órdenes a su amiga.

–Eh, tranquila. ¿Por qué no dejas que te invite a una copa? –sugirió Tino.

–Estoy muy tranquila –respondió ella con una mirada que podría haber quebrado el cemento, pero que él sintió como un golpe en el estómago–. Y si quisiera tomar una copa, la pediría y la pagaría yo misma.

–¡Miller! –exclamó la amiga al instante, tratando de calmar los ánimos–. Este es Sam y su hermano Valentino. Y la buena noticia es que Sam tiene el fin de semana libre.

Esa mujer llamada Miller no se inmutó, aunque los labios se tornaron en una fina línea recta. Parecía a punto de prenderle fuego a su amiga, pero se contuvo en el último momento.

–Hola, Sam. Valentino.

Tino la vio asentir ligeramente.

–Encantada de conoceros. Pero, desgraciadamente, Ruby y yo tenemos que marcharnos.

–Miller, esta es la solución perfecta para ti –dijo su amiga casi en un susurro.

Tino lanzó una mirada interrogante a su hermano.

–Al parecer, Miller necesita un novio este fin de semana –explicó Sam.

Tino se sentó en el taburete de la barra. ¿Y...? ¿Querían reclutar a Sam?

–¿Qué? –preguntó Tino.

–No será necesario –declaró malhumorada ese rayo de luz–. Sentimos haberos molestado. Y, ahora, nos vamos.

–No, no nos habéis molestado en absoluto –intervino Sam alzando una mano con gesto tranquilizador, igual que hubiera hecho en un juicio–. Estoy encantado de poder ofrecer mis servicios.

¿Servicios? ¿Servicios sexuales?

A Tino se le erizó el vello.

–¿Podría alguien explicarme qué está pasando aquí? –preguntó con voz brusca, como alguien dispuesto a proteger a un hermano menor contra esas mujeres tan extrañas.

–Miller tiene que ir de viaje de trabajo este fin de semana y necesita un novio con el fin de pararle los pies a un cliente empecinado en conquistarla –explicó Ruby.

Tino miró a Miller con expresión sobria.

–¿No le has podido decir que no estás interesada?

Ella clavó esos deslumbrantes ojos en los suyos y él se encontró hipnotizado por su color y por su forma rasgada.

–Vaya, ¿cómo es posible que no se me hubiera ocurrido?

–A veces, se nos escapa lo obvio –comentó él.

–Era una broma –la mujer parecía sorprendida de que él hubiera podido tomarse en serio el comentario sarcástico, y le dieron ganas de reír.

No resultaba difícil adivinar por qué necesitaba buscarse un novio de mentira. Aunque fuera respingona y de rostro angelical, también era mordaz, antipática y autoritaria. No, no era su tipo en absoluto.

–¿No ibas a llevar a navegar a uno de tus clientes en el velero de Dante este fin de semana? –quiso recordarle a Sam la expedición que Dante, su hermano mayor, y él habían tratado de organizar en beneficio de Sam.

Sam lanzó un gruñido.

–Maldita sea, se me había olvidado.

–¿En serio? –preguntó Ruby consternada.

–Bueno, será mejor que nos vayamos ya –intervino Miller de mal humor.

Tino se preguntó si era tonta o si se negaba a reconocer la evidente atracción que había entre Ruby y Sam.

–Pues hazlo tú.

Tino clavó los ojos en los de su hermano.

–¿No me habías dicho que querías hacer algo diferente este fin de semana? Es la solución para todo el mundo –añadió Sam.

Tino miró a su hermano menor como si se hubiera vuelto loco. Su mánager y el director del equipo le habían dicho que se tomara el fin de semana libre y que no pensara en la carrera, pero suponía que no le aconsejarían un fin de semana haciéndose pasar por el novio de aquella imposible mujer.

–No, no creo que sea una buena idea –contestó el rayo de luz, como si fuera una ocurrencia ridícula.

Y lo era.

Pero, de todos modos, le molestó que le rechazara abiertamente.

–¿He dicho o he hecho algo que la haya ofendido? –le preguntó Tino, clavando los ojos en los de ella.

–No, en absoluto –pero la mujer llamada Miller respondió en tono seco y no pudo evitar arrugar la nariz al tiempo que fijaba la mirada en el eslogan de la camiseta.

–Ah, entiendo –Tino lanzó un suspiro–, no soy digno de ti. Es eso, ¿verdad, Rayo de Luz?

Los ojos de ella echaron chispas y Tino se dio cuenta de que había dado en el clavo. Le dieron ganas de reír. Ella no solo no le había reconocido, lo que se explicaba fácilmente ya que el deporte al que se dedicaba era fundamentalmente europeo, sino que le despreciaba por no ir bien vestido.

Era la primera vez que le ocurría eso y sonrió con ganas, algo que no hacía en meses.

–No es eso, es solo que no estoy tan desesperada.

Ella cerró los ojos brevemente al darse cuenta de su metedura de pata, y la sonrisa de él se ensanchó. Era plenamente consciente de que si ella le hubiera reconocido estaría coqueteando con él y le faltaría tiempo para darle su número de teléfono en vez de mirarle como si tuviera una enfermedad contagiosa.

–Sí, claro que estás desesperada –declaró la amiga.

Tino bebió un sorbo de cerveza mientras Miller parecía a punto de estallar.

–Ruby, por favor.

–Yo respondo por mi hermano –intervino Sam–. Aunque no lo parezca, es digno de toda confianza.

Tino lanzó un gruñido. Estaba a punto de decir que por nada del mundo ayudaría a esa mujer cuando, de repente, la miró a los ojos y vio que eso era justo lo que ella esperaba que dijera. Y guardó silencio. No iba a ayudarla, por supuesto. ¿Por qué iba a hacerse pasar por el novio de ella cuando no tenía ningún interés en esa mujer?

Pero cuando iba a responder, Sam se le adelantó.

–Vamos, Valentino. Imagínate que eso le pasara a Dee. ¿No te gustaría que un tipo decente la ayudara?