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Una cenicienta… ¡hasta su irresistible seducción! Para Ruby Clarkson, un fastuoso baile de máscaras era la oportunidad perfecta para olvidar su tímida inocencia y convertirse en alguien distinto por una noche. ¡Se quedó petrificada cuando el multimillonario Sam Ventura la sacó de la pista de baile para cautivarla con una seducción anónima cargada de magia apasionada! Pero, cuando Ruby se dio cuenta de que su héroe de incógnito era su nuevo jefe y que estaban atrapados juntos durante todo un fin de semana, las caricias prohibidas de Sam fueron lo bastante poderosas como para desarmar a Ruby para siempre…
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Seitenzahl: 198
Veröffentlichungsjahr: 2019
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2019 Michelle Conder
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La máscara de la pasión, n.º 2741 - noviembre 2019
Título original: The Billionaire’s Virgin Temptation
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1328-700-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Sam estaba tremendamente agitado cuando se subió a bordo de su jet rumbo a Sídney. Era más tarde de lo que le hubiera gustado y estaba empezando a impacientarse.
–¿Desea servicio de cena durante el vuelo, señor Ventura?
Sam colocó su poderosa figura en uno de los asientos de cuero y arrojó el móvil sobre la mesa que tenía al lado antes de dirigirse al copiloto.
–No, gracias, Daniel. Solo un whisky.
–Por supuesto, señor.
El vuelo de Los Ángeles a Sídney duraría unas catorce horas, más o menos, durante las que Sam tenía pensado ponerse al día con el trabajo y dormir antes de aterrizar al día siguiente. Algo común en él.
El copiloto le llevó el whisky y luego se dirigió a la cabina para preparar el despegue, dejando a Sam con el vaso de cristal y una incomodidad poco frecuente en él. Normalmente, no era el tipo de persona que tenía dudas una vez tomada una decisión, pero la pregunta le había pasado por la cabeza más de una vez. No tenía claro que mudarse a Sídney fuera la decisión correcta.
Tenía una buena vida en Los Ángeles. Hacía surf con regularidad, practicaba la abogacía en dos continentes, tenía una gran propiedad en la playa de Malibú y una gran cantidad de mujeres hermosas a las que podía llamar cuando tenía ganas de compañía. Y todo ello unido a la combinación de poder, dinero y belleza que, según le decían, tenía en abundancia.
Pero nada de aquello le importaba a su familia, que estaba encantada de que volviera a casa. Tras dos años viviendo en la ciudad de Los Ángeles se hallaban convencidos de que debía volver a su hogar y estaban encantados con su decisión de fusionar su exitoso bufete de abogados con una gran empresa australiana.
La idea se la había presentado su antiguo compañero de universidad, Drew Kent. El padre de Drew se iba a jubilar y él no quería ocuparse solo de todo. Desde que se había casado quería tener más equilibrio en su vida laboral.
Sam se quedó mirando la noche oscura cuando el avión se movió con fuerza a la izquierda. El matrimonio tenía la capacidad de cambiar la perspectiva de la vida de un hombre. Lo había visto en colegas de trabajo e incluso en su propio hermano, que se había enamorado y doce meses después se casó. Valentino había pasado de empedernido soltero a hombre felizmente casado con un bebé. Desde entonces, Tino estaba completamente dedicado a su esposa y a su hijo.
¿Sería aquello lo que le tenía inquieto? ¿El hecho de que Valentino estuviera casado y feliz? No era que Sam envidiara su felicidad; todo lo contrario. Le encantaba ver a su hermano tan contento, y tal vez algún día incluso él daría el salto al matrimonio. Algún día en un futuro lejano, cuando conociera a una mujer que no estuviera completamente obsesionada con su propia carrera ni con la vida que él podría ofrecerle.
Su mente viajó sin que él quisiera dos años atrás, cuando Valentino conoció a Miller, su ahora esposa. Tino y Sam estaban en un bar de Sídney cuando se les acercó una rubia impresionante con tacones de aguja. Ruby Clarkson se presentó y explicó que Miller necesitaba una pareja para un evento de negocios. Tino se presentó voluntario para ayudar a la mejor amiga de la joven y dejó a Sam y a la rubia solos. Como ambos trabajaban para el mismo bufete pero no se conocían de antes, se pasaron la noche intercambiando historias hasta que el bar cerró. Como no quería que la noche terminara, Sam se ofreció a acompañar a Ruby a casa y ahí fue cuando empezaron los problemas.
Como era de esperar, le hirvió la sangre al recordar lo que había pasado en la puerta del edificio de apartamentos. O lo que había estado a punto de pasar. Aunque se sentía tremendamente atraído por ella, su intención había sido solo darle las buenas noches, pero Ruby terminó entre sus brazos y cuando sus labios rozaron los suyos estuvo perdido. Ruby encendió una llama en él que solo se apagó cuando una vecina se asomó al balcón llamando a su gato errante.
Más tarde, su hermano le dijo que parecía que le habían dado con un palo de golf en la cabeza cuando vio entrar a Ruby en el bar, y Tino estaba en lo cierto. Desde que cruzó la mirada con aquellos inteligentes ojos verdes perdió completamente la lógica.
Lo mismo sucedió en la boda de Miller y Tino el año anterior. Bastó mirar una vez a Ruby con su vestido rosa de dama de honor y decidió que aquella noche terminaría lo que habían empezado la noche que se conocieron. Hasta que su pareja, un tipo con aspecto de banquero urbanita, se puso a su lado y le estropeó la fantasía.
Sam se obligó a sí mismo a olvidarse del asunto. Se dijo que así era mejor. Ruby era la mejor amiga de su ahora cuñada y no podía salir nada bueno de tener una aventura con ella. Así que se forzó a poner su interés en una guapa australiana y estaba a punto de marcharse con ella cuando Ruby regresó corriendo al salón de bodas.
Una sonrisa asomó a los labios de Sam. Iba tan rápido que al principio no le vio y Sam no se apartó de su camino. Eligió dejar que fuera a parar al círculo de sus brazos como si estuviera tan sorprendido por el tropiezo como ella.
Ruby alzó la vista para mirarlo con una mezcla de sofisticación e inocencia, con su precioso cuerpo pegado al suyo como si fuera velcro, la respiración acelerada y el recuerdo de la noche en la que casi la devoró brillando con fuerza en sus preciosos ojos verdes. Durante una décima de segundo su calenturienta imaginación lo llevó a creer que había ido corriendo a buscarlo. A decirle que se había deshecho de la pareja con la que estaba y que quería irse con él.
Entonces su hermano mayor, Dante, entró en el salón vacío y estropeó por completo el momento.
–Sam, nos vamos a… lo siento, ¿interrumpo algo?
Teniendo en cuenta que Sam estaba a un segundo de averiguar si Ruby seguía sabiendo tan deliciosa como recordaba, por supuesto que su hermano interrumpía algo y lo sabía muy bien.
Los ojos de Ruby pasaron de brillantes a agobiados en un segundo y se apartó de sus brazos justo cuando su pareja entraba para averiguar qué la estaba entreteniendo.
Ruby murmuró algo sobre la chaqueta, la agarró rápidamente del respaldo de la silla y no volvió a mirar atrás al marcharse. Ahora recordó que había estado fría con él todo el día y con frecuencia se preguntaba por qué.
También se preguntó qué tenía ella que le disparaba la libido de aquella manera, pero sabía que algún día lo averiguaría. Y teniendo en cuenta que compartían profesión y conexiones personales seguramente sería pronto.
El corazón le latía con fuerza dentro del pecho al pensar en volver a verla. En el último par de años no le había preguntado deliberadamente a Valentino por ella. ¿Por qué darle a su hermano alguna pista de que se sentía atraído por una guapa abogada? Le daría más importancia de la que tenía y lo último que deseaba Sam era que Miller se enterara de lo atractiva que consideraba a su mejor amiga.
Pero seguramente sus caminos se cruzarían y tenía curiosidad por saber qué sentiría cuando eso sucediera. Quién sabía, tal vez la atracción incendiaria que experimentaba cada vez que la tenía cerca se había apagado definitivamente. Había perdido interés en muchas mujeres con anterioridad. Seguramente, Ruby no sería diferente. Agitó el vaso de whisky. ¿Recordaría todavía ella la noche que se conocieron? ¿Pensaría todavía en ello? ¿Y seguiría trabajando para Clayton Smythe o se habría trasladado a nuevos pastos? Él dejó el bufete poco después de aquella noche para abrir el suyo en Los Ángeles y reprimió de manera inexorable todo interés por ella, así que no sabía nada de ella actualmente. Un sexto sentido le decía que a pesar de toda la confianza que aparentaba, Ruby era en el fondo un alma sensible y no estaría bien jugar con ella. Aunque no tenía pensado hacerlo en ningún nivel. No tendría ningún sentido al final, y Sam había dejado de perseguir pasiones inútiles tras ver a su famoso padre perseguir el sueño de ser piloto de carreras y dejar de lado todo lo demás.
Nunca habían tenido una relación cercana. Su padre murió en un trágico accidente durante una carrera antes de que Sam hubiera podido obtener su atención o su aprobación, aunque Dios sabía que había invertido mucho tiempo intentando ambas cosas. Todavía recordaba cuando siguió a su padre hasta el circuito de carreras cuando cumplió nueve años. Se quedó allí sentado todo el día esperando a pasar un rato con él, pero su padre llegó hasta el final del día sin él. Como de costumbre, estaba tan ocupado con lo suyo que se olvidó completamente de que Sam estaba allí. Por suerte, una de las asistentes de su oficina lo vio sentado en el sofá y llamó a su padre por teléfono. Lo subieron a un taxi y lo devolvieron a casa solo.
Su madre se puso furiosa con su padre, pero Sam lo borró de su mente. Aquella había sido la última vez que su padre le golpeó en el orgullo. Se aseguró de ello. Aunque ahora ya no importaba. Aquel día aprendió una lección muy valiosa y nunca más volvió a exponerse de aquel modo.
Nunca le daba tanta importancia a algo como para no poder alejarse de allí al día siguiente.
–Eso es algo bueno –murmuró en el silencio sacando el móvil y apartando la mente del pasado.
Estaba planeado llegar a Sídney a mediodía y se dirigiría directamente a una reunión con su nuevo socio antes de cambiarse y ponerse un elegante esmoquin para un baile de máscaras al que había prometido asistir.
Por suerte no solía sufrir las consecuencias del jet lag, pero aun así confiaba en que Gregor y Marion, la pareja anfitriona, no se molestaran por que hiciera solo una breve aparición en su celebración. No tenía tiempo para frivolidades de aquel tipo. Ni para pensar en bellezas rubias de largas piernas, musitó cuando la imagen de Ruby Clarkson volvió a surgirle una vez más en la cabeza.
Sacudió la cabeza y sacó el ordenador portátil. El hecho de que aquella mujer pudiera excitarle a casi doscientos mil kilómetros de distancia debería resultarle desconcertante… y así era. Le hizo darse cuenta de que en algún momento tendría que averiguar cómo sacarse a aquella problemática rubia de la cabeza.
El tema de la invitación dorada del baile de máscaras más importante de Sídney aquel año había sido «osado, romántico, seductor…».
Todo tachado, pensó Ruby conteniendo un bostezo y adoptando una sonrisa que lanzara el mensaje «Me lo estoy pasando fenomenal» en lugar de «Ojalá me estuviera tomando esta copa en el sofá de mi casa viendo el último capítulo de Ley y orden».
Y en pijama, pensó con anhelo mientras miraba el ornamentado y abarrotado salón de baile. Un baile elegante era el último sitio en el que deseaba estar tras una semana de trabajo de cuarenta y ocho horas que había ido de mal en peor, pero estaba allí para apoyar a su hermana, así que marcharse no era una opción todavía.
Y seguramente aquel era un interludio interesante en su vida cotidiana en la que estaba todo el día sentada en su pequeño despacho de abogados luchando por causas justas. ¿En qué otro momento tendría la oportunidad de estar con la flor y nata del teatro en una maravillosa mansión con inmejorables vistas al puerto tras la piscina infinita?
Allí donde Ruby miraba era como volver a un tiempo en el que las mujeres llevaban pelucas y máscaras y hombres con sombreros de plumas bebían champán en elegantes copas de cristal que brillaban como el oro bajo la luz de miles de velas. El escenario era el de un palacio veneciano a orillas del Gran Canal.
Ruby se colocó disimuladamente el escote del ajustado vestido, que mostraba demasiado. Se suponía que era María Antonieta, y se alegraba de estar oculta tras una elaborada máscara de encaje. Aunque en realidad parecía más bien que iba disfrazada de pastorcilla.
–Sabes que te agradezco mucho que hayas venido conmigo esta noche, ¿verdad? –murmuró Molly.
–Me estoy divirtiendo –mintió Ruby. No quería que su hermana se sintiera culpable de haberle pedido que la acompañara.
Molly tenía como misión acercarse a un director muy solicitado y convencerle de que debía ser la protagonista de su próximo éxito. Molly había asistido a la escuela de interpretación y apareció en algunas producciones pequeñas y medianas de teatro y series de televisión, y Ruby haría cualquier cosa para ayudar a que los sueños de su hermana se hicieran realidad.
–No, no es verdad –Molly se encogió de hombros con buen humor–. Pero te agradezco la mentira. También tengo órdenes estrictas de asegurarme de que te diviertes y te relajas por una vez.
–A ver si lo adivino –bromeó Ruby–. Mamá te ha pedido que me busques un buen hombre del que pueda enamorarme para que pueda darle muchos nietos. Nada nuevo bajo el sol. Y eso no va a ocurrir. Además, me tomo a mal la insinuación de que nunca me relajo ni mi divierto porque no es verdad. ¡Lo hago todo el tiempo!
–Ah, ¿te ha parecido una insinuación? –Molly fingió sorpresa–. Porque la intención era decirlo claramente.
–Ja, ja –Ruby entornó los ojos con aire amenazador–. Sé cómo relajarme y cómo divertirme.
–Lo intentas –la corrigió Molly–. Pero no pasa nada. Esta noche te voy a atiborrar de bebidas y me aseguraré de que conozcas a alguien alto, guapo y moreno con el que pasar la noche.
Ruby torció el gesto. Como cualquier abogado que se preciara sabía que el trabajo de fin de semana formaba parte del sueldo. Sobre todo en los casos grandes, y Ruby acababa de embarcarse en uno de los mayores de su carrera. Así que los hombres no eran una prioridad para ella en aquel momento. Y, en realidad, nunca lo habían sido.
–¿Cómo vas a saber que un hombre es guapo si lleva una máscara? –señaló–. Y ya sabes que no estoy de acuerdo con la cantinela de mamá de que una mujer no está completa si no va del brazo de un hombre.
–Mamá es de la vieja escuela, pero entre eso y no salir nunca con nadie hay una diferencia.
–Sí salgo con gente –se defendió Ruby recolocando un rebelde mechón de pelo rubio bajo la enorme peluca blanca–. Cuando tengo tiempo.
Molly puso los ojos en blanco.
–La última vez que tuviste una cita, los dinosaurios dominaban la tierra.
Ruby se rio con la comparación.
–No soy una romántica como mamá y como tú. No veo al hombre de mi vida en todos los que me miran.
–Eso es porque nunca le das a ningún hombre una oportunidad de verdad. Siempre les encuentras a todos algún problema y sigues adelante como si nada. Pero porque papá dejara a mamá por otra mujer no significa que todos los hombres nos vayan a hacer lo mismo.
Ruby no podía negar que el abandono de su padre la había dejado desilusionada en lo que se refería al romanticismo, pero aquella no era la única razón. En su experiencia, los hombres querían más de las mujeres de lo que estaban preparadas para dar, y todavía tenía que conocer a algún hombre que desafiara aquella teoría.
Incluido Sam Ventura.
Especialmente Sam Ventura… aunque ahora fuera el cuñado de su mejor amiga.
¿Y por qué le saltaba su nombre a la cabeza cada vez que la conversación giraba hacia los hombres y al matrimonio? Era el último hombre en el que debería estar pensando de aquella manera. Dos años atrás la había encandilado y la había besado hasta dejarla sin sentido antes de hacer la promesa trivial de llamarla para luego no hacerlo.
Aunque no debería ser una sorpresa. Se había dejado llevar por su buen aspecto y su conversación inteligente, pero ninguna de esas cosas auguraba maneras amables y decencia auténtica.
Dios, pero todavía se sonrojaba al recordar cómo le había invitado a su apartamento para tomar un café.
«¡Un café!». Lo mismo habría valido decirle que se fuera a la cama con ella.
El hecho de que no la llamara y la foto que vio después de él rodeándole la cintura con el brazo a otra mujer al día siguiente en un partido de polo había reafirmado para ella la idea de que los hombres no valían la pena. Lo peor para Ruby era haber dejado a Sam entrar aquella noche. Había bajado la guardia con él como nunca antes, y, peor todavía, le había parecido que compartían una conexión. Una conexión que había trascendido lo físico.
Así de tonta era.
Su reacción extrema hacia él era algo que la había asustado porque siempre se había imaginado inmune a las vaguedades románticas que habían gobernado la vida de su madre. Suponía que debía agradecerle a Sam haberle demostrado que las cosas eran de otra manera, haberle enseñado que si no tenía cuidado podía ser tan susceptible a una cara bonita y un cuerpo vigoroso como cualquier mujer.
No es que quisiera darle las gracias. No quería volver a tener nada que ver con él. Estaba demasiado ocupado en sí mismo como para tener interés por ella. Algo que confiaba que hubiera quedado claro como el cristal ignorándole el año anterior en la boda de Tino y Miller.
–Yo no creo que todos los hombres sean unos cobardes emocionales –lo negó ahora ante Molly–. Pero me pregunto cómo es que somos hermanas. A ti te gusta Blancanieves, hablar con los animales y trotar por campos de flores, y yo…
–Tú eres la madrastra –intervino Molly–. Solo que tú no tienes miedo a envejecer, tienes miedo al compromiso.
–Yo no tengo miedo al compromiso.
Molly alzó las cejas por encima de la máscara.
–Soy cauta –afirmó Ruby–. No siento la necesidad de saltar sobre algo antes de haber tenido la oportunidad de estudiarlo desde todos los ángulos.
–El amor no es algo que haya que estudiar –Molly se rio–. Se siente. Se experimenta. Se vive.
Ruby se estremeció.
–Puede que tú sí. Yo no –y qué pensaría Molly, se preguntó, si supiera que Ruby no había estado todavía con un hombre, que todavía era virgen como una dama victoriana.
El sonido de un graznido le llamó la atención. Molly se rio entre dientes cuando un cisne iracundo atravesó la multitud y empezó a picotear las lentejuelas doradas del traje de una dama. La mujer se tambaleó hacia atrás y se habría caído si el hombre que estaba a su lado no la hubiera sostenido.
Ruby sintió que se le quedaba el aire en los pulmones al fijarse en la altura del hombre y la amplitud de hombros, el ángulo de su cabeza leonina y los mechones de cabello oscuro.
–Oh, Dios mío –murmuró Molly–. ¿Has visto eso?
Ruby observó cómo el hombre, que llevaba puesta una máscara de bronce, acorralaba por completo a la indignada ave y volvía para comprobar si la mujer estaba bien.
–Es guapísimo –añadió su hermana con un suspiro.
–No puedes saberlo –protestó Ruby–. Lleva una máscara que le cubre la mitad de la cara.
–Se comporta como un hombre que no necesita ser guapo pero lo es. Y mira esos hombros. Y cómo le llenan los muslos los pantalones oscuros.
A pesar de las protestas de Ruby, Molly tenía razón. El hombre exudaba poder y confianza en sí mismo. Y también le resultaba bastante familiar…
«No es él», se dijo a sí misma fijándose en el modo en que sus labios adquirían una sonrisa medio cínica mientras la agradecida mujer le agarraba el brazo y le susurraba algo al oído.
No podía ser él. Sam Ventura vivía en Los Ángeles.
En aquel momento se acercó a ellas una amiga de Molly, y Ruby se ofreció a ir a la barra a pedir unos cócteles para las tres. Las dejó charlando y se puso en la cola del bar. Suspiró. Molly creía de verdad que el amor la esperaba al doblar cada esquina, mientras que Ruby pensaba que lo que le acechaba era el peligro. Le había costado mucho conseguir su independencia como para entregársela a un hombre que seguramente querría que transigiera con todo y luego se marcharía sin mirar atrás. Un hombre como su padre. Un hombre como Sam Ventura.
No, eso no era justo. Tal vez Sam no le cayera demasiado bien, pero no le conocía lo suficiente como para compararlo con su padre. Pero, en cualquier caso, ¿por qué darle a un hombre que tenía la palabra «rompecorazones» escrita en la cara la oportunidad de demostrarle que lo era? ¿Y por qué seguía pensando en él?, se preguntó frustrada.
El amor volvía a las mujeres razonables pacientes de siquiátrico y ella lo sabía. Solo hacía falta ver cómo se había quedado tras solo besar a aquel hombre una noche tonta. La había estrechado entre sus brazos y estuvo a punto de perder la dignidad… y la ropa interior. No estaba enamorada de él, pero desde luego lo deseaba y aquello había sido más que suficiente para mantenerla despierta algunas noches.
–Lo siento, cariño –susurró una voz masculina demasiado cerca de su oreja cuando la empujó ligeramente por detrás.
Ruby miró de reojo y vio a cuatro personajes coloridos con máscaras estilo del Zorro con los ojos clavados en su escote. Se volvió a girar ignorándolos mientras esperaba a que la mujer que estaba delante de ella se llevara las copas que había pedido.
–Así que yo le dije: escucha, nena –el tipo que la había empujado siguió hablando–. Si quieres ya sabes dónde encontrarme. Pero si tardas mucho tal vez ya no esté.
Ruby puso los ojos en blanco. Aquellos eran chicos de colegio disfrazados de hombres, pensó escuchando a medias las historias que intercambiaban sobre sus encuentros sexuales.
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