Filosofía de la finitud - Joan-Carles Mèlich - E-Book

Filosofía de la finitud E-Book

Joan-Carles Mèlich

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La finitud no es la muerte sino la vida. Si somos finitos es porque vivimos siempre en despedida y no podemos controlar los deseos, recuerdos y olvidos, porque el nuestro es un mundo que nunca nos pertenece del todo, ni será plenamente cósmico, ordenado o paradisíaco. Somos el resultado del azar y de la contingencia y no tenemos más remedio que elegir en medio de una terrible y dolorosa incertidumbre. Una vida finita no conseguirá eludir la amenaza del caos, ni estará capacitada para cruzar las puertas del paraíso. Ser finito significa que no podemos crear a voluntad nuestra existencia, porque, querámoslo o no, recibimos una herencia que nos obliga a resituarnos a cada instante. Se trazan en esta obra algunas escenas antropológicas que configuran nuestra vida cotidiana: la experiencia, el olvido, el mal, el deseo, el placer, el silencio. La filosofía aquí esbozada tratará de mostrar la fragilidad y la vulnerabilidad de la vida y de pensar la ética y la educación desde esta perspectiva. Estamos ante el relato fragmentario del recorrido por unas sendas para las que no contamos con brújulas ni cartas de navegación.

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Seitenzahl: 221

Veröffentlichungsjahr: 2012

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JOAN-CARLES MÈLICH

FILOSOFÍA DE LA FINITUD

Herder

Diseño de la cubierta: Michel Tofahrn

Imagen de portada: Agustí Penadès

Maquetación electrónica: José Luis Merino

© 2011, Joan-Carles Mèlich

© 2011, Herder Editorial, S. L.

© 2012, de la presente edición, Herder Editorial, S. L.

ISBN: 978-84-254-2882-1

La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los títulos del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.

Herder

http://www.herdereditorial.com

Per la Tona i l'Helena

El mayor esfuerzo de la vida es no acostumbrarse a la muerte.

ELIAS CANETTI, La provincia del hombre

Lo que pueda alcanzar con una escalera, no me interesa.

LUDWIG WITTGENSTEIN, Observaciones diversas. Cultura y valor

INTRODUCCIÓN:

SOBRE LA FINITUD, LOS ACONTECIMIENTOS

LOS ESPECTROS Y OTRAS INQUIETUDES

De todas esas personas, ¿quién soy?

Depende mucho de la estancia en que me encuentre.

(Virginia Woolf, Las olas)

No me han interesado nunca esas filosofías que hablan del espíritu, del conocimiento, de la realidad y de la eternidad al margen del cuerpo, del tiempo y del espacio, de la vida y del mundo, del azar y de la contingencia, del otro y de la muerte. Siempre me han aburrido los sistemas de ideas claras y distintas en los que todo encaja, esos sistemas que seducen por su lógica —a menudo una lógica de lo cruel— pero que no tratan de la existencia finita y mortal. A estas filosofías metafísicas no las soporto. En lo que a mí respecta, comienzo a pensar —para decirlo con Unamuno— a partir del hombre de carne y hueso que nace, sufre y muere, sobre todo muere. O, parafraseando a Nietzsche, confieso que llevo toda la vida intentando liberarme del «híbrido de planta y fantasma» que ha recorrido y todavía recorre de cabo a rabo la ética y la pedagogía occidentales.

Para decirlo sin rodeos, me gusta el diario, el aforismo, el apunte y la nota. Me fascinan los preámbulos, los excursus y los apéndices. Soy amigo de esos pensadores que, en la estela de Heráclito, han creado un mundo fragmentario: Montaigne, Schopenhauer, Nietzsche, Wittgenstein, Canetti, Derrida… Creo que es necesario perderle el miedo tanto a la idea que surge de repente, que no puede ser ni argumentada ni desarrollada en profundidad, como a su provisionalidad, porque nada de lo que hago puede superarla, porque la provisionalidad es uno de esos ineludibles de la condición humana.

Me seducen las preguntas que no pueden responderse, las de verdad, ésas me sobrecogen, me infunden respeto y temor. Por eso desconfío de los tratados sistemáticos que tienen respuesta para todo. Admiro la honestidad de los que reconocen humildemente que sus ideas son incompletas y frágiles. (Hace tiempo que creo que la fidelidad a los grandes principios no es un asunto humano, sino algo que se halla más cerca de la inhumanidad, de los infiernos terrenales, de esos infiernos que han dejado una huella imborrable en el siglo XX.)

Desde hace muchos años mis escritos se inician a partir de una experiencia que me atraviesa: la muerte —tanto mi propio morir, mi ir muriendo, como el de los demás—, y el hecho de que sobrevivo, a mi pesar, a la muerte de los que amo. Sé, desde hace demasiado tiempo, que no tengo más remedio que pensar desde esta experiencia y que es necesario aprender a vivir con las ausencias y con los ausentes, con los espectros de los que ya no están y no volverán jamás, con esos espectros que me asedian en los momentos más insospechados, que rompen la dicotomía entre la presencia y la ausencia, con esos que, precisamente porque son espectros, no están del todo presentes ni del todo ausentes…

***

En esta atmósfera nació, hace diez años, una primera versión de esta Filosofía de la finitud (Barcelona, Herder, 2002). Ya en aquel momento no la imaginé como un escrito entre otros, como un texto que ocuparía un cierto tiempo de mi vida y que más adelante podría dedicarme a otros menesteres. Tanto en ese primer instante como ahora mismo —diez años después, al redactar esta introducción—, sigo pensando que esta filosofía constituye la clave de bóveda de todo lo que pensaba y sigo pensando, de todo lo que escribía y sigo escribiendo, de todo lo que me preocupaba y me sigue preocupando y de todo lo que vivía entonces y, de una manera u otra, revivo todavía hoy. Por eso sugiero la posibilidad de que esta Filosofía de la finitud se lea como un largo prólogo, como un texto preliminar, como un pórtico, y no como un tratado o una investigación. (Porque, dicho sea de paso, hoy, al menos en el ámbito universitario, todo el mundo investiga pero casi nadie lee, estudia o escribe.) No obstante, no quiero dar a entender con esto que esta Filosofía de la finitud sea un prólogo a algo más serio o más profundo. Es simplemente un ensayo en medio de otros preámbulos a ideas —poco sistemáticas, porque nunca he tenido voluntad de sistema— que han ido tejiendo poco a poco, casi sin querer, una reflexión antropológica, ética y pedagógica que no pretende ofrecer algo terminado o cerrado, algo susceptible de transmisión sin más, algo que deba ser repetido, estudiado o citado (que además de vanidoso sería insoportable), sino más bien un intento de dar a pensar (no de dar algo pensado) y a sentir (no de dar algo sentido)… —aunque esto, es verdad, pueda sonar enormemente pretencioso—.

En una palabra, lo que procuro en las páginas que siguen no es otra cosa que dibujar lo humano —y, por tanto, también lo inhumano, puesto que nunca puede darse lo primero sin la presencia inquietante de lo segundo— desde la finitud. Quizá más de uno esperaría que en una introducción como ésta se definiera desde el comienzo qué se entiende con esta palabra, que, como digo, constituye el punto de partida de todo lo que he escrito hasta ahora y, con toda seguridad, se convertirá en la base de obras posteriores. Voy a intentarlo, aunque ya advierto que es imposible dar una definición clara y distinta.

***

Diré, para empezar, que para mí finitud es sinónimo de vida. Y habría que subrayar algo más: no hay que identificar, como suele hacerse de forma apresurada, muerte con finitud. Es necesario dejar bien claro, aun a riesgo de ser reiterativo (y pesado, también, claro, demasiado pesado), que la finitud no es la muerte sino la vida.

Somos finitos porque vivimos y, por lo tanto, porque nacemos y heredamos, porque somos el resultado del azar y de la contingencia, porque no tenemos más remedio que elegir en medio de una terrible y dolorosa incertidumbre, porque somos más lo que nos sucede (los acontecimientos) que lo que hacemos, proyectamos o programamos, porque vivimos siempre en despedida, porque no podemos someter a control nuestros deseos, nuestros recuerdos y nuestros olvidos, porque tarde o temprano nos damos cuenta de que lo más importante escapa a los límites del lenguaje. Para una filosofía de la finitud, entonces, lo decisivo no puede ser dicho, nunca podrá ser dicho, a lo sumo se mostrará en el silencio de las palabras, en los espacios en blanco de la escritura. Para la finitud lo que resulta interesante es, como ya se verá, lo otro, lo radicalmente otro, eso que no es asimilable, ni comprensible, ni adaptable, ni clasificable, ni ordenable… ni nombrable.

Somos finitos porque el nuestro es un mundo que nunca es del todo nuestro, ni podrá ser plenamente cósmico, ordenado o paradisíaco, porque un cosmos, desde la perspectiva de la finitud, no consigue eludir la amenaza del caos, de lo extraño, de «eso» que es radicalmente otro. Y también porque no estamos capacitados como humanos para cruzar las puertas del paraíso. Si algo así sucediera descubriríamos, sin duda, que ese paraíso posee un rostro infernal. No podemos entrar en este reino porque en el paraíso, si algo así existe, lo otro es imposible, impensable, inimaginable. No hay otro en el paraíso, sólo lo mismo. (Quiero aclarar que siempre me he imaginado el paraíso al modo de Parménides, como un Ser pleno, compacto, estable, inmóvil, eterno…)

***

La finitud es sinónimo de una vida que no poseemos del todo. La vida nunca es completamente nuestra, porque no podemos crearla a voluntad, porque siempre existimos en condición de herederos, porque, querámoslo o no, recibimos una herencia que nos obliga a resituarnos a su favor o en su contra (eso es ahora irrelevante), pero en todo momento desde ella.

Es verdad que, en ocasiones, la herencia es un regalo bien recibido, pero otras veces aparece bajo una terrible máscara y queremos deshacernos de ella cuanto antes, lo más pronto posible intentamos echarla al cubo de la basura, olvidarla como se intenta olvidar una pesadilla, pero descubrimos con estupor que somos incapaces de hacerlo, que no podemos liberarnos de su pesada materialidad y que no tenemos otra solución que aprender a soportarla.

Somos finitos porque el nuestro es un mundo habitado por ausentes, porque la presencia plena es imposible, porque la presencia plena es la muerte. Somos los otros de nosotros mismos. Nunca nos tenemos por completo porque hay una alteridad que surge a modo de una ausencia que no deja de asediarnos. Siempre, en los momentos más insospechados, como les ocurre a Gabriel Conroy y a su esposa en el relato de James Joyce «Los muertos», alguien se echa de menos. La condición humana es la de seres en falta. Ya sea por el tiempo perdido o por el tiempo deseado, no hay vida humana completa. Podemos ser felices, es cierto, pero no existe un reino de la felicidad. La presencia total y la plenitud extrema no son posibilidades humanas.

***

Por todo ello, sin quererlo ni imaginarlo siquiera en un principio, la primera edición de esta Filosofía de la finitud preparó el camino a una obra posterior, Ética de la compasión (Herder, 2010). Aquí empezaba reflexionando sobre la herencia, sobre lo que la herencia significa, porque ninguno de nosotros comienza de cero, porque no empezamos con las manos vacías. Al nacer heredamos una gramática —un universo normativo-simbólico— que estructura nuestra experiencia. Heredamos una gramática que ordena, clasifica y conceptualiza, que incluye y excluye, que prescribe. De todo esto se encarga la herencia gramatical, que no es otra cosa que unconjunto de signos y símbolos, de mitos, tradiciones y rituales, de valores, hábitos y costumbres que estructuran nuestra vida cotidiana y configuran un mundo dado por supuesto.

Hay un mundo en cada gramática, por eso al heredar una gramática también heredamos un mundo, uno que se está haciendo y que nunca está hecho del todo pero que nos posee, nos determina, nos sitúa. El mundo que heredamos nos obliga a entrar en unos marcos (morales, jurídicos, políticos, estéticos, religiosos… incluso científicos), que son imágenes de lo que está bien y de lo que está mal, de lo que puede hacerse y de lo que está prohibido, de la buena y de la mala conciencia. Pero hay que andarse con cuidado aquí, porque, como se advierte al inicio de Ética de la compasión, el mundo no es la vida. Mundo y vida no son lo mismo. Cada uno de nosotros posee mundo, eso es indudable, indiscutible, pero algunos carecen de vida…

A diferencia del mundo, la vida no se hereda, al contrario, se inventa a cada momento, hic et nunc. Se podría objetar que la vida se inventa desde el mundo… y es verdad, se inventa desde mi mundo, pero también contra el mundo. No puede haber vida sin transgresión del mundo. Una vida que no suponga una forma u otra de transgresión del mundo no es una vida humana. (Y éste será el lugar en el que aparecerá la ética.)

Ahora bien, transgresión no significa solamente la posibilidad de imaginar otros mundos, la posibilidad de imaginar que otro mundo es posible. Hay una cuestión todavía, si cabe, más importante, más relevante, más decisiva: lo que la vida significa es, ni más ni menos, que ningún mundo será plenamente nuestro, que nunca estaremos reconciliados con un mundo, sea el que sea. A lo sumo puedo imaginar el mundo que no quiero habitar de ninguna de las maneras, pero nunca podré dibujar el mundo óptimo, perfecto, paradisíaco. No, no es sólo que no podamos vivir en este mundo, es que no es ni siquiera imaginable porque está totalmente al margen de nuestras posibilidades. La finitud nos impide incluso pensarlo.

Una vida finita es, entonces, una vida en la que se sabe que, en cada mundo, uno no tiene más remedio que ir avanzando y retrocediendo a salto de mata. Mi biografía surge como el relato de estos avatares, un relato incompleto, singular y ambiguo, como las olas a las que se refiere Virginia Woolf en su novela, porque si algo hay de ineludible en mi vida es el hecho de que estoy sometido al azar y a las casualidades del tiempo, al poder de los acontecimientos.

***

Una filosofía de la finitud como la que se esboza en este ensayo tratará de mostrar precisamente eso: la fragilidad y la vulnerabilidad de la vida humana. No comenzamos con las manos vacías porque desde el preciso instante del nacimiento ya somos algo… o alguien. Y al ser algo… o alguien, también hay algo… o alguien que no somos, que no podemos ser, que no debemos ser. Una de las consecuencias de la gramática que hemos heredado es justamente ésta: decirnos ab initio lo que no somos. Heredamos una naturaleza biológica y cultural, una identidad, pero —insisto— la vida está en otra parte… La vida está frente al mundo. Es la posición que, desde la gramática que heredamos, tomamos en el mundo. Por eso la vida está en los límites de la gramática, la vida aparece en sus zonas oscuras, en sus intersticios…, la vida no se puede nombrar, no se puede decir…

Hacemos nuestra vida, sin duda, pero sobre todo la padecemos, porque la vida no es tanto lo que uno hace sino más bien lo que a uno le sucede. O, mejor, la vida es lo que uno hace con lo que le sucede. En otras palabras, para una filosofía de la finitud la vida es una especie de trato con los acontecimientos. Es verdad que este trato siempre estará mal resuelto, porque uno tiene la sensación de que nunca acaba de resolver adecuadamente las interpelaciones de los sucesos que le asaltan en instantes del todo insospechados. Para una filosofía de la finitud esto es algo que no debería sorprender porque es otra de las formas en las que la finitud se expresa. Por eso, lo que uno hace con lo que le sucede, con los acontecimientos que le asaltan, no permite tener buena conciencia, porque los acontecimientos son improgramables y, por lo tanto, es imposible ser competente para resolverlos, porque uno puede decir un acontecimiento pero no lo puede predecir.

Los acontecimientos desafían nuestras lógicas, nuestros órdenes discursivos, nuestros marcos epistemológicos, morales, políticos, estéticos y religiosos. Como ya he dicho en otros lugares, después de la experiencia de un acontecimiento nada es como antes, nada. No podemos dar cuenta de los acontecimientos acudiendo a un conocimiento de experto, ni tampoco echando mano de unos valores o de unos códigos deontológicos. Frente al desgarro que producen los acontecimientos, a los seres finitos sólo nos queda la experiencia. Pero, como veremos a lo largo de las páginas que siguen, eso no significa que pueda servir de ayuda algo que hicimos en un tiempo pasado, algo que nos fue útil en otra ocasión. Al contrario, lo que la experiencia nos enseña es que todo acontecimiento es singular y que sólo se puede dar cuenta de su singularidad in medias res. Dicho de otro modo, lo que la experiencia nos enseña no es que el hombre sea el único animal que tropieza con la misma piedra, sino algo bien distinto, a saber, que el hombre es el único animal que nunca se encuentra dos veces con la misma piedra.

Por ello no puede haber una teoría del acontecimiento, sino sólo una narración. Tampoco debe entenderse el presente ensayo como una teoría de la finitud. Nada más lejos de mi propósito aquí que construir una especie de marco teórico. Lo que ya me propuse en su momento era algo bien distinto de una teoría, era, a saber, narrar algunas escenas antropológicas en las que la finitud hace su aparición. Este libro es el relato fragmentario, tentativo y discontinuo (a veces por culpa de la incapacidad de quien esto escribe) del recorrido por unas sendas para las que no contamos ni con brújulas ni con cartas de navegación.

Algunas de estas escenas son el olvido, el mal, el testimonio, el silencio, el placer… Pienso ahora que en todas ellas se halla un denominador común, es posible que en algunos casos aparezca de forma excesivamente disimulada, un denominador que con el paso del tiempo ha ido cobrando consistencia: la ausencia. Tal vez podría calificarse a la filosofía de la finitud de filosofía de la ausencia, de esas «presencias inquietantes» a las que me refiero a lo largo del libro y que lo son porque enmascaran ausencias, porque si de verdad somos finitos, si nuestras vidas son finitas, es, seguramente, porque ni lo que somos, ni lo que tenemos, ni lo que heredamos, ni lo que deseamos, ni lo que amamos… está totalmente presente.

Lo diré de otro modo: para un ser finito la presencia es la muerte y, por lo tanto, si vivimos en la finitud es porque nuestra vida se sostiene (¿desgraciadamente?) en ausencias. Pero éstas son ausencias que no dejan de estar presentes. ¿Qué significa esto? Significa que son ausencias espectrales.

Joan-Carles Mèlich

Gracia (Barcelona), 1 de septiembre de 2011

PÓRTICO:

PRESENCIAS INQUIETANTES

La principal categoría de la finitud es el tiempo.

Ser finito significa ser temporal.

(Paul Tillich)

No hay texto sin contexto. Todo lo que hacemos y decimos, lo hacemos y lo decimos en un contexto. Todo lo que recibimos, todo lo que leemos, todo lo que interpretamos, lo recibimos, lo leemos y lo interpretamos en un contexto. Somos finitos. Ésta es —al mismo tiempo— la grandeza y la miseria de nuestra condición. Y desde la ineludible finitud podemos imaginar otros mundos, infinitos mundos, otras historias, infinitas historias... Aquí se halla una fuerza inmensa de la palabra humana, aunque quizá debería utilizar el plural y escribir «palabras», porque toda palabra es «múltiple», incluye gestos, signos, símbolos, imágenes, conceptos, categorías, fórmulas, miradas… La palabra dice lo que dice, pero también siempre dice más de lo que dice, dice de otro modo, y al decir de otro modo incluye algo no dicho, o no dicho del todo, y muestra lo que queda por decir y lo imposible de decir… Y esto es lo más importante.

Desde un principio deseo compartir con el lector una inquietud: se trata de reflexionar sobre la finitud, de hablar de aquello de lo que probablemente no se pueda hablar en sentido estricto, porque no es reducible ni a conceptos ni a categorías. La primera paradoja de este libro, pues, está ya sobre la mesa: tal vez nada se puede decir de la finitud, tal vez la finitud sólo puede mostrarse.

El presente texto dibuja algunos aspectos ineludibles de la existencia humana, de los seres corpóreos inscritos en un trayecto histórico, en un tiempo y en un espacio. Por esta razón está escrito en forma de ensayo, porque lo que se encuentra en el espacio y el tiempo no se puede controlar, ni programar, ni planificar, ni definir. Un ensayo no es sistemático, ni tampoco tiene un desarrollo ascendente. Ensayar es como dar un paseo, algo así como perderse en los caminos de un bosque o en las calles de una ciudad, porque no es fácil saber perderse, es más fácil saber orientarse…

El que escribe un ensayo no tiene miedo de ser parcial, de dejar sin resolver las cuestiones que trata, de utilizar lenguajes no categoriales. Por eso deseo advertir de antemano que este libro es una tentativa, un largo prólogo, quizá un pretexto. No he pretendido en absoluto ser original. No me cabe la menor duda de que otros ya han pensado lo mismo que yo, pero a pesar de ello me parece que no está de más poner estas ideas sobre el papel y mostrar cuál podría ser el horizonte filosófico y antropológico sobre el que se podría más adelante dibujar una ética.

El ensayo es un género de sombras, por eso el que esto escribe no teme la falta de rigor, la carencia de un argumento lógicamente bien articulado. Ensayar tiene la humilde pretensión de mostrar el movimiento de la vida, y la vida no está nunca bien articulada. En ella no todo encaja, más bien lo contrario. En la vida se tienen pocas ideas claras y distintas, porque vivir es habitar un universo de ambigüedad y de ambivalencia, de azar y de contingencia, en una palabra, de perplejidad.

Una filosofía de la finitud no puede escribirse si no es ensayando, porque el ensayo se encuentra más próximo a la intuición que a la demostración. No «demuestra», simplemente «muestra», vive en la fragilidad, en el fragmento, en el aforismo, en la vulnerabilidad, en el instante, en la singularidad… y la finitud es, ante todo, el reconocimiento de esta radical e ineludible fragilidad, la ausencia de principios absolutos, universales y eternos. Como escribió Theodor W. Adorno:

Por lo que se refiere al procedimiento científico y a su fundamentación filosófica como método, el ensayo, según su idea, explicita la plena consecuencia de la crítica al sistema. […] La duda sobre el derecho absoluto del método no se ha realizado casi, en el modo de proceder del pensamiento, sino en el ensayo. El ensayo tiene en cuenta la conciencia de «no identidad», aun sin expresarla siquiera; es radical en el «no radicalismo», en la abstención de reducirlo todo a un principio, en la acentuación de lo parcial frente a lo total, en su carácter fragmentario […].[1]

El ensayo nos enseña los fracasos de los conceptos, porque éstos, y concretamente los metafísicos, no sirven para comprender el sentido del acontecer, del cambio, del mal, del nacimiento, de la muerte. Siguiendo de nuevo a Adorno diría que el ensayo[2]

[...] se yergue sobre todo contra la doctrina, arraigada desde Platón, según la cual lo cambiante, lo efímero, es indigno de la filosofía; se yergue contra esa vieja injusticia hecha a lo perecedero, injusticia por la cual aún vuelve a condenársele en el concepto.

El que escribe un ensayo rechaza la soberbia presunción de haber llegado a la Verdad. Por eso no debe pensarse que he querido dar aquí a la finitud el carácter de un primer principio absoluto, inmóvil, a partir del cual se puede construir un Sistema. Al contrario. Lo que querría mostrar —o ensayar— en las páginas que siguen es que la finitud, en cuanto presencia inquietante estructural en toda vida humana, también abre una serie de presencias inquietantes, en plural, localizables hic et nunc, que imposibilitan, o incluso pervierten, cualquier pretensión de tratarlas sistemáticamente.[3] A mi juicio el ensayo es la forma literaria que adopta la palabra humana para mostrar con más precisión la finitud.

Este ensayo muestra que la peculiar belleza de la condición humana reside justamente en su fragilidad y en su vulnerabilidad. Somos los hijos del tiempo. Nacemos y morimos en la provisionalidad, en la insuficiencia y en la insatisfacción. Por esta razón defiendo aquí una tesis mayor; a saber, que la finitud representa una condición de la naturaleza humana e inhumana porque siempre que aparece lo humano surge al mismo tiempo ineludiblemente lo inhumano. En otras palabras, lo inhumano no es la ausencia de lo humano sino su presencia, porque si hay humanidad hay ambigüedad y, por lo mismo, posibilidad de inhumanidad.

Ahora bien, aunque la finitud sea estructural, todo lo que pertenece a la naturaleza de los hijos del tiempo tiene que concretarse en una historia, en un trayecto histórico. Lo diré de otro modo. En cada tiempo y en cada espacio, cada uno vive su finitud de formas y de maneras diferentes, la expresa en lenguajes distintos, encuentra o descubre su falta de sentido. Por eso los hijos del tiempo pueden vivir su finitud con alegría o con dolor, o de las dos maneras al mismo tiempo, pero siempre de forma inquietante.

***

Mi punto de partida es el siguiente: los seres humanos no somos nunca de un modo definitivo, no disponemos de ninguna situación dada —de ningún mundo— que pueda ser considerada propia o perfecta. Por eso podríamos decir que somos «seres sin centro» o, mejor dicho, expulsados del centro, excéntricos.[4] En otras palabras, el ser humano es un animal que no encaja, que no puede quedar descrito de forma clara y distinta por ninguna teoría, por ningún concepto, por ningún lenguaje, porque, si se quiere formular con la acertada expresión de Peter Sloterdijk, el animal humano es un ser «un poco extraviado».[5]

Para nosotros lo paradójico es que la normalidad es salirse de la norma.[6] Somos seres inadaptados, imprevisibles y, por tanto, siempre provisionales. Por esta razón, porque la provisionalidad nos obliga a una incesante relectura y recontextualización de nuestras opciones, respuestas y decisiones, cada uno es un incansable aprendiz, un ser en constante proceso de formación, de transformación y de deformación.

Es necesario observar que lo que acabo de decir tiene como consecuencia inmediata el hecho de que, por ser finitos, no poseemos unas claves hermenéuticas «objetivas» para encontrar un sentido definitivo a nuestra vida. Pero no obstante, y a pesar de ello, estamos obligados al mismo tiempo a buscarlas, porque en todas partes, en los momentos más insólitos, nos asaltan preguntas que somos incapaces de responder de una vez por todas, unas preguntas que querríamos dejar de hacernos, pero que no cabe ignorar. No podemos dejar de formularnos interrogantes que se resisten a la respuesta técnica de los especialistas, de los expertos, y lo que resulta realmente inquietante es precisamente que no es posible dejar de plantearnos preguntas sobre el origen y el fin de la existencia, sobre el sentido de la vida, sobre el bien y el mal, sobre el destino y el azar… y que al mismo tiempo buscamos desesperadamente respuestas, algunas certezas siempre precarias, siempre provisionales, siempre en relación con la situación y el contexto, respuestas que no podrán ser claras y distintas, absolutas, eternas, universales e inmutables.