La experiencia de la pérdida - Joan Carles Mèlich - E-Book

La experiencia de la pérdida E-Book

Joan-Carles Mèlich

0,0

Beschreibung

Si hay humanidad también hay ausencia, carencia y pérdida. El mundo humano es un universo habitado por ausentes, por espectros que surgen de repente, por vacíos que nunca volverán a llenarse o, cuando menos, que nadie podrá llenar de la misma manera, porque el vacío permanecerá siempre vacío. En el mundo humano siempre se echa de menos a alguien —o algo. La condición humana es elegíaca. Ya sea por el tiempo perdido o por el tiempo desea­do, no hay vida humana completa, porque vivimos con la presencia inquietante de la carencia. Por esta razón, a pesar de que es cierto que podemos ser felices, no hay un reino de la felicidad. El ser humano es un animal que no acaba de encontrar su lugar en la vida, porque siempre es en relación con otros, con otros presentes y con otros ausentes. En La experiencia de la pérdida, Joan-Carles Mèlich ofrece una reflexión sobre la muerte y la ausencia del otro a partir de las claves de comprensión propias de su proyecto de «filosofía literaria», una filosofía marcada por la finitud, la indeterminación y la contingencia.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 111

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Joan-Carles Mèlich

LA EXPERIENCIA DE LA PÉRDIDA

ensayo de filosofía literaria i

Traducción del catalán y posfacio marta rebón

FRAGMENTA EDITORIAL

Título original

L’experiència de la pèrdua. Assaig de filosofia literària

Arcàdia, Barcelona, 2017

Publicado por

fragmenta editorial

Plaça del Nord, 4, pral. 1.ª08024 [email protected]

Colección

fragmentos

, 79

Primera edición

abril del 2022

Primera edición ePub

junio del 2024

Dirección editorial

ignasi moreta

Diseño de la cubierta

elisenda sevilla i altés

Fotografías de la cubierta y posfacio

marta rebón

Composición digital

pablo barrio

© 2017

joan-carles mèlich sangrà

por el texto

© 2022

marta rebón

por la traducción

© 2022

marta rebón

por el posfacio

© 2022

fragmenta editorial, s. l. u.

por esta edición

ISBN

978-84-10188-32-7

La produccción de esta obra ha contado con el apoyo del Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya

reservados todos los derechos

A la memoria de mis abuelos: Francesc, Enriqueta, Ramon y Maria

Todos tenemos amigos que han muerto en la guerra.

virginia woolf, La señora Dalloway

índice

1. Pórtico

2. Finitud y existencia

3. Una filosofía literaria

4. La pasión de la memoria

5. El ser en la ausencia

6. Poética del recuerdo

7. Presencias espectrales

8. El dolor de la escritura

9. El páramo de la nostalgia

10. La compasión y el consuelo

11. Telón

Lecturas y agradecimientos

Posfacio. Marta Rebón

Sobre este libro

Biografía

navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Epígrafe

Índice

Comenzar a leer

Notas

ipórtico

No es posible instalarse en ningún lugar. Orden en el desorden, creación en la destrucción, armonía en el caos. Hay una tensión inacabable —ineludible— en el ser humano, porque es espacio y tiempo, situaciones y relaciones, cuidado de sí mismo y de los demás. Son humanos la preocupación, el deseo de situarse, y, al mismo tiempo, lo son la imposibilidad de conseguirlo, la dislocación y el nomadismo. Estamos condenados a la desazón y a la zozobra. En un universo humano toda fijación es momentánea. Existimos en el reino de la provisionalidad. Por eso nadie es absolutamente humano, porque nadie es absolutamente nada. Nadie es humano del todo. O, dicho de otro modo, ser humano conlleva la imposibilidad de la presencia, de la presencia plena.

La plenitud es la muerte. Estar de «cuerpo presente» es morir. Nunca podemos ser del todo, porque hay una alteridad que nos atraviesa y nos rompe, una alteridad que surge, al margen de nuestra voluntad, a modo de una carencia que no deja de asediarnos. Una alteridad que está fuera de mí, pero también en mí, una alteridad que me posee, que tiene la forma de una marca, de una cicatriz que llevamos inscrita en la piel, en las entrañas.

Me constituye no solo una diferencia, sino también una alteridad radical que impide que mi identidad sea del todo mía, absolutamente fijada. No soy un yo unívoco, porque no coincido conmigo mismo, porque no estoy a solas, aunque quisiera estarlo, porque no soy fiel a los principios en los que me han educado, porque soy inconstante y contradictorio, porque cambio de parecer y de punto de vista, porque me encuentro en estrechos callejones sin salida en los que me quedo desorientado, porque no puedo usar manuales o ideas rectoras que me digan lo que tengo que hacer, lo que tengo que decir o lo que tengo que pensar. Me atraviesa una alteridad que no me deja tener reposo. Vivo en una incesante ambivalencia, ambigüedad e insatisfacción, porque nada puede saciar mis deseos, porque el deseo está perpetuamente insatisfecho, porque ni siquiera sé exactamente qué deseo, porque deseo algo que ignoro qué es, y porque los buenos momentos son un instante de calma efímera en noches de tormenta.

Si hay humanidad también hay ausencia, carencia y pérdida. El mundo humano es un universo habitado por ausentes, por espectros que surgen de repente, por vacíos que nunca volverán a llenarse o, cuando menos, que nadie podrá llenar de la misma manera, porque el vacío permanecerá siempre vacío, aunque alguien trate de ocuparlo. En el mundo humano siempre se echa de menos a alguien —o algo. La condición humana es elegíaca. Ya sea por el tiempo perdido o por el tiempo deseado, no hay vida humana completa, porque vivimos con la presencia inquietante de la carencia. Por esta razón, a pesar de que es cierto que podemos ser felices, no hay un reino de la felicidad. El ser humano no podrá cruzar —como humano— las puertas del paraíso. Es un animal que no acaba de encontrar su lugar en la vida, porque siempre es en relación con otros, con otros presentes y con otros ausentes. Por eso, no puede dejar de hacerse y de deshacerse. Vivir como humano es habitar en un cierto vagar, en un determinado desajuste. Es verdad que nadie es capaz de sobrevivir a la intemperie, pero uno tampoco puede quedarse siempre a cubierto, porque no es amo de sí mismo, de las situaciones que vive y de las relaciones que establece. Ser humano es vivir haciendo un trayecto, haciendo camino, un camino incierto que no se sabe adónde va a parar; es vivir expuesto, sometido al riesgo de los sucesos y de los acontecimientos. No se puede confundir un suceso con un acontecimiento. En ambos casos hay algo que irrumpe, pero mientras que en el suceso mi vida no se ve alterada de manera sustancial, y puede continuar con cierta normalidad, en el caso del acontecimiento se produce una grieta en mi tiempo, y nada puede volver a ser como antes.

Esta «condición situacional» inseparable de la existencia, esta vida en tensión, esta vida errante, este trayecto, a menudo provoca vértigo. Como en el conocido cuadro del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich, el vacío se abre bajo los pies del caminante: es un abismo sin fin, es un mar de nubes.

En el lienzo de Friedrich, el caminante que vemos de espaldas parece ignorar su pasado, sus inicios, y en su desajuste permanece mudo y misterioso. En su mirada hacia el abismo se abre un desierto de sentido, aunque para muchos sea de esperanza y de progreso. Son estos los que dicen que hay que avanzar al precio que sea, cueste lo que cueste, pero no está de más recordar —junto con Walter Benjamin— que no hay progreso sin barbarie. Si aceptamos la condición elegíaca de la vida, es probable que, en momentos críticos, solo encontremos en las referencias a lo que ya fue la posibilidad de orientación y de guía: unas posibilidades frágiles, sin duda, pero las únicas que están al alcance de un ser finito.

Desde que Nietzsche anunció la muerte de Dios —que no es sino la muerte de la metafísica, del mundo dado por supuesto—, vivimos en la orfandad, en un universo de nostalgias, de vacíos y de idolatrías. Son tres «enfermedades» que resultan de la ausencia de lo Absoluto, tres enfermedades ligadas a la experiencia antropológica del tiempo: la nostalgia del pasado, el vacío del presente y la idolatría del futuro. El habitante de este universo incierto y problemático necesita encontrar con urgencia puntos de apoyo, aunque ya no puedan ser universales; necesita una luz trémula, porque sabe que ya no tendrá acceso a la del sol, porque sabe que ya no puede, ni nunca podrá, salir de la caverna.

2finitud y existencia

No solo somosen el mundo, también somos del mundo. Somos herederos. Al nacer, heredamos un mundo que ya estaba hecho, o, para ser más precisos, un mundo que se estaba y aún se está constituyendo, porque el mundo nunca está del todo hecho, del todo acabado. En él rige una gramática que nos posee, que nos determina, que nos ayuda a ubicarnos. El mundo es un mundo interpretado, un mundo gramatical.1

Ahora bien, gramática no es sinónimo de lenguaje. Una gramática es un conjunto de signos, símbolos, gestos y normas que nos sitúa y nos permite interpretar el mundo que hemos recibido. Al mismo tiempo, la gramática nos proporciona los instrumentos para protegernos de la naturaleza, para regular las relaciones con los otros y con nosotros mismos.2 Podría decirse que una gramática es un ámbito de cierta inmunidad, es un conjunto de reglas que estructuran lo que cada cual de nosotros es —la identidad—, y establece categorías de reconocimiento, y también delimita y controla las relaciones entre los habitantes del mundo. La gramática ha sido incorporada, somatizada, anclada en la corporeidad. Nuestros gustos, nuestra sensibilidad, nuestra vocación, nuestra moral, a menudo todo eso no tiene nada que ver con una elección libre, sino con una producción gramatical. Para un ser finito es radicalmente imposible eludir su herencia gramatical, y, por eso mismo, diría que un individuo «agramatical», en el hipotético caso de que eso fuera posible, no sería solo un ente inadaptado socialmente, sino alguien que no habría abandonado la más pura animalidad. Ahora bien, también habría que recordar, como he manifestado en otros escritos, que, si bien nadie puede sobrevivir por completo al margen de una gramática, sí que es posible hacerlo en sus márgenes.3

Desde la niñez, pues, nos han educado en una gramática que nos obliga a entrar en lo que podríamos denominar unos «marcos sociales» (marcos de todo tipo, de aspecto moral, legal, estético, religioso, científico, económico y tecnológico), unos marcos externos y también internos.4 Estos marcos funcionan a modo de esquemas, de clasificaciones, de categorías sociales, que separan y delimitan lo que está bien de lo que está mal, lo que se puede hacer de lo que está prohibido, la buena conciencia de la mala, lo bello de lo feo, la verdad de la falsedad. En función de estas clasificaciones, los marcos determinan órdenes normativos, es decir, modelos y formas de comportamiento.5 La moral —que hay que diferenciar de la ética— forma parte de la gramática que hemos heredado al nacer. Siguiendo a Michel Foucault, diría que una moral es un conjunto de actitudes, de valores y de normas, que varios aparatos prescriptivos (como, por ejemplo, la familia, las instituciones educativas, las Iglesias o los medios de comunicación) transmiten al recién llegado, y que son propios de una gramática social concreta en un momento determinado de su historia.6 En consecuencia, no hay ningún ser humano sin gramática y, por la misma razón, tampoco hay ningún ser humano sin moral.

La gramática es propia del mundo, no de la vida. Desde la perspectiva de una filosofía literaria, que es la que adopto en este ensayo, mundo y vida no son lo mismo. Nacemos en un mundo —en un mundo interpretado, en un mundo gramatical—, pero el mundo no es la vida, y por eso sostengo que los marcos gramaticales solo pertenecen al mundo. Todos nosotros somos seres-en-el mundo, esto es indudable, indiscutible, pero, por desgracia, algunos no tienen vida.7 La vida es aquello que, poco o mucho, cuestiona la gramática, aquello que la hace tambalearse, aquello que la vuelve insegura. La vida se caracteriza por un incesante cuestionamiento del mundo, de los marcos sociales. La vida es transgresión inacabable. La vida está presente en las zonas sombrías del mundo, en sus márgenes. Por esta razón, toda vida —si es vida humana— está dotada de una (cierta) marginalidad. Por eso decía al principio que nunca somos del todo humanos, que nunca hay vida humana plena, en plenitud, porque, si algo así fuera posible, mundo y vida tendrían que coincidir, pero para un ser finito eso es imposible. Si mundo y vida coincidieran, dejaríamos de ser humanos porque seríamos plenamente humanos.

Así pues, a diferencia de lo que ocurre con la gramática, la vida no se hereda. En otras palabras, hay una «gramática», pero no hay «gramática vital». Esto quiere decir que, por lo que respecta a la vida, estamos a la intemperie. Vivir es estar al descubierto. Vivir es jugarse la vida. La vida se inventa, se configura en cada momento, en cada situación. Ciertamente, la vida se crea desde el mundo, desde mi mundo, pero nunca se detiene aquí, porque —insisto— la vida también es, de una manera u otra, contra la gramática que hemos heredado. Aquí, si hablo de una vida «humana», no me refiero ni a una vida buena, o bella, o justa, o plena…, sino todo lo contrario, a una vida que no puede ser nunca del todo buena, o bella, o justa, o plena. Por eso, lo que es humano está ligado a la finitud.

Ahora bien, exactamente, ¿en qué consiste la finitud? ¿Se puede precisar algo más el significado de esta (enigmática) palabra que constituye la médula de la existencia? Se podría decir, para empezar, que la finitud no es solo la muerte. Evidentemente, la muerte es un elemento determinante de la finitud humana. Somos finitos porque moriremos, porque sabemos que moriremos, porque podemos anticipar la muerte, porque vivimos muriendo, porque en cuanto un ser humano nace ya es lo bastante viejo como para morir.8 Pero muerte y finitud no son sinónimos. La finitud sería, dicho en pocas palabras, la manera que tenemos los humanos de ser en el mundo, y, por tanto, también de estar con los otros y con nosotros mismos. La finitud toma como punto de partida la materialidad de los cuerpos. Somos finitos porque somos corporeidad —un cuerpo que nace, que disfruta, que sufre y que muere—, porque somos contingentes —siempre somos más nuestros azares que nuestras decisiones—, porque vivimos en la ausencia del otro —porque vivimos siempre en despedida.9