La religión del ateo - Joan Carles Mèlich - E-Book

La religión del ateo E-Book

Joan-Carles Mèlich

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Beschreibung

La muerte de Dios es el fin del Absoluto, pero no el final de la religión. Hay otra forma de vivir, otro modo de hacer frente a las preguntas fundamentales de la vida, a los interrogantes acerca del sentido de la existencia. Es lo que Joan-Carles Mèlich ha llamado, siguiendo a Milan Kundera, la prosa. La prosa es la vida de las singularidades, de la materia no material, de los objetos que tienen su historia, de esos pequeños instantes de placer que abren las puertas al infinito. La prosa es el mundo de los encuentros casuales, de los abrazos antes de salir de viaje, de las caricias en los momentos en los que se abren las puertas del infierno. La prosa es el ámbito de la experiencia ética, la del estar-ahí, la de la respuesta a la demanda del cuerpo de alguien que sufre, la de la amistad, la de la fecundidad, la del erotismo y la del placer. Y la prosa es también la apertura a la religión del ateo, una religión contraria a lo sagrado, una religión prosaica en la que la bondad ha sustituido al Bien y en la que la compasión ha ocupado el lugar de la Justicia.

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Seitenzahl: 64

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Joan-Carles Mèlich

LA RELIGIÓN DEL ATEO

FRAGMENTA EDITORIAL

Publicado por

fragmenta editorial

Plaça del Nord, 4, pral. 1.ª08024 [email protected]

Colección

fragmentos

, 50

Primera edición

marzo del 2019

Primera edición ePub

junio del 2024

Dirección editorial

ignasi moreta

Producción gráfica

elisenda sevilla i altés

Diseño de la cubierta

albert planas

Fotografía de la cubierta

anna donaire

Composición digital

pablo barrio

© 2019

joan-carles mèlich sangrà

por el texto

© 2019

fragmenta editorial, s. l. u.

por esta edición

ISBN

978-84-10188-31-0

reservados todos los derechos

A Lluís Duch,in memoriam

…and so she envolved this atheist’s religion

of doing good for the sake of goodness.

Virginia Woolf,Mrs Dalloway

índice

Pórtico

I. La inocencia del devenir

II. El espíritu de la novela

III. Una formación prosaica

Telón. La religión del ateo

Sobre este libro

Biografía

navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Epígrafe

Índice

Comenzar a leer

Notas

pórtico

Al inicio de laCrítica de la razón pura, Immanuel Kant compara el pensamiento metafísico con una ligera paloma que piensa que volaría mucho mejor en un espacio vacío.1 La metafísica es una filosofía que cree posible alcanzar principios indudables, firmes y seguros, más allá del espacio y del tiempo, de la historia y de la contingencia.2 Es una filosofía de lo absoluto. En este ensayo trataré de considerar qué forma tendría una existencia transgresora con este pensar metafísico, una vida situada en la perspectiva del tiempo y de las situaciones o, si se prefiere, en lo que de ahora en adelante llamaré la prosa. Para ello tomaré como pretexto algunos fragmentos de las obras filosóficas de Friedrich Nietzsche y de Martin Heidegger, y también ensayos (y novelas) del escritor checo Milan Kundera.3 No se trata, por supuesto, de ofrecer un estudio exhaustivo (ni tampoco cronológico) de las tesis de estos autores, sino simplemente de que su lectura sirva de sugerencia sobre cómo pensar una vida en la prosa, esto es, una existencia construida después de la muerte de Dios, una existencia que sobrevive a las ruinas del pensamiento metafísico.

Digámoslo de otra forma. Vamos a considerar las condiciones de posibilidad de una vida inspirada, para decirlo kunderianamente, en el espíritu de la novela.4 ¿En qué consiste este espíritu? No cabe duda de que en los tres autores mencionados (Nietzsche, Heidegger y Kundera) hay un tema común, a saber, una reivindicación del tiempo y, por lo tanto, de las ambigüedades, de las perspectivas, de las relaciones y de las situaciones. En consecuencia, en los tres descubrimos una crítica radical al pensamiento metafísico. En palabras de Heidegger, se diría que esta crítica da comienzo con una mirada puesta en la vida fáctica.5 A eso es a lo que llamo prosa.6 A diferencia de lo que la metafísica sostiene, lo que voy a argumentar es que «lo humano» no es una esencia trascendente, inmutable, universal y eterna, sino algo prosaico, algo inseparable del mundo, del tiempo y del espacio, de la inevitabilidad del azar. El existente humano nace en un mundo que no ha escogido y del que hereda una gramática que no se puede poner entre paréntesis.7 Somos, ab initio, seres situacionales, habitamos unas historias en las que no acabamos de estar nunca del todo instalados. No existe un Absoluto que ofrezca a la existencia un sentido más allá del espacio y del tiempo. Mientras que la metafísica contempla lo humano desde lo eterno, desde el exterior de la caverna, lo prosaico lo hace desde la tierra. No hay, en la prosa, un modelo, un guía que nos oriente en el camino de la vida. Milan Kundera dio buena cuenta de esta cuestión en su novela La insoportable levedad del ser: «El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores.»8

Vivimos a la primera, sin ensayo posible. Sostiene Kundera que la vida parece un boceto, pero tampoco boceto es la palabra adecuada, porque un boceto es la preparación de algo, y la existencia no es una preparación para nada, es como un borrador sin cuadro. Vivir así, sin tener puntos de referencia absolutos o guías que indiquen cuál es la decisión correcta, es una fuente de angustia.9 A diferencia del miedo, que es provocado por algo concreto, en la angustia lo que amenaza no está en ningún lado. Entonces ¿de qué nos angustiamos? Sin duda, de la vida misma, una existencia sin faros que nos orienten en las noches de tormenta. La vida que nos describen Heidegger y Kundera es una existencia en la que «Dios ha muerto».10 Esta expresión muestra que el mundo suprasensible, el mundo de las ideas de Platón, el sol que el hombre liberado de sus cadenas podía contemplar al salir de la caverna, ha dejado ya de operar. Heidegger se ocupó largo y tendido de comentar esta frase de Nietzsche, especialmente en un ensayo incluido en su libro Caminos de bosque. Se podría pensar, escribe Heidegger, que la frase «Dios ha muerto» simplemente expresa una opinión del ateo Nietzsche y que no deja de ser una posición personal. Sin embargo, la realidad es otra bien distinta. «Dios» es «el nombre para el ámbito de las ideas y de los ideales».

La frase «Dios ha muerto» —sigue diciendo Heidegger— significa que el mundo suprasensible ha perdido su fuerza efectiva. No procura vida. La metafísica, esto es, para Nietzsche, la filosofía occidental comprendida como platonismo, ha llegado al final. Nietzsche comprende su propia filosofía como una reacción contra la metafísica, lo que para él quiere decir contra el platonismo.11

Si «Dios ha muerto», entonces, continua Heidegger, «ya no queda nada a lo que el hombre pueda atenerse y por lo que pueda guiarse.12 Como tendremos ocasión de comprobar, las consecuencias de la ruina de la metafísica son inmensas. Pero de ellas nos ocuparemos más adelante; de momento basta con dejar claro el hecho de que de la «muerte de Dios» puede surgir una visión de la existencia como prosa y, por lo tanto, como alternativa a este pensamiento metafísico que ha sido el dominante en la cultura occidental a lo largo de dos mil quinientos años.13 Esta prosa arremete contra todas las formas filosóficas, políticas, morales y religiosas totalitarias que reflejan este mismo pensamiento metafísico. En esta prosa se inscribe el «espíritu de la novela» del que hablará Kundera —el espíritu del humor, del detalle, de la ambigüedad, de la identidad, de la memoria…—, un espíritu que rompe con aquel modo de ser ascético (para decirlo de nuevo con Nietzsche)14 y que abre la posibilidad de una educación narrativa de la que me ocuparé al final de esta reflexión.

En este sentido, avanzo desde ahora la tesis que voy a desarrollar en las páginas que siguen. Una existencia situada en la prosa y, por lo mismo, una formación narrativa no tienen nada que ver con la adquisición de unas competencias o con una programación, sino con el aprendizaje de una «religión del ateo» en la que las relaciones y las situaciones se configuran sobre un horizonte en el que Dios ha muerto, en el que ya no hay puntos de referencia absolutos desde los que orientarse. Por eso, como veremos al final, en una formación narrativa, la ética —que no debe confundirse con la moral— desempeña un papel fundamental. En una formación así, la ética no es el resultado de la relación pedagógica, sino su condición de posibilidad.15