Derivas pragmatistasRamón del Castillo
I
La historia intelectual de Estados
Unidos esconde más capítulos de lo que parece. Durante años han
imperado ciertas versiones sobre sus ciclos un tanto sesgadas.
Ahora sabemos, gracias a nuevas crónicas, que el legado de John
Dewey, uno de los pensadores más importantes del siglo XX, no fue
enterrado después de la Segunda Guerra Mundial, y que antes de que
la filosofía hegemónica en Estados Unidos desde los años sesenta
entrara en crisis, ya hubo pensadores que, o no tomaron el giro
lingüístico hacia el que presionaba el tráfico académico, o que al
menos se detuvieron en un área de descanso para meditar antes de
tomar el desvío. Como en tantos otros campos, el conflicto
de narraciones –así lo llama Richard Bernstein– siempre ha formado
parte de la filosofía de Estados Unidos, entre otras razones porque
las ideas nunca están separadas de situaciones, y las situaciones
se comprenden y reconstruyen poco a poco. El apogeo y la caída de
John Dewey sería un hecho insustancial como mero episodio
académico. Su progresiva rehabilitación, desde mediados de los años
setenta, otro tanto de lo mismo.
Hasta mediados de los años
cuarenta, un pensador como Dewey representaba todo un modelo de
intelectual. Su obra era compleja, pero también popular; sus
intereses y actividades innumerables, su reputación y su
reconocimiento traspasaban los muros académicos. Sólo un personaje
como Bertrand Russell parecía igualarle en amplitud y altura, sólo
que Russell había alentado un modelo de intelectual muy distinto.
Para él, la idea de que los asuntos sociales pudieran recibir un
tratamiento científico era un despropósito, mientras que, para
Dewey, lo irrazonable era dejarlos en manos de la voluntad y el
sentimiento. Decir, como Russell, que cuando se escribe sobre
política uno escribe «como ser humano, no como filósofo» resultaría
de lo más extraño a Dewey. ¿Se es entonces sobrehumano cuando se
escribe como filósofo?[1] Conforme el positivismo y
la filosofía analítica empezaron a imponerse, Dewey sonó cada vez
más abstracto, ambiguo y hasta confuso. Entroncaba –se dijo– más
con la filosofía especulativa que con el espíritu del empirismo,
por mucho que en su día, tanto él mismo como su precursor, William
James, ensalzaran el espíritu científico contra los beatos,
defendieran el naturalismo contra el idealismo absoluto y se
proclamaran seguidores de las lecciones de Darwin. El filósofo que
había encarnado la introducción del espíritu experimental en los
asuntos humanos engrosaba, de repente, las filas del pensamiento
metafísico.[2] Pero, claro, para verlo
así, había que olvidar algunos hechos: por ejemplo, que Dewey
colaboró con la International Encyclopedia of Unified
Science de 1939,[3] que se entendió con Otto
Neurath, que Charles Morris se interesó por su pensamiento social,
que Charles L. Stevenson mantuvo polémicas con él, que Ernest Nagel
ensayó adaptaciones de su epistemología[4] y que Morton White trató
de reunir las tradiciones positivista y pragmatista.[5] Dio igual. Poco a poco,
la división entre la cultura científica y la humanista fue a más, y
su visión de la ciencia y de los valores pasó a ser tildada poco
menos que de peligrosa: su espíritu –llegó a decir más de uno– en
realidad sólo era un disfraz de un Espíritu Absoluto, teñido con
los colores de la bandera de Estados Unidos.[6]
En realidad, el problema no era que
las teorías de Dewey sobre el lenguaje, la lógica o el conocimiento
científico se consideraran extemporáneas e incluso dañinas. El
problema era que Dewey había escrito sobre psicología y cultura,
sobre historia y sociedad, había sido un teórico de la educación y
de la política, pero también un cronista y un activista, un
observador itinerante y un polemista comprometido, y las
ciencias sociales, evidentemente, igual que la filosofía,
también estaban virando en redondo, hacia un modelo mucho más
profesionalizado y científico.[7] Algunas de sus obras
políticas resultaban demasiado vagas; otras, demasiado pegadas a
las circunstancias. Por momentos, resultaba un tanto especulativo,
pero, en otros, tan circunstancial como un cronista o un ensayista.
Su modelo no cuadraba con el de unos nuevos profesionales de las
ciencias sociales que también denostaban a Max Weber. El legado de
Richard Ely o Herbert Croly se había perdido hacía tiempo y el
enfoque historicista de Thorstein Veblen quedaba atrás. La obra de
George Herbert Mead corría una suerte incierta y, para 1937,
Talcott Parsons, con La estructura de la acción social, ya
le había dado un empuje a un tipo de funcionalismo que acabaría
arrasando.
El clima político
contribuyó a ambos desplazamientos. Dewey había sido un reformista
radical, no un revolucionario,[8] pero no dejaba de sonar a
izquierda hegeliana y algunos de sus discípulos habían buscado
paralelismos entre el pragmatismo y el marxismo.[9] En 1937, Dewey defendió a
Trotski contra Stalin en México, y ejerció una fuerte oposición
contra el comunismo en Estados Unidos.[10] Pero, en 1939,
proclamaba que el totalitarismo no era un mal ajeno a Estados
Unidos.[11] Había sido un ferviente
defensor de la democracia participativa y un crítico de la
tecnocracia en el periodo de entreguerras, y ahora, en la
posguerra, percibía muy bien las ilusiones de la sociedad de masas
y la retórica del individualismo. Su estilo no era divertido, pero
tampoco intimidatorio. Se expresaba sin artificios técnicos y sin
poses filosóficas, a medio camino entre el análisis y el alegato,
la investigación y la narración. Los nuevos expertos, sin embargo,
prefirieron fomentar un estilo más científico, y predicar la
neutralidad axiológica. Uno era más objetivo y riguroso cuanto más
separaba la investigación de la situación, lo cual tenía su punto
de razón, sólo que, convertido en un dogma, servía para denostar no
todo lo que sonara a dialéctica, sino formas alternativas de
comprender cómo funciona el propio conocimiento científico. Fuera
como fuera, lo cierto es que muchos filósofos, amparados por sus
colegas de ciencias sociales, podían mantener la cabeza hundida en
sus problemas lógicos y, si la levantaban, inquietos, podían
reconfortarse leyendo La sociedad abierta y sus enemigos,
de Popper, un libro de 1945 perfecto para una Guerra Fría. Podían,
sin duda, defender sus convicciones democráticas con voluntad y
pasión, pero como filósofos debían conservar un cerebro de acero
inoxidable.
Lo más irónico de esta historia es
que, mientras los positivistas y sus epígonos tildaron a Dewey de
hegeliano y poco menos que de marxista, algunos europeos exiliados
lo tomaron por un craso positivista. Max Horkheimer (influido, como
tantos otros alemanes, por la versión del pragmatismo que Max
Scheler propagara en los años veinte) retratará en 1935 al
pragmatismo como una encarnación de la razón instrumental, y, en
1941, volverá a criticar el experimentalismo de Dewey.[12] Herbert Marcuse, al
menos, discutirá, en 1941, algunas ideas de Dewey sobre los
valores, después de leerse Teoría de la
valoración,[13] y Adorno, aunque de
pasada, elogiará la estética de Dewey.[14] Hannah Arendt, en
cambio, no parecía tener dudas y arremeterá contra El hombre y
sus problemas de Dewey, unos años antes de que publique
Los orígenes del totalitarismo.[15] Dewey cree –dice
Arendt– que la fuente de todos los males es el laissez
faire, pero no se da cuenta de que su espíritu científico de
planificación social también es parte del infierno. Su optimismo se
apoya en un espíritu tan supersticioso como ese mismo pesimismo que
quiere combatir. Los juicios autocomplacientes de Dewey sobre los
malos tiempos pasados y su fe en un progreso de una
humanidad que ha dejado atrás la esclavitud y la servidumbre
ocultan su incapacidad para entender una época de fábricas de
muerte y campos de concentración, donde los seres humanos «pierden
hasta esa utilidad social de la que los siervos y los esclavos no
se vieron privados». Es imposible, por lo demás –añade Arendt–,
estar realmente de acuerdo o en desacuerdo con la filosofía de
Dewey, dado que éste se enorgullece de estar próximo a la
experiencia y la realidad, pero de hecho se pierde en argumentos
tan abstractos que, por eso mismo, no pueden dejar de ser
sólidos, obvios y verdaderos. El filósofo, pues, vive refugiado en
una torre de marfil de abstracciones identificadas con el mismísimo
sentido común. Su intención es humanista, pero sus resultados,
antihumanistas.[16]
Hacia la década de los cincuenta,
no parecía que ni los exiliados antipositivistas ni los
positivistas triunfantes lograran descubrir algo interesante en las
obras políticas de un viejo demócrata. Es como si Dewey hubiera
pecado de ingenuo y su filosofía sólo fuera un espectro benévolo de
un mundo que se había desvanecido. Con todo, reducir el ciclo
intelectual filosófico de posguerra al triunfo del positivismo y
sus reformadores sería demasiado maniqueo. Sin duda, en Estados
Unidos hubo filosofía europea y local que sobrevivió en
departamentos de literatura o de historia, o incluso en algunos de
filosofía. Freud, Nietzsche y Marx no dejaron de captar la atención
de los jóvenes más rebeldes y, aunque con bastante menos
glamour, el legado Dewey siguió vivo de algún modo. Cuando
Richard Bernstein comienza sus estudios universitarios en 1949,
mencionar el nombre de Dewey era poco menos que un
anatema.[17] ¿Cómo es posible,
entonces, que acabara descubriendo a Dewey?
II
Richard Bernstein nació en
Brooklyn, en 1932, en el seno de una modesta familia judía, nada
intelectual. Los Bernstein procedían de familias inmigrantes
polacas y rusas. El padre era un vendedor de muebles apenas sin
estudios y la madre, una mujer más instruida de extraordinaria
capacidad organizativa que se volcaba en la familia y en el
voluntariado social. Vivieron en Borough Park, un barrio de clase
media y baja que después de la Segunda Guerra Mundial se poblaría
de hasidim, y luego se trasladaron a Long
Island.[18] En su adolescencia,
Bernstein perdió a varios familiares, entre ellos a un hermano
mayor en un B-17, derribado sobre Austria. Estudió en un instituto
público de Brooklyn, y una de sus primeras lecturas fue una versión
abreviada en inglés de El Capital. Ingresó en la
Universidad de Chicago en 1949 en un momento apasionante.
Considerada como «la mayor colección de jóvenes neuróticos desde la
cruzada de los niños»,[19] sus aulas alojaban a
alumnos como Susan Sontag, George Steiner o Philip Roth. Bernstein
apenas tiene 19 años cuando completa en dos años y un verano un
plan de estudios de cuatro. En 1951, obtiene su licenciatura con
honores en filosofía, pero es demasiado joven para que le acepten
en un programa de doctorado, así que decide seguir todo tipo de
cursos en la Universidad de Columbia durante dos años: griego,
literatura comparada y hasta encuadernación. Finalmente, obtiene su
grado suma cum laude en 1953, y tiene muy decidido hacia
dónde encaminarse: Yale, una de las pocas universidades de la Ivy
League que la filosofía analítica no ha colonizado, opción muy
atractiva no sólo para él, sino para Richard Rorty, compañero de
estudios en Chicago.
Rorty llega a Yale antes que él, en
1952, después de licenciarse con una tesis sobre Whitehead, para
hacer su doctorado con Paul Weiss, editor junto con Charles
Hartshorne de los Collected Papers de Charles S. Peirce.
Animado por Rorty, Bernstein decide marchar a Yale y en 1954,
apenas con 22 años, ya está dando clases como profesor asistente a
estudiantes prácticamente de su misma edad. En 1955, acaba su
máster y, en 1958, ya es doctor. En su círculo de amigos, no sólo
se cuentan Dick y Amelie Rorty. En 1955, se casa con Carol Lippit
(una estudiante de doctorado del programa de literatura a la que
conocía desde la época del instituto en Brooklyn) y el círculo de
amigos se ensancha con Geoffrey y Renée Hartman y Harold y Jean
Bloom. En pleno macarthismo y en un ambiente universitario muy
distinto al de Chicago («casi sacado de una novela de Fitzgerald»),
Bernstein colabora con asociaciones progresistas y activistas que
luego se convertirán en editores comprometidos. Enseña marxismo,
existencialismo, e incluso teoría constitucional. Entre 1953 y
1954, un curso de George Schrader sobre la Fenomenología del
espíritu «cambia totalmente el curso de su vida filosófica».
Luego devora un libro que se publica entonces, las
Investigaciones filosóficas de Wittgenstein, y que también
cambiará la cabeza a su generación. Será allí, en Yale, donde oiga
hablar por primera vez de Dewey, en un seminario organizado por
John Smith sobre La experiencia y la naturaleza, uno de
los libros más ambiciosos de Dewey, comparado por más de un
intérprete nada menos que con Ser y tiempo de Heidegger.
Smith (1921-2009) era una figura singular. A diferencia de Paul
Weiss (1901-2002), que encarnaba el deseo de una philosophia
perennis y usaba la historia de la filosofía como antesala del
pensamiento «sistemático», Smith era mucho más historicista y su
visión de la historia de la filosofía era más comparativa. Colocaba
a Dewey sobre un trasfondo metafísico, junto con filósofos europeos
como Hegel, Nietzsche y Heidegger.[20] Será ese modelo de
Smith –como Bernstein recordará varias veces– el que inspire su
tesis doctoral, John Dewey’s Metaphysics of Experience,
tutelada por Ch. W. Hendel[21] y defendida en
1958.[22]
En realidad, Bernstein tampoco se
privará de las enseñanzas de Weiss y se convertirá en el editor
adjunto de una publicación creada por Weiss a finales de los años
cuarenta, Review of Metaphysics.[23] Animado nuevamente por
Weiss, de hecho, se convertirá en su editor jefe desde 1964, pero
antes, en 1960, publicará John Dewey: On Experience, Nature and
Freedom, una extraordinaria introducción, selección y edición
de ensayos de Dewey. Cinco años más tarde, en 1965, demostrará que
no sólo le interesa Dewey y que sabe manejarse con el gigantesco y
complicado Charles S. Peirce.[24] En 1971, escribirá una
introducción para una edición de dos obras de William James,
Essays in Radical Empiricism y A Pluralistic
Universe,[25] pero un poco antes, en
1966, escribirá a contracorriente John Dewey, un pequeño
libro que se convertirá en una de las mejores introducciones a su
pensamiento y que nosotros recuperamos ahora como primera parte de
este volumen.[26]
Más de un lector diría que
Bernstein se había convertido en un experto en padres fundadores de
la filosofía estadounidense, pero su edición de 1960 y, sobre todo,
este libro de 1966 presagiaban algo bastante más complejo. La
vocación divulgativa del texto, creemos, sólo era comparable a la
de Sydney Hook en su libro de 1939, John Dewey. An Intellectual
Portrait.[27] Como el de Hook, el
retrato que Bernstein hacía de Dewey era de cuerpo entero, pero el
fondo era muy diferente, dado que reconstruía una visión
filosófica en un contexto totalmente nuevo, un contexto mucho más
fragmentado. El libro, sin duda, ayudó a mantener vivo el
legado de Dewey y favoreció un clima de recepción al que otros
trabajos (la biografía de George Dykhuizen y el estudio de James
Gouinlock sobre la teoría de los valores de Dewey) contribuyeron
posteriormente.[28] Hay varios aspectos del
libro que explican el interés que todavía hoy conserva: primero,
que para Bernstein no es posible entender la filosofía de Dewey
excepto en su conjunto. Tomar su lógica, o su psicología o su
teoría de la ciencia sin contemplar su horizonte educativo y social
sería absurdo. Pero tratar de defender sus valores políticos,
desentendiéndose del resto de su filosofía, sería otro tanto de lo
mismo. Segundo: Bernstein dejaba claro que la noción de experiencia
que manejó Dewey no era la misma que los seguidores del giro
lingüístico querían eliminar.[29] Este punto es
importante, dado que su amigo Richard Rorty, desde mediados de los
años setenta, también vindicará a Dewey como uno de los grandes
filósofos del siglo XX, junto con Heidegger y Wittgenstein, sólo
que expurgándolo de su metafísica de la experiencia y de sus
pretensiones teóricas.[30]
Hasta cierto punto, la lectura que
Bernstein hacía de Dewey parecía mediar entre mundos cada vez más
disjuntos. No convertía la noción de experiencia en la nostálgica
bandera que algunos ensalzaron como reacción al giro lingüístico. A
Bernstein las enseñanzas y el estilo de discusión de la filosofía
analítica no le parecían nada desdeñables, pero tampoco las veía
como una tabla de salvación, ni creía en las promesas de una nueva
y definitiva técnica filosófica, más rigurosa y sistemática. Como
Rorty, había tenido muy presente el cambio que, marcado por el
segundo Wittgenstein y figuras como Wilfrid Sellars (que también
enseñó en Yale), le había ayudado a entender los mitos empiristas y
las ilusiones del método. Sin embargo, a diferencia de Rorty,
Bernstein parecía presentir algo: ¿No podía convertirse el lenguaje
en otro fetiche? ¿No podían los juegos-de-lenguaje o las
prácticas lingüísticas reificarse y convertirse en otro
nuevo «mito de lo dado»? Dewey había tenido una visión de la
experiencia y del lenguaje que no cuadraba con el maniqueísmo de
ningún bando. La experiencia significaba para él algo muy distinto
a lo que entendía el empirismo, pero tampoco había concebido el
lenguaje como los analíticos reformados y su amigo Rorty. La
filosofía analítica, por lo demás, fomentaba una especialización y
una profesionalización excesivas, y quizá se transformaba
continuamente para dejar todo como antes. Bernstein también había
aprendido de Dewey que, cuando el pensamiento no se mantiene
conectado a las situaciones problemáticas que lo desencadenan y que
intenta reconstruir, puede convertirse en una fantasía consoladora
o una evasión oportunista.
En realidad, antes de que
escribiera su libro sobre Dewey, Bernstein ya estaba tramando una
historia donde el viejo filósofo formaba parte de un reparto mucho
más amplio.En 1971, en Praxis y acción, antes de que Dewey
volviera al teatro de la filosofía política, Bernstein ya lo
recolocaba donde siempre había estado, junto a Hegel y a Marx, sólo
que teniendo presente las ideas de una nueva generación que, entre
otras cosas, había leído Crítica de la razón dialéctica
(1960) de Sartre.[31] En realidad, Bernstein
confrontaba en su libro cuatro tradiciones: el marxismo, el
pragmatismo, el existencialismo y la filosofía de la acción de
corte analítico. Su modo de comparar esas distintas tradiciones se
convirtió en un rasgo típico de su estilo, un modo de conversación
que muchos confundieron con un ecumenismo condescendiente.
Invocaba, ciertamente, una especie de unidad en un panorama un
tanto desmenuzado, pero su intención –dijo claramente– «era
avivar la tensión».[32] Las circunstancias que
rodean el periplo intelectual de Bernstein posterior a 1971 pueden
ayudarnos a entender por qué no olvidó a Dewey mientras prestaba
atención a Habermas, Gadamer, McIntyre, Taylor o Rorty, pero,
también, por qué no volvió a escribir sobre Dewey hasta 1985,
cuando publicó el segundo ensayo que, con algunas modificaciones,
incluimos ahora en la segunda parte de este volumen, como capítulo
13.[33]
Para empezar, desde finales de los
años sesenta, Bersntein ya no está en Yale, sino en una universidad
de Filadelfia, enseñando Gramsci y Habermas. Desgraciadamente, Yale
le había negado la titularidad, provocando un famoso escándalo que
llevó a la huelga a estudiantes y trascendió a los
periódicos.[34] Probablemente, algunos
rasgos de su carácter resultaban chocantes (su espíritu partisano y
directo, su desdén hacia las imposturas académicas y las etiquetas
intelectuales). Probablemente, su estilo de pensamiento tampoco
cuadraba con los criterios imperantes, pero lo cierto es que,
después de pasar un año en Israel, Bernstein acabó siendo profesor
titular en 1966 en Haverford College, una singular institución de
Filadelfia donde encontró la pasión, el compromiso y la serenidad
necesarios para escribir, hasta 1989, cuatro libros que abrieron un
nuevo espacio de encuentro y discusión: The Reestructuring of
Social and Political Theory (1976), Beyond Objetivism and
Relativism. Science, Hermeneutics and Praxis (1983), la
introducción a Habermas and Modernity (1985) y
Philosophical Profiles (1986).[35]
En 1972, sin embargo, Hannah Arendt
se cruzó en su camino, y su vida cambió para siempre. El arranque
de la relación fue curioso. Bernstein temía que Praxis y
acción, un libro donde se ponían juntos a Hegel, Marx, Dewey y
Wittgenstein, no gustara a Arendt. Además, en él, La condición
humana (1951) sólo salía citado en una insignificante nota a
pie de página. Lo cierto es que cuando Arendt se presentó en
Haverford a dar una conferencia, el libro ya estaba
impreso,[36] pero Arendt felicitó a
Bernstein, ofreciéndole su ayuda para publicar su nuevo libro en la
editorial de William Jovanovich e invitándole a visitar la New
Schoolde Nueva York con la lejana intención de incorporarle. La
amistad prosperó, pero el comité de la escuela neoyorkina rechazó
de plano incluso la propuesta de entrevistar a Bernstein: «El
pensamiento académico siempre es así –le dijo Arendt a Bernstein en
una carta–, no importa si es de izquierdas, de derechas o del
medio. Nadie quiere oír algo que no haya oído antes».[37] En vista del panorama,
Bernstein decide acabar La reestructuración de la teoría social
y política en Inglaterra, con una beca, pero en otoño
participa en Toronto en un congreso sobre Arendt. «Tuvimos un
encontrado debate sobre nuestras respectivas interpretaciones de
Hegel y Marx. Pero el encuentro no fue sólo agonístico; también fue
erótico, en sentido platónico.»[38] Antes de morir, en
1975, la filósofa no dejó de advertir a Bernstein sobre el peligro
de que la filosofía fuera desplazada en la New School. Y, en
efecto, desaparecida ella, y retirado Hans Joas, la influencia de
la filosofía social, de la teoría política y de la sociología quedó
un tanto mermada. Sin embargo, 13 años más tarde, en 1988,
Bernstein ingresaba finalmente en ese legendario centro.[39] ¿Cómo?
Desde mediados de los años sesenta,
Habermas está en su centro de miras. En La reestructuración de
la teoría social y política (1976), las críticas de Bernstein
al pensador alemán no dejaban de evocar la crítica de Hegel y Marx
a Kant.[40] En 1976, de hecho,
Habermas visita Haverford, justo cuando el relativista Steven Lukes
se encuentra por allí como profesor visitante y, como otras veces,
Bernstein media entre dos bandos. Durante esa estancia, Habermas
invita a Bernstein a coordinar un ciclo de conferencias sobre
filosofía y ciencias sociales en Dubrovnik, en un centro de
estudios de postgrado que atraía a disidentes anticomunistas y
mantenía vivo el espíritu de la revista Praxis (cerrada en
Belgrado en 1975). Desde 1977, Bernstein se convierte en codirector
de los cursos y, en 1980, Albrecht Wellmer, Habermas y él deciden
reflotar Praxis.[41] En aquel clima va
forjando una de sus piezas más intrincadas: Beyond Objetivism
and Relativism: Science, Hermeneutics and Praxis, de
1983.[42] El título expresa su
voluntad de disolver algunas de las falsas antítesis imperantes en
la filosofía contemporánea. Repasa algunos de los cambios
introducidos por la filosofía de la ciencia. Para
entonces, el empirismo no sólo carga con un mito que Sellars
descubrió en 1956, sino que está lleno de dogmas: Quine ya había
denunciado dos en 1951,[43] pero, en 1973, Donald
Davidson ya ha denunciado un tercer dogma del que el propio Quine
está preso[44] y un discípulo de
Rudolf Carnap, Hilary Putnam, está gestando su denuncia de un
cuarto dogma.[45] De repente, el
empirismo parece más dogmático que una iglesia, aunque da la
sensación de que tanto escándalo y tanta reforma sólo están
sirviendo para consolidar un nuevo estilo de filosofía técnica y un
recambio generacional. Bernstein lo percibe, pero en su libro tira
de la alfombra usando más a Kuhn y a Feyerabend que a los
reformistas del empirismo. Con todo, no es la parte más
sorprendente del libro. Su grueso más interesante –creemos– es el
que atañe a Gadamer, Habermas, Rorty y, en un segundo plano, pero
muy revelador, a Hannah Arendt. Dice entonces:
Dedico el libro a los cuatro amigos
que han influido y modelado los pensamientos que aquí expreso... Un
tema que recorre el libro de principio a fin es la vindicación y la
clarificación de una serie de conceptos y de experiencias
interrelacionadas, a saber: diálogo, debate, conversación, y
comunicación. Todos ellos presuponen y a la vez promueven la
solidaridad, tanto personal como civil [...], la
experiencia de solidaridad y amistad es fundamental en el
pensamiento de Gadamer, Habermas, Rorty y Arendt. He llegado a
comprender el significado y el poder de la amistad y de la
solidaridad no sólo a partir de sus escritos, sino también a partir
de las conversaciones, los debates y los diálogos con
ellos.[46]
Curiosamente, durante
algunos años Bernstein había nadado a contracorriente, defendiendo
una filosofía interpretativa, y ahora, en los años ochenta, se
encontraba con demasiadas interpretaciones de la
interpretación. Arendt, Gadamer, Habermas y Rorty podían
inspirar un nuevo ethos, y Bernstein trataba de oficiar
como una especie de Hermes neoyorkino, pero ¿entendían sus amigos
de igual manera la comprensión, la experiencia,
la comunicación y la conversación?[47] El tono dominante del
libro es muy interpretativo, pero, en relación con sus trabajos
anteriores sobre temas sociales, lo llamativo es la frecuencia con
que palabras como virtud y phrónesis circulan, o,
incluso, que la imagen que Bernstein ofrezca de su amigo Rorty sea
la de un eiron menos peligroso de lo que pudiera
parecer.[48] Dewey apenas sale a
relucir, como si no encajara del todo ni en el bando hermenéutico,
ni en el habermasiano, ni en el rortyano. Pero sigue ahí,
sobrevolando el ambiente de las discusiones. Rorty trataba ahora de
arrastrar a Dewey hacia la koyné posmoderna, pero
Bernstein prefería emparejarlo con un hermeneuta de viejo abolengo.
Conoció a Gadamer durante la visita de éste a Estados Unidos en
1968, y se volvieron a encontrar en Dubrovnik, en Heidelberg y en
otras visitas a Estados Unidos.
Cuanto más leí a Gadamer,
mayor fue mi sensación de familiaridad con su manera de
caracterizar la experiencia (Erfahrung). Es muy parecida a
la noción que tenía Dewey de la experiencia unificada por una
inmediatez cualitativa dominante y teñida de significado [...]. Los
dos, Gadamer y Dewey, estuvieron muy influidos por el papel tan
importante que desempeña la idea de experiencia en Hegel,
especialmente en la Fenomenología del espíritu. Pero los
dos también habían reaccionado contra las ambiciosas pretensiones
de Hegel, como las de Totalidad, Sistema y Absoluto.[49]
El escenario había cambiado, pero
la noción de experiencia volvía a reaparecer y, mientras
Rorty trataba de liberar a Dewey de su pasado, Bernstein lo hundía
más en una «historia de influencias» que se remontaba de nuevo,
esta vez través de Gadamer, hasta Hegel. Bernstein había nadado a
contracorriente de un giro lingüístico ciego a la idea
pragmatista de experiencia. Ahora, en pleno giro
hermenéutico (un giro al que Rorty también se apuntaba),
sugería afinidades entre Gadamer y un Dewey muy distinto al que
Rorty estaba divulgando.[50] Aunque Gadamer
sentenciara que toda experiencia es lingüística, algo debía de
estar marcando la diferencia, dado que Bernstein, a diferencia de
Rorty, no se dejaba arrastrar por la pendiente del
textualismo al que tendía Derrida. Pero ahí no acaba todo,
pues, si Bernstein escoraba demasiado el bote con Dewey y Gadamer
en un lado, ¿qué pasaba con Habermas en la otra banda? Si todo era
diálogo y experiencia, ¿dónde quedaba una lógica de la acción
social?[51]
Dos años después de Beyond
Objetivism and Relativism, en 1985, Bernstein edita
Habermas y la modernidad, una reunión de ensayos de
Albrecht Wellmer, Anthony Giddens, Martin Jay, Joel Whitebook,
Thomas McCarthy y, nuevamente, Rorty. En su introducción, Bernstein
vuelve a insistir en las contradiccionesque detecta en el
pensamiento de Habermas desde finales de los años
sesenta.[52] Subraya, además, la
influencia que Peirce, Dewey y Mead habían ejercido en el
pensamiento de Habermas.[53] ¿Exactamente cuál?
Dewey apenas era mencionado en Teoría y praxis (1963),
pero lo suficiente como para entender el relativo interés de
Habermas. ¿Qué clase de «ingeniería social» defendía exactamente
Dewey?[54] En Conocimiento e
interés, sin embargo, Habermas dedicaba un extenso y brillante
capítulo a Peirce y llamativamente, en el epílogo de 1973, aclaraba
que la tentación de seguir a Dewey fue finalmente vencida
mediante una lectura de Peirce en busca de un pragmatismo
trascendental. Su predilección final era previsible (Apel tenía
mucho que ver), aunque más de un lector que conociera las obras
políticas de Dewey podría haber pensado que el libro de Habermas
sobre la transformación de la vida pública de 1962 tenía algo que
ver con el americano. No era así –aclaró Habermas–, entre otras
razones porque desconocía las obras políticas de Dewey y, en
segundo lugar, porque se había formado una idea de Dewey como un
pensador de corte antropológico, un exponente de la naturalización
de Hegel, pero no como un teórico de la democracia.[55] No deja de ser irónico:
el tiempo demostró que lo que separaba a Habermas de Dewey era
justamente lo que Bernstein siempre había encontrado más
interesante del viejo demócrata. El contexto había cambiado: el
pragmatismo ya no rivalizaba con el marxismo y el positivismo, pero
podía inspirar a sus nuevos lectores una crítica de las nuevas
teorías políticas de inspiración kantiana. John Rawls
había implantado un estilo nuevo de filosofía política, más
teórica, en 1971, con su Teoría de la Justicia, revisada
en 1974. Pero el ambiente se fue complicando, en parte gracias a
Charles Taylor, con su Hegel de 1975, y con Alasdair
McIntyre, cuyo Tras la virtud apareció en 1981.[56] Las teorías más
intelectualistas de la democracia ya tenían sus descontentos
comunitaristas. Poco a poco, los debates sobre la congruencia entre
justicia y bien común, sobre moralidad y eticidad, sobre esfera
deliberativa y esfera de solidaridad, o sobre el pluralismo
religioso en un mundo secularizado tiñeron cada vez más el
horizonte filosófico de colores multiculturales. En medio de ese
nuevo panorama, quizá Dewey podía inspirar algo diferente, dado que
había entendido la democracia como proceso de deliberación, pero,
por encima de todo, como forma de vida, como comunidad. Bernstein
lo sabía y, subido a lomos de Dewey, se volvió a meter en una
disputa en la que cada bando no dejaba de caricaturizar a su
enemigo.[57]
Después de Habermas y la
modernidad, el nuevo libro que Bernstein publica coincide con
algunos hechos que cambiarán su trayectoria académica. Durante los
seminarios de Dubrovnik, en 1981, conocerá a la disidente húngara
Ágnes Heller. Cinco años después apoyará a Heller desde un comité
académico neoyorkino creado por Ira Katznelson para que la propia
Heller se incorpore a la New School. En 1989, cuando
Heller llega a directora del Departamento defiende la entrada de
Bernstein en la New School y, pese a nuevas reticencias, Bernstein
ingresa en la escuela y emprende una nueva etapa, muy diferente. Su
libro bisagra, Perfiles filosóficos. Ensayos a la manera
pragmática, de 1986, dejaba apuntados ya algunos horizontes.
Siguen desfilando Rorty, Gadamer y Habermas, pero Bernstein dedica
más espacio a McIntyre y a Taylor,[58] y Hanna Arendt asoma,
como en Beyond Objetivism and Relativism, al final del
libro, sólo que esta vez muchísimo más. Con todo, y muy
significativamente, el ensayo de cierre es sobre Dewey, justamente
el que aquí presentamos como capítulo 13, «John Dewey en torno a la
democracia: una tarea por delante».
Tres años después, en su discurso
de ingreso en la New School, en febrero de 1989, Bernstein retomaba
el espíritu que animaba el prólogo de Perfiles
filosóficos: las batallas de su generación –dijo– cada vez
resultaban más irrelevantes y distantes. Quedan restos de esas
disputas, «pero hay signos esperanzadores del surgimiento de un
nuevo ethos que guarda cierto parecido con el que
caracterizó los primeros estadios del movimiento
pragmatista...»[59] Después de insistir en
las variedades en las que la filosofía volvía a mezclarse con las
ciencias sociales, los estudios literarios, el derecho... –añadía–,
«desearía recordar las formas en las que la historia de la New
School está unida al ethos pragmatista. Uno de sus
fundadores, recuerden, fue John Dewey. El espíritu que empapó esta
institución en sus años de gestación reflejaba las profundas
preocupaciones de Dewey por la educación en comunidades
democráticas urbanas...»[60] La segunda parte de
aquella charla, sin embargo, era más curiosa. «Hannah Arendt –dijo
también– nos brindó una brillante interpretación de la experiencia
revolucionaria americana, y su análisis de la acción política y de
los espacios públicos que esa acción requiere guarda una fuerte
afinidad con la comprensión de Dewey de la acción política
pública.»[61] El horizonte no estaba
libre de polémica. Colocar a Arendt y Dewey en el mismo carro era
sorprendente. Arendt –ya lo hemos dicho– fue bastante severa con
Dewey. ¿Era realmente posible compaginar la teoría de la democracia
de Dewey con la filosofía política de Arendt?
III
Desde su llegada a la New School,
Bernstein emprenderá una nueva y particular fase en su carrera.
The New Constellation:The Ethical-Political Horizons
of Modernity/Postmodernity, de 1991, puede considerarse una
especie de continuación de la conversación que emprendió Beyond
Objetivism and Relativism. En 1991, los interlocutores son más
posmodernos, y los nombres de Heidegger, Foucault, Levinas y
Derrida son ahora astros ascendentes con los que dibujar complejas
constelaciones en el cielo. La hermenéutica de viejo abolengo lleva
tiempo zarandeada, y Bernstein sabe que la reacción de Derrida
tiene su sentido, pero tampoco cree que la idea de reconstrucción
quede deshabilitada por la deconstrucción.[62] Habermas, por su parte,
ha arremetido contra los posmodernos, pero, para complicarlo todo
más, Rorty coquetea con ellos y hace gala de un ironismo que para
algunos sólo es sano escepticismo, pero para otros quizá es cinismo
con rostro humano. Rorty no cree que las justificaciones de la
democracia sean útiles y provechosas, incluso puede que sean
perjudiciales –viene a decir–, ya que bloquean otros medios más
persuasivos que los argumentos: historias, crónicas, narraciones,
conversaciones, diálogos. La legitimidad de la democracia no
depende de grandes principios, ni menos aún de grandes teorías
sobre su naturaleza, sino de una reelaboración o re-escritura
(redescription) de sucesos, episodios y situaciones. Hacer
valer la democracia es hacer valer una historia convincente sobre
fracasos y logros, y mantener viva una conversación con propios y
extraños sobre sus relativas ventajas. La solidaridad no tiene que
ver tanto con ponernos en el lugar del otro, como poner al otro en
nuestro lugar, imaginarlo como uno de los nuestros, y no debemos
avergonzarnos de ello.
Bernstein no lo veía así. ¿Hacía
falta llegar a ese extremo para alejarse de las grandes
pretensiones universalistas de Habermas? El debate de Bernstein y
Rorty en 1987, desde luego, sigue dejando bastantes interrogantes
en el aire.[63] Bernstein se emplea a
fondo para mostrar las incongruencias del etnocentrismo irónico de
Rorty, mientras que Rorty acaba retratando a Bernstein como un
pragmatista no liberado, un nostálgico como Habermas que todavía
quiere mantener unida la filosofía a las grandes teorías sociales
que surgieron en el siglo XIX. No es extraño, entonces, que la
rivalidad entre la reescrituraa lo Rorty y la reconstrucción a lo
Bernstein tenga tanto que ver con sus distintas versiones de Dewey.
El Dewey de Rorty es un Dewey que sirve, sobre todo, para derribar
ilusiones y para quitar hierro a la teoría. El de Bernstein ayuda a
recomponer y a construir, y sirve para inspirar más tareas que la
ironía con nosotros mismos. Para Bernstein, un filósofo inspirado
por Dewey no puede ser un intermediario cultural, un conversador o
un crítico diletante y ácido. Es algo más que eso, aunque no tanto
como desearía Habermas. Reconstruir acciones, formas de vida,
conductas, prácticas, normas o valores es más que una historia
edificante que nos vuelva más sensibles y menos crueles, pero no es
tanto como certificar la validez de esas normas saliéndose de la
historia. La justificación de una forma de vida no es ni fruto de
una ilusión, ni de una revelación, ni el resultado de una fantasía
más o menos civilizada, ni la conclusión de una iluminación
intelectual.
Lo cierto es que, después de estos
debates con Rorty[64] y de una nueva e
importante discusión con Habermas en 1996, Bernstein no dejará
completamente a un lado a Dewey, pero su otro gran referente,
Hannah Arendt (Hannah Arendt and the Jewish Question,
1996), y el problema del mal centrarán mucho más su
atención.[65] Dewey no tendrá la
menor aparición en El mal radical. Una indagación
filosófica (2002), un enorme recorrido al problema desde Kant
hasta Arendt, pasando por Hegel, Schelling, Nietzsche, Freud,
Levinas y Joas, escrito, por cierto durante una estancia en
Berlín.[66] Tres años después, en
2005, aparecerá un trabajo aparentemente más modesto pero
llamativo, El abuso del mal. Bernstein había finalizado el
manuscrito de El mal radical 11 días antes del 11 de
septiembre de 2001, y estuvo tentado de hacer cambios en él, pero,
en un clima inusitadamente tenso, decidió escribir otro pequeño
libro sobre la corrupción de la política y de la religión en
Estados Unidos, un libro que, para sorpresa de propios y extraños,
tenía como dos de sus principales protagonistas a Dewey y a Arendt.
Que Dewey apareciera en un libro sobre otra crisis de la democracia
y sobre la retórica del mal no dejaba de ser llamativo. Entre los
reproches que Dewey se había granjeado durante toda su vida siempre
sobresalió uno: carecía –se dijo– de sentido del conflicto, y menos
aún de sentido trágico. Demasiado sencillo para ser verdad, claro,
así que, como en su día ya hiciera Sydney Hook, Bernstein se ocupó
nuevamente de presentar a un Dewey menos ingenuo. La cuestión no es
que Dewey no ignorara el problema –afirmó Bernstein–, sino que
proporcionó buenos argumentos para mostrar por qué ciertos
discursos sobre el mal bloquean y destruyen la vida democrática.
Irónicamente, Bernstein devolvía a un público traumatizado el Dewey
para el que Hannah Arendt había estado ciega, un pensador con más
tensión y mucho menos cándido. Y, finalmente, lograba convocar en
un mismo escenario a dos figuras muy distintas que habían marcado
su trayectoria intelectual, y que, según él, aún podían ayudar a
comprender la fragilidad de la democracia.[67] Que un libro que
defendía la actualidad de Arendt y Dewey acabara con una crítica a
Carl Schmitt, tan de moda entre radicales de academia, no era nada
secundario.[68]
Entre 2005 y 2010, la voluntad
reconstructiva de Bernstein le empuja, más que nunca, hacia la
historia del pragmatismo.[69] El conflicto de
interpretaciones sigue siendo una parte esencial de un debate al
que se suman no sólo clubes oficiales y filósofos de tono
pragmatista, sino también historiadores como Robert Westbrook,
Louis Menand, John P. Diggins, James Kloppenberg, David Hollinger o
Alan Ryan.[70] De algún modo, el
pragmatismo se ha convertido en un pretexto para repasar la
historia de Estados Unidos, sus contradicciones y sus sendas
perdidas. Y el espectro de Dewey parece gozar de una inmejorable
salud. Durante dos décadas, una legión de intérpretes ha demostrado
que existe un Dewey sociólogo de la ciencia, un Dewey precursor de
la nueva filosofía de la tecnología, un Dewey cuya estética todavía
tiene mucho que decir o un Dewey cuya filosofía de los valores
puede servir para comprender las paradojas del
pluralismo.[71]
Aún por ver la luz, el último libro
de Bernstein, The Pragmatic Turn (dedicado, por cierto, a
Richard y Mary Rorty) reúne a viejos y nuevos pragmatistas en una
crónica de amplio calado. Abarca las tres grandes olas de
pragmatismo, como las llama el propio Bernstein en otro
lugar,[72] la de los pragmatistas
clásicos, la de su propia generación (Rorty, Habermas y Putnam) y
la nueva ola, asociada con nombres como Robert Brandom, John
McDowell y Cheryl Misak. La tensión del libro es llamativa. Por un
lado, Bernstein oficia una vez más de mediador, pero, como siempre,
también añade tensión a las relaciones entre las distintas
versiones del neopragmatismo. En cierto modo, Bernstein sigue
dialogando con los techies con una paciencia que muchos
pragmatistas perderían a poco del debate, y se enzarza nuevamente
en debates como la supervivencia de la noción de experiencia
después del giro lingüístico (cap. 6), los enfoques de la verdad
inspirados por Peirce (cap. 5) o la a veces enrevesada visión que
Putnam tiene de la objetividad moral y de la interdependencia entre
hechos y valores (cap. 7).[73] Hegel también está muy
presente en este libro de Bernstein, quizá porque todas las olas
pragmáticas son efecto de Hegel, quizá porque Hegel sigue siendo
pasto común de distintos rumiantes filosóficos. Brandom, en efecto,
vindica una vuelta a Hegel invocando la memoria de Sellars, pero
Bernstein ayuda a entender por qué el pragmatismo
lingüístico en realidad es una ola de racionalismo
inducida por una mala digestión de Hegel en Pittsburg que, mezclada
con resacas analíticas, podría llegar a engullir a la ola
pragmática.[74] Su ensayo sobre Hegel y
el pragmatismo (cap. 4), en efecto, demuestra que hay
otros modos de conversación entre hegelianos y
pragmatistas, menos abstractos y más orientados hacia la
reconstrucción histórica de prácticas sociales.[75]
El último ensayo sobre Dewey, que
adaptamos para este volumen como capítulo 14, forma parte de este
complejo diálogo que Bernstein orquesta en The Pragmatic
Turn. En él, Bernstein vuelve a colocar como horizonte último
del pensamiento de Dewey la reconstrucción del ethos
democrático. Por un lado, sitúa el modelo de democracia de Dewey
más allá del liberalismo y del comunitarismo. Sin duda, los debates
con Habermas durante los años noventa en los que Dewey tantas veces
salía a relucir tiñen el trasfondo de este ensayo.[76] Bernstein vuelve a
vindicar un Dewey más hegeliano, pero no asimilado a la lucha por
el reconocimiento.[77] No es extraño que,
frente a un modelo habermasiano de democracia que insiste en la
dimensión ética del discurso público, algún hegeliano que
defienda la fuerza normativa de las experiencias sociales
se haya interesado por Dewey. Axel Honneth lo ha hecho, pero
Bernstein le sale al paso y, de una forma muy sencilla, también
lanza a Dewey por encima de la dialéctica entre
comunicación y reconocimiento. En la teoría de
Dewey no se privilegia un modo de interacción social, el
discursivo, ni se convierte ese modo de acción en piedra
de toque del sistema. Según Bernstein, los procedimientos
democráticos presuponen, efectivamente, un sustrato moral, pero ese
sustrato no es reducido a una estructura afectiva de
reconocimiento, sino que es recompuesto como un conjunto de
virtudes. De ese modo, Dewey queda alejado del racionalismo
lingüístico de Habermas, pero también queda a salvo de las
políticas del reconocimiento que cargan todo el peso normativo en
las estructuras afectivas.
La lectura de Bernstein, en suma,
vuelve a brindarnos un Dewey extraordinariamente accesible, pero
deja, como siempre, algunas tareas pendientes.[78] A sus 78 años,
Bernstein ha vivido dos olas de pragmatismo manteniendo
conversaciones con todo tipo de interlocutores. No ha sido un
erizo, por recodar el verso de Arquíloco que tanto
popularizó Isaiah Berlin.[79] Y quizá, pese a lo que
dijera Rorty, Dewey tampoco fue un erizo.[80] Fue él, Dewey, quien
dijo en su autobiografía:
Soy inestable, cambiante
como el camaleón; cedo a las influencias más diversas y
contradictorias, tratando de asimilar algo de cada una y de
asumirlo de un modo que sea lógicamente compatible con las que he
recibido antes. En general, los factores que han influido sobre mí
provienen de personas y situaciones más que de libros, lo cual no
quiere decir que no haya aprendido muchísimo en mis lecturas
filosóficas. Pero lo que he aprendido de ellas tiene un carácter
más técnico en comparación con todo lo que he tenido que pensar a
causa de las experiencias en las que me he visto envuelto. Por esa
razón no puedo decir con candor que envidie del todo, o más allá de
lo debido, a aquellos [que pueden escribir su biografía intelectual
urdiéndola sobre una trama en la que es posible discernir
claramente los intereses y las influencias que han sufrido].
Prefiero creer, aunque sea sólo como reacción defensiva, que los
obstáculos con los que tropecé en mi camino están compensados por
el hecho de que mi pensamiento no fue inmune a la experiencia, una
experiencia que ni siquiera un filósofo debería considerar como
germen de una enfermedad contra la cual fuera necesario crear
defensas.[81]
Considerado así, la visión
filosófica que Dewey persiguió toda su vida y, sobre todo, su
visión de una vida democrática no fueron, después de todo, una
búsqueda de un gran sistema en el que cuadraran todas las piezas,
una visión de erizo, sino una reconstrucción cabal de su constante
experiencia. Bernstein, creemos, no ha hecho algo muy distinto con
la suya, y sus escritos sobre Dewey son una muy buena prueba de
ello.
Agradecimientos
La idea de esta
edición surge durante un encuentro con Bernstein en Nueva York, a
finales de noviembre de 2008. Nancy Fraser actúo como mediadora
después de una conversación en Madrid, pero Carlos Thiebaut
propició directamente el encuentro. El apoyo de Ángel Faerna y el
entusiasmo de Greggory Pappas nunca faltaron durante aquellas
fechas.[82]
El primer encuentro con Bernstein
giró, inevitablemente, sobre el vacío que Rorty había dejado en
2007, pero también sobre el incierto destino de las humanidades y
las curiosas razones por las que los españoles nos interesábamos
por filósofos de Estados Unidos. Después de una conversación en la
New School y de leer el ensayo sobre Dewey que incluiría en su
nuevo libro, The Pragmatic Turn, retrocedí aceleradamente
hasta su primer libro de 1966 sobre Dewey y, para mi sorpresa, el
trayecto de vuelta se convirtió en uno de ida.
Conocía el libro, pero me sonó totalmente diferente. Mediaban más
de cuatro décadas entre las dos lecturas, durante las cuales
Bernstein había escrito una decena de libros enormemente
influyentes. Reconstruir su lectura de Dewey me pareció una tarea
pendiente, pero no sencilla. Una versión actualizada del libro de
1966 podía seguir funcionando como una estupenda
introducción al pensamiento de Dewey, pero, añadiendo un
ensayo de 1985, como bisagra temporal, podíamos saltar hasta el
Dewey que Bernstein recreaba en 2008.
Su franqueza y su generosidad
contribuyeron, claro, a que el proyecto prosperara. Le agradezco,
ahora, nuevamente, todas las facilidades que dio con las gestiones
de derechos editoriales y las numerosas demandas y dudas que ha
atendido durante este tiempo. La confianza y el interés de Manuel
Cruz, el rigor y la sensibilidad de Alicia García Ruiz y la
paciencia de Claudia Berdeja, todo ello hizo posible que esta
reunión de ensayos nos reuniera a todos y a todas en una tarea
apasionante, una tarea por detrás y una tarea por delante.