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Cuando preguntamos la palabra en español para freedom, la respuesta inevitable es libertad. Pero libertad es la traducción para 'liberty'. Para muchos de nosotros son sinónimos. Sin embargo, técnicamente freedom es un concepto más general que puede definirse como 'el poder o derecho de actuar, hablar o pensar como uno quiera', y es justo ese el punto de partida para lograr la tan ansiada libertad. Es lo que tuve en cuenta al escribir este libro y es así como surge Freedom: La empujaron al abismo y le crecieron alas.
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Seitenzahl: 38
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Rosales, Claudia Silvana
Freedom : la empujaron al abismo y le crecieron alas / Claudia Silvana Rosales. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
60 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-067-1
1. Autobiografías. 2. Superación Personal. I. Título.
CDD 808.8035
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Rosales, Claudia Silvana
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Freedom
Cuando preguntamos la palabra en español para freedom la respuesta inevitable es libertad. Pero libertad es la traducción para liberty. Para muchos de nosotros son sinónimos. Técnicamente, freedom es un concepto más general que puede definirse como “el poder o derecho de actuar, hablar o pensar como uno quiera”, y es justo ese el punto de partida para lograr la tan ansiada libertad. Es lo que tuve en cuenta al escribir este libro y es así como surge.
¡AL DESPERTAR!
Algo oprimido se movía libremente. Mi voz paralizada recobró su expresión y muchas visiones vagas que había en mis pensamientos, con contornos precisos, entraron en acción y me permitieron difundir en fragancias lo que tan hondo sentía.
Decidí hacer un viaje, para entender qué pasaba dentro de mí. Dudas, preguntas, mirar y ver, escuchar y meditar, leer y comparar. Comenzando el recorrido del camino de mi vida, inmediatamente surgió un lago de silencio que medía 32 años de circunferencia y tenía bastante profundidad.
Su superficie era un espejo tranquilo, pero en el fondo se agitaba la añoranza de un medio de expresión reprimido amordazado.
Armonizar todas mis ideas, pensamientos, y asirlos fuertemente, como un manojo de espigas maduras, era la meta para el lago de silencio; quería dejarlo atrás y dejar de adornar el paisaje de mis recuerdos, para que dejara de ser aquel que siempre obedecía a mandatos impuestos generación tras generación.
Aunque todo el acompañamiento de todas las almas que se cruzaron con la mía sin duda influyó en quien soy hoy, a veces es mejor, al menos por un tiempo, dejarlo atrás.
Hubo quienes recogieron lo que siempre he intentado dar y me lo devolvieron en consuelo y estímulo, algo así como decir que el pan que eché sobre las aguas hoy lo vuelvo a encontrar. Así mismo también hubo aquellos que cortaron flores de mi huerto cercado, para esparcirlas lejos de mi terco aislamiento, y así adornaron otros jardines, casi sin darse cuenta.
Mi corazón callado, introvertido, viajaba en portafolios, se expresaba en algunas reuniones. Allí surgieron amigos que no me conocían y de igual modo me envolvieron con los ecos de sus corazones.
Tanto les debo a todos los que recogieron el pan para extenderme luego fundida en sus manos la acepción más profunda de la palabra amigo y la expresión más cálida de la palabra hermano… Pero ya no era suficiente, se había vuelto algo vacío y vano para mí. Era tiempo de caminar mi propio camino, lejos de agradar a los demás.
COMIENZO DE UNA HISTORIA QUE NO ACABARÁ NUNCA
Allá por el 1900 se gesta esta historia. Un día le dije a mi abuelo:
—¡¡¡Yo quiero ser policía como vos y la tía Norma!!!
Él me dijo:
—No, usted va a estudiar mucho y va a ser maestra.
Casi sin entender por qué me dijo y hasta me ordenó aquello, lo miré y solo seguí observándolo mientras leía su diario y tomaba el mate que con tanto cariño preparaba mi abuela para él.
De todos modos, el deseo de seguir con patrones familiares, impuestos de generación en generación —porque era lo que se suponía que se debía hacer y debíamos ser—, me hicieron imaginarme uniformada de azul cuando fuese grande.
Mientras disfrutaba de mi café con leche recién ordeñada que me preparaba mi abuela, mi abuelo me contaba sus historias de duendes y leyendas cordilleranas que transcurrían entre lagos, montañas y araucarias. Yo no salía de mi asombro —aunque muchas veces fueran historias que ya me había contado— y no podía dejar de imaginarme esos sitios tan idílicos y mágicos y pensar cuán ricos serían los piñones (el fruto tan esperado por la gente de campo a mediados del mes de marzo). Nunca se olvidaba el último paso de su clase magistral, que era sentarme en su rodilla y repasar conmigo los números hasta el diez en mapuche:
