Freud y los chilenos - Mariano Ruperthuz Honorato - E-Book

Freud y los chilenos E-Book

Mariano Ruperthuz Honorato

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Freud y los chilenos. Un viaje transnacional (1919-1949). Joaquín Edwards Bello en su columna de La Nación del 9 de noviembre de 1934 titulada los freudianos expresaba «Hace pocos días pasaba por la Alameda y vi salir de la universidad un tumulto. Más bien dicho, vi en las puertas de tumulto que se esparcía: contaba de niñas, de jóvenes, de damas de todas las clases sociales, dominándole la media. No pude resistir la curiosidad y pregunté a uno de los salientes qué cosa era, y me dijo, que se trababa de una conferencia sobre psicoanálisis». Precisamente, Mariano Ruperthuz reconstruye el proceso de introducción del pensamiento de Freud en nuestro país, logrando transmitir la complejidad y riqueza de dicho fenómeno a comienzos del siglo XX.

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Seitenzahl: 642

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Título original:

FREUD Y LOS CHILENOS:

Historia de la recepción del psicoanálisis en Chile 1910-1949.

www.freudyloschilenos.cl

© SOCIEDAD EDITORIAL PÓLVORA LIMITADA, 2015.

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

© 2015 Sociedad Editorial Pólvora Limitada S.A.

PÓLVORA EDITORIAL

Av. Antonio Varas 1973, Providencia, Santiago.

E-mail: [email protected]

ISBN: 978-956-9441-06-6

ISBN digital: 978-956-9441-76-9

Editor

Lucas Sánchez Anwandter

Diseño

Patricio Hernández Nawrath

Composición y Maquetación

Alexis Hernández Escobar

[email protected]

Productora

Olivia Guasch Antúnez

Dirección

Jaime Sánchez Villaseca

Portada

Olivia Guasch Antúnez

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Carta de Sigmund Freud a Juan Marín del 11 de Octubre de 1938.

Para Marcia y Amanda,

por todo su amor y comprensión

Índice

Agradecimientos

Prefacio

Prólogo

CAPÍTULO 1 LA HISTORIA DEL PSICOANÁLISIS EN CHILE

1.1 La historia del psicoanálisis como un problema de investigación en Chile

1.2 Historia en psicoanálisis: tradiciones historiográficas asociadas a su estudio

1.3 Sobre el concepto de “recepción” y su pertinencia en una investigación histórica sobre psicoanálisis chileno

1.4 “Freud y los chilenos”: síntesis, límites y definición

1.5 ¿Por qué 1910-1949? Periodización y sus supuestos

1.6 Método para la investigación: la perplejidad permanente

CAPÍTULO 2 EL “MALESTAR EN LA CULTURA”

2.1 La recepción del psicoanálisis en Chile a la luz del Centenario

2.2 La recepción del psicoanálisis y su vinculación con nuestra historia: el habitus nacional chileno

2.3 Chile le abre la puerta al psicoanálisis:

2.4 Detalles de una una imagen con historia:

2.5 La confianza y esperanza en la acción de la ciencia

2.6 La “cuestión social”

2.7 La Belle Époque Chilena, la época parlamentaria y la república oligarca: “los franceses de Sudamérica”

2.8 El cambio de siglo y la fiesta del Centenario

CAPÍTULO 3 EL “RETORNO DE LO REPRIMIDO”

3.1 Presentación: un recorrido de ida y de vuelta

3.2 La teoría de la degeneración

3.3 German Greve Schlegel en Buenos Aires en 1910

3.4 El trabajo del doctor Octavio Maira

3.5 ¿Cómo Greve tomó contacto con las ideas psicoanalíticas?

3.6 Germán Greve Schlegel y Sigmund Freud en Viena (1894):

3.7 “Sobre psicología y psicoterapia de ciertos estados angustiosos” (1910): Un encuentro reservado y una práctica privada

3.8 Fernando Allende Navarro y el Valor del Psicoanálisis

3.9 Testimonio de un análisis

3.10 La técnica de sesión variable de Allende Navarro

3.11 Dos circuitos: la psiquiatría y la medicina social

3.12 Condiciones de posibilidad para el interés en el psicoanálisis

3.13 La educación sexual “freudiana” ante el “problema sexual”:

3.14 Un caso extraordinario: Samuel Gajardo Contreras, el “Juez psicoanalista”

3.15 Los Centros de Educación Familiar:

3.16 Samuel Gajardo y sus criticas a Freud: no todo es infantil

3.17 Juan Marín Rojas la Nueva Moral Sexual y el psicoanálisis:

3.18 “Salvemos a Freud”

3.19 La sublimación y su esperanza:

3.20 La psiquiatría chilena en los años 40´s y su relación con el psicoanálisis:

3.21 La fundación de la Asociación Psicoanalítica Chilena

CAPÍTULO 4 “EN CADA UNO DE NOSOTROS EXISTE UN DEMONIO”

4.1 La preocupación de las elites por el crimen

4.2 La amenaza del crimen frente a la determinación de la herencia: se nace y muere como criminal

4.3 La llegada del psicoanálisis al campo criminológico chileno: ir más allá de la degeneración

4.4 La implantación de una nueva concepción del sujeto criminal

4.5 Neurosis y Crimen

4.6 Las causas sexuales de los delitos:

4.7 El Instituto de Criminología:

4.8 El Congreso Latinoamericano de Criminología de 1941:

4.9 La educación como agente profiláctico del delito

4.10 Ejemplos de pericia criminal:

CAPÍTULO 5 “FREUD PARA TODOS”

5.1 Una dimensión novedosa de investigación de la histórica del psicoanálisis en Chile:

5.2 Noticias de Freud desde comienzos del siglo:

5.3 Claves de un periodo de consumo e impulso cultural que facilitó la recepción del psicoanálisis

5.4 Las ediciones locales de las obras de Freud

5.5 El caso de “Moisés y la religión monoteísta”

5.6 “Controle su cerebro”

5.7 Freud católico

5.8 La visión de Alberto Hurtado sobre el psicoanálisis

5.9 Freud y las religiones

5.10 Freud de Izquierda

5.11 La “Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura” (AICH) y sus vinculaciones públicas con el psicoanálisis

5.12 Alejandro Lipschutz y Freud

5.13 “Cualquier Chileno podrá ser psicoanalista”

5.14 Psicoanálisis en la Revista Zig-Zag:

5.15 Las revistas para señoritas y su consultorio psicoanalítico

5.16 La génesis del arte: el trabajo del doctor Ramón Clarés:

5.17 La novela popular en Chile

CAPÍTULO 6 CONCLUSIONES Y COMENTARIOS FINALES

6.1 Sobre la definición de psicoanálisis y su método de estudio histórico:

6.2 La recepción del psicoanálisis en Chile y el comportamiento de las hipótesis de la investigación

6.3 La influencia del habitus nacional en la recepción del psicoanálisis:

6.4 La implantación de una nueva visión antropológica:

6.5 Sobre las rutas de importación del psicoanálisis en Chile:

Notas

Bibliografía

AGRADECIMIENTOS

Esta investigación es el fruto de varios años de trabajo, los que me ayudaron a crecer como investigador y persona. Pude conocer más la historia del psicoanálisis en Chile y al mismo tiempo entender una porción de la historia de mi país. Este trayecto sólo fue posible gracias a la ayuda y colaboración significativa de muchas personas, los que con su guía, aliento y apoyo fueron pilares fundamentales de este proceso. Primero, quiero dar gracias a mis dos tutores: el Dr. Roberto Aceituno, quien siempre ha sostenido una práctica y enseñanza del psicoanálisis ligadas íntimamente al campo de la sociedad y la cultura. Le agradezco mucho por auspiciar esta investigación y ayudarme a entender cómo el psicoanálisis es una práctica en permanente vínculo con los demás. Lo mismo, al Dr. Mariano Plotkin, quien estuvo siempre dispuesto, con generosidad y dedicación, a transmitir su forma de pensar la historia del psicoanálisis y su particular manera de historizarla. Le doy las infinitas gracias por abrir para mí un mundo de referencias, personas y vínculos que enriquecieron significativamente los resultados de este trabajo.

Al mismo tiempo, quiero dejar patente mi deuda y gratitud a mi familia: mi esposa Marcia Ibarra y nuestra pequeña hija Amanda. Su sostén, comprensión, amor y ternura fueron elementos fundamentales para llegar hasta aquí. Lamento mucho, eso sí, los tantos días y meses los que dediqué a mi investigación, dejándolas un poco solas. Tengo la certeza que ahora vendrán días en los que disfrutaremos mucho más juntos. Lo mismo, a mi madre Laura Honorato, ejemplo de trabajo y dedicación, su amor y cariño han sido inmensos. A mi hermano Ángel y mi sobrina Natalia, quien desde Lima, a seguido paso a paso este proceso y que a pesar de la distancia a tenido siempre una palabra de aliento y consideración. A mi abuela Laura Cordero, que siempre llevo conmigo. Su inmenso afecto y ternura hicieron mucho de lo que soy. También al resto de mi familia: Alejandra, Guillermo, Maggi, Rubén, Camilo, Benjamín, Vicente y Josefa, los que llegaron a acompañarnos en estos años de crecimiento. Gracias también a mi amigo y hermano Patricio Hernández, quien ha sido un amigo incondicional y con su fuerza me ha enseñado que todo es posible.

No quiero dejar de mencionar a mis amigos, colegas y estudiantes de la Escuela de Psicología de la Universidad de Santiago de Chile. En especial a mi gran amigo Pablo Norambuena Cárdenas, quien a través de los años siempre ha estado ahí para tenderme la mano cuando lo necesité. A María Inés Winkler que con su ejemplo personal y académico me enseñó desde temprano a dar lo mejor de mi en cada tarea. El valor que ella le da a la historia fue un impulso para iniciar este trabajo. Lo mismo que a Diana Pasmanik, Coordinadora del Proyecto Anillos de CONICYT (SOC-1110): 2013- 2015 “Iluminando un Dilema Educacional en la complejidad de un mundo multicultural: Fortalecimiento de la Formación en Ética e Interculturalidad en Estudiantes Universitarios/as y Profesionales”, en el cual hoy participo como Investigador Postdoctoral. Agradecido por su apoyo y enseñanzas. No puedo dejar fuera a mis ayudantes y hoy colegas Joaquín Carrasco Bahamonde y Camila Berríos Molina, quienes siempre estuvieron dispuestos a colaborar de manera desinteresada en mi investigación. También importantes han sido mis amigos Javier Caro Valdés y su esposa Florencia, su nobleza y cariño son un alimento para el alma. Mi querido y recordado Jorge Olagaray Ortero, profesor, amigo y maestro. Fue el primero en adentrarme en el mundo de la historia del psicoanálisis en Chile, su pérdida a sido difícil de asumir todavía. Importante ha sido también el Dr. Juan Flores Riquelme, quien siempre ha sido un sostén incondicional en varias de mis iniciativas en el psicoanálisis, su cariñosa y desinteresada ayuda me hacen estimarlo y quererlo mucho. Igual a que mis colegas y compañeros de mi formación psicoanalítica en la Sociedad Chilena de Psicoanálisis (ICHPA), con especial atención a Trinidad Coloma y Rodrigo Aguilera. Agradezco también al Magíster en Psicología, mención Teoría y Clínica Psicoanalítica de la Universidad Diego Portales, especialmente a Albana Paganini y Katherine Alvear, quienes me han dado la oportunidad de desarrollar el curso “Freud y los chilenos”, el primero en su especie en nuestro país. No puedo dejar de mencionar al Dr. Gonzalo Salas, insigne historiador de la psicología en Chile de quien he recibido su amistad y colaboración permanente. Lo mismo a mis amigos del Seminario de Historia de la Locura: María José Correa, Marcelo Sánchez y especialmente a Silvana Vetö, su generosa crítica ha enriquecido enormemente mi trabajo.

No quiero dejar fuera a mi amigo David Adasme, compañero y colega que siempre ha estado ahí con sus palabras, incondicional afecto e inteligencia, características que le reservan un espacio importante en mi vida. A mi amiga Alejandra Golcman que desde Buenos Aires, siempre ha sido un puente que me han llevado sólo a fructíferos resultados. Su calidad humana y académica son inigualables. Sumo a mis agradecimientos a mis colegas y amigos Carlos Ramírez, Antonio Letelier, Jorge Castillo, María Isabel Reyes, Andrés Albornoz, Roberto Segura, Raúl Suarez, Carolina Rivera, Antonio Fajardo quien desde pequeño me abrió el mundo de la historia y con su afecto me protegió de muchas cosas, Matías Uribe, Rodrigo Lara, Carla Galindo, Ignacio Fuentes, Andrea Pizarro, Ximena Von Bischhoffhsausen, Carmen Espina, Joel Solorza, Jorge Baños Orellana, Mauro Vallejo, Ana María Jacó, Fernando Ferrari y tantos otros.

Cierro agradeciendo a mis profesores del Doctorado en Psicología de la Universidad de Chile, todos fueron piezas significativas en mi formación. Gracias a mis profesores informantes de los que sólo recibí ayuda y críticas constructivas, el Dr. Hugo Rojas y la Dra. Adriana Espinoza. Infinitas gracias al Dr. Carlos Descouvieres, que con su trato y estímulo me permitió seguir adelante. Gracias también a Dalila Vega, su ayuda y apoyo fueron muy importantes durante estos años. Muchas gracias a todos y todas.

PREFACIO

Se diría que este libro trata de la prehistoria del psicoanálisis en Chile. Al menos si consideramos que su Historia comienza a escribirse desde su institucionalización oficial, es decir a partir de la constitución de lo que se ha dado en llamar el “movimiento psicoanalítico”; ese proyecto no sólo científico, sino político que Freud esperaba extender más allá de las fronteras de Europa a principios del siglo XX. Pero esta consideración es del todo insuficiente, porque la historia del psicoanálisis en Chile comienza a escribirse, como Mariano Ruperthuz lo muestra a cabalidad en este libro, antes de su consagración oficial. Sólo una lectura parcial podría reconocer en el primer tercio del siglo XX una antesala de lo que hoy tendría legitimadas cartas de ciudadanía.

Buena parte de esa historia está marcada por los viajes que médicos, intelectuales chilenos realizaron a Europa en su formación académica y profesional, conociendo directamente la obra en curso de los primeros psicoanalistas formados al alero de Freud. Bajo los imperativos políticos y culturales de proyectos modernizadores, los pioneros del psicoanálisis en Chile viajaban al viejo continente para “apropiarse” de saberes cuya confianza en la razón y la ciencia le otorgaban a esa experiencia la posibilidad de su transmisión y de su ejercicio en estos rincones del mundo. A su retorno a Chile, ellos no habrían sino de traducir esa experiencia a partir de las exigencias que nuestras sociedades les planteaba, en los albores de un siglo que hasta hace poco tiempo llamábamos “nuestro”. Una época donde convivía el desarrollo de una elite ilustrada –donde a menudo medicina, literatura y política no eran campos excluyentes– con una realidad social marcada por las contradicciones entre los procesos de modernización en curso y las profundas desigualdades de clase y de raza que caracterizaban a la sociedad chilena a principios de siglo y que, hay que decirlo, son todavía parte de nuestro presente. Contradicción que es propia a lo que Freud denominaba el “malestar en la cultura”; entendiendo por ello el cruce entre los procesos civilizatorios propios a lo que en clave moderna llamaríamos el “pacto social” y un resto inasimilable a tales procesos donde ha imperado la degradación de lo humano a través de guerras y exclusiones de diverso tipo.

El estudio de Mariano Ruperthuz resalta precisamente el modo como el psicoanálisis se hizo parte en nuestro país de su cultura, en ambos sentidos. Tanto para promover prácticas que recogían el valor terapéutico y de conocimiento del psicoanálisis al aplicarse en dominios sensibles para el desarrollo individual y colectivo, como para servirse de esos mismos saberes en el juego político de nuevas o renovadas formas de normalización y, por lo tanto, de exclusión.

La historia del psicoanálisis no es sólo la historia de sus logros, de sus hitos fundantes, de sus grandes personajes, de sus teorías o de sus técnicas. Es en algún sentido la historia del siglo XX, con la cual no puede sino encontrarse, en mayor o en menor medida, identificada. Para la historia cultural del siglo XX, la revolución teórica y práctica que implica la invención del psicoanálisis es uno de sus hitos más notables: para el pensamiento crítico de la modernidad, el siglo XX es en muchos sentidos el siglo del Psicoanálisis. Pero también habría que decir que las condiciones sociales, culturales de esa época son la base histórica de una revolución que no cayó del cielo, ni fue sólo la obra de uno de los mayores pensadores de una modernidad construida sobre la base de una racionalidad que encontró en la aparente sinrazón del inconsciente la matriz de inteligibilidad de una lógica hasta entonces literalmente impensada. Más aún, ¿habría podido Freud elaborar su concepto de pulsión de muerte, su aproximación terapéutica a la experiencia traumática, su concepción del origen y de la transmisión de la cultura si no hubiera vivido en medio de guerras, de exterminios, si no hubiera sido un intelectual, un investigador y un clínico interrogado por el tiempo que le había tocado vivir? Ciertamente, no. Freud no inventó el concepto de inconsciente sólo por una necesidad epistemológica, tal como Marx no inventó la lucha de clases o los destinos de la alienación moderna. Ambos tuvieron la lucidez, más bien la audacia de un pensamiento que se obliga a crear nuevas formas de decir lo que está ahí, más próximo de lo que la “nerviosidad” (Freud) o la alienación (Marx) “modernas” quisieran alejar como un mal sueño.

Un aspecto especialmente notable del trabajo de Mariano Ruperthuz consiste en reconocer, tal como lo hicieran, entre otros, Norbert Elias, Michel de Certeau o Marcel Gauchet, que el psicoanálisis opera como un “revelador antropológico”, en el sentido que muestra, a través de su interrogación sobre la cultura, las condiciones subjetivas que son parte de una época y de una sociedad dada. Entendiendo por subjetividad no sólo el modo como la experiencia psíquica representa un orden social, sino también como el modo a través del cual ese orden (o desorden) es producido y reproducido por cada individuo, sus prácticas y sus instituciones. Para ello no basta analizar las condiciones institucionales del Psicoanálisis, aquí o allá, sino de que manera su “apropiación” dice mucho de las condiciones sociales, históricas y políticas del suelo que lo ha recibido para ver nacer su propio destino local.

Si bien el psicoanálisis no sostiene sus prácticas en lo que Freud denominaba –críticamente– una “visión de mundo”, en el sentido que su horizonte crítico es inseparable de lo que llamaríamos, con algunas precauciones, su cientificidad, su confianza en la razón y en la ciencia; si bien habría que oponer radicalmente toda vocación ideológica al valor heurístico y crítico de su práctica, no es menos cierto que de una manera u otra termina por hacerse parte de una cierta normatividad, incluso de un cierto sentido común que, para bien o para mal, traduce a la lengua coloquial de los pequeños recintos culturales lo que para muchos debiera mantenerse en el frío espacio de una ciencia sin sujeto. Estudios como el detallado en este libro contribuyen a llenar las lagunas que deja una historia “oficial” –como si esa historia fuese la única posible– acerca de la relación que la teoría y la práctica del psicoanálisis establece con las condiciones sociales, políticas, culturales, donde se desarrolla. Más que de “la” historia del psicoanálisis, este libro viene a subrayar que se trata siempre de “las” historias, en la diversidad de lecturas que podemos hacer de su origen, de su presente, tal vez imaginando algo de su destino.

Este libro es suficientemente elocuente como para tener que decir mucho más. Sólo me resta una pequeña digresión personal, porque el proyecto que Mariano Ruperthuz ha realizado fue en cierto modo el mío también, hace ya veinte años. Termino esta breve presentación con esta mínima referencia a mi historia. Pero, cuando de transmisión se trata, la historia de uno no es sólo la propia. Es la historia que otras generaciones escriben a su manera.

Hace cerca de veinte años, viajé a Paris para realizar una tesis doctoral, a la manera como, veinte años después, Mariano haría la suya, que me correspondió co-dirigir con Mariano Plotkin, que de historia del psicoanálisis en Latinoamérica sabe mucho y a quien este libro sin duda le debe bastante. Yo me formaba por entonces en psicoanálisis, lacaniano más precisamente. Me interesaba un asunto que, por entonces, parecía estar en sintonía con las exigencias de nuestras sociedades:¿cómo pensar, psicoanalíticamente hablando, aquello que Julia Kristeva denominaba las Nuevas enfermedades del alma? ¿Nos encontrábamos en una nueva era de nuestras subjetividades? Cuestion todavía pertinente. Pero una afortunada intuición me hizo pensar que, mas allá de las famosas estructuras con las que la jerga psicoanalítica nos había acostumbrado a nombrar las vicisitudes de la subjetividad en nuestro tiempo, más allá de las consignas teóricas con las que nos habíamos familiarizado para conocer una doctrina, era preciso tener la mínima y necesaria humildad de leer la historia. Por eso me encontré un día en la biblioteca del Hospital St. Anne de Paris revisando algunos textos que médicos chilenos habían producido durante sus estadías en esa ciudad tan relevante para la historia del psicoanálisis. Veinte años después, puedo leer en la tesis de Mariano Ruperthuz, que está a la base de este libro, similares esfuerzos por recuperar de los archivos olvidados de esa historia las huellas del modo como a principios del siglo XX el psicoanálisis comenzó a hacerse parte también de nuestra cultura chilena.

Valga esta breve autoreferencia para insistir en que, afortunadamente, las generaciones van marcando el paso de una memoria que no se detiene en las versiones oficiales y que a ellas le debemos el relevo que toman de nuestras insuficientes inquietudes de formación.

Roberto Aceituno

Psicoanalista

Decano Facultad Ciencias Sociales

Universidad de Chile

PRÓLOGO

¿Por qué escribir un libro sobre la historia del psicoanálisis en Chile? A pesar de que fue un chileno, Germán Greve, quien –según el propio Freud–, mencionó públicamente al psicoanálisis por primera vez en América Latina, lo cierto es que esa mención puntual tuvo lugar en un congreso científico que se desarrollaba en Buenos Aires en 1910. Por otro lado, hoy sabemos que antes de Greve hubieron otros latinoamericanos, particularmente brasileños, interesados en el sistema de pensamiento que se estaba gestando en Viena. La difusión del psicoanálisis, tanto en lo que respecta a su dimensión estrictamente terapéutica, como en su carácter de artefacto cultural entendido en un sentido amplio ha sido mucho menos masiva en Chile que en sus vecinos Argentina y Brasil. Pareciera, por lo tanto, que Chile ha ocupado un lugar doblemente periférico en la historia del psicoanálisis, por su ubicación en América Latina, y porque dentro de la región su posición en lo que respecta a la recepción y difusión del mismo no ha sido central.

El libro que el lector tiene entre manos da una respuesta contundente al interrogante inicial y, en su recorrido por los distintos espacios de circulación del pensamiento psicoanalítico en Chile, nos invita a repensar buena parte del conocimiento recibido no solo sobre la historia del psicoanálisis a nivel regional e internacional, sino, más en general, sobre la historia de la circulación de ideas. Pero vayamos por partes.

El psicoanálisis es una disciplina esencialmente histórica, tanto en lo que respecta a su método como en lo referido a su naturaleza. Al igual que los historiadores, los psicoanalistas buscan construir una narrativa sobre el pasado a partir de los vestigios que el mismo ha dejado en el presente. La temporalidad es constitutiva del saber y de la práctica psicoanalítica. Desde luego que no debemos llevar la búsqueda de similitudes entre el saber histórico y el saber psicoanalítico demasiado lejos. Los conceptos de temporalidad que manejan psicoanalistas e historiadores son diferentes, así como los objetivos planteados por las dos disciplinas. Sin embargo, se puede establecer (y de hecho se ha establecido, en alguna medida) un diálogo fructífero entre las mismas.

Paradójicamente, aunque la historicidad es un elemento constitutivo del psicoanálisis, desde sus mismos comienzos quienes lo practican han mostrado fuertes resistencias para pensarlo históricamente, y esto se ha debido a una multiplicidad de motivos. En primer lugar, como otras disciplinas, prácticas sociales y sistemas de pensamiento y creencias, el psicoanálisis ha generado sus propios mitos de origen. Dentro de ellos, el que más proyecciones ha tenido y, a su vez, el que más ha limitado la posibilidad de su historización es aquel que lo ubica dentro de una genealogía vacía. En efecto, desde los primeros intentos de Freud por construir una narración histórica acerca del sistema por él creado, hasta versiones más recientes producidas por lo general desde dentro del movimiento psicoanalítico y que terminaron constituyendo una versión canónica, el psicoanálisis no reconocería antecedentes. Se trataría del “descubrimiento” de un genio aislado trabajando en condiciones de “espléndido aislamiento”. La historia del psicoanálisis, según esta versión, comenzaría con Freud quien fundaría la genealogía psicoanalítica que se prolongaría en sus colaboradores más cercanos y luego con sus discípulos y seguidores a medida que se iban conformando las instituciones psicoanalíticas en distintos países del mundo. El psicoanálisis sería, por lo tanto, una creación ex nihilo.

Como señala perceptivamente Élisabeth Roudinesco, la historia del psicoanálisis, según la versión canónica, sería “auto engendrada” y, en consecuencia, toda historia contextual sobre los orígenes del psicoanálisis debería ser recusada en beneficio de la mitología del “gran hombre”. Esta visión de la historia, ha sido enormemente influyente en la conformación de la identidad del movimiento psicoanalítico internacional y, aunque ha sido fuertemente cuestionada en las últimas décadas, continúa conformando la “historia oficial” del psicoanálisis. La historia del psicoanálisis durante décadas ha sido una historia centrada en Freud y en su núcleo inicial; un Freud que no conocía ni reconocía “padres” intelectuales aunque hoy sabemos que los tenía y en abundancia. A esta historia mítica de Freud y el psicoanálisis en las últimas décadas se ha contrapuesto una “contra historia”, que funciona como una imagen en negativo de la anterior y cuyo exponente más conocido, pero obviamente no el único, ha sido el Libro negro del psicoanálisis publicado en 2005. Tenemos así, dos narraciones míticas enfrentadas, una freudiana y otra antifreudiana, ambas más centradas en legitimar posiciones que en conocer el pasado.

Un segundo núcleo de problemas que ha limitado la posibilidad de historización del psicoanálisis tiene que ver con la forma en que se constituyó y desarrolló el “campo psicoanalítico” y con la formulación de una “identidad psicoanalítica” como mecanismo de auto-legitimación. Aunque Freud hizo esfuerzos explícitos para dejar en claro que el lugar que él había asignado a la disciplina que había inventado estaba ubicado dentro del universo de las ciencias, el componente “romántico” constitutivo de la disciplina y señalado por Luiz Fernando Dias Duarte y Roudinesco, entre otros, y la manera en que se desarrolló la práctica del “psicoanálisis realmente existente” han puesto en cuestión esta posibilidad.

En efecto, el psicoanálisis se ha desarrollado como una práctica y saber cuyos practicantes pretenden ubicarlo por fuera de las “reglas del juego social”. El psicoanálisis se presenta como un saber irreductible a toda otra forma de saber, y por lo tanto, gozando de una “extraterritorialidad” respecto de otras prácticas y saberes sociales científicos y humanos.

Está, de esta manera, concebido como una forma de saber única e inconmensurable y, así, impermeable a cualquier forma de crítica formulada desde fuera, las cuales, por otro lado, son tratadas desde dentro de las comunidades psicoanalíticas como “resistencias” y pasibles de ser psicoanalizadas. Las categorías clásicas del psicoanálisis son concebidas como trans- (o más bien a-) históricas y no serían susceptibles (como no lo sería el psicoanálisis en tanto práctica y forma de saber) de ser analizadas por las ciencias sociales e históricas. Desde este punto de vista habría una negación por parte de los psicoanalistas de la dimensión social –y, por lo tanto, histórica– de su práctica, entendidas como una forma de interacción social que tiene lugar dentro de un campo específico, con sus reglas de juego propias y sus luchas por la acumulación de capital simbólico (y no sólo simbólico). Podríamos decir que, así como Mao Tse-tung sostenía que sólo desde dentro de la revolución se podía entender la revolución, para importantes sectores dentro del movimiento psicoanalítico sólo aquellos que pasaron por el psicoanálisis –y, en el extremo, sólo los psicoanalistas estarían en condiciones de comprender el funcionamiento del “campo psicoanalítico”. En buena medida, el régimen de autoridad en que se valida el psicoanálisis está basado en esta pretensión de extraterritorialidad, en su carácter de saber que no puede equipararse a ninguna otra forma de saber y que, por lo tanto, está asociado a una práctica que escapa a cualquier forma de regulación, ya sea legal o simbólica. En el límite “el psicoanalista se autoriza a sí mismo”. En este sentido la historia ha servido más como herramienta de legitimación de distintas sectas surgidas dentro del movimiento psicoanalítico a una forma de conocer el pasado.

El psicoanálisis ha constituido uno de los sistemas de pensamiento más relevantes del siglo XX. Más allá de los juicios que merezca, lo cierto es que, como ha señalado John Forrester, volver hoy a pensar problemas tales como la sexualidad y la subjetividad con categorías pre-freudianas tendría tanto sentido como pensar el universo con categorías pre-copernicanas. El sistema creado por Freud se ha convertido en un referente esencial aun para aquellos que lo combaten. Sería imposible intentar reconstruir la historia intelectual del siglo XX sin tener en cuenta el psicoanálisis, de la misma manera que no podría entenderse la historia política (y también intelectual) sin tener en cuenta al marxismo. Y es por eso que historización y el análisis social del desarrollo del psicoanálisis constituye una tarea central para la comprensión del siglo XX.

Ahora bien, una mirada histórica sobre el psicoanálisis que vaya más allá de las mitologías de origen debería partir de algunas premisas básicas. En primer lugar, se debe hacer un intento para que esta mirada sea lo más externa posible respecto del objeto de estudio. Esto es particularmente difícil en el caso del psicoanálisis, puesto que los propios historiadores hemos sido, de una manera o de otra, trabajados por los conceptos de origen psicoanalítico. En términos antropológicos, es difícil en este caso separar a los “nativos” y sus categorías de los analistas y las suyas propias. Buena parte de las historias del psicoanálisis toman como punto de partida las mismas categorías conceptuales que sepretenden analizar. Así, por ejemplo, parte del conocimiento recibido sobre la historia del psicoanálisis reproduce la idea freudiana de que el mismo genera (de hecho tiene que generar) resistencias debido a lo revolucionario de sus descubrimientos. De esta manera, una parte importante de la historiografía sobre el psicoanálisis se dedica a analizar estas resistencias y las luchas llevadas a cabo por la aceptación y la implantación del sistema freudiano, sin siquiera cuestionar el concepto mismo. Además, estas resistencias serían específicas del psicoanálisis debido a la naturaleza de su objeto (el inconsciente y la sexualidad). Sin embargo, una mirada “externa”, que no tomara las categorías y conceptos derivados del psicoanálisis como datos sino como objetos que deben ser analizados crítica e históricamente, más que las resistencias (que por otro lado no tienen nada de específico, sobre todo cuando se trata de formas de conocimiento que además tienen una dimensión profesional que puede amenazar posiciones dentro de un campo consolidado), debería tomar en cuenta y enfatizar la rapidísima difusión del sistema inventado por Freud en occidente y más allá también. Un método terapéutico, que además se constituye en un sistema de investigación sobre un objeto al cual solo puede accederse por el método psicoanalítico (el inconsciente), inventado por un médico judío y provinciano (y por lo tanto ocupando un lugar social relativamente marginal) en la capital de un imperio en decadencia se constituyó en menos de veinte años en un sistema de ideas transnacional anclado en una organización institucional cuyas ramas llegaban al oriente remoto. Para 1920 el psicoanálisis había desbordado ampliamente el universo de sus aplicaciones pensadas originalmente por Freud. Hacia 1930 Freud era una figura tan conocida a nivel internacional, que se puede contar, al menos una carta dirigida a él con las palabras “Dr. Freud, Viena” como única referencia en el sobre, llegó a destino. Podemos decir, entonces, que un fundamento importante de cualquier intento de historización del psicoanálisis debe consistir en no tomar sus categorías como datos de la naturaleza, sino más bien ejercer sobre ellas la misma mirada crítica que todo historiador competente debe ejercer sobre su objeto de estudio cualquiera sea su naturaleza.

En segundo lugar, se debería reponer al psicoanálisis dentro del universo de las prácticas sociales. El psicoanálisis se ha desarrollado como un saber pero también como una práctica, y como tal no está por fuera de las “reglas de juego” de las prácticas sociales en general. Al respecto es útil el concepto de “campo” formulado por Pierre Bourdieu, como un espacio de lucha con reglas generadas internamente por la acumulación de capital simbólico (y no solo simbólico). En este sentido, el psicoanálisis como cualquier otra práctica social, no escaparía a las reglas que rigen los distintos campos. El psicoanálisis debe ser entendido, entonces como una práctica social que se ha desarrollado en sociedades y espacios culturales dados, en momentos específicos, y que (conservando su especificidad) está sometido a los condicionamientos de cualquier otra práctica social.

Por ello, y en tercer lugar, la historia del psicoanálisis como la de cualquier otro sistema de ideas, creencias y prácticas, debe ser contextual. Freud y el psicoanálisis han sido productos de su tiempo. Las categorías originadas en el psicoanálisis, aunque tengan pretensión de universalidad, también deben ser analizadas teniendo en cuenta el contexto de su origen y de su posterior evolución. Pero dado que el psicoanálisis ha cumplido más de un siglo de historia y que el mismo se ha desarrollado de manera diversa en distintos puntos del planeta y, además, ha evolucionado (como cualquier otra forma de conocimiento), se han desarrollado por lo tanto, una multiplicidad de psicoanálisis diferentes. Sería entonces casi imposible hablar “del” psicoanálisis y más bien habría que hablar “de los” distintos psicoanálisis. En el caso de un sistema de saberes y de creencias como es el psicoanálisis, que además ha tenido la capacidad de constituir una “subcultura” en diversos lugares del mundo, es decir desbordar ampliamente su ámbito inicial de utilización difundiéndose por canales diversos tanto dentro de la cultura letrada y científica como de la cultura popular, una historia del psicoanálisis debería tener en cuenta todas estas dimensiones. ¿Por qué, por ejemplo, en algunos lugares la recepción de las ideas de Freud se dio más rápidamente en círculos médicos que en otros? ¿Cómo se desarrolló una “recepción popular” de las ideas originadas en el psicoanálisis en distintos espacios culturales? En este sentido, parece obvio que la historia del psicoanálisis (como la del marxismo y la de cualquier otro sistema de ideas, prácticas y creencias de carácter transnacional) trasciende la biografía de su creador y cualquier lectura canónica. El análisis histórico del psicoanálisis no puede limitarse a los textos y las ideas de Freud y los otros “padres fundadores”, sino que debe abordarse también desde la perspectiva de la recepción y la difusión, las distintas formas en que fueron leídos, interpretados, combinados, apropiados y reformulados. Y para esto se hace indispensable estudiar estos procesos no solamente en los espacios caracterizados como “centrales”, sino en todos aquellos donde han tenido lugar. La historia de las ideas y las creencias no puede separarse de la de su recepción, circulación y difusión; y si esto es así, entonces los desarrollos ocurridos en regiones como América Latina y en países como Chile adquieren otra valoración. Y esto es particularmente importante porque América Latina ha sido una región totalmente relegada de las historias generales sobre el psicoanálisis a pesar del lugar central que el mismo ocupa hoy en día en la cultura urbana de algunos países, y de lo temprano que se difundió la obra freudiana en el subcontinente.

Desde luego, este enfoque multidimensional de la historia del psicoanálisis presenta el problema metodológico de fijar los límites del objeto. ¿Hasta que punto un discurso o una práctica social puede considerarse “psicoanálisis”? ¿Dónde están los límites de lo que puede caracterizarse como “psicoanalítico”? Si lo que interesa es entender el lugar del psicoanálisis en una cultura determinada, conviene considerarlo como un artefacto cultural en sentido amplio, que es lo que hace el autor de este libro. Podría decirse al respecto que interesan todos los discursos y prácticas que se legitiman en el sistema freudiano y que de alguna manera tiene “efectos performativos”, es decir que generan acciones y transformaciones. En todo caso, la pregunta relevante sería porqué el psicoanálisis (entendido éste de la manera que sea) en un momento particular de una cultura dada se transforma en un agente legitimador de determinados discursos y prácticas.

El libro que el/a lector/a tiene entre manos es un excelente aporte a la historia del psicoanálisis porque aborda el tema desde todas las dimensiones esbozadas más arriba. Al respecto, quiero destacar dos cualidades del mismo entre las muchas que posee. Se trata de un texto que busca elucidar de qué manera el psicoanálisis ha sido interpretado, leído y apropiado en Chile a lo largo de 40 años de historia del país, prestando atención a variables políticas, sociales, y culturales. De esta manera el proceso de recepción y circulación del psicoanálisis en Chile no constituye un hecho aislado, la llegada de la “buena nueva”, sino parte de un complejo proceso estrechamente vinculado al desarrollo histórico del país en el cual los agentes de recepción jugaron un papel activo. Mariano Ruperthuz Honorato analiza las múltiples dimensiones del proceso de recepción y circulación de las ideas freudianas prestando particular atención a las variables históricas que han constituido un “campo fértil” para esos desarrollos. Por otro lado, se detiene a analizar en profundidad diversos espacios de recepción: jurídico, literario, médico, intelectual y a nivel de la cultura popular.

Pero además, y este es el segundo punto que quiero resaltar, llama la atención la cronología. El análisis de Ruperthuz se detiene en 1949 es decir inmediatamente antes de la creación de la Asociación Psicoanalítica Chilena. Esto es importante de señalar porque con esto contribuye a desmontar otro elemento importante de la narración mítica de la historia del psicoanálisis: que el mismo se implanta solamente cuando se establece una asociación oficial vinculada a la IPA, o de origen lacaniana. Todas las formas de recepción previas son, desde las historias oficiales, o bien ignoradas, o bien consideradas como “precursoras”, o como formas desviadas y por lo tanto sin valor para el “verdadero psicoanálisis”. Lo que Ruperthuz contribuye a mostrar, siguiendo una línea de investigación que comenzó hace décadas en Europa y los EEUU, y más recientemente en otros países de la región, es que, para el momento en que se creó la Asociación Psicoanalítica de Chile, hacía ya décadas que se conocía, discutía y aplicaba elementos del pensamiento freudiano, habiendo incluso intelectuales, juristas y médicos que establecieron contactos personales con Freud. De esta manera, podría decirse que el establecimiento de la asociación constituiría un episodio más en el proceso de recepción y circulación de ideas vinculadas al psicoanálisis en el país, episodio, sin duda importante, pero no necesariamente fundacional.

Creo, por todo esto, que este libro constituye un aporte importante a la historia del psicoanálisis no solamente en Chile, sino a nivel internacional, y un paso más para reinsertar a América Latina en la historia del psicoanálisis general.

Mariano Ben Plotkin

Historiador

Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES, Buenos Aires)

Investigador CONICET

CAPÍTULO 1

LA HISTORIA DEL PSICOANÁLISIS EN CHILE: LA CONSTRUCCIÓN DE UN PROBLEMA HISTORIOGRÁFICO.

1.1 La historia del psicoanálisis como un problema de investigación en Chile

La presente investigación aborda un problema escasamente estudiado en Chile. Si bien, el psicoanálisis se ha constituido como uno de los sistemas de pensamiento más influyentes en el mundo occidental a lo largo del siglo XX, no han existido investigaciones a nivel local que reconstruyan toda su riqueza como objeto histórico. Parafraseando a John Burham (2012), hablar de Freud es apuntar a un particular e intrincado fenómeno histórico y cultural que transformó las concepciones acerca del ser humano, inaugurando una nueva forma de mirar el mundo en el siglo XX1. Nació como una teoría de la mente y al mismo tiempo como una práctica clínica, el psicoanálisis rápidamente sobrepasó sus límites iniciales y se constituyó, en palabras del poeta británico W.H Auden, en un verdadero “clima de opinión”2. Visto así, las teorías de Freud viajaron rápidamente a través del globo, impactando distintos espacios sociales y culturales, siendo recepcionadas, apropiadas y reinterpretadas según las necesidades de cada público en sus respectivos espacios locales.

El psicoanálisis tiene su origen en la Viena finisecular, de la mano de un médico judío que no ocupaba un lugar central dentro del establishment de su época. Sus tempranos discípulos tampoco gozaban de demasiado prestigio profesional pero, a pesar de esto, sus postulados se diseminaron de manera sorprendentemente rápida, logrando una notoriedad sin igual. Si se piensa en el Chile de finales del siglo XIX y de comienzos del tan significativo siglo XX y los casi 13.000 kilómetros que separaban Viena de Santiago de Chile –ciudad donde se llevaron a cabo, al igual que en Valparaíso, las mayores discusiones en torno al psicoanálisis– ya el sólo el traslado de las ideas de Freud a Chile constituye en sí mismo un problema interesante de responder. Además las historias del psicoanálisis en otras latitudes muestran cómo los conceptos y las ideas freudianas tuvieron una vida independiente de lo que ocurría en los reductos supuestamente “oficiales” como son las sociedades psicoanalíticas.

Como ejemplo de lo anterior, en el año 2011 la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) publicó un libro celebratorio del centenario de la fundación de esta agrupación profesional3, donde se reunieron trabajos de analistas de los cinco continentes, los que desde una perspectiva muy propia y tradicional, señalaban el devenir histórico de las ideas de Freud en sus respectivos países. Este gran recuento incluyó, por supuesto, un opúsculo sobre lo sucedido en Chile4, en el que su autor afirma que: “La historia del psicoanálisis en Chile y de la Asociación Psicoanalítica Chilena (APCH) está bien documentada”5 (p.281), afirmando esto a partir de una serie de trabajos producidos por miembros del nombrado capítulo local6. A mi modo de ver, este pequeño número de documentos comparten algunas características que ayudarían a entender las razones y soportes de esta declaración: casi la totalidad de ellos se centran de manera exclusiva en los hechos que llevaron a la fundación de la Asociación Psicoanalítica Chilena (1949), asimilando que la historia del psicoanálisis en Chile estaría contendida exclusivamente en la historia institucional. Además, este evento es un hito que definiría un “momento cero” desde donde se comienza a escribir la historia “oficial” del psicoanálisis en el país7. Lo anterior a eso será, por lo tanto, prehistórico y los personajes influyentes de ese periodo recibirán el adjetivo de difusores o pioneros (que lo fueron), en contraposición con aquellos formados “oficialmente”8, mostrando como la institución psicoanalítica entrega claros elementos de legitimidad, autorización y reconocimiento al momento de contar la historia del psicoanálisis a nivel local9. Por otro lado, estas aproximaciones excluyen cualquier variable relacionada con el contexto social, político y económico que enmarcó la llegada de las ideas de Freud a Chile y que pudo influir en su aceptación o rechazo. Con ello, se observa una tendencia a pensar artificialmente al psicoanálisis como una práctica indoor10, la que flotaría por fuera de la fuerza de gravedad de la sociedad y que estaría basada en la supuesta neutralidad del psicoanalista11.

Como la historia del psicoanálisis cruza los llamados “saberes psi”12 (psicología, psiquiatría y a sí mismo psicoanálisis) se podría esperar que desde esos sectores se haya realizado una indagación histórica mayor. Pero el panorama no es del todo alentador. Gonzalo Salas y Eugenio Lizama en su reciente Historia de la Psicología en Chile (1889-1981)13 afirman que “la tarea historiográfica de la Psicología en Chile, ha presentado un exiguo desarrollo, debido a la escasa sistematización de los conocimientos y las investigaciones desplegadas en Chile” (Salas & Lizama, 2009, p. 27). Para ellos, la influencia de estos factores ha hecho muy compleja la tarea de realizar una verdadera reconstrucción histórica disciplinar, buscando posicionar así su trabajo como un aporte significativo en esta materia. Sin embargo, el lugar que estos autores le dan al psicoanálisis dentro de la recopilación histórica de la psicología chilena es al menos exiguo. Este trabajo muestra nulas referencias a las ideas freudianas como parte de la historia de la disciplina, ni tampoco dan razones suficientes para dicha exclusión14. Otros autores en esta misma línea opinan que “En Chile, cuando se enseña los orígenes y el desarrollo de la psicología, se enseña la historia estadounidense y europea y no se transmiten las experiencias propias ni se ofrece un recuento histórico chileno. Son muy pocos los autores que han investigado el tema y varios de los escritos presentan impresiones y contradicciones” (Pizarro, 1997, p. 2), desprendiéndose, en consecuencia, la necesidad de profundizar en esta área de investigación, ganando, de seguro, mayor precisión e identidad. Puedo afirmar que la única investigación que ha tomado la historia del psicoanálisis en Chile (comparándola con lo sucedido con Estados Unidos y la Argentina), para rescatar los aportes invisilizados de muchas investigadoras nacionales, víctimas de los principios que rigen la construcción histórica de la disciplina a partir de sesgos de género, es la realizada por María Inés Winkler15. Sin embargo, como su objetivo es otro, no logra ampliar mucho más los antecedentes tradicionales que se manejan sobre la recepción del psicoanálisis a nivel local16.

Por otro lado, los trabajos sobre la historia de la psiquiatría en Chile si bien tienen una mayor tradición, tampoco desarrollan mayores antecedentes sobre el psicoanálisis. Así investigaciones clásicas como las de Ricardo Cruz-Coke17 o Armando Roa18, que dan cuenta de la evolución de la medicina mental en Chile, no extienden demasiado sus márgenes para incluir de manera pormenorizada al freudismo19. Acto seguido, los trabajos recopilatorios más recientes sobre la historia de la psiquiatría chilena, se dedican en extenso a pensar la historia de la fundación y desarrollo de los establecimientos psiquiátricos en el territorio nacional, desde una perspectiva cronológica y principalmente descriptiva20. Cuando hacen referencia al psicoanálisis se dedican a comentar los aportes pioneros de Germán Greve Schlegel y Fernando Allende Navarro, además de centrarse en la figura del “fundador” del psicoanálisis en Chile, Ignacio Matte Blanco. Desde esta óptica el psicoanálisis es el sinónimo de una práctica médica especializada21.

Por otro lado, una renovación la presentan los trabajos que en estos últimos años en Chile ha realizado el “Grupo de Estudios en Historia en las Ciencias [GEHC]”, equipo interdisciplinario que ha fomentado la creación de instancias de investigación y diálogo acerca de la Historia de las Ciencias en Chile y América Latina, dando especial cabida a la historia de la medicina, la psiquiatría, la eugenesia y la criminología22. Por último, debo mencionar que estos últimos años se han abierto nuevas instancias para pensar la historia del psicoanálisis chileno. Por ejemplo, el trabajo realizado por Silvana Veto (2012) acerca del psicoanálisis en los tiempos de la dictadura de Augusto Pinochet, específicamente la desaparición de Gabriel Castillo Cerna, médico psiquiatra, egresado del Instituto de Formación Psicoanalítica de la APCH23.

Así y luego esta revisión, puedo afirmar que el estado del campo donde se inserta la presente investigación, justifica plenamente su presencia e intención, ya que los respectivos campos de “los saberes psi” en Chile no han generado investigaciones históricas que logren abordar la complejidad que implicaría la historia del psicoanálisis . Como lo señalé, el psicoanálisis es uno de los sistemas de pensamiento más influyentes y relevantes del último siglo, su incidencia va más allá del mundo de las ciencias, compenetrándose significativamente en la cotidianidad de los miembros de varios espacios culturales y sociales. Por ello, quise tomar partido en este panorama y proponer un trabajo que abordara, de manera profunda y especialmente novedosa, la llegada e implantación de las ideas de Freud en nuestro país.

Sin embargo, a mi modo de ver, esta simple declaración de intención no es suficiente y es necesario delimitar las herramientas conceptuales para llevar a cabo esta tarea, ya que la bibliografía muestra también que existen distintos modos de encarar y conceptualizar la historia del psicoanálisis. Cada perspectiva tiene su implicancias específicas y quiero dejar claro desde qué óptica pude afrontar este problema. Por ello, en el siguiente apartado repasaré dichos “estilos”, para luego, una vez hecha esta revisión, plantear cuál será la modalidad que adopté en este trabajo.

1.2 Historia en psicoanálisis: tradiciones historiográficas asociadas a su estudio.

La evidencia muestra que, dentro del campo de investigaciones que intentan abordar la historia del psicoanálisis, existen modos bien definidos de encarar y pensar su historia, generando verdaderas tendencias historiográficas perfectamente distinguibles. Estos “modos” o “estilos”, según Plotkin (2003), serían principalmente tres: los trabajos centrados en la figura de Freud como único autor y creador del psicoanálisis. En este grupo de abordajes –donde se reúnen los trabajos del mismo Sigmund Freud, Ernest Jones24, Peter Gay25 y Louis Breger2627, entre otros– Freud es representado como un verdadero héroe solitario, donde sus descubrimientos no reconocerían casi ninguna genealogía y en la cual la teoría freudiana sería una especie de creación ex-nihilo. Estas propuestas de historización del psicoanálisis tienen tanta antigüedad como el mismo psicoanálisis. Los primeros trabajos dedicados al tema se escribieron casi en “tiempo real” por el mismo Freud a medida que fue visualizando la importancia y repercusión de sus ideas, lo mismo que los motivos políticos de su movimiento. Con esto se inauguró una corriente historiográfica muy fuerte que tuvo su origen al interior del movimiento psicoanalítico y que se distinguirá significativamente del estilo de los trabajos que vendrán desde fuera de él28.

Para ser más concreto, esta veta fue inaugurada con el trabajo freudiano Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico de 191429, reforzándose posteriormente con otros escritos en los que Freud explicará, desde su particular punto de vista, el nacimiento del psicoanálisis. Ellos están plagados de significantes tales como “lucha”, “causa”, “resistencia”, “incomprensión” y “rechazo”, los que circularán a lo largo del tiempo – hasta hoy inclusive– caracterizando la historia y especialmente el origen del psicoanálisis.

Una afirmación de Freud en esta línea es la siguiente:

“Siendo el propósito del presente trabajo trazar la historia del movimiento psicoanalítico, no habrá que extrañar su carácter subjetivo ni la preponderancia en él de mi propia persona. El psicoanálisis es, en efecto obra mía. Durante diez años fui el único en ocuparme de él, y todo el disgusto que su aparición provocó cayó sobre mí, haciéndome contemporáneo de las más diversas y violentas críticas” (Freud, 1996 [1914], p. 1895).

Si se contrasta la afirmación anterior con lo que comúnmente se sabe del origen del psicoanálisis, se pesquisa cierta ambivalencia de Freud para reconocer la participación de “otros” en “su” descubrimiento. Llama particularmente la atención el cambio que tuvo Freud a través el tiempo con respecto al papel de Josef Breuer –por señalar a uno de los participantes más significativos– en el nacimiento del psicoanálisis. Para muchos, incluyéndome, daría por sentado que los conocidos Estudios sobre la Histeria de 1895, de autoría de Breuer y Freud, sentaron las bases para los posteriores desarrollos psicoanalíticos. Sin embargo, y aunque al parecer Freud pensaba lo mismo, en un breve lapso, cambió su opinión al respecto. Así lo evidencian sus palabras de 1909 cuando presentó el psicoanálisis al público norteamericano, las que se diferencian de su trabajo de 1914. Así, Freud abre sus conferencias norteamericanas diciendo:

“Si constituye un mérito haber dado vida al psicoanálisis, no es a mi a quien corresponde atribuirlo, pues no tomé parte alguna en sus albores. No habría yo terminado mis estudios y me hallaba preparando los últimos exámenes de la carrera cuando otro médico vienés, el doctor Josef Breuer, empleó por primera vez este método en el tratamiento de una muchacha histérica (1880-1892)” (Freud, 1996 [1910], p. 1533).

Lo anterior marca la existencia de una genealogía intelectual de la cual el psicoanálisis era heredero, participando dentro de un conjunto de descubrimientos anteriores en el campo científico que lo vio nacer. Esta influencia “externa”, si es que puede llamar así, no sólo apuntaría a las personas que estuvieron directamente relacionadas con Freud – como Charcot, Breuer o Fliess– sino que también al contexto intelectual de la época. Pero el mismo Freud, cinco años más tarde de este reconocimiento, reivindicará, en palabras de López-Ballesteros (1996), su exclusiva paternidad en el nacimiento del psicoanálisis:

“Cuando en 1909, y desde la cátedra de una Universidad americana, se me ofreció la primera ocasión de hablar públicamente sobre el psicoanálisis declaré, movido por la importancia del momento para mis aspiraciones, no haber sido yo quien diera vida al psicoanálisis. Tal merecimiento había sido conquistado por otro –por el doctor Josef Breuer– en una época en la que yo me hallaba entregado a la preparación de mis exámenes finales (1880-82). Posteriormente varios benévolos amigos míos me han reprochado haber dado con tales palabras una expresión desmesurada de agradecimiento hacia el doctor Breuer. Hubiera decidido presentar, según lo había hecho en otras ocasiones anteriores, el “método catártico” de Breuer como un estadio preanalítico, situando el punto de partida del psicoanálisis en mi abandono de la técnica hipnótica y mi introducción de las asociaciones espontáneas del enfermo. A mi juicio, es indiferente iniciar la historia del psicoanálisis con el método catártico o sólo con mi ulterior modificación del mismo. Toco esta cuestión, nada interesante, tan sólo porque algunos adversarios del psicoanálisis suelen acordarse ocasionalmente de que este arte no fue iniciado por mí, sino por Breuer. Esto no sucede, claro está, sino cuando su situación les permite reconocer algo estimable en nuestra disciplina, pues en caso contrario el psicoanálisis es indiscutiblemente obra mía. No he sabido nunca que la considerable participación correspondiente a Breuer en el psicoanálisis haya atraído sobre él su parte de críticas y reproches. Pero habiendo reconocido hace mucho tiempo como destino inevitable del psicoanálisis el de excitar la contradicción y el disgusto de los hombres, me he decidido a considerarme como el único autor responsables de sus caracteres fundamentales”

(Freud, 1996 [1910], p. 1533).

Quiero agregar que el recurso del “héroe solitario” o el “genio”, según ciertos autores, es una herramienta recurrente cuando se escribe la historia de la ciencia30, pero que especialmente en el caso del psicoanálisis, ha reflejado un particular uso del pasado para lograr ciertos grados de autolegitimación. Vale decir, el recurso del pasado31 pretende subrayar la originalidad del psicoanálisis –que la tiene por cierto–, pero desprendiéndose de cualquier antecedente o deuda intelectual32, forjando con ello una especie de “genealogía vacía”, que explicaría su creación como epifenómeno originado por un único creador, haciendo que sea imposible distinguir la historia del psicoanálisis de la biografía de Freud. De esta manera, estos elementos –a los ojos de algunos autores33– comienzan a configurar el “mito de origen” del psicoanálisis, el que tendrá interesantes consecuencias en varios ámbitos. Según esta mirada, el psicoanálisis siempre ha estado (¿y estará?) condenado a chocar con fuertes resistencias de parte de la sociedad y, especialmente, del mundo científico a causa de las verdades que revela 34, ocultando así el sorprendente éxito y rapidez de la diseminación de las teorías freudianas por los distintos países y espacios culturales35. En este mismo sentido, aquellos que se apartaron de este camino fueron calificados como discípulos “disidentes”, donde los casos de Carl Jung y Alfred Adler son históricamente significativos.

Hugo Vezzetti36 resumió cómo desde esta perspectiva, la historia del psicoanálisis ha sido pensada como la historia de un movimiento. Vale decir: “una formación colectiva, con sus propios fines como organización; en un sentido político, o, incluso, en un sentido religioso (es muy conocida, en ese sentido la comparación con una “iglesia”), que la diferencia de una historia disciplinar […] [Por su parte] el desenvolvimiento del psicoanálisis está recargado por el peso de las biografías y de los vínculos entre los analistas, en una trama que se arma como una verdadera novela familiar o una saga religiosa. Allí se establece un modelo de historia dominado por la biografía; ente todo la de Freud” (pp. 64-65).

Más tarde, el avance crítico sobre este estilo ayudó a entender que el nacimiento del psicoanálisis tuvo directa relación con su entorno más próximo, dando paso a los abordajes contextualistas que analizaron cómo las condiciones específicas de la Viena de fin de siglo influyeron crucialmente en los descubrimientos de Freud (Carl Schorske37, William J. McGrath38, y Henri F. Ellenberger39 se cuentan entre los más representativos). Ahora, la historia del psicoanálisis era vista como un entramado de vicisitudes que implicaron a la historia intelectual que rodeó a Freud y las condiciones sociales, políticas y económicas en las cuales estuvo inmerso. Así se puede contar con el declive del sistema liberal vienés y la correspondiente reorganización del papel que los judíos ocuparían en dicha sociedad, lo mismo que la evolución de las teorías psicodinámicas en el campo médico-psiquiátrico y su influencia en la génesis del psicoanálisis. Por ejemplo MacGarth afirma que: “En la exploración histórica de los orígenes de la creatividad de Freud me he centrado en la interacción de su mundo interno de los sueños y fantasías y las influencias externas como la situación familiar, la tradición religiosa, el nivel educativo, y el medio socio-político” (MacGarth, 1986, p.18). Por otro lado, en los últimos años se ha abierto una nueva corriente de investigación –de la cual este libro intenta ser parte–, sobre la historia del psicoanálisis: los estudios que se preocupan sobre la circulación transnacional y la apropiación de las ideas freudianas en ciertos espacios socio-culturales determinados40 (Damusi & Plotkin, 2009). Esta mirada considera al psicoanálisis como un cúmulo de ideas que tiene la propiedad de transitar por distintos espacios culturales y nacionales, siendo recepcionado y utilizado de distintas formas, llegando inclusive a empapar varias capas de la sociedad en la que es recibido. El proceso de recepción es un fenómeno activo, destacando las distintas reapropiaciones y reinterpretaciones que los agentes locales hicieron de las ideas de Freud, haciéndolas compatibles con las tradiciones que dominaban la escena local. Está claro que este es un proceso activo donde los distintos agentes al momento de recepcionar las ideas, también las reinterpretan según las exigencias de su época. Por ello esta concepción se aleja de la idea de la existencia de una supuesta manera “correcta” de leer los conceptos del psicoanálisis.

Como ejemplo ilustrativo de esta manera de pensar el problema, en mayo de 1956 las Universidades de Frankfurt y Heidelberg celebraron el centenario del nacimiento de Sigmund Freud, realizando diferentes conferencias a cargo de distinguidos invitados como fueron Franz Alexander, Michael Balint, Ludwig Binswanger, E. H. Erickson, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, entre otros41. Sentidos discursos y conferencias rescataron el aporte del psicoanálisis como disciplina transversal y no sólo como parte importante de la medicina, psiquiatría o psicología. Hay en especial, dos citas que rescatan las características particulares del psicoanálisis y que en virtud de la presente perspectiva quiero comenzar a introducir. Una de ellas es la del Rector de la Universidad Johan Wolfgag Goethe y la otra del Ministro Presidente de la República Federal Alemana. El primero afirmó:

“Las doctrinas científicas en las que se refleja la obra vital de Sigmund Freud, también fueron originalmente dadas a conocer, discutidas y desarrolladas posteriormente en Alemania, como en todos los países civilizados occidentales. Nuestra universidad fue antiguamente uno de los lugares donde más se cultivaron estas doctrinas. Después fueron reprimidas, durante el período de dictadura política. Mientras adquirieron una importancia cada vez mayor en el extranjero y especialmente en las naciones anglosajonas, cayeron en la proscripción aquí en Alemania” (Coin en Adorno & Dirks, pp. 19-20).

Por otro lado las palabras del primer ministro no dejarían de elogiar y relevar los aportes freudianos:

“Un ministro que se atreviera a hablar en conmemoraciones y en cada oportunidad que se le ofreciera sobre el objeto o la persona del homenaje, no sería tomado a la larga muy en serio por un público crítico y de muy alta formación intelectual. Por ello, no quiero colocarme la toga imaginaria de un pequeño juez universal, para dar aquí un juicio sobre Sigmund Freud. Si tengo el valor de tomar la palabra en esta ilustre reunión, ello se debe a dos motivos. En primer lugar porque soy de la opinión de que la obra de Sigmund Freud se ha convertido ya en muchos aspectos en una posesión común del mundo intelectual. En segundo lugar porque creo que para el estadista, y como consecuencia de su profesión especial, es una obligación ocuparse del destino de esta obra, así como de su autor” […] “En el año 1938 fue desterrado de su patria por el bárbaro fenómeno que condujo a un estado en contra del derecho, la ley y la obligación. Freud murió un año después. Y mientras los violentos nazistas presumían de la caída de determinados círculos intelectuales alemanes, así como de haber destruido la obra de Freud en el campo de la lengua alemana, su doctrina efectuó un viaje victorioso sin igual por todo el mundo. A excepción de la Unión Soviética, que se mantiene rígidamente en la dirección de la reflexología, no existe actualmente en el mundo ninguna Psicología, Pedagogía, Medicina, Filosofía y Estética, que no utilice las doctrinas y métodos de Freud. Esto debería de obligarnos a los políticos a reflexionar nuevamente sobre la relación entre la política y la ciencia, tanto dentro como fuera del gobierno”

(August Zinn, en Adorno & Dirks, pp. 13-26).

Bajo esta óptica, estas citas reflejarían una de las tantas rutas por las que ingresaron las ideas de Freud a Alemania: el mundo universitario, lugar donde fueron recepcionadas, leías y comentadas. Subrayan que el psicoanálisis viajó por el mundo, cruzando diversas fronteras nacionales y culturales, engrosando así las filas del amplio mundo intelectual42 y con esta descripción permiten, ciertamente entender la afirmación que dice que la difusión del psicoanálisis es uno de los fenómenos más importantes del siglo pasado (Plotkin, 2009).

Estos antecedentes, sin duda ayudan a pensar el problema de la historia del psicoanálisis en Chile desde otra perspectiva43. Si el origen del psicoanálisis estuvo influenciado por variables histórico contextuales y no puede atribuírsele sólo a una persona exclusivamente ¿cómo entender su difusión en varios lugares del mundo y sus profundas repercusiones sociales, sin tener que revisar la naturaleza misma del psicoanálisis como disciplina? Entender esta complejidad es uno de los núcleos más conflictivos para las aproximaciones que provienen desde “dentro” del “movimiento psicoanalítico”