Futuro - Florence Gaub - E-Book

Futuro E-Book

Florence Gaub

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Beschreibung

Florence Gaub ayuda a pensar, planificar y diseñar un futuro personalizado, pues no es más que el resultado de nuestros actos. «Somos seres con la capacidad de imaginar el futuro con tanto detalle que podemos crearlo», afirma Florence Gaub, en un mensaje lleno de esperanza. Pocas veces hemos tenido un futuro con una incertidumbre tan diversa y tan grande como hoy en día. Florence se sirve de ejemplos de la neurociencia, la psicología, la filosofía y la historia para mostrar cómo nos imaginamos, diseñamos y hacemos realidad el «futuro». En este momento corremos el riesgo de perder algo: la creencia de que podemos dar forma a nuestra vida futura. «Todos viajamos mentalmente al futuro varias veces al día, más que al pasado. Gracias a la neurociencia, sabemos que, en nuestro cerebro, el futuro es tan real como el presente. Por tanto, no es un tiempo que está por venir, sino un proceso individual, creativo, imaginativo y sensorial en el que se crea una realidad futura. Esta capacidad conforma la base de las expectativas, las decisiones y el libre albedrío. Así pues, no somos solo seres que se definen por su capacidad de raciocinio, sino también por su capacidad de viajar mentalmente al futuro». -Florence Gaub

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Seitenzahl: 273

Veröffentlichungsjahr: 2024

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A mi padre, que cuando de pequeñole preguntaban por su futuro, respondía:«Quiero tener hijos. O ser astronauta».

ÍNDICE

Introducción

Antes de utilizar el producto

Capítulo I

Datos técnicos: ¿Qué es el futuro?

1. Características principales

2. Uso previsto: ¿Para qué sirve el futuro?

3. Tipologías: Cuatro tipos de futuro

4. Origen: La historia del futuro

Capítulo II

Elementos de control y partes del dispositivo: ¿De qué se compone el futuro?

1. El botón de encendido

2. El presente

3. El pasado

4. Lo nuevo

Capítulo III

Puesta en marcha: Cómo funciona el futuro

1. Con total certeza: Lo que sabemos

2. Vivir con el peligro

3. Imaginarse lo mejor

4. ¡Sorpresa!

Capítulo IV

Advertencias y avisos de seguridad

1. Pensamiento catastrófico

2. El deseo o wishful thinking

3. La ilusión de la certeza

4. El falso futuro

Capítulo V

Solución de averías

1. Producto caducado

2. El futuro invisible

3. El mal futuro

4. El futuro sin inspiración

Capítulo final

Garantía de futuro

Créditos

«Se trata del futuro, canciller. Hay quien piensa que el futuro es el fin de la historia. Bueno, la historia aún no ha terminado. Su padre llamaba al futuro “tierra por descubrir”».

Capitán James T. Kirk, Star Trek VI (1991)

INTRODUCCIÓN

Antes de utilizar el producto

Para casi todos nosotros, el futuro es algo que consumimos de forma pasiva, como las piruletas o las series de televisión. Los políticos, los empresarios tecnológicos, las películas de ciencia ficción e incluso los adivinos producen futuros listos para usar que «compramos» porque al menos nos dan una idea de lo que puede depararnos el mañana. Visto así, el futuro es algo lejano, que aún no ha llegado, ajeno a nosotros, irreal, algo que sucede por sí mismo. Algo así como un asteroide que se precipita hacia la Tierra.

Pero esta visión es errónea.

El futuro no es un tiempo lejano, sino algo que todas las personas crean constantemente. Lo crean los individuos, los Estados, las empresas y los clubes de fútbol. Y para todos, el futuro está en 3D e incluye imágenes, sonidos e incluso sabores.

Aunque utilicemos la palabra «futuro» en singular, en realidad siempre es una pluralidad: lo posible, lo probable, lo verosímil e incluso lo imposible son versiones del futuro. Por tanto, el futuro (sigamos en singular, ya que es a lo que estamos acostumbrados) es todo lo que podemos imaginar sobre él.

Esta capacidad de viajar mentalmente a un tiempo que aún no ha llegado es un rasgo humano que no se encuentra en el reino animal, algo así como un superpoder o, si vamos un poco más allá, quizá una de las características más importantes del ser humano. Casi todo lo que hace humana a una persona (sopesar opciones, tomar decisiones, soñar, fijar objetivos, preocuparse) es una forma de futuro.

Sin embargo, la mayoría rara vez saca el máximo partido a esta capacidad. La gente pasa la mitad de sus horas de vigilia pensando en el futuro, pero la mayor parte la desperdicia con futuros más bien banales. El 80% de nuestro pensamiento sobre el futuro está dedicado al futuro cotidiano: lo que comemos, cuándo vamos a trabajar y cuándo son los exámenes de los niños. En un lejano segundo lugar, con un 14%, está el futuro del año que viene: vacaciones, proyectos, visitas al médico. Tan solo el 6% de nuestro futuro se refiere a los próximos 10 a 15 años, como casarse, construir una casa o alcanzar objetivos profesionales1.

Apenas visitamos mentalmente el futuro más grande y distante, y cuando lo hacemos, nos apresuramos a temerlo y a dejarlo en manos de otros, casi como si no nos perteneciera o no fuera nuestra responsabilidad. Esto se debe en parte a la idea errónea de que este futuro más grande y colectivo es diferente del futuro pequeño y personal. El primero se supone que está en manos de gobiernos y empresas y se gestiona con informes de prospectiva estratégica y modelos de macrodatos o big data, el segundo, con agendas y tableros de metas; al menos así es como suele pensarse. Los libros para el futuro grande se encuentran en la sección de «Ciencia», los del pequeño, en la sección de «Autoayuda».

Pero esta distinción es falsa. Todos los futuros están interconectados, de hecho, están entrelazados como piezas de LEGO. El futuro cotidiano está imbricado en el futuro personal, que, a su vez, forma parte del futuro de esta era, que forma parte del futuro del planeta. Estos futuros no solo dependen unos de otros, sino que se crean en la mente de las personas de manera muy parecida: elementos del pasado, información del presente e imaginación se mezclan para crear algo totalmente nuevo. Por lo tanto, todo el mundo está capacitado para los cuatro futuros —grandes y pequeños—, si bien la mayoría descuida dos, a menudo incluso tres de ellos. Por tanto, no son los productores de futuro a voluntad que podrían ser, sino consumidores de los futuros de otros.

Y no somos solo los individuos los que descuidamos el futuro, lo mismo nos ocurre como sociedad, y es así desde hace siglos. No aprendemos a manejarlo en el colegio, los grandes filósofos tienen poco que decir al respecto, y la ciencia solo ha empezado a centrarse en el futuro como objeto de investigación hace muy poco. Quizá sea justo ese el motivo de que el futuro esté actualmente en crisis.

Y precisamente por eso necesitamos un manual de instrucciones.

El superpoder dormido

Todos nacemos con la capacidad mental de viajar a futuros múltiples e incluso lejanos. Pero primero hay que aprender a viajar muy lejos y desarrollar muchos y útiles futuros. Esto no ocurre de forma automática porque estamos anclados en el ahora de la vida cotidiana, que es donde transcurre la vida. También por eso el futuro pequeño es en el que pasamos más tiempo, porque es el más útil para el presente inmediato. Viajar más lejos —ya sea hacia el futuro personal o hacia el futuro de la sociedad o incluso del planeta— es menos habitual, aunque solo sea porque es más agotador, precisa ciertas herramientas y habilidades y, por último, requiere una sociedad que promueva y enseñe ambas cosas.

Pero hasta ahora, la mayoría de las sociedades occidentales ha tendido a centrarse en el pasado más que en el futuro, y eso ya de por sí lo dificulta. La prospectiva no es una asignatura obligatoria en la escuela, sí lo es la historia, y se enseña más latín que exploración espacial. La universidad tampoco es mucho mejor. Se enseñan más habilidades que pensamiento, y el pensamiento que se enseña es convergente (donde la lógica se utiliza para encontrar una única respuesta correcta) y no divergente (donde la imaginación se utiliza para encontrar tantas soluciones como sea posible). Asignaturas como Arte, Literatura, Filosofía o No Hacer Nada (a menudo practicada por los alumnos, pero no impartida como asignatura) fomentarían la imaginación, vital para la capacidad de futuro, pero suelen considerarse secundarias porque no son útiles para el mercado laboral.

También existe una preferencia generalizada por el pasado. En psicología, el enfoque predominante sigue siendo buscar la causa de los problemas en el pasado del paciente en lugar de encontrar una solución en el futuro. La mayoría de nuestras religiones miran hacia atrás, predicando el regreso a un paraíso perdido, no a un futuro mejor. Y, por supuesto, el siglo XXI, con su adicción a lo inmediato —tuits, informes trimestrales, ciclos electorales— fomenta el cortoplacismo y tiende a cargar el futuro con los problemas del presente. (Algunos lo llaman colonialismo del futuro, es decir, la apropiación violenta de algo de propiedad ajena). No en vano, también tenemos una desventaja cultural cuando se trata del futuro: el colectivo de las culturas occidentales tiende a estar menos interesado en el futuro que las culturas asiáticas2.

En conjunto, nuestra sociedad no está muy orientada hacia el futuro y, por tanto, no nos ayuda como individuos a estarlo. Pero esa no es la única razón por la que descuidamos el futuro.

Horizontes de futuro3

Futuro público

Futuro personal

Respuestas en concursos

Mercados de acciones

Subastas públicas

Tuits

Segundos

Mensajes de texto

Compras con un clic

Respiración

Semáforos

Transporte público

Telediario

Llamadas de emergencia

Minutos

Correo electrónico

Ducha

Pausa para el café

Comida

Horario de apertura

Parquímetro

Reunión

Horas

Turno de trabajo

Duración de la batería

Periódico

Últimas rebajas

Festival de música

Días

Compra semanal

Clase de deporte

Informe trimestral

Desfile de moda

Actualización de software

Meses

Curso escolar

Embarazo

Dieta

Acuerdos comerciales

Juegos Olímpicos

Ciclos electorales

Años

Graduación

Planes de carrera

Crianza

Programa espacial

Transición energética

Planificación china

Décadas

Hipoteca

Plan de pensiones

Testamento

Construcción de catedrales

Pensamiento generacional

Banco de semillas

Siglos

Plantar un roble

Cápsula del tiempo

Creer en la vida después de la muerte

El descubrimiento del futuro

Nuestra tendencia a centrarnos en el presente y el pasado también se debe a que el futuro apenas se ha estudiado científicamente hasta hace poco. Para nuestros antepasados, el futuro no era algo creado en sus mentes y modelado por sus decisiones, sueños y temores. Para ellos, el futuro era algo creado por otra persona, algo que solo podían ver desarrollarse. Esto se debía a que la mayoría no tenía ninguna influencia real sobre el futuro, y solo una influencia muy limitada sobre el suyo propio. La mayoría de las personas vivía en el mismo pueblo desde que nacía hasta que moría, permanecía en la misma clase social y realizaba las mismas actividades que su padre y su madre. Estaban indefensos ante acontecimientos como la enfermedad, el hambre y la guerra. Y, como a menudo no se comprendían la causa y el efecto, casi todo se achacaba a la insondable providencia divina. Los embarazos, las tormentas o el amor surgían de la nada y eran completamente impredecibles. Pensar en el futuro no tenía sentido para la mayoría de nuestros antepasados, sobre todo porque el presente estaba plagado de problemas existenciales.

Esto empezó a cambiar en el siglo XVI. El descubrimiento de América, la Reforma, la Revolución francesa, la Ilustración y, por supuesto, el progreso científico, alumbraron el futuro como un espacio abierto y accesible a la innovación, la imaginación y las ideas. Por eso no es casualidad que precisamente en esta época nacieran la ciencia ficción y las utopías políticas, que utilizaban este espacio. En el siglo XIX, gracias a los avances científicos y a la recopilación de datos, se desarrollaron varias herramientas para gestionar el futuro: el concepto de esperanza de vida, la previsión meteorológica y los seguros siguen siendo herramientas populares hoy en día.

Al mismo tiempo, la filosofía fue demostrando poco a poco interés por el futuro, y la física realizó avances en el desciframiento del fenómeno del tiempo. El futuro también se hizo notar en otros ámbitos: desde principios del siglo XX, los gobiernos empezaron a confiar en las previsiones económicas, y el descubrimiento de los genes dio lugar a ideas a veces descabelladas sobre lo mucho que se puede predecir acerca de los destinos personales.

Pero hubo que esperar hasta la década de los ochenta para que se produjera un gran avance en cuanto al futuro. Gracias al desarrollo de los escáneres cerebrales, por fin se disponía de una herramienta para comprender lo que significa el futuro para la mente humana. Porque es casi tan real como el pasado y el presente. Se ha demostrado científicamente que el futuro no es un tiempo lejano, sino lo que la gente piensa, siente y hace hoy al respecto. Los estudios demuestran cuánto piensa la gente en el futuro (mucho), hasta dónde viaja en el futuro (no muy lejos) y que esto aumenta su bienestar. Incluso hay estudios que demuestran que cuanto más se imagina un futuro, más probable resulta. Esto no es (solo) psicología pop: una vez que el cerebro se fija un objetivo, filtra todo lo que se encuentra por el camino. Pero quizá lo más importante es que el cerebro no distingue entre el futuro cotidiano y el futuro del planeta: las personas son capaces de ambos si centran su atención en ellos. Solo que la mayoría no se da cuenta.

El futuro en crisis

El último motivo por el que muchas personas rara vez se aventuran en un futuro lejano es actual: el futuro hoy no es especialmente bueno. Las sociedades occidentales en particular tienen este problema por dos razones: en primer lugar, hay varios futuros negativos a la vez y, en segundo lugar, el futuro positivo de antes ya no es deseable, se podría decir que ha caducado. Esto es un problema porque lo ideal sería que los futuros negativos y positivos se equilibraran, pero si uno es muy dominante y el otro está notoriamente ausente, el resultado es negativo.

Todos estamos familiarizados con los futuros negativos: el cambio climático, el impacto potencial de la inteligencia artificial y la robótica, el rápido cambio de normas y valores en la sociedad, la amenaza de una guerra nuclear, una sociedad cada vez más reducida, la extinción de especies, las pandemias, etc. Estos escenarios futuros no solo son negativos, sino también existenciales, lo que significa que amenazan con cambiar sin remedio nuestra forma de vivir y trabajar, ponen en peligro nuestra existencia y afectan a un gran número de personas.

Sin embargo, lo que tienen en común estos futuros negativos es que a menudo se perciben como si estuvieran fuera de nuestro alcance y estuvieran dirigidos por fuerzas incontrolables. En cuanto sentimos que un futuro está fuera de nuestro control, deja de ser un espacio de posibilidades que nosotros diseñamos para convertirse en algo a cuya merced nos encontramos; y, de esta forma, se asemeja a la antigua idea de que el futuro es algo que deciden dioses arbitrarios. Quizá por ello sea apropiado denominar complejo de Casandra al hecho de esconder la cabeza cual avestruz cuando se nos presenta un futuro demasiado negativo4. Este complejo recibe su nombre de la figura de la mitología griega Casandra, que podía ver el futuro, pero, como trajo malas noticias a los troyanos, se limitaron a ignorarla. Este mismo fenómeno también está muy extendido hoy en día: cuando oímos demasiados malos pronósticos, caemos en una especie de rigidez. En lugar de actuar, tomar decisiones, imaginar e influir en el futuro, no hacemos nada. Prácticamente renunciamos al futuro.

Eso ya es malo de por sí, aún hay más. Los futuros negativos pueden equilibrarse con los positivos; de hecho, el futuro como tal suele ser una mezcla de ambos, pero donde antes había un futuro deseable, ahora impera el vacío. Para la mayoría de los europeos occidentales, el futuro bueno antes consistía en prosperidad y libertad, e iba de la mano del deseo de exportar este futuro al resto del mundo. En el corazón de este futuro se alojaba la filosofía del progreso, en esencia, la creencia de que a cada generación le iría cada vez mejor. La mayoría teníamos nuestro futuro personal firmemente anclado a esta idea del futuro, esforzándonos por mejorar nuestras condiciones económicas y las de nuestros hijos y nietos. En las encuestas, la satisfacción con el futuro se medía con la pregunta: «¿Cree que sus hijos estarán mejor que usted a nivel económico?». Durante mucho tiempo, la respuesta a esta pregunta fue afirmativa.

El modelo alternativo era el socialista, que también prometía un futuro mejor, pero en el que había menos libertad de organización. En este futuro, estaba claro que todos los países del mundo acabarían siendo gobernados por los trabajadores. Por tanto, la Guerra Fría no se reducía a una cuestión de poder, también era una cuestión de futuro: donde Occidente solo prometía que se podía probar suerte en el capitalismo y la libertad, Oriente prometía saber la dirección precisa del viaje. Con la caída de la Unión Soviética, este futuro quedó fuera de juego y el futuro occidental parecía haber ganado. Esto es lo que el sociólogo estadounidense Francis Fukuyama llamó el «fin de la historia», el destino final de la idea de progreso como combinación de democracia y capitalismo. En los años posteriores, la democracia se convirtió en el sistema político más extendido en el mundo, y muchos Estados tenían un sistema económico capitalista5.

Pero este futuro está en crisis. Tras su avance triunfal hasta principios del siglo XXI, la democracia ha dejado de extenderse como modelo por todo el mundo y se ha estancado en cerca de la mitad de los países. Además, las personas que viven en democracia están muy insatisfechas con ella: el 57,8% en todo el mundo, el 50% en Alemania y el 46% en Austria6. (La excepción es Suiza, donde más del 80% de la población está muy satisfecha con la democracia). Se reprocha a la democracia, entre otras cosas, su incapacidad de futuro, puesto que no puede pensar más allá de cinco años debido a sus ciclos electorales.

También se critica la promesa capitalista de crecimiento, la otra característica principal de nuestro viejo futuro. En las encuestas mundiales, el 52% está de acuerdo con que «el capitalismo hace más mal que bien»7, entre otras cosas porque se considera la principal causa del cambio climático y no ha cumplido su promesa de prosperidad para todos. Puede que este descontento tanto con la democracia como con el capitalismo sea un poco injusto, ya que ambos han logrado mucho y nos han hecho la vida infinitas veces mejor que la de nuestros antepasados. Pero el problema no es el pasado, sino el futuro. ¿Qué promesas pueden hacer ambos sistemas que la gente considere deseables?

Ante el doble reto de un futuro negativo y el vacío de un contrafuturo positivo, tal vez no sea de extrañar que mucha gente sienta un profundo descontento, sobre todo los jóvenes8. El 86% de los jóvenes alemanes están preocupados por el futuro, aunque no tanto por el suyo propio, sino por el del mundo9. No son los únicos: en diversas encuestas realizadas, los europeos, sobre todo los franceses e italianos, y los japoneses, se muestran en general pesimistas sobre su futuro personal, el de su país o el del planeta10. Cuando científicos como el astrónomo Martin Rees y el sociólogo Ulrich Beck afirman, sin fundamento científico, que el índice de supervivencia de la humanidad es de apenas el 50% en los próximos 100 años, no hacen más que echar leña al fuego11. Como consecuencia, el complejo de Casandra ataca con toda su fuerza y sectores enteros de la sociedad se alienan con respecto a su futuro.

Otros futuros que se ofrecen

¿Entonces, todo el mundo teme al futuro? No, no es eso. Parece ser principalmente un problema occidental. En muchas partes del mundo, la gente tiene una opinión optimista con respecto a que sus hijos estarán mejor que ellos y que su país evoluciona en la dirección correcta. Estas cifras son especialmente elevadas entre los más jóvenes.

Se podría decir que este optimismo es el resultado del espacio abierto de oportunidades: en los lugares donde hay menos prosperidad, hay margen de mejora, y por eso hay optimismo. No queda mucho por mejorar en los países occidentales, así que ¿a qué más hay que aspirar? Aquí se dejan a un lado los sueños de los individuos, porque no todo el mundo se extasía con el futuro solo por el aumento de los índices económicos: tomemos por ejemplo China y Arabia Saudí, que en las encuestas suelen mostrar unos índices de optimismo del 80% y del 75%, respectivamente, y cuya renta es comparable a la de Europa12. Este optimismo no deriva de la esperanza de una mayor prosperidad, sino de que ambos Gobiernos han hecho del futuro lejano una piedra angular positiva de sus políticas. El presidente de China, Xi Jinping, ha anunciado que el país se convertirá en «uno de los países más grandes del mundo» en 2049, y la visión de Arabia Saudí de 2030 promete no solo ciudades florecientes en el desierto, sino también una población más sana y feliz. Y es evidente que la gente cree en los dirigentes políticos: les compran ese futuro.

En cambio, Europa no ofrece predicciones realmente positivas para el futuro. En su lugar, se espera evitar un futuro negativo: uno en el que nos quiten el trabajo, en el que aumenten las temperaturas, en el que cambien los valores. Independientemente de la posición de cada uno, el futuro europeo se describe, en el mejor de los casos, como un statu quo o un lento retorno al pasado, al igual que el futuro estadounidense, que promete hacerlo todo «great again» (grande de nuevo). Y, por supuesto, a la mayoría de los gobiernos democráticos no se les ocurriría hacer ningún anuncio para 2030, y mucho menos para 2050, mucho después de haber dejado el poder. (La Unión Europea es un poco diferente, ya que tiene ciclos presupuestarios de siete años y, por tanto, objetivos más ambiciosos. Quizá también sea esta la razón por la que el 66% de la gente ve con optimismo el futuro de la UE)13.

El problema de ese no futuro es que no es real. Por definición, el futuro siempre es diferente del presente, tiene que serlo para inspirar. Las películas de ciencia ficción resultan fascinantes porque nos muestran algo que es diferente —si es posible, algo mejor— del presente. Una película futurista que muestra cómo una sociedad se las ha arreglado para no cambiar en absoluto sería un rotundo fracaso.

Por lo tanto, la forma en que se narra un futuro es tan importante como su contenido, si no más. Una historia de declive, retroceso o incluso de inmutabilidad resultará menos estimulante que una historia de crecimiento, innovación, oportunidad y novedad. (Y cuando las películas distópicas, es decir, de ciencia ficción negativa, florecen como lo hacen en este momento, es un claro indicio de que ya ni siquiera puede imaginarse un futuro bueno).

Esto también explica por qué el optimismo en Rusia ha aumentado del 40% al 52% desde la invasión de Ucrania y la proporción de personas tristes y deprimidas ha descendido del 41% al 27%14. La guerra ha reabierto un espacio de posibilidades que muchos rusos consideraban cerrado por el éxito del futuro occidental.

Un informe de un laboratorio de ideas ruso de 2021 afirmaba: «El futuro se ha vuelto irrelevante […]. Cuando termine la fase del “fin de la historia” y llegue el futuro aún impredecible […] volverá a haber futuro. No está predeterminado y todos podemos contribuir a darle forma»15. Aunque la guerra ha hecho que el futuro sea objetivamente más difícil de planificar para muchos rusos, les ha devuelto la sensación de que depende de sus propias acciones.

¿Qué significa esto?

De aquí se deducen tres cosas. En primer lugar, el pesimismo o el optimismo sobre el futuro tiene menos que ver con la ruina o la riqueza que esperamos que traiga y más con la influencia que creemos tener sobre ese futuro. Cuanta más influencia creamos tener, más optimistas seremos. La influencia, por otra parte, no es un hecho objetivo: es una percepción resultante de la cantidad de opciones que se nos ocurren para el futuro. Cuantas más opciones, mayor margen de maniobra y mayor optimismo.

Lo segundo que se deduce es que, aunque crear opciones es tarea de todos, de ciudadanos y gobiernos, los gobiernos tienen más influencia y, por tanto, más responsabilidad. Por tanto, tienen que establecer el marco, tener más previsión estratégica y dar más espacio al futuro lejano en sus programas y leyes. Pero eso solo no basta. También deben ser capaces de contar una buena historia al respecto que no se limite a prometer el mantenimiento del statu quo. Los ciudadanos se lo agradecerán: según las encuestas, a los ciudadanos de todo el mundo les gustaría que sus gobiernos pensaran más a largo plazo16. Ya existe un movimiento en esa dirección: hay ideas para ministro del futuro (Suecia, Emiratos Árabes Unidos), comisarios del futuro (Unión Europea, Gales) y comités del futuro (Finlandia, Naciones Unidas) que representen los intereses de las generaciones futuras.

Pero, en tercer lugar, los gobiernos no hacen el futuro solos. Las ideas y propuestas de empresas y particulares son igual de importantes. Sin un movimiento que mire hacia el futuro, las sociedades no consiguen innovar, ya sea en tecnología, educación o ciencia ficción, no consiguen cuestionar el presente y desarrollar opciones sobre cómo podría ser el futuro.

En otros lugares, esto ya está en pleno apogeo: la Long Now Foundation de California promueve la idea de vernos como seres que influirán no solo en los próximos 100 años, sino en los próximos 10000. En Japón, el movimiento Future Design ha puesto en marcha una innovadora forma de asamblea ciudadana en la que algunos participantes tenían que representar a habitantes del futuro; el gigante tecnológico japonés Soft Bank ha creado un fondo de visión de 100000 millones de dólares que da a la empresa un horizonte temporal de 300 años para su planificación. Todo esto no solo tiene importancia moral, sino también económica. Los estudios lo demuestran: cuanto más a largo plazo piense una empresa, mayores serán sus ingresos y beneficios a medio plazo17. Y lo mismo que vale para las empresas vale también para los individuos: las personas con un horizonte temporal más amplio tienen una visión a más largo plazo de la evolución de la bolsa y toman mejores decisiones financieras18.

Estos ejemplos demuestran también que ni el capitalismo ni la democracia están condenados a la miopía. Un estudio demuestra que las democracias que piensan a largo plazo son el sistema político más adecuado para el futuro, y no, como a veces se afirma, las autocracias. En este estudio, Suiza ocupó el cuarto puesto, Austria el decimosegundo y Alemania quedó en un distante vigesimoctavo puesto19.

Junto con los índices globales de optimismo, esto demuestra que la filosofía del progreso, la idea de un futuro mejor, sigue teniendo partidarios —solo que no tantos donde se originó— y, como tal, sigue siendo válida. Pero hay que deshacer los efectos del complejo de Casandra para reabrir el espacio de posibilidades del futuro. Y para eso está este libro.

El futuro aplicado

El formato práctico de un manual de instrucciones puede parecer extraño para un concepto tan abstracto y filosófico como el futuro. Pero el futuro no es un fenómeno elitista, es lo más humano que existe. Toda persona tiene la capacidad de imaginar el futuro, de temerlo y de esperarlo. Esa es también la razón por la que este no es un libro puramente filosófico, psicológico, físico, neurológico, matemático o histórico, sino todo eso y más. Precisamente porque el futuro es algo que impregna todo lo humano, no puede explicarse solo con una o dos disciplinas. Y como, en última instancia, el futuro se «hace» de la misma manera tanto a nivel personal como colectivo, no existe diferencia estructural entre los futuros que se escriben en un diario y los que se conciben en los gobiernos.

Este libro sirve tanto para un individuo que intenta comprender mejor su condición humana, como para una empresa o un gobierno que trata de pensar a más largo plazo.

En ambos casos, la estructura de este libro está diseñada para que el futuro sea lo más accesible y manejable posible. Al igual que el manual de instrucciones de una aspiradora, el capítulo 1 incluye datos técnicos que tratan aspectos generales y plantean la finalidad del futuro, qué tipos hay y dónde y cuándo empezó. El capítulo 2 presenta sus componentes, como el botón de encendido, el presente, el pasado y la creatividad. Las instrucciones se encuentran en el capítulo 3, donde se explican los pasos para manejar el futuro. En el capítulo 4 se explican las instrucciones de seguridad, e incluye riesgos como el pensamiento catastrófico, el fatalismo, el futuro falso y los deseos o wishful thinking. En caso de que el futuro no funcione, el capítulo 5 contiene instrucciones para solucionar problemas, como qué hacer si el futuro no es visible o parece negativo y cómo enfrentarse a lo inesperado o a un futuro poco inspirador. Como todo manual de instrucciones, este libro termina con una garantía: no una promesa de que el futuro será de color de rosa, sino de que siempre será un espacio de posibilidades.

El hecho es que no vivimos en un mundo más aterrador e impredecible que nunca, aunque lo digan por todas partes. Vivimos en una época muy privilegiada en la que nacemos con la garantía de alcanzar la vejez y la libertad para vivir nuestra vida como queramos. En los últimos 300 años, la humanidad se ha emancipado de un futuro fuera de su área de influencia a otro que puede prever, modelar y soñar. Lo que sucede es que, quizá gracias a décadas de seguridad en la planificación, a un sentido de derecho y a la pereza ante el futuro, ahora existe un sentimiento de impotencia, de que el futuro no se puede moldear ni se puede predecir, y no sabemos muy bien cómo ocupar el espacio de posibilidades que el futuro representa.

Todos estos sentimientos son la razón por la que he escrito este libro. Durante mi trabajo en prospectiva estratégica para la Unión Europea, me he encontrado una y otra vez con dos fenómenos: en primer lugar, la gente quería saber cuál era «la mejor» manera de pensar en el futuro, buscando siempre una metodología que les diera la llave del reino del futuro. Por lo general, se decepcionaban al descubrir que la mejor manera de pensar en el futuro no es tan complicada como un método ni tan cara como un conjunto de datos, sino mucho más sencilla: basta con agudizar la mente. La capacidad de cuestionar las propias creencias y convicciones, de buscar información que contradiga nuestras suposiciones, de controlar las emociones, de prestar atención a lo nuevo y de nutrirse intelectualmente de fuentes diversas son cosas sencillas y, sin embargo, a muchos no nos apetece hacerlas. Significaría emplear el pensamiento crítico, cuestionarnos a nosotros mismos, jugar con conceptos e ideas en lugar de casarnos con ellos para siempre y luego defenderlos a capa y espada. El pensamiento crítico y analítico o la higiene intelectual no se enseñan en el colegio. Tanto las personas como los gobiernos se interesan por el futuro, pero tanto a unos como a otros les da pereza actuar. Prefieren contratar a alguien que lo haga por ellos; lo cual es una de las razones por las que suelen caer en la trampa de quienes venden falsas predicciones sobre el futuro.

El segundo fenómeno es que, en general, muchos somos pesimistas crónicos, todo el tiempo, sobre casi todo, casi como si el pesimismo fuera un logro intelectual. Incluso cuando se nos presentan pruebas de lo contrario, somos incapaces de cambiar de opinión. Esto significa, en primer lugar, que nunca estaremos preparados para el futuro y, en segundo lugar, que no nos ayudamos en nada, porque el pesimismo solo conduce a un sentimiento de impotencia. (El optimismo excesivo tampoco ayuda, hay un capítulo dedicado a este tema). El truco está en encontrar el punto medio, donde la creatividad, el conocimiento, la sabiduría, la imaginación y los hechos se unen para esbozar el espacio de posibilidades del futuro, imaginar lo mejor, prepararse para lo peor y vivir con sorpresas.

1 Roy Baumeister et al., «Everyday Thoughts in Time: Experience Sampling Studies of Mental Time Travel», PsyArXiv, 2018, págs. 22, 45. Bruce E. Tonn et al., «Cognitive representations of the future: survey results», Futures, vol. 38, 2006, pág. 818.

2 L. J. Ji et al., «Culture, psychological proximity to the past and future, and self-continuity», European Journal of Social Psychology, vol. 49, n.º 4, 2019, págs. 735-747. L. J. Li et al., «To buy or to sell: cultural differences in stock market decisions based on price trends», Journal of Behavioral Decision Making, vol. 21, n.º 4, 2008, págs. 339-413. K. C. H. Lam et al., «Cultural differences in affective forecasting: the role of focalism», Personality and Social Psychology Bulletin, 31(9), págs. 1296-1309. Nazike Mert et al., «What lies ahead of us? Collective future thinking in Turkish, Chinese, and American adults», Memory and Cognition, vol. 3, n.º 51, 2023, págs. 773-790.

3 Adaptado de Roman Krznaric, El buen antepasado (The Experiment: Nueva York, 2020).

4 Hans-Jochen Luhmann, Die Blindheit der Gesellschaft: Filter der Risikowahrnehmung(Gerling Akademie Verlag: Múnich, 2001).

5 Our World in Data, «Countries that are democracies and autocracies in the world», https://ourworldindata.org/grapher/countries-democracies-autocracies-row?country=~OWID_WRL.Gapminder, «32 improvements», https://www.gapminder.org/factfulness-book/__-improvements/.

6 Centre for the Future of Democracy, «Global Satisfaction with Democracy 2020», University of Cambridge, https://www.cam.ac.uk/system/files/report2020_003.pdf. Körber-Stiftung. «Demokratie in der Krise», noviembre de 2021, https://koerber-stiftung.de/projekte/staerkung-derdemokratie/wie-gehen-demokratien-mit-krisen-um/. Der Standard, «“Volle Zustimmung” zur Demokratie als beste Staatsform sinkt in Umfrage auf 54 Prozent», 4 de marzo de 2023, https://www.derstandard.at/story/2000144151258/volle-zustimmung-zur-demokratie-als-besterstaatsform-sinkt-in-umfrage.

7 Edelman Trust Barometer, «Unprepared for the Future», 2020, https://cdn_.hubspot.net/hubfs/440941/Trust%__Barometer%202020/2020%20Edelman%20Trust%20Barometer%20Global%20Report.pdf?utm_campaign=Global:%20Trust%20Barometer%202020&utm_source=Websitehttps://cdn_.hubspot.net/hubfs/440941/Trust%20Barometer%202020/2020%20Edelman%20Trust%20Barometer%20Global%20Report.pdf?utm_campaign=Global:%20Trust%20Barometer%202020&utm_source=Website.

8 Bertelsmann Stiftung, «The Optimism Gap: Personal Complacency versus Societal Pessimism in European Public Opinion», 2020, https://www.bertelsmann-stiftung.de/fileadmin/files/BSt/Publikationen/GrauePublikationen/eupinions_The_Optimism_Gap.pdf.

9 Vodafone Stiftung, «Jugendstudie: 86 Prozent der jungen Menschen in Deutschland machen sich Sorgen um ihre Zukunft», abril de 2022, https://www.vodafone-stiftung.de/jugendstudie-2022/.

10 Ipsos, «Global advisor predictions 2023», https://www.ipsos.com/sites/default/files/ct/news/documents/2022-12/Ipsos%20Global%20Advisor%20Predictions%20Poll%20for%202023.pdf. Social Science Research Network, «Climate anxiety in children and young people and their beliefs about government responses to climate change: a global survey», septiembre de 2021, https://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=3918955.

11Vox, «Cosmologist Martin Rees gives humanity a 50–50 chance of surviving the 21st century», 18 de octubre de 2018, https://www.vox.com/futureperfect/2018/10/18/17886974/science-technology-climate-change-existential-threats-martin-rees.

12BBC, «Chinese people optimistic about the future, says Pew survey», octubre de 2016, https://www.bbc.com/news/blogs-china-blog-37570965. Arab News, «Young Saudis optimistic about future, Arab Youth Survey shows», 1 de mayo de 2019, https://www.arabnews.com/node/1490621/saudiarabia.

13 Comisión Europea, «Eurobarometer: Optimism about the future of the EU at its highest since 2009», 10 de septiembre de 2021, https://ec.europa.eu/commission/presscorner/detail/en/ip_21_4610.

14 Levada Center, «Assessments of social well-being in January 2023», febrero de 2023, https://www.levada.ru/en/2023/02/16/assessments-of-socialwell-being-in-january-2023/. «Visions of the future: planning horizon and attitudes», 14 de febrero de 2023, https://www.levada.ru/en/2023/02/14/visions-of-the-future-planning-horizon-and-attitudes/.

15 Valdai Club, «The Age of Pandemic: Year Two. The Future Is Back», 2021, https://valdaiclub.com/files/35821/.

16 Edelman Trust Barometer, «Unprepared for the Future», 2020, https://cdn2.hubspot.net/hubfs/440941/Trust%20Barometer%202020/2020%20Edelman%20Trust%20Barometer%20Global%20Report.pdf?utm_campaign=Global:%20Trust%20Barometer%202020&utm_source=Websitehttps://cdn2.hubspot.net/hubfs/440941/Trust%20Barometer%202020/2020%20Edelman%20Trust%20Barometer%20Global%20Report.pdf?utm_campaign=Global:%20Trust%20Barometer%202020&utm_source=Website.

17 McKinsey, «The case against corporate short termism», 4 de agosto de 2017, https://www.mckinsey.com/mgi/overview/in-the-news/the-caseagainst-corporate-short-termism.

18 H. Lamm et al., «Sex and Social Class as Determinants of Future Orientation (Time Perspective) in Adolescents»,