Ganar a toda costa - Elsie Silver - E-Book

Ganar a toda costa E-Book

Elsie Silver

0,0

Beschreibung

Vaughn Harding es mi nuevo jefe. Tiene negocios familiares en Vancouver, pero también es el propietario de este rancho, en el que cada vez pasa más tiempo. Disfruto de nuestros combates verbales, pero hace tiempo me autoimpuse alejarme de este tipo de hombres. Estar cerca de Vaughn puede ser un suicidio en mi trayectoria profesional como entrenadora de caballos de carreras. Soy la nueva responsable del rancho y de un caballo con problemas que he prometido convertir en todo un ganador. Tengo muchos planes, y no voy a permitir que un hombre me distraiga. Por mucha electricidad que haya cuando nos miramos o por mucho que mi cuerpo entre en combustión cuando nos rozamos. Vaughn es un vívido recuerdo de cada tío que he tenido alrededor mientras crecía: guapo, rico y privilegiado. Pero hay cierta tristeza en él a la que me es imposible dar la espalda. Un lado sensible bajo ese cuerpo perfecto. Burlarme de él a ratos es una cosa, ¿pero entregarle mi corazón? Debería haberlo pensado antes… Mantener una relación profesional con mis empleados nunca ha sido un problema. Hasta que Billie Black se presenta en mi propiedad. Billie tiene talento, no sabe mantenerse callada, y es jodidamente tentadora. No podemos dejar de retarnos desde el momento en que nos conocemos. Y aquí es difícil mantener las distancias. Y todavía es más difícil evitar que esa fricción se convierta en fuego. Billie lo tiene todo, es una mujer inteligente con un cuerpo con el que fantaseo a todas horas, y posiblemente la única mujer que puede salvar mi negocio…, y a mí. Me vuelve loco en todos los sentidos de la palabra. Deseo sus labios, su confianza, su alma… Lo quiero todo. Pero ¿cuál será el precio que tenga que pagar por ello? Porque, de repente, no solo quiero que mis caballos ganen carreras, también quiero conquistar a esa chica.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 419

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Título original: Off to the Races

Primera edición: agosto de 2023

Copyright © 2021 by Elsie Silver

© de la traducción: María José Losada Rey, 2023

© de esta edición: 2023, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-19301-61-1

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografías de cubierta: Vihatran/freepik y Surangastock/depositphotos.com

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Prólogo

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

Epílogo

Agradecimientos

Contenido especial

A mis padres, que se pasaban horas y horas llevándome y trayéndome de los establos.

«—No me gusta la gente —dijo Velvet—, solo me gustan los caballos».

National Velvet, de Enid Bagnold

Prólogo

Diez años antes

Billie

Los flashes parpadean a mi alrededor y me obligan a taparme los ojos con el antebrazo. Mientras avanzo, puedo oír el estallido de los focos de las cámaras. El estruendo de los cuerpos a mi alrededor me asfixia. Amenazan con encerrarme.

Tengo que llegar al coche.

—¡Wilhelmina! ¡Wilhelmina!

Acelero y choco con los guardias de seguridad al avanzar a ciegas hacia la limusina que me está esperando. El refugio donde por fin podré relajarme, donde podré dejar caer la máscara, esconder la cabeza entre las manos y llorar.

Veo la puerta abierta, llamándome para que vaya hacia ella y escape.

Estoy tan cerca…

Me cogen por el hombro y siento que me ponen contra los labios algo de frío metal entrecruzado. Me zafo como puedo y me enfrento a un par de ojos ansiosos y a unos dientes demasiado blancos.

—Wilhelmina, ¿puedes confirmarnos si has visto los vídeos de tu padre?

Solo puedo oír el constante latido de mi corazón en los oídos; siento la imperiosa necesidad de desaparecer dentro del coche que me está esperando: puedo verlo tras ese pelo rubio perfectamente peinado.

Me impulsa un instinto visceral: luchar o huir.

—¿Qué tal si te vas a la mierda? —suelto, mirando directamente a la cámara.

Un coro de jadeos responde a mi comentario.

Elijo luchar.

1

Vaughn

Gimo y hundo la cabeza entre las manos, derrotado.

—Dios…

Los correos no paran de llenar la bandeja de entrada. Son periodistas lanzándome preguntas…, preguntas interminables.

Llevo horas sentado ante este escritorio escuchando el incesante sonido de los mensajes entrantes mientras pongo patas arriba el despacho de mi abuelo en busca de algo. Reviso página tras página del libro de contabilidad del rancho y hurgo en los archivadores, esperando encontrar alguna pista. Incluso he llegado a golpear las paredes interiores de los cajones del escritorio, como si esto fuera una película y no la vida real, y pudiera abrirse un compartimento oculto donde se encontrara exactamente lo que estoy buscando.

¿Qué estoy pasando por alto?

Tengo que demostrar su inocencia. No puedo dejar que ese sea su legado.

Soy el genio del marketing de la empresa familiar, así que sé que ahora me toca limpiar un montón de mierda. Y eso es lo que debería estar haciendo en este momento: poner mi mejor sonrisa y calmar los ánimos; trazar un plan para seguir adelante; transmitir calma a los medios de comunicación; pedir disculpas a todos los compañeros del sector y hacerles la pelota a nuestros accionistas.

No puedo dejar que un escándalo aquí, en el rancho, ponga en duda el trabajo de Gold Rush Resources. Claro, los dos negocios son nuestros, pero con uno ganamos dinero, mientras que el otro solo alcanza a cubrir gastos. En el fondo, sé que la única manera de inspirar confianza en la empresa minera es echar a los leones a mi abuelo, uno de los hombres más importantes e influyentes de mi vida.

Con un suspiro, hago clic en el ratón para abrir la bandeja de entrada.

«Solicitud de declaración RE: Carreras amañadas».

Cuando me rasco la cara, la barba incipiente me araña los dedos. No quiero responder, pero ya han pasado dos semanas. Tengo que dejar de esconderme en el rancho y de darme cabezazos contra la pared.

Hace dos semanas, mi abuelo, Dermot Harding, el hombre que prácticamente me educó cuando todos los demás se habían rendido, murió de un infarto fulminante. Se desplomó aquí mismo, en este despacho, y un día después los periódicos de todo el país publicaron en primera plana el apellido familiar con su foto para ilustrar un artículo sobre cómo había sido el cabecilla de uno de los mayores escándalos de amaños de apuestas en la historia de las carreras de purasangres.

Un puto desastre, sin duda.

De forma racional soy consciente de que el hombre tenía ochenta años, una edad normal para morir. Pero su repentina pérdida me ha conmocionado hasta lo más profundo de mi ser. Quizá su muerte aún no me haya afectado, porque solo puedo pensar en limpiar su nombre. Han enfangado todo su legado y ni siquiera está presente para defenderse. Es imposible que el hombre que prácticamente me crio haya hecho eso. No puedo aceptarlo.

El teléfono vibra y desvío la atención del correo que tengo delante para mirar cómo baila sobre la superficie brillante del escritorio. El nombre de Cole parpadea en la pantalla con la imagen de un muñeco de G. I. Joe, algo que un día normal me habría hecho sonreír. Pero hoy no. Hoy no estoy de humor para hablar con mi hermano mayor.

No puedo apartar los ojos del teléfono, pero tampoco me animo a cogerlo. Dejo que la llamada vaya al buzón de voz y, unos instantes después de que la pantalla se apague, vuelve a encenderse con otra llamada. Cole es implacable, y yo soy demasiado transigente con mi familia como para ignorar dos llamadas seguidas. Puede haber pasado algo.

Pulso el botón para responder y me acerco el móvil a la oreja.

—¿Qué?

—¿Ya has terminado de jugar a La casa de la pradera?

Pongo los ojos en blanco; Cole es un capullo.

Todos tienen sus propias ideas acerca de cómo debería comportarme después de la muerte de mi abuelo y de la revelación del escándalo. Mi hermano, mi madre, la junta directiva…

—¿Necesitas algo o solo quieres burlarte de mí?

—Tienes que volver. No estás dando la cara, Vaughn —refunfuña, aunque sabe que por ese camino no va a conseguir nada.

Acostumbro a ser el rostro visible de la empresa, pero en esta ocasión necesitan que ofrezca un espectáculo totalmente distinto al habitual, y supongo que no estoy cumpliendo sus expectativas. Quieren sangre salpicada de una pizca de vergüenza, y la quieren públicamente, donde todo el mundo pueda verla.

Pero esta vez no estoy por la labor.

—Sé cuáles son las expectativas, Cole. Pero no me importan.

Le oigo protestar al otro lado de la línea. Soy el único al que no puede tachar de su lista sin más, y eso debe de robarle el sueño. No le preocupa cómo estoy, sino mantener todo limpito y en orden. Como a él le gusta.

—¿Cuánto va a durar esta escapada tuya?

Tenso la mandíbula mientras pienso en la mejor manera de responder a esa pregunta.

A él y a todos los demás implicados les inquieta que los haya dejado en la estacada y haya huido de Vancouver a las tranquilas montañas y valles de Ruby Creek. Debería estar sobrellevando el luto con solemnidad, siguiendo el protocolo de la empresa sobre cómo mostrarme conmocionado, decepcionado y «reconociendo mis sentimientos» de la forma adecuada. Lo que, al parecer, se hace celebrando ruedas de prensa, desfilando de forma concertada, como si yo fuera una especie de escolta glorificado, y luego escribiendo un emotivo editorial para que lo publiquen los periódicos.

Lo lamento por ellos, porque aún no estoy triste.

Estoy enfadado. Cabreado porque el hombre al que quiero más que a nadie murió solo en su despacho tras recibir un impacto tan fuerte que su corazón se rindió.

Y toda esa ira hace que la gente que me rodea se sienta incómoda, y si algo he aprendido en mis veintiocho años de vida, es que la mayoría de los seres humanos son capaces de hacer casi cualquier cosa para mantenerse en su zona de confort. Se aferrarán a ella hasta tener los nudillos blancos y las palmas de las manos sudorosas, con una desesperación frenética. Destrozarán las relaciones familiares, soportarán matrimonios de mierda, apuñalarán a amigos por la espalda… Lo que sea. La comodidad es lo que prima.

Y a mí, por el momento, me importa una mierda lo que piensen los medios de comunicación o lo que mi silencio signifique para la empresa. He sido su niño mimado durante años. Recibí la educación adecuada y luego dejé que me sacaran a pasear como un poni de feria.

—Todo el tiempo que haga falta —respondo antes de colgar. Estoy harto de hacer lo imposible para complacer a los demás. Necesito tiempo para mí.

He sufrido al tener que aguantar a gente a la que no soporto, me he reído de chistes que no tenían gracia y me he codeado con algunas de las personas más influyentes de Vancouver con el único objeto de cumplir con mis obligaciones hacia el negocio familiar. Llevo años siendo el hombre que salía en todas las portadas, el soltero más codiciado de los círculos elitistas de la ciudad sin quejarme. Así que, por lo que a mí respecta, que se jodan todos y que aguanten mis nervios durante unas semanas.

El mundo no va a detenerse si dejo de sonreír unos días. O si me tomo un tiempo lejos de Gold Rush Resources para salvar el rancho.

Sin embargo, el mero hecho de plantear esa idea ha caído como un jarro de agua fría en el núcleo familiar. Cole ha puesto el grito en el cielo. Ha dicho algo sobre que estaba tirando mi carrera y mi futuro a la basura, para después ofrecerme algunos consejos que, en resumidas cuentas, implicaban que dedicarme al rancho no es beneficioso ni productivo para «el negocio principal». Según él, después del funeral del abuelo, debería centrarme en mi trabajo y pasar algún tiempo con la familia para sobrellevar el duelo.

Resoplo. Es una ironía viniendo de él, el hombre que desapareció la última vez que ocurrió una tragedia, como le recordé justo antes de añadir que, de hecho, me iba a tomar una excedencia para dirigir el rancho. Luego me di media vuelta y abandoné lleno de furia nuestras lujosas oficinas en el corazón financiero de la ciudad.

¡A la mierda la jungla de asfalto!

Ese mismo día hice las maletas y me mudé al rancho de mi abuelo. Cuando llegué me sentí reconfortado por el sentimiento de cercanía y me inundaron los recuerdos felices de mi infancia.

El Gold Rush Ranch pertenece a nuestra familia desde hace generaciones. En su momento, fue el rancho ganadero de la familia de mi abuela Ada, y hoy en día es una de las principales instalaciones de cría de caballos de carreras del oeste de Canadá. Este lugar era el sueño de mi abuela, o al menos eso era lo que Dermot me decía siempre. Ella murió cuando yo era pequeño, y mis recuerdos no son muy vívidos, pero me consta que fue la razón por la que mi abuelo se quedó aquí y se centró en el rancho mientras dejaba que otras personas sacaran adelante la compañía minera. Y sé que el amor que se profesaban era digno de un cuento de hadas.

Que mi hermano y mi madre no entiendan mi apego por este lugar no significa que no sea auténtico. Ninguno de ellos me conoce bien, de todos modos, ni siquiera lo han intentado. Nunca se han desvivido por mí. Hablamos, por supuesto, pero a menos que estemos tratando de cómo llevar los negocios familiares, nuestras conversaciones son breves y superficiales. Solo tolero las intromisiones de mi madre porque es la única atención que recibo de ella. Suena patético, lo sé: creo que tengo un problema no resuelto de abandono materno.

Además, si Cole pudo largarse y meterse en el Ejército después de la muerte de nuestro padre, yo puedo recluirme en el rancho. Lo que es justo es justo.

No me importa lo que piense al respecto. A diferencia del resto, no le tengo miedo. Su actitud prepotente, típica del que se cree mejor que los demás, no me asusta. Nunca se ha preocupado por mí antes, y no voy a dejar que lo haga ahora.

Mi abuelo se pasó décadas levantando su imperio de la nada, así que se lo debo. Dedicó sangre, sudor y lágrimas —y un poco de suerte también— a las dos empresas y así construyó el legado familiar. El abuelo Dermot consagró toda su atención al rancho en lo peor del luto, y este ha cosechado elogios, prestigio y muchas victorias bajo su dirección; este lugar es una oda viviente a su difunta esposa y a su hijo.

Un recuerdo de la historia de mi familia… Muevo la cabeza y estiro los brazos hacia delante. No es productivo dejarse llevar por el pasado.

Regodearse en la compasión es de tontos.

Me estiro las mangas, me ajusto los gemelos, me echo hacia atrás y dejo escapar un hondo suspiro. Últimamente hago muchas cosas así. Emito grandes suspiros, que suenan trabajosos y desesperados. Incluso el sonido me molesta.

Al mirar por la ventana del despacho, me siento… abrumado. Admiro las vallas blancas perfectamente alineadas, que forman cuadrados precisos; cada uno es el hogar de un caballo. Me gusta lo organizado que se ve el diseño, como un objeto colocado con precisión dentro de una caja. Parece sencillo. Lógico. Y esa sencillez me tranquiliza mientras me repito las palabras de mi abuelo como un mantra: «Solo puedes controlar lo que tienes delante, Vaughn».

Dios. Parece que hubiera estado leyendo absurdos libros de autoayuda. Algo que me recomendó mi madre, bendita sea, justo antes de ofrecerse a concertarme otra cita. Como si casarme y darle nietos me hiciera tan feliz como a ella. Era una chica rica de ciudad de pies a cabeza, que se enamoró de un ranchero, y creo que por eso Cole y yo nunca hemos sabido bien cuál es nuestro lugar. Me quiere, pero no me entiende en absoluto, y lo peor es que ni siquiera lo intenta.

—Tiene buenas intenciones, pero no da una.

—¿Qué ha sido eso, hijo? —ladra Hank, jadeante, haciéndome girar de repente en la silla. Tiene la mano en el marco de la puerta y asoma la cabeza como si hubiera estado a punto de pasar sin oírme.

Tengo que dejar de hablar solo.

—Nada —respondo, con más desprecio del que pretendía. Para ser sinceros, es mi actitud habitual últimamente.

—¿Seguro que estás bien? —Es difícil que esos viejos ojos de águila pasen algo por alto.

—Sí. Nos vemos a las once. —Intento compensar el tono ofreciéndole un saludo y una sonrisa forzada, pero no estoy convencido de que haya funcionado. Seguramente ha sido poco natural y ha hecho que parezca que estoy pirado. Me siento… muy entumecido.

Hank sonríe, me guiña un ojo y sigue su camino, impertérrito ante mi actitud de mierda. No entiendo cómo es capaz de estar siempre de tan buen humor. Se muestra tan imperturbable que roza lo antinatural.

Necesito un poco de lo que sea que se esté tomando.

Lo primero que hice al llegar al rancho fue limpiarlo a fondo. Quizá haya quien diga que lo tiré todo abajo, pero no podía reconstruir la reputación del lugar rodeado de gente que no me ofrecía confianza, que incluso estaban encantados de mirar a otro lado.

El Gold Rush Ranch tiene ahora una nueva dirección, y con ella viene también un nuevo código moral.

Mi prioridad fue localizar y contratar a Hank Brandt, el mejor amigo de Dermot cuando se mudó a Ruby Creek hace años. Un hombre que conoce y ama este valle, y que también sabe de caballos de carreras. Dirigió en la costa este uno de los programas de carreras y cría de caballos que más éxito ha cosechado, para después jubilarse prematuramente y volverse a vivir aquí.

Cuando me puse en contacto con él para intentar convencerlo de que abandonara su retiro, estaba deseando regresar al lugar donde empezó y, todo hay que decirlo, ni siquiera le desanimó el declive del rancho a ojos del hipódromo y su mala reputación actual.

Por el contrario, me dijo que estaba «deseando afrontar el reto» y me mostró su característica sonrisa incombustible, como si supiera algo que yo ignoraba.

Hank y yo acordamos una asociación en la que él llevaría las riendas, por así decirlo, de todas las tareas relacionadas con los caballos, mientras que yo gestionaría la parte empresarial. Convinimos en que nos pondríamos de acuerdo para contratar a los empleados. Quería asegurarme de que estábamos creando un entorno de trabajo en el que ambos nos sintiéramos a gusto. No estaba dispuesto a renunciar al control del legado de mi abuelo.

Al menos, sin antes restaurarlo de forma adecuada.

Por eso vamos a entrevistarnos con un nuevo entrenador esta mañana. Un tipo llamado Billy Black al que Hank conoce desde hace tiempo y con el que trabajó en el este, del que me ha contado maravillas por su juventud y perspectiva vanguardista. Dice que es una persona profesional que se ha formado en Reino Unido bajo la tutela de alguien con mucho renombre, a quien yo no conozco de nada, y que está rebosante de nuevas ideas y estrategias.

Aunque no me parece la elección más segura y fiable para mis fines, le he seguido la corriente al viejo. Una entrevista no le hace daño a nadie, y contratar a una persona completamente desconocida en este ámbito podría ser el nuevo comienzo que necesitamos.

Que yo necesito.

Por la ventana del despacho veo el camino de entrada perfectamente pavimentado. Un poco más allá, una fuente lanza chorros arqueados de agua frente a la estatua de bronce de mi padre, quien, vestido con ropa de montar, galopa sobre un caballo.

Aquí hay demasiados recuerdos; demasiados lugares por los que mi mente puede vagar, en los que puede caer y dejarme soñando despierto. Demasiada nostalgia.

El sonido de las llantas al rodar sobre el pegajoso asfalto me saca de mi ensoñación; una suerte, porque ahora mismo no tengo tiempo para ponerme melancólico. Dentro de veinte minutos entrevistaremos al nuevo entrenador, y no necesito ninguna distracción.

Veo entrar un todoterreno negro en el aparcamiento y la frustración me quema el pecho. Ahora mismo no me apetece tratar con nadie.

Cuando se abre la puerta del conductor, aparece un mocasín negro muy brillante. Le sigue una pierna larga y delgada enfundada en un pantalón ajustado de color burdeos. Recorro esa pierna con la mirada y veo que es una mujer quien sale del vehículo. La brillante luz del sol primaveral resplandece casi cegadora en la espesa trenza castaña que le cuelga a la espalda.

Se estira y se coloca con movimientos suaves el cuello de la blusa negra, se lleva una mano a la frente y se gira despacio para contemplar el paisaje. No puedo evitar que mis ojos se detengan en el punto donde la cintura hace resaltar sus curvas.

Una sonrisa nostálgica se dibuja en esos labios exuberantes mientras permanece allí de pie, con los ojos entornados y la mirada serena.

Parece una muñeca; y también demasiado engreída. Como si estuviera aquí para tener la oportunidad de pescar a Vaughn Harding. He visto esa mirada miles de veces antes; en las arribistas sociales cuando están en su elemento; en las buscadoras de oro dispuestas a todo por lograr su objetivo. Las mujeres me miran así constantemente, y es algo que ya ha perdido su atractivo.

Es hermosa. Claro que lo es, siempre lo son. Pero esta es atractiva de una manera clásica y pura, lo que me parece todo un cambio de estrategia.

Niego con la cabeza y noto la frustración que me sube por el pecho de forma rápida y ardiente. Estos juegos y pantomimas son lo último que necesito en este momento. ¿Por qué nadie me escucha? Tengo la mecha corta y estoy a punto de estallar.

Esta vez no sonreiré ni asentiré. Esta vez voy a enviar un mensaje alto y claro.

Esta vez mi madre ha llegado demasiado lejos.

2

Billie

Este.

Este es un lugar donde ser feliz.

Sin dramas. Sin fingimientos. Solo los caballos y yo.

No veo ningún ser humano hasta donde alcanza la vista. Justo como me gusta.

Siempre he considerado cualquier sitio con caballos como un santuario, y esta propiedad no es una excepción. Está inmaculada. Idílicas vallas blancas perfilan los prados perfectos y verdes que se extienden ante mí; cada cuadrado de madera es el hogar de un hermoso y brillante caballo.

Y todo está envuelto en ese reconfortante aroma a rancho que tanto me gusta.

Cierro los ojos e inspiro hondo. Por muy impoluto que esté un rancho, no puedes escapar de este olor, ni siquiera al aire libre. Puedes gastarte todo el dinero del mundo en mantener impecables las instalaciones, pero seguirán oliendo a mierda de caballo.

Y eso siempre me hace sonreír. Caballos 1, humanos 0.

Estoy regodeándome con ese resultado cuando se cierra una puerta a mi espalda. Pego un brinco, sobresaltada, y me giro, esperando que sea Hank para darme el mejor abrazo del mundo. Miro a través de la fuente, situada en el centro del camino de entrada, esperando ver la figura familiar de Hank, pero no es él. Me encuentro con una imagen de perfección que resulta mucho mejor en persona que en cualquiera de las fotos que he encontrado en internet.

¿Alto? Sí.

¿Moreno? Sí.

¿Guapo? Sí.

¿Parece que quiere matarme? Pues mira, también.

Me paso los dientes por el labio inferior mientras ese hombre alto y ágil, vestido con un traje oscuro y entallado, avanza hacia mí. El pelo del color del chocolate negro, más largo en la parte superior y un poco revuelto, como si se lo hubiera estado despeinando con los dedos, enmarca su rostro enfadado. La barba incipiente le cubre los pómulos afilados como cuchillas y la nariz recta es casi demasiado masculina para esos labios torneados y fruncidos. Se detiene frente a mí y me observa.

Menos mal que soy de las que no se acobardan, porque calculo que mide un metro noventa y resulta imponente.

Clava en mí sus ojos color caoba.

—Vas a mover ese culo respingón, vas a entrar en el coche y te vas a largar. Ahora mismo.

¡Vaya, menudo recibimiento!

Ladeo la cabeza y busco en su rostro algún rastro de humor. Al no encontrarlo, suelto una carcajada. Porque quién habla así a una persona a la que acaba de conocer.

Vale, en realidad lo suyo ha sido más bien un resoplido, pero los resoplidos hacen reír a la gente normal, ¿verdad? Incluso, mientras me río un poco de mí misma, pienso que a lo mejor se une a mí. Pero no, no, este dragón escupe fuego. Cruza los brazos sobre un pecho muy ancho y sigue mirándome como si solo fuera tierra bajo sus caros zapatos.

Qué típico…

—Guapa y lenta para seguir instrucciones, como todas las chicas que me ha servido en bandeja mi madre últimamente. Lo de la naturalidad es nuevo —dice, moviendo el brazo de arriba abajo como si yo fuera una yegua de cría—, lo reconozco. Felicita a mi madre de mi parte cuando la informes de este intento fallido de empujarme a una relación concertada impresionantemente aburrida. Prefiero salir con una muñeca hinchable.

Me echo un poco hacia atrás al oír lo último. ¿Salir con una muñeca hinchable? Uf. ¿De verdad acaba de decir eso? Acaba de ponérmelo en bandeja: podría hacer un montón de bromas al respecto, pero me recuerdo a mí misma que debo comportarme de forma profesional. Me armo de valor e inspiro hondo, porque la situación se va a poner más incómoda. Está claro que no sabe quién soy, pero yo he hecho los deberes y sé exactamente quién es él.

Vaughn Harding.

He echado mucho de menos a Hank. Cuando aparecí en su puerta buscando trabajo hace diez años, me acogió y me dio mucho más que empleo: trabajo, consejos, un lugar donde vivir, incluso una buena charla cuando la necesitaba. Fue la figura paterna con la que siempre había soñado. Así que cuando me enteré de que podía trabajar a su lado en la costa oeste de Canadá, me faltó tiempo para subirme a un avión. Mi visado de trabajo en Irlanda estaba a punto de vencer, así que, de todos modos, tenía que dejar mi puesto de formación en la Isla Esmeralda. Al menos estaba al tanto del lugar adonde iba y del nombre del rancho para poder investigar un poco.

Tengo buena mano para buscar información en internet, tanta que casi añado esas habilidades en la sección correspondiente de mi currículum. Al ponerlas en práctica, encontré dos tipos de fotos de este hombre: la mitad de las imágenes eran del Vaughn profesional, con un aspecto prolijo y serio, que gestiona los negocios de su familia. Las otras eran del Vaughn fiestero, con un aspecto encantador y refinado, normalmente en algún evento glamuroso con una mujer hermosa colgada del brazo.

Por lo que he podido encontrar, nunca repite mujer. Y he buscado a fondo.

Un gruñido brutal me arranca de mis pensamientos.

—Te he dicho que te vayas.

¿De qué va este tío? Por regla general, mi filtro cerebro-boca es bastante flexible. He buscado bronca desde la infancia y estoy bien versada en enfrentarme a situaciones en las que alguien está cabreado. Pero ¿esto? Esto es nuevo. Probablemente por eso me quedo ahí plantada, en silencio y estupefacta, mirándolo como una idiota…

Antes de que pueda decir algo educado para calmar la situación, abre los brazos y me mira con esos ojos como miel derretida como si me preguntara qué coño estoy haciendo.

Y luego…, da una patada en el suelo como un niño pequeño.

Se me escapa la risa. Ni siquiera intento contenerla. Conozco bien a los hombres como Vaughn Harding. Hay pocas cosas seguras en esta vida, pero que los niños de papá con fondos fiduciarios son gilipollas es una de ellas.

Levanto una mano para detenerlo.

—En primer lugar, me fascina su preferencia por las muñecas hinchables, pero ¿podemos hablar de eso en otro momento? —Sus labios dibujan una mueca. Ja, no le ha gustado la respuesta—. En segundo lugar, soy una mujer; no me trate como a un niña. Y en tercero, cuando haya puesto fin a esa épica crisis de niño malcriado —muevo la mano arriba y abajo por su cuerpo como él ha hecho conmigo—, ¿podría, por favor, decirle a Hank que Billie Black está aquí para la entrevista de trabajo?

Y, a continuación, lo miro con una sonrisa enorme y muy cursi.

En su defensa, debo decir que palidece de forma visible mientras se estira la chaqueta del traje y se pone más derecho.

—¿Billie Black? —repite.

—La misma.

—Pero… —Mueve la cabeza—. Pero ¿no eres un hombre?

—Una observación muy sagaz, señor Harding —respondo con una sonrisa burlona.

Estoy acostumbrada a esta reacción. Mi nombre llama a engaño, y no me molesta. Es un apodo, y podría elegir otro si quisiera, pero me divierte ver cómo la gente se confunde con él. Y este encuentro no es una excepción.

—¡Eh, Billie, niña! —dice una voz grave y familiar a mi espalda—. ¡Por fin!

Hank Brandt. Joder, es oír su voz y ponerme a sonreír. Me doy la vuelta de inmediato, dejando a Vaughn allí boquiabierto, para contemplar el rostro del hombre más cálido y amable que conozco. Se precipita hacia mí con sus anchos hombros, el pelo corto algo canoso y la cara rubicunda y muy arrugada, típica del que se ha pasado décadas trabajando al sol.

Lo he echado de menos. A veces naces en una familia y otras veces la eliges. Y cuando la eliges, sabes en el fondo de tu corazón que es la adecuada para ti. Y eso es Hank: la familia que he elegido.

Casi trotando, Hank llega junto a mí y me da un abrazo fortísimo. Y se lo devuelvo.

—Estás aún más guapa que la última vez que te vi —dice, sujetándome por los hombros antes de abrazarme de nuevo.

Me ruborizo y pongo los ojos en blanco.

—Deja de hacerme la pelota, viejo. Ya me tienes aquí. Ahora enséñame este lugar.

Hank ha sido mi pilar, tanto en mi infancia como en mi carrera profesional; un amigo, una figura paterna y, con suerte, ahora me dará trabajo.

Suponiendo que no la haya cagado del todo con el gilipollas que sigue ahí detrás. La ansiedad me hace sentir un cosquilleo en el estómago. Tengo mucho trabajo por delante y habré de superar esa incómoda presentación si de verdad quiero el empleo.

—Nunca pierdas las agallas, niña —me dice; sacude la cabeza y me pasa un brazo por encima del hombro.

Hank me lleva hasta el Señor Guapito de Cara, que parece haber recuperado la compostura.

—Billie, te presento a Vaughn Harding, el nuevo propietario y director del Gold Rush Ranch. Es un hombre muy ocupado, que divide su tiempo entre el rancho y el negocio minero de su familia, pero andará por aquí en un futuro próximo dirigiendo nuestras operaciones comerciales. —Vaughn me mira ahora con una expresión ilegible—. Va a asistir hoy a la entrevista para que tengamos una segunda opinión. Espero que te parezca bien.

No puedo ni tragar. Es genial, simplemente genial.

Me zafo del brazo de Hank y le tiendo la mano a Vaughn. Busco algún signo de vergüenza por su parte, pero no encuentro ninguno. Su expresión se ha vuelto pétrea y ahora mismo parece cerrado en sí mismo: cualquier rastro de la ardiente pasión que escupía unos instantes antes ha desaparecido por completo.

Por supuesto, tanteo el terreno lanzándole un rápido guiño mientras correspondo a su firme apretón de manos. Y por firme apretón, quiero decir que es brutal. Le respondo apretándole muchísimo la mano. Que me haya pasado años entrenando y montando purasangres significa que soy más fuerte de lo que parezco.

Creo que incluso le oigo gruñir por lo bajo cuando le estrujo los dedos.

—Cuantos más, mejor —digo—. Es un placer conocerle, señor Harding.

Asiente, me suelta la mano de golpe y luego mira a un punto por encima de mi cabeza.

—Estaré en mi despacho cuando estés listo —le dice a Hank antes de volverse y alejarse con la cabeza alta, como si no acabara de hacer el ridículo.

Cuando vuelvo a mirar a Hank, veo que le brillan los ojos y una lenta sonrisa se dibuja en su cara.

—Billie…, Billie…, Billie…, ¿qué le has dicho a ese pobre chico? —pregunta, dándome una palmadita.

Ante eso, echo la cabeza hacia atrás y me río. ¿Pobre chico? Conozco bien a los hombres como Vaughn Harding. Me he criado en ese mundo. Los hombres ricos y mimados como él nunca superan la arrogancia de creer que tienen más derechos que los demás. Al contrario, la lucen como una especie de insignia.

Mi padre es la prueba viviente de ese tipo de comportamiento, igual que todos los chicos del internado y los hombres que alternaban en nuestros círculos. Copias idénticas unos de otros. Impolutos, calculadores e insensibles.

Por no decir aburridos.

Y falsos, falsos, ¡muy falsos!

Tienen sonrisas falsas, amistades falsas, familias falsas. Y esto último fue el auténtico problema. El que hizo que mi estupenda y perfectamente planificada vida se derrumbara a mi alrededor.

Para mi sorpresa, que mi padre fuera un gilipollas y un capullo no fue suficiente para que dejara de quererlo. Aunque sí le perdí el respeto. Y menuda combinación desgarradora…, querer a alguien a quien no puedes respetar.

Incluso una década después, ya en la edad adulta, me hace tanto daño que no me permite respirar.

Puede que la palabra de mi padre ya no signifique nada, pero la mía sigue siendo de fiar. Cumplí la promesa que me hice a mí misma de marcharme y no volver a ese estilo de vida.

Me marché por la puerta grande y desde entonces estoy en modo reconstrucción. Mi único objetivo es mi carrera, y esta oportunidad es el paso perfecto.

Mientras miro cómo Vaughn —la encarnación viviente de todo aquello de lo que he huido— entra en el edificio, admiro su cuerpo perfecto, que llena el traje hecho a medida. Cintura estrecha. Culo increíble. Un diez.

Pero no pienso hacer nada más al respecto. Porque conozco bien a este tipo de hombres. Interactuar con ellos es una auténtica pesadilla e involucrarse, peligroso. Pero aun así es divertido comérselos con los ojos. Después de todo, soy humana, y ese hombre es pecaminosamente sexy.

Sí, disfrutaré al máximo estudiándolo, pero desde una distancia segura. Porque los hombres como Vaughn son una trampa en la que jamás voy a caer.

3

Vaughn

Qué puto desastre.

Me reclino en la silla del escritorio y miro al techo, deseando que me trague la tierra.

No puedo evitar negar con la cabeza.

¿Por qué me he dejado llevar como si no tuviera autocontrol? ¿Por qué me he comportado como un crío petulante? ¿En qué estaba pensando? La creciente intromisión de mi madre en mi vida amorosa me ha convertido en una puñetera apisonadora.

No para de poner mujeres ante mí como si fuera mi cumpleaños y ellas, regalos perfectamente presentados para que yo los desenvuelva. Sé que estar casada con mi padre la hizo muy feliz, y que solo quiere eso para mí. También sé que mi hermano Cole es una causa perdida en ese aspecto, lo que significa que tengo que asumir yo solo toda esa estupidez de las citas.

Vaya suerte la mía.

Incluso si hubiera sido una mujer enviada por mi madre en uno de sus locos tejemanejes, mi comportamiento habría estado fuera de lugar. La forma en que me he conducido ha quedado todavía más en evidencia por el entusiasmo que ha mostrado Hank ante la posibilidad de contratar a esa chica… A esa mujer.

Curvo los labios al recordar la forma en que ha protestado cuando la he tratado como a una cría.

Da lo mismo. Parece muy joven y, definitivamente, no tiene nada que ver con el hombre al que esperaba entrevistar.

Y es Billie, no Billy.

¿Quién lo habría imaginado?

Supongo que, si hubiera leído su currículum, habría notado esa pequeña diferencia. Tampoco es que Hank me haya dado ninguna pista; podría haberme avisado. Pero no, me dijo que conocía a un profesional que deberíamos entrevistar. Alegó que tenía experiencia internacional, pero que no se ha acomodado. Por tanto, podría ser una buena opción. Se las había arreglado para conseguir que un criadero en Irlanda pasara de ser relativamente desconocido a convertirse en un pilar en el círculo de criadores del país.

Se mostró muy ilusionado y su descripción me convenció. Además, por encima de todo, confío en él, así que le di el visto bueno para concertar una entrevista sin preguntar mucho más.

Pensándolo bien, casi me da la impresión de que omitió intencionadamente mencionar si estábamos hablando de un hombre o de una mujer. Tampoco me importa. No tengo ningún problema en contratar a mujeres. Aunque esta me ha parecido muy joven, lo que significa que será inexperta. Demasiado inexperta para lo que nos jugamos.

Y demasiado bocazas.

Pero qué boca… Seductora, suave, con forma de corazón.

Sí. No es lo que necesito.

Me hace falta alguien en quien pueda confiar, alguien organizado con quien pueda contar para llevar el Gold Rush Ranch al éxito. Esto no es un juego.

La forma en que me ha dejado seguir hablando como un idiota cuando debía de saber exactamente quién soy…

Y luego ha tenido el descaro de reírse de mí.

Increíble.

Me excito solo con repasar el momento en la cabeza.

A lo largo de los años he provocado muchas respuestas en las mujeres: deseo, lujuria, gemidos y quejidos, e incluso enfado cuando ponía punto final a lo nuestro. Pero nunca me había mirado alguien a los ojos para reírse de mí.

No, esto es nuevo.

Esos brillantes ojos color ámbar se han abierto de forma muy expresiva cuando le he dicho que se marchara. Sus carnosos labios rosados se han curvado de medio lado, y algunos mechones de pelo castaño oscuro se han deslizado por sus mejillas con la brisa.

Parecía salvaje e indómita en ese momento. Todo un desafío.

En otras circunstancias, me habría gustado aceptar ese reto, agarrarla por la gruesa trenza y demostrarle quién manda en realidad. Le habría echado la cabeza hacia atrás y habría deslizado los dientes por la parte inferior de su mandíbula, susurrándole todas las guarradas con las que pensaba borrarle esa sonrisa condescendiente de la cara.

Dejo escapar una risa ahogada y me recoloco los calzoncillos.

Algo me dice que lo único que conseguiría en esa situación sería una rápida patada en las pelotas. Es audaz, lo reconozco.

Y es impredecible como una carta marcada, lo último que necesito en mi vida ahora mismo.

La temporada de carreras está a punto de entrar en su apogeo, y nos han obligado a retirar todos los caballos de las pistas, a recluirnos en el rancho, deshonrados, sin poder participar en ningún evento porque nos ha caído una sanción de tres meses. No correremos hasta la mitad de la temporada por lo menos.

No necesito cartas marcadas; necesito un puto milagro.

Una suave risa femenina se filtra desde el pasillo hasta mi despacho, arrancando mi atención de la bandeja de entrada de mi correo, llena, que tengo abierta en la pantalla. Me he pasado la última hora mirándola sin solucionar nada, ensimismado en mis pensamientos.

Un lugar en el que nadie querría entrar en este momento.

—Las damas primero —anuncia Hank cuando Billie dobla la esquina.

Pongo los ojos en blanco. Eso sí que es exagerar.

Me doy la vuelta para coger los archivos que necesitaremos para la entrevista, suponiendo que hayan terminado ya con el tour.

—¿Cómo ha ido? —pregunto, rebuscando en el cajón de las carpetas.

—Muy bien —responde Billie con entusiasmo—. Las instalaciones son una auténtica pasada, señor Harding.

Mi erección da un salto contra mi voluntad al ver que dice «señor Harding» con tanta admiración.

Vaughn, eres un puto desastre, colega.

Esta vez consigo no reprenderme en voz alta, la pequeña victoria del día. Pero cuando miro de nuevo a Billie Black, por poco me quedo sin aliento. Está tan radiante y emocionada que casi salta en su asiento.

La miro con intensidad, impresionado por lo auténtica que es. Lo abiertas y sinceras que resultan sus emociones. ¿Cómo lo consigue?

Rebusco en mi cerebro, pero no recuerdo la última vez que fui tan feliz como Billie en este momento. Me siento como si hubiera vuelto el rostro hacia un sol cegador, pero tan deliciosamente cálido que cierras los ojos y disfrutas de su resplandor.

—Sí, bueno, gracias. Mis abuelos tenían un rancho de ganado y lo transformaron en el lugar que ves ahora. Guarda mucha historia familiar —digo, bajando la mirada.

—Permítame darle el pésame por lo de su abuelo. Ha debido de ser una pérdida terrible… —añade con una expresión amable.

—Sí, gracias. Sigamos. —Cambio de tema con más brusquedad de la que pretendía.

Estoy preparado para discutir con esta mujer, no para el decoro y las miradas inocentes. Me está dando dolor de cabeza. Por fortuna, Hank elige este momento para intervenir y salvarme.

—De acuerdo, Billie. Empecemos.

Reclinado en mi sillón, cruzo los dedos y estudio cómo interactúan. Hank hace preguntas precisas y Billie responde con elocuencia, aunque agita las manos como si quisiera levantar el vuelo.

Por supuesto, habla también con las manos.

Enumeran técnicas de entrenamiento, estrategias de carrera, líneas de pedigrí y Dios sabe qué más. La verdad es que todo me suena a chino. De niño me pasaba el tiempo en los establos hablando con la gente, echaba una mano en las tareas del rancho y hacía los deberes en la sala, pero era solo el telón de fondo, la forma que tenía mi abuelo de mantenerse a mi lado después de que perdiera a mi padre.

Por eso Hank está aquí. Necesito su experiencia porque es uno de los gestores más reconocidos del negocio, y puedo decir por la mirada orgullosa que veo en su rostro que prácticamente ya ha contratado a esta mujer.

Tengo que jugar bien mis cartas. No ser diplomático sería como quitarle los juguetes a un niño la mañana de Navidad. No soy estúpido, tengo claro que no puedo permitirme enfadar a Hank rechazando a Billie. Hank no me había contado lo unidos que estaban. Ahora que lo pienso, hay más cosas que Hank no me ha contado sobre ella, pero ya lo hablaremos él y yo en otro momento.

En cualquier caso, no voy a dejar que esta situación se me escape de las manos. Si Hank cree que puede engañarme y si esta mujer cree que puede reírse en mi cara y conseguir un trabajo fácil, ambos están equivocados.

Sigue siendo mi rancho. Yo tomaré la decisión final.

—¿Por qué quiere este trabajo? —ladro.

Me mira con intensidad, con un matiz rosado en sus pálidas mejillas. Puedo ver cómo se lo piensa. Casi espero a que me regañe por interrumpirla, así tendré una buena razón para mandarla a paseo.

En lugar de eso, se reclina, se pasa las manos por los delgados muslos y se muerde el labio inferior. Joder, ojalá no hiciera eso.

—Para ser franca, señor Harding…

Y ahora eso otra vez. ¿Cómo se supone que voy a dirigir un interrogatorio intimidante si ella está llamándome «señor Harding» mientras se muerde el maldito labio con ese gesto inocente?

—Llámame Vaughn.

—De acuerdo, Vaughn. Para ser franca, me he ganado el puesto de entrenadora jefa. —Hago un gesto burlón—. No. Mira, no quiero decir que me lo merezca. Quiero decir que me lo he ganado. Empecé por mi cuenta, sin absolutamente nada, y he aprovechado todas las oportunidades que se me han presentado con una sonrisa. —Suspira y continúa, gesticulando con las manos de nuevo—. Me dejé la piel en los ranchos más modestos con caballos sin pretensiones hasta que fui lo bastante buena como para trabajar en ranchos mediocres con caballos algo mejores, y me mantuve firme hasta que conseguí hacer prácticas como estudiante en un rancho de primer nivel al que había planeado presentarme desde que tenía quince años. Lo conseguí. Trabajé con lo mejor de lo mejor en Reino Unido, aprendí el oficio y luego me perfeccioné lo suficiente como para que quisieran ofrecerme puestos bien remunerados. He derramado sangre, sudor y lágrimas para convertirme en una de las mejores y poder aplicar esos conocimientos aquí, en mi tierra.

Se lleva las manos al pecho y me mira con tanta seriedad que casi no puedo sostenerle la mirada.

—Dame una oportunidad. Puedo llevar este rancho donde se merece, sé que puedo.

Tengo que reconocerlo: ha sido una respuesta excelente. No he notado ni una pizca de artificio en la historia que ha desgranado, rebosante de orgullo y valor.

Junto los dedos índices y la evalúo. En ningún momento rehúye el contacto visual. Mi plan de ponerle la zancadilla ha salido mal porque me ha sorprendido al mostrar tanta confianza en el trabajo duro, en su propia capacidad, cuando al principio me ha dado la impresión de que se lo tomaba todo a broma.

La confianza y la dedicación son probablemente dos de las cosas que más respeto en una persona. Yo también me he dejado la piel en mis negocios. No seré yo quien tenga que trabajar con ella todos los días, así que si es buena en lo que hace, ¿qué importa que también sea irritante?

—Eres muy joven —arguyo.

—Pero estoy llena de energía —replica.

—No tienes experiencia.

—Pero sí ganas de probarme a mí misma. —Sonríe.

¿Está llenando sus respuestas de insinuaciones a propósito? Esta mujer está loca de remate. Me echo hacia delante y dejo frente a ella las carpetas que he amontonado en el escritorio.

La última prueba, cariño.

—Bien, Billie, tengo cinco carpetas. Una por cada caballo que debutará en Bell Point Park, la pista de Vancouver, esta temporada. ¿Por qué no las miras y eliges a tu favorito?

Me mira con desconfianza.

—Bueno, tendría que verlos correr para tomar una decisión. A pesar de lo que algunos piensan, las estadísticas y el linaje no lo son todo. Un caballo necesita corazón para ganar. Debe tener la mentalidad correcta.

Chica lista.

—Para esta prueba, elige basándote en lo que ves en el papel.

Responde a mi mirada desafiante con una de su propia cosecha. Sé que intuye que la estoy llevando al matadero. Lo veo escrito en su cara. Tiene sus sospechas, pero va a seguirme el juego de todos modos porque, si algo puedo adivinar de Billie Black, es que es terca de narices.

—Vaughn, creo que… —empieza a protestar Hank, que se da perfecta cuenta de lo que ocurre.

Billie levanta una grácil mano en su dirección mientras acerca las carpetas hacia sí.

—Hank, por favor. Puedo arreglármelas.

Se acoda en el escritorio y abre la primera carpeta.

Todas contienen el registro en el Canadian Racing Club de un caballo, que desglosa varias generaciones de sus líneas de sangre y apunta información física, como la altura y el sexo. También he incluido datos sobre la madre y el padre de cada caballo, que a menudo son importantes para predecir su aptitud para alcanzar el éxito. La genética y todo eso.

La parte que he omitido es el informe inicial de Hank con la puntuación de cada caballo. Le hice llevar un pequeño equipo al establo y crear un perfil de cada animal. Para ser sincero, la información que le he proporcionado a Billie es bastante escasa. Soy consciente de que es una prueba algo injusta.

Pero todo eso forma parte de mi plan.

La examino. Tiene el ceño fruncido en señal de concentración y su mirada revolotea de un lado a otro, absorbiendo cada línea de las páginas. Unas pestañas oscuras enmarcan unos iris dorados con motas más oscuras, como esas piedras de ojo de tigre. El color le da un aspecto casi felino. Me fijo en que lleva máscara de pestañas y quizá un poco de colorete, pero por lo demás solo luce una nube de pecas en la nariz, de las que solo se consiguen cuando pasas mucho tiempo al sol.

Al mirarla ahora, no entiendo cómo he podido confundirla con una de las mujeres que mi madre elegiría para mí. Es imposible que ninguna de ellas salga de casa con la nariz cubierta de pecas.

Billie Black no es una mujer atractiva, es… seductora de forma natural. Estoy seguro de que los hombres se paran a mirarla, pero no saben por qué. A riesgo de sonar como un imbécil de la New Age, percibo mucha energía en ella; algo que me atrae.

Se pone a tararear por lo bajo mientras organiza las carpetas en tres montones diferentes. Me doy cuenta de que me he movido hacia delante en la silla, intentando comprender lo que está haciendo. Con los codos apoyados en el escritorio, me acerco a ella como un pervertido.

Me lo reprocha sin siquiera dedicarme una mirada.

—¿Estás intentando copiarme el examen, Vaughn?

Me aclaro la garganta y me incorporo. Cuando miro a Hank, este arquea una ceja en mi dirección como diciéndome que soy patético.

Mis fosas nasales se dilatan cuando inspiro hondo, pero Billie sigue concentrada. Está ensimismada y se pasa el dedo índice por los labios.

Ya me he cansado de esperar.

—Vale. Se acabó el tiempo —suelto.

Billie me mira con la misma ceja arqueada de Hank, y ya sé que tener a estos dos trabajando juntos va a ser un coñazo.

—Bueno… —comienza—. He separado los expedientes en tres categorías. En el primer montón, he puesto a tres purasangres buenos, de alta calidad, que están preparados para empezar su trayectoria este año. Van a tener éxito, y probablemente consigamos que tengan en su haber unas cuantas carreras para luego vender a un par de ellos como futuras promesas por una buena cantidad de dinero sin invertir demasiado.

Sí. Me gusta cómo suena eso.

—En la segunda categoría está la yegua, Brite Lite. Me gustan sus características físicas; es joven y pronto cumplirá años, lo que le dará un poco más de madurez cuando llegue el momento de la carrera. También tiene buen pedigrí y en su historial aparecen algunos de los mejores reproductores; y, en el futuro, podría llegar a ser una de las yeguas principales del programa de cría.

—Estoy de acuerdo —dice Hank, asintiendo.

Billie vuelve a mirarme.

—Puede que sea mi favorita.

La miro fijamente, sin querer revelar nada.

Sin romper el contacto visual, Billie tamborilea con dos dedos en la última carpeta.

—¿Qué le pasa a Double Diablo? —pregunta, con expresión incisiva.

Le dedico una mirada inexpresiva.

—No sé a qué te refieres.

Hank gime por lo bajo. Maldito traidor.

—Me refiero a que tiene tres años y no ha corrido nunca. Su pedigrí es de lo mejorcito. Mirar su línea de sangre es como leer la lista de los caballos de carreras más famosos del mundo. Sé lo que cuesta criar un caballo así. Debes de haber invertido en él al menos un cuarto de millón de dólares.

Billie gruñe y sacude la cabeza, como si no pudiera creérselo.

—Incluso si hubiera participado en una sola carrera y hubiera logrado un éxito moderado, podrías cobrar un montón de dinero por cederlo como semental algún día. Ya debería haber corrido este año, pero no ha hecho nada. —Se reclina en el asiento y clava en mí una mirada inteligente—. Así que, dime, ¿qué le pasa?

Qué mujer más lista.

Me mira como si esperara una respuesta. Pero esta es mi prueba, y me niego a dar pistas.

—No voy a responder a eso. He dicho en el papel; ¿cuál es tu favorito? Por lo que me acabas de decir, la respuesta es obvia.

Vuelve a echar un vistazo a la última carpeta y se coloca los mechones de pelo sueltos detrás de las orejas, nerviosa.

—¿Está lesionado? —pregunta en voz baja, mientras vuelve a hojear las páginas que tiene delante. Como si buscara más información y esta pudiera aparecer en el papel por arte de magia.

—No —respondo con sinceridad.

Me gusta mucho ver cómo se retuerce. Parece insegura, y disfruto bajándole los humos.