Ganar al límite - Elsie Silver - E-Book

Ganar al límite E-Book

Elsie Silver

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Beschreibung

He visto cada delicioso milímetro del cuerpo de Violet Eaton, pero ella no tenía ni idea de quién era yo. Hasta ahora. Lo que ocurrió entre nosotros online, en los chats, se suponía que era anónimo y que debía permanecer en el pasado. Hasta que dejó de hacerlo. Este es un mundo muy pequeño, y el pueblo de Ruby Creek lo es aún más. Cuando me he mudado aquí y nos hemos visto obligados a vivir bajo el mismo techo, mi máscara de hombre duro se ha venido abajo sin remedio. Cada vez que se ruboriza, en cada ocasión en que sus ojos brillan con calidez, cada vez que me suplica que no pare, el muro de hielo que he levantado a mi alrededor se derrite un poco más. Ella me hace desear cosas que no pueden ser. Cosas con las que sueño desde que la vi por primera vez hace dos años. Cosas que no merezco. Pero las heridas de mi pasado tienen el poder de destruirnos a los dos. Como exsoldado, debería tener la disciplina necesaria para alejarme, pero cuanto más me abro a Violet, más quiero permanecer a su lado. Regresé de la guerra como un hombre diferente, pero mis cicatrices eran muy anteriores, y más profundas de lo que nadie podría imaginar. Planeaba que todo siguiera igual y mantener ocultos mis secretos. Hasta que apareció ella…

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Título original: A Photo Finish

Primera edición: noviembre de 2023

Copyright © 2021 by Elsie Silver

© de la traducción: Silvia Barbeito, 2023

© de esta edición: 2023, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-19301-98-7

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografías de cubierta: Wirestock/Muhammad Basas/user16639364/freepik.com y fotoall/depositphotos.com

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

1

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5

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Epílogo

Nota para el lector

Un agradecimiento especial

Agradecimientos

Contenido especial

Para mi esposo, el señor Silver.

Te amo, pero deja de seguirme en TikTok.

«Hay algo en el exterior de un caballo que es bueno para el interior de un hombre».

Winston Churchill

1

Un año antes

Violet

¿En serio acabo de ganar el Denman Derby?

Me siento como si el mundo se moviera a cámara lenta a mi alrededor. Me concentro en las orejas negras y puntiagudas del caballo, miro la brillante crin negra que adorna el cuello que se mueve rítmicamente bajo mis manos y me aferro a esa crin como si me fuera la vida en ello.

Echo un vistazo por encima del hombro para asegurarme de que de verdad he cruzado la línea de meta, de que no me he desmayado y me he perdido parte de la carrera. Porque a lo mejor aún falta una vuelta más. A lo mejor lo he echado todo a perder como la auténtica novata que soy.

Pero los demás caballos y sus jinetes están desacelerando y deteniéndose, y los ponis nos rodean para mantener en su lugar a los animales excitados por la carrera. Mis competidores me felicitan, y es increíble, porque no tengo ni idea de qué hago aquí, montando un caballo como este tras haber ganado una competición tan prestigiosa.

Es mi segunda carrera y acabamos de clasificarnos para la Northern Crown. Lo nunca visto. Esto ha tenido que ser la suerte del principiante.

Sacudo la cabeza, intentando poner en orden mis pensamientos, y todo vuelve a la normalidad: regresa el sonido de los aplausos desde las gradas, vuelvo a escuchar la música de bocinas que emiten los altavoces… Y el número de nuestra silla de montar parpadea en el tablero del campo interior.

¡Lo hemos conseguido!

Me dejo caer sobre ese cuello negro y brillante, lo abrazo y acaricio su pelaje resbaladizo por el sudor. Se me hace un nudo en la garganta por la emoción y se me llenan los ojos de lágrimas.

—Buen chico —murmuro.

Me yergo en la silla de montar y disminuimos la velocidad. DD —Double Diablo es su nombre completo— no tarda demasiado en calmarse cuando termina una carrera. Es como un enorme oso de peluche, aunque no siempre se ha comportado así. No hace tanto que nadie quería acercársele, hasta que su nueva entrenadora, Billie, trabajó con él. Y, no sé cómo, he tenido la suerte de convertirme en su jockey.

Le doy un poco de rienda a DD para salir de la pista hacia el círculo de ganadores. Me sobresalto al darme cuenta de que eso es lo que creo que debemos hacer ahora, aunque, en realidad, no tengo ni idea de si es así. Conozco bien Bell Point Park, pero nunca había ganado una carrera importante.

Poco después llega Hank, el encargado de los establos del Gold Rush Ranch, y me da unas palmaditas en la pierna con una alegría pura y contagiosa. Sus ojos verdes rodeados de arrugas brillan con la emoción.

—Felicidades, Violet. Estoy muy orgulloso de ti.

Parpadeo rápidamente y aparto la mirada. Hank se comporta como un auténtico padrazo, o, quizá, más bien como un abuelo. No lo sé, la verdad. Es lo bastante mayor como para jubilarse, pero sigue trabajando en el rancho todos los días como si fuera un jovenzuelo.

Le dedico una sonrisa temblorosa. La enormidad de lo que hemos conseguido me inunda por fin, y esa sensación es abrumadora.

—Gracias, Hank.

Alarga la mano y sujeta las riendas cerca del bocado de DD.

—Vamos, chico. —Nos guía hacia un lugar apartado a la sombra de un árbol—. Tomaos un momento antes de dejaros ver. Inspira hondo un par de veces para calmarte.

Me dan ganas de abrazarlo por saber justo lo que necesito en este momento: estoy demasiado conmocionada para darme cuenta por mí misma.

—Gracias. —Sonrío y cierro los ojos para inspirar hondo como me ha recomendado.

Hasta hace apenas unas semanas era moza de cuadra en el Gold Rush Ranch y, a veces, servía como jinete de entrenamiento cuando mi amiga y entrenadora principal, Billie Black, me pedía ayuda; así que es fácil imaginar mi sorpresa cuando me anunció que iba a ser la nueva jockey del caballo de carreras con más talento que he visto. Patrick Cassel, el favorito local, había hecho una mala carrera, y eso la llevó a ponerlo en la lista negra y a reemplazarlo por mí.

He tenido la suerte del principiante, y me aterroriza pensar que todos van a darse cuenta, que van a ver que voy de farol.

Cuando la cabeza deja de darme vueltas, yergo los hombros y levanto la barbilla. La respiración de DD se ha ralentizado y oigo cómo muerde el bocado, una señal evidente de que también está más relajado.

Finge hasta que lo consigas, Vi.

No importa cómo he llegado hasta aquí: he ganado la carrera, y no ha sido fácil. DD y yo nos merecíamos esta victoria, y voy a disfrutarla en lugar de machacarme pensando que no es así.

—Vale, estoy lista.

Hank asiente, chasca la lengua para instar a DD a que avance y nos dirigimos al círculo de ganadores.

Billie ya está ahí, con grandes gafas de sol para esconder lo que no me cabe duda de que son unos ojos anegados en lágrimas. Vaughn, uno de los dos hermanos propietarios del Gold Rush Ranch, está junto a ella, estrechándole la cintura con ademán posesivo.

No puedo reprimir una sonrisa. Está claro que ha funcionado el plan que diseñó para recuperar a Billie al darse cuenta de que la había fastidiado. Le guiño un ojo cuando Billie se acerca para abrazarnos a DD y a mí, balbuciendo algo sobre lo mucho que me quiere y lo enfadada que está por no habérselo contado todo. Suelto una carcajada porque sé que no tardará en perdonarme. Decírselo habría echado a perder la sorpresa tan romántica que Vaughn había preparado.

—Ya me lo recriminarás en otro momento —susurro contra su revuelto cabello castaño, agachándome para devolverle el abrazo.

Vaughn es el siguiente en acercarse, y opta por un firme apretón de manos en lugar de un abrazo. Su sonrisa es amplia y sincera, y su pecho se hincha por el orgullo.

—Enhorabuena, Violet. Ha sido una gran carrera.

—Gracias por la oportunidad —digo, sonriendo como una loca.

Porque, en serio, ¿quién más habría puesto a una moza de cuadras de veintiséis años sin ninguna experiencia a montar un caballo como este en una carrera así?

Alguien más se acerca a nosotros, y eso atrae mi mirada. Se me ponen los ojos como platos, y me regaño para mis adentros: mi cara de póquer deja mucho que desear, lo sé, pero soy incapaz de controlarla. Las emociones se dibujan en mi rostro como si llevara un enorme letrero de neón, y eso es justo lo que está pasando ahora mismo.

Ese hombre, sin duda, es el hermano mayor de Vaughn, Cole. He oído hablar mucho de él, en especial a Billie, que no deja de despotricar contra él ni de bromear comparándolo con un robot. Algo que me queda claro ahora que lo veo: todo el mundo está eufórico, celebrando la victoria, pero él parece incómodo.

Incómodo pero delicioso.

No sé si me están mareando las endorfinas o si ser tan feliz acaba con las neuronas, pero soy incapaz de apartar la mirada de ese hombre tan guapo.

A pesar de que está frunciendo el ceño, lo devoro con la mirada, como si fuera la botella de champán que me muero por descorchar cuando este día de locos se acabe.

Se parece a Vaughn, pero tiene un aire diferente: es más duro, más imponente. Donde Vaughn es alto y delgado, su hermano es grande y fuerte. La chaqueta del traje se ciñe a sus hombros y amenaza con romperse por las costuras si se agacha lo suficiente. Deslizo la mirada hasta su cintura estrecha y sus potentes muslos.

Contrólate, Violet. Estás babeando.

Cuando me hablaron del hermano solitario que se pasaba todo el día en la oficina del centro y que nunca ponía un pie en el rancho, no era esto lo que me había imaginado.

—Hola —digo, un poco alegre de más. Vergonzoso—. Soy Violet.

Le tiendo la mano; a nuestro alrededor se amontonan las cámaras y la gente.

No me devuelve la sonrisa. Sus labios bien dibujados forman una fina línea y sus ojos grises se clavan en mí, sentada como sigo a lomos de DD. Cuando me estrecha la mano, me doy cuenta de lo grande que es en realidad: mis dedos, hasta mi muñeca, prácticamente desaparecen entre los suyos. El cálido roce de la palma de su mano es suave al principio, pero después me aprieta con más fuerza y se acerca a la silla. Levanta la mano libre y mueve el dedo índice en un gesto silencioso e inequívoco para que me acerque.

El corazón me late con fuerza en el pecho y me agacho como una tonta, como si fuera una polilla atraída por la luz.

Espero una felicitación.

Pero no que me mande de una patada hasta los errores de mi pasado.

—Me alegro de volver a verte, Chica de Púrpura. Casi no te reconozco con toda la ropa puesta.

Se me escapa todo el aire de los pulmones en un jadeo audible y me aparto de él.

No.

Estudio sus rasgos y la sangre desaparece de mi rostro al darme cuenta de que estoy frente al hombre al que he intentado olvidar con todas mis fuerzas.

Ni de coña.

Solo hay una persona en el mundo que me llamaría así, que tendría el descaro de decirlo en voz alta. El rubor asciende hasta mis mejillas cuando me inundan los recuerdos del último año.

Se suponía que esa fase de experimentación juvenil solo iba a ser un alto en mi camino hacia la independencia.

Se suponía que esa etapa de mi vida había quedado en el pasado, protegida por el anonimato.

Se suponía que él iba a quedarse donde estaba cuando me marché sin dejar rastro.

Porque ya no me importaba.

Pero cuando sus ojos grises se clavan en mí mientras el circo mediático nos rodea, me doy cuenta de que todavía me importa.

2

En la actualidad

Cole

No quiero mudarme al Gold Rush Ranch.

Odio estar aquí. Y no solo eso: es que se me revuelven las tripas al darme cuenta de que este no es mi sitio. El instinto que me mantuvo con vida en el extranjero se pone en alerta cada vez que vengo, pero aquí estoy, conduciendo a toda velocidad por la carretera que lleva al rancho. Si esto fuera Irak, daría media vuelta con mi camioneta y me largaría.

Pero no es Irak, es el puto Ruby Creek, lo que casi es peor. Estoy convencido de que solo tienen una gasolinera, una tienda de barrio y un montón de viejas chismosas. Odio los pueblos pequeños, lo acogedores que son, cómo se espera que te pares y charles un rato con gente a la que casi no conoces y que, desde luego, no te importa. Y odio que todos lo sepan todo de ti.

La mayoría de los días creo que lo que detesto de verdad es a la gente, pero no quiero llegar tan lejos. No quiero perderme tanto en la oscuridad.

Me gusta mantener mi intimidad. Me gusta disponer de mi propio espacio, tranquilo y ordenado, y detesto que intenten sonsacarme información. Y todo eso va peligrar en cuanto ponga un pie en el rancho familiar. Lo de Vaughn ya era bastante malo: el hermano pequeño, siempre pisándome los talones. Pero ahora está prometido y vive aquí con Billie Black, también conocida como la mujer más odiosa del mundo.

Me alegro por ellos, en serio. Por mucho que admitirlo me haga poner los ojos en blanco, hacen una pareja perfecta. Billie le hace mucho bien a mi hermano pequeño. Pero son tan… unicornios y arcoíris que necesito gafas de sol para estar en su presencia. Y tapones para los oídos, porque no paran de hablar.

Tengo ganas de gritar solo con pensar en la poca paz de la que voy a disfrutar en el Gold Rush Ranch.

Recuerdo cuando cabalgaba por estos senderos con mi padre, cómo nos reíamos, cómo me sonreía y lo mucho que le apasionaban las carreras de caballos. Lo feliz que lo hacía verme montar a caballo…

Y cuando doy la vuelta para dirigirme a la calle que me lleva hasta ahí, pienso en ella.

Eso va a ser más complicado. Debería haber tenido un poco más de autocontrol y no haberle mostrado mis cartas; podría haber mantenido el anonimato sin más, pero cuando vi el rostro que me ha perseguido todas las noches del último año, el que no he sido capaz de olvidar, tan radiante, puro y despreocupado, hice lo de costumbre: meter la pata.

Fue como si echara tinta sobre un papel de un blanco prístino y el líquido negro echara a perder la página sin mácula.

Me he pasado un año entero, desde la carrera, evitándola a toda costa. Le solté la bomba y salí corriendo; muy en mi línea.

Eres un puto idiota.

Agarro el volante con fuerza y rechino los dientes, con la ansiedad desbordando en mi pecho. El letrero del Gold Rush Ranch se mece en sus cadenas frente al camino de entrada, rodeado de árboles bien cuidados. Dejo escapar un resoplido. Esto ya no es solo un rancho: es un referente en el mundo de los caballos de carreras, y ya no se parece en nada a lo que empezaron mis abuelos.

Este lugar tiene tanta historia…

No debería estar en este sitio lleno de recuerdos que me persiguen y de personas que no me entienden. Y que jamás me entenderán, porque no pienso permitírselo.

Pero le prometí a la junta directiva de Gold Rush Resources, la otra empresa familiar, que iba a hacerme cargo de nuestra nueva adquisición en el pueblo vecino hasta que dé beneficios. Aunque en este momento soy incapaz de recordar por qué lo hice.

Me detengo en el camino de entrada circular y miro a mi alrededor. Tengo que reconocérselo a Vaughn: todo está impecable. Los caballos, las vallas y hasta las flores. Hace un año que se ha hecho cargo del rancho y este ha florecido. No quiero reconocer que una parte de mí desea que vuelva a nuestras oficinas en el centro de Vancouver, porque me gusta tenerlo cerca.

Pero ha comenzado una nueva vida aquí, y envidio su capacidad para recuperarse por completo, mientras que yo sigo estancado y viviendo en la misma rutina de siempre.

Cierro los ojos e inspiro hondo. Me hinco los dedos en el muslo derecho e intento encontrar algo de paz interior. Mi terapeuta me recomendó estas inspiraciones profundas y yo le respondí que me parecía muy hippie, la típica basura New Age. Ella se limitó a mirarme, inexpresiva, porque me conoce demasiado bien y sabía que iba a intentarlo en secreto y que iba a funcionar. De modo que, haciendo uso de mi clásico mecanismo de defensa, no hemos vuelto a mencionarlo.

—Toc, toc.

—Hola, hermano mayor. ¿Estás echándote una siesta? Sé que estás viejo, pero esto es excesivo.

Si finjo que Billie Black no está aquí, ¿desaparecerá? ¿Se esfumará como si solo fuera un molesto producto de mi imaginación?

Abro los ojos, me vuelvo despacio hacia ella y la fulmino con la mirada. Eso habría hecho que la mayoría de la gente saliera corriendo, pero ella se limita a ampliar su sonrisa.

Está pirada.

Billie suelta una carcajada y se da media vuelta, haciéndome una seña.

—Cuando te recuperes, Vaughn está en su oficina.

Ya estoy arrepintiéndome de haber venido a trabajar al Gold Rush Ranch.

—Tienes cara de querer matar a alguien.

Me dejo caer en una silla frente al escritorio de Vaughn y lo miro con el ceño fruncido.

—Podría hacerlo.

Él enarca una ceja.

—¿Por qué?

—Sabes que no me gusta estar aquí.

—La nueva mina está en Hope. ¿Por qué no has buscado alojamiento ahí?

Me paso la mano por la cara. Vaughn siempre hace demasiadas preguntas. Lo recuerdo siguiéndome a todas partes, bombardeándome con sus dudas, y como le llevo cinco años, no me hacía ninguna gracia tener que explicarle cosas como por qué la letra c suena a veces como una k.

No voy a ser cruel y a decirle que agoté todas las opciones antes de venir aquí. No hay mucho donde elegir en ese pequeño pueblo si hablamos de alquileres a largo plazo. O vives ahí o no. Y no estaba dispuesto a comprar una casa en ese pueblucho o a compartir espacio con las cucarachas en el Motor Inn solo para cumplir la promesa que le hice a la junta.

—Esto está cerca y tienes un despacho vacío que puedo utilizar. Era lo más práctico.

Eso debería apaciguarlo.

Vaughn sonríe.

—Vamos, admítelo.

Cruzo los brazos sobre el pecho a modo de escudo. El único que llevo ya.

—¿Admitir qué?

—Me has echado de menos.

Su sonrisa arrogante me da ganas de tirarlo al suelo y recordarle quién es el más fuerte, pero me limito a sostenerle la mirada en silencio.

Alza las manos en señal de rendición.

—Vale, vale. Pues has echado de menos a Billie.

Dejo escapar un gemido y alzo la vista hasta el techo.

Adoro mi trabajo. Adoro mi trabajo. Adoro mi trabajo. Va a ser estupendo instalarme en el despacho libre al final del pasillo.

—Tienes razón. Eso no es… ¡Ah, espera! ¡Ya sé! —Por el rabillo del ojo puedo ver cómo se echa hacia delante para apoyarse en los codos y juntar las manos delante de la boca—. Has echado de menos a Violet.

De pronto, mi corazón se acelera y el pulso late en mis oídos como un tambor que resuena por todo mi cuerpo.

¿Cómo coño lo ha adivinado?

Mis años de entrenamiento militar me han preparado para no mostrar ninguna reacción, sienta lo que sienta. Por eso me limito a mirarlo fijamente y con una expresión neutra.

—¿Quién?

Estudia mi rostro con esa mirada cargada de inteligencia y la diversión bailando en esos ojos tan parecidos a los de nuestro padre. Él ha heredado los ojos oscuros y yo, los claros de nuestra madre. Eso sí: los dos hemos salido ganando con la estatura, algo que, probablemente, deberíamos agradecerle al abuelo Dermont.

—Vale. —Se pone en pie de golpe y mis hombros se relajan ante ese cambio de tema tan repentino—. Vamos a instalarte.

Vaughn me guía hasta el aparcamiento y se sube a su llamativo Porsche. Tal vez haya renunciado a llevar traje todos los días, pero aún no se ha deshecho de esa cosa.

—¿Por qué sigues conduciendo este chisme? Vives en mitad de la nada y rodeado de caminos de gravilla.

—Porque a Billie le molesta. —Me dedica su característica sonrisa juvenil.

Da un portazo y no me queda otra que seguirlo por las carreteras secundarias. Conduce como un psicópata. Para Vaughn todo es juego y diversión: tiene ya treinta y un años y sigue disfrutando al levantar la grava cuando toma una curva.

Me quedo sorprendido cuando llegamos a la casa de campo azul. Esperaba que me relegaran a la casa de huéspedes, no que me instalaran en la principal, la que construyó el abuelo Dermot. En la que creció mi padre.

Mi instinto de huida se pone en alerta una vez más.

Tengo que salir de aquí mientras pueda.

Bajo de mi camioneta negra y me acerco a Vaughn.

—¿Por qué Billie y tú no vivís en la casa principal?

Tantea hasta encontrar un llavero demasiado lleno. Tanta desorganización hace que un músculo palpite en uno de mis párpados.

—A Billie le gusta la casa de huéspedes. Ahí fue donde empezamos y supongo que…, bueno, seguimos ahí y ya está. De todos modos, así tendrás más cuartos que invadir.

Pretende que la pulla sea divertida, pero me pica un poco. Odio que me aparte así.

Cuando desliza la mano por la puerta y la abre, me sorprende lo mucho que ha renovado el espacio desde la última vez que puse un pie en esta casa. Ahora es luminoso y amplio, como los que aparecen en la revista Country Living, todo blanco, azul y madera cara vista. Y huele a limpio. Muy limpio. Limpio de una manera que dudo que haya sido cosa de mi hermano pequeño. Me apoyo en la jamba e inspiro el aroma a limón, salpicado con unos toques de lejía.

—¿Has contratado un servicio de limpieza?

—No, Billie insistió en limpiarlo porque ibas a venir —resopla Vaughn.

Enarco una ceja como diciendo «¿La loca de Billie ha hecho esto por mí?», pero, en realidad, siento una punzada en el pecho al pensar que alguien cuyo cariño no me he esforzado demasiado en ganarme se ha molestado en conseguir que me sienta cómodo.

Mi hermano me hace un gesto y entra en la casa con los zapatos puestos. Rechino los dientes.

—Al parecer, cuando se mudó aquí su casa estaba hecha un desastre, y no piensa dejar que lo olvide. Además, ha estado renovando esta a su ritmo, como un proyecto paralelo. Dice que necesita un nuevo comienzo.

Sé que se refiere a que nuestros abuelos vivieron aquí hasta el día de su muerte. Yo los quería, pero Vaughn tenía una conexión muy especial con el abuelo Dermot. Una por la que casi echó a perder su relación con Billie.

Para él esta casa está ligada a sus momentos con Dermot, pero a mí me invaden dolorosamente los recuerdos de mi padre, mi ídolo, al que vi caerse del caballo en mitad de una carrera y no volver a levantarse. Vaughn era demasiado pequeño cuando nuestro padre murió como para que este lugar se lo traiga a la memoria, pero a mí todo el puñetero rancho me recuerda a él.

Me aclaro la garganta y me obligo a abandonar esa línea de pensamiento.

—Ha hecho un buen trabajo.

Los ojos de Vaughn se abren un poco, como si le sorprendiera que haya felicitado a su prometida.

¿Tan malo soy?

—Se lo haré saber —responde con una mirada divertida—. Y, Cole, si alguna vez quieres…, no sé, tomar una cerveza, o algo, dímelo. Estaré encantado. No tienes por qué encerrarte aquí solo.

Le devuelvo la mirada y veo al niño desamparado al que dejé atrás cuando me subí al avión y partí hacia el entrenamiento básico. Nunca he sabido cómo disculparme con él por abandonarlo, y quizá no haga falta, pero creer que debería haberlo hecho consigue que me sienta incómodo cuando estoy con Vaughn. Me gustaría que nuestra relación fuera más cercana, pero eso significaría tratar ciertos temas que prefiero olvidar.

A mi terapeuta deben de estar pitándole los oídos.

Lo que me recuerda… Levanto la muñeca para mirar el reloj.

—Ahora mismo tengo que hacer una llamada, pero quizá en otro momento.

No se me escapa cómo se le hunden los hombros cuando me doy la vuelta hacia la camioneta para coger el equipaje.

¿Tanto te costaba decir que sí a una cerveza?

Él me sigue caminando con arrogancia, con esa sonrisa fácil adornándole otra vez el rostro, y por un momento envidio su capacidad para recuperarse, cómo se sacude la mierda de encima, mientras que a mí se me queda pegada.

—¡Nos vemos! —grita; se pone las gafas y se mete en ese absurdo cochecito.

Le dedico un gruñido y un breve gesto de despedida, plenamente consciente de lo cascarrabias que soy. De lo diferentes que somos.

Cierro la puerta tras de mí y subo las escaleras que llevan al dormitorio principal para deshacer el equipaje. La verdad, me alivia que esté tan impecable como la planta de abajo. Han pintado la habitación en tonos grises suaves y blancos cálidos. Resulta un poco femenina, pero está como nueva. Incluso esbozo una pequeña sonrisa cuando me doy cuenta de que Billie ha abierto la cama y me ha dejado una chocolatina en la almohada. Qué boba es.

Guardo la ropa en la cómoda perfectamente doblada y coloco mis útiles de aseo en el baño tal y como me gusta: en línea y bien organizados. Quizá tengo un cierto toc con el orden: son hábitos que adquirí en el Ejército, y nunca he podido deshacerme de ellos.

Cuando suena el teléfono, me dejo caer en la mecedora de roble que hay en una de las esquinas y deslizo el dedo para aceptar la videollamada. El rostro pequeño y arrugado de mi terapeuta llena la pantalla como si estuviera mirando a través de unos binoculares o algo así. Los cristales de sus gafas bifocales son tan gruesos que parecen lentes de aumento sobre sus ojos, y frunce el ceño ante el teléfono como si esta llamada fuera cosa de brujas. Un montón de pulseras de plata tintinean en su muñeca cuando intenta colocar el móvil en distintas posiciones.

—Cole, esto no termina de convencerme. No me veo bien en este chisme desde ningún ángulo —comenta, distraída, atusándose el cabello con una mano pequeña y arrugada.

—Hola, Beatrice —respondo.

No me preocupan lo más mínimo los ángulos de mi terapeuta de setenta y tantos años.

—Llevo dos años tratándote. Estoy harta de decirte que me llames Trixie —protesta, acomodándose en la silla.

Reprimo un escalofrío. No me parece bien llamar «Trixie» a una mujer mayor, y, francamente, disfruto tomándole el pelo.

Esbozo una sonrisa torcida cuando me fijo en la imagen que muestra la pantalla. Su consultorio no se parece en nada al de los demás terapeutas a los que he visitado a lo largo de los años. Recibe a los pacientes en la comodidad de su hogar de principios del siglo xx: hay alfombras persas que cubren los viejos suelos de roble, las plantas crecen en sus macetas por todas partes, en las ventanas cuelgan cristalitos y las obras de arte que ha ido atesorando después de décadas de viajes internacionales adornan las paredes. Juraría que puedo oler el pachuli a través de la pantalla del teléfono.

Sí, Trixie Bentham es una vieja hippie muy peculiar, y no podría ser más diferente a mí o a mi familia. Pero también es la única terapeuta con la que he podido conectar, y sigo acudiendo a ella porque, por muy desinteresado que sea, también sé que necesito terapia. Por eso accedió a llevar a cabo nuestras sesiones por videollamada mientras estoy aquí, jugando a ser un pueblerino.

—¿Quieres que te cuente cómo estoy? ¿Cómo todo lo que me rodea me recuerda a mi padre?

Ella ladea la cabeza y sonríe.

—No lo sé, querido. ¿Es de eso de lo que te gustaría que habláramos?

Ah, el juego de las preguntas retóricas. Uno de mis favoritos. Me limito a mirarla fijamente; nunca funciona, pero lo hago de todos modos.

Pero hoy ella se ríe, una risa seca y cargada de diversión, y se sube las gafas por el puente de la nariz.

—¿Ya te has encontrado con la chica?

—¿Qué chica?

Estoy haciéndome el tonto a propósito.

Ella vuelve a reírse.

—Esa de la que no puedes dejar de hablar.

3

En el pasado, dos años antes

Violet

¿En serio estoy a punto de hacerlo?

Me muerdo el labio inferior y dejo que mi dedo índice vague sobre el ratón. En parte, esta es una idea terrible y podría ser contraproducente de muchísimas maneras. Pero ¿quién soy yo en el gran esquema de las cosas? Una joven de veinticinco años con poco que ofrecer salvo una considerable escasez de experiencias vitales e independencia.

Eso es lo que se consigue cuando una niña crece en una granja, asfixiada por un padre sobreprotector y tres hermanos mayores.

Pero ahora estoy aquí, en la costa oeste de Canadá, con un nuevo trabajo, un nuevo lugar donde vivir y un horizonte de posibilidades ante mí. Ahora lo que necesito es conocerme a mí misma, acumular experiencias y traspasar mis límites.

No estoy segura de por qué pretendo publicar un desnudo en Clikkit, un foro online con millones de usuarios que aglutinan una amplia gama de intereses, pero parece algo arriesgado y emocionante… y fuera de lugar. Que es justo lo que quiero. Estoy cansada de que me protejan. Quiero sentirme expuesta e incómoda sin que nadie me aparte de un empujón.

Quiero hacer algo estúpido, propio de alguien tan joven como yo. Además, estoy cachonda y sola.

Hago clic y la yema de mi dedo pulsa con fuerza sobre el ratón. Me sonrojo de inmediato. El rubor empieza en los dedos de los pies, sube por mi cuerpo, se acumula entre mis muslos y se desliza por mi pecho antes de inundarme el rostro con su calor.

No puedo creerme lo que acabo de hacer.

La imagen me devuelve la mirada. La he tomado desde arriba, tumbada en la cama. No se me ve la cara y llevo las bragas puestas, así que tampoco es demasiado escandalosa. Sí, estoy mostrando los pechos, pero en Europa la gente va así a la playa, tampoco es para tanto. O, al menos, eso es lo que me digo a mí misma. La cálida y sensual luz de la mañana ilumina mis rasgos. Por lo general, soy demasiado dura con mi aspecto y creo que lo tengo todo pequeño y poco femenino, pero en esta imagen… En esta imagen parezco sexy.

¡A la mierda! Mira mis tetas, mundo. Mira lo poco que me importa.

Al instante, pienso en borrar la foto. Pero la nueva Violet Eaton no va a ceder ante esa voz en su cabeza, y a mi nuevo alter ego en internet, Chica de Púrpura, tampoco le importa una mierda lo que tenga que decir.

Cierro de golpe la tapa del portátil, me calzo las botas de montar y corro escaleras abajo desde mi apartamento sobre los establos del Gold Rush Ranch antes de que pueda cambiar de opinión.

En la actualidad

Mi lista de verificación mental está a punto de estallar cuando meto lo último que creo que voy a necesitar en mi pequeño Volkswagen Golf. Ese que tiene parches de óxido sobre la rueda y una esquina del asiento mordida, de cuando mi perro pastor favorito era cachorro. Ese en el que metí todas mis pertenencias y el que conduje para alejarme de la casa de mi familia hace dos años, cuando por fin decidí ir por mi cuenta. Habrá quien piense que mi coche es un montón de chatarra, pero yo veo en él la alfombra roja hacia la independencia. Me encanta este pequeño vehículo y todo lo que representa.

Retrocedo para evaluar lo que he metido en el asiento trasero y me aparto un mechón de pelo de la cara. Es el primer gran día de la temporada de carreras y estoy intentando —sin éxito— mantener los nervios a raya. Esta temporada es mi oportunidad; la oportunidad de demostrar que soy una auténtica jockey; de demostrar que mis victorias en la Northern Crown el año pasado no se debieron únicamente a la suerte del principiante. Aunque siempre he pensado que este era un trabajo duro pero divertido, hoy se me hace abrumadoramente pesado. Las expectativas me asfixian como un corsé de hierro. Hasta siento como si tuviera que concentrarme para respirar.

Me obligo a hacer un inventario mental de todo lo que he metido en el coche y niego con la cabeza cuando me doy cuenta de lo que he olvidado.

Mierda, mi gorra y mi chaqueta de jockey.

Habría sido genial aparecer en la pista en Vancouver, que está a menos de una hora y media de Ruby Creek, sin mi equipamiento del Gold Rush Ranch, el uniforme negro y dorado que uso en todas las carreras.

Regreso a los establos sacudiendo la cabeza, y voy por el largo pasillo de oficinas hasta la lavandería situada al final. Vivo en un apartamento pequeño encima de los establos, así que solo puedo lavar aquí la ropa. Crecí en un rancho de los de toda la vida, entre el barro y la nieve, con el heno enredado en mi cabello, y la idea de lavar mis cosas en las mismas máquinas que se usan para las de los caballos, llenas de pelos, no me molesta lo más mínimo.

Casi he llegado a la puerta cuando lo escucho.

—Violet.

Esa voz, con su ronco retumbar amenazante. El hombre al que pertenece. Juraría que mis pies han echado raíces que me mantienen anclada al suelo. El corazón me late con tanta fuerza que creo que se me va a escapar del pecho. Y no puedo culparlo: yo también quiero escapar.

Se suponía que no tenía que estar aquí, que yo ya me habría ido cuando apareciera. Se suponía que ya había salido de mi vida, que lo había dejado atrás. Que lo había olvidado.

Pero no ha sido así. He luchado conmigo misma; he luchado y luchado y… He estado con otros hombres para demostrarme a mí misma que estoy bien, pero una sola palabra de sus labios y me pregunto si de verdad lo estoy. Podría salir corriendo, pero mi nuevo yo no soluciona así las cosas. La nueva Violet no retrocede. O eso es lo que me digo a mí misma, al menos.

Quizá algún día sea cierto.

Así que inspiro profundamente y levanto la cabeza. No pienso permitir que este hombre me haga sentir insignificante o avergonzada. Tenemos un pasado en común, pero los dos somos adultos. Todo va a salir bien.

Me doy media vuelta y regreso a la oficina por la que acabo de pasar y que llevaba años vacía. Me detengo justo en el umbral de la puerta, en parte porque no quiero ir más lejos y en parte porque estoy tambaleándome. Solo me ha hecho falta un vistazo a Cole Harding, sentado tras el escritorio con un traje oscuro y ajustándose los gemelos, para perder toda la bravuconería que había conseguido reunir, y ahora mismo me siento como si me hubiera caído encima un jarro de agua fría. La reacción de mi cuerpo hacia él nunca ha sido normal y esta no ha sido la excepción.

Ese cabello negro como ala de cuervo, los ojos grises, los anchos hombros, el ángulo triste que dibujan sus labios… Cruza los brazos y me muerdo el labio ante esa visión. El modo en que se mueve, tan seguro y calculado, me distrae. Hay tanta fuerza contenida en ese cuerpo… Es el cuerpo de un soldado.

Mi mirada desciende hasta sus bíceps y se queda ahí anclada. Son increíbles. Me pregunto cómo se verán desnudos, abrazándome. Me odio a mí misma por pensarlo, pero no aparto la vista porque es menos desconcertante que dirigirla a esos ojos conmovedores. Dos pozos plateados, profundos y seductores que esconden tanto dolor y tristeza… Esos ojos suponen un peligro mucho mayor para mí. Y para mi corazón.

—Violet.

Pronuncia mi nombre como si fuera una plegaria, un pensamiento que yo debería poder interpretar, pero no sé nada cuando se trata de Cole Harding. Menos que nada. Salvo que se me eriza el vello de los brazos como si me recorriera una corriente eléctrica y que el estómago se me encoge como si acabara de descender desde la cima de una montaña rusa. Lo que encaja a la perfección, porque mi historia con Cole no ha sido otra cosa que una montaña rusa.

—Todo el mundo me llama Vi. —Detesto el tono demasiado bajo de mi voz. Aborrezco cómo suena mi nombre en sus labios, demasiado formal y demasiado familiar a la vez.

Me recorre con la vista, pero no sonríe. No es una mirada apreciativa, es como si estuviera evaluándome, como si fuera una mancha que quiere limpiar y no está seguro de cómo hacerlo. La vergüenza me retuerce las entrañas, y en mi cabeza aparecen destellos de cómo me habló una vez, de cómo me encendió hasta la médula, pero hago todo lo posible por que desaparezcan. Me he esforzado demasiado en salir adelante como para a tropezar dos veces en la misma piedra.

—Pero yo no soy todo el mundo —dice con tono neutro.

Siseo, tratando de sonar como si no estuviera babeando por él. Intentando no demostrar que me ha dejado sin aliento con esas palabras. La sangre me ruge en los oídos y se acumula en mis mejillas, como siempre. «Estás preciosa con ese color rosado», me dijo una vez, y ahora mismo necesito hasta el último resquicio de mi voluntad para no permitir que mi cuerpo y mi mente regresen a ese día.

—¿Qué quieres, Cole?

Le brillan los ojos y se tensa, rechinando los dientes. Como si fuera yo la que ha venido a molestarlo cuando ha sido él quien me ha llamado. Si hubiera mantenido la boca cerrada, ni me habría enterado y habríamos podido evitar todo esto.

—Solo quiero asegurarme de que estamos en el mismo punto, de que vamos a guardar las distancias mientras trabajo aquí y de que puedes mantener las cosas en un plano… —sus ojos se deslizan por mi cuerpo y vuelven a subir— profesional.

Profesional. Las cosas entre nosotros nunca han sido profesionales. Me vio desnuda, me rompió el corazón y luego volvió a aparecer de la nada con poco más que miradas frías y palabras burlonas. ¿Y ahora espera que «mantengamos las cosas en un plano profesional»? Me recorre una oleada de indignación al ver que se siente con derecho a dictar cómo debo comportarme. Como si no hubiera tenido que soportar ya bastante esa actitud. Está tocando fibra sensible y debería saberlo. Me pasé noches enteras hablándole de mi infancia, de cómo conseguí independizarme. ¿Y ahora va a quedarse ahí tan tranquilo y a hablarme de ese modo? De ninguna manera.

—Te lo voy a poner muy claro, Cole. —En esta ocasión mi voz no flaquea y no le miro los bíceps, sino sus ojos acerados—. Este es mi lugar de trabajo y siempre me comporto de forma profesional. Pero el modo en que te has dirigido a mí no lo ha sido. Así que voy a seguir haciendo exactamente lo que he hecho todo el año pasado y vas a ser tú el que se mantenga fuera de mi camino. ¿Crees que podrás apañártelas?

Se echa un poco hacia atrás y se le ponen los ojos como platos, como si no lo hubiera visto venir. Como si no me hubiera visto venir. Y entonces arremete contra mí. Veo un destello de inseguridad en su rostro: es esa pizca de tristeza la que le arranca las palabras.

—Chica de Púrpura era muy dulce. ¿Qué le ha pasado?

Niego con la cabeza, afligida, porque eso es lo que siento cuando lo miro, cuando pienso en él: aflicción.

—Que la trataste como si fuera un felpudo.

Me tomo solo un instante para ver la desolación en su rostro, la grieta en su armadura, antes de darme la vuelta y marcharme. Es como si me hubieran clavado un puñal en el corazón. Buscadordeoro85 sigue tan perdido como entonces, sigue siendo tan complicado, sigue igual de destrozado. Y no voy a tolerar que la tome conmigo. «Todos tenemos que tomar nuestras propias decisiones», me dijo una vez. Y tenía razón.

Por eso seguí adelante. Por eso desaparecí sin dejar rastro. Por eso ahora es él quien está incómodo, no yo.

Mi mente sabe de sobra qué decisiones tiene que tomar en lo que respecta a Cole Harding.

Pero ¿mi corazón?

Ese no está tan seguro.

4

Violet

—Cole se ha mudado hoy.

Me calzo las botas con demasiada fuerza, gruñendo, y luego me dedico a sacarle brillo al taburete con un trapo. Básicamente, intento ignorar a Billie, que me sonríe como si estuviera loca.

—¿No vas a decir nada?

La miro de reojo y me encojo de hombros. La respuesta es «No, no voy a decir nada». En el último año, Billie Black, mi jefa y entrenadora principal en el Gold Rush Ranch, se ha convertido en una de mis mejores amigas y he llegado a conocerla bien. Es como un perro tras un hueso, inteligente e intuitiva, y cualquier cosa que le diga acabará almacenada en la loca cámara de su memoria hasta que la saque de ahí para analizarla y extrapolar datos. Y así sabrá cómo conocí a Cole.

Y yo no podré volver a mirarla a la cara sin ponerme del rojo de un camión de bomberos.

—Nop —digo, remarcando el sonido de la p; busco en el armario donde guardamos los aparejos y saco el equipamiento negro y amarillo del Gold Rush Ranch.

—Viii —gime—. Me estás matando. Ya ha pasado un año y vi tu cara ese día. ¿Qué te dijo? Venga, dame algún detalle.

El calor asciende por mi pecho. Billie es implacable.

—Bueno… Nos conocimos online hace un par de años y charlamos unas cuantas veces.

Se rasca la barbilla con sus largos dedos sin apartar la vista de mí.

—¿Como en el programa de correspondencia con veteranos de guerra?

—Algo así —digo para deshacerme de ella—. Ahora déjame en paz. Tengo que ir a pesarme y necesito alcanzar el estado mental adecuado si quieres que gane.

—Vale, vale. Ven a buscarme cuando acabes. Te prometo que no voy a preguntarte más sobre este tema. —Mueve las cejas y se pone en pie para marcharse—. Nos vemos después de la carrera.

Pongo los ojos en blanco y me dirijo hasta las oficinas de control, junto al círculo de ganadores de Bell Point Park. El mismo lugar en el que Cole Harding volvió a entrar en mi vida.

Ese día estaba a lomos de DD, abrumada por la victoria en el Denman Derby, cuando se me acercó un hombre que solo podía ser el hermano de Vaughn; recuerdo haber pensado que parecía una siniestra nube de tormenta que se cernía sobre la luminosa y alegre celebración. Recuerdo la forma en que su enorme mano estrechó la mía, su calor, su fuerza, mientras me hacía un gesto con el dedo para que me acercara a él; y recuerdo que me quedé congelada y todos los sonidos a mi alrededor se convirtieron en ruido blanco cuando me agaché y dijo: «Me alegro de volver verte, Chica de Púrpura. Casi no te reconozco con toda la ropa puesta».

Solo con pensar en ello me sonrojo. Y todavía estoy enfadada por la forma en que mancilló uno de los momentos más felices de mi vida. Cómo me lo restregó por la cara al darse cuenta de que tenía la sartén por el mango.

El caso es que Cole Harding sabe perfectamente cómo es mi aspecto y conoce hasta el último centímetro de mi cuerpo, pero yo no tenía ni idea de quién era él hasta ese momento, y esa es la dolorosa cuestión.

Porque resulta que es el jefe de mi jefe, el futuro cuñado de Billie, y acaba de mudarse al único lugar seguro que he conseguido construir en los dos últimos años; un lugar donde puedo comportarme como la versión independiente y exitosa de Violet Eaton sin que nadie me proteja. No soy la misma chica que era hace dos años, cuando respondí a su primer mensaje. Y lo que sucedió entre Cole y yo no va a volver a pasar.

No creo que mi corazón pueda soportarlo. Sin duda, mi orgullo no puede.

Por eso dibujé una sonrisa temblorosa y le dije que se fuera a la mierda antes de volver a sentarme y obligarme a disfrutar de la victoria.

Cuando acepté su solicitud para chatear no esperaba pasar meses charlando con él. Y cuando le hice ghosting en todas las salas de chat un año después no esperaba que fuéramos a encontrarnos cara a cara. Querer superar mis limitaciones y vivir un poco la vida de pronto ha llegado mucho más allá de lo que había previsto, y ahora todo ese castillo de naipes está a punto de derrumbarse a mi alrededor porque él está aquí, en el rancho, amenazando ese refugio que tanto me he esforzado por preservar.

Mantengo la cabeza gacha y me preparo mentalmente para la carrera de esta tarde. Quizá haya conseguido la victoria en la Northern Crown, pero todavía me siento como la chica nueva en la oficina, inexperta y fuera de lugar. Todavía estoy estancada en la misma mentalidad que tenía cuando vivía en la casa de mi familia, bajo la atenta supervisión de un padre autoritario y tres hermanos mayores. Todavía me siento como una niña pequeña que percibe que este no es su sitio.

Después de pesarme, vuelvo al box de DD y me pongo los auriculares. Shania Twain siempre me ayuda a encontrar el estado mental perfecto. Me recuerda a mi infancia.

Antes de convertirme en jinete en el Gold Rush Ranch era una humilde moza de cuadras, una chica que se mudó a la Columbia británica desde su hogar en un pequeño pueblo de Alberta, sin nada que ofrecer salvo ética de trabajo y desesperación por abrirse camino.

Me gustaba ser moza de cuadra, pero siempre he querido ser jockey, y tengo la suerte de que mi cuerpo es el adecuado para lograrlo, aunque en ocasiones echo de menos la tranquilidad que me ofrecía trabajar entre bastidores, cuando solo estábamos los caballos y yo.

Por eso sigo viviendo sobre el establo, en mi pequeño apartamento al final de un largo y angosto tramo de escaleras. Me gusta caminar por los establos al amanecer, escuchando el suave murmullo de los caballos al masticar el heno. Me gusta cuidar de ellos. Prefiero el sonido de las cerdas del cepillo sobre su pelaje antes que el rumor de las multitudes y los altavoces cuando cabalgo sobre el lodo para intentar llegar la primera a la meta.

Eso me obliga a buscar otros momentos de tranquilidad, y este ritual previo a la carrera se ha convertido en parte de ello. Billie se asegura de que nadie me moleste, y puedo disponer de unos instantes para estar a solas conmigo misma junto a mi caballo.

Ahora mismo, ese caballo es DD, nuestro pequeño semental negro ganador del campeonato, con sus patas largas y su aguda inteligencia. En cuanto termino de darle los toques finales a su aseo, lo saco a la brillante luz del sol, algo de lo que no disfrutamos demasiado en Vancouver en abril. Esa zona le da un nuevo significado al refrán «En abril, aguas mil». En esta época del año vivimos prácticamente en un charco de agua, así que, aunque hace sol, la pista está mojada.

Cuando los cascos de DD resuenan con fuerza en el camino asfaltado que conduce a las pistas, Billie aparece de la nada. Siempre está preparada y esperándome. Hemos hablado por la mañana temprano de la estrategia que debemos seguir en esta carrera, así que ahora podemos caminar juntas sin más en un silencio amistoso.

Se pone a mi lado, se agacha y coloca las manos detrás de mí, lista para ayudarme.

—Arriba, soldadito.

Frunzo el ceño. Billie tiene un repertorio inacabable de chistes sobre mi tamaño. Donde ella es alta para ser mujer, yo soy bajita; y donde ella es curvilínea, yo soy…, bueno, plana como una tabla.

Pongo los pies en sus manos, que forman un estribo, y ella me aúpa. Me da un apretón en la rodilla y me incita a seguir mi camino. El resto del trayecto hacia la puerta de salida transcurre en un borrón, como de costumbre. Los ponis, los comisarios, los demás jinetes y caballos… Todo se entremezcla.

Me concentro en DD y en cómo voy a llevarnos a la meta de forma segura y rápida. Cuando nuestro poni se acerca, el jinete me hace un gesto amigable. Los jinetes de ponis son completamente distintos a los jockeys. Se aseguran de que lleguemos a las puertas sin problemas y actúan como red de seguridad para los caballos nerviosos. Son miembros importantes del equipo.

En las puertas me despide con un «Buena suerte».

DD es un gran semental, fiable, inteligente y con un talento inigualable, pero claustrofóbico, y cuando cierran la puerta detrás de él se convierte en una bola de energía. Es como una goma demasiado tensa, listo para salir disparado fuera del pequeño espacio.

Mi visión se estrecha: todo lo que percibo está entre sus orejas largas y puntiagudas. El resto del mundo se difumina a mi alrededor mientras nos concentramos.

Hasta que escucho una voz que hace que una sensación de vértigo me recorra la columna vertebral.

—Hola, chica nueva.

Ignoro a Patrick Cassel. Es uno de los jockeys más cotizados de la zona, y montó a DD en una carrera el año pasado, pero desafió las instrucciones de Billie sobre cómo correr y, bueno, digamos que la cosa no acabó bien. Ahora está en la lista negra del Gold Rush Ranch y, básicamente, todos hacemos como que no existe. Por su parte, él, cuando ve a Billie, se limita a darse media vuelta y salir corriendo.

Sin embargo, parece que esa táctica de evasión no se aplica a la rubia pequeña y pacífica.

—Cena conmigo después de la carrera y quizá te deje ganar. ¿Qué me dices, princesa?

Reprimo un escalofrío. Patrick es baboso y autoritario, y me hace sentir como si me corrieran hormigas bajo la piel. Según lo que me contó Billie de su encuentro, solo para empezar, también es condescendiente y sexista, y no quiero tener nada que ver con él.

—Estoy convencida de que las princesas solo besan a los sapos en los cuentos de hadas, Patrick —murmuro—, así que voy a pasar.

Antes de que pueda responder, suena la campana, la puerta se abre y DD y yo salimos. La interacción con Patrick desaparece de mi mente a medida que avanzamos por la pista, manteniéndonos en la retaguardia del pelotón durante la primera curva, justo donde le gusta estar al pequeño caballo negro.

Cabalgo agachada sobre su lomo y dejo que sea él quien se encargue: este animal ha nacido para correr, y le encanta. Todo va según lo planeado desde que salimos del box, y ahora ha llegado el momento de avanzar.

Hasta que percibo cómo se acerca un bayo oscuro y, por el rabillo del ojo, veo el equipamiento verde lima de Patrick Cassel. Trato de ignorarlo y de mantenerme concentrada en DD.

El grito de Patrick se hace oír sobre el golpeteo de los cascos.

—¡Es hora de aprender una lección, niña!

Todos mis instintos se ponen en alerta cuando veo que sus manos se mueven un poco para cambiar de dirección. El terror inunda mis venas y, antes de que tenga ocasión de reaccionar, nos intercepta bruscamente y empuja el anca de DD, frenando nuestro avance. Y sobre un suelo resbaladizo, las consecuencias son desastrosas.

Con la cabeza y el cuello agachados y las patas estiradas al galope sobre ese firme húmedo, DD no tiene nada que hacer.

Caemos y, antes de que pueda entender lo que ha pasado, DD y yo estamos tirados en el barro.

—Voy a matarlo. —Billie se pasea a los pies de mi cama de hospital—. En serio, voy a asesinarlo, literalmente.

Sufro demasiado dolor como para reaccionar a su rabia. Tengo la pierna hinchada como el tronco de un árbol y no me darán analgésicos hasta que tengan ocasión de mirar las radiografías y las resonancias magnéticas. Como si necesitara un título en Medicina para confirmar que estoy jodida…

—Tienes que decirle a Vaughn que lo amo y que tenga preparado el dinero para la fianza, porque voy a arrancarle a Patrick sus miserables miembros uno a uno.

Un suspiro entrecortado escapa de mis labios mientras recorro la habitación con la mirada. Las paredes tienen ese característico color menta pálido, un tono que imagino que fabrican solo para pintar las paredes de los sanatorios, y todo lo que llega a mi nariz es ese olor áspero y estéril que impregna todos los hospitales en los que he estado. Y han sido muchos, porque mi hermano Rhett es un desastre con patas, un intrépido príncipe del rodeo. A pesar de que soy un año más joven que él, siempre era yo la que se encargaba de quedarse encerrada en el hospital para cuidarlo mientras lo trataban de una lesión u otra, y así mi padre podía seguir encargándose de llevar la granja para mantenernos a flote a nosotros cuatro.

Por eso odio los hospitales.

Me da igual lo que le haya pasado a Patrick, pero estoy preocupada por DD, que se ha alejado cojeando después de caer sobre mi pierna. Me paso las manos por la cara y me fuerzo a inspirar hondo.

Podría haber sido mucho peor.

—¿Mira ha dicho algo sobre DD?