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Si hay que vincular a un pensador y ensayista con el axhaustivo análisis de la brutal historia de los palestinos, ese no puede ser otro que Norman G. Finkelstein. Ningún erudito ha hecho más para arrojar luz sobre el trato implacable de Israel contra los palestinos como él. En Gaza, el último ensayo del autor sobre el conflicto palestino-israelí, detalla meticulosamente las masacres de palestinos de Israel en ese pequeño enclave, mientras desmonta los mitos que de Israel han inventado sus partidarios para disfrazar esta catástrofe y estos crímenes contra la humanidad.
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Seitenzahl: 990
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Siglo XXI / Colección Hitos
Norman G. Finkelstein
Gaza
Una investigación sobre su martirio
Traducción: Ana Useros Martín
Basado en numerosos informes de derechos humanos, Gaza. Una investigación sobre su martirio no solo presenta un meticuloso análisis de la Gran Mentira que Israel ha construido para justificar su supuesta «legítima defensa». La obra tampoco se queda en un mero relato de la catástrofe humanitaria que padece la población de la Franja de Gaza, sino que también es la prueba demoledora de que los valedores del derecho internacional, desde Amnistía Internacional, pasando por Human Rights Watch hasta el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, han traicionado los valores que definen Occidente para, más que abandonar a los palestinos a su suerte, justificar su exterminio.
El presente libro de Norman G. Finkelstein es tanto un monumento a los mártires de la Franja de Gaza como un acto de resistencia contra el olvido de la historia que las instituciones internacionales, gobiernos, medios y poderes económicos tratan de imponernos.
«—¿A qué disparabas?
—A las casas.
—¿Casas elegidas al azar?
—Sí.»
«Disparas a todo lo que se mueve, y también a lo que no se mueve, cantidades demenciales. […] Se convierte un poco en un videojuego, totalmente molón y real.»
«La cantidad de destrucción era increíble. Cuando pasabas por esos barrios no se podía identificar nada. No quedaba piedra sobre piedra. Se veían muchos campos, invernaderos, frutales, todo devastado. Totalmente arruinado. Es terrible. Es surreal.»
Testimonios de miembros de las Fuerzas de Defensa Israelíes
«No hay nadie como él; en lo más profundo de mí sé que este incansable defensor de la humanidad y la justicia es un tipo de héroe que siempre ha existido y existirá.»
Alice Walker, ganadora del Premio Pulitzer con El color púrpura
«En Gaza, Finkelstein detalla con rigor la masacre que sufren los palestinos en ese pequeño enclave mientras desmonta los mitos que Israel y sus partidarios han inventado para disfrazar esta catástrofe humanitaria.»
John J. Mearsheimer, University of Chicago
«Este es un trabajo excepcional y singular, una contribución vital sobre el conflicto palestino-israelí y la política de Oriente Medio. Un recurso imprescindible para académicos, juristas, políticos y diplomáticos. Un libro de referencia.»
Sara Roy, Harvard University
«Ha habido relatos sobrecogedores, a menudo devastadores, sobre la tragedia de Gaza. Algunos de los más incómodos son los testimonios recogidos durante las escaladas periódicas de violencia. También ha habido estudios de prestigiosas comisiones de investigación y de los principales grupos internacionales de derechos humanos. Pero, en su amplio estudio y agudo análisis, la crítica de Finkelstein es única.»
Noam Chomsky, profesor emérito del Massachusetts Institute of Technology
Norman G. Finkelstein es hijo de supervivientes de los campos de concentración de Auschwitz y Majdanek. Politólogo y ensayista, entre sus libros destacan A Nation on Trial (1998), Knowing Too Much. Why the American Jewish Romance with Israel Is Coming to an End (2012) y What Gandhi Says. About Nonviolence, Resistance and Courage (2012). Además de su controvertido La industria del Holocausto. Reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío (2.a edición aumentada, 2014), en castellano contamos con Imagen y realidad del conflicto palestino-israelí (2003) y Método y Locura (2015).
Diseño de portada
RAG
Motivo de cubierta
Madre llorando la muerte de su bebé asesinado durante el Margen Protector, 18 de julio de 2014. Fotografía de Heidi Levine, 2014.
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.
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Título original
Gaza. An Inquest into its Martyrdom
© Norman G. Finkelstein, 2018
© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2019
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.sigloxxieditores.com
ISBN: 978-84-323-1979-2
Para Gaza
la Verdad
La masacre de gente inocente es un asunto muy grave. No es algo que se pueda olvidar con facilidad. Es nuestro deber atesorar su recuerdo.
Mahatma Gandhi
PREFACIO
Este libro no trata de Gaza. Trata de lo que se le ha hecho a Gaza. Hoy parece estar de moda hablar de la capacidad para actuar de una víctima. Pero hay que ser realista acerca de las limitaciones que las circunstancias objetivas imponen sobre esa capacidad. Frederick Douglass podía afirmar su virilidad devolviendo los golpes a un esclavista que lo había maltratado a conciencia. Nelson Mandela podía conservar su dignidad en la cárcel a pesar de una situación calculada para humillarlo y degradarlo. Aun así, estos eran individuos excepcionales y eran circunstancias excepcionales y, en cualquier caso, incluso si queda absuelto con honores, las decisiones elementales que afectan a la vida cotidiana de un hombre en cautividad y el poder de llevar a cabo dichas decisiones siguen estando fuera de su control. Gaza, como señaló el ex primer ministro británico David Cameron, es una «cárcel al aire libre»[1]. A su cargo hay un alcaide israelí. En la imaginación popular, confeccionada por la propaganda estatal y obsequiosamente amplificada por todas las demás autoridades, se diría que Israel está siempre reaccionando y respondiendo al «terrorismo». Pero ni el bloqueo ilegal e inhumano que Israel ha impuesto a Gaza, ni las sangrientas «operaciones» periódicas que Israel ha desatado contra el territorio se deben a los misiles que lanza Hamás. Han sido decisiones políticas israelíes que proceden de los cálculos políticos israelíes, en las cuales las acciones militares de Hamás son un factor con tendencia a cero. De hecho, la mayor parte de las veces, Israel reaccionaba ante la inacción de Hamás: el movimiento islámico se negó a proporcionar la excusa «terrorista» que buscaba Israel para lanzar una operación cuyo predicado era político, no militar (defensa propia). Por supuesto, si Gaza «se limitara a hundirse en el mar» (Premio Nobel de la Paz Isaac Rabin)[2], o si rindiera unilateralmente su destino a los caprichos israelíes, Israel no la martirizaría. Pero, a falta de estas opciones, Gaza tiene tanto margen de maniobra (es decir, tan poco) como cualquier persona encerrada. La idea de que unos petardos lanzados desde un hormiguero pudieran, por sí solos, influir en la política de Estado de una de las potencias militares más impresionantes del mundo es risible, o lo sería si no fuera por la labor del formidable aparato de desinformación de dicha potencia.
Este libro se centra en las políticas del martirio de Gaza. Su dimensión económica ya ha sido diseccionada de manera exhaustiva y competente[3]. Un observador no podría sino sorprenderse ante las resmas de papel que se han gastado en analizar la economía de Gaza y en dictar recetas para dicha economía, a pesar de que esta economía sea más una noción que una realidad. El Banco Mundial informó en 2015-2016 de que Gaza «ahora depende en aproximadamente un 90 por 100 de su PIB de los gastos del Gobierno palestino, las Naciones Unidas y otras remesas externas y proyectos donantes»[4]. No me cabe duda de que quienes recopilaron estos informes económicos actuaban impelidos por el deseo de hacer el bien, aunque al final la mayoría de ellos capitularon frente al diktat de Israel[5]. Pero si Gaza sobrevive es gracias a las subvenciones extranjeras, entregadas en sincronía –con una fanfarria sicofántica internacional– con el aflojado ocasional de algún tornillo israelí. De hecho, la paradoja es que, a medida que se redactan más y más informes económicos, el día del completo «desdesarrollo» de Gaza se acerca más y más. Es difícil también resistirse a la idea de que Gaza se habría beneficiado más si todo ese tiempo, energía y gasto invertidos en estos meticulosos informes, repletos de minucias que nublan la mente, se hubieran canalizado simplemente en hacer una piscina, dentro de la cárcel al aire libre, para los niños abandonados de Gaza. Aun así, constituyen un registro imborrable y un testamento del horror que se le ha infligido a Gaza. Son un monumento eterno a los mártires y una acusación eterna contra sus torturadores. Los informes sobre derechos humanos en Gaza, que constituyen el tema principal de este libro, reflejan ese contenido y han sufrido el mismo destino que estos informes económicos. Todos esos informes sobre derechos humanos podrían ahora mismo conformar una biblioteca de tamaño mediano; generalmente han seguido unos criterios de precisión exhaustivos y registran un relato horrendo de sufrimiento y desgracias, por una parte, y de excesos criminales y crueldad, por la otra. Pero, con la excepción de un reducido cuadro de especialistas, han sido en su mayor parte ignorados y, finalmente, la propia comunidad de los derechos humanos ha sucumbido ante el gigante Israel. En cualquier caso, los informes constituyen el recurso esencial para aquellos a quienes les preocupa la verdad y para quienes la verdad es un tesoro. Incluso aunque estén en gran medida infrautilizados, son el arma más potente dentro del arsenal de quienes esperan, contra toda esperanza, movilizar a la opinión pública, de forma que se conserve un mínimo de justicia.
Lo que ha caído sobre Gaza es un desastre de fabricación humana. Por su duración y su crudeza, por su despliegue, no bajo el manto de la guerra ni en la oscuridad de lo remoto, sino a plena luz del día y ante los ojos de todos, por la complicidad de tantos, no solamente por obra, sino también y especialmente por omisión, es un delito claramente malvado. Los lectores juzgarán por sí mismos si esta descripción es ingenua o si los registros documentales la apoyan; si el autor de este libro es partidario de Gaza o si son los hechos quienes le dan la razón; si Gaza plantea un desafío de «narraciones» en conflicto o si plantea el desafío de desentrañar su inocencia de la maraña de mentiras que la ocultan. Sería políticamente prudente explayarse sobre la complejidad de Gaza. Pero también sería una excusa moral. Pues Gaza trata de una Gran Mentira compuesta de mil otras pequeñas mentiras, a veces aparentemente abstrusas y arcanas. El objetivo de este libro es refutar esa Gran Mentira exponiendo todas y cada una de las pequeñas mentiras. No se ha escrito con amor. Por el contrario, ha sido una tarea agotadora, detallada, impulsada por un odio visceral a la falsedad, en especial cuando esta se coloca al servicio del poder y la vida humana paga las consecuencias. Si el diablo está en los detalles, solo se puede luchar contra él y vencerlo con una disección metódica de lógica y pruebas. Solicito por adelantado la indulgencia del lector, pues atravesar este libro exigirá una paciencia infinita.
Norman G. Finkelstein
31 de diciembre de 2016
Ciudad de Nueva York
[1] «David Cameron Describes Blockaded Gaza as a “Prison”», BBC, 27 de julio de 2010.
[2] A. Hass, Drinking the Sea at Gaza: Days and Nights in a Land Under Siege, Nueva York, 1999, p. 9.
[3] S. Roy, The Gaza Strip: The Political Economy of De-development, 3.a ed. aumentada, Washington, DC, 2016.
[4] Asamblea General de las Naciones Unidas, «Situation of Human Rights in the Palestinian Territories Occupied since 1967», 19 de octubre de 2016, §46.
[5] Véase la «Conclusión».
AGRADECIMIENTOS
Querría agradecer su ayuda y cooperación a Usama Antar, Rudolph Baldeo, Kayvan Beklik, Alex Davis-Lawrence, John Dugard, Marilyn Garson, Jason Gordon, Maren Hackmann-Mahajan, Jens Ole Bach Hansen, Siham Faidoli Hansen, Abdalla Hassan, Ria Julien, Sana Kassem, Yarden Katz, Philip Luther, Deborah Maccoby, Sanjeev Mahajan, Alex Nunns, Mouin Rabbani, Sara Roy, Rana Shubair, Jamie Stern-Weiner, Desmond Travers y Jeff Wyneken. Deseo también reconocer la ayuda de un portavoz de la ONU que ha preferido quedar en el anonimato. Partes de este manuscrito han formado parte de publicaciones mías anteriores.
Este libro se ha beneficiado enormemente de la ausencia de apoyo de cualquier fundación o institución. Si quien paga manda, a mí nadie me ha pagado…
Ataque con fósforo blanco
© UNRWA, 2009
PRIMERA PARTE
OPERACIÓN PLOMO FUNDIDO
I. EN DEFENSA PROPIA
El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución que dividía la Palestina bajo dominio británico en un Estado judío que incorporaba el 56 por 100 de Palestina y un Estado árabe que incluía el 44 por 100 restante[1]. En la guerra que siguió al paso de la resolución, el recién nacido Estado de Israel expandió sus fronteras hasta incorporar casi el 80 por 100 de Palestina. Las únicas áreas no conquistadas de Palestina comprendían Cisjordania, que fue anexionada posteriormente por el reino de Jordania, y la Franja de Gaza, que pasó a estar bajo el control gubernamental egipcio.
En el mango de sartén que forma la península del Sinaí, Gaza limita al Norte y al Este con Israel, con Egipto en el Sur y con el mar Mediterráneo por el Oeste. Aproximadamente 250.000 palestinos, expulsados de sus hogares durante la guerra de 1948, huyeron a Gaza y abrumaron a una población indígena de unos 80.000 habitantes. Hoy, más del 7 por 100 de los habitantes de Gaza lo forman expulsados de la guerra de 1948 y sus descendientes, y más de la mitad de esta abrumadora población refugiada tiene menos de dieciocho años; Gaza tiene la «segunda proporción más alta de población del mundo entre las edades de 0 y 14 años». Sus actuales 1.800.000 habitantes están apiñados en una tira de tierra de 40 kilómetros de largo y 8 kilómetros de ancho; es una de las áreas más densamente pobladas del mundo, más habitada incluso que Tokio. Entre 1967, cuando empezó la ocupación israelí, y 2005, cuando el primer ministro, Ariel Sharon, volvió a desplegar las tropas israelíes por la parte interior del perímetro de Gaza, Israel impuso a Gaza un régimen de explotación de «desdesarrollo» único en el mundo. En las palabras de la economista de Harvard Sara Roy, ha privado a «la población nativa de sus recursos económicos más importantes –agua, tierra y mano de obra–, así como de la capacidad interna y del potencial de desarrollar esos recursos»[2].
El camino que ha conducido a la desesperada situación de la Gaza moderna está plagado de múltiples atrocidades, la mayoría de las cuales se han olvidado o no se han conocido fuera de Palestina. Después del cese de las hostilidades en el campo de batalla en 1949, Egipto mantuvo un férreo control sobre la actividad de los fedayeen (las guerrillas palestinas) en Gaza. Pero, a principios de 1955, los líderes israelíes tramaron arrastrar a Egipto a la guerra para derrocar al presidente Gamal Abder Nasser. Lanzaron una sanguinaria incursión a través de la frontera con Gaza, asesinando a 40 soldados egipcios. Este ataque en Gaza resultó ser una provocación casi perfecta, a medida que aumentaban los enfrentamientos en la frontera. En octubre de 1956, Israel (con el apoyo de Gran Bretaña y Francia) invadía la península egipcia del Sinaí y ocupaba Gaza, un objetivo que perseguía desde hacía tiempo. El destacado historiador israelí Benny Morris describía así lo que ocurrió a continuación:
Muchos fedayeen y calculo que unos 4.000 soldados regulares egipcios y palestinos quedaron atrapados en la Franja, fueron identificados y detenidos por las IDF [Fuerzas de Defensa Israelíes], la GSS [Servicio General de Seguridad] y la policía. Docenas de estos fedayeen parecen haber sido ejecutados sumariamente, sin juicio. Algunos probablemente fueron asesinados durante dos masacres que cometieron las tropas de las IDF inmediatamente después de la ocupación de la Franja. El 3 de noviembre, el día que se conquistó Jan Yunis, las tropas de las IDF fusilaron a cientos de refugiados palestinos y habitantes de la ciudad. Un informe de la ONU habla de «unos 135 residentes locales» y «140 refugiados» asesinados a medida que las IDF se adentraban en la ciudad y en su campo de refugiados «buscando gente en posesión de armas».
En Rafah, que cayó ante las IDF entre el 1 y el 2 de noviembre, las tropas israelíes asesinaron a entre 48 y 100 refugiados y a varios residentes locales, e hirieron a otros 61 durante una operación de cribado masivo el 12 de noviembre, en la que buscaban identificar a los antiguos soldados egipcios y palestinos y a los fedayeen que se ocultaban entre la población local […].
Otros 66 palestinos, probablemente fedayeen, fueron ejecutados en una serie de incidentes durante operaciones de cribado en la Franja de Gaza entre el 2 y el 20 de noviembre […].
Las Naciones Unidas calculan que, en conjunto, las tropas israelíes mataron entre 447 y 550 civiles árabes en las tres primeras semanas de ocupación de la Franja[3].
En marzo de 1957, Israel fue obligado a retirarse de Gaza después de que el presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, ejerciera una fuerte presión diplomática y amenazara con sanciones económicas. Para cuando finalizó la operación, más de 1.000 habitantes de Gaza habían sido asesinados. «El coste humano de los cuatro meses de ocupación israelí de la Franja de Gaza fue alarmantemente elevado», observaba recientemente un historiador. «Si las cifras de quienes fueron heridos, torturados o encarcelados se suman al número de personas que perdieron la vida, se diría que 1 de cada 100 habitantes ha sido físicamente dañado por la violencia de los invasores»[4].
La etiología de las desdichas actuales de Gaza se remonta a la conquista israelí. A lo largo de la guerra de 1967, Israel reocupó la Franja de Gaza (junto con Cisjordania) y desde entonces ha seguido siendo la potencia ocupante. Tal como Morris cuenta la historia, «la gran mayoría de los árabes de Cisjordania y de Gaza aborrecieron desde el inicio la ocupación»; «Israel pretendía quedarse […] y su gobierno no se habría derrocado mediante la desobediencia civil o la resistencia civil, que se aplastaba con facilidad. La única opción real era la lucha armada»; «como todas las ocupaciones, la de Israel se basaba en la fuerza bruta, en la represión y en el miedo, en el colaboracionismo y la traición, en las palizas y las cámaras de tortura, y en la intimidación, humillación y manipulación cotidiana»; «la ocupación siempre fue una experiencia brutal y mortificante para el ocupado»[5].
Desde el inicio, Palestina se resistió a la ocupación israelí. Los gazatíes en particular opusieron una resistencia dura, tanto armada como sin armas, mientras que la represión israelí resultaba igualmente tozuda. En 1969, Ariel Sharon se convirtió en el jefe del Mando Sur de las IDF y no pasó mucho tiempo antes de que se embarcara en una campaña para quebrar la resistencia en Gaza. Una de las mayores especialistas académicas americanas sobre Gaza recuerda cómo Sharon
imponía toques de queda de veinticuatro horas a los campos de refugiados, durante los cuales las tropas llevaban a cabo registros casa por casa y reunían a todos los hombres en la plaza para interrogarlos. Muchos hombres fueron obligados a meterse en el Mediterráneo con el agua hasta la cintura durante horas mientras se llevaban a cabo los registros. Además, unos 12.000 miembros de familias de supuestos guerrilleros fueron deportados a campos de detención […] en Sinaí. En unas pocas semanas, la prensa israelí empezó a criticar a los soldados y a la policía fronteriza por dar palizas a la gente, por disparar a las multitudes, por destrozar los contenidos de las casas y por imponer restricciones extremas durante el toque de queda […].
En julio de 1971, Sharon añadió la táctica de «esquilmar» los campos de refugiados. Las tropas militares desalojaron a más de 13.000 residentes a finales de agosto. El ejército abrió grandes carreteras atravesando los campamentos y a través de los limoneros, facilitando así que las unidades mecanizadas operaran y que la infantería recuperara el control de los campamentos […]. Esa acción del ejército rompió la espina dorsal de la resistencia[6].
En diciembre de 1987, un accidente de tráfico en la frontera entre Israel y Gaza, que se saldó con cuatro palestinos muertos, desencadenó una rebelión en masa, o intifada, contra el dominio israelí en los territorios ocupados. «No fue una rebelión armada», recuerda Morris, «sino una campaña masiva y persistente de resistencia civil, con huelgas y cierres de comercios, acompañada de manifestaciones violentas (aunque desarmadas) contra las fuerzas de ocupación. La piedra y, ocasionalmente, el cóctel molotov y el cuchillo eran sus armas y sus símbolos, no las pistolas y las bombas». No se puede decir, sin embargo, que Israel reaccionara proporcionalmente. Sigue contando Morris: «Se intentó casi todo: disparar a matar, disparar para herir, palizas, arrestos en masa, torturas, juicios, detenciones administrativas y sanciones económicas»; «Una amplia proporción de los muertos palestinos no recibieron disparos en situaciones de riesgo para la vida del tirador y la mayoría eran niños»; «Solamente una pequeña minoría de los malhechores [de las IDF] fueron convocados por la maquinaria legal del ejército, y casi todos ellos se libraron, con sentencias ridículamente leves»[7].
A principios de la década de 1990, Israel había conseguido reprimir la primera intifada. Posteriormente se implicó en un acuerdo negociado en secreto en Oslo (Noruega) con la Organización de Liberación Palestina (OLP) y que se ratificó en septiembre de 1993 en los jardines de la Casa Blanca. Israel, mediante los Acuerdos de Oslo, pretendía optimizar la ocupación retirando sus tropas del contacto directo con los palestinos y reemplazándolas por subcontratas palestinas. «Uno de los sentidos de Oslo», apuntaba el exministro de Exteriores israelí Shlomo Ben-Ami, «fue que la OLP […] se convertía en colaboradora de Israel en la tarea de aplastar la intifada y atajar […] una lucha auténticamente democrática por la independencia palestina»[8]. En concreto, Israel se esforzó en reasignar a sus sustitutos palestinos las tareas sórdidas de la ocupación. «La idea de Oslo», reconocía el exministro israelí Natan Sharansky, «era encontrar un dictador fuerte que […] tuviera bajo control a los palestinos»[9]. «Los palestinos establecerán una seguridad interna mucho mejor de lo que lo haríamos nosotros», les contaba a los escépticos entre sus filas el primer ministro israelí Isaac Rabin, «porque no permitirán apelaciones al Tribunal Supremo y no consentirán que las asociaciones de derechos humanos israelíes critiquen la situación. […] Gobernarán según sus propios métodos y, esto es lo más importante, librarán a los soldados israelíes de tener que hacer esa tarea»[10].
En julio de 2000, el líder de la OLP, Yasir Arafat, y el primer ministro israelí, Ehud Barak, se unieron al presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, en Camp David para negociar un acuerdo final sobre el conflicto. La cumbre se desmoronó entre acusaciones mutuas. Pero ¿qué bando fue el culpable principal de que se abortaran las conversaciones? «Si yo fuera palestino», comentaba más tarde Ben-Ami, uno de los principales negociadores por parte de Israel en Camp David, «también habría rechazado Camp David»; mientras que el analista estratégico Zeev Maoz concluía que las «concesiones sustanciales» que Israel exigía a los palestinos en Camp David «no eran aceptables ni podían ser aceptables»[11]. Las negociaciones posteriores también fracasaron a la hora de lograr un avance. En diciembre de 2000, el presidente Clinton expuso sus «parámetros» para resolver el conflicto; ambos bandos los aceptaron con reservas[12]. En enero de 2001, se reinició el diálogo en Taba, Egipto. Aunque ambas partes afirmaron que «se habían hecho significativos progresos» y que «nunca habían estado más cerca de un acuerdo», el primer ministro Barak, unilateralmente, «pidió un alto» en las negociaciones y, como resultado, «el proceso de paz israelí-palestino quedó indefinidamente detenido»[13].
En septiembre de 2000, en mitad del estancamiento diplomático y después de la provocación israelí, los palestinos de los territorios ocupados, una vez más, iniciaron una revuelta. Como su precursora de 1987, esta segunda intifada fue, desde su inicio, mayoritariamente no violenta. No obstante, en palabras de Ben-Ami, «la desproporcionada respuesta de Israel a lo que había comenzado como una revuelta popular, con jóvenes desarmados enfrentándose a los soldados israelíes dotados de armas letales, incendió la [segunda] intifada sin control posible y la convirtió en una guerra abierta»[14]. Se olvida que los primeros bombardeos suicidas de Hamás de la segunda intifada no ocurrieron hasta que no pasaron cinco meses de incesante derramamiento de sangre por parte de Israel. Las fuerzas israelíes dispararon un millón de unidades de munición únicamente en los primeros días de la revuelta, mientras que la proporción de palestinos muertos en relación con los muertos israelíes durante las primeras semanas era de 20 a 1[15]. A lo largo de la espiral de violencia provocada por la «respuesta desproporcionada», Israel golpeó a Gaza con una saña especial. En una cruel revisión del Eclesiastés, cada nueva estación presagiaba otro ataque israelí sobre Gaza que dejaba montones de muertos y las frágiles infraestructuras del territorio destrozadas: «Operación Arcoíris» (2004), «Operación Días de Penitencia» (2004), «Operación Lluvias de Verano» (2006), «Operación Nubes de Otoño» (2006), «Operación Invierno Caliente» (2008)[16]. En el retorcido recuerdo del presidente israelí y Premio Nobel de la Paz Shimon Peres, sin embargo, esta época fue «otro error: nos contuvimos durante ocho años y permitimos que [los gazatíes] nos arrojaran miles de proyectiles. […] La contención fue un error»[17].
A pesar de los continuos asaltos israelíes, Gaza siguió agitándose. Ya en la época de los Acuerdos de Oslo su tenacidad provocaba que Israel se amargara en la Franja. «Ojalá se limitara a hundirse en el mar», se desesperaba Rabin[18]. En abril de 2004, el primer ministro Sharon anunciaba que Israel se «desentendería» de Gaza y, en septiembre de 2005, tanto las tropas israelíes como los asentamientos judíos se habían retirado. Dov Weisglass, un asesor clave de Sharon, expuso las razones tras el desvinculamiento: aliviaría la presión internacional sobre Israel (en especial la americana), y, a su vez, «congelaría […] el proceso político. Y congelando ese proceso se evita establecer un Estado palestino»[19]. Israel afirmó posteriormente que ya no era la potencia ocupante de Gaza. No obstante, las organizaciones de derechos humanos e instituciones internacionales han rechazado esta afirmación; el hecho es que, de miles de maneras, Israel aún conservaba una dominación casi completa en la Franja. «Ya esté el ejército israelí desplegado dentro de Gaza o reubicado en su periferia», concluía Human Rights Watch, «la cuestión es que sigue bajo su control»[20]. La voz más autorizada en Israel sobre derecho internacional, Yoram Dinstein, se alineaba igualmente con la «opinión predominante» de que la ocupación israelí de Gaza no había finalizado[21].
Se nos ha enseñado a pensar que el proceso que se inició en Oslo debe considerarse un fracaso, puesto que no ha tenido como fruto una paz duradera. Pero un veredicto así desvirtúa su objetivo real. Si el propósito de Israel era, como ha apuntado Ben-Ami, dar pábulo a una clase de colaboracionistas palestinos, entonces Oslo fue un éxito rotundo para los israelíes. Y no solamente para ellos. Si se estudia el II Acuerdo de Oslo, firmado en septiembre de 1995, y si se analizan con detalle los derechos y deberes mutuos de las partes contratantes del acuerdo de 1993, se puede ver lo que pesaba más en las cabezas de los negociadores palestinos: mientras que hay cuatro páginas completas dedicadas a «El paso de los VIPs [palestinos] (la sección se subdivide en “VIPs de categoría1”, “VIPs de categoría2”, “VIPs de categoría3” y “VIPs secundarios”)», menos de una página (la última) se dedica a la «Liberación de los presos y detenidos palestinos», que se contaban por muchos miles[22].
En una elocuente anomalía, el Acuerdo de Oslo estipulaba un periodo de cinco años para la supuesta construcción de la confianza entre los antiguos enemigos. De manera contraria, allí donde y cuando Israel buscaba realmente la paz, el proceso de reconciliación se desarrollaba a un ritmo rápido. Así, durante décadas, Egipto había sido la principal Némesis de Israel dentro del mundo árabe. Había sido Egipto quien lanzó un ataque por sorpresa en 1973, en el curso del cual perecieron miles de soldados israelíes. No obstante, la cumbre de Camp David, concertada por el presidente Jimmy Carter en 1978, que tuvo como resultado el «Marco para la Paz» y el «Tratado de paz» de 1979, el cual daba formalmente por finalizadas las hostilidades, se produjo con solo seis meses de diferencia; y se necesitaron únicamente tres años para que Israel evacuara (en 1982) la totalidad de la península egipcia del Sinaí[23]. En las negociaciones entre Egipto e Israel no se incluyó la necesidad de media década para recuperar la confianza.
El fin apenas disimulado del prolongado periodo interim de Oslo no era construir la confianza o facilitar la paz entre israelíes y palestinos, sino montar una colaboración que facilitara una ocupación de Israel sin cargas para este último. La premisa operativa era que, después de haberse acostumbrado a los emolumentos del poder y a los privilegios, el estrato de los beneficiarios palestinos se resistiría a prescindir de ellos; aunque fuera a regañadientes, cortejaría al poder, que compensaría generosamente y «les proporcionaría importantes gratificaciones»[24]. El periodo de transición también permitiría a Israel calibrar la fiabilidad de estas subcontratas palestinas, puesto que periódicamente estallarían crisis que pondrían a prueba su lealtad. Hacia el final del «proceso de paz» de Oslo, Israel podía contar entre sus muchas bondades que el número de tropas israelíes apostadas en los territorios ocupados palestinos era el menor desde el inicio de la primera intifada[25]. La única resistencia en el liderazgo palestino era su cabeza visible. A pesar de su legendario oportunismo, Arafat llevaba consigo un residuo de su pasado nacionalista y no se acomodaría a presidir un Batustán al estilo de Sudáfrica. Sin embargo, una vez que desapareció de la escena en 2004, todas las piezas estaban colocadas para que la «autoridad palestina» implantada en los territorios ocupados pudiera alcanzar un modus vivendi con Israel. Excepto que ya era demasiado tarde.
En 2006, hartos de años de corrupción institucional y de negociaciones sin fruto, los palestinos votaron y llevaron al gobierno al movimiento islámico Hamás, en unas elecciones que fueron ampliamente elogiadas como «completamente honradas y justas» (Jimmy Carter)[26]. En privado la senadora Hillary Clinton se quejaba de que Estados Unidos no hubiera amañado el resultado: «Deberíamos habernos asegurado de hacer algo para decidir quién ganaba»[27]. A partir de su creación en 1988, Hamás había rechazado formalmente los términos respaldados internacionalmente para resolver el conflicto israelopalestino. Sin embargo, su participación en la contienda electoral indicaba la posibilidad de que el movimiento islámico estuviera «evolucionando y aún pudiera evolucionar más»[28]. Pero Israel inmediatamente intensificó el asedio y «la actividad económica en Gaza quedó en punto muerto, pasando a ser una economía de supervivencia»[29]. Estados Unidos y la Unión Europea siguieron la pista, infligiendo unas «sanciones financieras demoledoras»[30]. Pero si se apretaban los nudos a Hamás, junto con la población de Gaza, era porque habían hecho lo que se les pidió: habían participado en una elección democrática. El subtexto tácito, por cuya ignorancia Gaza pagó un precio tan alto, era que Hamás tenía la obligación de perder. El relator especial de la ONU sobre derechos humanos en los territorios palestinos ocupados señaló otras anomalías en esta respuesta punitiva:
En efecto, el pueblo palestino ha sido sometido a sanciones económicas, es la primera vez que se ha tratado así a población ocupada. Esto es algo difícil de entender. Israel está violando las principales resoluciones del Consejo de Seguridad y de la Asamblea General que tratan sobre el cambio territorial ilegal y la violación de los derechos humanos y no ha implantado el dictamen no vinculante del Tribunal Internacional de Justicia, pero ha conseguido evitar la imposición de sanciones. En cambio, el pueblo palestino […] ha sido sometido a lo que es posiblemente la forma más severa de sanción internacional que se haya impuesto en esta época[31].
El impulso tras esta despiadada guerra económica, que tiene como objetivo hundir «un gobierno libremente elegido por una población bajo la ocupación», era garantizar el fracaso de Hamás para desacreditar al movimiento como organismo gubernamental[32]. Tanto Washington como Bruselas pidieron simultáneamente al movimiento islámico que renunciara a la violencia y que reconociera a Israel así como los acuerdos israelíes-palestinos previos[33]. Esas condiciones previas para un compromiso internacional eran unilaterales: a Israel no se le conminó a renunciar a la violencia; a Israel no se le conminó a reconocer el recíproco derecho palestino a tener un Estado en los límites territoriales de 1967; y mientras que se obligaba a Hamás a reconocer los acuerdos previos, como los Acuerdos de Oslo, que legitimaban la ocupación y permitían a Israel aumentar ampliamente los asentamientos ilegales, Israel tenía la libertad de eviscerar los acuerdos previos, como la Hoja de ruta del gobierno de Bush en 2003[34]. En efecto, las potencias occidentales estaban «estableciendo condiciones previas imposibles para el diálogo» con el movimiento islámico[35]. «El triunfo de Hamás en las elecciones palestinas de enero de 2006», concluye un estudio de 2014, podría haber augurado una evolución política pacífica, «pero únicamente si la interferencia activa de Estados Unidos y la pasividad de la Unión Europea no hubieran saboteado esta experiencia de gobierno»[36].
En 2007 Hamás consolidó su control de Gaza después de desbaratar un golpe orquestado por Washington en alianza con Israel y con los elementos de la vieja guardia palestina[37]. «Cuando Hamás previene [un golpe]», bufaba más tarde una figura importante de los servicios de inteligencia israelíes, «todo el mundo grita “falta”, reclamando que es un golpe militar de Hamás, pero ¿quién dio el golpe?»[38]. Aunque considera que Hamás es «cruel, horrible y está lleno de odio», el editor de uno de los periódicos de más tirada de Israel se hizo eco de esa postura heterodoxa acerca de lo que se había desvelado: «Hamás no ha “tomado el control” de Gaza. Tomó las medidas necesarias para imponer su autoridad, desarmando y destrozando una milicia que se había negado a inclinarse ante su autoridad»[39]. Estados Unidos e Israel reaccionaron con prontitud ante el rechazo por parte de Hamás de esta oferta de «ascenso democrático» (es decir, el intento de golpe), apretando aún más las tuercas a Gaza[40]. En junio de 2008, Hamás e Israel acordaron un alto el fuego auspiciado por Egipto, pero, en noviembre de ese mismo año, Israel violaba el alto el fuego. Llevó a cabo una incursión letal en la frontera de Gaza que recordaba a los ataques transfronterizos de 1955. Entonces y ahora el objetivo era provocar una respuesta y, por lo tanto, tener una excusa para un asalto masivo.
De hecho, la incursión fronteriza resultó ser el preámbulo de una invasión sangrienta. El 27 de diciembre de 2008 Israel lanzó la «Operación Plomo Fundido»[41]. Empezó con bombardeos aéreos seguidos de un asalto combinado por tierra y aire. Pilotando la flota aérea de combate más avanzada del mundo, el ejército israelí del aire hizo casi 3.000 incursiones sobre Gaza y soltó 1.000 toneladas de explosivos, mientras que el ejército israelí desplegaba varias brigadas equipadas con sofisticados sistemas de recopilación de información y armamento, que incluía cañones manejados por control remoto y ayudados de cámaras y robots. Por el otro bando, Hamás[42] lanzó unos cientos de misiles rudimentarios y granadas hacia Israel. El 18 de enero de 2009, Israel declaró un alto el fuego unilateral, «aparentemente a petición de Barack Obama, cuya investidura como presidente iba a tener lugar dos días más tarde»[43]. No obstante, el asedio a Gaza siguió. El gobierno de Bush y el Congreso estadounidense prestaron un apoyo sin condiciones a Israel durante el ataque. En el Senado se aprobó por unanimidad una resolución que declaraba a Hamás como el único culpable de la muerte y destrucción que acontecería. En el Congreso se aprobó por 390 votos a favor, frente a 5 en contra[44]. Pero, mayoritariamente, la opinión pública internacional (incluyendo amplias franjas de la opinión pública judía) se horrorizó ante el ataque israelí sobre una población civil indefensa[45]. En 2009, una Misión de investigación del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, dirigida por el respetado jurista sudafricano Richard Goldstone, publicó un voluminoso informe que documentaba la comisión por parte de Israel de múltiples crímenes de guerra y posiblemente crímenes contra la humanidad. El informe acusaba a Hamás de cometer crímenes semejantes, pero en una escala que palidecía por comparación. Estaba claro que, en las palabras del columnista israelí Gideon Levy, «esta vez se habían pasado»[46].
Israel justificaba oficialmente la Operación Plomo Fundido porque debía defenderse ante los ataques de los misiles de Hamás[47]. Esa explicación, no obstante, no soportaba ni siquiera un examen superficial. Si Israel hubiera querido evitar los ataques con misiles de Hamás, no los habría provocado, rompiendo el alto el fuego de 2008[48]. Podría también haber optado por renovar (y, para variar, respetar) el alto el fuego. De hecho, como un exfuncionario israelí de los servicios de inteligencia le contó al Crisis Group, «las opciones de alto el fuego que se pusieron sobre la mesa después de la guerra ya estaban ahí antes de ella»[49]. Si la finalidad de Plomo Fundido era destruir la «infraestructura del terrorismo», entonces la coartada israelí de la defensa propia parece aún menos creíble después de la invasión. Mayoritariamente Israel no apuntó a los baluartes de Hamás, sino a lugares «claramente no terroristas, no de Hamás»[50].
El contexto de los derechos humanos contribuyó a socavar la excusa israelí de la defensa propia. El informe anual de 2008 de B’tselem (el Centro Israelí de Información sobre Derechos Humanos en los Territorios Ocupados) documentaba que, entre el 1 de enero y el 26 de diciembre de 2008, las fuerzas de seguridad israelíes habían asesinado a 455 palestinos, de los cuales al menos 175 eran civiles, mientras que los palestinos habían asesinado a 31 israelíes, de los cuales 21 eran civiles. Así pues, en la víspera de la llamada «guerra en defensa propia» de Israel, la ratio total entre civiles palestinos e israelíes asesinados era al menos de 8 a 1. Solamente en Gaza, Israel mató al menos a 158 civiles no combatientes en 2008, mientras que los ataques con misiles de Hamás mataron a 7 civiles israelíes, una ratio superior a 22:1. Israel lamentó la detención por parte de Hamás de un combatiente israelí capturado en 2006, pero Israel tenía en su poder a unos 8.000 «presos políticos» palestinos, incluyendo a 60 mujeres y 390 niños, de los cuales 548 estaban en prisión preventiva, sin acusación ni juicio (42 de ellos durante más de dos años)[51]. El cerco cada vez más estrecho sobre Gaza se añadía a la desproporcionada violación israelí de los derechos humanos palestinos. El bloqueo equivalía a «un castigo colectivo, una grave violación de la ley humanitaria internacional»[52]. En septiembre de 2008, el Banco Mundial describía Gaza como «drásticamente transformada, de una potencial ruta comercial a un enclave tapiado de donaciones humanitarias»[53]. A mediados de diciembre, la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) informaba de que «el bloqueo de 18 meses [de Israel] había creado una profunda crisis de dignidad humana, conduciendo a una erosión generalizada de las condiciones de vida y a un significativo deterioro de las infraestructuras y de los servicios esenciales»[54]. Si los gazatíes no tenían electricidad 16 horas al día; si los gazatíes recibían agua una vez por semana durante unas pocas horas, y si el 80 por 100 de ese agua no era adecuada para el consumo humano; si uno de cada dos habitantes de Gaza no tenía empleo y sufría «inseguridad alimentaria»; si el 20 por 100 de las «medicinas esenciales» en Gaza estaban en «nivel cero», y si más del 20 por 100 de los pacientes que sufrían cáncer, enfermedades coronarias y otros cuadros graves no podían obtener permiso para recibir atención médica en el extranjero; si los gazatíes se aferraban a la vida con el más frágil de los hilos, esto se podía achacar, en último término, al bloqueo israelí. La población de Gaza, concluía OCHA, se sentía «cada vez más atrapada, física, intelectual y emocionalmente». Si examinamos la contabilidad en términos de los derechos humanos a finales de 2008, e incluso dejando de lado que fue Israel quien rompió el alto el fuego, ¿no tienen acaso los palestinos unas razones mucho más potentes que Israel para recurrir a la lucha armada en defensa propia?
[1] Menos de un 1 por 100 de Palestina se apartó para crear una zona internacional (Corpus separatum) que incluía Jerusalén.
[2] S. Roy, The Gaza Strip: The Political Economy of De-development, 3.a ed. aumentada, Washington, DC, 2016, pp. xxxii, 3-5; para la especificidad de la política económica de Israel en Gaza, véase ibid., pp. 117-134. United Nations Country Team in the Occupied Palestinian Territory, «Gaza in 2020: A liveable place?», 2012 («segunda tasa más alta»).
[3] B. Morris, Israel’s Border Wars, 1949-1956, Oxford, 1993, pp. 407-409. Morris documenta que, hasta la incursión israelí en Gaza de 1955, la «preocupación predominante» de Egipto «en sus relaciones con Israel era evitar provocar ataques de la IDF»; «Egipto normalmente perseguía la tranquilidad de su frontera con Israel». No obstante, «a partir de un cierto momento en 1954», el general de las IDF, Moshe Dayan, «buscaba la guerra y, periódicamente, esperaba que un desafío concreto avergonzara o provocara al Estado árabe atacado y le obligara a responder, dando así una razón a Israel para aumentar la respuesta armada, hasta culminar en una guerra». La «política de engañar a Nasser para que entrara en guerra la pensaron [David] Ben Gurion y Dayan». El predicado de su estrategia indirecta de provocación fue que «como Israel no podía permitirse que se le señalara como agresor, la guerra debería alcanzarse mediante un proceso de escalada gradual, lograrse mediante periódicos ataques israelíes en represalia a gran escala, en respuesta a las infracciones del armisticio que cometiera Egipto». Cuando «Egipto se negó a caer en las sucesivas trampas que le tendía Dayan», Israel tramó con Gran Bretaña y Francia atacar directamente a Egipto (ibid., pp. 85, 178-179, 229-230, 271-272, 279-280, 427, 428).
[4] J.-P. Filiu, Gaza: A History, Nueva York, 2014, p. 105.
[5] B. Morris, Righteous Victims: A History of the Zionist-Arab Conflict, 1881-2001, Nueva York, 2001, pp. 340-343, 568. Véase también Z. Schiff y E. Ya’ari, Intifada: The Palestinian Uprising-Israel’s Third Front, Nueva York, 1990.
[6] A. Mosely Lesch, «Gaza: History and politics», en A. Mosely Lesch y M. Tessler, Israel, Egypt, and the Palestinians: From Camp David to Intifada, Bloomington, 1989, pp. 230-232.
[7] B. Morris, Righteous Victims, cit., pp. 561, 580, 587, 591, 599.
[8] S. Ben-Ami, Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy, Nueva York, 2006, pp. 191, 211.
[9] A. Levy-Ajzenkopf, «Sharansky on Tour Promoting Identity, Freedom», Canadian Jewish News, 1 de julio de 2008. Sharansky ocupó varias carteras ministeriales entre 1996 y 2005.
[10] G. Usher, «The Politics of Internal Security: The PA’s new intelligence services», Journal of Palestine Studies, invierno de 1996, p. 28; The B’Tselem Human Rights Report, primavera de 1994.
[11] S. Ben-Ami, entrevista en Democracy Now!, 14 de febrero de 2006; Z. Maoz, Defending the Holy Land: A Critical Analysis of Israel’s Security and Foreign Policy, Ann Arbor, 2006, p. 476; véase también p. 493.
[12] Y. Beilin, The Path to Geneva: The Quest for a Permanent Agreement, 1996-2004, Nueva York, 2004, pp. 52-53, 219-226; C. E. Swisher, The Truth about Camp David, Nueva York, 2004, p. 402. Para un análisis en detalle de las diversas fases de las negociaciones de 2000-2001, véase N. G. Finkelstein, Knowing Too Much: Why the American Jewish Romance with Israel Is Coming to an End, Nueva York, 2012, pp. 229-248.
[13] B. Morris, Righteous Victims, cit., p. 671.
[14] S. Ben-Ami, Scars of War, cit., p. 267; véase también I. Zertal y A. Eldar, Lords of the Land: The War over Israel’s Settlements in the Occupied Territories, 1967-2007, Nueva York, 2007, pp. 412-415.
[15] N. G. Finkelstein, Beyond Chutzpah: On the Misuse of Anti-Semitism and the Abuse of History, edición de bolsillo aumentada, Berkeley, 2008, cap. 4. El primer ataque suicida durante la segunda intifada ocurrió en marzo de 2001.
[16] Más de 400 palestinos (entre ellos 85 niños) fueron asesinados, frente a cinco soldados israelíes, durante las operaciones «Lluvias de Verano» y «Nubes de Otoño». 33 niños palestinos fueron asesinados por un civil israelí, en tan solo cinco días durante la operación «Invierno Caliente». Al Mezan Center for Human Rights, Bearing the Brunt Again: Child Rights Violations during Operation Cast Lead, septiembre de 2009, pp. 8, 18-19.
[17] B. Morris, «Israeli President Shimon Peres Reflects on His Mentor, His Peace Partner, and Whether the State of Israel Will Survive», Tablet, 26 de julio de 2010.
[18] A. Hass, Drinking the Sea at Gaza: Days and Nights in a Land under Siege, Nueva York, 1996, p. 9.
[19] S. Roy, Failing Peace: Gaza and the Palestinian-Israeli Conflict, Londres, 2007, pp. 327-328. Véase también S. Roy, Gaza Strip, pp. xxiii-xxv; y G. Golan, Israel and Palestine: Peace Plans from Oslo to Disengagement, Princeton, 2007.
[20] Human Rights Watch, «“Disengagement” Will Not End Gaza Occupation», 29 de octubre de 2004. El World Report 2006 de HRW reiteraba esta postura:
En agosto y septiembre de 2005, Israel unilateralmente retiró unos 8.000 asentamientos, junto con personal militar e instalaciones, de la Franja de Gaza, y cuatro pequeños asentamientos en el norte de Cisjordania, cerca de Jenin. Mientras que desde entonces Israel ha declarado que la Franja de Gaza es «territorio extranjero» y el paso entre Gaza e Israel «frontera internacional», bajo el derecho humanitario internacional Gaza continúa ocupada e Israel sigue teniendo responsabilidad por el bienestar de los residentes de Gaza. Israel conserva el control efectivo sobre Gaza, regulando el movimiento de entrada y salida de la Franja, así como el espacio aéreo, el espacio marítimo, los servicos públicos y el registro de población. Además, Israel ha declarado su derecho a volver a entrar militarmente en Gaza en cualquier momento dentro de su «Plan de Desvinculación». Desde la retirada, Israel ha efectuado bombardeos aéreos, incluyendo asesinatos selectivos, y ha disparado artillería en el extremo noreste de Gaza.
Para un análisis legal en detalle, véase Gisha (Legal Center for Freedom of Movement), Disengaged Occupiers: The Legal Status of Gaza, Tel Aviv, enero de 2007.
[21] Y. Dinstein, The International Law of Belligerent Occupation, Cambridge, 2009, p. 277.
[22]Israeli-Palestinian Interim Agreement on the West Bank and the Gaza Strip, Washington, DC, 1995, pp. 92-96, 314. Para un análisis de Oslo II, véase N. G. Finkelstein, Image and Reality of the Israel-Palestine Conflict, segunda edición de bolsillo aumentada, Nueva York, 2003, pp. 172-183.
[23] Una querella de fronteras por un diminuto triángulo de tierra se resolvió posteriormente a favor de Egipto mediante un arbitraje internacional.
[24] International Crisis Group, Tipping Point? Palestinians and the Search for a New Strategy, abril de 2010, p. 2.
[25] «Israel Army’s West Bank Presence ‘Lowest in 20 Years», Agence France-Presse, 28 de noviembre de 2010.
[26] «Opening Remarks by Former US President Jimmy Carter to the 2006 Human Rights Defenders Policy Forum», 23 de mayo de 2006. Véase también P. Scholey, «Palestine: Hamas’s unfinished transformation», en J. de Zeeuw (ed.), From Soldiers to Politicians: Transforming Rebel Movements after Civil War, Boulder, CO, 2008, que describe esas elecciones como «un modelo de reforma democrática» (p. 138).
[27] K. Kurson, «2006 Audio Emerges of Hillary Clinton Proposing Rigging Palestine Election», Observer, 28 de octubre de 2016.
[28] Á. de Soto, End of Mission Report (mayo de 2007), § 44. De Soto fue «United Nations Special Coordinator for the Middle East Peace Process and Personal Representative of the Secretary-General to the Palestine Liberation Organization and the Palestinian Authority Envoy to the Quartet» entre 2005 y 2007. Su informe es el documento más fiable y revelador acerca del periodo que abarca desde el redespliegue de Israel en Gaza hasta la victoria de Hamás en las elecciones y sus consecuencias. Sobre la trayectoria política de Hamás anterior a las elecciones de 2006, en lo que se refiere a su aceptación del Estado de Israel, véase International Crisis Group, Enter Hamas: The Challenges of Political Integration, enero de 2006, pp. 2, 19-22.
[29] Á. de Soto, End of Mission Report, cit., §§ 25, 52.
[30]Ibid., § 51.
[31] J. Dugard, Report of the Special Rapporteur on the Situation of Human Rights in the Palestinian Territories Occupied since 1967 (A/HRC/2/5), 5 de septiembre de 2006. El relator especial seguía diciendo: «Es interesante recordar que los Estados occidentales se negaron a imponer sanciones económicas significativas a Sudáfrica para obligarla a renunciar al apartheid, argumentando que dañarían a la población negra de Sudáfrica. No se ha mostrado una comprensión semejante hacia la población palestina o hacia sus derechos humanos».
[32] Á. de Soto, End of Mission Report, cit., §§ 50, 53.
[33] Aunque muchas de las iniciativas hostiles contra Hamás procedían formalmente del Cuarteto del Próximo Oriente –Estados Unidos, Unión Europea, Rusia, Secretaría General de la ONU– en realidad este grupo era la marioneta de Estados Unidos (ibid., §§ 63, 69, 78-79).
[34] J. Carter, Palestine Peace Not Apartheid, Nueva York, 2006, pp. 159-160; G. Golan, Israel and Palestine, p. 90; Á. de Soto, End of Mission Report, §§ cit., 30, 81 n. 6 y 131.
[35] Á. de Soto, End of Mission Report, cit., § 50.
[36] J.-P. Filiu, Gaza, cit., p. 306; véase también Á. de Soto, End of Mission Report, cit., §§ 50, 52.
[37] D. Rose, «The Gaza Bombshell», Vanity Fair, abril de 2008; International Institute for Strategic Studies, «Hamas Coup in Gaza», 2007; B. Brenner, Gaza under Hamas: From Islamic Democracy to Islamist Governance, Londres, 2017, pp. 35-40. El ataque preventivo fue lanzado por el ala militar de Hamás y posteriormente avalado por los líderes políticos de Hamás. Para las maquinaciones de Washington con el fin de fomentar una guerra civil en Gaza, previas al intento de golpe, y la complicidad de los altos funcionarios de la Autoridad Palestina, véase Á. de Soto, End of Mission Report, cit., §§ 55-57, 123, 127.
[38] P. McGeough, Kill Khalid: The Failed Mossad Assassination of Khalid Mishal and the Rise of Hamas, Nueva York, 2009, p. 377.
[39] E. O’Loughlin, «Hopeless in Gaza», Sydney Morning Herald, 23 de junio de 2007.
[40] La cacareada pieza central de la política exterior de Bush era el «fomento de la democracia».
[41] La expresión «Plomo Fundido» procede de un verso de una canción de Hanukkah.
[42] Cuando nos referimos a las acciones y capacidades militares palestinas se emplea Hamás como abreviatura de todos los grupos armados palestinos que operan en Gaza.
[43] J.-P. Filiu, Gaza, cit., p. 316.
[44] S. Zunes, «Virtually the Entire Dem-Controlled Congress Supports Israel’s War Crimes in Gaza», Alternet, 13 de enero de 2009.
[45] N. G. Finkelstein, «This Time We Went Too Far»: Truth and Consequences of the Gaza Invasion, edición de bolsillo aumentada, Nueva York, 2011, pp. 107-129.
[46] G. Levy, «Goldstone’s Gaza Probe Did Israel a Favor», Haaretz, 2 de octubre de 2009.
[47] M. Rabbani, «Birth Pangs of a New Palestine», Middle East Report Online, 7 de enero de 2009.
[48] Véase cap. II.
[49] International Crisis Group, Gaza’s Unfinished Business, abril de 2009, p. 21; véase ibid., pp. 27-28, para los términos del alto el fuego posterior a la invasión. Véase también «Israeli Leaders “To Topple Hamas”», BBC News, 22 de diciembre de 2008; Z. Bar’el, «Delusions of Victory in Gaza», Haaretz, 28 de diciembre de 2008.
[50]Report of the Independent Fact-Finding Committee on Gaza: No Safe Place. Presentado ante la Liga de Estados Árabes, 2009, § 411(3). El comité estaba dirigido por el eminente jurista sudafricano John Dugard. En una nota adjunta, el comité señalaba:
Si las IDF hubieran querido destrozar por completo los túneles [bajo la frontera sur de Gaza] habría sido algo relativamente sencillo. Son fácilmente discernibles y, dada la capacidad de vigilancia aérea de las IDF, estas debían saber su localización exacta. No obstante, el Comité tuvo claro que no se habían destrozado durante el conflicto. En opinión del Comité, esto suscita preguntas acerca de la afirmación israelí de que actuaba en defensa propia contra el contrabando de armas a través de los túneles (ibid., § 394).
[51] B’Tselem (Israeli Information Center for Human Rights in the Occupied Territories), Human Rights in the Occupied Territories: 2008 annual report, Jerusalén, 2009.
[52] Human Rights Watch, «Donors Should Press Israel to End Blockade», 1 de marzo de 2009.
[53] S. Roy, Gaza Strip, cit., p. xxxi.
[54] United Nations Office for the Coordination of Humanitarian Affairs (OCHA), Gaza Humanitarian Situation Report-The Impact of the Blockade on the Gaza Strip: A human dignity crisis, 15 de diciembre de 2008.
II. DISUADIR A LOS ÁRABES, DISUADIR DE LA PAZ
La Operación Plomo Fundido resultó ser una debacle para Israel en términos de relaciones públicas. Por mucho que les hubiera gustado que fuera de otra manera, los medios de comunicación occidentales, comentaristas y diplomáticos no podían ignorar la muerte y destrucción masiva en Gaza. Si no era en defensa propia, ¿qué era entonces lo que empujaba a Israel a perseverar en una campaña contra una población civil, que solo produciría rechazo agudo en el extranjero? Las primeras especulaciones se centraban en la pesca de votos para las inminentes elecciones de 2009. Las encuestas durante la invasión mostraban que entre el 80 y el 90 por 100 de los judíos israelíes la apoyaban. «En el contexto de un respaldo casi unánime de la operación por parte de la opinión israelí», señalaba posteriormente la Asociación por los Derechos Humanos de Israel, «la tolerancia de cualquier discrepancia era mínima»[1]. Pero, como apuntaba el veterano periodista israelí Gideon Levy, «Israel había pasado por una guerra muy similar […] hacía dos años y medio [en Líbano] y entonces no hubo elecciones»[2]. De hecho, los líderes israelíes se inhiben a la hora de arriesgar los intereses críticos del Estado, como puede ser iniciar una guerra, únicamente por la ganancia electoral. Incluso en las últimas décadas, cuando la escena política israelí se ha vuelto más sórdida, tendríamos dificultades para nombrar una campaña militar importante motivada por fines políticos partidistas[3]. Los motivos principales tras la invasión de Gaza se remontan no al ciclo electoral, sino a la necesidad dual de restaurar la «capacidad disuasoria» de Israel y acallar la amenaza que planteaba una nueva «ofensiva de paz» palestina.
La «mayor preocupación» de Israel durante Plomo Fundido, según informaba el corresponsal en Oriente Próximo de The New York Times, Ethan Bronner, citando fuentes israelíes, era «restablecer la capacidad disuasoria israelí», porque «sus enemigos tienen menos miedo del que antes tenían o del que deberían tener»[4]. Conservar la capacidad disuasoria ha sido desde siempre un factor importante de la doctrina estratégica israelí. De hecho, esta idea fue una de las principales impulsoras del primer ataque de Israel a Egipto en junio de 1967, que tuvo como resultado la ocupación de Gaza y Cisjordania por parte de Israel. Para justificar Plomo Fundido, el historiador israelí Benny Morris recordaba que «muchos israelíes sienten que esos muros […] se están acercando […] tal como lo sentían a principios de junio de 1967»[5]. Pero aunque los israelíes de a pie presagiaran lo peor antes de la guerra de junio, Israel no se enfrentaba en aquel momento a una amenaza existencial (como bien sabe Morris)[6] y los líderes israelíes no dudaban de que Israel vencería en caso de que hubiera guerra. Después de que Israel amenazara y después avanzara sus planes de atacar Siria en mayo de 1967[7], el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser desplegó las tropas egipcias en la península del Sinaí y anunció que cerraría los estrechos de Tiran a los barcos israelíes. (Egipto acababa de firmar unos pocos meses antes un pacto militar con Siria.) El ministro de Exteriores israelí, Abba Eban, hizo unas emotivas declaraciones en las que decía que, debido al bloqueo, Israel solamente podía «respirar por un solo pulmón». Pero, excepto para el paso de petróleo, del cual tenía amplias reservas, Israel prácticamente no usaba los estrechos. Además, Nasser no impuso el bloqueo: días después de su anuncio las naves circulaban libremente a través de los estrechos. ¿Cuál era, entonces, la amenaza militar que suponía Egipto? Varias agencias de espionaje estadounidenses habían llegado a la conclusión de que Egipto no quería atacar a Israel y de que, en el caso improbable de que lo hiciera, solo o en compañía de otros países árabes, Israel, en palabras del presidente Lyndon Johnson, «les batiría el cobre»[8]. Mientras tanto, el jefe del Mossad les decía a altos funcionarios americanos el 1 de junio de 1967 que «no había diferencias entre Estados Unidos e Israel en lo que respecta a los datos de la inteligencia militar o a su interpretación»[9]. Por lo tanto, Israel mismo debía ser consciente de que Nasser no pretendía atacar y de que el ejército egipcio sería derrotado si lo hiciera. El dilema real al que se enfrentaba Israel era la creciente percepción dentro del mundo árabe, espoleada por el nacionalismo radical de Nasser, que culminaba en sus gestos de desafío de mayo de 1967, de que ya no tenían por qué temer al Estado judío. El comandante de división Ariel Sharon regañaba a los miembros del gobierno que dudaban en lanzar un primer ataque, diciéndoles que Israel estaba perdiendo su «capacidad disuasoria, […] nuestra arma principal, el miedo que nos tienen»[10]. En efecto, la capacidad de disuasión no consiste en repeler una amenaza existencial inminente, sino en notificar a los rivales que cualquiera que desafíe en el futuro el poder israelí recibirá una respuesta violenta y decisiva. A la cúpula del ejército israelí «no le preocupaba un ataque por sorpresa de Egipto», concluía el analista estratégico Zeev Maoz: «Más bien, la cuestión clave era cómo recuperar la credibilidad de la disuasión israelí»[11].
La expulsión del ejército de ocupación israelí de Líbano en 2000 por parte de Hezbolá planteó un nuevo desafío a la capacidad disuasoria israelí. El hecho de que sufriera una humillante derrota y de que la victoria de Hezbolá se festejara a lo largo y ancho de todo el mundo árabe hizo que fuera casi inevitable otra guerra. Israel empezó inmediatamente a planificar el siguiente asalto[12]. Encontró una excusa plausible en 2006, cuando Hezbolá mató a varios soldados israelíes y capturó a otros dos y después exigió para liberarlos un intercambio con los presos libaneses confinados en cárceles israelíes. Aunque desató toda la furia de sus fuerzas aéreas y preparó una invasión terrestre, Israel sufrió una segunda e ignominiosa derrota en la guerra del verano de 2006. «La Fuerza Aérea Israelí [IAF], la rama militar israelí que antes destruía fuerzas aéreas completas en unos pocos días», concluía un respetado analista militar estadounidense, «no solamente se había revelado incapaz de parar los ataques con misiles de Hezbolá, sino que ni siquiera había podido causar el daño suficiente como para evitar que Hezbolá se recuperara rápidamente», mientras que «las fuerzas terrestres israelíes sufrieron un varapalo terrible a manos de un rival bien pertrechado y hábil»[13]. La yuxtaposición de varias cifras deja patente la magnitud del revés israelí. Israel desplegó a 30.000 soldados contra los 2.000 combatientes regulares de Hezbolá y a 4.000 combatientes irregulares, tanto de Hezbolá como de otros grupos; Israel trasladó y disparó 162.000 proyectiles, mientras que Hezbolá disparó 5.000 (4.000 misiles y proyectiles hacia Israel y 1.000 misiles antitanques dentro de Líbano)[14]
