Géneros y psicomotricidad - Mara Lesbegueris - E-Book

Géneros y psicomotricidad E-Book

Mara Lesbegueris

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El libro se llama Géneros y psicomotricidad: las corporeidades en clave feminista, pero bien podría tener una contratapa que dijera: estudios sobre las ideas que conmocionan los cuerpos aferrados a los mandatos, o escritos en revuelta, o de cómo la pregunta horada las certezas patriarcales y colonizadoras; o de cómo la ternura descascara la oscura pátina del congelamiento afectivo que nos hace mirar al diferente como un extraño; o de cómo una mujer escribiendo denuncia las injusticias y anuncia las luchas posibles; o de cómo la psicomotricidad se posiciona de su objeto de estudio en clave feminista; o de cómo hacer que la ternura supere a la crueldad; o de qué hacer en un país donde cada veintiséis horas asesinan a una mujer; o Nunca Más, Ni Una Menos, Con Vida Las Queremos. – Del prólogo de Daniel Calméls

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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GÉNEROS Y PSICOMOTRICIDAD

El libro se llama Géneros y psicomotricidad: las corporeidades en clave feminista, pero bien podría tener una contratapa que dijera: estudios sobre las ideas que conmocionan los cuerpos aferrados a los mandatos, o escritos en revuelta, o de cómo la pregunta horada las certezas patriarcales y colonizadoras; o de cómo la ternura descascara la oscura pátina del congelamiento afectivo que nos hace mirar al diferente como un extraño; o de cómo una mujer escribiendo denuncia las injusticias y anuncia las luchas posibles; o de cómo la psicomotricidad se posiciona de su objeto de estudio en clave feminista; o de cómo hacer que la ternura supere a la crueldad; o de qué hacer en un país donde cada veintiséis horas asesinan a una mujer; o Nunca Más, Ni Una Menos, Con Vida Las Queremos.

– Del prólogo de Daniel Calméls

Mara Lesbegueris es licenciada en Psicomotricidad, profesora de Educación Física, maestranda en Antropología Social. Es docente de la Universidad Nacional de San Martín, de la Universidad Nacional de La Matanza y de la Universidad CAECE. Miembro fundadora de la Asociación Civil Unidas por la Psicomotricidad y las Artes (AUPAS). Integrante del Colectivo de Psicomotricidad Feminista y Transfeminista. Ha publicado Niñas jugando: ni tan quietas ni tan activas (2013) y Juegos en el papel: análisis de la corporeidad en el plano gráfico (2012, en coautoría con Daniel Calméls).

COLECCIÓN EL CUERPO PROPIO Dirigida por Daniel Calméls

MARA LESBEGUERIS

GÉNEROS Y PSICOMOTRICIDAD

Las corporeidades en clave feminista

Índice

CubiertaAcerca de este libroPortadaAgradecimientosPrólogo. Ensayos sobre la ternura, Daniel CalmélsIntroducción: re-unir1. Leer corporizando la letra2. Escribir con la fuerza del cuerpo3. La “regulación” de las emociones: una posible lectura sobre las dimensiones del poder4. El género desde los feminismos5. Repensando el “bienestar corporal” desde las prácticas de crianza y el “sostenimiento de la vida”6. La construcción de las corporeidades y la posibilidad de habitar o deshabitar los géneros7. Contar a las niñas desde sus potencialidades8. Compostura de muñecas9. El juego desde la perspectiva de género: nuevas posibilidades para pensar la clínica corporal y la socialización10. Cuerpos rebeldes: infancias con expresiones sexo-genéricas diversas y disidentes11. La experiencia corporal: notas sobre la formación profesional y la práctica psicomotriz12. Las lógicas de la formación corporal13. La función corporizante de la escuela14. La construcción social de los cuerpos indisciplinados15. Pensar los cuerpos desde el recreoEpílogo. Manifiesto de las corporeidades en clave feministaCoda en tiempos de pandemiaAnexosBibliografíaCréditos

A lo largo de este libro se usará la letra e para remarcar y nombrar de un modo diferente el lugar de las disidencias sexo-genéricas, aquellas subjetividades que se corren de los marcos binarios de significación y no se reconocen en las expresiones gramaticales ni femeninas ni masculinas.

Más allá de las marcas discursivas sexistas y androcéntricas que se pueden rastrear en el lenguaje, y las posibles incomodidades que pueda ocasionar esta decisión para la lectura, sabemos que el lenguaje construye las realidades que vivimos, que la lengua no es algo inmóvil y fijo, sino producto de una actividad humana y colectiva.

La lengua “se usa”, “se mueve”, “está viva”, y sus movimientos siguen el de la vida social, política y cultural.

Si reconocemos que lo que no se nombra no existe, la posibilidad de emplear la letra e no es solo una forma de expresión sino un modo de acción con el que se busca visibilizar, dar reconocimiento y respeto a estas subjetividades.

Agradecimientos

A quienes me ayudan a respirar, en especial:

A Lola y Facundo, mis inspiraciones más profundas junto al desafío que supone “criar emancipando”.

Al amor y la poesía que me brinda cotidianamente mi gran compañero Daniel Calméls.

Al cuidado y cariño que desde pequeña me brindaron mis hermanos Gustavo y Sergio.

A la presencia amorosa de mi amiga y colega Fernanda Ruiz.

A Irene Fisicaro, que escucha semanalmente mis preocupaciones y mis sueños.

A la poesía de Alejandra Pizarnik, que sigue despabilándome.

Al impulso que cada una de las personas del Grupo de Estudio Ornitorrinco me da, desde hace más de nueve años, sabiéndonos en “acción lúdica y pensante”.

A la posibilidad de imaginar y trabajar para la realización de mundos más vivibles e inclusivos que me permite el colectivo Aupas (Asociación Uniendo la Psicomotricidad y las Artes) del cual formo parte, junto a las psicomotricistas y amigas Mariel Alasia, Carla Baglivo, María Paz Brown, Débora Brugos, Lucía Cimmino, María Noel Fabris, Rocío Farris, Lilen Nieva y Candelaria Santillán.

Al tejido de la red de psicomotricistas transfeministas que abriéndonos al transnacionalismo intentamos hilvanar, latiendo en un sentir-actuar colectivo que germina y se expande en posibilidades.

PRÓLOGO

Ensayos sobre la ternura

Daniel Calméls

Géneros y psicomotricidad: las corporeidades en clave feminista es un libro que, al leerlo, me invita a anunciar en este prólogo todos los hallazgos que encuentro como lector, pero la tentación de hacerlo me llevaría a realizar un texto que funcionaría casi como un espejo, que reuniría una condensación del propio libro.

Si bien cada capítulo tiene vida propia y se enlaza con los otros, hay uno clave, que no proviene solo de la psicomotricidad ni de la antropología ni de las cuestiones de género, aunque su contenido se refleja en todo el libro; este es el primer capítulo, “Leer corporizando la letra”. Siendo el primero, ubicado estratégicamente, nos prepara para la lectura. Yo, lector, comienzo a leer un libro que me habla de la lectura y, en su segundo capítulo, “Escribir con la fuerza del cuerpo”, de la escritura. ¿Me disponen para leer lo escrito?

Vayan, a modo de síntesis, frases del primer capítulo, “Leer corporizando la letra”:

 

Leer implica una acción deseante.

En el leer nos sentimos necesitados.

Ir al encuentro lector es dejar una zona abierta a lo otro, es hacer un espacio que dé hospedaje a lo tuyo extraño en lo mío.

Leer es una indagación –profana– de un texto.

Leer seriamente es hacer del texto un juguete.

Leer apasionadamente (no solo con entusiasmo) es una aventura dionisíaca que nos potencia corporalmente.

 

Fue necesario comenzar el libro con la lengua, en su lectura y escritura, desde una posición feminista, que excluye la queja para posicionarse en una práctica de la escritura, velada a las mujeres durante siglos: “Sabemos que el poder androcéntrico y el sueño lineal colonizador ha cercenado la lengua femenina, construyendo visiones del mundo desde la perspectiva masculina”.

No es un libro para leerlo de una sentada; es un libro extenso, no por la cantidad de hojas sino por su alcance. Va a ser leído por profesionales de diversas disciplinas. Los quince capítulos que dan cuerpo a este libro tienen entre sí un dinamismo tal que nos invita continuamente a realizar dos movimientos: releer y avanzar. En el primero, releer, se regresa para comprender, afirmar, disfrutar de una frase. En el segundo, avanzar, movido por el interés de seguir leyendo, querer más.

Este es el tercer libro de Mara Lesbegueris, quien antes publicó Juegos en el papel y ¡Niñas jugando! Mi cercanía con la autora me permite funcionar como testigo de la elaboración de su obra. En la intimidad de la cocina escritural de Mara Lesbegueris reconozco la tarea de otros futuros libros: En las fronteras del jugar, un libro de relatos cortos donde enlaza hechos reales que bordean un camino ficcional; otro texto que lleva por nombre Composturas de muñecas, que espera su tiempo de edición, y un libro dedicado a la formación de profesores y profesoras de Educación Física, que renueva la forma de pensar el cuerpo, libro que aún está en la búsqueda de un título.

Mara propone una política de los cuerpos en relaciones amorosas, de cuidado, propuesta que parte de la acción a la teoría, o sea que nace en una práctica amorosa que quienes están, estamos, en cercanía le reconocemos.

El lector encontrará un recorrido de sus participaciones en diversos ámbitos de la salud y la formación, lo cual da cuenta de una práctica vivida y una escritura ensayística donde la práctica del pensar tiene un apoyo empírico. Ha participado activamente durante décadas como docente en la formación corporal del psicomotricista y en el trabajo con docentes y profesionales de diversas áreas, experiencia que se concentra en el capítulo “La experiencia corporal: notas sobre la formación profesional y la práctica psicomotriz”. Dice allí:

 

El dispositivo de “formación corporal de la o el psicomotricista” predispone la experiencia corporal como una instancia ideológica y estratégica para ese particular modo de “hacerse” y “ser” psicomotricista. No se trata de informarse sino de formarse corporalmente, y es allí donde recursivamente pensamos la relación entre teoría y práctica, conceptos encarnados desde la experiencia y las prácticas que interpelan saberes instituidos, dando lugar a nuevas apropiaciones conceptuales.

 

Las reflexiones propuestas y la posición tomada desde la psicomotricidad con relación al género y al feminismo han sido bien recibidas por colegas de Argentina, Latinoamérica y España. Era necesaria en la psicomotricidad una posición de vanguardia que desde el feminismo y las cuestiones de género ampliara, a partir de nuestra práctica, la mirada hacia el cuerpo en sus manifestaciones.

No puedo eludir nombrar la presencia de las citas de mis escritos. En ellas, a modo de confesión, he encontrado sentidos que desconocía o había olvidado, por lo cual la lectura de este libro en el proceso de escritura de este prólogo fue un aprendizaje, no solo por este detalle anecdótico, sino por el amplio campo de lecturas que la autora tiene el estilo de nombrar lejos de la jactancia de erudición. Hace un desarrollo conceptual del conocimiento, con el detalle continuo y riguroso de la cita, sabiendo que implica hacer un lazo entre personas que no se conocen: citar implica un encuentro con el pensamiento del otro, una “cita” del pensamiento.

Dice Mara Lesbegueris: “Escribir es lengua y estilo, texto y contexto”. ¿Cuáles serían algunos detalles de su estilo, esos que a veces escapan de las lecturas? Hay cuatro formas que cualifican su escritura: el uso de la pregunta, la enumeración y el pie de página, así como, a nivel conceptual, el descentramiento.

 

Pie de página. Usa textos al pie de la página no cuando el texto desborda, no como exceso, sino para acotar datos que aclaran el contenido conceptual. Los pies de página cumplen con su fin de apoyo, en este caso a los conceptos que necesitan extenderse en sentido y diluir cierta pátina de oscuridad por la cual se deja al otro en el lugar de “no saber”.

En ocasiones el pie de página desarrolla una experiencia personal que compete al tema tratado, o una reflexión; o sea, funciona como un reservorio al cual se tiene la opción de entrar.

 

Preguntas. El uso de la pregunta es clave en su estilo. Más de 150 preguntas son el motor que dinamiza el texto. Si bien algunas son preguntas retóricas, en su mayoría –tomando las palabras de la autora– son “viscerales”. Trabaja con una afirmación seguida de preguntas, que movilizan lo afirmado y lo enriquecen con los interrogantes que le suceden. Parte de la idea de que “leer en clave feminista es rodear al escrito con preguntas que permiten, con suerte e insistencia, que ese texto y nuestro propio cuerpo se abran un poco más”.

Afirmación-pregunta:

 

Escribir es un momento intenso de intimidad. ¿Un refugio silencioso? ¿Una soledad necesaria para la apertura al mundo? ¿La soledad con alas?

En el texto escrito converge, por lo tanto, la historia del escribiente con parte de la historia de la humanidad. ¿La escritura como agenciamiento colectivo de enunciación? ¿Huella? ¿Signo móvil? ¿Sombra de mi sombra que se va empequeñeciendo hasta desaparecer?

 

En el capítulo dedicado a las emociones, esta pregunta es una vía de ampliación de sentidos, congelados por las instituciones universalistas: “¿La emoción se vive de igual modo en función de la clase, raza, género, diversidad funcional?”.

 

Enumeración. La enumeración tiene la función de completar una idea a partir de detalles que configuran la identidad conceptual de un todo y, al mismo tiempo, desplegar un ritmo que cabalga en la voz silente del lector:

 

A lo largo del tiempo y en las diferentes regiones las muñecas pueden devenir en objetos de adoración, de emblema, de protección, de suerte, de juego, de colección, de consumo. Pueden tener diversas formas y figuras, asumiendo el estatus de tótem, amuleto, talismán, fetiche, ofrenda, reliquia, juguete, acompañante, souvenir, espejo, doble o mercancía. Participan en numerosos ritos, fiestas y juegos.

 

Descentramiento. No solo hablo aquí del corrimiento del adultocentrismo y el logocentrismo, sino principalmente porque es una escritura descentrada, que trabaja con dos o más centros. Con dos centros como la elipse, en la medida en que integra dos ejes de simetría; en ese sentido, es una escritura barroca, de insistencia y variación, y a su vez una mirada más general en la cual la figura sería el triángulo, cuyas tres bisectrices de los ángulos internos se unifican en un punto de convergencia. La posición de Mara Lesbegueris es una “política de convergencia” de saberes de diversos campos: género, psicomotricidad y antropología, con el aporte de la filosofía de Gilles Deleuze y Michel Foucault, la semiología de Roland Barthes y la sociología reflexiva de Pierre Bourdieu.

El término “texto” es el adecuado para describir cómo se “tejen” conocimientos de diversas disciplinas. Escribe Mara Lesbegueris:

 

Este libro está escrito desde mis propias “transiciones profesionales”, en un “entre” que desborda (pero incluye) lo psicomotor, lo antropológico, los feminismos, lo queer, lo crip.

 

El libro se llama Géneros y psicomotricidad: las corporeidades en clave feminista, pero bien podría tener una contratapa, espacio que suele orientar al lector, que dijera:

 

Estudios sobre las ideas que conmocionan los cuerpos aferrados a los mandatos, o escritos en revuelta,

o de cómo la pregunta horada las certezas patriarcales y colonizadoras;

o de cómo la ternura descascara la oscura pátina del congelamiento afectivo que nos hace mirar al diferente como un extraño;

o de cómo una mujer escribiendo denuncia las injusticias y anuncia las luchas posibles;

o de cómo la psicomotricidad se posiciona de su objeto de estudio en clave feminista;

o de cómo hacer que la ternura supere a la crueldad;

o de qué hacer en un país donde cada veintiséis horas asesinan a una mujer;

o Nunca Más, Ni Una Menos, Con Vida Las Queremos.

Introducción: re-unir

Este libro es un intento de re-unir experiencias, escritos y análisis conceptuales que vengo desarrollando en estos últimos veinte años. Muchos de los capítulos formaron parte de intervenciones en libros, revistas, exposiciones, charlas, jornadas y conferencias a las que fui invitada; por ello contienen marcas “orales”, “gestos” y “movimientos” de otras épocas, pero que a partir de nuevas reelaboraciones me permitieron materializar esta nueva configuración.

Aunar la perspectiva de género con la psicomotriz me permite situar preocupaciones políticas, estéticas, éticas y teóricas sobre las infancias, pensando las dimensiones del poder junto con las manifestaciones de la vida corporal. En esta confluencia decido mirar “desde el cuerpo”, “desde abajo”, “desde los desvíos”, es decir, centrada en lo micropolítico, en las tácticas cotidianas, en los escenarios familiares, en las prácticas de crianza, en la intimidad de los consultorios, en las ficciones lúdicas y la capacidad imaginativa, en el decir de las infancias.

Me preocupan las infancias invisibilizadas, sea porque son activamente ignoradas o por ser consideradas diferentes, indisciplinadas, raras, rebeldes, dis-capacitadas, subalternizadas. Esas subjetividades nos impulsan a descentrarnos de ciertas teorías hegemónicas de interpretación, nos “incomodan” e interpelan críticamente, conmueven nuestro sentido común y mueven nuestras propias categorías conceptuales. Son también esas infancias subalternizadas las que nos ayudan a seguir produciendo nuevos sentidos y nuevas afectaciones en búsqueda de mayor comprensión y oportunidades para todes.

Niños, niñas y niñes que por algún motivo y/o circunstancia se alejan de las expectativas esperables para su edad, sexo-género, capacidad, nacionalidad, ciudadanía. Que portan alguna “rareza en sus cuerpos”, resistentes o que no terminan de performatizarse de acuerdo con alguna o varias formas de reconocimientos o validaciones que la sociedad prevé para ellos. Y esto vale (más allá de sus particularidades) tanto para una persona con discapacidad, un inmigrante, una persona pobre, una niña o un niño con un desarrollo psicomotor diferente, una niña o un niño indisciplinado, o une niñe con alguna inconformidad o disidencias sexo-genéricas.

Este libro es también un intento de pensar de un modo situado los lugares y las políticas de las diferencias, considerando las corporeidades en intersectorialidad1 de género, de edad, de discapacidad o diversidad funcional, de clase, de etnia, de raza, de nación.

Encuentro en el ámbito académico una gran resistencia a utilizar el lenguaje inclusivo, ajustándose cabalmente a la estructura lingüística de la convención imperante y la palabra oficial de la Real Academia Española.2 En la Argentina, la Ley de Identidad de Género 26.743 fue sancionada y promulgada en 2012, por lo cual constituye un derecho que tiene cualquier persona a que se la nombre tal y como se autopercibe.

Sabemos que los medios de interpretación y comunicación socioculturales están no solo codificados simbólicamente sino estratificados, es decir, organizados de modos congruentes a partir de los patrones sociales de clasificación. Por eso se hace imprescindible visibilizar y cuestionar el “cis-sistema heteronormativo”3 de asignación de sentidos y reconocimientos.

Advierto, por todo ello, que es por los márgenes de la desidentificación por donde incluso estas infancias parecen transitar, saliendo de estas normas hegemónicas interpretativas, vagando por fuera de los reconocimientos (con el peligro subyacente de patologización, moralización y judicialización).

Estas subjetividades, históricamente ignoradas, son las que nos permiten comprender las sociedades no como estructuras fijas sino en acción y transformación; con modos específicos de conflictividad y sufrimientos, con particulares maneras de constitución de subjetividades, de lenguajes, potencias y repertorios de acciones colectivas. Las lógicas binarias propias de la modernidad no resultan eficaces para pensar las diversidades contemporáneas.

Este libro está escrito desde mis propias “transiciones profesionales”, en un “entre” que desborda (pero incluye) lo psicomotor, lo antropológico, los feminismos, lo queer, lo crip.4 Un “entre” difícil de contornear, sintiendo mi existencia en una nueva forma de “extranjeridad”. Contiene mis propias incertidumbres, contradicciones y aprendizajes que como psicomotricista vengo experimentando, referidos al acompañamiento de niñes en su proceso de corporización y constitución de identidades, tratando de no ser un eslabón más en la cadena de “normalización” o, mejor dicho, de “heterociscapacitismo”5 y “normalización” de sus cuerpos y preguntándome qué tipos de reconocimientos y validaciones son necesarios construir para escuchar la pluralidad de interseccionalidades de la diferencia. ¿Somos capaces de reconocer dentro de las psicomotricidades los sesgos androcéntricos y patriarcales del discurso y de las construcciones teóricas que operan de manera diferencial aun sobre las corporeidades?

Si el patriarcado es ese sistema que, a través de un conjunto de estrategias y tecnologías, busca la opresión y subordinación de las mujeres y sus cuerpos, ¿cómo no preguntarnos como psicomotricistas por las niñas que son minoría en nuestros consultorios y estudios, por las mujeres y las economías del cuidado? ¿Qué interrogantes supone repensar la socialización de niñas, niños y niñes “desmarcada” de la constitución de la familia burguesa y el paternalismo?

¿Cómo no repreguntarnos por la acción, la transformación y la autonomía desde una perspectiva de género que desnaturalice los estereotipos masculinizados de estos sentidos encarnados?

¿Cómo respetar la propia autopercepción genérica que tienen les niñes sin intentar “heteronormatizar” sus expresiones y deseos?

¿Es posible desestabilizar ciertas categorías de normatización corporal como lo femenino/masculino, la capacidad/discapacidad, lo sano/enfermo, lo homosexual/heterosexual…?

¿Se podrá contarles a las niñas y los niños el valor de la historia de las brujas, de las insurrectas, de las luchadoras?

¿Cómo les transmitimos que la maternidad es una elección y no un mandato obligatorio?

Pareciera que la psicomotricidad, desde su propia genealogía, encuentra una convicción “interdisciplinaria”, esa que le dio a nuestra disciplina una identidad; una psicomotricidad que no es lo psico ni lo motor por separado, en una integración que transita una zona liminal de reconocimiento en la que aún tratamos de explicar y explicarnos qué es y cuál y cómo es el hacer de nuestra práctica. Pero advierto que este diálogo interdisciplinario fecundo que la psicomotricidad está habituada a realizar es con ciertas disciplinas afines como el psicoanálisis, la psicología, la pedagogía, incluso con la neurología y la pediatría. Tal vez por ello me entusiasma la idea de pensar en una frontera abierta de intercambios entre la psicomotricidad, la antropología y los feminismos, integrando los aportes de las teorías queer y crip, para que puedan llegar a impregnar y potenciar a la psicomotricidad apelando a la necesidad de una mirada sensible y crítica hacia el interior de la disciplina.

Entiendo que no basta con solo promulgar una ética del deseo y la progresiva autonomía de los cuerpos sin generar desde nuestras epistemologías espacios para repensar las dinámicas del poder, descolonizando y despatriarcalizando nuestras teorías y prácticas para pensar y habilitar un “buen vivir” para las infancias. El bienestar corporal, por el que abogan tanto los feminismos como las psicomotricidades, no se reduce solo al plano material o individual, sino que incorpora la dimensión colectiva, espiritual y ecológica.

Al politizar “lo personal-corporal”, los feminismos expandieron los límites de la protesta más allá de la distribución socioeconómica, para incluir en la reflexión la dimensión de género, las dinámicas del poder en la reproducción material y simbólica de los cuerpos desde el trabajo doméstico, de crianza, de educación, e incluso el terapéutico.

A pesar de las distintas cosmovisiones feministas, a lo largo del tiempo y dentro incluso de los actuales y diversos activismos, nos pensamos en una instancia de cuestionamiento sobre tres ejes productores de desigualdad: patriarcado, capitalismo, colonialismo. Nos encontramos en la lucha por el reconocimiento de desigualdades, la representación situada y la redistribución socioeconómica.

Desde la psicomotricidad valoro especialmente los desarrollos teóricos elaborados por Daniel Calméls porque junto a su perspectiva creo que es posible aunar y apostar a una pragmática vitalista, a una práctica de la ternura, a una poética que se expresa y trabaja (no desde las carencias o déficits, ni sobre las abundancias de capacidades o talentos) sino justamente en el despliegue de las posibilidades y potencias corporales que tiene cada sujeto, cada familia, cada comunidad; conjugando las dinámicas de los placeres, los deseos, las emociones y los afectos corporizados; constituyendo un lugar clave para pensar la socialización desde una ética feminista del cuidado, el reconocimiento y el respeto. Junto a su perspectiva y de la mano de los feminismos decimos, entonces, todos los cuerpos cuentan.

Por último, me asumo en un transfeminismo que practica la transformación sociocultural, repensando mi posición como psicomotricista junto al trabajo de cuidado y el sostenimiento de la vida, apostando desde la poética lúdica al bienestar corporal y efectivo de todas las infancias.

1. La interseccionalidad es el modo en que un tipo de discriminación interactúa con dos o más grupos de discriminación, creando una nueva situación. Busca comprender el modo en que la categoría de género se cruza con otras identidades y cómo los distintos cruces constituyen experiencias únicas de corporización, de opresión o privilegio.

2. Hay, no obstante, importantes avances en ese sentido, desde que algunas universidades argentinas –incluida la Universidad de Buenos Aires– han aceptado el uso del lenguaje inclusivo en producciones tanto escritas como orales.

3. Se denomina “cisgénero” a aquellas personas que se identifican con el género que se les asignó al nacer.

4. El término “crip” surge en el contexto anglosajón y proviene del diminutivo de la palabra cripple, que significa “tullido” en inglés. Al igual que lo sucedido con el vocablo queer (raro), el objetivo era escoger una denominación que había sido considerada en sus inicios de manera peyorativa para luego convertirla en un signo de orgullo por la diferencia (reapropiación y resignificación). Cabe aclarar que asumirse como crip no refiere a la adscripción de una identidad discapacitada sino a una posición ideológica y social que tiene como potencial el ser/hacer incluyente desde una ética que pugna por una vida digna y respetuosa de la diversidad.

5. Se denomina “capacitismo” a una forma de discriminación o prejuicio social contra las personas con discapacidad. Un ejemplo de ello es pensar las ciudades (el espacio urbano y los medios de transportes) únicamente desde la perspectiva masculina adulta, “automovilizada” y “capacitada” para desplazarse sin dificultades corporales. Desde otra concepción, se propone pensar las “diversidades funcionales” ligadas a la idea de dignidad, respeto y reconocimiento de las diferencias.

1. Leer corporizando la letra

Me propongo reflexionar sobre los modos en que la corporeidad se ve implicada en el acto de leer, sabiendo que la complejidad de dicho proceso merecería integrar otras relaciones, perspectivas y lecturas posibles.

Asumiendo tal recorte, me pregunto: ¿qué tipo de relación se establece entre el cuerpo del lector y el cuerpo del autor?, ¿qué lugar tienen nuestras propias escrituras corpóreas en el momento de leer?, ¿cómo se ponen en funcionamiento nuestra mirada y nuestra escucha para abrir legibilidad en lo escrito?, ¿cómo in-corporamos la corporeidad del otro de la enunciación?

Pensando en el lugar de las manifestaciones corporales:1 ¿es posible escuchar la voz del otro en el cuerpo de la letra? ¿Qué clase de indagación corpórea permite trascender lo literal de la letra?

¿Bajo qué condiciones un escrito puede transformarse en un texto?

¿Qué acciones y pasiones se manifiestan en el leer? ¿Qué vinculación tiene la lectura con los sabores, el placer y el hambre de significación?

 

Afectaciones

Leer no es una operación intelectual desprendida del cuerpo. Cuando leemos resonamos tónica, muscular y emocionalmente con lo leído. Nos afectamos, en el mejor de los casos. Asumimos una posición. Nos identificamos con lo dicho, lo rechazamos, lo valoramos –siempre– desde nuestras propias escrituras corpóreas. Leemos desde las voces y los textos que han tramado como soporte a nuestro cuerpo.

 

Efectuaciones

Leemos para que los otros nos escriban y nos ayuden a encontrar nuevas ideas, imágenes y sentires. Leemos y, cuando lo hacemos, lo escrito deviene en texto. Leemos y leer nos transforma, amplía nuestra mirada imaginante y nuestra escucha comprensiva. Leemos para construir significaciones más allá de lo literal. Leemos y abrimos la legibilidad de lo escrito desde el borde de lo que sabemos, imaginamos o pensamos construyendo nuevos espacios de significación.

 

Deseo

No hay una postura corporal ideal para leer. Leer implica una acción deseante. Se puede leer desde cualquier posición y contexto. Seguramente las condiciones ambientales de comodidad pueden facilitar la lectura, pero leer… leer se emparenta más con la necesidad que con la pedagogía de la postura y las posiciones, y, así, hasta de pie y apretujados, leer urge y se torna liberación.

 

Apertura

En el leer nos sentimos necesitados y eso arma una actitud de disponibilidad hacia los otros, una apertura, un compromiso cooperativo que termina de dar vida a un proyecto generativo.

 

Encuentro

Leer corporizando la letra es discontinuar mi propio decir para ir al encuentro de algo que está a punto de ser y me pone en suspenso. Sí, para leer tengo que suspender mis críticas y mis explicaciones, suspender lo mío, mío tallado en mis preconceptos, presentimientos y prejuicios (aunque las lecturas previas, incorporadas, sean las que me permitan contar con códigos de significación para poder leer). Ir al encuentro lector es dejar una zona abierta a lo otro, es hacer un espacio que dé hospedaje a lo tuyo extraño en lo mío. Leer encontrando una zona de proximidad en la sintaxis emigrada.

 

Indagación

Leer no es solo interpretar un escrito críticamente. Lectura crítica… como si fuera posible que ese texto construido estuviera por fuera o ajeno a mí. Tampoco se trata de una lectura devota, esa que toma un escrito como un objeto sagrado al que se le rinde culto de sumisión. Letra petrificada que deja de ser nómada y queda fijada como una estatua, ícono de significación.

Leer nos implica corporalmente en una tarea dedicada y nos compromete en su invención. Leer es una indagación –profana– de un texto. Cuando leo, ese escrito se dirige hacia mí y en ese tránsito se textualiza con mi cuerpo. ¿Qué viene a decirme ese escrito? ¿En qué me afecta? ¿Qué conceptos, ideas, imágenes, sensaciones, interrogantes despierta lo que dice? ¿Qué abre como acontecimiento inédito en mí? ¿De qué modo dice lo que me dice? ¿Qué dice en sus intersticios interpelándome?

 

Voces

Leer no es un acto perceptivo. No se trata de decodificar un código escrito a otro verbal-intelectual. Leemos y las palabras escritas susurran ideas, y la voz de otro se lee en el cuerpo de la letra, y la lengua nos toma por sorpresa y balbuceamos como si las palabras adquiridas necesitaran ser ritmadas de otras formas. En un enunciado puede haber múltiples2 voces, que se corresponden con puntos de vista diversos.

 

Transicional

Leer seriamente es hacer del texto un juguete. La experiencia lectora transcurre en un espacio y en un tiempo transicionales. Entre yo-lectora y otros-autores, entre lo interno y lo externo, entre lo que reconozco y lo que desconozco. No existe una única forma de leer sino modos particulares de leer. Leer es hacer texto. Leer “entre” es tomar cada palabra como si fuese un objeto que se puede lanzar, picar, estirar, encoger, transformar, inventar… no para borrar lo que el otro dice, sino para que lo escrito por el otro devenga en texto significante propio y provisorio para mí.

 

Acciones

Y, así, leer puede amalgamarse con otras acciones. Leer-correr para informarse, leer-saltar de párrafo en párrafo para encontrar algo, leer-soñar imaginando, leer-descansar para confirmar lo ya sabido, leer-conversar para contar con alguien, leer-picotear para endulzar los oídos, leer-arrojar para sacarse de encima ideas tormentosas, leer-bucear para profundizar en algo, leer-caer buscando un sostén, leer-viajar… viajar errante sobre las palabras, viajar sin amenazas por caminos inesperados, libre de absolutos y eternos saberes.

 

Pasiones

Leer apasionadamente (no solo con entusiasmo) es una aventura dionisíaca que nos potencia corporalmente. Leer sintiendo que el texto late en el cuerpo, aun sintiendo que se escapan líneas de significación.

Leer de forma obligada despotencia y mecaniza la lectura. La máquina de leer nos convierte en recitadores y nos garantiza su reproducción. Territorio sedentario en el que se asientan los cánones doctrinarios y disciplinadores del cuerpo.

 

Sabores

Leer con la lengua, lamer un texto –no con las yemas digitales que pasan las hojas–, sino leer comiendo las palabras. El placer por un texto nos hace devorantes de imágenes e ideas. Cualifica nuestros sabores y gustos lectores. Leer y saborear se unen en un acto, como si cada palabra se estacionara en la boca y se digiriera lentamente transformando lo incorporado en sentidos propios.

Leer corporizando la letra es leer con placer (un encuentro erótico con una lengua otra). Leer con placer y como encuentro que alimenta y me permite crecer. Leer, comer de la hoja, aunque sepamos que nos deja siempre hambrientos de significación.

 

Poder

En los textos también es posible analizar la distribución desigual de las competencias lectoras, que suponen un tipo de lector y no otro. Un párrafo extenso se dirige a un público más selecto que un texto organizado en párrafos breves. No solo el contenido del texto sino el tamaño de las letras, el uso de las itálicas, de las mayúsculas, etc., refieren a los aspectos simbólicos del diseño gráfico que tienen como intención orientar y “manipular” la recepción/lectura.

 

Leer en clave feminista

Es interpretarnos desde la propia experiencia como niñas, niños, niñes, mujeres, discapacitadas, discapacitados, migrantes, lesbianas, trans, trabajadoras, indígenas, afrodescendientes; como productoras de sentidos y de valor, en luchas comunitarias por la vida y los territorios, con particulares modalidades de interpretación que impone cada coyuntura, en contrahegemonía del poder patriarcal.

Leer en clave feminista es rodear al escrito con preguntas que permiten, con suerte e insistencia, que ese texto y nuestro propio cuerpo se abran un poco más.

1. Calméls (2019c: 17) señala que la presencia de las manifestaciones corporales son la prueba de la existencia del cuerpo. Es a partir del contacto, los sabores, la actitud postural, los gestos expresivos, la mirada, la escucha, la voz, la expresividad del rostro, las praxias, etc., como el cuerpo cobra existencia. Por ello afirma que “el cuerpo «es» en sus manifestaciones”.

2. Desde la perspectiva del análisis del discurso, la presencia de múltiples voces en el interior de un discurso es interpretada a la vez como una huella del fenómeno de heteroglosia descripto por Mijaíl Bajtín (2002) y como una huella de “la regulación de la formación discursiva” en la enunciación señalada por Michel Foucault (1980).

2. Escribir con la fuerza del cuerpo

Advertencia

En este texto la lectora o el lector no encontrarán reflexiones sobre cómo enseñar a escribir de manera alfabética. Tampoco encontrarán tips o fórmulas para estimular la escritura. No hay ejercicios morales de caligrafía para la “mala letra”, ni un camino correctivo para las disortografías del decir.

Menos aún se homologará el escribir al copiar, al registrar o al duplicar la palabra del otro.

También transmito mis precauciones para aquellos que quieran realizar un trabajo mono-gráfico. A ellas y ellos les digo: no hay un único camino, ni una única forma para el decir. Las citas no son formalidades sino lugares de hallazgo y de encuentro, por eso deben ser habilitadas, más que respetadas. No teman jugar y ensayar con las palabras: ese puede ser un potente camino académico que garantiza la pluri-grafía. “Existe una acción humana que une literalmente cuerpo y palabra: el acto de escribir” (Calméls, 2014: 20).

En este texto, mi intención es trabajar con los aspectos corporizantes de la escritura. Lo que el cuerpo impulsa para poder escribir, y lo que se inscribe corporalmente en el mismo acto del escribir.

Dice Marguerite Duras (1994: 26): “Uno se encarniza. No puede escribir sin la fuerza del cuerpo”.

… y la fuerza del cuerpo ¿se encuentra o se trabaja?, ¿se entrena o se asume?, ¿se impone o se juega?, ¿se quiere o se combate?, ¿escribir como si fuera un deporte?1

… y la fuerza del cuerpo ¿a qué fuerza cuando escribe?

 

Posición y palabra

Escribir no es solo comunicar ni expresar, sino elegir un modo particular de hacerlo. Dice Daniel Calméls (2013):

 

En esa búsqueda está, no solo lo que necesito decir, sino la forma que elijo para decirlo. Parafraseando a Jean-Paul Sartre, diría que uno no escribe porque tenga algo que decir, sino porque elige una forma de decirlo.2

 

Podríamos pensar, entonces, que al escribir elijo un modo particular de poner el cuerpo y la palabra, un modo de suspender algunas de las manifestaciones corporales y de potenciar otras. Un modo de posicionarme en el tiempo y en el espacio (toda posición es ideológica).

 

una mirada desde la alcantarilla

puede ser una visión del mundo

 

la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos. (Pizarnik, 2001: 125)

 

Escribir, entonces, no es solo trabajar con las palabras sino con las imágenes. Hay que escribir pintando, esculpiendo, dándoles formas a aquellas palabras que como materia están a disposición para devenir en otra figuración. Las palabras están para ser combinadas de tal modo que adquieran movimiento, profundidad, color, espesura, ritmo, un nuevo orden.

Para ello, Calméls (2014: 100) dice que las experiencias corporales “son fuente de alimentación de las imágenes. Las vivencias primarias son material para nuestras metáforas verbales. El cuerpo siempre es reservorio”.

El trabajo de la escritura nos corre de la idea de genialidad artística. La escritura como un trabajo corporal “profano”, y no ya como inspiración divina, sagrada o suprema. De este modo, Calméls (2013) expresa: “La escritura no es idea que se exporta al papel, ni palabras que se importan del aire, sino trabajo original sobre el papel”.

Dudamos, tal vez por eso escribimos: “La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir” (Duras, 1994: 55).

 

Combatir las imposturas

Para escribir se necesita trascender la mecanización realista, desestabilizar los clichés habituales, los estereotipos, las imposturas. Hay que singularizar una sensación, subjetivar y tensar la palabra, autorizarse en un decir, hacer creíble un relato.

Trabajar la palabra necesita reescrituras, retrocesos y revueltas. Escribir no es solo contar una historia, sino que implica asumir una posición que se toma sobre ella. No se trata de decir “la verdad” sino de recrear la realidad, de instituir “verdades provisorias” desde la fuerza de la propia mirada y escucha.

La escritura no es una manera de explicar sino una forma de actuar y ponerse en acción.

 

La palabra como gesto

La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; también la elección de las palabras y la sucesión de los argumentos. (Nietzsche, 1844-1900)

 

Los gestos sutiles son quizá una de las mayores fuerzas de la escritura. Son los detalles-gestos los que le dan estilo al cuerpo del texto. Se trata no solo de palabras-detalles, sino de gestos-detalles, es decir, de un campo de expresividad que integra una particular mirada. Mirar entre la visión y la ceguera, como expresaría Calméls. Mirar, mirarse… focalizando búsquedas y dejándose sorprender con las distracciones. Expresar inscribiendo. Mirar con insistencias y con fugas que encuentran una nueva forma de ritmar para cada palabra.

Los gestos sutiles temporalizan las palabras. Hay que saber “dosificar el suspenso”, decía Roland Barthes (2011). Y en la sutileza las palabras pueden extenderse o encogerse, distanciarse o acercarse; pueden bordear los márgenes u ocupar el personaje principal del escenario textual.

Los gestos-palabras, sutiles, dicen y no dicen, se muestran por ocultación, esconden para seducir al lector. Tal vez por eso Marcel Proust (1971: 16) dijera: “Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera”.

 

Soledad y mundo

Escribir es un momento intenso de intimidad. ¿Un refugio silencioso? ¿Una soledad necesaria para la apertura al mundo? ¿La soledad con alas?

 

Yo no sé de pájaros,

no conozco la historia del fuego.

Pero creo que mi soledad debería tener alas. (Pizarnik, 2001: 91)

 

Cuando se escribe se está solo, pero necesitado de otros. A veces, profundamente acompañado por los otros-textos que se han leído y que han dejado marca en quien los leyó. Se escribe no solo sobre el mundo sino desde el mundo corporizado y para el encuentro con otros cuerpos.

 

No es solo la escritura, lo escrito, también los gritos de las bestias de la noche, los de todos, los vuestros y los míos, los de los perros. Es la vulgaridad masificada, desesperante, de la sociedad. (Duras, 1994: 26)

 

En el texto escrito converge, por lo tanto, la historia del escribiente con parte de la historia de la humanidad. ¿La escritura como agenciamiento colectivo de enunciación? ¿Huella? ¿Signo móvil? ¿Sombra de mi sombra que se va empequeñeciendo hasta desaparecer?

 

No hay escritura que quede inmóvil. Una escritura está hecha justamente para entrar en otra escritura y perder en esa otra escritura parte de su origen, parte de su autor. Es decir, la huella perdió al autor. Quedó la huella. (Paín, 1997)

 

Escribir nos exige el esfuerzo de estar a la escucha de lo que sentimos, pensamos y/o valoramos en el mundo.

 

Herida y ausencia

Trabajar una materia con fuerza, fabricar o combinar palabras no es siempre darles preciosidad estilística, caligrafía estética, brillo sintáctico y belleza barroca a lo semántico.

Tampoco se trata del mito romántico que instala al escritor en un puro dolor, desgarramiento y/o desolación.

Pero si no es desde donde algo me falta y me duele, ¿para qué escribir? ¿Escribir es el lenguaje del ausente? ¿Para escribir hay que ser más fuerte que lo que se escribe?

 

La actividad creadora que requiere la producción de obras de arte tiene una función primordial en la constitución del sujeto, le permite poner a trabajar el dolor, darle una dimensión social, materializarlo… El objeto creado surge como resultado de una búsqueda, de una práctica en lucha contra el dolor y la alienación. (Calméls, 2013)

 

Se escribe y se lucha, entonces, con los aspectos saludables, con los que uno cuenta…

 

No forzosamente el escritor cuenta con una salud de hierro (se produciría en este caso la misma ambigüedad que con el atletismo), pero goza de una irresistible salud pequeñita producto de lo que ha visto y oído de las cosas demasiado grandes para él, demasiado fuertes para él, irrespirables, cuya sucesión le agota, y que le otorgan no obstante unos devenires que una salud de hierro y dominante haría imposibles… De lo que ha visto y oído, el escritor regresa con los ojos llorosos y los tímpanos perforados. (Deleuze, 2006: 14)

 

Escribir es de algún modo conectarse con el dolor y transformarlo. Duelar las palabras que no encuentro, tramitar las heridas, trabajar con los miedos, las incertidumbres, las broncas y las inseguridades. Cicatrizar.

Por eso escribir es arriesgarse, atreverse a decir, reinventarse corporalmente.

 

Lengua y estilo

Más que convención de la expresividad se trata de ser convincente con la expresividad de la palabra escrita. La lengua escrita, como sabemos, tradicional y arbitraria, instituye un orden social para el decir. Es el horizonte compartido por todos los hablantes. Los signos (palabras) se combinan conformando frases; sin embargo, eso solo no alcanza para constituirse como escritura. Escribir es lengua y estilo, texto y contexto.

El estilo refiere al cuerpo del escrito y del escritor en cuanto “expresión de su mitología personal”, al decir de Barthes (2011: 18). El estilo lucha contra la lengua (aun estando implicado en ella). El discurso escrito supone más que reglas gramaticales. “Es a través de las palabras, entre las palabras, que se ve y que se escucha” (Deleuze, 2006: 9).

¿Habrá que distanciarse de la ley instituida para encontrar el estilo instituyente? ¿Al escribir hay que separarse del camino protector: directo y convencional?

La dimensión discursiva se produce teniendo en cuenta su contexto de producción y de recepción –pero sin estar del todo sometido–; el estilo se torna subjetivo, creativo, revolucionario, “lengua extranjera” cuando se enlaza la creatividad con la sociedad.

 

… invención de una nueva lengua dentro de la lengua mediante la creación de sintaxis. “La única manera de defender la lengua es atacarla…” Cada escritor está obligado a hacerse su propia lengua. (Deleuze, 2006: 17)

 

El estilo, por su parte, expresa Calméls (2013), no está tanto en el talento sino en lo que falta y me sesga en su diferencia.

Asimismo, el estilo nunca es absolutamente personal ya que, al materializarse, está fuera de y, por lo tanto, se separa de algún modo del cuerpo del escritor.

Escribir con estilo es también dejar marcas personales sobre nuestra existencia sin la garantía de perpetuidad, ya que sabemos que el texto termina de conformarse en el cuerpo del lector.

No es desde la pura expresividad que se escribe con estilo, sino que desde la convención de la expresividad el estilo encuentra en la diferencia su modo particular de decir.

 

Voces y gritos

Un primer salto cualitativo en la historia de la escritura occidental se inicia con la invención del alfabeto griego (siglo IX a.C.), que proporciona un sistema de escritura fonético de enorme simplicidad. Con él llega de algún modo la “democratización de la cultura”. Preservación y expansión de conocimientos que multiplican las posibilidades del saber y el campo de la literatura.

En estos comienzos y hasta adentrada la Edad Media, la palabra escrita suponía un destinatario lector dispuesto a leer en “voz alta”. La letra en proximidad con el cuerpo del lector fue una de las primeras formas en las que las “letras mudas” pudieron encontrar voz. Los significantes sonoros se anticiparon a la construcción de significantes realizados por el ojo.

Cabe destacar que la escasez de soportes de escritura, añadido a que había muy pocas personas capacitadas para leer, creaba la necesidad de acudir a un cuerpo-soporte (el de un lector) que permitía la “multiplicación sonora de la letra”. De este modo, la voz del lector expandía la letra hacia los “oyentes del texto”.

Desde entonces y hasta bien avanzado el siglo XIX –cuando en Europa y en algunos países de América se implementó la educación primaria obligatoria–, el texto se escuchaba más de lo que se leía.

El escritor necesita encontrar una voz que pueda entonar las palabras escritas: suavizarlas, ritmarlas, silenciarlas, matizarlas o elevarlas si fuese necesario.

 

La textualidad femenina

Con “letra pequeña, prolija”, así me decían que tenía que escribir una niña…

Si las tachaduras y los borrones para la pedagogía disciplinaria siempre fueron motivo de sanción durante los aprendizajes escolares, en general, para todas las infancias, el cuaderno de una niña debía tener en particular aún más obligaciones y esforzarse por alcanzar el orden de “su apariencia”, bordar el nombre antes de practicar la firma (¿habré firmado alguna vez en el colegio?), la “buena forma” antes que jugarse con la propia palabra.

El refugio: los “diarios íntimos” ¿equivalente a la escritura autobiográfica en la literatura?

Las autobiografías, la poesía y las correspondencias fueron los lugares remanentes habilitados a lo largo de la historia para la textualidad femenina. Producciones reguladas donde prima lo íntimo, los afectos y la sensibilidad (siempre al servicio del otro).

En el ámbito literario, como en el arte en general, las mujeres han sido relegadas o reducidas a menciones parciales. Muchas veces tuvieron que recurrir a seudónimos, escribir de manera anónima, y por ello resignarse a ser personajes secundarios entre sus pares, los escritores varones.

Esconderse bajo el seudónimo masculino3 fue la estrategia encontrada por numerosas mujeres para proteger su vida personal y encontrar un lugar de “libertad de expresión”, desmarcadas de los usos y cánones de la época y el machismo. Una vez más, la postergación individual en función de lo público.

Sabemos que el poder androcéntrico y el sueño lineal colonizador han cercenado la lengua femenina, construyendo visiones del mundo desde la perspectiva masculina. Las estrategias de producción de verdad, las supuestas objetividades cientificistas, contienen fuertes estereotipos sexistas en los que es posible leer los hábitos de la virilidad, el paternalismo y la hegemonía.

La escritura es otro modo de problematizar la esfera de lo íntimo y de lo público, de lo inédito y de lo editado.

La escritura-autonomía implica una reinterpretación de los significados sociales de nuestro cuerpo como si pudiéramos expresar “dejen ya de escribir la historia por mí”.

 

Ritmo y devenir

Escribir es proceso, un medio, un entre, un devenir que excede lo realmente vivido, como lo expresa también Gilles Deleuze (2006: 12):

 

Escribir es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida. Es un proceso, es decir un paso de vida que atraviesa lo vivible y lo vivido. La escritura es inseparable del devenir.

 

Escribir, por lo tanto, tampoco es un estado. Escribir es pulsar, transcurrir, respirar, musicalizar, ritmar palabras, devenir en texto.

La posición desde donde se mira el mundo, la actitud postural que dispone a la escucha, la mano que traza las letras, los gestos sutiles que calman las heridas; las voces, los silencios y los gritos que se enuncian; la lengua y el estilo que se enlazan; el ritmo, las respiraciones y las intensidades encarnadas genéricamente en el texto nos advierten que “no se puede escribir sin la fuerza del cuerpo” (Duras, 1994: 26).

1. Gilles Deleuze (2006: 12) recuerda que, para el poeta Henri Michaux, el escritor “es un deportista en la cama”. Tal vez por eso la escritura se complejiza cada vez más a medida que se escribe pero, a diferencia del atleta, su “alto rendimiento” se encuentra en el mayor de los reposos.

2. Para más información al respecto, ver la entrevista realizada a Daniel Calméls (2013) en la revista digital Evaristo Cultural que lleva por título “Escribir con la fuerza del cuerpo”.

3. Algunas, entre muchas, de las que tuvieron que recurrir a un seudónimo masculino fueron las británicas Charlotte Brontë (“Currel Bell”, 1816-1855), Mary Ann Evans (“George Sand”, 1819-1880) y Anne Brontë (“Acton Bell”, 1820-1949), la española Clara Campoamor (“C. Campoamor”, “Clamor”, 1888-1972), las francesas Amantine Dupin (“George Eliot”, 1804-1876) y Sidonie Gabrielle Colette (quien publicó sus primeras obras bajo el nombre de su marido Henry Gauthier Villars o “Willy”; 1873-1954). En la Argentina, podemos mencionar a Emma de la Barra (“César Duayén”, 1860-1947) y a la poeta Olga Orozco (1920-1999), quien utilizó al menos ocho seudónimos masculinos en sus contribuciones periodísticas a la revista Claudia.