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Del autor superventas Chris Carter, cuyas novelas han vendido millones de ejemplares, llega ahora el thriller de Robert Hunter más absorbente e implacable hasta la fecha. Empieza con el miedo. Un asesinato como ningún otro. Un asesino más retorcido de lo que jamás ha visto. Un caso que lo llevará al límite. ¿Alguien podrá por fin con Robert Hunter? —¿Cree usted que existe el diablo, detective? —pregunta el agente al otro lado del teléfono—. Porque si no es así…, puede que cambie de opinión en cuanto llegue aquí. Tras recibir el aviso, Robert Hunter llega a la escena del crimen más escalofriante y brutal a la que ha acudido jamás. El horror aumenta cuando, durante la autopsia, encuentran dentro del cuerpo de la víctima una nota con el verso de un poema dejado por el asesino. Cuando poco tiempo después se encuentra otro cadáver, el método utilizado y la firma del asesino son tan distintos del primero que los forenses al principio no ven ninguna relación entre los crímenes. Pero el nivel de violencia sugiere que los ha cometido la misma persona y, cuando encuentran otra nota, Hunter y Garcia sospechan que la ola de asesinatos no ha hecho más que empezar. El detective Robert Hunter debe atrapar al asesino más disciplinado y metódico al que se ha enfrentado nunca, alguien que se alimenta del miedo de sus víctimas y para quien la muerte es una lección que debe enseñarse. --- «Un escritor de thrillers excepcional». Daily Mail ⭐⭐⭐⭐⭐ «El expsicólogo criminalista Carter sabe crear asesinos en serie que hielan la sangre. Prepárate para una lectura de infarto». Heat ⭐⭐⭐⭐⭐ «Carter es uno de esos autores que hacen que escribir parezca sencillo… No pude dejar el libro hasta llegar a la última página». Crimesquad ⭐⭐⭐⭐⭐ «Una serie policiaca increíble. Extraordinariamente bien escrita, con calidad y dramatismo de principio a fin». Liz Loves Books ⭐⭐⭐⭐⭐ «Un thriller intrigante y aterrador». Better Reading ⭐⭐⭐⭐⭐ «Un festín trepidante de emociones fuertes». Shots ⭐⭐⭐⭐⭐ «Un libro que no puedes dejar de leer». Express ⭐⭐⭐⭐⭐ «Un thriller psicológico absorbente». Breakaway ⭐⭐⭐⭐⭐ «Contundente y de ritmo ágil». Sunday Mirror ⭐⭐⭐⭐⭐
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Seitenzahl: 787
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Chris Carter
Genesis
Título original: Genesis
Copyright © Chris Carter, 2022
Copyright © Jentas A/S, 2026
Traducción: Daniel Conde Bravo © Jentas A/S
Cubierta: Jentas A/S
ePub: Jentas A/S
ISBN 978-87-428-1432-1
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.
Queda prohibido el uso de cualquier parte de este libro para el entrenamiento de tecnologías o sistemas de inteligencia artificial sin autorización previa de la editorial.
This edition is published by arrangement with Darley Anderson and Associates Ltd.
Con mirada de preocupación, la taxista observaba cómo una Melissa Hawthorne bastante borracha abría una de las puertas traseras de su Mazda 3 plateado y salía torpemente del vehículo en la acera frente a la puerta de su casa. Eran casi las dos de la madrugada de un domingo y Melissa llevaba bebiendo desde, aproximadamente, las nueve de la noche. Ella no solía beber mucho. Tampoco era habitual que se emborrachara tanto, pero se trataba del vigésimo octavo cumpleaños de su mejor amiga, que se había celebrado en el Broken Shaker, un bar de cócteles junto a una piscina con un ambiente muy relajado, al más puro estilo South Beach, situado en la azotea del histórico hotel Freehand, en el centro de Los Ángeles. Melissa había descubierto que la mezcla de unos cuantos cócteles afrutados y varios jägerbombs eran una combinación letal. Aunque se lo había pasado en grande, estaba temiendo la resaca descomunal que la aguardaba al despertar.
—¡La puerta…! —exclamó la conductora—. ¿Podría cerrar la puerta, por favor?
—Ah, sí. Lo siento —respondió Melissa con voz temblorosa, antes de empujar la puerta trasera del Mazda con la cadera. El esfuerzo resultó engorroso y poco eficaz, además de carecer de la fuerza necesaria como para que la puerta se cerrara bien.
—No, no se ha cerrado —advirtió la conductora, poniendo mala cara.
Melissa le dedicó una sonrisa infantil y lo intentó por segunda vez, pero, en lugar de limitarse a darle un empujón rápido a la puerta, volvió a abrirla por completo antes de repetir el movimiento de la cadera, esta vez con aún menos fuerza que antes.
—¡Uy!
—Está bien —dijo la taxista, moviendo la cabeza de lado a lado en un gesto de desesperación—. Lo haré yo. No se preocupe.
Mientras la conductora se bajaba del coche y lo rodeaba, Melissa avanzó tambaleante hacia la puerta de su casa, donde, entre intentar encontrar las llaves de casa y encajar la correcta en la cerradura, se le fueron casi dos minutos y medio.
Cuando por fin accedió al interior, cerró la puerta, se sirvió un vaso de agua y se dirigió a su dormitorio, situado al fondo de la casa. Dejó el bolso sobre la mesilla de noche, se dio una ducha rápida y se metió por fin en la cama. Mientras lo hacía, miró su móvil. Eran las 2:28 de la madrugada.
Ningún mensaje.
Melissa se estaría mintiendo a sí misma si no reconociera que se sentía un poco decepcionada. En el Broken Shaker había conocido a alguien que la había atraído bastante. Se llamaba Mark, y después de varios cócteles, unos cuantos chupitos y muchas risas, habían intercambiado sus números de teléfono.
Justo antes de marcharse de la coctelería, Mark le había preguntado a Melissa si quería que la acompañara. Melissa se había sentido tentada. Muy tentada. Hacía más de seis meses que no se acostaba con nadie, después de haber pillado a su novio, con el que llevaba saliendo dos años, engañándola con una compañera de trabajo. Sin embargo, a pesar de lo borracha que estaba y de cuánto le había atraído Mark, Melissa no había querido mostrarse demasiado entusiasmada; según sus propias reglas, llevarse a alguien a la cama la primera noche nunca daba buena imagen.
—Tal vez a la próxima —le había respondido, enviándole a Mark una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera.
Para sus adentros, Melissa esperaba que le mandara algún mensaje antes de acostarse. Nada demasiado extravagante. Tal vez solo un «Espero que hayas llegado bien a casa», o quizá un simple «Ha sido un placer conocerte esta noche». Algo que le hiciera saber que estaba pensando en ella. Mark no parecía pertenecer a ese grupo de hombres convencionales que esperan hasta el siguiente miércoles antes de mandar un mensaje.
Dos y media de la madrugada.
Todavía sin mensajes. Ninguna llamada perdida.
«Mel, le estás dando demasiadas vueltas —se dijo a sí misma—. Ya sabes cómo funciona esto, ¿no? Te mandará un mensaje mañana».
Dejó el teléfono sobre la mesa, apagó las luces y hundió la cabeza en las almohadas, pero, cuando estaba a punto de dormirse, oyó vibrar el móvil sobre la mesilla de noche, y justo después escuchó el pitido característico que anunciaba la llegada de un mensaje nuevo. Parpadeó hasta despertarse del todo, sonrió con seguridad y lo cogió.
¿Te lo has pasado bien en la fiesta?
A Melissa se le iluminó el rostro con una sonrisa.
Y tanto.
Melissa era de ese tipo de personas que eran capaces de escribir en el móvil solo con los dos pulgares. Y lo hacía a una velocidad vertiginosa.
¿Y tú?
Yo no he estado en la fiesta.
Melissa frunció el ceño al leer esa respuesta. Todavía se sentía un poco borracha y daba por hecho que el mensaje procedía de Mark, así que no le había dado por comprobar el nombre del remitente.
Desconocido.
La sonrisa se borró de sus labios. Respondió rápidamente.
¿Quién eres? Mi teléfono no ha reconocido este número.
La siguiente respuesta tardó unos quince segundos en llegar.
Claro, es imposible que lo reconozca. Seguro que no me tienes entre tus contactos.
Melissa se incorporó, se apoyó contra el cabecero de la cama, encendió la lamparita de la mesilla de noche y contestó.
Entonces, ¿quién eres? Y si no estás en mi lista de contactos, ¿cómo has conseguido mi número?
¿Que quién soy? Bueno… para ti, seré un mentor, Melissa. Una especie de maestro.
Melissa arrugó la frente, incapaz de ocultar su desconcierto. No era la respuesta que esperaba.
¿Un mentor?
Así es. Yo educo. Enseño. Y todo esto forma parte de una gran lección, Melissa.
Fue en ese momento cuando Melissa comprendió lo que estaba sucediendo. Se acordó de que Mark le había contado que era profesor de instituto. Si no recordaba mal, se dedicaba a enseñar álgebra.
—Ah, vale —dijo en voz alta, asintiendo para sí misma. Mark debía haber desactivado el identificador de llamadas para que no reconociera su número y era él quien le estaba escribiendo, probablemente todavía medio borracho, intentando ser seductor, o divertido, o misterioso… o algo así.
«Qué mono —pensó—. Pero espero que no esté intentando ser gracioso solo para pedirme algunas fotos desnuda».
Aunque se sentía cansada, Melissa decidió complacerlo, al menos por un rato. Así que le respondió.
Conque una lección, ¿eh? Vas a enseñarme algo, ¿no? A ver, ¿qué vas a enseñarme?
El teléfono de Melissa no tardó en vibrar y sonar con una respuesta.
La primera lección, Melissa, será sobre el miedo.
Melissa entrecerró los ojos al leer el mensaje.
«¿Miedo?», se preguntó para sí misma.
¿Habría sido el corrector del móvil de Mark? ¿Habría querido escribir otra cosa?
A ese mensaje le siguió rápidamente otro.
Después te enseñaré sobre el dolor…
Los ojos entrecerrados se convirtieron en un ceño fruncido, en un gesto de preocupación.
Y, enseguida, un tercer mensaje.
Y cuando por fin entiendas lo que significan esas dos cosas, Melissa, te enseñaré lo que significa la muerte.
Los ojos de Melissa se abrieron de par en par entre sorpresa y repulsión ante las palabras que aparecían en su pantalla. Si realmente se trataba de Mark, tenía un sentido del humor de lo más macabro. Así que le volvió a responder.
¿Qué coño dices? Mark, ¿eres tú? No tiene ninguna gracia. De hecho, es bastante perturbador, y más a estas horas de la madrugada. Estás borracho, acuéstate ya.
Unos instantes después, recibió una nueva respuesta.
¿Mark? ¿Quién es Mark? ¿Es el que te estás follando ahora, Melissa?
«¿Qué?», exclamó Melissa jadeando, echando la cabeza un poco hacia atrás.
No, no era Mark. Ahora estaba bastante segura de ello. En el bar le había parecido una persona dulce, educada, inteligente y bastante divertida. Por muy borracho que Mark pudiera estar, la persona que le estaba escribiendo en nada se parecía a él.
Melissa ya había tenido suficiente.
Escúchame. Seas quien seas, esto ha sido muy grosero y una falta de respeto. Voy a bloquear tu número ahora mismo.
Casi al instante, recibió una respuesta.
Espera…
Melissa se detuvo un momento.
Hay algo que es muy importante que sepas.
Se quedó mirando la pantalla de su teléfono, como si fuera una madre que está esperando a que su hijo se disculpe.
¿Sigues ahí?
Sí. Estoy aquí, esperando. ¿Qué se supone que debo saber?
En lugar de palabras, el siguiente mensaje que recibió Melissa contenía cuatro emoticonos. Una luna, un coche, una puerta y, por último, una casa.
Melissa movió la cabeza de lado a lado al mirar aquel mensaje; luego, se encogió de hombros. Escribió las siguientes palabras como respuesta, a la vez que las recitaba en voz alta.
¿Qué coño se supone que significa eso?
Significa que esta noche, Melissa, después de volver de tu fiestecita y salir a trompicones del taxi… hará una media hora… se te olvidó echar la llave de la puerta de tu casa.
Al leer esas palabras, Melissa sintió que el miedo le recorría toda la espalda hasta la nuca en forma de escalofrío, y, de forma instintiva, su mirada nerviosa se dirigió hacia la puerta de su dormitorio.
«¿Será esto algún tipo de broma estúpida?», se preguntaba la voz de la razón en su cabeza.
Quizá.
Pero, de ser así, las dos siguientes preguntas que se hizo le resultaban muy alarmantes.
¿A quién conocía que fuera capaz de gastarle una broma tan desagradable?
«A nadie», concluyó.
Y, lo peor de todo, ¿quién podría saber que había salido a trompicones de un taxi y entrado en su casa una media hora antes? El margen de tiempo era demasiado exacto como para que hubiera sido fruto de una simple conjetura.
¿Sería la taxista?
«No», pensó Melissa, descartando rápidamente esa idea. No podía ser.
El momento que siguió estuvo marcado por la indecisión y las dudas. Pero no duró mucho, ya que fue interrumpido por otro mensaje.
Pero no pasa nada, Melissa. No te preocupes. Ya he echado yo la llave por ti.
Melissa no sabía qué hacer. ¿Debía responderle? ¿Debía bloquear el número de la persona que le estaba escribiendo? ¿Debería ir a comprobar la puerta de su casa? ¿Llamar a la policía o a alguna otra persona? ¿Qué debería hacer?
Piii. Otro mensaje.
Mira. Échale un vistazo.
Esta vez, el mensaje iba acompañado de un vídeo de ocho segundos de duración.
Melissa vaciló durante una fracción de segundo, pero no pudo resistirse a la curiosidad. Pinchó sobre el archivo adjunto y el vídeo comenzó a reproducirse en la pantalla. Empezaba mostrando las llaves de su casa colgando de la cerradura de la puerta, por la parte de dentro. Un segundo después, aparecía una mano cubierta con un guante, que cogía una de las llaves y la giraba para cerrar la puerta. Luego, la sacaba de la cerradura.
«¿Qué cojones?», murmuró Melissa, pero el vídeo aún no había terminado. Después de enfocar cómo se extraía la llave de la cerradura, la cámara se dirigía a su cocina y enfocaba el reloj digital que había sobre la encimera, junto al frutero. Marcaba las 2:24 de la madrugada.
Melissa dirigió su mirada hacia la esquina superior izquierda de la pantalla de su teléfono: eran las 2:38.
Habían pasado catorce minutos. Eso quería decir que, mientras se grababa el vídeo, ella se había estado duchando.
Justo antes de terminar la reproducción, el remitente susurraba algo al micrófono, pero no lo bastante alto como para que Melissa entendiera lo que decía. Retrocedió el vídeo unos segundos, subió el volumen del móvil y se lo acercó a la oreja, pero no pudo llegar a oír nada con claridad.
Mientras se llevaba el teléfono a la oreja, Melissa giró ligeramente la cabeza hacia la derecha, en dirección a la puerta de su dormitorio, que siempre dejaba entreabierta.
Fue en ese momento cuando por fin comprendió que no estaba sola en su casa.
En la penumbra del pasillo, en la rendija que quedaba entre la puerta de su habitación y el marco de la misma, vio un rostro que le sonreía.
—¡Buenas! —saludó la mujer alta de tez aceitunada mientras abría la puerta para recibir al nuevo invitado—. Tú debes ser Robert.
El detective Robert Hunter, de la Unidad de Crímenes Ultraviolentos del Departamento de Policía de Los Ángeles, se sorprendió un poco, pero su expresión no lo reveló. En lugar de eso, sonrió con amabilidad y asintió con la cabeza.
—Ese soy yo, sí.
El cabello de color azabache de la mujer caía muy por debajo de sus hombros y resaltaba impecablemente la intensidad de sus ojos, de un tono ámbar amarronado. Los rasgos delicados de su rostro juvenil se veían acentuados por dos hoyuelos cautivadores, uno en cada mejilla, que aparecían cada vez que hablaba.
—Yo soy Denise —se presentó ella, devolviéndole la sonrisa y ofreciéndole una mano con una manicura perfecta. Las uñas relucían en rojo carmesí, un color que iba a juego con su pintalabios—. Soy una vieja amiga de Anna.
—Encantado —respondió Hunter, estrechándole la mano.
Denise llevaba unas zapatillas deportivas blancas y una camiseta del mismo color metida por dentro de unos vaqueros azules descoloridos que tenían un desgarro natural justo por encima de la rodilla izquierda. Del collar de plata que llevaba en el cuello pendía un diminuto corazón anatómico, trabajado con gran detalle.
—Ya estás aquí —dijo el detective Carlos Garcia, compañero de Hunter en la Unidad de Crímenes Ultraviolentos, al aparecer detrás de Denise vistiendo un delantal largo y oscuro. En el mismo, en letras grandes y blancas, se podía leer: «Besa al Chef».
—Preferiría no hacerlo —comentó Hunter, señalando esas palabras con la cabeza.
Garcia se rio entre dientes.
—Es un regalo de Anna —aclaró—. Como si no te lo pudieras figurar.
—¿Te la llevo? —le preguntó Denise a Hunter, dispuesta a coger la bolsa de la compra que el detective llevaba consigo. Los hoyuelos de sus mejillas aparecieron y desaparecieron con idéntica rapidez.
—Claro. —Le entregó la bolsa—. Gracias.
—Venga, pasa —instó Garcia, usando la espátula de la barbacoa que llevaba en la mano derecha para hacerle un gesto a Hunter para que entrara.
—Voy a dejar esto en la cocina —anunció Denise, antes de desaparecer hacia el interior de la casa.
—Has llegado en el momento perfecto —dijo Garcia, mientras Hunter entraba ya en el pequeño vestíbulo de su compañero y cerraba la puerta tras de sí—. Acaba de salir de la barbacoa la primera tanda de picaña. Anna la está cortando justo ahora mismo.
La picaña era el corte de ternera más popular en Brasil. Debido a su marmoleado casi impecable y a su ternura, muchos la consideraban la carne perfecta para una barbacoa. Hunter no había oído hablar de ella en su vida hasta unos años atrás, cuando Garcia lo invitó por primera vez a una barbacoa en su casa.
Garcia, que había nacido en Brasil pero se había marchado de allí a la temprana edad de diez años después de que el matrimonio de sus padres se derrumbara, había heredado de su padre su destreza con la parrilla, y, en honor a la verdad, se le daba realmente bien.
—Todo el mundo está fuera —informó Garcia a Hunter, con un movimiento rápido de la cabeza—. Ve para allá, que tengo que coger una cosa de la cocina. Te veo fuera.
No podría decirse que Hunter fuera tímido, pero tampoco era la persona más extrovertida del mundo, en especial en todo lo relacionado con las reuniones sociales.
—¡Robert! —exclamó Anna en cuanto Hunter puso un pie en el patio trasero.
Garcia se había casado con su novia del instituto casi inmediatamente después de que ambos se graduaran. Siempre optimista, incondicional en su apoyo y muy lista, Anna era también la mujer más dulce que Garcia había conocido en su vida. Su belleza, a pesar de no ser demasiado convencional, era hipnotizadora.
Anna, a quien le comenzó a asomar una sonrisa entre los labios, se acercó a Hunter y le dio un beso en cada mejilla. Su pelo, corto y oscuro, estaba un tanto revuelto, sobre todo por haber desplazado sus gafas de sol desde los ojos hasta la cabeza y, luego, de nuevo a los ojos. Cuando Hunter salió al exterior, acababa de ponérselas una vez más en la cabeza.
—Has venido —le dijo.
Hunter frunció el ceño ante el gesto de sorpresa de Anna.
—¿No vengo siempre?
Anna se rio.
—Si es para una barbacoa, sí.
—Gracias por invitarme otra vez.
—Siempre es un placer, Robert, ya lo sabes, pero ven, deja que te presente a los que no conoces.
Había otras tres personas sentadas relajadamente alrededor de una mesa de exterior circular. Una cuarta se encontraba de pie junto a la impresionante barbacoa de ladrillo que Garcia había construido con sus propias manos.
—Este es Martin —explicó Anna, señalando a un hombre alto y muy delgado. Parecía unos años mayor que la mujer junto a la que estaba sentado—. Y ella es su compañera, Charlotte —prosiguió Anna.
—Un placer —dijo Hunter, estrechándoles la mano—. Yo soy Robert.
—Te acuerdas de Paulo, ¿verdad? —continuó Anna, dirigiéndose ahora a la persona que estaba junto a la barbacoa, dándoles la vuelta a unos chorizos—. Lo conociste la última vez que viniste.
—Sí, por supuesto que sí —dijo Paulo, girándose y saludando a Hunter con un gesto de la cabeza y una sonrisa luminosa—. Qué pasa tío, ¿cómo estás?
—Muy bien. ¿Y tú?
—Perfectamente —contestó Paulo, que tenía un acento brasileño todavía muy marcado—. Deberías probar estos chorizos argentinos. Están tan buenos que se te pone la piel de gallina.
—Y, por supuesto, Denise, a quien ya has conocido —dijo Anna, señalando con la cabeza a su amiga de la infancia, que estaba sentada a la izquierda de Charlotte.
—Sí, ya nos hemos presentado.
Una vez más, Denise sonrió a Hunter, pero esta vez la sonrisa vino acompañada de un guiño sutil.
—Voy a traerte un plato con un poco de picaña para empezar —dijo Anna, haciendo un gesto con la cabeza hacia un asiento vacío—. Las bebidas están en la cocina.
—Muchas gracias, Anna —respondió Hunter, que a continuación se dirigió al resto del grupo—. ¿Alguien quiere que le traiga algo de beber?
—Nosotros estamos bien, gracias —dijo Martin, señalando las latas de cerveza que Charlotte y él tenían sobre la mesa.
—Yo también estoy servido, gracias —dijo Paulo, que volvía a la mesa con un plato lleno de chorizos.
—¿Anna? —preguntó Hunter.
—Gracias, Robert, pero Carlos está dentro preparándome una caipiriña.
—Ah, perfecto —comentó Hunter. Luego, volvió a mirar a Denise.
—Yo sí quiero algo —aseguró ella—. Si no te importa.
—Por supuesto que no. Será un placer. ¿Qué te traigo?
—Un tinto, por favor. —Denise le entregó a Hunter su copa vacía.
—Marchando —dijo Hunter mientras se daba la vuelta y volvía a entrar en la casa.
Sobre la encimera de la cocina encontró tres botellas de vino tinto junto con una pequeña selección de licores. Garcia acababa de exprimir limas para la jarra de caipiriña.
—¿Quieres una? —le preguntó a Hunter, señalando la jarra—. Ya sabes lo buena que está mi caipiriña.
—Sí que lo sé —asintió Hunter mientras cogía una copa limpia y una botella de Malbec argentino—. También sé que es letal, así que quizá más tarde. Creo que voy a empezar con un poco de vino.
Garcia hizo una pausa y le arqueó las cejas a su compañero.
—Supongo que la otra copa es para… ¿Denise?
—Es la única que quería algo.
Garcia sonrió.
—Es simpática, ¿verdad?
—¿Quién, Denise?
Garcia dejó escapar una risita y se apoyó sobre la encimera de la cocina.
—Sabes que eso no va contigo para nada, ¿verdad?
—¿El qué? —Hunter terminó de servir la segunda copa de vino.
Garcia le señaló.
—Justo lo que estás haciendo ahora mismo, Robert: hacerte el tonto. No es tu estilo y se te da como el culo, así que déjalo ya.
Hunter se giró hacia Garcia, sosteniendo una copa de vino en cada mano.
—Está soltera, ¿sabes? —presionó Garcia.
—¿Quién?
—¡Fuera de aquí! —exclamó Garcia, señalando la puerta de la cocina.
Una vez en el exterior, Hunter le entregó a Denise su copa.
—¿Te parece bien un Malbec?
—Perfecto —respondió Denise, que a continuación le señaló a Hunter el asiento que estaba justo a su lado—. Siéntate aquí.
Cuando Hunter lo hizo, Garcia salió del interior portando una bandeja, que contenía la jarra de caipiriña recién hecha y varias copas.
—Preparaos para que os dé vueltas la cabeza —anunció, colocando la jarra sobre la mesa—. Esto está fuerte.
Mientras Garcia servía las caipiriñas, el móvil de trabajo de Hunter sonó en el bolsillo trasero de su pantalón. Lo sacó y le echó un vistazo a la pantalla.
«Número desconocido».
—Disculpadme un segundo —dijo, y vio cómo cambiaba la expresión de la cara de Anna.
—¿Va todo bien? —preguntó Garcia, cuya voz adquirió un tono muy serio.
La respuesta de Hunter fue un movimiento discreto y sutil de la cabeza. Se levantó y se alejó un poco del resto de los invitados.
—Detective Hunter —saludó al responder la llamada—. Unidad de Crímenes Ultraviolentos.
—Detective Hunter —replicó la voz al otro lado de la línea—, soy el detective William Barnes, de la División Suroeste del Departamento de Policía de Los Ángeles. Siento tener que molestarle en su domingo libre.
—No se preocupe —respondió Hunter—. ¿En qué puedo ayudarlo, detective Barnes?
—Bueno, mi intención es solo ahorrarle algo de tiempo y papeleo a todo el mundo.
Hunter frunció el ceño ante esa respuesta.
—¿De qué manera, detective?
—Hace unos cuarenta minutos recibí una llamada de la central en relación con un cadáver encontrado en el interior de una casa en Leimert Park. Una mujer afroamericana de veintinueve años. Mi compañero y yo llegamos aquí hace unos veinte minutos y nos encontramos a dos agentes de servicio que parecían dos fantasmas junto a la puerta de la casa. Ambos habían vomitado ya su almuerzo, su desayuno y probablemente también su cena de anoche. —Hubo una breve pausa—. Lo que intento decirle, detective Hunter, es que, se mire por donde se mire esta escena del crimen, y no creo que nadie pueda ser capaz de mirarla durante más de un minuto, va a terminar siendo elevada a Crímenes Violentos. No tengo ninguna duda al respecto. Así que, como ya le he dicho, lo único que pretendo es ahorrarle un poco de tiempo y de papeleo a todo el mundo porque, inevitablemente, ustedes van a terminar aquí.
Hunter exhaló antes de sacudir la cabeza de forma casi imperceptible. Levantó la mirada del suelo y se encontró con la de Garcia, que seguía de pie junto a la mesa en la que estaban los invitados.
—¿Qué es lo que tiene? —preguntó Hunter.
El detective Barnes se rio disimuladamente.
—No creo que existan palabras para describir lo que hay ahí dentro, detective. Tendrá que verlo para creerlo.
—¿Cuál es la dirección? —preguntó.
Garcia no sabía leer los labios, pero no le hacía falta para comprender que, tanto para Hunter como para él, aquella barbacoa se había terminado.
—Detective Hunter —dijo Barnes después de darle la dirección—. ¿Cree usted que existe el diablo?
—¿Perdón? —El rostro de Hunter adoptó un gesto interrogante.
—La razón por la que se lo pregunto, detective Hunter, es porque si no es así…, puede que cambie de opinión en cuanto llegue aquí.
Con un número elevado de galerías independientes, locales de música, bares e incluso un museo al aire libre, Leimert Park, situado al sur de Los Ángeles, era un lugar conocido por ser el centro del arte, la música y la cultura afroamericana de la ciudad, tanto en términos históricos como contemporáneos. Varios cantantes, músicos y artistas de fama internacional iniciaron sus carreras en alguno de los numerosos clubs y teatros escondidos en callejones en Leimert Park. Además, el barrio estaba a apenas veinticinco minutos en coche de la casa de Garcia en West Hollywood.
Hunter intentó convencer a su compañero de que se quedara en su barbacoa. Después de todo, era su día libre y Garcia tenía invitados en casa, pero Hunter sabía que la ética de trabajo de su compañero era igual de rigurosa que la suya, y ambos comprendían la importancia de analizar la escena de un crimen in situ, en lugar de estudiarla a través de fotografías e informes escritos. Así que cuando Hunter le sugirió a Garcia que se quedara con Anna y sus invitados, la respuesta de su compañero fue un simple «ya, claro».
Anna, que era plenamente consciente del tipo de compromiso que requería el trabajo de su marido, les sonrío tanto a él como a Hunter al leer en la expresión de sus rostros un inconfundible «lo siento mucho».
—Venga, idos a hacer que el mundo sea un lugar más seguro para todos, chicos —les dijo, esforzándose por mostrar el semblante más valiente y convincente que pudo.
Tras girar a la izquierda por la Cuarta Avenida desde West Martin Luther King Boulevard, Garcia tuvo que dejar aún atrás otra manzana y media antes de ver las luces azules de emergencia de los coches de policía un poco más adelante. Aparcó en la calzada, justo detrás de uno de los tres vehículos blancos y negros de la Policía de Los Ángeles, que habían formado una barrera y prácticamente cerraban el paso frente a una casa de fachada gris oscuro que quedaba a la derecha.
La propiedad en cuestión estaba cercada por un muro de ladrillo de alrededor de un metro de altura, y tenía una puerta vieja de madera que, sin lugar a dudas, necesitaba ser adecentada. El muro tenía una función puramente estética, no de seguridad.
Cuando salieron del Honda Civic de Garcia, ninguno de los dos detectives pudo evitar notar el nerviosismo palpable que se reflejaba en los rostros de los tres agentes uniformados que permanecían junto a la cinta negra y amarilla que se había colocado en torno a la propiedad. Resultaba evidente que lo que habían visto en el interior de aquella casa los había perturbado por completo.
El perímetro se extendía hasta la calzada, incluyendo el tramo de acera situado justo delante de la casa. Como siempre, un grupo nutrido de curiosos ya se había congregado en la zona, cada uno de ellos con su móvil en la mano, todos locos por captar algo un poco más emocionante que la simple cinta característica de una escena del crimen y unos cuantos agentes de uniforme.
Con sus placas enganchadas al cinturón, Hunter y Garcia se abrieron paso zigzagueando entre la multitud. En el borde del perímetro, uno de los agentes los saludó con una inclinación de la cabeza y les levantó la cinta para que se agacharan para pasar. En cuanto lo hicieron, se les acercó un hombre alto y muy delgado vestido con un traje gris claro. Ya habían advertido su presencia junto a la puerta de la casa, mirando distraídamente al vacío, como si se estuviera cuestionando la existencia misma.
—¿Detective Hunter? —preguntó, mientras su mirada analítica se detenía en los dos recién llegados. Llevaba la corbata un poco suelta y el botón del cuello desabrochado.
Hunter asintió.
Garcia se ajustó las gafas de sol en la nariz.
—Soy el detective Barnes —anunció el hombre—. Hemos hablado por teléfono.
Hunter le presentó a Garcia y todos se estrecharon las manos.
—¿Aún no han llegado los forenses? —preguntó Garcia, al no divisar ningún vehículo de la unidad forense aparcado en las inmediaciones.
—Como le he dicho por teléfono —contestó Barnes—, esta escena del crimen lleva escrito el nombre de la Unidad de Crímenes Ultraviolentos por todas partes. No he querido entrometerme en el trabajo de nadie. Algunos detectives pueden ser muy quisquillosos al respecto. Además, todos sabemos que su unidad puede conseguir mucho más rápido que Homicidios que un equipo forense llegue a la escena del crimen, así que lo llamé a usted… —señaló a Hunter con un gesto de la cabeza— y a nadie más. Esto es asunto suyo. Diríjanlo como consideren oportuno. Fue un error que me llamaran a mí para venir a esta escena del crimen. Lo que sí que he hecho ha sido establecer un perímetro para que los buitres de las redes sociales se mantengan a cierta distancia. —Se giró para mirar a la multitud reunida al otro lado de la cinta—. Hoy en día cualquiera es cámara, reportero… cualquiera es un crítico. —Barnes se encogió de hombros con desaprobación—. A ninguno de nosotros le viene bien ese jaleo.
Hunter y Garcia asintieron con la cabeza y, acto seguido, este último cogió su móvil. Barnes tenía razón. Cuando se trataba de determinadas solicitudes, la Unidad de Delitos Ultraviolentos del Departamento de Policía de Los Ángeles tenía prioridad absoluta.
Garcia llamó de inmediato a la unidad forense de la Policía de Los Ángeles.
—La víctima parece ser una tal Melissa Hawthorne —continuó Barnes—. Veintinueve años, residente en esta dirección. Vivía sola.
—¿Parece ser? —preguntó Garcia.
Barnes estiró los labios hasta que quedaron tensos, formando una línea fina, e inclinó la cabeza hacia un lado.
—Prefiero ser prudente porque aún no se han llevado a cabo las pruebas pertinentes —explicó—. Lo comprenderán a la perfección cuando entren. Una identificación facial a simple vista es casi imposible, incluso para su hermana. —Barnes hizo una pausa para corregirse—. Hermanastra, para ser exactos. Fue ella la que encontró el cuerpo.
Esa estaba a punto de ser la siguiente pregunta de Hunter.
Barnes exhaló y giró bruscamente su mentón cuadrado en dirección a uno de los vehículos de la Policía de Los Ángeles que estaban aparcados frente a la casa.
—Se llama Janet Lang —detalló—. Está sentada en ese coche patrulla con una agente. Tuvimos que darle algo para tranquilizarla. Decir que estaba histérica ni siquiera se aproxima a la realidad. —Barnes movió la cabeza de lado a lado mientras su mirada se entristecía—. Menuda putada, qué golpe psicológico que esta sea la última imagen que tienes de tu hermana. Lo siento mucho por esa chica. Solo tiene veintiséis años.
Hunter se giró hacia el coche patrulla que le había indicado Barnes. A través de la ventanilla vio a una mujer afroamericana con la cara enterrada entre las palmas de las manos. Incluso a aquella distancia, Hunter percibió claramente que estaba temblando. Sentada a su lado, con una mano sobre su hombro para tratar de reconfortarla, había una agente de la Policía de Los Ángeles.
—El agente que está en la puerta puede proporcionarles fundas para los zapatos y guantes de látex —les informó Barnes—. No se ha tocado nada. La escena está todo lo intacta que puede estar. —Consultó su reloj. Eran casi las dos de la tarde—. Oigan, tengo que irme ya. Justo antes de que ustedes llegaran, hemos recibido una llamada relacionada con un tiroteo en Baldwin Hills. Eso es más de mi competencia.
—De acuerdo —dijo Hunter—. Gracias por su ayuda.
Barnes dio un paso en dirección a la calzada, pero se detuvo y se giró de nuevo hacia los dos detectives de la Unidad de Crímenes Ultraviolentos.
—Buena suerte con esto —dijo en un tono de voz que dejaba claro que se alegraba de no tener que investigar aquel caso—. Espero de verdad que cojan a ese hijo de puta.
Hunter y Garcia vieron cómo el detective Barnes se agachaba bajo la cinta de la escena del crimen y se metía en un Toyota Camry azul que estaba aparcado al otro lado de la calle. Cuando comenzó a alejarse, ambos detectives se giraron hacia la casa.
Era una pequeña construcción de una sola planta, con un tejado a cuatro aguas cubierto de tejas y ventanas con marcos de color azul oscuro. No tenía porche. Un sendero curvo, formado por losas cuadradas de hormigón, se extendía desde la puerta de madera que había en el muro de ladrillo de un metro hasta la puerta de entrada a la casa. Alrededor del sendero había un pequeño césped bien cuidado. No había garaje.
A pesar de que la puerta de entrada estaba cerrada casi por completo y de que las cortinas de las dos grandes ventanas de la parte delantera de la casa estaban echadas, Hunter y Garcia percibieron con claridad que las luces de la primera estancia estaban encendidas. Credenciales en mano, se acercaron al agente uniformado que custodiaba la puerta principal, quien, tal y como les había dicho el detective Barnes, les proporcionó fundas elásticas de plástico para los zapatos y guantes de látex.
Cuando Hunter llegó a la altura de la puerta, el agente, un hombre bajo y rechoncho con un bigote espeso y patillas a juego, dio un paso a su derecha y se persignó a gran velocidad, recitando algo en español.
La puerta de entrada daba directamente a un humilde salón. Hunter y Garcia solo pudieron avanzar un paso antes de verla, un poco a su izquierda, pues el salón estaba conectado con una cocina de concepto abierto. Y, en cuanto la vieron, ambos detectives se quedaron petrificados.
Garcia se quitó las gafas de sol de la cara. Sus ojos, que no pestañeaban, tenían prácticamente el mismo tamaño que unas fichas de póker.
—¡Pero qué cojones!
Hunter se quedó inmóvil. Comenzó a sentir un nudo opresivo en la garganta.
—En todos tus años en el cuerpo de Policía —le dijo Garcia a Hunter, sin dejar de mirar el cadáver—, siendo detective o antes de serlo, ¿habías visto alguna vez algo como esto?
La respuesta de Hunter vino en forma de un susurro leve.
—No.
El salón de Melissa Hawthorne era modesto, tanto en tamaño como en mobiliario. De forma rectangular, contaba con un sofá rojo de tres plazas y dos sillones que no pegaban ni con cola frente a una televisión no demasiado grande de pantalla plana colocada sobre la pared norte. En el suelo, una alfombra desgastada de pelo largo y una mesa de centro de cristal ocupaban el espacio central de la estancia. La cocina, situada a la izquierda de la puerta de entrada, era pequeña pero estaba bien equipada, incluyendo un lavavajillas moderno y una cocina de cinco fuegos con un horno de dos compartimentos independientes integrado. Las paredes del salón estaban adornadas con diversas láminas enmarcadas de colores vivos. Un par de jarrones con flores falsas otorgaban a la estancia una sensación de tranquilidad y de calidez hogareña. Pero, sin duda, los elementos más destacados de aquel espacio abierto que integraba salón y cocina eran las dos vigas gruesas de madera que corrían paralelas bastante por encima de las cabezas de los detectives, a unos treinta centímetros del techo. Y ese era el lugar en el que el asesino había dejado el cuerpo desnudo de la víctima: colgado de la viga más cercana a la cocina.
Aquella no era la primera vez que Hunter o Garcia acudían a una escena del crimen en la que había una víctima colgando del techo, pero lo que había provocado el estremecimiento de ambos era el hecho de que el cuerpo no colgaba del cuello.
El asesino había lanzado una cuerda de escalada por encima de las vigas. En un extremo, le había dado varias vueltas a la cuerda alrededor del asa gruesa de metal que hacía las veces de tirador para abrir el horno, y la había asegurado con un nudo triple. En el otro extremo, el asesino había atado un enorme anzuelo de acero inoxidable, de los que se usan para cazar tiburones. Ahí era donde las cosas pasaban de lo disparatado a lo absolutamente demencial, porque el cuerpo de la víctima estaba colgando por la boca, como si se tratara de una pieza de pesca codiciada.
El anzuelo había perforado por completo la parte inferior de la barbilla de la víctima, reventando salvajemente la piel y los músculos, seccionando arterias y desgarrando nervios antes de salir por la boca y dejar el cuerpo suspendido a través de la mandíbula a poco más de medio metro del suelo. Esa había sido la razón por la que el detective Barnes les había dicho que una identificación facial hecha a simple vista era prácticamente inviable.
Al estar suspendida en el aire solo por la mandíbula inferior, la cabeza de la víctima estaba echada hacia atrás, dando la sensación de que estuviera mirando al techo y a la cuerda de escalada que, en apariencia, salía de su boca. Se trataba de una mujer afroamericana menuda y delgada que no podía pesar más de cincuenta y cinco kilos, tirando por lo alto. Un peso que, no obstante, era más que suficiente para que se le hubiera dislocado completamente la mandíbula. No hacía falta ser un médico experto para comprender de inmediato que las dos uniones de la mandíbula con el cráneo se habían soltado de forma tan extrema que los ligamentos, nervios, tendones y músculos habían quedado destrozados, provocando que la mandíbula estuviera desplazada hacia delante de forma grotesca y espeluznante, rompiendo la simetría del rostro. La barbilla sobresalía unos cinco centímetros por delante de la nariz.
Desde la boca abierta y la herida bajo el mentón había caído en cascada una gran cantidad de sangre por el cuello, torso y piernas hasta crear en el suelo, justo bajo los pies de la víctima, un charco de sangre horrible y viscoso. La cara también estaba repleta de salpicaduras de sangre.
Para impedir que la mujer luchara e intentara alcanzar la cuerda, el asesino le había atado las manos a la espalda, lo que hizo que a Hunter se le revolviera el estómago, porque aquello indicaba que aún estaba viva cuando el agresor tiró de la cuerda para elevarla desde el suelo.
El segundo indicio de que la mujer seguía viva mientras se producía aquella barbaridad era la hinchazón que presentaban su cara y su cuello. Daba la impresión de que alguien le hubiera introducido un globo pequeño por la garganta y después lo hubiera inflado. Esa hinchazón, unida a la presión que ejercía el peso de la mujer al estar colgada de la mandíbula, provocaba que tanto la piel como la carne de la mitad inferior de su cara se hubieran tensado hasta tal punto que estaban empezando a desgarrarse, sobre todo en las comisuras de la boca.
—¿Por qué hacerle algo como esto a una persona? —preguntó Garcia, dejando escapar por fin el aire que llevaba conteniendo un buen rato—. Esto es enfermizo, no se puede explicar de otra forma. —Sacudió la cabeza de lado a lado, como tratando de encontrarle sentido a algo que parecía imposible que pudiera tenerlo—. Esto es… el mal en su forma más pura.
Hunter apartó por fin la mirada del cadáver y empezó a observar el entorno. También dejó escapar un suspiro triste y cansado.
—Ese es el problema, Carlos —respondió, dando un par de pasos hacia su izquierda hasta llegar a la zona de la cocina.
Garcia caminó en dirección contraria, hacia el salón. Aunque intentó estudiar el resto de la estancia, le resultaba difícil romper el contacto visual con la víctima.
—Esto va mucho más allá de ser enfermizo —continuó Hunter—. Más allá del mal en su forma más pura. Una persona solo se tomaría el tiempo de hacerle algo así a otra si todo el acto en conjunto tuviera un significado. —El detective llegó a la altura de los fuegos y comenzó a estudiar la cuerda de escalada que estaba atada alrededor del tirador del horno—. La han asesinado así por una razón. Y esa razón… tiene que ser algo muy específico… muy personal. —Hunter desplazó la mirada desde la cocina hasta el anzuelo de pesca de la boca de la víctima, recorriendo toda la cuerda hasta llegar a él. Ese anzuelo, que le atravesaba la barbilla a la mujer y salía por su boca, también le había fracturado y desprendido varios dientes inferiores.
—Cada elemento de esta escena —dijo Hunter—, el asesinato, la escenificación, los objetos… todo fue cuidadosamente planificado con antelación y ha sido ejecutado con una precisión máxima. A menos que la víctima fuera escaladora, y a la vez aficionada a la pesca, estos no son artículos domésticos habituales, Carlos. El asesino no se los pudo encontrar en algún cajón de la casa así sin más.
Garcia cruzó al otro lado del salón.
—Los traería él —dijo en conclusión.
Hunter asintió y Garcia supo lo que eso significaba: no había sido un ataque espontáneo e impulsivo. Aquel salvajismo había sido planeado con toda la intención del mundo. Todo en aquella escena del crimen tenía un significado.
Mientras esperaban a que llegara a la casa un equipo forense completo, Hunter y Garcia revisaron el resto de la vivienda en busca de alguna señal de allanamiento. No encontraron ninguna.
No había una sola ventana rota y ninguna de ellas parecía haber sido forzada. La puerta principal y la que conectaba la cocina con el pequeño patio de la parte trasera de la casa también parecían intactas.
En el dormitorio de Melissa Hawthorne encontraron su bolso sobre la mesilla de noche. Contenía un monedero con dieciocho dólares en efectivo, algunos artículos de maquillaje, su carné de conducir, un paquete de chicles, dos tarjetas de crédito, un cepillo para el pelo y un par de recibos de compras antiguas. No estaba el móvil de Melissa. Registraron todos los cajones, cada bolsillo de cada una de las prendas que encontraron en el armario y todos los bolsos que había en la casa; ni rastro del teléfono. También miraron debajo de la cama, del sofá y entre los cojines, pero tampoco dieron con él en ninguno de esos sitios. Hunter y Garcia encontraron esa ausencia muy interesante.
Justo acababan de volver al salón cuando la doctora Susan Slater entró por la puerta de la calle, seguida de otros tres agentes forenses, todos ellos vestidos con monos protectores blancos con gorro. Cuando los ojos de los cuatro divisaron a la víctima suspendida en el aire colgada por la boca, todos ellos se detuvieron en seco. A pesar de la mucha experiencia que tenían y de la brutalidad tan terrible que habían visto a lo largo de los años, todos parecían estar en shock.
—¡Madre mía! —murmuró el más joven de los forenses mientras colocaba lentamente en el suelo el maletín que llevaba consigo—. ¿Eso es un anzuelo de pesca?
—Así es —respondió Hunter.
—Vamos a fotografiar todo esto, rápido —dijo la doctora Slater, girándose para dirigirse al fotógrafo del equipo.
—Me pongo a ello de inmediato —respondió el joven agente, ajustándose las gafas en la nariz, y rodeó el charco de sangre del suelo para ver a la víctima de frente.
—Robert, Carlos. —La doctora Slater saludó a ambos detectives con una ligera inclinación de la cabeza—. ¿Cuánto tiempo lleváis aquí? —Ella también se acercó al cadáver.
La doctora Slater era una de las mejores y más destacadas agentes forenses de toda California. En los últimos años, había dirigido más investigaciones forenses para la Unidad de Crímenes Ultraviolentos que cualquier otro agente principal.
Los otros dos miembros del equipo empezaron a instalar con suma rapidez dos potentes focos.
—Unos cuarenta minutos —respondió Garcia—. Más o menos.
—¿Una sola víctima? —preguntó la doctora—. ¿O hay alguna más? —Hizo un gesto para señalar el resto de la casa.
—No, esta es la única —respondió Hunter, dando un par de pasos atrás para permitir que los agentes hicieran su trabajo.
—¿Hay sangre en algún otro sitio? —preguntó la doctora Slater, inclinando la cabeza para tener una mejor perspectiva del anzuelo que sobresalía de la boca de la víctima—. ¿Indicios de enfrentamiento o forcejeo?
—No exactamente —respondió Garcia—. La cama está sin hacer, lo que sugiere que la víctima no la hizo por la mañana, que estaba en ella cuando oyó un ruido y fue a investigar a ver qué pasaba, o que la atacaron estando aún en la cama, pero eso es todo. No hay señales de desorden en ningún otro sitio… excepto en esto que tenemos aquí. —Señaló hacia la víctima.
—Esto es… bastante macabro —dijo la doctora, que todavía seguía estudiando el anzuelo y la mandíbula de la víctima, brutalmente desencajada. Un momento después, procedió a examinar el resto del cuerpo—. Pobre chica. —Movió la cabeza de lado a lado en un gesto de desolación—. Solo observando la hinchazón de la cara y el cuello, puedo aseguraros que aún estaba viva cuando le perforaron la mandíbula con ese anzuelo. —Hizo una pausa y miró a ambos detectives—. Pero eso vosotros ya lo sabíais, ¿verdad?
—No veo muchas razones para atarle las manos a la espalda —respondió Garcia— que no tengan que ver con tratar de impedir que peleara.
La doctora asintió.
—Vamos a encender las luces —anunció uno de los agentes cuando terminaron de instalar los dos focos forenses. Acto seguido, le dio al interruptor y la estancia se inundó de una luz blanca cegadora.
La doctora Slater rodeó cuidadosamente el cuerpo.
—Somos afortunados de tener el cuerpo de una sola pieza.
—¿A qué te refieres? —preguntó Garcia.
—La mandíbula de la mujer presenta una dislocación severa —explicó mientras señalaba el cuerpo—. Las dos articulaciones de la mandíbula se han soltado por completo, lo cual no es en absoluto sorprendente, dado que todo su cuerpo está suspendido en el aire colgado solo por la mandíbula inferior. La hinchazón considerable indica que también se han roto ligamentos y músculos alrededor del cuello y la mitad inferior de la cara, y justo aquí —la doctora indicó el lugar en el que se suponía que la mandíbula inferior de la víctima debía estar unida al cráneo— se pueden apreciar signos de que la piel y parte de la carne se están desgarrando.
—Si pesara un poco más —dijo Hunter, comprendiendo a qué se refería la doctora Slater—, quizá unos diez kilos más aproximadamente, existe la posibilidad de que su mandíbula no hubiera aguantado tanto tiempo como lo ha hecho.
—Así es —convino la doctora—. Pero, incluso con su bajo peso, yo diría que la rotura total de músculos y ligamentos no está tan lejos de producirse, al igual que el desgarro de la piel y la carne. Si eso hubiera sucedido ya, la presión del cuerpo habría hecho que toda la mandíbula inferior se le desprendiera de la cara y el cuerpo se hubiera desplomado contra el suelo. Sin duda, sería una escena todavía más horrible que la que ya tenemos aquí delante.
Garcia se estremeció al visualizarlo mentalmente.
—¿Crees que esa era la intención original del asesino? —preguntó, pero enseguida levantó las manos en un gesto de rendición. Sabía que era imposible que la doctora Slater pudiera saberlo con certeza—. Lo siento. Pregunta estúpida.
—Quién sabe —respondió ella de todos modos—. Pero no me sorprendería que así fuera. Lo que sí que puedo deciros es que la causa de que el cadáver siga entero es el rigor mortis, que, como todos sabemos, endurece las fibras de músculos y ligamentos. Ese endurecimiento de las fibras ha añadido resistencia contra todos los desgarros y roturas. —La doctora utilizó el pulgar y el índice para pellizcar el bíceps izquierdo de la víctima—. El rigor mortis está claramente en marcha. A ojo de buen cubero, yo diría que lleva muerta al menos diez horas. Sin duda, fue asesinada en las primeras horas del día. No anoche.
Instintivamente, Garcia consultó su reloj.
—Voy a decirles a los agentes que están ahí fuera que empiecen a preguntar casa por casa —le dijo a Hunter—. En esta calle y también en algunas de las vecinas. Quizá alguien haya visto algo fuera de lo normal. Un vehículo, alguien deambulando por las calles… Puede que anoche a última hora, o tal vez a primera hora de la mañana.
Hunter asintió en señal de conformidad.
—Ya he terminado con el cuerpo —anunció el fotógrafo—. Voy a ponerme ahora con los detalles de la escena.
—Genial —respondió la doctora Slater—. Vamos a bajarla. —La doctora se giró para mirar al más alto de los agentes de su equipo, que medía un metro ochenta—. Shaun, mientras Mike y yo la sujetamos, tú la desenganchas de la cuerda.
Shaun asintió y se colocó frente al cadáver.
—¿Necesitáis ayuda? —preguntó Hunter.
—No, creo que no hace falta —respondió la doctora.
Hunter y Garcia se apartaron mientras la doctora y Mike levantaban el cuerpo para aliviar la presión sobre la mandíbula. Cuando lo hicieron, Shaun alcanzó el anzuelo.
—Con cuidado, Shaun —le advirtió la doctora Slater—. Estoy segura de que el anzuelo le ha fracturado la mandíbula por varias partes. El hueso podría astillarse con facilidad.
Shaun fue todo lo cuidadoso que pudo y, aun así, tardó alrededor de un minuto y medio en desenganchar a Melissa Hawthorne de la cuerda. Cuando el cuerpo fue liberado del anzuelo, un trozo de carne de unos diez centímetros cuadrados largos cayó sobre el charco de sangre, salpicando parte de ella en todas direcciones.
—Maldita sea —dijo Garcia, estremecido.
—Tenemos que embolsar eso —dijo la doctora Slater, señalando el trozo de carne con la cabeza—. Es su lengua.
Hunter y Garcia permanecieron con el equipo forense hasta que hubieron terminado de procesar la escena del crimen y el resto de la casa. Después de eso, en vez de volver a la barbacoa de Garcia, Hunter se dispuso a intentar extraer toda la información posible a Janet Lang, la hermanastra de Melissa Hawthorne, mientras que Garcia estuvo ayudando a los agentes uniformados con las pesquisas entre los vecinos.
Los forenses encontraron un par de juegos de huellas dactilares en la casa. Las primeras se encontraban en todas las habitaciones y pertenecían sin lugar a dudas a la propia víctima, lo que se confirmó tras un rápido análisis en la propia escena. Las otras se encontraron principalmente en la zona que aunaba salón y cocina, y aunque aún estaba por confirmar, se supuso que esas huellas pertenecían a la hermana menor de la víctima, Janet Lang, la persona que había encontrado el cadáver.
Los forenses también recogieron diferentes cabellos y fibras que se encontraron en el suelo del dormitorio de la víctima y en su cama, pero, aparte de eso y de los accesorios que el asesino había utilizado para colgar a la víctima sobre la cocina, no se encontró nada más que pudieran considerar de importancia.
También se confirmó que no había indicios de que hubieran forzado la entrada en la casa por ninguna parte: ni en la puerta principal, ni en la trasera, ni en ninguna de las ventanas.
Hasta aquel momento, las investigaciones puerta por puerta habían resultado bastante infructuosas. Nadie, ni los vecinos de la casa de al lado ni ningún otro de toda la calle, había visto nada ni nadie que consideraran sospechoso, ni el sábado por la noche ni en las primeras horas del domingo. Los vecinos de al lado aseguraron que no habían escuchado tampoco ruidos fuertes. Ni gritos ni sonidos que pudieran ser el resultado de algún tipo de trifulca.
—Este no puede haber sido el primer crimen de este asesino —dijo Garcia mientras volvía junto a Hunter al coche—. Todo está demasiado limpio… Es demasiado elaborado… Todo está demasiado calculado y planificado.
Hunter hizo una pausa y miró el cielo lleno de estrellas. Estaba de acuerdo con Garcia. Era bien sabido que los asesinos en serie solían perfeccionar sus métodos con el paso del tiempo, intensificando sus acciones a medida que ganaban confianza. Sus primeros crímenes, ya fueran asesinatos o no, solían ser un poco chapuceros; la mayoría de las veces, impulsivos y mal planeados. Muy muy raramente un asesino pasaba de no haber matado ni a una mosca a algo tan sofisticado y bien planeado como lo que habían presenciado dentro de aquella casa. Cuando sucedía algo como aquello, casi siempre solía indicar un fuerte grado de desarraigo emocional en el autor.
La ausencia de pruebas —en forma de huellas dactilares, ADN, pisadas, entrada forzada y demás— no fue una gran sorpresa. Con la avalancha de películas y programas de televisión que giran en torno a la ciencia forense, cualquiera podría aprender los fundamentos básicos para eliminar indicios en cuestión de horas.
Sí, era verdad que, por el momento, no había pruebas que sugirieran que aquello hubiera sido obra de un asesino en serie, y tanto Hunter como Garcia deseaban con todas sus fuerzas que no lo fuera, pero la esencia del asunto seguía siendo la misma. Nada en la escena del crimen hacía indicar que aquel fuera el primer delito del asesino.
—Lo sé —respondió Hunter.
—Tal vez deberíamos echarle un vistazo a la base de datos nacional —sugirió Garcia—. Cotejar asesinatos para tratar de encontrar similitudes… —Garcia se detuvo un instante para pensarlo mejor—. O, bueno, aunque sea algo remotamente similar.
Hunter asintió.
—Me encargaré de que el equipo de Investigación se ponga con ello a primera hora de la mañana.
A las nueve de la mañana del día siguiente, la doctora Carolyn Hove, jefa de médicos forenses del Departamento Forense del Condado de Los Ángeles, ya se había desinfectado y se dirigía a la sala de autopsias número uno, al final de un pasillo largo y bien iluminado, en el sótano del edificio central de la morgue.
El Departamento Forense del Condado de Los Ángeles era uno de los más activos de Estados Unidos y, a pesar de que su equipo de patólogos efectuaba entre veinte y cuarenta autopsias cada día, la carga de trabajo se iba acumulando de forma inevitable, sobre todo durante los fines de semana.
La mayoría de los cadáveres se iban añadiendo a la cola de autopsias pendientes a medida que llegaban al Departamento Forense, pero había algunas excepciones a esa regla. Los casos marcados como urgentes por los oficiales a cargo de una investigación solían tener prioridad sobre el resto, aunque esa prioridad seguía quedando a criterio del médico forense jefe. Otra excepción eran los cuerpos recién llegados que pertenecían a una investigación llevada a cabo por la Unidad de Crímenes Ultraviolentos del Departamento de Policía de Los Ángeles. Debido a la naturaleza de sus investigaciones, las autopsias de dichos cuerpos siempre tenían prioridad incluso sobre los casos más urgentes enviados por cualquier otro departamento, y esa era la razón por la que el cadáver de Melissa Hawthorne ya había sido trasladado hasta la sala de autopsias número uno y dispuesto sobre la segunda de las dos grandes mesas de autopsia de acero inoxidable que había en el centro de aquella estancia grande y esterilizada.
El cuerpo de Melissa yacía bocarriba, al descubierto, con los brazos descansando a ambos lados del torso. El livor mortis, la decoloración de la piel causada por la acumulación y sedimentación de la sangre tras la muerte, había provocado que sus piernas parecieran mucho más oscuras que el resto del cuerpo. Su piel parecía cerosa y elástica, señal de que la habían llevado a la morgue y almacenado en una cámara frigorífica poco menos de veinticuatro horas después de su muerte.
—¡Guau! —exclamó la doctora Hove mientras se detenía junto a la mesa de autopsias—. Esto es algo… diferente, qué duda cabe.
Aunque Melissa tenía la cabeza apoyada contra la superficie de la mesa, los daños en su mandíbula y la rotura de los músculos y ligamentos faciales habían sido tan severos que la barbilla descansaba directamente contra el pecho.
Nathan Reese, uno de los tres forenses en formación que solían ayudar a la doctora Hove, permanecía de pie a la izquierda de la mesa de autopsias.
—¿Cómo puede ocurrir una cosa como esta? —preguntó con los ojos fijos en la deformación facial del cuerpo—. O sea… ¿alguien le abrió la boca a la fuerza y se la destrozó hasta matarla?
—La colgaron por la boca —le explicó la doctora Hove, leyendo el documento de recepción del cadáver que llevaba consigo—. El autor utilizó un anzuelo para hacerlo.
—¡Joder!
—Sí, ya lo sé. —La doctora Hove dejó el expediente a un lado y se puso los guantes—. Doy por hecho que ya se han flexionado todas las articulaciones, ¿verdad?
Con el fin de confirmar que el rigor mortis ya había cedido, era un procedimiento rutinario flexionar las articulaciones de los cadáveres recién ingresados en aquellos casos en los que las autopsias se habían adelantado por cualquier motivo.
—Sí, el camillero que la ha traído las ha flexionado. Podemos proceder, doctora.
—Vale, empecemos pues.
Nathan ajustó el micrófono que colgaba del techo, justo encima de la mesa de autopsias, y encendió la grabadora de voz digital.
La doctora Hove comenzó indicando la fecha y la hora, y acto seguido recitó el número de caso asignado. A continuación, dedicó un par de minutos a describir el estado general del cadáver, y luego comenzó un análisis externo mucho más detallado, en el que empezó por estudiar el cuello de la víctima.
No había signo alguno de hematoma por estrangulamiento.
Un rápido examen táctil reveló que tanto la laringe como la tráquea permanecían intactas. El hueso hioides del cuello de la víctima tampoco parecía haber sufrido fractura alguna.
La doctora Hove utilizó el pulgar y el índice para abrir los párpados de la víctima. Con la ayuda de unas gafas de aumento con luz direccional, estudió el globo ocular de la víctima. Como era de esperar, su córnea estaba turbia y opaca, pero lo que la doctora buscaba era un fenómeno denominado «petequias»: manchitas rojas y diminutas que podían salpicar los ojos y los párpados de la víctima. Estaban causadas por pequeñas hemorragias en los vasos sanguíneos que, por diversas razones, podían producirse en cualquier parte del cuerpo, pero que, cuando se encontraban en los ojos o los párpados, solían deberse a una obstrucción del sistema respiratorio, lo cual era indicativo de sofocación o asfixia.
Tanto los ojos como los párpados de la víctima estaban salpicados de esas motas.
—La muerte se produjo por falta de oxígeno —anunció ante el micrófono la doctora Hove—. Esa falta de oxígeno no fue producida por estrangulación.
—Pobre mujer —dijo Nathan moviendo la cabeza de lado a lado—. Nadie merece morir de esta manera.
La doctora Hove le dirigió una mirada de reproche.
—Ya lo sé —dijo Nathan, levantando ambas manos enfundadas en sus respectivos guantes—. No me estoy dejando llevar por la emoción, doctora. Solo estoy haciendo una observación. Creo que ningún ser humano merece morir de esta forma, eso es todo.
El resto del examen externo del cuerpo de Melissa duró otros cinco minutos, más o menos. No reveló más sorpresas.
A continuación, la doctora tenía que comprobar todas las cavidades del cadáver en busca de cualquier signo de agresión, ya fuera sexual o de cualquier otro tipo. Empezó por la vagina.
La piel que rodeaba la vulva, incluida la parte superior de ambos muslos, no presentaba contusiones ni hematomas, nada que pudiera preocupar a la doctora Hove.
Su siguiente paso era examinar las paredes internas de la vagina, pero no llegó tan lejos.
Cuando comenzó a separar dichas paredes con el pulgar y el índice, se detuvo y entrecerró los ojos al ver algo.
—Espera un segundo —dijo, inclinando la cabeza hacia un lado para tener un mejor ángulo de visión.
—¿Pasa algo? —preguntó Nathan, recolocándose alrededor de la mesa de autopsias.
—No estoy segura. ¿Puedes pasarme unas pinzas hemostáticas, por favor?
—¿Quieres también el espéculo? —le preguntó Nathan, entregándole a la doctora Hove las pinzas quirúrgicas.
—Tal vez ahora en un minuto —respondió la doctora mientras introducía ya en la vagina no mucho más que la punta de las pinzas—. Parece que hay un objeto extraño dentro —anunció para que se escuchara en la grabación digital.
