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Je est un autre, que dijo Rimbaud. "Yo es el otro", igual que los globeros, porque uno nunca es globero, globeros son siempre los demás. Tampoco es que seamos profesionales, pero anda cada tipo suelto por la carretera… Marcos Pereda, especialista en transgredir normas, conoce las básicas para no desentonar sobre su bici. Y en este libro nos descubre todos los secretos para no hacer el ridículo los domingos con nuestra grupeta. Salvo el secreto de entrenar, que ese nada... Un libro que trae consejos sobre vestimenta, material y otros aspectos de pura estética, pero, sobre todo, unos mínimos filosóficos para no caer en las redes de flipaos ciclistas. Porque todavía hay esperanza, porque no está todo perdido, porque la clase no se compra... la clase se lee. Con humor, mala leche y más autoparodia de la que él mismo percibe, Marcos Pereda entrega un auténtico tratado del buen ciclismo, unas normas básicas de comportamiento en grupetas, clubes y entre gente de bien, espacios familiares para el autor. Porque, aunque muchas veces lo disimule, él también es un globero. Como nosotros.
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Seitenzahl: 209
Veröffentlichungsjahr: 2024
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MARCOS PEREDA
Prólogo de Juanma Trueba
© Marcos Pereda Herrera 2024, del texto original.
© Libros de Ruta Ediciones, S.L., 2024.
Gordoniz 47B
48012 Bilbao
www.librosderuta.com
Primera edición: junio 2024
Edición: Eneko Garate Iturralde
Diseño portada y maquetación: Amagoia Rekero García
Foto portada: Michael/60553085/Adobe Stock
Foto autor: Gema Rodrigo
ISBN: 978-84-125585-9-3
eISBN: 978-84-129057-0-0
Depósito legal: BI 00048-2023
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Prólogo de Juanma Trueba
Primer mandamiento
Andas en bici, no entrenas
Amarás a Merckx sobre todas las cosas
El número de bicis
Hay que subir el Tourmalet (y adláteres)
Si tiene adoquines es bien
Si tienes que imitar a alguien (I)
Si tienes que imitar a alguien (II)
Respetarás el reglamento de tráfico
Lo de antes siempre era mejor
El plato grande es necesidad estética
Mantén limpia tu bici
Vacilarás a los lentos, pero poco (porque tú también lo eres)
Tu bici nunca costó lo que cuesta tu bici
Piernas depiladas
Pasarás al relevo
La prensa no tiene ni idea (y la prensa ciclista menos)
Siempre casco
Saluda y todos tus pecados serán perdonados. Salvo el de no saludar, que es imperdonable
Primer apéndice sobre maillots
Siempre hace viento
La “Regla Hinault” sobre los brazos
Llevarás siempre tubulares, aunque tengan veinte años y no sepas encolarlos
La chica de la curva
Odiarás el rodillo sobre todas las cosas
¿Carril bici?
¿Triple plato?
La pendiente que subes es siempre tres puntos más alta que la de los perfiles
Saldrás en bici mientras haya carrera en la tele (en ocasiones)
Achaques antes de una marcha cicloturista
¿Qué sistema de frenado prefieres? ¿Y por qué los frenos de disco?
Los cables por fuera son cool
Al lado de tu casa siempre hay un puerto durísimo
La bici se saca para andar en ella, sacar bici para el café es de parguelas
Los fabricantes italianos molan
El culote debe de ser negro
Los manguitos molan, los manguitos agurruñados molan todo
Amarás a Miguel Indurain (o a Perico, si eres un pureta)
El globero siempre tiene razón
Manillares de triatlón y acoples son para flipaos
Doping sí, pero solo la puntita
Hay que descender con estilo
Nunca te inventes dolencias para disimular lo mucho que has entrenado
Tu carrera preferida debe ser un esnobismo
Se puede ser hortera con las zapatillas, pero solo si pretendes ser hortera
Meterás rueda siempre que lo desees, pero solo con intenciones lúdicas… picarse es una muestra de virilidad tóxica
Si llevas auriculares andando en bici eres muy tonto
Serás fan de alguna gesta casi desconocida
Si hay carrera, el globero continúa, con independencia de lo que digan las autoridades
Suelta un poco el Strava, hostia
Todos los cicloturistas pudieron ser profesionales
Teoría del puerto más duro
Rominger iba con babas, pero tú no eres Rominger (o la importancia de no parecer que echas las tripas)
El cicloturista conoce su máquina
Pedalear con las piernas abiertas hace llorar a Eddy Merckx (que pedaleaba con las piernas abiertas)
Porque no quieres, que si no
No fotos en marcha, imbécil
Cada año saldrás al menos un día lloviendo, para después recordar siempre que tú sales lloviendo
Hay que despreciar lo de casa, salvo si es muy de casa
El efecto Morcuera
Siempre hay que mirar a las bicis cuando pasan
Las historias son siempre (siempre) mejor que los números
Las marcas del moreno ciclista molan
El velódromo mola
Calcetines tobilleros
Esa fuente
El dolor es guay, pero hablar siempre del dolor y de cuánto aguantas el dolor resulta doloroso (para quienes te escuchan)
El buen cicloturista elige casa
Cerca de donde vives siempre hay un tramo que podría decidir el Tour de Francia
Conduciendo también eres cicloturista
Leerás libros sobre bicis
Jamás confundas pendiente y desnivel
Tendrás un sitio que se atraganta
La comida familiar
La dignidad vistiendo
La cerveza en la parada es para cuñaos (y además tiene peligro)
Rueda con elegancia
El precio de las bicis va loquísimo (pero tú estrenas cada dos años)
El buen cicloturista cuenta los puertos, no la velocidad
El acero mola
Debes tener una historia de sacrificio personal relacionada con tu afición
No harás chistes sobre caídas o lesiones
No tirarás basura
La parada para el café
Siempre maillots antiguos, o de club
Influencers, youtubers y demás fauna
El buen aficionado es fan de un ciclista casi desconocido, para hacerse el esnob
Nunca inclines las manetas hacia adentro
Los pros no son tus colegas
Tienes más ropa de bici que ropa de calle
Anquetil mola
El canallita da grimita (y en bici más)
Sé un buen globero
Si hay nieve, sales
Gafas de ciclismo: cuanto peor, mejor
Jamás pongas pie a tierra (y, si lo haces, que sea con estilo)
Tú hubieses dirigido mejor cualquier carrera profesional
Utilizarás la jerga de Perico
Lo de mi infancia siempre es mejor
El flamenco es idioma cool
Mandamiento 101
por Juanma Trueba
Este libro que tienen en sus manos no es de Marcos Pereda, es Marcos Pereda. Lo afirmo con la rotundidad de quien hubiera ido al colegio con él y compartido a su lado aventuras de juventud o, ya en la madurez, rutas cicloturistas. Nada más lejos de la realidad, lamento confesarlo. En comparación con sus amigos y allegados, yo conozco a Marcos poco (lo justo, diría él), lo que no me impide hacerme una idea, creo que bastante aproximada, de su forma de ser, de su aparente brusquedad (solo aparente) y de una nobleza que es tan vintage como los maillots que le gustan. Digo que este libro es Marcos Pereda y tal vez debería continuar diciendo que Marcos Pereda es Cantabria, y lo afirmo, en este caso, desde la vaporosa autoridad que me concede mi apellido. Lo observará el lector casi en cada página. Es difícil encontrar reflexiones que no sean una medida combinación de nostalgia, provocación calculada, humor, pasión por el ciclismo y amor por su tierra (tierruca, diría él). A partir de estos ingredientes, Marcos Pereda ha logrado algo que es mucho más complicado que subir el Tourmalet silbando la sintonía de Verano Azul; ha logrado tener estilo. Cuántos autores venderían su alma al diablo por ser únicos y reconocibles. Por ser identificados sin necesidad de añadir su firma. Me darán la razón si han leído otros libros de Pereda o si son fieles de sus artículos; no hay duda de que es él quien está al otro lado, con la honestidad que solo se pueden permitir los que escriben sin impostar la voz.
Cumplidos los respetos que se esperan de todo prólogo, debo admitir que la lectura de este libro me ha generado una inquietud dramática. Quizá yo no alcance ni siquiera la categoría de globero, la que tenía hasta ahora como la más ínfima condición del universo ciclista. Pensaba, dentro de mi inagotable ingenuidad, que para ser globero hacía falta lo mínimo, justo lo que estaba a mi alcance. Es decir, afición, bicicleta y un cierto decoro. Tal y como he podido comprobar, en el decoro es en lo único que apruebo. Este descubrimiento me hiere por razones que paso a explicar. Antes de que los globeros fueran una presencia habitual en las carreteras, mi yo adolescente emprendió a finales de los 80 la insensata aventura de montar en bicicleta vestido de ciclista, maillot verde de La Redoute, por si alguien siente curiosidad. En Madrid, y en concreto en la zona donde yo vivía (algo pija), no hubiera causado más impresión una drag queen. Pues bien, siento que esa condición de heroico pionero me ha sido arrebatada por globeros que dicen serlo, pero no lo son. Y que me perdone el amigo Pereda por sabotearle el libro (por suerte, los prólogos son como los prospectos de las medicinas, solo se leen si algo te ha dado reacción, de modo que no espero restarle ninguna venta).
A lo que voy. Comparto la fobia del autor hacia los calcetines largos y de colores, hacia los culotes que violan la estricta negritud y hacia las mangas largas que te hacen parecer bracicorto. En estas cuestiones me encontrará siempre en su equipo. Sin embargo, carezco de otros muchos atributos aquí mencionados. Para empezar, no tengo montaña delante de mi casa, salvo que pretenda escalar el Pirulí. Carezco de gustos extravagantes en lo referente a carreras y el Tour sigue siendo la que prefiero. No satisfecho con esto, me declaro pecador por haberme comprado un maillot de lana de campeón de Bélgica (120 euros no es dinero) y trepar con él por Ordino Arcalís antes de una etapa del Tour entre gritos de belgas que lo más bonito que debían decirme era «Merckx iba más rápido». Así es. Yo, que fui precursor del ciclismo rodeado de Vespinos y gominas, me veo relegado en mi provecta edad al penoso destino de no ser nadie, un pobre «comerisketos», en expresión del cruel autor. Solo me queda reclamar desde estas líneas la escritura de una precuela en la que Pereda acoja a los homo antecessor del globerismo, esos valientes que crecimos al sur de El Barraco sin tradición, sin genética y con pelos en las piernas.
Finalizado este desahogo, ustedes sabrán disculparme, recomiendo que se preparen para disfrutar de Marcos Pereda, si es que no lo han hecho ya. Sentirán que forman parte de su grupeta, que lo quieren, que lo odian y que, al final del trayecto, agotadas las fuerzas, están deseando volver a salir con él.
Yo ando en bici.
Tú andas en bici.
Los dos sabemos de qué va este libro.
Empezamos.
Las palabras importan.
Las palabras importan, y por eso muchos quieren prohibirlas, o les molestan, o les hacen arrugar morrete.
Miren, por ejemplo, lo de entrenar. Uno entrena buscando ir más rápido, preparando cierto objetivo, uno entrena con ánimo de obtener. El entrenamiento es quid pro quo, el entrenamiento es dar para recibir. Y, sobre todo, el entrenamiento presupone disciplina y «obligatoriedad».
Por eso yo nunca entreno.
Por eso los cicloturistas no entrenamos. No, el buen cicloturista anda en bici.
Andar en bici es ir mirando el paisaje y detenerse en algún sitio pintoresquil para… eso, para estar allí un ratuco. ¿Por qué? Porque es un sitio pintoresquil.
Andar en bici es cargar agua en la fuente que más te gusta, y no irse hasta la cafetería esa de la que todo el mundo habla.
Andar en bici es salir con un recorrido en la cabeza y cambiarlo en el primer cruce porque tienes ganas de hacer otra cosa.
Andar en bici es ascender aquel puerto tan bonito arrastrándote, solo por la gracia de que quieres hacerlo ese día.
Andar en bici es no preocuparse por la media. O no preocuparse demasiado por la media.
Andar en bici es saber si vas mejor o peor que hace tres semanas, pero no saber cuánto mejor o peor vas que hace tres semanas.
Andar en bici es lo que hacemos nosotros. Y puedes decirlo de otra forma. Salir, una vuelta, coger la burra, pasar tarde, salgo.
Pero nunca, nunca, entrenas.
Eddy Merckx, que estás en Bruselas,
Santificado sea tu maillot de Molteni.
Venga a nosotros tu mala hostia
Y hágase tu voluntad
Así en la Lieja como en Roubaix.
La San Remo nuestra de cada año
Dánosla hoy.
Perdona al imbécil del Puy-de-Dôme
Como nosotros perdonamos a Eric de Vlaeminck.
Y no nos dejes olvidarnos de Mourenx
(ni de Lavaredo, ni de Blockhaus, ni de Lombardía, ni de la Hora, ni de la Primavera de 1975, ni de tu ataque en París, ni del Balón).
Más líbranos de los chuparruedas
(no miro a nadie, Joop, no miro a nadie)
Amén.
Todo buen cicloturista tiene bici, evidentemente. Bueno, a ver, conozco yo cicloturistas de sofá que ríete tú del paisano aquel subiendo cincuenta veces al año Angliru. Y viceversa… sé de gente con bicis más costosas que un utilitario medio chupando polvo en garajes horterísimos, junto al cuatroporcuatro y la moto de cuando cumplió cuarenta…
Pero son excepciones.
Porque todo buen cicloturista tiene bici. Más aun, todo buen cicloturista tiene bicis. Varias, muchas, bastantes. A él siempre le parecerán pocas. Porque el número correcto de bicis para el cicloturista es fijo: N+1, siendo N el número de bicis actual.
A ver, no es culpa nuestra, porque era mi primerito día. Culpen ustedes a las fábricas, que van sacando novedades (y a los magazines, que las meten por ojos). Quiero decir… tenemos bici de carretera, está claro, y también una de montaña, para los meses duros… Tenemos, seguramente, la bici de paseo, para bajar al café, igual incluso una fixie, de cuando nos dio por posturear y hacer el ridículo. Tendremos, ay, una bici antigua, esa que nos regaló nuestro padre cuando corría Rodríguez Magro. Y hasta la BH ochentera, que siempre luce una BH ochentera. Y luego está la de ciclocross, mola darte un voltio al ciclocross, chupar barro a velocidades altas. Y ahora van y anuncian gravel, que son mezcla churrigueresca (o churresca, ustedes escogen) entre ruta y montis, y tampoco tienen nada de nuevo, pero es que algunas son muy bonitas, y las ruedas gordas-pero-no-tan-gordas gustan mucho, y qué quieren, uno no es de piedra, así que la gravel.
¿Ven? Culpa de las marcas.
Bueno, y culpa del mismo avance científico. Porque la bici que compraste ayer anda hoy en pleno desfase, como Roberto Pagnin un día de descanso. Y bajan báscula, o ponen cambios electrónicos, y esos frenos de disco feísimos que son tan eficientes, o el sillín con un bordao de Angela Lansbury, o los desarrollos, que ya no te da el veintiséis para subir por Ubiarco. Y, en resumen… a por otra bici.
Claro, aquí el problema es de espacio. O no, espera, el problema es de espacio y de pasta. Sobre el primero… en fin, las bicis ocupan, ocupan mogollón. Y tú quizá tienes una casa como la biblioteca de Umberto Eco (busquen video), pero lo más seguro es que seas pringadete sin mayores aspiraciones. Entre otras cosas porque estás leyendo un libro de Marcos Pereda, y los millonarios solo ven videos de Llados y similares (verán la distinción entre verbos… «leer» y «ver»). Y eso, que se te acaban las paredes, las esquinas, los sitios donde guardar bicis. Si añades componente familiar… pues desgracia, porque, por razones incomprensibles para cualquiera que sepa quién es Giuseppe Calcaterra, nuestro desmedido afán por el velocípedo se considera de forma unánime como algo «no absolutamente necesario». Sí, sí, yo tampoco lo entiendo, pero es… Todo lo cual va generando cierta tormenta perfecta con olas como para que las surfeé Megalodón IV, muy pronto en cines.
Cuidadín.
Respecto a lo segundo… pues ni hablamos. Porque las bicis son caras, muy caras (aunque puede usted irse a la página 33 para matizar temas). Y siempre queremos más y más. Vamos, que festín, agujero negro, bolsillo roto. No aprende, el chiflao, no aprende.
Y sí, ok, tengo ya seis en el garaje… pero ¿has visto qué cucada lo nuevo de Gorbea? Tiene un manillar ocho milímetros más ancho, lo que te hace generar tres coma dos vatios de potencia diésel en cada subida. Y, de acuerdo, cuesta una pasta, pero es que…
Tourmalet, Aubisque, Aspin, Peyresourde.
Galibier, Izoard, Madeleine, Croix-du-Fer, Alpe d´Huez.
El Mont Ventoux, claro.
Por Dolomitas lo típico… Pordoi, Fedaia, Sella, Gardena. También Rolle y Valparola. Lavaredo, Mortirolo, que no es Dolomitas. El Stelvio, que tampoco, siempre Stelvio. Ah, y Gavia, que tampoco.
Covadonga, El Escudo, Pajares, Navacerrada y El León, la Morcuera debe evitarla, por pesaos. Arrate, Sollube, Urkiola y Orduña, combinando. Alisas, Cerler, Neila. Angliru, por la tontería. Ancares, por fardar.
Si quieres ir de flipao… Tudons, que hay miles de tíos fatal de lo suyo subiendo por ahí. O, a niveles extremos, Teide. Ah, y Andorra, Andorra en verano, porque en invierno solo rueda por allí ese pro que ustedes saben, enorme fan del frío. Envalira merece la pena, aunque tenga tráfico (pero también tiene a Anquetil).
Y luego cositas sueltas.
Pero, sobre todo, el Tourmalet.
Hay que subir el Tourmalet. Por las dos vertientes. El Tourmalet. Rápido o lento, pero hay que subir el Tourmalet.
Te dan carnet ciclista.
Lo mismo da que sea el Carrefour de l´Arbre o esa calle peatonal que tiene usted en su pueblito. Si calza adoquines nos gusta.
Porque mola mucho ver ciclistas sobre adoquines, sobre pavé, sobre esas piedras echadas casi a voleo, casi sin saber dónde caen. Pedalear ya gusta regu, porque es algo bien incómodo, y vas entre que te duelen nalgas y que te visualizas sin dientes en la próxima curva. Adoquines civilizaos aún, pero algún tramo de la París-Roubaix… vamos, a mí me aterroriza. Pero yo no compito, solo emborrono sobre lo que compiten los demás…
Es aparecer adoquín y ponernos tontorrones. Tanto que nos metemos por la calle del pueblo, la que siempre salpica agua de cuando llovió (no importa cuándo lloviese), y ya te ves entrando en el Velódromo de las Hilaturas, y te sientes flandrien de verdad. Si resultas de natural flipao (pero muy, muy flipao) discutirás en la grupeta con otros globeros en base a tu experiencia sobre adoquines. Mira, Boonen en realidad no iba como es debido, Cancellara es fuerza bruta y nada de técnica.
Ya saben.
Así que eso… todo lo que tenga adoquines, desde carreras World Tour hasta cañadas reales, es bien.
(Y, a la altura de marzo, te vas dos o tres días a rodar sobre esa superficie… para recordar sensaciones antes de las clásicas).
Si tienes que imitar a alguien, imita a Roger de Vlaeminck.
Antes de todos… antes de Mathieu van der Poel, antes de Wout van Aert, de Tom Pidcock (joder, mucho antes de Tom Pidcock) estaba Roger de Vlaeminck. El paisano que llamó blandengue a Merckx porque Eddy nunca destacó en ciclocross. El que fue campeón del mundo en barro, pero nunca pudo repetir con ruedas finucas. El de los cinco monumentos, el del Flandes con Maertens, el de las cuatro Roubaix, el que, cuentan, podía rodar a toda hostia con bici sobre raíles de un tranvía, tan grande era su control…
Ese Roger.
Solo por lo anterior… Roger mola. Roger mola todo, Roger mola muchísimo, Roger mola para hacer camisetas de «Cómo mola Roger de Vlaeminck».
Pero usted viene por lo de más allá.
Por la elegancia.
Vale, ejercicio práctico (este libro tiene teoría y práctica, como los cursos de extensión universitaria). Coja un portátil, abra el buscador, ponga «Roger de Vlaeminck» y vaya a imágenes. ¿Ya? Perfecto. Y ahora dígame qué ve.
Elegancia, eso está viendo. Se lo digo yo.
A ver, por partes. El pelo. Las patillas (patillas grandes, cortadas con forma de bifronte, oscuras como noche sin fin). Cabello oscuro. Sonrisa pelín torcida, sonrisa de «ven, que te cuento cómo afrontar Arenberg». Vamos, un tío guapo, y no pasa nada por decirlo, oigan. Pero es que sumamos. Sumamos el maillot. Que Roger es su maillot Brooklyn. De los Estados Unidos pero sin ser de los Estados Unidos; Capitán América sin fascismo inherente. Y culote negro, como debe ser. Vale, De Vlaeminck corrió con más escuadras, pero De Vlaeminck es un maillot Brooklyn, y con eso ya…
Hay más cosas.
Hay la postura. Busquen, busquen. Espalda recta. Espalda recta rectísima, espalda como para poner un vaso de caciquecola en sus riñones por París y zumbarte cubata dentro del Velódromo. Los brazos en escuadra doble. Escuadra sobre manillar, escuadra en codo. Muñecas… pues casi que también escuadra. No los noventa grados, pero… Muñecas que agarran gomas de frenos. Encima guantes, guantes tipo piloto de carreras, guantes tipo Steve McQueen. Perfección, elegancia, saber estar. Bueno, el tipo era zorro hasta decir basta en competición, pero uno debe ser zorro hasta decir basta cuando tiene los rivales que tuvo Roger…
Segunda vez que lo decimos… con eso ya… suficiente.
Pero es que no queda ahí la cosa.
Pongan, pongan en el Google «De Vlaeminck gabardina». Y vean lo que sale ahí. La pose, el tono, ese mirar. O cómo abrigarte con todo el estilo del mundo. Molando lo más molado. Es imposible tener más elegancia, y el paisano lo logra con su ropa de andar en bici. Joder, qué envidia. Perfecto sobre máquina y fuera. No como usted, que se echa encima chaquetuca de chándal y parece venir directamente de La Modelo.
Si tienen que imitar a alguien… imiten a Roger.
No, espera, me acabo de acordar.
A Bugno, imita a Gianni Bugno.
Bueno, salvo que seas colega íntimo de Claudio Chiappucci.
De lo contrario… si tienes que imitar a alguien, imita a Gianni Bugno.
No voy yo a exagerarles… Todos nos hemos saltado algún semáforo en rojo, oigan. Y en bici también.
El asunto, como con los adolescentes problemáticos, es cuando repites. Cuando te acostumbras, cuando exhibes jocoso daltonismo y desvergonozería. Cuando no sabes qué significa la «ese» con la «te» y con la «o» y con la «p». Cuando adelantas sin mirar, no dejas que crucen peatones en los pasos de cebra, haces las rotondas «rectondas», vas por centro de calzada, invades carril izquierdo en curvas, no sigues línea recta, no hay respeto. También están quienes hacen fotos y videos en marcha, pero esos son tan imbéciles que merecen capítulo aparte (véase página 118).
De forma totalmente ilógica, estos cicloturistas (los que no respetan el reglamento de tráfico) aspavientan de forma llamativa a la menor infracción de cualquier automóvil sobre el Reglamento de Tráfico. Que, ojo, haber hecho la ñapa no faculta para que otros cometan la ñapa, y la ñapa de un coche siempre va a ser potencialmente más dañina para una bici que la ñapa de una bici para el coche, pero… No sé. Ah, recordemos que la ñapa de una bici es muy chunga para el ciclista, eso lo tenemos claro, ¿no? Vamos, que te puedes escojonar.
Estos son los que dan mala fama a todo el colectivo (por muy individualista que te creas, siempre formas parte de un colectivo), y resultan perjudiciales para todos. Cuando te pegan una pitada enorme, una pitada sin venir a cuento, una pitada de «eres gilipollas, coche que va pitando», un poquito se dirige a los anormales. Así que odio. Andar en bici no te convierte en un ser de luz, no nos hace colegas, no me vincula para defenderte.
Ni de coña.
A estos que van haciendo el tonto… ni saludar.
En las bicis.
En los ciclistas.
Los maillots, los culotes, los componentes.
La gorra, las gafas.
Me gustaban los directores, las carreras, me encantaba poner la radio y que me dijesen cómo iba el Giro.
Esos coches aparcaos, esos coches robustos, esos coches confiables. La gente, pasión pero respeto, sin idioteces, sin disfraces, sin bengalas, sin imbéciles grabando videos, sin anormales dando birras a Adam Hansen (perdón por la redundancia).
El asfalto, parcheao. Las casitas, de piedra (ningún engendro tipo casa-moderna-de-urbanización-todas-iguales-horrible). El ruido del helicóptero, las crónicas en el diario. Los comentaristas, aunque fuesen malísimos. Locuras, contraataques, pájaras.
Lo de antes siempre era mejor.
Y yo era más joven, claro.
Nombres.
A un lado viene Jan Ullrich, Bernard Hinault o Gianni Bugno.
Del otro llegan Martín Farfán, Enric Mas y Lance Armstrong.
Ahora… ¿a quién quiere parecerse? No en aspecto (que ahí Gianni) o como ciclista (que ahí Bernard), sino sobre la bici, en estilo, en aire…
K.O.
Usted puede hacerse todas las pruebas de ergonometría que le aguante el cuerpo. Puede ir a sabios con más títulos que la Jugoplastika, puede leer miles de páginas serias (y otras no tanto). Puede aprender cosucas sobre lactato, sobre eficiencia, sobre tendinitis y prevención.
Puede, sí, rendirse al siglo de las luces.
