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¿En nombre del avance civilizador es éticamente aceptable e históricamente legítimo violentar y desposeer a las personas y destruir su entorno natural? ¿Son admisibles estos daños si los vemos como saldos colaterales de la modernización? Esta obra se sumerge en los dilemas éticos que plantea la modernidad: los costos humanos y naturales del progreso. A partir de un clásico literario, el Fausto de Goethe, Armando Bartra aborda este tema en torno al despojo, que conduce la idea de naturaleza, la concepción de la historia, el descentramiento del yo racional, el lugar cultural del Sur simbólico… Cuestiones que Bartra discute con Goethe, pero también con pensadores que fueron sus contemporáneos o sobre los que tuvo influencia, como Hegel, Marx, Nietzsche, Freud, Lacan, Lukács, Kosik, Berman, Agamben, entre otros.
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Seitenzahl: 182
Veröffentlichungsjahr: 2025
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BREVIARIOSdel
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
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FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2024 [Primera edición en libro electrónico, 2025]
Distribución mundial
Esta obra fue publicada por primera vez por la Universidad Autónoma Metropolitana y la Editorial Ítaca, México, en 2016.
D. R. © 2024, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México
Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672
Diseño de forro: Laura Esponda Aguilar
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.
ISBN 978-607-16-8380-9 (rústico)ISBN 978-607-16-8633-6 (ePub)ISBN 978-607-16-8673-2 (mobi)
Impreso en México • Printed in Mexico
Preámbulo
I. Entre el canal de Suez y un jardín suburbano
II. El progreso como coartada
III. Una pasión prometeica
IV. Fausto crepuscular
V. Los demonios del ello
VI. El vértigo de la naturaleza
VII. Sur
VIII. El último libro
Bibliografía
Un hombre que, sintiéndose impaciente e incómodo con los comunes límites terrenales, considera la posesión del supremo saber y el disfrute de los más hermosos bienes como insuficiente para saciar en lo más íntimo su anhelo. Un espíritu que, volviéndose hacia todas partes, regresa cada vez más desgraciado. Este modo de sentir es análogo al de los modernos.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE
Y el capital no tiene más que un instinto vital: el instinto de acrecentarse.
KARL MARX
Toda la serie de despojos brutales, horrores y vejaciones que lleva aparejada la expropiación violenta del pueblo.
KARL MARX
Los apocalípticos jinetes del despojo recorren el mundo. Al alba del milenio nos amanecimos con la mala nueva de que el hambre de tierras y de otros recursos naturales hizo presa una vez más del gran dinero que hoy expolia al planeta y a la humanidad con el ímpetu juvenil con que saqueaba a los pueblos de ultramar en los tiempos heroicos de la vieja colonización.
Hay razones para la renovada voracidad territorial capitalista. La dolencia civilizatoria que desde hace rato nos acongoja no se agota en las recurrentes recesiones económicas por sobreproducción; es en verdad una crisis de escasez. Escasez de tierra fértil, agua dulce, alimentos, combustibles, minerales, climas benignos, paisajes amigables, espacios estratégicos… un enrarecimiento de los bienes necesarios para la vida pero también de los recursos de que depende la acumulación de capital.
Entonces el gran dinero toca tierra una vez más. Corporaciones que por un tiempo prefirieron negocios asépticos y casi metafísicos, como la especulación financiera, regresan a la querencia: a la mina, al pozo petrolero, a la vertiginosa plantación, a la gran represa… Porque la escasez genera rentas, y cuanto mayor es la rareza, más cuantioso es el negocio.
Y en su aterrizaje forzoso el capital expropia, privatiza, concentra, extranjeriza; desmonta bosques, selvas y manglares; ensucia ríos, lagos y mares; arruina familias y diezma comunidades. Si la vieja minería destruía a los mineros en el socavón, la nueva destruye también suelos, aguas y pueblos a cielo abierto. Si en otros tiempos se limpiaban de campesinos las tierras europeas para que triscaran los borregos y se enchiqueraba a los indios americanos para abrir paso a las reses, hoy se arrinconan poblaciones y se agostan milpas, chacras y conucos para establecer vertiginosos monocultivos donde sólo prosperan los Frankenstein de Monsanto, Pioneer, DuPont y Syngenta.
“La compra de tierras es claramente uno de los mayores negocios de la economía global”,1 sostiene Charlotte Castan. Y refiere que entre 2001 y 2011 se firmaron 2 012 contratos de compraventa por un total de 228 millones de hectáreas, en una ofensiva territorial sólo comparable a la que acompañó la expansión inicial del comercio por todo el planeta. Si en los orígenes del mercantilismo se formaban sociedades por acciones para incursionar en los territorios de ultramar, como la que llevó el bizarro nombre de Misterio y Compañía de los Comerciantes Aventureros, para el Descubrimiento de Regiones, Dominios, Islas y Lugares Desconocidos, o como la Compagnie Française du Congo, que poseía 4 300 000 hectáreas en las colonias, mientras que la Caoutchoucs et Produits de la Lobay contaba con más de tres millones; hoy la norcoreana Daewoo Logistics es propietaria de 1 300 000 en Madagascar; la Global Green Energy, de casi un millón en ese mismo país, además de otras tantas en Mali y Guinea, mientras que China, por medio de su mayor empresa agroalimentaria, la Beidahuang Group, dispone de 2 800 000 hectáreas en la República Democrática del Congo, lo que nos hace retroceder un siglo, a los tiempos en que el Estado Libre del Congo era propiedad privada de Leopoldo II, rey de Bélgica.
Pero si la vieja colonización provocó resistencias, también la nueva encuentra respuestas airadas. Por todas partes la gente se alza en defensa de su casa, su tierra, sus ríos, su pueblo, su vida…
***
La reedición corregida y aumentada de un atraco y una resistencia, que siempre estuvieron ahí pero hoy se desbordan, convocan a la reflexión sobre el despojo, su naturaleza y su lugar en la historia. Porque si alguna vez pudimos pensar que la expropiación violenta de bienes familiares y comunitarios que acompañó al nacimiento del capitalismo había quedado atrás, sustituida por formas de explotación igual de inicuas pero más sutiles, hoy sabemos que no, que de la infancia a la senectud el gran dinero es saqueador compulsivo y asesino serial. No son los dolores del parto, no son daños colaterales del progreso, no es el precio a pagar por el despegue del nuevo orden… El despojo ecocida y genocida es una enfermedad crónica, progresiva y mortal, y como tal hay que hacerle frente.
Johann Wolfgang von Goethe es el espejo trizado de la modernidad y un adelantado del “malestar en la cultura” que un siglo después desmenuzaría Freud. Las escenas finales de su Fausto testimonian el desasosiego de un espíritu apasionado por el progreso, pero consciente de la obscena crueldad que lo acompaña. Lo que para algunos es racionalidad histórica de la que hay que dar cuenta, para Goethe es cuestión ética que exige definición.
Hoy, más que nunca, Goethe es nuestro contemporáneo.
Puesto que ni en el saber ni en la reflexión puede alcanzarse un todo […] tenemos que pensar la ciencia como arte si es que esperamos de ella alguna clase de totalidad.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE
PROTEGIDO del picante sol veraniego por umbrosos robles, hayas y abedules, el viejo Johann, al que en otro tiempo apodaron “Caminante”, devora revistas de actualidades. De tanto en tanto, cuando la escritura de los últimos actos de Fausto lo deja exhausto, el poeta octogenario se hace llevar al entrañable bosquecillo que él mismo sembró 40 años antes junto al río Ilm en las afueras de Weimar. Ahí se abstrae en publicaciones donde los sansimonianos exponen sus planes para el futuro canal de Suez.
Soportaría vivir otros cincuenta años —dice Goethe a su amigo Eckermann— con tal de ver realizado este prodigio.1
Al atardecer, la campana de la torre vecina les recuerda que es tiempo de regresar.
Horas después, de nuevo en su mesa de trabajo, Goethe retoma al Fausto emprendedor que anima el último acto del poema, narrando con entusiasmo de ingeniero la edificación de unos grandes diques semejantes a los que imagina que algún día habrá en Suez.
En contrapunto con el relato de la prometeica pasión constructiva, el poeta describe un moroso bosquecillo y un antiguo campanario muy parecidos a los suyos a orillas del Ilm, donde una pareja de ancianos tan viejos como él será quemada viva para que Fausto pueda ver realizada su ambición.
***
A horcajadas entre los siglos XVIII y XIX, entre el prerromanticismo heroico de la Sturm und Drang y el culto a la razón, entre la intuición y la ciencia, entre lo demónico y lo mefistofélico, Goethe es a la vez entusiasta del progreso y amante de la vida bucólica que el progreso destruye, es conciencia fracturada de su tiempo, que es el nuestro.
Quizá por eso, cerca de 200 años después de que el poeta pusiera punto final a su obra mayor, y muerto el protagonista se dispusiera a morir él mismo, Fausto sigue dando de qué hablar.
No pretendo agregar algo a lo tantísimo que se ha dicho sobre Goethe, sino reflexionar sobre el modo en que la crisis de la modernidad, de la que son parte tanto el creciente despojo socioambiental como el descrédito del racionalismo y del providencialismo, podría inspirar nuevas lecturas de Fausto. Sobre todo de su segunda parte, que tiene como telón de fondo la indignación moral, los demonios del inconsciente y la incertidumbre. Más que exégesis literaria, lo que sigue es una reflexión sobre el presente a la luz de un viejo poema dramático.
¿Quién lamenta los estragos si los frutos son placeres?
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE
A MEDIADOS del siglo pasado los niños neoyorquinos del Bronx vieron desvanecerse en el aire buena parte de su barrio tragado por la remodelación de la ciudad que emprendió Robert Moses a fuerza de highways y vías rápidas. Uno de ellos, Marshall Berman, recordaría años después los aspectos aborrecibles del progreso. Esto no le impidió amar su lado luminoso, que celebra en el libro Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad, una apasionada reflexión sobre los claroscuros de los siglos XIX y XX. El texto —filoso y retador como el que lo escribió— incluye una lectura personal de la última parte del magno poema de Goethe en la que el neoyorquino encuentra un “Fausto desarrollista”.1
Al enfatizar el carácter trágico y sangriento, pero intenso y creativo, del progreso técnico-económico que Goethe habría plasmado literariamente al final de su poema, Berman reedita y amplía, en perspectiva finisecular y neorromántica, el abordaje interpretativo que Georg Lukács propuso en 1940, una lectura marxiana en que Fausto es visto como transcripción teatralizada del drama épico del capitalismo: magna batalla entre las fáusticas fuerzas productivas y las mefistofélicas relaciones de producción.
Del libro de Berman, que he comentado brevemente en otra parte,2 me resultan plausibles la originalidad del abordaje y la perspicacia con que disecciona, entre otros, al polígrafo de Fráncfort del Meno. Pero también me simpatiza su entusiasta revaloración del aliento heroico y romántico de la modernidad; en realidad, de “las modernidades”, pues para el estadunidense “Goethe ofrece un modelo de acción social en torno al cual convergen las […] ideologías capitalistas y socialistas”.3
En los incrédulos y desesperanzados tiempos que corren, me parece loable que alguien se haya propuesto recuperar el lado soleado del progreso. Cuando el “desarrollo” y el “crecimiento” de todo signo son sumariamente enjuiciados y condenados a causa de los daños humanos y naturales que ocasionaron y siguen ocasionando, no está de más recordar la pujanza espiritual y material de los deslumbrantes siglos de la razón. “El progreso era un humanismo al que la codicia hecha sistema padroteó”,4 escribí recientemente, deplorando su perversión y reivindicando su parte más luminosa.
Pero una cosa es rescatar la entrañable “experiencia de la modernidad” de la que habla el neoyorquino y otra muy distinta es transformar los saldos nefastos del progreso realmente existente en una suerte de inevitables “daños colaterales”, de “precio” que es razonable pagar a cambio de los avances materiales y espirituales que trajo el nuevo orden. Esta operación intelectual y ética la hacen Lukács y Berman a partir de su lectura de Fausto y, en mi opinión, Goethe no la hubiera compartido.
En otra época, cuando se estaba saliendo del malhadado Ancien Régime, quizá los daños socioambientales asociados al avance del capitalismo pudieron parecer aceptables, pero dos siglos después el sistema del gran dinero sigue tan virulento y hostil como en sus años mozos, y a estas alturas ya no tiene la excusa de que el parto de lo nuevo duele porque se están “rompiendo cadenas feudales”.
***
La primera pregunta es si hay realmente en el poema dramático de Goethe el “Fausto desarrollista” que encuentra Berman. ¿De qué trata la obra? Veamos lo que dice de ella su autor:
Partiendo de viejas y rudas leyendas populares, [Fausto] representa un hombre que, sintiéndose impaciente e incómodo con los comunes límites terrenales, considera la posesión del supremo saber y el disfrute de los más hermosos bienes como insuficientes para saciar en lo más íntimo su anhelo, y un espíritu que, volviéndose hacia todas partes, regresa cada vez más desgraciado. Este modo de sentir es análogo al de los modernos.5
En la segunda parte de Fausto, sobre todo en el quinto y último acto, las pulsiones modernas del protagonista son cada vez más materiales. Ya no ardores subjetivos sino ambiciones objetivas: un hambre de poder y dominio del todo análoga a la del gran dinero que el siempre claridoso Mefistófeles —con quien Fausto apostó el alma a cambio del éxito de sus proyectos amatorios y después empresariales— califica como afán de “seguir colonizando”.6 Y recordemos que a principios del siglo XIX el colonialismo era el rostro del capitalismo periférico; valga decir, el torvo rostro del capitalismo que veía la mayor parte de la humanidad.
***
Lector omnívoro y seguidor de revistas como Minerva,Les Temps y sobre todo The Globe —que por entonces habían comprado los adeptos a Saint-Simon y dirigía Pierre Lerroux—,7 Goethe está muy al tanto de los emprendimientos ingenieriles de la modernidad capitalista. Pero si el capitalismo es mercado que se expande, su emblema corresponde a las vías de comunicación y, en tiempos de transporte marítimo, los grandes canales. Así, Goethe se entusiasma con un tajo entre el Rin y el Danubio, “¡Una empresa gigantesca!”8 que en octubre de 1808, en Erfurt, tiene oportunidad de discutir apasionadamente con Napoleón. También le interesa el de Suez, entre el Mediterráneo y el mar Rojo, proyecto que concibieron Barthélemy Prosper Enfantin y otros seguidores de Saint-Simon,9 que el poeta conoce por la revista publicada por éstos y que algún día se materializará en Panamá o Tehuantepec; acerca de él conversa largamente con su amigo Alexander von Humboldt, que entre 1789 y 1804 había recorrido la América equinoccial.10 Son también emblemáticos de la modernidad los grandes diques que le ganan terreno al mar, como los de la desembocadura del río Weser.
Y de domeñar a la naturaleza con magnas obras como éstas se ocupa Fausto en sus años postreros.
***
En pago de astutos consejos financieros, el emperador le ha cedido vastas tierras donde un nuevo Fausto, más emprendedor que enamorado y para quien “la acción lo es todo”, edifica un imperio que, entre otros portentos, incluye grandes diques destinados a ganarle tierra al mar:
FAUSTO: Y el mar avanza así por mil canales,
infecundo que da infecundidad.
¡Fuerza sin meta, mundo desatado!
[…]
Hice rápidos planes en mi espíritu:
lograr el placer precioso de apartar
de la orilla el soberbio mar; los límites
de la húmeda extensión hacer más breves.
[…] ¡Eso deseo, atrévete a emprenderlo!11
Otros personajes darán fe de la realización de tan magnos emprendimientos y de los nuevos dominios que fundan.
FILEMÓN: Osados siervos de señores sabios
cavaban fosos, diques construían
los dominios del mar disminuyendo,
para ser, en lugar de él, los señores.12
Sobre este impulso, que considera inédito, escribe Berman:
El Fausto de Goethe expresa y dramatiza el proceso por el cual, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, hace su aparición un sistema mundial característicamente moderno [...]. El único modo de que el hombre moderno se transforme, como descubrirá Fausto y también nosotros, es transformando la totalidad del mundo físico, social y moral en que vive.13
Los deseos, impulsos y habilidades [fáusticos] permitieron a la humanidad hacer grandes descubrimientos científicos y crear un arte magnífico, transformar el entorno natural y humano y crear la economía de la abundancia de la que han empezado a disfrutar recientemente las sociedades avanzadas.14
La visión del magno poema dramático como apología de la acción transformadora de que es capaz la humanidad no es nueva y la comparten lectores tan tempranos como Herman Grimm, un biógrafo de Goethe que le fue cercano en el tiempo, pues escribió en los años setenta del siglo XIX: “Con la salvación de la inteligencia diabólica de sus propias garras, a quienes quita el poder de aprisionarla —escribe Grimm—, Fausto arrebata al océano un nuevo fragmento de continente. La muerte de Fausto es la más alta glorificación imaginable de la actividad creadora del hombre”.15
El autor de Vida de Goethe piensa que, a fin de cuentas, hasta la diabólica astucia de Mefistófeles es recuperada para el bien gracias a la creatividad y el prodigioso activismo del protagonista. Berman no va tan lejos en su exaltación del progresismo fáustico, pues no se le oculta su lado siniestro. Pero, aun si admite que hay luces y sombras, ve en la última parte del poema un plausible “Fausto desarrollista”.
***
En la novela Los años de peregrinaje de Guillermo Meister, que es una suerte de relato utópico, Goethe apunta algunos rasgos de una imaginaria sociedad ideal, y en este marco destaca las que le parecen virtudes del capitalismo. Amargo sistema económico del que, sin embargo, el poeta da una imagen amable y dulzona que anticipa la neoliberal teoría del “goteo”, según la cual cuando el gran dinero, que está en lo alto de la alegórica fuente, haya saciado su sed de ganancias, entonces sí la riqueza se derramará hasta las mayorías que están abajo. “Debe retener el hombre firmemente toda clase de propiedad y erigirse en foco central del que pueda irradiar el bien común [...]. Al capital nadie debe tocarlo; que sus rentas, de suyo, han de alcanzarlos a todos al correr del tiempo.”16
En el siglo de los socialismos que fue el XIX, la defensa del capitalismo como sistema económico que aquí hace Goethe no era compartida por todos. En cambio, el deslumbramiento por la dimensión constructiva de la modernidad, patente también en Los años de peregrinaje…, donde se alaban el debutante telégrafo y los incipientes barcos de vapor, sí fue por mucho tiempo un sentimiento general. Admiración de la que, como vimos, se hace eco Berman a fines del siglo XX y que a mediados del XIX había inspirado algunos pasajes del Manifiesto del Partido Comunista, escrito al alimón por los igualmente alucinados Karl Marx y Friedrich Engels:
El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, el empleo de las máquinas, la aplicación de la química a la industria y la agricultura, la navegación a vapor, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico, la adaptación para el cultivo de continentes enteros, la apertura de los ríos a la navegación, poblaciones enteras surgiendo por encanto, como si salieran de la tierra. ¿Cuál de los siglos pasados pudo sospechar siquiera que semejantes fuerzas productivas dormitasen en el seno del trabajo social?17
La burguesía [...] ha demostrado lo que puede realizar la actividad humana; ha creado maravillas.18
Aunque siempre hay un pero. Para Marx y Engels en el Manifiesto comunista es estructural: unas relaciones de producción burguesas por las que “demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria y demasiado comercio” se vuelven en su contrario y “la sociedad se encuentra retrotraída súbitamente en un estado de barbarie”.19
A Goethe, en cambio, le calan más la metafísica insatisfacción de Fausto que ningún logro puede saciar y el rastro de muerte y destrucción que el despliegue de la modernidad deja a su paso.
“Feliz y doloroso es todo progreso nuevo”, dice Goethe poniendo la idea en boca de Fausto. Berman coincide con él:
Pero los grandes desarrollos que inicia —intelectual, moral, económico, social— terminan por exigir grandes costos humanos. Aquí reside el significado de la relación de Fausto con el diablo: los poderes humanos sólo pueden desarrollarse mediante lo que Marx llamaba “las potencias infernales”, las oscuras y pavorosas energías que pueden entrar en erupción con una fuerza más allá de todo control humano. El Fausto de Goethe es la primera tragedia del desarrollo y sigue siendo la mejor.20
Berman generaliza, pero los “poderes humanos” específicos cuyo despegue propician Fausto y Mefistófeles son los del capitalismo. Los primeros “costos” que hubo que pagar corresponden a lo que se llamó “acumulación originaria”,21expoliación que algunos consideramos primaria, permanente y consustancial al orden del gran dinero.22 El último acto del Fausto de Goethe podría ser visto, entonces, como la tragedia de la acumulación originaria o quizá —empleando un término más elegante y hoy muy socorrido— como la tragedia del despojo.
De hecho, ésta es la lectura del poema que hace Georg Lukács. En textos escritos en 1940 y agrupados, con otros, bajo el título de Realistas alemanes del sigloXIX, el húngaro observa que en el quinto acto de Fausto “hemos llegado a la cumbre, al punto final del poema [...] a la acción fecunda, tanto en el plano económico como en el técnico, para el dominio de las fuerzas de la naturaleza”.23 “Cuando Fausto retorna a la vida a raíz de la desaparición de la Antigüedad lo único que le interesa ya es la lucha técnica y económica por dominar la naturaleza.”24
Esto permite al autor de El asalto a la razón afirmar que “el contenido del poema es el destino de la humanidad entera. Los problemas filosóficos más importantes de una época de transición son planteados ante nuestros ojos”.25 Uno de estos problemas es que “la salvación del género humano [se logra] a costa del trágico sacrificio del individuo”.26
Sobre el lado oscuro de una modernidad cuando menos paradójica, pues emancipa a la humanidad avasallando a las personas, sigue diciendo Lukács:
Goethe no embellece el carácter diabólico de la forma capitalista de este progreso, pero al mismo tiempo no puede sino mostrar que únicamente aquí se abre al fin un dominio verdadero para la praxis humana
