Suku'un Felipe - Armando Bartra - E-Book

Suku'un Felipe E-Book

Armando Bartra

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Beschreibung

Suku'un Felipe presenta una biografía novelada de Felipe Carrillo Puerto, gobernador de Yucatán y luchador incansable por la justicia social. A lo largo de este libro, Armando Bartra narra con don literario la vida de este personaje, quien sin importar qué hiciera o dónde estuviera, tenía presente el deseo de mejorar las condiciones de vida de los mayas. Esta relación inquebrantable entre él y los mayas le valió el apodo de Suku'un, es decir "hermano". Gracias a la naturaleza híbrida de la obra, el público sentirá que está leyendo una novela a la vez que conoce los aciertos, los errores, las vicisitudes y las traiciones propias de la vida de un hombre que dedicó su vida a mejorar su país y las condiciones de sus conciudadanos.

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Seitenzahl: 503

Veröffentlichungsjahr: 2021

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ARMANDO BARTRA (Barcelona, 1941), es un filósofo, sociólogo y catedrático estudioso de la cuestión campesina en México y América Latina. Doctor honoris causa por la Universidad de Córdoba, Argentina, fue profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la Escuela Nacional de Antropología e Historia; actualmente es profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana. Colaborador recurrente en distintos medios, ha publicado numerosas obras, entre las que se cuentan Campesindios. Aproximaciones a los campesinos de un continente colonizado (2010), El hombre de hierro. Los límites sociales y naturales del capital (2014) y Los nuevos herederos de Zapata. Un siglo en la resistencia 1918-2018 (2019).

SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA

SUKU’UN FELIPE

ARMANDO BARTRA

Suku’un Felipe

FELIPE CARRILLO PUERTO Y LA REVOLUCIÓN MAYA DE YUCATÁN

Primera edición, 2020 [Primera edición en libro electrónico, 2021]

D. R. © 2019, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672

Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-7081-6 (ePub)ISBN 978-607-16-7008-3 (rústica)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

 

 

Advertencia

Con Zapata en Morelos, 1913-1915¿Tú has matado a alguien? Primeros pasos, 1878-1913“La tienda de los catorce”El heraldo de Motul“Como quien exprime esponjas”“Los beneficios que nos traería la libertad”“Te quieren matar”Recuento en prisión Reformismo norteño, 1915-1918Jazz en Nueva Orleans“En nombre de la Revolución te entrego estos quinientos pesos”“El capital y el trabajo se sumaban y engranaban”“Ustedes no han sentido la crueldad de la guerra” Un nuevo rumbo, 1918-1922“Lo que importa son las resoluciones prácticas”“Rodó el precio del henequén”“El viejo no nos quiere”“Los invito a derrocar el régimen capitalista y burgués”De San Francisco a Nueva York“El gobierno se gana en las calles y en las urnas”“La finalidad comunista…”Lu’um yetel Almehenil“Triunfo Partido Socialista Sureste asegurado” Gobernar con el pueblo, 1922-1923“El primer gobierno socialista de América”“El último habitante de un mundo desquiciado”“Mejorar la vida de la gente”“No más escuelas cárcel”“Una organización que alcanza hasta la última aldea”“Vivir sin amos”“Reactivar la única industria que hay en el estado”“Volver al maíz”“Nuestra primera tarea ha sido restituir las tierras”“Haciendo tanto con tan poco”“¿Es o no la mujer dueña de su cuerpo?”“No se les oculta a ustedes la necesidad de tumbar a Felipe Carrillo Puerto”Peregrina“La primera cristalización revolucionaria de la propaganda socialista”“Entregaremos armas y tierras a los indios” El fin del principio, 1923-1924“No tenemos armas para nada”“En estos momentos no tenemos en quién confiar”“Los que estén armados vengan conmigo”“Nos vienen pisando los talones”“Le pido que proporcione lo necesario para llegar a la playa”“Penalidades sin cuento”“Recibió cincuenta mil pesos para que lleve a cabo la ejecución”“Tanto nadar para ahogarse en la orilla”“Los muertos aún estaban vivos”“Yucatán es maya” 

Agradecimientos

Bibliografía

   Ellos han sido esclavos por tanto tiempo que han olvidado cómo jugar; los esclavos no juegan; y las personas que juegan no son esclavos.

FELIPE CARRILLO PUERTO

ADVERTENCIA

  En una gran Estoria se pueden alterar pequeñas verdades para que resalte la verdad más grande.

UMBERTO ECO, Baudolino

 Al escribir no se nos pide que seamos verdaderos sino verosímiles.

JUAN SASTURAIN, El último Hammett

 El documento no fue para Michelet más que un trampolín para la imaginación.

JACQUES LE GOFF, ¿Realmente es necesario cortar la historia en rebanadas?

  SUKU’UNFELIPE es un relato biográfico que en su búsqueda de la verosimilitud se permite ciertas licencias historiográficas que sin embargo falsean la verdad histórica. Los personajes existieron, los acontecimientos relevantes se cuentan tal como ocurrieron y los documentos citados son fidedignos. Los diálogos y algunos eventos circunstanciales, en cambio, siendo posibles, no son verificables; unos porque los testigos los reconstruyeron años después según los recordaban, otros porque los imaginé yo apoyándome en lo que sé de los participantes y las circunstancias.

Ignoramos, por ejemplo, qué tan buena era la memoria de Marte R. Gómez, pero las palabras que pone en boca de Felipe Carrillo Puerto cuando, años más tarde, nos relata la conversación en que éste le comunicó su decisión de dejar Morelos y regresar a Yucatán concuerdan con lo que, por esos días, Felipe le escribió a su hermano Acrelio en una carta, ésa sí consultable. De modo que el diálogo es verosímil e históricamente consistente, aunque historiográficamente no resulte fidedigno por no haber documento alguno que lo avale.

Otro caso es el del discurso de Felipe en el Zócalo de la Ciudad de México pronunciado desde el balcón de Palacio Nacional. He leído cuando menos tres versiones periodísticas distintas de lo que dijo, que, sin embargo, coinciden en que llamó a pasar de las palabras a los hechos y a ponerle bombas a las instituciones, de manera que elegí la más elocuente.

Algunas reconstrucciones fueron arriesgadas. Acerca de lo que ocurrió entre el 12 de diciembre de 1923, fecha en que Carrillo Puerto y un grupo de colaboradores escapan de Mérida ante la inminencia de su ocupación por los golpistas vinculados a la rebelión de Adolfo de la Huerta, y el 3 de enero de 1924, en que Felipe y doce más son fusilados en el Cementerio General de Mérida, tenemos testimonios abundantes y minuciosos que permiten reconstruir lo sucedido casi hora tras hora. Hay, sin embargo, una semana perdida: la que los perseguidos pasan en la barra de Río Turbio. Y se trata de una semana narrativa e históricamente decisiva. La noche anterior a la llegada a Río Turbio había transcurrido en medio de versos y bromas —que transmite puntualmente El Chato Duarte en un breve escrito—; en cambio, siete días después, cuando salen de Río Turbio, su mejor opción es entregarse a los golpistas. ¿Qué pasó en el manglar? Nunca lo sabremos porque todos los que estuvieron ahí fueron detenidos, incomunicados y fusilados dos semanas después. En la última entrevista que le hicieron el 21 de diciembre, a unas horas de su captura, Felipe se refiere a “penalidades sin cuento”. Pero la lacónica expresión no basta: hay que narrar las penalidades, pues de otro modo la facilidad con que se pusieron en manos de los militares infidentes resulta históricamente incongruente y dramáticamente inexplicable. Y en el libro las narré; las narré empleando para ello lo que conozco de los personajes y mi experiencia personal con las barras de los ríos, los manglares, los lagartos y el chaquiste.

Otra decisión tuvo que ver con las referencias. Todo lo que cito entre comillas: cartas, telegramas, diarios, actas de eventos públicos, declaraciones judiciales, artículos periodísticos, testimonios…, lo tomé de alguna parte y pude haber mencionado su origen. No lo hice en bien de la fluidez de la lectura y también para evitar que mi narración se viera como texto de consulta. En esto llevé hasta sus últimas consecuencias la recomendación de Jacques Le Goff: “La erudición es un andamio que el artista, el historiador, deberá retirar una vez que haya concluido su obra”. Y como este libro habla de cosas que ocurrieron, pero no pretende tener valor documental, me tomé incluso la libertad de modificar no el sentido, pero sí la redacción de algunos de los textos que reproduzco, pues de la manera en que estaban escritos eran de incómoda lectura. Si alguien quisiera citar algo de esta narración histórica, le sugiero que no lo haga y que mejor acuda a la bibliografía. Ahí está la fuente.

La saga de Felipe Carrillo Puerto es bastante conocida; sin embargo, traté de que el relato conservara el suspenso. Es posible que el lector sepa cuándo y cómo murió el biografiado, pero aun sabiéndolo me gustaría que leyera esta historia como si transcurriera mientras la voy narrando.

 San Andrés Totoltepec, México, 2020, año del coronavirus.

I. CON ZAPATA EN MORELOS, 1913-1915

¿TÚ HAS MATADO A ALGUIEN?

 —Hay que sembrar caña. Sembrando puro maíz, frijol y chile nunca saldrán de pobres, por eso les aconsejo que también siembren caña…

Desconcertantes eran las palabras que a principios de 1915 el líder agrario Emiliano Zapata dirigía a los campesinos de Villa de Ayala que se habían congregado para escucharlo.

—Porque necesitamos que los ingenios azucareros subsistan —siguió diciendo el general—, pero no con el sistema antiguo, sino como Fábricas Nacionales que manejemos nosotros. La caña que vamos a cosechar la llevaremos a esas fábricas.

Y cerró:

—La milpa no es suficiente, hace falta reactivar los ingenios porque son la única industria y fuente de trabajo que existe en el estado…

—¿Quién le entiende? —reclamó Fidel a media voz—. Hace unos días decía que hay que hacer milpa para que no cunda el hambre en Morelos. Y ahora sale con que hay que reactivar la agroindustria que barrió con la milpa. ¿Quién le entiende?

Daniel estaba de acuerdo en que era un descontrol. Samuel, en cambio, dudaba:

—Es que sí se necesitan ingresos. Si no tienes dinero, cómo compras parque, cómo habilitas los hospitales, cómo sostienes a las viudas… Nosotros mismos no tenemos con qué reponer los teodolitos que se perdieron en el viaje.

—Tiene razón el general —sentenció El Yuca—. Es como en mi tierra: las plantaciones de henequén son una maldición, pero de ahí salen los ingresos del Estado. Y el dinero hace falta si queremos ayudar a la gente… Así que cuando la bola llegue por allá, habremos de cultivar el maíz que ahora traemos de fuera, pero sin descuidar las exportaciones agrícolas.

Hizo una pausa como para dejar paso a los recuerdos.

—En su momento haremos en Yucatán lo que están haciendo en Morelos… Pero por ahora nuestro problema son los hacendados. De aquí ya los corrieron, mientras que por mis rumbos aún nos tienen bocabajeados…

Quienes así hablaban eran los jóvenes integrantes de la Comisión Agraria del Distrito de Cuautla, formada por Fidel Velázquez, Daniel Valera y Samuel Torres, alumnos de la Escuela Nacional de Agricultura, que junto con otros habían viajado a Morelos para ayudar como topógrafos al deslinde de las tierras que estaban regresando a manos de los pueblos. El Yuca, un güero alto, fornido y de ojos verdes, era el motuleño Felipe Carrillo Puerto, coronel de caballería del Ejército Libertador del Sur, a quien la Comandancia Zapatista había nombrado Representante Agrario.

La existencia de las Comisiones Agrarias, que también operaban en Guerrero, Puebla, el Estado de México y el Distrito Federal, era posible porque a principios de 1915 la Revolución campesina estaba en su punto más alto. Tras la forzada renuncia del traidor Victoriano Huerta a la presidencia que usurpaba, la División del Norte y el Ejército Libertador del Sur dominaban buena parte del país y a través de la Convención, reunida inicialmente en Aguascalientes, nombraban presidente y ejecutaban algunas políticas públicas. En Morelos, desde fines de 1914 y hasta fines de 1915, el zapatismo tenía el control político militar y el Plan de Ayala comenzaba a materializarse. Y precisamente para eso estaban ahí los pasantes de agronomía Fidel, Samuel y Daniel, supervisados por El Yuca como Representante Agrario.

Ya de regreso en Cuautla, donde ocupaban una casa intervenida en la calle de Morelos, los jóvenes pasaron a cenar a la fonda que estaba por la plaza principal. Ahí también se refaccionaba la tropa y con frecuencia se escuchaban los: “¡Quién gran parió de madre!”, de El Cristo, un militar bronco y malhablado al que le decían así porque una vez lo dieron por muerto en un combate, pero al tercer día revivió. Y El Cristo acostumbraba meterse con los de la Comisión Agraria, a los que llamaba agrios y no bajaba de mustios, güeritos y catrines…

Cenados y en su vivienda, donde los esperaban Antonio Gómez y Jesús Concha, jefe y subjefe de la comisión, los agrios destaparon la botella común y, entre tragos de un resacado preparado al que llamaban Satanás, reanudaron la discusión.

—Hace unos días vieron al general Zapata cosechando maíz y desgranando mazorcas por los llanos de Chiautla, cerca de Tlaltizapán —comentó Antonio, sumándose al debate—. Dicen que lo hace para poner el ejemplo. Y también porque ya le da grima pedir a los campesinos que los estén manteniendo.

—Eso me dijeron. Y lo que cosecha se lo entrega a las familias de los revolucionarios caídos —añadió Jesús.

—Más a mi favor —remachó Fidel—. Lo que importa es la milpa que nos da de tragar.

—Será; pero el hecho es que ya hay varios ingenios funcionando. Aquí nomás, tenemos el de Coahuixla, que era de Manuel Araoz, un hacendado que está en chirona, y ahora lo maneja un sobrino de Zapata.

—Maurilio Mejía.

—Ese mero. Y también se consiguieron en México refacciones y se reactivó el ingenio El hospital, que administra Emigdio Marmolejo, comandante de la plaza y jefe de escoltas del General.

—Sí, pero apenas trabajan, porque les falta materia prima; la gente no quiere sembrar caña…

—Es lo que digo, no quieren… Cómo van a querer si la jodida caña los esclavizó…

El Yuca no tomaba alcohol y, pasada la medianoche, puso fin a los espirituosos debates pidiéndole a Fidel que recitara el Manelik, del vate yucateco Mediz Bolio.

Felipe, que también se lo sabía, le hizo segunda:

 

Si sientes la injusticia

desgarrándote el pecho;

si te estrujan la vida;

si te infaman el lecho;

si te pagan la honra

con infame mendrugo,

¡no envilezcas de miedo

soportando al verdugo!

¡No lamas como un perro

la mano que te ata!

Haz pedazos los grillos

y, si te asedian, ¡mata!

 

—¿Tú has matado a alguien, Yuca? —quiso saber Samuel.

—Sí —contestó Felipe.

No dijo más. Tampoco le siguieron preguntando.

 Buscando a los que de veras hacían la Revolución, Carrillo Puerto había viajado de Yucatán a Morelos con una escala en Nueva Orleans. Antes escribió varias cartas al Cuartel General zapatista, pero no fue sino hasta 1914 que pudo entrevistarse con el propio Emiliano en Milpa Alta. Al conocerlo en persona, Felipe se sorprendió: lo había imaginado mayor y más alto, pero el general del Ejército Libertador del Sur tenía poco más de treinta años, muchos menos que él, y era de corta estatura.

El encuentro entre Felipe y Emiliano ocurrió en agosto, cuando los zapatistas iban de gane: tenían presencia en Puebla, controlaban tanto Guerrero como Morelos y por las noches las fogatas de sus campamentos, desparramados por los cerros del sur del Distrito Federal, eran el tema de las discusiones y pesadillas de los capitalinos.

El morelense y el yucateco conversaron en las bancas que había a un costado del Cuartel General recién establecido en San Pablo Ostotepec, pueblo del Distrito Federal donde días antes se había reafirmado el proyecto revolucionario campesino ratificando el Plan de Ayala. Desde la robusta construcción se domina todo el valle: un poco más abajo Milpa Alta, algo más lejos Tlalpan y al fondo la ciudad de México. Atardecía y algunas luces parpadeantes se iban encendiendo en los poblados, los zanates habían terminado su parloteo, los grillos empezaban a cantar. En silencio, Emiliano forjó un cigarro de hoja y lo encendió con la brasa de su mechero.

—¿Tabaco? —preguntó, ofreciéndole a Felipe la bolsita con picadura y unas hojas de maíz.

—Gracias. No fumo.

El cigarro chisporroteó cuando Zapata aspiró el humo y, mirando hacia donde sabía que estaba la ciudad, inició la plática.

—A Carranza no lo queremos de presidente. Es un ambicioso que sólo busca el poder… Además de que no se quiere comprometer con el Plan de Ayala… y así cómo.

—Entonces van a tomar la capital por su cuenta.

—Es cosa de días. La muina que traemos es que cuando se chisparon los federales que la resguardaban, ocuparon sus posiciones los carranzas… Parece que los catrines no quieren guarachudos en su ciudad.

Zapata dio otra larga fumada a su cigarro y, sin apartar la vista de las luces lejanas, continuó.

—Pero vamos a entrar, téngalo por seguro… Y si nos hacen resistencia… pues nos la rifamos. Ya estaría de Dios. Al cabo que nosotros somos los más fuertes en el sur.

—¿Ya cayó Cuernavaca?

—Ya. Hace unos días tomamos de nuevo la plaza… Y hasta nos pudimos avanzar algunas armas, que buena falta nos hacen porque aún traemos soldados de uñas que no tienen con qué… Ahorita todo Morelos es nuestro. También tenemos gente en Puebla y desde marzo ocupamos Iguala y Chilpancingo.

—En Guerrero, ¿llegaron a la costa?

—Sí, nos fuimos hasta el mar. La guarnición del puerto de Acapulco se le rindió al general Julián Blanco… Pero eso ya no me tocó verlo. Yo me devolví antes para Morelos…

Por unos instantes Zapata dejó de mirar hacia la ciudad para dirigir la vista al humo de su cigarro. Luego dijo.

—Fíjese, vale, que no conozco el mar.

—Pues ahora que se haga la bola en mi tierra, lo invito a que se bañe en el Caribe…

La plática se reanudó tiempo después en Tlaltizapán. Ahí el motuleño le explicó a Emiliano que en Yucatán había habido muchas haciendas cañero-azucareras, como en Morelos, pero que ahora lo que cinchaba a los pueblos era el henequén. Comparados los casos, concluyeron que cuando hubiera condiciones habría que llevar la lucha agraria al sureste… y entonces Zapata conocería el mar.

Como combatiente del Ejército Libertador del Sur, en noviembre de 1914 el yucateco fue nombrado por Zapata coronel de caballería y en 1915 fue designado responsable de la Comisión Agraria de Cuautla. Pero hacia el final del año, junto con los desalentadores reportes de las derrotas de las fuerzas zapatistas y villistas de la Convención a manos de los constitucionalistas seguidores de Venustiano Carranza, llegaron a Morelos noticias de que el general Salvador Alvarado, sinaloense enviado por el carrancismo a recuperar Yucatán de manos de los alzados separatistas de Abel Ortiz Argumedo, había cumplido su misión y que en su calidad de gobernador provisional y comandante militar estaba impulsando cambios progresistas en la península. Y Felipe decidió que ya era tiempo de volver.

Así se lo dijo a su amigo Marte Rodolfo Gómez, pasante de agronomía que laboraba en la Comisión de Yautepec, con quien se volvería a encontrar años más tarde en la Comisión Agraria de Yucatán:

—Me quité de Yucatán porque ahí ya no veía para dónde. Pero me cuentan que el general Alvarado está repartiendo tierras entre los mayas. La verdad es que estoy muy contento en Morelos viendo que a los campesinos se les restituya lo suyo. Pero aquí tienen a Zapata y yo no hago falta. Además, allá dejé a mi familia…

Los recuerdos provocaron una pausa.

—Me tengo que ir, Marte, me tengo que ir. Despídeme de los compañeros; diles que me regreso a Yucatán.

Carrillo Puerto no era el único yucateco que se había enrolado en las filas zapatistas: también militaba en el Ejército Libertador del Sur el anarquista Miguel Cantón. Combatiendo a las tropas de Victoriano Huerta a las órdenes del general Pedro Bernal en Morelos, Puebla, el Estado de México y el Distrito Federal, Cantón había obtenido el grado de teniente coronel y luego, por sus enfrentamientos contra las fuerzas de Venustiano Carranza, obtuvo el grado de capitán primero de caballería. Participó también en los debates entre convencionistas y constitucionalistas en 1915 y de regreso a la península formaría parte, junto con Felipe, del Partido Socialista del Sureste.

Tampoco fue Felipe el único de los miembros de las Comisiones Agrarias que después se iría a Yucatán; en su momento también lo hicieron su amigo Marte de la Comisión de Yautepec, Gaspar Garza de la misma comisión, Manuel Mesa de la Comisión de Texcoco y Gustavo Martínez de la de Tenango del Valle. Todos trabajaron en la Comisión Agraria de aquel estado durante el gobierno de Salvador Alvarado. Y es que, como diría después Marte: “El sinaloense era el único carranclán que aceptaba zapatistas en su equipo de gobierno”.

Los agrios y otros fuereños que se sumaron de diferentes maneras a la lucha zapatista dejaron en general buenos recuerdos entre la gente de Morelos. También Carrillo Puerto sembró afectos, aunque alguno dijo que además había sembrado un hijo. Sin embargo, el único argumento del que se lo atribuye es que en Tequesquitengo conoció a un muchacho que se parecía muchísimo a Felipe y que el tipo del motuleño es infrecuente en Morelos. A saber.

Desde julio de 1915 la ciudad de México estaba ocupada por los seguidores de Venustiano Carranza y los carrancistas fusilaban a los zapatistas que caían en sus manos, de modo que El Yuca caminó de Cuautla hasta Jonacatepec y de ahí se internó en el estado de Puebla buscando alguna estación donde pudiera abordar sin demasiado riesgo el Ferrocarril Mexicano que lo llevaría al puerto de Veracruz, pues entonces la única forma de llegar a la península era por mar.

Los choques entre las tropas del general constitucionalista Fernando Dávila y los zapatistas fieles a la Convención tenían a Puebla sumida en el caos, pero finalmente Felipe pudo abordar el ferrocarril rumbo al puerto. Las estaciones por las cuales había pasado dos años antes, cuando iba camino de Morelos, corrían ahora en orden inverso: Apizaco, Huamantla, San Marcos, Rinconada, San Andrés, Esperanza… ahí era la parada donde cambiaban la locomotora por una de rodada corta, especial para las vertiginosas Cumbres de Maltrata. Felipe lo sabía porque en Yucatán había sido maquinista. “Pero en mi tierra no hay montañas como éstas —pensó asomándose al abismo desde la Barranca de Metlac—, ahí puro llano.” Y adormecido por el rítmico traqueteo del tren, comenzó a recordar el mundo al que regresaba.

II. PRIMEROS PASOS, 1878-1913

“LA TIENDA DE LOS CATORCE”

 Hijo de Adela Puerto, motuleña de familia acomodada cuyas tres hermanas casaron con hombres prósperos de la ciudad, y de Justiniano Carrillo, quien en 1847 y bajo el mando del general Francisco Cantón había combatido contra los mayas alzados llegando al grado de capitán y jefe de la guarnición de Tihosuco, Felipe Santiago nació en 1878 y era el segundo de catorce hermanos.

Al licenciarse, Justiniano había establecido en Motul una ferretería y al lado un pequeño billar con dos mesas; de modo que la familia no era rica salvo en hijos. Por eso después de la enseñanza elemental los varones buscaban un oficio del que habrían de vivir, pues “La tienda de los catorce” y el “Club de la carambola”, como eran conocidos la ferretería y el billar, no daban para todos.

A resultas del alzamiento de los mayas conocido como Guerra de Castas, Motul, llamada “La perla de la costa”, había recibido muchos migrantes, y más tarde el boom henequenero la volvió el corazón de la economía peninsular. Una amplia alameda central, el parque José María Campos; un palacio municipal nuevo terminado a principios del siglo XX y cuyo lujo era una alta torre con reloj; un mercado en forma, el Guillermo Palomino; un casino; dos teatros y, desde 1906, un cine, a lo cual se añadía un pujante y diversificado comercio en que participaban destacadamente libaneses mal llamados “turcos”: todo esto hacía de Motul una pequeña ciudad.

Felipe era el mayor de los hermanos varones y, designado por su maestra de primaria “alumno príncipe”, como se llamaba entonces a los que terminaban sus estudios con buen aprovechamiento, su padre le dio en premio una parcelita en la cercana población de Ucí, donde desde los catorce años se enseñó a cultivar la tierra. No obstante, también aprendió carpintería y siguió ayudándole a su padre con la tienda. Y, pese a que era mestizo, Felipe hizo suyas la lengua, la cultura y los pesares de los mayas gracias a su amistad con una anciana del vecino poblado de Kaxatah, llamada Xbatab, quien le contaba historias, le compartía saberes y le transmitía valores y sentires de honda raíz comunitaria.

Un mal día, al atardecer, Xbatab se presentó muy agitada con Felipe, a quien llamaba Yaax ich, que significa ojos verdes.

—¿Qué pasa, chi ich, que vienes tan apurada?

—Has de saber, Yaax ich, que los patrones de la hacienda de Dzununcán han construido una gran albarrada que encierra al pueblo. Quieren que abandonemos todo y nos vayamos al monte como si fuéramos venados —le contó desolada.

Con el ímpetu de los dieciocho años, Felipe no lo pensó dos veces: seguido de la anciana, que trataba inútilmente de igualarle el paso, marchó a Kaxatah, donde gracias a que venía acompañado de una mujer de respeto como lo era Xbatab pudo convocar al pueblo.

—Lo que hicieron los patrones es una ofensa inaceptable —les dijo en maya—. Hay que tumbar la albarrada.

Y se puso manos a la obra seguido después de algunos titubeos por todos los habitantes de la comunidad.

Avisados los patrones de la inaudita rebeldía de la gente de Kaxatah y de que el instigador había sido el joven Carrillo, utilizaron su poder y lo mandaron meter preso. Ésa fue la primera de las varias cárceles de Felipe, de la que lo sacó su padre alegando que era menor de edad y pagando una multa. Aunque dicen que no aceptó salir sino hasta que los hacendados prometieran no reconstruir la albarrada.

De la experiencia en Kaxatah aprendió Felipe que sólo conociendo su lengua se podía participar en las luchas de los mayas, que eran la inmensa mayoría del pueblo peninsular. Y hablando maya llegaría a presidente del Partido Socialista del Sureste; y hablando maya sería gobernador.

A los peones de hacienda que no cortaban suficientes pencas o que no se presentaban a la fajina, labor sin paga que se realizaba una hora antes y una hora después de la jornada normal, los hacendados les daban una limpia. Felipe se enteró de en qué consistía ésta por su amigo Pancho Caamal, que aún tenía las marcas en la espalda.

—Primero te bajan la camisa y te embrocan en una paca de fibra para que no te ladees ni te caigas. Luego te pegan. Son veinticinco golpes con un lazo de henequén. Y lo mojan para que pese y cale más. Terminado el castigo te untan en la espalda una naranja con sal que ya tienen preparada… y estás listo para volver a trabajar…

Pausa.

—Eso si puedes levantarte…

No todos podían. Azotados hasta los huesos, algunos eran incapaces de incorporarse y los dejaban tirados en un rincón donde se reponían o morían comidos por las moscas.

Informado de que en la hacienda vecina un lacerado estaba grave, Felipe organizó una incursión nocturna, montó en su caballo a la víctima y la llevó adonde pudieran curarla. Si al rescatado le fue bien y se repuso de sus heridas, después tuvo que buscar un nuevo acomodo laboral. Lo que de seguro no resultó fácil, pues sin presentar tu nohoch cuenta y tu chichan cuenta, es decir la deuda grande y la deuda chica pagadas al anterior dueño y patrón, nadie te aceptaba en su hacienda. Así eran las cosas en Yucatán.

Años más tarde, estando ya casado, siguió procurando atención médica a las víctimas de los hacendados, para lo que contaba con el apoyo del doctor Manuel Amézquita, conocido como Chuhuc. La estancia en la casa familiar de un trabajador, llamado Antonio —al que se le había infectado la pierna a causa del grillete con el que lo tuvieron encadenado y que era atendido por Chuhuc—, causó un primer conflicto de Felipe con su joven esposa, Isabel, quien reclamaba por la fetidez que se desprendía de la herida. No sería la última desavenencia.

Dicen algunos que en una ocasión el joven Carrillo fue sorprendido por los hacendados alebrestando en maya a los peones, y ordenaron al mayocol que le diera veinticinco chicotazos enfrente de la gente. Puede ser. En todo caso Felipe nunca hablaba de eso.

Pero no todo era activismo social; también tenía otras inquietudes. Apenas había cumplido los trece años cuando llegó a Motul el Circo Quijano, cuya principal atracción era una joven contorsionista a la que anunciaban como La niña Elvira y que era hija de don Pancho Quijano, el dueño del espectáculo. Al parecer, Elvira era tan flexible como bella, y en cuanto Felipe la vio plegarse, desplegarse y rodar sobre la larga alfombra en que realizaba su acto, se enamoró perdidamente de ella.

Por las mañanas los malabaristas y acróbatas del circo practicaban sus ejecuciones al aire libre, y como el joven que a diario los observaba desde lejos les resultara simpático, un día lo dejaron incorporarse y probar sus habilidades. Felipe eligió la barra y resultó tan bueno que don Pancho lo animó a perfeccionarse. Pero al muchacho lo que le interesaba no era la barra sino la niña Elvira. Y al parecer su interés era correspondido.

Así las cosas, cuando el circo recogió su carpa y agarró camino a Tixkokob, Felipe se fue con ellos. Al notar su ausencia, don Justiniano averiguó dónde estaba y, previniendo que el voluntarioso muchacho se resistiera, consiguió del jefe político de Motul un oficio para que la autoridad de Tixkokob le hiciera ver al señor Quijano que se había llevado a un menor sin permiso de sus padres y debía entregarlo a la autoridad.

Comisionada para traer de regreso al huido, doña Adela y otro de sus hijos montaron en el bolán de tres mulas y recorrieron los 12 kilómetros que separan a Motul de Tixkokob. Grande habrá sido su sorpresa al ver en la entrada del pueblo un gran cartel del circo donde se anunciaba: “Hoy debut del barrista motuleño Felipe Carrillo Puerto”.

No hubo debut y finalmente el joven aceptó regresar a casa. Para justificar su escapada alegó su enamoramiento de la niña Elvira y, haciendo honor a su espíritu justiciero, argumentó también que su propósito era liberar a la pequeña contorsionista de la explotación a la que estaba sometida.

Siendo inalcanzable su amada, Felipe buscó consuelo en la música.

José Gerónimo Ramírez había llegado a Yucatán como parte del Batallón 22, enviado por el presidente Díaz a combatir a los mayas que desde la llamada Guerra de Castas resistían en Chan Santa Cruz. Decidido a desertar, José pensó que, siendo primer clarinetista de la Banda de Guerra del Batallón, podía ganarse la vida en Motul dando clases de música. Y así lo hizo.

Al poco tiempo el maestro Ramírez, como lo llamaban, había formado una orquesta con veintidós muchachos del lugar. El flautista era el joven Carrillo. En el debut del flamante conjunto musical, las partes de flauta que le tocaron a Felipe eran lucidoras, pero poco enérgicas. Y él quería algo más vivo: “Cuando menos un andante”, decía. Entonces el maestro le escribió un fogoso solo de flauta que, con el acompañamiento de la orquesta, estrenó exitosamente en el parque principal de Motul. De hecho, todos los hermanos Carrillo tocaban algún instrumento y, según Acrelio, además de la flauta, Felipe se las arreglaba bien con el flautín y el saxofón barítono.

Si pese a haberse vuelto barrista había perdido a Elvira, como flautista Felipe se hizo de nuevos amores. Y es que habiéndolo escuchado en el parque, la señorita Mercedes Pachón, al parecer bastante mayor que él, se prendó del joven intérprete. Para desalentar tan dispareja relación, los padres de Mercedes la mandaron a Tekit, el pueblo del departamento de Ticul donde había nacido. Por unos meses Felipe se dio sus escapadas y los enamorados se siguieron viendo. Pero con el tiempo y la distancia se fue enfriando la asimétrica pasión.

En los albores del siglo XX llegó a Motul proveniente de los Estados Unidos la práctica del béisbol. Juego que pronto se puso de moda tanto entre los ricos como entre los pobres: transformados en sportmen los motuleños pichaban, cachaban y fildeaban con entusiasmo. Felipe no sólo aprendió a jugar, sino que formó en 1904 el Club Motul, cuyos miembros se reunían trisemanalmente en un área de la plaza que se les había asignado. La afición no fue pasajera: tanto en el seno de su partido político como desde la gubernatura del estado, promovió el béisbol como un deporte que, como decía: “Enseña a combinar la responsabilidad individual con el trabajo en equipo”.

Más allá de causas sociales, amores imposibles, música y béisbol, un joven pobre tenía que ganarse la vida. Así que Felipe fue por muchos años agricultor en Ucí y por un tiempo leñador en el paraje llamado Akam Kekén. En 1893, con apenas quince años, decidió probar que era capaz de hacer su vida lejos de la familia y, con permiso de don Justiniano, se fue al vecino estado de Campeche, donde trabajó como caballerango y mozo de faenas en una de las haciendas del ex gobernador Marcelino Castilla Álvarez. Ahí se hizo amigo de Manuel, un hijo del hacendado dos años mayor que él, quien al triunfo de la revolución maderista sería gobernador de Campeche y con el cual tendría una buena relación amistosa, así como una complicada relación política. Experiencia contradictoria que se repetiría muchas veces a lo largo de su vida.

Una de las frecuentes desavenencias entre Felipe y su padre lo llevó a alojarse por un tiempo en la estación de ferrocarriles de Motul. Y, como siempre, el inquieto joven se hizo amigo de los trabajadores y gracias a ellos se familiarizó con las máquinas.

Los Ferrocarriles Unidos de Yucatán eran por entonces de Francisco Cantón, muy amigo de don Justiniano, quien había sido su subordinado en el ejército y que intercedió para que Felipe pudiera entrar a trabajar como rielero. Ahí el joven demostró una vez más que era hábil para casi todo, pues en menos de seis meses había ascendido a maquinista del tren que corre de Motul a Cuacá. Por su pericia para reencarrilar un convoy accidentado en que viajaba Cantón, recibió una mención honorífica. Años después la International Association of Machinists le extendió una credencial como miembro honorario.

Como trabajador del riel, iba con frecuencia a Mérida. En una ocasión, estando en la capital del estado, fue invitado junto con otros ferrocarrileros a un internado de señoritas donde se celebraba un examen. Ahí conoció a la joven María Isabel Palma, motuleña como él, pero hija de hacendados, a quien siguió visitando con o sin invitación formal de la escuela. Apercibida de lo que pasaba, la maestra Duarte, directora del internado, informó de la relación a los padres de la niña, quienes sin pensarlo dos veces sacaron de la escuela a Isabel y la regresaron a Motul, donde la vigilancia familiar sería más estrecha.

Pero esta vez la reticencia de los padres fue inútil y los jóvenes acabaron casándose. En 1901, al contraer matrimonio, él tenía veintitrés años y ella dieciséis (precocidad que no era extraña en la familia, pues cuando don Justiniano y doña Adela se casaron ella apenas había cumplido catorce). La nueva pareja tuvo seis descendientes, de los que le vivieron cuatro: Dora Onfalia, Gelithzli Illitia, Alba Isela y Felipe Hernani, pues Xochimilco Antonio murió al nacer y Netzula Lisis a los tres meses.

Casado y con nuevas responsabilidades, Felipe decidió seguir los pasos de su padre y, recurriendo a cinco o seis mil pesos de los que disponía Isabel, incursionó en el comercio itinerante con tres carretas que, tiradas por cinco mulas cada una, trasportaban mercancía entre Motul y Valladolid, poblaciones entre las que no había ferrocarril. Su imagen arreando las bestias le ganó el sobrenombre de El carretonero de Motul.

Lo retiró de esta actividad un accidente en que se lesionó la espalda. Sin embargo, ya repuesto se mantuvo en la misma línea y creó una cooperativa que transportaba en carretillas de mano maíz, frijol y otras mercancías de la terminal del tren de Motul al mercado de la ciudad. Los trabajadores eran socios y todos los sábados en el parque José María Campos se distribuían las utilidades.

En sus tiempos de comerciante nómada, Felipe tuvo su primer y estremecedor contacto con el antiguo esplendor de los mayas, pueblo al que hasta entonces sólo conocía en su humillación y sufrimiento. Años después, ya gobernador de Yucatán, en el discurso con que inauguró la carretera que une Dzitás con Chichén Itzá —una de las primeras obras físicas de su administración—, narró esa desnuda y conmovedora experiencia juvenil.

Junto a los restos prehispánicos aún no restaurados y hablando como de costumbre en maya, el gobernador debutante exaltó tanto la pasada como la presente y la futura grandeza del pueblo que había erigido esa pirámide, pero que también había hecho esa carretera. Así refirió su inquietante encuentro con los ancestros diecisiete años antes:

 

Pasaba yo por este camino a Dzitás, trabajando como ustedes trabajan para ganarse el sustento, cuando un vigilante de las ruinas me dijo: “¿Por qué no vienes unos instantes a Chichén para que veas la pirámide y otros restos?”

Dejé mis carros encargados en el pueblo y llegué a las ruinas… No puedo expresarles lo que sucedió en mi corazón; pasé cuatro días llorando entre esas piedras y sentí el alma llena de una gran amargura. Me pregunté entonces hasta cuándo esas espléndidas construcciones podrían ser conocidas por todos; cuánto tiempo más pasarían ignoradas las grandes obras de esos hombres antiguos.

 

La vida no es una sucesión de acontecimientos trascendentales, se va haciendo poco a poco y sobre la marcha. Pero hay episodios iluminadores que marcan una trayectoria. El trance de Felipe en Chichén Itzá, donde escuchó la palabra de los antiguos y asumió su encargo, fue una de ellas.

En esa ocasión conoció a Edward Herbert Thompson, un estadunidense que había comprado los terrenos aledaños a las ruinas y con quien coincidió en que había que preservarlas, restaurarlas y darlas a conocer. Veinte años después, ya siendo gobernador, el sueño compartido empezaría a cumplirse. Pero gracias entre otros a la periodista Alma Reed, descubriría, también, que el hombre que le mostró la pirámide era un saqueador que había dragado el cenote de Chichén Itzá y enviado a los Estados Unidos sus hallazgos.

Los trueques y compraventas del comercio itinerante le permitieron al joven Carrillo hacerse de algunas cabezas de ganado. Animado por Bernardino Belito Avilés, que a eso se dedicaba, y asociado con Atilano Gómez, Juan Alonzo y otros amigos, formó una cooperativa dedicada al negocio de la carne. Tan exitosos resultaron los jóvenes asociados que los introductores y tablajeros establecidos de Motul se pusieron de acuerdo para hacerles la vida imposible, hasta que los recién llegados al negocio tuvieron que dejarlo caer.

En el ejercicio de sus diversos oficios recorrió el estado y ensanchó su espíritu en Chichén Itzá, pero también se le encogió el alma al darse cuenta de hasta qué punto su querido Motul, que había sido un gran productor de maíz y más de frijol, desde la invasión del henequén dependía —como todo Yucatán— de los alimentos traídos de fuera. Y venían de lejos: el maíz, por ejemplo, llegaba principalmente de la remota Argentina. Algo estaba mal en la producción económica de su estado.

EL HERALDO DE MOTUL

 Don Justiniano no sólo había militado a las órdenes de Francisco Cantón: también era muy cercano al general, cuya candidatura al gobierno del estado había apoyado mediante el bisemanario El Correo de Motul, que él mismo editaba. De modo que, en 1898, al ocupar el cargo, Cantón lo nombró jefe político de la ciudad.

Al tiempo que su padre representaba al gobernador en Motul, el recién casado se iniciaba en la política y la administración pública como tesorero en el Ayuntamiento que encabezaba Luciano Sánchez. Al poco tiempo Felipe renunció al cargo, pero ese mismo año participó en las elecciones locales y al siguiente era síndico en el cabildo presidido por Narciso Santos.

El mes de julio de 1899 el pueblo de Muxupip denunció ante la alcaldía que un tal Pablo Gutiérrez había invadido parte de sus tierras. El joven Carrillo defendió a los reclamantes, quienes gracias a su intervención lograron un fallo favorable en el juicio. Pero también se ganó la animadversión del grupo de poder local, que empezó a presionarlo administrativamente hasta obligarlo a renunciar a su cargo. Poco después el juicio de tierras que con su apoyo les había dado la razón a los de Muxupip se revirtió, pues con amenazas éstos fueron forzados a desistir.

En 1906, Felipe regresó a la alcaldía de Motul como regidor y de nuevo chocó con los caciques locales, encabezados por el jefe político Eulogio Palma y Palma. Para entonces Francisco Cantón ya no era gobernador y el joven regidor estaba en posición de debilidad, pues los grupos de poder del municipio liderados por los Palma y los Campos, tenían el respaldo del nuevo gobierno local que desde 1902 presidía Olegario Molina Solís, un hacendado que empezaba a perfilarse como el adalid de la oligarquía henequenera. Molina había llegado al cargo pese a la oposición de Cantón, quien se había distanciado de Díaz por la decisión presidencial de crear el territorio federal de Quintana Roo amputando severamente a Yucatán, de manera que entre los seguidores del ex gobernador y los del gobernador había una profunda división.

La confrontación entre cantonistas y molinistas, que lo era también entre el grupo monopólico de los henequeneros vinculados a la International Harvester y el sector marginado, impregnaba toda la política yucateca y naturalmente la motuleña. Y los Carrillo, cantonistas de abolengo, estaban en la oposición desde 1902, año en que Olegario Molina llegó al gobierno. En esas condiciones y aprovechando que en la ciudad había una tipografía, en 1906 Felipe decidió fundar un periódico semejante al que su padre había editado años atrás; un bisemanario al que no bautizó, El Correo de Motul, como el de don Justiniano, sino El Heraldo de Motul.

Ayudó a su edición con un préstamo de doscientos pesos el amigo de Felipe y también periodista Carlos Ricardo Menéndez, quien era colaborador de La Revista de Mérida —una publicación cantonista propiedad de Delio Moreno Cantón, sobrino del general—. Años después, y ya al frente de La Revista de Yucatán, Menéndez se enfrentaría virulenta y sistemáticamente con Felipe, un hombre al que por más de una década había llamado hermano.

Además de Carrillo Puerto, quien publicó un artículo titulado “El henequén y el maguey”, donde celebra al primero y vitupera al segundo por ser el origen del pulque, escribieron en El Heraldo Agustín Franco, Pedro Pérez, Salvador Martínez, el médico Manuel Amézquita Chuhuc, el tampiqueño Librado Montesinos, el campechano Salvador Martínez Alomía y dos exilados centroamericanos: Di Silvio Selva Salas y Mariano Tovar. Este último resultó dos caras, se pasó al otro bando y en alguna ocasión probó los puños de Felipe.

El Heraldo le sacaba los trapitos al sol a la oligarquía local, gente poderosa que financió la publicación de La Gaceta de la Costa, un pasquín que le hacía la contra y cuyo director, Manuel Palma Cervera, demandó a Felipe por el delito de ultraje. A la acusación se sumó Eulogio Palma y Palma, a la sazón jefe político de Motul, quien en un oficio al juez refería: “Tengo a bien comunicar a usted, como superior jerárquico del H. Ayuntamiento de esta ciudad, que con esta fecha he iniciado causa a Felipe Carrillo, regidor de la misma corporación por los delitos de ultrajes a un funcionario público y golpes simples”.

En estos términos registró el conflicto La Revista de Mérida el 19 de junio de 1907:

 

Saben los lectores que hace dos meses que guarda prisión en la cárcel pública de Motul, por el delito de ultrajes a personajes políticos o algo parecido, el estimable Felipe Carrillo, director de El Heraldo de Motul, periódico en el cual se censuraron con energía ciertos actos de la administración pública motuleña, a cargo de los señores Palma. Procuraremos estar al corriente del curso que siga el proceso instruido contra el señor Carrillo, quien, por su honradez y la independencia de su carácter, es muy estimado en la sociedad de Motul.

 

El juez de consigna Elías Campos mantuvo por dos meses preso en Motul a Felipe. De ahí se le envió a la Penitenciaría Juárez, de Mérida, de donde veinte días después fue excarcelado sin cargos gracias a la defensa del abogado Liborio Martín Carrillo.

La Revista de Mérida informó que Carrillo Puerto había recibido una sentencia absolutoria pero también que El Heraldo de Motul había dejado de existir. Sin embargo, su director no tuvo que abandonar la trinchera periodística, pues Delio Moreno lo nombró agente y corresponsal de su revista en Motul.

 Por esos años llegaba a Yucatán el semanario ¡Tierra!, que, animado por un grupo de anarquistas, se publicó en Cuba entre 1902 y 1915. La revista tenía corresponsales en México y desde 1903 difundió artículos contrarios al régimen de Díaz. En la segunda mitad de 1907 apareció en ella la primera de siete entregas de una serie titulada “La inquisición en México”, escrita al principio por Abelardo Saavedra Toro y firmada con el pseudónimo Garín. La denuncia causó escozor en el gobierno mexicano. En la última entrega, Garín reproduce un texto llegado de Umán, Yucatán, y firmado por Un campesino. “¡Obreros mexicanos: muy cruel muy criminal muy feroz es lo que hace con vosotros Porfirio Díaz!”, comentaba el editor de la serie al darle término.

Publicada el 9 de noviembre de 1907, la primera entrega de “La inquisición en México” ya circulaba en Mérida cuatro días después. Y casi de inmediato Muñoz Arístegui, quien gobernaba Yucatán en ausencia de Molina, emprendió la persecución de los distribuidores, los catalanes Antonio Duch y Francisco Ros y Planas, a quienes pronto se detuvo por difamar al presidente de México. En una extensa carta a Porfirio Díaz, el gobernador interino le informaba que en la casa de Ros y Planas se habían encontrado “periódicos y muchas obras de anarquismo y socialismo”, y que a él y a Duch se les acusó de cómplices en las ofensas “al Primer Magistrado de la Nación, como un recurso para no dejarlos en libertad”.

Esto sucedía en los días en que Carrillo Puerto, director de El Heraldo de Motul, era detenido, juzgado y encarcelado por el mismo delito de ultraje del que se acusaba a los catalanes y a la revista ¡Tierra! Y al tiempo que el juez exculpaba a Felipe después de que había pasado casi tres meses en prisión, los colaboradores del semanario habanero eran expulsados del país. Es pues casi seguro que el motuleño conoció la revista cubana y quizás a sus corresponsales y distribuidores, dado que él mismo formaba parte del gremio y por ello sufría represión.

Tampoco parece casual que, años después, el órgano periodístico del Partido Socialista del Sureste que Felipe encabezaba se llamara Tierra, como la revista española animada por el pedagogo libertario Ferrer Guardia y como el semanario de la isla caribeña. El hecho es que a su salida de la cárcel Carrillo Puerto emprendió la defensa de los periodistas detenidos por sus críticas al gobierno y, en general, la de los presos políticos del Porfiriato.

Más allá de su participación en la política lugareña, Felipe se preocupaba por ampliar su visión de la problemática social a través de lecturas, conferencias y discusiones. Y el Yucatán de los primeros años del siglo XX era un buen lugar para formarse en las ideas revolucionarias.

A principios de la pasada centuria, para ir de Mérida a la ciudad de México necesitabas tomar dos trenes y un barco de la Ward Line, y si eras pobre uno de cabotaje, de modo que con suerte, y si no había huracanes, invertías una semana en llegar. Así que Yucatán tenía intercambios más estrechos con Cuba, con los Estados Unidos y hasta con Europa que con el centro de México. Y de esos países llegaban exilados revolucionarios y publicaciones que alimentaban una vida intelectual bastante intensa y, en algunos sectores laborantes (maestros, ferrocarrileros, tranviarios, portuarios, panaderos…), dominada por ideas políticas radicales.

En la capital del estado había libreros, primero itinerantes y luego establecidos, como Francisco Fontboté, Jorge Burrel y Juan Auscua, que llevaban a Yucatán publicaciones españolas. Pero además se publicaban en la península periódicos críticos como La Razón Social, y El Libre Examen, de los hermanos Pérez Ponce, y Verdad y Justicia, en el cual su animador José Vadillo reproducía los artículos anarquistas que escribían los hermanos Flores Magón y otros en el periódico Regeneración, que por entonces editaban aquéllos desde su exilio en los Estados Unidos.

En su natal Motul, Felipe se inició en las lecturas progresistas gracias al español Serafín García Suárez, párroco de la iglesia con quien conversaba largamente. Tuvo acceso también a la biblioteca del hacendado Antonio Patrón, donde leyó, entre otros, Progreso y pobreza, de Henry George; Política social y economía política, de Gustav von Schmoller; Vida y trabajo, de Samuel Smiles (en cuyos márgenes Felipe anotó que lo ha “saboreado”); Diálogos socráticos sobre la moral, de Alexandre Vessiot, y textos del marxista Karl Kautsky. En su biblioteca personal atesoraría obras literarias de Romain Rolland, Anatole France, Rabindranath Tagore y del comunista francés Henri Barbusse. Al parecer también leyó ¿Qué es la propiedad?, del anarquista Pierre Joseph Proudhon, La conquista del pan de su discípulo Piotr Kropotkin, artículos del geógrafo ácrata Élisée Reclus y quizá algún capítulo de El capital de Karl Marx, texto para entonces ya traducido al castellano en Argentina y en España, y editado en fascículos y como libro en este último país. Años después se añadirían a su acervo publicaciones sobre la Revolución rusa de 1917 y el socialismo soviético. Muchas lecturas para alguien que sólo había terminado la primaria.

Es posible que entrado el siglo XX el motuleño haya concurrido alguna vez en Mérida a las conferencias de contenido libertario que se daban en el teatro anexo a una pensión y unos baños que Manuel Ancona había establecido en la calle 75, esquina con la 64, en el barrio de San Sebastián. La sala para eventos se llamaba El Harem y la frecuentaban obreros, pequeños comerciantes, artesanos y estudiantes normalistas como Ramón Espadas, quien poco después fundaría el Partido Socialista Obrero —más tarde llamado Socialista de Yucatán y finalmente Socialista del Sureste—, organización a la cual se incorporaría Felipe a su regreso de Morelos.

“COMO QUIEN EXPRIME ESPONJAS”

 El cuatro de febrero de 1906, Felipe pudo ver de cerca al primer mandatario del país y de esta manera asomarse a los rituales del orden porfirista.

El motuleño había descubierto ya su vocación periodística y se disponía a publicar un bisemanario cuyo primer número aparecería ese mismo año, por lo que cuando supo que el presidente de la República visitaría Yucatán se fue a Mérida. Lo que presenció le dio una visión de la coyuntura política mexicana no sólo local o estatal sino también nacional: detrás de los Palma y de Molina estaba Díaz; el problema de Motul, de Yucatán y del país entero era la dictadura, y, si el dictador estaba viejo y achacoso, también el sistema que había construido durante más de un cuarto de siglo parecía sólido, pero estaba apolillado.

En la capital del estado Felipe vivió el apoteósico recibimiento que le había preparado a Díaz el hombre fuerte de la entidad y entonces gobernador Olegario Molina Solís. Hacendado henequenero y representante de los intereses de la trasnacional International Harvester, a través de la Casa Molina-Montes, que compraba prácticamente toda la fibra mexicana, Molina, al que llamaban Zar del henequén, había gobernado Yucatán de 1902 a 1906 y, siguiendo el ejemplo de Díaz, decidió reelegirse. Propósito continuista que realizó atropellando a la oposición, de modo que el primero de febrero de 1906 tomaba de nuevo posesión del cargo. Tres días después llegaba al puerto de Progreso el presidente de la República, dando muestra de la cercanía que tenía con el hacendado, a quien pronto nombraría secretario de Fomento, Colonización e Industria, así como de la importancia económica que le atribuía a la agroexportación peninsular.

Un viejo meridense le comentó a Felipe que la recepción dispensada a Díaz y su numerosa comitiva era aún más ostentosa que la que cuarenta años antes, en diciembre de 1865, le dieran los yucatecos a la emperatriz Carlota. En el camino de Progreso a Mérida una interminable y multicolor escenografía de arcos, guirnaldas, gallardetes… y como fondo sonoro vítores, dianas, cañonazos y numerosas bandas interpretando el himno nacional. Luego lluvia de flores, confeti y serpentinas en el trayecto entre la estación de ferrocarril —que especialmente para recibirlo se había construido en el Paseo Montejo— y la opulenta residencia de Sixto García, donde se alojó con su esposa Carmen Romero.

Los hacendados habían alineado a sus peones al paso del tren y los ciudadanos del común, como Felipe, también pudieron ver pasar a la comitiva. Otras actividades, como el paseo campestre a la hacienda de Chunchucmil, la cena en la hacienda Sodzil —iluminada con millares de novedosos focos eléctricos—, los banquetes, los bailes, las serenatas, una procesión nocturna y, en la catedral, un solemne Te-Deum en señal de reverencia a doña Carmelita, sólo admitieron invitados selectos.

De regreso al centro de la ciudad, pasando junto al arco de triunfo por el que al día siguiente Díaz debería ingresar a la Plaza Grande, Felipe, como otros curiosos, se detuvo a observar la construcción de más de 10 metros de altura y 12 de ancho diseñada por el arquitecto catalán Francesc Romeu. Frente al arco y señalando uno de los mascarones de los frisos, varias personas debatían acaloradamente.

—Te digo que es el presidente Díaz… Clarito se ve que ésos son sus bigotes —decía uno indicando una figura.

—Cómo va a ser. Ése es Chaac Mool. Y los que dices no son bigotes son sus colmillos… Míralos, bien retorcidos.

—Dale. Te digo que es don Porfirio…

Y siguieron gesticulando y discutiendo.

Felipe no intervino, pero tomó partido. Era evidente que los organizadores de la recepción habían estilizado la figura maya del dios del agua para que se pareciera a la del caudillo. “No tienen vergüenza”, pensó.

Algo más adelante, ya en la plaza, vio la placa de mármol conmemorativa de la visita del presidente —que años después Salvador Alvarado mandaría retirar— y pasó frente a una fila de hombres armados que aparentemente vigilaban el Palacio de Gobierno.

“Éstos no son yucatecos —especuló—. Han de ser los huaches que se trajo el presidente para que lo protejan.” Tenía razón: alegando que una “pandilla de rateros” asolaba el estado, el jefe de la policía secreta y un grupo de sus efectivos se apersonaron por Mérida en los días en que Porfirio Díaz la visitaba, con el fin de garantizar aún más su seguridad. “El miedo no anda en burro”, reflexionó.

El Díaz que Felipe observó de lejos era un viejo que miraba todo sin ver nada, un anciano de rígido porte militar que, con un rictus de sonrisa bajo el níveo bigote, estrechaba manos en automático como quien exprime esponjas.

—Un muerto sostenido por sus ministros —le dijo a Felipe años después su amigo, el psiquiatra, novelista e historiador cubano-yucateco Eduardo Urzaiz—. Alguna vez fue conocido como el héroe de La Carbonera —continuó—, luego fue Perfidio y más tarde don Perpetuo, pero la vez que estuvo en Mérida me hizo pensar en el cadáver del Cid cuando, embalsamado y montado en Babieca aún asustaba a los moros.

—Un muerto viviente… Y polveado, para que no se le notara lo indio.

—Más que un dictador era el símbolo de la dictadura que pronto empezaría a tambalearse.

Reflexión ésta que era válida para el país y también para Yucatán, un estado que a mediados de la primera década del nuevo siglo empezaba a ponerse políticamente caliente.

“LOS BENEFICIOS QUE NOS TRAERÍA LA LIBERTAD”

 En 1905 se había reelegido como gobernador Molina Solís, quien dos años después, para ocupar la Secretaría de Fomento, Colonización e Industria en el gabinete federal, dejaría la gubernatura a cargo de su incondicional Enrique Muñoz Arístegui. Mediante la elección formal de éste, Díaz y Molina pretendían mantener el control del estado en los comicios de 1909, pero un sector de los hacendados —que se sentían arrinconados por el control comercial ejercido por la Casa Molina-Montes y, a través de ella, por la International Harvester— buscaba impulsar un candidato propio: un hombre de su grupo que a la vez fuera aceptable para el presidente de la República.

Ingenua pretensión. Como era previsible, Díaz y Molina mantuvieron la candidatura de Muñoz Arístegui, por lo que a los hacendados inconformes no les quedó más que irse por su cuenta y a través de un organismo político creado en julio de 1909 que llamaron Centro Electoral Independiente, candidatearon a Delio Moreno Cantón, un abogado liberal con fama de honesto y estimado por las clases medias que le imprimió al cantonismo un carácter democrático y popular que con el general no tenía.

En Yucatán el antirreeleccionismo vuelto movimiento social venía de 1905, en que la Unión Popular Democrática se opuso a la intención de Molina de repetir en el cargo y el 3 de septiembre organizó una gran manifestación en las calles de Mérida. A ésta, que fue reprimida, le siguieron protestas violentas en Kanasín, Tixkokob, así como en haciendas cercanas a la capital. Molina se reeligió, pero desde entonces surgió en la oposición yucateca al continuismo la figura de Delio Moreno, heredero político de su tío el general Cantón y que en los comicios de 1909 sería candidato del cantonismo.

Otro antirreeleccionismo, si bien menos arraigado en la península, era el que desde 1908 venía impulsando Francisco I. Madero en el resto del país. Así pues, cuando en 1909 se fundó en Mérida el Centro Antirreelecionista de Yucatán, que en lo nacional apoyaba a Madero y en lo local postulaba al periodista José María Pino Suárez, los cantonistas no se sumaron y desde entonces hubo en la entidad dos núcleos distintos opuestos a la continuidad, uno de los cuales, representado por el Centro Electoral Independiente y su candidato Delio Moreno, era antimolinista pero no necesariamente antiporfirista.

Delio era amigo de la familia Carrillo y desde La Revista de Mérida había apoyado a Felipe cuando fue detenido y encarcelado por acusaciones de los Palma. Lo que junto con su abierto y beligerante antimolinismo explica que, de la misma manera como don Justiniano había respaldado al general Cantón, el mayor de sus hijos varones se haya sumado con entusiasmo a la causa que ahora encabezaba el sobrino. Así que, decidido e impetuoso como era, Felipe se hizo morenista de hueso colorado, organizó al Centro Electoral Independiente en Motul y participó intensamente en las lides comiciales estatales, fogueándose en un terreno de combate donde diez años después se decidirían su futuro y el futuro de Yucatán.

En 1909 Muñoz Arístegui, Moreno Cantón y Pino Suárez iniciaron sus campañas, pero paralelamente las corrientes duras del cantonismo organizaron acciones más contundentes. Tal es el caso de un intento de asonada que debía estallar el 14 de octubre de 1909, acción que fue planeada en una casa vecina al templo de La Candelaria, por lo que se la conoció como Rebelión de La Candelaria. El levantamiento no ocurrió, pero su descubrimiento justificó que se emitieran órdenes de aprehensión contra presuntos conspiradores cantonistas. Y también que se desatara la persecución de los opositores pacíficos e institucionales, cuyas campañas electorales fueron desarticuladas al punto de que Pino Suárez tuvo que escapar a Tabasco.

Con los inconformes a salto de mata, en noviembre de 1909 se realizó una contienda electoral en la que presuntamente Muñoz Arístegui obtuvo la mayoría de los votos. En enero de 1910 el Congreso lo declaró ganador y en febrero tomó posesión. Pero, como sucedería poco después con el maderismo, la imposición prendió la mecha de la rebelión: el 10 de mayo un grupo de morenistas duros firmaron en Dzelkoob un plan insurreccional; unos días más tarde, estalló la primera bomba en Valladolid.

El 4 de julio, mil quinientos hombres, en su mayoría campesinos, se apoderaron de la ciudad oriental instigados por personajes vinculados al Centro Electoral Independiente como Martínez Bonilla, Atilano Albertos y José Kantún, quienes serían fusilados después de que el ejército sofocara la rebelión. También llevados a efecto por campesinos próximos a esa organización política, hubo motines en Peto, Temax, Espita, Yaxcabá, Sotuta, Uxmal, Halachó, Ticul, Dzidzantún, Baca y en el propio Motul donde vivía Carrillo Puerto. Todavía a fines de 1911 Feliciano Canul y Herminio Balam organizaban tomas y saqueos de haciendas en los municipios de Kinchil, Hunucmá, Ucú y Tetiz.

Iniciados a fines de 1909 con motivo de una farsa comicial porfirista en la entidad, estos alzamientos múltiples pueden verse como precursores de la Revolución nacional que estalló unos meses después y en poco más de medio año provocaría la renuncia de Porfirio Díaz. En el periódico Regeneración de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, el magonista Práxedis Guerrero contrastaba los madrugadores levantamientos yucatecos con un país al que veía adormilado: “Valladolid levantó trágicamente el puño y… el pasivismo nacional permaneció de rodillas… Niños y mujeres viven esclavizados en Yucatán y tenemos paz, dulce paz, divina paz”.

Por entonces Felipe todavía mantenía una relación fraterna con Carlos R. Menéndez, veleidoso periodista que en ese tiempo colaboraba en La Revista de Mérida de Moreno Cantón y que años después dirigiría La Revista de Yucatán, imprimiéndole una perspectiva editorial marcadamente hostil a Carrillo Puerto y los socialistas. Pero en los primeros años del siglo XX, cuando aún eran amigos, Carlos y Felipe participaron como delegados yucatecos en el Tercer Congreso de Periodistas de la Prensa Asociada de los Estados, realizado en la ciudad de San Luis Potosí en septiembre de 1910, siendo ésta la primera vez que el joven Carrillo viajaba al interior de la República.