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En su recorrido por todas las anomalías históricas abarca un amplio periodo que cubre desde la prehistoria hasta la época actual, pasando por las civilizaciones egipcia, sumeria, el Medioevo, aztecas, mayas. A modo de conclusión, diré que es un libro curioso y sorprendente en ciertas partes.Me ha parecido un libro muy cuidado con respecto a la búsqueda de información y que está perfectamente ordenado cronológicamente; no da saltos con respecto a civilizaciones de una u otra época, es decir, comienza desde la prehistoria y va avanzando a lo largo de la escala temporal. Los conocimientos que mostraron las civilizaciones más antiguas es sorprendente, basado únicamente en la observación del entorno llegaron a conclusiones inexplicables. Grandes misterios del pasado recorre, muestra y justifica los grandes vacíos que la historia oficial no ha podido explicar, esas partes que aún no han sido esclarecidas desde el inicio de la humanidad. Parte desde el proceso de hominización, los orígenes del hombre, y nos presenta los hechos que la teoría de la evolución no ha podido explicar, desde ahí, ordenado de un modo estrictamente cronológico, nos irá descubriendo los enigmas que las investigaciones históricas aún no han resuelto de los mayas, los aztecas, los egipcios o los sumerios, pero también los enigmas de civilizaciones apenas conocidas o ya olvidadas como la que se asentó en los Alpes franceses o algunas de China o la India. Tomás Martínez Rodríguez aporta innumerables datos, contrastados y sorprendentes sobre las civilizaciones más antiguas de la humanidad, incluso las que pertenecen a la prehistoria del ser humano.
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Seitenzahl: 289
Veröffentlichungsjahr: 2010
Grandes Misterios del PASADO
Claves para descifrar los enigmas de las
Colección:Investigación abierta www.nowtilus.com
Título:Grandes misterios del pasado Subtítulo:Claves para descifrar los enigmas de las antiguas civilizaciones Autor:© Tomás Martínez Rodríguez
© 2006 Ediciones Nowtilus S. L. Doña Juana I de Castilla 44, 3o C, 28027 - Madrid www.nowtilus.com
Editor:Santos Rodríguez Coordinador editorial:José Luis Torres Vitolas
Diseño y realización de cubiertas:Rodil&HerraizDiseño y realización de interiores:JLTV
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
ISBN 13:978-849763343-7Depósito legal:M-49900-2006
Primera Edición Libro ElectrónicoConversión Digital:Newcomlab S.L.L. -www.newcomlab.com-
A mi Madrina por mostrarme la
Oh, Solón, todos vosotros tenéis una mente joven que no conserva las viejas creencias basadas en una larga tradición. La razón es ésta. Se han producido, y se producirán en el futuro, muchas
Índice
Portada
Portadillas
Legal
Dedicatoria
Cita
Contenidos
Introducción La incógnita de la evolución humana
Capítulo 1 Los primeros astrónomos
Capítulo 2 Stonehenge el computador megalítico
Capítulo 3 Claves del arte rupestre
Capítulo 4 Un mensaje para los dioses
Capítulo 5 Números cósmicos
Capítulo 6 No somos los primeros
Capítulo 7 Visitantes de otros mundos
Capítulo 8 Los astronautas de Sirio
Capítulo 9 El Valle de los Gigantes
Capítulo 10 La civilización olvidada
Capítulo 11 La revelación de los dioses
Epílogo Un pasado sorprendente
Bibliografía
Notas Introducción La incógnita de la evolución humana
Notas Capítulo 1 Los primeros astrónomos
Notas Capítulo 2 Stonehenge el computador megalítico
Notas Capítulo 3 Claves del arte rupestre
Notas Capítulo 4 Un mensaje para los dioses
Notas Capítulo 5 Números cósmicos
Notas Capítulo 6 No somos los primeros
Notas Capítulo 7 Visitantes de otros mundos
Notas Capítulo 8 Los astronautas de Sirio
Notas Capítulo 9 El Valle de los Gigantes
Notas Capítulo 10 La civilización olvidada
Notas Capítulo 11 La revelación de los dioses
Notas Epílogo Un pasado sorprendente
Introducción
LA INCÓGNITA DE LA EVOLUCIÓN HUMANA
En las últimas décadas, la arqueología —en colaboración con otras ciencias como la geología, la genética, la paleoantropología, la astronomía o la física— ha demostrado que el actual paradigma de nuestro pasado es incorrecto. Esta instantánea del ayer ha sido ampliamente aceptada por la sociedad de nuestro tiempo sin tan siquiera cuestionarse los numerosos vacíos que aún cabe resolver.
Conforme a estos criterios oficiales, se piensa que a finales del primer periodo de la Glaciación Würmiense (Würm I), hace unos 40 milenios, aparece el hombre moderno1.
Los cazadores recolectores asiáticos cruzan el Estrecho de Bering hace unos 12.000 años camino a un continente —el americano— supuestamente despoblado. Después, germinarán las sociedades preludio de las primeras civilizaciones de Oriente Próximo.
Estos últimos treinta años de exhaustiva investigación han convulsionado nuestro actual esquema de la prehistoria. Aunque muchos no lo quieran admitir, los nuevos indicios nos confirman que estamos ante una nueva revolución científica en el campo de la historia. Gracias al progreso tecnológico ha habido una apreciable mejora en las técnicas de datación mediante el carbono y otros procedimientos2 por lo que ahora sabemos —por ejemplo— que las estructuras megalíticas europeas son mucho más antiguas que las ciudades sumerias o egipcias. Ya no es válido presuponer la evolución hacia la civilización mediante un cambio progresivo normal; incluso la concepción evolutiva de nuestra especie ha sido hasta ahora una burda ilusión.
Tres años después de que Darwin revolucionara el paradigma evolutivo del hombre con su libroOrigin of Species
(1859), otro científico, Thomas Henry Huxley, asombró a la opinión pública del siglo XIX con su obraEvidences as to Man`s Place in Nature.En ella, Huxley ratificaba la idea esgrimida por su colega Darwin de que nuestros orígenes tenían más que ver con lo natural que con lo sobrenatural.
Durante siglos se había aceptado el dogma equivocado de que el génesis de nuestra especie estaba escrito en laBiblia,por lo que un análisis pormenorizado de los textos sagrados podía darnos las claves de la aparición —por gracia divina— del hombre sobre la faz de la Tierra. Según esta visión creacionista, el hombre, tal y como lo conocemos hoy en día, surgió de la mano de Dios en torno al 4004 a.C.
Obviamente, el sector eclesiástico se escandalizó con las nuevas ideas esgrimidas por Darwin y sus paladines evolucionistas. Incluso cuando las teorías sobrenaturales fueron perdiendo terreno, los avezados abogados creacionistas consiguieron que en la enseñanza general se siguiera instruyendo a las masas en estas falsas ideas durante muchos años.
Conforme a los nuevos criterios deductivos de la ciencia, los humanos presentaban una relación evolutiva muy estrecha con los grandes monos, por lo que su génesis se remontaba más lejos —cronológicamente hablando— que la fecha señalada por el dogma religioso.
La aportación de Huxley a la concepción evolucionista consistió en la metodología empleada en sus estudios. Estos se basaban en métodos de comparación embrionaria, fósil y anatómica entre simios y humanos. Como era de esperar la conclusión de Huxley fue —en palabras de Roger Lewin— “un elemento clave para la mayor revolución de la historia de la filosofía occidental: los humanos pasaron a ser considerados como formando parte de la naturaleza y ya no aparte de esta”.
Desde una perspectiva histórica, el debate sobre el origen del hombre ha sufrido importantes modificaciones. Desde la época de Darwin, Huxley y Haeckel hasta poco después de la entrada en el siglo XX, se estimó que los parientes más cercanos a nosotros eran los grandes simios africanos, tales como el chimpancé y el gorila, mientras que el orangután (el gran simio asiático) no se consideró tan cercano a nuestra especie. Desde los años veinte a los sesenta los humanos fueron distanciados por los grandes simios, que fueron considerados como pertenecientes a un grupo evolutivo singular. Desde los años sesenta, sin embargo, el punto de vista convencional retornó a la perspectiva darwiniana3.
Paralelamente, los estudiosos trataban de localizar la “cuna de la humanidad”. Darwin creyó ver en África el escenario del génesis de la especie; y aunque durante las primeras décadas del siglo XX Asia ganó cierta popularidad, el paso del tiempo demostró que la opinión de Darwin era la acertada4.
Precisamente en la década de los sesenta, con el descubrimiento del espécimen fósil delRamapithecus,pareció confirmarse la visión evolutiva paralela que trataba de explicar las semejanzas entre los simios africanos y el hombre. Este simio vivió hace quince millones de años en Eurasia y llamó la atención de la comunidad paleoantropológica por sus especiales características anatómicas, muy similares, a grandes rasgos, a las de los homínidos. Sin embargo, las posteriores evidencias brindadas por los fósiles y la biología molecular demuestran que elRamapithecusno es el primer homínido, sino más bien un mono, lo que confirma la idea de que el origen de la línea evolutiva humana es relativamente reciente5.
La historia evolutiva de cualquier especie se camufla en sus genes. La antropología molecular está demostrando su eficaz contribución en la reconstrucción de los árboles genealógicos (filogenias) relacionados con el enigmático origen del hombre.
En primer lugar proporcionándonos una visión coherente de la forma del árbol hominoide6. Y, en segundo término, dándonos una perspectiva temporal mucho más precisa de los momentos en que los distintos linajes se han separado unos de otros, lo que en el mundillo paleoantropológico se conoce como reloj molecular. De este modo, antes de que la ciencia nos brindara las pruebas moleculares a las que estamos haciendo referencia, se pensaba que los homínidos se alejaron de los antropomorfos africanos y asiáticos hace unos 15 millones de años, conforme a la posición que entonces tenía elRamapithecusen el árbol genealógico como hipotético homínido primitivo. Sin embargo, con los datos moleculares en nuestro poder, podemos concluir que los antropomorfos asiáticos y africanos difieren entre sí y a su vez se separaron de los homínidos probablemente hace tan solo unos cinco millones de años, por lo que elRamapithecus no es un homínido, sino un prosimio.
Los investigadores Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez —los científicos españoles contemporáneos más famosos de los últimos tiempos gracias a sus descubrimientos paleontológicos en Atapuerca— aseguran en su libroLa especie elegidaque el primer fósil que podría ser considerado nuestro antecesor corresponde a una especie de mamífero arborícola con aspecto de ardilla que vivió hace sesenta y cinco millones de años. Al parecer aquellos mamíferos eran herbívoros perfectamente adaptados para la vida en los árboles. Sin embargo, en un momento determinado decidieron aventurarse en otro medio más peligroso pero muy productivo en su búsqueda de alimento: el suelo, lo que sin duda favoreció su posterior transformación en simios.
Estos ancestrales seres se asignan al grupo de losplesiadapiformesy son los únicos primates fósiles de la primera época del Terciario, el Paleoceno (entre 65 y 55 millones de años), en el cual se diversificaron en varias líneas evolutivas. “Ha habido y sigue habiendo polémica —comentan los autores deLa especie elegida—acerca de si losplesiadapiformesdeben considerarse o no auténticos primates. Aquellas primitivas ardillas están evolutivamente más próximas al conjunto de los primates vivientes, quienes a su vez forman un grupo natural con un antepasado común exclusivo; por lo que algunos autores proponen que los primates se dividan en dos grandes categorías: losplesiadapiformeso primates arcaicos y los demás primates oeuprimates”(50-51)7.
Aquellas audaces criaturas evolucionaron, hace unos treinta y cinco millones de años, —hasta su transformación en pequeños simios— en el norte de África; un continente que por entonces estaba aislado con respecto a otros ecosistemas continentales. El siguiente paso evolutivo nos lleva al Proconsul, el primer hominoideo8 conocido, cuyos restos fueron descubiertos al este del continente africano en 1948 por Mary Leaky que estableció en unos veinticinco millones de años la aparición de este ser sobre la faz de la Tierra. Después vendrán los anteriormente citadosRamapithecus,que junto a otros prosimios como elSivapithecusy elOreopithecus banbolii9lo tenían todo a su favor —dadas sus características para adaptarse al medio— para triunfar y evolucionar paulatinamente hacia el ser humano, pero inexplicablemente no fue así. Es en este punto del camino donde la incógnita de la evolución humana adquiere mayor relevancia; pues, pese a que elRamapithecusy los arriba citados prosimios “no parecen formar parte de la delgada y casi imperceptible línea evolutiva que conduce al primer ‘hombre’, que probablemente salió del agujero negro en el que se adentró hace unos catorce millones de años, elProconsul;fueron uno o varios ancestros comunes—que entraron en ese ignoto túnel— los que se convirtieron en el eslabón perdido de la humanidad”(30)10. En consecuencia ignoramos los mecanismos que se dieron cita en el interior de aquel oscuro corredor contribuyendo a la definitiva bifurcación del linaje humano con respecto al del resto de los primates. Sea como fuere todavía no ha aparecido resto fósil alguno de la criatura o criaturas que clarifique la definitiva separación de linajes11.
Sabemos que en el proceso evolutivo llegamos a los que pasan por ser —hoy por hoy— los antepasados del ser humano: los Australopithecus12, que darán paso más tarde a losHomo habilis(de 2,5 a 1,6 millones de años) y que muy probablemente gozaron de la particularidad del lenguaje, pues se sabe que estaban dotados de laringe, lo que les facultaba para el habla. Finalmente, elHomo habilisderivó en elHomo erectus(de 1,9 millones a 400.000 años). Como su predecesor podía transmitir información oral y su inteligencia dio lugar a una tecnología lítica muy útil. También construyó las que pasan por ser las primeras viviendas y los primeros ingenios capaces de navegar, que aunque primitivos (estoy hablando de balsas) permitían desplazamientos marítimos de cabotaje prolongados. Esta especie fue muy viajera, razón por la que encontramos su presencia fósil en ámbitos continentales tan dispares como el asiático, el africano o el europeo. Y es en este último contexto geográfico donde se dan cita dos de los acontecimientos paleoantropológicos más apasionantes de los últimos tiempos: el descubrimiento del hombre de Orce en España y los cráneos fósiles de Dmanisi en Georgia. El primero de los hallazgos se lo debemos al investigador catalán Josep Gibert que tras años de litigios contra otros colegas ha podido al fin demostrar que el fragmento óseo descubierto en el yacimiento arqueológico de Venta Micena (Granada) es humano. Este fue localizado en un estrato geológico que lo sitúa en una antigüedad de 1,6 millones de años. Ahora bien, este hallazgo ha desencadenado la polémica. Se supone que en ese contexto temporal ningún predecesor nuestro había traspasado las fronteras naturales del continente africano y sin embargo encontramos restos, probablemente de unHomo erectus,en el yacimiento andaluz. Por su parte, los tres cráneos de Dmanisi apoyan la idea esbozada desde 1982 por Gibert de que los homínidos salieron de África mucho tiempo antes de lo que se cree. Así lo atestiguan los dos primeros cráneos encontrados en mayo del 2000 y que han adelantado en un millón de años la primera salida de homínidos de África. El tercer vestigio craneal cuestiona la idea imperante entre los paleontólogos de que el aumento del tamaño del cerebro estuvo detrás de aquella migración. El nuevo fósil, que se encuentra en perfecto estado de conservación, corresponde a un sujeto de pequeño cerebro que vivió en Georgia hace 1,7 millones de años y sus descubridores —el equipo comandado por el paleoantropólogo Leo Gabunia— lo identifican con el géneroHomo erectus.Por tanto, los fósiles georgianos atañen a Homosque vivieron en Georgia ¡1,7 millones de años atrás!
Estos descubrimientos cuestionan la perspectiva brindada en el yacimiento burgalés de Atapuerca, por la que se afirma que el primer europeo se asentó en estos lares hace unos 800.000 años. Es en este peculiar escenario geográfico donde aparecen los restos delHomo antecessor13,que, originario delHomo erectus,sigue siendo para muchos expertos objeto de controversia al no ser considerado por todos como un espécimen singular. En efecto, son muchos los que apuestan por un género avanzado del Homo erectus. Sea como fuere y a grandes rasgos este derivó enHomo sapiensy Neanderthal14.
En contra de lo que se pensaba hasta hace poco, el hombre deNeanderthalno ha sido nunca nuestro antepasado. Los datos genéticos no dejan el menor atisbo de duda.
El estudio del ADN mitocondrial15 ha aportado una respuesta definitiva sobre nuestra vinculación con losNeanderthalesy nuestro verdadero génesis genético. Como era de esperar, la sorpresa ha sido mayúscula al comprobarse que el hombre deNeanderthalse diferenció genéticamente de los modernos humanos hace algo más de medio millón de años, por lo que el hombre actual no desciende, como se creía, de aquéllos.
Hace unos 300.000 años, la población humana sufrió una baja demográfica considerable lo que contribuyó a que una hembra del mismo contexto temporal se convirtiera en la semilla originaria de la que procedemos todos. La paleoantropología ha demostrado además que el hombre moderno convivió con losNeanderthaleshace la friolera de 90.000 años, muy por encima de las expectativas consideradas hasta ahora.
El mito científico que consideraba a losNeanderthales como gente inferior al hombre moderno se derrumba estrepitosamente. Los datos aportados por la paleontología nos dibujan un hombre deNeanderthalcon una capacidad cerebral superior incluso a la delHomo sapiens16.Su aspecto físico, sin embargo, no deferiría del nuestro en el caso de que acicaláramos y vistiésemos a unNeardenthalcon nuestras ropas del siglo XXI. En el aspecto emocional nos han dejado testimonios de su humanidad. Enterraban a sus muertos conforme a los parámetros de una compleja liturgia ritual y sus testimonios artísticos denotan una calidad y sensibilidad que no nos resultan extrañas. Este homínido tuvo tiempo suficiente, durante su larga estancia en el planeta —algo más de un cuarto de millón de años— para desarrollar su propia tecnología y cultura científica antes de extinguirse definitivamente hace unos 25.000 años atrás. Por razones que se ignoran desapareció sin dejar rastro, aunque tal vez estemos equivocados… ¿Han oído hablar del temible hombre de las nieves? Somos muchos los que pensamos en él como unNeanderthalreservado y sigiloso que se esconde en los bosques y montañas de zonas tan dispares del planeta como China, América o África, por citar solo algunas17. Un ser que por alguna oculta razón entendió —hace miles de añosque la mejor garantía de supervivencia estaba en su capacidad de ocultarse ante los ojos del hombre.
En este viaje hacia el ser humano —lleno de lagunas, por cierto— nos tropezamos constantemente con molestos interrogantes que no dejan de atormentar a la comunidad científica. Como hemos podido comprobar, durante el proceso evolutivo se suceden mutaciones de gran complejidad en cortos intervalos de tiempo.
Diagrama de la evolución humana. Aquí solo aparecen las especies más representativas. Las flechas discontinuas presentan relaciones todavía por confirmar y los signos de interrogación, instantes del proceso evolutivo de los que no se sabe nada.
A finales del cretácico, hace unos 65 millones de años, un tercio de las especies del planeta se extinguieron junto con los reyes hegemónicos —por entonces— de la evolución: los dinosaurios. Pues bien, a pesar de que su reinado duró 150 millones de años, mucho más tiempo que el invertido por el hombre en su peculiar viaje evolutivo—unos seis millones de años— no fue, al parecer, suficiente para desarrollar un ente con las capacidades y rasgos propios que definen una especie tan desarrollada como la nuestra: un ser inteligente capaz de comprender su entorno e incluso manipularlo a su antojo.
No es correcto pretender que esto se debió a un fracaso evolutivo: una especie que subsiste ciento cincuenta millones de años puede considerarse sólidamente adaptada al medio, por lo que lo lógico hubiera sido que tal evolución se hubiese manifestado a través de alguna tipología de saurio avanzado, sobre todo aquéllos que ya habían desarrollado la posición y locomoción bípedas.
Juan Luis Arsuaga, director de las excavaciones de Atapuerca, se pregunta si son suficientes 200.000 años para que se produzcan los importantes cambios anatómicos y ecológicos que van desde el ramidus al anamensis. Experimentamos la misma sorpresa al observar el incremento intelectivo delHomo erectuscon respecto a su predecesor, elHomo habilis.Del mismo modo, hace unos 200.000 años, elHomo erectusdio paso alHomo sapienscon un incremento craneal del 50%. ¿Cómo es posible —se pregunta Alan F. Alford— que esto sucediera de forma tan repentina después de 1,2 millones de años durante los cuales no se había registrado ningún progreso?18 El controvertido autor deGods of the New Millenniumexplica este sorprendente cambio de dos maneras: o elerectusdesciende de una especie todavía por descubrir o, en su defecto, tuvo que haber algún tipo de intervención que dio origen al hombre moderno.
Francamente, cuesta creer que mecanismos de adaptación de esta naturaleza surjan con esta resolución y espontaneidad, por lo que en las últimas décadas ha florecido una corriente de pensamiento que apuesta por una visión del pasado mucho más abierta y polémica. Del mismo modo que nuestra especie ha evolucionado con una celeridad pasmosa, el viaje a la civilización no deja de resultar igual de sorprendente. Todo cambio necesita tiempo y por eso resulta inaudita la espontaneidad con la que, hace unos 10.000 años, emergen las primeras sociedades organizadas.
La bíblica ciudad de Jericó ha estado ocupada ininterrumpidamente durante 11.000 años. Los datos arqueológicos nos dicen que el asentamiento original se erigió en torno al nacimiento de una fuente y de repente, hace unos 10.000 años, se convirtió en una gran ciudad en la que presumiblemente convivieron más de dos mil almas. Súbitamente, aparece un vestigio de civilización en el que sus habitantes pasan a practicar nuevos tipos de dieta, a domesticar a los animales, a ejercitar un activo comercio y a desarrollar una próspera agricultura. Esta evidencia contradice la hasta no hace mucho aceptada postura oficial según la cual las más antiguas ciudades del mundo surgen en Mesopotamia hace 5.000 años. Algo parecido pasó en su momento con la enigmática cultura megalítica. Hasta hace relativamente pocas décadas los libros de texto escolares contemplaban dicha cultura como un avance que tenía su origen en la influencia de Asia, Oriente Medio y Próximo. En resumidas cuentas, se consideraba que el continente europeo poseía una cultura muy posterior con respecto a la de estas zonas de influencia.
Con la aparición —en los años cincuenta— de las nuevas técnicas de datación cronológica todo acabaría cambiando ofreciéndonos un panorama muy distinto. Una vez más, de una forma “repentina”, los primeros complejos megalíticos europeos surgen por doquier hace la friolera de 5.000 años sin que por ahora sepamos el auténtico sentido y motivación de una de las manifestaciones arqueológicas más misteriosas de la humanidad.
Lo que sí hemos descubierto es que muchos yacimientos megalíticos solapan informaciones astronómicas de enorme complejidad que denotan un conocimiento científico asombroso. Estos hechos unidos a otras pistas de diferente índole —como por ejemplo el caso de los denominados “Objetos fuera de su tiempo”— nos conducen por un sendero lleno de sombras cuando tratamos de dilucidar el rastro evolutivo de esta sabiduría técnica y científica en un pasado remoto, mucho antes de que estas manifestaciones culturales se concretaran en evidencias arqueológicas.
Tengo que prevenir al lector que algunos de estos artefactos “fuera de su tiempo” —descritos en inglés con el acrónimoOopart (Out of Place Artifact)—probablemente sean falsos; de hecho, algunos de ellos como las populares Piedras de Ica o las figuras de Acámbaro son fraudes manifiestos, razón por la que debemos actuar con extremada cautela; pero por otro lado, existen otros testimonios que han resultado ser auténticos y otros que tienen grandes posibilidades de serlo si la ciencia corrobora con sus métodos doctrinales su legitimidad. Desgraciadamente la ciencia carece de la iniciativa y voluntad para abordar este tema con seriedad por presuponer, con cierta arrogancia, que estos hallazgos no merecen la pena ser estudiados, puesto que son obra de estafadores con ansias de notoriedad (lo cual a grandes rasgos suele ser cierto, pero siempre hay excepciones). Resulta muy poco aleccionador asistir a la vulneración del principio básico que sustenta toda investigación racional: estudiar lo desconocido sin prejuicios, para de este modo llegar a la verdad. Este sistema es el que ha contribuido al éxito de la ciencia en su conjunto a lo largo de los siglos y no otro. Afortunadamente, existe una minoría de estudiosos con espíritu crítico que desechan estos tabúes tratando de desentrañar qué hay de cierto en todo esto.
Lo que sí resulta definitivo es que aquellos artefactos y documentos que han resultado ser auténticos (como el Mapa de Piri Reis o el mecanismo de Antikythera) desacreditan, con su sola existencia, la creencia de que el conocimiento científico que se solapa en la cultura megalítica o en losooparts—por poner dos ejemplos significativos— surge “repentinamente” sin dejar un rastro evolutivo que explique el alto grado técnico y cultural de sus autores. ¿Dónde y cómo se origina el desarrollo de esta ciencia antigua? ¿Cómo se explica la aparición repentina de la civilización hace 10.000 años atrás sin ningún tipo de vínculo con un pasado que dé sentido a todo esto? Esta situación ha propiciado las más variopintas teorías que tratan de explicar con mayor o menor fortuna estas grandes cuestiones. Algunos de los razonamientos esgrimidos son difícilmente asimilables por la ciencia actual, pues muchos resultan lógicamente fantásticos para una mentalidad ortodoxa. Las respuestas esgrimidas que tratan de explicar este enigma apuestan por:
- La casualidad: por todo el planeta y espontáneamente aparecen las primeras expresiones de civilización y de conocimiento científico.
- Falta de datos arqueológicos de un pasado olvidado que sustenten la aparición de las primeras sociedades organizadas.
- Visitantes del espacio exterior o alguna cultura exótica desconocida humana llevan la civilización a lo largo y ancho del globo.
A estas alturas resulta evidente que hace diez mil años algo o alguien, vaya usted a saber, cambió el destino de la humanidad de una forma súbita, algo difícil de aceptar.
Todos los datos y reflexiones que veremos en este libro evocan el génesis de un pasado al que hacen referencia los mitos y leyendas, por lo que cabe preguntarse si, como suele pasar la mayoría de las veces, en el estudio profundo de estas fuentes tradicionales encontraremos las claves que nos ayuden a resolver este gran misterio. Al fin y al cabo, toda leyenda siempre contiene alguna importante revelación oculta que puja por manifestarse. Para la consecución de tan importante fin, haremos un completo repaso del conocimiento hermético de la Antigüedad, desde los constructores de megalitos, pasando por las tribus africanas, las pirámides egipcias, los observatorios precolombinos o las catedrales medievales; su relación con supuestos visitantes del Cosmos y con civilizaciones desaparecidas, cuya sabiduría habría sido preservada por una misteriosa organización. Con este libro, deseo acompañar al lector en un estimulante viaje por el tiempo que nos hará replantear nuestra concepción moderna de eso que hemos dado en llamar: la noche de los tiempos.
Capítulo 1
LOS PRIMEROS ASTRÓNOMOS
En el recién estrenado nuevo siglo, la tecnología humana está logrando descifrar los secretos del Universo. Nuestras máquinas espaciales surcan el océano cósmico con el propósito de posarse en la superficie de otros mundos. En el breve plazo de unas pocas décadas, el hombre observará nuestro hermoso planeta azul desde la atalaya de una cómoda estación espacial y, desde allí, proyectará sus futuros sueños de colonización interestelar con la construcción de bases permanentes en la Luna y el definitivo asalto tripulado al planeta rojo.
La ambición del ser humano por conocer el Universo que le rodea dignifica nuestra especie. Sin embargo, ese interés por el Cosmos viene de muy lejos. Nuestra ciencia astronómica hunde sus raíces en numerosos yacimientos arqueológicos desperdigados a lo largo y ancho de los cinco continentes. Son testimonios de un pasado tan remoto como sorprendente, pero que hacen patente como los orígenes del estudio y comprensión de las intrincadas leyes que rigen el cielo nocturno se remontan a más de cinco mil años de antigüedad.
En las últimas décadas, la arqueología se ha ido convirtiendo en una ciencia multidisciplinar. Como disciplina que investiga el pasado no ha dudado en echar mano de otras ramas de la ciencia con objeto de ampliar sus horizontes. El paso del tiempo ha demostrado que ciertos monumentos antiguos no solo guardaban tesoros fabulosos en sus cámaras secretas, en ocasiones esas construcciones denotan funcionalidades astronómicas asombrosas. Esta rama de la arqueología recibe la denominación técnica de arqueoastronomía19 y desde finales del siglo XVIII viene recopilando novedosos datos de las misteriosas entidades que erigieron estas construcciones.
Cuando nos enfrentamos a un complejo arqueoastronómico las preguntas acuden atropelladamente a nuestro cerebro. ¿Cuándo comenzó el hombre a interesarse realmente por la astronomía? ¿Cómo explicar la existencia de conocimientos tan sutiles sobre el movimiento de los astros en épocas tan distantes?
Parece ser queHomoscomo elNeardenthalo elCromagnonya se sentían atraídos por la contemplación de las efemérides que se daban cita en la bóveda celeste. Estoy convencido que este interés nació paralelo a la religión. Después de haber observado los movimientos regulares de los astros del cielo a lo largo de varios millares de años, nuestros antepasados pensaron que esos objetos eran dioses que controlaban sus vidas. En un principio, impelidos por la superstición, decidieron orientar sus monumentos hacia aquellos astros que personificaban sus miedos y esperanzas. De esta manera nació la astrología prehistórica y, con ella, los calendarios de larga duración de carácter meramente religioso. Ahora bien, la motivación final de estos complejos no era únicamente religiosa sino también pragmática.
Por otro lado, la práctica de la observación celeste, en contra de lo que afirman ciertos autores, no respondió exclusivamente a la necesidad de planificación de las primeras sociedades que practicaron la agricultura. La supervivencia de las mismas no dependía de este conocimiento estelar. Nuestros ancestros no tenían que recurrir a cálculos intrincados para sacar adelante sus cultivos, de hecho, hasta el agricultor neolítico con menos experiencia acabaría entendiendo, tras una exhaustiva observación del comportamiento de los ciclos de la naturaleza, que ciertas especies, como por ejemplo el trigo de primavera, debían sembrarse al inicio de dicha estación. A pesar de ello, los hombres de entonces debieron dar un sentido litúrgico y doctrinal a estas pautas celestes, configurándolas en forma de calendarios.
Con el paso del tiempo los números empleados en las mediciones fueron considerados sagrados siendo susceptibles de ser utilizados en todas las facetas de la vida cotidiana. Así, por ejemplo, para mayas y egipcios el 73 era un número sagrado que les permitió, entre otras muchas mediciones, descubrir el tránsito venusino de 243 años con respecto al astro solar. Por su parte, el número 41 sirvió de referencia en la construcción de las pirámides egipcias de Micerinos, Kéfren y Keops, cuyas medidas son proporcionales a este número sagrado.
Inexplicablemente, estas culturas denotan conocimientos demasiado profundos en matemática astronómica. Poseemos restos arqueoastronómicos de más de cuarenta mil años. En estos yacimientos hemos encontrado cientos de huesos tallados con muescas alineadas en grupos de 28 ó 347 incisiones. Sabemos que la primera cifra representa en días el tiempo que necesita nuestro satélite natural para completar su aparente ciclo de veintisiete vueltas, mientras que el segundo número representa el tiempo que necesita la Luna para alinearse entre la Tierra y nuestro astro solar, originando de paso un eclipse solar, siempre que se cumplan determinadas circunstancias (Chatelain, 44)20.
La escasez de huellas materiales y de actividad técnica que presuponga un intelecto avanzado en épocas primitivas no casa con los conocimientos que el estudio de estos escasos testimonios aporta sobre nuestros misteriosos antepasados.
Resulta sorprendente, que tras siglos de supuesto silencio intelectual, hallemos pruebas irrefutables de una ciencia astronómica que para su definitiva comprensión precisa, en ocasiones, de un periodo previo de observación y catalogación bastante largo. Algunos de estos ciclos solo pueden calcularse comparando los datos de observaciones realizadas con siglos de antelación, hasta que la misma efeméride astronómica vuelve a manifestarse en el mismo contexto espacio temporal catalogado anteriormente. Solo de esta manera se pueden sacar conclusiones empíricas definitivas. Esta misión científica necesita de una planificación y organización que perdure milenios, al margen de cualquier convulsión cultural o ambiental, si no, no se explica, por ejemplo, que nuestros antepasados supieran que el año de Sirio —cuerpo estelar sobre el que volveremos a referirnos— tiene una duración de doce minutos más que el año de nuestro astro solar. Pues bien, para llegar a esta deducción es necesario observar, durante la friolera de 43.200 años de 365 días cada uno, la bóveda celeste hasta el preciso instante en que ambas estrellas vuelvan a coincidir en el mismo punto celestial registrado miles de años antes.
Aquellos hombres “primitivos” sabían que la Luna emergía al cielo en una misma dirección extrema que podía ser norte o sur en un intervalo de 6.800 días, razón por la que erigieron observatorios lunares megalíticos concrómlechs21de 34 ó 68 menhires para de este modo calcular el ciclo lunar de 18 años. Por tanto, la comprensión de los mecanismos del Cosmos se tradujo, mucho antes de que existiera la agricultura, en una serie de rituales en los que el entorno era modificado con megalitos y otras expresiones rupestres de apariencia abstracta.
Las fases lunares, junto al movimiento del Sol, han sido el primer referente para medir el tiempo en la prehistoria. Hay numerosas pruebas de ello, algunas muy espectaculares.
Los monumentos neolíticos más significativos de la isla de Cerdeña (las últimas catalogaciones registran más de siete mil repartidos por toda la isla) reciben el nombre deNuraghiy tradicionalmente son considerados como “casas de brujas” o “pozos sagrados”. Hoy sabemos que mil años antes de Cristo, en Cerdeña, el culto a las aguas estaba relacionado con nuestro satélite y este fue el medio arquitectónico que se utilizó para plasmar aquellos misterios lunares.
LosNuraghison imponentes monumentos cónicos de piedra, cuya parte superior se estrecha para acabar formando una falsa cúpula. En la banda lateral sur de la mayor parte de los complejos, encontramos siempre una especie de ventana o entrada con el objeto de aprovechar mejor la luz solar. Estoy convencido de que esta parte de la construcción está dedicada al Sol, puesto que cuando las aberturas no se encuentran en dirección sur, las encontramos orientadas hacia el lugar por donde salía el Astro Rey en el solsticio de invierno o por donde aparecía Sirio entre el 2000 y 1000 a.C.
Además, los arquitectos deNuraghialineaban estas ventanas en dirección a otros puntos estelares relevantes, tales como la estrella Alfa de la constelación de Centauro. Es muy probable, a tenor de los datos manejados por los arqueoastrónomos, que aquella cultura megalítica conociera el fenómeno denominado precesión de los equinoccios. Este tema lo abarcaremos debidamente en próximos capítulos.
Eduardo Proverbio, astrónomo de la Universidad de Cagliari, y el arqueólogo italiano Carlo Maxia afirman que en aquella época existían ritos en los cuales el Sol, la Luna y ciertas estrellas y planetas —como Sirio o Venus— jugaban un papel trascendental desde el punto de vista religioso.
En efecto, estas “casas de brujas” poseen una profunda cavidad subterránea, en cuyo fondo hay un estrato acuífero sobre el que se refleja la fase de plenilunio en los meses de diciembre y febrero. Las investigaciones llevadas a cabo desde la década de los setenta demuestran que los constructores deNuraghisconcedían a la Luna un protagonismo especial. Los dos investigadores citados afirman haber comprobado que “el ángulo entre la vertical y la línea que une el límite norte del fondo del pozo con la abertura superior mide 11,5º, valor que coincide con el ángulo formado por la dirección de la Luna y la vertical del lugar, cuando, en su ciclo de 18,6 años, nuestro satélite natural alcanza la máxima declinación y pasa justo por el meridiano”. De este modo, en las medianoches de diciembre y febrero, la Luna llena hace acto de presencia capturando el pozo su reflejo. Un fenómeno que puede contemplarse desde las escaleras que conducen a esta construcción.
