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(h)amor 3 celos y culpas es un volumen colaborativo en el que diez autoras y autores se aproximan, desde la teoría y la práctica, a los celos y las culpas que surgen en las relaciones sexoafectivas contemporáneas. A través del análisis histórico, jurídico, o de la experiencia del poliamor, estos textos presentan algunas claves y herramientas para, desde una mirada siempre feminista, hacer frente a unas emociones propias del amor romántico, pero todavía presentes en nuestras relaciones.
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Seitenzahl: 230
Veröffentlichungsjahr: 2022
VV. AA.
(h)amor3
celos y culpas
VV.AA.,
(h)amor3, Editorial Continta Me Tienes, colección
La pasión de Mary Read, Madrid.
Primera edición: abril de 2018
Segunda edición: octubre de 2018
Tercera edición: julio de 2020
Edición a cargo de Sandra Cendal
252 pp., 17 x 11,5 cm.
Depósito legal: NA 699-2018
ISBN: 978-84-947938-4-4
IBIC: JFFK-Feminismo y teoría feminista
Continta Me Tienes
C/ Belmonte de Tajo 55, 3º C
28019, Madrid
91 469 35 12
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@Continta_mt
Los textos e imágenes son propiedad de sus autoras y autores
© de esta edición: Continta Me Tienes
Diseño de colección: Marta Azparren
La culpa, los miedos y el amor romántico patriarcal
(h)amor propio
¿Cómo nos atraviesa la culpa? Una mirada feminista
¿Qué hacemos/podemos hacer cuando nos sentimos culpables?
Los celos no se dan en el vacío
La gran pregunta de los Celos: Comprendiendo el Poliamor
Los celos y la culpa desde el punto de vista jurídico
Aprender a amar en el s. XXI: lo que nos enseñó el feminismo
Movidas de celos y culpas
Celos, género y comunidad
Índice de contenido
Cubierta
Inicio
La culpa, los miedos
y el amor romántico patriarcal Coral Herrera
Coral Herrera esDoctora en Humanidades y Comunicación. Escritora, consultora y docente. Nació en Madrid y reside en Costa Rica desde el año 2011. Se dedica a escribir y a investigar sobre las relaciones humanas desde una perspectiva de género (feminismos, masculinidades y queer). Algunos de sus libros publicados: La construcción sociocultural del amor romántico, Editorial Fundamentos, Más allá de las etiquetas, Editorial Txalaparta.
http://coralherreragomez.blogspot.com.es/
Coral Herrera
Los patriarcados que nos habitan
Lo más perverso del patriarcado es que se libra en dos frentes: el primero, toda la presión social y familiar y el bombardeo mediático. El segundo, en nuestro interior: los patriarcados nos habitan por dentro, determinan la construcción de nuestra identidad, nuestra sexualidad, nuestra forma de relacionarnos con los demás, nuestros sentimientos y emociones. No solo recibimos patriarcado, también lo reproducimos y lo transmitimos. Se nos va metiendo poco a poco a través de la cultura y la socialización: a los seis años ya tenemos la conciencia de pertenecer al género en desventaja, ya asumimos que no somos iguales a ellos, ya entendemos que nuestro papel es secundario y ya empezamos a asumir la subordinación al género dominante.
A medida que crecemos, vamos interiorizando los mandatos de género a través de la cultura, que nos enseña cómo ser mujeres, cómo ser hombres, y cómo relacionarnos entre nosotros. Las mujeres aprendemos que ellos mandan dominando, y nosotras sometiéndonos. Nos damos cuenta pronto de que conseguimos lo que queremos cuando nos mostramos encantadoras, cuando lloramos, cuando aparentamos ser dóciles y obedientes. Aprendemos a gustar a los demás, a convertirnos en muñecas con vestiditos preciosos que derriten a los mayores. Aprendemos a deleitar a los demás con nuestra belleza y nuestra dulzura, porque nos han contado que solo nos querrán si somos guapas.
Los modelos de feminidad que nos proponen son todas mujeres guapas: ninguna tiene malformaciones, ni discapacidades, no son gordas, ni tienen las piernas cortas, las orejas grandes o las tetas pequeñas. En el caso de las princesas Disney, todas son iguales, sus medidas son las mismas, solo cambia el color de piel, de cabello y de ojos.
El príncipe elige a la guapa y se enamora de ella porque es guapa. Además, es buena persona: las malas de las películas suelen ser feísimas. Y se quedan todas solas: a las feas no las quiere nadie.
Esta idea nos machaca a todas por dentro: a las feas no las quiere nadie. Las feas se quedan solas.
El miedo a la soledad es una de las peores armas del patriarcado para tenernos sometidas. Por miedo a quedarnos solas, por miedo a que no nos amen, por miedo al rechazo somos capaces de aguantar en relaciones en las que no somos felices, somos capaces de autoengañarnos a nosotras mismas, de mantener las esperanzas en todos los naufragios, de juntarnos con el primero que se fija en nosotras y darle nuestro poder y nuestro corazón para que haga con él lo que quiera.
El miedo nos lo inoculan en vena a través de la cultura y la socialización, y pronto está dentro de nosotras, multiplicándose y expandiéndose sobre nuestra personalidad. Se multiplica y se ramifica en cientos de miedos complementarios: nos da miedo no dar la talla, nos da miedo el qué dirán, nos da miedo el rechazo de los demás. Nos da miedo no cumplir con las expectativas, no parecer una mujer «de verdad», no tener el nivel para ser deseada y amada (y es en este orden: para que un hombre te ame, primero tiene que desearte. Para poder ser deseada, muchas imitan primero el modelo de mujer con el que ellos se hacen las pajas, y luego imitan el modelo de las buenas esposas para poder ser amadas).
Aunque nos trabajemos mucho el miedo a no gustar, el miedo al rechazo, el miedo a la discriminación, el miedo a la soledad, el bombardeo de la publicidad hace mella en nosotras. Ya desde pequeñas nos damos cuenta de que nuestra belleza no se parece a la belleza plástica del patriarcado: a muchas les importa un bledo, pero a la mayoría nos martiriza pensar que somos feas. Desde muy pronto nos damos cuenta de lo lejos que estamos de cumplir con los cánones de belleza imposibles, de todos los fallos e imperfecciones que tenemos, y empezamos a odiar ciertas partes de nuestro cuerpo. Nos vemos demasiado bajitas, demasiado altas, gordas o delgadas, con caderas demasiado grandes o demasiado estrechas, demasiado peludas o un poco calvas, con celulitis, piel de naranja, lunares, arrugas, y carencias o excesos (una nariz demasiado grande, una barbilla demasiado pequeña, unas tetas inmensas, o un culo pequeño...).
En la adolescencia nos sometemos voluntariamente a la tiranía de la belleza y la hacemos nuestra: somos nosotras las que nos aplicamos castigos y medidas correctivas para estar guapas, con el miedo a no reunir las condiciones que requiere la cultura patriarcal. Nos depilamos aunque nos duela, nos amargamos la existencia con dietas durísimas para engordar o adelgazar, pedimos de regalo de gradua-ción una operación de tetas, nos agujereamos el cuerpo para ponernos pendientes o piercings, nos teñimos el pelo, nos sentimos avergonzadas por el aspecto extraño de nuestra vulva, y nos llenamos de complejos e inseguridades. La culpa aparece cuando sentimos que no estamos haciendo lo suficiente por lucir bellas, cuando devoramos una caja de bombones porque sabemos que engordan y no deberíamos engordar más, cuando nos dan el toque los demás porque estamos descuidando nuestro aspecto físico o nuestra feminidad.
A la vez que destruye nuestra autoestima y nos cubre de miedos, el mercado nos lanza también mensajes de empoderamiento: «tú puedes, tú vales, tienes que luchar para estar bella.» Es nuestra misión: ser guapas, ser deseables, ser sexis. Nos hacen creer que con disciplina y con dinero podremos cambiar, o mejorar, o al menos mantenernos jóvenes y bellas. Pero no es cierto: no hay nada que podamos hacer para evitar la gravedad. Las carnes caen flácidas, caen las tetas y el culo, crece la barriga, aumentan las arrugas, en fin, no hay aún una fórmula que evite el envejecimiento. Se puede retrasar unos años, pero es cuestión de tiempo: envejecemos y da igual que nos gastemos muchísimo dinero en evitarlo.
El feminismo nos dice: «Acéptate y quiérete tal y como eres. No pierdas tu tiempo, energías y recursos en ser deseable y en gustar a los demás.» Nos empoderamos abrazando la idea de que no nos importa que no nos deseen: lo importante es sentirnos bien con nosotras mismas. Pero por otro lado, está el bombardeo diario de los medios y las redes sociales para recordarnos que somos imperfectas, gordas, viejas, peludas. La buena noticia, nos dicen al final, es que podríamos dejar de serlo si quisiéramos y si invertimos nuestros recursos, tiempos y energías.
Por mucho que nos empoderemos individual y co-lectivamente, el miedo a no ser aceptadas, el miedo a no ser deseadas y queridas está siempre ahí y es mucho más fuerte que cualquier teoría feminista. Porque el miedo es una emoción, y las emociones son difíciles de gestionar. El miedo a no ser aceptadas nos hace adoptar posiciones de sumisión con respecto a nuestras relaciones sexuales y sentimentales: nuestra necesidad de aceptación y de amor nos hace creer que cumpliendo nuestro rol pasivo nos van a aceptar y a querer más.
Hay una jerarquía en el mercado de las mujeres solteras y disponibles: los hombres desean a unas pocas mujeres que se acercan a los cánones de belleza establecidos por la cultura en la que viven, y todas las demás se quedan atrás, tratando de alcanzar esas normas estéticas a la desesperada para poder entrar en el club de las mujeres deseables. Nos invitan a no fiarnos de las demás, y a mirarlas como potenciales rivales: cuanto más nos comparamos entre nosotras, más infelices nos sentimos.
Uno de los mandatos más importantes es que nosotras, las mujeres, estamos ahí para adornar, para ser admiradas por los hombres, para gustarles a ellos, para alegrarles el día, para ser evaluadas y puntuadas por los hombres, para ser reconocidas como mujeres valiosas por ellos y para satisfacer sus necesidades.
En algún momento nos hicieron creer que para ser amadas primero tenemos que ser folladas, y que solo podremos enamorar a un hombre satisfacien-do su deseo sexual. Por eso es tan importante que estemos guapas, y nos mostremos disponibles. Estar disponible significa estar siempre arreglada y dispuesta para recibir la mirada lasciva masculina. Estar disponible implica una posición de subordinación: «yo estoy aquí para ti, puedes hacer conmigo lo que quieras.»
Para demostrar que una está disponible, hay que poner fotos sexis en las redes sociales ladeando la cabeza, contorsionando el cuerpo para realzar nuestro culo, nuestras tetas, nuestros labios, nuestra mirada de mujer lujuriosa que desea ser follada por algún macho alfa. Las grandes modelos se ofrecen tumbadas, dormidas, muertas, atontadas, borra-chas, drogadas o inertes en sofás o descampados, como lanzando el mensaje de que están disponibles, vulnerables, y sin fuerzas para resistir las embestidas del macho deseante. Son imágenes que forman parte de la cultura de la violación: puedes abusar de cualquier mujer que se ofrezca a tu mirada, que se encuentre desvanecida, que esté sin fuerzas para repeler tu ataque. Si están ahí es porque lo están deseando: puedes violarlas sin remordimientos.
La cultura normaliza la violencia contra nosotras, por eso apenas percibimos como violencia que en un trabajo se nos pida que nos mostremos guapas y disponibles para alegrarles la vista a los hombres. Tampoco identificamos como violencia que se nos cosifique y se nos invisibilice, que se nos trate como a seres inferiores, que se nos considere unas niñas eternas, que se nos pague menos en el trabajo, que se legisle en contra de nuestros derechos fundamentales, que nos pidan que hagamos todo el trabajo de cuidados, crianza y tareas domésticas gratis, que nos traten como objetos y no como sujetos.
Los miedos de las mujeres
Aunque no todas seamos conscientes de esta violencia contra las mujeres, casi todas vivimos con miedo. Los miedos nos paralizan, nos ponen sumisas, nos chupan las energías, nos mantienen calladas y en posiciones de subordinación. Son cientos los miedos que se nos meten en el cuerpo:
Miedo a que nos violen cuando regresamos solas a casa y caminamos por la calle de noche.
Miedo a que nos violen si llevamos minifalda, si nos emborrachamos o nos drogamos demasiado.
Miedo a juntarse con alguno que parece buen tipo y luego resulta no serlo.
Miedo al rechazo de los demás, a que no nos acepten tal y como somos.
Miedo a los chismes y a la tiranía del «qué dirán», miedo a la burla y los insultos por ser diferentes.
Miedo a salir del armario y a reivindicar nuestro derecho a amar a quien queramos y como queramos.
Miedo a expresar lo que queremos y lo que necesitamos, miedo a decir lo que pensamos realmente.
Miedo a no ser la mejor en nuestro ámbito profesional, miedo a ser invisible, miedo a destacar y a brillar con luz propia.
Miedo a que descubran cómo soy realmente.
Miedo a lo que sentimos cuando no podemos controlarlo.
Miedo a engordar, miedo a enfermar, miedo a morir, también miedo a vivir.
Miedo a quedar embarazada, a abortar y a acabar muerta, o en la cárcel.
Miedo a decidir tenerlo y que nos echen del trabajo por quedarnos embarazadas.
Miedo a la reacción del compañero que puede no querer ser padre.
Miedo a la reacción de la familia, de tus amigas, y de tus amigas feministas cuando sepan que quieres ser mamá.
Miedo al trato por parte del personal sanitario, a sufrir violencia obstétrica durante todo el embarazo, el parto y el posparto, miedo a tener un bebé enfermo o con malformaciones, miedo a no querer al bebé, miedo a ser una mala madre.
Miedo al amor: miedo a que no me quieran, miedo a que me quieran demasiado. Miedo a que me dejen de querer, miedo a que quiera a otra. Miedo a sufrir por amor, miedo a tener miedos paralizantes. Miedo a la violencia machista en la pareja, miedo a perder la vida, miedo a sentirse atrapada en una relación.
El patriarcado nos llena de miedos, pero, además, nos mantiene siempre muy baja la autoestima, porque las mujeres empoderadas somos muy peligrosas. Cuando confiamos en nosotras mismas, cuando nos queremos bien, cuando nos cuidamos, no somos manipulables, ni obedientes ni sumisas. Y si somos muchas las mujeres con autoestima que saben usar su poder para construir un mundo mejor, acabamos con el patriarcado.
Entonces el patriarcado nos quiere con poca autoestima, solas, tristes, amargadas y entretenidas en la guerra contra nosotras mismas. Cuanto más baja está nuestra autoestima, más dependemos emocionalmente de un hombre. Cuanto más nos minusvaloramos, más inmensas hacemos las figuras de los hombres a nuestro alrededor. El patriarcado gana si nosotras cuidamos a los demás pero no nos cuidamos la salud física, mental y emocional. Gana cuando nos preocupamos más por nuestra pareja que por nosotras mismas, gana cuando nos sentimos culpables por todo, cuando permitimos que nos usen y nos maltraten, cuando no respetamos los acuerdos que hicimos con nosotras mismas, cuando nos traicionamos, nos mentimos, nos enfadamos, y nos hablamos mal a nosotras mismas. Nos decepcionamos a nosotras mismas constantemente, nos boicoteamos y nos lo ponemos muy difícil cada vez que queremos hacer algo para ser felices.
Le ahorramos mucho trabajo al patriarcado: no hace falta que nos machaquen, que ya nos machacamos nosotras. Algunas se autodestruyen tanto que se acaban suicidando: no hace falta que nos maten, ya nos matamos nosotras. El patriarcado ensalza a las mujeres que se suicidan para que tomemos ejemplo en el caso de que no nos sintamos capaces de adaptarnos plenamente a un mundo machista, enfermo y violento. Nos hacen creer que muertas estamos más bellas y nos mitifican: nos quieren más que cuando estamos vivas.
Somos demasiadas las mujeres que sostenemos guerras contra nosotras mismas durante años. Hay que trabajarse mucho por dentro hasta que llega el día en el que nos rebelamos y decimos: «no quiero sufrir, no quiero estar mal, no quiero pelearme conmigo misma, no quiero estar en guerra conmigo misma.» Nos toca leer mucho, hacer terapia, hacernos talleres de autoestima y autoamor para poder terminar esa guerra, hablarlo mucho con las amigas, hacer grupos de debate, grupos de acompañamiento… pero sin duda es lo más liberador que existe. Porque implica conocerse mejor para quererse mejor, para vivir una vida en paz con una misma, para hacerse compañía con mucho amor del bueno, para disfrutar más de la vida.
Qué pena que tengamos que pasarlo tan mal y perdamos tanta energía y tanto tiempo en luchas internas, hasta que nos damos cuenta de lo bonito que es acompañarte, quererte y cuidarte a ti misma. Hacerte tu mejor amiga, tu aliada, tu cómplice, y trabajar para protegerte y cuidarte no es una tarea fácil, pero para mí es apasionante. Porque poner el foco en nuestra relación con nosotras mismas es una tarea política, y no hay mayor rebeldía contra el patriarcado que estar bien, sentirse bien, y enfocar nuestras energías en ser felices.
Cuanto más nos queremos, cuanto mejor nos tratamos, cuanto más nos valoramos a nosotras mismas, más puntos le ganamos al patriarcado. Si somos muchas, entonces tenemos la victoria asegurada: de ahí la importancia de empoderarnos individual y colectivamente. El patriarcado nos quiere miedosas, inseguras, dependientes, deprimidas, aisladas, calladas, acomplejadas, tristes, destruidas, solas. Sobre todo nos quiere aisladas las unas de las otras.
Por eso la mayor rebeldía del mundo es quererse bien a una misma, querer a las demás, cuidarnos entre nosotras, y dejar de buscar el reconocimiento masculino para encontrarlo en una misma.
No es fácil liberarse de esta necesidad de reconocimiento y afecto masculino. No nos pasa solo con las parejas, también nos pasa con figuras masculinas de nuestra familia: buscamos que nos protejan porque nos han hecho creer que solas no pode-mos, que somos seres débiles, que necesitamos a los hombres porque el mundo es un lugar muy peligroso para nosotras.
El miedo a que no nos ame nadie o a que dejen de amarnos nos tiene en constante alerta. Nos han enseñado que para poder conservar a nuestro macho al lado, tenemos que batallar duro. El mundo está lleno de mujeres malas que quieren quitarnos la pareja y que le seducen continuamente, por eso nos invitan a rivalizar entre nosotras y a vigilar al macho: la tentación está en todas partes.
Si él es infiel, la culpa no es de él, sino de todas las mujeres que quieren quitarte el novio. Nosotras somos las culpables siempre: porque no hemos sabido retener a nuestra pareja, o porque nos hemos acostado con un hombre casado. La culpa es siempre para nosotras.
El masoquismo romántico como arma de control social
La culpa es otra de las armas del patriarcado para someternos. Sirve para anularnos, para frenarnos, y para controlarnos. La culpa se nos mete dentro, y se enciende cada vez que nos vamos a divertir, cada vez que hacemos uso de nuestra autonomía, cada vez que nos entregamos al placer, cada vez que disfrutamos, cada vez que celebramos la vida.
Desobedecer los mandatos de género es una de las cosas que más despierta nuestro sentimiento de culpabilidad. Por ejemplo, cuando sentimos que no somos buenas madres, buenas hijas, buenas esposas, buenas estudiantes, buenas profesionales, buenas amas de casa, buenas amigas, buenas vecinas. Cuando decidimos por fin aceptarnos como somos, dejar de castigarnos, dejar a un lado las expectativas desmesuradas (propias y ajenas), sucede que una vez liberadas empezamos a sentirnos culpables.
Cualquier cosa que conlleve placer, o que atente contra las normas del patriarcado nos hace sentir culpables, porque nos han hecho creer que si nosotras estamos felices, hay alguien que se ve perjudicado por nosotras. Por ejemplo, irte con una amiga de vacaciones y que tu novio se quede en la ciudad trabajando en verano. Tú siempre haces un viaje con tu amiga todos los años desde hace mucho tiempo, tengáis o no pareja. Te mereces las vacaciones porque has estado todo el año trabajando mucho, has ahorrado mucho, tienes muchas ganas de ir. Pero te preocupa el otro, te sientes mal dejándole solo, te sientes responsable de su bienestar durante el verano, y te sientes mala por pensar solo en ti misma, en tu amiga y en tu viaje.
El patriarcado nos quiere a todas sufriendo como la Virgen María, una mujer sacrificada y abnegada que lo dio todo por amor a su hijo. Nos quieren así, arrodilladas frente al hombre de nuestras vidas, sometidas al poder del amor y gozando con la sumisión como Santa Teresa gozaba sometiéndose a Jesús.
Los feminismos nos han ayudado a ver que hay otros modelos de feminidad, que el sufrimiento no sirve para que te quieran más, y que tenemos derecho a ser felices. Tenemos derecho a disfrutar de la vida, a transformarnos, a tomar decisiones que nos beneficien, a terminar las historias y a empezar nuevas etapas, a cuidarnos y mimarnos a nosotras mismas.
Tenemos mucho trabajo por delante. Hay que des-aprenderlo todo, en especial en el ámbito del amor romántico. Hay que liberarse de un montón de cosas que nos hacen profundamente infelices, como los miedos y la culpa. Hay que desobedecer los mandatos de género, desmitificar el romanticismo patriarcal, disociar amor y sufrimiento, amor y sa-crificio, amor y renuncia.
El amor sadomasoquista del romanticismo nos si-túa en dos bandos diferenciados: en las relaciones heteras generalmente los chicos son los sádicos, nosotras las masocas. El amor patriarcal se basa en el modelo del amo y el esclavo: es la lógica hegeliana por la cual unos adoptan el papel de dominadores, y otros el papel de dominados. En esta lucha de poder, nosotras solemos ser las que nos arrodillamos frente al Señor, y ellos los que se dejan querer, amar, e idolatrar con devoción cristiana.
Sin embargo, ya sabemos que todas las relaciones de poder son muy complejas, y que desde el masoquismo romántico también se puede dominar y manipular al otro. El victimismo, los chantajes, las amenazas, las súplicas, los reproches, los dramas son formas de control cuyo objetivo es hacer creer a la otra persona que es mala si no hace lo que queremos. El masoca siempre quiere que la otra persona se sienta responsable de su felicidad, y quiere hacerla sentir permanentemente culpable.
El masoquismo romántico y el placer del sufrimiento romántico son una herencia del cristianismo, igual que la noción de culpa, de arrepentimiento, de redención y de sacrificio. Creemos que amar es sufrir, sacrificarse, y entregarse por completo a un hombre, como Jesús se sacrificó y se entregó por todos nosotros.
Durante siglos, la primera figura masculina con la que se relacionaban las mujeres era Jesús. Hoy en día la mayor parte de las mujeres de este planeta se sigue relacionando con él de rodillas, le miran de abajo a arriba, se someten a la mirada de un hombre crucificado que se deja adorar como Dios. Dios se deja querer, escucha sus peticiones, súplicas, ruegos, lamentos, y promesas, les pide que se sacrifiquen, les invita a que pongan la otra mejilla si son agredidas, les seduce para que admiren lo hermoso que es amar sin recibir nada a cambio.
Así quieren que nos relacionemos con los demás hombres de carne y hueso. Desde abajo hacia arriba, arrodilladas, sumisas, devotas, sacrificadas, sufridoras y dolientes, como la madre de Jesús. Para parecernos a ella tenemos que hacerlo con amor, y por amor. Al patriarcado le va estupendo esto de que nos sometamos voluntariamente sin que nadie tenga que obligarnos: lo hacemos porque queremos y porque creemos que someternos es una prueba de amor.
Los hombres sacan mucho beneficio de esta gene-rosidad y devoción nuestra, y mientras sigamos construyendo relaciones de dominación y sumi-sión, el patriarcado no morirá jamás, y nosotras sí seguiremos muriendo. Porque la que desobedece lo paga muy caro. Al patriarcado le hacen falta muchas esclavas voluntarias que atiendan a un macho (o a muchos) a cambio de unas migajas de amor o unas monedas. Y por eso las desobedientes son tan peligrosas para el mantenimiento del sistema patriarcal.
El primer paso para que nos quieran es renunciar a nuestro poder. El patriarcado nos dice: «a los hombres les gustan las mujeres sumisas. Follan con las rebeldes, pero se casan y forman un hogar con las sumisas. Para sentirte el rey de tu casa, necesitas una mujer sumisa. Para tener criada gratis, necesitas una mujer sumisa. Para sentirte amado y respetado, necesitas una mujer sumisa. Para estar seguro de que no te van a dejar nunca, necesitas una mujer sumisa.»
Y eso no se lo puedes pedir a una mujer libre, que se siente con derecho a empezar o a terminar una relación cuando quiere.
La culpa es de las mujeres
La culpa es una construcción social y cultural que va adaptándose a las ideologías y a los nuevos tiempos, pero casi siempre elige los cerebros, los corazones y los coños de las mujeres para desarrollarse. La culpa es femenina, y tiene un poder descomunal sobre nosotras.
Hace que, por ejemplo, seamos capaces de responsabilizarnos a nosotras mismas del bienestar de un montón de gente. Nuestro marido, nuestros padres, nuestras abuelas, nuestras amigas y amigos, nuestros hijos, nuestras mascotas y plantas, nuestros exnovios, nuestras primas y tías… nos volcamos en que estén bien e invertimos mucho más tiempo y energía en cuidar a los que nos necesitan que a nosotras mismas.
Es un mandato social y un rol de género que nos dice: «Las mujeres son emocionales. Nacen con un don para amar y cuidar a los demás, tienen unacapacidad innata para sacrificarse por amor, disfrutan olvi-dándose de sí mismas y dándolo todo a los demás. Y cuanto más buenas son, más se merecen el paraíso.»
El «paraíso» es tener un buen marido que nos man-tenga, nos proteja y nos quiera. Incluso a las que gozamos de autonomía económica nos seduce la idea de ser queridas por alguien que asuma un rol de protector, de maestro, de proveedor. Es una utopía individual pero compartida por millones de mujeres que esperan al milagro romántico que le traerá un príncipe azul a caballo, o que convertirá a la Bestia en un príncipe azul.
Y en eso se nos va a muchas la vida, en esperar como las princesas Disney a que alguien nos salve de nosotras mismas, del aburrimiento, del miedo, del vacío, de la pobreza, de la precariedad o de la explotación laboral para que podamos estar en casita, entregadas al amor, a la crianza y al cuidado de los demás.
Silvia Federici dice: «lo que ellos llaman amor, nosotras lo llamamos trabajo gratis.» Gracias a los feminismos nos hemos dado cuenta de que el don para el sacrificio no es un don con el que nacemos las mujeres, sino un mito más del romanticismo patriarcal para hacernos creer que todas debemos sacrificarnos para ser amadas.
No es justo que las mujeres sigamos sirviendo a los demás. Hay una solución muy fácil de llevar a cabo para acabar con el trabajo gratis que realizamos millones de mujeres en todo el mundo: repartir las tareas de crianza, cuidados, y tareas domésticas entre todos los miembros de una familia. Sea cual sea el tipo de familia que construyamos: las mujeres no tenemos por qué hacernos cargo del bienestar de todos. Podemos compartir estos cuidados para
